suelto, corrí a él, rodéele todo, sin osar llegarte con las manos,
acordándome de la fábula de Isopo, cuando aquel asno tan asno, que
quiso hacer a su señor las mismas caricias que le hacía una perrilla
regalada suya, que le granjearon ser molido a palos. Parecióme que en
esta fábula se nos dio a entender que las gracias y donaires de
algunos no están bien en otros. Este mercader, pues, tenía dos hijos,
el uno de doce y el otro de hasta catorce años, los cuales estudiaban
gramática en el estudio de la Compañía de Jesús; iban con autoridad,
con ayo y con pajes que les llevaban los libros y aquel que llaman
-vademecum-. El verlos ir con tanto aparato, en sillas si hacía sol,
en coche si llovía, me hizo considerar y reparar en la mucha llaneza
con que su padre iba a la Lonja a negociar sus negocios, porque no
llevaba otro criado que un negro, y algunas veces se desmandaba a ir
en un machuelo aun no bien aderezado.
CIPIÓN.--Hais de saber, Berganza, que es costumbre y condición de los
mercaderes de Sevilla, y aun de las otras ciudades, mostrar su
autoridad y riqueza, no en sus personas, sino en las de sus hijos;
porque los mercaderes son mayores en su sombra que en sí mismos. Y
como ellos por maravilla atienden a otra cosa que a sus tratos y
contratos, trátanse modestamente; y como la ambición y la riqueza
muere por manifestarse, revienta por sus hijos, y así los tratan y
autorizan como si fuesen hijos de algún príncipe; y algunos hay que
les procuran títulos, y ponerles en el pecho la marca que tanto
distingue la gente principal de la plebeya.
BERGANZA.--Ambición es, pero ambición generosa, la de aquel que
pretende mejorar su estado sin perjuicio de tercero.
CIPIÓN.--Pocas o ninguna vez se cumple con la ambición que no sea con
daño de tercero.
BERGANZA.--Ya hemos dicho que no hemos de murmurar.
CIPIÓN.--Sí, que yo no murmuro de nadie.
BERGANZA.--Ahora acabo de confirmar por verdad lo que muchas veces he
oído decir. Acaba un maldiciente murmurador de echar a perder diez
linajes y de caluniar veinte buenos, y si alguno le reprehende por lo
que ha dicho, responde que él no ha dicho nada; y que si ha dicho
algo, no lo ha dicho por tanto; y que si pensara que alguno se había
de agraviar, no lo dijera.
CIPIÓN.--Así es verdad, y yo confieso mi yerro, y quiero que me le
perdones, pues te he perdonado tantos; echemos pelillos a la mar, como
dicen los muchachos, y no murmuremos de aquí adelante; y sigue tu
cuento, que le dejaste en la autoridad con que los hijos del mercader
tu amo iban al estudio de la Compañía de Jesús.
BERGANZA.--Digo que los hijos de mi amo se dejaron un día un
cartapacio en el patio, donde yo a la sazón estaba; así del
-vademecum- y fuíme tras ellos, con intención de no soltalle hasta el
estudio. Sucedióme todo como lo deseaba: que mis amos, que me vieron
venir con el -vademecum- en la boca, asido sotilmente de las cintas,
mandaron a un paje me le quitase; mas yo no lo consentí, ni le solté
hasta que entré en el aula con él, cosa que causó risa a todos los
estudiantes. Lleguéme al mayor de mis amos, y, a mi parecer, con mucha
crianza, se le puse en las manos, y quedéme sentado en cuclillas a la
puerta del aula, mirando de hito en hito al maestro que en la cátedra
leía. No sé qué tiene la virtud, que, con alcanzárseme a mí tan poco,
o nada, della, luego recibí gusto de ver el amor, el término, la
solicitud y la industria con que aquellos benditos padres y maestros
enseñaban a aquellos niños, enderezando las tiernas varas de su
juventud, porque no torciesen ni tomasen mal siniestro en el camino de
la virtud, que juntamente con las letras les mostraban. Consideraba
cómo los reñían con suavidad, los castigaban con misericordia, los
animaban con ejemplos, los incitaban con premios y los sobrellevaban
con cordura, y, finalmente, cómo les pintaban la fealdad y horror de
los vicios, y les dibujaban la hermosura de las virtudes, para que,
aborrecidos ellos y amadas ellas, consiguiesen el fin para que fueron
criados. Mis amos gustaron de que les llevase siempre el -vademecum-,
lo que hice de muy buena voluntad; con lo cual tenía una vida de rey,
y aun mejor, porque era descansada, a causa que los estudiantes dieron
en burlarse conmigo, y domestiquéme con ellos de tal manera, que me
metían la mano en la boca y los más chiquillos subían sobre mí;
arrojaban los bonetes o sombreros, y yo se los volvía a la mano
limpiamente y con muestras de grande regocijo. Dieron en darme de
comer cuanto ellos podían, y gustaban de ver que cuando me daban
nueces o avellanas, las partía como mona, dejando las cáscaras y
comiendo lo tierno. Tal hubo que, por hacer prueba de mi habilidad, me
trujo en un pañuelo gran cantidad de ensalada, la cual comí como si
fuera persona. Era tiempo de invierno, cuando campean en Sevilla los
molletes y mantequillas, de quien era tan bien servido, que más de dos
-Antonios- se empeñaron o vendieron para que yo almorzase, Finalmente,
yo pasaba una vida de estudiante sin hambre y sin sarna, que es lo que
más se puede encarecer para decir que era buena. Desta gloria y desta
quietud me vino a quitar una señora que, a mi parecer, llaman por ahí
razón de estado, que cuando con ella se cumple se ha de descumplir con
otras razones muchas. Es el caso que a aquellos señores maestros les
pareció que la media hora que hay de lición a lición la ocupaban los
estudiantes, no en repasar las liciones, sino en holgarse conmigo; y
así, ordenaron a mis amos que no me llevasen más al estudio;
obedecieron, volviéronme a casa y a la antigua guarda de la puerta, y,
sin acordarse señor el viejo de la merced que me habían hecho de que
de día y de noche anduviese suelto, volví a entregar el cuello a la
cadena y el cuerpo a una esterilla que detrás de la puerta me
pusieron. ¡Ay, amigo Cipión, si supieses cuán dura cosa es de sufrir
el pasar de un estado felice a un desdichado! Mira: cuando las
miserias y desdichas tienen larga la corriente y son continuas, o se
acaban presto con la muerte, o la continuación dellas hace un hábito y
costumbre en padecellas, que suele en su mayor rigor servir de alivio;
mas cuando de la suerte desdichada y calamitosa, sin pensarlo y de
improviso, se sale a gozar de otra suerte próspera, venturosa y
alegre, y de allí a poco se vuelve a padecer la suerte primera, y a
los primeros trabajos y desdichas, es un dolor tan riguroso, que si no
acaba la vida es por atormentarla más viviendo. Digo, en fin, que
volví a mi ración perruna, y a los huesos que una negra de casa me
arrojaba, y aun éstos me dezmaban dos gatos romanos; que, como sueltos
y ligeros, érales fácil quitarme lo que no caía debajo del distrito
que alcanzaba mi cadena. Cipión hermano, así el Cielo te conceda el
bien que deseas, que, sin que te enfades, me dejes ahora filosofar un
poco; porque si dejase de decir las cosas que en este instante me han
venido a la memoria de aquellas que entonces me ocurrieron, me parece
que no sería mi historia cabal ni de fruto alguno.
CIPIÓN.--Advierte, Berganza, no sea tentación del demonio esa gana de
filosofar que dices te ha venido; porque no tiene la murmuración mejor
velo para paliar y encubrir su maldad disoluta que darse a entender el
murmurador que todo cuanto dice son sentencias de filósofos, y que el
decir mal es reprehensión, y el descubrir los defetos ajenos, buen
celo. Y no hay vida de ningún murmurante que, si la consideras y
escudriñas, no la halles llena de vicios y de insolencias. Y debajo de
saber esto, filosofea ahora cuanto quisieres.
BERGANZA.--Seguro puedes estar, Cipión, de que más murmure, porque así
lo tengo prosupuesto. Es, pues, el caso, que como me estaba todo el
día ocioso, y la ociosidad sea madre de los pensamientos, di en
repasar por la memoria algunos latines que me quedaron en ella de
muchos que oí cuando fuí con mis amos al estudio, con que, a mi
parecer, me hallé algo más mejorado de entendimiento, y determiné,
como si hablar supiera, aprovecharme dellos en las ocasiones que se me
ofreciesen; pero en manera diferente de la que se suelen aprovechar
algunos ignorantes. Hay algunos romancistas que en las conversaciones
disparan de cuando en cuando con algún latín breve y compendioso,
dando a entender a los que no lo entienden que son grandes latinos, y
apenas saben declinar un nombre ni conjugar un verbo.
CIPIÓN.--Por menor daño tengo ése que el que hacen los que
verdaderamente saben latín, de los cuales hay algunos tan imprudentes,
que hablando con un zapatero o con un sastre arrojan latines como
agua.
BERGANZA.--Deso podemos inferir que tanto peca el que dice latines
delante de quien los ignora como el que los dice ignorándolos.
CIPIÓN.--Para saber callar en romance y hablar en latín, discreción es
menester, hermano Berganza.
BERGANZA.--Así es, porque también se puede decir una necedad en latín
como en romance.
CIPIÓN.--Dejemos esto, y comienza a decir tus filosofías.
BERGANZA.--Ya las he dicho: éstas son que acabo de decir.
CIPIÓN.--¿Cuáles?
BERGANZA.--Estas de los latines y romances, que yo comencé y tú
acabaste.
CIPIÓN.--¿Al murmurar llamas filosofar? ¡Así va ello! Canoniza,
canoniza, Berganza, a la maldita plaga de la murmuración, y dale el
nombre que quisieres; que ella dará a nosotros el de cínicos, que
quiere decir perros murmuradores; y por tu vida que calles ya y sigas
tu historia.
BERGANZA.--¿Cómo la tengo de seguir si callo?
CIPIÓN.--Quiero decir que la sigas de golpe, sin que la hagas que
parezca pulpo, según la vas añadiendo colas.
BERGANZA.--Habla con propiedad; que no se llaman colas las del pulpo.
Y digo que, no contenta mi fortuna de haberme quitado de mis estudios
y de la vida que en ellos pasaba, tan regocijada y compuesta, y
haberme puesto atraillado tras de una puerta, y de haber trocado la
liberalidad de los estudiantes en la mezquinidad de la negra, ordenó
de sobresaltarme en lo que ya por quietud y descanso tenía. Mira,
Cipión, ten por cierto y averiguado, como yo lo tengo, que al
desdichado las desdichas le buscan y le hallan, aunque se esconda en
los últimos rincones de la tierra. Dígolo porque la negra de casa, una
vez, me trujo una esponja frita con manteca; conocí #-su-# maldad; vi
que era peor que comer zarazas, porque a quien la come se le hincha el
estómago y no sale dél sin llevarse tras sí la vida; y acordé de poner
tierra en medio. Halléme un día suelto, y sin decir a Dios a ninguno
de casa, me puse en la calle; por un agujero de la muralla salí al
campo, y antes que amaneciese me puse en Mairena, que es un lugar que
está cuatro leguas de Sevilla. Quiso mi buena suerte que hallé allí
una compañía de soldados, que, según oí decir, se iban a embarcar a
Cartagena. Estaban en ella cuatro rufianes, y el atambor era uno que
había sido corchete, y gran chocarrero, como lo suelen ser los más
atambores. Determiné de acomodarme con él, si él quisiese, y seguir
aquella jornada, aunque me llevase a Italia o a Flandes; porque me
parece a mí, y aun a ti te debe parecer lo mismo, que puesto que dice
el refrán: "Quien necio es en su villa, necio es en Castilla", el
andar tierras y comunicar con diversas gentes hace a los hombres
discretos.
CIPIÓN.--Es eso tan verdad, que me acuerdo haber oído decir a un amo
que tuve de bonísimo ingenio, que al famoso griego llamado Ulises le
dieron renombre de prudente por sólo haber andado muchas tierras y
comunicado con diversas gentes y varias naciones; y así, alabo la
intención que tuviste de irte donde te llevasen.
BERGANZA.--Es, pues, el caso que el atambor, por tener con qué mostrar
más sus chacorrerías, comenzó a enseñarme a bailar al son del atambor
y a hacer otras monerías, tan ajenas de poder aprenderlas otro perro
que no fuera yo, como las oirás cuando te las diga. En menos de quince
días, con mi buen ingenio y con la diligencia que puso el que había
escogido por patrón, supe saltar por el Rey de Francia y no saltar por
la mala tabernera; enseñóme a hacer corvetas como caballo napolitano,
y a andar a la redonda como mula de atahona, con otras cosas que, si
yo no tuviera cuenta en no adelantarme a mostrarlas, pusiera en duda
si era algún demonio en figura de perro el que las hacía. Púsome
nombre del -perro sabio- y no habíamos llegado al alojamiento cuando,
tocando su atambor, andaba por todo el lugar pregonando que todas las
personas que quisiesen venir a ver las maravillosas gracias y
habilidades del perro sabio, en tal casa, o en tal hospital, las
mostraban, a ocho, o a cuatro maravedís, según era el pueblo, grande o
chico. Con estos encarecimientos no quedaba persona en todo el lugar
que no me fuese a ver, y ninguno había que no saliese admirado y
contento de haberme visto. Triunfaba mi amo con la mucha ganancia; y
viendo cuán bien sabía imitar el corcel napolitano, hízome unas
cubiertas de guadamací y una silla pequeña, que me acomodó en las
espaldas, y sobre ella puso una figura liviana de un hombre, con una
lancilla de correr sortija, y enseñóme a correr derechamente a una
sortija que entre dos palos ponía; y el día que había de correrla
pregonaba que aquel día corría sortija el perro sabio, y hacía otras
nuevas y nunca vistas galanterías, las cuales de mi santiscario, como
dicen, las hacía, por no sacar mentiroso a mi amo. Llegamos, pues, por
nuestras jornadas contadas a Montilla, villa del famoso y gran
cristiano Marqués de Priego, señor de la casa de Aguilar y de
Montilla. Alojaron a mi amo, porque él lo procuró, en un hospital,
echó luego el ordinario bando, y como ya la fama se había adelantado a
llevar las nuevas de las habilidades y gracias del perro sabio, en
menos de una hora se llenó el patio de gente. Alegróse mi amo viendo
que la cosecha iba de guilla, y mostróse aquel día chacorrero en
demasía. Lo primero en que comenzaba la fiesta era en los saltos que
yo daba por un aro de cedazo, que parecía de cuba; conjurábame por las
ordinarias preguntas, y cuando él bajaba una varilla de membrillo que
en la mano tenía, era señal del salto; y cuando la tenía alta, de que
me estuviese quedo. El primer conjuro deste día--memorable entre todos
los de mi vida--fué decirme: "Ea, Gavilán amigo, salta por la pompa y
aparato de doña Pimpinela de Plafagonia. ¿No te cuadra el conjuro,
hijo Gavilán? Pues salta por el bachiller Pasillas, que se firma
licenciado sin tener grado alguno. ¡Oh, perezoso estás! ¿Por qué no
saltas? Pero ya entiendo y alcanzo tus marrullerías: ahora salta por
el licor de Esquivias, famoso al par del de Ciudad Real, San Martín y
Ribadavia." Bajó la varilla y salté yo, y noté sus malicias y malas
entrañas. Volvióse luego al pueblo, y en voz alta dijo: "No piense
vuesa merced, senado valeroso, que es cosa de burla lo que este perro
sabe; veinte y cuatro piezas He tengo enseñadas, que por la menor
dellas volaría un gavilán; quiero decir que por ver la menor se pueden
caminar treinta leguas. Sabe bailar la zarabanda y chacona mejor que
su inventora misma; bébese una azumbre de vino sin dejar gota; entona
un -sol fa mi re- tan bien como un sacristán; todas estas cosas, y
otras muchas que me quedan por decir, las irán viendo vuesas mercedes
en los días que estuviere aquí la compañía; y por ahora dé otro salto
nuestro sabio, y luego entraremos en lo grueso. Con esto suspendió el
auditorio que había llamado senado, y les encendió el deseo de no
dejar de ver todo lo que yo sabía. Volvióse a mí mi amo, y dijo:
"Volved, hijo Gavilán, y con gentil agilidad y destreza deshaced los
saltos que habéis hecho; pero ha de ser a devoción de la famosa
hechicera que dicen que hubo en este lugar." Apenas hubo dicho esto,
cuando alzó la voz la hospitalera, que era una vieja, al parecer, de
más de sesenta años, diciendo: "¡Bellaco, charlatán, embaidor, aquí no
hay hechicera alguna! Si lo decís por la Camacha, ya ella pagó su
pecado, y está donde Dios se sabe; si lo decís por mí, chacorrero, ni
yo soy ni he sido hechicera en mi vida; y si he tenido fama de haberlo
sido, merced a los testigos falsos, y a la ley del encaje, y al juez
arrojadizo y mal informado, ya sabe todo di mundo la vida que hago, en
penitencia, no de los hechizos que no hice, sino de otros muchos
pecados, otros que, como pecadora, he cometido. Así que, socarrón
tamborilero, salid del hospital; si no, por vida de mi santiguada que
os haga salir más que de paso." Y con esto comenzó a dar tantos gritos
y a decir tantas y tan atropelladas injurias a mi amo que #-le-# puso
en confusión y sobresalto; finalmente, no dejó que pasase adelante la
fiesta en ningún modo. No le pesó a mi amo del alboroto, porque se
quedó con los dineros, y aplazó para otro día y en otro hospital lo
que en aquél había faltado. Fuése la gente maldiciendo a la vieja,
añadiendo al nombre de hechicera el de bruja. Con todo esto, nos
quedamos en el hospital aquella noche; y encontrándome la vieja en el
corral solo, me dijo: "¿Eres tú, hijo Montiel? ¿Eres tú, por ventura,
hijo?" Alcé la cabeza y miréla muy de espacio; lo cual, visto por
ella, con lágrimas en los ojos se vino a mí, y me echó los brazos al
cuello. Esto que ahora te quiero contar te lo había de haber dicho al
principio de mi cuento, y así excusáramos la admiración que nos causó
el vernos con habla. Porque has de saber que la vieja me dijo: "Hijo
Montiel, vente tras mí, y sabrás mi aposento, y procura que esta noche
nos veamos a solas en él, que yo dejaré abierta la puerta; y sabe que
tengo muchas cosas que decirte de tu vida y para tu provecho." Bajé yo
la cabeza en señal de obedecerla, por lo cual ella se acabó de enterar
en que yo era el perro Montiel que buscaba, según después me lo dijo.
Quedé atónito y confuso, esperando la noche, por ver en lo que paraba
aquel misterio o prodigio de haberme hablado la vieja; y como había
oído llamarla de hechicera, esperaba de su vista y habla grandes
cosas. Llegóse, en fin, el punto de verme con ella en su aposento, que
era escuro, estrecho y bajo, y solamente claro con la débil luz de un
candil de barro que en él estaba; atizóle la vieja y sentóse sobre una
arquilla, y llegóme junto a sí, y, sin hablar palabra, me volvió a
abrazar. Lo primero que me dijo fué:
"Bien esperaba yo en el Cielo que antes que estos mis ojos se cerrasen
con el último sueño te había de ver, hijo mío, y ya que te he visto,
venga la muerte y lléveme desta cansada vida. Has de saber, hijo, que
en esta villa vivió la más famosa hechicera que hubo en el mundo, a
quien llamaron -la Camacha de Montilla-; tuvo fama que convertía los
hombres en animales, lo que yo nunca he podido alcanzar cómo se haga.
Sea lo que fuere, lo que me pesa es que yo ni tu madre, que fuimos
discípulas de la buena Camacha, nunca llegamos a saber tanto como
ella.
"Tu madre, hijo, se llamó -la Montiela-, que después de la Camacha fué
famosa; yo me llamo -la Cañizares-, si ya no tan sabia como las dos, a
lo menos de tan buenos deseos como cualquiera dellas. Tu madre no
murió de enfermedad alguna, sino de dolor de que supo que la Camacha,
su maestra, de envidia que la tuvo porque se le iba subiendo a las
barbas en saber tanto como ella, o por otra pendenzuela de celos, que
nunca pude averiguar, -#un día, convirtió a sus tres hijos en
perros#-. La Camacha se fué y se llevó los cachorros; yo me quedé con
tu madre, la cual no podía creer lo que le había sucedido. Llegóse el
fin de la Camacha, y estando en la última hora de su vida llamó a tu
madre y le dijo que no tuviese pena: que ellos volverían a su ser
cuando menos lo pensasen. Tomólo tu madre de memoria, y yo lo fijé en
la mía para si sucediese tiempo de poderlo decir a alguno de vosotros;
y para poder conoceros, a todos los perros que veo de tu color los
llamo con el nombre de tu madre, no por pensar que los perros han de
saber el nombre, sino por ver si respondían a ser llamados tan
diferentemente como se llaman los otros perros. Y esta tarde, como te
vi hacer tantas cosas, y que te llaman -el perro sabio-, y, también,
como alzaste la cabeza a mirarme cuando te llamé en el corral, he
creído que tú eres hijo de la Montiela, a quien con grandísimo gusto
doy noticia de tus sucesos. Lo que has de hacer, hijo, es encomendarte
a Dios allá en tu corazón, y espera que éstas, que no quiero llamarlas
profecías, sino adivinanzas, han de suceder presto y prósperamente;
que, pues la buena de la Camacha las dijo, sucederán, sin duda alguna,
y tú y tu hermano, si es vivo, os veréis como deseáis.
"De lo que a mí me pesa es que estoy tan cerca de mi acabamiento que
no tendré lugar de verlo."
Finalmente, me dijo que aquella noche pensaba untarse para ir a uno de
sus usados convites, y que cuando allá estuviese, pensaba preguntar a
su dueño algo de lo que estaba por sucederme.
Levantóse y tomando el candil se entró en otro aposentillo más
estrecho; seguíla, combatido de mil varios pensamientos y admirado de
lo que había oído y de lo que esperaba ver. Colgó la Cañizares el
candil de la pared, y con mucha priesa, sacando de un rincón una olla
vidriada, metió en ella la mano, y murmurando entre dientes, se untó
desde los pies a la cabeza, que tenía sin toca. Antes que se acabase
de untar me dijo que, ora se quedase su cuerpo en aquel aposento sin
sentido; ora desapareciese dél, que no me espantase, ni dejase de
aguardar allí hasta la mañana, porque sabría las nuevas de lo que me
quedaba por pasar hasta ser hombre. Díjele bajando la cabeza que sí
haría, y con esto acabó su untura, y se tendió en el suelo como
muerta. Llegué mi boca a la suya, y vi que no respiraba poco ni mucho.
Quise morderla, por ver si volvía en sí, y no hallé parte en toda ella
que el asco no me lo estorbase; pero, con todo esto, la así de un
carcaño y la saqué arrastrando al patio; mas ni por esto dió muestras
de tener sentido. Allí, con mirar al cielo y verme en parte ancha, se
me quitó el temor; a lo menos se templó de manera que tuve ánimo de
esperar a ver en lo que paraba la ida y vuelta de aquella mala hembra
y lo que me contaba de mis sucesos. Se pasó la noche y se vino d día,
que nos halló a los dos en mitad del patio, ella no vuelta en sí, y a
mí junto a ella, en cuclillas, atento, mirando su espantosa y fea
catadura. Acudió la gente del hospital, y viendo aquel retablo, unos
decían: "Ya la bendita Cañizares es muerta; mirad cuán desfigurada y
flaca la tenía la penitencia"; otros, más considerados, la tomaron el
pulso, y vieron que le tenía, y que no era muerta, por do se dieron a
entender que estaba en éxtasis y arrobada, de puro buena. Otros hubo
que dijeron: "Esta vieja, sin duda, debe de ser bruja, y debe de estar
untada; que entre los que la conocemos, más fama tiene de bruja que de
santa." Curiosos hubo que se llegaron a hincarle alfileres por las
carnes, desde la punta hasta la cabeza; ni por eso recordaba la
dormilona, ni volvió en sí hasta las siete del día; y como se sintió
acribada de los alfileres y mordida de los carcañares, y magullada del
arrastramiento fuera de su aposento, y a vista de tantos ojos que la
estaban mirando, creyó, y creyó la verdad, que yo había sido el autor
de su deshonra; y así, arremetió a mí, y echándome ambas manos a la
garganta, procuraba ahogarme, diciendo: "¡Oh, bellaco, desagradecido,
ignorante y malicioso! Y ¿es este el pago que merecen las buenas obras
que a tu madre hice y de las que te pensaba hacer a ti?" Yo, que me vi
en peligro de perder la vida entre las uñas de aquella fiera arpía,
sacudíme, y asiéndola la zamarreé y arrastré por todo el patio; y ella
daba voces, que la librasen de los dientes de aquel maligno espíritu.
Con estas razones de la mala vieja creyeron los más que yo debía de
ser algún demonio de los que tienen ojeriza continua con los buenos
cristianos, y unos acudieron a echarme agua bendita, otros no osaban
llegar a quitarme, otros daban voces que me conjurasen; la vieja
gruñía; yo apretaba los dientes; crecía la confusión, y mi amo, que ya
había llegado al ruido, se desesperaba, oyendo decir que yo era
demonio. Otros, que no sabían de exorcismos, acudieron a tres o cuatro
garrotes, con los cuales comenzaron a santiguarme los lomos; escocióme
la burla, solté la vieja, y en tres saltos me puse en la calle y en
pocos más salí de la villa, perseguido de una infinidad de muchachos,
que iban a grandes voces diciendo: "¡Apártense, que rabia el perro
sabio!" Otros decían: "¡No rabia, sino que es demonio en figura de
perro!" Con este molimiento, a campana herida salí del pueblo,
siguiéndome muchos que indubitablemente creyeron que era demonio, así
por las cosas que me habían visto hacer como por las palabras que la
vieja dijo cuando despertó de su maldito sueño. Dime tanta priesa a
huir y a quitarme delante de sus ojos, que creyeron que me había
desaparecido como demonio; en seis horas anduve doce leguas, y llegué
a un rancho de gitanos, que estaba en un campo junto a Granada; allí
me reparé un poco, porque algunos de los gitanos me conocieron por el
perro sabio, y con no pequeño gozo me acogieron y escondieron en una
cueva, porque no me hallasen si fuese buscado, con intención, a lo que
después entendí, de ganar conmigo, como lo hacía el atambor mi amo.
Veinte días estuve con ellos.
CIPIÓN.--Antes, Berganza, que pases adelante, es bien que reparemos en
lo que te dijo la bruja, y averigüemos si puede ser verdad la grande
mentira a quien das crédito. Mira, Berganza, grandísimo disparate
sería creer que la Camacha mudase los hombres en bestias; todas estas
cosas y las semejantes son embelecos, mentiras o apariencias del
demonio; y si a nosotros nos parece ahora que tenemos algún
entendimiento y razón, pues hablamos siendo verdaderamente perros, o
estando en su figura, ya hemos dicho que éste es caso portentoso y
jamás visto, y que aunque le tocamos con las manos no le habernos de
dar crédito, hasta tanto que el suceso dél nos muestre lo que conviene
que creamos. ¿Quiéreslo ver más claro? La Camacha fué burladora falsa,
y la Cañizares embustera, y la Montiela tonta, maliciosa y bellaca,
con perdón sea dicho, si acaso es nuestra madre, de entrambos o tuya;
que yo no la quiero tener por madre.
BERGANZA.--Digo que tienes razón, Cipión hermano, y que eres más
discreto de lo que pensaba; y vengo a pensar y creer que todo lo que
hasta aquí hemos pasado, y lo que estamos pasando, es sueño, y que
somos perros; pero no por esto dejemos de gozar deste bien de la habla
que tenemos y de la excelencia tan grande de tener discurso humano
todo el tiempo que pudiéremos.
CIPIÓN.--De buena gana te escucho, por obligarte a que me escuches
cuando te cuente, si el cielo fuere servido, los sucesos de mi vida.
BERGANZA.--Al cabo de veinte días los #-gitanos-# me quisieron llevar
a Murcia. No me pareció bien el viaje que llevaban, y así, determiné
soltarme, como lo hice, y saliéndome de Granada di en una huerta de un
morisco, que me acogió de buena voluntad, y yo quedé con mejor,
pareciéndome que no me querría para más de para guardarle la huerta,
oficio, a mi cuenta, de menos trabajo que el de guardar ganado; y como
no había allí altercar sobre tanto más cuanto al salario, fué cosa
fácil hallar el morisco criado a quien mandar y yo amo a quien servir.
Estuve con él más de un mes, no por el gusto de la vida que tenía,
sino por el que me daba saber la de mi amo, y por ella la de todos
cuantos moriscos viven en España. ¡Oh, cuántas y cuáles cosas te
pudiera decir, Cipión amigo, desta morisca canalla, si no temiera no
poderlas dar fin en dos semanas! Como mi amo era mezquino, como lo son
todos los de su casta, sustentábame con pan de mijo y con algunas
sobras de zahinas, común sustento suyo; pero esta miseria me ayudó a
llevar el Cielo por un modo tan extraño como el que ahora oirás. Cada
mañana, juntamente con el alba, amanecía sentado al pie de un granado,
de muchos que en la huerta había, un mancebo, al parecer estudiante,
vestido de bayeta, no tan negra ni tan peluda, que no pareciese parda
y tundida. Ocupábase en escribir en un cartapacio, y de cuando en
cuando se daba palmadas en la frente y se mordía las uñas, estando
mirando al cielo; y otras veces se ponía tan imaginativo que no movía
pie ni mano, ni aun las pestañas: tal era su embelesamiento. Una vez
me llegué junto a él sin que me echase de ver; oíle murmurar entre
dientes, y al cabo de un buen espacio dió una gran voz, diciendo:
"¡Vive el Señor que es la mejor octava que he hecho en todos los días
de mi vida!" Y escribiendo apriesa en su cartapacio, daba muestras de
gran contento; todo lo cual me dio a entender que el desdichado era
poeta. Hícele mis acostumbradas caricias, por asegurarle de mi
mansedumbre; écheme a sus pies, y él, con esta seguridad, prosiguió en
sus pensamientos y tornó a rascarse la cabeza y a sus arrobos, y a
volver a escribir lo que había pensado. Después de haber escrito
algunas coplas de #-una-# comedia, con mucho sosiego y espacio sacó de
la faldriquera algunos mendrugos de pan y obra de veinte pasas, que, a
mi parecer, entiendo que se las conté, y aun estoy en duda si eran
tantas, porque juntamente con ellas hacían bulto ciertas migajas de
pan que las acompañaban. Sopló y apartó las migajas, y una a una se
comió las pasas y los palillos, porque no le vi arrojar ninguno,
ayudándolas con los mendrugos, que, morados con la borra de la
faldriquera, parecían mohosos, y eran tan duros de condición, que
aunque él procuró enternecerlos paseándolos por la boca una y muchas
veces, no fué posible moverlos de su terquedad; todo lo cual redundó
en mi provecho, porque me los arrojó, diciendo: "¡To, to! Toma, que
buen provecho te hagan." "¡Mirad--dije entre mí--qué néctar o
ambrosía me da este poeta, de los que ellos dicen que se mantienen los
dioses y su Apolo allá en el cielo!" En fin, por la mayor parte,
grande es la miseria de los poetas; pero mayor era mi necesidad, pues
me obligó a comer lo que él desechaba. En tanto que duró la
composición de su comedia, no dejó de venir a la huerta, ni a mí me
faltaron mendrugos, porque los repartía conmigo con mucha liberalidad,
y luego nos íbamos a la noria, donde, yo de bruces y él con un
canjilón satisfacíamos la sed como unos monarcas. Pero faltó el poeta,
y sobró en mí la hambre, tanto, que determiné dejar al morisco y
entrarme en la ciudad a buscar ventura, que la halla el que se muda.
Al entrar de la ciudad vi que salía del famoso monasterio de San
Jerónimo, mi poeta, que, como me vio, se vino a mí con los brazos
abiertos, y yo me fuí a él con nuevas muestras de regocijo por haberle
hallado. Luego al instante comenzó a desembaular pedazos de pan, más
tiernos que los que solía llevar a la huerta, y a entregarlos a mis
dientes sin repasarlos por los suyos, merced que con nuevo gusto
satisfizo mi hambre. Los tiernos mendrugos y el haber visto salir a mi
poeta del monasterio dicho me pusieron en sospecha de que tenía las
musas vergonzantes, como otros muchos las tienen. Encaminóse a la
ciudad, y yo le seguí, con determinación de tenerle por amo, si él
quisiese, imaginando que de las sobras de su castillo se podía
mantener mi real. De lance en lance #-vine a parar en casa de un autor
de comedías-# y con una compañía llegué a esta ciudad de Valladolid,
donde en un entremés me dieron una herida que me llegó casi al fin de
la vida; no pude vengarme, por estar enfrenado entonces, y después, a
sangre fría, no quise; que la venganza pensada arguye crueldad y mal
ánimo. Cansóme aquel ejercicio, no por ser trabajo, sino porque veía
en él cosas que juntamente pedían enmienda y castigo; y como a mí
estaba más el sentillo que el remediallo, acordé de no verlo, y así,
me acogí a sagrado, como hacen aquellos que dejan los vicios cuando no
pueden ejercitallos, aunque más vale tarde que nunca. Digo, pues, que
viéndote una noche llevar la linterna con el buen cristiano Mahudes,
te consideré contento y justa y santamente ocupado; y lleno de buena
envidia quise seguir tus pasos, y con esta loable intención me puse
delante de Mahudes, que luego me eligió para tu compañero y me trujo a
este hospital. ¿Ves cuan larga ha sido mi plática? ¿Ves mis muchos y
diversos sucesos? ¿Consideras mis caminos y mis amos tantos? Pues todo
lo que has oído es nada, comparado a lo que te pudiera contar.
CIPIÓN.--Y con esto pongamos fin a esta plática; que la luz que entra
por estos resquicios muestra que es muy entrado el día, y esta noche
que viene, si no nos ha dejado este grande beneficio de la habla, será
la mía, para contarte mi vida.
BERGANZA.--Sea ansí, y mira que acudas a este mismo puesto.
EL RETABLO DE LAS MARAVILLAS
(-Salen- CHANFALLA -y la- CHERINOS.)
CHANFALLA.--No se te pasen de la memoria, Chirinos, mis
advertimientos, principalmente los que te he dado para este nuevo
embuste.
CHIRINOS.--Chanfalla ilustre, lo que en mí fuere, tenlo como de molde;
que tanta memoria tengo como entendimiento, a quien se junta una
voluntad de acertar a satisfacerte que excede a las demás potencias.
CHANFALLA.--Chirinos, poco a poco estamos ya en el pueblo, y estos que
aquí vienen deben de ser, como lo son sin duda, el Gobernador y los
Alcaldes. Salgámosles al encuentro, y date un filo a la lengua en la
piedra de la adulación; pero no despuntes de aguda.
(-Salen el- GOBERNADOR -y- BENITO REPOLLO, -alcalde-;JUAN -#Tostado#,
regidor, y- PEDRO CAPACHO, -escribano-.)
Beso a vuesas mercedes las manos. ¿Quién de vuesas mercedes es el
Gobernador de este pueblo?
GOBERNADOR.--Yo soy el Gobernador; ¿qué es lo que queréis, buen
hombre?
CHANFALLA.--A tener yo dos onzas de entendimiento, hubiera echado de
ver que esa peripatética y anchurosa presencia no podía ser de otro
que del dignísimo Gobernador de este honrado pueblo.
GOBERNADOR.--Y bien, ¿qué es lo que queréis, hombre honrado?
CHIRINOS.--Honrados días viva vuesa merced que así nos honra; en fin,
la encina da bellotas, el pero, peras; la parra, uvas, y el honrado,
honra, sin poder hacer otra cosa.
BENITO.--Sentencia -ciceronianca-, sin quitar ni poner un punto.
CAPACHO.---Ciceroniana- quiso decir el señor alcalde Benito Repollo.
BENITO.--Siempre quiero decir lo que es mejor, sino que las más veces
no acierto; en fin, buen hombre, ¿qué queréis?
CHANFALLA.--Yo, señores míos, soy Montiel, el que trae el Retablo de
las Maravillas; hanme enviado a llamar de la corte los señores
cofrades de los hospitales, porque no hay autor de comedias en ella, y
perecen los hospitales; y con mi ida se remediará todo.
GOBERNADOR.--Y ¿qué quiere decir Retablo de las Maravillas?
CHANFALLA.--Por las maravillosas cosas que en él se enseñan y
muestran, viene a ser llamado Retablo de las Maravillas; el cual
fabricó y compuso el sabio Tontonelo debajo de tales paralelos,
rumbos, astros y estrellas; con tales puntos, caracteres y
observaciones, que ninguno puede ver las cosas que en él se muestran,
que tenga alguna raza de confeso, o sea -#hijo de padres ladrones#-; y
el que fuere contagiado destas dos tan usadas enfermedades, despídase
de ver las cosas jamás vistas ni oídas de mi Retablo.
BENITO.--Ahora echo de ver que cada día se ven en el mundo cosas
nuevas. Y ¡qué! ¿se llamaba Tontonelo el sabio que el Retablo compuso?
CHERINOS.--Tontonelo se llamaba, nacido en la ciudad de Tontonela;
hombre de quien hay fama que le llegaba la barba a la cintura.
BENITO.--Por la mayor parte, los hombres de grandes barbas son
sabihondos.
GOBERNADOR.--Señor regidor Juan -#Tostado#-, yo determino, debajo de
su buen parecer, que esta noche se despose la señora Teresa
-#Tostada#-, su hija, de quien yo soy padrino, y en regocijo de la
fiesta, quiero que el señor Montiel muestre en vuestra casa su
Retablo.
JUAN.--Eso tengo yo por servir al señor Gobernador, con cuyo parecer
me convengo, entablo y arrimo, aunque haya otra cosa en contrario.
CHIRINOS.--La cosa que hay en contrario es, que si no se nos paga
primero nuestro trabajo, así verán las figuras como por el cerro de
Ubeda. ¿Y vuesas mercedes, señores Justicias, tienen conciencia y alma
en esos cuerpos? Bueno sería que entrase esta noche todo el pueblo en
casa del señor Juan -#Tostado#-, o como es su gracia, y viese lo
contenido en el tal retablo, y mañana, cuando quisiésemos mostralle al
pueblo, no hubiese ánima que le viese: no, señores, no, señores; -ante
omnia- nos han de pagar lo que fuere justo.
BENITO.--Señora autora, aquí no os ha de pagar ninguna Antona, ni
ningún Antoño; el señor regidor Juan -#Tostado#- os pagará más que
honradamente, y si no el Concejo. ¡Bien conocéis el lugar por cierto!
Aquí, hermana, no aguardamos a que ninguna Antona pague por nosotros.
CAPACHO.--¡Pecador de mí, señor Benito Repollo, y qué lejos da del
blanco! No dice la señora autora que pague ninguna Antona, sino que le
paguen adelantado, y ante todas cosas, que eso quiere decir -ante
omnia-.
BENITO.--Mirad, escribano Pedro Capacho; haced vos que me hablen a
derechas, que yo entenderé a pie llano; vos, que sois leído y
escribido, podéis entender esas algarabías de allende, que yo, no.
JUAN.--Ahora bien, ¿contentarse ha el señor autor con que yo le dé
adelantados media docena de ducados? Y más, que se tendrá cuidado que
no entre gente del pueblo esta noche en mi casa.
CHANFALLA.--Soy contento; porque yo me fío de la diligencia de vuesa
merced y de su buen término.
JUAN.--Pues véngase conmigo, recibirá el dinero y verá mi casa y la
comodidad que hay en ella para mostrar ese Retablo.
CHANFALLA.--Vamos, y no se les pase de las mientes las calidades que
han de tener los que se atrevieren a mirar el maravilloso Retablo.
BENITO.--A mi cargo queda eso, y séle decir que por mi parte puedo ir
seguro a juicio, pues tengo el padre alcalde; cuatro dedos de enjundia
de cristiano viejo rancioso tengo sobre los cuatro costados de mi
linaje: miren si veré el tal Retablo.
CAPACHO.--Todos le pensarnos ver, señor Benito Repollo.
JUAN.--No nacimos acá en las malvas, señor Pedro Capacho.
GOBERNADOR.--Todo será menester, según voy viendo, señores Alcalde,
Regidor y Escribano.
JUAN.--Vamos, autor, y manos a la obra; que Juan -#Tostado#- me llamo,
hijo de Antón -#Tostado#- y de Juana Macha; y no digo más en abono, y
seguro que podré ponerme cara a cara y a pie quedo delante del
referido Retablo.
CHERINOS.--Dios lo haga.
(-Entranse- JUAN -#Tostado# y- CHANFALLA.)
GOBERNADOR.--Señora autora, ¿qué poetas se usan ahora en la Corte, de
fama y rumbo, especialmente de los llamados cómicos?; porque yo tengo
mis puntas y collar de poeta, y pícome de la farándula y carátula.
Veinte y dos comedias tengo, todas nuevas, que se ven las unas a las
otras; y estoy aguardando coyuntura para ir a la Corte y enriquecer
con ellas media docena de autores.
CHERINOS.--A lo que vuesa merced, señor Gobernador, me pregunta de los
poetas, no le sabré responder; porque hay tantos, que quitan el sol; y
todos piensan que son famosos. Los poetas cómicos son los ordinarios y
que siempre se usan, y así no hay para qué nombrallos. Pero dígame
vuesa merced, por su vida: ¿cómo es su buena gracia? ¿Cómo se llama?
GOBERNADOR.--A mí, señora autora, me llaman el Licenciado Gomecillos.
CHERINOS.--¡Válame Dios! ¿Y que vuesa merced es el señor Licenciado
Gomecillos, el que compuso aquellas coplas tan famosas de -Lucifer
estaba malo, y tómale mal de fuera-?
GOBERNADOR.--Malas lenguas hubo que me quisieron ahijar esas coplas, y
así fueron mías como del Gran Turco. Las que yo compuse, y no lo
quiero negar, fueron aquellas que trataron del diluvio de Sevilla; que
puesto que los poetas son ladrones unos de otros, nunca me precié de
hurtar nada a nadie: con mis versos me ayude Dios, y hurte el que
quisiere.
(-Vuelve- CHANFALLA.)
CHANFALLA.--Señores, vuesas mercedes vengan, que todo está a punto, y
no falta más que comenzar.
CHIRINOS.--¿Está ya el dinero -in Corbona-?
CHANFALLA.--Y aun entre las telas del corazón.
CHIRINOS.--Pues doyte por aviso, Chanfalla, que el Gobernador es
poeta.
CHANFALLA.--¿Poeta? ¡Cuerpo del mundo! Pues dale por engañado, porque
todos los de humor semejante son hechos a la macacona, gente
descuidada, crédula y no nada maliciosa.
BENITO.--Vamos, autor, que me saltan los pies por ver esas maravillas.
(-Entranse todos-.)
(-Salen- JUANA -#Tostada# y- TERESA REPOLLA, -labradoras; la una como
desposada, que es la #Tostada#-.)
TOSTADA.--Aquí te puedes sentar, Teresa Repolla amiga, que tendremos
el Retablo enfrente; y pues sabes las condiciones que han de tener los
miradores del Retablo, no te descuides, que sería una gran desgracia.
TERESA.--Ya sabes, Juana -#Tostada#-, que soy tu prima, y no digo más.
Tan cierto tuviera yo el cielo como tengo cierto ver todo aquello que
el Retablo mostrare. Por el siglo de mi madre, que me sacase los
mismos ojos de mi cara, si alguna desgracia me aconteciese bonita soy
yo para eso.
JUANA -#Tostada#-.--Sosiégate, prima, que toda la gente viene.
(-Entran el- GOBERNADOR, BENITO REPOLLO, JUAN -#Tostado#-, PEDRO
CAPACHO, -el autor y la autora y otra gente del pueblo, y un sobrino
de Benito que ha de ser aquel gentilhombre que baila-.)
CHANFALLA.--Siéntense todos; el Retablo ha de estar detrás de este
repostero, y la autora también.
GOBERNADOR.--El señor Montiel comience su obra.
BENITO.--Poca balumba trae este autor para tan gran Retablo.
JUAN.--Todo debe de ser de maravillas.
CHANFALLA.--Atención, señores, que comienzo:--¡Oh tú, quienquiera que
fuiste, que fabricaste este Retablo con tan maravilloso artificio, que
alcanzó renombre -de las Maravillas-! Por la virtud que en él se
encierra, te conjuro, apremio y mando que luego incontinente muestres
a estos señores algunas de las tus maravillosas maravillas, para que
se regocijen y tomen placer, sin escándalo alguno. Ea, que ya veo que
has otorgado mi petición, pues por aquella parte asoma la figura del
valentísimo Sansón, abrazado con las colunas del templo, para
derriballe por el suelo y tomar venganza de sus enemigos. ¡Tente,
valeroso caballero, tente, por la gracia de Dios Padre; no hagas tal
desaguisado, porque no cojas debajo y hagas tortilla tanto y tan noble
gente como aquí se ha juntado!
BENITO.--¡Véngase, cuerpo de tal, conmigo! Bueno sería que, en lugar
de habernos venido a holgar, quedásemos aquí hechos plasta. ¡Téngase,
señor Sancho, pesia a mis males, que se lo ruegan buenos!
CAPACHO.--¿Veisle vos, -#Tostado#-?
JUAN.--Pues ¿no le había de ver? ¿Tengo yo los ojos en el colodrillo?
CAPACHO [#-aparte-#].--Milagroso caso es éste: así veo yo a Sansón
ahora como el Gran Turco. Pues en verdad que me tengo por legítimo y
cristiano viejo.
CHIRINOS.--¡Guárdate, hombre, que sale el mesmo toro que mató al
ganapán en Salamanca! ¡Échate, hombre; échate, hombre; ¡Dios te libre!
¡Dios te libre!
[Ilustración: ¡Échense todos, échense todos! ...]
CHANFALLA.--¡Échense todos, échense todos! ¡Húchoho! ¡húchoho!
¡húchoho!
(-Echanse todos y alborótanse-.)
BENITO.--El diablo lleva en el cuerpo el torillo; sus partes tiene de
hosco y de bragado; si no me tiendo, me lleva de vuelo.
JUAN.--Señor autor, haga, si puede, que no salgan figuras que nos
alboroten, y no lo digo por mí, sino por estas mochachas que no les ha
quedado gota de sangre en el cuerpo de la ferocidad del toro.
#-Tostada-#.--Y ¡cómo, padre! No pienso volver en mí en tres días; ya
me vi en sus cuernos, que los tiene agudos como una lesna.
JUAN.--No fueras tú mi hija y no lo vieras.
GOBERNADOR [#-aparte-#].--Basta que todos ven lo que yo no veo; pero
al fin habré de decir que lo veo, por la negra honrilla.
CHIRINOS.--Esa manada de ratones que allá va, deciende por línea recta
de aquellos que se criaron en el arca de Noé; dellos son blancos,
dellos albarazados, dellos jaspeados, y dellos azules, y finalmente,
todos son ratones.
#-Tostada-#.--¡Jesús! ¡Ay de mí! ¡Ténganme que me arrojaré por aquella
ventana! ¿Ratones? ¡Desdichada! Amiga, apriétate las faldas y mira no
te muerdan; y ¡monta que son pocos! Por el siglo de mi abuela, que
pasan de milenta.
REPOLLA.--Yo sí soy la desdichada, porque se me entran sin reparo
ninguno; un ratón morenico me tiene asida de una rodilla. ¡Socorro
venga del cielo, pues en la tierra me falta!
CHANFALLA.---Esta agua, que con tanta priesa se deja descolgar de las
nubes, es de la fuente que da origen y principio al río Jordán; toda
mujer a quien tocare en d rostro se le volverá como de plata bruñida,
y a los hombres se les volverán las barbas como de oro.
#-Tostada-#.--¿Oyes, amiga? Descubre el rostro, pues ves lo que te
importa. ¡Oh, qué licor tan sabroso! Cúbrase, padre, no se moje.
JUAN.--Todos nos cubrimos, hija.
BENITO.--Por las espaldas me ha calado el agua hasta la canal maestra.
CAPACHO [#-aparte-#].--Yo estoy más seco que un esparto.
GOBERNADOR [#-aparte-#].--¿Qué diablos puede ser esto, que aún no me
ha tocado una gota, donde todos se ahogan? #-Si empiezo a pensar mal de
la honradez de mis padres.-#
CAPACHO.--Fresca es el agua del santo río Jordán; y aunque me cubrí lo
que pude todavía me alcanzó un poco en los bigotes, y apostaré que los
tengo rubios como un oro.
BENITO.--Y aun peor cincuenta veces.
CHERINOS.--Allá van hasta dos docenas de leones rampantes y de osos
colmeneros; todo viviente se guarde; que, aunque fantásticos, no
dejarán de dar alguna pesadumbre, y aun de hacer las fuerzas de
Hércules, con espadas desenvainadas.
JUAN.--Ea, señor autor, ¡cuerpo de nos! ¿Y agora nos quiere llenar la
casa de osos y de leones?
BENITO.--¡Mirad qué ruiseñores y calandrias nos envía Tontonelo, sino
leones y dragones! Señor autor, y salgan figuras más apacibles, o aquí
nos contentamos con las vistas, y Dios le guíe, y no pare más en el
pueblo un momento.
#-Tostada-#.--Señor Benito Repollo, deje salir ese oso y leones,
siquiera por nosotras, y recebiremos mucho contento.
JUAN.--Pues, hija, de antes te espantabas de los ratones, ¿y agora
pides osos y leones?
#-Tostada-#.--Todo lo nuevo aplace, señor padre.
CHIRINOS.--Esa doncella que agora se muestra tan galana y tan
compuesta, es la llamada Herodías, cuyo baile alcanzó en premio la
cabeza del Precursor de la vida; si hay quien la ayude a bailar verán
maravillas.
BENITO.--Esta sí ¡cuerpo del mundo! que es figura hermosa, apacible y
reluciente. Sobrino Repollo, tú que sabes de achaque de castañetas,
ayúdala y será la fiesta de cuatro capas.
SOBRINO.--Que me place, tío Benito Repollo.
(-Tocan la- Zarabanda.)
CAPACHO.--¡Toma mi abuelo, si es antiguo el baile de la Zarabanda y de
la Chacona!
BENITO.--¡Ea, sobrino! ... #-Pero diga, señor autor, si esa Herodías-#
es judía, ¿cómo vee estas maravillas?
CHANFALLA.--Todas las reglas tienen excepción, señor Alcalde.
(-Suena una trompeta o corneta dentro del teatro, y entra un furrier
de compañías.-)
FURRIER.--¿Quién es aquí el señor Gobernador?
GOBERNADOR.--Yo soy: ¿qué manda vuesa merced?
FURRIER.--Que luego, al punto, mande hacer alojamiento para treinta
hombres de armas, que llegarán aquí dentro de media hora, y aun antes,
que ya suena la trompeta. Y adiós.
(#-Vase-#.)
BENITO.--Yo apostaré que los envía el sabio Tontonelo.
CHANFALLA.--No hay tal; que esta es una compañía de caballos, que
estaba alojada dos leguas de aquí.
BENITO.--Ahora yo conozco bien a Tontonelo, y sé que vos y él sois
unos grandísimos bellacos; y mirá que os mando que mandéis a Tontonelo
no tenga atrevimiento de enviar estos hombres de armas, que le haré
dar docientos azotes en las espaldas, que se vean unos a otros.
CHANFALLA.--Digo, señor alcalde, que no los envía Tontonelo.
BENITO.--Digo que los envía Tontonelo, como ha enviado las otras
sabandijas que yo he visto.
CAPACHO.--Todos las habernos visto, señor Benito Repollo.
BENITO.--No digo yo que no, señor Pedro Capacho.
-(Vuelve el furrier.)-
FURRIER.--Ea, ¿está ya hecho el alojamiento?, que ya están los
caballos en el pueblo.
BENITO.--¿Qué, todavía ha salido con la suya Tontonelo? Pues yo os
voto a tal, autor de humos y de embelecos, que me lo habéis de pagar.
CHANFALLA.--Séanme testigos que me amenaza el alcalde.
CHIRINOS.--Séanme testigos que dice el Alcalde que lo que manda S.M.
lo manda el sabio Tontonelo.
BENITO.--Atontoneleada te vean mis ojos, plega a Dios todopoderoso.
GOBERNADOR.--Yo para mí tengo que verdaderamente estos hombres de
armas no deben de ser de burlas.
FURRIER.--¿De burlas habían de ser, señor Gobernador? ¿Está en su
seso?
JUAN.--Bien pudieran ser atontonelados; como esas cosas habemos visto
aquí. Por vida del autor, que haga salir otra vez a la doncella
Herodías, por que vea este señor lo que nunca ha visto; quizá con esto
le cohecharemos para que se vaya presto del lugar.
CHANFALLA.--Eso en buen hora, y veisla aquí a de vuelve, y hace de
señas a su bailador a que de nuevo la ayude.
SOBRINO.--Por mí no quedará, por cierto.
BENITO.--Eso sí, sobrino, cánsala, cánsala; vueltas y más vueltas;
¡vive Dios, que es un azogue la muchacha! ¡Al hoyo, al hoyo! ¡A ello,
a ello!
FURRIER.--¿Está loca esta gente? ¿Qué diablos de doncella es ésta y
qué baile y qué Tontonelo?
CAPACHO.--¿Luego no vee la doncella herodiana el señor furrier?
FURRIER.--¿Qué diablos de doncella tengo de ver?
CAPACHO.--Basta: de -ex illis- es.
GOBERNADOR.--De -ex illis- es, de -ex illis- es.
JUAN.--De ellos es, de ellos, el señor furrier; de ellos es.
FURRIER.--Por Dios vivo, que si echo mano a la espada, que los haga
salir por las ventanas, que no por la puerta.
CAPACHO.--Basta, de -ex illis- es.
BENITO.--Basta; de ellos es, pues no vee nada.
FURRIER.--¡Canalla! Si otra vez me dicen que soy de ellos no les
dejaré hueso sano.
BENITO.--Nunca los confesos ni -ladrones- fueron valientes; y por eso
no podemos dejar de decir: de ellos es, de ellos es.
FURRIER.--¡Cuerpo de Dios con los villanos! Esperad.
-(Mete mano a la espada y acuchíllase con todos, y la Cherinos
descuelga la manta y dice:)-
El diablo ha sido la trompeta y la venida de los hombres de armas; más
parece que los llamaron con campanilla.
CHANFALLA.--El suceso ha sido extraordinario; la virtud del Retablo se
queda en su punto, y mañana lo podemos mostrar al pueblo; y nosotros
mismos podemos cantar el triunfo de esta batalla diciendo: ¡Vivan
Chirinos y Chanfalla!
EL CERCO DE NUMANCIA
FIGURAS SIGUIENTES:
CIPIÓN, romano.
IUGURTA, romano.
-Gayo- MARIO, romano.
QUINTO FABIO, romano.
CUATRO SOLDADOS ROMANOS.
DOS NUMANTINOS, EMBAJADORES.
TEÓGENES, numantino.
CARAVINO, numantino.
CUATRO GOBERNADORES NUMANTINOS.
MARANDRO, numantino.
DOS SACERDOTES NUMANTINOS.
UN HOMBRE NUMANTINO.
-Un Demonio-.
CUATRO MUJERES DE NUMANCIA.
LIRA, doncella.
DOS CIUDADANOS NUMANTINOS.
UNA MUJER DE NUMANCIA.
UN HIJO SUYO.
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