las operaciones de su aseo, mientras el artista rondaba en torno de ella elogiando las diversas bellezas de su cuerpo. «Esto es Rubens puro; esto es el color del Ticiano... Á ver, nena, levanta los brazos... así. ¡Ay; eres la maja, la majita de Goya!...» Y ella se prestaba á sus manejos con graciosos mohines, como si paladease el gesto de adoración y contrariedad que ponía su esposo al poseerla como hembra y no poseerla como modelo. Una tarde de viento abrasador que esparcía en su soplo la asfixia de la campiña romana, Josefina cedió. Estaban en su habitación con las vidrieras cerradas, buscando en la clausura y la ligereza de las ropas un remedio al terrible siroco. No quería ver á su marido con aquella cara triste ni escuchar sus lamentaciones. Ya que estaba loco y se había aferrado á aquel capricho, no osaba contrariarle. Podía pintarla, pero sólo un estudio; nada de cuadro. Cuando se cansase de reproducir su carne sobre el lienzo, rompería éste... y como si nada hubiese hecho. El pintor dijo á todo que si, deseando verse cuanto antes, pincel en mano, ante la codiciada desnudez. Tres días trabajó con una fiebre loca, los ojos desmesuradamente abiertos, cual si pretendiera devorar con su retina aquellas formas armoniosas. Josefina, acostumbrada ya á su desnudez, permanecía tendida, olvidando su situación, con ese impudor femenil que sólo siente vacilaciones al dar el primer paso. Agobiada por el calor, dormíase mientras su marido seguía pintando. Cuando la obra estuvo terminada, Josefina no pudo menos de admirarla. «¡Qué talento tienes! ¿Pero realmente soy yo así... tan bonita?» Mariano mostrábase satisfecho. Era su mejor obra, la definitiva. Tal vez en toda su existencia no hallaría otro momento como este, de prodigiosa intensidad mental, lo que llamaban vulgarmente inspiración. Ella seguía admirándose en el lienzo, lo mismo que ciertas mañanas se contemplaba en el gran espejo de su dormitorio. Ensalzaba con tranquila inmodestia las diversas partes de su hermosura, fijándose especialmente en el vientre recogido, de curva suave, en las audaces y duras puntas de sus pechos, orgullosa de estos blasones de la juventud. Deslumbrada por la belleza de su cuerpo, no se fijaba en la cara, que parecía sin valor, perdida en suaves veladuras. Cuando sus ojos se posaron en ella, mostró cierta decepción. --¡Se me parece muy poco! ¡No es mi cara!... El artista sonreía. No era ella; había procurado desfigurar su rostro; su rostro nada más. Era una máscara, una concesión á las conveniencias sociales. Así nadie la reconocería, y su obra, su grande obra, podría salir á luz reclamando la admiración del mundo. --Porque esto no vamos á romperlo--continuó Renovales con cierto temblor en la voz.--Sería un crimen. En mi vida volveré á hacer nada igual. No lo romperemos, ¿verdad, nena? La nena permaneció silenciosa un buen rato, con la vista fija en el cuadro. Los ávidos ojos de Renovales vieron poco á poco subir una nube por su rostro, como se remonta una sombra en un muro blanco. El pintor creyó que le faltaba el suelo bajo los pies; se aproximaba la tempestad. Josefina palidecía: dos lágrimas resbalaban suavemente junto á su naricita, dilatada por la opresión del pecho; otras dos ocupaban el lugar de aquéllas, para caer también, y después otras y otras. --¡No quiero!... ¡No quiero! Era la misma voz ronca, nerviosa, despótica, que le había espeluznado de inquietud y miedo la noche de su primer disgusto en Roma. La mujercita miraba con odio aquel cuerpo desnudo que irradiaba su luz de nácar desde el fondo del lienzo. Parecía sentir el espanto de la sonámbula, que despierta de repente en medio de una plaza rodeada de mil ojos curiosos y ávidos de su desnudez, y en su terror no sabe qué hacer ni por dónde huir. ¿Cómo había podido prestarse ella á tal escándalo? --No quiero--gritaba iracunda.--Rómpelo, Mariano; rómpelo. Pero Mariano también parecía próximo á llorar. ¡Romperlo! ¿Quién podía exigirle tal disparate? Aquella figura no era ella; nadie la reconocería. ¿Por qué privarle de un triunfo estruendoso?... Pero su mujer no le escuchó. Se revolcaba en el suelo con las mismas contorsiones y gemidos de aquella noche tormentosa; crispaba sus manos hasta contraerlas en forma de gancho; agitaba sus pies con el temblor de una oveja moribunda, y su boca, torcida por doloroso mohín, seguía gritando entre ronquidos: --No quiero... no quiero. Rómpelo. Se quejaba de su suerte con una furia que hería á Renovales. ¡Ella, una señorita, sometida á este envilecimiento, como si fuese una mujerzuela nocturna! ¡Si lo hubiese sabido!... ¡Cómo iba á figurarse que su esposo la propondría cosas tan abominables!... Renovales, ofendido por estos insultos, por los latigazos que descargaba aquella voz aguda y silbante sobre su talento de artista, abandonaba á su mujer, la dejaba rodar por el suelo y con los puños cerrados iba de un extremo á otro de la habitación, mirando al techo, mascullando todos los juramentos, tanto españoles como italianos, que eran de uso corriente en su estudio. De pronto quedó inmóvil, clavado en el suelo por el espanto y la sorpresa. Josefina, desnuda aún, había saltado sobre el cuadro con una agilidad de gata rabiosa. Del primer golpe de sus uñas rayó de arriba á abajo el lienzo, mezclando los colores todavía tiernos, arrancando la cascarilla de las partes secas. Después cogió el cuchillete de la caja de colores y -raaás-... el lienzo exhaló un larguísimo quejido, se partió bajo el impulso de aquel brazo blanco, que parecía azulear con el espeluznamiento de la cólera. Él no se movió. Tuvo un momento de indignación, quiso avanzar sobre ella, pero cayó en infantil anonadamiento, deseando llorar, refugiarse en un rincón, esconder su cabeza débil y quejumbrosa. Ella, ciega por la cólera, seguía ensañándose en el cuadro, enredando los pies en la madera del bastidor, arrancando tiras del lienzo, yendo de un lado á otro con su presa como una bestia furiosa. El artista había apoyado la frente en la pared, agitado su pecho atlético por cobardes gemidos. Al dolor paternal por la obra perdida, uníase la amargura de la decepción. Por primera vez adivinaba lo que iba á ser de su existencia. ¡Qué error el suyo al casarse con aquella señorita que admiraba su arte como una carrera, como un medio de ganar dinero, y pretendía moldearle á él en las preocupaciones y escrúpulos del mundo en que había nacido! La amaba á pesar de esto, y estaba seguro de que ella no le quería menos; pero ¡ay! tal vez hubiera sido mejor permanecer solo, libre para su arte, y en el caso de serle necesaria una compañera, buscar una Maritornes hermosa, con todo el esplendor y la humildad intelectual de la bella bestia, que admirase y obedeciese ciegamente al maestro. Transcurrieron tres días, sin que el pintor y su mujer se hablasen apenas. Mirábanse á hurtadillas, anonadados y vencidos por la tormenta doméstica. Pero la soledad en que vivían, la necesidad de permanecer juntos, les hizo buscarse. Ella fué la primera que habló, como si la infundiesen miedo la tristeza y el desaliento de aquel gigantón que iba por los rincones enfurruñado como un enfermo. Le envolvió en sus brazos, besó su frente, hizo mil gestos graciosos para arrancarle una débil sonrisa. ¿Quién le quería á él? Su Josefina. Su -maja... desnuda-. Pero lo de desnuda había acabado para siempre. Jamás debía acordarse de estas proposiciones repugnantes. Un pintor decente no piensa en tales cosas. ¿Qué dirían sus numerosos amigos? En el mundo existían muchas cosas bonitas que pintar. Á vivir los dos queriéndose mucho, sin que él la diese disgustos con sus manías inconvenientes. Lo del desnudo era una afición vergonzosa de sus tiempos de bohemio. Y Renovales, vencido por los mimos de su mujer, hizo las paces, se esforzó por olvidar su obra y sonrió con la resignación del esclavo que ama la cadena porque le asegura la paz y la vida. Al llegar el otoño volvieron á Roma. Renovales reanudó los trabajos para su contratista, pero éste, á los pocos meses, parecía descontento. No era que el -signor- Mariano decayese, eso no; pero sus corresponsales se quejaban de cierta monotonía en los sujetos de sus obras. El mercader le aconsejaba que viajase; podía vivir una temporada en la Umbría, pintando campesinos en paisajes ascéticos y viejas iglesias. Podía, y esto era lo mejor, trasladarse á Venecia. ¡Qué grandes cosas haría el -signor- Mariano en aquellos canales! Y así nació en el artista el propósito de abandonar Roma. Josefina no opuso resistencia. Aquella vida de recepciones á diario, en las innumerables embajadas y legaciones, comenzaba á aburrirla. Desvanecido el encanto de la primera impresión, Josefina notó que las grandes señoras la trataban con una condescendencia penosa, como si hubiese descendido de su rango al unirse con un artista. Además, la gente joven de las embajadas, los -agregados- de diversas razas, rubios unos, morenos otros, que buscaban consuelo á su celibato sin salir del mundo de la diplomacia, tenían con ella atrevimientos lamentables al dar las vueltas de un vals ó seguir la figura de un cotillón, como si la considerasen conquista fácil viéndola casada con un artista que no podía lucir en los salones un mal uniforme. La hacían en inglés ó en alemán cínicas declaraciones, y ella tenía que contenerse, sonriendo y mordiéndose los labios, á corta distancia de Renovales, que no entendía una palabra y se mostraba satisfecho de las atenciones de que era objeto su mujer por parte de una juventud elegante, cuyas maneras él intentaba copiar. El viaje quedó resuelto. ¡Á Venecia! El amigo Cotoner se despidió de ellos: sentía abandonarles, pero su puesto estaba en Roma. Justamente el Papa andaba malucho en aquellos días, y el pintor, con la esperanza de la muerte pontifical, preparaba lienzos de todos tamaños, esforzándose por adivinar quién sería el sucesor. Al remontarse en sus recuerdos, Renovales pensaba siempre con dulce nostalgia en su vida veneciana. Fué el periodo mejor de su existencia. La ciudad encantadora de las lagunas, envuelta en una luz de oro, temblona con el cabrilleo de las aguas, le subyugó desde el primer momento, haciéndole olvidar su amor apasionado á la forma humana. Se calmó durante algún tiempo su entusiasmo por el desnudo. Adoró los viejos palacios, los canales solitarios, la laguna de aguas verdes é inmóviles, el alma de un pasado majestuoso, que parecía respirar en la solemne vetustez de la ciudad muerta y eternamente sonriente. Vivieron en el palacio Foscarini, un caserón de paredes rojas y ventanales de blanca piedra, que daba á una callejuela acuática inmediata al Gran Canal. Era una antigua mansión de mercaderes, navegantes y conquistadores de las islas de Oriente, que en ciertas épocas habían ostentado en su cabeza el cuerno dorado de los Dogas. El espíritu moderno, utilitario é irreverente, había convertido el palacio en casa de vecindad, partiendo los dorados salones con feos tabiques; estableciendo cocinas en las arcadas afiligranadas del patio señorial; llenando de ropas puestas á secar las galerías de mármol, al que daban los siglos la transparencia ambarina del viejo marfil y reemplazando con baldosines los desgarrones del rico mosaico. Renovales y su mujer ocupaban la habitación más inmediata al Gran Canal. Por las mañanas, Josefina veía desde un mirador la rápida y silenciosa llegada de la góndola de su marido. El gondolero, habituado al servicio de los artistas, llamaba á gritos al -signor pittore-, y Renovales bajaba con su caja de acuarela, partiendo inmediatamente la embarcación por los tortuosos y estrechos canales, moviendo á un lado y otro el peine plateado de su proa, como sí husmease el camino. ¡Las mañanas de plácido silencio, en las dormidas aguas de una callejuela, entre dos altos palacios de audaces aleros, que conservaban la superficie del canalillo en perpetua sombra!... El gondolero dormitaba tendido en uno de los encorvados extremos de su embarcación, y Renovales, sentado junto á la negra litera, pintaba sus acuarelas venecianas, un nuevo género que su empresario de Roma acogía con grandes extremos de entusiasmo. Su ligereza de pincel le hacía producir estas obras con la misma facilidad que si fuesen copias mecánicas. En el dédalo acuático de Venecia tenía un apartado canal, al que llamaba «su finca», por el dinero que le producía. Había pintado un sinnúmero de veces sus aguas muertas y silenciosas, que en todo el día no sufrían otro roce ondulatorio que el de su góndola; dos viejos palacios con las persianas rotas, las puertas cubiertas de la costra de los años, las escalinatas roídas por el verdor de la humedad y en el fondo un pequeño arco de luz, un puente de mármol y por debajo de él la vida, el movimiento, el sol de un canal ancho y transitado. La ignorada callejuela resucitaba todas las semanas bajo el pincel de Renovales; podía pintarla con los ojos cerrados, y la iniciativa mercantil del judío de Roma la esparcía por todo el mundo. La tarde la pasaba Mariano con su mujer. Unas veces iban en góndola hasta los paseos del Lido, y sentados en la playa de fina arena, contemplaban el oleaje colérico del Adriático libre, que extendía hasta el horizonte sus saltadoras espumas, como un rebaño de níveos vellones avanzando en el ímpetu del pánico. Otras tardes paseaban por la plaza de San Marcos, bajo las arcadas de sus tres hileras de palacios, viendo brillar en el fondo, á los últimos rayos del sol, el oro pálido de la basílica, en cuyas paredes y cúpulas parecían haberse cristalizado todas las riquezas de la antigua República. Renovales, cogido del brazo de su mujer, marchaba con cierta calma, como si lo majestuoso del lugar le impusiera un estiramiento señorial. El augusto silencio no se turbaba con esa batahola que ensordece á las grandes capitales. Ni el rodar de un coche, ni el trote de un caballo, ni gritos de vendedores. La plaza, con su pavimento de mármol blanco, era un inmenso salón por donde circulaban los transeuntes como en una visita. Los músicos de Venecia agrupábanse en el centro, con sus bicornios rematados por negros y ondulantes plumeros. Los rugidos del wagneriano metal, galopando en la loca cabalgada de las Walkyrias, hacían estremecer las columnatas de mármol y parecían dar vida á los cuatro caballos dorados que en la cornisa de San Marcos se encabritaban sobre el vacío con mudo relincho. Las palomas venecianas, de obscuro plumaje, esparcíanse en juguetonas espirales, levemente asustadas por la música, para posar su lluvia de alas sobre las mesas de un café. Remontábanse luego hasta ennegrecer los aleros de los palacios y caían á continuación como un manto de metálicos reflejos sobre las bandas de inglesas, de velos verdes y redondos sombreros, que las llamaban ofreciéndolas trigo. Josefina, con anhelos de niña, separábase de su marido para comprar un cucurucho de grano, y derramándolo sobre sus enguantadas manecitas, se dejaba rodear por los pupilos de San Marcos. Posábanse aleteantes, como cimeras fantásticas, sobre las flores de su sombrero; saltaban á sus hombros, alineándose en los tendidos brazos; agarrábanse desesperados á sus breves caderas, intentando seguir el contorno del talle, y otros más audaces, como si estuvieran poseídos de humana malicia, arañaban su pecho, tendían el pico, pugnando por acariciar, al través del velo, su fresca boca entreabierta. Ella reía, estremecida por el cosquilleo de la animada nube que rozaba su cuerpo. El marido la contemplaba riendo también, y con la seguridad de no ser entendido más que por ella, le gritaba en español: --¡Pero qué hermosa estás!... ¡Te pintaría! ¡Si no fuese por la gente, te daba un beso!... Venecia fué el escenario de sus mejores tiempos. Ella vivía tranquila mientras su esposo trabajaba, tomando por modelos los rincones de la ciudad. Le veía ausentarse sin que ningún pensamiento penoso turbara su plácida calma. Esto era pintura, y no los encierros de Roma con mujeres desvergonzadas que no temían quedarse en cueros. Queríale con nueva pasión, le mecía en una perpetua caricia. Entonces fué cuando nació su hija, único fruto de su matrimonio. La majestuosa doña Emilia, al enterarse de que iba á ser abuela, no pudo permanecer en Madrid. ¡Su pobre Josefina, en país extranjero, sin otros cuidados que los de su marido, un buen muchacho que, según decían, tenia talento, sin dejar por esto de parecerle algo ordinario!... Á expensas del yerno hizo su viaje á Venecia, y allí permaneció algunos meses echando pestes contra esta ciudad, á la que no había llegado nunca en sus correrías diplomáticas. La ilustre señora sólo consideraba habitables las capitales que tenían corte. ¡Pchs... Venecia! ¡Una población cursi que sólo gustaba á los fabricantes de romanzas y los ilustradores de abanicos, y donde no había más que cónsules! Á ella le placía Roma con el Papa y sus reyes. Además, le mareaba ir en góndola y se quejaba de incesante reuma, echando la culpa á la humedad de las lagunas. Renovales, que temblaba por la vida de Josefina, creyendo que su naturaleza endeble y delicada no podría resistir el accidente de la maternidad, prorrumpió en una alegría ruidosa al recibir en sus brazos á la pequeña y contemplar á la madre, que reclinaba como muerta su cabeza en la almohada. La blancura de ésta se confundía con la de su rostro. Su primera mirada fué para ella, para las facciones pálidas y desencajadas por la reciente crisis, que iban serenándose con el descanso. ¡Pobrecita! ¡Cómo había sufrido! Pero al salir de puntillas del dormitorio para no turbar el sueño abrumador que se apoderaba de la enferma después de dos días crueles, entregóse á la admiración del pedazo de carne que, envuelto en finos lienzos, descansaba sobre los enormes y flácidos muslos de la abuela. ¡Ah, el adorable boceto! Contempló su carita amoratada, su abultada cabeza pobre de pelo, buscando algo suyo en este oleaje de carne, todavía removida y sin formas determinadas. Él no entendía de esto; era la primer criatura que veía nacer. «Mamá, ¿á quién se parece?» Doña Emilia se asombraba de su ceguera. ¿Á quién había de parecerse? Á él, sólo á él. Era grande, enorme; pocas criaturas había visto como aquella. Parecía imposible que viviese su pobre hija después de echar al mundo -aquello-. Por falta de salud no había que quejarse; tenía los colores de una lugareña. --Es una Renovales; es tuya, y bien tuya, Mariano. Nosotros somos de otra clase. Y Renovales, sin fijarse en las palabras de mamá, sólo vió que su hija era semejante á él, extasiándose en la contemplación de su robustez, alabando á gritos aquella salud de la que hablaba la abuela con un acento de decepción. En vano él y doña Emilia quisieron disuadir á Josefina de su propósito de dar el pecho á la pequeña. La mujercita, á pesar de su debilidad, que la mantenía inmóvil en la cama, lloró y gritó casi lo mismo que en las crisis que tanto habían asustado á Renovales. --No quiero--dijo con aquella tenacidad que tan terrible la hacía.--No quiero para mi hija leche extranjera. La criaré yo... su madre. Y hubo que entregársela, dejar que la pequeña se agarrase con una voracidad de ogro á aquellos pechos, hinchados ahora por la maternidad, y tantas veces admirados por el pintor en su virginal recogimiento. Cuando Josefina pareció repuesta, su madre, dando por terminada su misión, regresó á Madrid. Se aburría en aquella ciudad silenciosa: de noche creía estar muerta al no escuchar desde su cama ruido alguno. La daba miedo esta calma de cementerio, rasgada de tarde en tarde por el grito de los gondoleros. No tenía amigas, no -brillaba-; no era nadie en aquella charca, ni nadie la conocía. Recordaba á todas horas á sus ilustres amigas de Madrid, donde ella se creía un personaje insustituible. Tenía clavada en el alma la modestia del bautismo de su nieta, á pesar de que á ésta la pusieron su nombre. Un cortejo pobre que cabía en dos góndolas: ella, que era la madrina, con el padrino, un viejo pintor veneciano amigo de Renovales, y además, éste y dos artistas, uno francés y otro español. No había asistido al bautizo el patriarca de Venecia, ni siquiera un obispo. (¡Ella que conocía tantos en su país!) Un simple cura, con rapidez lamentable, había bastado para cristianizar á la nieta del famoso diplomático en una iglesia pequeña, á la caída de la tarde. Se marchó, repitiendo una vez más que su Josefina se estaba matando, que era una locura, con su salud delicada, dar el pecho á la niña, lamentándose de que no la imitase á ella, que había confiado siempre sus hijos á lactancias extrañas. Josefina lloró mucho al separarse de mamá, mientras Renovales la despedía con mal disimulado gozo. ¡Buen viaje! Á duras penas podía aguantar á aquella señora, que se creía en perpetua postergación viendo cómo trabajaba su yerno por sostener el bienestar de su hija. Únicamente estaba de acuerdo con ella al regañar dulcemente á Josefina por su tenacidad en dar el pecho á la pequeña. ¡Pobre maja desnuda! La gentileza de su cuerpo de capullo borrábase con el amplio florecimiento de la maternidad. Sus piernas, dilatadas por la hinchazón del embarazo, habían perdido sus antiguas líneas; sus pechos, más fuertes y abultados ahora, ya no tenían su esbeltez de magnolia cerrada. Parecía más robusta, pero la amplitud de su cuerpo iba acompañada de enémica flacidez. El marido, viendo cómo perdía su gentileza, la amaba más con tierna compasión. ¡Pobrecita! ¡Cuán buena era! ¡Se estaba sacrificando por su hija!... Cuando ésta tenía un año, ocurrió la gran crisis de la vida de Renovales. Ganoso de darse «un baño de arte», de saber lo que ocurría fuera de aquella mazmorra en que estaba encerrado pintando á tanto la pieza, dejó á Josefina en Venecia é hizo un corto viaje á París para ver su famoso Salón. Volvió de allá transfigurado, con nueva fiebre de trabajo y una resolución de transformar su existencia, que causó en su mujer asombro y miedo. Iba á romper con su empresario; no se envilecería más en aquella pintura falsa, aunque tuviese que pedir limosna. En el mundo se hacían grandes cosas, y él sentíase con ánimos para ser un innovador, siguiendo el camino de aquellos pintores modernos que tan profundamente le impresionaban. Aborrecía ahora la vieja Italia, adonde iban á estudiar los artistas, protegidos por gobiernos ignorantes. En realidad, lo que encontraban en ella era un mercado de seductoras demandas, acostumbrándose al encargo, á la vida muelle y sin iniciativas de la ganancia fácil. Quería trasladarse á París. Pero Josefina, que acogía en silencio las ilusiones de Renovales, incomprensibles en gran parte para ella, modificó con sus consejos esta resolución. Ella también quería salir de Venecia. La ciudad le parecía triste durante el invierno, con sus interminables lluvias, que dejaban resbaladizos los puentes é intransitables las callejuelas de mármol. Decididos ya á levantar el campo, ¿por qué no regresar á Madrid? Mamá estaba enferma, se lamentaba en todas las cartas de vivir lejos de su hija. Josefina deseaba verla, presintiendo su muerte. Renovales reflexionó; también él deseaba volver á España. Sentía la nostalgia del país; pensó en el gran alboroto que levantaría allá, ensayando sus nuevos procedimientos en medio de la general rutina. Le tentaba el deseo de escandalizar á la gente académica que le había aceptado por sus anteriores abdicaciones. El matrimonio volvió á Madrid con su pequeña Milita, á la que llamaban así familiarmente, abreviando el diminutivo de Emilia. Renovales llevaba por todo capital unos cuantos miles de liras, ahorros de Josefina y producto de la venta de una parte de los muebles que adornaban las salas destartaladas del palacio Foscarini. Los principios fueron difíciles. Á los pocos meses de su permanencia en Madrid murió doña Emilia. Su entierro no correspondió á las ilusiones que siempre se había forjado la ilustre viuda. Apenas si asistieron á él dos docenas de sus innumerables y famosos parientes. ¡Pobre señora, si hubiese presenciado esta póstuma decepción!... Renovales casi se alegró del suceso. Con él rompíase el único lazo que les unía al gran mundo. Él y Josefina vivieron en un piso cuarto de la calle de Alcalá, cercano á la Plaza de Toros, con una gran terraza que el artista convirtió en estudio. Su existencia fué modesta, recogida, humilde: ni amigos ni fiestas. Ella pasaba los días cuidando de su hija y de la casa, sin otra ayuda que la de una torpe doméstica de exigua retribución. Muchas veces, cuando más activa se mostraba, caía en profundo desaliento, quejándose de extrañas y variables enfermedades. Mariano apenas trabajaba en su casa: pintaba al aire libre, aborrecía la luz convencional del estudio, la estrechez de su ambiente. Recorría los alrededores de Madrid y las provincias cercanas, buscando los tipos toscos é ingenuos, cuyas caras parecían transpirar la antigua alma española. Subía al Guadarrama en pleno invierno, permaneciendo como un explorador único en los campos de nieve, para trasladar al lienzo los pinos seculares, retorcidos y negros bajo sus gorros de heladas vedijas. Al verificarse la Exposición estalló el nombre de Renovales como un cañonazo, esparciendo sus ecos por las cumbres del entusiasmo y las sombrías oquedades de la opinión. No presentó un cuadro enorme y con -argumento- como en su primer triunfo. Eran lienzos pequeños, estudios confiados al azar de un buen encuentro, pedazos de Naturaleza, hombres y paisajes reproducidos con una verdad asombrosa y brutal que escandalizaba al público. Los padres graves de la pintura retorcíanse, como si recibiesen una bofetada, ante estos hierros que parecían llamear entre los otros cuadros apagados y plomizos. Reconocían que Renovales era un pintor, pero sin imaginación, sin inventiva, sin otro mérito que el de trasladar al lienzo aquello que contemplaban sus ojos. Los jóvenes se agrupaban en torno del nuevo maestro: hubo disputas interminables, apasionadas discusiones, odios de muerte, aleteando sobre esta batalla el nombre de Renovales, fijo casi á diario en las columnas de los periódicos, hasta el punto de que le faltaba poco para ser tan célebre como un matador de toros ó un orador del Congreso. Seis años duró esta lucha, levantándose una tormenta de insultos y de aplausos cada vez que Renovales lanzaba al público una obra suya; y mientras tanto, el maestro, tan llevado y traído, vivía en la estrechez, teniendo que pintar á escondidas acuarelas del antiguo estilo, para enviarlas con gran secreto á su mercader de Roma. Pero todos los combates tienen término. El público acabó por aceptar como indiscutible un nombre que á diario saltaba ante sus ojos; los enemigos, quebrantados por el refuerzo inconsciente de la opinión, mostráronse cansados, y el maestro, como todos los innovadores, una vez pasado el primer éxito del escándalo, comenzó á limitar su audacia, recortando y dulcificando su primitiva brutalidad. El temido pintor púsose de moda. El éxito fácil é instantáneo conseguido al principio de su carrera, volvió á reproducirse, pero ahora más sólido y definitivo, como una conquista realizada por caminos ásperos y difíciles, riñendo un combate á cada paso. El dinero, paje veleidoso, volvió á él, sosteniendo el manto de la gloria. Vendió cuadros á precios nunca conocidos en España, y las cifras se hincharon fabulosamente al ser repetidas por sus admiradores. Ciertos millonarios de América, con el asombro de que un pintor español fuese mencionado en el extranjero y reprodujesen sus obras las primeras revistas de Europa, compraron los lienzos de Renovales como objetos de gran lujo. El maestro, amargado por las estrecheces de su período de lucha, sintió de pronto un ansia de dinero, una codicia dominadora que nunca le habían conocido sus amigos. Su mujer parecía cada vez más enferma; su hija crecía y él deseaba para su Milita la educación y el lujo de una princesa. Las tenia ahora en un hotel de mediano aspecto, pero deseaba para ellas algo mejor. El instinto práctico, que todos le reconocían cuando no le cegaba una preocupación artística, se esforzó por hacer del pincel un instrumento de grandes ganancias. El cuadro estaba condenado á desaparecer, según decía el maestro. Las habitaciones modernas, pequeñas y de sobrio decorado, no permiten los grandes lienzos de los salones de otras épocas, cuyos muros desnudos había que adornar. Además, los gabinetes de ahora, semejantes á piezas de muñecas, sólo podían resistir cuadros bonitos, de amanerada hermosura. Las escenas arrancadas á la verdad se despegaban de este fondo. Sólo quedaba, pues, el retrato para ganar dinero, y Renovales olvidó sus glorias de innovador, para conquistar por todos los medios un renombre de retratista entre la gente elevada. Pintó á los individuos de sangre regia en toda suerte de actitudes, sin perdonar ninguna de sus ocupaciones importantes: á pie y á caballo, con plumas de general ó manta parda de cazador; matando pichones ó corriendo en automóvil. Trasladó al lienzo las más linajudas bellezas, modificando insensiblemente, con hábil malicia, las ajaduras del tiempo; endureciendo con el pincel las flácidas carnes; sosteniendo la pesadez de párpados y mejillas, desplomados por el cansancio y el envenenamiento de los afeites. Después de estos éxitos cortesanos, los ricos consideraron un retrato de Renovales como imprescindible adorno de su salón. Iban en busca de él porque su firma costaba miles de duros: poseer un lienzo suyo era un testimonio de opulencia, tan preciso cual un automóvil de la mejor marca. Renovales fué rico, como puede llegar á serlo un pintor. Entonces construyó lo que los envidiosos llamaban «su panteón»: un hotel soberbio, tras las verjas del Retiro. Sintió el deseo vehemente de fabricarse un nido á su gusto é imagen, como esos moluscos que con el jugo de su cuerpo se fabrican el caparazón que les sirve de vivienda y defensa. Despertó en él esa ansia de ostentación, de originalidad aparatosa, fanfarrona y cómica que duerme en el pensamiento de todo artista. Primero soñó con una reproducción del palacio de Rubens, en Amberes: logias abiertas que servían de estudios, frondosos jardines cubiertos de flores en todo tiempo, y circulando por sus avenidas gacelas, jirafas, pájaros de plumaje luminoso cual voladores ramilletes, y otros animales exóticos que servían de modelos al gran pintor en su afán de copiar la Naturaleza con toda su magnificencia. Pero el madrileño solar de unos cuantos miles de pies, yermo, blancuzco, limitado por una mísera valla y con la sequedad propia de Castilla, le hizo abandonar este ensueño. Ya que no era posible el alarde rubensesco, se refugiaría en el clasicismo, y levantó en el fondo de un pequeño jardín una especie de templo griego que había de servir de vivienda y estudio. Sobre el frontón triangular alzábanse tres trípodes á modo de flameros, que daban á la vivienda un aspecto de tumba monumental. Pero el maestro, para evitar toda equivocación á los que se detenían al otro lado de la verja, hizo esculpir en la piedra de la fachada guirnaldas de laurel, paletas rodeadas de coronas, y en medio de este aparato de ingenua modestia, una breve inscripción, en letras de oro, de regular tamaño: «Renovales.» Ni más ni menos que una tienda. Dentro, en dos estudios donde nadie pintaba, y que precedían al verdadero estudio de trabajo, exhibíanse los cuadros terminados sobre caballetes cubiertos con telas antiguas, y los visitantes admiraban una teatral balumba de armaduras, tapices, viejos estandartes pendientes del techo, vitrinas cargadas de venerables bagatelas, profundos divanes con sombrajes de telas orientales sostenidas por lanzas, cofres centenarios y bargueños abiertos brillando con el oro pálido de su cajonería. Equivalían estos estudios, donde nadie estudiaba, á los salones de espera lujosos y en fila del doctor que hace pagar cien pesetas por la consulta; á las antesalas de cuero sombrío y venerables cuadros del jurisconsulto ilustre y probo que no abre la boca sin llevarse un pedazo de la fortuna del cliente. Los que aguardaban en estos dos estudios, grandes como naves de iglesia, con esa majestad silenciosa que se desprende de la pátina de los siglos, sufrían la preparación necesaria para admitir los enormes precios que les pedía el maestro. Renovales -había llegado- y podía descansar tranquilamente, según decían sus admiradores. Y sin embargo, el maestro estaba triste: su carácter, agriado por oculto malestar, estallaba en ruidosas cóleras. Bastaba para enfurecerle el más leve ataque de un enemigo insignificante. Los discípulos creían que era esto efecto de los años. Las luchas le habían envejecido hasta el punto de que con sus grandes barbas y su espalda un poco arqueada, parecía diez años más viejo. En este templo blanco, sobre cuyo frontón flameaba su nombre con oro de gloria, era menos feliz que en las modestas viviendas de Italia ó en el buhardillón cercano á la Plaza de Toros. De aquella Josefina de sus primeros tiempos de matrimonio sólo quedaba una lejana sombra. La -maja desnuda- de las dulces noches de Roma y Venecia, no era más que un recuerdo. Al volver á España se había evaporado la falsa robustez de su maternidad. Adelgazaba como si la consumiese un fuego oculto: derretíase en interna combustión el grasoso almohadillado que rellenaba su cuerpo con graciosas ondulaciones. Comenzaba á marcar el esqueleto sus agudas aristas y obscuras oquedades bajo la piel pálida y flácida. ¡Pobre -maja desnuda-! El marido la compadecía, atribuyendo su decadencia á las luchas y preocupaciones que habían sufrido al establecerse en Madrid. Por ella deseaba vencer y hacerse rico, proporcionándola el soñado bienestar. Su enfermedad tenía un origen moral: era neurastenia, honda tristeza. La pobre sufría, indudablemente, al verse en aquel Madrid, donde había vivido con relativa brillantez, condenada á una existencia de pobre, habitando una casa mísera, luchando con la escasez de dinero y teniendo que ocuparse en las más vulgares faenas. Se quejaba de extraños dolores; sus piernas perdían toda fuerza; se desplomaba sobre una silla, permaneciendo inmóvil horas y más horas, llorando sin saber por qué. Digería mal; durante semanas enteras repelía su estómago todo alimento. Por las noches agitábase en la cama sin poder dormir, y apenas apuntaba el día ya estaba de pie, corriendo la casa con una actividad de duende, revolviéndolo todo, buscando querella á la criada, al marido, á ella misma, hasta que, de pronto, caía en el anonadamiento desde lo alto de su excitación, é iniciaba el primer llanto. Estas crisis domésticas quebrantaban el ánimo del pintor, pero las acogía con paciencia. Á su antiguo amor uníase ahora una dulce conmiseración viéndola tan débil, sin otros restos de su antigua belleza que los ojos, hundidos en sus azuladas órbitas, brillantes con el misterioso fuego de la fiebre. ¡Pobrecilla! La miseria la había puesto así. Su marido consideraba su debilidad con cierto remordimiento. Su suerte era la del soldado que se sacrifica por la gloria de su general. Renovales había vencido, pero dejando á sus espaldas á la mujer amada, caída en la lucha por ser más débil. Admiraba, además, su abnegación maternal. El vigor que á ella le faltaba lo tenía Milita, aquella criatura que llamaba la atención por su robustez y sus colores. La voracidad de este organismo fuerte y avasallador había absorbido toda la vida de la madre. Cuando el artista fué rico é instaló su familia en el nuevo hotel, creyó que Josefina iba á resucitar. Los médicos confiaban en un rápido cambio. El primer día que pasearon los dos por los salones y estudios de la nueva casa, inventariando con mirada satisfecha los muebles y los ricos objetos antiguos y modernos, Renovales cogió del talle á la débil muñeca, inclinando la cabeza sobre ella, acariciando su frente con las recias barbas. Todo era suyo, el hotel y sus lujosas decoraciones; de ella también el dinero que aun le quedaba y el que seguiría ganando. Ella era la señora, la dueña absoluta; podía gastar cuanto quisiera, allí estaba él para hacer frente á todo. Podía distinguirse por su lujo, tener carruajes, dar envidia á sus antiguas amigas, enorgullecerse de ser la mujer de un pintor famoso, mucho más que otras que habían pescado con el matrimonio una corona condal... ¿Estaba contenta? Ella decía que sí, moviendo la cabeza débilmente, y hasta se empinó sobre las puntas de los pies para besar agradecida aquella boca que parecía arrullarla á través de las nubes de pelos; pero su gesto era triste y sus desmayados movimientos de flor marchita, como si no existiese alegría mundanal que pudiera sacarla de este desaliento. Á los pocos días, pasada la primera impresión del cambio de vida, volvieron á repetirse en el lujoso hotel las mismas crisis que tantas veces habían conmovido anteriores viviendas. Renovales la encontraba en el comedor con la cabeza entre las manos, llorando, sin querer explicarle la causa de sus lágrimas. Cuando intentaba cogerla entre sus brazos, acariciándola como á una niña, la mujercita se encrespaba lo mismo que si recibiese una injuria. --Déjame--gritaba, fijando en él unos ojos hostiles.--No me toques... Vete. Otras veces la buscaba por la casa, preguntando en vano á Milita, que, habituada á las crisis de su madre y sostenida por su egoísmo de muchacha fuerte, no hacía gran caso de ella y seguía jugando con sus innumerables muñecas. --No sé, papaíto; debe estar llorando arriba--contestaba con naturalidad. Y en algún rincón del piso alto, en el dormitorio, junto á la cama, ó entre las ropas del cuarto de vestir, la encontraba el marido sentada en el suelo, la mandíbula apoyada en las manos, los ojos fijos en la pared, como si contemplase algo invisible y misterioso que sólo ella podía ver. Ahora no lloraba; sus ojos estaban secos, agrandados por una expresión de espanto, y era en vano que el esposo intentase atraerla. Permanecía inmóvil, fría, insensible á sus caricias, como si fuese un extraño, como si entre los dos existiera una indiferencia inabordable. --Quiero morir--decía con voz grave y concentrada.--No hago falta en el mundo: quiero descansar. Esta resignación fúnebre convertíase poco después en furiosa acometividad. Renovales nunca se daba cuenta de cómo se iniciaba el conflicto. La más insignificante de sus palabras, un gesto, su mismo silencio, bastaban para atraer la tormenta. Josefina comenzaba á hablar con acento agresivo, dando á sus palabras la cortante frialdad de una navaja. Censuraba al pintor por lo que hacía y lo que no hacía, por sus costumbres más insignificantes, por lo que pintaba, y de pronto, extendiendo el radio de sus injurias, queriendo abarcar en ellas al mundo entero, prorrumpía en denuestos contra las distinguidas personas que formaban la clientela del marido, proporcionándole enormes ganancias. Podía estar satisfecho de los retratos de aquellas gentes: ellos, unos señores despreciables, malas personas, ladrones casi todos. Su madre, que estaba bien enterada de este mundo, le había contado muchas historias. Á ellas aun las conocía mejor; casi todas habían sido sus compañeras de colegio ó sus amigas. Se habían casado para poner en ridículo á sus maridos; todas tenían historia; eran perdidas peores que las que montaban la guardia de noche en las aceras. Aquella casa, con toda su fachada de laureles y sus letras de oro, era un burdel. El mejor día se plantaba ella en el estudio y las echaba á la calle para que las retratasen en otra parte. --¡Por Dios, Josefina!--murmuraba angustiado Renovales.--No digas esas cosas; no pienses esas barbaridades. Parece imposible que hables así. La niña nos oye. Josefina, agotada ya su ira nerviosa, prorrumpía en llanto y Renovales tenia que abandonar la mesa para acompañarla á la cama, donde se tendía gritando por centésima vez su deseo de morir. Esta vida le era aún más intolerable por su fidelidad conyugal, por aquel amor mezclado de costumbre y rutina que le mantenía sólidamente adherido á su esposa. Por las tardes, á última hora, se reunían en su estudio varios amigos, entre los cuales figuraba el famoso Cotoner, que había trasladado su residencia á Madrid. Cuando envueltos en la luz del crepúsculo que iba penetrando por la enorme vidriera, sentíanse inclinados á las confidencias amistosas, Renovales hacía siempre la misma declaración: --De muchacho me he divertido como cualquiera; pero desde que me casé no conozco otra mujer que la propia. Lo digo con orgullo. Y el hombretón erguía su alto cuerpo y se acariciaba hacia arriba las barbas, satisfecho de su fidelidad conyugal, como otros lo estaban de sus buenas fortunas en amor. Cuando se hablaba en su presencia de mujeres hermosas ó se examinaban retratos de las grandes beldades extranjeras, el maestro no ocultaba su aprobación: --¡Muy hermosa! ¡Muy bonita... para pintarla! Sus entusiasmos por la belleza no iban más allá de los límites del arte. Sólo existía una mujer en el mundo, la suya; las demás eran modelos. Él, que llevaba en su pensamiento una orgía de carne y adoraba la desnudez con unción religiosa, guardaba todos sus homenajes de hombre para la mujer legítima, cada vez más enferma, más triste, esperando con paciencia de enamorado un momento de calma, un rayo de sol entre las incesantes tormentas. Los médicos, confesándose inhábiles para curar este desarreglo nervioso que consumía el organismo de la esposa, confiaban en un cambio inesperado y recomendaban al marido una extremada dulzura. Esto servía para aumentar su paciente mansedumbre. Atribuían el trastorno de sus nervios al parto y la lactancia, que habían quebrantado su débil salud; sospechaban además la existencia de alguna causa desconocida, que mantenía á la enferma en interminable excitación. Renovales, que estudiaba á su mujer con el anhelo de recobrar la paz doméstica, adivinó de pronto la verdadera causa de su enfermedad. Milita iba creciendo: ya era una mujer. Tenia catorce años y vestía de largo, atrayendo las miradas de los hombres con su belleza sana y fuerte. --Cualquier día se nos la llevan--decía riendo el maestro. Y su mujer, al oirle hablar de matrimonio, haciendo conjeturas sobre su futuro yerno, cerraba los ojos, para decir con voz reconcentrada, reveladora de invencible tenacidad: --Se casará con quien quiera... menos con un pintor. Antes prefiero verla muerta. Renovales adivinó entonces la verdadera enfermedad de su mujer. Eran celos, unos celos inmensos, mortales, anonadadores; era la tristeza de verse enferma. Estaba segura de su esposo; conocía sus afirmaciones de fidelidad conyugal. Pero el pintor, al hablar de sus entusiasmos artísticos en presencia de ella, no ocultaba su adoración á la belleza, su culto religioso á la forma. Aunque callase, ella penetraba en su pensamiento; leía en él este fervor que databa de la juventud y había ido aumentándose con los años. Al contemplar las estatuas de soberana desnudez que adornaban los estudios, al pasar sus ojos por los álbums y cartones, donde la luz de la carne brillaba con resplandor divino entre las sombras del grabado, ella las comparaba mentalmente con su cuerpo enflaquecido por la enfermedad. Los ojos de Renovales, que parecían beber con adoración los brazos de armoniosas líneas, los pechos torneados y firmes como copas de alabastro, las caderas de voluptuosa caída, las gargantas de aterciopelada redondez, las piernas de esbelta majestad, eran los mismos que contemplaban por la noche su tronco débil, surcado por la saliente escalinata de las costillas; los blasones femeniles, antes firmes á voluptuosos, colgantes como harapos: sus brazos, en los que la debilidad moteaba la piel con manchas amarillas; sus piernas, cuya delgadez esquelética sólo estaba interrumpida por el abultamiento saliente de las rótulas. ¡Mísera de ella!... Aquel hombre no podía amarla. Su fidelidad era compasión, tal vez rutina, virtud inconsciente. Nunca se creería amada. Con otro hombre aun era posible esta ilusión, pero él era un artista; adoraba de día la belleza, para tropezar por la noche con la fealdad del agotamiento, con la miseria física. La atormentaban incesantemente los celos, amargando su pensamiento, devorando su vida; unos celos inconsolables, por lo mismo que no encontraban nada real en que apoyarse. Sentía una tristeza inmensa al reconocer su fealdad, una envidia insaciable contra todos, un deseo de morir, pero matando antes al mundo para arrastrarlo en su caída. Las ingenuas caricias de su esposo la irritaban como un insulto. Tal vez creía amarla; tal vez se aproximaba á ella de buena fe; pero leía en su pensamiento y encontraba en él á la irresistible enemiga, á la rival que la anonadaba con su belleza. Y esto no tenía remedio. Estaba unida á un hombre que sería fiel, mientras viviese, á la religión de lo hermoso, sin apostatar jamás de ella. ¡Ay! ¡Cómo se acordaba de aquellos días en que defendía del marido su cuerpo primaveral que intentaba pintar! Si ahora volviesen á ella la juventud y la belleza, arrojaría impúdicamente todas las envolturas, se plantaría en medio del estudio con la arrogancia de una bacante, gritando: --Pinta; hártate de mi carne, y siempre que pienses en tu eterna querida, en esa que llamas la Belleza, procura verla con mi misma cara; que tenga mi mismo cuerpo. Era una inmensa desgracia vivir unida á un artista. Jamás casaría á su hija con un pintor: antes verla muerta. Los que llevaban dentro el demonio de la forma, sólo podían vivir tranquilos y felices con una compañera eternamente joven, eternamente bella. La fidelidad de su marido, la desesperaba. Aquel artista casto, estaba rumiando siempre en su pensamiento el recuerdo de bellas desnudeces, imaginaba cuadros que no se atrevía á pintar por miedo á ella. Con su penetración de enferma parecía leer estos anhelos en la frente de su esposo. Mejor hubiese preferido una infidelidad cierta: verle enamorado de otra mujer, enloquecido por una pasión sexual. De este viaje, fuera de los límites del matrimonio, podría volver, fatigado y humilde, pidiéndola perdón; pero del otro, no volvería nunca. Renovales, al adivinar esa tristeza, emprendió con ternura la curación moral de su mujer. Evitó hablar en presencia de ella de sus adoraciones artísticas; encontró terribles defectos á las damas hermosas que le buscaban como retratista; ensalzaba la belleza espiritual de Josefina; la pintaba, trasladando al lienzo sus mismas facciones, pero hermoseadas con sutil habilidad. Ella sonreía, con esa eterna condescendencia que tiene la mujer para las más estupendas y escandalosas mentiras, siempre que la halaguen. --Eres tú--decía Renovales:--tu misma cara, tu gracia, tu distinción. Aun creo que te he hecho menos hermosa. Seguía sonriendo, pero de pronto su mirada endurecíase, apretaba los labios y la sombra se remontaba poco á poco por su rostro. Clavaba sus ojos en los del pintor como si registrase su pensamiento. Todo mentira. Su marido la halagaba, creía amarla, pero sólo su carne permanecía fiel. La enemiga invencible, la eterna amante, era señora de su pensamiento. Atenazada por esta infidelidad mental y por la rabia que la producía su impotencia, iba formándose en su sistema nervioso una de aquellas tempestades que estallaban en lluvias de lágrimas y truenos de insultos y recriminaciones. La vida del maestro Renovales era un infierno, cuando poseía ya la gloria y la riqueza, con las que había soñado tantos años, cifrando en ellas su felicidad. IV Eran las tres de la tarde cuando el ilustre pintor volvió á su casa después del almuerzo con el húngaro. Al entrar en el comedor, antes de dirigirse al estudio, vió á dos mujeres que, con el sombrero puesto y el velillo ante el rostro, parecían disponerse á salir. Una de ellas, tan alta como el pintor, se arrojó á su cuello con los brazos abiertos. --Papá, papaíto, te hemos esperado hasta cerca de las dos. ¿Has almorzado bien?... Y le acariciaba con ruidosos besos, rozando sus frescas mejillas de rosa en las barbas canas del maestro. Renovales sonreía bondadosamente bajo este chaparrón de caricias. ¡Ah, su Milita! Era la única alegría de aquella vivienda triste y ostentosa como un panteón. Ella era la que dulcificaba el ambiente de tedio agresivo que la enferma parecía esparcir en torno de él. Contempló á su hija, adoptando un cómico aire de galán! --Muy bonita, sí, señor; está usted muy bonita hoy. Es usted un verdadero Rubens, señorita; un Rubens en moreno. ¿Y adónde vamos á lucir el garbo?... Paseaba su mirada satisfecha de creador por este cuerpo fuerte y sonrosado, en el cual delatábase la crisis de la juventud con cierta delgadez pasajera, producto de un rápido crecimiento, y un círculo profundo en torno de los ojos. Su mirada húmeda y misteriosa era la de una mujer que empieza á enterarse de su significación en la vida. Vestía con cierta elegancia exótica: su traje tenía un aire varonil; su corbata y su cuello hombrunos, armonizaban con la viveza rígida de sus movimientos, con sus botinas inglesas de ancho tacón, con la soltura violenta de sus piernas, que al marchar abrían las faldas como un compás, más atentas á la rapidez y al taconeo fuerte que á la gracia del paso. El maestro admiraba su belleza saludable. ¡Qué magnífico ejemplar!... Con ella no se extinguiría la raza. Era él, toda él: de haber nacido hembra, sería semejante á su Milita. Ésta seguía hablando, sin separar los brazos de los hombros del padre, fijos en el maestro sus ojos, que tenían un temblor de oro líquido. Iba á su paseo diario con -Miss-; una marcha de dos horas por la Castellana, por el Retiro, sin sentarse, sin detenerse un instante, dando de paso una lección peripatética de inglés. Sólo entonces volvió Renovales la vista para saludar á -Miss-, una mujer obesa, con la cara roja y arrugada, mostrando al sonreir una dentadura que tenía el brillo amarillento de las fichas de un dominó. En el estudio, Renovales y sus amigos reían muchas veces del aspecto de -Miss- y de sus manías; de su peluca roja puesta sobre el cráneo con el mismo descuido que un sombrero; de su dentadura postiza y escandalosa; de sus capotas que fabricaba ella misma utilizando los cintajos y harapos que caían en sus manos; de su inapetencia crónica, que la hacía nutrirse con cerveza, teniéndola en perpetua turbación, que se manifestaba en exageradas reverencias. Su gordura fofa de bebedora, mostrábase alarmada por la proximidad de este paseo, que era su tormento diario, esforzándose dolorosamente por seguir las zancadas de la señorita. Al ver que el pintor la miraba, púsose aún más roja é hizo tres grandes reverencias. --¡Oh, míster Renovales! ¡Oh, sir!... Y no le llamó lord, porque el maestro, después de saludarla con un movimiento de cabeza, se olvidó de ella, volviendo á hablar con su hija. Milita se interesaba por el almuerzo de su padre con Tekli. ¿Conque había bebido -Chiantti-? ¡Ah, egoísta! ¡Con tanto que le gustaba á ella!... Había hecho mal en avisar tan tarde. Afortunadamente estaba Cotoner en casa, y mamá le había obligado á quedarse para no almorzar solas. El viejo amigo se había metido en la cocina, preparando uno de aquellos platos cuyo guiso había aprendido en sus tiempos de paisajista. Milita observaba que todos los paisajistas eran algo cocineros. Su vida al aire libre, las necesidades de su existencia errante por ventas y cabañas, desafiando la escasez, les aficionaban insensiblemente á esta habilidad. Habían almorzado muy bien. Mamá había reído con las gracias de Cotoner, que siempre estaba alegre; pero á los postres, cuando llegó Soldevilla, el discípulo predilecto de Renovales, se había sentido mal, desapareciendo para ocultar sus ojos llenos de lágrimas, su pecho angustiado por los sollozos. --Estará arriba--dijo la joven con cierta indiferencia, habituada ya á estas crisis.--Adiós, papaíto; un beso. En el estudio tienes á Cotoner y á Soldevilla. Otro beso... Deja que te muerda. Y después de clavar con suavidad sus dientecitos en una mejilla del maestro, la joven salió seguida de -Miss-, que bufaba prematuramente pensando en el fatigoso paseo. Renovales quedó inmóvil, como si no quisiera sacudir este ambiente de cariño en que le envolvía su hija. Milita era suya, toda suya. Amaba á su madre, pero su afecto resultaba frío comparado con la pasión vehemente que sentía por él, esa predilección vaga é instintiva que las hijas sienten por los padres, y que es como un esbozo de la adoración que ha de inspirarles después el hombre amado. Pensó un momento en buscar á Josefina para consolarla, pero tras corta reflexión desistió de este propósito. No sería nada; su hija estaba tranquila; un -arrechucho-, como los de costumbre. Subiendo se exponía á una escena terrible que le amargase la tarde, quitándole los deseos de trabajar, desvaneciendo aquella alegría juvenil que llevaba en el alma después de su almuerzo con Tekli. Se dirigió al último estudio, el único que merecía este nombre, pues era donde él trabajaba, y vió á Cotoner sentado en un sillón conventual, con el asiento combado por el peso de su abultada persona, los codos apoyados en los brazos de roble, el chaleco desabotonado para dejar en libertad el repleto abdomen, la cabeza hundida en los hombros, la cara roja y sudorosa, los ojos entornados por la suave embriaguez de su digestión en aquel ambiente caldeado por una enorme estufa. Cotoner estaba viejo; tenía el bigote blanco y la cabeza calva, pero su cara sonrosada y lustrosa era de una frescura infantil. Respiraba la placidez del célibe casto que sólo ama la buena mesa y aprecia la somnolencia digestiva de la boa como la mayor de las felicidades. Se había cansado de vivir en Roma. Escaseaban los encargos. Los papas vivían más años que los patriarcas bíblicos; los retratos al cromo del Pontífice le hacían una competencia ruinosa. Además, estaba viejo y los pintores jóvenes que llegaban á Roma no le conocían; eran gentes tristes que le miraban como á un bufón, y sólo abandonaban su seriedad para burlarse de él. Su tiempo había pasado. El eco de los triunfos de Mariano allá en la -tierra- había tirado de él, decidiéndole á trasladarse á Madrid. Lo mismo se vivía en todas partes. También en Madrid tenía amigos. Y había continuado aquí su vida de Roma, sin ningún esfuerzo, sintiendo ciertos anhelos de gloria en su exigua personalidad de jornalero del arte, como si sus relaciones con Renovales le impusieran el deber de buscar en la pintura un lugar cercano al suyo. Había vuelto á los paisajes, sin obtener triunfos mayores que la ingenua admiración de las lavanderas y los ladrilleros que en las cercanías de Madrid formaban semicírculo ante su caballete, diciéndose que aquel señor, que llevaba en la solapa el botón multicolor de sus diversas condecoraciones pontificales, debía ser un pájaro gordo, alguno de los grandes pintores de que hablaban los periódicos. Renovales le había alcanzado dos menciones honoríficas en la Exposición, y tras esta victoria, compartida con todos los muchachos que empezaban, Cotoner se tendió en el surco, descansando para siempre, dando por cumplida la misión de su existencia. La vida en Madrid no se le presentaba más difícil que en Roma. Dormía en casa de un sacerdote, al que había conocido en Italia, acompañándolo en sus correrías por las oficinas pontificales. Este capellán, que estaba empleado en los escritorios de la Rota, tenia á gran honor el hospedar al artista, recordando sus relaciones amistosas con los cardenales y creyéndole en correspondencia con el mismo Papa. Habían convenido una cantidad por el hospedaje, pero el clérigo no mostraba prisa en cobrarla: ya le encargaría algún cuadro para unas monjas de las que era confesor. La comida ofrecía aún menos dificultades para Cotoner. Tenía repartidos los días de la semana entre varias familias ricas, de ferviente religiosidad, á las que había conocido en Roma durante las grandes peregrinaciones españolas. Eran mineros opulentos de Bilbao; propietarios agrícolas de Andalucía; viejas marquesas que pensaban mucho en Dios, siguiendo sus costumbres de vida opulenta, á las que daban un , 1 . « ; 2 . . . , , . . . . ¡ ; 3 , ! . . . » 4 , 5 6 . 7 8 9 , . 10 , 11 . 12 . 13 , . , 14 ; . 15 , . . . . 16 17 , , 18 , . , 19 , 20 . , 21 , , , 22 . 23 , . 24 25 , . 26 « ¡ ! ¿ . . . ? » 27 . , . 28 , 29 , . 30 , 31 . 32 , 33 , , , 34 . 35 , , , 36 . , 37 . 38 39 - - ¡ ! ¡ ! . . . 40 41 . ; ; 42 . , 43 . , , , 44 . 45 46 - - - - 47 . - - . . 48 , ¿ , ? 49 50 , 51 . 52 , . 53 ; . 54 : 55 , ; 56 , , . 57 58 - - ¡ ! . . . ¡ ! 59 60 , , , 61 . 62 63 . , 64 65 , 66 . ¿ ? 67 68 - - - - . - - , ; . 69 70 . ¡ ! ¿ 71 ? ; 72 . ¿ ? . . . 73 . 74 ; 75 ; 76 , , , 77 : 78 79 - - . . . . . 80 81 . ¡ , 82 , , 83 ! ¡ ! . . . ¡ 84 ! . . . 85 86 , , 87 , 88 , 89 , , 90 , , 91 . 92 93 , 94 . , , 95 . 96 , , 97 . 98 - - . . . , 99 , 100 . 101 102 . , 103 , , , 104 , . , 105 , , 106 , , 107 . 108 , . 109 , . 110 . ¡ 111 112 , , 113 ! 114 , ; 115 ¡ ! , , 116 , 117 , 118 , . 119 120 , 121 . , 122 . , 123 , . , 124 125 . , 126 , 127 . ¿ ? . - . . . - . 128 . 129 . . 130 ¿ ? 131 . , 132 . 133 . 134 135 , , , 136 137 . 138 139 . 140 , , , . 141 - - , ; 142 . 143 ; , 144 . , 145 , . ¡ - - 146 ! 147 . 148 149 . , 150 , . 151 , 152 , 153 . , 154 , - - , 155 , , 156 , 157 , 158 159 . 160 , , 161 , , 162 163 , 164 . 165 166 . ¡ ! 167 : , . 168 , , 169 , , 170 . 171 172 , 173 . . 174 , , 175 , 176 , . 177 . 178 , , 179 , , 180 . 181 182 , 183 , 184 . , 185 , 186 . 187 , , 188 , ; 189 ; 190 , 191 192 . 193 194 . 195 , 196 . , 197 , - - , 198 , 199 , 200 , . ¡ 201 , , 202 , 203 ! . . . 204 , , 205 , , 206 . 207 208 . 209 , « » , 210 . 211 , 212 ; , 213 , 214 , 215 , , 216 . 217 ; , 218 . 219 220 . 221 , , 222 , 223 , 224 . 225 226 , 227 , , 228 , , 229 230 . 231 232 , , , 233 . 234 235 . , , 236 . , , 237 238 . , 239 . 240 , , 241 242 243 . 244 245 , , 246 , , 247 . 248 249 , 250 , . 251 252 , , 253 , , 254 . , 255 , ; 256 , ; 257 , , 258 , , 259 , , , , 260 . , 261 . 262 , , 263 : 264 265 - - ¡ ! . . . ¡ ! ¡ , 266 ! . . . 267 268 . 269 , 270 . 271 . , 272 . 273 , . 274 , . 275 276 , , 277 . ¡ , , 278 , , , 279 , ! . . . 280 , 281 , 282 . 283 . ¡ . . . ! ¡ 284 285 , ! 286 . , 287 , 288 . 289 290 , , 291 292 , 293 , 294 . . 295 , 296 , . 297 ¡ ! ¡ ! 298 299 , 300 , , 301 . ¡ , ! 302 , , 303 , 304 . ; 305 . « , ¿ ? » 306 307 . ¿ ? 308 , . , ; 309 . 310 - - . ; 311 . 312 313 - - ; , , . 314 . 315 316 , , 317 , , 318 319 . 320 321 322 . , , 323 , 324 . 325 326 - - - - . - - 327 . . . . . 328 329 , 330 , , 331 . 332 333 , , 334 , . : 335 . 336 , 337 . , - - ; 338 , . 339 , 340 . 341 , . 342 : , , , 343 , , 344 , . 345 , . 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