estrecheces y amplificaciones de los huesos, sin el más leve
almohadillado de grasa; la otra, enorme, de una gordura que jamás había
tenido, con la piel tirante y blanca, marcando en ella las venas sus
serpenteados de intenso azul.
Renovales hacía preguntas al doctor con gran ingenuidad. ¿Qué opinaba de
estos síntomas? Y el médico bajaba la cabeza. No sabía; había que
esperar: la Naturaleza tiene sus sorpresas. Pero después, como animado
por repentina decisión, pretextó el deseo de escribir una receta, para
hablar á solas con el marido en su estudio de trabajo.
--La verdad, Renovales... Me pesa esta comedia misericordiosa, buena
para otros; pero usted es un hombre... Es una tisis galopante; tal vez
asunto de días, tal vez asunto de pocos meses; pero se muere y yo no
conozco el remedio. Si usted quiere, busque á otros.
¡Se muere!... Renovales quedó anonadado por la sorpresa, como si nunca
hubiese creído en la posibilidad de este final. ¡Se muere!... Y después
de la salida del médico, que se alejó con pasó más firme, como el que
acaba de librarse de un grave peso, el pintor repitió mentalmente estas
palabras, sin que le produjesen otro efecto que dejarlo absorto, en
estúpida insensibilidad. ¡Se muere! ¿Pero era que realmente podía morir
aquella mujercita, que tanto había pesado sobre su vida y cuya debilidad
le inspiraba miedo?...
De pronto se vió paseando por el estudio, repitiendo en alta voz:
--¡Se muere! ¡Se muere!
Se lo decía á sí mismo para conmoverse, para prorrumpir en gemidos de
dolor: pero su sensibilidad permanecía muda.
Josefina iba á morir; ¡y él estaba sereno! Sintió deseos de llorar:
quiso llorar, con la voluntad imperiosa del que necesita cumplir un
deber. Parpadeó, hinchando su pecho, conteniendo el aliento,
esforzándose por abarcar con la imaginación esta desgracia; pero sus
ojos permanecieron secos; sus pulmones aspiraron el aire con delicia; su
pensamiento, duro y refractario, no se estremeció con ninguna imagen
dolorosa. Era un pesar exterior, superficial, que no encontraba más que
palabras, gestos y desordenados paseos: el interior seguía insensible,
como si la certidumbre de aquella muerte lo hubiese congelado en plácida
indiferencia.
Le atormentó la vergüenza de su monstruosidad. El mismo impulso que
obligaba á los ascetas á imponerse mortales castigos por los pecados de
su imaginación, le arrastró á él, con la fuerza del remordimiento, á la
habitación de la enferma. No saldría de allí, arrostraría su desprecio
silencioso, la acompañaría hasta el último momento, olvidando el sueño y
el hambre. Sentía la necesidad de purificarse, con algo noble y
generoso, de esta ceguera de su alma que le daba miedo.
Milita ya no pasó las noches al cuidado de su madre y pudo volver á su
casa, con escasa satisfacción del marido, que sentía cierto placer con
este retorno inesperado á su existencia de soltero.
Renovales no dormía. Después de media noche, cuando se marchaba Cotoner,
paseaba en silencio por las habitaciones profusamente iluminadas;
rondaba cerca del dormitorio; entraba en él para ver á Josefina en su
lecho, sudorosa, agitada de vez en cuando por crueles toses, sumida en
un sopor de muerte y tan enflaquecida, tan pequeña, que apenas si las
ropas de la cama marcaban su insignificante bulto, como el cuerpo de un
niño. Después el maestro pasaba el resto de la noche en un sillón,
fumando, con los ojos muy abiertos, pero sumido el cerebro en la torpeza
de la somnolencia.
Su pensamiento volaba lejos. Era en vano que se avergonzase de su
crueldad: parecía hechizado por un poder misterioso, superior á sus
remordimientos. Olvidaba á la enferma; se preguntaba lo que haría Concha
á aquellas horas; la veía con la imaginación, desnuda y en impúdico
abandono; recordaba las palabras, los estremecimientos, los gritos de
sus entrevistas. Y cuando con gran esfuerzo se arrancaba á estos
ensueños, iba como por expiación hasta la puerta de la enferma y
escuchaba su aliento angustioso, poniendo el rostro compungido, pero sin
poder llorar, sin aquella tristeza que en vano deseaba sentir.
Á los dos meses de enfermedad, Josefina no pudo permanecer en el lecho.
Su hija la sacaba de él sin ningún esfuerzo, con la misma ligereza que
si fuese una pluma, y permanecía en un sillón, pequeñísima,
insignificante, desconocida, con un rostro descarnado que no presentaba
de frente más que los grandes redondeles de los ojos y la nariz afilada
como la hoja de un cuchillo.
Cotoner tenía que reprimir sus lágrimas al verla.
--¡No queda nada de ella!--decía al alejarse.--¡Nadie la conocería!
Su tos dolorosa sembraba en torno de ella el veneno de la muerte. Á su
boca asomaba una espumilla blanca que parecía solidificarse en las
comisuras de los labios. Sus ojos se agrandaban, adquirían una luz
extraña, como si viesen más allá de las personas y las cosas. ¡Ay, estos
ojos! ¡Qué estremecimiento de pavor despertaban en Renovales!...
Una tarde se fijaron en él, con la mirada intensa y tenaz que siempre le
había aterrado. Eran ojos que le agujereaban la frente, que revolvían
sus pensamientos.
Estaban solos; Milita se había ido á su casa; Cotoner dormitaba en un
sillón del estudio. La enferma parecía más animada, con deseos de
hablar, contemplando con cierta lástima al marido, sentado junto á ella,
casi á sus pies.
Iba á morir; tenía la certeza de su muerte. Y una postrera rebelión de
la vida que se resiste á extinguirse, el horror de la nada, hizo subir
las lágrimas á sus ojos.
Renovales protestó con vehemencia, queriendo disfrazar su mentira entre
gritos. ¿Morir?... ¡No había que pensar en eso!... Viviría; aun le
quedaban muchos años de existencia feliz.
Ella sonrió como si le compadeciese. No admitía el engaño: sus ojos iban
más allá que los de él; adivinaba lo impalpable, lo invisible que
rondaba en torno de ella. Habló débilmente, pero con esa inexplicable
solemnidad de la voz que emite sus últimos sonidos, del alma que se
exterioriza por vez postrera.
--Moriré, Mariano, más pronto de lo que crees... más tarde de lo que yo
deseo. Moriré, y tú quedarás tranquilo.
¡Él! ¡Él desearla la muerte!... Su sorpresa y su remordimiento le hacían
ponerse de pie, bracear con fieros ademanes de protesta, agitarse con la
misma violencia que si unas manos invisibles acabaran de desnudarle con
rudo tirón.
--Josefina, no delires. Cálmate; ¡por Dios, no digas esos disparates!
Ella sonreía con una mueca dolorosa, horrible; pero luego su mísero
rostro se hermoseaba con la serenidad del que se va, sin pesadillas ni
delirios, en plena normalidad cerebral. Le hablaba con la inmensa
conmiseración, con la piedad sobrehumana del que contempla el mísero río
de la vida, saliéndose de su corriente, tocando ya con el pie las
riberas de eterna sombra, de eterna paz.
--No quería irme sin decírtelo: muero sabiéndolo todo. No te muevas...
no protestes. Bien conoces el poder que tengo sobre ti. Más de una vez
te he visto mirarme aterrado, por la facilidad con que leo tus
pensamientos... Hace años me convencí de que todo había acabado entre
nosotros. Hemos vivido como buenos animalitos de Dios, comiendo juntos,
durmiendo juntos, ayudándonos por necesidad; pero yo me asomaba á tu
interior, miraba tu corazón... ¡nada! ni un recuerdo, ni una chispa de
amor. He sido tu hembra, la buena compañera que cuida la casa y evita al
hombre las preocupaciones pequeñas de la vida. Has trabajado mucho para
envolverme en el bienestar, para que callase satisfecha y te dejara
tranquilo. ¿Pero amor?... Nunca... Muchos viven como nosotros... muchos;
casi todos. Yo no he podido; creía que la vida era otra cosa y no siento
irme... No te enfurezcas, no grites. Tú no tienes la culpa, pobre
Mariano... Fué un error el casarnos.
Se excusaba dulcemente, con una bondad que no parecía de este mundo,
pasando generosa sobre las crueldades y los egoísmos de una vida que iba
á dejar. Hombres como él eran excepcionales; debían vivir solos, en una
existencia aparte, como los árboles grandes que absorben todo el jugo
del suelo y no dejan crecer una sola planta en lo que abarcan sus
raíces. Ella no tenía la fuerza del aislamiento: era débil; necesitaba
para vivir la sombra de la ternura, la certeza de ser amada. Debía
haberse unido á un hombre como todos; un ser simple lo mismo que ella,
sin otros anhelos que los modestos apetitos de la vulgaridad. El pintor
la había arrastrado en su ruta extraordinaria, fuera de los caminos
fáciles y comunes que siguen los demás, y ella caía en mitad de la
marcha, vieja en plena juventud, vencida por haberle acompañado en esta
jornada superior á sus fuerzas.
Renovales agitábase en torno de ella con incesante protesta.
--¡Pero qué tonterías dices! ¡Deliras! Yo te he querido siempre,
Josefina; te quiero...
Los ojos de ella tomaron una extraña dureza. El fulgor de la cólera pasó
por sus pupilas.
--Calla, no mientas. Conozco un montón de cartas que tienes en el
estudio, ocultas tras los volúmenes de tu librería. Las he leído una por
una; he ido siguiendo su llegada; conocí tu escondrijo cuando sólo
guardabas tres. Ya sabes que adivino todo lo tuyo; que tengo sobre ti
cierto poder; que no puedes ocultarme nada. Conozco tus amores...
Renovales sintió que le zumbaban las sienes, que el suelo se escapaba
bajo sus pies. ¡Qué asombrosa brujería!... Hasta las cartas,
cuidadosamente ocultas, las había descubierto aquella mujer con su
instinto adivinatorio.
--¡Mentira!--gritó enérgicamente para ocultar su turbación.--¡Nada de
amor! Si las has leído, tú sabes lo que es tan bien como yo: pura
amistad; cartas de una amiga que está algo loca.
La enferma sonrió con tristeza. Al principio era amistad, menos aún que
esto, maligno entretenimiento de hembra caprichosa que gozaba
jugueteando con un hombre célebre, infundiéndole los entusiasmos de un
adolescente. Conocía á la compañera de su infancia; tenía la certeza de
que no pasaría de ahí; por eso se apiadaba del pobre grande hombre, en
plena imbecilidad amorosa. Pero después había ocurrido seguramente algo
extraordinario, algo que no se explicaba y que había trastornado sus
previsiones. Ahora su marido y Concha eran amantes.
--No lo niegues, es inútil. Esta certeza es la que me mata. Lo adiviné
al ver que te quedabas abstraído, con una sonrisa de felicidad, como si
saboreases tus pensamientos. Lo adiviné en la alegría con que cantabas
por las mañanas al despertar, en el perfume de que venías impregnado, y
que te seguía por todas partes. No necesitaba encontrar más cartas. Me
bastaba olerte, percibir ese perfume de infidelidad, de carne de pecado,
que te acompaña siempre. Tú, pobre hombre, entrabas en casa creyendo que
todo se quedaba más allá de la puerta, y el olor de ella te sigue, te
denuncia... Aun parece que lo percibo.
Y dilataba su nariz, aspirando el aire con gesto de dolor, cerrando los
ojos, como si quisiera huir de las imágenes que este perfume evocaba en
ella. El marido persistió en sus protestas al convencerse de que no
poseía otras pruebas de su infidelidad. ¡Todo mentiras! ¡Todo
delirios!...
--No, Mariano--murmuró la enferma.--Ella está dentro de ti; te llena la
cabeza: desde aquí la veo. Antes ocupaban su sitio mil fantasías
disparatadas, ilusiones de tu gusto, mujeres desnudas, liviandades que
eran tu devoción. Ahora es ella la que lo llena todo; es tu deseo hecho
carne... Quedaos y sed felices. Yo me voy... falta sitio en el mundo
para mí.
Calló un momento y á sus ojos subieron las lágrimas otra vez, con el
recuerdo de los primeros años de vida común.
--Nadie te ha querido como yo, Mariano--dijo con nostálgica dulzura.--Te
miro ahora como si fueses un extraño, sin cariño y sin odio. ¡Y sin
embargo, no ha habido en el mundo una mujer que amase á su marido con
mayor apasionamiento!
--Yo te adoro, Josefina. Te amo lo mismo que cuando nos conocimos. ¿Te
acuerdas?
Pero en su voz, á pesar de la emoción que pretendía darla, sonaba la
falsedad.
--No te esfuerces, Mariano, es inútil; todo acabó. Ni tú me quieres, ni
queda en mí nada de lo que fué...
En su rostro había un gesto de extrañeza, de asombro; parecía espantada
de su misma serenidad que le hacía perdonar, de esta indiferencia final
para el hombre que tanto la había hecho sufrir. En su imaginación, veía
un jardín inmenso; flores que parecían inmortales, y se secaban y caían
al llegar el invierno. Después su pensamiento seguía más allá, por
encima de los fríos de muerte. Las nieves se liquidaban, brillaba otra
vez el sol; llegaba la nueva primavera, con su cortejo de amores, y las
ramas secas reverdecían con una segunda vegetación.
--¡Quién sabe!--murmuró la enferma con los ojos cerrados.--Tal vez,
después que yo muera, te acordarás de mi... Tal vez me quieras algo... y
me recuerdes... y sientas agradecimiento hacia la que tanto te amó. Lo
que se pierde es lo que se desea...
Calló la enferma, anonadada por tanto esfuerzo; se sumió en aquel sopor
fatigoso, que para ella equivalía al descanso. Renovales, después de
esta conversación, se vió en un estado de vil inferioridad ante su
mujer. Lo sabía todo y le perdonaba. Había seguido el curso de sus
amores, carta por carta, gesto por gesto, adivinando en sus sonrisas los
recuerdos de la infidelidad, oliendo á todas horas el cuerpo de la otra
en el perfume que impregnaba sus ropas; husmeando tal vez, durante
noches enteras de cruel desvelo, aquella esencia de pecado, inadvertida
para los demás, pero que ella percibía con la agudeza de sus sentidos.
¡Y callaba! ¡Y moría sin protesta! ¡Y él no caía á sus pies, pidiéndola
perdón! ¡Y permanecía insensible, sin una lágrima, sin un suspiro!
Tuvo miedo de verse á solas con ella. Milita volvió á quedarse en la
casa para cuidar á su madre. El maestro se refugiaba en su estudio;
quería olvidar, trabajando, á aquel cuerpo moribundo que se extinguía
bajo el mismo techo.
Pero en vano arrojaba colores en la paleta, y cogía los pinceles, y
preparaba lienzos. No hacía más que embadurnar; le era imposible seguir
adelante, como si de pronto hubiese olvidado su arte. Volvía la cabeza
con inquietud, creyendo que Josefina iba á entrar de pronto,
continuándose aquella entrevista en la que había puesto al descubierto
su grandeza de alma y la ruindad de él. Necesitaba volver á sus
habitaciones, ir de puntillas hasta la puerta del dormitorio, para
convencerse de que estaba allí, cada vez más exigua, escuchando á su
hija con una sonrisa de calavera que ajustaba la piel á las obscuras
oquedades de sus huesos.
Su demacración era espantosa: no encontraba límites. Cuando parecía
haber llegado al último extremo, todavía sorprendía con nuevos
encogimientos, como si tras la desaparición total de la carne fuese
liquidándose el mísero esqueleto.
Algunas veces atormentábala el delirio, y su hija, conteniendo las
lágrimas, acogía con palabras de aprobación los disparatados viajes que
proyectaba, sus propósitos de irse muy lejos, para vivir con Milita en
un jardín, donde no encontrasen hombres, donde no existiesen pintores...
¡nada de pintores!
Aun vivió unos quince días. Renovales, con cruel egoísmo, ansiaba
descansar, lamentándose de esta existencia anormal. Si había de morir,
¡por qué no acababa cuanto antes, devolviendo la tranquilidad á todos
los de la casa!...
Ocurrió el suceso una tarde, á la hora en que el maestro, tendido en un
diván de su estudio, releía las dulces quejas de una cartita perfumada.
¡Tantos días sin verle! ¿Cómo seguía la enferma? Reconocía que su deber
estaba allí: la gente murmuraría si la visitaba. Pero ¡ay! ¡era tan
penosa esta separación!...
No pudo acabar de leer. Entró Milita en el estudio, con expresión
azorada, llevando en los ojos ese terror, ese asombro que infunde la
presencia de la muerte, el roce de su paso, aunque se aguarde su
llegada.
Su voz tenía bruscas sacudidas. Mamá... estaba hablando con ella, la
halagaba con la esperanza de un próximo viaje... y de pronto un
ronquido... la cabeza inclinándose antes de caer sobre el hombro... un
momento... nada... ¡lo mismo que un pajarito!
Renovales corrió al dormitorio, tropezándose con su amigo Cotoner, que
salía del comedor, corriendo también. La vieron en un sillón, encogida,
plegada, con esa flacidez mortal que convierte el cuerpo en blando
pingajo. Todo había acabado.
Milita tuvo que coger á su padre; sostenerlo con su vigor de muchacha
fuerte; ser ella la que guardase la serenidad y la energía en el crítico
momento. Renovales se dejaba manejar por su hija; apoyaba el rostro en
un hombro de ella, con dolor sublime, teatral, una hermosa desesperación
de artista, conservando aún en su mano, distraídamente, la carta de la
condesa.
--Valor, Mariano--decía el pobre Cotoner con voz cargada de
lágrimas.--Hay que ser hombres... Milita, lleva á tu padre al estudio...
Que no la vea...
El maestro se dejó conducir por su hija, suspirando con fuertes
resoplidos, queriendo llorar, con inútiles esfuerzos. Las lágrimas no
llegaban. Su atención no podía concentrarse: la distraía una voz
interior, la voz de las grandes tentaciones.
Había muerto y quedaba libre. Seguiría su camino, ligero, dueño de sí
mismo, sin fatigosa impedimenta. ¡Á él la vida con todos sus goces; el
amor sin miedos ni escrúpulos; la gloria con sus dulces réditos!...
Iba á comenzar una segunda existencia.
TERCERA PARTE
I
Hasta principios del invierno siguiente, no volvió Renovales á Madrid.
La muerte de su mujer le dejó estupefacto, como si dudase de su
realidad, como si sintiera extrañeza al contemplarse solo y dueño de sus
acciones. Cotoner, viéndole sin deseos de trabajar, tendido en los
divanes del estudio, con un gesto vago, cual si soñase despierto,
interpretaba su estado como un inmenso dolor sordo y silencioso. Además,
le molestaba que la condesa, apenas muerta Josefina, frecuentase el
hotel para visitar al ilustre maestro y á su querida Milita.
--Debes irte--aconsejaba el viejo artista.--Eres libre; lo mismo vivirás
en cualquier parte que aquí. Te conviene un viaje largo: eso te
distraerá.
Y Renovales emprendió su viaje con la alegría de un estudiante, libre
por vez primera de la vigilancia de la familia. Solo, rico y dueño de
sus actos, se creyó el ser más feliz de la tierra. Su hija tenía á su
marido, formaba familia aparte; él se veía en grato aislamiento, sin
preocupaciones, sin deberes, sin otros lazos que los dulcísimos de
aquellas cartas interminables de Concha, que le salían al encuentro en
su viaje. ¡Oh, libertad feliz!...
Vivió en Holanda, estudiando sus museos, que no conocía; después, en un
capricho de pájaro errante, descendió á Italia, saboreando algunos meses
de vida fácil, sin trabajo, visitando estudios, recibiendo los honores
debidos á un maestro célebre, en los mismos sitios donde había luchado
pobre y desconocido. Luego se trasladó á París, acabando por atraerle la
condesa, que estaba en Biarritz veraneando con su esposo.
El estilo epistolar de Concha se hacía más apremiante; mostraba nuevas
exigencias al prolongarse el periodo de separación. Debía volver; ya
había viajado bastante. Ella se aburría no viéndole; le amaba, no podía
vivir sin él. Además, como supremo recurso, le hablaba de su marido, del
conde, que, en su eterna ceguera, unía sus súplicas á las de su esposa,
rogándola que invitase al artista á pasar una temporada en su hotel de
Biarritz. El pobre maestro debía sentirse muy triste en su viudez, y el
prócer bondadoso tenía empeño en consolar su soledad. En su casa le
distraerían; serían para él una nueva familia.
El pintor vivió gran parte del verano y todo el otoño en el ambiente
grato de aquel hogar, que parecía creado para él. La servidumbre le
respetaba, adivinando en Renovales al verdadero amo. La señora,
delirante por la larga ausencia, mostrábase tan audaz en sus arrebatos,
que el artista tenía que contenerla, recomendando prudencia. El noble
conde de Alberca le rodeaba de una simpática conmiseración. ¡Pobre é
ilustre amigo! ¡Verse privado de su compañera! Y el hombre de las
condecoraciones demostraba, con noble gesto, el horror que le infundía
la posibilidad de verse viudo, sin aquella esposa que tan dichoso le
hacía.
Al comenzar el invierno volvió Renovales á su hotel. Ni la más leve
emoción experimentó al verse en los tres grandes estudios, al recorrer
aquellas habitaciones que parecían más heladas, más grandes, más
sonoras, ahora que no se conmovían con otros pasos que los suyos. Creyó
que no había transcurrido un año. Todo estaba lo mismo, como si su
ausencia sólo fuese de unos cuantos días. El amigo Cotoner había cuidado
bien la casa, haciendo trabajar al matrimonio que ocupaba la portería y
al antiguo doméstico encargado de la limpieza de los estudios, única
servidumbre que Renovales conservaba. Ni polvo sobre los objetos, ni
atmósferas densas de larga clausura en las habitaciones. Todo aparecía
brillante, limpio, como si la vida no se hubiera interrumpido en aquella
casa. El sol y el aire habían penetrado á raudales por las ventanas,
disolviendo aquella atmósfera de enfermedad que Renovales había dejado
al irse, y en la que creía percibir el roce del invisible ropaje de la
Muerte.
Era una casa nueva, semejante en su forma á la que había conocido antes,
pero con la frescura y la sonoridad de los edificios recién construidos.
Fuera de su estudio, nada le recordaba á la esposa muerta. Evitó entrar
en su dormitorio; no preguntó siquiera quién guardaba la llave. Durmió
en el cuarto que había sido de su hija, en su camita de soltera, con la
satisfacción de llevar una vida modesta y sobria en aquel hotel de
señorial aspecto.
Tomaba su almuerzo en el comedor, en un extremo de la mesa, sobre una
servilleta, cohibido por las dimensiones y el lujo de esta pieza, que
ahora le parecía enorme é inútil. Miraba distraído un sillón, cercano á
la chimenea, donde muchas veces se había sentado la muerta. El asiento,
con los brazos abiertos, parecía esperar aquel cuerpecillo estremecido
por encogimientos de pájaro. Pero el pintor no sentía emoción alguna. Ni
siquiera podía recordar fielmente en su imaginación la cara de Josefina.
¡Había sufrido tantas transformaciones!... La última, aquella máscara
esquelética, era la que evocaba mejor; pero le repelía, en su egoísmo de
hombre feliz y fuerte, que no quiere entristecerse con penosos
recuerdos.
No veía su imagen en ninguna parte de la casa. Parecía haberse evaporado
para siempre, sin dejar el menor roce de su cuerpo en las paredes que
tantas veces habían servido de apoyo á su andar vacilante, en los pisos
que apenas si sentían el peso de sus débiles pies. Nada: estaba bien
olvidada. En el interior de Renovales no quedaban otros vestigios de los
largos años de unión, que un sentimiento penoso, un recuerdo molesto,
que le hacía gustar con mayor placer su nueva existencia.
Sus primeros días, en la soledad de la casa, fueron de intensos y nuevos
goces. Después del almuerzo se tendía en un diván del estudio,
contemplando las espirales azules de su cigarro. ¡Libertad completa!
¡Solo en el mundo! La vida entera para él, sin preocupación alguna, sin
miedos. Podía ir y venir sin que unos ojos espiasen sus acciones, sin
que una boca amarga turbase con reproches su plácida calma. Aquella
puertecilla del estudio, que antes miraba con zozobra, no se abriría más
para dar paso al enemigo. Podía cerrarla aislándose del mundo; podía
abrirla haciendo entrar por ella, en ruidoso chorro de escándalo, todo
cuanto se le antojase; batallones de bellezas desnudas, para pintarlas
en revuelta bacanal; extrañas bayaderas de ojos negros y vientre
descubierto que danzasen con mórbido abandono sobre los tapices del
estudio: todas las ilusiones desordenadas de su deseo, las monstruosas
fiestas de imaginación con que había soñado en sus tiempos de
servidumbre. Él no sabía ciertamente dónde encontrar todo esto, ni tenía
gran empeño en buscarlo; pero le bastaba la certeza de poderlo realizar
sin obstáculo alguno.
Esta conciencia de su libertad absoluta, en vez de impulsarle á la
acción, le mantenía en dulce quietud, satisfecho de poder hacerlo todo,
sin que su voluntad osase intentar nada. En otros tiempos agitábase
furioso, lamentando sus cadenas. ¡Las cosas que pintaría él, de ser
libre! ¡Los escándalos que provocaría con sus audacias! ¡Ay, si no
estuviese unido á una mezquina burguesa que intentaba reglamentar su
arte con la misma corrección y dignidad que tenía para las visitas ó
para los gastos de la casa!...
Y ahora que la burguesa no existía, el artista quedaba en grata
somnolencia, contemplando los lienzos empezados un año antes, mirando
como un enamorado tímido á su paleta abandonada, diciéndose con una
falsa energía: «De mañana no pasa; mañana empiezo.»
Y al día siguiente llegaba mediodía, y con él el almuerzo, antes de que
Renovales hubiese llegado á coger el pincel. Leía periódicos
extranjeros, revistas de arte, enterándose con curiosidad profesional de
lo que exponían y trabajaban los pintores famosos de Europa. Recibía la
visita de ciertos compañeros humildes, y ante ellos se lamentaba de la
insolencia de la juventud, de sus avances irrespetuosos, con una
sequedad de artista ilustre que empieza á envejecer, y cree que con él
se extingue el talento y nadie vendrá detrás de sus pasos. Luego le
embargaba la modorra de la digestión, lo mismo que á Cotoner, y sentía
dulces desfallecimientos, la felicidad de no hacer nada. Para vivir
bien, tenía riquezas de sobra. Su hija, que era su única familia,
encontraría á su muerte más de lo que esperaba. Había trabajado
bastante. La pintura, lo mismo que todas las artes, era una mentira
bonita, por cuyos progresos se agitaban los hombres como locos, hasta
odiarse con impulsos de muerte. ¡Qué necedad! Era mejor permanecer en
dulce calma, saboreando la alegría de la propia existencia,
embriagándose en los sencillos goces animales, sintiéndose vivir. ¿Qué
importaban unos cuantos cuadros más en aquellos enormes palacios llenos
de lienzos, desfigurados por los siglos, que no conservaban tal vez una
sola pincelada como la dieron sus autores? ¿Qué le importaba á la
humanidad, que cambia de sitio cada docena de siglos, y ha visto caer
las grandes soberbias de los hombres fabricadas con mármoles y granitos,
que un tal Renovales produjera unos hermosos juguetes de tela y colores,
que podía destruir una colilla de cigarro, ó roer en unos cuantos años
un soplo de viento, una gota de agua filtrándose por la pared?...
Pero este pesimismo desvanecíase cuando alguien le llamaba «ilustre
maestro», ó así que veía su nombre en un periódico y un discípulo ó un
admirador mostraba curiosidad por su trabajo.
Ahora descansaba. Aun no estaba repuesto de la emoción sufrida. ¡La
pobre Josefina!... Pero iba á trabajar mucho; se sentía con nuevas
fuerzas para obras más grandes que las ya conocidas. Y después de estas
exclamaciones, le acometía un deseo loco de trabajo y enumeraba los
cuadros que llevaba en su pensamiento, insistiendo en su originalidad.
Eran problemas audaces de color, nuevos procedimientos técnicos que se
le ocurrían. Pero estos propósitos no rebasaban el límite de la palabra;
no llegaban jamás al pincel. Parecían rotos ó enmohecidos los resortes
de su voluntad, antes vibrantes y vigorosos. No sufría, no deseaba. La
muerta se había llevado su fiebre de trabajo, su inquietud de artista,
dejándolo en este limbo de bienestar y tranquilidad.
Por las tardes, cuando lograba arrancarse á la dulce torpeza, á la
ligera punta de embriaguez que le retenía inmóvil, iba á ver á su hija,
si es que estaba en Madrid, pues con gran frecuencia acompañaba á su
marido en sus excursiones de automovilista. Después acababa la tarde en
casa de la de Alberca, donde permanecía muchas veces hasta media noche.
Comía allí casi todos los días. La servidumbre miraba á don Mariano con
respeto, adivinando el lugar que ocupaba cerca de la señora. El conde,
acostumbrado al trato del artista, mostraba tanto empeño en verle como
su esposa. Hablaba con entusiasmo del retrato que había de hacerle
Renovales, para que formase pareja con el de Concha. Sería más adelante,
cuando conquistase ciertas condecoraciones extranjeras que faltaban en
su catálogo de glorias. Y el artista sentía cierto remordimiento al
escuchar las simplezas del buen señor, mientras su esposa, con una
audacia loca, le acariciaba con los ojos, se inclinaba hacia él, como si
fuese á desplomarse en sus brazos, y buscaba su contacto por debajo de
la mesa.
Luego, apenas se ausentaba el marido, se iba sobre Mariano con los
brazos abiertos, hambrienta, desafiando la curiosidad de los criados. Le
parecía más dulce el amor amenazado de peligros. Y el artista se dejaba
adorar con cierto orgullo. Él, que al principio de esos amores era el
que suplicaba y perseguía, encerrábase ahora en una pasividad superior,
aceptando los homenajes de Concha, anhelante y vencida.
Falto Renovales de entusiasmo para el trabajo, se refugiaba para
sostener su renombre en los honores oficiales que se conceden á los
maestros respetados. Dejaba para el día siguiente la obra nueva, la
magna obra que debía levantar nuevos voceríos de admiración en torno de
su nombre. Pintaría su famoso cuadro de Friné en una playa, cuando
llegase el verano y pudiera huir á la costa solitaria, llevando con él á
la belleza perfecta que le serviría de modelo. Tal vez convenciese á la
condesa. ¡Quién sabe!... Sonreía con cierta satisfacción, cada vez que
escuchaba de sus labios el elogio de sus bellas desnudeces. Pero
entretanto exigía el maestro que la gente se acordase de su nombre por
sus trabajos anteriores, que le admirara por las obras que había
producido.
Irritábase contra los periódicos, que ensalzando á la gente joven, sólo
se acordaban de él para citarle de paso, como una gloria consagrada,
como un señor que hubiese muerto y tuviera sus lienzos en el museo del
Prado. Le agitaba esa cólera sorda del cómico, que agoniza de envidia,
viendo la escena ocupada por otros.
Quería trabajar; iba á trabajar inmediatamente. Pero así como
transcurría el tiempo, sentía una creciente pereza cerebral que le
imposibilitaba para la acción; un entorpecimiento de manos, que ocultaba
hasta á sus más íntimos, avergonzado al recordar su ligereza y facilidad
de otros tiempos.
--Esto pasará--se decía con la confianza del que no duda en su talento.
En uno de sus caprichos imaginativos, se comparaba con los perros
inquietos, fieros y acometedores cuando los atormenta el hambre, y
blandos y pacíficos si los rodea el bienestar. Él necesitaba sus tiempos
de avidez é inquietud, cuando lo deseaba todo, cuando no disponía de la
paz del trabajo, y tras los disgustos conyugales acometía al lienzo como
si fuese un enemigo, lanzándole el color furiosamente, en bofetadas de
luz. Aun después de ser rico y célebre, había tenido algo que pedir.
«¡Si yo tuviese tranquilidad! ¡Si fuese dueño de mi tiempo! ¡Si viviese
solo, sin familia, sin preocupaciones, como debe vivir el verdadero
artista!» Y bien; se cumplían sus anhelos; nada tenía que esperar, pero
sentía una pereza semejante al agotamiento, con esta ausencia de todo
deseo, como si la cólera y la inquietud fuesen para él un espolonazo
interno de la inspiración.
Le atormentaba el hambre de celebridad; creía haber muerto obscuramente
al transcurrir los días sin que le nombrasen. Se imaginaba que la
juventud le volvía la espalda para mirar en distinta dirección,
almacenándole entre los consagrados, admirando á otros maestros. Su
orgullo de artista le hizo buscar ocasiones de notoriedad, con la
inocencia de un principiante. Él, que tanto se había burlado del mérito
oficial y de los rediles de las Academias, se acordó de pronto que hacía
varios años le habían elegido miembro de la de Bellas Artes después de
uno de sus triunfos.
Cotoner mostró asombro al ver la importancia que daba de pronto á esta
distinción no solicitada, de la que se había reído siempre.
--Eran bromas de joven--dijo el maestro con gravedad.--La vida no puede
tomarse siempre á risa. Hay que ser serios, Pepe; vamos para viejos, y
no siempre hay que burlarse de cosas que en el fondo son respetables.
Además, se acusaba de grosería. Aquellos dignos personajes, á los que
había comparado muchas veces con toda clase de animales, extrañarían que
transcurriesen los años sin que él se preocupara de ocupar su sitio.
Había que ir á la recepción académica. Y Cotoner, por encargó suyo,
corrió con todos los preparativos; desde llevar la noticia á aquellos
señores, para que fijasen la fecha de la artística solemnidad, hasta
ocuparse del discurso del nuevo académico. Porque Renovales se enteró
con cierto temor de que había de leer un discurso... ¡Él, que
acostumbrado al manejo del pincel y por la descuidada educación de su
niñez, cogía la pluma con cierta torpeza y hasta en sus cartas á la de
Alberca prefería representar con graciosas figuras sus frases de pasión,
á encerrarlas en letras!...
El viejo bohemio le sacó del apuro. Conocía bien á su Madrid. Los
bastidores de esa vida que se exterioriza en las columnas de los
periódicos no tenían misterios para él. Renovales leería un discurso tan
magnífico como los de otros.
Y una tarde le llevó al estudio á un tal Isidro Maltrana, joven
pequeñín, feo, con enorme cabeza y un aire de aplomo y audacia que
disgustó en el primer momento á Renovales. Iba bien trajeado, pero con
las solapas sucias de ceniza y el cuello del gabán moteado de caspa. El
pintor notó que olía á vino. Al principio le tributó pomposamente el
título de maestro, pero á las pocas palabras ya le llamaba por su
apellido, con una llaneza desconcertante. Se movía en el estudio como si
fuese suyo, como si toda su vida la hubiese pasado en él, sin admirar
sus bellezas decorativas.
No tenía inconveniente en encargarse del discurso. Era su especialidad.
Las recepciones académicas y los trabajos para los señores del Congreso
constituían su mejor finca. Comprendía que el maestro necesitase de él.
¡Un pintor!...
Y Renovales, á quien comenzaba á hacerse simpático el tal Maltrana, á
pesar de su osadía, se irguió con la majestad de su renombre. Si se
tratase de hacer un cuadro para aquel acto, allí estaba él. ¡Pero un
discurso!...
--Convenidos: tendrá usted el discurso--dijo Maltrana.--Es tarea fácil,
conozco la receta. Hablaremos de las sanas tradiciones; abominaremos de
ciertas audacias y novedades de la juventud inexperta, que estaban muy
en su lugar hace veinte años, cuando usted comenzaba, pero que ahora son
extemporáneas... ¿Le parece á usted bien un palito al modernismo?
Renovales sonrió, encantado de la llaneza con que hablaba este joven de
su próxima obra y movió una mano con significativo balanceo. ¡Hombre!
Así, así... Un justo medio estaría bien.
--Comprendido, Renovales: halagar á los viejos y no reñir con los
jóvenes. Es usted un maestro de veras. Quedará usted contento.
Con una serenidad de tendero, antes de que el pintor hablase de la
retribución, abordó él este asunto. Eran dos mil reales; ya se lo había
dicho á Cotoner. La tarifa pequeña; la que había fijado para las
personas que apreciaba.
--Hay que vivir, Renovales... Tengo un hijo.
Y su voz se tornó grave al decir esto; su rostro, feo y cínico, se
ennobleció un instante, reflejando las inquietudes del amor paternal.
--Un hijo, querido maestro, por el que hago todo lo que se presenta. Si
es preciso robaré. Es lo único que tengo en el mundo. La madre murió de
miseria en el hospital. Yo soñaba con ser algo, pero un rorro no deja
pensar en tonterías. Entre la esperanza de ser célebre y la certeza de
comer... lo primero es comer.
Pero esta ternura del hombrecillo duró poco. Volvió á recobrar su gesto
audaz de mercenario, que atravesaba la vida acorazado en su cinismo,
desengañado por la desgracia, poniendo precio á todos sus actos.
Quedaban convenidos en la cantidad: la recibiría cuando entregase el
discurso.
--Y si usted lo imprime, como espero--dijo al irse,--yo me ocuparé de
las pruebas sin pedir suplemento. Eso porque se trata de usted; porque
soy su admirador.
Renovales pasó varias semanas preocupado por su recepción, como si fuese
el suceso más importante de su vida. La condesa se interesaba igualmente
en los preparativos. Ella haría que fuese una solemnidad elegante; algo
parecido á las recepciones de la Academia Francesa, descritas en
periódicos y novelas. Asistirían todas sus amigas. El gran pintor leería
su discurso, contemplado por cien miradas interesantes, entre el aleteo
de los abanicos y el rumor de las conversaciones. Un éxito inmenso que
haría rabiar á muchos artistas, ansiosos de crearse relaciones en el
gran mundo.
Pocos días antes de la solemnidad, le entregó Cotoner un paquete de
papeles. Era una copia del discurso, en magnífica letra; ya estaba
pagado. Y Renovales, con instinto de cómico, deseoso de hacer buena
figura, pasó una tarde dando zancadas de estudio en estudio, con el
cuaderno en una mano y acompañando con enérgicos ademanes de la otra los
párrafos leídos en alta voz. ¡Tenía talento aquel Maltranita descarado!
Era una obra que entusiasmaba su simpleza de artista, ajeno á todo lo
que no fuese pintar; una serie de trompetazos gloriosos en los que se
mezclaban nombres, muchos nombres; admiraciones en retórico trémolo;
síntesis históricas tan redondas, tan completas, que no parecía sino que
la humanidad había vivido desde el principio del mundo pensando en el
discurso de Renovales y midiendo sus actos, para que éste les diese una
determinada interpretación.
Sentía el artista escalofríos de sublimidad, repitiendo en elocuente
carretilla los nombres griegos, muchos de los cuales le -sonaban-, no
sabiendo ciertamente si eran de grandes escultores ó de poetas trágicos.
Después adquiría cierto aplomo al encontrarse con Dante y Shakespeare. Á
éstos los conocía mejor; sabia que no habían pintado, pero que debían
figurar en todo discurso digno de respeto. Y al llegar á los párrafos
sobre el arte moderno, le parecía tocar tierra firme sonriendo con
cierta superioridad. Maltranita no entendía gran cosa de esta materia;
apreciaciones superficiales de profano; pero escribía bien, muy bien; él
no lo hubiese hecho mejor... Y estudió su discurso, hasta el punto de
repetir muchos párrafos de memoria, preocupándose además de la
pronunciación de los nombres enrevesados, tomando lecciones de los
amigos que consideraba de mayor cultura.
--Es por el buen parecer--decía con sencillez.--Es porque, aunque yo no
sea más que un pintor, no consiento que me tomen el pelo.
El día de la recepción almorzó mucho antes de mediodía. Apenas tocó los
platos; le causaba cierta inquietud esta ceremonia, que no había visto
nunca. Á su zozobra se unía la molestia que experimentaba cada vez que
había de atender al cuidado de su persona.
Los largos años de existencia matrimonial le habían habituado á no
preocuparse de las necesidades menudas y ordinarias de la vida. Si tenía
que presentarse con un traje que no era el ordinario, las manos de la
madre ó de la hija arreglaban hábiles y ligeras el adorno de su persona.
Aun en los momentos de mayor hostilidad, cuando él y Josefina apenas se
hablaban, notaba en torno el escrupuloso orden de aquella excelente
directora de la casa, que le allanaba los obstáculos, evitándole
vulgares inquietudes.
Cotoner estaba ausente; el criado había ido á casa de la condesa para
entregarla unas invitaciones reclamadas á última hora para ciertas
amigas. Renovales se decidió á vestirse solo. Su yerno y su hija
vendrían por él, á las dos. López de Sosa tenía empeño en llevarle hasta
la Academia en automóvil, buscando, sin duda con esto, un pequeño rayo
de los esplendores de gloria oficial que iban á derramarse sobre su
suegro.
Renovales se vistió, después de bregar con las pequeñas dificultades de
la falta de costumbre. Mostraba la torpeza de un niño, falto de los
auxilios de la madre. Cuando al fin se contempló con cierta satisfacción
en un espejo, con el frac puesto y la corbata regularmente anudada,
lanzó un suspiro de descanso. ¡Por fin!... Ahora las placas, la banda.
¿Dónde encontraría estos honoríficos juguetes?... Desde la boda de
Milita no se los había puesto: la pobre muerta los habría guardado.
¿Dónde encontrarlos? Y con precipitación, temiendo que transcurriese el
tiempo y le sorprendiesen sus hijos sin haber terminado el adorno de su
persona, comenzó á buscar, de habitación en habitación, sofocado,
jurando de impaciencia, con el atolondramiento de andar á ciegas sin
recordar nada preciso. Entró en el cuarto que servía de vestuario á su
esposa. Tal vez tuviese guardadas en él las condecoraciones. Abrió con
nervioso tirón las puertas de los grandes armarios que cubrían las
paredes... Ropas y más ropas.
Al olor balsámico de las maderas, que hacía pensar en la silenciosa
calma de los bosques, uníase un perfume sutil y misterioso, perfume de
años, de bellezas muertas, de recuerdos extinguidos; algo semejante á la
sensación que dan al olfato las flores secas. Desprendíase este olor de
las masas de telas colgadas; vestidos blancos, negros, rosa, azules, con
los colores apagados y discretos, los encajes mustios y amarillentos,
guardando en sus pliegues algo de perfume vital del cuerpo que habían
cubierto. Todo el pasado de la muerta estaba allí. Con cierta
preocupación supersticiosa, había almacenado los trajes de las diversas
épocas de su existencia, como si temiese el desprenderse de ellos,
arrojar una parte de su vida, un fragmento de su piel.
El pintor miraba algunos de estos trajes con la misma emoción que si
fuesen viejos y olvidados amigos, que se presentaban de pronto, con la
sorpresa de lo inesperado. Una falda rosa, le recordaba los buenos
tiempos de Roma; un traje completo azul, le hacía ver con la imaginación
la plaza de San Marcos y creía sentir el aleteo de los palomos y oir
como un zumbido lejano la ruidosa cabalgata de las Walkyrias. Los trajes
sombríos y pobres, del cruel período de lucha, colgaban en el fondo de
un armario, como hábitos de mortificación y sacrificio. Un sombrero de
paja, alegre como un susurro de bosque estival, cargado de flores rojas,
de pámpanos, de cerezas, parecía sonreirle desde lo alto de un estante.
¡Ay, también lo conocía! Muchas veces se había clavado en la frente su
filo dentado de paja, cuando á la puesta del sol, en los caminos de la
campiña romana, se agachaba él, teniendo en un brazo el talle de su
mujercita, buscando su boca que se estremecía con dulce cosquilleo,
mientras á lo lejos, en la bruma azulada, sonaban las esquilas de los
rebaños y los lamentos musicales de los guardadores de búfalos.
También le hablaba del pasado, evocando las muertas alegrías, aquel
perfume juvenil, envejecido en su encierro, que salía á oleadas de los
armarios, con la impetuosidad de un vino venerable escapando á
borbotones de la botella empolvada. Sus sentidos se estremecían; una
embriaguez sutil penetraba en su olfato. Creía haber caído en un lago de
perfumes que le abofeteaba con sus ondas, jugueteando con él, como si
fuese un cuerpo inerte. Era el olor de la juventud que volvía; el
incienso de los tiempos felices, más débil, más sutil, con la nostalgia
de los años muertos. Era el perfume de las magnolias carnales: de la
sedosa y leve vegetación puesta al descubierto por los brazos cruzados
bajo la cabeza; de aquel vientre recogido y blanco, con esplendor
nacarado de luna, que una noche, en Roma, le había hecho suspirar con
admiración:
--Te adoro, Josefina. Eres hermosa como la majita de Goya... Eres la
maja desnuda.
Conteniendo su respiración como un nadador, buceaba en la profundidad de
los armarios, tendiendo sus manos ávidas, con el deseo de salir de allí,
de volver cuanto antes á la superficie, al aire puro. Tropezaba con
cajas de cartón, paquetes de cintas y viejos encajes, sin encontrar lo
que buscaba; y cada vez que sus brazos trémulos agitaban las viejas
ropas, el oleaje de las faldas parecía, abofetearle con una bocanada de
este perfume muerto, indefinible, que aspiraba más con su imaginación
que con su olfato.
Quiso salir de allí cuanto antes. Las condecoraciones no estaban en el
vestuario; tal vez las encontrase en el dormitorio. Y por primera vez,
luego de muerta su esposa, se atrevió á rodar la llave de la puerta. El
perfume del pasado parecía ir con él; se filtraba por todos los poros de
su cuerpo. Creía sentir el apretón de unos brazos lejanos é inmensos que
venían del infinito. Ya no tenia miedo á penetrar en el dormitorio.
Entró á tientas, buscando una de las ventanas. Cuando crujieron las
maderas y penetró de golpe la luz del sol, los ojos del pintor, después
de violento parpadeo, vieron como una sonrisa suave y discreta, el
brillo de los muebles venecianos.
¡Hermoso dormitorio de artista! Después de un año de ausencia, el pintor
admiraba el gran armario, con sus tres lunas azules y profundas, como
sólo saben fabricarlas los espejeros de Murano, y el ébano de los
muebles, con menudas incrustaciones de nácar y luminosas piedrecitas;
una muestra del genio artístico de la antigua Venecia en contacto con
los pueblos de Oriente. Este mueblaje había sido para Renovales una de
las grandes empresas de su juventud; un capricho de enamorado, ansioso
de tributar honores principescos á su compañera, que le había impuesto
penosas economías durante varios años.
El lujoso dormitorio les había seguido á todas partes, sin abandonarlos,
ni aun en la época de miseria. En los días malos, cuando él pintaba en
su buhardillón y Josefina cocinaba, faltábanles sillas, comían en el
mismo plato, Milita jugaba con muñecas de andrajos; pero en la mísera
alcoba, pintada de cal, amontonábanse intactos, con respeto sagrado,
aquellos muebles de Dogaresa rubia, como una esperanza en el porvenir,
como una promesa de tiempos mejores. Ella, la infeliz, con su fe de
mujer sencilla, los limpiaba, los adoraba, esperando la hora de las
mágicas transformaciones, para trasladarlos á un palacio.
El pintor paseó su mirada por el dormitorio con cierta tranquilidad. No
encontró en él nada extraordinario; nada que le conmoviese. El prudente
Cotoner había ocultado el sillón donde murió Josefina.
La cama señorial, con sus dos fachadas monumentales de ébano tallado y
mosaicos brillantes, ofrecía un aspecto vulgar, teniendo en su seno los
colchones plegados en montón. Renovales rió del temor que le había
detenido tantas veces ante la puerta cerrada. La muerte no había dejado
rastro alguno. Nada recordaba allí á Josefina. En el ambiente flotaba
ese olor pesado, ese sabor á polvo y humedad de todas las piezas
largamente cerradas.
Transcurría el tiempo, había que buscar las condecoraciones, y
Renovales, familiarizado ya con la habitación, abrió el armario
esperando encontrarlas en él.
También allí la cerrada madera pareció esparcir, al abrirse, un perfume
semejante al de la otra pieza. Era más tenue, más vagoroso, más lejano.
Renovales creyó que era una ilusión de sus sentidos. Pero no; de las
profundidades del armario se desprendía como un humillo invisible,
envolviéndole en su espiral acariciadora. Allí no había ropas. Sus ojos
reconocieron inmediatamente en el fondo de una tabla los estuches que
tanto buscaba; pero no tendió hacia ellos las manos; permaneció inmóvil,
abstraído en la contemplación de mil objetos menudos que le recordaban á
Josefina.
Ella también estaba allí; salía á su encuentro más personal, más viva,
que entre la balumba de sus viejas ropas. Sus guantes parecían conservar
el calor y el relieve de aquellas manos que en otros tiempos se habían
hundido acariciadoras en la cabellera del artista; sus cuellos le
recordaban aquella columnilla de tibio marfil, en la cual tenia él
lugares preferidos, sensibles rincones donde depositaba sus besos.
Sus manos lo removieron todo con dolorosa curiosidad. Un abanico viejo,
guardado cuidadosamente, pareció emocionarle, á pesar de su pobre
aspecto. Entre las roturas de sus pliegues marcábanse viejos colores;
una cabeza pintada por él, cuando su mujer no era más que una amiga; un
obsequio á la señorita de Torrealta, que deseaba tener algo del joven
artista. En el fondo de un estuche brillaron con fulgor misterioso dos
enormes perlas rodeadas de brillantes. Un regalo de Milán; la primera
joya de verdadero valor que había comprado á su mujer, al pasar por la
plaza del Duomo; toda una remesa de dinero de su empresario de Roma,
invertida en este rico juguete que hacía ruborizar de placer á la
mujercita, mientras sus ojos se fijaban en él con intenso
agradecimiento.
Sus dedos ávidos, revolviendo estuches, cintas, pañuelos y guantes,
tropezaban con recuerdos á los que iba unida siempre su persona. Aquella
infeliz había vivido para él, sólo para él, como si su existencia no
fuese nada, como si únicamente tuviese significación unida á la suya.
Encontraba guardadas con religioso cuidado, entre cintas y cartones,
fotografías de los lugares en que había transcurrido su juventud; los
monumentos de Roma, las montañas de la antigua tierra pontificia, los
canales venecianos; vestigios del pasado que eran sin duda de gran valor
para ella, porque evocaban la imagen del marido. Y entre estos papeles
vió flores secas, aplastadas y frágiles; rosas soberbias ó modestas
florecillas del campo; áridos hierbajos, recuerdos anónimos, faltos de
significación, pero cuya importancia presentía Renovales, sospechando
que recordaban algún momento feliz, completamente olvidado por él.
Los retratos del artista, en las diversas edades de su vida, surgían de
todos los rincones, enredados en cintas, sepultados bajo las pilas de
finos pañuelos. Luego aparecieron varios paquetes de cartas, con la
tinta enrojecida por el tiempo, escritas en una letra que produjo cierta
inquietud al artista. La conocía; se asociaba vagamente á sus recuerdos,
como la cara de una persona cuyo nombre se resiste á la memoria. ¡Ah,
imbécil!... Era su letra, la letra torpe y pesada de su juventud, que
sólo tenia ligereza para el pincel. Allí estaba, en pliegos
amarillentos, toda la novela de su vida, sus esfuerzos intelectuales por
decir «cosas bonitas», lo mismo que los hombres que escriben. Nada
faltaba: las cartas de los primeros tiempos de noviazgo, cuando después
de verse y hablarse, aun sentían la necesidad de poner sobre el papel lo
que no osaban decirse los labios: otras con sello italiano, exuberantes
de fanfarrones juramentos de amor, ligeros billetes que la enviaba
cuando iba con otros artistas á pasar unos días en Napóles ó á visitar
alguna ciudad muerta de las Marcas Pontificias. Luego las cartas de
París llegadas al viejo palacio veneciano, preguntando con inquietud por
la pequeña, queriendo saber el curso de la lactancia, estremeciéndose de
pavor ante la posibilidad de las inevitables enfermedades de la niñez.
No faltaba ni una; todas estaban allí, guardadas como fetiches,
perfumadas de amor, aprisionadas en cintas, como bálsamos y vendajes de
una vida momificada. Las de ella habían tenido distinta suerte: su amor
escrito se había dispersado, perdiéndose en la nada: habían quedado
olvidadas en trajes viejos, se habían consumido en el fuego de chimeneas
de hotel, habían caído tal vez en manos extrañas, provocando crueles
risas con su tierna ingenuidad. El no guardaba más que unas cartas, las
de la otra; y al pensar en esto, sintió el remordimiento, la inmensa
vergüenza de una mala acción.
Leía las primeras líneas de algunos de estos pliegos, con cierta
extrañeza, como si fuesen de otro, admirando ingenuamente su acento
apasionado. ¡Y aquello lo había escrito él!... ¡Cómo amaba entonces á su
Josefina!... Parecíale imposible que este cariño hubiese terminado tan
fríamente. Se extrañaba de la indiferencia de los últimos años; no
recordaba ya los disgustos que habían agitado su vida común; veía ahora
á su mujer tal como fué en su juventud, con rostro sereno, grave
sonrisa, y la admiración en la mirada.
Siguió leyendo, pasando de una carta á otra con la vehemencia de una
lectura interesante. Admiraba su propia juventud, virtuosa en medio de
los arrebatos de pasión carnal; la castidad de su adhesión á la mujer, á
la única, á la indiscutible. Sentía ese gozo, impregnado de melancolía,
de la vejez decrépita que contempla su retrato primaveral. ¡Y él había
sido así! Del fondo de su alma parecía surgir una voz grave, con tono de
reproche: «Sí, así; cuando eras bueno; cuando eras honrado.»
Se sumió en esta lectura sin darse cuenta del curso del tiempo. De
pronto sintió pasos en el cercano corredor, ruido de faldas, la voz de
su hija. Fuera del hotel bramaba una bocina; su arrogante yerno que le
avisaba para que se apresurase. Trémulo de miedo por ser sorprendido,
sacó de los estuches las placas y las bandas y cerró precipitadamente el
armario.
La solemnidad académica fué casi un fracaso para Renovales. La condesa
le encontró muy interesante, en su palidez de emoción, constelado el
pecho de astros de pedrería, cortada la blanca pechera por varias líneas
de colorines. Pero apenas se levantó en medio de la general curiosidad,
con el cuaderno en la mano, y comenzó á leer los primeros párrafos, se
fué agrandando un murmullo, que acabó casi por sofocar su voz. Leía
sordamente, con la precipitación de un escolar que desea acabar pronto,
sin darse cuenta de lo que decía, en un rezo monótono y fatigante.
¡Adiós los sonoros ensayos en el estudio, la preparación minuciosa de
ademanes teatrales! Su pensamiento parecía estar en otra parte, lejos,
muy lejos de esta solemnidad; sus ojos sólo veían las letras. La
elegante concurrencia salió satisfecha de haberse reunido, viéndose una
vez más. Del discurso reían muchas bocas tras los abanicos de gasa, con
la satisfacción de arañar indirectamente á su buena amiga la de Alberca.
--¡Un horror, hija mía! ¡Una lata insufrible!
II
Apenas despertó al día siguiente, el maestro Renovales sintió un deseo
imperioso de aire libre, de luz, de espacios ilimitados, y salió del
hotel, no parando en su paseo, Castellana arriba, hasta llegar á los
desmontes vecinos al palacio de la Exposición.
La noche anterior había comido en casa de la de Alberca; un banquete
casi de ceremonia, en celebración de su ingreso académico, con
asistencia de muchos de los graves señores que formaban la tertulia de
la condesa. Ésta se había mostrado radiante de alegría, como si
festejase un triunfo suyo. El conde trataba con mayores respetos al
ilustre maestro, cual si acabase de dar el paso más grande en su fama
artística. Su respeto por todas las glorias decorativas le bacía admirar
aquella medalla de académico, única distinción que él no podía unir á su
carga de condecoraciones.
Renovales pasó una mala noche. El Champagne de la condesa fué triste
para él. Había vuelto á su casa con cierto temor, como si en ella le
esperase algo anormal que su inquietud no podía definir. Se despojó del
traje de ceremonia que le había atormentado varias horas, y se metió en
la cama, extrañándose del vago temor que le acompañó hasta los umbrales
de su casa. Nada veía de extraordinario en torno de él; su cuarto
ofrecía el mismo aspecto de todas las noches. Se durmió, vencido por el
cansancio, por la torpeza digestiva de aquel banquete extraordinario, y
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