La vaga esperanza de encontrar á la condesa en la Moncloa, de pasear con
ella toda una tarde, libre de aquel círculo de señores insufribles que
la rodeaban con su babosa adoración, le tuvo inquieto toda la noche y la
mañana siguiente, como si realmente le aguardase una cita de amor.
¿Iría? ¿No sería aquella promesa más que un capricho prontamente
olvidado?... Envió una carta á un ex-ministro, al que estaba retratando,
para que aquella tarde no viniese al estudio, y después del almuerzo
montó en un coche de alquiler, exigiendo al cochero que arrease al
caballo, que le llevara volando, como si temiese llegar tarde.
Sabía que aun faltaban horas para que ella acudiese, si es que acudía;
pero una impaciencia loca y sin fundamento agitaba al artista. Creía,
sin saber por qué, que llegando con anticipación aceleraba la presencia
de la condesa.
Echó pie á tierra en la plazoleta, frente al pequeño palacio de la
Moncloa. El carruaje se alejó hacia Madrid, cuesta arriba, por una
avenida que ocultaba su término tras una bóveda lejana de ramaje seco.
Renovales paseó solo por la plazoleta. Brillaba el sol en un pedazo de
cielo azul, limitado por oleajes de nubes. En los lugares adonde no
alcanzaban sus rayos, sentíase frío. Corría el agua al pie de los
árboles, después de gotear desde sus ramas y escurrirse en hilos por los
troncos, con la abundante fluidez del deshielo. El bosque parecía llorar
de gozo bajo la caricia del sol, que deshacía los últimos restos de su
blanca mortaja.
El majestuoso silencio de la Naturaleza abandonada á su propio poder,
rodeaba al artista. Los pinos se movían en largas ráfagas, poblando el
espacio de estremecimientos de arpa. La plazoleta permanecía en la
sombra glacial de los árboles. Arriba, sobre el frontón del palacete,
buscando el sol por encima de las copas de los pinos, revoloteaban en
espiral unas cuantas palomas en torno de la vieja asta de bandera y de
los bustos clásicos ennegrecidos por la intemperie. Después, cansadas de
volar, se abatían sobre los balcones de herraje oxidado, añadiendo un
adorno blanco y palpitante, un festón de plumas y susurros al viejo
edificio. En medio de la plazoleta, un cisne de mármol, con el cuello
violentamente tendido hacia el cielo, lanzaba en el espacio un chorro,
cuyo murmullo parecía aumentar la impresión de frío glacial que se
sentía en la sombra.
Renovales comenzó á pasear, aplastando en los sitios sombríos la
escarcha helada que crujía bajo sus pies. Se asomó al balaustre circular
de hierro que cierra una parte de la plazoleta. Por entre la celosía del
negro ramaje, en el que comenzaban á apuntar los primeros brotes, vió la
cordillera que limita el horizonte: los montes del Guadarrama, fantasmas
de la nieve, que se confundían con las masas de nubes. Más acá, los
montes del Pardo marcaban sus obscuras cúspides, negras de pinos, y á la
izquierda extendían las lomas de la Casa de Campo sus laderas, en las
que comenzaba á verdear, con tonos amarillentos, la vegetación
primaveral.
Á sus pies esparcíanse los campos de la Moncloa, los jardincillos de
arcaica construcción, la arboleda de los Viveros orlando el curso del
río. Por los caminos de abajo pasaban coches de lujo, reflejando el sol
en su charolada superficie como una borla de fuego. Las praderas, el
follaje de los bosques, todo parecía lavado y brillante después de la
reciente mojadura. La eterna nota verde de infinitas variaciones, desde
el negro al amarillo, sonreía al sentir el contacto del sol tras el
refresco de la nieve. Á lo lejos, rasgando el espacio con la enorme
sonoridad de las tardes tranquilas, retumbaban continuos disparos de
escopeta. Cazaban en la Casa de Campo. Entre las columnatas de los
troncos y las verdes sábanas de las praderas, brillaba el agua herida
por el sol; trozos de estanque, fragmentos de canal, charcas formadas
por el deshielo, como filos temblones y luminosos de espadas gigantescas
perdidas en la hierba.
Renovales apenas miró el paisaje; no le decía nada aquella tarde. Otras
eran sus preocupaciones. Vió descender por la avenida una berlina
elegante y abandonó el mirador para salir á su encuentro. ¡Ella que
llegaba!... Pero la berlina pasó junto á él sin detenerse, con lento y
majestuoso rodar, y vió al través de sus vidrios una señora vieja,
envuelta en pieles, con los ojos hundidos y la boca torcida, moviendo su
cabeza, temblorosa de senectud, al compás de la marcha. Se alejó el
carruaje hacia la pequeña iglesia inmediata al palacio y el pintor
volvió á quedar solo.
¡Ay! No vendría. Comenzaba á decirle el corazón que su espera era
inútil.
Unas niñas, con los zapatos rotos y flotantes sobre el cuello sus lacias
melenillas dadas de aceite, comenzaron á correr por la plazoleta.
Renovales no vió de dónde habían salido. Tal vez eran las hijas del
guardián del palacete.
Por la avenida avanzaba un guarda con la escopeta pendiente del hombro y
la bocina al costado. Más allá se aproximaba un hombre vestido de negro
con aspecto de doméstico, escoltado por dos perros enormes, dos daneses
majestuosos, de un gris azulado, que marchaban con cierta dignidad,
prudentes y mesurados, pero orgullosos de su estampa, que metía miedo.
Carruaje no se veía ninguno. ¡Vive Dios!...
Sentado el maestro en uno de los bancos de piedra, acabó por sacar el
pequeño álbum que llevaba siempre con él. Dibujaba las figuras de las
niñas en sus correteos alrededor de la fuente. Era un medio para que la
espera fuese menos larga. Una tras otra dibujó todas las niñas; después
las sorprendió en varios grupos, pero acabaron por desaparecer detrás
del palacio, descendiendo hacia el Caño Gordo. Renovales, falto de
distracción, abandonó su banco y dió varios paseos, golpeando el suelo
ruidosamente. Tenía los pies helados; el frío y la espera le ponían de
un humor terrible. Después fué á colocarse en otro banco, cerca del
criado vestido de negro, que tenía á los dos perros junto á sus
rodillas. Estaban inmóviles sobre sus patas traseras, descansando con la
dignidad de personas mayores, mirando con sus ojos grises, de
inteligente parpadeo, á aquel señor que los contemplaba atentamente y
después movía su lápiz sobre el cuaderno apoyado en una rodilla. El
pintor dibujó los dos perros en diversas posturas, entregándose á este
trabajo con tal entusiasmo, que llegó á olvidar el motivo que le había
llevado allí. ¡Ah, las adorables bestias! Renovales amaba los animales
en los que la hermosura va unida á la fuerza. De vivir solo, entregado
á sus gustos, hubiera convertido su hotel en una casa de fieras.
Se fué el criado con sus perros y volvió el artista á quedar solo.
Pasaron varias parejas con lento paso, en alarmante intimidad,
perdiéndose tras el palacio, hacia los jardincillos de abajo. Después un
grupo de seminaristas, dejando detrás de ellos, con el revoloteo de las
sotanas, ese hedor especial de carne sana, casta y sucia, que es el
perfume de los cuarteles y los conventos... ¡Y la condesa sin llegar!
El pintor fué de nuevo á acodarse en el balaustre del mirador. Sólo
esperaría media hora más. Declinaba la tarde; el sol aun se mantenía
alto, pero de vez en cuando se entenebrecía el paisaje. Las nubes,
contenidas en los rediles del horizonte, habían quedado en libertad y
rodaban por el campo del cielo tomando fantásticas formas, trotando
ávidas en tumultuosa dispersión, como si quisieran tragarse la bola de
fuego que resbalaba lenta sobre un pedazo de raso azul.
De pronto Renovales sintió en su espalda algo así como un choque, en el
sitio del corazón. Nadie le había tocado; era un aviso de sus nervios,
que parecían más excitados, más fieros, desde hacía algún tiempo. Ella
estaba cerca, llegaba, tenía la certeza. Y al volverse la vió, muy lejos
aún, descendiendo por la avenida, vestida de negro, con una chaqueta de
piel, las manos en un pequeño manguito y el velillo sobre los ojos. Su
alta y elegante silueta marcábase sobre la tierra amarillenta, al pasar
de un tronco á otro. Un carruaje, el suyo, volvíase cuesta arriba para
esperarla tal vez en lo alto, junto á la escuela de Agricultura.
Al encontrarse en mitad de la plazoleta, ella le tendió su manecita
enguantada, tibia por el encierro del manguito, y los dos se dirigieron
conversando hacia el mirador.
--Vengo furiosa... un disgusto de muerte. No pensaba venir; no me
acordaba de usted; palabra. Pero al salir de casa del presidente pensé
en el maestro. Tenía la seguridad de encontrarle aquí y he venido para
que se me quite el mal humor.
Al través del velo vió Renovales sus ojos, que brillaban con cierta
hostilidad, su linda boca contraída en las comisuras por un pliegue
rabioso.
Hablaba con rapidez, deseosa de echar fuera la cólera que hinchaba su
pecho, sin fijarse en lo que la rodeaba, como si se hallase en su salón,
donde todo le era familiar.
Había ido á ver al presidente para recomendarle -su asunto-; un deseo
del conde, de cuya realización pendía su felicidad. El pobre Paco (era
su marido) soñaba con el Toisón de Oro. Sólo esto le faltaba para
coronar la torre de cruces, llaves y bandas que iba elevando en torno de
su persona, desde la barriga al cuello, no dejando un milímetro de su
tronco sin este revestimiento glorioso. ¡El Toisón de Oro y luego
morir!... ¿Por qué no habían de dar gusto á Paco, un hombre tan bueno,
incapaz de hacer daño á una mosca? ¿Qué les costaba concederle este
juguete, haciéndole feliz?...
--Ya no hay amigos, Mariano--decía la condesa con amargura.--Ese
presidente es un tonto que olvida á sus antiguas amistades al verse jefe
del gobierno. ¡Yo, que le he conocido suspirando cerca de mí como un
tenor de zarzuela, haciéndome el amor (sí, á usted se lo digo) y
queriendo matarse al ver que le despreciaba por cursi y por tonto!...
Esta tarde, lo de siempre; mucho cogerme la mano, mucho de poner los
ojos en blanco, «querida Concha», «hermosa Concha» y otras frases de
merengue: lo mismo que cuando canta en el Congreso como un canario
viejo. Total, que no puede ser lo del Toisón; que él lo siente mucho,
pero en Palacio no quieren.
Y la condesa, como si viese por vez primera el lugar en que estaba,
dirigió sus ojos iracundos á las obscuras lomas de la Casa de Campo,
donde seguían sonando disparos.
--¡Después dicen si una piensa de este modo ó del otro! Yo soy
anarquista, ¿me oye usted, Mariano? Cada vez me siento más
revolucionaria. No se ría usted, que no es cosa de broma. El pobre Paco,
que es un cordero de Dios, se asusta al oirme. «Mujer, piensa en lo que
somos. Debemos estar bien con la casa grande.» Pero yo me sublevo;
conozco el personal: un atajo de indecentes. ¿Por qué no ha de tener mi
Paco el Toisón, si el pobrecito lo necesita? Crea usted, maestro, que me
da rabia este país tan cobarde y tan mansurrón. Debía repetirse aquí el
93 de Francia. Si yo fuese sola, sin todas esas zarandajas del nombre y
la posición, haría hoy algo sonado. Echaría una bomba... Una bomba, no;
cogería un revólver y...
--¡Fuego!--dijo el pintor con voz enérgica al mismo tiempo que rompía á
reir.
Concha se hizo atrás con un gesto de enfado.
--Nada de bromas, maestro. ¡Mire usted que me voy! ¡Mire usted que le
pego!... Esto es más serio de lo que usted cree. ¡Para bromitas está la
tarde!
Pero desmintiendo con su carácter variable la gravedad que pretendía dar
á sus palabras, la condesa sonrió levemente, como si le acariciase un
buen recuerdo.
--No todo han sido fracasos--dijo tras una larga pausa.--Yo no me voy
con las manos vacías. El presidente, que no me quiere tener por enemiga,
me ha ofrecido una compensación, ya que lo del -borrego- es imposible.
Un acta de diputado en la primera elección parcial que se anuncie.
Los ojos de Renovales abriéronse con asombro.
--¿Y para qué quiere usted eso, criatura? ¿Á quién va á dársela?
--¡Á quién!--remedó Concha con grotesca expresión de asombro.--¡Á quién!
¡Á quién ha de ser, grandísimo tonto!... No va á ser á usted, que no
entiende de esto ni de nada, aparte de sus pinceles... Es para
Monteverde, para el doctor, que hará grandes cosas.
La carcajada sonora del artista retumbó en el silencio de la plazoleta.
--¡Darwin diputado de la mayoría! ¡Darwin diciendo sí y no!...
Y tras estas exclamaciones continuó sus risotadas de cómico asombro.
--Ríase usted, feo; abra más esa bocaza; mueva sus barbas de apóstol.
¡Qué gracioso está usted! ¿Y qué tiene eso de particular?... Pero no se
ría usted más. ¡Mire usted que me pone nerviosa! ¡Mire usted que me voy
si continúa así!...
Quedaron silenciosos largo rato. La condesa no tardó en olvidar sus
preocupaciones con la movilidad y la ligereza que obtenía toda impresión
en su cerebro de pájaro. Miró en torno de ella con ojos desdeñosos,
deseando mortificar al pintor. ¿Y era aquello lo que tanto entusiasmaba
á Renovales? ¿No había más?...
Lentamente comenzaron su paseo, descendiendo á los viejos jardines
escalonados detrás del palacio. Bajaron entre pendientes cubiertas de
musgo, por suaves declives rayados del negro pedernal de los peldaños.
El silencio era profundo. Susurraba el agua del deshielo al caer de los
troncos, formando arroyuelos que serpenteaban cuesta abajo, casi
invisibles bajo la hierba. En algunas umbrías aun quedaban, como vedijas
de blanca lana, montones de nieve, resistiéndose á la general
licuefacción. Sonaba el chillido estridente de los pájaros, como el
arañazo de un diamante sobre el cristal. En el borde de las
escalinatas, los basamentos de piedra roída y negruzca recordaban las
invisibles estatuas y los jarrones que habían sostenido. Los pequeños
jardines, recortados en formas geométricas, extendían en cada meseta las
grecas obscuras de su tapiz de follaje. En las plazoletas cantaba el
agua, chorreando en estanques de oxidadas barandillas, ó desplomándose
en el triple plato de altas fuentes que animaban la soledad con su
interminable lamento. El agua por todas partes: en el aire, en el suelo,
susurrante, glacial, aumentando la fría impresión de aquel paisaje, en
el que el sol parecía una pincelada roja sin calor.
Pasaron bajo arcos de verdura, entre árboles enormes y moribundos,
cubiertos hasta el tope por los serpenteantes anillos de hiedra, rozando
los troncos seculares, chapados por la humedad con costras verdosas y
amarillas. Los senderos estaban limitados á un lado por las cuestas, en
cuya cumbre sonaba un invisible cencerreo, viéndose aparecer de vez en
cuando, sobre el fondo azul del espacio, la maciza silueta de una vaca
de lento andar. Al lado opuesto, una barandilla rústica de troncos
pintados de blanco cerraba el sendero, y tras ella, en lo hondo,
extendíanse los obscuros parterres con su melancólica soledad y sus
chorros que lloraban día y noche en un ambiente de vejez y abandono. Las
zarzas de apretado tejido, esparcíanse de árbol en árbol por las
laderas. Los esbeltos cipreses, los pinos rectos y gallardos, de
finísimo tronco, formaban una espesa columnata, un enrejado que filtraba
la luz del sol, una luz de apoteosis, falsa, teatral, rayando el suelo
de fajas de oro y barras de sombra.
El pintor elogiaba con entusiasmo estos lugares. Era el único rincón
para artistas que podía hallarse en Madrid. Allí había trabajado el gran
don Francisco. Parecía que, tras una revuelta del sendero, iban á
tropezarse con Goya, sentado junto al caballete, frunciendo el ceño
malhumorado ante alguna duquesa gentil que le servía de modelo.
Los trajes modernos parecían desentonar en este fondo. Renovales
declaraba de rigor, para tal paisaje, una casaca brillante, peluca
empolvada, medias de seda y marchar junto á una falda escurrida, con el
talle bajo los pechos.
La condesa sonrió escuchando al pintor. Miraba en torno de ella con gran
curiosidad: no estaba mal aquel paseo: creía verlo por primera vez él.
¡Muy bonito! pero ella no era mujer de campo.
El mejor paisaje para su gusto eran las sedas de un salón, y en cuanto á
árboles, le gustaban más los de las decoraciones del teatro Real con
acompañamiento de música.
--Me fastidia el campo, maestro. Me pone triste. La Naturaleza, si la
dejan sola y entregada á sí misma, es muy ordinaria.
Entraron en una plazoleta ocupada por un estanque á ras de tierra, con
pilastras que revelaban la antigua existencia de una barandilla. El
agua, engrosada por la filtración de las nieves, desbordábase fuera del
marco de piedra, extendiéndose en delgada sábana, para rodar cuesta
abajo. La condesa se detuvo, temiendo mojarse los pies. El pintor abrió
la marcha, apoyando sus plantas en los sitios menos húmedos, tomándola
una mano para guiarla, y ella le siguió, riendo de este obstáculo y
recogiéndose las faldas.
Al continuar su camino por otro sendero, Renovales conservó agarrada
aquella manecita suave, percibiendo su dulce calor al través del guante.
Ella la abandonaba, como si no se diese cuenta de este contacto, pero
con una lejana expresión de malicia en sus labios y sus ojos. El maestro
parecía indeciso, con cierto embarazo, como si no supiese cómo empezar.
--¿Siempre igual?--preguntó con voz débil.--¿No hay un poco de caridad?
La condesa prorrumpió en una carcajada sonora.
--Ya salió; me lo esperaba; por eso me resistía á venir. En el carruaje
me he dicho varias veces: «Hija mía, haces mal en ir á la Moncloa; te
vas á aburrir; te espera la declaración número mil.»
Luego adoptó un tono de cómica indignación.
--Pero maestro, ¿es que no puede hablarse con usted de otra cosa? ¿Es
que las mujeres estamos condenadas á no poder tratar á un hombre sin que
se crea obligado á lanzarnos una declaración?
Renovales protestó. Podía decir esto á cualquier otro, á él no, pues
estaba enamorado. Lo juraba; se lo diría de rodillas para que lo
creyese; ¡enamorado como un loco! Pero ella le remedaba grotescamente,
llevándose una mano al pecho y riendo de un modo cruel.
--Sí; conozco la canción; es inútil que la repita; me la sé de memoria.
«Un volcán en el pecho... imposible vivir... Si no me amas me mato...»
Lo mismo dicen todos; no he visto una falta mayor de originalidad...
Maestro, ¡por Dios! no se ponga usted cursi. ¡Un hombre como usted
diciendo esas cosas!...
Renovales quedó aturdido por este remedo burlón. Pero Concha, como si se
apiadara de él, se apresuró á añadir en tono cariñoso:
--¿Qué necesidad tiene usted de enamorarme? ¿Se imagina usted que le
apreciaré menos si prescinde de esa obligación que creen tener todos los
hombres que me rodean?... Yo le quiero á usted, maestro; necesito verle;
sentiría mucho que riñésemos. Le quiero como á un amigo; el mejor de
todos, el primero. Le quiero porque es usted bueno; un niño grandote; un
bebé barbudo que no sabe ni pizca así del mundo, pero tiene mucho
talento, ¡mucho!... Tenía ganas de que nos viésemos á solas un buen rato
para hablarle con toda libertad, para decirle esto. Le quiero como no
quiero á nadie. Siento al lado de usted una confianza como ninguno me la
inspira. Buenos amigos; hermanos, si usted quiere... ¡Pero no ponga
usted esa carátula triste! ¡Alégrese un poco! ¡Suelte esa carcajada que
me alegra el alma, ilustre maestro!
Pero el maestro permanecía hosco, mirando al suelo, enredando con cierta
furia los dedos de su diestra en la maraña de sus barbas.
--Todo eso son mentiras, Concha--dijo rudamente.--La verdad es que usted
está enamorada; que la tiene loca ese trasto de Monteverde.
La condesa sonrió como si la halagase la brusquedad de estas palabras.
--Pues bien; sí, Mariano. Nos queremos; yo creo amarle como no he amado
á ningún hombre. Á nadie se lo he dicho: usted es el primero que lo oye
de mí, porque es usted mi amigo, porque con usted no sé lo que me pasa,
que se lo digo todo. Nos queremos; mejor dicho, soy yo la que le quiere
mucho más que él á mí. Hay en mi amor algo de agradecimiento. Yo no me
forjo ilusiones, Mariano. ¡Treinta y seis años! Sólo á usted me atrevo á
confesar la edad. Todavía estoy presentable; me defiendo bien; pero él
es mucho más joven. Unos años más, y casi podría ser su madre...
Calló un momento, como asustada por esta diferencia de edad entre su
amante y ella, pero luego añadió con repentina confianza:
--Él también me quiere, lo reconozco. Soy para él la consejera, la
inspiradora; dice que conmigo se siente con nuevas fuerzas para el
trabajo; que será un grande hombre, gracias á mí. Pero yo le quiero
más, mucho más; hay una desigualdad en nuestro cariño casi tan grande
como en nuestras edades.
--¿Y por qué no me ama usted á mí?--dijo el maestro con voz
lacrimosa.--Yo la adoro; se trocarían los papeles. Sería yo quien la
rodease de una idolatría eterna, y usted se dejaría adorar, se dejaría
acariciar como un ídolo, viéndome con la frente junto á sus pies.
Concha rió de nuevo, remedando grotescamente la voz sorda, el ademán
apasionado y los ojos vehementes del artista.
--«¿Y por qué no me ama usted?...» ¡Maestro, no sea usted niño! Esas
cosas no se preguntan; en el amor no se manda. No le quiero como usted
desea, porque no puede ser. Conténtese con ser el primero de mis amigos.
Sepa que me permito con usted confianzas que tal vez no tengo con
Monteverde. Sí; le digo á usted cosas que nunca le diré á él...
--¡Pero lo otro!--exclamó el pintor con rabia.--Lo que yo necesito; su
cuerpo, del que siento hambre; su hermosura; el verdadero amor...
--Maestro, conténgase--dijo ella con afectada pudibundez.--¡Que le
conozco! ¡Que va usted á soltar esas indecencias que se le ocurren
siempre que desnuda con los ojos á una mujer!... ¡Que me voy por no
oirle!...
Luego añadió con una gravedad maternal, como si quisiera corregir al
vehemente maestro:
--Yo soy menos loca de lo que creen. Pienso prudentemente en las
consecuencias de mis actos... Mariano, mírese usted bien, fíjese en lo
que le rodea. Una mujer; una hija que el mejor día se le casa; la
perspectiva próxima de ser abuelo. ¡Y aun piensa usted en locuras! Yo no
podría acceder á lo que usted me propone, aunque le amase... ¡Qué
horror! ¡Engañar á Josefina, mi amiga del colegio! La pobrecita, tan
dulce, tan buena... siempre enferma. No, Mariano; nunca. Sólo se pueden
arrostrar esos compromisos cuando el hombre es libre. Yo no me sentiría
con fuerzas para amarle á usted. Amigos, nada más que amigos...
--Pues no lo seremos--exclamó Renovales con impetuosidad.--Me alejaré
para siempre de su casa; no la veré á usted más; haré lo imposible por
olvidarla. Es un suplicio insufrible. Viviré más tranquilo no viéndola.
--No se irá usted--dijo Concha dulcemente, con la seguridad de su
fuerza.--Se quedará á mi lado como siempre, si es que me quiere, y yo
tendré en usted el mejor de los amigos... No sea usted criatura,
maestro; verá usted como nuestra amistad es algo dulce que no comprende
ahora. Tendré para usted lo que no conocen los demás: intimidad,
confianza.
Y al decir esto ponía en el brazo del pintor una de sus manecitas, se
apoyaba con cierto abandono, fijando en sus ojos unas pupilas en las que
lucía algo enigmático y misterioso.
El sonido de una bocina llegó hasta ellos: un rumor de velocidad rasgaba
el aire con sordo voltear de ruedas. Pasó por abajo un automóvil á toda
marcha, siguiendo la carretera. Renovales intentó reconocer á los
muñequillos que montaban este vehículo, empequeñecido como un juguete
por la distancia. Tal vez fuese López de Sosa el que guiaba y su mujer y
su hija aquellas dos figurillas, envueltas en velos, que ocupaban los
asientos.
La posibilidad de que Josefina pasase por el fondo del paisaje sin
verle, sin advertir que él estaba allí, olvidado de todo, enamorado y
suplicante, le paralizó, con la emoción del remordimiento.
Permanecieron mucho rato inmóviles, silenciosos, apoyados en la baranda
de troncos, mirando al través de la columnata de árboles el sol
brillante, de un rojo de cereza, que descendía inflamando el horizonte
con resplandores de incendio. Las nubes plomizas, viéndolo próximo á
morir, le acometían con traidora voracidad.
Concha contemplaba la puesta del sol con el interés que ofrece un
espectáculo visto muy de tarde en tarde.
--Mire usted, maestro, aquella nube enorme. ¡Qué negra! Parece un
dragón... No; es un hipopótamo; fíjese en sus patas redondas como
torres. ¡Cómo trota! Se va á comer el sol. ¡Que se lo come!... ¡Ya se lo
tragó!
Se ensombrecía el paisaje. El sol había desaparecido en el interior de
aquel monstruo que llenaba el horizonte. Su lomo ondulado erizábase de
plata, y como si no pudiera contener el ardoroso astro, estallaba su
vientre, dejando caer una lluvia de pálidos rayos. Después, abrasado por
esta digestión, desvanecíase en humo, rasgábase en negras vedijas, y
otra vez aparecía el rojo disco, bañando de oro cielos y tierra,
poblando de inquietos peces de fuego el agua de los estanques.
Renovales, apoyado en la baranda, con un codo junto á la condesa,
aspiraba el perfume de ésta, sintiendo el cálido contacto y las durezas
salientes de un lado de su cuerpo.
--Volvamos, maestro--dijo ella con cierta inquietud.--Siento frío...
Además, con un acompañante como usted, es imposible permanecer
tranquila.
Y apresuraba el paso, adivinando con su experiencia de los hombres el
peligro de permanecer en la soledad al lado de Renovales. Presagiaba en
su rostro pálido y emocionado una próxima audacia, el avance brutal é
impetuoso.
En la plazoleta del Caño Gordo se cruzaron con una pareja que descendía
lentamente, muy pegados los dos, no atreviéndose á enlazar sus brazos
todavía, pero dispuestos á cogerse del talle apenas desaparecieran en el
próximo sendero. El joven llevaba la capa bajo el brazo, con la
arrogancia de un galán de comedia antigua; ella, pequeñita y pálida, sin
otra belleza que la de la juventud, se arrebujaba en un pobre mantón y
caminaba con los ojos cándidos puestos en los de su compañero.
--Algún estudiante con su modista--dijo Renovales al dejarlos á su
espalda.--Éstos son más felices que nosotros, Concha: su paseo será más
dulce.
--Nos hacemos viejos, maestro--dijo ella con una entonación de falsa
tristeza, excluyéndose de la vejez, cargando todo el peso de la edad
sobre su acompañante.
Renovales se revolvió con los últimos ardores de su protesta.
--¿Y por qué no he de ser yo tan feliz como ese chico? ¿No tengo derecho
á ello?... Concha, usted no sabe quien soy; usted lo olvida,
acostumbrada como está á tratarme como un chiquillo. Soy Renovales el
pintor, el célebre maestro: me conocen en todo el mundo.
Y hablaba de su gloria con brutal inmodestia, irritado cada vez más por
la frialdad de aquella mujer; exhibiendo su renombre como un manto de
luz, que debía cegar á las hembras haciéndolas caer á sus pies. ¿Y un
hombre como él tenía que verse pospuesto por aquel doctorcillo
ridículo?...
La condesa sonreía con expresión de lástima. Sus ojos mostraban también
cierta conmiseración. ¡Tonto! ¡Niño! ¡Qué simplezas tenían los hombres
de talento!
--Sí; usted es grande, maestro. Por eso me enorgullezco con su amistad.
Hasta reconozco que me da cierta importancia... Le quiero; siento por
usted admiración.
--Admiración no, Concha: ¡amor!... ¡Ser uno de otro!... Amor completo...
Ella seguía riendo.
--¡Ay, hijo! ¡Amor!...
Sus ojos parecían hablarle irónicamente. No conocía á las mujeres. El
amor no distingue de talentos; es un ignorante y por eso se vanagloria
de su ceguera. Sólo percibe el aroma de la juventud, de la vida en flor.
--Seremos amigos, Mariano: amigos nada más. Usted se acostumbrará
encontrando dulce nuestro afecto... No sea usted -material-; parece
imposible que sea usted un artista. Idealismo, maestro; mucho idealismo.
Y siguió hablándole desde lo alto de su conmiseración, hasta que se
separaron cerca del sitio donde la esperaba el coche.
--Amigos, Mariano. Nada más que amigos... pero de veras.
Al alejarse Concha, anduvo Renovales en la penumbra del crepúsculo,
hasta salir de la Moncloa, gesticulando y cerrando los puños. Viéndose
solo volvía á renacer su cólera é insultaba mentalmente á la condesa,
libre ya de la supeditación amorosa que sufría en su presencia. ¡Cómo se
divertía con él! ¡Cómo reirían sus enemigos al verle sometido y sin
voluntad, en manos de aquella mujer que había sido de tantos! El orgullo
le hacía insistir en su deseo de conquistarla, fuese como fuese, aun á
costa de humillaciones y brutalidades. Era un empeño de honor hacerla
suya, aunque sólo fuese por una vez, y luego vengarse repeliéndola,
arrojándola á sus plantas, diciendo con gesto de soberano: «Esto hago yo
con los que se me resisten.»
Pero luego se dió cuenta de su debilidad. Siempre sería vencido por
aquella hembra que le miraba fríamente, que era incapaz de perder su
calma y le consideraba como un ser inferior. El desaliento le hizo
pensar en su casa, en la enferma, en los deberes que le ligaban á ella,
y sintió la amarga voluptuosidad del que se sacrifica, cargando con su
cruz.
Estaba decidido. Huiría de aquella mujer. No la vería más.
III
Y no la vió; no la vió en dos días. Pero al tercero llegó á sus manos
una cartita azul, de sobre prolongado, saturada de un fuerte perfume que
tenia la virtud de estremecerle.
La condesa se quejaba de su ausencia con cariñosos lamentos. Necesitaba
verle, tenía que decirle muchas cosas. Una verdadera carta de amor, que
el artista se apresuró á ocultar, temiendo que su lectura hiciera
suponer lo que no era cierto aún.
Renovales se mostró indignado.
--Iré á verla--se dijo, paseando por el estudio;--pero será para decirla
cuatro frescas, para acabar de una vez. Si cree que va á jugar conmigo,
se equivoca; no sabe que yo, cuando quiero, soy de piedra.
¡Pobre maestro! Mientras en un extremo de su pensamiento formulaba sus
fieros propósitos de hombre de piedra, en el otro, una voz dulce cantaba
con el arrullo de la ilusión:
--Ve pronto; aprovecha el tiempo. Tal vez se ha arrepentido. Te espera:
va á ser tuya.
Y el artista corrió ansioso á casa de la condesa. Nada. Se quejó de su
ausencia con una tristeza mimosa. ¡Ella que le quería tanto!...
Necesitaba verle; no podía permanecer tranquila creyendo que le guardaba
enojo por lo de la otra tarde. Y pasaron cerca de dos horas en el
gabinete que la servia de despacho, hasta que al caer la tarde
comenzaron á llegar los graves amigos de la condesa, su tertulia de
mudos adoradores, presentándose el último Monteverde, con la calma del
que no teme peligro alguno.
El pintor salió de aquella casa sin otra novedad que dos besos en una
mano de la condesa. La caricia protocolaria, y nada más. Cada vez que
intentaba ir más allá, remontándose á lo largo del brazo, la hermosa
señora le contenía con un gesto imperioso.
--¡Que me enfado, maestro, y no le recibo más á solas!... ¡Que falta
usted á lo convenido!
Renovales protestaba. Nada habían convenido, pero Concha lograba
calmarle instantáneamente preguntando por Milita, haciendo elogios de su
hermosura, pidiendo noticias de la pobre Josefina, tan buena, tan
simpática, interesándose por su salud y anunciando una próxima visita. Y
el maestro quedaba cohibido, atormentado por el remordimiento, no
atreviéndose á nuevos avances, hasta que se desvanecía la penosa
impresión.
Volvió Renovales á casa de la condesa, como siempre. Sentía la necesidad
de verla; se había acostumbrado á los vehementes elogios que aquella
boca hacía de sus méritos de artista.
Algunas veces despertaba su carácter impetuoso de otros tiempos, y
sentía el deseo de desprenderse de esta cadena vergonzosa. Aquella mujer
le tenía como embrujado: llamábale para nada; parecía gozarse con
hacerle sufrir; le necesitaba como un juguete. Con un cinismo tranquilo
hablaba de Monteverde y de sus amores, lo mismo que si el doctor fuese
su esposo. Necesitaba confiar á alguien los incidentes de su vida
oculta, con esa franqueza imperiosa que arrastra los delincuentes á la
confesión. Poco á poco iniciaba al maestro en sus secretos pasionales,
relatando sin rubor los incidentes más íntimos de aquellos encuentros,
que muchas veces eran en la propia casa. Abusaban de la ceguera del
conde, el cual parecía como atontado por su fracaso del Toisón: gozaban
un deleite malsano con la zozobra de ser sorprendidos.
--Á usted se lo digo todo, Mariano. No sé lo que me ocurre con usted. Le
quiero como á un hermano. Un hermano, no... más bien, una amiga; una
amiga de confianza.
Al verse solo Renovales abominaba de la franqueza de Concha. Era lo que
la gente creía; muy simpática, muy bonita, pero sin ningún escrúpulo
moral. En cuanto á él, insultábase en el bizarro lenguaje de sus tiempos
de bohemio, comparándose con todos los animales cornudos que podía
recordar.
--No vuelvo más. Es una vergüenza. ¡Bonito papel estás haciendo,
maestro!
Pero apenas se mantenía ausente dos días, presentábase Mary, la doncella
francesa de la de Alberca, con la cartita perfumada, ó llegaba ésta por
el correo interior, destacándose subversiva, escandalosa, entre los
otros sobres de la correspondencia del maestro.
--¡Esa mujer!--exclamaba Renovales apresurándose á ocultar el llamativo
billete.--¡Qué falta de prudencia!... El mejor día va á fijarse Josefina
en estas cartitas.
Cotoner, en su ciega admiración al ídolo que consideraba irresistible,
imaginábase á la de Alberca loca de amor tras el maestro, y movía la
cabeza tristemente.
--Esto acabará mal, Mariano. Debes romper con esa señora. ¡La paz del
hogar! Te esperan muchos disgustos.
Las cartas siempre eran iguales. Interminables lamentaciones por sus
cortas ausencias. «-Cher maître-, no he podido dormir esta noche
pensando en usted...» y acababa firmando «su admiradora y buena amiga
-Coquillerosse-», un nombre de guerra que había adoptado para su
correspondencia con el artista.
Le escribía desordenadamente, á horas extrañas, siguiendo los impulsos
de su imaginación y sus nervios en perpetua anormalidad. Unas veces
fechaba sus cartas á las tres de la madrugada: no podía dormir, saltaba
del lecho, y para entretener su insomnio llenaba cuatro pliegos de su
menuda letra, dirigidos al buen amigo, con una facilidad de pluma
desesperante, hablándole del conde, de lo que decían sus amigas,
comunicándole las últimas murmuraciones que circulaban contra los de «la
casa grande», lamentándose de las frialdades de su doctor. En otras
ocasiones eran cuatro lineas lacónicas, desesperadas; un llamamiento
angustioso. «Venga usted en seguida, querido Mariano. Un asunto
urgentísimo.»
Y el maestro, abandonando sus trabajos, corría á primera hora á casa de
la condesa, recibiéndole ésta en la cama, en su dormitorio cargado de
perfumes, donde no había entrado en muchos años el hombre de las
condecoraciones.
Llegaba ansioso el pintor, inquieto por la posibilidad de terribles
acontecimientos, y Concha, agitándose entre las bordadas sábanas,
recogiéndose los dorados mechones que se escapaban de las blondas de su
gorra, hablaba y hablaba con la incoherencia de un canto de pájaro, como
si el silencio nocturno produjese en ella una indigestión de palabras.
Se le habían ocurrido grandes ideas: había pensado durante el sueño una
teoría científica completamente original, que haría las delicias de
Monteverde. Y gravemente se la explicaba al maestro, el cual movía su
cabeza sin entender una palabra, pensando que era un dolor ver una boca
tan hermosa empleada en soltar tantas necedades.
Otras veces le hablaba del discurso que estaba preparando para cierto
festival de la Asociación Feminista, la obra magna de su presidencia: y
sacando de entre las sábanas sus brazos ebúrneos, con una tranquilidad
que trastornaba á Renovales, cogía de la vecina mesa unos pliegos
garrapateados con lápiz, pidiendo al buen amigo que le dijese quién era
el pintor más grande del mundo, pues había dejado un claro para llenarlo
con este nombre.
Después de una hora de charla incesante, mientras el artista la devoraba
en silencio con los ojos, llegaba por fin al asunto urgente, al
llamamiento desesperado que había hecho abandonar sus trabajos al
maestro. Eran siempre motivos de vida ó muerte; compromisos, en los que
iba su honor. Unas veces que pintase cualquier cosita en el abanico de
una señora extranjera deseosa de llevarse de España algo del gran
maestro. Se lo había pedido la interesada en una -soirée- diplomática la
noche antes, por conocer su amistad con Renovales. En otras ocasiones le
llamaba para pedirle una -manchita-, un apunte, cualquier cosa de las
que rodaban por los rincones de su estudio, para una tómbola benéfica de
la Asociación á beneficio de las pobres que habían perdido su virtud, y
á las cuales la condesa y sus amigas mostraban empeño en redimir.
--No ponga usted esa cara, maestro; no sea usted tacaño. Son los
inconvenientes de la amistad. Todos creen que yo tengo gran poder sobre
el ilustre artista, y me piden, y me ponen en cien compromisos... No le
conocen; no saben lo perverso, lo rebelde que es usted, ¡mala persona!
Y se dejaba besar la mano sonriendo con cierta lástima. Pero al sentir
el cálido contacto de su boca y el cosquilleo de su barba en la blanca
carnosidad del brazo, se agitaba, defendiéndose entre risas y
estremecimientos.
--Déjeme usted, Mariano. ¡Que grito! ¡Que llamo á Mary! Ya no le recibo
más en mi dormitorio. Es usted indigno de confianza... ¡Quietecito,
maestro, ó se lo cuento todo á Josefina!
Algunas veces, al acudir Renovales alarmado por sus llamamientos, la
encontraba pálida, con círculos amoratados en los ojos, como si hubiese
pasado la noche llorando. Al ver al maestro volvían á saltar sus
lágrimas. Eran disgustos de amor, honda pena por la frialdad de
Monteverde. Pasaba días enteros sin verla; rehuía los encuentros con
ella. ¡Ay, los sabios! Hasta había llegado á decirla que las mujeres son
un estorbo para los estudios serios. ¡Y ella loca por él, sumisa como
una sierva, aguantando las genialidades del señor, adorándole con ese
apasionamiento fogoso de la mujer que es más vieja que su amante y se da
cuenta de su inferioridad!
--¡Ay, Renovales! No se enamore usted nunca; es un infierno. No sabe
usted la felicidad que goza no conociendo estas cosas.
Pero el maestro, insensible á sus lágrimas, enfurecido por estas
confidencias, paseaba gesticulando, lo mismo que si estuviera en su
estudio, y hablaba á la condesa con brutal confianza, como á una hembra
que ha revelado todos sus secretos y debilidades. ¡Tapones! ¿Y qué le
importaba á él todo eso? ¿Para oir tales cosas le había llamado?... Ella
se lamentaba con suspiros infantiles desde el fondo de su lecho. Estaba
sola en el mundo; era muy desgraciada. No tenía más amigo que el
maestro; era su padre, su hermano; ¿á quién si no á él iba á relatar sus
penas? Y animándose con el silencio del pintor, el cual acababa por
conmoverse ante sus lágrimas, cobraba audacia y formulaba sus deseos.
Debía ver á Monteverde, soltarle un buen sermón, hablarle al alma para
que fuese bueno y no la hiciese sufrir. Él le respetaba mucho; era uno
de sus más grandes admiradores: tenía ella la certeza de que bastarían
cuatro palabras del maestro para que volviese como un cordero. Debía
hacerle ver que no estaba sola; que tenía quien la defendiese; que nadie
podía burlarse de ella impunemente.
Pero antes de que terminase sus ruegos, andaba el pintor en torno del
lecho, los brazos en alto, echando ternos con la vehemencia de su
exaltación.
--¡Tapones! ¡Esto me faltaba! El mejor día me pedirá usted que le
cepille las botas. ¿Pero está usted loca, criatura? ¿Qué se ha figurado
usted? Para... sufridos ya tiene usted bastante con el conde. Déjeme
tranquilo.
Pero ella se arrebujaba en la cama llorando con ruidoso desconsuelo. ¡Ya
no quedaban amigos! El maestro era como los otros: en no plegarse á sus
deseos se acababa la amistad. Todo palabras, juramentos, y después, ni
el más pequeño sacrificio.
Se incorporaba de pronto, mostrando entre las blondas misteriosas
blancuras, ceñuda, irritada, con una frialdad de reina ofendida. Ya le
había conocido; se había engañado contando con él. Y como Renovales,
confuso por este enfado, intentase excusarse, ella le atajaba con
arrogancia.
--¿Quiere usted ó no quiero? Á la una... á las dos...
Sí; haría lo que ella quisiera; veíase tan bajo, que ya no le importaba
rodar un poco más. Sermonearía al doctor, echándole en cara su torpeza
al despreciar tanta felicidad. (Esto lo decía él con toda su alma,
poniendo en su voz temblores de envidia.) ¿Qué más deseaba su hermosa
déspota? Podía pedir sin miedo. Si era necesario, retaría al conde á
singular combate con todas sus condecoraciones y lo mataría para que
ella quedase libre y pudiera juntarse con el doctorcillo.
--¡Guasón!--exclamaba Concha, sonriente por su triunfo.--Es usted
simpático como nadie, pero muy malo. Acérquese usted, mala persona.
Y levantando con la manecita un mechón de su cabellera de sauce, le besó
en la frente, riendo del estremecimiento que su caricia despertaba en
el pintor. Éste sintió que le temblaban las piernas; después, sus brazos
intentaron estrechar aquel cuerpo tibio, perfumado, que parecía
escurrirse dentro de sus finas envolturas.
--¡Que ha sido en la frente!--gritó Concha en son de protesta.--¡Caricia
de hermanos, Mariano! ¡Quieto!... ¡Que me hace daño!... ¡Que llamo!
Y llamó, reconociendo de pronto su debilidad, viéndose próxima á caer
vencida bajo el apretón loco y dominador. Sonó el estremecimiento
eléctrico en las profundidades tortuosas de pasillos y gabinetes y se
abrió la puerta, entrando Mary vestida de negro, con alto delantal y
rizado gorro, discreta y silenciosa. Su carita pálida y sonriente estaba
acostumbrada á verlo todo, á adivinarlo todo, sin que se reflejase en
ella la más leve impresión.
La condesa tendió su mano á Renovales con afectuosa tranquilidad, como
si la entrada de la doncella interrumpiese su despedida. Lamentaba que
se marchase tan pronto: á la noche le vería en el Real.
Cuando el pintor aspiró el viento de la calle y se codeó con la gente,
creyó despertar de una pesadilla. Tenía asco de sí mismo. «Te luces,
maestro.» Su debilidad, que le hacía plegarse á todas las exigencias de
la condesa, su vil aceptación á servir de intermediario entre ella y el
amante, le daban ahora náuseas. Pero aun sentía en la frente el roce
del beso; aun percibía aquel ambiente del dormitorio cargado de la
nocturna transpiración de carne perfumada. El optimismo se apoderó de su
pensamiento. No marchaba mal el asunto; aquel camino, aunque
desagradable, le llevaría á la realización de su deseo.
Muchas noches Renovales iba al teatro Real, por obedecer á Concha, que
deseaba verle, y pasaba actos enteros en el fondo de su palco,
conversando con ella. Milita reía de este cambio en las costumbres de su
padre, que se acostaba temprano en otros tiempos, para trabajar de buena
mañana. Era ella la que, encargada de las cosas de la casa, por la
eterna enfermedad de mamá, ayudaba al maestro á ponerse el frac, y
además le peinaba, arreglándole el lazo de la corbata entre mimos y
risas.
--Papaíto, te desconozco: estás hecho un calaverón. ¿Cuándo me llevas
contigo?...
Él se excusaba gravemente. Eran deberes de la profesión; á los artistas
les conviene hacer vida de sociedad. En cuanto á llevarla con él... otro
día. Por ahora necesitaba ir solo; tenía que hablar con mucha gente en
el teatro.
Otra modificación se verificó en él, provocando los regocijados
comentarios de Milita. Papá se rejuvenecía.
Cada semana sus cabellos perdían en longitud, bajo irreverentes
tijeretazos: su barba disminuía, hasta el punto de no quedar más que una
ligera vegetación de aquel bosque enmarañado que le daba un aspecto
feroz. No quería confundirse por su aspecto con los demás; debía
conservar un poco de su exterior de -artista-, para que la gente no
pasase junto al gran Renovales sin conocerle; pero procuraba, dentro de
este deseo, aproximarse y mezclarse con la juventud bien vestida y
elegante que rodeaba á la condesa.
Esta transformación tampoco pasó inadvertida para otros. Los alumnos de
Bellas Artes se lo mostraban con el dedo desde el paraíso del Real, ó se
detenían en las aceras al verle por la noche, con el brillante tubo de
seda coronando la tonsurada melena y exhibiendo entre el abierto gabán
el nítido peto de su uniforme de fiesta. La cándida admiración de los
muchachos se imaginaba al gran maestro tronando ante un caballete,
salvaje, feroz, intratable como Miguel Angel en el encierro de su
estudio. Por esto, al verle bajo tan distinto aspecto, le seguían sus
ojos con expresión de envidia. «¡Cómo se divierte el maestro!» Y se
imaginaban á las grandes damas disputándoselo, creyendo de buena fe que
ninguna podía resistir á un hombre que pintaba tan bien.
Los enemigos, los artistas consagrados que marchaban tras él, rugían en
sus conversaciones. «¡Farsante, egoísta! No estaba satisfecho de ganar
tanto dinero, y ahora hacía el gomoso entre la aristocracia, para coger
más retratos, para sacar á su firma todo lo que pudiese.»
Cotoner, que se quedaba algunas noches en el hotel para hacer compañía á
las señoras, le veía partir con triste sonrisa, moviendo la cabeza.
«Mal: su Mariano se había casado demasiado pronto. Lo que no había hecho
en su juventud, por la fiebre del trabajo y la gloria, lo hacía ahora,
próximo á la vejez.» En muchas partes reían ya de él, adivinando su
pasión por la de Alberca, aquel amor sin resultados prácticos, que le
hacían convivir con ella y Monteverde, tomando aires de mediador
bondadoso, de padre tolerante y bueno. El ilustre maestro, al despojarse
de su carátula feroz, era un pobre hombre, del que se hablaba con
lástima: le comparaban con Hércules, vestido de mujer é hilando á los
pies de la bella seductora.
Había contraído con Monteverde una estrecha amistad, en fuerza de
tropezarlo cerca de la condesa. Ya no le parecía tonto y antipático.
Encontraba en él algo de su amante, y le era grata por esto su compañía.
Experimentaba esa atracción plácida y sin celos que inspira á ciertos
hombres el marido de su amante. Sentábanse juntos en los teatros,
paseaban en amigable conversación, y el doctor iba muchas tardes al
estudio del artista. Desconcertaban con esta intimidad á las gentes, que
ya no sabían con certeza quién era el amo de la de Alberca y quién el
aspirante, llegando á creer que por un mutuo acuerdo y turno pacífico,
vivían los tres en el mejor de los mundos.
Monteverde admiraba al maestro, y éste, por sus años y la superioridad
de su renombre, tomaba sobre él una autoridad paternal. Le reñía cuando
la condesa se mostraba quejosa de él.
--¡Las mujeres!--decía el doctor con gesto de cansancio.--Usted no sabe
lo que son, maestro; sólo sirven de estorbo, para obstruirle á uno su
carrera. Usted ha triunfado porque no se dejó dominar por ellas, porque
nadie le conoció nunca una querida, porque es usted un hombre admirable,
un varón fuerte.
Y el pobre varón fuerte contemplaba fijamente á Monteverde, dudando si
se burlaba. Sentía tentaciones de aporrearlo, viéndole despreciar lo
mismo que ansiaba él con vehemente deseo.
Concha tenia con el maestro mayores intimidades. Le confesaba lo que
nunca se había atrevido á decir al doctor.
--Á usted se lo digo todo, Marianito. No puedo vivir sin verle. ¿Sabe
usted lo que pienso? Que el doctor es algo así como mi marido y usted es
el amante de corazón... No se altere usted... no se mueva, ó llamo. He
dicho de corazón. Le quiero á usted demasiado para pensar en esas
groserías que usted desea.
Algunas veces Renovales la encontraba excitada, nerviosa, hablando con
voz ronca, moviendo los finos dedos como si quisiera arañar al aire.
Eran los días terribles que alteraban toda la casa. Mary corría, con su
paso silencioso, de salón en salón, perseguida por el repiqueteo de los
timbres; el conde se escurría hacia la calle como un colegial medroso.
Concha se aburría, sentíase cansada de todo, abominaba de su existencia.
Al presentarse el pintor, le faltaba poco para arrojarse en sus brazos:
--Sáqueme usted de aquí, Marianito; me aburro, me muero. Esta vida es
para matarse. ¡Mi marido!... ese no se cuenta. ¡Mis amigas!... unas
necias que me despellejan apenas las dejo. ¡El doctor!... un
insubstancial, una veleta loca. Todos esos señores de mi tertulia, unos
imbéciles. ¡Maestro, téngame lástima! Lléveme lejos de aquí. Usted debe
conocer otro mundo; los artistas lo saben todo...
¡Ay, si ella no estuviera tan vista y al maestro no lo conociese todo
Madrid! En su nerviosa excitación formulaba los más locos proyectos.
Deseaba salir de noche del brazo de Renovales, ella con mantón y pañuelo
á la cabeza, él con capa y sombrero gacho. Sería su chulo; ella imitaría
el garbo y el taconeo de las mujeres de la calle, y marcharían juntitos,
como dos palomos de la noche, á los sitios más malos; y beberían,
armarían camorra, él la defendería como un valiente, é irían á pasar la
noche en la prevención.
El pintor mostrábase escandalizado. ¡Qué locura! Pero ella insistía en
sus deseos.
--Ríase usted, maestro; abra esa bocaza... feísimo. ¿Qué tiene de
particular lo que digo? Usted, con todos sus pelos y chambergos de
artista, es un burgués, un alma tranquila incapaz de nada original para
distraerse.
Al acordarse de aquella pareja que habían visto una tarde en la Moncloa,
mostrábase melancólica y sentimental. También le parecía bonito «hacer
la griseta»; pasear del brazo del maestro, como si fuesen una modistilla
y un empleadillo; acabar la excursión en un merendero; y él la mecería
en el verde columpio, mientras ella gritaba de placer, subiendo y
bajando, con las faldas arremolinadas en torno de sus pies... Esto no
era ningún disparate, maestro. ¡Placer más sencillo... más bucólico!...
¡Lástima que los dos fuesen tan conocidos! Pero lo que sí harían, cuando
menos, era disfrazarse una mañana y correr los barrios bajos; ir al
Rastro, como una pareja recién unida que desea poner casa: el socio y la
socia. En aquella parte de Madrid no los conocería nadie. ¿Conformes,
maestro?...
Y el maestro lo aprobaba todo. Pero al día siguiente Concha le recibía
con cierta turbación, mordiéndose los labios, hasta que por fin
prorrumpía en carcajadas, recordando los disparates que le había
propuesto.
--¡Cómo se reiría usted de mí!... Hay días en que estoy loca.
Renovales no ocultaba su asentimiento. Sí; estaba algo loca. Pero esta
locura, que le hacía sufrir alternativas de esperanza y desesperación,
atraíale más, con sus alegres disparates y sus pasajeros enfados, que
aquella otra que le perseguía en su casa, lenta, implacable, silenciosa,
apartándose de él con invencible repugnancia, pero siguiéndole á todos
lados, con ojos de malsana luz siempre lagrimeantes, que tomaban la
agudeza hostil del acero apenas iniciaba, por compasión ó remordimiento,
la más leve intimidad.
¡Oh, la pesada é insufrible comedia! Ante su hija y los amigos tenían
que hablarse, y él, apartando la mirada para no tropezar con sus ojos,
colmábala de atenciones, la reñía dulcemente por su rebeldía á los
consejos de los médicos. Al principio hablaban éstos de neurastenia:
ahora era la diabetes la que aumentaba la debilidad de la enferma. El
maestro lamentábase de la pasiva resistencia que oponía á todos los
métodos curativos. Los seguía durante algunos días, para despreciarlos
después con impasible obstinación. Ella estaba mejor que creían. Lo que
ella tenía no lo curaban los médicos.
Por la noche, al penetrar en el dormitorio, un silencio de muerte caía
sobre ellos; una muralla de plomo parecía elevarse entre sus cuerpos. Ya
no tenían que mentir; se miraban frente á frente, con muda hostilidad.
Su vida nocturna era un tormento; pero ninguno de los dos osaba
modificar su existencia. Sus cuerpos no podían abandonar la cama común;
encontraban en ella el molde de los años. La rutina de su voluntad les
sujetaba á esta habitación y á su mobiliario, con el recuerdo de los
tiempos felices de la juventud.
Renovales caía en el profundo sueño del hombre sano, fatigado por el
trabajo. Sus últimos pensamientos eran para la condesa. La veía en esa
penumbra brumosa que cubre la entrada de lo inconsciente; dormíase
pensando en lo que podría decirla al otro día, soñaba conforme á su
deseo, viéndola de pie sobre un pedestal, con toda la majestad de su
desnudez, venciendo al mármol de las estatuas más famosas con la vida de
su carne. Al despertar de pronto y extender sus brazos, tropezaba con el
cuerpo de la compañera, pequeño, rígido, ardiente por el fuego de la
calentura ó glacial con un frío de muerte. Adivinaba su insomnio. Pasaba
la noche sin cerrar los ojos, pero no se movía, como si todo su vigor se
concentrase en algo que contemplaba con fijeza hipnótica en la
obscuridad. Parecía un cadáver. Era el obstáculo, el lastre de plomo, el
fantasma que aterraba á la otra cuando en ciertos instantes de
vacilación se inclinaba hacia él, próxima á caer... Y el terrible deseo,
el pensamiento monstruoso, asomaba otra vez su horrorosa fealdad,
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