no despertó en toda la noche; pero su sueño fué cruel, interminable,
cortado por visiones que tal vez le habían hecho gemir.
Al despertarle, bien entrada la mañana, los pasos de su criado que
andaba por el vecino cuarto de aseo, adivinó en el revoltijo de sus
ropas, en el sudor frío de su frente, en el cansancio de su cuerpo, la
noche inquieta que había pasado, entre nerviosos sobresaltos.
Su cerebro, entorpecido aún por el sueño, no podía desembrollar los
recuerdos de la noche. Sólo tenía la certeza de que había soñado cosas
tristes, penosas: tal vez había llorado. Lo único que recordaba era un
rostro pálido, asomando entre los negros velos de lo inconsciente, como
una imagen, alrededor de la cual giraban todos sus ensueños. No era
Josefina; su cara tenía una expresión de criatura de otro mundo.
Pero así como se fué disipando su torpeza intelectual, mientras se
lavaba el pintor y se vestía, y el criado le ayudaba á meterse en el
gabán, pensó, al reunir sus recuerdos con un esfuerzo, que bien pudiera
ser ella... Sí; ella era. Ahora recordaba que había percibido en su
ensueño aquel perfume que le seguía desde el día anterior, que le
acompañó á la Academia, perturbando su lectura, y que había ido con él
al banquete, corriendo entre sus ojos y los de Concha una bruma, al
través de la cual la miraba sin verla.
El fresco de la mañana despejó su inteligencia. La vista del dilatado
espacio que se abarca desde las alturas de la Exposición, pareció borrar
momentáneamente sus recuerdos de la noche.
Soplaba un viento de la sierra en la meseta vecina al Hipódromo.
Renovales, al marchar contra el viento, sentía en sus orejas un zumbido
de mar lejano. En el fondo, sobre las lomas con casitas rojas y álamos
invernales, escuetos como escobas, marcaba el Guadarrama su limpieza
luminosa sobre el espacio azul, su nevada crestería, sus enormes cimas
que parecían de sal. Al lado opuesto, aparecía hundido en una grieta
profunda del terreno el caparazón de Madrid; los tejados negros, las
torrecillas puntiagudas, todo esfumado en una neblina que daba á los
edificios de último término el vago azul de las montañas.
La meseta, cubierta de un verde ralo y miserable, con surcos duros y
petrificados, brillaba á trechos bajo la luz del sol. Los trozos de
azulejo, las vasijas rotas, los botes de conservas, lanzaban rayos de
luz, lo mismo que si fuesen materias preciosas, entre rosarios de negros
huevecillos, caídos de los rebaños, como rastro de su paso.
Renovales contempló largo rato el palacio de la Exposición por su parte
de atrás; los muros amarillos, con adornos de ladrillos rojos, que
apenas si asomaban sobre el borde de los desmontes; las techumbres
planas de zinc, con un brillo de lagos muertos; la cúpula central,
enorme, hinchada, cortando el cielo con su panza negra, como un
aerostato próximo á elevarse. De una ala del gran palacio partían los
sones de varios clarines, prolongando sus notas en esa bélica melopea
que acompaña el trote de los caballos, entre temblores del suelo y nubes
de polvo. Junto á una puerta temblaba el rayo de los sables, y se
reflejaba el sol sobre charolados tricornios.
El pintor sonreía. Habían levantado para ellos aquel palacio, y lo
ocupaba la Guardia civil. Una vez cada dos años entraba allí el Arte,
disputando el sitio á los caballos guardadores del orden. Las estatuas
se aposentaban en piezas que olían á cebada y á recios zapatos. Pero
esta anomalía duraba poco; el intruso era expulsado así que realizaba su
simulacro de una cultura europea, y quedaba en el palacio de la
Exposición lo verdadero, lo nacional; el tercio privilegiado, los
rocines de la santa autoridad que bajaban al galope á las calles de
Madrid, cuando se turbaba, de tarde en tarde, su santa paz de cloaca.
Mirando después el maestro la negra cúpula, recordaba los días de
exposición; veía la juventud melenuda é inquieta, unas veces dulce y
aduladora, otras irritada é iconoclasta, venida de todas las ciudades
de España, con el cuadro por delante y las mayores ambiciones en el
pensamiento. Sonreía pensando en los grandes disgustos y sinsabores que
había sufrido bajo aquellos techos, cuando la revoltosa plebe del arte
le rodeaba, le acosaba admirándole, más que por sus obras, por su
condición de jurado influyente. Él era quien daba los premios, en
opinión de aquella juventud que le seguía con ojos de miedo y de
esperanza. La tarde del fallo corrían los grupos á la noticia de la
llegada de Renovales: salían á su encuentro en las galerías; le
saludaban con exageradas muestras de respeto, poniendo los ojos tiernos
para recomendarse mudamente. Algunos marchaban delante de él fingiendo
no verle, hablando á gritos: «¡Quién! ¿Renovales? El primer pintor del
mundo. Después de Velázquez, él...» Y á la caída de la tarde, cuando se
colocaban en las columnas de la rotonda los dos papelotes, con la lista
de los premiados, el maestro se escurría prudentemente, huyendo de la
explosión final. El alma infantil que todo artista lleva dentro,
estallaba ingenuamente ante el fallo. Se acababan los fingimientos;
mostrábase cada cual según su carácter. Unos se ocultaban entre dos
estatuas, encogidos, avergonzados, con los puños en los ojos, y lloraban
pensando en la vuelta al lejano hogar, en la larga miseria sufrida, sin
otra esperanza que aquella que acababa de desvanecerse. Otros se erguían
como gallos, rojas las orejas, pálidos los labios, mirando con ojos
llameantes hacia la entrada del palacio, como si quisieran ver desde
allí cierto hotel pretencioso, de fachada griega y rótulo de oro.
«Granuja... Era una vergüenza que la suerte de la juventud, que lleva
algo dentro, se confiase á un tío agotado, á un farsante que no dejaría
nada». ¡Ay! De estos momentos habían nacido todas las contrariedades,
todas las molestias de la vida artística del maestro. Cada vez que
llegaba á su conocimiento una censura injusta, una negativa brutal de
sus facultades, una carga al degüello y sin piedad á lo largo de las
columnas de algún periódico obscuro, acordábase de la rotonda de la
Exposición, de aquel bramar tempestuoso del populacho pictórico, en
torno de los dos papeles que contenían sus sentencias. Pensaba con
extrañeza y conmiseración en la ceguera de aquellos jóvenes que
maldecían de la vida por un fracaso, y eran capaces de dar su salud, su
alegría vigorosa, á cambio de la triste gloria de un cuadro, menos
duradera aun que el frágil lienzo. Cada medalla era un grado en el
escalafón: medían la importancia de las recompensas, dándolas un
significado semejante al de los galones militares... ¡Y él también había
sido joven! ¡También había amargado los mejores años de su vida, en
estos combates de infusorios que se pelean dentro de una gota de agua,
creyendo conquistar un mundo inmenso!... ¡Qué le importarían á la eterna
belleza las ambiciones de regimiento, las fiebres de escalafón de los
que intentaban ser sus intérpretes!
Regresó el maestro á su casa. El paseo le había hecho olvidar sus
inquietudes de la noche. Su cuerpo, debilitado por la vida muelle,
parecía agradecer este ejercicio con una violenta reacción. Sentía en
sus piernas un dulce hormigueo: la sangre zumbaba en sus sienes; parecía
derramarse por todo su cuerpo una oleada de calor. Estaba satisfecho de
su fuerza vital, y paladeaba el goce de todo organismo que se siente
funcionar con armónica regularidad.
Al atravesar su jardín, cantaba Renovales entre dientes. Sonrió á la
portera que le había abierto la verja y al perrillo feo y vigilante que
avanzaba con mujido cariñoso hasta lamer sus pantalones. Abrió la
cancela de cristales, pasando del ruido exterior á un silencio profundo,
conventual. Sus pies se hundieron en las mullidas alfombras: no sonaban
otros ruidos que los misteriosos estremecimientos de los cuadros que
cubrían las paredes hasta el techo, el crujir de invisibles carcomas en
los marcos, el leve aleteo de un soplo de aire en las telas. Todo cuanto
había pintado el maestro, por estudio y por capricho, completo ó sin
terminar, estaba colocado en el piso bajo, junto con cuadros ó dibujos
de ciertos compañeros ilustres y de los discípulos predilectos. Milita
habíase entretenido mucho tiempo, cuando soltera, en este decorado, que
se extendía hasta los pasillos de escasa luz.
Al dejar en el perchero su fieltro y su bastón, los ojos del maestro
fijáronse en una acuarela cercana, como si ésta le atrajese, con cierta
extrañeza, entre los demás cuadros que la rodeaban. Le pareció raro
fijarse en ella de repente, después de pasar tantas veces sin verla. No
estaba mal, pero tenía timidez, revelaba inexperiencia. ¿De quién sería
aquello? Tal vez de Soldevillita. Pero al aproximarse para verla mejor,
sonrió... ¡Si era suya! ¡Ya había llovido desde entonces!... Se esforzó
por recordar cuándo y dónde había pintado aquello. Para ayudar á su
memoria, miraba fijamente esta cabeza de mujer, graciosa, de ojos vagos
y soñadores, preguntándose quién pudo ser la modelo.
De pronto se entenebreció su gesto. El artista parecía confuso,
avergonzado. ¡Qué disparate! ¡Si era su mujer, la Josefina de los
primeros tiempos, cuando él la contemplaba con admiración, gozando en
reproducir su rostro!
Echó sobre Milita la culpa de su torpeza y se propuso ordenar que
quitasen de allí este estudio. Un retrato de su mujer no debía estar en
la antesala, junto al perchero.
Después de almorzar dió orden al criado para que descolgase el cuadro,
trasladándolo á uno de los salones. El servidor hizo un gesto de
extrañeza.
--¡Hay tantos retratos de la señora!... ¡El señor la ha pintado tantas
veces! La casa está llena...
Renovales remedó el gesto del criado. ¡Tantos! ¡tantos! ¡Si sabría él
cuántas veces la había pintado!... Con súbita curiosidad, antes de
dirigirse al estudio, entró en un salón donde Josefina recibía sus
visitas. Allí, en el sitio de honor, conocía él un gran retrato de su
esposa, pintado en Roma: una linda mujer con mantilla de blonda, falda
negra de triple volante y en la breve mano el abanico de concha: un
verdadero Goya. Contempló un instante la graciosa cara, sombreada por el
negro de las blondas, y cuya palidez aristocrática rasgaban unos ojos de
expresión oriental. ¡Qué hermosa era Josefina en aquellos tiempos!...
Abrió la ventana para ver mejor el retrato, y la luz se esparció por las
paredes de un rojo obscuro, haciendo brillar los marcos de otros cuadros
más pequeños.
Entonces vió el pintor que el retrato goyesco no era el único. Otras
Josefinas le acompañaban en esta soledad. Contempló con asombro la cara
de su esposa, que parecía surgir de todos los lados del salón. Pequeños
estudios de mujeres del pueblo ó de señoras del siglo XVIII; acuarelas
de moras; damas griegas, con la rígida severidad de las figuras arcaicas
de Alma-Tadema; todo lo que estaba en el salón, todo lo que había
pintado, era Josefina, tenía su rostro ó conservaba sus rasgos, con la
vaguedad de un recuerdo.
Pasó á otro salón que estaba enfrente y también allí le salió al
encuentro la cara de su mujer, pintada por él, entre otros cuadros de
amigos suyos.
¿Pero cuándo había hecho él todo aquello?... No se acordaba; sentía
estrañeza ante la enorme cantidad de trabajo realizada inconscientemente.
Creía haber pasado la existencia entera pintando á Josefina...
Después, en los pasillos de la casa, en todos los cuartos adornados con
pinturas, le salió al encuentro su mujer, bajo los aspectos más
diversos, ceñuda ó sonriente, hermosa ó con la expresión triste de la
enfermedad. Eran bocetos, simples dibujos al carbón, esbozos de su
cabeza en el ángulo de un lienzo sin acabar; pero siempre aquella mirada
que parecía seguirle, unas veces con melancólica dulzura, otras con
intensa expresión de reproche. ¿Dónde tenía los ojos? Había vivido en
medio de todo esto sin verlo; había pasado diariamente frente á Josefina
sin fijarse en ella. Su mujer resucitaba; en adelante sentaríase á la
mesa, entraría en su lecho, pasearía por su casa, siempre bajo la mirada
de unas pupilas que en otros tiempos le escudriñaban hasta el alma.
La muerta no había muerto; rodeábale, resucitada por su mano. No podía
dar un paso sin que su rostro surgiese de todos lados: le saludaba en lo
alto de las puertas, parecía llamarle desde el fondo de las
habitaciones.
En sus tres estudios aun fué mayor la sorpresa. Toda su pintura íntima,
la que hacía por estudiar, por impulso irresistible, sin ningún deseo de
venta, almacenábase allí, y toda ella era un recuerdo de la muerta. Los
cuadros que deslumbraban á los visitantes, estaban abajo, al nivel de la
vista, en caballetes, ó colgados de la pared, entre los muebles
suntuosos: arriba, hasta llegar al techo, alineábanse los estudios, los
recuerdos, los lienzos sin marco, como obras viejas y abandonadas, y en
esta amalgama de producción, Renovales, á la primera ojeada, vió surgir
el enigmático rostro.
Había vivido sin levantar los ojos, familiarizado con todo lo que le
rodeaba, deslizándose su vista sin ver, sin fijarse en aquellas mujeres,
distintas de aspecto, pero iguales en expresión, que le vigilaban desde
lo alto. ¡Y la condesa había estado allí varias tardes, buscando la
solitaria intimidad del estudio! ¡Y la tela persa, sostenida por lanzas
ante el profundo diván, no les habría ocultado de aquellos ojos tristes
y fijos que parecían multiplicarse en la parte alta de las paredes!...
Para olvidar su remordimiento, se entretuvo en contar las telas que
reproducían la grácil figurilla de su mujer. Eran muchas; toda una vida
de artista. Se esforzaba por recordar cuándo y dónde las había pintado.
En los primeros tiempos de apasionamiento, sentía la necesidad de
pintarla, por un impulso irresistible de trasladar al lienzo todo lo que
veía con delectación, todo lo que amaba. Después había sido un deseo de
adularla, de mecerla en una mentira cariñosa, de infundirle la certeza
de que era su única adoración de artista, copiándola con vaga semejanza,
extendiendo sobre sus rasgos, algo ajados por la enfermedad, una suave
veladura de idealismo. Él no podía vivir sin trabajar, y como muchos
pintores, hacía servir de modelos á los que le rodeaban. Su hija se
había llevado á su nueva casa un cargamento de pintura; todos los
cuadros, apuntes, acuarelas y tablitas que la representaban, desde los
tiempos en que jugaba con el gato, cubriéndolo de trapos en forma de
pañales, hasta que fué la arrogante joven, cortejada por Soldevilla y el
que ahora era su marido.
La madre se había quedado allí, surgiendo después de muerta, en torno
del artista, con una profusión abrumadora. Todos los pequeños incidentes
de la vida habían servido á Renovales para hacer nuevos cuadros.
Recordaba sus entusiasmos de artista cada vez que la veía con un nuevo
vestido. Los colores la cambiaban; era una mujer nueva: así lo afirmaba
él con una vehemencia que la esposa tomaba por admiración y no era más
que ansia de modelo.
La existencia entera de Josefina había sido fijada por la mano de su
esposo. En un lienzo aparecía vestida de blanco, marchando por una
pradera, con la vaguedad poética de una Ofelia: en otro, con gran
sombrero empenachado y cubierta de joyas, mostraba el aplomo de una
burguesa, segura de su bienestar. Un cortinaje negro servía de fondo á
su busto descotado, que mostraba sobre la base de encajes el ligero
perfil de las clavículas y el arranque de unos pechos reducidos y
firmes como manzanas de amor: en otro lienzo tenía los débiles brazos
al descubierto, bajo las mangas recogidas; un delantal blanco la cubría
de los pechos á los pies: en su entrecejo había una pequeña arruga de
preocupación, de cansancio, y en toda ella el abandono de los que no
disponen de tiempo para atender al adorno de su persona. Este último era
el retrato de los días penosos, la imagen del ama de casa, animosa, sin
servidores, trabajando con sus manos delicadas en el buhardillón de las
tristezas, esforzándose por que nada faltase al artista, por que no
vinieran las pequeñas contrariedades de la vida á distraerle de sus
esfuerzos supremos por abrirse paso.
Este retrato conmovió al artista con la melancolía que inspiran los días
aciagos recordados en pleno bienestar. La gratitud á la animosa
compañera trajo consigo otra vez el remordimiento.
--¡Ay, Josefina!... ¡Josefina!
Cuando llegó Cotoner, encontró al maestro tendido en un diván, boca
abajo, con la cabeza entre las manos, como si durmiese. Quiso reanimarle
hablándole de la solemnidad del día antes. Un gran éxito: los periódicos
hablaban de él y de su discurso, reconociendo que era un gran escritor,
afirmando que podía alcanzar en la literatura tantos triunfos como en su
arte. ¿No los había leído?...
Renovales contestó con un gesto de cansancio. Los había encontrado por
la mañana, al salir, sobre una mesa del recibidor. Había entrevisto su
retrato, rodeado de las compactas columnas del discurso, pero dejaba la
lectura de los elogios para más tarde. Le inspiraban poco interés;
pensaba en otras cosas... estaba triste.
Y á las preguntas ansiosas de Cotoner, que creía en una enfermedad,
contestó con voz queda:
--Estoy bien. Es melancolía, aburrimiento de no hacer nada. Quiero
trabajar y no tengo fuerzas.
De pronto cortó la palabra á su viejo amigo, mostrándole con un ademán
todos los retratos de Josefina, como si fuesen obras nuevas que acababa
de producir.
Cotoner se extrañó... Los conocía todos: hacía años que estaban allí.
¿Qué novedad era aquella?...
El maestro le comunicó su reciente sorpresa. Había vivido junto á ellos
sin verlos: acababa de descubrirlos dos horas antes. Y Cotoner reía.
--Tú estás algo tocado, Mariano. Vives sin darte cuenta de lo que te
rodea. Por eso no te has enterado aún del casamiento de Soldevilla con
una muchacha muy rica. El pobre chico está triste porque su maestro no
ha asistido á la boda.
Renovales encogió los hombros. ¿Qué le importaban á él esas
tonterías?... Hubo una larga pausa, y el maestro, pensativo y triste,
levantó de pronto la cabeza con un gesto de resolución.
--¿Qué te parecen esos retratos, Pepe?--preguntó con ansiedad.--¿Es
ella? ¿No me equivocaría al hacerlos? ¿No la vería de otro modo que como
fué?...
Cotoner rompió á reir. Realmente, el maestro estaba -tocado-. ¡Vaya unas
preguntas! Aquellos retratos eran unas maravillas, como todo lo suyo.
Pero Renovales insistió, con la impaciencia de la duda. ¡El parecido!...
¡Quería saber si aquellas Josefinas eran iguales á la muerta!
--Exactísimo--dijo el bohemio.--¡Pero hombre, si lo que más asombra en
tus retratos es la fidelidad con que sorprendes la vida!
Afirmábalo con energía, pero una duda escarabajeaba en su interior. Sí;
era Josefina, pero con algo extraordinario, ideal. Sus facciones
parecían las mismas, pero llevaban una luz interna que las embellecía.
Era el defecto que había encontrado siempre á estos retratos; pero se
calló.
--Y ella--insistió el maestro,--¿era realmente hermosa? ¿Qué te parecía
como mujer? Dímelo, Pepe... sin reparos. Es extraño; yo no recuerdo bien
cómo era.
Cotoner quedó desconcertado por estas preguntas y respondió con cierto
embarazo. ¡Vaya una ocurrencia! Josefina era muy buena, un ángel; él la
recordaría siempre con agradecimiento. La había llorado como si fuese
una madre, y eso que podía ser casi hija suya. Tenía grandes delicadezas
y cuidados para el pobre bohemio.
--No es eso--interrumpió el maestro.--Yo pregunto si te parecía hermosa;
si lo era realmente.
--Hombre, sí--dijo Cotoner con resolución.--Era hermosa... más bien
dicho, simpática. Al final parecía un poquillo estropeada. ¡La
enfermedad!... En fin, un ángel.
Y el maestro, tranquilizado por estas palabras, quedó en larga
contemplación ante sus propias obras.
--Sí; era muy hermosa--dijo lentamente, sin apartar la vista de los
lienzos.--Ahora lo reconozco; ahora la veo mejor... Es extraño, Pepe;
parece como que encuentro hoy á Josefina, después de un largo viaje. La
había olvidado; ya no sabía ciertamente cómo era su cara.
Hubo otra larga pausa, y de nuevo acometió el maestro á su amigo con una
pregunta ansiosa.
--¿Y quererme?... ¿Crees tú que me quería de veras? ¿Que era por amor
por lo que se mostraba, algunas veces... tan rara?
Ahora sí que no vaciló Cotoner, como en las preguntas anteriores:
--¡Quererte!... ¡Con delirio, Mariano! ¡Como ningún hombre ha sido
querido en el mundo! Todo lo que hubiera entre vosotros, eran celillos,
exceso de afecto. Lo sé mejor que nadie; á los buenos amigos que como yo
entran y salen en una casa, lo mismo que perros viejos, se les trata con
confianza, se les dicen cosas que no sabe el marido... Créeme, Mariano;
nadie más te querrá así. Los berrinches eran nubes de las que pasan.
Tengo la certeza de que ya no te acuerdas de ellas. Lo que no pasaba era
lo otro; el amor que te tenia. Me consta: lo sé de cierto; ya sabes que
ella me lo contaba todo, que era yo la única persona á quien podía
tolerar en sus últimos tiempos.
Renovales pareció agradecer con una mirada de alegría estas palabras de
su amigo.
Salieron á pasear á la caída de la tarde, marchando lentamente hacia el
centro de Madrid. Renovales hablaba de su juventud, de sus tiempos de
Roma. Reía recordando á Cotoner su famoso surtido de papas, acudían á su
memoria las graciosas farsas de los estudios, las fiestas ruidosas, y
después, á su regreso, cuando ya era casado, las noches de amistosa
intimidad en aquel comedor pequeño y bonito de la vía Margutta; la
llegada del bohemio y otros compañeros de arte, para tomar una taza de
té con el joven matrimonio; las discusiones á gritos sobre pintura, que
hacían protestar á los vecinos, mientras ella, su Josefina, todavía con
el asombro de verse dueña de una casa, sin su madre y rodeada de
hombres, sonreía á todos con timidez, encontrando graciosos é
interesantes á aquellos camaradas terroríficos, melenudos como
bandoleros, inocentes y quisquillosos como niños.
--¡Los buenos tiempos, Pepe!... La juventud, que sólo apreciamos cuando
desaparece.
Andando siempre en línea recta, sin saber adónde iban, enfrascados en su
conversación y sus recuerdos, se vieron en la Puerta del Sol. Había
cerrado la noche; brillaban los focos eléctricos; los escaparates
arrojaban sobre las aceras sus manchas de luz.
Cotoner miró la hora en el reloj del Ministerio.
¿No iba aquella noche el maestro á casa de la de Alberca?...
Renovales pareció despertar. Sí; tenía que ir, le esperaban... Pero no
iba. Su amigo le miró escandalizado, como si considerase, en su
conciencia de parásito, una falta gravísima el despreciar una comida.
El pintor mostrábase falto de fuerzas para pasar la noche entre Concha y
su marido. Pensaba en ella con cierta aversión; sentíase capaz de
rechazar brutalmente los contactos audaces con que le perseguía á todas
horas; de contárselo todo al marido en un arrebato de franqueza. Era una
vergüenza, una traición, aquella vida -á tres- que la gran dama aceptaba
como el más dichoso de los estados.
--Es insufrible--dijo para desvanecer la extrañeza de su compañero.--No
se la puede aguantar; una lapa que no me suelta un instante.
Nunca había hablado á Cotoner de sus amores con la de Alberca, pero éste
no necesitaba que le contasen las cosas; tácitamente se daba por
enterado.
--Pero es guapa, Mariano--dijo.--¡Una gran mujer! Ya sabes que la
admiro. Esa te podía servir para el cuadro griego.
El maestro tuvo una mirada de conmiseración para su ignorancia. Sentía
el deseo de vejarla, de herirla, justificando así su indiferencia.
--Fachada nada más... cara y estatura.
É inclinándose hacia su amigo, le dijo en voz baja, gravemente, como si
revelase el secreto de un inmenso crimen:
--Tiene las rodillas en punta... Una verdadera estafa.
Cotoner dilató la boca con una risa de sátiro y se agitaron sus orejas.
Era la alegría del hombre casto; la satisfacción de conocer los ocultos
defectos de una belleza colocada fuera de su alcance.
El maestro no quiso separarse de su amigo. Le necesitaba; mirábale con
tierna simpatía, viendo en él algo de la muerta. Nadie la había conocido
como aquel compañero. En los momentos de tristeza, él era su confidente.
Cuando sus nervios la ponían como loca, las palabras de este hombre
sencillo terminaban sus crisis en un mar de lágrimas. ¿Con quién podía
hablar mejor de ella?...
--Comeremos juntos, Pepe: iremos á los -Italíanos-; un banquete romano,
-raviolis-, -picatta-, todo lo que quieras, y un frasco de -Chianti- ó
dos; cuantos puedas beber; y al final -Asti- espumoso, mejor que el
Champagne. ¿Te conviene, anciano?
Se agarraron del brazo, marcharon alta la frente, la sonrisa en los
labios, como dos pintorcillos jóvenes, ansiosos de celebrar una venta
reciente con una comilona alivio de su miseria.
Renovales sumíase en sus recuerdos para sacarlos á luz con palabra
atropellada. Hacía memoria á Cotoner de cierta -trattoria- en una
callejuela romana, más allá de la estatua de Pasquino, antes de llegar
al -Governo Vechio-; un figón de quietud eclesiástica, dirigido por el
antiguo cocinero de un cardenal. Las perchas del establecimiento estaban
siempre ocupadas por sombreros de teja. Su alegría de artistas,
escandalizaba un tanto la grave parsimonia de los parroquianos:
sacerdotes de las oficinas pontificales ó de paso en Roma para intrigar
ascensos; rábulas de mugrienta levita, que llegaban cargados de
papelotes del vecino Palacio de Justicia.
--¡Qué macarrones! ¿Te acuerdas, Pepe? ¡Y cómo le gustaban á la pobre
Josefina!
Llegaban de noche á la -trattoria- en alegre banda; ella cogida á su
brazo, y en torno los buenos amigos que agrupaba la admiración junto á
su naciente fama de pintor. Josefina adoraba los misterios culinarios,
los secretos tradicionales de la solemne mesa de los príncipes de la
Iglesia, que habían descendido á la calle, refugiándose en aquella
salita con arcadas de bodegón. Sobre el blanco mantel temblaba la mancha
de ámbar del vino de Orvieto, en ventrudas botellas de fino cuello; un
líquido dorado, espeso, de dulzura clerical; una bebida de pontífices
ancianos que descendía como fuego hasta el estómago, y más de una vez sé
había remontado á cabezas cubiertas por la tiara.
En las noches de luna salían de allí, con dirección al Coloseo para
contemplar la ruina colosal y monstruosa bajo un torrente de luz
azulada. Josefina, trémula de inquietud, se sumía en los túneles
negros, avanzaba á tientas entre las piedras caídas, hasta verse en
pleno graderío, frente al silencioso redondel, que parecía encerrar el
cadáver de todo un pueblo. Ella pensaba en las fieras horrendas que
habían pisado aquella arena, mirando en torno con inquietud. De pronto,
un espantoso rugido, y una bestia negra salía dando saltos de los
profundos vomitorios. Josefina se agarraba á su esposo, con chillido de
espanto, y todos reían. Era Simpson, un pintor norteamericano que
doblaba su larga osamenta, marchando á cuatro patas para atacar con
fieros alaridos á los compañeros.
--¿Te acuerdas, Pepe?--decía á cada instante Renovales.--¡Qué tiempos!
¡Qué alegría! ¡Qué excelente compañera la pobrecita, antes de que la
entristeciese la enfermedad!...
Comieron, hablando de su juventud, mezclando en sus recuerdos la imagen
de la muerta. Después pasearon por las calles basta media noche,
insistiendo Renovales en aquellos tiempos, recordando á su Josefina,
como si toda su existencia la hubiese pasado adorándola. Cotoner
sentíase fatigado de esta conversación y se despidió del maestro. ¡Qué
nueva manía era aquella!... Muy interesante la pobre Josefina; pero toda
la noche la habían pasado sin hablar de otra cosa, como si en el mundo
sólo existiese el recuerdo de la muerta.
Renovales marchó á su casa con cierta impaciencia; tomó un carruaje para
llegar antes. Sentía la misma impresión de inquietud que si le
aguardara alguien: le parecía aquel hotel presuntuoso, antes frío y
solitario, animado por un espíritu que no podía definir, una alma amada
que lo llenaba todo, esparciéndose como un perfume.
Al entrar, precedido por el doméstico soñoliento, su primera mirada fué
para la acuarela. Sonrió; quiso dar las buenas noches á aquella cabeza
que fijaba sus ojos en él.
Igual sonrisa y el mismo saludo mental tuvo para todas las Josefinas que
salían á su encuentro, surgiendo de la sombra de las paredes al
encenderse las bombillas eléctricas en salas y corredores. Ya no le
inspiraban inquietud estos rostros contemplados por la mañana con
sorpresa y miedo. Ella le veía; ella adivinaba su pensamiento; ella le
perdonaba, seguramente. ¡Había sido siempre tan buena!...
Dudó un instante en su camino, queriendo ir á los estudios, y encender
sus grandes focos eléctricos. La vería de cuerpo entero, en toda su
gentileza; hablaría con ella; la pediría perdón, en el profundo silencio
de aquellas naves... Pero el maestro se contuvo. ¿Qué locuras se le
ocurrían? ¿Iba á perder el juicio?... Se pasó la mano por la frente,
como si quisiera borrar de su pensamiento estos propósitos. Era sin duda
el -Asti- quien le inspiraba tales extravagancias. ¡Á dormir!...
Al quedar á obscuras, tendido en la camita de su hija, se sintió
molesto. No podría dormir; estaba mal allí... Sintió un deseo vehemente
de salir del cuarto, de refugiarse en el dormitorio abandonado, como si
sólo en él pudiera encontrar descanso y sueño. ¡Oh, la cama veneciana,
la cama de Dogaresa rubia, aquel mueble señorial que guardaba toda su
historia; donde ella había gemido de amor; donde se habían dormido
tantas veces comunicándose á media voz sus deseos de gloria y de
riqueza; donde había nacido su hija!....
Con la vehemencia que ponía en todos sus caprichos, el maestro recobró
sus ropas, y quedamente, como si temiera ser oído por su criado, que
descansaba cerca, encaminóse al dormitorio.
Rodó la llave con precauciones de ratero y avanzó de puntillas, bajo la
luz suave y discreta de color rosa, que derramaba un farolón antiguo,
desde el centro del techo. Tendió los colchones cuidadosamente sobre la
cama abandonada. Faltaban sábanas, almohadas, toda la ropa de dormir. La
habitación, desierta tanto tiempo, estaba fría... ¡Qué noche tan
agradable iba á pasar! ¡Qué bien dormiría allí! Los almohadones de un
sofá, bordados de oro con duro relieve, le sirvieron de cabecera. Se
envolvió en un gabán y se acostó vestido, apagando la luz, con el deseo
de no ver la realidad, de soñar, poblando la sombra con las dulces
mentiras de su imaginación.
Sobre aquellos colchones había dormido Josefina; sus blanduras conocían
el suave peso de su cuerpo. No la veía como en los últimos tiempos,
enferma, demacrada, roída por la miseria física. Esta imagen dolorosa la
rechazaba su pensamiento, abriéndose á las ilusiones bellas. La Josefina
que contemplaba, la que llevaba dentro, era la otra, la de los primeros
tiempos; y no como había sido en realidad, sino como él la había visto,
como la había pintado.
Su memoria pasaba sobre una gran laguna de tiempo, obscura y tormentosa;
saltaba desde la actual nostalgia á los tiempos felices de la juventud.
Tampoco se acordaba de los años de penoso cautiverio, cuando se debatían
los dos, huraños y agresivos, incapaces de continuar juntos la misma
senda... Eran insignificantes contratiempos de la vida. Sólo pensaba en
la bondad sonriente, la generosidad y la sumisión de los tiempos de
amor. ¡Con qué ternura habían vivido juntos, una parte de su existencia,
abrazados sobre aquel lecho que ahora sólo conocía el aislamiento de su
cuerpo!...
El artista se estremeció de frío en la insuficiencia de sus envolturas.
En esta situación anormal, las sensaciones exteriores evocaban sus
recuerdos; se asociaban á fragmentos del pasado, tirando de ellos, hasta
sacarlos á flote en la memoria. El frío le hizo pensar en las noches
lluviosas de Venecia, cuando el chaparrón caía horas y horas sobre
estrechas callejuelas y desiertos canales, en el profundo silencio de la
noche, en la mudez solemne de una ciudad sin caballos, sin ruedas, sin
otro ruido de vida que el chapoteo del agua solitaria en los escalones
de mármol. Ellos estaban en aquella misma cama, bajo el caliente
edredón, rodeados de los muebles que adivinaba ahora en la sombra.
Por entre las maderas del calado ventanal penetraba el resplandor del
reverbero que iluminaba el vecino canalillo. Marcábase en el techo una
faja de luz y en ella temblaba el reflejo de las aguas muertas, con un
incesante cruzamiento de hilos de sombra. Ellos, estrechamente
abrazados, con los ojos en alto, contemplaban este juego de la luz y el
agua. Adivinaban el frío y la humedad en la calle líquida; saboreaban el
mutuo calor de sus cuerpos, el apretado contacto de su carne, el egoísmo
de estar juntos, en la dulce voluptuosidad del bienestar físico, sumidos
en el silencio, como si el mundo hubiese acabado, como si su dormitorio
fuese un cálido oasis en medio del frío y la sombra.
Algunas veces sonaba un grito lúgubre rasgando el silencio. -¡Aooo!- Era
un gondolero que avisaba antes de doblar la esquina. Por la mancha de
luz que cabrilleaba en el techo, deslizábase una gondolíta negra,
liliputiense, un juguete de sombra, en cuya popa se doblaba, dándole al
remo, un monigote del tamaño de una mosca. Y los dos, pensando en los
que pasaban bajo la lluvia, perseguidos por las ráfagas glaciales,
paladeaban una nueva voluptuosidad, y sus cuerpos se apretaban con más
fuerza, bajo la suave caricia del edredón, y sus bocas se encontraban,
conmoviendo la calma de su nido con la insolencia ruidosa de la juventud
y el amor...
Renovales ya no sentía frío. Revolvíase inquieto sobre los colchones;
clavábanse en su rostro los bordados metálicos del almohadón; tendía sus
brazos en la obscuridad, y una queja cortaba el silencio, tenaz,
desesperada, un lamento de niño que exige lo imposible, que pide la
luna.
--¡Josefina! ¡Josefina!
III
Una mañana el maestro llamó con gran urgencia á Cotoner, y éste se
presentó, mostrándose alarmado por los términos del aviso.
--No es nada grave--dijo Renovales.--Necesito que me digas dónde fué
enterrada Josefina. Quiero verla.
Era un deseo que se había formado lentamente en su pensamiento durante
varias noches; un capricho de las interminables horas de insomnio que
arrastraba en la obscuridad.
Hacía más de una semana que se había trasladado al dormitorio grande,
escogiendo entre la ropa de cama, con una minuciosidad que asombró á la
servidumbre, las sábanas más usadas, las que evocaban con sus bordados
los antiguos recuerdos. No encontró en estos lienzos aquel perfume de
los armarios que tanto le perturbaba; pero algo había en ellos, la
ilusión, la certeza de que su tejido había rozado muchas veces la carne
querida.
Renovales, después de exponer su deseo á Cotoner, sobriamente y con
gesto duro, creyó necesario excusarse. Era vergonzoso que él no supiese
dónde estaba Josefina; que no hubiera ido aún á visitarla. El dolor de
su muerte le había dejado sin voluntad... después, ¡el largo viaje!...
--Tú corriste con todo, Pepe; tú arreglaste el entierro. Dime dónde
está; llévame á verla.
No se había preocupado hasta entonces de los restos de la muerta.
Recordaba el día del entierro, su dolor teatral, que le había hecho
permanecer en un rincón del estudio, con la cara oculta entre las manos.
Los amigos íntimos, los escogidos, que llegaban hasta su retiro,
vestidos de negro y con tristeza fúnebre, le cogían una mano apretándola
con efusión. «¡Valor, Mariano! ¡Ánimo, maestro!» Y fuera del hotel un
patear incesante de caballos; la verja negra de apretada muchedumbre;
los carruajes en doble fila hasta perderse de vista; los -reporters-
yendo de un grupo á otro, inscribiendo nombres.
Todo Madrid estaba allí... Y se la habían llevado al lento paso de unos
caballos de penachos ondeantes, entre lacayos de la muerte, con blancas
pelucas y doradas cachiporras; y él no se había acordado más de ella, no
había sentido la curiosidad de conocer el rincón fúnebre, donde se
ocultaba para siempre, bajo los ardores del sol que resquebrajan la
tierra, bajo las interminables lluvias de la noche que chorrearían sobre
sus pobres huesos. ¡Ah, malvado! ¡Ah, miserable, por el más afrentoso de
los olvidos!...
--Dime dónde está, Pepe... Llévame; quiero verla.
Suplicaba con la vehemencia del remordimiento: quería verla en seguida,
cuanto antes, como un pecador que teme morir y pide á gritos la
absolución.
Cotoner accedió á este viaje inmediato. Estaba en el cementerio de la
Almudena, un camposanto cerrado desde mucho tiempo. Sólo iban á él los
que tenían tradicionales derechos sobre un pedazo de su suelo. Cotoner
había querido enterrar á la pobre Josefina cerca de su madre, en el
mismo recinto donde se oxidaba el oro de la losa que ocultaba al
«malogrado genio de la diplomacia». Quiso que descansase entre los
suyos.
En el camino, Renovales sintió cierta angustia. Veía pasar con ojos de
sonámbulo, al través de los vidrios del carruaje, las calles de la
población: después bajaban una rápida cuesta; jardines mal cuidados, en
los cuales, junto á los árboles, dormitaban vagabundos ó se peinaban
mujeres con la cabeza al sol; un puente; suburbios míseros con casuchas
de lugarejo; luego el campo, caminos en cuesta y al final un bosque de
cipreses sobre una tapia y remates de edificios marmóreos, ángeles
extendiendo las alas con una trompeta en los labios, grandes cruces,
flameros montados sobre trípodes, y un cielo límpido, de intenso azul,
que parecía reir con indiferencia sobrehumana de la emoción de aquella
hormiga que se apellidaba Renovales.
Iba á verla; á poner sus plantas en la misma tierra, última sábana de
su cuerpo; á aspirar un aire en el que subsistía tal vez algo de aquel
calor, que era como la respiración del alma de la muerta. ¿Qué la
diría?...
Al entrar en el camposanto miró al guardián, un hombre feo, lúgubre, con
una palidez amarillenta y grasosa de blandón. ¡Aquel hombre vivía á
todas horas cerca de Josefina!... Sintió un impulso de generosidad, de
agradecimiento: tuvo que contenerse, pensando en su acompañante, para no
entregarle todo el dinero que llevaba encima.
Sus pasos resonaron en el profundo silencio. Sintiéronse rodeados de la
rumorosa calma de un jardín abandonado, en el que eran más los kioscos y
las estatuas que los árboles. Anduvieron bajo ruinosas columnatas que
repercutían sus pasos con extraño eco; sobre losas que devolvían la
sonoridad de sus huellas, con ese estruendo sordo de los lugares huecos
y obscuros. La nada estremecida en su desierto por un ligero rozamiento
de vida.
Los muertos que dormían allí estaban bien muertos, sin la leve
resurrección del recuerdo, en completo abandono, consumiéndose en la
podredumbre universal, anónimos, separados por siempre de la vida, sin
que de la inmediata colmena de gentes viniese nadie á reanimar con
llantos y ofrendas la efímera personalidad que tuvieron, el nombre que
les rotuló por un instante.
Las coronas pendían de las cruces, negras, deshilachadas, con un
hervidero de insectos en sus briznas. La vegetación exuberante y
monótona, libre del martirio de los pasos, se extendía por todas partes,
desuniendo con sus raíces las piedras de las tumbas, haciendo saltar los
peldaños de las sonoras escalinatas. Las lluvias, con su lenta
filtración, producían desplomes del terreno. Algunas losas se
cuarteaban, dejando entreabiertos profundos hoyos que exhalaban un hedor
de tierra mojada y estiércol cocido.
Había que andar con cierta precaución, temiendo que el terreno sonoro y
hueco se abriese de pronto: había que evitar repentinas depresiones, en
las cuales, junto á una lápida hundida de canto, con letras de pálido
oro y nobiliarios escudos, asomaba un cráneo pequeño, de débil osamenta;
el armazón de una cabeza de mujer, entrando y saliendo por el negro
portal de sus órbitas un rosario de hormigas.
El pintor caminaba estremecido, con la tristeza de una decepción
inmensa, dudando de sus más grandes entusiasmos. ¡Y esto era la vida!...
¡Y así acababa la humana belleza! ¡Para esto serviría el receptáculo de
hermosas sensaciones que llevaba sobre sus hombros, y allí iría á parar
con toda su soberbia!...
--Aquí es--dijo Cotoner.
Se habían metido entre unas filas de tumbas apretadas, rozando, al
pasar, los adornos envejecidos que se desmenuzaban y caían á su
contacto.
Era una sepultura sencilla, una especie de féretro de blanco mármol,
que se elevaba unos dos palmos sobre el suelo, llevando en su parte
superior un alto remate, semejante á la cabecera de una cama, y
terminado por una cruz.
Renovales permaneció frío. ¡Allí estaba Josefina!... Leyó varias veces
la inscripción, como si no pudiera convencerse. Era ella; las letras
reproducían su nombre, con una breve lamentación del marido
inconsolable, que á él le pareció falta de sentido, artificial,
vergonzosa.
Había venido pensando, con estremecimientos de inquietud, en el terrible
momento de descubrir el último lecho de su Josefina. ¡Sentirse cerca de
ella, pisar el suelo que guardaba la esencia de su cuerpo! No podría
resistir este trance; lloraría como un niño, caería de rodillas,
sollozando con angustia de muerte...
Y bien; ya estaba allí: tenía la tumba ante sus ojos, y sin embargo,
permanecían secos, miraban en torno, fríamente, con extrañeza.
¡Allí estaba!... Lo creía por la afirmación de su amigo, por aquel
rótulo declamatorio puesto sobre la tumba; pero nada le avisaba la
presencia de la muerta. Permanecía insensible, mirando con curiosidad á
las inmediatas sepulturas, sintiéndose en su interior un monstruoso
deseo de burla, no viendo en la muerte más que su mueca sardónica de
bufón de la última hora.
Á un lado, un señor que descansaba bajo el interminable catálogo de sus
títulos y condecoraciones; una especie de conde de Alberca, que se
había dormido en la solemnidad de su grandeza, esperando el trompetazo
del ángel para comparecer ante el Señor con todos sus pergaminos y
cruces. Al otro, un general que se pudría bajo un mármol grabado de
cañones, fusiles y banderas, como si quisiera infundir espanto á la
muerte. ¡En qué burlesca promiscuidad había venido á acostarse Josefina,
para dormir su último sueño! Al través de la tierra mezclábanse los
jugos de todos aquellos cuerpos, se unían y amalgamaban, con el
definitivo beso de la nada, sin haberse conocido durante la vida. Ellos
eran los últimos dueños de su cuerpo, los eternos y definitivos amantes;
se la arrebataban en su presencia y para siempre, indiferentes á las
preocupaciones efímeras de los vivos. ¡Ay la muerte! ¡Que burlona atroz!
¡Qué cinismo frío el de la tierra!...
Sentía disgusto, tristeza, asco, de la insignificancia humana... pero no
lloraba. Sólo tenía ojos para lo externo y lo material; para la forma,
preocupación constante de su pensamiento. Al verse ante la tumba,
apreció únicamente su vulgar humildad, con cierta vergüenza. Era su
mujer: la esposa de un gran artista.
Pensó en los escultores más célebres, todos amigos suyos: hablaría con
ellos; labrarían una sepultura imponente, con estatuas lacrimosas y
originales símbolos de la fidelidad, de la dulzura y del amor: un
sepulcro digno de la compañera de Renovales... Y nada más; su
pensamiento no iba más allá; su imaginación no podía traspasar la dureza
del mármol, penetrando en el oculto misterio. La tumba estaba muda y
vacia: en el ambiente no había nada que hablase al alma del pintor.
Permaneció insensible, sin que le turbase emoción alguna, sin dejar de
ver un solo instante la realidad. El cementerio era un lugar feo,
triste, repugnante, con su atmósfera de pudridero. Renovales creía
percibir un lejano hedor de carne frita esparcido en el viento, que
inclinaba el puntiagudo plumero de los cipreses, que movía las viejas
coronas y el ramaje de los rosales.
Miró con cierta hostilidad al silencioso Cotoner. Éste tenía la culpa de
su frialdad. Su presencia le cohibía, impidiendo toda efusión. Aunque
amigo, era un extraño; un obstáculo entre él y la muerta. Se interponía
entre los dos, impidiendo aquel diálogo mudo de amor y perdón con el que
venia soñando. Volvería sin su acompañante. Tal vez el cementerio fuese
distinto en la soledad.
Y volvió: volvió al día siguiente. El guardián le hizo un saludo amable,
adivinando un parroquiano de los que proporcionan ganancias.
El cementerio le pareció más grande, más imponente, en el silencio de
una mañana tranquila y luminosa. No tenía con quién hablar, no oía otro
ruido humano que el de sus propios pasos. Subía escalinatas, atravesaba
galerías, dejando tras él su indiferencia, pensando, con inquietud, que
cada vez se separaba más de los vivos, que la puerta, con su empleado
sórdido, estaba ya lejos, y que él era el único viviente, el único que
pensaba y podía sentir miedo, en aquella ciudad lúgubre de miles y miles
de seres, envueltos en un misterio que les hacía imponentes, entre los
ruidos sordos y extraños de ese más allá que espanta con su negrura de
abismo sin fondo.
Al llegar ante la tumba de Josefina, se quitó el sombrero.
Nadie. Los árboles y los rosales se estremecían bajo el viento, hasta
perderse de vista en las encrucijadas de los panteones. Unos pájaros
piaban sobre su cabeza, en una acacia, y este rumor de vida, rasgando el
susurro de la solitaria vegetación, esparcía cierta tranquilidad en el
espíritu del pintor, borraba el miedo infantil que había sentido antes
de llegar allí, cruzando las columnatas de pavimento sonoro.
Permaneció mucho tiempo inmóvil, abstraído en la contemplación de
aquella caja de mármol, partida oblicuamente por la luz del sol; una
parte de color de oro y otra con la blanca superficie azulada por la
sombra. De pronto se estremeció, coma si despertase oyendo una voz... La
suya. Hablaba alto, con un impulso irresistible de exteriorizar á gritos
su pensamiento, de animar con algo que significase vida este silencio
mortal.
--Josefina, soy yo... ¿Me perdonas?...
Era una ansia infantil de oir la voz del más allá, derramando sobre su
alma un bálsamo de perdón y olvido; un deseo de arrastrarse, de llorar,
de empequeñecerse, de que ella le escuchase, de que sonriera desde el
fondo de la nada, viendo la gran revolución que se había operado en su
espíritu. Quería decirla--y se lo decía mudamente, con el lenguaje de la
emoción--que la amaba, que había resucitado en su pensamiento, ahora que
la había perdido para siempre, con un amor que no tuvo nunca pura ella
en su existencia terrenal. Sentíase avergonzado de verse ante su tumba;
avergonzado de la desigualdad de su suerte.
Le pedía perdón de vivir, de sentirse vigoroso y joven todavía, de
amarla sin realidad, con loca esperanza, cuando la había dejado partir
indiferente y frío, con el pensamiento en otra mujer, esperando su
muerte con el más criminal de los anhelos. ¡Miserable! ¡Y él estaba en
pie! ¡Y ella, la buena, la dulce, oculta para siempre; perdida y
deshecha en las entrañas de la eterna insaciable!...
Lloraba: lloraba, por fin, con esas lágrimas cálidas y sinceras que
atraen el perdón. Era el llanto por tanto tiempo deseado. Ahora sentía
que los dos se aproximaban, que estaban casi juntos, que sólo les
separaba una lámina de mármol y alguna tierra. Veía con la imaginación
sus pobres restos, los huesos tal vez cubiertos por la podredumbre
epílogo de una vida, y los amaba, los adoraba con una pasión serena, por
encima de las miserias terrenales. Nada de lo que había sido Josefina
podía causarle repugnancia ni horror. ¡Si él pudiera abrir aquella caja
blanca! ¡Si pudiera besar los últimos escombros del cuerpo adorado,
llevárselos con él, para que le acompañasen en su peregrinación, como
las divinidades domésticas délos antiguos!... Ya no veía el cementerio;
no oía los pájaros ni el susurro de las ramas; creía vivir en una nube,
sin contemplar otra cosa en la densa niebla que aquella tumba blanca, la
marmórea caja, último lecho del adorado cuerpecillo...
Ella le perdonaba: su cuerpo surgía ante él, tal como había sido en su
juventud, como había quedado en los lienzos pintada por su mano. Su
mirada profunda se fijaba en la suya; su mirada de los tiempos de amor.
Le parecía oir su voz, la voz de entonaciones infantiles, la que reía,
admirando pequeñas insignificancias, en la época feliz. Era una
resurrección; la imagen de la muerta estaba ante él, formada, sin duda,
por moléculas invisibles de su ser, que flotaban sobre la tumba, por
algo de su esencia vital que aún aleteaba en torno de los restos
materiales, con cierto retardo de dolorosa despedida, antes de emprender
la carrera á las profundidades de lo infinito.
Su llanto incesante seguía derramándose en el silencio, con una
profusión de dulce desahogo: su voz, entrecortada por los suspiros,
hacía callar á los pájaros infundiéndoles momentáneo pavor. «¡Josefina!
¡Josefina!» Y el eco de estos lugares sonoros contestaba con rugidos
sordos y burlones, desde las lisas paredes de los mausoleos, desde el
término invisible de las columnatas.
El artista, con impulso irresistible, pasó una pierna sobre las cadenas
enmohecidas que rodeaban la tumba. ¡Sentirla más cerca! ¡Suprimir la
corta distancia que los separaba! Burlar á la muerte con un beso de amor
resucitado, de intenso agradecimiento por el perdón!...
El cuerpo enorme del maestro cubrió la blanca caja, abarcándola en sus
brazos extendidos, como si quisiera desprenderla del suelo y llevársela
con él. Sus labios buscaron ansiosos la parte más alta de la losa.
Quiso adivinar el sitio que cubría el rostro de la muerta, y entre
rugidos de fiera herida, comenzó á besarlo, moviendo su cabeza, como si
quisiera estrellarla contra el mármol.
Una sensación en los labios de piedra caldeada por el sol; un sabor de
polvo, insípido y repulsivo, se extendió por su boca. Renovales se
incorporó, se puso de pie, como si despertase, como si resurgiese de
pronto el cementerio, hasta entonces invisible. El lejano hedor de carne
chamuscada volvió á herir su olfato.
Ahora veía la tumba, como la había visto el día anterior. Ya no lloraba.
La inmensa decepción secó sus lágrimas, mientras en su interior sentía
acrecentarse el ansia del llanto. ¡Horrible despertar!... Josefina no
estaba allí; en torno de él sólo existía la nada. Era inútil buscar el
pasado en el campo de la muerte. Los recuerdos no podían prender en
esta tierra fría, conmovida en sus entrañas por el pulular del gusano,
por el hervor de la materia en putrefacción. ¡Ay, dónde venía á buscar
sus ilusiones! ¡De qué estercolero hediondo quería hacer resurgir las
rosas de sus recuerdos!...
Veía con la imaginación, tras aquel mármol antipático, el pequeño cráneo
con su mueca burlona, los huesos frágiles envueltos en sus últimos
andrajos de piel, y esta visión le dejaba frío, indiferente. ¿Qué tenía
él que ver con estas miserias? No; Josefina no estaba allí. Había muerto
de veras, y si alguna vez llegaba á verla no sería cerca de su tumba.
Lloraba otra vez, pero sin lágrimas exteriores, con un llanto que se
derramaba hacia adentro: lloraba la amargura de su soledad, el no poder
cambiar con ella un pensamiento. ¡Tantas cosas que tenía que decirla y
que le quemaban el alma!... ¡Cómo la hablaría, si una fuerza misteriosa
se la devolviese por un instante!... Imploraría, su perdón; se arrojaría
á sus pies, lamentando el error de su vida, el doloroso engaño de haber
permanecido junto á ella, indiferente, acariciando falsas ilusiones que
encerraban el vacío, para rugir ahora en el tormento de lo irreparable,
con la sed de un amor loco que adoraba á la muerta después de despreciar
á la viva. La juraría mil veces la verdad de esa adoración póstuma, de
este deseo excitado por la muerte. Y luego, la acostaría otra vez en su
lecho eterno y se alejaría tranquilo, con la conciencia en paz, después
de la delirante confesión.
Pero era imposible. El silencio entre ellos sería para siempre. Habría
de quedar por toda una eternidad con esta confesión en el pensamiento,
sin poder comunicársela, sintiendo su pesadez abrumadora. Ella se había
ido con el rencor y el desprecio en el alma, olvidando los primeros
tiempos de amor, y eternamente ignoraría que éstos habían tenido un
reverdecimiento después de su muerte.
No podía echar una mirada atrás; ella no existía; ya no existiría nunca.
Todo cuanto él hiciese y cuanto pensase, las noches de insomnio
llamándola con súplica cariñosa, las largas contemplaciones ante sus
imágenes, todo lo ignoraría. Y cuando él muriese á su vez, el silencio y
el aislamiento entre ambos aun se haría más grande. Las cosas que no
había podido decirla se extinguirían con él, y los dos se desmenuzarían
en la tierra, extraños el uno al otro, prolongando en la eternidad su
error lamentable, sin poder aproximarse, sin poder verse, sin una
palabra salvadora, condenados á la nada, pavorosa y sin límites, sobre
cuya dureza infinita resbalaban imperceptibles los deseos y los dolores
de las criaturas.
El artista infeliz se revolvió con la rabia de su impotencia. ¿De qué
crueldad vivían rodeados? ¿Qué burla sombría, feroz, implacable, era
aquella que los empujaba, unos hacia otros, para después separarlos por
siempre, ¡por siempre! sin que pudieran cambiar una mirada de perdón,
una palabra que rectificase sus errores y les permitiera reanudar su
eterno sueño, con nueva paz?...
La mentira; siempre el engaño en torno del hombre, como una atmósfera
protectora que le preserva en su marcha, al través del vacío de la vida.
Mentira aquella tumba con sus inscripciones: allí no estaba ella; sólo
encerraba unos despojos, iguales á todos, que nadie podría reconocer, ni
él mismo que tanto los había amado.
Su desesperación le hizo levantar los ojos al espació, de luminosa
limpidez. ¡Ah, el cielo! ¡Mentira también! Aquel azul celestial, con sus
rayos dorados y sus juegos caprichosos de nubes, era una imperceptible
película, una ilusión de los ojos. Más allá de la telaraña engañosa que
envolvía la tierra, estaba el verdadero cielo, el espacio sin fin, y era
negro, de una lobreguez fatídica, con un chisporroteo de lágrimas
ardientes, de infinitos mundos, lamparillas de la eternidad en cuya
llama vivían otros enjambres de invisibles átomos: y el alma glacial,
ciega y cruel de la tenebrosa inmensidad, reía de sus pasiones y sus
anhelos, de las mentiras que fabricaban incesantemente para acorazar su
efímera existencia, queriendo prolongarla con la ilusión de un alma
inmortal.
Todo mentiras que la muerte se encargaba de desenmascarar, cortando la
marcha á los hombres en su dulce camino escalonado de ilusiones,
echándoles fuera de él, con la misma indiferencia que sus pies habían
aplastado y puesto en fuga los rosarios de hormigas que avanzaban entre
la hierba sembrada de huesos.
Renovales sintió la necesidad de huir. ¿Qué hacía allí? ¿Qué le
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