--¡Don Rafael! ¡Usted es mi padre! Al que le toque á usted, le corto
esto, aquello y lo de más allá.
Y el místico artista, satisfecho interiormente de esta protección,
ruborizábase y agitaba las manos protestando de la franqueza de aquel
bruto que llamaba por sus nombres á las cosas ocultas que deseaba
cortar.
Arrojaba su kepis en el suelo, entregaba á Mariano el pesado chafarote
y, como hombre que sabe su obligación, sacaba del fondo de un arca una
túnica de lana blanca y un guiñapo azul en forma de manto, colocando
ambas prendas sobre su cuerpo con la maestría de la costumbre.
Mariano le miraba con ojos de asombro, pero sin ninguna tentación de
reir. Eran misterios del arte; sorpresas que sólo estaban reservadas á
los que, como él, tenían la suerte de vivir en la intimidad de un gran
maestro.
--¿Estamos, Rodríguez?--preguntaba impaciente don Rafael.
Y Rodríguez, erguido dentro de su bata de baño, con el andrajo azul
pendiente de los hombros, juntaba las manos y elevaba su mirada feroz al
techo, sin dejar de chupar la colilla que le chamuscaba el bigote. El
maestro sólo necesitaba el modelo para los paños de la imagen, para
estudiar el plegado del celeste vestido, el cual no debía revelar el más
leve indício de humanas redondeces. Jamás había pasado por su
imaginación la posibilidad de copiar á una mujer. Era caer en el
materialismo, glorificar la carne, llamar á la tentación. Con Rodríguez
bastaba: había que ser idealista.
El modelo seguía en su mística actitud, con el cuerpo perdido en los
innumerables pliegues de su vestidura azul y blanca, asomando por debajo
de ésta las puntas romas de sus botas de ordenanza, irguiendo su cabeza
grotesca y chata, rematada por una pelambrera hirsuta, tosiendo y
carraspeando con el humo de su cigarro, sin dejar de mirar á lo alto ni
separar sus manazas juntas en ademán de adoración.
Algunas veces, fatigado del mutismo laborioso del maestro y el
discípulo, Rodríguez lanzaba algunos mugidos que poco á poco tomaban
forma de palabras y acababa por enfrascarse en el relato de las hazañas
de su época heroica, cuando era guardia civil y «podía darle un mal
golpe á cualquiera pagando después con un papel». La Purísima se
enardecía con estos recuerdos. Se separaban sus manazas con un temblor
de voluptuosidad homicida; se descomponían los rebuscados pliegues: sus
ojos veteados de sangre ya no miraban á lo alto, y hablaba con voz
bronca de tremendas palizas, de hombres agarrados por su parte más
sensible que caían al suelo enroscándose de dolor, de fusilamientos de
presos que después se presentaban como fugas; y para dar mayor relieve á
esta autobiografía declamada con bestial orgullo, salpicaba sus palabras
de interjecciones que tan pronto aludían á las partes más intimas del
organismo humano, como faltaban á todo respeto á los primeros personajes
de la corte celestial.
--¡Rodríguez! ¡Rodríguez!--exclamaba horrorizado el maestro.
--¡Á la orden, don Rafael!
Y la Purísima, después de pasarse la colilla de un lado á otro de la
boca, juntaba otra vez las manos, se estiraba, haciendo asomar por
debajo de la túnica los pantalones con franja roja, y perdía su mirada
en lo alto, sonriendo con éxtasis, como si contemplase en el techo todas
sus heroicidades, de las que se sentía orgulloso.
Mariano desesperábase ante su lienzo. Era incapaz de pintar otra cosa
que aquello que veía, y su pincel, después de reproducir la vestidura
blanca y azul, deteníase vacilante en la cabeza, llamando en vano el
auxilio de la imaginación. Era la carátula grotesca de Rodríguez la que
surgía del lienzo, después de vanos esfuerzos.
Y el discípulo admiraba sinceramente la habilidad de don Rafael,
aquella cabeza pálida velada por la luz de su nimbo, un rostro bonito é
inexpresivo de belleza infantil que sustituía en el cuadro á la feroz
testa del municipal.
Este escamoteo le parecía al joven la muestra más asombrosa del arte.
¡Cuándo llegaría él á la fácil prestidigitación de su maestro!
Con el tiempo fué marcándose aún más esta diferencia entre don Rafael y
su discípulo. En la escuela le rodeaban los compañeros, reconociendo su
superioridad y elogiando sus dibujos. Algunos profesores, enemigos del
maestro, lamentaban que tan buenas disposiciones pudieran perderse al
lado de aquel «pintasantos». Don Rafael miraba con asombro lo que hacía
Mariano fuera de su estudio; figuras y paisajes directamente observados
que, según él, respiraban la brutalidad de la vida.
Su tertulia de graves señores comenzaba á reconocer cierto mérito en el
discípulo.
--No llegará nunca á la altura de usted, don Rafael--decían.--Carece de
unción, no tiene idealismo, no pintará una buena imagen, pero como
pintor mundano irá lejos.
El maestro, que amaba al muchacho por su carácter subordinado y su
pureza de costumbres, intentaba en vano hacerle seguir el buen camino.
Con sólo imitarle tenía la fortuna hecha. Él moriría sin sucesor y su
estudio y su fama serían para él. No tenía más que ver como poco á poco,
cual una buena hormiga del Señor, había ido creándose con el pincel una
fortunita. Á fuerza de idealismo tenía su quinta allá en el pueblo y un
sinnúmero de campos, cuyos arrendatarios venían á visitarle en el
estudio, entablando ante las poéticas imágenes interminables discusiones
sobre el pago y cuantía de los arrendatarios. La Iglesia era pobre por
culpa de la impiedad de la época; no podía pagar tan generosamente como
en otros siglos; pero los encargos menudeaban, y una Virgen con toda su
pureza era asunto de tres días... Mas el joven Renovales torcía el gesto
dolorosamente, como si le exigieran un sacrificio doloroso.
--No puedo, maestro. Soy un imbécil; no sé inventar. Sólo pinto lo que
veo.
Y cuando comenzó á ver cuerpos desnudos en la clase llamada del natural,
se entregó con furia á este estudio, como si la carne le produjese la
más fuerte de las embriagueces. Don Rafael se aterró, sorprendiendo en
los rincones de su casa bocetos que reproducían vergonzosas desnudeces
con toda su realidad. Además, producíanle cierto malestar los adelantos
del discípulo; veía en su pintura un vigor que él no había tenido nunca.
Hasta notaba cierta defección en su tertulia de admiradores. Los buenos
canónigos admiraban, como siempre, sus vírgenes; pero algunos de ellos
se hacían retratar por Mariano, elogiando el acierto de su pincel.
Un día abordó á su discípulo con resolución.
--Ya sabes que te quiero como á un hijo, Marianito; pero á mi lado
pierdes el tiempo. Nada te puedo enseñar. Tu sitio está en otra parte.
He pensado que podías irte á Madrid. Allí están los de tu cuerda.
Su madre había muerto; su padre seguía en la fragua, y al verle llegar
con unos cuantos duros, producto de los retratos que había hecho,
apreció esta cantidad como una fortuna. Parecíale imposible que hubiera
quien diese dinero á cambio de colorines. Una carta de don Rafael le
convenció. Ya que aquel señor tan sabio aconsejaba que su hijo fuese á
Madrid, él debía conformarse.
--Á Madrid, hijo, y procura ganar dinero pronto, que el padre está viejo
y no siempre podrá ayudarte.
Á los diez y seis años cayó Renovales en Madrid, y viéndose solo, sin
más guía que su voluntad, se entregó con furia al trabajo. Pasó las
mañanas en el Museo del Prado, copiando todas las cabezas de los cuadros
de Velázquez. Creyó que hasta entonces había vivido ciego. Además,
trabajaba en un estudio abuhardillado con otros compañeros, y por las
noches pintaba acuarelas. Con la venta de éstas y de algunas copias, iba
rellenando los vacíos que dejaba en su subsistencia la corta pensión
enviada por el padre.
Recordaba con nostalgia estos años de estrechez, de verdadera miseria:
las noches de frío en el mísero camastro; las comidas irritantes, de
misteriosos ingredientes, en una taberna cercana al teatro Real: las
discusiones en un rincón de un café, bajo las miradas hostiles de los
camareros, escandalizados de que una docena de melenudos ocupasen varias
mesas para tomar en junto tres cafés y muchas botellas de agua...
La alegre juventud soportaba sin esfuerzo estas miserias, y en cambio,
¡qué hartazgo de ilusiones, qué banquete esplendoroso de esperanzas!
Cada día un nuevo descubrimiento. Renovales corría como un potro salvaje
por los dominios del arte, viendo abrirse ante él nuevos horizontes, y
su galope levantaba un estruendo de escándalo que equivalía á prematura
celebridad. Los viejos decían de él que era el único muchacho «que se
traía algo»; sus compañeros afirmaban que era un «pintorazo», y en su
afán iconoclasta, comparaban sus obras inexpertas con las de los
maestros consagrados y antiguos, «miserables burgueses del arte», sobre
cuyas calvas creían necesario escupir su bilis, afirmando de este modo
la superioridad de la nueva generación.
Las oposiciones de Renovales para alcanzar la pensión en Roma,
equivalieron á una revolución. La juventud, que sólo juraba por él y le
tenía por glorioso capitán, se agitó amenazante con el temor de que los
«viejos» sacrificasen á su ídolo.
Cuando al fin su manifiesta superioridad le hizo alcanzar la pensión,
hubo banquetes en su honor, sueltos en los periódicos, se publicó su
retrato en las revistas ilustradas, y hasta el viejo herrero hizo un
viaje á Madrid para respirar, conmovido y lloroso, una parte del
incienso que tributaban á su hijo.
En Roma esperaba á Renovales una cruel decepción. Sus compatriotas le
recibieron con cierta frialdad. Los jóvenes le miraban como á un rival,
aguardando sus próximas obras con la esperanza de una caída; los
antiguos, que vivían lejos de la patria, le examinaron con malévola
curiosidad. «¡Conque aquel mocetón era el hijo del herrero, que tanto
ruido metía entre los ignorantes de allá!... Madrid no era Roma. Ahora
verían ellos lo que aquel -genio- sabía hacer.»
Renovales no hizo nada en los primeros meses de su estancia en Roma.
Contestaba encogiéndose de hombros á los que con aviesa intención le
preguntaban por sus cuadros. Él había ido allí, no á pintar, sino á
estudiar: para esto le mantenía el Estado. Y pasó más de medio año
dibujando, siempre dibujando, en los museos famosos, donde estudiaba,
carbón en mano, las obras célebres. Las cajas de colores permanecían sin
abrir en un rincón de su estudio.
Al poco tiempo abominó de la gran ciudad, por la vida que en ella
llevaban los artistas. ¿Para qué las pensiones? Se estudiaba allí menos
que en otra parte. Roma no era una escuela: era un mercado. Los
comerciantes de pintura establecían allí su negocio, atraídos por la
gran aglomeración de artistas. Todos, viejos y principiantes, ilustres y
desconocidos, sentían la tentación del dinero, se dejaban envolver en
las dulzuras de la vida cómoda, produciendo obras para la venta,
pintando cuadros con arreglo á las indicaciones de unos judíos alemanes
que recorrían los estudios marcando los géneros y tamaños que eran de
moda, para esparcirlos por Europa y América.
Renovales, al visitar los estudios, sólo veía cuadros de -género-; unas
veces señores de casacón, otras moros andrajosos ó campesinos de
Calabria. Eran pinturas bonitas y acabadísimas, para las cuales
empleaban como modelos un maniquí ó las familias de -chocharos-, que se
alquilaban todas las mañanas en la plaza de España, junto á la
escalinata de la Trinidad; la eterna aldeana, morena, de negros ojos y
grandes aros en las orejas, con falda verde, corpiño negro y la toca
blanca arrollada sobre el pelo con grandes agujas: el viejo de siempre,
con abarcas, pellico de lanas y un sombrero apuntado, con espiral de
cintas, sobre su nevada cabeza de Padre Eterno. Los artistas apreciaban
entre ellos sus méritos por los miles de liras recolectadas durante el
año: hablaban con respeto de los maestros ilustres, que cobraban una
fortuna á los millonarios de París ó de Chicago por cuadritos de
caballete que nadie veía. Renovales mostrábase indignado. Este arte era
casi igual al de su primitivo maestro, aunque -mundano-, como hubiese
dicho don Rafael. ¡Y para esto los enviaban á Roma!...
Mal mirado por los compatriotas á causa de su carácter brusco, de su
lenguaje rudo y de la probidad, que le hacía negarse á todo encargo de
los mercaderes de pintura, buscó el trato de los artistas de otros
países. En la juventud cosmopolita de pintores acuartelada en Roma,
pronto fué popular Renovales.
Su energía, su exceso de vida, hacían de él un simpático y alegre
compañero, cuando se presentaba en los estudios de la vía Babuino ó en
las chocolaterías y cafés del Corso, donde se reunían, por afinidades
amistosas, los artistas de diversas nacionalidades.
Mariano, á los veinte años, era un mocetón atlético, digno retoño de
aquel hombre que batía el hierro, desde el amanecer hasta la noche, en
un rincón de España. Un día un joven inglés, amigo suyo, leyó en su
honor una página de Ruskin. «Las artes plásticas son esencialmente
atléticas.» Un enfermo, un semiparalítico, podía ser un gran poeta, un
célebre músico; pero para ser Miguel Ángel ó el Ticiano se necesitaba,
no sólo un alma privilegiada, sino un cuerpo vigoroso. Leonardo de Vinci
partía una herradura entre sus manos; los escultores del Renacimiento
labraban inmensos bloques de mármol á impulsos de sus brazos de titán, ó
mordían con sus buriles el duro bronce; los grandes pintores eran muchas
veces arquitectos, y cubiertos de polvo hacían moverse enormes masas...
Renovales escuchó pensativo las palabras del gran esteticista inglés. Él
también era un alma fuerte, en un cuerpo de atleta.
Los apetitos de su juventud no iban más allá de la varonil embriaguez de
la fuerza y el movimiento. Atraído por la abundancia de modelos que
ofrecía Roma, desnudaba en su estudio á una -chochara-, dibujando con
delectación las formas de su cuerpo. Reía, con su carcajada ruidosa de
gigante; la hablaba con la misma libertad que si fuese una de las
mujerzuelas que le salían al paso por la noche al volver solo á la
Academia de España, pero una vez terminado el trabajo y vestida... ¡á la
calle! Tenía la castidad de los fuertes. Adoraba la carne, pero sólo
para copiar sus líneas. Le producía vergüenza el roce animal, el
encuentro al azar, sin amor, sin atracción, con la interna reserva de
dos seres que no se conocen y se examinan recelosos. Lo que él deseaba
era estudiar, y las mujeres sólo sirven de estorbo en las grandes
empresas. El sobrante de su energía consumíalo en ejercicios atléticos.
Después de una de sus hazañas de forzudo, que entusiasmaban á los
compañeros, mostrábase fresco, sereno, insensible, como si saliera de un
baño. Hacía esgrima con los pintores franceses de la Villa Médicis;
aprendía á boxear con ingleses y americanos; organizaba con los artistas
alemanes ciertas excursiones á un bosque cercano á Roma, de las que se
hablaba durante varios días en los cafés del Corso. Bebía un sinnúmero
de vasos con sus compañeros en honor del -Kaisser-, al que no conocía,
ni maldito lo que le importaba su salud; entonaba con vozarrón
estruendoso el tradicional -Gaudeamus igitur-, y acababa por coger del
talle dos modelos de la partida, y con los brazos en cruz las paseaba
por la selva hasta dejarlas sobre el césped, como si fuesen plumas.
Después sonreía satisfecho de la admiración de aquellos buenos germanos,
muchos de ellos enclenques ó miopes, que lo comparaban con Sigfrido y
demás héroes de recios músculos de su mitología belicosa.
En Carnaval, al organizar los españoles una cabalgata del -Quijote-, se
encargó de representar al caballero Pentapolín, «el del arremangado
brazo», y en el Corso hubo aplausos y gritos de admiración para el
enorme y duro biceps que mostraba el andante paladín, erguido sobre su
caballo. Al llegar las noches de primavera marchaban los artistas en
procesión, al través de la ciudad, hasta el barrio de los judíos, para
comer las primeras alcachofas, el plato popular de Roma, en cuya
preparación era famosa una vieja israelita. Renovales iba al frente de
la -carciofolatta-, llevando el estandarte, iniciando los cánticos
alternados con gritos de toda clase de animales, y sus compañeros
marchaban tras él, audaces y provocadores, bajo la protección de tan
fuerte caudillo. Con Mariano no había miedo. Contaban de él que en las
callejuelas del Transtévere había dado una paliza de muerte á dos
matones del barrio, después de quitarles sus puñales.
De pronto el atleta se encerró en la Academia y no bajó á la ciudad.
Durante algunos días se habló de él en las reuniones de artistas. Estaba
pintando; aproximábase una Exposición que iba á verificarse en Madrid y
quería llevar á ella un cuadro que justificase su pensión. Tenía cerrada
para todos la puerta de su estudio; no admitía comentarios ni consejos;
el lienzo iría tal como él lo concibiese. Los compañeros le olvidaron
pronto y Renovales acabó su obra en la soledad, saliendo con ella para
su patria.
Fué un triunfo completo; el primer paso fuerte en el camino que había de
conducirle á la celebridad. Se acordaba ahora con vergüenza, con
remordimiento, del estrépito glorioso que levantó su cuadro -La victoria
de Pavía-. La gente se agolpaba ante el lienzo enorme, olvidando el
resto de la Exposición. Y como en aquellos días el gobierno se mantenía
firme, y las Cortes estaban cerradas, y no había cogida de importancia
en ninguna plaza de toros, los diarios, á falta de más viva actualidad,
lanzáronse en ruda competencia á reproducir el cuadro, á hablar de él,
publicando retratos del autor, lo mismo de frente que de perfil, grandes
y pequeños, detallando su vida en Roma y sus originalidades, recordando
con una lágrima de emoción al pobre anciano que allá, en su aldea,
machacaba el hierro sin conocer apenas la gloria de su hijo.
De un salto pasó Renovales de la obscuridad á una luz de apoteosis. Los
viejos encargados de juzgarle mostrábanse benévolos, con cierta
conmiseración bondadosa. La fierecilla se amansaba. Renovales había
visto mundo y volvía á las buenas tradiciones, siendo un pintor como los
demás. Su cuadro tenia trozos que parecían de Velázquez, fragmentos
dignos de Goya, rincones que recordaban al Greco: de todo había en él,
menos de Renovales, y esta amalgama de reminiscencias era su principal
mérito, lo que atraía el general aplauso y le conquistó una primera
medalla.
Magnifico debut. Una duquesa viuda, gran protectora de las artes, que no
compraba jamás un cuadro ni una estatua, pero sentaba á su mesa á los
pintores y los escultores de renombre, encontrando en esto un placer
barato y cierta distinción de dama ilustre, quiso conocer á Renovales.
Éste venció la adustez de su carácter, que le tenía alejado del trato
social. ¿Por qué no había de conocer el gran mundo? Él iba adonde fuese
otro hombre. Y se hizo el primer frac, y tras los banquetes de la
duquesa, donde provocaba alegres carcajadas su modo de discutir con los
académicos, visitó otros salones y fué durante algunas semanas objeto de
la atención de este mundo, un tanto escandalizado por sus -salidas de
tono-, pero satisfecho de la timidez que le sobrecogía después de sus
audacias. Los jóvenes le apreciaban porque tiraba á la espada como un
San Jorge. Aunque pintor é hijo de un herrero, era toda una persona
decente. Las damas le atraían con sus más amables sonrisas, esperando
que el artista de moda las obsequiase con un retrato gratuito, como ya
lo había hecho con la duquesa.
En esta época de gran vida, siempre de frac, á partir de las siete de la
tarde, y sin hacer otra pintura que la de mujeres que deseaban aparecer
bonitas y discutían con el artista gravemente el traje que debían
ponerse para servir de modelo, fué cuando Renovales conoció á su esposa
Josefina.
La primera vez que la vió entre tantas damas de arrogante apostura y
estrepitosa presencia, sintióse atraído hacia ella por la fuerza del
contraste. Le impresionó el encogimiento, la modestia, la
insignificancia de la jovencita. Era pequeña, su rostro no ofrecía otra
hermosura que la de la juventud, su cuerpo tenía la gracia de la
fragilidad. Aquella criatura estaba allí, lo mismo que él, por cierta
condescendencia de los demás: parecía ocupar un sitio prestado y se
encogía en él como temerosa de llamar la atención. Siempre la veía
Renovales con el mismo traje de -soirée-, algo envejecido, con ese
aspecto de cansancio de las prendas incesantemente reformadas para
seguir el curso de las modas. Los guantes, las flores, los lazos, tenían
cierta tristeza en su frescura, como si delatasen las economías, los
esfuerzos caseros que había exigido su adquisición. Se tuteaba con todas
las jóvenes que hacían en los salones una entrada triunfal, levantando
elogios y envidias con sus nuevas -toilettes-; la mamá, una señora
majestuosa, de abultada nariz y lentes de oro, trataba con llaneza á las
damas más linajudas; pero á pesar de esta intimidad, notábase en torno
de la madre y la hija el vacío de un afecto algo desdeñoso, en el que
entraba por mucho la conmiseración. Eran pobres. El padre había sido un
diplomático de cierto nombre, que al morir no dejó á su esposa otros
recursos que la pensión de su viudedad. Dos hijos estaban en el
extranjero, como agregados de embajada, luchando con la escasez de sus
sueldos y las exigencias de su posición. La madre y la hija vivían en
Madrid, aferradas á la sociedad en que habían nacido, temblando de
abandonarla, como si esto equivaliese á una degradación, permaneciendo
de día en un tercer piso, amueblado con los restos de su pasada
opulencia, haciendo inauditas economías para poder codearse por la noche
dignamente con los que habían sido sus iguales.
Ciertos parientes de doña Emilia, que era la mamá, contribuían á su
sostenimiento, no con dinero (eso nunca), sino prestándola el sobrante
de su lujo, para que ella y la hija mantuviesen una pálida apariencia de
bienestar.
Unos les cedían su coche en ciertos días para que diesen una vuelta por
la Castellana y el Retiro, saludando á las amigas al cruzarse los
carruajes; otros les enviaban su palco del Real las noches que no eran
de turno brillante. Su conmiseración tampoco se olvidaba de ellas al
extender las invitaciones para comidas de fiesta onomástica, tés de la
tarde, etc. «No hay que olvidar á las de Torrealta, ¡pobrecitas!...» Y
al día siguiente los cronistas de salones inscribían en la lista de los
asistentes á la fiesta á «la bella señorita de Torrealta y su
distinguida madre, la viuda del ilustre diplomático de imperecedero
recuerdo», y doña Emilia, olvidando su situación, creyéndose en los
mejores tiempos, entraba en todas partes, con un eterno traje negro,
acosando con su tuteo y sus confidencias á las grandes señoras, cuyas
doncellas eran más ricas y comían mejor que ella y su hija. Si algún
señor viejo se refugiaba á su lado, la diplomática intentaba anonadarlo
con la majestad de sus recuerdos. «Cuando estábamos de embajadores en
Stockolmo...» «Cuando mi amiga Eugenia era emperatriz...»
La hija, con cierto instinto de muchacha tímida, parecía darse cuenta
mejor de la situación. Permanecía sentada entre las señoras mayores,
osando, sólo de tarde en tarde, aproximarse á las otras jóvenes que
habían sido sus compañeras de colegio y ahora la trataban con
superioridad, viendo en ella algo así como una señorita de compañía
elevada hasta ellas por los recuerdos del pasado. La madre se irritaba
por su timidez. Debía bailar mucho, ser vivaracha y atrevida como las
otras; decir chistes, aunque fuesen crudos, para que los hombres los
repitiesen haciéndola una fama de ingeniosa. Parecía imposible que con
su educación fuese tan insignificante. ¡La hija de un grande hombre que
apenas entraba en los primeros salones de Europa formaban círculo en
torno de él! ¡Una muchacha educada en el -Sagrado Corazón- de París,
que hablaba el inglés, su poquito de alemán y se pasaba el día leyendo,
cuando no tenía que limpiar unos guantes ó reformar un vestido!... ¿Era
que no deseaba casarse?... ¿Tan bien se encontraba en aquel piso
tercero, miserable calabozo de la dignidad de su apellido?...
Josefina sonreía tristemente. ¡Casarse! Jamás lo lograría en este mundo
que frecuentaban. Todos conocían su pobreza. Los jóvenes corrían en los
salones detrás de las fortunas al seguir á las mujeres. Si alguno se
acercaba á ella atraído por su pálida belleza, era para deslizarla en el
oído vergonzosas sugestiones; para proponerle, mientras bailaban,
noviazgos sin compromiso, relaciones íntimas con una prudencia traducida
del inglés, -flirts- que no dejaban rastro, corrupciones gratas á las
vírgenes que quieren seguir siéndolo después de conocer todas las
aberraciones del roce carnal.
Renovales no se dió cuenta de cómo se inició su amistad con Josefina.
Tal vez fué el contraste entre él y aquella mujercita que apenas le
llegaba al hombro y parecía tener quince años cuando había cumplido los
veinte. Su voz dulce, con un ceceo débil, le acariciaba los oídos. Reía
pensando en la posibilidad de dar un abrazo á aquel cuerpo gracioso y
frágil: la haría añicos entre sus manos de luchador, como si fuese una
muñeca de cera. Buscábala Mariano en los salones que solían frecuentar
la madre y la hija, y pasaba todo el tiempo sentado junto á ésta,
sintiéndose invadido por una fraternal confianza, un deseo de
comunicárselo todo, su pasado, sus trabajos presentes, sus esperanzas,
como si fuese un compañero de estudio. Ella le oía, mirándole con sus
ojos pardos que parecían sonreirle, moviendo la cabeza con asentimiento,
sin entenderle muchas veces, sintiéndose acariciada por la exuberancia
de aquel carácter que parecía desbordarse en olas de fuego. Era un
hombre distinto de todos los que ella había conocido.
Al verles en esta intimidad, no se sabe quién, tal vez alguna amiga de
Josefina, por burlarse de ella, lanzó la noticia. El pintor y la de
Torrealta eran novios. Entonces fué cuando los interesados se dieron
cuenta de que se amaban, sin habérselo dicho. Por algo más que por
amistad pasaba Renovales ciertas mañanas por la calle de Josefina,
mirando los altos balcones con la esperanza de ver tras los cristales su
fina silueta. Una noche, en casa de la duquesa, al verse solos en un
corredor, Renovales la cogió una mano y se la llevó á la boca con tanto
temor, que apenas tocaron sus labios la piel del guante. Tenía miedo á
su rudeza, sentíase avergonzado de su vigor, creía que iba á hacer daño
á aquella criatura tan fina, tan débil. Ella podía haberse librado de
esta audacia con el más leve movimiento; pero abandonó su mano al mismo
tiempo que inclinaba la cabeza y rompía á llorar.
--¡Qué bueno es usted, Mariano!...
Sentía un intenso agradecimiento al verse amada por primera vez, amada
de veras, por un hombre de cierta celebridad que huía de las mujeres
felices para buscarla á ella, la humilde, la olvidada. Todos los tesoros
de cariño que habían ido amontonándose en el aislamiento de su vida de
humillación desbordábanse. ¡Ay, cómo se sentía capaz de amar al que la
amase, sacándola de esta existencia de parasitismo, elevándola por su
fuerza y su cariño al nivel de las que la despreciaban!...
La noble viuda de Torrealta, al conocer el noviazgo del pintor con su
hija, tuvo un movimiento de indignación. «¡El hijo del herrero!» «¡El
ilustre diplomático de imperecedera memoria!...» Pero como sí esta
protesta de su orgullo le abriese los ojos, pensó en los años que
llevaba paseando su hija de salón en salón sin que nadie se aproximase á
ella. ¡Buenos estaban los hombres! Pensó también en que un pintor
célebre era un personaje; recordó los artículos que habían dedicado á
Renovales por su último cuadro, y sobre todo, lo más conmovedor para
ella fué el conocer de oídas las grandes fortunas que amasaban los
artistas en el extranjero; los centenares de miles de francos pagados
por un lienzo que podía llevarse debajo del brazo. ¿Por qué no había de
ser Renovales de estos afortunados?...
Comenzó á importunar con sus consultas á los innumerables parientes. La
niña no tenía padre y ellos debían hacer sus veces. Unos la contestaban
con indiferencia. «¡El pintor!... ¡pchs! no está mal», dando á entender
con su desvío, que lo mismo les parecería si se casaba con un guardia de
consumos. Otros la insultaban involuntariamente al dar su aprobación.
«¿Renovales? Un artista de gran porvenir. ¡Qué más podéis desear! Debes
agradecer que se haya fijado en tu hija.» Pero el consejo que más la
decidió fué el de su ilustre primo el marqués de Tarfe, un personaje al
que veneraba, como si fuese el primer hombre del país, sin duda por su
carácter de jefe eterno de la diplomacia, ya que cada dos años ocupaba
la cartera de Estado.
--Me parece muy bien--dijo el prócer á toda prisa, pues le esperaban en
el Senado.--Es una boda moderna y hay que vivir con los tiempos
modernos. Yo soy conservador, pero liberal, muy liberal y muy moderno.
Protegeré á esos chicos: me gusta la boda. ¡El arte uniendo su prestigio
al de los apellidos históricos! ¡La sangre popular que asciende por sus
méritos á confundirse con la de la antigua nobleza!...
Y el marqués de Tarfe, cuyo marquesado no contaba medio siglo de vida,
decidió, con estas imágenes de orador senatorial y con las promesas de
su protección, el ánimo de la altiva viuda. Ella fué la que habló á
Renovales, excusando una penosa explicación á la timidez que sentía el
artista en este mundo que no era el suyo.
--Lo sé todo, Marianito, y me parece bien.
Pero ella no gustaba de noviazgos largos. ¿Cuándo pensaba casarse?
Renovales lo deseaba con más vehemencia aún que la madre. Josefina era
para él una mujer distinta de las demás hembras, que apenas si conmovían
su deseo. Su castidad de fiero trabajador disolvíase en una fiebre, en
un anhelo de hacer suya cuanto antes aquella muñeca encantadora. Además,
sentía halagado su orgullo por esta unión. Su novia era pobre, no
llevaba al matrimonio más que unos cuantos trapos, pero pertenecía á una
familia de próceres, ministros unos, generales otros, linajudos todos.
Podían pesarse por toneladas las coronas y escudos de aquellos parientes
innumerables, que no hacían gran caso de Josefina y su madre, pero iban
á ser su familia dentro de poco. ¡Qué pensaría el señor Antón,
machacando el hierro allá en las afueras de su pueblo! ¡Qué dirían los
envidiosos camaradas de Roma, cuya suerte estribaba en amancebarse con
las -chocharas- que les servían de modelo, para después casarse con
ellas por miedo á la daga del venerable calabrés, empeñado en dar á su
nieto un padre legítimo!
Los diarios hablaron mucho de la boda, repitiendo, con ligeras
variantes, las mismas frases del marqués de Tarfe: «El arte uniéndose
con la nobleza.» Renovales, apenas se efectuase su casamiento, deseaba
partir con Josefina para Roma. Tenia hechos allá todos los preparativos
para la nueva vida, invirtiendo en ellos los miles de pesetas que le
había dado el Estado por su cuadro y el producto de varios retratos para
el Senado, hechos por encargo del que iba á ser su ilustre pariente.
Un amigo de Roma (el famoso Cotoner), le había alquilado una habitación
en la vía Margutta, amueblándola con arreglo á sus indicaciones de
artista. Doña Emilia se quedaba en Madrid con uno de sus hijos que
pasaba á prestar servicio en el ministerio de Estado. Á los novios les
estorba todo, hasta la madre. Y doña Emilia se limpiaba una lágrima
invisible con la punta del guante. Además, no le gustaba volver á los
países donde había sido -alguien-: prefería quedarse en Madrid: aquí al
menos la conocían.
La boda fué un acontecimiento. No faltó ningún individuo de la inmensa
familia: todos temieron los requerimientos pegajosos de la ilustre
viuda, que llevaba la lista de los parientes hasta el sexto grado.
El señor Antón llegó dos días antes, vestido de nuevo, con calzón corto
y ancho sombrero de felpa, mirando azorado á aquellas gentes que le
contemplaban sonriendo, como un tipo original. Cabizbajo y tembloroso en
presencia de las dos mujeres, llamaba á su nuera «señorita», con respeto
de campesino.
--No, papá; llámeme usted hija. Hábleme de tú.
Pero á pesar de la sencillez de Josefina y del tierno agradecimiento que
sentía él, viéndola mirar á su hijo con amorosa expresión, no osaba
permitirse el tuteo y hacía los mayores esfuerzos para evitar ese
peligro, hablándola siempre en tercera persona.
Doña Emilia, con sus lentes de oro y su majestuosa altivez, aun le
causaba mayor emoción. Llamábala siempre «señora marquesa», pues en su
sencillez no podía admitir que aquella señora no fuese marquesa cuando
menos. La viuda, un tanto desarmada por el homenaje de aquel hombre,
reconocía que era un palurdo de cierto talento natural, lo que le hacía
tolerar la nota ridícula de su calzón corto.
En la capilla del palacio del marqués de Tarfe, después de mirar con
azoramiento desde la puerta todo aquel señorío que se reunía para la
boda de su hijo, el viejo rompió á llorar.
--¡Ya puedo morirme, rediez! ¡Ya puedo morirme!
Y repetía su triste deseo, sin fijarse en las risas de los criados, como
si la felicidad, después de una vida de trabajo, fuese en él precursora
inevitable de la muerte.
Los novios emprendieron su viaje el mismo día. El señor Antón besó en la
frente por primera vez á su nuera, mojándola de lágrimas, y regresó al
pueblo, repitiendo su deseo de morir, como si no le quedase en el mundo
nada que esperar.
Renovales y su mujer llegaron á Roma después de varios altos en el
camino. Su corta estancia en varias ciudades de la -Costa Azul-, los
días pasados en Pisa y Florencia, con ser dulces y guardar el recuerdo
de las primeras intimidades, les parecieron de una insoportable
vulgaridad al verse en su casita de Roma. Allí comenzaba su verdadera
luna de miel, en el hogar propio, aislados de toda indiscreción, lejos
de la promiscuidad de los hoteles.
Josefina, habituada á una existencia de ocultas privaciones, á la
miseria de aquel tercer piso, en el que vivían como acampadas ella y su
madre, guardando todas las ostentaciones para la calle, admiró la
coquetona gracia, la elegante pequeñez de aquella habitación de la vía
Margutta. El amigo de Mariano encargado del arreglo de la casa, un tal
Pepe Cotoner, pintor que apenas cogía los pinceles y dedicaba todos sus
entusiasmos artísticos á la admiración de Renovales, había hecho bien
las cosas.
Josefina palmoteó con alegría infantil al ver el cuarto de dormir,
admirando sus muebles venecianos suntuosos, con maravillosas
incrustaciones de nácar y ébano; un lujo de príncipe que el pintor
acabaría de pagar á plazos.
¡Ah! ¡La primera noche de su estancia en Roma! ¡Cómo la recordaba
Mariano!... Josefina, tendida en su cama monumental de Dogaresa,
estremecíase con la voluptuosidad del descanso, estirando sus miembros
antes de ocultarlos bajo las finas sábanas, mostrándose con el abandono
de la hembra que ya no tiene secretos que guardar. Sus pies, menudos y
carnosos, movían los dedos de carmín como si llamasen á Renovales.
Éste, de pie junto al lecho, contemplábala grave, con las cejas
fruncidas, dominado por un deseo que dudaba en formular. Quería verla,
admirarla: aún no la conocía, después de aquellas noches pasadas en los
hoteles, oyendo voces extrañas al otro lado de los tabiques.
No era un capricho amoroso, era un deseo de pintor, una exigencia de
artista. Sus ojos sentían hambre de su belleza.
Ella resistíase, con el rostro coloreado de rubor, un tanto indignada
por esta exigencia, que la hería en sus preocupaciones más íntimas.
--No seas loco, Marianito. Acuéstate; no digas tonterías.
Pero él, cada vez más aferrado á su deseo, insistía tenazmente. Debía
despreciar sus escrúpulos de burguesa; el arte se reía de tales pudores;
la belleza humana era para mostrarse en su radiante majestad, no para
vivir oculta, despreciada y maldita.
Él no quería pintarla; no se atrevía á pedir tanto; pero verla sí, verla
y admirarla, sin deseos groseros, con religiosa adoración.
Y sus manazas, contenidas por el miedo á hacerla daño, tiraban
suavemente de los débiles brazos que se cruzaban sobre el pecho,
intentando oponerse á estos avances. Ella reía: «Loco extravagante; que
me haces cosquillas... que me haces daño.» Pero poco á poco, vencida
por la tenacidad, satisfecho su orgullo femenil de esta adoración de su
cuerpo, acabó por entregarse, por dejarse manejar como una niña, con
suaves quejidos, como si la impusieran un tormento, sin oponer ya
resistencia.
El cuerpo, libre de velos, mostró su blancura nacarada. Josefina cerró
los ojos como si quisiera huir de la vergüenza de su desnudez. Sobre la
nítida sábana destacábanse, ligeramente sonrosadas, las armoniosas
redondeces, embriagando los ojos del artista.
La cara de Josefina no era gran cosa: ¡pero el cuerpo!... ¡Si él,
venciendo sus escrúpulos, pudiese pintarlo algún día!...
Con los ojos siempre cerrados, como si la fatigase esta muda exhibición,
la mujercita dobló los brazos, colocándolos bajo su cabeza, y arqueó el
torso, elevando las blancas amenidades que hinchaban su pecho.
Renovales se arrodilló junto á la cama en un transporte de admiración,
con toda la vehemencia de su entusiasmo, besando aquella carne sin que
la suya se estremeciese.
--Te adoro, Josefina. Eres hermosa como Venus. No: Venus, no. Es fría y
reposada como una diosa, y tú eres una mujer. Pareces... ¿qué es lo que
pareces?... Sí; te veo igual. Eres la majita de Goya, con su gracia
delicada, con su seductora pequeñez... ¡Eres la maja desnuda!
III
La vida de Renovales fué otra. Enamorado de su mujer, temiendo que ésta
notase alguna falta en su bienestar y pensando con cierta inquietud en
aquella viuda de Torrealta, que podía quejarse de que la hija del
«ilustre diplomático, de imperecedero recuerdo», no era feliz, por haber
descendido á unirse con un pintor, trabajaba tenazmente para mantener
con el pincel las comodidades de que había rodeado á Josefina.
Él, que tanto había despreciado el arte -industrial-, la pintura por
dinero á que se entregaban sus camaradas, imitó á éstos, pero con la
vehemencia que ponía en todas sus empresas. En ciertos estudios levantó
gritos de protesta este competidor incansable que abarataba
escandalosamente los precios. Había vendido su pincel, por un año, á uno
de aquellos mercaderes judíos que exportaban pintura al extranjero; á
tanto la pieza, y con prohibición absoluta de pintar para otro
comerciante. Renovales trabajaba de la mañana á la noche, cambiando de
asuntos cuando así lo exigía aquel que llamaba su empresario. «Basta de
-chocharos-: ahora moros.» Después los moros perdían su valor en el
mercado y entraban en tanda los mosqueteros en gallardo duelo, los
pastorcillos sonrosados á lo Wateau ó las damas de cabello empolvado,
embarcándose en una góndola de oro al son de cítaras. Para refrescar el
surtido, intercalaba una escena de sacristía con gran alarde de casullas
bordadas é incensarios dorados, ó alguna bacanal, imitando de memoria y
sin modelo las voluptuosas redondeces y las carnes de ámbar del Ticiano.
Cuando se acababa el catálogo, los -chocharos- volvían á estar de moda,
y otra vez á empezar. El pintor, con su extraordinaria facilidad de
ejecución, producía dos ó tres cuadritos por semana. El empresario, para
animarle en su trabajo, le visitaba muchas tardes, siguiendo la marcha
de su pincel con el entusiasmo del que cuenta el arte á tanto el palmo y
la hora. Sus noticias eran para infundir nuevos ánimos.
La última bacanal pintada por Renovales estaba en un -bar- elegante de
Nueva York. Su procesión de los Abruzos la tenían en uno de los
castillos más nobles de Rusia. Otro cuadro, representando una danza de
marquesas disfrazadas de pastorcillas, sobre una pradera de violetas, lo
guardaba en Francfort un barón judío y banquero... El mercader se
frotaba las manos, hablando al artista con aire protector. Su nombre iba
creciendo gracias á él, que no pararía hasta crearle una reputación
universal. Ya le escribían sus corresponsales pidiendo que sólo enviase
obras del -signore Renovales-, pues eran las que se movían mejor en el
mercado. Pero Mariano le contestaba con un estallido brusco de su
amargura de artista. Todos aquellos lienzos eran porquerías. Si el arte
fuera esto, preferiría picar piedra en una carretera.
Pero sus rebeliones contra este envilecimiento, del pincel desaparecían
al ver á su Josefina en aquella casa, cuyo adorno mejoraba,
convirtiéndola en un estuche digno de su amor. Ella sentíase dichosa en
su vivienda, con carruaje de lujo todas las tardes y completa libertad
para vestirse y adornarse. Nada faltaba á la esposa de Renovales: hasta
tenía á sus órdenes, como consultor y fiel mandadero, al buen Cotoner,
que pasaba la noche en el cuartucho que le servía de estudio en un
barrio popular y el resto del día junto al joven matrimonio. Ella era la
dueña del dinero: nunca había visto tantos billetes juntos. Cuando
Renovales le entregaba el mazo de liras que le había dado su empresario,
ella decía alegremente: «¡Dinero, dinerito!», y corría á ocultarlo, con
un mohín gracioso de dueña de casa hacendosa y económica... para sacarlo
al día siguiente y desparramarlo con infantil inconsciencia. ¡Qué gran
cosa era la pintura! Su ilustre padre (á pesar de cuanto dijese mamá) no
había ganado nunca tanto dinero yendo por el mundo, de cotillón en
cotillón, representando á sus reyes.
Mientras Renovales estaba en el estudio, ella había paseado por el
Pincio, saludando desde su landó á las innumerables embajadoras
residentes en Roma, á ciertas viajeras aristocráticas de paso en la gran
ciudad, que le habían sido presentadas en algún salón, y á toda la nube
de agregados diplomáticos que vivían en torno de una corte doble: la del
Vaticano y la del Quirinal.
El pintor veíase introducido por su mujer en un mundo protocolario de la
más estirada elegancia. La sobrina del marqués de Tarfe, eterno ministro
de Estado, era recibida con los brazos abiertos por la alta sociedad
romana, la más diplomática de Europa. No había fiesta en las dos
embajadas de España á la que no concurriese «el ilustre pintor Renovales
con su elegante esposa», y por irradiación, estas invitaciones habíanse
extendido á las embajadas de otros países. Pocas eran las noches sin
fiesta. Al ser dobles los centros diplomáticos, unos acreditados cerca
del rey de Italia y otros afectos al Vaticano, menudeaban las
recepciones y saraos, en este mundo aparte, que se encontraba todas las
noches, bastándose á sí propio para su solaz.
Cuando Renovales llegaba á su casa al anochecer, cansado del trabajo, ya
le esperaba Josefina á medio vestir y el famoso Cotoner le ayudaba á
ponerse el traje de ceremonia.
--¡La cruz!--exclamaba Josefina al verle con el frac puesto.--Pero
hombre, ¿cómo te olvidas de la cruz? Ya sabes que allí todos llevan
algo.
Cotoner iba en busca de las insignias de una gran cruz que el gobierno
español había dado á Renovales por su cuadro, y el artista, con la
pechera cortada por la banda y un redondel brillante en el frac, partía
con su mujer para pasar la noche entre diplomáticos, ilustres viajeros y
sobrinos de cardenales.
Los otros pintores rabiaban de envidia al enterarse de la frecuencia con
que visitaban su estudio los embajadores de España, el cónsul y ciertos
personajes allegados al Vaticano. Negaban su talento, atribuyendo estas
distinciones á la posición de Josefina. Le llamaban cortesano y
adulador, suponiendo que se había casado para hacer carrera. Uno de sus
visitantes más asiduos era el padre Recovero, procurador de cierta orden
frailuna poderosa en España; una especie de embajador con capucha que
gozaba de grandes influencias cerca del Papa. Cuando no iba por el
estudio de Renovales, éste tenía la certeza de que se hallaba en su
casa, cumpliendo algún encargo de Josefina, la cual mostrábase orgullosa
de su amistad con este fraile influyente, jovial y de pretenciosa
elegancia, bajo su hábito burdo. La esposa de Renovales siempre tenía
asuntos que encargarle; las amigas de Madrid no la dejaban parar con sus
incesantes peticiones.
La viuda de Torrealta contribuía á esto, hablando á sus conocimientos de
la alta posición que ocupaba su niña en Roma. Marianito, según ella,
ganaba millones; Josefina pasaba por gran amiga del Papa; su casa estaba
llena de cardenales, y si el Sumo Pontífice no iba á visitarla, era
porque el pobrecito vivía en el Vaticano. Y la esposa del pintor siempre
tenía que enviar á Madrid algún rosario pasado por la tumba de San
Pedro, ó reliquias extraídas de las Catacumbas. Daba prisa al padre
Recovero para que solucionase difíciles dispensas de casamiento, y se
interesaba por otras peticiones de ciertas señoras devotas, amigas de su
madre. Las grandes fiestas de la Iglesia romana la entusiasmaban por su
interés teatral, y agradecía mucho al campechano fraile que se acordase
de ella, reservándole una buena localidad. No había recepción de
peregrinos en San Pedro, con marcha triunfal del Papa, llevado en andas
entre abanicos de plumas, á la que no asistiese Josefina. Otras veces el
buen padre la anunciaba con misterio que al día siguiente cantaba
Pallestri, el famoso castrado de la capilla papal, y la española
madrugaba, dejando acostado á su marido, para oir la voz dulcísima del
eunuco pontificio, cuyo rostro imberbe figuraba en los escaparates de
las tiendas entre los retratos de las bailarinas y los tenores de moda.
Renovales reía con bondad de las innumerables ocupaciones y fútiles
entretenimientos de su esposa. Pobrecilla; debía pasar la vida
alegremente: para eso trabajaba él. Bastante sentía no poder acompañarla
más que en sus diversiones nocturnas. Durante el día confiábala á su
fiel Cotoner, que iba con ella como un rodrigón, llevándola los paquetes
cuando salía á compras, llenando las funciones de administrador de la
casa y en ciertas ocasiones de cocinero.
Renovales lo había conocido al llegar á Roma. Era su mejor amigo. Mayor
que él en diez años, mostraba Cotoner por el joven artista una adoración
de discípulo y un afecto de hermano mayor. Toda Roma le conocía, riendo
de sus pinturas (cuando pintaba, de tarde en tarde) y apreciando su
carácter servicial, que dignificaba en cierto modo una existencia de
parásito. Pequeño, regordete, calvo, con las orejas algo despegadas y
una fealdad de fauno alegre y bondadoso, el -signore- Cotoner, al llegar
el verano, encontraba siempre un refugio en el castillo de algún
cardenal, en la campiña romana. Durante el invierno veíasele en el
Corso, como una figura popular, envuelto en su macferlán verdoso, que
agitaba las mangas con aleteo de murciélago. Había comenzado en su país
como paisajista, pero quiso pintar figuras, igualarse á los maestros, y
cayó en Roma acompañando al obispo de su tierra, que le consideraba una
gloria de campanario. Ya no se movió de la gran ciudad. Sus progresos
fueron notables. Conocía los nombres y las historias de todos los
artistas; nadie podía medirse con él en punto á saber el modo de vivir
en Roma con economía y dónde se encontraban las cosas más baratas. No
pasaba un español por la gran ciudad que él no lo visitase. Los hijos
de los pintores célebres le miraban como una especie de ama seca, pues á
todos los había adormecido en sus brazos. El gran triunfo de su vida era
haber figurado de Sancho Panza en la cabalgata del -Quijote-. Siempre
pintaba el mismo cuadro, retratos del Papa en tres diversos tamaños,
amontonándolos en el cuartucho que le servia de estudio y dormitorio.
Los cardenales amigos, á los que visitaba con frecuencia, compadecíanse
del -povero signor- Cotoner, y le compraban por unas cuantas liras un
retrato del Pontífice, de horrible fealdad, regalándolo á una iglesia de
aldea, donde la obra producía admiración por venir de Roma y ser nada
menos que de un pintor amigo de Su Eminencia.
Estas compras eran un rayo de alegría para Cotoner, que llegaba al
estudio de Renovales con la frente alta y una sonrisa de falsa modestia.
--He hecho una venta, chiquillo. Un Papa... el grande: el de dos metros.
Y con súbita confianza en su talento, hablaba del porvenir. Otros
deseaban medallas, triunfos en las exposiciones; él era más modesto. Se
daba por contento con adivinar quién sería Papa cuando muriese el
actual, para ir pintando retratos suyos, por docenas, con alguna
anticipación. ¡Qué triunfo lanzar la mercancía al día siguiente del
Conclave! ¡Una verdadera fortuna! Y conocedor de todos los cardenales,
pasaba revista en su memoria al Sacro Colegio, con una tenacidad de
jugador de lotería, dudando entre la media docena que aspiraban á la
tiara.
Vivía como un parásito entre los altos personajes de la Iglesia, pero
era indiferente en religión, cual si el trato con aquéllos le hubiesen
arrebatado toda creencia. El anciano vestido de blanco y los otros
señores rojos, le infundían respeto porque eran ricos y servían
indirectamente á su mísera industria de retratos. Toda su admiración era
para Renovales. En los estudios de los otros artistas acogía las bromas
mortificantes con su sonrisa plácida de eterno agradador; pero que no
hablasen mal de Mariano, que no discutiesen su talento. Para él,
Renovales sólo podía producir obras maestras, y en su ciega admiración,
llegaba á extasiarse ingenuamente ante los cuadros de caballete que
pintaba para su empresario.
Algunas veces Josefina presentábase de improviso en el estudio de su
marido, charlando con él mientras pintaba, alabando los lienzos que eran
de asunto bonito. Prefería en estas visitas encontrarle solo, pintando
de fantasía, sin otra ayuda que unas ropas puestas sobre un maniquí.
Sentía cierta repugnancia por los modelos, y en vano intentaba Renovales
convencerla de su necesidad. Él tenía talento para pintar cosas hermosas
sin apelar al auxilio de aquellos tíos ordinarios, y sobre todo, de las
mujeres, unas hembras mal peinadas, de ojos de brasa y dientes de loba,
que le parecían temibles en la soledad y el silencio del estudio.
Renovales reía. ¡Qué disparate! ¡Celosilla! ¡Como si él, con la paleta
en la mano, fuese capaz de otros pensamientos que los de su arte!...
Una tarde Josefina, al entrar de pronto en el estudio, vio sobre la
tarima del modelo una mujer desnuda, tendida en unas pieles, mostrando
las redondeces de su torso, de un color amarillento. La esposa apretó
los labios y fingió no verla, oyendo con aire distraído á Renovales, que
explicaba esta innovación. Estaba pintando una bacanal y le era
imposible pasar adelante sin modelo. Era una necesidad: la carne no
podía hacerse de -memoria-. La modelo, tranquila ante el pintor,
sintióse avergonzada de su desnudez en presencia de aquella dama
elegante, y luego de arrebujarse en las pieles, se ocultó tras un
biombo, vistiéndose con apresuramiento.
Renovales se serenó al volver á su casa, viendo que su mujer le recibía
con la efusión de siempre, como si hubiera olvidado su disgusto de la
tarde. Rió oyendo al famoso Cotoner; fueron después de la comida á un
teatro, y al llegar la hora de dormir, el pintor ya no se acordaba de la
sorpresa en el estudio. Comenzaba á dormirse cuando le alarmó un suspiro
doloroso, prolongado, como si alguien se asfixiase junto á él.
Al dar luz vió á Josefina con los puños en los ojos, derramando
lágrimas, agitado su pecho por estremecimientos de angustia, moviendo
los pies con una rabieta de niña, que apelotonaba las ropas de la cama
echando abajo el rico edredón.
--¡No quiero! ¡No quiero!--gemía con acento de protesta.
El pintor había saltado de la cama, lleno de inquietud, yendo de un lado
á otro sin saber qué hacer, intentando apartar sus manos de sus ojos,
cediendo, á pesar de su fuerza, á los movimientos de Josefina para
desasirse.
--¿Pero qué tienes? ¿Qué es lo que no quieres?... ¿Qué te pasa?
Y ella seguía gimoteando, revolviéndose en el lecho, agitando sus pies
con furia nerviosa.
--¡Déjame! No te quiero... No me toques... No lo consiento, no señor; no
lo consiento. Me iré... me iré con mi madre.
Renovales, asustado por esta furia de la mujercita siempre dulce, no
sabía qué hacer para calmarla. Corría en camisa por el dormitorio y la
inmediata pieza del tocador, mostrando sus músculos de atleta: la
ofrecía agua, llegando, en su aturdimiento, á echar mano de los frascos
de esencias, como si pudieran servirle de calmantes, y acabó por
arrodillarse, intentando besar las manecitas crispadas que le
rechazaban, enredándose en su barba y su cabellera.
--Déjame... Te digo que me dejes. Veo que no me quieres. Me iré...
El pintor sintió asombro y miedo por esta nerviosidad de su muñequita
adorada: no se atrevía á tocarla por el temor á hacerla daño... ¡Apenas
saliese el sol abandonaría aquella casa para siempre! Su marido no la
quería; ella no tenía otro cariño que el de mamá. El pintor la ponía en
ridículo... Y todas estas quejas incoherentes, sin explicar el motivo de
su enfado, se prolongaron mucho tiempo, hasta que el artista columbró la
causa. ¿Era la modelo... la mujer desnuda? Sí, esto era; ella no
consentía en un estudio, que era como su casa, que se mostrasen las
mujerzuelas impúdicamente á los ojos de su marido. Y al protestar contra
tales abominaciones, sus dedos crispados rasgaban el pecho de la camisa,
enseñando los ocultos encantos que tanto entusiasmaban á Renovales.
El pintor, fatigado por esta escena, enervado por los gritos y lloros de
su esposa, no pudo resistir su risa al conocer el motivo del disgusto.
--¡Ah! ¿Conque todo es por la modelo?... Descansa, hija: no entrará
ninguna mujer en el estudio.
Y prometió cuanto quiso Josefina, para acabar pronto. Al caer de nuevo
en la obscuridad, todavía suspiró ella; pero ahora lo hacía entre los
fuertes brazos del marido, con la cabeza apoyada en su pecho, hablando
con un ceceo de niña afligida que justifica su pasada rabieta. Nada le
costaba á Mariano darla ese gusto. Ella le quería mucho, ¡mucho! y aun
le querría más si respetaba sus preocupaciones. Podía llamarla burguesa,
alma vulgar; pero así quería ser, como había sido siempre. Además, ¿qué
necesidad tenía de pintar hembras desnudas? ¿No sabía hacer otras
cosas? Le aconsejaba que pintase niños, con pellico y abarcas, tocando
la gaita, rizados y mofletudos como el niño Jesús; viejas campesinas de
rostro arrugado y cobrizo; ancianos calvos, de luenga barba; figuras de
-carácter-; pero nada de mujeres jóvenes, ¿eh?; nada de bellezas
desnudas. Renovales decía que si á todo, apretando aquel cuerpo
adorable, todavía estremecido y vibrante por la pasada furia. Los dos se
buscaban con cierta ansiedad, ganosos de olvidar lo ocurrido, y la noche
acabó dulcemente para Renovales, en las efusiones de la reconciliación.
Al llegar el verano alquilaron en Castel-Gandolfo un -villino-. Cotoner
había marchado á Tívoli á la cola del cortejo de un cardenal, y el
matrimonio vivió en el campo, sin otra compañía que la de un par de
domésticas y un criado que cuidaba de los trebejos artísticos del señor.
Josefina vivió contenta en este aislamiento, lejos de Roma, hablando con
su marido á todas horas, libre de aquella inquietud que la acometía
cuando él trabajaba en su estudio. Durante un mes permaneció Renovales
en plácida vagancia. Parecía olvidado de su arte: las cajas de colores,
los caballetes, todo el bagaje artístico traído de Roma, estaba
empaquetado y olvidado en un cobertizo del jardín. Emprendía por las
tardes largos paseos con Josefina, volviendo al cerrar la noche
lentamente hacia su casa cogidos del talle, contemplando la faja de oro
mortecino del crepúsculo, animando el silencio de la campiña con el
canturreo de alguna de las romanzas apasionadas y dulzonas que llegaban
de Nápoles. Al verse solos, en la intimidad de una vida sin ocupaciones
ni amistades, renacía el entusiasmo amoroso de los primeros días de su
casamiento. Pero el «demonio de la pintura» no tardó en batir sobre él
sus alas invisibles, de las que parecía desprenderse un irresistible
encantamiento. Se aburría en las horas de fuerte sol; bostezaba en su
silla de junco, fumando pipa tras pipa, sin saber de qué hablar.
Josefina, por su parte, combatía el tedio leyendo alguna de las novelas
inglesas, de abrumadora moralidad y costumbres aristocráticas, á las que
había tomado gran afición en sus tiempos de colegiala.
Renovales volvió á trabajar. Su criado sacó á luz los trastos
artísticos, y el pintor cogió la paleta con un entusiasmo de
principiante. Pintaba para él con un fervor religioso, como si
pretendiera purificarse de aquel año de vil sumisión á los encargos de
un mercader.
Estudió directamente la Naturaleza; pintó rincones adorables del
paisaje, cabezas tostadas y antipáticas que respiraban la brutalidad
egoísta del campesino. Pero esta labor artística no parecía
satisfacerle. Su vida de mayor intimidad con Josefina excitaba en él
misteriosos anhelos, que apenas se atrevía á formular. Por las mañanas,
cuando su mujer, fresca y sonrosada por una ablución general,
mostrábase ante él casi desnuda, la contemplaba con ojos ávidos.
--¡Ay! ¡Si tú quisieras!... ¡Si no tuvieses esas manías!...
Y sus exclamaciones la hacían sonreir, halagada su vanidad femenil por
esta adoración. Renovales se lamentaba de que su talento de artista
tuviera que ir en busca de cosas bellas, cuando la obra suprema y
definitiva estaba junto á él. La hablaba de Rubens, el maestro gran
señor, que rodeaba á Elena Froment de un lujo de princesa, y de ésta,
que no sentía reparo en despojar de velos su fresca belleza mitológica
para servir de modelo al marido. Renovales elogiaba á la dama flamenca.
Los artistas formaban una familia aparte; la moral y los prejuicios
vulgares eran para los otros. Ellos vivían acogidos al fuero de la
Belleza, teniendo por natural lo que las gentes miraban como pecado...
Josefina protestaba con una indignación cómica de los deseos de su
marido, pero se dejaba admirar. Cada vez eran mayores sus abandonos. Por
las mañanas, al levantarse, permanecía más tiempo desnuda, prolongando
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