Novelas y teatro
Cervantes
BIBLIOTECA LITERARIA DEL ESTUDIANTE
DIRIGIDA POR RAMÓN MENÉNDEZ PIDAL
TOMO XXI
C E R V A N T E S
NOVELAS Y TEATRO
SELECCIÓN HECHA POR
JOSEFINA SELA
-Dibujos de F. Marco.-
MADRID, MCMXXII
INSTITUTO - ESCUELA
JUNTA PARA AMPLIACIÓN DE ESTUDIOS
TIPOGRAFÍA DE LA "REVISTA DE ARCHIVOS", OLÓZAGA, I, MADRID
LA GITANILLA
Parece que los gitanos y gitanas solamente nacieron en el mundo para
ser ladrones: nacen de padres ladrones, críanse con ladrones, estudian
para ladrones y, finalmente, salen con ser ladrones corrientes y
molientes a todo ruedo, y la gana del hurtar y el hurtar son en ellos
como acidentes inseparables, que no se quitan sino con la muerte. Una,
pues, desta nación, gitana vieja, que podía ser jubilada en la ciencia
de Caco, crió una muchacha en nombre de nieta suya, a quien puso
nombre Preciosa, y a quien enseñó todas sus gitanerías, y modos de
embelecos, y trazas de hurtar. Salió la tal Preciosa la más única
bailadora que se hallaba en todo el gitanismo, y la más hermosa y
discreta que pudiera hallarse, no entre los gitanos, sino entre
cuantas hermosas y discretas pudiera pregonar la fama. Ni los soles,
ni los aires, ni todas las inclemencias del cielo, a quien más que
otras gentes están sujetos los gitanos, pudieron deslustrar su rostro
ni curtir las manos; y lo que es más, que la crianza tosca en que se
criaba no descubría en ella sino ser nacida de mayores prendas que de
gitana, porque era en extremo cortés y bien razonada. La abuela
conoció el tesoro que en la nieta tenía, y así, determinó el águila
vieja sacar a volar su aguilucho y enseñarle a vivir por sus uñas.
Salió Preciosa rica de villancicos, de coplas, seguidillas y
zarabandas y de otros versos, especialmente de romances, que los
cantaba con especial donaire. Porque su taimada abuela echó de ver que
tales juguetes y gracias, en los pocos años y en la mucha hermosura de
su nieta, habían de ser felicísimos atractivos e incentivos para
acrecentar su caudal; y así, se los procuró y buscó por todas las vías
que pudo, y no faltó poeta que se los diese.
Crióse Preciosa en diversas partes de Castilla, y a los quince años de
su edad su abuela putativa la volvió a la Corte y a su antiguo rancho,
que es adonde ordinariamente le tienen los gitanos, en los campos de
Santa Bárbara, pensando en la Corte vender su mercadería, donde todo
se compra y todo se vende. Y la primera entrada que hizo Preciosa en
Madrid fué un día de Santa Ana, patrona y abogada de la villa, con una
danza en que iban ocho gitanas, cuatro ancianas y cuatro muchachas, y
un gitano, gran bailarín, que las guiaba; y aunque todas iban limpias
y bien aderezadas, el aseo de Preciosa era tal, que poco a poco fué
enamorando los ojos de cuantos la miraban. De entre el son del
tamborín y castañetas y fuga del baile salió un rumor que encarecía la
belleza y donaire de la Gitanilla, y corrían los muchachos a verla y
los hombres a mirarla. Pero cuando la oyeron cantar, por ser la danza
cantada, ¡allí fué ello! Allí sí que cobró aliento la fama de la
Gitanilla, y de común consentimiento de los diputados de la fiesta,
desde luego le señalaron el premio y joya de la mejor danza; y cuando
llegaron a hacerla en la iglesia de Santa María, delante de la imagen
de Santa Ana, después de haber bailado todas, tomó Preciosa unas
sonajas, al son de las cuales, dando en redondo largas y ligerísimas
vueltas, cantó #-un-# romance.
[Ilustración: ...y corrían los muchachos a verla y los hombres a
mirarla.]
El cantar de Preciosa fué para admirar a cuantos la escuchaban. Unos
decían: "¡Dios te bendiga, la muchacha!" Otros: "¡Lástima es que esta
mozuela sea gitana! En verdad en verdad que merecía ser hija de un
gran señor."
Acabáronse las vísperas, y la fiesta de Santa Ana, y quedó Preciosa
algo cansada; pero tan celebrada de hermosa, de aguda y de discreta, y
de bailadora, que a corrillos se hablaba della en toda la Corte. De
allí a quince días volvió a Madrid con otras tres muchachas, con
sonajas y con un baile nuevo, todas apercebidas de romances y de
cantarcillos alegres, pero todos honestos. Nunca se apartaba della la
gitana vieja, hecha su Argos, temerosa no se la despabilasen y
traspusiesen; llamábala nieta, y ella la tenía por abuela. Pusiéronse
a bailar a la sombra en la calle de Toledo, y de los que las venían
siguiendo se hizo luego un gran corro; y en tanto que bailaban, la
vieja pedía limosna a los circunstantes, y llovían en ella ochavos y
cuartos como piedras a tablado; que también la hermosura tiene fuerza
de despertar la caridad dormida.
Acabado el baile, dijo Preciosa:
--Si me dan cuatro cuartos, les cantaré un romance yo sola, lindísimo
en extremo, que trata de cuando la Reina nuestra señora Margarita
salió a misa en Valladolid y fué a San Llorente: dígoles que es
famoso, y compuesto por un poeta de los del número, como capitán del
batallón.
Apenas hubo dicho esto, cuando casi todos los que en la rueda estaban
dijeron a voces:
--Cántale, Preciosa, y ves aquí mis cuatro cuartos.
Y así granizaron sobre ella cuartos, que la vieja no se daba manos a
cogerlos. Hecho, pues, su agosto, y su vendimia, repicó Preciosa sus
sonajas, y al tono correntío y loquesco cantó el romance.
Apenas #-lo-# acabó cuando del ilustre auditorio y grave senado que la
oía, de muchas se formó una voz sola, que dijo:
--¡Torna a cantar, Preciosica; que no faltarán cuartos como tierra!
Más de docientas personas estaban mirando el baile y escuchando el
canto de las gitanas, y en la fuga dél acertó a pasar por allí uno de
los tinientes de la villa, y viendo tanta gente junta, preguntó qué
era, y fuéle respondido que estaban escuchando a la Gitanilla hermosa,
que cantaba. Llegóse el Tiniente, que era curioso, y escuchó un rato,
y por no ir contra su gravedad, no escuchó el romance hasta la fin; y
habiéndole parecido por todo extremo bien la Gitanilla, mando a un
paje suyo dijese a la gitana vieja que al anochecer fuese a su casa
con las gitanillas; que quería que las oyese dona Clara su mujer.
Hizolo así el paje, y la vieja dijo que sí iria.
Acabaron el baile y el canto y se fueron la calle adelante, y desde
una reja llamaron unos caballeros a las gitanas. Asomóse Preciosa a la
reja, que era baja, y vió en una sala muy bien aderezada y muy fresca
muchos caballeros que, unos paseándose y otros jugando a diversos
juegos, se entretenían.
--¿Quiérenme dar barato, ceñores?--dijo Preciosa, que, como gitana,
hablaba ceceoso, y esto es artificio en ellas; que no naturaleza.
A la voz de Preciosa, y a su rostro, dejaron los que jugaban el juego,
y el paseo los paseantes, y los unos y los otros acudieron a la reja
por verla, que ya tenían noticia della, y dijeron:
--Entren, entren las gitanillas; que aquí les daremos barato.
--Caro sería ello--respondió Preciosa--si nos pellizcacen.
--No, a fe de caballeros--respondió uno--; bien puedes entrar, niña,
segura que nadie te tocará a la vira de tu zapato; no, por el hábito
que traigo en el pecho.
Y púsose la mano sobre uno de Calatrava.
--Si tú quieres entrar, Preciosa--dijo una de las tres gitanillas que
iban con ella--, entra enhorabuena; que yo no pienso entrar adonde hay
tantos hombres.
--Mira, Cristina--respondió Preciosa--: de lo que te has de guardar es
de un hombre solo y a solas, y no de tantos juntos; porque antes el
ser muchos quita el miedo y el recelo de ser ofendidas. Advierte,
Cristinica, y está cierta de una cosa: que la mujer que se determina a
ser honrada, entre un ejército de soldados lo puede ser. Verdad es que
es bueno huír de las ocasiones; pero han de ser de las secretas, y no
de las públicas.
--Entremos, Preciosa--dijo Cristina--; que tú sabes más que un sabio.
Animólas la gitana vieja, y entraron; y apenas hubo entrado Preciosa,
cuando el caballero del hábito vió -un- papel que traía en el seno, y
llegándose a ella se le tomó, y dijo Preciosa:
--¡Y no me le tome, señor; que es un romance que me acaban de dar
ahora, que aún no le he leído!
--Y ¿sabes tú leer, hija?--dijo uno.
--Y escribir--respondió la vieja--; que a mi nieta hela criado yo como
si fuera hija de un letrado.
Abrió el caballero el papel, y vió que venía dentro dél un escudo de
oro, y dijo:
--En verdad, Preciosa, que trae esta carta el porte dentro: toma este
escudo que en el romance viene.
--Basta--dijo Preciosa---, que me ha tratado de pobre el poeta. Pues
cierto que es más milagro darme a mí un poeta un escudo que yo
recebirle: si con esta añadidura han de venir sus romances, traslade
todo el -Romancero general-, y envíemelos uno a uno; que yo les
tentaré el pulso, y si vinieren duros, seré yo blanda en recebillos.
Admirados quedaron los que oían a la Gitanica, así de su discreción
como del donaire con que hablaba.
Los que jugaban le dieron barato, y aun los que no jugaban. Cogió la
hucha de la vieja treinta reales, y más rica y más alegre que una
Pascua de Flores, antecogió sus corderas y fuése en casa del señor
Teniente, quedando que otro día volvería con su manada a dar contento
a aquellos tan liberales señores.
Ya tenía aviso la señora doña Clara, mujer del señor Teniente, como
habían de ir a su casa las gitanillas, y estábalas esperando como el
agua de Mayo ella y sus doncellas y dueñas, con las de otra señora
vecina suya, que todas se juntaron para ver a Preciosa; y apenas
hubieron entrado las gitanas, cuando entre las demás resplandeció
Preciosa como la luz de una antorcha entre otras luces menores; y así,
corrieron todas a ella: unas la abrazaban, otras la miraban, éstas la
bendecían, aquéllas la alababan. Doña Clara decía:
--¡Este sí que se puede decir cabello de oro! ¡Estos sí que son ojos
de esmeraldas!
La señora su vecina la desmenuzaba toda, y hacía pepitoria de todos
sus miembros y coyunturas. Y llegando a alabar un pequeño hoyo que
Preciosa tenía en la barba, dijo:
--¡Ay, qué hoyo! En este hoyo han de tropezar cuantos ojos le miraren.
Oyó esto un escudero de brazo de la señora doña Clara, que allí
estaba, de luenga barba y largos años, y dijo:
--¡Por Dios, tan linda es la Gitanilla, que hecha de plata o de
alcorza no podría ser mejor! ¿Sabes decir la buenaventura, niña?
--De tres o cuatro maneras--respondió Preciosa.
--Y ¿eso más?--dijo doña Clara---. Por vida del Tiniente, mi señor,
que me la has de decir, niña de oro, y niña de plata, y niña de
perlas, y niña de carbuncos, y niña del cielo, que es lo más que puedo
decir.
--Dénle, dénle la palma de la mano a la niña, y con que haga la
cruz--dijo la vieja--, y verán qué de cosas les dice; que sabe más que
un doctor de melecina.
Echó mano a la faldriquera la señora Tenienta, y halló que no tenía
blanca. Pidió un cuarto a sus criadas, y ninguna le tuvo, ni la señora
vecina tampoco. Lo cual visto por Preciosa dijo:
--Todas las cruces, en cuanto cruces, son buenas; pero las de plata o
de oro son mejores; y el señalar la cruz en la palma de la mano con
moneda de cobre sepan vuesas mercedes que menoscaba la buenaventura, a
lo menos, la mía; y así, tengo afición a hacer la cruz primera con
algún escudo de oro, o con algún real de a ocho, o, por lo menos, de a
cuatro; que soy como los sacristanes: que cuando hay buena ofrenda, se
regocijan.
--Donaire tienes, niña, por tu vida--dijo la señora vecina.
Y volviéndose al escudero, le dijo:
--Vos, señor Contreras, ¿tendréis a mano algún real de a cuatro?
Dádmele; que en viniendo el doctor mi marido os le volveré.
--Sí tengo--respondió Contreras--; pero téngole empeñado en veinte y
dos maravedís, que cené anoche; dénmelos; que yo iré por él en
volandas.
--No tenemos entre todas un cuarto--dijo doña Clara---, ¿y pedís
veinte y dos maravedís? Andad, Contreras, que siempre fuistes
impertinente.
Una doncella de las presentes, viendo la esterilidad de la casa, dijo
a Preciosa:
--Niña, ¿hará algo al caso que se haga la cruz con un dedal de plata?
--Antes--respondió Preciosa--se hacen las cruces mejores del mundo con
dedales de plata, como sean muchos.
--Uno tengo yo--replicó la doncella---; si éste basta, hele aquí, con
condición que también se me ha de decir a mí la buenaventura.
--¿Por un dedal tantas buenasventuras?--dijo la gitana vieja---.
Nieta, acaba presto; que se hace noche.
Tomó Preciosa el dedal y la mano de la señora Teniente y dijo -#la
buenaventura; y en acabándola#- encendió el deseo de todas las
circunstantes en querer saber la suya, y así se lo rogaron todas; pero
ella las remitió para el viernes venidero, prometiéndole que tendrían
reales de plata para hacer las cruces. En esto, vino el señor
Tiniente, a quien contaron maravillas de la Gitanilla; él las hizo
bailar un poco, y confirmó por verdaderas y bien dadas las alabanzas
que a Preciosa habían dado; y poniendo la mano en la faldriquera, hizo
señal de querer darle algo; y habiéndola espulgado, y sacudido, y
rascado muchas veces, al cabo sacó la mano vacía, y dijo:
--¡Por Dios que no tengo blanca! Dadle vos, doña Clara, un real a
Preciosica; que yo os le daré después.
[Ilustración: ...y poniendo la mano en la faldriquera, ...]
--¡Bueno es eso, señor, por cierto! ¡Sí, ahí está el real de
manifiesto! No hemos tenido entre todas nosotras un cuarto para hacer
la señal de la cruz, ¿y quiere que tengamos un real?
--Pues dadle alguna valoncica vuestra, o alguna cosita; que otro día
nos volverá a ver Preciosa, y la regalaremos mejor.
A lo cual dijo doña Clara:
--Pues porque otra vez venga, no quiero dar nada ahora a Preciosa.
--Antes si no me dan nada--dijo Preciosa---, nunca más volveré acá.
Mas sí volveré, a servir a tan principales señores; pero trairé
tragado que no me han de dar nada, y ahorraréme la fatiga del
esperallo. Coheche vuesa merced, señor Tiniente; coheche, y tendrá
dineros, y no haga usos nuevos; que morirá de hambre. Mire, señora:
por ahí he oído decir (y aunque moza, entiendo que no son buenos
dichos) que de los oficios se ha de sacar dineros para pagar las
condenaciones de las residencias y para pretender otros cargos.
--Así lo dicen y lo hacen los desalmados--replicó el Teniente---; pero
el juez que da buena residencia no tendrá que pagar condenación
alguna, y el haber usado bien su oficio será el valedor para que le
den otro.
--Habla vuesa merced muy a lo santo, señor Teniente--respondió
Preciosa---; ándese a eso y cortarémosle de los harapos para
reliquias.
--Mucho sabes, Preciosa--dijo el Tiniente---. Calla, que yo daré traza
que sus Majestades te vean, porque eres pieza de reyes.
--Querránme para truhana--respondió Preciosa---, y yo no lo sabré ser,
y todo irá perdido. Si me quisiesen para discreta, aún llevarme hían;
pero en algunos palacimás medran los truhanes que los discretos. Yo me
hallo bien con ser gitana y pobre, y corra la suerte por donde el
cielo quisiere.
--Ea, niña--dijo la gitana vieja--, no hables más; que has hablado
mucho, y sabes más de lo que yo te he enseñado; no te asotiles tanto,
que te despuntarás; habla de aquello que tus años permiten, y no te
metas en altanerías; que no hay ninguna que no amenace caída.
--¡El diablo tienen estas gitanas en el cuerpo!--dijo a esta sazón el
Tiniente.
Despidiéronse las gitanas, y al irse, dijo la doncella del dedal:
--Preciosa, dime la buenaventura, o vuélveme mi dedal; que no me queda
con qué hacer labor.
--Señora doncella--respondió Preciosa---, haga cuenta que se la he
dicho, y provéase de otro dedal, o no haga vainillas hasta el viernes,
que yo volveré y le diré más venturas y aventuras que las que tiene un
libro de caballerías.
Fuéronse, y juntáronse con las muchas labradoras que a la hora de las
avemarías suelen salir de Madrid para volverse a sus aldeas, y entre
otras vuelven muchas, con quien siempre se acompañaban las gitanas, y
volvían seguras. Porque la gitana vieja vivía en continuo temor no le
salteasen a su Preciosa.
Sucedió, pues, que la mañana de un día que volvían a Madrid a coger la
garrama con las demás gitanillas, en un valle pequeño que está obra de
quinientos pasos antes que se llegue a la villa, vieron un mancebo
gallardo y ricamente aderezado de camino. La espada y daga que traía
eran, como decirse suele, una ascua de oro; sombrero con rico cintillo
y con plumas de diversas colores adornado. Repararon las gitanas en
viéndole y pusiéronsele a mirar muy de espacio, admiradas de que a
tales horas un tan hermoso mancebo estuviese en tal lugar, a pie y
solo. El se llegó a ellas, y hablando con la gitana mayor, le dijo:
--Por vida vuestra, amiga, que me hagáis placer que vos y Preciosa me
oyáis aquí aparte dos palabras, que serán de vuestro provecho.
--Como no nos desviemos mucho, ni no nos tardemos mucho, sea en buen
hora--respondió la vieja.
Y llamando a Preciosa, se desviaron de las otras obra de veinte pasos,
y así en pie, como estaban, el mancebo les dijo:
--Yo vengo de manera rendido a la discreción y belleza de Preciosa,
que después de haberme hecho mucha fuerza para excusar llegar a este
punto, al cabo he quedado más rendido y más imposibilitado de
excusallo. Yo, señoras mías (que siempre os he de dar este nombre, si
el cielo mi pretensión favorece), soy caballero, como lo puede mostrar
este hábito--y apartando el herreruelo, descubrió en el pecho uno de
los más calificados que hay en España---; soy hijo de Fulano--que por
buenos respectos aquí no se declara su nombre---; estoy debajo de su
tutela y amparo; soy hijo único, y el que espera un razonable
mayorazgo. Mi padre está aquí en la Corte pretendiendo un cargo, y ya
está consultado, y tiene casi ciertas esperanzas de salir con él. Y
con ser de la calidad y nobleza que os he referido, y de la que casi
se os debe ya de ir trasluciendo, con todo eso, quisiera ser un gran
señor para levantar a mi grandeza la humildad de Preciosa, haciéndola
mi igual y mi señora. Quiero servirla del modo que ella más gustare:
su voluntad es la mía. Para con ella es de cera mi alma, donde podrá
imprimir lo que quisiere; y para conservarlo y guardarlo no será como
impreso en cera, sino como esculpido en marmóles, cuya dureza se opone
a la duración de los tiempos. Si creéis esta verdad, no admitirá
ningún desmayo mi esperanza; pero si no me creéis, siempre me tendrá
temeroso vuestra duda. Mi nombre es éste--y díjoselo---; el de mi
padre ya os le he dicho; la casa donde vive es en tal calle, y tiene
tales y tales señas; vecinos tiene de quien podréis informaros, y aun
de los que no son vecinos también; que no es tan escura la calidad y
el nombre de mi padre y el mío, que no le sepan en los patios de
palacio, y aun en toda la Corte. Cien escudos traigo aquí en oro para
daros en arra y señal de lo que pienso daros; porque no ha de negar la
hacienda el que da el alma.
En tanto que el caballero esto decía, le estaba mirando. Preciosa
atentamente, y sin duda que no le debieron de parecer mal ni sus
razones ni su talle; y volviéndose a la vieja, le dijo:
--Perdóneme, abuela, de que me tomo licencia para responder a este
señor.
--Responde lo que quisieres, nieta--respondió la vieja---; que yo sé
que tienes discreción para todo.
Y Preciosa dijo:
--Yo, señor caballero, aunque soy gitana, pobre y humildemente nacida,
tengo un cierto espiritillo fantástico acá dentro, que a grandes cosas
me lleva. A mí ni me mueven promesas, ni me desmoronan dádivas, ni me
inclinan sumisiones, ni me espantan finezas y aunque de quince años
(que, según la cuenta de mi abuela, para este San Miguel los haré),
soy ya vieja en los pensamientos y alcanzo más de aquello que mi edad
promete, más por mi buen natural que por la experiencia. #-El-# temor
engendra en mí un recato tal, que ningunas palabras creo y de muchas
obras dudo. Si quisiéredes ser mi esposo, yo lo seré vuestra: pero han
de preceder muchas condiciones y averiguaciones primero. Primero
tengo; de saber si sois el que decís; luego, hallando esta verdad,
habéis de dejar la casa de vuestros padres y la habéis de trocar con
nuestros ranchos, y tomando el traje de gitano, habéis de cursar dos
años en nuestras escuelas, en el cual tiempo me satisfaré yo de
vuestra condición, y vos de la mía; al cabo del cual, si vos os
contentáredes de mí, y yo de vos, me entregaré por vuestra esposa. Y
habéis de considerar que en el tiempo de este noviciado podría ser que
cobrásedes la vista, que ahora debéis de tener perdida, o, por lo
menos, turbada, y viésedes que os convenía huir de lo que ahora seguís
con tanto ahinco; y cobrando la libertad perdida, con un buen
arrepentimiento se perdona cualquier culpa. Si con estas condiciones
queréis entrar a ser soldado de nuestra milicia, en vuestra mano está,
pues faltando alguna dellas, no habéis de tocar un dedo de la mía.
Pasmóse el mozo a las razones de Preciosa, y púsose como embelesado,
mirando al suelo, dando muestras que consideraba lo que responder
debía. Viendo lo cual Preciosa, tornó a decirle:
--No es éste caso de tan poco momento, que en los que aquí nos ofrece
el tiempo pueda ni deba resolverse: volveos, señor, a la villa, y
considerad de espacio lo que viéredes que más os convenga, y en este
mismo lugar me podéis hablar todas las fiestas que quisiéredes, al ir
o venir de Madrid.
--Satanás tienes en tu pecho, muchacha--dijo a esta sazón la gitana
vieja---: ¡mira que dices cosas, que no las diría un colegial de
Salamanca! ¿cómo es esto? que me tienes loca, y te estoy escuchando
como a una persona espiritada, que habla latín sin saberlo.
--Calle, abuela--respondió Preciosa---, y sepa que todas las cosas que
me oye son nonada y son de burlas, para las muchas que de más veras me
quedan en el pecho.
Todo cuanto Preciosa decía, y toda la discreción que mostraba, era
añadir leña al fuego que ardía en el pecho del caballero. Finalmente,
quedaron en que de allí a ocho días se verían en aquel mismo lugar,
donde él vendría a dar cuenta del término en que sus negocios estaban,
y ellas habrían tenido tiempo de informarse de la verdad que les había
dicho. Sacó el mozo una bolsilla de brocado, donde dijo que iban cien
escudos de oro, y dióselos a la vieja; pero no quería Preciosa que los
tomaste en ninguna manera; a quien la gitana dijo:
--Calla, niña; que la mejor señal que este señor ha dado de estar
rendido es haber entregado las armas en señal de rendimiento; y el
dar, en cualquiera ocasión que sea, siempre fué indicio de generoso
pecho. Y acuérdate de aquel refrán que dice: "Al cielo rogando, y con
el mazo dando." Y más, que no quiero yo que por mí pierdan las gitanas
el nombre que por luengos siglos tienen adquerido de codiciosas y
aprovechadas. ¿Cien escudos quieres tú que deseche, Preciosa, y de oro
en oro, que pueden andar cosidos en el alforza de una saya que no
valga dos reales, y tenerlos allí como quien tiene un juro sobre las
yerbas de Extremadura? Y si alguno de nuestros hijos, nietos o
parientes cayere, por alguna desgracia, en manos de la justicia,
¿habrá favor tan bueno que llegue a la oreja del juez y del escribano,
como destos escudos, si llegan a sus bolsas? Tres veces por tres
delitos diferentes me he visito casi puesta en el asno para ser
azotada, y de la una me libró un jarro de plata, y de la otra una
sarta de perlas, y de la otra cuarenta reales de a ocho, que había
trocado por cuartos, dando veinte reales más por el cambio. Mira,
niña, que andamos en oficio muy peligroso y lleno de tropiezos y de
ocasiones forzosas, y no hay defensas que más presto nos amparen y
socorran como las armas invencibles del gran Filipo: no hay pasar
adelante de su -plus ultra-. Por un doblón de dos caras se nos muestra
alegre la triste del procurador y de todos los ministros de la muerte,
que son arpías de nosotras las pobres gitanas, y más precian pelarnos
y desollarnos a nosotras que a un salteador de caminos; jamás, por más
rotas y desastradas que nos vean, nos tienen por pobres; que dicen que
somos como los jubones de los gabachos de Belmonte: rotos y
grasientos, y llenos de doblones.
--Por vida suya, abuela, que no diga más; que lleva término de alegar
tantas leyes en favor de quedarse con el dinero, que agote las de los
Emperadores; quédese con ellos, y buen provecho le hagan, y plega a
Dios que los entierre en sepultura donde jamás tornen a ver la
claridad del sol, ni haya necesidad que la vean. A estas nuestras
compañeras será forzoso darles algo; que ha mucho que nos esperan, y
ya deben de estar enfadadas.
[Ilustración: Por vida suya, abuela, que no diga más; ...]
--Así verán ellas--replicó la vieja--moneda déstas como veen al Turco
agora. Este buen señor verá si le ha quedado alguna moneda de plata, o
cuartos, y los repartirá entre ellas, que con poco quedarán contentas.
--Sí traigo--dijo él galán.
Y sacó de la faldriquera tres reales de a ocho, que repartió entre las
tres gitanillas, con que quedaron más alegres y más satisfechas que
suele quedar un autor de comedias cuando, en competencia de otro, le
suelen retular por las esquinas: "-Víctor, Víctor.-"
En resolución, concertaron la venida de allí a ocho días, y que se
había de llamar, cuando fuése gitano, Andrés Caballero, porque también
había gitanos entre ellos deste apellido.
Andrés (que así le llamaremos de aquí adelante) las dejó, y se entró
en Madrid, y ellas, contentísimas, hicieron lo mismo. Preciosa, algo
aficionada de la gallarda disposición de Andrés, ya deseaba informarse
si era el que había dicho; entró en Madrid, y como ella llevaba puesta
la mira en buscar la casa del padre de Andrés, sin querer detenerse a
bailar en ninguna parte, en poco espacio se puso en la calle do
estaba, que ella muy bien sabía; y habiendo andado hasta la mitad,
alzó los ojos a unos balcones de hierro dorados, que le habían dado
por señas, y vió en ellos a un caballero de hasta edad de cincuenta
años, con un hábito de cruz colorada en los pechos, de venerable
gravedad y presencia; el cual apenas también hubo visto la Gitanilla
cuando dijo:
--Subid, niñas; que aquí os darán limosna.
A esta voz acudieron al balcón otros tres caballeros, y entre ellos
vino el enamorado Andrés, que cuando vió a Preciosa, perdió la color y
estuvo a punto de perder los sentidos: tanto fué el sobresalto que
recibió con su vista. Subieron las gitanillas todas, sino la grande,
que se quedó abajo para informarse de los criados de las verdades de
Andrés. Al entrar las gitanillas en la sala, estaba diciendo el
caballero anciano a los demás:
--Esta debe ser, sin duda, la Gitanilla hermosa que dicen que anda por
Madrid.
--Ella es--replicó Andrés--, y sin duda es la más hermosa criatura que
se ha visto.
--Así lo dicen--dijo Preciosa, que lo oyó todo en entrando--; pero en
verdad que se deben de engañar en la mitad del justo precio. Bonita,
bien creo que lo soy; pero tan hermosa como dicen, ni por pienso.
--¡Por vida de don Juanico mi hijo--dijo el anciano---, que aún sois
más hermosa de lo que dicen, linda gitana!
--Y ¿quién es don Juanico su hijo?--preguntó Preciosa.
--Ese galán que está a vuestro lado--respondió el caballero.
--En verdad que pensé--dijo Preciosa--que juraba vuesa merced por
algún niño de dos años. ¡Mirad qué don Juanico, y qué brinco! A mi
verdad que pudiera ya estar casado, y que, según tiene unas rayas en
la frente, no pasarán tres años sin que lo esté, y muy a su gusto, si
es que desde aquí allá no se le pierde, o se le trueca.
--Basta--dijo uno de los presentes--; que sabe la Gitanilla desrayas.
#-A lo que-# respondió Preciosa.
--Lo que veo con los ojos, con el dedo lo adivino: yo sé del señor don
Juanico, sin rayas, que es algo enamoradizo, impetuoso y acelerado, y
gran prometedor de cosas que parecen imposibles; y plega a Dios que no
sea mentirosito, que sería lo peor de todo. Un viaje ha de hacer agora
muy lejos de aquí, y uno piensa el bayo, y otro el que le ensilla; el
hombre pone, y Dios dispone; quizá pensará que va a Oñez, y dará en
Gamboa.
A esto respondió don Juan:
--En verdad, gitanica, que has acertado en muchas cosas de mi
condición; pero en lo de ser mentiroso vas muy fuera de la verdad,
porque me precio de decirla en todo acontecimiento. En lo del viaje
largo has acertado, pues, sin duda, siendo Dios servido, dentro de
cuatro o cinco días me partiré a Flandes, aunque tú me amenazas que he
de torcer el camino, y no querría que en él me sucediese algún desmán
que lo estorbase.
--Calle, señorito--respondió Preciosa--, y encomiéndese a Dios; que
todo se hará bien; y sepa que yo no sé nada de lo que digo, y no es
maravilla que como hablo mucho y a bulto, acierte en alguna cosa, y yo
querría acertar en persuadirte a que no te partieses, sino que
sosegases el pecho, y te estuvieses con tus padres, para darles buena
vejez; porque no estoy bien con estas idas y venidas a Flandes,
principalmente los mozos de tan tierna edad como la tuya. Déjate
crecer un poco, para que puedas llevar los trabajos de la guerra,
cuanto más que harta guerra tienes en tu casa: hartos combates
amorosos te sobresaltan el pecho. Sosiega, sosiega, alborotadito, y
mira lo que haces primero que te cases, y danos una limosnita por Dios
y por quien tú eres; que en verdad que creo que eres bien nacido. Y si
a esto se junta el ser verdadero, yo cantaré la gala al vencimiento de
haber acertado en cuanto te he dicho.
--Otra vez te he dicho, niña--respondió el don Juan que había de ser
Andrés Caballero--, que en todo aciertas sino en el temor que tienes
que no debo de ser muy verdadero; que en esto te engañas, sin alguna
duda; la palabra que yo doy en el campo, la cumpliré en la ciudad y
adonde quiera, sin serme pedida; pues no se puede preciar de caballero
quien toca en el vicio de mentiroso. Mi padre te dará limosna por Dios
y por mí; que en verdad que esta mañana di cuanto tenía a unas damas.
Subió, en esto, la gitana vieja, y dijo:
--Nieta, acaba; que es tarde, y hay mucho que hacer y más que decir.
--Por vida de Preciosita--#-dijo el padre de Andrés-#--que bailéis un
poco con vuestras compañeras; aquí tengo un doblón de oro de a dos
caras, que ninguna es como la vuestra, aunque son de dos reyes.
Apenas hubo oído esto la vieja cuando dijo:
--Ea, niñas, haldas en cinta y dad contento a estos señores.
Tomó las sonajas Preciosa, y dieron sus vueltas, hicieron y
deshicieron todos sus lazos, con tanto donaire y desenvoltura, que
tras los pies se llevaban los ojos de cuantos las miraban,
especialmente los de Andrés, que así se iban entre los pies de
Preciosa como si allí tuvieran el centro de su gloria.
Despidiéronse las gitanas, y al irse dijo Preciosa a don Juan:
--Mire, señor: cualquiera día desta semana es próspero para partidas,
y ninguno es aciago; apresure el irse lo más presto que pudiere; que
le aguarda una vida ancha, libre y muy gustosa, si quiere acomodarse a
ella.
--No es tan libre la del soldado, a mi parecer--respondió don Juan--,
que no tenga más de sujeción que de libertad; pero, con todo esto,
haré como viere.
--Más veréis de lo que pensáis--respondió Preciosa---, y Dios os lleve
y traiga con bien, como vuestra buena presencia merece.
Con estas últimas palabras quedó contento Andrés, y las gitanas se
fueron contentísimas. Trocaron el doblón, repartiéronle entre todas
igualmente, aunque la vieja guardiana llevaba siempre parte y media de
lo que se juntaba, así por la mayoridad, como por ser ella el aguja
por quien se guiaban en el maremagno de sus bailes, donaires, y aun de
sus embustes.
Llegóse, en fin, el día que Andrés Caballero se apareció una mañana en
el primer lugar de su aparecimiento, sobre una mula de alquiler, sin
criado alguno; halló en él a Preciosa y a su abuela, de las cuales
conocido, le recibieron con mucho gusto. El les dijo que le guiasen al
rancho antes que entrase el día y con él se descubriesen las señas que
llevaba, si acaso le buscasen. Ellas, que, como advertidas, vinieron
solas, dieron la vuelta, y de allí a poco rato llegaron a sus
barracas. Entró Andrés en la una, que era la mayor del rancho, y luego
acudieron a verle diez o doce gitanos, todos mozos y todos gallardos y
bien hechos, a quien ya la vieja había dado cuenta del nuevo compañero
que les había de venir, sin tener necesidad de encomendarles el
secreto; que ellos le guardan con sagacidad y puntualidad nunca vista.
Echaron luego ojo a la mula, y dijo uno dellos:
--Esta se podrá vender el jueves en Toledo.
--Eso no--dijo Andrés--, porque no hay mula de alquiler que no sea
conocida de todos los mozos de mulas que trajinan por España.
--¡Par Dios, señor Andrés!--dijo uno de los gitanos---, que aunque la
mula tuviera más señales que las que han de preceder al día tremendo,
aquí la transformáramos de manera que no la conociera ni el dueño que
la ha criado.
--Con todo eso--respondió Andrés--, por esta vez se ha de seguir y
tomar el parecer mío. A esta mula se ha de dar muerte, y ha de ser
enterrado donde aun los huesos no parezcan.
--¡Pecado grande!--dijo otro gitano--: ¿a una inocente se ha de quitar
la vida? No diga tal el buen Andrés, sino haga una cosa: mírela bien
agora de manera que se le queden estampadas todas sus señales en la
memoria, y déjenmela llevar a mí; y si de aquí a dos horas la
conociere, que me lardeen como a un negro fugitivo.
--En ninguna manera consentiré--dijo Andrés--que la mula no muera,
aunque más me aseguren su transformación: yo temo ser descubierto si a
ella no la cubre la tierra. Y si se hace por el provecho que de
venderla puede seguirse, no vengo tan desnudo a esta cofradía, que no
pueda pagar de entrada más de lo que valen cuatro mulas.
--Pues así lo quiere el señor Andrés Caballero--dijo otro gitano--,
muera la sin culpa, y Dios sabe si me pesa, así por su mocedad, pues
aún no ha cerrado (cosa no usada entre mulas de alquiler), como porque
debe ser andariega, pues no tiene costras en las ijadas, ni llagas, de
la espuela.
Dilatóse su muerte hasta la noche, y en lo que quedaba de aquel día se
hicieron las ceremonias de la entrada de Andrés a ser gitano, que
fueron: desembarazaron luego un rancho de los mejores del aduar, y
adornáronle de ramos y juncia; y sentándose Andrés sobre un medio
alcornoque, pusiéronle en las manos un martillo y unas tenazas, y al
son de dos guitarras que dos gitanos tañían, le hicieron dar dos
cabriolas; luego le desnudaron un brazo, y con una cinta de seda nueva
y un garrote le dieron dos vueltas blandamente. A todo se halló
presente Preciosa, y otras muchas gitanas, viejas y mozas, que las
unas con maravilla, otras con amor, le miraban: tal era la gallarda
disposición de Andrés, que hasta los gitanos le quedaron
aficionadísimos.
Hechas, pues, las referidas ceremonias, un gitano viejo tomó por la
mano a Preciosa, y puesto delante de Andrés, dijo:
--Esta muchacha, que es la flor y la nata de toda la hermosura de las
gitanas que sabemos que viven en España, te la entregamos por esposa,
porque la libre y ancha vida nuestra no está sujeta a melindres ni a
muchas ceremonias. Mírala bien, y mira si te agrada, o si vees en ella
alguna cosa que te descontente, y si la vees, escoge entre las
doncellas que aquí están la que más te contentare; que la que
escogieres te daremos; pero has de saber que una vez escogida, no la
has de dejar por otra. Con #-nuestras-# leyes y estatutos nos
conservamos y vivimos alegres; somos señores de los campos, de los
sembrados, de las selvas, de los montes, de las fuentes y de los ríos:
los montes nos ofrecen leña de balde; los árboles, frutas; las viñas,
uvas; las huertas, hortaliza; las fuentes, agua; los ríos, peces, y
los vedados, caza; sombra las peñas, aire fresco las quiebras, y casas
las cuevas. Para nosotros las inclemencias del cielo son oreos,
refrigerio las nieves, baños la lluvia, músicas los truenos y hachas
los relámpagos; para nosotros son los duros terreros colchones de
blandas plumas; el cuero curtido de nuestros cuerpos nos sirve de
arnés impenetrable que nos defiende; a nuestra ligereza no la impiden
grillos, ni la detienen barrancos, ni la contrastan paredes; a nuestro
ánimo no le tuercen cordeles, ni le menoscaban garruchas, ni le ahogan
tocas, ni le doman potros. Del sí al no no hacemos diferencia cuando
nos conviene: siempre nos preciamos más de mártires que de confesores;
para nosotros se crían las bestias de carga en los campos y se cortan
las faldriqueras en las ciudades. No hay águila, ni ninguna otra ave
de rapiña que más presto se abalance a la presa que se le ofrece, que
nosotros nos abalanzamos a las ocasiones que algún interés nos
señalen; y, finalmente, tenemos muchas habilidades que felice fin nos
prometen; porque en la cárcel cantamos, en el potro callamos, de día
trabajamos, y de noche hurtamos, o, por mejor decir, avisamos que
nadie viva descuidado de mirar dónde pone su hacienda. No nos fatiga
el temor de perder la honra, ni nos desvela la ambición de
acrecentarla, ni sustentamos bandos, ni madrugamos a dar memoriales,
ni a acompañar magnates, ni a solicitar favores. Por dorados techos y
suntuosos palacios estimamos estas barracas y movibles ranchos; por
cuadros y países de Flandes, los que nos da la naturaleza en esos
levantados riscos y nevadas peñas, tendidos prados y espesos bosques
que a cada paso a los ojos se nos muestran. Somos astrólogos rústicos,
porque como casi siempre dormimos al cielo descubierto, a todas horas
sabemos las que son del día y las que son de la noche; vemos cómo
arrincona y barre la aurora las estrellas del cielo, y cómo ella sale
con su compañera el alba, alegrando el aire, enfriando el agua y
humedeciendo la tierra, y luego, tras ella, el sol, -dorando cumbres-
(como dijo el otro poeta) -y rizando montes-; ni tememos quedar
helados por su ausencia cuando nos hiere a soslayo con sus rayos, ni
quedar abrasados cuando con ellos particularmente nos toca; un mismo
rostro hacemos al sol que al yelo, a la esterilidad que a la
abundancia. En conclusión, somos gente que vivimos por nuestra
industria y pico, y sin entremeternos con el antiguo refrán: "Iglesia,
o mar, o casa real", tenemos lo que queremos, pues nos contentamos con
lo que tenemos. Todo esto os he dicho, generoso mancebo, por que no
ignoréis la vida a que habéis venido y el trato que habéis de
profesar, el cual os he pintado aquí en borrón; que otras muchas e
infinitas cosas iréis descubriendo en él con el tiempo, no menos
dignas de consideración que las que habéis oído.
Calló en diciendo esto el elocuente y viejo gitano, y el novicio dijo
que se holgaba mucho de haber sabido tan loables estatutos, y que él
pensaba hacer profesión en aquella orden tan puesta en razón y en
políticos fundamentos, y que sólo le pesaba no haber venido más presto
en conocimiento de tan alegre vida, y que desde aquel punto renunciaba
la profesión de caballero y la vanagloria de su ilustre linaje, y lo
ponía todo debajo del yugo, o, por mejor decir, debajo de las leyes
con que ellos vivían, pues con tan alta recompensa le satisfacían el
deseo de servirlos, entregándole a la divina Preciosa, por quien él
dejaría coronas e imperios y sólo los desearía para servirla.
A lo cual respondió Preciosa:
--Puesto que estos señores legisladores han hallado por sus leyes que
soy tuya, y que por tuya te me han entregado, yo he hallado por la ley
de mi voluntad, que es la más fuerte de todas, que no quiero serlo si
no es con las condiciones que antes que aquí vinieses entre los dos
concertamos. Dos años has de vivir en nuestra compañía primero que de
la mía goces, porque tú no te arrepientas por ligero, ni yo quede
engañada por presurosa. Condiciones rompen leyes; las que te he puesto
sabes: si las quisieres guardar, podrá ser que sea tuya y tú seas mío,
y donde no, aún no es muerta la mula, tus vestidos están enteros, y de
tus dineros no te falta un ardite; la ausencia que has hecho no ha
sido aún de un día; que de lo que dél falta te puedes servir y dar
lugar que consideres lo que más te conviene. Estos señores #-no-#
pueden entregarte mi alma, que es libre y nació libre, y ha de ser
libre en tanto que yo quisiere. Si te quedas, te estimaré en mucho; si
te vuelves, no te tendré en menos; porque, a mi parecer, los ímpetus
amorosos corren a rienda suelta, hasta que encuentran con la razón o
con el desengaño; y no querría yo que fueses tú para conmigo como es
el cazador, que en alcanzando la liebre que sigue, la coge, y la deja,
por correr tras otra que le huye. Ojos hay engañados que a la primera
vista tan bien les parece el oropel como el oro; pero a poco rato bien
conocen la diferencia que hay de lo fino a lo falso. Esta mi hermosura
que tú dices que tengo, que la estimas sobre el sol y la encareces
sobre el oro, ¿qué sé yo si de cerca te parecerá sombra, y tocada,
cairás en que es de alquimia? Dos años te doy de tiempo para que
tantees y ponderes lo que será bien que escojas o será justo que
deseches; que la prenda que una vez comprada, nadie se puede deshacer
della sino con la muerte, bien es que haya tiempo, y mucho, para
miralla y remiralla, y ver en ella las faltas o las virtudes que
tiene.
--Tienes razón ¡oh Preciosa!--dijo a este punto Andrés---; y así, si
quieres que asegure tus temores y menoscabe tus sospechas jurándote
que no saldré un punto de las órdenes que me pusieres, mira qué
juramento quieres que haga, o qué otra seguridad puedo darte; que a
todo me hallarás dispuesto.
--No quiero juramentos, señor Andrés, ni quiero promesas; sólo quiero
remitirlo todo a la experiencia deste noviciado.
--Sea ansí--respondió Andrés--. Sola una cosa pido a estos señores y
compañeros míos, y es que no me fuercen a que hurte ninguna cosa, por
tiempo de un mes siquiera; porque me parece que no he de acertar a ser
ladrón si antes no preceden muchas liciones.
--Calla, hijo--dijo el gitano viejo--; que aquí te industriaremos de
manera, que salgas un águila en el oficio; y cuando le sepas, has de
gustar dél de modo, que te comas las manos tras él. ¡Ya es cosa de
burla salir vacío por la mañana y volver cargado a la noche al rancho!
--De azotes he visto yo volver a algunos desos vacíos--dijo Andrés.
--No se toman truchas, etcétera--replicó el viejo--: todas las cosas
desta vida están sujetas a diversos peligros, y las acciones del
ladrón, al de las galeras, azotes y horca; pero no porque corra un
navío tormenta, o se anegue, han de dejar los otros de navegar. ¡Bueno
sería que porque la guerra come los hombres y los caballos, dejase de
haber soldados! Cuanto más, que el que es azotado por justicia entre
nosotros, es tener un hábito en las espaldas, que le parece mejor que
si le trujese en los pechos, y de los buenos. El toque está en no
acabar acoceando el aire en la flor de nuestra juventud y a los
primeros delitos; que el mosqueo de las espaldas, ni el apalear el
agua en las galeras, no lo estimamos en un cacao. Hijo Andrés, reposad
ahora en el nido debajo de nuestras alas; que a su tiempo os sacaremos
a volar, y en parte donde no volváis sin presa, y lo dicho dicho: que
os habéis de lamer los dedos tras cada hurto.
--Pues para recompensar--dijo Andrés--lo que yo podía hurtar en este
tiempo que se me da de venia, quiero repartir docientos escudos de oro
entre todos los del rancho.
Apenas hubo dicho esto cuando arremetieron a él muchos gitanos, y
levantándole en los brazos y sobre los hombros, le cantaban el
"¡Víctor, víctor, y el grande Andrés!", añadiendo: "¡Y viva, viva
Preciosa, amada prenda suya!"
Las gitanas hicieron lo mismo con Preciosa, no sin envidia de Cristina
y de otras gitanillas que se hallaron presentes; que la envidia
también se aloja en los aduares de los bárbaros y en las chozas de
pastores como en palacios de príncipes, y esto de ver medrar al vecino
que me parece que no tiene más méritos que yo, fatiga.
Hecho esto, comieron lautamente; repartióse el dinero prometido con
equidad y justicia; renováronse las alabanzas de Andrés; subieron al
cielo la hermosura de Preciosa. Llegó la noche, acocotaron la mula, y
enterráronla de modo, que quedó seguro Andrés de ser por ella
descubierto; y también enterraron con ella sus alhajas, como fueron
silla, y freno, y cinchas, a uso de los indios, que sepultan con ellos
sus más ricas preseas.
De todo lo que había visto y oído, y de los ingenios de los gitanos,
quedó admirado Andrés, y con propósito de seguir y conseguir su
empresa sin entremeterse nada en sus costumbres, o, a lo menos,
excusarlo por todas las vías que pudiese, pensando exentarse de la
jurisdición de obedecellos en las cosas injustas que le mandasen, a
costa de su dinero. Otro día les rogó Andrés que mudasen de sitio y se
alejasen de Madrid, porque temía ser conocido si allí estaba; ellos
dijeron que ya tenían determinado irse a los montes de Toledo, y desde
allí correr y garramar toda la tierra circunvecina. Levantaron, pues,
el rancho, y diéronle a Andrés una pollina en que fuese; pero él no la
quiso, sino irse a pie, sirviendo de lacayo a Preciosa, que sobre otra
iba, ella contentísima de ver cómo triunfaba de su gallardo escudero,
y él ni más ni menos, de ver junto a sí a la que había hecho señora de
su albedrío.
De allí a cuatro días llegaron a una aldea dos leguas de Toledo, donde
asentaron su aduar, dando primero algunas prendas de plata al alcalde
del pueblo, en fianzas de que en él ni en todo su término no hurtarían
ninguna cosa. Hecho esto, todas las gitanas viejas, y algunas mozas, y
los gitanos, se esparcieron por todos los lugares, o, a lo menos,
apartados por cuatro o cinco leguas de aquel donde habían asentado su
real. Fué con ellos Andrés a tomar la primera lición de ladrón; pero
aunque le dieron muchas en aquella salida, ninguna se le asentó; antes
correspondiendo a su buena sangre, con cada hurto que sus maestros
hacían se le arrancaba a él el alma, y tal vez hubo que pagó de su
dinero los hurtos que sus compañeros habían hecho, conmovido de las
lágrimas de sus dueños; de lo cual los gitanos se desesperaban,
diciéndole que era contravenir a sus estatutos y ordenanzas, que
prohibían la entrada a la caridad en sus pechos, la cual en
teniéndola, habían de dejar de ser ladrones, cosa que no les estaba
bien en ninguna manera. Viendo, pues, esto Andrés, dijo que él quería
hurtar por sí solo, sin ir en compañía de nadie; porque para huír del
peligro tenía ligereza, y para acometelle no le faltaba el ánimo; así,
que el premio o el castigo de lo que hurtase quería que fuese suyo.
Procuraron los gitanos disuadirle deste propósito, diciéndole que le
podrían suceder ocasiones donde fuese necesaria la compañía, así para
acometer como para defenderse, y que una persona sola no podía hacer
grandes presas. Pero, por más que dijeron, Andrés quiso ser ladrón
solo y señero, con intención de apartarse de la cuadrilla y comprar
por su dinero alguna cosa que pudiese decir que la había hurtado, y
deste modo cargar lo que menos pudiese sobre su conciencia. Usando,
pues, desta industria, en menos de un mes trujo más provecho a la
compañía que trujeron cuatro de los más estirados ladrones della; de
que no poco se holgaba Preciosa, viendo a su tierno amante tan lindo y
tan despejado ladrón; pero, con todo esto, estaba temerosa de alguna
desgracia; que no quisiera ella verle en afrenta por todo el tesoro de
Venecia, obligada a tenerle aquella buena voluntad los muchos
servicios y regalos que su Andrés le hacía.
Poco más de un mes se estuvieron en los términos de Toledo, donde
hicieron su Agosto, aunque era por el mes de Septiembre, y desde allí
se entraron en Extremadura, por ser tierra rica y caliente. Pasaba
Andrés con Preciosa honestos, discretos y enamorados coloquios, y ella
poco a poco se iba enamorando de la discreción y buen trato de su
amante, y él, del mismo modo, sí pudiera crecer su amor, fuera
creciendo: tal era la honestidad, discreción y belleza de su Preciosa.
A doquiera que llegaban, él se llevaba el precio y las apuestas de
corredor y de saltar más que ninguno; jugaba a los bolos y a la pelota
extremadamente; tiraba la barra con mucha fuerza y singular destreza;
finalmente, en poco tiempo voló su fama por toda Extremadura, y no
había lugar donde no se hablase de la gallarda disposición del gitano
Andrés Caballero y de sus gracias y habilidades, y al par desta fama
corría la de la hermosura de la Gitanilla, y no había villa, lugar ni
aldea donde no los llamasen para regocijar las fiestas votivas suyas,
o para otros particulares regocijos. Desta manera iba el aduar rico,
próspero y contento. Fueron de parecer -#los gitanos de ir a Sevilla,
pero#- la abuela de Preciosa dijo que ella no podía ir a causa que los
años pasados había hecho una burla en Sevilla a un gorrero llamado
Triguillos, muy conocido en ella, al cual le había hecho meter en una
tinaja de agua hasta el cuello, desnudo en carnes, y en la cabeza
puesta una corona de ciprés, esperando el filo de la media noche para
salir de la tinaja a cavar y sacar un gran tesoro que ella le había
hecho creer que estaba en cierta parte de su casa. Dijo que como oyó
el buen gorrero tocar a maitines, por no perder la coyuntura, se dió
tanta priesa a salir de la tinaja, que dió con ella y con él en el
suelo, y con el golpe y con los cascos se magulló las carnes,
derramóse el agua, y él quedó nadando en ella, y dando voces que se
anegaba. Acudieron su mujer y sus vecinos con luces, y halláronle
haciendo efectos de nadador, soplando y arrastrando la barriga por el
suelo; y meneando brazos y piernas con mucha priesa, y diciendo a
grandes voces: "¡Socorro, señores, que me ahogo", tal le tenía el
miedo, que verdaderamente pensó que se ahogaba. Abrazáronse con él,
sacáronle de aquel peligro, volvió en sí, contó la burla de la gitana,
y, con todo eso, cavó en la parte señalada más de un estado en hondo,
a pesar de todos cuantos le decían que era embuste mío; y si no se lo
estorbara un vecino suyo, que tocaba ya en los cimientos de su casa,
él diera con entrambas en el suelo, si le dejaran cavar todo cuanto él
quisiera. Súpose este cuento por toda la ciudad, y hasta los muchachos
le señalaban con el dedo y contaban su credulidad y mi embuste.
Esto contó la gitana vieja, y esto dio por excusa para no ir a
Sevilla. Los gitanos determinaron de torcer el camino a mano
izquierda.
Dejaron, pues, a Extremadura y entráronse en la Mancha, y poco a poco
fueron caminando al reino de Murcia. En todas las aldeas y lugares que
pasaban había desafíos de pelota, de esgrima, de correr, de saltar, de
tirar la barra y de otros ejercicios de fuerza, maña y ligereza, y de
todo salía vencedor Andrés.
#-Una-# mañana se levantó el aduar, y se fueron a alojar en un lugar
de la jurisdición de Murcia, tres leguas de la ciudad, donde le
sucedió a Andrés una desgracia que le puso en punto de perder la vida;
y fué que, después de haber dado en aquel lugar algunos vasos y
prendas de plata en fianzas, como tenían de costumbre, Preciosa y su
abuela, y Cristina con otras dos gitanillas, y Andrés, se alojaron en
un mesón de un viuda rica al cual tenia una hija, de edad de diez y
siete o diez y ocho años, algo más desenvuelta que hermosa, y, por más
señas, se llamaba Juana Carducha. Esta, habiendo visto bailar a las
gitanas y gitanos, la tomó el diablo, y se propuso tomar por marido
#-a Andrés-# si él quisiese, aunque a todos sus parientes les pesase;
y así, buscó coyuntura para decírselo y hallóla en un corral, donde
Andrés había entrado a requerir dos pollinos. Llegóse a él, y con
priesa, por no ser vista, le dijo:
--Andrés--que ya sabía su nombre---, yo soy doncella y rica; que mi
madre no tiene otro hijo sino a mí, y este mesón es suyo, y amén
desto, tiene muchos majuelos, y otros dos pares de casas. Hasme
parecido bien: si me quieres por esposa, a ti está; respóndeme presto,
y si eres discreto, quédate, y verás qué vida nos damos.
Admirado quedó Andrés de la resolución de la Carducha, y con la
presteza que ella pedía le respondió:
--Señora doncella, yo estoy apalabrado para casarme, y los gitanos no
nos casamos sino con gitanas: guárdela Dios por la merced que me
quería hacer, de quien yo no soy digno.
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