anunciando que no había muerto, que sólo se había ocultado en la
madriguera cerebral para surgir más cruel, más insolente.
--¿Por qué no?--argüía el despiadado demonio, esparciendo en su
imaginación el polvillo de oro de las ilusiones.
Amor, gloria, alegría, una existencia nueva de artista; el
rejuvenecimiento del doctor Fausto; todo podía esperarlo si la muerte
piadosa venía á ayudarle, cortando la cadena que le emparejaba con la
tristeza y la enfermedad.
Pero inmediatamente surgía la protesta del horror. Aunque vivía como un
incrédulo, conservaba un alma religiosa, que en los momentos difíciles
de su existencia le impulsaba á aclamarse á todos los poderes
sobrehumanos y maravillosos, como si éstos tuvieran el deber ineludible
de acudir en su auxilio. «Señor, quitadme este horrible pensamiento.
Alejad la mala tentación. Que no muera; que viva, aunque yo perezca.»
Y al día siguiente, con la agitación del remordimiento, iba en busca de
ciertos médicos, amigos suyos, para consultarles minuciosamente. Ponía
en movimiento la casa, organizando la curación con arreglo á un vasto
plan, distribuyendo las medicinas por horas. Después, tranquilo ya,
volvía á su trabajo, á sus preocupaciones de artista, á sus anhelos de
hombre, sin acordarse de sus propósitos, creyendo salvada
definitivamente la vida de su mujer.
Ésta se presentó en su estudio una tarde después del almuerzo, y el
pintor, al verla, sintió cierta inquietud. Hacía mucho tiempo que
Josefina no entraba allí á las horas en que él trabajaba.
No quiso sentarse; se detuvo junto al caballete, hablando, sin mirar á
su marido, con voz lenta y humilde. Á Renovales le daba miedo esta
sencillez.
--Mariano, vengo á hablarte de la niña.
Quería casarla. Algún día había de ser, y cuanto antes mejor. Ella
moriría pronto y deseaba salir del mundo con la tranquilidad de ver á su
hija bien colocada.
Renovales creyó del caso protestar ruidosamente, con toda la vehemencia
del que no está muy seguro de lo que dice. ¡Tapones! ¡Morirse! ¿Y por
qué había de morir? ¡Ahora que estaba mejor que nunca! Lo único que le
faltaba era atender las indicaciones de los médicos.
--Moriré pronto--repitió fríamente.--Moriré y tú quedarás tranquilo.
Bien lo sabes.
El pintor quiso protestar con mayores aspavientos de indignación, pero
sus ojos se encontraron con la mirada fría de su mujer. Entonces se
limitó á levantar los hombros con ademán resignado. No quería discutir;
necesitaba conservarse tranquilo. Tenía que pintar; había de salir, como
todas las tardes, para asuntos importantísimos.
--Está bien; continúa. Milita se casa, ¿y con quién?...
Por el deseo de mantener su autoridad, de mostrar cierta iniciativa y
por su antiguo afecto al discípulo, se apresuró á hablar de éste. ¿Era
Soldevilla el candidato? Un buen muchacho y de porvenir. Adoraba á
Milita; había que ver la tristeza del pobrecillo cuando ésta le trataba
mal. Haría un excelente marido.
Josefina cortó esta charla del esposo con voz fría y tajante:
--No quiero pintores para mi hija; bien lo sabes. Bastante hay con lo de
su madre.
Milita se casaría con López de Sosa. Era cosa aceptada por ella. El
muchacho la había hablado, y seguro de su aprobación, dirigiría su
demanda al padre.
--¿Pero ella le quiere? ¿Tú crees, Josefina, que estas cosas pueden
arreglarse á tu gusto?
--Si le quiere; está conforme y desea casarse. Además, es hija tuya; lo
mismo aceptaría al otro. Lo que ella desea es libertad, verse lejos de
su madre, no vivir en la tristeza de mis enfermedades... Ella no lo
dice, no sabe siquiera que lo piensa, pero yo lo adivino.
Y como si al hablar de su hija no pudiera mantener la frialdad que tenía
con el marido, se llevó una mano á los ojos, recogiendo las silenciosas
lágrimas.
Renovales apeló á la brusquedad para salir del paso. Todo eran locuras,
invenciones de su cabeza enferma. Debía pensar en curarse y no en otra
cosa. ¡Á qué estas lágrimas! ¿Quería casar á su hija con aquel señorito
de los automóviles? Pues á ello. ¿No quería? Pues que la chica se
quedase en casa.
Ella mandaba; nadie la ponía obstáculos. ¡Que se celebrara la boda
cuanto antes! Él era un cero y no había por qué consultarle. Pero
tranquilidad, ¡tapones!... Tenía que trabajar; tenía que salir. Y cuando
vió que Josefina abandonaba el estudio para llorar libremente en otro
sitio, dió un bafido de satisfacción, contento de salir tán bien librado
de esta escena difícil.
Le parecía bien López de Sosa. ¡Excelente muchacho!... Y lo mismo
cualquier otro. Él no disponía de tiempo para fijarse en tales cosas.
Sus preocupaciones eran distintas.
Aceptó al futuro yerno, y muchas noches se quedó en casa para dar cierto
aire patriarcal á las veladas de familia. Milita y su prometido hablaban
en un extremo del salón. Cotoner, en plena beatitud digestiva, se
esforzaba por arrancar con sus palabras una pálida sonrisa á la señora
del maestro, que permanecía en un rincón, trémula de frío. Renovales, en
traje de casa, leía los periódicos, acariciado por ese ambiente dulce de
hogar tranquilo. ¡Si le viese la condesa!...
Una noche sonó en el salón el nombre de la de Alberca. Repasaba Milita
de memoria, con avidez juvenil, la lista de las amigas de la casa,
grandes señoras que no dejarían pasar su próximo matrimonio sin un
regalo magnifico.
--Concha no viene--dijo la joven.--Hace mucho tiempo que no la vemos por
aquí.
Hubo un silencio penoso, como si el nombre de la condesa enfriase la
atmósfera. Cotoner canturreó entre dientes, fingiéndose distraído: López
de Sosa buscó un cuaderno de música sobre el piano, hablando de él para
desviar la conversación. También éste parecía enterado.
--No viene porque no debe venir--dijo Josefina desde su rincón.--Ya
procura tu padre verla todos los días para que no nos olvide.
Renovales levantó la cabeza con expresión de protesta, como si le
despertasen de un plácido sueño. Los ojos de Josefina estaban fijos en
él, pero sin cólera, burlones y crueles. Reflejaban el mismo desprecio
con que le había herido en aquella noche triste. Ya no dijo más, pero el
maestro leía en aquellos ojos:
«Es inútil, buen hombre. Estás loco por ella, la sigues, pero ella es
para otros. La conozco bien... Todo lo sé. ¡Ay! ¡Cómo ríen las gentes de
ti! ¡Cómo me río yo!... ¡Cómo te desprecio!»
IV
Á principios del verano se verificó la boda de la hija de Renovales con
el elegante López de Sosa. Los periódicos publicaron columnas enteras
hablando de este acontecimiento, por el cual, según la expresión de
ciertos cronistas, «se unía la gloria y el esplendor del arte con el
prestigio de la aristocracia y la fortuna». Nadie se acordaba ya del
apodo de -Bonito en escabeche-.
El maestro Renovales hizo bien las cosas. No tenía más que una hija y
deseaba casarla con regio aparato; que Madrid y España entera se
enterasen de este suceso, cayendo sobre Milita un rayo de la gloria
conquistada por su padre.
La lista de los regalos fué grande. Todas las amistades del maestro,
elegantes damas, próceres de la política, artistas famosos y hasta
personas reales, figuraron en ella con su correspondiente obsequio.
Había para llenar una tienda. Los dos estudios de honor quedaron
convertidos en galerías de bazar, con interminables mesas cargadas de
objetos; una exposición de telas y dijes, visitada por todas las amigas
de Milita, aun las más lejanas y olvidadas, que venían á felicitarla
con palidez de envidia.
La condesa de Alberca envió también un regalo, enorme, estrepitoso, como
si no quisiera pasar inadvertida entre los amigos de la casa. El doctor
Monteverde estaba representado por un objeto modesto, aunque jamás había
visto á los novios ni le ligaba á la familia otra relación que su
amistad con el maestro.
La boda se celebró en el hotel, habilitando para capilla uno de sus
estudios. Cotoner corrió con todo lo referente á la ceremonia, muy
satisfecho de demostrar su influencia cerca de los personajes de la
Iglesia.
Renovales se preocupó del aliño del altar, queriendo que se notase,
hasta en los menores detalles, la mano de un artista. Sobre un fondo de
antiguos tapices colocó un viejo tríptico, una cruz medioeval, todos los
objetos de culto que llenaban su estudio como adornos decorativos, y
limpios de polvo y telarañas iban á recobrar por unos instantes su
importancia religiosa.
Las flores invadieron con su ola multicolor el hotel del ilustre
maestro. Las quería Renovales en todas partes; las había pedido á
Valencia y á Murcia, sin reparar en la cantidad; se extendían por los
marcos de las puertas y las líneas de las cornisas: se amontonaban
formando gigantescos ramos en las mesas y los rincones. Hasta se
balanceaban en paganas guirnaldas de una á otra columna de la fachada,
excitando la curiosidad de los transeuntes aglomerados al otro lado de
la verja; mujeres de mantón, muchachos con grandes cestas á la cabeza,
que permanecían embobados por la novedad, esperando que ocurriese en
aquella casa algo extraordinario, siguiendo las idas y venidas de los
criados que entraban atriles de música y un par de contrabajos ocultos
en fundas charoladas.
De buena mañana andaba Renovales de un lado á otro, con dos bandas sobre
la pechera y una constelación de astros dorados y centelleantes,
cubriendo todo un lado de su frac. Cotoner también se había puesto las
insignias de sus varias órdenes pontificias. El maestro se contemplaba
con cierta satisfacción en todos los espejos, admirando igualmente á su
amigo. Había que ponerse guapos; una fiesta como esta ya no la verían
más. Hacía preguntas incesantemente á su compañero, para convencerse de
que nada faltaba en los preparativos. El maestro Pedraza, gran amigo de
Renovales, dirigía la orquesta. Se habían reunido todos los músicos
mejores de Madrid, profesores del Real en su mayoría. El coro era bueno,
pero como voces notables sólo había podido echar mano de los artistas
que residían fijamente en la capital. La época no era la mejor; los
teatros estaban cerrados...
Cotoner seguía exponiendo sus trabajos. Á las diez en punto llegaría el
Nuncio, monseñor Orlandi, gran amigo de él; un -barbián-, todavía joven,
al que había conocido en Roma de prelado doméstico. Bastaron cuatro
palabras de Cotoner para que se dignase concederle el honor de casar á
los chicos. Los amigos son para las ocasiones. Y el pintor de los papas,
satisfecho de salir de su insignificancia, iba de salón en salón,
disponiéndolo todo, seguido del maestro, que aprobaba sus órdenes.
En un estudio los músicos y las mesas para el -lunch-. Las otras naves
para los invitados. ¿Faltaba algo?... Los dos artistas contemplaban el
altar, con sus tapices de apagados colores y sus candelabros, cruces y
relicarios, de un oro mate y viejo que parecía tragarse la luz sin
devolverla. Nada faltaba. Telas antiguas y guirnaldas de flores cubrían
las paredes, ocultando los estudios de color del maestro, ciertos
cuadros sin acabar, obras profanas que no podían tolerarse en el
ambiente discreto y entonado de aquella nave convertida en capilla. El
suelo estaba cubierto en parte por alfombras vistosas, persas y morunas.
Frente al altar dos reclinatorios, y tras ellos, para los invitados de
más importancia, todos los asientos lujosos del estudio: sillones
blancos del siglo XVIII, con escenas pastoriles bordadas, tijeras
griegas, sitiales de roble tallado, asientos venecianos, sillas sombrías
de interminable respaldo; una bizarra confusión de almacén de
antigüedades.
De pronto Cotoner dió un paso atrás, como escandalizado. ¡Qué
distracción! ¡Buena la habrían hecho de no fijarse él!... En el fondo
del estudio, frente al altar que cortaba una gran parte de la vidriera,
y recibiendo directamente la luz de ésta, destacábase una mujer enorme,
blanca, desnuda, con una mano velando su sexo y la otra cruzada ante el
saliente pecho. Era la Venus de Médicis, una pieza soberbia de mármol
que Renovales había traído de Italia. La pagana belleza parecía
desafiar, con su blancura luminosa, el amarillo mortecino de los sacros
objetos alineados en el extremo opuesto. Habituados á verla los dos
artistas, habían pasado varias veces junto á ella, sin reparar en su
desnudez, que parecía más insolente y triunfadora al convertirse el
estudio en oratorio.
Cotoner rompió á reir.
--¡Qué escándalo si no la vemos!... ¡Qué hubiesen dicho las señoras! Mi
amigo Orlandi creería que lo habías hecho tú, con cierta intención, pues
te tiene por algo verde... Anda, hijo; busquemos algo con que tapar á
esta dama.
Encontraron, después de mucho buscar en el desorden de los estudios, una
tela india de algodón, pintarrajeada de elefantes y flores de loto; la
extendieron sobre la cabeza de la diosa, cubriéndola hasta los pies, y
allí quedó como si fuese un misterio, una sorpresa para los invitados.
Iban llegando éstos. Fuera del hotel, junto á la verja, sonaba el piafar
de los caballos y el estrépito de las portezuelas al cerrarse. Lejos
rodaban otros carruajes, con rumor cada vez más próximo. En el vestíbulo
sonaba el roce de la seda arrastrando por el suelo y los criados iban de
un lado á otro recogiendo los abrigos y poniéndoles números como en los
teatros, para almacenarlos en un gabinete, convertido en guardarropa.
Cotoner dirigía á la servidumbre de cara rasurada ó luengas patillas,
vestida con fracs descoloridos. Renovales, en tanto, sonreía,
encorvándose con graciosas inclinaciones, saludando á las señoras que
llegaban con mantillas blancas ó negras, estrechando las manos de los
hombres, algunos de los cuales ostentaban vistosos uniformes.
El maestro sentíase conmovido por este desfile que cruzaba con cierta
ceremonia sus salones y estudios. Sonábanle en los oídos, como una
música acariciadora, el arrastre de las faldas, el rumor de los abanicos
al agitarse, los saludos de las gentes, los elogios que le dirigían por
su buen gusto. Llegaban todos con la misma satisfacción de ver y ser
vistos que les acompañaba á los estrenos teatrales y á las funciones de
gran gala. Música buena, asistencia del Nuncio, preparativos del gran
-lunch- que parecían olfatear, y además la certeza de ver su nombre
impreso al día siguiente, de encontrarse tal vez retratado en algún
periódico de -monos-. La boda de Emilia Renovales era un acontecimiento.
Entre la ola de gente elegante que se deslizaba sin cesar, invadiéndolo
todo, veíanse algunos jóvenes llevando en alto, con apresuramiento, sus
máquinas fotográficas. ¡Tendrían instantáneas! Los que guardaban cierto
resquemor contra el artista, acordándose de lo caro que les había
costado su retrato, le perdonaban ahora generosamente, excusando su
rapacidad. Era un maestro que vivía como un gran señor... Y Renovales
iba de un lado á otro, estrechando manos, haciendo cortesías, hablando
con cierta incoherencia, no sabiendo adónde acudir. Durante un momento
que permaneció en el vestíbulo, vió un trozo de jardín lleno de sol,
cubierto de flores, y al otro lado de la verja una masa negra: la
multitud admirada y risueña. Aspiró el perfume de las rosas y de las
esencias femeniles, sintiendo descender por su pecho la voluptuosidad
del optimismo. La vida era una gran cosa. La pobre muchedumbre, agolpada
fuera, le hizo recordar con cierto orgullo al hijo del herrero. ¡Dios!
¡Y cómo había subido!... Sentía agradecimiento hacia aquella gente rica
y ociosa que sustentaba su bienestar: esforzábase por que nada la
faltase y abrumaba á Cotoner con sus recomendaciones. Éste se revolvía
contra el maestro con la arrogancia del que ejerce autoridad. Su puesto
estaba dentro, cerca de los invitados. Debía dejarle á él, que sabía sus
obligaciones. Y volviendo la espalda á Mariano, daba órdenes á los
criados y enseñaba el camino á los que llegaban, bastándole una mirada
para reconocer su clase. «Por aquí, señores.»
Era un grupo de músicos, y lo encaminaba por un pasillo de la
servidumbre para que llegase á sus atriles sin mezclarse con los
invitados. Después reñía á una tropa de marmitones, que traían con
retraso las últimas remesas del -lunch-, y avanzaban entre la
concurrencia levantando sobre las cabezas de las señoras los grandes
cestos de mimbres.
Cotoner abandonó su puesto al ver surgir de la escalinata un sombrero de
felpa, con borlas de oro, sobre una cara pálida: después una sotana de
seda con botones y fajín morados, flanqueada de otras dos, negras y
modestas.
---¡Oh, monsignore! ¡Monsignore Orlandi! ¿Va bene? ¿Va bene?-
Le besó la mano, arqueándose con una gran reverencia, y después de
enterarse de su salud con ansioso interés, como si no le hubiese visto
el día anterior, rompió la marcha, abriéndole paso en los salones llenos
de gente.
--¡El Nuncio! ¡El Nuncio de Su Santidad!
Los hombres, con un recogimiento de personas decentes que saben respetar
las potestades, cesaban de reir, de hablar con las señoras, y se
inclinaban gravemente, recogiendo al paso aquella mano fina y pálida,
una mano de dama antigua, para besar la enorme piedra de su anillo.
Ellas contemplaban un momento, con ojos húmedos, á monseñor Orlandi, un
prelado distinguidísimo, un diplomático de la Iglesia, un noble de la
vieja nobleza romana, alto, enjuto, con fina palidez de hostia, el pelo
negro, los ojos imperiosos, y en ellos un brillo intenso de llama.
Tenía en sus movimientos una gentileza arrogante que recordaba la
apostura de los toreros. Las bocas femeninas se posaban ávidas en su
mano, mientras él contemplaba con ojos enigmáticos la fila de nucas
adorables inclinadas á su paso. Cotoner seguía avanzando, abriéndole
paso, orgulloso de su papel, conmovido por el respeto que infundía su
ilustre amigo el -barbián-. ¡Qué gran cosa la religión!...
Lo acompañó hasta la sacristía, que era el cuarto donde se desnudaban y
vestían las modelos. Quedó á la parte de fuera, discretamente; pero á
cada instante salía en su busca uno ú otro de los familiares,
jovenzuelos vivarachos, de movilidad femenil y lejano perfume, que
consideraban con cierto respeto al artista, creyéndole un personaje.
Llamaban al -signore- Cotoner, pidiéndole que les ayudase á buscar
ciertas cosas que monseñor había enviado el día antes, y el bohemio,
para evitarse nuevas reclamaciones, acabó por entrar en el cuarto de las
modelos, colaborando en el sacro tocado de su ilustre amigo.
En los salones se arremolinó la concurrencia; cesaron las conversaciones
y una avalancha de gente, después de agolparse ante una puerta, se abrió
dejando paso.
Avanzó la novia, apoyada en el brazo de un imponente señor, que era el
padrino, toda blanca; blanco de marfil el traje, blanco de nieve el
velo, blanco de nácar las flores. No había en ella otro color vivo que
el rosa saludable de sus mejillas y el rojo tostado de sus labios.
Sonreía á un lado y á otro, sin cortedad, sin timidez, satisfecha de la
fiesta y de ser ella su principal objeto. Después pasaba el novio, dando
el brazo á su nueva madre, la esposa del pintor, más pequeña que nunca,
encogida en su vestido de ceremonia, que le venía grande, aturdida por
este suceso ruidoso que rasgaba la dolorosa calma de su existencia.
¿Y el padre?... Renovales faltó á la ceremoniosa entrada: estaba
ocupadísimo atendiendo á los invitados; le retenía en un extremo del
salón una risa graciosa, medio oculta tras un abanico. Se había sentido
tocado en un hombro, y al volverse vió al solemne conde de Alberca
llevando del brazo á su esposa. El conde le había felicitado por el
aspecto de sus estudios: todo muy artístico. La condesa le felicitaba
también, en tono zumbón, por la importancia que aquel suceso tenía en su
vida. Llegaba el momento de retirarse, de decir adiós á la juventud.
--Le arrinconan á usted, querido maestro. Pronto le van á llamar abuelo.
Reía gozándose en la turbación y el rubor que le causaban estas palabras
compasivas. Pero antes de que Mariano pudiera contestar á la condesa, se
sintió arrastrado por Cotoner. ¿Qué hacía allí? Los novios estaban en el
altar; Monseñor comenzaba sus oficios; el asiento del padre permanecía
vacío. Y Renovales pasó media hora de tedio, siguiendo con mirada
distraída las ceremonias del prelado. Lejos, en el último estudio,
rompieron los instrumentos de cuerda en ruidoso acorde, y se desarrolló
una melodía de mundano misticismo, extendiendo sus ondas sonoras, de
habitación en habitación, en un ambiente cargado de perfume de rosas
ajadas.
Luego, una voz dulce, coreada por otras más roncas, comenzó á entonar
una plegaria que tenía el voluptuoso ritmo de las serenatas italianas.
Una emoción de pasajero sentimentalismo, pareció conmover á los
invitados. Cotoner, que vigilaba cerca del altar para que nada faltase á
Monseñor, sentíase enternecido por la música, por el aspecto de aquella
muchedumbre distinguida, por la gravedad teatral con que el prócer
romano sabía ejecutar las ceremonias de su profesión. Mirando á Milita
tan hermosa, arrodillada y con los ojos bajos en la envoltura de su velo
de nieve, el pobre bohemio parpadeaba para contener sus lágrimas. Sentía
la misma emoción que si se le casase una hija; ¡él, que no había tenido
ninguna!
Renovales se incorporaba, buscando los ojos de la condesa por encima de
las mantillas blancas y negras. Unas veces los encontraba fijos en él,
con expresión burlona; otras los veía buscando á Monteverde en la masa
de señores que llenaba la puerta.
Hubo un momento en que el pintor atendió á la ceremonia. ¡Cuán larga
era!... La música había cesado; Monseñor, de espaldas al altar, avanzaba
algunos pasos hacia los recién casados, extendiendo las manos, como si
fuese á hablarles. Se hizo un profundo silencio y la voz del italiano
comenzó á sonar en este recogimiento, con una pastosidad cantante,
vacilando ante algunas palabras, supliéndolas con otras de su idioma.
Expuso sus deberes á los cónyuges y se extendió, con cierta animación
oratoria, al elogiar su origen. De él dijo poco: era un representante de
las clases elevadas, de donde surgen los conductores de hombres; ya
conocía sus deberes. Ella era la descendiente de un gran pintor de fama
universal: de un artista.
Y al nombrar al arte, el prelado romano enardecíase, como si elogiase su
propia estirpe, con el profundo y firme entusiasmo de una vida
transcurrida entre las espléndidas decoraciones semipaganas del
Vaticano. «Después de Dios, no hay nada como el arte...» Y tras esta
afirmación, con la que creaba á la novia una nobleza superior á la de
muchas de aquellas gentes que la contemplaban, elogió las virtudes de
sus padres. Tuvo acentos admirables para el amor puro y la fidelidad
cristiana, lazos con los que llegaban unidos, Renovales y su mujer, á
las puertas de la vejez, y que seguramente les acompañarían hasta la
muerte. El pintor bajó la cabeza, temiendo encontrar las miradas
burlonas de Concha. Sonaron los lamentos ahogados de Josefina, con la
cara oculta en la blonda de su mantilla. Cotoner creyó del caso apoyar
con discretas afirmaciones de cabeza los elogios del prelado.
Después la orquesta tocó ruidosamente la -Marcha nupcial-, de
Mendelssohn; crujieron las sillas al ser echadas atrás, abalanzáronse
las señoras hacia la novia, y un zumbido de felicitaciones, formuladas á
gritos, por encima de las cabezas, y de estrujones por quién llegaría
antes, apagó el vibrar de las cuerdas y el sordo rugido del metal.
Monseñor, perdida su importancia al terminar la ceremonia, se dirigió
con sus familiares al cuarto de las modelos, pasando inadvertido entre
los grupos. La novia sonreía resignada, entre el círculo de brazos
femeninos que la estrujaban y de bocas amigas que caían sobre ella con
interminable besuqueo. Mostraba asombro por la sencillez del acto. ¿Ya
no quedaba más? ¿Realmente estaba casada?...
Cotoner vió á Josefina abriéndose paso, mirando con cierta impaciencia
entre los hombros de las gentes, con la cara animada por una oleada de
sangre. Su instinto de arreglador le avisó la proximidad de un peligro.
--Cójase de mi brazo, Josefina. Vamos fuera á respirar. Esto está
imposible.
Tomó su brazo, pero en vez de seguirle le arrastró entre las gentes que
se agolpaban en torno de su hija, hasta que se detuvo viendo, por fin, á
la condesa de Alberca. El prudente amigo se estremeció. Lo que él creía;
buscaba á la otra.
--¡Josefina... Josefina!....¡Que estamos en la boda de Milita!...
Pero su recomendación fué inútil. Concha, al ver á su antigua amiga,
corrió á ella. «¡Querida! ¡Tanto tiempo sin verte! Un beso... otro.» Y
la besó ruidosamente, con grandes transportes de efusión. La mujercita
sólo tuvo un intento de resistencia; pero se entregó, desalentada,
sonriendo con tristeza, vencida por la costumbre y la educación.
Devolvió aquellos besos fríamente, con gesto de indiferencia. No odiaba
á Concha. Si su marido no iba á ella, iría á otra; la enemiga temible,
la verdadera, estaba dentro de él.
Los novios, cogidos del brazo, risueños y algo fatigados por la
vehemencia de las felicitaciones, atravesaron los grupos, desapareciendo
seguidos de los acordes de la marcha triunfal.
Calló la música, y la gente asaltó aquellas mesas cubiertas de botellas,
fiambres y dulces, tras las cuales corrían azorados los criados, no
sabiendo cómo atender á tanta manga negra, á tanto brazo blanco, que
agarraban los platos de filete dorado y los cuchilletes de nácar
cruzados sobre los manjares. Era un motín sonriente y bien educado, pero
que se empujaba, pisando las colas de los vestidos, haciendo jugar los
codos, como si al terminar la ceremonia todos se sintiesen atenaceados
por el hambre.
Con el plato en la mano, sofocados y jadeantes tras el asalto, se
esparcían por los estudios, comiendo hasta en el mismo altar. No había
criados para tanto llamamiento: los jóvenes, arrebatando las botellas de
Champagne, iban de un lado á otro sirviendo copas á las señoras. Con
discreta alegría se saqueaban las mesas. Cubríanlas los domésticos
apresuradamente, y con no menos rapidez venían abajo las pirámides de
emparedados, de frutas, de dulces, y desaparecían las botellas. Los
taponazos sonaban dobles ó triples á un tiempo, con incesante tiroteo.
Renovales corría como un criado, cargado de platos y copas, yendo desde
las mesas rodeadas de gente, á los rincones donde estaban sentadas
algunas damas amigas. La de Alberca tomaba aires de dueña; le hacía ir y
venir con incesantes peticiones.
En uno de estos viajes tropezó con Soldevilla, el amado discípulo. No le
había visto en mucho tiempo. Parecía triste, pero se consolaba mirándose
el chaleco; una novedad que había dado -golpe- entre la gente joven; de
terciopelo negro, labrado á flores, y con botones de oro.
El maestro creyó que debía consolarle: ¡pobre muchacho! Por primera vez
le dió á entender que «estaba en el secreto».
--Yo quería otra cosa para mi hija, pero no ha podido ser. ¡Á trabajar,
Soldevillita! ¡Ánimo! Nosotros no debemos tener otra querida que la
pintura.
Y satisfecho de este consuelo bondadoso, volvió al lado de la condesa.
Á mediodía terminó la fiesta. López de Sosa y su mujer volvieron á
presentarse en traje de viaje: él con un abrigo de piel de zorro, á
pesar del calor, gorra de cuero y altas polainas; ella con un largo
impermeable hasta los pies y la cabeza oculta en un turbante de velos
espesos, como una odalisca fugitiva.
Á la puerta les esperaba la última adquisición del novio: un vehículo de
ochenta caballos que había comprado para su viaje de boda. Pasarían la
noche á algunos centenares de kilómetros, en el riñón de Castilla la
Vieja, en una finca heredada de sus padres, que nunca había visitado.
Boda -modernista-, como decía Cotoner; la intimidad amorosa en plena
carretera, sin otro testigo que las discretas espaldas del -chauffeur-.
Al día siguiente pensaban salir á correr Europa. Llegarían hasta Berlín;
tal vez fuesen más lejos.
López de Sosa repartió vigorosos apretones de manos, con la arrogancia
de un explorador, y salió para revisar su automóvil antes de partir.
Milita se dejó abrazar, llevándose en su envoltura de velos las lágrimas
de la madre.
--¡Adiós! ¡Adiós, hija mía!...
Y se acabó la boda.
Quedaron solos Renovales y su mujer. La ausencia de la hija, pareció
agrandar su soledad, ensanchando la distancia entre ellos. Se miraban
con extrañeza, huraños y tristes, sin una voz que, surgiendo entre su
silencio, les sirviera de puente para cambiar algunas palabras. Iba á
ser su existencia como la de los presidiarios que se odian y marchan
juntos, unidos por la misma cadena, en penosa promiscuidad, teniendo que
confundir los más bajos menesteres de la vida.
Los dos pensaron, como remedio á este aislamiento que les infundía
miedo, en llevar á vivir con ellos á los recién casados. El hotel era
grande, tenía espacio para todos. Pero Milita se opuso, con dulce
tenacidad, y su esposo le hizo coro. Necesitaba vivir cerca de sus
cocheras, de su garage. Además, ¿dónde establecería él, sin escándalo
del suegro, las preciosidades que coleccionaba, su gran museo de cabezas
de toros y trajes ensangrentados de matadores célebres, que era la
admiración de sus amigos y objeto de gran curiosidad para muchos
extranjeros?...
Al quedar solos el pintor y su mujer, les pareció que en un mes habían
envejecido muchos años: encontraron su hotel más enorme, más desierto,
con la sonoridad y el silencio de los monumentos abandonados. Renovales
quiso que Cotoner se trasladase al hotel; pero el bohemio se excusó con
cierto temor. Comería con ellos; pasaría gran parte del día en su casa;
eran su única familia; pero él deseaba conservar su libertad; no podía
prescindir del trato con sus numerosas amistades.
Bien entrado el verano, el maestro indujo á su mujer á realizar el mismo
viaje de otros años. Irían á una playa andaluza poco conocida; un
pueblecillo de pescadores en el que el artista había pintado muchos de
sus cuadros. Se aburría en Madrid. La condesa de Alberca estaba en
Biarritz con su marido. El doctor Monteverde se había marchado también,
arrastrado por ella.
Hicieron el viaje, pero éste no duró más de un mes. Apenas si el maestro
pudo llenar dos lienzos. Josefina sintióse enferma. Al llegar á la
playa, su vida sufrió una saludable reacción. Se mostraba más alegre;
permanecía horas enteras sentada en la arena, tostándose al sol, con una
impasibilidad de enferma hambrienta de calor, contemplando el mar con
ojos inexpresivos, cerca de su marido que pintaba rodeado de un
semicírculo de gentes miserables. Parecía más alegre, cantaba, sonreía
algunas veces al maestro, como si lo perdonase todo y quisiera olvidar;
pero de pronto había caído sobre ella una sombra de tristeza; su cuerpo
se sintió paralizado otra vez por la debilidad. Cobró aversión á la
playa alegre, á la dulce vida al aire libre, con esa repugnancia de
ciertos enfermos á la luz y el ruido, que les hace ocultarse en las
profundidades del lecho. Suspiró por su triste casa de Madrid. Allí
estaba mejor; sentíase más fuerte, rodeada de recuerdos; se creía más
segura del negro peligro que rondaba en torno de ella. Además, ansiaba
ver á su hija. Renovales debía telegrafiar á su yerno. Ya habían corrido
bastante por Europa; que volviesen; ella necesitaba ver á Milita.
Regresaron á Madrid á fines de Septiembre, y poco después se unieron á
ellos los recién casados, satisfechos de su excursión, y más satisfechos
aún de verse en tierra conocida. López de Sosa había sufrido conociendo
gentes más poderosas que él, que le humillaban con el lujo de sus
trenes. Su mujer deseaba vivir entre personas amigas para que admirasen
su bienestar. Dolíase de la falta de curiosidad de aquellos países donde
nadie se preocupaba de ella.
Josefina pareció animarse con la presencia de su hija. Ésta llegaba
muchas tardes, ostentando su lujo, que aun parecía más estrepitoso en
aquel Madrid veraniego, abandonado por la gente elegante, y se llevaba á
su madre, paseándola en automóvil por las inmediaciones de la capital,
corriendo los caminos llenos de polvo. Otras veces era Josefina la que,
en un arranque de voluntad, vencía la torpeza de su cuerpo, yendo á casa
de su hija (un piso principal de la calle de Olózaga) y admirando el
-confort- moderno de que vivía rodeada.
El maestro parecía aburrido. No tenía retratos que pintar; le era
imposible hacer nada en Madrid, saturado aún de la luz esplendente y los
intensos colores de la playa mediterránea. Además, le faltaba la
compañía de Cotoner, pues éste se había ido á una pequeña ciudad
castellana, de histórica ranciedad, donde recibía con cómica altivez los
honores debidos al genio, viviendo en el palacio del prelado y
asesinando con una restauración infame varios cuadros de la catedral.
La soledad aguzaba en Renovales el recuerdo de la de Alberca. Ésta, por
su parte, con gran abundancia epistolar, hacíase presente todos los
días en la memoria del pintor. Le había escrito al pueblecillo de la
costa y le escribía ahora á Madrid, queriendo saber cuál era su vida,
interesándose por los más insignificantes detalles, relatándole la suya
con una exuberancia que llenaba pliegos y pliegos, encerrando bajo cada
sobre una verdadera historia.
El pintor seguía la existencia de Concha minuto por minuto, como si la
estuviese presenciando. Le hablaba de -Darwin-, ocultando bajo este
nombre á Monteverde; se quejaba de su frialdad, de su indiferencia, de
aquel aire de conmiseración con que acogía su apasionamiento. «¡Ay,
maestro, soy muy desgraciada!» Otros días la carta era triunfal,
optimista: la condesa mostrábase radiante, y el pintor leía entre líneas
su satisfacción, adivinaba su embriaguez tras aquellas entrevistas
audaces, en la propia casa, desafiando la ceguera del marido. Y ella se
lo contaba todo, con una confianza impúdica y desesperante, como si
fuese de su mismo sexo, como si no pudiera sentir la más leve emoción
ante estas confidencias.
En las últimas cartas mostrábase Concha loca de alegría. El conde estaba
en San Sebastián para despedirse de sus reyes: una alta misión
diplomática. Aunque no era de la -carrera-, le habían escogido como
representante de la más solemne nobleza española, para llevar el Toisón
á un principillo de uno de los más diminutos estados alemanes. El pobre
señor, ya que no alcanzaba la áurea distinción, consolábase llevándola á
otros con gran pompa. Renovales presentía en todo esta la mano de la
condesa. Sus cartas irradiaban la alegría. Iba á quedarse sola con
-Darwin-, pues el noble señor estaría ausente mucho tiempo. ¡La vida
marital con el doctor, sin riesgos ni inquietudes!...
Renovales sólo leía estas cartas por curiosidad; ya no despertaban en él
una emoción intensa y duradera. Se había acostumbrado á su situación de
confidente: se enfriaba su deseo con la franqueza de aquella mujer que
se libraba á él, comunicándole todos sus secretos. Su cuerpo era lo
único que le quedaba por conocer; su vida interna la poseía como ninguno
de sus amantes, y comenzaba á sentirse fatigado de esta posesión. La
distancia y la ausencia le infundían una fría serenidad. Al acabar la
lectura de estas cartas pensaba siempre lo mismo. «Está loca; ¿qué me
importarán á mí sus secretos?...»
Transcurrió una semana sin que recibiese noticias de Biarritz. Los
periódicos hablaban del viaje del respetable conde de Alberca. Ya estaba
en Alemania, con todo su cortejo, preparándose á colocar el noble
cordero sobre los principescos hombros. Renovales sonreía
maliciosamente, sin emoción, sin envidia, al pensar en el silencio de la
condesa. Su soledad la había traído, sin duda, grandes ocupaciones...
De pronto, una tarde tuvo noticias de ella del modo más inesperado.
Salía Renovales de su hotel, á la puesta del sol, para dar un paseo por
los altos del Hipódromo, á lo largo del Canalillo, contemplando Madrid
desde esta eminencia, cuando en la puerta de la verja, un muchachillo de
rojo dolmán, mandadero de una agencia, le tendió una carta. El pintor
hizo un gesto de sorpresa al reconocer la letra de Concha. Cuatro
renglones apresurados, nerviosos. Acababa de llegar aquella tarde en el
exprés de Francia, con su doncella Mary. Estaba sola en casa. «Venga
usted... Corra... Noticias graves; voy á morir.» Y el maestro corrió,
aunque no le impresionase gran cosa este anuncio de muerte. Ya sería
algo menos. Estaba acostumbrado á las exageraciones de la condesa.
La casa señorial de los Alberca tenía la sonoridad, la penumbra y el
ambiente polvoroso de los edificios abandonados. No quedaba en ella otra
servidumbre que el portero. Junto á la escalera jugueteaban sus hijos,
como si aun no estuviesen enterados de la llegada de la señora. Arriba,
los muebles estaban enfundados de gris; las lámparas con envoltorios de
tela; los bronces y las lunas de los espejos, mates y como muertos bajo
una capa de polvo. Mary le abrió la puerta, guiándole al través de los
salones obscuros, de fétida atmósfera, con los balcones cerrados, faltos
de cortinajes y sin otra luz que la que entraba por las rendijas.
En un gabinete tropezó con varias maletas, todavía llenas, caídas y
olvidadas en la precipitación de una llegada anormal.
Al término de esta peregrinación, casi á tientas por la casa abandonada,
vió una mancha de luz, la puerta del dormitorio de la condesa, la única
habitación con vida, iluminada por el lejano resplandor del sol
poniente. Concha estaba allí, junto á la ventana, hundida en un sillón,
con el ceño fruncido, la mirada perdida, coloreada de un tono anaranjado
por la luz moribunda.
Al ver al pintor, púsose de pie con un movimiento de resorte, extendió
los brazos y corrió á él, como si la persiguiesen.
--¡Mariano! ¡Maestro! ¡Se fué!... ¡Me abandona para siempre!...
Su voz era un alarido: se abrazaba á él, hundiendo su cabeza en uno de
sus hombros, mojándole la barba con las lágrimas que comenzaban á surgir
de sus ojos cayendo gota á gota.
Renovales, á impulsos de la sorpresa, la repelió dulcemente, y la hizo
volver al sillón.
--¿Pero quién se ha ido? ¿Quién es ese?... -¿Darwin?-
Sí; él. Todo había acabado. La condesa apenas podía hablar; un hipo
doloroso cortaba sus palabras. La rabia de verse abandonada y su orgullo
pisoteado, revolvíanse haciendo temblar su cuerpo. Había huido en plena
dicha, cuando ella creía tenerle más seguro, cuando gozaban de una
libertad que nunca habían conocido. El señor estaba cansado; la amaba
aún--según decía en una carta,--pero deseaba verse libre para continuar
sus estudios. Huía agradecido á sus bondades, ahíto de tanto amor, para
ocultarse en el extranjero y ser un grande hombre, no pensando más en
mujeres. Así decía en los breves renglones que la había enviado al
desaparecer. ¡Mentira, todo mentira! Ella adivinaba otras cosas. El
miserable se había escapado con una -cocotte-, tras la cual se le iban
los ojos en la playa de Biarritz. Una fea, de gracia canallesca, que
debía enloquecer á los hombres con misteriosas variedades del pecado.
¡Las personas decentes cansaban á aquel señorito! Debía también sentirse
ofendido porque no le alcanzaba la cátedra, porque no le habían hecho
diputado. ¡Señor! ¿Qué culpa tenía ella de estos fracasos? ¿No había
hecho todo lo posible?...
--¡Ay, Mariano! Yo creo que voy á morir. Esto no es amor; ya no le
quiero: ¡le detesto! Es rabia, indignación, deseos de coger á ese
mequetrefe... ansias de ahogarle. ¡Con tantas locuras que he hecho por
él!... Señor, ¡dónde tenía yo los ojos!
Al verse abandonada no había sentado más que un deseo: correr en busca
del buen amigo, del consejero, del -hermano-; ir á Madrid para ver á
Renovales y contárselo todo, ¡todo!, impulsada por su necesidad de
confesarse con él, de comunicarle hasta ciertos secretos cuyo recuerdo
la hacía enrojecer.
No tenía en el mundo nadie que la amase desinteresadamente, nadie á
excepción del maestro: y con la misma precipitación que si se viera
abandonada en medio del desierto y de la noche, había corrido hacia él,
pidiendo calor y amparo.
Este anhelo de ser protegida, recrudecíase en presencia del pintor.
Volvía á ir á él, con los brazos abiertos, colgándose de su cuello,
gimiendo con un terror de histérica, como si se creyera rodeada de
peligros.
--Maestro: sólo le tengo á usted. ¡Mariano, usted es mi vida! ¿No me
abandonará nunca? ¿Será siempre mi hermano?...
Renovales, aturdido por la precipitación de esta escena, por el impulso
de aquella mujer que siempre le había repelido, y ahora de pronto se
pegaba á él, no pudiendo sostenerse más que cogida á su cuello,
intentaba desligarse de los brazos que le oprimían.
Después de la primera sorpresa persistía en él cierta frialdad. Sentíase
molestado por esta desesperación orgullosa, que era obra del otro.
La deseada, la hembra del ensueño, venia á él, parecía abrirse con
histérico bostezo, ansiosa de devorarle, sin darse cuenta tal vez de lo
que hacía, empujada por la inconsciencia de su estado anormal; pero él
se echaba atrás, con repentino miedo, indeciso y cobarde ante la acción,
dolido de que la realidad de sus anhelos se presentara, no
voluntariamente, sino á impulsos del desengaño y el abandono.
Concha se apretaba contra él, ansiosa de sentir la protección de su
cuerpo vigoroso.
--¡Maestro! ¡amigo! ¡Usted no me abandonará! ¡Usted es bueno!...
Y cerrando los ojos, que ya no lloraban, besábale el musculoso cuello,
elevaba la mirada húmeda, buscando su rostro en la penumbra. Apenas se
veían: la habitación estaba en misterioso crepúsculo, con todos los
objetos sumidos en la indecisión de un ensueño: la hora peligrosa que
les había atraído por vez primera en la soledad del estudio.
De pronto, ella se separó con repentino terror, huyendo del maestro,
refugiándose en las sombras más densas, perseguida por unas manos
ávidas.
--¡No; eso no! ¡Nos traerá desgracias! Amigos... ¡amigos nada más, y por
siempre!
Su voz, al decir esto, era sincera, pero débil, desfallecida; voz de
víctima que se resiste é intenta defenderse sin fuerzas. El pintor,
perdido en la sombra, sintió la bestial satisfacción del guerrero
primitivo, que tras las largas hambres en el desierto, hartábase de las
abundancias de la ciudad asaltada, entre rugidos salvajes.
Cuando despertó era de noche. La luz de los reverberos de la calle
entraba por las ventanas con resplandor rojizo y lejano.
El artista se estremeció con una impresión de frío, como si emergiese de
una onda, olorosa y susurrante, que le había envuelto, no recordaba
cuánto tiempo. Sentíase débil, anonadado, con la inquietud del niño
después de una mala acción.
Concha se lamentaba junto á él. ¡Qué locura! Todo había sido contra su
voluntad: presentía grandes desgracias. Su miedo turbaba el placentero
abandono, que la hacía permanecer inmóvil en las últimas dulzuras del
sacrificio.
Ella fué la primera en recobrar la serenidad. Su silueta se elevó sobre
el fondo luminoso de una ventana. Llamaba al pintor, que permanecía
avergonzado en la sombra.
--Al fin... había de ser--dijo con firmeza.--Era un juego peligroso, y
no podía terminar de otro modo. Ahora comprendo que te quería; que eras
tú el único á quien yo puedo querer.
Renovales estaba junto á ella. Sus dos figuras marcaron una silueta
única sobre el fondo luminoso de la ventana, con un estrujón supremo,
como si quisieran confundirse, refugiarse una en otra.
Las manos de ella separaron suavemente los mechones que ocultaban la
frente del artista... Le contempló con arrobamiento. Después le besó
dulcemente en la boca, con caricia interminable, susurrando leves
palabras.
--Marianito, maestro del alma... Te amo, te admiro. Seré tu esclava...
No me dejes nunca... Te buscaría de rodillas... Tú no sabes cómo voy á
quererte... No te me escaparás: tú lo has querido... pintor de mis
entrañas... feo adorable... gigantón... ídolo mío.
V
Una tarde, á fines de Octubre, Renovales notó en su amigo Cotoner cierta
inquietud.
El maestro bromeaba con él, haciéndole relatar sus trabajos de
restaurador en el antiguo templo. Había vuelto más grueso, más alegre,
con cierto lustre grasoso y sacerdotal. Se había traído, según decía
Renovales, toda la salud de los canónigos. La mesa del obispo, con sus
abundancias suculentas, era un dulce recuerdo para Cotoner. La ensalzaba
y la describía, elogiando á aquellos buenos señores que, como él, vivían
exentos de pasiones, sin otra voluptuosidad que la de una refinada
nutrición. El maestro reíase imaginando la sencillez de los sacerdotes
que por las tardes, después del coro, formaban grupo ante el andamio de
Cotoner, siguiendo con admiración la labor de sus manos; el respeto de
los familiares y demás gente palaciega, pendiente de los labios de don
José, asombrados de tanta sencillez en un artista que era amigo de los
cardenales y había hecho sus estudios nada menos que en Roma.
Al verle el maestro aquella tarde, grave y silencioso después del
almuerzo, quiso saber cuál era su preocupación. ¿Se habían quejado de
sus restauraciones? ¿Ya no le quedaba dinero?... Cotoner movió su
cabeza. No era asunto suyo. Le preocupaba el estado de Josefina. ¿No se
fijaba en ella?...
Renovales levantó los hombros. Era lo de siempre: la neurastenia, la
diabetes, todas aquellas dolencias ya crónicas y de las que no quería
curarse, desobedeciendo á los médicos. Estaba más enflaquecida, pero sus
nervios parecían calmados; lloraba menos: manteníase en un mutismo
triste, sin otro deseo que verse sola y permanecer en un rincón, mirando
ante ella, sin ver nada.
Cotoner volvió á mover la cabeza. No era extraño el optimismo de
Renovales.
--Llevas una vida muy rara, Mariano. Desde que regresé de mi viaje, eres
otro; no te conozco. Antes no podías vivir sin pintar, y ahora pasan
semanas enteras sin coger un pincel. Fumas, cantas, te paseas por el
estudio, y de repente echas á correr, sales de casa y vas... adonde vas;
adonde sé yo, y tal vez lo sospecha tu mujer... Parece que nos
divertimos, maestro... ¡Y á los demás que los parta un rayo! Pero,
hombre, baja de las nubes; fíjate en lo que te rodea; ten un poco de
caridad.
Y el buen Cotoner lamentábase con vehemencia de la vida que llevaba el
maestro; vida agitada por repentinas impaciencias y bruscas salidas, de
las que regresaba distraído, con una débil sonrisa en los labios y una
mirada vaga, como si saborease en interna contemplación la fiesta de
recuerdos que traía en su memoria.
El viejo pintor mostrábase alarmado por la delgadez creciente de
Josefina: una consunción feroz, que aun encontraba materias que destruir
en su organismo, roído por varios años de enfermedad. La pobre mujercita
tosía, y esta tos, que no era seca, sino prolongada en varios tonos y
bruscas sacudidas, alarmaba á Cotoner.
--Debían verla los médicos otra vez.
--¡Los médicos!--exclamaba Renovales.--¿Y para qué? Toda una facultad ha
pasado por aquí, y como si nada. No obedece; se niega á todo, tal vez
por desesperarme, por llevarme la contraria. No hay peligro: tú no la
conoces. Ahí, donde la ves tan débil, tan poquita cosa, vivirá más que
tú, más que yo.
En su voz había temblores de cólera, como si le enfureciese el ambiente
uraño de aquella casa, en la que no encontraba otra distracción que los
gratos recuerdos que traía de fuera.
La insistencia de Cotoner acabó por obligarle á llamar á un médico amigo
suyo.
Josefina se irritó, adivinando los cuidados que inspiraba su salud. Ella
se sentía fuerte. No era más que un catarro; el invierno que llegaba. Y
en sus miradas al artista había reproche é insulto, por esta atención,
que consideraba una hipocresía.
Cuando después de examinar á la enferma se trasladaron al estudio,
quedando frente á frente el pintor y el médico, éste se mostró indeciso,
como si temiese formular sus ideas. Nada podía decir con certeza; era
fácil engañarse en aquel organismo pobre que sólo se mantenía por una
reserva vital extraordinaria... Después apeló al procedimiento evasivo
de su profesión. Convendría sacarla de Madrid... otros aires... otra
vida.
Renovales protestó. ¡Adónde ir, comenzado ya el invierno, cuando en
pleno verano había querido ella volver á su casa! El médico levantó los
hombros y redactó una receta, notándose en su gesto el deseo de escribir
algo, de no marcharse sin dejar un papel como rastro de su paso. Explicó
al marido varios síntomas, para que los observase en la enferma, y se
fué, repitiendo su encogimiento de hombros, que revelaba indecisión y
desaliento.
--¡Pchs! ¡Quién sabe!... ¡Tal vez! El organismo tiene reacciones
inesperadas: reservas maravillosas para defenderse...
Estos consuelos enigmáticos alarmaron á Renovales. Espiaba con disimulo
á su mujer, estudiando su tos, examinándola atentamente cuando ella no
le veía. Ya no pasaban juntos la noche. Desde el casamiento de Milita,
el padre ocupaba la habitación de ésta. Habían roto la esclavitud del
lecho común que atormentaba su descanso. Renovales remediaba este
alejamiento entrando en el dormitorio de Josefina por las mañanas.
--¿Has pasado la noche bien? ¿Quieres algo?
Los ojos de la mujer le acogían con una mirada de extrañeza, de
hostilidad.
--Nada.
Y acompañaba este laconismo, revolviéndose en el lecho, para dejarle á
su espalda con gesto despectivo.
El pintor acogía sus muestras de hostilidad con mansa resignación. Era
su deber: ¡tal vez podía morirse! Pero esta posibilidad de la muerte no
le conmovía, le dejaba frío, y se irritaba contra sí mismo, como si
dentro de su pensamiento existiesen dos personalidades distintas... Se
echaba en cara su crueldad, aquella glacial indiferencia ante la
enferma, que sólo le producía un pasajero remordimiento.
Una tarde, en casa de la de Alberca, después de los audaces abandonos
con los que parecían desafiar la santa calma del prócer, vuelto ya del
viaje, el pintor habló tímidamente de su mujer.
--Vendré menos; no lo extrañes. Josefina está muy enferma.
--¿Mucho?--preguntó Concha.
Y en la chispa que pasó por su mirada, creyó ver Renovales algo
conocido; un resplandor azul que había danzado ante él en la obscuridad
de sus noches, con brillo infernal, turbando su conciencia.
--No: tal vez no sea nada. Yo creo que no es de peligro.
Sentía la necesidad de mentir. Se consolaba quitando importancia á la
enfermedad. Creía descargarse, con este engaño voluntario, de la
inquietud que le aguijoneaba. Era la mentira del que se sincera,
fingiendo ignorar, la importancia del daño causado.
--No es nada--decía á su hija, que, alarmada por el aspecto de mamá,
venía á pasar con ella todas las noches.--Un constipado; ronquera de
invierno. Eso desaparecerá así que llegue el buen tiempo.
Hacía encender todas las chimeneas de la casa: una atmósfera de horno
esparcíase por las habitaciones. Afirmaba á gritos, sin emoción alguna,
que su mujer sólo sufría un resfriado, y al hablar con esta certeza, una
voz extraña parecía gritarle dentro del cráneo: «Mentira; se muere. Se
muere y tú lo sabes.»
Los síntomas de que le había hablado el médico, iban presentándose uno
tras otro, con fatídica regularidad, en un engranaje mortal. Al
principio sólo notó en ella una fiebre viva y continua, que parecía
aumentarse á la caída de la tarde, con profundos estremecimientos.
Después observó sudores, de una abundancia aterradora; sudores nocturnos
que dejaban impresa en las sábanas la huella de su cuerpo. Y á este
cuerpo mísero, cada vez más frágil, más esquelético, como si el fuego de
la fiebre devorase hasta la última partícula de su grasa y sus músculos,
no le quedaba otra envoltura y defensa que la piel, que también parecía
liquidarse en eterna humedad. La tos era frecuente; rasgaba á todas
horas con su escala de ronquidos fatigosos el silencio del hotel, y la
débil mujercita se incorporaba buscando dónde ocultar los residuos de la
erupción dolorosa que conmovía sus pulmones. Se quejaba de un continuo
dolor en la base del pecho. Su hija la hacía comer, á costa de ruegos y
caricias, llevándola la cuchara á la boca como si fuese una niña; pero
la tos y la náusea cortaban la nutrición, espeliendo el alimento. Su
lengua estaba seca. Se quejaba de una sed infernal que parecía devorarle
las entrañas.
Así transcurrió un mes. Renovales, en su afán optimista, esforzábase por
creer que la enfermedad no iría más lejos.
--No se muere, Pepe--decía con tono enérgico, como dispuesto á pelearse
con el que se opusiera á esta afirmación.--No se muere, doctor. ¿No lo
cree usted así?
El doctor contestaba con su eterno encogimiento de hombros. «Tal vez...
Es posible.» Y como la enferma se negase con tenacidad á todo examen
interior, iba enterándose de los síntomas por las revelaciones de la
hija y el marido.
Á pesar de su esquelética delgadez, aumentaban de volumen algunas partes
de su cuerpo. El vientre era mayor: las piernas ofrecían extraña
particularidad: una, delgadísima, enjuta, marcando bajo la piel las
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