hacía menos bien el artista en indemnizarse un poco del tiempo perdido.
Con esa masonería instintiva de los que llevan una existencia fácil y
placentera, el -sportman- defendía á su suegro, lo apoyaba, le parecía
más simpático, más allegado á él, por sus nuevas costumbres. No siempre
había de estar encerrado en su estudio, con aire irritado de profeta,
hablando de cosas que pocos entendían.
Se encontraban los dos hombres por la noche en las funciones de última
hora de los teatros, en la postrera sección de los -music-halls-, cuando
las canciones y los temblores de las piernas en alto eran acompañados
por el público con una tempestad de berridos y patadas. Se saludaban:
preguntaba el padre por Milita, sonreíanse con la simpatía de buenos
compadres, y cada uno se reunía á su grupo: el yerno con sus compañeros
de círculo, en un palco, vistiendo todavía el frac de las reuniones
respetables de que venían; el pintor en las butacas, con unos cuantos de
los jóvenes melenudos que eran su escolta.
Renovales veía con cierta satisfacción á López de Sosa saludar á las
-cocottes- más elegantes y de mayor precio, sonreir á las -divettes-,
con la confianza de un buen amigo.
Aquel chico estaba admirablemente relacionado, y él acogía esto como un
honor indirecto para su personalidad de padre.
Cotoner se veía arrastrado muchas veces por el maestro fuera de su
órbita de graves y substanciosas comidas y tertulias entonadas, que
seguía frecuentando para no perder unas amistades que eran su único
capital.
--Esta noche vienes conmigo--le decía el maestro
misteriosamente.--Comeremos donde quieras y después te enseñaré una
cosa... una cosa...
Y le llevaba á oir una pieza en un teatro, permaneciendo inquieto,
impaciente, hasta que se desplegaba la fila de coristas en la escena.
Entonces daba con el codo á Cotoner, sumido en su asiento, con los ojos
muy abiertos, pero dormido interiormente, en la dulce somnolencia de una
buena digestión.
--Mira... fíjate; la tercera de la derecha, la pequeñita... la que lleva
el mantón amarillo.
--La veo, ¿y qué?--decía el amigo con voz agria por este rudo
llamamiento.
--Fíjate bien; ¿á quién se parece? ¿Á quién te recuerda?
Cotoner respondía con un bufido de indiferencia. Á su madre se
parecería. ¿Qué le importaban á él tales semejanzas? Pero el asombro le
sacaba de su quietismo, al oir que Renovales la encontraba un raro
parecido con su mujer, indignándose contra él porque no lo reconocía.
--Pero, Mariano... ¿dónde tienes los ojos?--exclamaba con no menos
acritud.--¿Qué tiene esa larguirucha, con cara de hambre, de la pobre
difunta?... Tú en ver un espárrago triste le plantas un nombre:
Josefina... y no hay más que hablar.
Aunque Renovales se irritase en el primer momento, ante la ceguera de su
amigo, acababa al fin por convencerse. Se había engañado, ya que Cotoner
no encontraba la semejanza. Debía acordarse de la muerta mejor que él;
la pasión no turbaba su recuerdo.
Pero á los pocos días asediaba otra vez á Cotoner con aire misterioso:
«Una cosa... tengo que enseñarte una cosa.» Y dejando la compañía de
aquellos efebos alegres que irritaban á su viejo amigo, llevaba á éste á
un -music-hall- y le enseñaba otra hembra escandalosa, que levantaba la
seca pierna ó movía el vientre, delatando bajo la máscara de colorete la
demacración de la anemia.
--¿Y ésta?--imploraba el maestro con cierto temor, como si dudase de sus
ojos.--¿No te parece que tiene algo? ¿No te la recuerda?
El amigo estallaba en indignación.
--Tú estás loco. ¿En qué se parece aquella pobrecita, tan buena, tan
dulce, tan distinguida, á ese... perro sin vergüenza?
Renovales, después de varios fracasos, que le hacían dudar de la
fidelidad de sus recuerdos, no osaba ya consultar á su amigo. Apenas
intentaba llevarle á un nuevo espectáculo, Cotoner se echaba atrás...
--¿Otro descubrimiento?... Vamos, Mariano; quítate esas ideas de la
cabeza. Si la gente se enterase, te creería trastornado.
Pero desafiando su cólera, el maestro insistió una noche con gran
tenacidad para que le acompañase á ver á la «Bella Fregolina», una
muchacha española, que cantaba en un teatrillo de los barrios bajos, y
cuyo nombre de guerra, en letras de á metro, ostentábase en las esquinas
de Madrid. Llevaba más de dos semanas de contemplarla todas las noches.
--Necesito que la veas, Pepe. Un momento nada más. Te lo suplico... Creo
que ahora no dirás que me equivoco.
Cotoner cedió, vencido por el tono suplicante de su amigo. Aguardaron
mucho tiempo la presentación de la «Bella Fregolina», viendo bailes,
escuchando canciones con acompañamiento de mugidos del público. Aquella
maravilla se reservaba para lo último. Por fin, con cierta solemnidad,
entre un murmullo de expectación, preludió la orquesta una música
conocida de todos los entusiastas de la -divette-, un rayo de luz
sonrosada cruzó el pequeño escenario, y salió la «Bella».
Era una muchacha pequeña, esbelta, de una delgadez rayana en la
demacración. Su cara, de cierta belleza dulce y melancólica, era lo más
notable de su cuerpo. Por debajo del vestido negro con hilos de plata,
que se abría en ancha campana, mostrábanse sus piernas de frágil
esbeltez, con la carne puramente necesaria para cubrir el hueso. Sobre
las gasas del escote, la piel pintada de blanco elevábase con ligerísima
protuberancia en los pechos, marcando luego las tirantes aristas de las
clavículas. Lo primero que se veía de ella eran los ojos, unos ojos
límpidos, grandes, virginales, pero de virgen perversa, por donde
pasaban las expresiones lividinosas, sin alterar su cándida superficie.
Se movía como una novicia, los brazos pegados al talle, los codos
salientes, encogida y ruborosa, y en esta posición, iba cantando con voz
de falsete enormes obscenidades que contrastaban con su aparente
timidez. En esto estribaba su mérito, y el público acogía sus palabras
monstruosas con rugidos de júbilo, dándose por satisfecho con esto, sin
exigirla que levantase los pies ó moviese el vientre, respetando su
rigidez hierática.
El pintor al verla aparecer dió con un codo á su amigo. No osaba hablar
esperando su opinión ansiosamente. Con el rabillo de un ojo le seguía en
su examen.
El amigo se mostró clemente:
--Sí... tiene algo. Los ojos... la figura... el gesto: la recuerda; es
muy parecida... ¡Pero esa mueca de mona que hace ahora! ¡Esas
palabrotas!... No; con todo eso pierde la semejanza.
Y como si le irritase que aquella chicuela, sin voz y sin decoro, se
asemejase á la dulce muerta, subrayaba con admiración irónica todas las
cínicas expresiones en que terminaban sus -couplets-.
--¡Muy bonito!... ¡Muy distinguido!...
Pero Renovales, sordo á estas ironías, ensimismado en la contemplación
de la «Fregolina», seguía empujándole y murmurando:
--Es ella, ¿verdad?... Igual; el mismo cuerpo... Y además, Pepe; esa
chica tiene cierto talento... tiene gracia.
Cotoner movía la cabeza irónicamente. Sí, mucha. Y al oir que Mariano,
una vez terminado el espectáculo, mostraba deseos de quedarse á la otra
sección y no se movía de su butaca, pensó en abandonarle. Por fin se
quedó, arrellanándose en el asiento, con el propósito de dormitar
arrullado por la música y los berridos del público.
Una mano impaciente del maestro le sacó de su dulce abstracción.
«Pepe... Pepe.» Movió la cabeza y abrió los ojos malhumorado. «¿Qué le
ocurría?» En la cara de Renovales vió una sonrisa melosa, traidora;
algún disparate que le quería proponer con la mayor dulzura.
--Se me ocurre que podríamos entrar un momento en el escenario: la
veríamos de cerca...
El amigo le contestó con indignación. Mariano se creía un pollo, no se
daba cuenta de su aspecto. Aquella ciudadana se reiría de ellos; tomaría
el aire de la casta Susana, asediada por los dos viejos...
Calló Renovales, pero al poco rato volvió á sacar al amigo de su vaga
somnolencia.
--Podías entrar tú solo, Pepe. Tú entiendes más que yo de estas cosas;
eres más atrevido. Podías decirla que deseo pintar su retrato. ¡Ya ves,
un retrato con mi firma!...
Cotoner rompió á reir, admirando la simpleza de buen príncipe con que el
maestro le daba este encargo.
--Gracias, señor; muy honrado por tanta confianza, pero no voy...
¡Grandísimo tonto! ¿Pero tú crees que esa chicuela sabe quién es
Renovales, ni lo ha oido nombrar en su vida?...
El maestro se asombró con una simplicidad infantil.
--Hombre, yo creo que el apellido Renovales... que lo que han dicho los
periódicos... que mis retratos... En fin, di que no quieres.
Y se calló, ofendido de la negativa de su compañero y de que dudase de
que su gloria había llegado hasta aquel rincón. La amistad abusa, con
inesperados desdenes, con grandes injusticias.
Al terminar el espectáculo, el maestro sintió la necesidad de hacer
algo, de no irse sin enviar á la «Bella Fregolina» un testimonio de su
presencia. Compró á una vendedora de flores un cesto muy adornado, que
se llevaba á casa con la tristeza del mal negocio. Debía entregarlo
inmediatamente á la señorita... «Fregolina».
--Sí, á la Pepita--dijo la mujer con aire de inteligencia, como si la
uniese á ella cierta intimidad.
--Y le dice usted que es del señor Renovales... de Renovales el pintor.
La mujer movió la cabeza repitiendo el nombre. Estaba bien: Renovales.
Lo mismo que si le hubiese dicho otro nombre cualquiera. Y sin ninguna
emoción tomó los cinco duros que le daba el pintor.
--¡Cinco tiros!... ¡Imbécil!--murmuró el amigo perdiendo todo respeto al
maestro.
No se dejó arrastrar más el buen Cotoner. En vano le hablaba con
entusiasmo Renovales, todas las noches, de aquella muchacha, sintiéndose
impresionado por sus transformaciones. Ahora se presentaba con un
vestido de rosa pálido, casi semejante á ciertas ropas guardadas en los
armarios de su hotel. Aparecía con un sombrero de flores y cerezas,
mucho más grande, pero algo parecido á cierto sombrerillo de paja que
podía él encontrar entre la confusión de los viejos adornos de la
muerta. ¡Ay! ¡Cómo se acordaba de la pobre Josefina! Era un atizamiento
de recuerdos que se renovaba todas las noches.
Falto del auxilio de Cotoner, iba á ver á la «Bella» con algunos de los
jóvenes de su irrespetuosa corte. Estos muchachos hablaban de la
-divette- con un desprecio respetuoso, como la zorra de la fábula
contemplaba las lejanas uvas, consolándose con su acidez. Alababan su
belleza, vista de lejos; era -lilial- según ellos; tenía la santa
hermosura del pecado. Estaba fuera de su alcance; ostentaba valiosas
joyas, y según sus noticias, tenía poderosos amigos, todos aquellos
señoritos que ocupaban los palcos á última hora, vestidos de frac, y la
aguardaban á la salida para llevarla á cenar.
Renovales consumíase de impaciencia, no encontrando el medio de
acercarse á ella. Todas las noches repetía su envío de canastillas de
flores, de grandes ramos. La -divette- debía estar enterada de la
procedencia de tales obsequios, pues con sus ojos buscaba entre el
público á aquel señor feo y un tanto viejo, dignándose dedicarle una
sonrisa.
El maestro vió una noche á López de Sosa saludar á la cupletista. Su
yerno podía ponerle en relaciones con ella. Y audazmente, con un impudor
de apasionado, le esperó á la salida para implorar su auxilio.
Quería pintarla; era una modelo magnífica para cierta obra que llevaba
en el pensamiento. Lo dijo con cierto rubor, tartamudeando, pero el
yerno rió de su timidez, mostrándose dispuesto á protegerle.
--¡Ah, la Pepita! Una gran mujer, y eso que ahora está en decadencia.
Con esa cara de colegiala, ¡si usted la viese en una juerga! Bebe como
un mosquito... ¡Una fiera!
Pero luego, con expresión grave, expuso los inconvenientes. -Estaba- con
un amigo suyo; un muchacho de provincias, ganoso de notoriedad, que
perdía una parte de su fortuna en el juego del Casino, dejando
tranquilamente que devorase la otra aquella chicuela, que le daba cierto
renombre. Él la hablaría; eran antiguos amigos; nada malo, ¿eh, papá?...
No sería difícil convencerla. La tal Pepita tenía predilección por todo
lo raro; era algo... romántica. Él le explicaría quién era el gran
artista, encareciendo el honor de servirle de modelo.
--Por dinero no lo dejes--murmuró el maestro con angustia.--Todo lo que
ella quiera. No temas mostrarte generoso.
Una mañana Renovales llamó á Cotoner para hablarle con grandes extremos
de alegría.
--¡Va á venir!... ¡Va á venir esta misma tarde!
El viejo paisajista hizo un mohín de extrañeza. «¿Quién?»
--La «Bella Fregolina»... Pepita. Me avisa mi yerno que la ha
convencido; vendrá esta tarde á las tres. Él mismo la acompañará.
Luego tuvo una mirada de desolación para su taller de trabajo. Estaba
abandonado desde hacía algún tiempo; había que arreglarlo. Y el
doméstico por un lado y los dos artistas por otro, comenzaron
apresuradamente el aseo de la gran nave.
Los retratos de Josefina y el lienzo con sólo su cabeza, fueron
amontonados en un rincón, cara á la pared, por las febriles manos del
maestro. ¿Para qué aquellos fantasmas si iba á presentarse la
realidad?... En su lugar colocó un gran lienzo blanco, contemplando su
virgen superficie con ojos de esperanza. ¡Las cosas que iba á hacer
aquella tarde! ¡Qué fuerza sentía para el trabajo!...
Al quedar solos los dos artistas, Renovales se mostró inquieto,
incontentable, pareciéndole siempre que faltaba algo para esta visita,
en la que pensaba con escalofríos de inquietud. Flores; había que traer
flores; llenar todos los vasos antiguos del estudio, crear un ambiente
de suave perfume.
Y Cotoner recorrió el jardín con el criado, puso á saco la -serre- y
volvió á entrar con una brazada de flores, obediente y sumiso como un
amigo fiel, pero con un reproche irónico en los ojos. ¡Todo aquello por
la «Bella Fregolina»! El maestro estaba trastornado; había vuelto de
golpe á la infancia. ¡Con tal que esta visita le quitase su obsesión,
que era casi una locura!...
Después pidió más. Había que preparar en una mesa del estudio dulces,
-Champagne-, todo lo mejor que encontrase Cotoner. Éste habló de enviar
al criado, quejándose de los trabajos que le acarreaba la visita de
aquella muchacha, de la sonrisa cándida y las obscenidades enormes, con
los codos pegados al talle.
--No, Pepe--suplicó el maestro.--Ve tú; no quiero que el criado se
entere. Después habla... mi hija le acosa con preguntas.
Cotoner se fué con gesto de resignación, y al volver una hora después,
vió á Renovales en el cuarto de los modelos poniendo en orden varias
ropas.
El viejo amigo alineó sobre la mesa sus paquetes. Puso los dulces en
platos antiguos y sacó las botellas de sus envolturas.
--El señor está servido--dijo con un respeto irónico.--¿Quiere algo más
el señor?... Toda la familia está en revolución por esa alta dama: tu
yerno te la trae; yo te sirvo de criado... sólo falta que llames á tu
hija para que la ayude á desnudarse.
--Gracias, Pepe; muchas gracias--exclamó el maestro con ingenua efusión,
sin sentirse molestado por sus burlas.
Á la hora del almuerzo, Cotoner le vió entrar en el comedor, muy
peinado, muy acicalado, el bigote rizado á tenacilla, vistiendo su mejor
traje y con una rosa en la solapa. El bohemio rió con grandes
carcajadas. ¡Aquello más!... Estaba loco; se iban á burlar de él.
Apenas tocó los platos. Después paseó sólo por el estudio. ¡Con qué
lentitud transcurría el tiempo!... Miraba á cada una de sus vueltas por
los tres salones las manecillas de un antiguo reloj de porcelana de
Sajonia, puesto sobre una mesa de mármol de colores, reflejando su parte
trasera en un profundo espejo veneciano.
Ya eran las tres... El maestro se preguntó con inquietud si no vendría.
Las tres y cuarto... las tres y media. No, no vendría; había pasado la
hora. ¡Aquellas mujeres, que vivían rodeadas de compromisos y
exigencias, sin tener por suyo un instante de su vida!...
De pronto oyo pasos y entró Cotoner.
--Ya está ahí; ahí la tienes... Salud, maestro... ¡Divertirse! Me parece
que has abusado bastante de mí y que no exigirás que me quede.
Se fué haciendo con las manos irónicos signos de despedida, y poco
después Renovales oyó la voz de López de Sosa, aproximándose
lentamente, explicando á su acompañante aquellos cuadros, aquellos
muebles que cautivaban su atención.
Entraron. La «Bella Fregolina» mostraba asombro en sus ojos; parecía
intimidada por el silencio majestuoso del estudio. ¡Aquel hotel tan
grande, tan señorial, tan distinto de todos los que ella había visto!...
¡Aquel lujo antiguo, sólido, histórico, con sus muebles raros que la
infundían pavor!... Miró á Renovales con respeto. Le parecía más
distinguido, más aseñorado que aquel otro hombre entrevisto vagamente en
las butacas de su teatrillo. Le inspiraba miedo, como si fuese un gran
personaje, distinto á cuantos hombres había ella tratado. Á esta
inquietud se unía cierta admiración. ¡El dinero que tendría aquel
prójimo, viviendo con tal aparato!...
Renovales también la miraba emocionado, al tenerla tan cerca.
En el primer instante sintió cierta duda. ¿Realmente se parecía á la
otra?... Le desconcertaba la pintura de su rostro; la capa de colorete
blanco, con líneas negras en los ojos, que se delataba al través del
velo. La -otra- no se pintaba. Pero al fijarse en sus ojos, surgió de
nuevo la conmovedora semejanza, y partiendo de éstos, fué
reconstituyendo el rostro adorado, bajo la capa de grasas de color.
La -divette- examinaba los lienzos que cubrían las paredes. ¡Qué bonito!
¿Y todo aquello lo hacía este señor?... Ella deseaba verse así,
arrogante y hermosa en el fondo de un cuadro. ¿De veras deseaba
pintarla? Y se erguía con vanidad, satisfecha de que la creyesen
hermosa, de gozar la emoción, hasta entonces no deseada, de ver
reproducida su imagen por un gran artista.
López de Sosa excusábase con su suegro. Habían tardado por culpa de
ella. Con mujeres como ésta nunca había prisa. Se acostaba al amanecer:
la había encontrado en la cama...
Luego se despidió, comprendiendo lo embarazosa que resultaba su
presencia. Pepita era una buena muchacha; estaba deslumbrada por sus
palabras y por el aspecto de la casa. Podía hacer de ella lo que
quisiese.
--Vaya, chica, ahí te quedas. El señor es mi papá; ya te lo he dicho. Á
ver si eres buena niña.
Y se fué, seguido de la risa forzada de los dos, que celebraron con una
alegría embarazosa esta recomendación paternal.
Quedaron en un silencio largo y penoso. El maestro no sabía qué decir.
Sobre su voluntad pesaban la timidez y la emoción. Ella no se mostraba
menos conmovida. Aquella nave tan grande, tan silenciosa, tan imponente,
con su lujo macizo y soberbio, distinto de todo lo que ella había visto,
la intimidaba. Sentía el vago temor que precede á una operación
desconocida. La turbaban además los ojos ardientes de aquel hombre,
fijos en ella, con un temblor en las mejillas y un movimiento de los
labios, como si éstos sintieran los tormentos de la sed...
Pronto se repuso de su timidez. Estaba habituada á estos momentos de
vergonzoso mutismo que preceden al encuentro en la soledad de dos
personas extrañas. Conocía estas entrevistas, que empiezan con cierta
vacilación y acaban en ruidosas intimidades.
Miró en torno de ella con una sonrisa de profesional, deseando terminar
cuanto antes la molesta situación.
--Cuando usted quiera. ¿Dónde me desnudo?
Renovales se estremeció al oir su voz, como si hubiese olvidado que
podía hablar aquella imagen. Le extrañó también la llaneza con que
ahorraba explicaciones.
Su yerno hacía bien las cosas: la había traído aleccionada, insensible á
toda sorpresa.
El maestro la condujo á la habitación de los modelos y quedó fuera,
prudentemente, volviendo la cabeza sin saber por qué, para no ver por la
puerta entreabierta. Transcurrió un largo silencio, cortado por el suave
-fru-fru- de las ropas caídas, por el clic metálico de botones y
corchetes. De pronto la voz de ella llegó hasta el maestro, ahogada,
lejana, con cierta timidez.
--¿Las medias, también?... ¿Es preciso que me las quite?
Renovales conocía esta resistencia de todas las modelos al desnudarse
por vez primera. López de Sosa, extremando su buen deseo de complacer á
papá, la había hablado de prestar su cuerpo por entero, y ella se
desnudaba, sin pedir más explicaciones, con la calma del deber aceptado,
creyendo que era absurda su presencia allí para otra cosa que no fuese
esto.
El pintor salió de su mutismo; gritó con inquietud. No debía quedarse
desnuda. En el cuarto tenía lo necesario para vestirse. Y sin volver la
cabeza, introduciendo un brazo por la puerta entreabierta, le mostraba á
ciegas lo que él había dejado. Allí tenía un vestido rosa, un sombrero,
zapatos, medias, una camisa...
Pepita protestó al reconocer estas prendas, mostrando aversión á cubrir
sus carnes con ropas intimas, que parecían usadas y viejas.
--¿La camisa también? ¿También las medias?... No; con el vestido basta.
Pero el maestro suplicaba impaciente. Era necesario todo: lo exigía su
pintura. El largo silencio de la muchacha, delató la conformidad con que
iba endosándose estas prendas antiguas, dominando su repugnancia.
Cuando salió del cuarto, sonreía con cierta lástima, como si se burlase
de ella misma. Renovales se hizo atrás, conmovido por su propia obra,
deslumbrado, sintiendo que le zumbaban las sienes, creyendo que cuadros
y muebles se agitaban, queriendo rodar en torno de él.
¡Pobre «Fregolina»! ¡Adorable mamarracho! Sentía grandes ganas de reir,
pensando en la tempestad de berridos que estallaría en su teatro al
verla aparecer en escena vestida de este modo, en las burlas de los
amigos si se presentase, en una de sus cenas, adornada con estas ropas
de veinte años antes. Ella no había conocido estas modas y le parecían
de una antigüedad remota. El maestro se apoyó emocionado en el respaldo
de un sillón.
--¡Josefina! ¡Josefina!
Era ella, tal como la guardaba en su memoria; la del dulce verano de las
montañas romanas, con su traje de color rosa y aquel sombrero campestre
que la daba el aire gracioso de una aldeana de opereta. Aquellas modas,
de las que se reía ahora la juventud, eran para él las más hermosas, las
más artísticas que había producido el gusto femenil, las que le
recordaban la primavera de su vida.
--¡Josefina! ¡Josefina!
Permaneció mudo, pues estas exclamaciones nacían y morían en su
pensamiento. No osaba moverse ni hablar, como si temiera ver desvanecida
esta aparición de ensueño. Ella, sonriente, gozábase en el efecto que su
aparición causaba en el pintor, y al verse reflejada por un lejano
espejo, reconocía que en este raro adorno de su persona no estaba del
todo mal.
--¿Dónde me pongo? ¿Sentada? ¿Derecha?...
El maestro apenas lograba hablar: su voz era ronca, trabajosa. Podía
colocarse como quisiera... Y ella se sentó en un sillón, adoptando una
postura que consideraba elegantísima; la mejilla en una mano, las
piernas montadas una sobre otra, lo mismo que en el reservado de su
teatrillo, mostrando por debajo de la falda una media de color rosa, de
finos calados; la misma envoltura de seda que recordaba al pintor otra
pierna adorada.
¡Era ella! La tenía ante sus ojos, corpórea, con su perfume de carne
amada.
Por instinto, por costumbre, había cogido su paleta y un pincel manchado
en negro, intentando trazar los contornos de aquella figura. ¡Ah, mano
de viejo; mano torpe y temblorosa!... ¿Adónde habían volado su felicidad
de otros tiempos, su dibujo, sus cualidades que asombraban? ¿Realmente
había pintado alguna vez? ¿Era ciertamente el pintor Renovales?... Todo
lo había olvidado de pronto. Su cráneo parecía vacío, su mano
paralítica, el lienzo blanco le inspiraba el terror de lo desconocido...
Él no sabía pintar: él no podía pintar. Eran inútiles sus esfuerzos. Su
pensamiento se había apagado. Tal vez... otro día. Ahora le zumbaban los
oídos, su rostro estaba pálido y sus orejas rojas, violáceas, como si
fuesen á manar sangre. Sentía en su boca el tormento de una sed mortal.
La «Bella Fregolina» le vió arrojar la paleta y venir sobre ella, con un
gesto de fiera loca.
Pero no sintió miedo: conocía estos rostros trastornados. La brusca
acometida entraba sin duda en el programa; estaba prevista al ir allí,
después de su conversación amistosa con el yerno... Aquel señor tan
grave, tan imponente, era igual á todos los hombres que ella conocía; le
agitaba la misma brutalidad.
Le vió llegar á ella con los brazos abiertos, estrecharla fuertemente,
caer á sus pies con un mugido ardoroso, sordo, como si se ahogase; y
ella, buena muchacha, misericordiosa, le animó, inclinando la cabeza,
ofreciendo los labios, con cierto mohín amoroso y automático, que era la
herramienta de su profesión.
Este beso acabó de trastornar al maestro.
--¡Josefina! ¡Josefina!...
El perfume de los tiempos felices surgía de las ropas, envolviendo aquel
cuerpo adorable. ¡Era su vestido; era su carne! Iba á morir á sus pies,
con la asfixia del inmenso deseo que dilataba su cuerpo angustiosamente,
deseando estallar. Era ella: sus mismos ojos... ¡Sus ojos! Y al levantar
la mirada para sumirse en sus dulces pupilas, para contemplarse en su
tembloroso espejo, vió unos ojos fríos, que le examinaban entornados,
con una curiosidad profesional, paladeando irónicamente desde su altura
serena esta borrachera de la carne, esta locura que se arrastraba
gimoteando de deseo.
Renovales quedó aturdido por la sorpresa, sintió que algo helado bajaba
por su espalda, paralizándole: se velaron sus ojos con una nube de
decepción y desconsuelo.
¿Era realmente Josefina la que tenia entre sus brazos?... Era su cuerpo,
su perfume, sus ropas, su pálida belleza de flor moribunda... Pero no;
no era ella. ¡Aquellos ojos!... En vano le miraban de otro modo,
alarmados por esta súbita reacción; en vano se dulcificaban tomando una
luz de ternura, con la habilidad de la costumbre. El engaño era inútil;
él veía más allá, penetraba por estas ventanas luminosas hasta lo más
hondo, encontrando sólo el vacío. El alma de la otra no estaba allí.
Aquel perfume enloquecedor ya no le emocionaba; era una falsa esencia.
Sólo tenia ante él una reproducción del vaso adorado; pero el incienso,
el alma, perdidos para siempre.
Renovales, puesto de pie, caminaba hacia atrás, mirando á aquella mujer
con ojos de espanto, y acabó por arrojarse en un diván, con la cara
entre las manos.
La muchacha, oyéndole gemir, tuvo miedo, y corrió hacía el cuarto de los
modelos para quitarse aquellos adornos, para huir. Aquel señor debía
estar loco.
El maestro lloraba. ¡Adiós, juventud! ¡Adiós, deseo! ¡Adiós, ilusión,
sirena encantadora de la existencia que huyes para siempre! Inútil
buscar; inútil debatirse en la soledad de su vida. La muerte le tenía
bien agarrado; era suyo y sólo con ella podría resucitar su juventud.
Eran vanos estos simulacros. No encontraría otra que evocase el recuerdo
de la muerta, como esta mujer alquilada que habían envuelto sus
brazos... y sin embargo, ¡no era ella!
En el instante supremo, al tocar la realidad, desvanecíase aquel -algo-
indefinible que había encerrado el cuerpo de su Josefina, de su maja
desnuda, adorada en las noches de juventud.
La decepción inmensa, irreparable, extendía por su cuerpo la calma
glacial de la vejez.
¡Venid abajo, torreones de la ilusión! ¡Derrumbaos, alcázares engañosos,
construidos por el ansia de embellecer la jornada, de ocultar el
horizonte!... La ruta quedaba limpia, árida, desierta. En vano se
sentaría al borde del camino, retardando la hora de reanudar la marcha;
en vano bajaría la cabeza para no ver. Cuanto mayor fuese su descanso,
más largo sería el tormento del miedo. Iba á contemplar á todas horas,
sin nubes y sin obstáculos, el temido final de la última jornada; la
posada de donde no se vuelve; la garganta de voraces negruras... la
muerte.
FIN
Madrid, Febrero-Abril 1906.
* * * * *
J. MICHELET
HISTORIA
DE LA
REVOLUCIÓN FRANCESA
Ilustrada con más de 1.000 grabados reproduciendo escenas de la
Revolución, cuadros, estatuas, retratos, estampas, medallas,
sellos, armas, trajes, caricaturas y modas de la época.--Traducida
por primera vez del francés.
Traducción y prólogo de V. Blasco Ibáñez
-Tres gruesos volúmenes encuadernados en tela, á 10 pesetas volumen.-
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