resto cada uno más de cien reales en cuartos y en plata. Llegó una
mano de echar todos el resto, y si uno no diera partido a otro él
hiciera mesa gallega. Finalmente, a los dos en aquel resto se les
acabó el dinero y se levantaron; viendo lo cual el vendedor del asno,
dijo que si hubiera cuarto, que él jugara, porque era enemigo de jugar
en tercio. El Asturiano dijo que él haría cuarto. Sentáronse luego,
anduvo la cosa de buena manera, y queriendo jugar antes el dinero que
el tiempo, en poco rato perdió Lope seis escudos que tenia, y viéndose
sin blanca, dijo que si le querían jugar el asno, que él le jugaría.
Acetáronle el envite, y hizo de resto un cuarto del asno, diciendo que
por cuartos quería jugarle. Dijole tan mal, que en cuatro restos
consecutivamente perdió los cuatro cuartos del asno, y ganóselos el
mismo que se le había vendido; y levantándose para volverse a
entregarse en él, dijo el Asturiano que advirtiesen que él solamente
había jugado los cuatro cuartos del asno; pero la cola, que se la
diesen, y se le llevasen norabuena.
Causóles risa a todos la demanda de la cola, y hubo letrados que
fueron de parecer que no tenía razón en lo que pedía, diciendo que
cuando se vende un carnero o otra res alguna, no se saca ni quita la
cola, que con uno de los cuartos traseros ha de ir forzosamente. A lo
cual replicó Lope que los carneros de Berbería ordinariamente tienen
cinco cuartos, y que el quinto es de la cola, y cuando los tales
carneros se cuartean, tanto vale la cola como cualquier cuarto; y que
a lo de ir la cola junto con la res que se vende viva y no se cuartea,
que lo concedía; pero que la suya no fué vendida, sino jugada, y que
nunca su intención fué jugar la cola, y que al punto se la volviesen
luego con todo lo a ella anejo y concerniente, que era desde la punta
del celebro, contada la osamenta del espinazo, donde ella tomaba
principio y decendía, hasta parar en los últimos pelos della.
--Dadme vos--dijo uno--que ello sea así como decís, y que os la den
como la pedís, y sentaos junto a lo que del asno queda.
--¡Pues así es!--replicó Lope--. Venga mi cola; si no, por Dios que
no me lleven el asno si bien viniesen por él cuantos aguadores hay en
el mundo; y no piensen que por ser tantos los que aquí están me han de
hacer superchería, porque soy yo un hombre que me sabré llegar a otro
hombre y meterle dos palmos de daga por las tripas, sin que sepa de
quién, por dónde, o cómo le vino; y más, que no quiero que me paguen
la cola rata por cantidad, sino que quiero que me la den en ser y la
corten del asno, como tengo dicho.
Al ganancioso y a los demás les pareció no ser bien llevar aquel
negocio por fuerza, porque juzgaron ser de tal brío el Asturiano, que
no consentiría que se la hiciesen, y uno dellos, que parecía de más
razón y discurso, los concertó en que se echase la cola contra un
cuarto del asno a una quínola, o a dos y pasante. Fueron contentos,
ganó la quínola Lope, picóse el otro, echó el otro cuarto, y a otras
tres manos quedó sin asno. Quiso jugar el dinero; no quería Lope; pero
tanto le porfiaron todos, que lo hubo de hacer, con que hizo el viaje
del desposado, dejándole sin un solo maravedí; y fué tanta la
pesadumbre que desto recibió el perdidoso, que se arrojó en el suelo y
comenzó a darse de calabazadas por la tierra. Lope, como bien nacido y
como liberal y compasivo, le levantó y le volvió todo el dinero que le
había ganado, y los diez y seis ducados del asno, y aun de los que él
tenía repartió con los circunstantes, cuya extraña liberalidad pasmó a
todos; y si fueran los tiempos y las ocasiones del Tamorlán, le
alzaran por rey de los aguadores.
Con grande acompañamiento volvió Lope a la ciudad, donde contó a Temas
lo sucedido. No quedó taberna, ni bodegón, ni junta de pícaros donde
no se supiese el juego del asno, el esquite por la cola y el brío y la
liberalidad del Asturiano; pero como la mala bestia del vulgo, por la
mayor parte, es mala, maldita y maldiciente, no tomó de memoria la
liberalidad, brío y buenas partes del gran Lope, sino solamente la
cola; y así, apenas hubo andado dos días por la ciudad echando agua,
cuando se vió señalar de muchos con el dedo, que decían: "Este es el
aguador de la cola." Estuvieron los muchachos atentos, supieron el
caso, y no había asomado Lope por la entrada de cualquiera calle,
cuando por toda ella le gritaban, quién de aquí y quién de allí:
"¡Asturiano, daca la cola! ¡Daca la cola, Asturiano!" Lope, que se vió
asaetear de tantas lenguas y con tantas voces, dió en callar, creyendo
que en su mucho silencio se anegara tanta insolencia; mas ni por esas;
pues mientras más callaba, más los muchachos gritaban; y así, probó a
mudar su paciencia en cólera, y apeándose del asno, dió a palos tras
los muchachos, que fué afinar el polvorín y ponerle fuego, y fué otro
cortar las cabezas de la serpiente, pues en lugar de una que quitaba,
apaleando a algún muchacho, nacían en el mismo instante, no otras
siete, sino setecientas, que con mayor ahinco y menudeo le pedían la
cola. Finalmente, tuvo por bien de retirarse a una posada que había
tomado fuera de la de su compañero, y de estarse en ella hasta que la
influencia de aquel mal planeta pasase, y se borrase de la memoria de
los muchachos aquella demanda mala de la cola que le pedían.
Seis días se pasaron sin que saliese de casa, si no era de noche, que
iba a ver a Tomás y a preguntarle del estado en que se hallaba, el
cual le contó que -#no#- había podido hablar una sola palabra -#con
Costanza#-. Lope le contó a él la priesa que le daban los muchachos
pidiéndole la cola, porque él había pedido la de su asno, con que hizo
el famoso esquite. Aconsejóle Tomás que no saliese de casa, a lo
menos, sobre el asno, y que si saliese, fuese por calles solas y
apartadas, y que cuando esto no bastase, bastaría dejar el oficio,
último remedio de poner fin a tan poco honesta demanda. Retiróse, con
esto, a su posada Lope, con determinación de no salir della en otros
seis días, a lo menos, con el asno.
Las once serían de la noche, cuando de improviso y sin pensarlo vieron
entrar en la posada muchas varas de justicia y, al cabo, el
Corregidor. Alborotóse el huésped, y aun los huéspedes; porque así
como los cometas cuando se muestran siempre causan temores de
desgracias e infortunios, ni más ni menos la justicia, cuando de
repente y de tropel se entra en una casa, sobresalta y atemoriza hasta
las conciencias no culpadas. Entróse el Corregidor en una sala, y
llamó al huésped de casa, el cual vino temblando a ver lo que el señor
Corregidor quería. Y así como le vió el Corregidor, le preguntó con
mucha gravedad:
--¿Sois vos el huésped?
--Sí, señor--respondió él--; para lo que vuesa merced me quisiere
mandar.
Mandó el Corregidor que saliesen de la sala todos los que en ella
estaban y que le dejasen solo con el huésped. Hiciéronlo así, y
quedándose solos, dijo el Corregidor al huésped:
--¿Dónde está una muchacha que dicen que sirve en esta casa, tan
hermosa, que por toda la ciudad la llaman la -ilustre fregona-?
--Señor--respondió el huésped--, esa -fregona ilustre- que dicen es
verdad que está en esta casa; pero ni es mi criada, ni deja de serlo.
--No entiendo lo que decís, huésped, en eso de ser y no ser vuestra
criada la fregona.
--Yo he dicho bien--añadió el huésped--; y si vuesa merced me da
licencia, le diré lo que hay en esto, lo cual jamás he dicho a persona
alguna.
--Primero quiero ver a la fregona que saber otra cosa; llamadla acá
--dijo d Corregidor.
Asomóse el huésped a la puerta de la sala, y dijo:
--¿Oíslo, señora? Haced que entre aquí Costancica.
Sin aguardar que otra vez la llamasen, tomó, -#Costanza#-, una vela
encendida sobre un candelero de plata, y con más vergüenza que temor
fué donde el Corregidor estaba.
Así como el Corregidor la vió, mandó al huésped que cerrase la puerta
de la sala; lo cual hecho, el Corregidor se levantó, y tomando el
candelero que Costanza traía, llegándole la luz al rostro, la anduvo
mirando toda de arriba abajo; y como Costanza estaba con sobresalto,
habíasele encendido la color del rostro, y estaba tan hermosa y tan
honesta, que al Corregidor le pareció que estaba mirando la hermosura
de un ángel en la tierra; y después de haberla bien mirado, dijo:
--Huésped, ésta no es joya para estar en el bajo engaste de un mesón.
Digo, doncella, que no solamente os pueden y deben llamar -ilustre-,
sino -ilustrísima-; pero estos títulos no habían de caer sobre el
nombre de -fregona-, sino sobre el de una duquesa.
--No es -fregona-, señor--dijo el huésped--; que no sirve de otra
cosa en casa que de traer las llaves de la plata, que por la bondad de
Dios tengo alguna, con que se sirven los huéspedes honrados que a esta
posada vienen.
--Con todo eso--dijo el Corregidor--, digo, huésped, que ni es
decente ni conviene que esta doncella esté en un mesón. ¿Es parienta
vuestra por ventura?
--Ni es mi parienta, ni es mi criada; y si vuesa merced gustare de
saber quién es, como ella no esté delante, oirá vuesa merced cosas
que, juntamente con darle gusto, le admiren.
--Sí gustaré--dijo el Corregidor--; y sálgase Costancica allá fuera,
y prométase de mí lo que de su mismo padre pudiera prometerse; que su
mucha honestidad y hermosura obligan a que todos los que la vieren se
ofrezcan a su servicio.
No respondió palabra Costanza, sino con mucha mesura hizo una profunda
reverencia al Corregidor, y salióse de la sala, y halló a su ama
desalada esperándola, para saber della qué era lo que el Corregidor la
quería. Ella le contó lo que había pasado, y cómo su señor quedaba con
él para contalle no sé qué cosas que no quería que ella las oyese.
No acabó de sosegarse la huéspeda, y siempre estuvo rezando hasta que
se fué el Corregidor y vió salir libre a su marido, el cual, en tanto
que estuvo con el Corregidor le dijo:
--Hoy hacen, señor, según mi cuenta, quince años, un mes y cuatro días
que llegó a esta posada una señora en hábito de peregrina, en una
litera, -#con una niña recién nacida#-, y acompañada de cuatro criados
de a caballo, y de dos dueñas y una doncella, que en un coche venían.
Traía asimismo dos acémilas cubiertas con dos ricos reposteros, y
cargadas con una rica cama y con aderezos de cocina; finalmente, el
aparato era principal, y la peregrina representaba ser una gran
señora; y aunque en la edad mostraba ser de cuarenta o pocos más años,
no por eso dejaba de parecer hermosa en todo extremo. Venía enferma y
descolorida, y tan fatigada, que mandó que luego le hiciesen la cama,
y en esta misma sala se la hicieron sus criados. Yo y mi mujer
preguntamos a -#éstos#- quién era la tal señora y cómo se llamaba, de
adónde venía y adónde iba, y por qué causa se vestía aquel hábito de
peregrina. A todas estas preguntas, que le hicimos no hubo alguno que
nos respondiese otra cosa sino que aquella peregrina era una señora
principal y rica de Castilla la Vieja, y que porque había algunos
meses que estaba enferma de hidropesía, había ofrecido de ir a Nuestra
Señora de Guadalupe en romería, por la cual promesa iba en aquel
hábito. En cuanto a decir su nombre, traían orden de no llamarla sino
la señora peregrina. Esto supimos por entonces; pero a cabo de tres
días que, por enferma, la señora peregrina se estaba en casa, una de
las dueñas nos llamó a mí y a mi mujer de su parte; fuimos a ver lo
que quería, y a puerta cerrada y delante de sus criadas, casi con
lágrimas en los ojos, nos dijo creo que estas mismas razones: "Señores
míos, los cielos me son testigos que sin culpa mía me hallo en -#un#-
riguroso trance -#y me veo obligada, por cuestión de honra, a apartar
de mi lado a esta niña#-. Y es menester, amigos, -#busquéis con todo
secreto donde llevarla a criar#-, buscando también mentiras que decir
a quien -#la#- entregáredes; que por ahora será en la ciudad, y
después quiero que se lleve a una aldea. De lo que después se hubiere
de hacer, cuando de Guadalupe vuelva lo sabréis, porque el tiempo me
habrá dado lugar de que piense y escoja lo mejor que me convenga."
[Ilustración: ...que llegó a esta posada una señora en hábito de
peregrina, ...]
Aquí dió fin a su razonamiento la lastimada peregrina, y principio a
un copioso llanto, que, en parte, fué consolado por las muchas y
buenas razones que mi mujer le dijo. Finalmente, -#ésta se fué#- a
buscar donde llevar -#la niña, que era#- la más hermosa que mis ojos
hasta entonces habían visto, y es esta misma que vuesa merced acaba de
ver ahora.
Fué -#la madre#- a su romería. Cuando volvió, estaba ya la niña dada a
criar por mi orden, con nombre de mi sobrina, en una aldea dos leguas
de aquí. En el bautismo se le puso por nombre Costanza; que así lo
dejó ordenado su madre, la cual, contenta de lo que yo había hecho, al
tiempo de despedirse me dió una cadena de oro, que hasta agora tengo,
de la cual quitó seis trozos, los cuales dijo que traería la persona
que por la niña viniese. También cortó un blanco pergamino a vueltas y
a ondas, a la traza y manera como cuando se enclavijan las manos y en
los dedos se escribe alguna cosa, que estando enclavijados los dedos
se pueden leer, y después de apartadas las manos queda dividida la
razón, porque se dividen las letras, que en volviendo a enclavijar los
dedos, se juntan y corresponden de manera, que se pueden leer
continuadamente: digo que el un pergamino sirve de alma del otro, y
encajados se leerán, y divididos no es posible, si no es adivinando la
mitad del pergamino; y casi toda la cadena quedó en mi poder, y todo
lo tengo, esperando el contraseño hasta ahora, puesto que ella me dijo
que dentro de dos años enviaría por su hija, encargándome que la
criase, no como quien ella era, sino del modo que se suele criar una
labradora; que la perdonase el no decirme su nombre, ni quién era; que
lo guardaba para otra ocasión más importante. En resolución, dándome
cuatrocientos escudos de oro y abrazando a mi mujer con tiernas
lágrimas, se partió, dejándonos admirados de su discreción, valor,
hermosura y recato. Costanza se crió en el aldea dos años y luego la
truje conmigo, y siempre la he traído en hábito de labradora, como su
madre me lo dejó mandado. Quince años, un mes y cuatro días ha que
aguardo a quien ha de venir por ella, y la mucha tardanza me ha
consumido la esperanza de ver esta venida; y si en este año en que
estamos no vienen, tengo determinado de prohijalla y darle toda mi
hacienda, que vale más de seis mil ducados, Dios sea bendito.
Resta ahora, señor Corregidor, decir a vuesa merced, si es posible que
yo sepa decirlas, las bondades y las virtudes de Costancica. Ella, lo
primero y principal, es devotísima de Nuestra Señora; confiesa y
comulga cada mes; sabe escribir y leer; no hay mayor randera en
Toledo; canta a la almohadilla como unos ángeles; en ser honesta no
hay quien la iguale. Pues en lo que toca a ser hermosa, ya vuesa
merced lo ha visto.
Calló el huésped, y tardó un gran rato el Corregidor en hablarle; tan
suspenso le tenía el suceso que el huésped le había contado. En fin,
le dijo que le trujese allí la cadena y el pergamino; que quería
verlo. Fué el huésped por ello, y trayéndoselo, vió que era así como
le había dicho. Tuvo por discreta la señal del conocimiento y juzgó
por muy rica a la señora peregrina que tal cadena había dejado al
huésped; y teniendo en pensamiento de sacar de aquella posada la
hermosa muchacha cuando hubiese concertado un monasterio donde
llevarla, por entonces se contentó de llevar sólo el pergamino,
encargando al huésped que si acaso viniesen por Costanza, le avisase y
diese noticia de quién era el que por ella venía, antes que le
mostrase la cadena, que dejaba en su poder. Con esto, se fué, tan
admirado del cuento y suceso de -la ilustre fregona- como de su
incomparable hermosura.
Todo el tiempo que gastó el huésped en estar con el Corregidor y el
que ocupó Costanza cuando la llamaron, estuvo Tomás fuera de si,
combatida el alma de mil varios pensamientos, sin acertar jamás con
ninguno de su gusto; pero cuando vio que el Corregidor se iba y que
Costanza se quedaba, respiró su espíritu y volviéronle los pulsos, que
ya casi desamparado le tenían. No osó preguntar al huésped lo que el
Corregidor quería, ni el huésped lo dijo a nadie sino a su mujer; con
que ella también volvió en si, dando gracias a Dios que de tan grande
sobresaltó la había librado.
El día siguiente, cerca de la una, entraron en la posada con cuatro
hombres de a caballo dos caballeros ancianos de venerables presencias,
habiendo primero preguntado uno de dos mozos que a pie con ellos
venían si era aquella la posada del Sevillano; y habiéndole respondido
que sí, se entraron todos en ella. Apeáronse los cuatro y fueron a
apear a los dos ancianos, señal por do se conoció que aquellos dos
eran señores de los seis. Salió Costanza con su acostumbrada gentileza
a ver los nuevos huéspedes, y apenas la hubo visto uno de los dos
ancianos cuando dijo al otro:
--Yo creo, señor don Juan, que hemos hallado todo aquello que venimos
a buscar.
Tomás, que acudió a dar recado a las cabalgaduras, conoció luego a dos
criados de su padre, y luego conoció a su padre y al padre de Calmazo,
que eran los dos ancianos a quien los demás respectaban; y aunque se
admiró de su venida, consideró que debían de ir a buscar a él y a
Carriazo a las almadrabas: que no habría faltado quien les hubiese
dicho que en ellas, y no en Flandes, los hallarían; pero no se atrevió
a dejarse conocer en aquel traje: antes, aventurándolo todo, puesta la
mano en el rostro, pasó por delante dellos y fué a buscar a Costanza,
y quiso la buena suerte que la hallase sola; y apriesa y con lengua
turbada, temeroso que ella no le daría lugar para decirle nada, le
dijo:
--Costanza, uno de estos dos caballeros ancianos que aquí han llegado
ahora es mi padre, que es aquel que oyeres llamar don Juan de
Avendaño: infórmate de sus criados si tiene un hijo que se llama don
Tomás de Avendaño, que soy yo, y de aquí podrás ir coligiendo y
averiguando que te he dicho verdad en cuanto a la calidad de mi
persona, y que te la diré en cuanto de mi parte te tengo ofrecido. Y
quédate adiós; que hasta que ellos se vayan no pienso volver a esta
casa.
No le respondió nada Costanza ni él aguardó a que le respondiese, sino
volviéndose a salir, cubierto como había entrado, se fué a dar cuenta
a Carriazo de cómo sus padres estaban en la posada. Dió voces el
huésped a Tomás, que viniese a dar cebada; pero como no pareció, dióla
él mismo. Uno de los dos ancianos llamó aparte a una de las dos mozas
gallegas, y preguntóle cómo se llamaba aquella muchacha hermosa que
habían visto, y que si era hija o parienta del huésped, o huéspeda de
casa. La Gallega le respondió:
--La moza se llama Costanza; ni es parienta del huésped ni de la
huéspeda, ni sé lo que es.
El caballero, sin esperar a que le quitasen las espuelas, llamó al
huésped, y retirándose con él aparte en una sala, le dijo:
--Yo, señor huésped, vengo a quitaros una prenda mía que ha algunos
años que tenéis en vuestro poder; para quitárosla os traigo mil
escudos de oro, y estos trozos de cadena, y este pergamino.
Y diciendo esto, sacó los seis de la señal de la cadena que él tenía.
Asimismo conoció el pergamino, y alegre sobremanera con el
ofrecimiento de los mil escudos, respondió:
--Señor, la prenda que queréis quitar está en casa; pero no está en
día la cadena ni el pergamino con que se ha de hacer la prueba de la
verdad que yo creo que vuesa merced trata; y así, le suplico tenga
paciencia; que yo vuelvo luego.
Y al momento fué a avisar al Corregidor de lo que pasaba, y de como
estaban dos caballeros en su posada, que venían por Costanza.
Acababa de comer el Corregidor, y con el deseo que tenía de ver el fin
de aquella historia, subió luego a caballo y vino a la posada del
Sevillano, llevando consigo el pergamino de la muestra. Y apenas hubo
visto a los dos caballeros, cuando, abiertos los brazos, fué a abrazar
al uno, diciendo:
--¡Válame Dios! ¿Qué buena venida es ésta, señor don Juan de Avendaño,
primo y señor mío?
El caballero le abrazó asimismo, diciéndole:
---Sin duda, señor primo, habrá sido buena mi venida, pues os veo, y
con la salud que siempre os deseo. Abrazad, primo, a este caballero,
que es el señor don Diego de Carriazo, gran señor y amigo mío.
--Ya conozco al señor don Diego--respondió el Corregidor--, y le soy
muy servidor.
Y abrazándose los dos, después de haberse recebido con grande amor y
grandes cortesías, se entraron en una sala, donde se quedaron solos
con el huésped, el cual ya tenía consigo la cadena, y dijo:
--Ya el señor Corregidor sabe a lo que vuesa merced viene, señor don
Diego de Carriazo: vuesa merced saque los trozos que faltan a esta
cadena, y el señor Corregidor sacará el pergamino, que está en su
poder, y hagamos la prueba que ha tantos años que espero a que se
haga.
--Desa manera--respondió don Diego--, no habrá necesidad de dar
cuenta de nuevo al señor Corregidor de nuestra venida, pues bien se
verá que ha sido a lo que vos, señor huésped, habréis dicho.
--Algo me ha dicho; pero mucho me quedó por saber. El pergamino, hele
aquí. Sacó don Diego el otro, y juntando las dos partes se hicieron
una, y a las letras del que tenía el huésped, que eran E T E L S Ñ V D
D R, respondían en el otro pergamino éstas: S A S A E AL ER A E A, que
todas juntas decían: ÉSTA ES LA SEÑAL VERDADERA. Cotejáronse luego los
trozos de la cadena, y hallaron ser las señas verdaderas.
--¡Esto está hecho!--dijo el Corregidor--. Resta ahora saber, si es
posible, quién son los padres desta hermosísima prenda.
--El padre--respondió don Diego--yo lo soy; la madre ya no vive:
basta saber que fué tan principal que pudiera yo ser su criado.
A estas razones llegaba don Diego cuando oyeron que en la puerta de la
calle decían a grandes voces:
--Díganle a Tomás Pedro, el mozo de la cebada, cómo llevan a su amigo
el Asturiano preso; que acuda a la cárcel, que allí le espera.
A la voz de -cárcel- y de -preso-, dijo el Corregidor que entrase el
preso y el alguacil que le llevaba. Dijeron al alguacil que el
Corregidor, que estaba allí, le mandaba entrar con el preso, y así lo
hubo de hacer.
Venía el Asturiano todos los dientes bañados en sangre, y muy mal
parado, y muy bien asido del alguacil, y así como entró en la sala,
conoció a su padre y al de Avendaño. Turbóse, y por no ser conocido,
con un paño, como que se limpiaba la sangre, se cubrió el rostro.
Preguntó el Corregidor que qué había hecho aquel mozo, que tan mal
parado le llevaban. Respondió el alguacil que aquel mozo era un
aguador que le llamaban el Asturiano, a quien los muchachos por las
calles decían: "¡Daca la cola, Asturiano; daca la cola!", y luego en
breves palabras contó la causa porque le pedían la tal cola, de que no
riyeron poco todos. Dijo más, que saliendo por la puente de Alcántara,
dándole los muchachos priesa con la demanda de la cola, se había
apeado del asno, y dando tras todos, alcanzó a uno, a quien dejaba
medio muerto a palos; y que queriéndole prender se había resistido, y
que por eso iba tan mal parado.
[Ilustración: "¡Daca la cola, Asturiano; daca la cola!"...]
Mandó el Corregidor que se descubriese el rostro, y porfiando a no
querer descubrirse, llegó el alguacil y quitóle el pañuelo, y al punto
le conoció su padre, y dijo todo alterado:
--Hijo don Diego, ¿cómo estás desta manera? ¿Qué traje es éste? ¿Aún
no se te han olvidado tus picardías?
Hincó las rodillas Carriazo, y fuese a poner a los pies de su padre,
que, con lágrimas en los ojos, le tuvo abrazado un buen espacio. Don
Juan de Avendaño, como sabía que don Diego había venido con don Tomás
su hijo, preguntóle por él; a lo cual respondió que don Tomás de
Avendaño era el mozo que daba cebada y paja en aquella posada. Con
esto que el Asturiano dijo se acabó de apoderar la admiración en todos
los presentes, y mandó el Corregidor al huésped que trujese allí al
mozo de la cebada.
--Yo creo que no está en casa--respondió el huésped--; pero yo le
buscaré.
Y así, fué a buscalle.
Preguntó don Diego a Carriazo que qué transformaciones eran aquéllas,
y qué les había movido a ser él aguador y don Tomás mozo de mesón. A
lo cual respondió Carriazo que no podía satisfacer a aquellas
preguntas tan en público; que él respondería a solas.
Estaba Tomás Pedro escondido en su aposento, para ver desde allí, sin
ser visto, lo que hacían su padre y el de Carriazo. Teníale suspenso
la venida del Corregidor y el alboroto que en toda la casa andaba. No
faltó quien le dijese al huésped como estaba allí escondido; subió por
él, y más por fuerza que por grado, le hizo bajar; y aun no bajara si
el mismo Corregidor no saliera al patio y le llamara por su nombre,
diciendo:
--Baje vuesa merced, señor pariente; que aquí no le aguardan osos ni
leones.
Bajó Tomás, y con los ojos bajos y sumisión grande se hincó de
rodillas ante su padre, el cual le abrazó con grandísimo contento, a
fuer del que tuvo el padre del Hijo Pródigo cuando le cobró de
perdido.
Ya, en esto, había venido un coche del Corregidor, para volver en él,
pues la gran fiesta no permitía volver a caballo. Hizo llamar a
Costanza, y tomándola de la mano, se la presentó a su padre, diciendo:
--Recebid, señor don Diego, esta prenda, y estimalda por la más rica
que acertáredes a desear. Y vos, hermosa doncella, besad la mano a
vuestro padre, y dad gracias a Dios, que con tan honrado suceso ha
enmendado, subido y mejorado la bajeza de vuestro estado.
Costanza, que no sabía ni imaginaba lo que le había acontecido, toda
turbada y temblando, no supo hacer otra cosa que hincarse de rodillas
ante su padre, y tomándole las manos se las comenzó a besar
tiernamente, bañándoselas con infinitas lágrimas que por sus
hermosísimos ojos derramaba.
En tanto que esto pasaba, había persuadido el Corregidor a su primo
don Juan que se viniesen todos con él a su casa; y aunque don Juan lo
rehusaba, fueron tantas las persuasiones del Corregidor, que lo hubo
de conceder; y así, entraron en el coche todos. Pero cuando dijo el
Corregidor a Costanza que entrase también en el coche, se le anubló el
corazón, y ella y la huéspeda se asieron una a otra, y comenzaron a
hacer tan amargo llanto que quebraba los corazones de cuantos le
escuchaban.
El Corregidor, enternecido, mandó que asimismo la huéspeda entrase en
el coche, y que no se apartase de su hija, pues por tal la tenía,
hasta que saliese de Toledo. Así, la huéspeda y todos entraron en el
coche, y fueron a casa del Corregidor, donde fueron bien recebidos de
su mujer, que era una principal señora. Comieron regalada y
sumptuosamente, y después de comer contó Carriazo a su padre cómo por
amores de Costanza don Tomás se había puesto a servir en el mesón, y
que estaba enamorado de tal manera della, que sin que le hubiera
descubierto ser tan principal como era siendo su hija, la tomara por
mujer en el estado de fregona. Vistió luego la mujer del Corregidor a
Costanza con unos vestidos de una hija que tenía de la misma edad y
cuerpo de Costanza, y si parecía hermosa con los de labradora, con los
cortesanos parecía cosa del cielo: tan bien la cuadraban, que daba a
entender que desde que nació había sido señora y usado los mejores
trajes que el uso trae consigo.
Entre el Corregidor y don Diego de Carriazo y don Juan de Avendaño se
concertaron en que don Tomás se casase con Costanza, dándole su padre
los treinta mil escudos que su madre le había dejado, y el aguador don
Diego de Carriazo casase con la hija del Corregidor.
Desta manera quedaron todos contentos, alegres y satisfechos, y la
nueva de los casamientos y de la ventura de -la fregona ilustre- se
extendió por la ciudad, y acudía infinita gente a ver a Costanza en el
nuevo hábito, en el cual tan señora se mostraba como se ha dicho.
Un mes se estuvieron en Toledo, al cabo del cual se volvieron a Burgos
don Diego de Carriazo y su mujer, su padre y Costanza, con su marido
don Tomás. Quedó el Sevillano rico con los mil escudos, y con muchas
joyas que Costanza dio a su señora: que siempre con este nombre
llamaba a la que la había criado. Dio ocasión la historia de -la
fregona ilustre- a que los poetas del dorado Tajo ejercitasen sus
plumas en solenizar y en alabar la sin par hermosura de Costanza, la
cual aún vive en compañía de su buen mozo de mesón, y Carriazo ni más
ni menos, con tres hijos, que sin tomar el estillo del padre ni
acordarse si hay almadrabas en el mundo, hoy están todos estudiando en
Salamanca; y su padre, apenas vee algún asno de aguador, cuando se le
representa y viene a la memoria el que tuvo en Toledo, y teme que
cuando menos se cate ha de remanecer en alguna sátira el "¡Daca la
cola, Asturiano! ¡Asturiano, daca la cola!"
HISTORIA DE LOS TRABAJOS DE PERSILES Y SIGISMUNDA
LIBRO I
CAPITULO XXII
-Donde el capitán da cuenta de las grandes fiestas que acostumbraba a
hacer en su reino el rey Policarpo-.
--"Una de las islas que están junto a la de Hibernia me dio el cielo
por patria: es tan grande, que toma nombre de reino, el cual no se
hereda, ni viene por sucesión de padre a hijo; sus moradores le eligen
a su beneplácito, procurando siempre que sea el más virtuoso y mejor
hombre que en él se hallara; y sin intervenir de por medio ruegos o
negociaciones, y sin que los soliciten promesas ni dádivas, de común
consentimiento de todos sale el rey y toma el cetro absoluto del
mando, el cual le dura mientras le dura la vida o mientras no se
empeora en ella. Y con esto, los que no son reyes procuran ser
virtuosos para serlo, y los que lo son, pugnan serlo más para no dejar
de ser reyes; con esto se cortan las alas a la ambición, se atierra la
codicia, y aunque la hipocresía suele andar lista, a largo andar se le
cae la máscara y queda sin el alcanzado premio; con esto los pueblos
viven quietos, campea la justicia y resplandece la misericordia,
despáchanse con brevedad los memoriales de los pobres, y los que dan
los ricos, no por serlo son mejor despachados; no agobian la vara de
la justicia las dádivas ni la carne y sangre de los parentescos: todas
las negociaciones guardan sus puntos y andan en sus quicios;
finalmente, reino es donde se vive sin temor de los insolentes y donde
cada uno goza lo que es suyo.
"Esta costumbre, a mi parecer justa y santa, puso el cetro del reino
en las manos de Policarpo, varón insigne y famoso, así en las armas
como en las letras, el cual tenía cuando vino a ser rey dos hijas de
extremada belleza, la mayor llamada Policarpa y la menor Sinforosa; no
tenían madre, que no les hizo falta cuando murió sino en la compañía:
que sus virtudes y agradables costumbres eran ayas de sí mismas, dando
maravilloso ejemplo a todo el reino. Con estas buenas partes, así
ellas como el padre se hacían amables, se estimaban de todos. Los
reyes, por parecerles que la malencolía en los vasallos suele
despertar malos pensamientos, procuran tener alegre el pueblo y
entretenido con fiestas públicas y a veces con ordinarias comedias;
principalmente solenizaban el día que fueron asumptos al reino con
hacer que se renovasen los juegos que los gentiles llamaban Olímpicos,
en el mejor modo que podían. Señalaban premio a los corredores,
honraban a los diestros, coronaban a los tiradores y subían al cielo
de la alabanza a los que derribaban a otros en la tierra. Hacíase este
espectáculo junto a la marina, en una espaciosa playa, a quien
quitaban él sol infinita cantidad de ramos entretejidos que la dejaban
a la sombra; ponían en la mitad un suntuoso teatro, en el cual,
sentado el rey y la real familia, miraban los apacibles juegos.
Llegóse un día déstos, y Policarpo procuró aventajarse en
magnificencia y grandeza en solenizarle sobre todos cuantos hasta allí
se habían hecho; y cuando ya el teatro estaba ocupado con su persona y
con los mejores del reino, y cuando ya los instrumentos bélicos y los
apacibles querían dar señal que las fiestas se comenzasen, y cuando ya
cuatro corredores, mancebos ágiles y sueltos, tenían los pies
izquierdos delante y los derechos alzados, que no les impedía otra
cosa el soltarse a la carrera sino soltar una cuerda que les servía de
raya y de señal, que en soltándola habían de volar a un término
señalado, donde habían de dar fin a su carrera, digo que en este
tiempo vieron venir por la mar un barco que le blanqueaban los
costados el ser recién despalmado, y le facilitaban el romper del agua
seis remos que de cada banda traía, impelidos de doce, al parecer,
gallardos mancebos, de dilatadas espaldas y pechos y de nervudos
brazos; venían vestidos de blanco todos, sino el que guiaba el timón,
que venía de encarnado, como marinero. Llegó con furia el barco a la
orilla, y el encallar en ella y el saltar todos los que en él venían
en tierra fué una misma cosa. Mandó Policarpo que no saliesen a la
carrera hasta saber qué gente era aquélla y a lo que venía, puesto que
imaginó que debían de venir a hallarse en las fiestas y a probar su
gallardía en los juegos. El primero que se adelantó a hablar al rey
fué el que servía de timonero, mancebo de poca edad, cuyas mejillas,
desembarazadas y limpias, mostraban ser de nieve y de grana; los
cabellos, anillos de oro; y cada una parte de las del rostro tan
perfecta, y todas juntas tan hermosas, que formaban un compuesto
admirable. Luego la hermosa presencia del mozo arrebató la vista y aun
los corazones de cuantos le miraron, y yo desde luego le quedé
aficionadísimo. Lo que dijo al rey:
"--Señor, estos mis compañeros y yo, habiendo tenido noticia destos
juegos, venimos a servirte y hallarnos en ellos, y no de lejas
tierras, sino desde una nave que dejamos en la isla Scinta, que no
está lejos de aquí; y como el viento no hizo a nuestro propósito para
encaminar aquí la nave, nos aprovechamos de esta barca y de los remos
y de la fuerza de nuestros brazos. Todos somos nobles y deseosos de
ganar honra, y por la que debes hacer, como rey que eres, a los
extranjeros que a tu presencia llegan, te suplicamos nos concedas
licencia para mostrar o nuestras fuerzas o nuestros ingenios, en honra
y provecho nuestro y gusto tuyo.
"--Por cierto--respondió Policarpo--, agraciado joven, que vos pedís
lo que queréis con tanta gracia y cortesía, que sería cosa injusta el
negároslo. Honrad mis fiestas en lo que quisiéredes; dejadme a mí el
cargo de premiároslo: que, según vuestra gallarda presencia muestra,
poca esperanza dejáis a ninguno de alcanzar los primeros premios.
"Dobló la rodilla el hermoso mancebo y se inclinó la cabeza en señal
de crianza y agradecimiento, y en dos brincos se puso ante la cuerda
que detenía a los cuatro ligeros corredores; sus doce compañeros se
pusieron a un lado, a ser espectadores de la carrera. Sonó una
trompeta, soltaron la cuerda, y arrojáronse al vuelo los cinco; pero
aún no habrían dado veinte pasos, cuando, con más de seis se les
aventajó el recién venido, y a los treinta, ya los llevaba de ventaja
más de quince; finalmente, se los dejó a poco más de la mitad del
camino, como si fueran estatuas inmovibles, con admiración de todos
los circunstantes, especialmente de Sinforosa, que le seguía con la
vista, así corriendo como estando quedo, porque la belleza y agilidad
del mozo era bastante para llevar tras sí las voluntades, no sólo de
los ojos de cuantos le miraban. Comenzó luego la invidia a apoderarse
de los pechos de los que se habían de probar en los juegos, viendo con
cuánta facilidad se había llevado el extranjero el precio de la
carrera. Fué el segundo certamen el de la esgrima: tomó el ganancioso
la espada negra, con la cual, a seis que le salieron, cada uno de por
sí, les cerró las bocas, mosqueó las narices, les selló los ojos y les
santiguó las cabezas, sin que a él le tocasen, como decirse suele, un
pelo de la ropa. Alzó la voz el pueblo, y de común consentimiento le
dieron el premio primero. Luego se acomodaron otros seis a la lucha,
donde con mayor gallardía dio de sí muestra el mozo: descubrió sus
dilatadas espaldas, sus anchos y fortísimos pechos, y los nervios y
músculos de sus fuertes brazos, con los cuales, y con destreza y maña
increíble, hizo que las espaldas de los seis luchadores, a despecho y
pesar suyo, quedasen impresas en la tierra. Asió luego de una pesada
barra que estaba hincada en el suelo, porque le dijeron que era el
tirarla el cuarto certamen; sompesóla, y haciendo de señas a la gente
que estaba delante para que le diesen lugar donde el tiro cupiese,
tomando la barra por la una punta, sin volver el brazo atrás, la
impelió con tanta fuerza, que, pasando los límites de la marina, fué
menester que el mar se los diese, en el cual bien adentro quedó
sepultada la barra. Esta monstruosidad, notada de sus contrarios, les
desmayó los bríos, y no osaron probarse en la contienda. Pusiéronle
luego la ballesta en las manos y algunas flechas, y mostráronle un
árbol muy alto y muy liso, al cabo del cual estaba hincada una media
lanza, y en ella, de un hilo, estaba asida una paloma, a la cual
habían de tirar no más de un tiro los que en aquel certamen quisiesen
probarse.
"Uno, que presumía de certero, se adelantó y tomó la mano, creo yo,
pensando derribar la paloma antes que otro; tiró, y clavó su flecha
casi en el fin de la lanza, del cual golpe, azorada la paloma, se
levantó en el aire; y luego, otro no menos presumido que el primero,
tiró con tan gentil certería, que rompió el hilo donde estaba asida la
paloma, que suelta y libre del lazo que la detenía, entregó su
libertad al viento y batió las alas con priesa. Pero el ya
acostumbrado a ganar los primeros premios disparó su flecha; y, como
si mandara lo que había de hacer, y ella tuviera entendimiento para
obedecerle, así lo hizo, pues, dividiendo el aire con un rasgado y
tendido silbo, llegó a la paloma y le pasó el corazón de parte a
parte, quitándole a un mismo punto el vuelo y la vida. Renováronse con
esto las voces de los presentes y las alabanzas del extranjero; el
cual en la carrera, en la esgrima, en la lucha, en la barra y en el
tirar de la ballesta, y entre otras muchas pruebas que no cuento, con
grandísimas ventajas se llevó los primeros premios, quitando el
trabajo a sus compañeros de probarse en ellas. Cuando se acabaron los
juegos, sería el crepúsculo de la noche; y cuando el rey Policarpo
quería levantarse de su asiento, con los jueces que con él estaban,
para premiar al vencedor mancebo, vió que, puesto de rodillas ante él,
le dijo:
"--Nuestra nave quedó sola y desamparada; la noche cierra algo escura;
los premios que puedo esperar, que por ser de tu mano se deben estimar
en lo posible, quiero, ¡oh gran señor!, que los dilates hasta otro
tiempo, que con más espacio y comodidad pienso volver a servirte.
"Abrazóle el rey, preguntóle su nombre, y dijo que se llamaba
Periandro. Quitóse en esto la bella Sinforosa una guirnalda de flores
con que adornaba su hermosísima cabeza, y la puso sobre la del
gallardo mancebo, y, con honesta gracia, le dijo al ponérsela:
"--Cuando mi padre sea tan venturoso de que volváis a verle, veréis
cómo no vendréis a servirle sino a ser servido."
LIBRO II
CAPITULO X
-Cuenta Periandro el suceso de su viaje-.
--"El principio y preámbulo de mi historia, ya que queréis, señores,
que os la cuente, quiero que sea éste: que nos contempléis a mi
hermana y a mí, con una anciana ama suya, embarcados en una nave cuyo
dueño, en el lugar de parecer mercader, era un gran corsario. Las
riberas de una isla barríamos; quiero decir que íbamos tan cerca de
ella que distintamente conocíamos, no solamente los árboles, pero sus
diferencias. Mi hermana, cansada de haber andado algunos días por el
mar, deseó salir a recrearse a la tierra; pidióselo al capitán, y como
sus ruegos tienen siempre fuerza de mandamiento, consintió el capitán
en el de su ruego, y en la pequeña barca de la nave, con solo un
marinero, nos echó en tierra a mí y a mi hermana y a Cloelia, que éste
era el nombre de su ama. Al tomar tierra vio él marinero que un
pequeño río, por una pequeña boca, entraba a dar al mar su tributo;
hacíanle sombra por una y otra ribera gran cantidad de verdes y
hojosos árboles, a quien servían de cristalinos espejos sus
transparentes aguas. Rogámosle se entrase por el río, pues la amenidad
del sitio nos convidaba. Hízolo así, y comenzó a subir por el río
arriba, y habiendo perdido de vista la nave, soltando los remos, se
detuvo y dijo: "Mirad, señores, del modo que habéis de hacer este
viaje, y haced cuenta que esta pequeña barca que ahora os lleva es
vuestro navío, porque no habéis de volver más al que en la mar os
queda aguardando, si ya esta señora no quiere perder la honra y vos
que decís que sois su hermano, la vida." Díjome, en fin, que el
capitán del navío quería darme a mí la muerte, y que atendiésemos a
nuestro remedio, que él nos seguiría y acompañaría en todo lugar y en
todo acontecimiento. Si nos turbamos con esta nueva júzguelo el que
estuviere acostumbrado a recebirlas malas de los bienes que espera.
Agradecíle el aviso y ofrecíle la recompensa cuando nos viésemos en
más felice estado. "Aun bien--dijo Cloelia--, que traigo conmigo las
joyas de mi señora." Y aconsejándonos los cuatro de lo que hacer
debíamos, fué parecer del marinero que nos entrásemos el río adentro;
quizá descubriríamos algún lugar que nos defendiese, si acaso los de
la nave viniesen a buscarnos. "Mas no vendrán--dijo--, porque no hay
gente en todas estas islas que no piense ser cosarios todos cuantos
surcan estas riberas, y en viendo la nave o naves luego toman las
armas para defenderse, y si no es con asaltos nocturnos y secretos,
nunca salen medrados los cosarios." Parecióme bien su consejo; tomé yo
el un remo y ayúdele a llevar el trabajo. Subimos por el río arriba, y
habiendo andado como dos millas, llegó a nuestros oídos el son de
muchos y varios instrumentos formado, y luego se nos ofreció a la
vista una selva de árboles movibles que de la una ribera a la otra
ligeramente cruzaban; llegamos más cerca, y conocimos ser barcas
enramadas lo que parecían árboles, y que el son le formaban los
instrumentos que tañían los que en ellas iban. Apenas nos hubieron
descubierto, cuando se vinieron a nosotros y rodearon nuestro barco
por todas partes. Levantóse en pie mi hermana, y, echándose sus
hermosos cabellos a las espaldas, tomados por la frente con una cinta
leonada o listón que le dio su ama, hizo de sí casi divina e improvisa
muestra; que, como después supe, por tal la tuvieron todos los que en
las barcas venían, los cuales, a voces, como dijo el marinero, que las
entendía, decían: "¿Qué es esto? ¿Qué deidad es ésta que viene a
visitarnos y a dar el parabién al pescador Carino y a la sin par
Selviana de sus felicísimas bodas?" Luego dieron cabo a nuestra barca
y nos llevaron a desembarcar no lejos del lugar donde nos habían
encontrado.
[Ilustración: ¿Qué deidad es ésta que viene a visitarnos?]
"Apenas pusimos los pies en la ribera, cuando un escuadrón de
pescadores, que así lo mostraban ser en su traje, nos rodearon, y uno
por uno, llenos de admiración y reverencia, llegaron a besar las
orillas del vestido de Auristela, -mi hermana-, la cual, a pesar del
temor que la congojaba de las nuevas que la habían dado, se mostró a
aquel punto tan hermosa, que yo disculpo el error de aquellos que la
tuvieron por divina. Poco desviados de la ribera, vimos un tálamo en
gruesos troncos de sabina sustentado, cubierto de verde juncia, y
oloroso con diversas flores, que servían de alcatifas al suelo; vimos
ansimismo levantarse de unos asientos dos mujeres y dos hombres, ellas
mozas y ellos gallardos mancebos; la una, hermosa sobremanera, y la
otra, fea sobremanera; el uno, gallardo y gentil hombre, y el otro, no
tanto; y todos cuatro se pusieron de rodillas ante Auristela, y el más
gentil hombre dijo: "¡Oh, tú, quienquiera que seas, que no puedes ser
sino cosa del cielo! Mi hermano y yo, con el extremo a nuestras
fuerzas posible, te agradecemos esta merced que nos haces honrando
nuestras pobres y ya de hoy más ricas bodas. Ven, señora, y si, en
lugar de los palacios de cristal que en el profundo mar dejas, como
una de sus habitadoras, hallares en nuestros ranchos las paredes de
conchas y los tejados de mimbres, o, por mejor decir, las paredes de
mimbres y los tejados de conchas, hallarás, por lo menos, los deseos
de oro y las voluntades de perlas para servirte. Y hago esta
comparación, que parece impropia, porque no hallo cosa mejor que el
oro ni más hermosa que las perlas." Inclinóse a abrazarle Auristela,
confirmando con su gravedad, cortesía y hermosura la opinión que della
tenían. El pescador menos gallardo se apartó a dar orden a la demás
turba a que levantasen las voces en alabanzas de la recién venida
extranjera y que tocasen todos los instrumentos en señal del regocijo.
Las dos pescadoras, fea y hermosa, con sumisión humilde, besaron las
manos a Auristela, y ella las abrazó cortés y amigablemente. El
marinero, contentísimo del suceso, dió cuenta a los pescadores del
navío que en el mar quedaba, diciéndoles que era de cosarios, de quien
se temía que habían de venir por aquella doncella, que era una
principal señora, hija de reyes; que para mover los corazones a su
defensa le pareció ser necesario levantar este testimonio a mi
hermana. Apenas entendieron esto, cuando dejaron los instrumentos
regocijados y acudieron a los bélicos, que tocaron "¡Arma, arma!" por
entrambas riberas.
"Llegó en esto la noche; recogímonos al mismo rancho de los
desposados, pusiéronse centinelas hasta la misma boca del río,
cebáronse las nasas, tendiéronse las redes y acomodáronse los
anzuelos, todo con intención de regalar y servir a sus nuevos
huéspedes; y, por más honrarlos, los dos recién desposados no
quisieron aquella noche pasarla con sus esposas, sino dejar los
ranchos solos a ellas, y a Auristela y a Cloelia, y que ellos, con sus
amigos, conmigo y con el marinero, se les hiciese guarda y centinela;
y aunque sobraba la claridad del cielo por la que ofrecía la de la
creciente luna, y en la tierra ardían las hogueras que el nuevo
regocijo había encendido, quisieron los desposados que cenásemos en el
campo los varones y dentro del rancho las mujeres. Hízose así, y fué
la cena tan abundante, que pareció que la tierra se quiso aventajar al
mar, y el mar a la tierra, en ofrecer la una sus carnes y la otra sus
pescados.
"Pasóse la noche; vino el día, cuya alborada fué regocijadísima,
porque con nuevos y verdes ramos parecieron adornadas las barcas de
los pescadores; sonaron los instrumentos con nuevos y alegres sones;
alzaron las voces todos, con que se aumentó la alegría; salieron los
desposados para irse a poner en el tálamo donde habían estado el día
de antes; vistiéronse Selviana y Leoncia de nuevas ropas de boda.
"Celebróse la fiesta, y luego salieron de entre las barcas del río
cuatro despalmadas, vistosas por las diversas colores con que venían
pintadas, y los remos, que eran seis de cada banda, ni más ni menos;
las banderetas, que venían muchas por los filaretes, ansimismo eran de
varios colores; los doce remeros de cada una venían vestidos de
blanquísimo y delgado lienzo, de aquel mismo modo que yo vine cuando
entré la vez primera en esta isla. Luego conocí que querían las barcas
correr el palio, que se mostraba puesto en el árbol de otra barca,
desviada de las cuatro como tres carreras de caballo; era el palio de
tafetán verde, listado de oro, vistoso y grande, pues alcanzaba a
besar y aun a pasearse por las aguas. El rumor de la gente y el son de
los instrumentos era tan grande, que no se dejaba entender lo que
mandaba el capitán del mar, que en otra pintada barca venía.
Apartáronse las enramadas barcas a una y otra parte del río, dejando
un espacio llano en medio, por donde las cuatro competidoras barcas
volasen, sin estorbar la vista a la infinita gente que desde el tálamo
y desde ambas riberas estaba atenta a mirarlas; y estando ya los
bogadores asidos de las manillas de los remos, descubiertos los
brazos, donde se parecían los gruesos nervios, las anchas venas y los
torcidos músculos, atendían la señal de la partida, impacientes por la
tardanza, y fogosos, bien ansí como lo suele estar el generoso can de
Irlanda, cuando su dueño no le quiere soltar de la trailla a hacer la
presa que a la vista se le muestra.
"Llegó, en fin, la señal esperada, y a un mismo tiempo arrancaron
todas cuatro barcas, que no por el agua, sino por el viento parecía
que volaban. La que traía por insignia a la Buena Fortuna, cuando
estaba desmayada y casi para dejar la empresa, apretó, como decirse
suele, los puños, y, deslizándose por un lado, pasó delante de todas.
Cambiáronse los gritos de los que miraban, cuyas voces sirvieron de
aliento a sus bogadores, que, embebidos en el gusto de verse
mejorados, les parecía que, si los que quedaban atrás entonces les
llevaran la misma ventaja, no dudaran de alcanzarlos ni de ganar el
premio, como lo ganaron, más por ventura que por ligereza. En fin: la
Buena Fortuna fué la que la tuvo buena entonces.
CAPITULO XII
--"La fiesta de mis pescadores, tan regocijada como pobre, excedió a
las de los triunfos romanos: que tal vez en la llaneza y en la
humildad suelen esconderse los regocijos más aventajados. Pero como
las venturas humanas estén por la mayor parte pendientes de hilos
delgados, y los de la mudanza fácilmente se quiebran y desbaratan,
como se quebraron las de mis pescadores, y se retorcieron y
fortificaron mis desgracias, aquella noche la pasamos todos en una
isla pequeña que en la mitad del río se hacía, convidados del verde
sitio y apacible lugar. Holgábanse los desposados, y ordenaron que en
aquella isla del río se renovasen las fiestas y se continuasen por
tres días. La sazón del tiempo, que era la del verano, la comodidad
del sitio, el resplandor de la luna, el susurro de las fuentes, la
fruta de los árboles, el olor de las flores, cada cosa déstas de por
sí, y todas juntas, convidaban a tener por acertado el parecer de que
allí estuviésemos el tiempo que las fiestas durasen.
"Pero apenas nos habíamos reducido a la isla, cuando, de entre un
pedazo de bosque que en ella estaba, salieron hasta cincuenta
salteadores armados a la ligera, bien como aquellos que quieren robar
y huír, todo a un mismo punto; y como los descuidados acometidos
suelen ser vencidos con su mismo descuido, casi sin ponernos en
defensa, turbados con el sobresalto, antes nos pusimos a mirar que
acometer a los ladrones, los cuales, como hambrientos lobos,
arremetieron al rebaño de las simples ovejas, y se llevaron, si no en
la boca, en los brazos, a mi hermana Auristela, a Cloelia, su ama, y a
Selviana y a Leoncia, como si solamente vinieran a ofendellas, porque
se dejaron muchas otras mujeres a quien la naturaleza había dotado de
singular hermosura. Yo, a quien el extraño caso más colérico que
suspenso me puso, me arrojé tras los salteadores, los seguí con los
ojos y con las voces, afrentándolos, como si ellos fueran capaces de
sentir afrentas, solamente para irritarlos a que mis injurias les
moviesen a volver a tomar venganza de ellas: pero ellos, atentos a
salir con su intento, o no oyeron, o no quisieron vengarse, y así se
desaparecieron; y luego los desposados y yo, con algunos de los
principales pescadores, nos juntamos, como suele decirse, a consejo,
sobre qué haríamos para enmendar nuestro yerro y cobrar nuestras
prendas. Uno dijo: "No es posible sino que alguna nave de salteadores
está en la mar, y en parte donde con facilidad ha echado esta gente en
tierra, quizá sabidores de nuestra junta y de nuestras fiestas. Si
esto es ansí, como sin duda lo imagino, el mejor remedio es que salgan
algunos barcos de los nuestros, y les ofrezcan todo el rescate que por
la presa quisieren, sin detenerse en él, tanto más cuanto que las
prendas de esposas, hasta las mismas vidas de sus mismos esposos
merecen en rescate." "Yo seré--dije entonces--el que haré esa
diligencia: que, para conmigo, tanto vale la prenda de mi hermana como
si fuera la vida de todos los del mundo." Lo mismo dijeron Carino y
Solercio, ellos llorando en público, y yo muriendo en secreto.
"Cuando tomamos esta resolución, comenzaba anochecer; pero, con todo
eso, nos entramos en un barco los desposados y yo, con seis remeros;
pero, cuando salimos al mar descubierto, había acabado de cerrar la
noche, por cuya escuridad no vimos bajel alguno. Determinamos de
esperar el venidero día, por ver si con la claridad descubríamos algún
navío, y quiso la suerte que descubriésemos dos, el uno que salía del
abrigo de la tierra, y el otro que venía a tomarla; conocí que el que
dejaba la tierra era el mismo de quien habíamos salido a la isla, así
en las banderas como en las velas, que venían cruzadas con una cruz
roja; los que venían de fuera las traían verdes, y los unos y los
otros eran cosarios. Pues como yo imaginé que el navío que salía de la
isla era el de los salteadores de la presa, hice poner en una lanza
una bandera blanca de seguro; vine arrimando al costado del navío,
para tratar del rescate, llevando cuidado de que no me prendiese.
Asomóse el capitán al borde, y cuando quise alzar la voz para
hablarle, puedo decir que me la turbó y suspendió y cortó en la mitad
del camino un espantoso trueno que formó el disparar de un tiro de
artillería de la nave de fuera, en señal de que desafiaba a la batalla
al navío de tierra. Al mismo punto le fué respondido con otro no menos
poderoso, y, en un instante, se comenzaron a cañonear las dos naves,
como si fueran de dos conocidos y irritados enemigos. Desvióse nuestro
barco de en mitad de la furia, y desde lejos estuvimos mirando la
batalla; y habiendo jugado la artillería casi una hora, se aferraron
los dos navíos con una no vista furia. Los del navío de fuera, o más
venturosos, o, por mejor decir, más valientes, saltaron en el navío de
tierra, y en un instante desembarazaron toda la cubierta, quitando la
vida a sus enemigos, sin dejar a ninguno con ella.
"Viéndose, pues, libres de sus ofensores, se dieron a saquear el navío
de las cosas más preciosas que tenía, que por ser de cosarios no era
mucho, aunque en mi estimación eran las mejores del mundo, porque se
llevaron de las primeras a mi hermana, a Selviana, a Leoncia y a
Cloelia, con que enriquecieron su nave, pareciéndoles que en la
hermosura de Auristela llevaban un precioso y nunca visto rescate.
Quise llegar con mi barca a hablar con el capitán de los vencedores;
pero como mi ventura andaba siempre en los aires, uno de tierra sopló
y hizo apartar el navío. No pude llegar a él ni ofrecer imposibles por
el rescate de la presa, y así fué forzoso el volvernos, sin ninguna
esperanza de cobrar nuestra pérdida; y, por no ser otra la derrota que
el navío llevaba que aquella que el viento le permitía, no podimos por
entonces juzgar el camino que haría, ni señal que nos diese a entender
quiénes fuesen los vencedores, para juzgar siquiera, sabiendo su
patria, las esperanzas de nuestro remedio. El voló, en fin, por el mar
adelante, y nosotros, desmayados y tristes, nos entramos en el río,
donde todos los barcos de los pescadores nos estaban esperando. No sé
si os diga, señores, lo que es forzoso deciros: un cierto espíritu se
entró entonces en mi pecho, que, sin mudarme el ser, me pareció que le
tenía más que de hombre, y así, levantándome en pie sobre la barca,
hice que la rodeasen todas las demás y estuviesen atentos a éstas o
otras semejantes razones que les dije: "La baja fortuna jamás se
enmendó con la ociosidad ni con la pereza; en los ánimos encogidos
nunca tuvo lugar la buena dicha; nosotros mismos nos fabricamos
nuestra ventura, y no hay alma que no sea capaz de levantarse a su
asiento; los cobardes, aunque nazcan ricos, siempre son pobres, como
los avaros mendigos. Esto os digo ¡oh amigos míos! para moveros y
incitaros a que mejoréis vuestra suerte y a que dejéis el pobre ajuar
de unas redes y de unos estrechos barcos, y busquéis los tesoros que
tiene en sí encerrados el generoso trabajo: llamo generoso al trabajo
del que se ocupa en cosas grandes. Si suda el cavador rompiendo la
tierra, y apenas saca premio que le sustente más que un día, sin ganar
fama alguna, ¿por qué no tomará, en lugar de la azada, una lanza, y,
sin temor del sol ni de todas las inclemencias del cielo, procurará
ganar con el sustento fama que le engrandezca sobre los demás hombres?
La guerra, así como es madrastra de los cobardes, es madre de los
valientes, y los premios que por ella se alcanzan se pueden llamar
ultramundanos. ¡Ea, pues, amigos, juventud valerosa, poned los ojos en
aquel navío que se lleva las caras prendas de vuestros parientes,
encerrándonos en estotro que en la ribera nos dejaron, casi, a lo que
creo, por ordenación del cielo! Vamos tras él, y hagámonos piratas, no
codiciosos, como son los demás, sino justicieros, como lo seremos
nosotros. A todos se nos entiende el arte de la marinería; bastimentos
hallaremos en el navío, con todo lo necesario a la navegación, porque
sus contrarios no le despojaron más que de las mujeres; y si es grande
el agravio que hemos recebido, grandísima es la ocasión que para
vengarle se nos ofrece. Sígame, pues, el que quisiere, que yo os
suplico, y Carino y Solercio os lo ruegan, que bien sé que no me han
de dejar en esta valerosa empresa."
"Apenas hube acabado de decir estas razones, cuando se oyó el murmureo
por todas las barcas, procedido de que unos con otros se aconsejaban
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