él producía ahora á disgusto; tal vez reiría con desprecio de lo que él
deseaba pintar. Lo único importante era vivir tranquilo, los más años
que pudiese, rodeado de dulce paz. Su hija se casaría. Tal vez fuese su
marido el amado discípulo, aquel Soldevilla, tan modosito, tan cortés,
que andaba loco tras la revoltosa Milita. Y si no era éste, sería López
de Sosa, un mentecato enamorado de sus automóviles, que gustaba más á
Josefina que el discípulo, por no haber incurrido en el pecado de
mostrar talento y dedicarse á la pintura. Tendría nietos, le blanquearía
la barba, ofrecería la majestad de un Padre Eterno, y Josefina, cuidada
por él, reanimada por un ambiente de cariño, llegaría también á la
vejez, libre de sus nervios, equilibrada por la insensibilidad de los
años, que anula los desarreglos del sexo.
El pintor sentíase halagado por este cuadro de felicidad patriarcal. Se
iría del mundo sin haber mordido los mejores frutos que ofrece la vida,
pero con la paz de un alma que tampoco conoce las grandes vehemencias
pasionales.
Mecido por estas ilusiones, el artista fué sumiéndose en el sueño. Veía
en la sombra la imagen de su tranquila ancianidad, con arrugas
sonrosadas y cabellera de plata: á su lado una viejecita vivaracha, sana
y graciosa, peinada con bandós de brillante nieve, y en torno de ellos
un corro de niños, muchos niños, unos urgándose las narices, otros
revolcándose en el suelo, con la panza al aire, como gatitos revoltosos;
los mayores, lápiz en mano, haciendo la caricatura de la valetudinaria
pareja, y todos gritando á coro con un llamamiento de ternura:
«¡Abuelitos ricos! ¡Abuelitos monos!...»
En su imaginación adormecida se esfumaba y borraba este cuadro. Ya no
veía las figuras, pero el grito cariñoso seguía sonando en sus oídos
cada vez más lejano.
Después volvía á crecer y se aproximaba lentamente, pero era una queja,
un lamento tembloroso, un alarido como el de la bestia que siente en la
garganta el cuchillo del sacrificador.
El artista, aterrado por este gemido, creyó que un animal obscuro, un
monstruo de la noche, se agitaba junto á él, rozándolo con sus antenas,
empujándole con las huesosas puntas de sus articulaciones.
Despertóse, y turbio aún su cerebro por las nieblas del sueño, lo
primero que sintió fué un estremecimiento de miedo y sorpresa,
extendiéndose de su nuca á sus pies. El monstruo invisible estaba junto
á él, moribundo, pataleante, hiriéndole con las angulosidades de su
cuerpo. El alarido rasgaba la obscuridad con estertor agónico.
Renovales, á impulsos del miedo, despertó por completo. Aquel lamento
era de Josefina. Su mujer rodaba en la cama, rugiendo al beber
penosamente el aire.
Crujió la llave de la luz y el resplandor blanco y crudo de la lámpara
mostró á la mujercita, en el desorden de su crisis nerviosa: los flacos
miembros contraídos dolorosamente; los ojos desmesuradamente abiertos,
mates y con un estrabismo de agonía; la boca llorosa, goteando por sus
comisuras una espumilla de rabia.
El marido, aturdido por este despertar, intentó cogerla en sus brazos,
oprimirla dulcemente, como si su calor pudiese devolverla la calma.
--Déja... me--rugió ella con voz entrecortada.--Suelta... Te
aborrezco...
Y era ella la que, pidiendo que la soltase, se aferraba á él, clavando
los dedos en su cuello, como si quisiera extrangularle. Renovales,
insensible á este apretón, que no hacía gran mella en su cuello
atlético, murmuraba con triste bondad:
--¡Aprieta!... No temas hacerme daño. ¡Desahógate!
Sus manos, cansadas de oprimir inútilmente aquella carne musculosa,
abandonaron su presa con cierto desaliento. Aun duró un buen rato la
crisis, pero sobrevino el llanto, quedando la mujer anonadada, inerte,
sin otras manifestaciones de vida que el estertor de su pecho y el
incesante gotear del doble hilo lacrimoso.
Renovales había saltado de la cama, yendo por la habitación, en su
grotesco atavío de dormir, buscando por todos lados, sin saber lo que
buscaba, murmurando palabras cariñosas para tranquilizar á su esposa.
Ésta interrumpía sus gemidos, pugnando por introducir cada sílaba á
través del estertor. Hablaba con la cabeza oculta entre los brazos. El
pintor se detuvo á oirla, asombrado de las palabras soeces que se
deslizaban de los labios de su Josefina, como si el pesar, al remover su
alma, sacase á flote las groserías é impurezas oídas en la calle y
depositadas en el fondo de su memoria.
--¡La tía... -tal-! (Y aquí soltaba la palabra clásica, con naturalidad,
como si toda su vida hubiese hablado así.) ¡La sinvergüenza! La...
Y seguía lanzando un rosario de interjecciones que escandalizaban al
marido, por salir de aquella boca.
--¿Pero de quién hablas? ¿Qué persona es esa?
Ella, como si sólo aguardase estas preguntas, se incorporó en la cama,
púsose de rodillas, mostrando su triste osamenta, mirándole fijamente,
moviendo sobre el frágil cuello su cabeza, en torno de la cual se
arremolinaban los cortos y lacios mechones de la cabellera.
--¿De quién ha de ser? De la de Alberca... ¡De ese grandísimo plumero!
¡Hazte de nuevas! ¡Tú no sabes nada! ¡Pobrecito!
Renovales esperaba esto, pero al oirlo, tomó una actitud arrogante,
fortalecido por sus propósitos de enmienda y por la certeza de que decía
verdad. Se llevó la mano al corazón en actitud teatral, echando atrás su
melena, sin reparar en lo grotesco de su figura, que se reflejaba en los
espejos del dormitorio.
--Josefina, te juro por lo más que amo en el mundo, que no es cierto lo
que supones. Nada tengo que ver con Concha. ¡Por nuestra hija te lo
juro!
La mujercita se irritó aún más.
--No jures, no mientas... no nombres á mi hija. ¡Embustero! ¡Hipócrita!
Todos sois iguales.
¿La creía una tonta? Estaba enterada de cuanto ocurría en torno de ella.
Él era un libertino, un mal esposo: lo había conocido á los pocos meses
de matrimonio; un bohemio sin otra educación que las perversas tertulias
de los de su clase. Y la otra era cualquier cosa; lo peorcito de Madrid:
por algo se reían en todas partes del conde... Mariano y Concha se
entendían; tal para cual; se burlaban de ella en su propia casa, á
obscuras en el estudio.
--Es tu querida--decía con fría cólera.--Vamos, hombre, confiésalo;
repite todas esas desvergüenzas del derecho al amor y el derecho á la
alegría de que hablas con tus amigotes en el estudio; esas infamias
hipócritas para justificar el desprecio á la familia, al matrimonio... á
todo. Ten el valor de tus actos.
Pero Renovales, aturdido por esta palabrería feroz, que caía sobre él
como una lluvia de latigazos, sólo sabía repetir, con la mano en el
corazón y el gesto noblemente resignado del que sufre una injusticia:
--Soy inocente. Te lo juro. No hay nada de lo que supones.
Y pasando al otro lado de la cama, intentaba coger de nuevo entre sus
brazos á Josefina, creyendo calmarla, ahora que parecía menos furiosa y
el llanto cortaba sus airadas palabras.
Trabajo inútil. El frágil cuerpo escurríase entre sus manos,
repeliéndolas con una sensación de horror y repugnancia.
--Déjame; no me toques. Me das asco.
Se engañaba su marido si creía que ella era enemiga de Concha. ¡Bah!
Conocía bien á las mujeres. Hasta aceptaba (ya que tan tenaz era en sus
juramentos de inocencia) que no existía nada entre los dos. Pero sería
por ella, que estaba harta de adoradores, y á impulsos de una antigua
amistad no quería amargar la existencia de Josefina. Era Concha la que
había resistido y no él.
--Te conozco. Ya sabes que adivino tus pensamientos, que leo en tu
frente. Eres fiel por cobardía, por falta de ocasión. Pero el
pensamiento lo llevas cargado de obscenidades; tu interior me da asco.
Y antes de que pudiese protestar, su mujer le atacaba nuevamente,
soltando de una vez todas las observaciones que había hecho, pesando sus
actos y palabras con la sutileza de una imaginación enferma.
Echábale en cara la expresión de arrobamiento de sus ojos cuando veía á
las damas hermosas colocarse ante su caballete para ser retratadas; los
elogios á la garganta de una, á los hombros de otra: la unción casi
religiosa con que examinaba las fotografías y los grabados representando
beldades desnudas, pintadas por otros artistas, á los que él pretendía
seguir en sus impulsos de libertinaje.
--¡Si yo te dejase! ¡Si yo desapareciese!... Tu estudio sería un burdel;
no podría entrar en él una persona decente; siempre tendrías al fresco
alguna mujer, copiando sus vergüenzas.
Y en el temblor de su voz irritada revelábase la ira, la amarga
decepción de presenciar á todas horas este culto de la belleza, este
elogio continuo á la hermosura, sin fijarse en que ella estaba presente,
envejecida antes de tiempo, enferma, con la fealdad de la miseria
física, y que cada uno de estos entusiasmos la hería como un reproche,
marcando un abismo entre su triste condición y el ideal que llenaba la
mente de su esposo.
--¿Crees que no sé lo que piensas?... Me río de tu fidelidad. ¡Mentira!
¡Hipocresía! Así como te haces viejo, te domina un deseo rabioso. Si
pudieses, si tuvieras valor, correrías tras esas bestias de hermosas
carnes que tanto elogias... Eres un ordinario. No hay en ti más que
grosería y materialidad. ¡La forma! ¡La carne! ¿Y á esto llaman
artista?... Mejor hubiera sido casarme con un zapatero, con uno de esos
hombres buenos y simples que los domingos van con su pobre mujercita á
comer en los merenderos y la adoran no conociendo á otra.
Renovales comenzaba á sentirse irritado por este ataque, que ya no se
basaba en sus actos, sino en su pensamiento. Aquello era peor que el
Santo Oficio. Le había espiado á todas horas; siempre atenta y
observadora, recogía sus menores palabras y gestos; penetraba en su
pensamiento, haciendo materia de celos sus preocupaciones y sus
entusiasmos.
--Calla, Josefina... Eso es indigno. No podré pensar, no podré
producir... Me espías y persigues hasta en mi arte.
Ella levantaba los hombros con desprecio. ¡Su arte! Se burlaba de él.
Y volvía á insultar á la pintura, arrepintiéndose de haber unido su
suerte á la de un artista. Los hombres como él no debían casarse con
mujeres decentes, con las que se llaman mujeres de su casa. Su destino
era permanecer solos, ó agregarse á hembras sin escrúpulo, enamoradas de
su cuerpo, capaces de exhibirlo en medio de la calle, con el orgullo de
su desnudez.
--Yo te he querido, ¿sabes?--decía fríamente.--Te he querido, pero ya no
te quiero. ¿Para qué? Sé que aunque me lo jures de rodillas, nunca me
serás fiel. Estarás cosido á mis faldas y tu pensamiento irá lejos, muy
lejos, acariciando esas vergüenzas que adoras. Tienes un serrallo en la
cabeza. Creo vivir sola contigo, y al mirarte, la casa se puebla de
mujeres, que me rodean, que lo llenan todo y se burlan de mí; todas
hermosas, como bestias del demonio; todas desnudas, como tentaciones...
Déjame, Mariano; no te acerques. No quiero verte. Apaga la luz.
Y viendo que el artista no obedecía su mandato, ella misma dió vuelta á
la llave, oyéndose en la obscuridad el chasquido de sus huesos al
arrebujarse en las ropas del lecho.
Renovales quedó en densa sombra, y á tientas buscó la cama, acostándose
también. Ya no suplicaba; permanecía mudo, irritado. Habíase desvanecido
la tierna compasión que le hacía soportar las agresivas nerviosidades de
su mujer. ¿Qué más quería de él?... ¿Hasta donde iba á llegar?...
Llevaba una vida de asceta, conteniendo sus apasionamientos de hombre
sano, guardando por costumbre y por respeto una casta fidelidad,
buscando un alivio en los fogosos extravíos de su imaginación... ¡y aun
esto era un crimen! Con la agudeza de su pensamiento de enferma,
penetraba ella en él, adivinando sus ideas, siguiendo su curso, rasgando
el velo de misterio tras el cual ocultaba aquellos banquetes de
ilusiones, en los que entretenía sus horas de soledad. ¡Hasta á su
cerebro llegaba esta persecución! No podían sufrirse con paciencia los
celos de aquella mujer, amargada por la pérdida de su frescura juvenil.
Ella reanudaba su llanto en la obscuridad. Gemía convulsivamente,
agitando las ropas con el estertor de su pecho.
La cólera hacía insensible y duro al marido.
--¡Gime, pobrecita!--pensaba con cierta fruición.--Llora hasta
deshacerte; no seré yo quien te diga una palabra.
Josefina, cansada de su mutismo, intercalaba palabras entre los
lamentos. ¡Se burlaban de ella! ¡Vivía en perpetuo ridículo!... Los
amigos que escuchaban al ilustre maestro, las señoras que visitaban su
estudio, ¡cómo reirían al oirle sus arrebatados elogios á la belleza
ante su mujer enferma y arruinada! ¿Qué era ella en aquella casa,
panteón espantoso, nido de tristezas? Una pobre ama de llaves que
cuidaba del bienestar del artista. Y el señor creía cumplir todos los
deberes no manteniendo una querida, saliendo poco de casa, pero
maltratándola con sus palabras, que la hacían objeto de ludibrio. ¡Si
viviese su madre!... ¡Si sus hermanos no fuesen unos egoístas, que
rodaban por el mundo, de embajada en embajada, contentos de la vida,
dejando sin contestación sus cartas llenas de quejas y teniéndola por
loca, al ver que se lamentaba de poseer un esposo ilustre y de ser rica!
Renovales, en la obscuridad, se llevaba las manos á la frente con gesto
de desesperación, enfurecido por el sonsonete de tanta injusticia.
--¡Su madre!--pensaba.--Bien está la insufrible señora para siempre en
su agujero. ¡Sus hermanos! Unos sinvergüenzas que siempre que pueden me
piden algo... ¡Señor! ¡Paciencia para sufrir á esta mujer; resignación y
calma para conservar mi frialdad, para que no olvide que soy un hombre!
La despreciaba en su pensamiento para mantener de este modo su
impasibilidad. ¡Bah! ¡Una mujer... una enferma! Todos en el mundo
arrastran su cruz, y la suya era Josefina.
Pero ésta, como si adivinase los pensamientos de su compañero de lecho,
cesó de llorar y le habló con voz lenta, en la que temblaba una ironía
cruel:
--De la de Alberca no esperes nada--dijo de pronto con femenil
incoherencia.--Te advierto que tiene los adoradores por docenas:
juventud y elegancia, que para las mujeres es algo más que el talento.
--¿Y á mi qué?--rugió en la obscuridad la voz de Renovales, con una
explosión de cólera.
--Te lo digo para que no te forjes ilusiones... Maestro, va usted á
sufrir un fracaso. Estás muy viejo, buen hombre; los años pasan... Tan
viejo y tan feo que, si te hubiese conocido así, no sería tu mujer á
pesar de toda tu gloria.
Después de este golpe, satisfecha y tranquila, cesó de llorar y pareció
dormirse.
El maestro permaneció inmóvil, tendido de espaldas, con la cabeza
apoyada en los brazos y los ojos muy abiertos, viendo poblarse la
obscuridad de puntos rojos, que se ensanchaban en incesante rotación,
formando anillos inflamados y flotantes. La cólera había sacudido sus
nervios; la puñalada final no le dejaba dormir. Sentíase inquieto,
desvelado por este cruel desgarrón en su amor propio. Creía tener en su
cama, á corta distancia de él, á su mayor enemigo. Odiaba este
cuerpecillo ruin que casi podía tocar con un ligero movimiento, como si
encerrase la bilis de todos los adversarios con los que había chocado en
su vida.
¡Viejo! ¡Despreciable! ¡Inferior á aquellos señoritos que pululaban en
torno de la de Alberca; él, un hombre conocido por toda Europa y en cuya
presencia palidecían emocionadas, mirándole con ojos de adoración, todas
las señoritas que pintan abanicos y acuarelas de pájaros y flores!...
--Ya te lo diré más adelante, pobre mujer--pensaba, mientras una risa
feroz deslizábase invisible en la sombra.--Ya verás si la gloria es algo
y si me encuentran tan viejo como tú crees.
Con una alegría de adolescente recordaba la escena del crepúsculo, el
beso en la mano de la condesa, su dulce abandono, aquella mezcla de
resistencia y de agrado que le abría el camino para ir más adelante.
Saboreaba estos recuerdos con la fruición de la venganza.
Después, su cuerpo, al moverse, tropezó con el de Josefina, que parecía
dormir, y experimentó cierta repulsión, como si rozase un animal hostil.
Era su enemigo: había torcido y desorientado su vida de artista y
entristecía su vida de hombre. Creíase ahora capaz de haber producido
las obras más asombrosas, de no conocer á aquella mujercita que
gravitaba sobre él con aplastante pesadumbre. Su censura muda, la
fiscalización de sus ojos, aquella moralidad estrecha y mezquina de
señorita bien educada, cerrábanle el paso, haciéndole salir de su
camino. Sus cóleras, sus crisis nerviosas le desorientaban,
achicándolo, robándole fuerzas para el trabajo. ¿Y siempre habría de
vivir así?... Pensó con horror en los largos años que aun quedaban
delante de él; en el camino que le ofrecía la vida, monótono,
polvoriento, de agria cuesta, sin una sombra, sin un descanso, marchando
trabajosamente, falto de entusiasmos y bríos, tirando de la cadena del
deber, á cuyo extremo se arrastraba el enemigo, siempre quejumbroso,
siempre injusto, con la egoísta crueldad del enfermo, espiándolo con
ojos inquisitoriales á las horas en que se repliega el pensamiento, á
las horas en que surge el sueño, violando su descuido, forzando su
inmovilidad, robándole sus ideas más intimas para después pasárselas
ante los ojos con insolencia de ladrón triunfante. ¡Y esto había de ser
toda su vida!... ¡Cristo! No; mejor era morir.
Entonces surgió en las negruras de su cerebro, como una chispa azul, de
lúgubre fulgor, un pensamiento, un deseo, que hizo correr por su cuerpo
el escalofrío de la estupefacción y la sorpresa:
--¡Si se muriese!...
¿Por qué no?... Siempre enferma, siempre triste, parecía obscurecer su
pensamiento con las alas de su alma, unas alas de cuervo, de tétrica
agitación. Él tenia derecho á la libertad, á romper la cadena, porque
era el más fuerte. Había pasado la vida deseando la gloria, y la gloria
era un engaño si no proporcionaba más que el frío respeto de las gentes,
si no podía cambiarse por algo más positivo. Aun le quedaban muchos
años de existencia intensa; aun podía regodearse con un atracón colosal
de placeres; aun podía vivir como ciertos artistas que él admiraba,
ebrios de dulzuras mundanales, trabajando en loca libertad.
--¡Ay! ¡Si se muriese!...
Recordaba ciertos libros que había leído, en los cuales otros personajes
imaginarios deseaban también la muerte ajena para satisfacer con más
amplitud sus apetitos y pasiones.
De pronto creyó despertar, salir de un mal sueño, arrancarse con honda
emoción de una pesadilla aterradora. ¡Pobre Josefina!... Le horrorizaba
su pensamiento: sentía el fúnebre deseo abrasar su conciencia, como un
hierro ardiente que levanta chirridos con su contacto. No era ternura lo
que le hacía volver hacia su compañera, eso no; la guardaba rencor. Pero
pensaba en sus años de sacrificio; en las privaciones que había sufrido
al seguirle en su lucha con la miseria, sin una queja, sin una protesta,
en los dolores de su maternidad, en el sustento que había dado á su
hija, aquella Milita que parecía haber robado todo el vigor de su cuerpo
y tal vez era causa de su decadencia. ¡Qué horror, desear su muerte!...
¡Que viviera! Él lo sufriría todo con la paciencia del deber. ¿Morir
ella? Nunca; antes deseaba morir él.
Pero en vano pugnó el artista por olvidar su pensamiento. El deseo
atroz, monstruoso, una vez despertado, se resistía, negándose á
retroceder, á ocultarse, á morir en las tortuosidades cerebrales de
donde había surgido. En vano se arrepentía de esta perversidad y se
avergonzaba de su idea feroz, queriendo aplastarla para siempre. Parecía
que dentro de él había surgido una segunda persona, rebelde á sus
mandatos, ajena á su conciencia, insensible y dura á los escrúpulos
compasivos, y esta personalidad, este dominio, seguía cantando en su
oreja con acento alegre, como si le prometiese todas las voluptuosidades
de la vida:
--¡Si se muriese!... ¿eh, maestro?... ¡Si se muriese!...
SEGUNDA PARTE
I
Al llegar la primavera, López de Sosa, el «intrépido -sportman-», según
le llamaba Cotoner, presentábase todas las tardes en el hotel de
Renovales.
Fuera de la verja quedaba el automóvil de cuarenta caballos, su última
adquisición, de la que hablaba con orgullo; un vehículo enorme,
charolado de verde, que avanzaba y retrocedía bajo la mano del
-chauffeur-, mientras el dueño cruzaba el jardín de la casa del pintor.
Renovales le veía entrar en su estudio, vestido de azul, con una gorra
de visera brillante sobre los ojos, afectando el aire resuelto de un
marino ó de un explorador.
--Buenas tardes, don Mariano. Vengo por las señoras.
Y bajaba Milita envuelta hasta los pies en un gabán gris, cubriendo su
cabellera con una gorra blanca, en torno de la cual se arrollaba el
largo velo azul. Tras ella aparecía la madre, vestida del mismo modo,
pequeña é insignificante al lado de aquella muchacha que parecía
abrumarla con su salud y su gallardía.
Renovales elogiaba mucho estos paseos. Josefina se quejaba de las
piernas; una repentina debilidad la hacía algunas veces permanecer en un
sillón días enteros. Refractaria á todo movimiento, le gustaba correr
inmóvil en aquel carruaje que devoraba las distancias, llegando á puntos
lejanos de Madrid sin esfuerzo alguno, como si no se hubiera movido de
su casa.
--Divertirse mucho--decía el pintor con cierta alegría al quedar solo,
completamente solo, sin la inquietud de percibir cerca de él la
hostilidad conyugal.--Á usted se las confío, Rafaelito; nada de locuras,
¿eh?
Y Rafaelito esbozaba un gesto de protesta, como escandalizado de que
alguien pudiese dudar de su pericia. Con él no había cuidado.
--¿Y usted no viene, don Mariano? Deje usted los pinceles. No vamos más
que al Pardo.
El pintor se excusaba; tenía mucho que hacer. Estaba enterado de lo que
era aquello y no le placía ir tan aprisa. Le disgustaba tragarse el
espacio con los ojos casi cerrados, no viendo apenas la campiña esfumada
por la velocidad, entre nubes de polvo y piedra machacada. Prefería
contemplar el paisaje tranquilamente, sin prisa, con la calma reflexiva
del que estudia. Además era refractario á lo que no fuese de su tiempo;
iba para viejo, y estas novedades estupendas no -le iban-.
--Adiós, papá.
Milita, levantándose el velo, avanzaba sus labios rojos y sensuales,
mostrando al sonreir su dentadura nítida. Después de este beso venía el
otro, ceremonioso, frío, cambiado con la indiferencia de la costumbre,
sin más novedad que la de huir su boca Josefina como si quisiera evitar
todo contacto intimo.
Salían los tres, apoyándose la madre en el brazo de Rafaelito, con
cierta pereza, como si apenas pudiese arrastrar su flaco cuerpo, y con
una palidez que no animaba el más leve arrebol de la circulación de la
sangre.
Al quedar solo en su estudio, experimentaba Renovales la alegría de un
muchacho en asueto. Trabajaba con mayor ligereza, cantaba á gritos,
complaciéndose en escuchar los ecos que despertaba su voz en las sonoras
naves. Muchas veces, al entrar Cotoner, le sorprendía entonando con
impúdica serenidad alguna de las canciones licenciosas que había
aprendido en Roma, y el pintor de los Papas, sonriente como un fauno, le
hacía coro, aplaudiendo al final estas picardías de estudio.
Tekli, el húngaro, que algunas tardes les acompañaba, había partido para
su país con su copia de -Las Meninas-, después de llevarse las manos de
Renovales varias veces al corazón, con grandes extremos afectuosos,
llamándole -maestrone-. El retrato de la condesa de Alberca ya no estaba
en el estudio. Rodeado de un marco coruscante, exhibíase en el salón de
la ilustre dama, recibiendo la adoración de su tertulia de admiradores.
Algunas tardes, después que las señoras abandonaban el estudio y se
alejaba el sordo rodar del automóvil con grandes mugidos de bocina, el
maestro y su amigo hablaban de López de Sosa. Un buen muchacho, algo
tonto, pero excelente persona. Este era el juicio de Renovales y su
viejo amigo. Estaba orgulloso de sus bigotes, que le daban cierto
parecido con el emperador alemán, y al sentarse tenía buen cuidado de
exhibir sus manos, poniéndolas en evidencia sobre las rodillas, para que
apreciasen todos su vigorosa enormidad, sus salientes venas y sus dedos
fuertes, con una ingenua satisfacción de cavador. Su conversación giraba
siempre en torno de empresas vigorosas, y ante los dos artistas
pavoneábase como si perteneciese á otra raza, hablando de sus hazañas de
esgrimidor, de sus triunfos en los asaltos, de los kilos que levantaba
sin el más leve esfuerzo, de las sillas que podía saltar sin rozarlas
siquiera. Muchas veces interrumpía á los dos pintores cuando elogiaban á
los grandes maestros del arte, para comunicarles el último triunfo de
cualquier automovilista célebre en la conquista de la disputada copa.
Sabía de memoria los nombres de todos los campeones europeos que habían
alcanzado el laurel de la inmortalidad, corriendo, saltando, matando
pichones, dándose patadas ó manejando hierros.
Renovales le había visto entrar en su estudio una tarde, trémulo de
emoción, con los ojos brillantes, mostrándole un telegrama.
--Don Mariano, ya tengo un -Mercedes-. Me avisan su envío.
El pintor hizo un gesto de ignorancia. ¿Quién era aquel sujeto que
llevaba un nombre femenil? Y el elegante Rafaelito sonrió con lástima.
--La mejor marca; -Mercedes-, superior á -Panard-; eso todo el mundo lo
sabe. Fabricación alemana; unos sesenta mil francos. No habrá otro en
Madrid.
--Pues que sea en hora buena.
Y el artista, después de encogerse de hombros, siguió pintando.
López de Sosa era rico. Su padre, un antiguo fabricante de conservas, le
había dejado una fortuna que administraba prudentemente, no jugando (eso
jamás), no manteniendo queridas (le faltaba tiempo para tales
superfluidades), sin otro placer que los -sports-, que fortalecen el
cuerpo. Tenía una cochera para él solo, donde albergaba los carruajes de
tiro y los automóviles, mostrándolos á los amigos con una satisfacción
de artista. Era su museo. Además, poseía varios troncos de caballos,
pues las aficiones modernas no le hacían olvidar sus antiguos gustos, y
tomaba tan á pechos sus méritos de automovilista como sus pasadas
glorias de cochero. De tarde en tarde, en los días de gran corrida de
toros, ó cuando se celebraban en el Hipódromo carreras sensacionales,
alcanzaba un triunfo de pescante, guiando seis jacas llenas de borlas y
cascabeles, que parecían pregonar con su estrepitosa marcha la gloria y
la riqueza de su dueño.
Enorgullecíase de su vida virtuosa, sin una calaverada, sin un
amorcillo, dedicada por entero al -sport- y la ostentación. Sus rentas
eran inferiores á los gastos. El numeroso personal de la cuadra-garage,
los caballos, la gasolina y los adornos de su persona, devoraban una
parte de su capital. Pero López de Sosa manteníase impávido en este
principio de ruina, que no pasaba inadvertido para él, muchacho juicioso
y excelente administrador en medio de su despilfarro. Era la calaverada
de su juventud; ya limitaría sus gastos cuando se casase. Dedicado por
las noches á la lectura, no pudiendo dormir tranquilamente si no hojeaba
antes sus clásicos (periódicos de -sport-, catálogos de automóviles,
etc.), todos los meses hacía nuevas adquisiciones en el extranjero,
girando miles y miles de francos y lamentándose como un hombre serio de
la alza de los cambios, de los exorbitantes derechos de aduanas, de la
torpeza de estos malos gobiernos, que ponen trabas al adelanto del país.
Cada automóvil aumentaba considerablemente su precio al pasar la
frontera. ¡Y después de esto aun pedían los políticos progreso y
regeneración!...
Había sido educado por los padres de la Compañía en la Universidad de
Deusto y tenía su título de abogado. Mas no por esto era devoto. Él era
liberal; amaba lo moderno. Nada de fanatismos ni hipocresías. Había
dicho adiós para siempre á los buenos padres, así que murió el suyo, que
era entusiasta de ellos; pero les conservaba cierto respeto por haber
sido sus maestros y reconocía en ellos unos grandes sabios. Pero la vida
moderna era otra cosa; él leía con entera libertad; leía mucho, tenía en
su casa una biblioteca, compuesta lo menos de un centenar de novelas
francesas. Adquiría todos los volúmenes que llegaban de París, con una
hembra puesta al fresco en la cubierta, y en cuyo interior, so pretexto
de relatar las costumbres griegas, romanas ó egipcias, se encontraban un
sinnúmero de buenas mozas en pelota ó efebos al natural, sin otros
adornos de civilización que las cintas y gorros que cubrían sus cabezas.
Pedía libertad, mucha libertad; pero los hombres estaban divididos para
él en dos castas: las personas decentes y las que no lo son. Entre los
primeros figuraban en masa todos los muchachos de la Gran Peña, los
viejos del Casino, con algunos de los personajes cuyos nombres figuraban
en los periódicos, signo indiscutible de su valer. El resto era la
canalla que lo llenaba todo; despreciable y cursi en las calles de las
ciudades; repugnante y antipática en los caminos; la que insultaba con
toda la grosería de su mala crianza y lanzaba amenazas de muerte cuando
un chicuelo venía á colocarse bajo las ruedas del automóvil con la
maligna intención de dejarse aplastar, metiendo en un conflicto á una
persona decente, ó cuando alguna blusa blanca, haciéndose la sorda á los
llamamientos de la bocina, no quería apartarse y se sentía alcanzada...
como si un hombre que gana dos pesetas quisiera ser superior á las
máquinas que cuestan muchos miles de francos. ¡Qué hacer de un pueblo
tan ignorante y ordinario! ¡Y aun hablaban algunos miserables de
derechos y revoluciones!...
Cotoner, que cuidaba su trajecillo con inauditas fatigas, manteniéndolo
presentable para sus visitas y comilonas, preguntaba á López de Sosa con
cierto asombro sobre los progresos de su vestuario.
--¿Cuántas corbatas tiene usted ahora, Rafael?
Unas setecientas: las había contado recientemente. Y avergonzado de no
poseer todavía el ansiado millar, hablaba de surtirse en su próximo
viaje á Londres, cuando se disputaran la copa los primeros
automovilistas británicos. Sus botas las recibía de París, pero las
fabricaba un zapatero de Suecia, el mismo que calzaba á Eduardo de
Inglaterra; los pantalones los contaba por docenas y nunca se ponía uno
más allá de ocho ó diez veces; la ropa blanca pasaba á poder de su ayuda
de cámara apenas usada; sus sombreros eran todos londonienses. Se hacía
por año ocho levitas, que envejecían muchas veces sin llegar al estreno:
las tenía de varios colores, con arreglo á las circunstancias y á las
horas en que debía usarlas. Una especial, de largos faldones y un negro
mate, sombrío y austero, copiada de las ilustraciones extranjeras que
representaban desafíos, era su uniforme de los momentos solemnes, la que
vestía cuando algún amigo le buscaba en la Peña para que le asistiese y
representase, con su pericia de hombre escrupuloso en asuntos de honor.
Su sastre admiraba su talento, su magistral golpe de vista para escoger
las telas y decidir el corte entre los innumerables figurines. Total,
que invertía unos cinco mil duros por año en sus trajes, y decía con
sencillez á los dos artistas:
--¡Qué menos puede gastar una persona decente para estar presentable!...
López de Sosa visitaba la casa de Renovales como amigo después de
haberle pintado éste su retrato. Á pesar de sus automóviles, de sus
trajes y de escoger sus relaciones entre las gentes que ostentaban
títulos nobiliarios, no conseguía echar raíces en lo que él llamaba gran
mundo. Sabía que á sus espaldas le designaban con el apodo de «Bonito en
escabeche», aludiendo á las fabricaciones paternas, y que las señoritas
que le tenían por amigo rebelábanse ante la idea de casarse con el
«Chico de las conservas», que era otro de sus falsos nombres. La amistad
de Renovales fué para él un motivo de orgullo.
Había solicitado que hiciese su retrato, pagándolo sin regateo, para
que figurase en la Exposición; una manera de distinguirse como
cualquiera otra, de introducir su insignificancia entre los hombres de
alguna celebridad pintados por el artista. Después intimó con el
maestro, hablando en todas partes de su «amigo Renovales» con cierta
llaneza, como si fuese un camarada que no podía vivir sin él. Esto le
realzaba mucho ante sus conocimientos. Además, sentía una admiración
ingenua por el maestro desde una tarde en que algo fatigado por el
relato de sus azañas de esgrimidor, abandonó los pinceles, y descolgando
unas espadas viejas, tiró con él varios asaltos. ¡Vaya con don Mariano!
¡Y cómo se traía sus cositas aprendidas allá en Roma!...
Frecuentando el hotel del artista, acabó por sentirse impulsado hacia
Milita: vió en ella la mujer deseada para su matrimonio. Á falta de más
sonoros títulos, ser yerno de Renovales era algo. Además, el pintor
gozaba fama de rico; se hablaba de sus enormes ganancias y aun le
quedaban por delante muchos años de trabajo para acrecentar esta
fortuna, que había de ser para su hija.
López de Sosa comenzó á hacer la corte á Milita apelando á sus grandes
medios; presentándose cada día con distinto traje, llegando todas las
tardes, ya en un carruaje de vistoso tiro, ya en uno de sus automóviles.
El elegante muchacho conquistó la tolerancia de la madre, lo que no era
poco. Un marido así convenía á su hija. ¡Nada de pintores! Y el pobre
Soldevilla en vano arboraba las más vistosas corbatas y exhibía
escandalosos chalecos; su rival le aplastaba, y lo que era peor, la
señora del maestro, que le tenía antes cierto afecto maternal y le
tuteaba por haberle conocido casi un niño, acogíale ahora fríamente,
como si desease intimidarle en sus pretensiones sobre Milita.
Ésta fluctuaba sonriente y burlona entre ambos adoradores. Lo mismo
parecía importarle uno que otro. Desesperaba al pintor, al compañero de
su infancia, maltratándole unas veces con sus bromas, atrayéndolo otras
con efusivas intimidades, como en la época que jugaban juntos, y al
mismo tiempo elogiaba la elegancia de López de Sosa, reía con él y hasta
recelaba Soldevilla que se escribían cartas como si ya fuesen novios.
Renovales celebraba la gracia con que su hija llevaba anhelantes é
indecisos en torno de ella á los dos muchachos. Era temible; un chico
con faldas, más varonil que sus dos adoradores.
--La conozco, Pepe--decía á Cotoner.--Hay que dejarla hacer su voluntad.
El día que se decida por uno ó por otro, habrá que casarla en seguida.
No es de las que esperan. Si no la casamos pronto y á gusto, es capaz de
escaparse con el novio.
El padre justificaba esta impaciencia de Milita. ¡Pobrecilla! ¡Para lo
que veía en su casa! La madre siempre enferma, azorándola con sus
llantos, sus gritos y sus crisis nerviosas: el padre trabajando en el
estudio, y por toda compañía la antipática -Miss.- Había que dar
gracias á López de Sosa porque las sacaba de casa, volviendo Josefina un
tanto calmada de estas carreras vertiginosas.
Prefería Renovales á su discípulo. Era casi su hijo, había reñido
grandes batallas por darle pensiones y premios. Un tanto disgustadillo
le tenía por ciertas menudas infidelidades, pues al verse con cierto
nombre, alardeaba de independencia, elogiando á espaldas del maestro
todo lo que éste creía vituperable. Pero aun así, le agradaba la idea de
que pudiese casarse con su hija. El yerno pintor; los nietos pintores;
la sangre de Renovales perpetuándose en una dinastía de artistas que
llenase la historia con resplandores gloriosos.
--Pero ¡ay, Pepe! Me temo que la niña se irá con el otro. ¡Al fin,
mujer! Las hembras sólo aprecian lo que se ve; la gallardía, la
juventud.
Y las palabras del maestro denotaban cierta amargura, como si pensase en
algo muy distinto de lo que decía.
Después examinaba los méritos de López de Sosa, como si ya se hubiese
introducido en la familia.
--Un buen muchacho, ¿verdad, Pepe?... Algo imbécil para nosotros;
incapaz de hablar diez minutos sin que bostecemos; excelente persona...
pero no es de nuestra promoción.
Renovales hablaba con cierto desprecio de la juventud vigorosa, sana y
con el cerebro virgen de todo cultivo, que acababa de asaltar la vida,
invadiéndolo todo. ¡Qué gente! Mucha gimnasia, mucha esgrima, patadas á
una pelota enorme, mazazos á caballo, carreras locas en automóvil: desde
los reyes al último retoño de burgués, todos se lanzaban á esta vida de
goces infantiles, como si la misión del hombre sólo consistiera en
endurecer los músculos, sudar é interesarse en las peripecias de un
juego. La actividad huía del cerebro, para localizarse en los tentáculos
del cuerpo. Eran fuertes, pero la inteligencia permanecía en barbecho;
envuelta en una bruma de credulidad infantil. Los nuevos hombres
parecían plantarse para siempre en los catorce años; no iban más allá,
satisfechos con las voluptuosidades del movimiento y la fuerza. Muchos
de aquellos mocetones eran vírgenes ó casi vírgenes, á la edad en que en
otros tiempos se estaba de vuelta, con el hastío del amor. Ocupados en
correr, sin dirección ni objeto, no tenían tiempo ni calma para pensar
en la hembra. El amor iba á declararse en huelga, no pudiendo resistir
la competencia de los -sports-. Los jóvenes vivían aparte, ellos entre
ellos, encontrando en el esfuerzo atlético una satisfacción que les
dejaba ahitos y sin curiosidad para los demás placeres de la vida. Eran
niños grandes, de puños fuertes: podían luchar con un toro y veían con
timidez la aproximación de una mujer. Toda la savia de su vida se
escapaba en los ejercicios violentos. La inteligencia parecía haberse
aglomerado en sus manos, dejando vacío el cráneo. ¿Adonde iba la gente
nueva?... Tal vez á formar otra humanidad más sana, más fuerte, sin
amor, sin apasionamientos, sin otras aproximaciones que el ciego impulso
de la reproducción. Tal vez este culto á la fuerza, esta vida continua
de hombres entre hombres, desnudándose en la promiscuidad de los
ejercicios, admirando el músculo hinchado y la vigorosidad saliente, se
desviara en repugnante aberración, y todo ello parase en resucitar los
tiempos clásicos con sus atletas que, habituados al desprecio de la
mujer, se envilecían imitando sus pasividades.
--Nosotros éramos de otro modo, ¿eh, Pepe?--decía Renovales guiñando un
ojo con expresión maliciosa.--De muchachos cuidábamos menos el cuerpo,
pero le dábamos mayores satisfacciones. No éramos tan puros, pero nos
preocupaba algo más alto que el automóvil ó la copa de honor: teníamos
-ideales-.
Volvía después á hablar de aquel señorito que pretendía introducirse en
su familia, y se burlaba de su mentalidad.
--Si Milita se decide por él, yo no me opongo. Lo que importa en estos
casos es entenderse. Él es un buen chico; casi podría ir al matrimonio
con flores de azahar. Pero no sé si pasada la impresión de la novedad
volverá á entregarse á sus aficiones y la pobre Milita sentirá celos de
esos artefactos que le comen una parte de la fortuna.
Algunas tardes, antes de que acabase la luz, Renovales despedía al
modelo, si es que lo tenía, y abandonaba los pinceles, saliendo del
estudio. Al volver presentábase con sombrero y gabán.
--Pepe, vamos á dar una vuelta.
Cotoner sabía hasta dónde llegaba esta vuelta.
Seguían la verja del Retiro, bajaban la calle de Alcalá, caminando
lentamente entre los grupos de paseantes, algunos de los cuales
volvíanse á sus espaldas para señalar al maestro. «Ese más alto es
Renovales, el pintor.» Á los pocos minutos aceleraba el paso Mariano con
nerviosa impaciencia, dejaba de hablar, y Cotoner le seguía con gesto
malhumorado, cantando entre dientes. Al llegar á la Cibeles ya sabía el
viejo pintor que se aproximaban al término del paseo.
--Hasta mañana, Pepe; me voy por aquí. Tengo que ver á la condesa.
Un día no se limitó á esta concisa despedida. Después de alejarse
algunos pasos volvió hacia su compañero, para hablarle con cierta
vacilación:
--Oye: si Josefina te pregunta adónde voy, no digas nada... Ya sé que
eres discreto, pero ella es de cuidado. Te digo esto para evitarme
explicaciones. Las dos no se llevan bien... ¡Cosas de mujeres!
II
Al principio de la primavera, cuando Madrid creía de buena fe haber
entrado en la buena estación y los impacientes sacaban á luz sus
sombreros veraniegos, volvió inesperadamente el invierno con un
retroceso traidor, entenebreciendo el cielo, cubriendo con una sábana de
nieve la tierra resquebrajada por el calor solar, los jardines en los
que apuntaban las hojas de la vegetación primaveral y se esparcían las
primeras flores.
La chimenea volvió á encenderse en el salón de la de Alberca, buscando
su calor todos los señores que formaban su tertulia los días en que la
«ilustre condesa» se -quedaba en casa-, no teniendo reunión que presidir
ni visitas que hacer.
Renovales, al llegar una tarde, habló con entusiasmo del aspecto que
ofrecía la Moncloa cubierta de nieve. Venía de allá; un hermoso
espectáculo; el bosque, sumido en el silencio invernal, sorprendido por
el blanco sudario, cuando comenzaba á crujir con el primer hervor de la
savia. ¡Lástima que la manía fotográfica poblase el bosque de tantos
buenos señores, que iban de una parte á otra con sus maquinillas,
ensuciando la pureza de la nieve!
La condesa mostró una curiosidad infantil. Quería ver aquello: iría al
día siguiente. En vano sus amigos la disuadieron hablando del próximo
cambio del tiempo. Al otro día saldría el sol, se derretirían las
nieves; esas tormentas inesperadas tenían la inestabilidad caprichosa
del clima de Madrid.
--No importa--dijo Concha con tenacidad.--Se me ha metido en la cabeza
ir á la Moncloa. Hace años que no la veo. ¡Con esta vida tan ocupada!...
Iría á ver el deshielo por la mañana... Por la mañana no. Se levantaba
tarde, y había de recibir á todas aquellas señoras del feminismo que
venían á consultarla. Por la tarde: iría después del almuerzo. ¡Lástima
que el maestro Renovales trabajase á esa hora y no pudiera acompañarla!
¡Él que sabía ver el paisaje tan admirablemente, con sus ojos de
artista, y la había hablado muchas veces de la puesta del sol vista
desde el palacete de la Moncloa; un espectáculo casi igual al que se
contempla en Roma desde el Pincio á la caída de la tarde!... El pintor
sonrió galantemente. Procuraría estar al día siguiente en la Moncloa; ya
se encontrarían.
La condesa pareció alarmarse de pronto por esta promesa y lanzó una
mirada al doctor Monteverde. Pero sufrió una decepción, en su deseo de
verse tachada de ligera é infiel, al notar que aquél permanecía
indiferente.
¡Dichoso doctor! ¡Y cómo le odiaba el maestro Renovales! Era un
jovenzuelo hermoso y frágil como una figulina de porcelana; un conjunto
de bellezas extremadas hasta el punto de dar á su rostro una exageración
caricaturesca. El pelo, partido en dos bandós sobre la pálida frente,
negro, muy negro y brillante, con reflejos azulados; los ojos, de una
suavidad aterciopelada, mostrando en su dilatado corte la mancha carmesí
del lacrimal sobre el nítido marfil de las córneas; unos verdaderos ojos
de odalisca: los labios rojos, enseñando su color de sangre por entre la
celosía del erizado bigote; la tez de una palidez de camelia, y la
dentadura con un brillo temblón semejante al del nácar. Concha le miraba
con arrobamiento devoto; hablaba con los ojos puestos en él,
consultándole con la mirada, lamentando internamente su falta de
despotismo, deseando ser su sierva, verse corregida por él en todos los
caprichos de su carácter veleidoso.
Renovales lo despreciaba, dudando de su virilidad, haciendo los más
atroces comentarios con su rudeza de lenguaje.
Era doctor en Ciencias y esperaba que se declarase vacante una cátedra
de Madrid para hacer oposiciones á ella. La condesa de Alberca le tenía
bajo su alta protección, hablando con entusiasma de Monteverde á todos
los señores graves que ejercían influencia en la vida universitaria.
Prorrumpía en los más desaforados elogios del doctor en presencia de
Renovales. Era un sabio, y á ella la entusiasmaba que toda su sabiduría
no le privase de vestir con refinada elegancia y ser hermoso como un
ángel.
--Para dentadura bonita la de Monteverde--decía mirándolo en plena
tertulia al través de sus impertinentes.
Otras veces, siguiendo el curso de sus ideas, interrumpía la
conversación, sin fijarse en la incoherencia de sus palabras:
--¿Pero han reparado ustedes en las manos del doctor? ¡Más finas que las
mías! Parecen manos de dama.
El pintor se indignaba ante estas demostraciones de Concha, que muchas
veces eran en presencia de su marido.
Le asombraba la calma del hombre de las condecoraciones. ¿Pero aquel
señor estaba ciego? Y el conde, con una bondad paternal, decía siempre
lo mismo:
--¡Esta Concha! ¡qué franquezas tiene! No haga usted caso, amigo
Monteverde. Son cosas de mi mujer, niñadas.
El doctor sonreía, halagado por este ambiente de adoración de que le
rodeaba la condesa.
Había escrito un libro sobre el origen natural de los organismos
animales, del que hablaba con entusiasmo la hermosa señora. El pintor
contemplaba con asombro y envidia el cambio de sus gustos. Nada de
música, ni de versos, ni de artes plásticas, que antes eran la
preocupación de su inteligencia de pájaro, atraída por todo lo que
brilla y suena. Ahora miraba las artes como lindos é insignificantes
juguetes que sólo podían divertir la infancia de la humanidad. Los
tiempos cambiaban; había que ser serios. Ciencia, mucha ciencia; ella
era la protectora, la buena amiga, la consejera de un sabio. Y Renovales
encontraba sobre mesas y sillones libros famosos, con la mitad de las
hojas sin cortar, manejados febrilmente, abandonados por el tedio y la
falta de comprensión, después de una primera acometividad de curiosidad.
Sus tertulianos, casi todos señores viejos, atraídos por la hermosura de
la condesa y enamorados de ella sin esperanza, sonreían oyéndola hablar
de la ciencia con tanta gravedad. Los que tenían un nombre en la
política se admiraban ingenuamente. ¡Cuántas cosas sabía aquella mujer!
Muchas las ignoraban ellos. Los otros señores, médicos de fama,
catedráticos, gentes de estudio, que hacía tiempo no estudiaban,
aprobaban también con cierta complacencia. Para una mujer no estaba del
todo mal. Y ella, llevándose los lentes á los ojos de vez en cuando para
paladear la belleza de su doctor, hablaba con una lentitud pedantesca
del protoplasma, de la reproducción de las células, del canibalismo de
los -fagocitos-, de los monos catarinos, antropoides y pitecoides, de
los mamíferos -discoplacentarios- y del -Pithecanthropus-, tratando los
misterios de la vida con amistosa confianza, repitiendo sus extraños
nombres científicos, como si fueran los de personas de la buena sociedad
que hubiesen comido con ella la noche anterior.
El lindo Monteverde estaba, según ella, por encima de todos los sabios
de fama universal.
Los libros de éstos, con admirarlos tanto el doctor, la daban jaqueca á
ella, que inútilmente quería apoderarse del misterio de sus renglones.
En cambio había leído un sinnúmero de veces el libro de Monteverde,
mágica obra cuya adquisición recomendaba á todas sus amigas, las cuales,
en materia de lectura, no iban más allá de las novelas de los periódicos
de modas.
--Es un sabio--dijo la condesa una tarde al hablar á solas con
Renovales.--Empieza ahora, pero yo le empujaré y llegará á ser un genio.
Tiene un talento inmenso. ¡Si usted hubiese leído su libro!... ¿Conoce
usted á Darwin? ¿Verdad que no? Pues es más que Darwin; mucho más.
--Lo creo--dijo el pintor.--Ese Monteverde es hermoso como un bebé y
Darwin era un tío feo.
La condesa dudó entre ponerse seria ó reir, y acabó por amenazarle con
sus impertinentes.
--Calle usted, mala persona. ¡Al fin, pintor! Usted no puede comprender
las amistades tiernas, las relaciones puras, la fraternidad basada en el
estudio.
¡Con qué dolor reía el maestro de tanta pureza y fraternidad! Él veía
claro, y Concha por su parte no era un modelo de prudencia para ocultar
sus sentimientos. Monteverde era su amante, como antes lo había sido un
músico, durante cierta época en que la condesa no hablaba más que de
Beethoven y de Wagner, como si fuesen visitas de su casa; y mucho antes
un duquesito, guapo mozo, que daba becerradas por invitación, matando
los inocentes bueyes después de saludar con ojos amorosos á la de
Alberca, que echaba fuera del palco su busto envuelto en la mantilla
blanca y adornado de claveles. Sus amores con el doctor eran casi
públicos. No había más que ver el encarnizamiento con que le
despedazaban los señores de la tertulia, afirmando que era un necio y su
libro un traje de Arlequín, una serie de retazos ajenos, mal hilvanados,
con la audacia del ignorante. También á éstos les mordía la envidia,
estremecidos en sus amores seniles y silenciosos por el triunfo de aquel
jovenzuelo que les arrebataba el ídolo, adorado con una devoción
contemplativa que reanimaba su senectud.
Renovales indignábase contra sí mismo. En vano quería vencer á la
costumbre que guiaba sus pasos todas las tardes hacia la casa de la
condesa.
--Ya no vuelvo más--se decía con rabia al verse en su estudio.--¡Bonito
papel haces, Mariano! Sirves de coro con todos esos viejos imbéciles á
un dúo de amor... ¡Valiente punto la tal condesa!
Pero al día siguiente volvía, pensando con cierta esperanza en la
pretenciosa superioridad de Monteverde, en el aire desdeñoso con que
recibía las adoraciones de su amante. Ya se cansaría Concha de esta
muñeca con bigotes, volviendo los ojos á él, que era un hombre.
El pintor se daba cuenta de la transformación de su carácter. Era otro y
hacía esfuerzos para que no se percatasen en su casa de este cambio.
Reconocía mentalmente que estaba enamorado, con la satisfacción del
hombre maduro que ve en esto un signo de juventud, el retoñamiento de
una segunda vida. Se había sentido impulsado hacia Concha por el deseo
de romper el tedio de su existencia, de imitar á los otros, de gustar la
acidez de la infidelidad, haciendo una ligera escapada fuera de las
murallas severas é imponentes que cerraban el yermo del matrimonio, cada
vez más cubierto de zarzas y malezas. La resistencia de ella le
exasperaba, aumentando su deseo. No sabía ciertamente qué era lo que
sentía; tal vez una atracción material y con ella el enconamiento del
amor propio, la amargura de verse rechazado al descender de las alturas
de la virtud en las que se había mantenido con orgullo salvaje, creyendo
que todos los goces de la tierra le esperaban, deslumbrados por su
gloria, y que sólo tendría que extender los brazos para que corrieran á
él.
Sentíase humillado por el fracaso; le agitaba sorda rabia al comparar su
cabello cano y sus ojos circundados de nacientes arrugas, con aquel niño
bonito de la ciencia que parecía enloquecer á la condesa. ¡Ay las
mujeres! ¡Sus entusiasmos intelectuales, sus aspavientos de admiración
ante la celebridad!... ¡Todo mentira! Sólo adoran el talento bien
presentado, en una envoltura juvenil y hermosa...
Á impulsos de su carácter tenaz, Renovales tomó á empeño el vencer esta
resistencia. Se acordaba sin remordimiento de la escena con su mujer en
la obscuridad del dormitorio; de sus palabras desdeñosas, que le
anunciaban el fracaso cerca de la condesa. El desprecio de Josefina era
un nuevo espolazo que le hacía seguir en este camino.
Concha le alejaba y le atraía al mismo tiempo. Era indudable que el amor
del maestro halagaba su vanidad. Reíase de sus declaraciones
apasionadas, tomándolas á broma, contestándolas siempre en el mismo
tono. «¡Formalidad, maestro! Eso no le está bien á usted. Usted es un
grande hombre: un genio. Deje ese aire de estudiante enamorado para los
muchachos.» Pero cuando él, enfurruñado por la fina burla, se juraba
mentalmente no volver, ella parecía adivinarlo y se mostraba cariñosa,
atrayéndolo con un interés que hacía presagiar al pintor la proximidad
de su triunfo.
Si él callaba ofendido, ella era la que hablaba de amor, de pasiones
eternas entre seres de gran intelectualidad, basadas en la armonía de
los pensamientos; y no cesaba en esta peligrosa plática, hasta que el
maestro, con súbita confianza, avanzaba de nuevo, ofreciendo su amor,
para verse acogido por aquella sonrisa bondadosa é irónica á la vez,
que parecía tratarle como á un niño grande falto de juicio.
Y así vivía el maestro, fluctuando entre la esperanza y la
desesperación, tan pronto acogido como rechazado, pero siempre incapaz
de desasirse de aquella mujer, como si le oprimiera un maleficio.
Buscaba, con astucias de colegial, ocasiones para verse á solas con
ella; inventaba pretextos para ir á su casa en horas extraordinarias,
cuando no estaban los de la tertulia, y palidecía de coraje al
tropezarse con el lindo doctor, y notar en torno de él esa sensación de
vacío y malestar que envuelve al importuno en su presentación
inesperada.
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