tono severo con la pátina de la devoción.
El pintor sentíase bien agarrado á este pequeño mundo, grave, religioso
y que comía bien. Era para todos el «buen Cotoner». Las señoras sonreían
agradecidas cuando las obsequiaba con algún rosario ú otro objeto de
devoción traído de Roma. Si mostraban deseos de obtener alguna dispensa
del Vaticano, las ofrecía escribir á «su amigo el cardenal». Los
maridos, contentos de tener un artista en casa á tan poca costa, le
consultaban el plano de una capilla nueva, el diseño de un altar, y en
sus fiestas onomásticas recibían con gesto protector algún regalo de
Cotoner; una -manchita-, un paisaje sobre tabla, que exigía muchas veces
explicaciones previas para conocer su significación. En las comidas era
la alegría de esta gente de sanos principios y mesuradas palabras,
relatando originalidades de los «monseñores» y «eminencias» que había
conocido en Roma. Estos chistes los aceptaban con cierta unción, por
escabrosos que fuesen, viniendo de tan respetables personajes.
Cuando por enfermedad ó viaje se rompía el orden de las invitaciones y
Cotoner carecía de convite, se quedaba á comer en casa de Renovales, sin
previa invitación. El maestro quiso instalarlo en su hotel, pero él no
aceptó. Amaba mucho á toda la familia: Milita jugaba con él como si
fuese un perro viejo; Josefina le tenía cierto afecto, porque le
recordaba con su presencia los buenos tiempos de Roma. Pero Cotoner, á
pesar de esto, mostraba cierto miedo, adivinando las tormentas que
ennegrecían la vida del maestro. Prefería su existencia libre, á la que
se adaptaba con una ductilidad de parásito. Al final de las comidas
escuchaba, con movimientos de aprobación, las graves pláticas de
sobremesa entre doctos sacerdotes y graves devotas, y una hora después
bromeaba impíamente en cualquier café con pintores, cómicos y
periodistas. Conocía á todo el mundo: le bastaba hablar dos veces con un
artista, para tutearle y jurar que le quería y admiraba con toda su
alma. Al entrar Renovales en el estudio, sacudió su torpeza digestiva y
estiró las cortas piernas para tocar el suelo y salir del sillón.
--¿Te han contado, Mariano?... ¡Un plato magnifico! Les he hecho un
gazpacho de pastor... ¡Se han chupado los dedos!
Hablaba con entusiasmo de su obra culinaria, como si concentrase en esta
habilidad todos sus méritos. Después, mientras Renovales entregaba el
sombrero y el gabán al criado que le seguía, Cotoner, con una curiosidad
de amigo íntimo, deseoso de conocer todos los detalles de la existencia
de su ídolo, le hizo preguntas sobre su almuerzo con el extranjero.
Renovales se tendió en un diván, profundo como un nicho, entre dos
bibliotecas, y flanqueado por montones de cojines. Al hablar de Tekli,
recordaron á sus amigos de Roma, pintores de diversas nacionalidades,
que veinte años antes marchaban con la frente alta, siguiendo como
hipnotizados la estrella de la esperanza. Renovales, en su orgullo de
luchador, incapaz de hipocritas modestias, declaraba que él era el único
que había llegado. El pobre Tekli era un profesor: su copia de Velázquez
resultaba un trabajo paciente de bestia artística.
--¿Tú lo crees?--preguntó Cotoner con gesto de duda.--¿Tan mal lo
hace?...
Procuraba por egoísmo no hablar contra nadie; dudaba del mal; creía
ciegamente en el elogio, conservando de este modo su reputación de
bueno, que le daba acceso en todas partes, facilitando su vida. La
imagen del húngaro estaba fija en su memoria, haciéndole pensar en una
serie de almuerzos, antes de que aquél abandonase Madrid.
--Buenas tardes, maestro.
Era Soldevilla, que con las manos cruzadas bajo el faldón de la
americana, abombando el pecho para lucir mejor el chaleco de terciopelo
granate, y la cabeza en alto, atormentada por la desmesurada altura del
cuello rígido y nítido, salía de detrás de un biombo. Su delgadez y lo
exiguo de su estatura estaban compensadas por la longitud de sus bigotes
rubios, que se empinaban en torno de la naricilla sonrosada, como si
quisieran confundirse con los bandós de su peinado, lacios y desmayados
sobre la frente. Este Soldevilla era el discípulo favorito de Renovales,
«su debilidad», según decía Cotoner. El maestro había reñido grandes
batallas por alcanzarle la pensión en Roma; después le había premiado en
varias exposiciones.
Le miraba como si fuese su hijo, atraído tal vez por el contraste entre
su rudeza y la debilidad de aquel -dandy- de la pintura, siempre
correcto, siempre amable, que consultaba para todo á su maestro, aunque
después no hiciese gran caso de sus consejos. Cuando hablaba mal de los
compañeros de arte, lo hacía con una suavidad venenosa, con una finura
mujeril. Renovales reía de su aspecto y de sus costumbres, y Cotoner le
hacía coro. Era una porcelana, siempre brillante; no se encontraba en él
la más leve mota de polvo; debía dormir en una rinconera. ¡Ah, los
pintores del día! Los dos artistas viejos recordaban el desarreglo de
su juventud; su bohemia descuidada, con grandes barbas y enormes
sombreros; todas sus bizarras extravagancias para distinguirse de los
demás mortales, formando un mundo aparte. Sentíanse malhumorados, como
en presencia de una abdicación, ante los pintores de la última hornada,
correctos, prudentes, incapaces de locuras, copiando las elegancias de
los ociosos, con un aire de funcionarios del Estado, de oficinistas que
manejaban el pincel.
Soldevilla, á continuación de su saludo, aturdió al maestro con un
desmesurado elogio. Estaba admirando el retrato de la condesa de
Alberca.
--Una maravilla, maestro. Lo mejor que ha pintado usted... y eso que
está á medio hacer.
Este elogio conmovió á Renovales. Se levantó para apartar de un empujón
el biombo, y arrastró un caballete que sostenía un gran lienzo, hasta
colocarlo frente á la luz que penetraba por el ventanal de cristales.
Sobre un fondo gris erguíase, con la majestad de la belleza habituada á
la admiración, una dama vestida de blanco. El -esprit- de plumas y
brillantes parecía temblar sobre sus rizos, de un rubio leonado; el
pecho marcaba el arranque de las redondeces de sus montículos entre las
blondas del escote; las manos, enguantadas hasta más arriba del codo,
sostenían una el rico abanico y otra una capa obscura, forrada de raso
color de fuego, que se deslizaba de sus hombros desnudos, próxima á
caer. La parte baja de la figura estaba indicada solamente por trazos de
carbón sobre la blancura del lienzo. La cabeza, casi terminada, parecía
mirar á los tres hombres con sus ojos orgullosos, algo fríos, pero de
una falsa frialdad, delatando, detrás de su pupila, apasionamientos
ocultos, un volcán muerto que resucitaba á sus horas.
Era una mujer alta, esbelta, de adorables y justas carnosidades, que
parecía sostenerse en el esplendor de una segunda juventud con la
higiene y las comodidades de su elevada posición. Los extremos de sus
ojos estaban achicados por un pliegue de fatiga.
Cotoner la contemplaba desde su asiento con una calma de hombre casto,
comentando su belleza tranquilamente, sintiéndose á cubierto de toda
tentación.
--Es ella, la has clavado, Mariano. Ella misma... ¡Ha sido una gran
mujer!
Renovales pareció ofendido por este comentario.
--Lo es--dijo con cierta hostilidad.--Lo es todavía.
Cotoner no era capaz de discutir con su ídolo y se apresuró á
rectificarse:
--Es una buena moza; muy guapa, sí, señor, y muy elegante. Dicen también
que tiene talento y que es incapaz de dejar sufrir á los que la adoran.
¡Poquito se habrá divertido esta señora!...
Renovales volvió á encresparse como si le hiriesen estas palabras.
--¡Bah! mentiras, calumnias--dijo con voz fosca:--invenciones de ciertos
señoritos que al verse despreciados la cuelgan esas infamias.
Cotoner volvió á deshacerse en explicaciones. Él no sabía nada: lo había
oído decir. Las señoras en cuya casa comía, hablaban mal de la de
Alberca... pero tal vez fuesen murmuraciones de mujeres. Se hizo el
silencio, y Renovales, como si desease torcer el curso de la
conversación, se encaró con Soldevilla.
--¿Y tú, no pintas? Siempre te veo por aquí á la hora de trabajar.
Sonreía con cierta malicia al decir esto, mientras el joven se excusaba
ruborizándose. Trabajaba mucho, pero todos los días sentía la necesidad
de dar una vuelta por el estudio del maestro antes de dirigirse al suyo.
Era una costumbre de sus tiempos de principiante, de aquella época, la
mejor de su vida, en que aprendía junto al gran pintor, en otro estudio
menos lujoso que éste.
--¿Y Milita? ¿la has visto?--prosiguió Renovales con sonrisa bonachona,
en la que había una punta de malicia.--¿No te ha tomado hoy el pelo por
esa nueva corbata que quita la vista?
Soldevilla también sonrió. Había estado en el comedor con doña Josefina
y Milita, y ésta se había burlado de él como siempre. Pero era sin
malicia: ya sabía el maestro que Milita y él se trataban como hermanos.
Más de una vez, cuando ella era pequeña y él un chicuelo, la había
servido de caballo, trotando por el viejo estudio, llevando á la espalda
aquel gran diablo que le tiraba del pelo y le abofeteaba con sus
manecitas.
--Es muy mona--interrumpió Cotoner.--Es la muchacha más graciosa y más
buena que conozco.
--¿Y el simpar López de Sosa?--preguntó el maestro otra vez con tono de
malicia.--¿No ha venido hoy ese -chauffeur- que nos vuelve locos con sus
automóviles?
Desapareció la sonrisa de Soldevilla. Púsose pálido y brillaron sus ojos
con verdoso fulgor. No; no había visto á ese caballero. Según decían las
señoras, andaba muy ocupado en la reparación de un automóvil que se le
había roto en el camino del Pardo. Y como si el recuerdo de este amigo
de la familia fuese penoso para el joven pintor y deseara evitar nuevas
alusiones, se despidió del maestro. Iba á trabajar; aun podían
aprovecharse dos horas de sol. Pero antes de salir dedicó nuevos elogios
al retrato de la condesa.
Quedaron solos los dos amigos en un largo silencio. Renovales, sumido en
la penumbra de aquel nicho de telas persas en que se empotraba su diván,
contemplaba el retrato.
--¿Ha de venir hoy?--preguntó Cotoner señalando al lienzo.
Renovales hizo un gesto de disgusto. Hoy ú otro día; con esta mujer era
imposible un trabajo serio.
La esperaba aquella tarde, pero no le causaría extrañeza que faltase á
la sesión. Llevaban cerca de un mes sin poder pintar dos días seguidos.
Tenía muchas ocupaciones: presidía sociedades para la enseñanza y la
emancipación de la mujer; proyectaba festivales y tómbolas; una
actividad de señora aburrida, un aturdimiento de pájaro loco que la
hacía querer estar en todas partes á un mismo tiempo, sin voluntad para
marcharse, una vez lanzada en la corriente del femenil chismorreo. De
pronto, el pintor, con los ojos fijos en el retrato, tuvo un impulso de
entusiasmo.
--¡Qué mujer, Pepe!--exclamó.--¡Qué mujer para pintarla!...
Sus ojos parecían desnudar á la beldad que se erguía en el lienzo con
toda su prosopopeya aristocrática. Intentaban penetrar el misterio de
aquella envoltura de encajes y sedas; ver el color y las lineas de unas
formas que apenas se marcaban con suave bulto al través del vestido. Á
esta reconstrucción mental ayudaban los hombros desnudos y el arranque
de los amorosos globos que parecían temblar con dureza elástica en el
filo del escote, separados por una línea de suave penumbra.
--Eso mismo le he dicho á tu mujer--afirmó el bohemio con sencillez.--Si
tú pintas señoras hermosas como la condesa, es por pintarlas, sin que se
te ocurra ver en ellas más que una modelo.
--¡Ah! ¡Conque mi mujer te ha hablado de esto!...
Cotoner se apresuró á tranquilizarle, temiendo ver turbada su digestión.
Nada; nerviosidades de la pobre Josefina, que, en su enfermedad, todo lo
veía negro.
Había aludido durante el almuerzo á la de Alberca y su retrato. No
parecía quererla, á pesar de ser su compañera de colegio. Le ocurría lo
que á las otras mujeres: la condesa era un enemigo que las inspiraba
miedo. Pero él la había tranquilizado, acabando por arrancarla una risa
débil. No había que hablar más de esto.
Pero Renovales no participaba del optimismo de su amigo. Adivinaba el
estado de ánimo de su mujer; comprendía ahora el motivo que la había
hecho huir de la mesa, refugiándose arriba para llorar y desearse la
muerte. Abominaba de Concha como de todas las mujeres que entraban en su
estudio... Pero esta impresión triste no fué muy duradera en el pintor;
estaba habituado á las susceptibilidades de su esposa. Además, se
tranquilizó pensando en su fidelidad conyugal. Tenía limpia la
conciencia, y Josefina podía creer lo que quisiera. Sería una injusticia
más, y él estaba resignado á sufrir su esclavitud sin quejarse.
Para distraerse comenzó á hablar de pintura. Le animaba el recuerdo de
su conversación con Tekli, el cual venía de correr Europa, y estaba
enterado de lo que pensaban y pintaban los más famosos maestros.
--Yo me hago viejo, Cotoner. ¿Crees que no lo conozco? No, no protestes;
ya sé que no soy viejo: cuarenta y tres años. Quiero decir que me he
encarrilado y no salgo de mi paso. Hace tiempo que no hago nada nuevo;
siempre doy la misma nota. Ya sabes que ciertos sapos, envidiosos de mi
fama, me echan en cara ese defecto, como un salibazo venenoso.
Y el pintor, con el egoísmo de los grandes artistas, que siempre se
creen olvidados y que el mundo les regatea la gloria, lamentábase de la
servidumbre que le imponía su buena suerte. ¡Ganar dinero! ¡Qué terrible
cosa para el arte! Si el mundo fuese gobernado por el sentido común, los
artistas de talento estarían mantenidos por el Estado, el cual proveería
generosamente á todas sus necesidades y caprichos. No habría que
preocuparse de la vida. «Pinte usted lo que quiera y como le dé la
gana.» Entonces se harían grandes cosas y adelantaría el arte con pasos
de gigante, no teniendo que envilecerse en una adulación á la vulgaridad
pública y á la ignorancia de los ricos. Pero ahora, para ser pintor
célebre, había que ganar mucho dinero, y éste sólo se conseguía con los
retratos, abriendo tienda, pintando al primero que se presenta, sin
derecho á escoger. ¡Maldita pintura! En el escritor era mérito la
pobreza; representaba virtud é integridad. Pero el pintor había de ser
rico: su talento se juzgaba por las ganancias. El renombre de sus
cuadros iba unido á la idea de miles de duros. Al hablar de su trabajo
se decía siempre «gana tanto», y para sostener esta riqueza, compañera
indispensable de la gloria, había que pintar á destajo, halagando á la
vulgaridad que paga.
Renovales se movía con nerviosa excitación en torno del retrato. Algunas
veces, este trabajo de jornalero glorioso aun era tolerable al pintar
mujeres hermosas y hombres cuya frente estaba animada por el interno
resplandor de la inteligencia. ¿Pero y los políticos vulgares; los ricos
con aspecto de mozos de cordel; las señoras hinchadas y de cara muerta
que había tenido que retratar? Cuando se dejaba vencer por su amor á la
verdad y copiaba el modelo tal como lo veía, proporcionábase un enemigo
más, que pagaba refunfuñando é iba por todas partes diciendo que
Renovales no era tan grande como le creían. Para evitar esto pintaba
mintiendo, valiéndose de los procedimientos empleados por otros artistas
mediocres, y esta bajeza atormentaba su conciencia como un despojo que
hacía sufrir á sus inferiores, dignos de respeto por lo mismo que
estaban menos dotados que él para la producción artística.
--Además, esto no es la pintura, toda la pintura. Nos creemos artistas
porque sabemos reproducir una cara, y la cara no es más que una parte
del cuerpo. Temblamos ante el desnudo; lo hemos olvidado. Hablamos de él
con respeto y temor, como de una cosa religiosa, digna de adoración,
pero que no vemos de cerca. Una gran parte de nuestro talento es
talento de hortera. Telas, muchas telas; trajes. Hay que envolver bien
el cuerpo, del que huimos como de un peligro...
Cesó en sus paseos agitados, deteniéndose ante el retrato, fijando en él
su mirada.
--Figúrate, Pepe--dijo en voz baja, mirando antes instintivamente hacia
la puerta, con aquel eterno miedo á ser oído por su esposa en estos
entusiasmos artísticos.--Figúrate... si esta mujer se desnudase; si yo
pudiera pintarla tal como es seguramente...
Cotoner rompió á reir con una expresión de fraile malicioso.
--Una gran cosa, Mariano, una obra maestra. Pero no querrá. Tengo la
certeza de que se negaría á desnudarse, y eso que debe haberlo hecho
delante de más de uno.
Renovales agitó sus brazos y levantó los ojos con expresión de protesta.
--¿Y por qué no quieren?... ¡Qué rutina! ¡Qué vulgaridad!
En su egoísmo de artista, imaginábase creado el mundo sin otro objeto
que el de mantener á los pintores y al resto de la humanidad que debía
servirle de modelo, y se escandalizaba de este pudor incomprensible.
¡Ay! ¿dónde encontrar ahora las beldades griegas, plácidas modelos de
los escultores; las damas venecianas, de palidez ambarina, pintadas por
el Ticiano; las flamencas graciosas de Rubens y las bellezas picantes y
diminutas de Goya? La hermosura se había eclipsado para siempre tras
los velos de la hipocresía y del falso pudor. Se dejaban contemplar hoy
por un amante, mañana por otro; entregaban á los innumerables galanes
algo más que la exhibición de sus formas, y sin embargo, enrojecían
recordando á las hembras de otros tiempos, menos impuras, que no
vacilaban en someter á la pública admiración la obra perfecta de Dios,
la castidad del desnudo.
Renovales volvió á tenderse en el diván, y desde su penumbra habló
confidencialmente á Cotoner, con voz tenue, mirando algunas veces hacia
la puerta como si temiese ser oído.
Hacía tiempo que soñaba con una obra maestra. La tenía completa en su
imaginación, hasta en sus menores detalles. Veíala, cerrando los ojos,
tal como había de ser, si es que llegaba á pintarla. Era Friné, la
famosa beldad de Atenas, mostrándose desnuda á los peregrinos
aglomerados en la playa de Delfos. Toda la humanidad doliente de Grecia
marchaba por la orilla del mar hacia el famoso templo, buscando la
intervención divina para el alivio de sus males: paralíticos de miembros
retorcidos, leprosos de repugnante hinchazón, hidrópicos grotescos;
pálidas mujeres con las entrañas roídas por las enfermedades del sexo;
ancianos trémulos; jóvenes desfigurados por las anomalías de un
nacimiento monstruoso; cabezas enormes, caras contraídas por muecas
horripilantes; brazos consumidos, como huesos escuetos; piernas
informes de elefante; todos los esbozos de la Naturaleza despistada,
los gestos llorosos y desesperados del humano dolor. Al ver en la orilla
á Friné, gloria de la Grecia, cuya belleza era un orgullo nacional, los
peregrinos se detienen y la contemplan volviendo la espalda al templo,
que, sobre el fondo de las tostadas montañas, destaca sus columnatas de
mármol; y la hermosa, conmovida por esta procesión del dolor, quiere
alegrar su tristeza, lanzar en sus míseros surcos un puñado de salud y
belleza, y se arranca los velos, haciéndoles la regia limosna de su
desnudez. El cuerpo blanco, luminoso, destaca la armoniosa curva del
vientre y la punta aguda de sus firmes senos sobre el azul obscuro del
mar. El viento arremolina sus cabellos, como serpientes de oro sobre los
hombros de marfil; las ondas, al morir cerca de sus pies, la envían
estrellas de espuma que, con su caricia, estremecen su piel desde la
nuca de ámbar á los talones sonrosados. La arena mojada, tersa y
brillante como un espejo, reproduce invertida y confusa la soberana
desnudez, en líneas serpenteadas que adquieren al perderse el temblor
del iris. Y los peregrinos, caídos de rodillas, en el éxtasis de la
admiración, tienden los brazos hacia la diosa mortal, creyendo que la
Belleza y la eterna Salud salen á su encuentro.
Renovales se incorporaba cogiendo un brazo á Cotoner al describir su
futuro cuadro, y el amigo asentía gravemente, impresionado por el
relato.
--¡Muy hermoso!.. ¡Sublime, Marianito!
Pero el maestro volvía á caer en el desaliento después de esta ráfaga de
entusiasmo.
Aquella obra era muy difícil. Tendría que ir á instalarse en la orilla
del Mediterráneo, en una playa solitaria de Valencia ó Cataluña; tendría
que levantar un barracón en el mismo límite donde el agua muere en la
arena con brillante espejismo, y allí llevar mujeres tras mujeres, cien
si era preciso, para estudiar su blanca desnudez sobre el azul del mar y
del cielo, hasta que encontrase el cuerpo divino de la soñada Friné.
--Muy difícil--murmuraba Renovales.--Te digo que es muy difícil. ¡Hay
tantos inconvenientes con que luchar!...
Cotoner inclinó su cabeza con expresión confidencial.
--Y además, está la maestra--dijo en voz queda, mirando á la puerta con
cierto miedo.--Me parece que Josefina no aceptará con mucho gusto ese
cuadro y su gran baraja de modelos.
El maestro bajó la cabeza.
--¡Si supieras, Pepe! ¡Si vieses mi vida diaria!...
--Lo sé todo--se apresuró á decir Cotoner.--Mejor dicho, lo adivino. No
me cuentes nada.
Y en su apresuramiento por repeler las tristes confidencias del amigo,
había mucho de egoísmo, el deseo de no perturbar su plácida calma con
dolores ajenos que sólo le inspiraban un lejano interés.
Renovales habló tras un largo silencio. Pensaba frecuentemente en si el
artista debía ser soltero ó casado. Otros, débiles y de indeciso
carácter, necesitaban el apoyo de la compañera, el ambiente de la
familia.
Recordaba con fruición los primeros meses de su matrimonio; pero éste le
había pesado después como una cadena. No renegaba del amor; necesitaba
para vivir de la dulce compañía de la mujer, pero con intermitencias,
sin la cárcel interminable de la vida común. Los artistas como él debían
ser libres; estaba seguro de ello.
--¡Ay, Pepe! Si yo me hubiese conservado como tú, dueño de mi tiempo y
de mis obras, sin tener que preocuparme de lo que dirá mi gente al verme
pintar esto ó aquello, ¡qué grandes cosas llevaría hechas!
El viejo fracasado iba á decir algo cuando se abrió la puerta del
estudio y entró el criado de Renovales, un hombrecillo de grandes
mejillas rubicundas y voz atiplada que, según decía Cotoner, tenía el
aire de un mandadero de monjas.
--La señora condesa.
Cotoner abandonó de un salto su sillón. Estos modelos no gustaban de ver
gente en el estudio. ¿Por dónde escapaba?... Renovales le ayudó á buscar
su sombrero, su abrigo, su bastón, que había dejado con su habitual
abandono en diversos rincones del estudio.
El maestro le empujó por una puerta que daba al jardín. Después, al
quedar solo, corrió á colocarse ante un viejo espejo veneciano,
contemplándose un instante en su luna azulada y profunda, alisándose con
los dedos la crespa y encanecida cabellera.
V
Entró con gran estrépito de blondas y sedas, acompañado su menudo paso
por el -fru-fru- de las ropas interiores, esparciendo un perfume de
variadas esencias, semejante á la respiración de exótico jardín.
--Buenas tardes, -mon cher maître-.
Mirándole con sus impertinentes de concha, pendientes de una cadena de
oro, adquiría el ámbar gris de sus ojos, al través de los vidrios, una
fijeza insolente, un gesto extraño, con algo de caricia y burla al mismo
tiempo.
Debía perdonarle su tardanza. Ella lamentaba estas faltas de atención,
pero era la mujer más ocupada de Madrid. ¡Las cosas que había hecho
después del almuerzo!... Firma y examen de papeles con la secretaria de
la «Liga Feminista»; conferencia con el carpintero y el maestro de obras
(unos tíos ordinarios que se la comían con los ojos), encargados de
levantar las tribunas para el gran festival á beneficio de las obreras
abandonadas; visita al presidente del Consejo de ministros, un señor
algo verde, á pesar de su gravedad, que la recibía con aires de galán
rococo, besándole la mano como en un minueto.
--Hemos perdido la tarde, ¿verdad, -maître-? Apenas queda sol para
trabajar. Además, no he traído la doncella para que me ayude.
Señalaba con sus impertinentes la puerta de un gabinete que servía de
tocador y vestuario á las modelos, y donde ella guardaba el traje de
-soirée- y el manto de color de fuego con que la retrataba.
Renovales, después de mirar furtivamente á la entrada del estudio, tomó
un aire de arrogancia, de galantería fanfarrona, como en los tiempos de
su juventud romana, libre y ruidosa.
--Por eso que no quede, Concha. Si usted lo permite, yo le serviré de
doncella.
La condesa prorrumpió en una risa ruidosa, echando el busto atrás,
mostrando su blanca garganta que ondulaba con los estremecimientos de
alegría.
--¡Ay, qué gracia! ¡Y qué atrevido se nos hace el maestro!... Usted no
entiende de esas cosas, Renovales. Usted sólo sabe pintar: no tiene
práctica...
Y en su acento finamente irónico, había algo de compasión para el
artista, alejado de las cosas mundanales y cuya virtud conyugal todos
conocían. Esto pareció ofenderle, y habló á la condesa con gran
brusquedad, mientras cogía la paleta y preparaba los colores. No era
preciso que cambiase de traje; emplearía la poca luz que quedaba
trabajando en su cabeza.
Concha se quitó el sombrero, y después, ante el mismo espejo veneciano
en que se había mirado el pintor, comenzó á retocarse el peinado. Sus
brazos arqueábanse en torno de la cabellera rubia, mientras Renovales
contemplaba la gentileza de su dorso, viendo al mismo tiempo de frente
su cara y su pecho en el fondo del vidrio. Canturreaba arreglándose el
pelo, con los ojos fijos en la reproducción de sus ojos, sin que nada la
distrajese de esta operación importante.
Aquel rubio luminoso y audaz debía ser teñido. El pintor estaba seguro
de ello, pero no por esto le parecía menos hermoso. También iban teñidas
de rubio las beldades de Venecia de los pintores antiguos.
La condesa se sentó en un sillón á corta distancia del caballete.
Sentíase fatigada, y ya que sólo había de pintar su rostro, no tendría
la crueldad de hacerla permanecer de pie como en los días de gran
sesión. Renovales contestaba con monosílabos y encogimientos de hombros.
Bien estaba así: ¡para lo que iban á hacer!... Una tarde perdida. Se
limitaría á trabajar en el pelo y la frente; podía descansar mirando
adonde quisiera.
El maestro, por su parte, tampoco sentía deseos de trabajar. Le
perturbaba una cólera sorda; estaba irritado por el acento irónico de la
condesa, la cual veía en él un hombre aparte, un ser raro, incapaz de
hacer lo que aquellos señoritos imbéciles que formaban su corte, y
muchos de los cuales, según la pública murmuración, eran sus amantes.
¡Extraña mujer, provocativa y fría! Sentía deseos de caer sobre ella, en
su furia de macho ofendido, de golpearla, de tratarla con el mismo
desprecio que si fuese una mujerzuela, para hacerla sentir su varonil
superioridad.
De todas las señoras que llevaba retratadas, ninguna había turbado como
ésta su calma de artista. Sentíase atraído por su gracia loca, por su
ligereza casi infantil, y al mismo tiempo le inspiraba odio por el tono
compasivo con que le trataba. Era para ella un buen hombre, vulgarísimo,
que por raro capricho de la Naturaleza poseía el don de pintar bien.
Renovales la devolvía este desprecio insultándola en su pensamiento. Era
cualquier cosa la tal condesa de Alberca. Con razón hablaban de ella.
Tal vez, al presentarse en el estudio, siempre de prisa y sofocada,
venía de una entrevista á solas con alguno de aquellos jovenzuelos que
rondaban esperanzados en torno de su naciente y provocativa madurez.
Pero bastaba que Concha le hablase con dulce abandono, comunicándole las
tristezas que decía sentir y permitiéndose ciertas confianzas, como si
la uniese á él una amistad antigua, para que al instante el maestro
cambiase de pensamientos. Era una mujer superior, ideal, condenada á
vivir en el vano ambiente aristocrático. Todas las murmuraciones sobre
ella eran calumnias, mentiras de envidiosos. Debía ser la compañera de
un hombre superior, de un artista.
Renovales conocía su historia; se envanecía de las confidencias
amistosas que había tenido con él. Era hija única de un gran señor,
jurisconsulto solemne y moderado rabioso, ministro en los gabinetes más
retrógrados del reinado de Isabel II. Se había educado en el mismo
colegio que Josefina, y á pesar de ser cuatro años mayor, guardaba un
vivo recuerdo de su bulliciosa compañera. «Para mala y traviesa,
Conchita Salazar; era un demonio.» Así oyó su nombre Renovales por
primera vez. Luego, al trasladarse de Venecia á Madrid el artista y su
mujer, se enteraron de que había cambiado su apellido por el de condesa
de Alberca, casándose con un señor que podía ser su padre.
Era un antiguo cortesano que cumplía con gran escrupulosidad las
obligaciones de grande de España, celoso de su servidumbre cerca de los
reyes. Su ambición era llegar á poseer todas las condecoraciones de
Europa, y apenas le agraciaban con alguna, se hacía retratar cubierto de
bandas y cruces, vistiendo el uniforme de una de las tradicionales
Órdenes militares. Su esposa reía al verle pequeño, calvo y solemne, con
altas botas, sable rastrero y pecho cubierto de baratijas, apoyando en
su corto muslo un casco de blancos plumajes.
Durante la vida de aislamiento y privaciones que arrostraron Renovales y
su mujer, los periódicos llevaban hasta la misera casa del artista los
ecos de los triunfos de la «bella condesa de Alberca». No había relato
de fiesta aristocrática en que no figurase su nombre en primera línea.
Además, la llamaban «ilustrada», haciéndose lenguas de su cultura
literaria, de la educación clásica que debía á su «ilustre padre», ya
difunto. Y con estas noticias públicas, llegaban hasta el artista, en
las alas susurrantes de la madrileña murmuración, otras que suponían á
la condesa de Alberca consolándose alegremente del error cometido al
casarse con un viejo.
En Palacio la habían puesto en entredicho por esta fama. El marido
figuraba en las solemnidades regias, pues no todos los días se
presentaba ocasión de lucir su cargamento de honorable bisutería; pero
ella se quedaba en casa, abominando de estas ceremonias. Renovales la
había oído afirmar muchas veces, vestida lujosamente y con valiosas
alhajas en las orejas y el pecho, que ella se reía de su mundo, que
estaba en el secreto... ¡que era anarquista! Y oyéndola reía, como reían
todos los hombres de lo que llamaban las -cosas- de la de Alberca.
Cuando triunfó Renovales, volviendo como maestro ilustre á aquellos
salones, por los que había, pasado en su primera juventud, sintió la
atracción de la condesa que, en su calidad de gran dama «intelectual»,
tenía empeño en rodearse de hombres célebres. Josefina no le acompañó en
esta vuelta al mundo. Sentíase enferma; la fatigaba el roce con las
mismas gentes y en los mismos sitios; carecía de fuerzas hasta para
emprender los viajes que le recomendaban los médicos.
La condesa amarró al pintor á su séquito, mostrándose ofendida cuando
dejaba de presentarse en su casa las tardes en que recibía á sus amigos.
¡Qué ingratitud con una admiradora tan ferviente! ¡Tanto que la placía á
ella exhibirlo ante sus amigas, como si fuese una joya nueva! «El pintor
Renovales: el famoso maestro.»
En una de estas tardes de recepción, el conde abordó al pintor, con su
gravedad de personaje abrumado por los honores del mundo.
--Concha desea un retrato hecho por usted, y yo quiero darla gusto en
todo. Usted dirá cuándo puede comenzar. Ella teme proponérselo y me ha
dado el encargo. Ya sé lo que usted lleva á otros por su trabajo.
Píntela usted bien... que quede contenta...
Y al notar cierto movimiento de Renovales, ofendido por esta llaneza del
gran señor, añadió, como si le hiciese una nueva merced:
--Si queda usted bien en lo de Concha, me pintará después á mí. Sólo
aguardo el -Gran Crisantemo- del Japón. En Estado me dicen que llegarán
los títulos un día de estos.
Renovales comenzó el retrato de la condesa. Se prolongaba la obra por
culpa de aquella aturdida, que siempre llegaba tarde con pretexto de sus
ocupaciones. Muchos días el artista no daba una sola pincelada: pasaban
las horas charlando. Otras veces el maestro escuchaba en silencio,
mientras ella, en su incesante verbosidad, burlábase de las amigas y
relataba sus defectos secretos, sus costumbres más íntimas, sus amoríos
misteriosos, con cierta fruición, como si todas las mujeres fuesen sus
enemigos. En mitad de una de estas confidencias deteníase para decir con
gesto pudoroso y entonación irónica:
--¡Pero estaré escandalizando á usted, Mariano!... ¡Usted que es un buen
marido, un padre de familia, un varón virtuoso!...
Renovales sentía entonces tentaciones de ahogarla. Se burlaba de él; lo
consideraba un hombre distinto de los demás, una especie de fraile de la
pintura. Deseoso de herirla, de devolverla el golpe, la atajó una vez
brutalmente, en mitad de sus despiadadas murmuraciones:
--Pues de usted también hablan, Concha. También dicen... cosas poco
gratas para el conde.
Esperaba un estallido de indignación, una protesta, y lo que resonó en
el silencio del estudio fué una risa alegre, desenfrenada, que se
prolongó largo rato, cortándose varias veces para volver á comenzar.
Después se mostró melancólica, con esa tristeza dulce de las mujeres «no
comprendidas». Era muy desgraciada, Mariano. Á él se lo podía revelar
todo, porque era un buen amigo. Se había casado siendo una niña: una
terrible equivocación. En el mundo existía algo más que el
deslumbramiento de la fortuna, el esplendor del lujo y aquella corona
de conde que había perturbado su cerebro de colegiala.
--Tenemos derecho á un poco de amor; y si no es amor, á un poco de
alegría. ¿No lo cree usted, Mariano?
¡Vaya si lo creía!... Y de tal modo lo afirmaba, mirando á Concha con
ojos alarmantes, que ésta acabó por reir de su ingenuidad, amenazándole
con una mano.
--Cuidado, maestro; que Josefina es mi amiga, y si usted se resbala, se
lo cuento todo.
Renovales irritábase contra este pensamiento de pájaro, siempre
inquieto, saltador y caprichoso, que tan pronto se posaba junto á él
comunicándole el calor de la intimidad, como volaba lejos azorándole con
sus aleteos burlones.
Algunas veces presentábase agresiva, molestando al artista desde sus
primeras palabras, como acababa de ocurrir en esta tarde.
Permanecieron largo rato silenciosos; pintando él con aire distraído,
contemplando ella la marcha del pincel, hundida en un sillón, en la
dulce calma de la inmovilidad.
Pero la de Alberca era incapaz de permanecer mucho tiempo callada. Poco
á poco se enfrascó en su charla habitual, sin hacer caso del mutismo del
pintor, hablando por la necesidad de animar con sus palabras y sus risas
el conventual silencio del estudio.
El pintor le oyó el relato de sus trabajos como presidenta de la «Liga
Feminista», de las grandes cosas que se proponía hacer en la santa
empresa de la emancipación de su sexo. Y de paso, arrastrada por su afán
de ridiculizar á todas las mujeres, burlábase donosamente de sus
colaboradoras en la grande obra: literatas desconocidas, maestras
amargadas por su fealdad, pintoras de flores y palomas; una turba de
pobres mujeres con sombreros extravagantes y faldas que parecían
colgadas de una percha; bohemia femenil, rebelde y rabiosa contra su
suerte, que se enorgullecía de tenerla por directora y á cada dos
palabras la soltaban todas ellas un tratamiento sonoro de «condesa» para
halagarse á sí mismas con el honor de esta amistad. Á la de Alberca la
divertía mucho su séquito de admiradoras; reía de sus intransigencias y
propósitos.
--Sí; ya sé lo que es eso--dijo Renovales rompiendo su largo
mutismo.--Quieren ustedes anularnos; reinar sobre el hombre, al que
odian.
La condesa recordaba entre risas el feminismo feroz de algunas de sus
acólitas. Como las más de ellas eran feas, abominaban de la hermosura
femenil como un signo de debilidad. Querían la mujer del porvenir sin
caderas, sin pechos, lisa, huesuda, musculosa, apta para todos los
trabajos de fuerza, libre de la esclavitud del amor y de la
reproducción. ¡Guerra á la grasa femenil!...
--¡Qué horror! ¿No le parece á usted, Mariano?--continuaba ella.--¡La
mujer, lisa y escueta por delante y por detrás, con el pelo cortado y
las manos duras, en competencia con el hombre para toda clase de luchas!
¡Y á esto llaman emancipación!... Buenos son ustedes: á los pocos días
de vernos en esa facha, nos dirigirían á bofetadas.
No; ella no era de éstas. Deseaba el triunfo de la mujer, pero
aumentando aún más sus encantos y seducciones. Si las quitaban la
hermosura, ¿qué quedaría de ellas? La quería igual al hombre en
inteligencia, pero superior á él por la magia de su belleza.
--Yo no aborrezco al hombre, Mariano. Yo soy muy mujer, y me gusta...
¿por qué he de negarlo?
--Lo sé, Concha; lo sé--dijo el pintor con aviesa intención.
--¿Qué ha de saber usted? Mentiras, murmuraciones que se ensañan en mí,
porque no soy hipócrita ni tengo á todas horas un gesto grave.
Y arrastrada por ese deseo de ser compadecidas que sienten las mujeres
de fama problemática, habló una vez más de su triste situación. Al conde
ya lo conocía Renovales: un buen señor algo maniático, que sólo pensaba
en sus baratijas honoríficas. La rodeaba de atenciones, velaba por su
bienestar, pero no era nada para ella. Faltábale lo más importante: el
corazón... el amor.
Hablaba elevando los ojos, con un anhelo de idealidad que hubiese hecho
sonreir á otro que no fuese Renovales.
--En esta situación--decía con voz lenta y la mirada perdida,--no es
extraño que una mujer busque la felicidad donde la encuentre. Pero yo
soy muy desgraciada, Mariano; yo no sé lo que es amor; yo no he amado
nunca.
¡Ay! Ella hubiese sido dichosa uniéndose á un hombre superior. Ser la
compañera de un gran artista, de un sabio, habría hecho su felicidad.
Los hombres que la rodeaban en los salones eran más jóvenes, más fuertes
que el pobre conde, pero mentalmente aún valían menos que él. No era
ninguna virtud, lo reconocía; con un amigo como el pintor no osaba
mentir. Había tenido sus distracciones, sus caprichos, como muchas que
pasaban por virtudes inexpugnables; pero de estas faltas salía siempre
con una impresión de desencanto y disgusto. Sabía que el amor era una
realidad para otras, pero ella no lograba encontrarlo.
Renovales había cesado de pintar. Ya no entraba por el ventanal la luz
del sol. Los vidrios tenían una opacidad de tono violáceo. El crepúsculo
invadía el estudio, y en su penumbra brillaban tenuamente, como chispas
mortecinas, aquí una punta de marco, más allá el oro viejo de un
estandarte bordado; en los rincones el pomo de una espada, el nácar de
una vitrina.
Sentóse el pintor cerca de la condesa, sumiéndose en aquella atmósfera
de perfumes que la rodeaba como un nimbo de acre voluptuosidad.
Él también era desgraciado. Lo declaraba sinceramente, creyendo de
buena fe en la melancólica desesperación de la dama. Faltaba algo en su
vida; se hallaba solo en el mundo. Y como viese en el rostro de Concha
un gesto de asombro, se golpeó el pecho enérgicamente.
Sí, solo. Adivinaba lo que ella iba á decirle. Tenía á su mujer, tenía á
su hija... De Milita no quería hablar: la adoraba; era su alegría. Al
sentirse cansado del trabajo, experimentaba una sensación de dulce
reposo pasando sus brazos en torno de su cuello. Pero él aun era joven
para contentarse con estas alegrías del amor paternal. Deseaba algo más,
y no podía encontrarlo en la compañera de su vida, siempre enferma, con
los nervios en perpetua crisis. Además, no le comprendía; no le
comprendería nunca: era una carga que abrumaba su talento.
Su unión sólo estaba basada en la amistad, en la gratitud por las
penalidades que habían soportado juntos. También él había sufrido un
engaño tomando por amor lo que sólo era un impulso de la afinidad
juvenil. Él necesitaba una verdadera pasión; vivir en contacto con un
alma gemela de la suya; amar á una mujer superior que le comprendiese y
le animase en sus audacias, que supiera sacrificar sus preocupaciones
burguesas á las exigencias del arte.
Hablaba con vehemencia, fijos sus ojos en los de Concha, que brillaban
al recibir de frente la luz del ventanal.
Pero Renovales se vió cortado por una risa irónica, cruel, al mismo
tiempo que la condesa echaba atrás su sillón como huyendo del artista,
que lentamente se inclinaba hacia ella.
--¡Que se resbala usted, Mariano! ¡Que le veo venir! Un poco más, y me
suelta usted su declaración... ¡Señor, qué hombres! Es imposible hablar
con ellos como una buena amiga, concederles cierta confianza sin que al
momento hablen de amor. Si le dejo á usted, antes de un minuto me dice
que soy su ideal... que me adora.
Renovales, que se había apartado de ella recobrando su severidad,
sintióse herido por esta risa burlona, y dijo con voz queda:
--¿Y si fuese cierto?... ¿Y si yo la amase?...
Volvió á sonar la risa de la condesa, pero forzada, falsa, con un tono
que parecía arañar el pecho del artista.
--¡Lo que yo esperaba! ¡La consabida declaración! Con esta va la tercera
que me hacen hoy. ¿Pero es que no se puede hablar con un hombre más que
de amor?...
Puesta ya de pie, buscaba con la vista el sombrero, no recordando el
lugar donde lo había dejado.
--Me voy, -cher maître-. Es peligroso quedarse aquí. Procuraré venir más
pronto y que no nos sorprenda el crepúsculo. Es la hora traidora: el
momento de las grandes tonterías.
El pintor se opuso á su marcha. Aun no había llegado su coche; podía
esperar unos instantes más. La prometió permanecer tranquilo; no
hablarla, ya que esto la disgustaba.
La condesa se quedó, pero no quiso sentarse en el sillón. Dió algunos
pasos por el estudio y acabó por abrir la tapa de un armónium colocado
cerca del ventanal.
--Vamos á hacer un poco de música; esto nos tranquilizará. Usted,
Mariano, quietecito en su silla y sin acercarse. Á ver si es usted buen
chico...
Posáronse sus dedos en el teclado, movieron sus pies los pedales y el
-Largo religioso-, de Haendel, grave, místico, soñador, se extendió
dulcemente por el estudio. La melodía esparcíase por la nave, envuelta
ya en la penumbra; filtrábase entre los tapices, prolongando su alado
susurro por los otros dos estudios, como si fuese el canto de un órgano
tocado por invisibles manos, en una catedral desierta, á la hora
misteriosa del anochecer.
Concha sentíase conmovida, con femenil sentimentalismo, con la
superficial y caprichosa sensibilidad que le hacía ser considerada, por
sus amigos, como una gran artista. La música la enternecía; hacía
esfuerzos para que no saltasen lágrimas sus ojos, sin saber por qué.
De pronto cesó de tocar y volvió la cabeza con inquietud. El pintor
estaba detrás de ella; creyó sentir en su nuca el soplo de su
respiración. Quiso protestar, colocarle á distancia con una de sus risas
crueles, pero no pudo.
--Mariano--murmuró,--á su asiento: á ser buen muchacho y obediente.
¡Mire usted que me enfado!
Pero permaneció inmóvil, después de haber dado media vuelta en su
taburete, quedando de frente al ventanal, apoyando un codo en el
teclado.
Estuvieron mucho tiempo silenciosos; ella en esta posición; él de pie,
contemplando su rostro, que no era ya más que una mancha blanca en la
creciente penumbra.
La vidriera destacábase ahora con una opacidad azulada. Las ramas del
jardín cortábanla como tortuosos y movibles trazos de tinta. En la
profunda calma del estudio sonaban los crujidos de los muebles; esa
respiración de la madera, del polvo y los objetos en el silencio y la
sombra.
Los dos parecían cautivados por el misterio de la hora, como si la
muerte del día anestesiase su pensamiento. Sentíanse mecidos en un
ensueño vago y dulce.
Ella tuvo un estremecimiento de voluptuosidad.
--Mariano, aléjese usted--dijo con voz lenta, como si le costase un gran
esfuerzo.--Esto es muy bonito... parece que me encuentro en un baño...
un gran baño que me penetra hasta el alma. Pero esto no está bien.
Encienda usted, maestro. ¡Luz, luz! Esto no es correcto.
Mariano no la escuchaba. Se había inclinado sobre ella, cogiéndola una
mano, fría, insensible, como si no se diese cuenta de la presión de la
suya. Después, en un arranque súbito la besó, y faltó poco para que la
mordiese.
La condesa pareció despertar y se irguió altiva, ofendida.
--Es una niñería, Mariano. Es un abuso.
Pero en seguida rió, con su risa cruel, como si sintiera lástima ante la
confusión que mostraba Renovales viendo su enfado.
--Queda usted absuelto, maestro. Un beso en la mano no significa nada.
Es un gesto protocolario... Son muchos los que me la besan.
Y esta indiferencia fué un amargo castigo para el artista, que
consideraba su beso como una toma de posesión.
La condesa siguió buscando en la obscuridad, repitiendo con vocecilla
irritada:
--¡Luz, haga usted luz! ¿Pero dónde está la llave?
Se hizo la luz sin que Mariano se moviese, sin que ella encontrase el
tan buscado resorte. Brillaron en lo alto del estudio tres focos
eléctricos y sus coronas de agujas blancas sacaron de la sombra los
marcos dorados, los brillantes tapices, las armas relucientes, los
muebles vistosos, las pinturas de vivos colores.
Los dos parpadearon, cegados por el repentino resplandor.
--Buenas noches--dijo del lado de la puerta una voz melosa.
--¡Josefina!...
La condesa corrió hacia ella, abrazándola con gran efusión, besando sus
mejillas rojizas y descarnadas.
--¡Qué á obscuras estabais!--prosiguió Josefina con una sonrisa que
conocía bien Renovales.
Concha la aturdió con el chaparrón de su palabrería. El ilustre maestro
se había negado á encender; le gustaba el crepúsculo; ¡cosas de artista!
Habían hablado mucho de su querida Josefina, mientras ella aguardaba la
llegada del coche. Y decía esto besando á la mujercita, separándose un
poco para contemplarla más á su gusto, repitiendo con vehemencia:
--¡Pero qué guapa estás hoy! Te encuentro mejor que hace tres días.
Josefina no cesaba de sonreir. Muchas gracias... El coche esperaba á la
puerta. Se lo había dicho el criado cuando ella bajaba atraída por el
eco lejano del armónium.
La condesa mostró prisa por irse. Recordaba de pronto un sinnúmero de
cosas que debía hacer; enumeraba las personas que la aguardaban en su
casa. Josefina la ayudó á colocarse el sombrero y el velo, y todavía, á
través de éste, la dió la condesa varios besos de despedida.
--Adiós, -ma chere-. Adiós, -mignone-. ¿Te acuerdas del colegio? ¡Ay,
cuán felices éramos allí!... Adiós, -maître-.
Todavía se detuvo en la puerta para besar una vez más á Josefina.
Y como final, antes de desaparecer, exclamó en un tono quejumbroso de
víctima que desea ser compadecida:
--Te envidio, -cherie-. Tú, al menos, eres feliz: has encontrado un
marido que te adora... Maestro, cuídela usted mucho: mímela para que se
ponga buena y guapa... Cuídela usted, ó reñiremos.
VI
Renovales acabó de leer en la cama, según su costumbre los periódicos de
la noche, y antes de apagar la luz miró á su mujer.
Estaba despierta. Sobre los embozos de la cama vió sus ojos
desmesuradamente abiertos, fijos en él con una tenacidad hostil, y los
rabitos de su pobre cabellera, que se escapaban lacios y tristes por
entre las blondas de la gorra de noche.
--¿No duermes?--preguntó el pintor con una entonación cariñosa, en la
que había algo de inquietud.
--No.
Y tras este monosílabo duro, dió una vuelta en la cama, volviéndole la
espalda.
Quedó Renovales en la obscuridad, con los ojos abiertos, algo inquieto
por el temor que le inspiraba aquel cuerpo, oculto bajo la misma sábana,
tendido á corta distancia de él y que evitaba todo roce, achicándose con
manifiesta repulsión.
¡Pobrecilla! El bueno de Renovales sentíase atenaceado por un doloroso
remordimiento. Su conciencia era una bestia feroz que se había
despertado iracunda é implacable, destrozándolo con las dentelladas del
desprecio. No significaban gran cosa los sucesos de aquella tarde: un
momento de abandono, una debilidad. Seguramente que la condesa ya no se
acordaba de ello, y él, por su parte, tenía el propósito de no
reincidir.
¡Bonita situación para un padre de familia, para un hombre que había ya
pasado su juventud, comprometerse en empresas amorosas, ponerse
melancólico á la hora del crepúsculo, besando una mano blanca, con
posturas de trovador apasionado! ¡Vive Dios! ¡Cómo se hubieran reído los
amigos al verle en esta actitud!... Había que limpiarse de este
-romanticismo- que le dominaba en ciertos momentos. Cada hombre debía
seguir su destino, aceptando la vida tal como se presentaba. Él había
nacido para virtuoso; debía conformarse con la relativa paz de su vida
doméstica; aceptar sus escasas dulzuras como una compensación de los
tormentos morales que le hacía sufrir la enfermedad de su compañera. Se
contentaría con las fiestas de su pensamiento; con aquellos atracones
ilusorios de belleza que se daba en los banquetes servidos por su
imaginación. Mantendría su carne en una fidelidad matrimonial que
equivalía á perpetua privación. ¡Pobre Josefina! Su remordimiento, por
un instante de debilidad que él consideraba como un crimen, impulsábale
á aproximarse á su compañera de lecho, cual si buscase en su calor y su
contacto un mudo perdón.
El cuerpo, ardoroso por una lenta fiebre, se alejó al sentir su roce; se
apelotonó, como esos moluscos tímidos que se achican y ocultan al más
leve tocamiento... Estaba despierta. No se oía su respiración; parecía
muerta en la profunda obscuridad, pero el marido adivinaba sus ojos
abiertos, su ceño contraído, y sentía el pavor del que presiente un
peligro en el misterio de la sombra.
Renovales también permaneció inmóvil, evitando un nuevo encuentro con
este cuerpo que le repelía mudamente. La firmeza de su arrepentimiento
le proporcionaba cierto consuelo. Jamás volvería á olvidarse de su
mujer, de su hija, de su respetabilidad de hombre grave.
Desecharía para siempre estos anhelos de juventud, esta audacia, esta
hambre de gozar todas las dulzuras de la vida. Su suerte estaba echada;
seguiría siendo el de siempre. Pintaría retratos y todo lo que le
encomendasen; daría gusto al público, ganaría más dinero; procuraría
amoldar su arte á las exigencias celosas de su mujer para que viviese
tranquila; se burlaría de ese fantasma de la ambición humana que llaman
gloria. ¡La gloria! ¡Una lotería sin más probabilidades de suerte que
los gustos de las gentes que aun estaban por nacer! ¿Quién conocía las
aficiones artísticas del porvenir? Tal vez apreciase como bueno lo que
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