las operaciones de su aseo, mientras el artista rondaba en torno de ella
elogiando las diversas bellezas de su cuerpo. «Esto es Rubens puro; esto
es el color del Ticiano... Á ver, nena, levanta los brazos... así. ¡Ay;
eres la maja, la majita de Goya!...» Y ella se prestaba á sus manejos
con graciosos mohines, como si paladease el gesto de adoración y
contrariedad que ponía su esposo al poseerla como hembra y no poseerla
como modelo.
Una tarde de viento abrasador que esparcía en su soplo la asfixia de la
campiña romana, Josefina cedió. Estaban en su habitación con las
vidrieras cerradas, buscando en la clausura y la ligereza de las ropas
un remedio al terrible siroco. No quería ver á su marido con aquella
cara triste ni escuchar sus lamentaciones. Ya que estaba loco y se había
aferrado á aquel capricho, no osaba contrariarle. Podía pintarla, pero
sólo un estudio; nada de cuadro. Cuando se cansase de reproducir su
carne sobre el lienzo, rompería éste... y como si nada hubiese hecho.
El pintor dijo á todo que si, deseando verse cuanto antes, pincel en
mano, ante la codiciada desnudez. Tres días trabajó con una fiebre loca,
los ojos desmesuradamente abiertos, cual si pretendiera devorar con su
retina aquellas formas armoniosas. Josefina, acostumbrada ya á su
desnudez, permanecía tendida, olvidando su situación, con ese impudor
femenil que sólo siente vacilaciones al dar el primer paso. Agobiada por
el calor, dormíase mientras su marido seguía pintando.
Cuando la obra estuvo terminada, Josefina no pudo menos de admirarla.
«¡Qué talento tienes! ¿Pero realmente soy yo así... tan bonita?» Mariano
mostrábase satisfecho. Era su mejor obra, la definitiva. Tal vez en toda
su existencia no hallaría otro momento como este, de prodigiosa
intensidad mental, lo que llamaban vulgarmente inspiración. Ella seguía
admirándose en el lienzo, lo mismo que ciertas mañanas se contemplaba en
el gran espejo de su dormitorio. Ensalzaba con tranquila inmodestia las
diversas partes de su hermosura, fijándose especialmente en el vientre
recogido, de curva suave, en las audaces y duras puntas de sus pechos,
orgullosa de estos blasones de la juventud. Deslumbrada por la belleza
de su cuerpo, no se fijaba en la cara, que parecía sin valor, perdida en
suaves veladuras. Cuando sus ojos se posaron en ella, mostró cierta
decepción.
--¡Se me parece muy poco! ¡No es mi cara!...
El artista sonreía. No era ella; había procurado desfigurar su rostro;
su rostro nada más. Era una máscara, una concesión á las conveniencias
sociales. Así nadie la reconocería, y su obra, su grande obra, podría
salir á luz reclamando la admiración del mundo.
--Porque esto no vamos á romperlo--continuó Renovales con cierto temblor
en la voz.--Sería un crimen. En mi vida volveré á hacer nada igual. No
lo romperemos, ¿verdad, nena?
La nena permaneció silenciosa un buen rato, con la vista fija en el
cuadro. Los ávidos ojos de Renovales vieron poco á poco subir una nube
por su rostro, como se remonta una sombra en un muro blanco. El pintor
creyó que le faltaba el suelo bajo los pies; se aproximaba la tempestad.
Josefina palidecía: dos lágrimas resbalaban suavemente junto á su
naricita, dilatada por la opresión del pecho; otras dos ocupaban el
lugar de aquéllas, para caer también, y después otras y otras.
--¡No quiero!... ¡No quiero!
Era la misma voz ronca, nerviosa, despótica, que le había espeluznado de
inquietud y miedo la noche de su primer disgusto en Roma. La mujercita
miraba con odio aquel cuerpo desnudo que irradiaba su luz de nácar desde
el fondo del lienzo. Parecía sentir el espanto de la sonámbula, que
despierta de repente en medio de una plaza rodeada de mil ojos curiosos
y ávidos de su desnudez, y en su terror no sabe qué hacer ni por dónde
huir. ¿Cómo había podido prestarse ella á tal escándalo?
--No quiero--gritaba iracunda.--Rómpelo, Mariano; rómpelo.
Pero Mariano también parecía próximo á llorar. ¡Romperlo! ¿Quién podía
exigirle tal disparate? Aquella figura no era ella; nadie la
reconocería. ¿Por qué privarle de un triunfo estruendoso?... Pero su
mujer no le escuchó. Se revolcaba en el suelo con las mismas
contorsiones y gemidos de aquella noche tormentosa; crispaba sus manos
hasta contraerlas en forma de gancho; agitaba sus pies con el temblor de
una oveja moribunda, y su boca, torcida por doloroso mohín, seguía
gritando entre ronquidos:
--No quiero... no quiero. Rómpelo.
Se quejaba de su suerte con una furia que hería á Renovales. ¡Ella, una
señorita, sometida á este envilecimiento, como si fuese una mujerzuela
nocturna! ¡Si lo hubiese sabido!... ¡Cómo iba á figurarse que su esposo
la propondría cosas tan abominables!...
Renovales, ofendido por estos insultos, por los latigazos que descargaba
aquella voz aguda y silbante sobre su talento de artista, abandonaba á
su mujer, la dejaba rodar por el suelo y con los puños cerrados iba de
un extremo á otro de la habitación, mirando al techo, mascullando todos
los juramentos, tanto españoles como italianos, que eran de uso
corriente en su estudio.
De pronto quedó inmóvil, clavado en el suelo por el espanto y la
sorpresa. Josefina, desnuda aún, había saltado sobre el cuadro con una
agilidad de gata rabiosa. Del primer golpe de sus uñas rayó de arriba á
abajo el lienzo, mezclando los colores todavía tiernos, arrancando la
cascarilla de las partes secas. Después cogió el cuchillete de la caja
de colores y -raaás-... el lienzo exhaló un larguísimo quejido, se
partió bajo el impulso de aquel brazo blanco, que parecía azulear con el
espeluznamiento de la cólera.
Él no se movió. Tuvo un momento de indignación, quiso avanzar sobre
ella, pero cayó en infantil anonadamiento, deseando llorar, refugiarse
en un rincón, esconder su cabeza débil y quejumbrosa. Ella, ciega por la
cólera, seguía ensañándose en el cuadro, enredando los pies en la
madera del bastidor, arrancando tiras del lienzo, yendo de un lado á
otro con su presa como una bestia furiosa. El artista había apoyado la
frente en la pared, agitado su pecho atlético por cobardes gemidos. Al
dolor paternal por la obra perdida, uníase la amargura de la decepción.
Por primera vez adivinaba lo que iba á ser de su existencia. ¡Qué error
el suyo al casarse con aquella señorita que admiraba su arte como una
carrera, como un medio de ganar dinero, y pretendía moldearle á él en
las preocupaciones y escrúpulos del mundo en que había nacido! La amaba
á pesar de esto, y estaba seguro de que ella no le quería menos; pero
¡ay! tal vez hubiera sido mejor permanecer solo, libre para su arte, y
en el caso de serle necesaria una compañera, buscar una Maritornes
hermosa, con todo el esplendor y la humildad intelectual de la bella
bestia, que admirase y obedeciese ciegamente al maestro.
Transcurrieron tres días, sin que el pintor y su mujer se hablasen
apenas. Mirábanse á hurtadillas, anonadados y vencidos por la tormenta
doméstica. Pero la soledad en que vivían, la necesidad de permanecer
juntos, les hizo buscarse. Ella fué la primera que habló, como si la
infundiesen miedo la tristeza y el desaliento de aquel gigantón que iba
por los rincones enfurruñado como un enfermo. Le envolvió en sus brazos,
besó su frente, hizo mil gestos graciosos para arrancarle una débil
sonrisa. ¿Quién le quería á él? Su Josefina. Su -maja... desnuda-. Pero
lo de desnuda había acabado para siempre. Jamás debía acordarse de estas
proposiciones repugnantes. Un pintor decente no piensa en tales cosas.
¿Qué dirían sus numerosos amigos? En el mundo existían muchas cosas
bonitas que pintar. Á vivir los dos queriéndose mucho, sin que él la
diese disgustos con sus manías inconvenientes. Lo del desnudo era una
afición vergonzosa de sus tiempos de bohemio.
Y Renovales, vencido por los mimos de su mujer, hizo las paces, se
esforzó por olvidar su obra y sonrió con la resignación del esclavo que
ama la cadena porque le asegura la paz y la vida.
Al llegar el otoño volvieron á Roma. Renovales reanudó los trabajos para
su contratista, pero éste, á los pocos meses, parecía descontento. No
era que el -signor- Mariano decayese, eso no; pero sus corresponsales se
quejaban de cierta monotonía en los sujetos de sus obras. El mercader le
aconsejaba que viajase; podía vivir una temporada en la Umbría, pintando
campesinos en paisajes ascéticos y viejas iglesias. Podía, y esto era lo
mejor, trasladarse á Venecia. ¡Qué grandes cosas haría el -signor-
Mariano en aquellos canales! Y así nació en el artista el propósito de
abandonar Roma.
Josefina no opuso resistencia. Aquella vida de recepciones á diario, en
las innumerables embajadas y legaciones, comenzaba á aburrirla.
Desvanecido el encanto de la primera impresión, Josefina notó que las
grandes señoras la trataban con una condescendencia penosa, como si
hubiese descendido de su rango al unirse con un artista. Además, la
gente joven de las embajadas, los -agregados- de diversas razas, rubios
unos, morenos otros, que buscaban consuelo á su celibato sin salir del
mundo de la diplomacia, tenían con ella atrevimientos lamentables al dar
las vueltas de un vals ó seguir la figura de un cotillón, como si la
considerasen conquista fácil viéndola casada con un artista que no podía
lucir en los salones un mal uniforme. La hacían en inglés ó en alemán
cínicas declaraciones, y ella tenía que contenerse, sonriendo y
mordiéndose los labios, á corta distancia de Renovales, que no entendía
una palabra y se mostraba satisfecho de las atenciones de que era objeto
su mujer por parte de una juventud elegante, cuyas maneras él intentaba
copiar.
El viaje quedó resuelto. ¡Á Venecia! El amigo Cotoner se despidió de
ellos: sentía abandonarles, pero su puesto estaba en Roma. Justamente el
Papa andaba malucho en aquellos días, y el pintor, con la esperanza de
la muerte pontifical, preparaba lienzos de todos tamaños, esforzándose
por adivinar quién sería el sucesor.
Al remontarse en sus recuerdos, Renovales pensaba siempre con dulce
nostalgia en su vida veneciana. Fué el periodo mejor de su existencia.
La ciudad encantadora de las lagunas, envuelta en una luz de oro,
temblona con el cabrilleo de las aguas, le subyugó desde el primer
momento, haciéndole olvidar su amor apasionado á la forma humana. Se
calmó durante algún tiempo su entusiasmo por el desnudo. Adoró los
viejos palacios, los canales solitarios, la laguna de aguas verdes é
inmóviles, el alma de un pasado majestuoso, que parecía respirar en la
solemne vetustez de la ciudad muerta y eternamente sonriente.
Vivieron en el palacio Foscarini, un caserón de paredes rojas y
ventanales de blanca piedra, que daba á una callejuela acuática
inmediata al Gran Canal. Era una antigua mansión de mercaderes,
navegantes y conquistadores de las islas de Oriente, que en ciertas
épocas habían ostentado en su cabeza el cuerno dorado de los Dogas. El
espíritu moderno, utilitario é irreverente, había convertido el palacio
en casa de vecindad, partiendo los dorados salones con feos tabiques;
estableciendo cocinas en las arcadas afiligranadas del patio señorial;
llenando de ropas puestas á secar las galerías de mármol, al que daban
los siglos la transparencia ambarina del viejo marfil y reemplazando con
baldosines los desgarrones del rico mosaico.
Renovales y su mujer ocupaban la habitación más inmediata al Gran Canal.
Por las mañanas, Josefina veía desde un mirador la rápida y silenciosa
llegada de la góndola de su marido. El gondolero, habituado al servicio
de los artistas, llamaba á gritos al -signor pittore-, y Renovales
bajaba con su caja de acuarela, partiendo inmediatamente la embarcación
por los tortuosos y estrechos canales, moviendo á un lado y otro el
peine plateado de su proa, como sí husmease el camino. ¡Las mañanas de
plácido silencio, en las dormidas aguas de una callejuela, entre dos
altos palacios de audaces aleros, que conservaban la superficie del
canalillo en perpetua sombra!... El gondolero dormitaba tendido en uno
de los encorvados extremos de su embarcación, y Renovales, sentado junto
á la negra litera, pintaba sus acuarelas venecianas, un nuevo género que
su empresario de Roma acogía con grandes extremos de entusiasmo. Su
ligereza de pincel le hacía producir estas obras con la misma facilidad
que si fuesen copias mecánicas. En el dédalo acuático de Venecia tenía
un apartado canal, al que llamaba «su finca», por el dinero que le
producía. Había pintado un sinnúmero de veces sus aguas muertas y
silenciosas, que en todo el día no sufrían otro roce ondulatorio que el
de su góndola; dos viejos palacios con las persianas rotas, las puertas
cubiertas de la costra de los años, las escalinatas roídas por el verdor
de la humedad y en el fondo un pequeño arco de luz, un puente de mármol
y por debajo de él la vida, el movimiento, el sol de un canal ancho y
transitado. La ignorada callejuela resucitaba todas las semanas bajo el
pincel de Renovales; podía pintarla con los ojos cerrados, y la
iniciativa mercantil del judío de Roma la esparcía por todo el mundo.
La tarde la pasaba Mariano con su mujer. Unas veces iban en góndola
hasta los paseos del Lido, y sentados en la playa de fina arena,
contemplaban el oleaje colérico del Adriático libre, que extendía hasta
el horizonte sus saltadoras espumas, como un rebaño de níveos vellones
avanzando en el ímpetu del pánico.
Otras tardes paseaban por la plaza de San Marcos, bajo las arcadas de
sus tres hileras de palacios, viendo brillar en el fondo, á los últimos
rayos del sol, el oro pálido de la basílica, en cuyas paredes y cúpulas
parecían haberse cristalizado todas las riquezas de la antigua
República.
Renovales, cogido del brazo de su mujer, marchaba con cierta calma, como
si lo majestuoso del lugar le impusiera un estiramiento señorial. El
augusto silencio no se turbaba con esa batahola que ensordece á las
grandes capitales. Ni el rodar de un coche, ni el trote de un caballo,
ni gritos de vendedores. La plaza, con su pavimento de mármol blanco,
era un inmenso salón por donde circulaban los transeuntes como en una
visita. Los músicos de Venecia agrupábanse en el centro, con sus
bicornios rematados por negros y ondulantes plumeros. Los rugidos del
wagneriano metal, galopando en la loca cabalgada de las Walkyrias,
hacían estremecer las columnatas de mármol y parecían dar vida á los
cuatro caballos dorados que en la cornisa de San Marcos se encabritaban
sobre el vacío con mudo relincho.
Las palomas venecianas, de obscuro plumaje, esparcíanse en juguetonas
espirales, levemente asustadas por la música, para posar su lluvia de
alas sobre las mesas de un café. Remontábanse luego hasta ennegrecer los
aleros de los palacios y caían á continuación como un manto de metálicos
reflejos sobre las bandas de inglesas, de velos verdes y redondos
sombreros, que las llamaban ofreciéndolas trigo.
Josefina, con anhelos de niña, separábase de su marido para comprar un
cucurucho de grano, y derramándolo sobre sus enguantadas manecitas, se
dejaba rodear por los pupilos de San Marcos. Posábanse aleteantes, como
cimeras fantásticas, sobre las flores de su sombrero; saltaban á sus
hombros, alineándose en los tendidos brazos; agarrábanse desesperados á
sus breves caderas, intentando seguir el contorno del talle, y otros más
audaces, como si estuvieran poseídos de humana malicia, arañaban su
pecho, tendían el pico, pugnando por acariciar, al través del velo, su
fresca boca entreabierta. Ella reía, estremecida por el cosquilleo de la
animada nube que rozaba su cuerpo. El marido la contemplaba riendo
también, y con la seguridad de no ser entendido más que por ella, le
gritaba en español:
--¡Pero qué hermosa estás!... ¡Te pintaría! ¡Si no fuese por la gente,
te daba un beso!...
Venecia fué el escenario de sus mejores tiempos. Ella vivía tranquila
mientras su esposo trabajaba, tomando por modelos los rincones de la
ciudad. Le veía ausentarse sin que ningún pensamiento penoso turbara su
plácida calma. Esto era pintura, y no los encierros de Roma con mujeres
desvergonzadas que no temían quedarse en cueros. Queríale con nueva
pasión, le mecía en una perpetua caricia. Entonces fué cuando nació su
hija, único fruto de su matrimonio.
La majestuosa doña Emilia, al enterarse de que iba á ser abuela, no pudo
permanecer en Madrid. ¡Su pobre Josefina, en país extranjero, sin otros
cuidados que los de su marido, un buen muchacho que, según decían, tenia
talento, sin dejar por esto de parecerle algo ordinario!... Á expensas
del yerno hizo su viaje á Venecia, y allí permaneció algunos meses
echando pestes contra esta ciudad, á la que no había llegado nunca en
sus correrías diplomáticas. La ilustre señora sólo consideraba
habitables las capitales que tenían corte. ¡Pchs... Venecia! ¡Una
población cursi que sólo gustaba á los fabricantes de romanzas y los
ilustradores de abanicos, y donde no había más que cónsules! Á ella le
placía Roma con el Papa y sus reyes. Además, le mareaba ir en góndola y
se quejaba de incesante reuma, echando la culpa á la humedad de las
lagunas.
Renovales, que temblaba por la vida de Josefina, creyendo que su
naturaleza endeble y delicada no podría resistir el accidente de la
maternidad, prorrumpió en una alegría ruidosa al recibir en sus brazos á
la pequeña y contemplar á la madre, que reclinaba como muerta su cabeza
en la almohada. La blancura de ésta se confundía con la de su rostro. Su
primera mirada fué para ella, para las facciones pálidas y desencajadas
por la reciente crisis, que iban serenándose con el descanso.
¡Pobrecita! ¡Cómo había sufrido! Pero al salir de puntillas del
dormitorio para no turbar el sueño abrumador que se apoderaba de la
enferma después de dos días crueles, entregóse á la admiración del
pedazo de carne que, envuelto en finos lienzos, descansaba sobre los
enormes y flácidos muslos de la abuela. ¡Ah, el adorable boceto!
Contempló su carita amoratada, su abultada cabeza pobre de pelo,
buscando algo suyo en este oleaje de carne, todavía removida y sin
formas determinadas. Él no entendía de esto; era la primer criatura que
veía nacer. «Mamá, ¿á quién se parece?»
Doña Emilia se asombraba de su ceguera. ¿Á quién había de parecerse? Á
él, sólo á él. Era grande, enorme; pocas criaturas había visto como
aquella. Parecía imposible que viviese su pobre hija después de echar al
mundo -aquello-. Por falta de salud no había que quejarse; tenía los
colores de una lugareña.
--Es una Renovales; es tuya, y bien tuya, Mariano. Nosotros somos de
otra clase.
Y Renovales, sin fijarse en las palabras de mamá, sólo vió que su hija
era semejante á él, extasiándose en la contemplación de su robustez,
alabando á gritos aquella salud de la que hablaba la abuela con un
acento de decepción.
En vano él y doña Emilia quisieron disuadir á Josefina de su propósito
de dar el pecho á la pequeña. La mujercita, á pesar de su debilidad, que
la mantenía inmóvil en la cama, lloró y gritó casi lo mismo que en las
crisis que tanto habían asustado á Renovales.
--No quiero--dijo con aquella tenacidad que tan terrible la hacía.--No
quiero para mi hija leche extranjera. La criaré yo... su madre.
Y hubo que entregársela, dejar que la pequeña se agarrase con una
voracidad de ogro á aquellos pechos, hinchados ahora por la maternidad,
y tantas veces admirados por el pintor en su virginal recogimiento.
Cuando Josefina pareció repuesta, su madre, dando por terminada su
misión, regresó á Madrid. Se aburría en aquella ciudad silenciosa: de
noche creía estar muerta al no escuchar desde su cama ruido alguno. La
daba miedo esta calma de cementerio, rasgada de tarde en tarde por el
grito de los gondoleros. No tenía amigas, no -brillaba-; no era nadie en
aquella charca, ni nadie la conocía. Recordaba á todas horas á sus
ilustres amigas de Madrid, donde ella se creía un personaje
insustituible. Tenía clavada en el alma la modestia del bautismo de su
nieta, á pesar de que á ésta la pusieron su nombre. Un cortejo pobre que
cabía en dos góndolas: ella, que era la madrina, con el padrino, un
viejo pintor veneciano amigo de Renovales, y además, éste y dos
artistas, uno francés y otro español. No había asistido al bautizo el
patriarca de Venecia, ni siquiera un obispo. (¡Ella que conocía tantos
en su país!) Un simple cura, con rapidez lamentable, había bastado para
cristianizar á la nieta del famoso diplomático en una iglesia pequeña, á
la caída de la tarde. Se marchó, repitiendo una vez más que su Josefina
se estaba matando, que era una locura, con su salud delicada, dar el
pecho á la niña, lamentándose de que no la imitase á ella, que había
confiado siempre sus hijos á lactancias extrañas.
Josefina lloró mucho al separarse de mamá, mientras Renovales la
despedía con mal disimulado gozo. ¡Buen viaje! Á duras penas podía
aguantar á aquella señora, que se creía en perpetua postergación viendo
cómo trabajaba su yerno por sostener el bienestar de su hija. Únicamente
estaba de acuerdo con ella al regañar dulcemente á Josefina por su
tenacidad en dar el pecho á la pequeña. ¡Pobre maja desnuda! La
gentileza de su cuerpo de capullo borrábase con el amplio florecimiento
de la maternidad. Sus piernas, dilatadas por la hinchazón del embarazo,
habían perdido sus antiguas líneas; sus pechos, más fuertes y abultados
ahora, ya no tenían su esbeltez de magnolia cerrada.
Parecía más robusta, pero la amplitud de su cuerpo iba acompañada de
enémica flacidez. El marido, viendo cómo perdía su gentileza, la amaba
más con tierna compasión. ¡Pobrecita! ¡Cuán buena era! ¡Se estaba
sacrificando por su hija!...
Cuando ésta tenía un año, ocurrió la gran crisis de la vida de
Renovales. Ganoso de darse «un baño de arte», de saber lo que ocurría
fuera de aquella mazmorra en que estaba encerrado pintando á tanto la
pieza, dejó á Josefina en Venecia é hizo un corto viaje á París para ver
su famoso Salón. Volvió de allá transfigurado, con nueva fiebre de
trabajo y una resolución de transformar su existencia, que causó en su
mujer asombro y miedo. Iba á romper con su empresario; no se envilecería
más en aquella pintura falsa, aunque tuviese que pedir limosna. En el
mundo se hacían grandes cosas, y él sentíase con ánimos para ser un
innovador, siguiendo el camino de aquellos pintores modernos que tan
profundamente le impresionaban.
Aborrecía ahora la vieja Italia, adonde iban á estudiar los artistas,
protegidos por gobiernos ignorantes.
En realidad, lo que encontraban en ella era un mercado de seductoras
demandas, acostumbrándose al encargo, á la vida muelle y sin iniciativas
de la ganancia fácil. Quería trasladarse á París. Pero Josefina, que
acogía en silencio las ilusiones de Renovales, incomprensibles en gran
parte para ella, modificó con sus consejos esta resolución. Ella también
quería salir de Venecia. La ciudad le parecía triste durante el
invierno, con sus interminables lluvias, que dejaban resbaladizos los
puentes é intransitables las callejuelas de mármol. Decididos ya á
levantar el campo, ¿por qué no regresar á Madrid? Mamá estaba enferma,
se lamentaba en todas las cartas de vivir lejos de su hija. Josefina
deseaba verla, presintiendo su muerte. Renovales reflexionó; también él
deseaba volver á España. Sentía la nostalgia del país; pensó en el gran
alboroto que levantaría allá, ensayando sus nuevos procedimientos en
medio de la general rutina. Le tentaba el deseo de escandalizar á la
gente académica que le había aceptado por sus anteriores abdicaciones.
El matrimonio volvió á Madrid con su pequeña Milita, á la que llamaban
así familiarmente, abreviando el diminutivo de Emilia. Renovales llevaba
por todo capital unos cuantos miles de liras, ahorros de Josefina y
producto de la venta de una parte de los muebles que adornaban las salas
destartaladas del palacio Foscarini.
Los principios fueron difíciles. Á los pocos meses de su permanencia en
Madrid murió doña Emilia. Su entierro no correspondió á las ilusiones
que siempre se había forjado la ilustre viuda. Apenas si asistieron á él
dos docenas de sus innumerables y famosos parientes. ¡Pobre señora, si
hubiese presenciado esta póstuma decepción!... Renovales casi se alegró
del suceso. Con él rompíase el único lazo que les unía al gran mundo. Él
y Josefina vivieron en un piso cuarto de la calle de Alcalá, cercano á
la Plaza de Toros, con una gran terraza que el artista convirtió en
estudio. Su existencia fué modesta, recogida, humilde: ni amigos ni
fiestas. Ella pasaba los días cuidando de su hija y de la casa, sin otra
ayuda que la de una torpe doméstica de exigua retribución. Muchas veces,
cuando más activa se mostraba, caía en profundo desaliento, quejándose
de extrañas y variables enfermedades.
Mariano apenas trabajaba en su casa: pintaba al aire libre, aborrecía la
luz convencional del estudio, la estrechez de su ambiente. Recorría los
alrededores de Madrid y las provincias cercanas, buscando los tipos
toscos é ingenuos, cuyas caras parecían transpirar la antigua alma
española. Subía al Guadarrama en pleno invierno, permaneciendo como un
explorador único en los campos de nieve, para trasladar al lienzo los
pinos seculares, retorcidos y negros bajo sus gorros de heladas vedijas.
Al verificarse la Exposición estalló el nombre de Renovales como un
cañonazo, esparciendo sus ecos por las cumbres del entusiasmo y las
sombrías oquedades de la opinión. No presentó un cuadro enorme y con
-argumento- como en su primer triunfo. Eran lienzos pequeños, estudios
confiados al azar de un buen encuentro, pedazos de Naturaleza, hombres y
paisajes reproducidos con una verdad asombrosa y brutal que
escandalizaba al público.
Los padres graves de la pintura retorcíanse, como si recibiesen una
bofetada, ante estos hierros que parecían llamear entre los otros
cuadros apagados y plomizos. Reconocían que Renovales era un pintor,
pero sin imaginación, sin inventiva, sin otro mérito que el de trasladar
al lienzo aquello que contemplaban sus ojos. Los jóvenes se agrupaban en
torno del nuevo maestro: hubo disputas interminables, apasionadas
discusiones, odios de muerte, aleteando sobre esta batalla el nombre de
Renovales, fijo casi á diario en las columnas de los periódicos, hasta
el punto de que le faltaba poco para ser tan célebre como un matador de
toros ó un orador del Congreso.
Seis años duró esta lucha, levantándose una tormenta de insultos y de
aplausos cada vez que Renovales lanzaba al público una obra suya; y
mientras tanto, el maestro, tan llevado y traído, vivía en la estrechez,
teniendo que pintar á escondidas acuarelas del antiguo estilo, para
enviarlas con gran secreto á su mercader de Roma. Pero todos los
combates tienen término. El público acabó por aceptar como indiscutible
un nombre que á diario saltaba ante sus ojos; los enemigos, quebrantados
por el refuerzo inconsciente de la opinión, mostráronse cansados, y el
maestro, como todos los innovadores, una vez pasado el primer éxito del
escándalo, comenzó á limitar su audacia, recortando y dulcificando su
primitiva brutalidad. El temido pintor púsose de moda. El éxito fácil é
instantáneo conseguido al principio de su carrera, volvió á
reproducirse, pero ahora más sólido y definitivo, como una conquista
realizada por caminos ásperos y difíciles, riñendo un combate á cada
paso.
El dinero, paje veleidoso, volvió á él, sosteniendo el manto de la
gloria. Vendió cuadros á precios nunca conocidos en España, y las cifras
se hincharon fabulosamente al ser repetidas por sus admiradores. Ciertos
millonarios de América, con el asombro de que un pintor español fuese
mencionado en el extranjero y reprodujesen sus obras las primeras
revistas de Europa, compraron los lienzos de Renovales como objetos de
gran lujo.
El maestro, amargado por las estrecheces de su período de lucha, sintió
de pronto un ansia de dinero, una codicia dominadora que nunca le habían
conocido sus amigos. Su mujer parecía cada vez más enferma; su hija
crecía y él deseaba para su Milita la educación y el lujo de una
princesa. Las tenia ahora en un hotel de mediano aspecto, pero deseaba
para ellas algo mejor. El instinto práctico, que todos le reconocían
cuando no le cegaba una preocupación artística, se esforzó por hacer del
pincel un instrumento de grandes ganancias.
El cuadro estaba condenado á desaparecer, según decía el maestro. Las
habitaciones modernas, pequeñas y de sobrio decorado, no permiten los
grandes lienzos de los salones de otras épocas, cuyos muros desnudos
había que adornar. Además, los gabinetes de ahora, semejantes á piezas
de muñecas, sólo podían resistir cuadros bonitos, de amanerada
hermosura. Las escenas arrancadas á la verdad se despegaban de este
fondo. Sólo quedaba, pues, el retrato para ganar dinero, y Renovales
olvidó sus glorias de innovador, para conquistar por todos los medios un
renombre de retratista entre la gente elevada. Pintó á los individuos de
sangre regia en toda suerte de actitudes, sin perdonar ninguna de sus
ocupaciones importantes: á pie y á caballo, con plumas de general ó
manta parda de cazador; matando pichones ó corriendo en automóvil.
Trasladó al lienzo las más linajudas bellezas, modificando
insensiblemente, con hábil malicia, las ajaduras del tiempo;
endureciendo con el pincel las flácidas carnes; sosteniendo la pesadez
de párpados y mejillas, desplomados por el cansancio y el envenenamiento
de los afeites. Después de estos éxitos cortesanos, los ricos
consideraron un retrato de Renovales como imprescindible adorno de su
salón. Iban en busca de él porque su firma costaba miles de duros:
poseer un lienzo suyo era un testimonio de opulencia, tan preciso cual
un automóvil de la mejor marca.
Renovales fué rico, como puede llegar á serlo un pintor. Entonces
construyó lo que los envidiosos llamaban «su panteón»: un hotel
soberbio, tras las verjas del Retiro.
Sintió el deseo vehemente de fabricarse un nido á su gusto é imagen,
como esos moluscos que con el jugo de su cuerpo se fabrican el
caparazón que les sirve de vivienda y defensa. Despertó en él esa ansia
de ostentación, de originalidad aparatosa, fanfarrona y cómica que
duerme en el pensamiento de todo artista. Primero soñó con una
reproducción del palacio de Rubens, en Amberes: logias abiertas que
servían de estudios, frondosos jardines cubiertos de flores en todo
tiempo, y circulando por sus avenidas gacelas, jirafas, pájaros de
plumaje luminoso cual voladores ramilletes, y otros animales exóticos
que servían de modelos al gran pintor en su afán de copiar la Naturaleza
con toda su magnificencia.
Pero el madrileño solar de unos cuantos miles de pies, yermo, blancuzco,
limitado por una mísera valla y con la sequedad propia de Castilla, le
hizo abandonar este ensueño. Ya que no era posible el alarde rubensesco,
se refugiaría en el clasicismo, y levantó en el fondo de un pequeño
jardín una especie de templo griego que había de servir de vivienda y
estudio. Sobre el frontón triangular alzábanse tres trípodes á modo de
flameros, que daban á la vivienda un aspecto de tumba monumental. Pero
el maestro, para evitar toda equivocación á los que se detenían al otro
lado de la verja, hizo esculpir en la piedra de la fachada guirnaldas de
laurel, paletas rodeadas de coronas, y en medio de este aparato de
ingenua modestia, una breve inscripción, en letras de oro, de regular
tamaño: «Renovales.» Ni más ni menos que una tienda. Dentro, en dos
estudios donde nadie pintaba, y que precedían al verdadero estudio de
trabajo, exhibíanse los cuadros terminados sobre caballetes cubiertos
con telas antiguas, y los visitantes admiraban una teatral balumba de
armaduras, tapices, viejos estandartes pendientes del techo, vitrinas
cargadas de venerables bagatelas, profundos divanes con sombrajes de
telas orientales sostenidas por lanzas, cofres centenarios y bargueños
abiertos brillando con el oro pálido de su cajonería.
Equivalían estos estudios, donde nadie estudiaba, á los salones de
espera lujosos y en fila del doctor que hace pagar cien pesetas por la
consulta; á las antesalas de cuero sombrío y venerables cuadros del
jurisconsulto ilustre y probo que no abre la boca sin llevarse un pedazo
de la fortuna del cliente. Los que aguardaban en estos dos estudios,
grandes como naves de iglesia, con esa majestad silenciosa que se
desprende de la pátina de los siglos, sufrían la preparación necesaria
para admitir los enormes precios que les pedía el maestro.
Renovales -había llegado- y podía descansar tranquilamente, según decían
sus admiradores. Y sin embargo, el maestro estaba triste: su carácter,
agriado por oculto malestar, estallaba en ruidosas cóleras.
Bastaba para enfurecerle el más leve ataque de un enemigo
insignificante. Los discípulos creían que era esto efecto de los años.
Las luchas le habían envejecido hasta el punto de que con sus grandes
barbas y su espalda un poco arqueada, parecía diez años más viejo.
En este templo blanco, sobre cuyo frontón flameaba su nombre con oro de
gloria, era menos feliz que en las modestas viviendas de Italia ó en el
buhardillón cercano á la Plaza de Toros. De aquella Josefina de sus
primeros tiempos de matrimonio sólo quedaba una lejana sombra. La -maja
desnuda- de las dulces noches de Roma y Venecia, no era más que un
recuerdo. Al volver á España se había evaporado la falsa robustez de su
maternidad.
Adelgazaba como si la consumiese un fuego oculto: derretíase en interna
combustión el grasoso almohadillado que rellenaba su cuerpo con
graciosas ondulaciones. Comenzaba á marcar el esqueleto sus agudas
aristas y obscuras oquedades bajo la piel pálida y flácida. ¡Pobre -maja
desnuda-! El marido la compadecía, atribuyendo su decadencia á las
luchas y preocupaciones que habían sufrido al establecerse en Madrid.
Por ella deseaba vencer y hacerse rico, proporcionándola el soñado
bienestar. Su enfermedad tenía un origen moral: era neurastenia, honda
tristeza. La pobre sufría, indudablemente, al verse en aquel Madrid,
donde había vivido con relativa brillantez, condenada á una existencia
de pobre, habitando una casa mísera, luchando con la escasez de dinero y
teniendo que ocuparse en las más vulgares faenas. Se quejaba de
extraños dolores; sus piernas perdían toda fuerza; se desplomaba sobre
una silla, permaneciendo inmóvil horas y más horas, llorando sin saber
por qué. Digería mal; durante semanas enteras repelía su estómago todo
alimento. Por las noches agitábase en la cama sin poder dormir, y apenas
apuntaba el día ya estaba de pie, corriendo la casa con una actividad de
duende, revolviéndolo todo, buscando querella á la criada, al marido, á
ella misma, hasta que, de pronto, caía en el anonadamiento desde lo alto
de su excitación, é iniciaba el primer llanto.
Estas crisis domésticas quebrantaban el ánimo del pintor, pero las
acogía con paciencia. Á su antiguo amor uníase ahora una dulce
conmiseración viéndola tan débil, sin otros restos de su antigua belleza
que los ojos, hundidos en sus azuladas órbitas, brillantes con el
misterioso fuego de la fiebre. ¡Pobrecilla! La miseria la había puesto
así. Su marido consideraba su debilidad con cierto remordimiento. Su
suerte era la del soldado que se sacrifica por la gloria de su general.
Renovales había vencido, pero dejando á sus espaldas á la mujer amada,
caída en la lucha por ser más débil.
Admiraba, además, su abnegación maternal. El vigor que á ella le faltaba
lo tenía Milita, aquella criatura que llamaba la atención por su
robustez y sus colores. La voracidad de este organismo fuerte y
avasallador había absorbido toda la vida de la madre.
Cuando el artista fué rico é instaló su familia en el nuevo hotel,
creyó que Josefina iba á resucitar. Los médicos confiaban en un rápido
cambio. El primer día que pasearon los dos por los salones y estudios de
la nueva casa, inventariando con mirada satisfecha los muebles y los
ricos objetos antiguos y modernos, Renovales cogió del talle á la débil
muñeca, inclinando la cabeza sobre ella, acariciando su frente con las
recias barbas.
Todo era suyo, el hotel y sus lujosas decoraciones; de ella también el
dinero que aun le quedaba y el que seguiría ganando. Ella era la señora,
la dueña absoluta; podía gastar cuanto quisiera, allí estaba él para
hacer frente á todo. Podía distinguirse por su lujo, tener carruajes,
dar envidia á sus antiguas amigas, enorgullecerse de ser la mujer de un
pintor famoso, mucho más que otras que habían pescado con el matrimonio
una corona condal... ¿Estaba contenta?
Ella decía que sí, moviendo la cabeza débilmente, y hasta se empinó
sobre las puntas de los pies para besar agradecida aquella boca que
parecía arrullarla á través de las nubes de pelos; pero su gesto era
triste y sus desmayados movimientos de flor marchita, como si no
existiese alegría mundanal que pudiera sacarla de este desaliento.
Á los pocos días, pasada la primera impresión del cambio de vida,
volvieron á repetirse en el lujoso hotel las mismas crisis que tantas
veces habían conmovido anteriores viviendas.
Renovales la encontraba en el comedor con la cabeza entre las manos,
llorando, sin querer explicarle la causa de sus lágrimas. Cuando
intentaba cogerla entre sus brazos, acariciándola como á una niña, la
mujercita se encrespaba lo mismo que si recibiese una injuria.
--Déjame--gritaba, fijando en él unos ojos hostiles.--No me toques...
Vete.
Otras veces la buscaba por la casa, preguntando en vano á Milita, que,
habituada á las crisis de su madre y sostenida por su egoísmo de
muchacha fuerte, no hacía gran caso de ella y seguía jugando con sus
innumerables muñecas.
--No sé, papaíto; debe estar llorando arriba--contestaba con
naturalidad.
Y en algún rincón del piso alto, en el dormitorio, junto á la cama, ó
entre las ropas del cuarto de vestir, la encontraba el marido sentada en
el suelo, la mandíbula apoyada en las manos, los ojos fijos en la pared,
como si contemplase algo invisible y misterioso que sólo ella podía ver.
Ahora no lloraba; sus ojos estaban secos, agrandados por una expresión
de espanto, y era en vano que el esposo intentase atraerla. Permanecía
inmóvil, fría, insensible á sus caricias, como si fuese un extraño, como
si entre los dos existiera una indiferencia inabordable.
--Quiero morir--decía con voz grave y concentrada.--No hago falta en el
mundo: quiero descansar.
Esta resignación fúnebre convertíase poco después en furiosa
acometividad. Renovales nunca se daba cuenta de cómo se iniciaba el
conflicto. La más insignificante de sus palabras, un gesto, su mismo
silencio, bastaban para atraer la tormenta. Josefina comenzaba á hablar
con acento agresivo, dando á sus palabras la cortante frialdad de una
navaja. Censuraba al pintor por lo que hacía y lo que no hacía, por sus
costumbres más insignificantes, por lo que pintaba, y de pronto,
extendiendo el radio de sus injurias, queriendo abarcar en ellas al
mundo entero, prorrumpía en denuestos contra las distinguidas personas
que formaban la clientela del marido, proporcionándole enormes
ganancias. Podía estar satisfecho de los retratos de aquellas gentes:
ellos, unos señores despreciables, malas personas, ladrones casi todos.
Su madre, que estaba bien enterada de este mundo, le había contado
muchas historias. Á ellas aun las conocía mejor; casi todas habían sido
sus compañeras de colegio ó sus amigas. Se habían casado para poner en
ridículo á sus maridos; todas tenían historia; eran perdidas peores que
las que montaban la guardia de noche en las aceras. Aquella casa, con
toda su fachada de laureles y sus letras de oro, era un burdel. El mejor
día se plantaba ella en el estudio y las echaba á la calle para que las
retratasen en otra parte.
--¡Por Dios, Josefina!--murmuraba angustiado Renovales.--No digas esas
cosas; no pienses esas barbaridades. Parece imposible que hables así. La
niña nos oye.
Josefina, agotada ya su ira nerviosa, prorrumpía en llanto y Renovales
tenia que abandonar la mesa para acompañarla á la cama, donde se tendía
gritando por centésima vez su deseo de morir.
Esta vida le era aún más intolerable por su fidelidad conyugal, por
aquel amor mezclado de costumbre y rutina que le mantenía sólidamente
adherido á su esposa.
Por las tardes, á última hora, se reunían en su estudio varios amigos,
entre los cuales figuraba el famoso Cotoner, que había trasladado su
residencia á Madrid. Cuando envueltos en la luz del crepúsculo que iba
penetrando por la enorme vidriera, sentíanse inclinados á las
confidencias amistosas, Renovales hacía siempre la misma declaración:
--De muchacho me he divertido como cualquiera; pero desde que me casé no
conozco otra mujer que la propia. Lo digo con orgullo.
Y el hombretón erguía su alto cuerpo y se acariciaba hacia arriba las
barbas, satisfecho de su fidelidad conyugal, como otros lo estaban de
sus buenas fortunas en amor.
Cuando se hablaba en su presencia de mujeres hermosas ó se examinaban
retratos de las grandes beldades extranjeras, el maestro no ocultaba su
aprobación:
--¡Muy hermosa! ¡Muy bonita... para pintarla!
Sus entusiasmos por la belleza no iban más allá de los límites del arte.
Sólo existía una mujer en el mundo, la suya; las demás eran modelos.
Él, que llevaba en su pensamiento una orgía de carne y adoraba la
desnudez con unción religiosa, guardaba todos sus homenajes de hombre
para la mujer legítima, cada vez más enferma, más triste, esperando con
paciencia de enamorado un momento de calma, un rayo de sol entre las
incesantes tormentas.
Los médicos, confesándose inhábiles para curar este desarreglo nervioso
que consumía el organismo de la esposa, confiaban en un cambio
inesperado y recomendaban al marido una extremada dulzura. Esto servía
para aumentar su paciente mansedumbre. Atribuían el trastorno de sus
nervios al parto y la lactancia, que habían quebrantado su débil salud;
sospechaban además la existencia de alguna causa desconocida, que
mantenía á la enferma en interminable excitación.
Renovales, que estudiaba á su mujer con el anhelo de recobrar la paz
doméstica, adivinó de pronto la verdadera causa de su enfermedad.
Milita iba creciendo: ya era una mujer. Tenia catorce años y vestía de
largo, atrayendo las miradas de los hombres con su belleza sana y
fuerte.
--Cualquier día se nos la llevan--decía riendo el maestro.
Y su mujer, al oirle hablar de matrimonio, haciendo conjeturas sobre su
futuro yerno, cerraba los ojos, para decir con voz reconcentrada,
reveladora de invencible tenacidad:
--Se casará con quien quiera... menos con un pintor. Antes prefiero
verla muerta.
Renovales adivinó entonces la verdadera enfermedad de su mujer. Eran
celos, unos celos inmensos, mortales, anonadadores; era la tristeza de
verse enferma. Estaba segura de su esposo; conocía sus afirmaciones de
fidelidad conyugal. Pero el pintor, al hablar de sus entusiasmos
artísticos en presencia de ella, no ocultaba su adoración á la belleza,
su culto religioso á la forma. Aunque callase, ella penetraba en su
pensamiento; leía en él este fervor que databa de la juventud y había
ido aumentándose con los años. Al contemplar las estatuas de soberana
desnudez que adornaban los estudios, al pasar sus ojos por los álbums y
cartones, donde la luz de la carne brillaba con resplandor divino entre
las sombras del grabado, ella las comparaba mentalmente con su cuerpo
enflaquecido por la enfermedad.
Los ojos de Renovales, que parecían beber con adoración los brazos de
armoniosas líneas, los pechos torneados y firmes como copas de
alabastro, las caderas de voluptuosa caída, las gargantas de
aterciopelada redondez, las piernas de esbelta majestad, eran los mismos
que contemplaban por la noche su tronco débil, surcado por la saliente
escalinata de las costillas; los blasones femeniles, antes firmes á
voluptuosos, colgantes como harapos: sus brazos, en los que la debilidad
moteaba la piel con manchas amarillas; sus piernas, cuya delgadez
esquelética sólo estaba interrumpida por el abultamiento saliente de las
rótulas. ¡Mísera de ella!... Aquel hombre no podía amarla. Su fidelidad
era compasión, tal vez rutina, virtud inconsciente. Nunca se creería
amada. Con otro hombre aun era posible esta ilusión, pero él era un
artista; adoraba de día la belleza, para tropezar por la noche con la
fealdad del agotamiento, con la miseria física.
La atormentaban incesantemente los celos, amargando su pensamiento,
devorando su vida; unos celos inconsolables, por lo mismo que no
encontraban nada real en que apoyarse.
Sentía una tristeza inmensa al reconocer su fealdad, una envidia
insaciable contra todos, un deseo de morir, pero matando antes al mundo
para arrastrarlo en su caída.
Las ingenuas caricias de su esposo la irritaban como un insulto. Tal vez
creía amarla; tal vez se aproximaba á ella de buena fe; pero leía en su
pensamiento y encontraba en él á la irresistible enemiga, á la rival que
la anonadaba con su belleza. Y esto no tenía remedio. Estaba unida á un
hombre que sería fiel, mientras viviese, á la religión de lo hermoso,
sin apostatar jamás de ella. ¡Ay! ¡Cómo se acordaba de aquellos días en
que defendía del marido su cuerpo primaveral que intentaba pintar! Si
ahora volviesen á ella la juventud y la belleza, arrojaría impúdicamente
todas las envolturas, se plantaría en medio del estudio con la
arrogancia de una bacante, gritando:
--Pinta; hártate de mi carne, y siempre que pienses en tu eterna
querida, en esa que llamas la Belleza, procura verla con mi misma cara;
que tenga mi mismo cuerpo.
Era una inmensa desgracia vivir unida á un artista. Jamás casaría á su
hija con un pintor: antes verla muerta. Los que llevaban dentro el
demonio de la forma, sólo podían vivir tranquilos y felices con una
compañera eternamente joven, eternamente bella.
La fidelidad de su marido, la desesperaba. Aquel artista casto, estaba
rumiando siempre en su pensamiento el recuerdo de bellas desnudeces,
imaginaba cuadros que no se atrevía á pintar por miedo á ella. Con su
penetración de enferma parecía leer estos anhelos en la frente de su
esposo. Mejor hubiese preferido una infidelidad cierta: verle enamorado
de otra mujer, enloquecido por una pasión sexual. De este viaje, fuera
de los límites del matrimonio, podría volver, fatigado y humilde,
pidiéndola perdón; pero del otro, no volvería nunca.
Renovales, al adivinar esa tristeza, emprendió con ternura la curación
moral de su mujer. Evitó hablar en presencia de ella de sus adoraciones
artísticas; encontró terribles defectos á las damas hermosas que le
buscaban como retratista; ensalzaba la belleza espiritual de Josefina;
la pintaba, trasladando al lienzo sus mismas facciones, pero hermoseadas
con sutil habilidad.
Ella sonreía, con esa eterna condescendencia que tiene la mujer para
las más estupendas y escandalosas mentiras, siempre que la halaguen.
--Eres tú--decía Renovales:--tu misma cara, tu gracia, tu distinción.
Aun creo que te he hecho menos hermosa.
Seguía sonriendo, pero de pronto su mirada endurecíase, apretaba los
labios y la sombra se remontaba poco á poco por su rostro.
Clavaba sus ojos en los del pintor como si registrase su pensamiento.
Todo mentira. Su marido la halagaba, creía amarla, pero sólo su carne
permanecía fiel. La enemiga invencible, la eterna amante, era señora de
su pensamiento.
Atenazada por esta infidelidad mental y por la rabia que la producía su
impotencia, iba formándose en su sistema nervioso una de aquellas
tempestades que estallaban en lluvias de lágrimas y truenos de insultos
y recriminaciones.
La vida del maestro Renovales era un infierno, cuando poseía ya la
gloria y la riqueza, con las que había soñado tantos años, cifrando en
ellas su felicidad.
IV
Eran las tres de la tarde cuando el ilustre pintor volvió á su casa
después del almuerzo con el húngaro.
Al entrar en el comedor, antes de dirigirse al estudio, vió á dos
mujeres que, con el sombrero puesto y el velillo ante el rostro,
parecían disponerse á salir. Una de ellas, tan alta como el pintor, se
arrojó á su cuello con los brazos abiertos.
--Papá, papaíto, te hemos esperado hasta cerca de las dos. ¿Has
almorzado bien?...
Y le acariciaba con ruidosos besos, rozando sus frescas mejillas de rosa
en las barbas canas del maestro.
Renovales sonreía bondadosamente bajo este chaparrón de caricias. ¡Ah,
su Milita! Era la única alegría de aquella vivienda triste y ostentosa
como un panteón. Ella era la que dulcificaba el ambiente de tedio
agresivo que la enferma parecía esparcir en torno de él. Contempló á su
hija, adoptando un cómico aire de galán!
--Muy bonita, sí, señor; está usted muy bonita hoy. Es usted un
verdadero Rubens, señorita; un Rubens en moreno. ¿Y adónde vamos á
lucir el garbo?...
Paseaba su mirada satisfecha de creador por este cuerpo fuerte y
sonrosado, en el cual delatábase la crisis de la juventud con cierta
delgadez pasajera, producto de un rápido crecimiento, y un círculo
profundo en torno de los ojos. Su mirada húmeda y misteriosa era la de
una mujer que empieza á enterarse de su significación en la vida. Vestía
con cierta elegancia exótica: su traje tenía un aire varonil; su corbata
y su cuello hombrunos, armonizaban con la viveza rígida de sus
movimientos, con sus botinas inglesas de ancho tacón, con la soltura
violenta de sus piernas, que al marchar abrían las faldas como un
compás, más atentas á la rapidez y al taconeo fuerte que á la gracia del
paso. El maestro admiraba su belleza saludable. ¡Qué magnífico
ejemplar!... Con ella no se extinguiría la raza. Era él, toda él: de
haber nacido hembra, sería semejante á su Milita.
Ésta seguía hablando, sin separar los brazos de los hombros del padre,
fijos en el maestro sus ojos, que tenían un temblor de oro líquido.
Iba á su paseo diario con -Miss-; una marcha de dos horas por la
Castellana, por el Retiro, sin sentarse, sin detenerse un instante,
dando de paso una lección peripatética de inglés. Sólo entonces volvió
Renovales la vista para saludar á -Miss-, una mujer obesa, con la cara
roja y arrugada, mostrando al sonreir una dentadura que tenía el brillo
amarillento de las fichas de un dominó. En el estudio, Renovales y sus
amigos reían muchas veces del aspecto de -Miss- y de sus manías; de su
peluca roja puesta sobre el cráneo con el mismo descuido que un
sombrero; de su dentadura postiza y escandalosa; de sus capotas que
fabricaba ella misma utilizando los cintajos y harapos que caían en sus
manos; de su inapetencia crónica, que la hacía nutrirse con cerveza,
teniéndola en perpetua turbación, que se manifestaba en exageradas
reverencias.
Su gordura fofa de bebedora, mostrábase alarmada por la proximidad de
este paseo, que era su tormento diario, esforzándose dolorosamente por
seguir las zancadas de la señorita. Al ver que el pintor la miraba,
púsose aún más roja é hizo tres grandes reverencias.
--¡Oh, míster Renovales! ¡Oh, sir!...
Y no le llamó lord, porque el maestro, después de saludarla con un
movimiento de cabeza, se olvidó de ella, volviendo á hablar con su hija.
Milita se interesaba por el almuerzo de su padre con Tekli. ¿Conque
había bebido -Chiantti-? ¡Ah, egoísta! ¡Con tanto que le gustaba á
ella!... Había hecho mal en avisar tan tarde. Afortunadamente estaba
Cotoner en casa, y mamá le había obligado á quedarse para no almorzar
solas. El viejo amigo se había metido en la cocina, preparando uno de
aquellos platos cuyo guiso había aprendido en sus tiempos de paisajista.
Milita observaba que todos los paisajistas eran algo cocineros. Su vida
al aire libre, las necesidades de su existencia errante por ventas y
cabañas, desafiando la escasez, les aficionaban insensiblemente á esta
habilidad.
Habían almorzado muy bien. Mamá había reído con las gracias de Cotoner,
que siempre estaba alegre; pero á los postres, cuando llegó Soldevilla,
el discípulo predilecto de Renovales, se había sentido mal,
desapareciendo para ocultar sus ojos llenos de lágrimas, su pecho
angustiado por los sollozos.
--Estará arriba--dijo la joven con cierta indiferencia, habituada ya á
estas crisis.--Adiós, papaíto; un beso. En el estudio tienes á Cotoner y
á Soldevilla. Otro beso... Deja que te muerda.
Y después de clavar con suavidad sus dientecitos en una mejilla del
maestro, la joven salió seguida de -Miss-, que bufaba prematuramente
pensando en el fatigoso paseo.
Renovales quedó inmóvil, como si no quisiera sacudir este ambiente de
cariño en que le envolvía su hija. Milita era suya, toda suya. Amaba á
su madre, pero su afecto resultaba frío comparado con la pasión
vehemente que sentía por él, esa predilección vaga é instintiva que las
hijas sienten por los padres, y que es como un esbozo de la adoración
que ha de inspirarles después el hombre amado.
Pensó un momento en buscar á Josefina para consolarla, pero tras corta
reflexión desistió de este propósito. No sería nada; su hija estaba
tranquila; un -arrechucho-, como los de costumbre. Subiendo se exponía á
una escena terrible que le amargase la tarde, quitándole los deseos de
trabajar, desvaneciendo aquella alegría juvenil que llevaba en el alma
después de su almuerzo con Tekli.
Se dirigió al último estudio, el único que merecía este nombre, pues era
donde él trabajaba, y vió á Cotoner sentado en un sillón conventual, con
el asiento combado por el peso de su abultada persona, los codos
apoyados en los brazos de roble, el chaleco desabotonado para dejar en
libertad el repleto abdomen, la cabeza hundida en los hombros, la cara
roja y sudorosa, los ojos entornados por la suave embriaguez de su
digestión en aquel ambiente caldeado por una enorme estufa.
Cotoner estaba viejo; tenía el bigote blanco y la cabeza calva, pero su
cara sonrosada y lustrosa era de una frescura infantil. Respiraba la
placidez del célibe casto que sólo ama la buena mesa y aprecia la
somnolencia digestiva de la boa como la mayor de las felicidades.
Se había cansado de vivir en Roma. Escaseaban los encargos. Los papas
vivían más años que los patriarcas bíblicos; los retratos al cromo del
Pontífice le hacían una competencia ruinosa. Además, estaba viejo y los
pintores jóvenes que llegaban á Roma no le conocían; eran gentes tristes
que le miraban como á un bufón, y sólo abandonaban su seriedad para
burlarse de él. Su tiempo había pasado. El eco de los triunfos de
Mariano allá en la -tierra- había tirado de él, decidiéndole á
trasladarse á Madrid. Lo mismo se vivía en todas partes. También en
Madrid tenía amigos. Y había continuado aquí su vida de Roma, sin ningún
esfuerzo, sintiendo ciertos anhelos de gloria en su exigua personalidad
de jornalero del arte, como si sus relaciones con Renovales le
impusieran el deber de buscar en la pintura un lugar cercano al suyo.
Había vuelto á los paisajes, sin obtener triunfos mayores que la ingenua
admiración de las lavanderas y los ladrilleros que en las cercanías de
Madrid formaban semicírculo ante su caballete, diciéndose que aquel
señor, que llevaba en la solapa el botón multicolor de sus diversas
condecoraciones pontificales, debía ser un pájaro gordo, alguno de los
grandes pintores de que hablaban los periódicos. Renovales le había
alcanzado dos menciones honoríficas en la Exposición, y tras esta
victoria, compartida con todos los muchachos que empezaban, Cotoner se
tendió en el surco, descansando para siempre, dando por cumplida la
misión de su existencia.
La vida en Madrid no se le presentaba más difícil que en Roma. Dormía en
casa de un sacerdote, al que había conocido en Italia, acompañándolo en
sus correrías por las oficinas pontificales. Este capellán, que estaba
empleado en los escritorios de la Rota, tenia á gran honor el hospedar
al artista, recordando sus relaciones amistosas con los cardenales y
creyéndole en correspondencia con el mismo Papa.
Habían convenido una cantidad por el hospedaje, pero el clérigo no
mostraba prisa en cobrarla: ya le encargaría algún cuadro para unas
monjas de las que era confesor.
La comida ofrecía aún menos dificultades para Cotoner. Tenía repartidos
los días de la semana entre varias familias ricas, de ferviente
religiosidad, á las que había conocido en Roma durante las grandes
peregrinaciones españolas. Eran mineros opulentos de Bilbao;
propietarios agrícolas de Andalucía; viejas marquesas que pensaban mucho
en Dios, siguiendo sus costumbres de vida opulenta, á las que daban un
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