de temerse: añadiendo á estas razones decir que Isabela era católica, y tan cristiana que ninguna de sus persuasiones, que habian sido muchas, la habian podido torcer en nada de su católico intento. Á lo cual respondió la reina que por eso la estimaba en mas, pues tan bien sabia guardar la ley que sus padres la habian enseñado, y que en lo de enviarla á España no tratase, porque su hermosa presencia y sus muchas gracias y virtudes le daban mucho gusto, y que sin duda, si no aquel dia, otro se la habia de dar por esposa á Ricaredo, como se lo tenia prometido. Con esta resolucion de la reina quedó la camarera tan desconsolada, que no le replicó palabra, y pareciéndole lo que ya le habia parecido, que si no era quitando á Isabela de por medio, no habia de haber medio alguno que la rigurosa condicion de su hijo ablandase ni redujese á tener paz con Ricaredo, determinó de hacer una de las mayores crueldades que pudo caber jamas en pensamiento de mujer principal, y tanto como ella lo era; y fué su determinacion matar con tósigo á Isabela: y como por la mayor parte sea la condicion de las mujeres ser prestas y determinadas, aquella misma tarde atosigó á Isabela en una conserva que le dió, forzándola que la tomase por ser buena contra las ansias de corazon que sentia. Poco espacio pasó despues de haberla tomado, cuando á Isabela se le comenzó á hinchar la lengua y la garganta, y á ponérsele denegridos los labios, y á enronquecérsele la voz, turbársele los ojos y apretársele el pecho: todas conocidas señales de haberle dado veneno. Acudieron las damas á la reina, contándole lo que pasaba, y certificando que la camarera habia hecho aquel mal recaudo. No fué menester mucho para que la reina lo creyese, y así fué á ver á Isabela, que ya casi estaba espirando. Mandó llamar la reina con priesa á sus médicos, y en tanto que tardaban, la hizo dar cantidad de polvos de unicornio, con otros muchos antídotos que los grandes príncipes suelen tener prevenidos para semejantes necesidades. Vinieron los médicos, y esforzaron los remedios, y pidieron á la reina hiciese decir á la camarera qué género de veneno le habia dado; porque no se dudaba que otra persona alguna sino ella la hubiese envenenado. Ella lo descubrió, y con esta noticia los médicos aplicaron tantos remedios y tan eficaces, que con ellos y con el ayuda de Dios quedó Isabela con vida, ó á lo ménos con esperanza de tenerla. Mandó la reina prender á su camarera, y encerrarla en un aposento estrecho de palacio, con intencion de castigarla como su delito merecia, puesto que ella se disculpaba diciendo que en matar á Isabela hacia sacrificio al cielo, quitando de la tierra á una católica, y con ella la ocasion de las pendencias de su hijo. Estas tristes nuevas oidas de Ricaredo, le pusieron en términos de perder el juicio: tales eran las cosas que hacia y las lastimeras razones con que se quejaba. Finalmente, Isabela no perdió la vida, que el quedar con ella la naturaleza lo conmutó en dejarla sin cejas, pestañas y sin cabello, el rostro hinchado, la tez perdida, los cueros levantados y los ojos lagrimosos. Finalmente quedó tan fea, que como hasta allí habia parecido un milagro de hermosura, entónces parecia un monstruo de fealdad. Por mayor desgracia tenian los que la conocian haber quedado de aquella manera, que si la hubiera muerto el veneno. Con todo esto, Ricaredo se la pidió á la reina, y le suplicó se la dejase llevar á su casa, porque el amor que la tenia pasaba del cuerpo al alma, y que si Isabela habia perdido su belleza, no podia haber perdido sus infinitas virtudes. --Así es, dijo la reina, lleváosla, Ricaredo, y haced cuenta que llevais una riquísima joya encerrada en una caja de madera tosca: Dios sabe si quisiera dárosla como me la entregastes, pero pues no es posible, perdonadme; quizá el castigo que diere á la cometedora de tal delito satisfará en algo el deseo de la venganza. Muchas cosas dijo Ricaredo á la reina disculpando á la camarera, y suplicándola la perdonase, pues las disculpas que daba eran bastantes para perdonar mayores insultos. Finalmente, le entregaron á Isabela y á sus padres, y Ricaredo los llevó á su casa, digo, á la de sus padres: á las ricas perlas y al diamante añadió otras joyas la reina y otros vestidos tales, que descubrieron el mucho amor que á Isabela tenia, la cual duró dos meses en su fealdad, sin dar indicio alguno de poder reducirse á su primera hermosura; pero al cabo deste tiempo comenzó á caérsele el cuero, y á descubrírsele su hermosa tez. En este tiempo los padres de Ricaredo, pareciéndoles no ser posible que Isabela en sí volviese, determinaron enviar por la doncella de Escocia, con quien primero que con Isabela tenian concertado de casar á Ricaredo, y esto sin que él lo supiese, no dudando que la hermosura presente de la nueva esposa hiciese olvidar á su hijo la ya pasada de Isabela: á la cual pensaban enviar á España con sus padres, dándoles tanto haber y riquezas que recompensasen sus pasadas pérdidas. No pasó mes y medio, cuando sin sabiduría de Ricaredo la nueva esposa se le entró por las puertas, acompañada como quien ella era, y tan hermosa que despues de la Isabela, que solia ser, no habia otra tan bella en todo Lóndres. Sobresaltóse Ricaredo con la improvisa vista de la doncella, y temió que el sobresalto de su venida habia de acabar la vida á Isabela; y así para templar este temor se fué al lecho donde Isabela estaba, y hallóla en compañía de sus padres, delante de los cuales dijo: --Isabela de mi alma, mis padres con el grande amor que me tienen, aun no bien enterados del mucho que yo te tengo, han traido á casa una doncella escocesa, con quien ellos tenian concertado de casarme ántes que yo conociese lo que vales; y esto á lo que creo con intencion que la mucha belleza desta doncella borre de mi alma la tuya, que en ella estampada tengo: yo, Isabela, desde el punto que te quise, fué con otro amor de aquel que tiene su fin y paradero en el cumplimiento del sensual apetito; que puesto que tu corporal hermosura me cautivó los sentidos, tus infinitas virtudes me aprisionaron el alma, de manera que si hermosa te quise, fea te adoro, y para confirmar esta verdad, dame esa mano. Y dándole ella la derecha y asiéndola él con la suya, prosiguió diciendo: --Por la fe católica que mis cristianos padres me enseñaron, la cual si no está en la entereza que se requiere, por aquella juro que guarda el Pontífice romano, que es la que yo en mi corazon confieso, creo y tengo; y por el verdadero Dios que nos está oyendo, te prometo (¡oh Isabela, mitad de mi alma!) de ser tu esposo, y lo soy desde luego, si tú quieres levantarme á la alteza de ser tuyo. Quedó suspensa Isabela con las razones de Ricaredo, y sus padres atónitos y pasmados. Ella no supo qué decir ni hacer otra cosa que besar muchas veces la mano de Ricaredo, y decirle con voz mezclada con lágrimas, que ella le aceptaba por suyo y se entregaba por su esclava. Besóla Ricaredo en el rostro feo, no habiendo tenido jamas atrevimiento de llegarse á él cuando hermoso. Los padres de Isabela solemnizaron con tiernas y muchas lágrimas las fiestas del desposorio: Ricaredo les dijo que él dilataria el casamiento de la escocesa que ya estaba en casa, del modo que despues verian, y cuando su padre los quisiese enviar á España á todos tres, no lo rehusasen, sino que se fuesen y le aguardasen en Cádiz ó en Sevilla dos años, dentro de los cuales les daba su palabra de ser con ellos, si el cielo tanto tiempo le concedia de vida, y que si deste término pasase, tuviesen por cosa certísima que algun grande impedimento, ó la muerte, que era lo mas cierto, se habia opuesto á su camino. Isabela le respondió que no solos dos años le aguardaria, sino todos aquellos de su vida hasta estar enterada que él no la tenia; porque en el punto que esto supiese, seria el mismo de su muerte. Con estas tiernas palabras se renovaron las lágrimas en todos, y Ricaredo salió á decir á sus padres como en ninguna manera se casaria, ni daria la mano á su esposa la escocesa, sin haber primero ido á Roma á asegurar su conciencia. Tales razones supo decir á ellos, y á los parientes que habian venido con Clisterna, que así se llamaba la escocesa, que como todos eran católicos fácilmente las creyeron; y Clisterna se contentó de quedar en casa de su suegro hasta que Ricaredo volviese, el cual pidió de término un año. Esto ansí puesto y concertado, Clotaldo dijo á Ricaredo como determinaba enviar á España á Isabela y á sus padres, si la reina les daba licencia: quizá los aires de la patria apresurarian y facilitarian la salud que ya comenzaba á tener. Ricaredo, por no dar indicio de sus designios, respondió tibiamente á su padre que hiciese lo que mejor le pareciese; solo le suplicó que no quitase á Isabela ninguna cosa de las riquezas que la reina le habia dado. Prometióselo Clotaldo, y aquel mismo dia fué á pedir licencia á la reina, así para casar á su hijo con Clisterna, como para enviar á Isabela y á sus padres á España. De todo se contentó la reina, y tuvo por acertada la determinacion de Clotaldo: y aquel mismo dia sin acuerdo de letrados y sin poner á su camarera en tela de juicio, la condenó en que no sirviese mas su oficio, y en diez mil escudos de oro para Isabela; y al conde Arnesto por el desafío le desterró por seis años de Ingalaterra. No pasaron cuatro dias, cuando ya Arnesto se puso á punto de salir á cumplir su destierro, y los dineros estuvieron juntos. La reina llamó á un mercader rico que habitaba en Lóndres, y era frances, el cual tenia correspondencia en Francia, Italia y España, al cual entregó los diez mil escudos y le pidió cédula para que se los entregasen al padre de Isabela en Sevilla ó en otra plaza de España. El mercader, descontados sus intereses y ganancias, dijo á la reina que las daria ciertas y seguras para Sevilla sobre otro mercader frances, su correspondiente, en esta forma: que él escribiria á Paris, para que allí se hiciesen las cédulas por otro correspondiente suyo, á causa que rezasen las fechas de Francia, y no de Ingalaterra, por el contrabando de la comunicacion de los dos reinos, y que bastaba llevar una letra de aviso suya sin fecha con sus contraseñas, para que luego diese el dinero el mercader de Sevilla, que ya estaria avisado del de Paris. En resolucion la reina tomó tales seguridades del mercader, que no dudó de ser cierta la paga; y no contenta con esto, mandó llamar á un patron de una nave flamenca, que estaba para partirse otro dia á Francia á solo tomar en algun puerto della testimonio para poder entrar en España á título de partir de Francia, y no de Ingalaterra, al cual pidió encarecidamente llevase en su nave á Isabela y á sus padres, y con toda seguridad y buen tratamiento los pusiese en un puerto de España, el primero á do llegase. El patron, que deseaba contentar á la reina, dijo que sí haria, y que los pondria en Lisboa, Cádiz ó Sevilla. Tomados pues los recaudos del mercader, envió la reina á decir á Clotaldo no quitase á Isabela todo lo que ella le habia dado, así de joyas como de vestidos. Otro dia vinieron Isabela y sus padres á despedirse de la reina, que los recebió con mucho amor. Dióles la reina la carta del mercader, y otras muchas dádivas, así de dineros como de otras cosas de regalo para el viaje. Con tales razones se lo agradeció Isabela, que de nuevo dejó obligada á la reina para hacerle siempre mercedes: despidióse de las damas, las cuales como ya estaba fea, no quisieran que se partiese, viéndose libres de la envidia que á su hermosura tenian, y contentas de gozar de sus gracias y discreciones. Abrazó la reina á los tres, y encomendándolos á la buena ventura y al patron de la nave, y pidiendo á Isabela la avisase de su buena llegada á España, y siempre de su salud por la via del mercader frances, se despidió de Isabela y de sus padres, los cuales aquella misma tarde se embarcaron, no sin lágrimas de Clotaldo y de su mujer, y de todos los de su casa, de quien era en todo estremo bien querida. No se halló á esta despedida presente Ricaredo, que por no dar muestras de tiernos sentimientos aquel dia hizo que unos amigos suyos le llevasen á caza. Los regalos que la señora Catalina dió á Isabela para el viaje fueron muchos, los abrazos infinitos, las lágrimas en abundancia, las encomiendas de que la escribiese sin número, y los agradecimientos de Isabela y de sus padres correspondieron á todo; de suerte que aunque llorando, los dejaron satisfechos. Aquella noche se hizo el bajel á la vela, y habiendo con próspero viento tocado en Francia, y tomado en ella los recaudos necesarios para poder entrar en España, de allí á treinta dias entró por la barra de Cádiz, donde desembarcaron Isabela y sus padres, y siendo conocidos de todos los de la ciudad, los recebieron con muestras de mucho contento. Recebieron mil parabienes del hallazgo de Isabela, y de la libertad que habian alcanzado ansí de los moros que los habian cautivado (habiendo sabido todo su suceso de los cautivos á que dió libertad la liberalidad de Ricaredo), como de la que habian alcanzado de los ingleses. Ya Isabela en este tiempo comenzaba á dar grandes esperanzas de volver á cobrar su primera hermosura. Poco mas de un mes estuvieron en Cádiz, restaurando los trabajos de la navegacion, y luego se fueron á Sevilla por ver si salia cierta la paga de los diez mil escudos, que librados sobre el mercader frances traian. Dos dias despues de llegar á Sevilla le buscaron, y le hallaron, y le dieron la carta del mercader frances de la ciudad de Lóndres: él la reconoció, y dijo que hasta que de Paris le viniesen las letras y carta de aviso, no podia dar el dinero; pero que por momentos aguardaba el aviso. Los padres de Isabela alquilaron una casa principal frontero de Santa Paula, por ocasion que estaba monja en aquel santo monasterio una sobrina suya, única y estremada en la voz; y así por tenerla cerca, como por haber dicho Isabela á Ricaredo que si viniese á buscarla la hallaria en Sevilla, y le diria su casa su prima la monja de Santa Paula, y que para conocella no habia menester mas de preguntar por la monja que tenia la mejor voz en el monasterio, porque estas señas no se le podian olvidar. Otros cuarenta dias tardaron de venir los avisos de Paris; y á dos que llegaron el mercader frances entregó los diez mil escudos á Isabela, y ella á sus padres, y con ellos, y con algunos mas que hicieron vendiendo algunas de las muchas joyas de Isabela, volvió su padre á ejercitar su oficio de mercader, no sin admiracion de los que sabian sus grandes pérdidas. En fin, en pocos meses fué restaurando su perdido crédito, y la belleza de Isabela volvió á su ser primero, de tal manera que en hablando de hermosas, todos daban el lauro á la Española inglesa, que tanto por este nombre, como por su hermosura, era de toda la ciudad conocida. Por la órden del mercader frances de Sevilla escribieron Isabela y sus padres á la reina de Ingalaterra su llegada, con los agradecimientos y sumisiones que requerian las muchas mercedes della recebidas: asimismo escribieron á Clotaldo y á su señora Catalina, llamándolos Isabela padres, y sus padres señores. De la reina no tuvieron respuesta; pero de Clotaldo y de su mujer sí, donde les daban el parabien de la llegada á salvo, y los avisaban como su hijo Ricaredo otro dia despues que ellos se hicieron á la vela se habia partido á Francia, y de allí á otras partes, donde le convenia ir para seguridad de su conciencia, añadiendo á estas otras razones y cosas de mucho amor y de muchos ofrecimientos. Á la cual carta respondieron con otra no ménos cortés y amorosa que agradecida. Luego imaginó Isabela que el haber dejado Ricaredo á Ingalaterra, seria para venirla á buscar á España; y alentada con esta esperanza vivia la mas contenta del mundo, y procuraba vivir de manera que cuando Ricaredo llegase á Sevilla, ántes le diese en los oidos la fama de sus virtudes, que el conocimiento de su casa. Pocas ó ninguna vez salia de su casa sino para el monasterio: no ganaba otros jubileos que aquellos que en el monasterio se ganaban. Desde su casa y desde su oratorio andaba con el pensamiento los viérnes de cuaresma la santísima estacion de la cruz, y los siete venideros del Espíritu Santo: jamas visitó el rio, ni pasó á Triana, ni vió el comun regocijo en el campo de Tablada y puerta de Jerez el dia, si le hace claro, de San Sebastian, celebrado de tanta gente que apénas se puede reducir á número: finalmente, no vió regocijo público, ni otra fiesta en Sevilla: todo lo libraba en su recogimiento, y en sus oraciones y buenos deseos, esperando á Ricaredo. Este su grande retraimiento tenia abrasados y encendidos los deseos, no solo de los pisaverdes del barrio, sino de todos aquellos que una vez la hubiesen visto: de aquí nacieron músicas de noche en su calle, y carreras de dia. Deste no dejar verse y desearlo muchos, crecieron las alhajas de las terceras, que prometieron mostrarse primas y únicas en solicitar á Isabela, y no faltó quien se quiso aprovechar de lo que llaman hechizos, que no son sino embustes y disparates; pero á todo esto estaba Isabela como roca en mitad de la mar, que la tocan, pero no la mueven las olas ni los vientos. Año y medio era ya pasado, cuando la esperanza propincua de los dos años por Ricaredo prometidos, comenzó con mas ahinco que hasta allí á fatigar el corazon de Isabela; y cuando ya le parecia que su esposo llegaba, y que le tenia ante los ojos, y le preguntaba qué impedimentos le habian detenido tanto; cuando ya llegaban á sus oidos las disculpas de su esposo, y cuando ya ella le perdonaba y le abrazaba, y como á mitad de su alma le recebia, llegó á sus manos una carta de la señora Catalina, fecha en Lóndres cincuenta dias habia: venia en lengua inglesa; pero leyéndola en español, vió que así decia: «Hija de mi alma: Bien conociste á Guillarte el paje de Ricaredo: este se fué con él al viaje, que por otra te avisé que Ricaredo á Francia y á otras partes habia hecho el segundo dia de tu partida; pues este mismo Guillarte, á cabo de diez y seis meses que no habíamos sabido de mi hijo, entró ayer por nuestra puerta con nuevas que el conde Arnesto habia muerto á traicion en Francia á Ricaredo. Considera, hija, cuál quedaríamos su padre y yo, y su esposa con tales nuevas: tales digo, que aun no nos dejaron poner en duda nuestra desventura. Lo que Clotaldo y yo te rogamos otra vez, hija de mi alma, es que encomiendes muy de veras á Dios la de Ricaredo, que bien merece este beneficio el que tanto te quiso como tú sabes: tambien pedirás á nuestro Señor nos dé á nosotros paciencia y buena muerte, á quien nosotros tambien pediremos y suplicaremos te dé á tí y á tus padres largos años de vida.» Por la letra y por la firma no le quedó que dudar á Isabela para no creer la muerte de su esposo: conocia muy bien al paje Guillarte, y sabia que era verdadero, y que de suyo no habria querido ni tenia para qué fingir aquella muerte, ni ménos su madre la señora Catalina la habria fingido, por no importarle nada enviarle nuevas de tanta tristeza: finalmente, ningun discurso que hizo, ninguna cosa que imaginó le pudo quitar del pensamiento no ser verdadera la nueva de su desventura. Acabada de leer la carta, sin derramar lágrimas, ni dar señales de doloroso sentimiento, con sesgo rostro y al parecer con sosegado pecho se levantó de un estrado donde estaba sentada, y se entró en un oratorio, y hincándose de rodillas ante la imágen de un devoto crucifijo, hizo voto de ser monja, pues lo podia ser teniéndose por viuda. Sus padres disimularon y encubrieron con discrecion la pena que les habia dado la triste nueva, por poder consolar á Isabela en la amarga que sentia; la cual, casi como satisfecha de su dolor, templándole con la santa y cristiana resolucion que habia tomado, ella consolaba á sus padres, á los cuales descubrió su intento, y ellos le aconsejaron que no le pusiese en ejecucion hasta que pasasen los dos años que Ricaredo habia puesto por término á su venida, que con esto se confirmaria la verdad de la muerte de Ricaredo, y ella con mas seguridad podia mudar de estado. Ansí lo hizo Isabela, y los seis meses y medio que quedaban para cumplirse los dos años, los pasó en ejercicios de religiosa, y en concertar la entrada del monasterio, habiendo elegido el de Santa Paula, donde estaba su prima. Pasóse el término de los dos años, y llegóse el dia de tomar el hábito, cuya nueva se estendió por la ciudad, y de los que conocian de vista á Isabela, y de aquellos que por sola su fama, se llenó el monasterio y la poca distancia que dél á la casa de Isabela habia; y convidando su padre á sus amigos, y aquellos á otros, hicieron á Isabela uno de los mas honrados acompañamientos que en semejantes actos se habian visto en Sevilla. Hallóse en él el asistente, y el provisor de la Iglesia, y vicario del arzobispo, con todas las señoras y señores de título que habia en la ciudad: tal era el deseo que en todos habia de ver el sol de la hermosura de Isabela, que tantos meses se les habia eclipsado: y como es costumbre de las doncellas que van á tomar el hábito ir lo posible galanas y bien compuestas, como quien en aquel punto echa el resto de la bizarría y se descarta della, quiso Isabela ponerse lo mas bizarra que fué posible; y así se vistió con aquel vestido mismo que llevó cuando fué á ver á la reina de Ingalaterra, que ya se ha dicho cuán rico y cuán vistoso era: salieron á luz las perlas y el famoso diamante, con el collar y cintura, que asimismo era de mucho valor. Con este adorno y con su gallardía, dando ocasion para que todos alabasen á Dios en ella, salió Isabela de su casa á pié, que el estar tan cerca el monasterio escusó los coches y carrozas: el concurso de la gente fué tanto, que les pesó de no haber entrado en los coches, porque no les daban lugar de llegar al monasterio: unos bendecian á sus padres, otros al cielo que de tanta hermosura la habia dotado: unos se empinaban por verla; otros, habiéndola visto una vez, corrian adelante por verla otra: y el que mas solícito se mostró en esto, y tanto que muchos echaron de ver en ello, fué un hombre vestido en hábito de los que vienen rescatados de cautivos, con una insignia de la Trinidad en el pecho en señal que han sido rescatados por la limosna de sus redentores. Este cautivo pues, al tiempo que ya Isabela tenia un pié dentro de la portería del convento, donde habian salido á recebirla, como es uso, la priora y las monjas con la cruz, á grandes voces dijo: --Detente, Isabela, detente, que miéntras yo fuere vivo no puedes tu ser religiosa. Á estas voces Isabela y sus padres volvieron los ojos, y vieron que hendiendo por toda la gente hácia ellos venia aquel cautivo, que habiéndosele caido un bonete azul redondo que en la cabeza traia, descubrió una confusa madeja de cabellos de oro ensortijados, y un rostro como el carmin y como la nieve, colorado y blanco, señales que luego le hicieron conocer y juzgar por estranjero de todos. En efecto, cayendo y levantando llegó donde Isabela estaba, y asiéndola de la mano, le dijo: --¿Conócesme, Isabela? mira que yo soy Ricaredo, tu esposo. --Sí conozco, dijo Isabela, si ya no eres fantasma que viene á turbar mi reposo. Sus padres le asieron y atentamente le miraron, y en resolucion conocieron ser Ricaredo el cautivo: el cual con lágrimas en los ojos, hincando las rodillas delante de Isabela, le suplicó que no impidiese la estrañeza del traje en que estaba su buen conocimiento, ni estorbase su baja fortuna, que ella no correspondiese á la palabra que entre los dos se habian dado. Isabela, á pesar de la impresion que en su memoria habia hecho la carta de la madre de Ricaredo, dándole nuevas de su muerte, quiso dar mas crédito á sus ojos y á la verdad que presente tenia; y así abrazándose con el cautivo, le dijo: --Vos sin duda, señor mio, sois aquel que solo podrá impedir mi cristiana determinacion: vos, señor, sois sin duda la mitad de mi alma, pues sois mi verdadero esposo: estampado os tengo en mi memoria, y guardado en mi alma: las nuevas que de vuestra muerte me escribió mi señora y vuestra madre, ya que no me quitaron la vida, me hicieron escoger la de la religion, que en este punto queria entrar á vivir en ella; mas pues Dios con tan justo impedimento muestra querer otra cosa, ni podemos ni conviene que por mi parte se impida: venid, señor, á la casa de mis padres, que es vuestra, y allí os entregaré mi posesion por los términos que pido nuestra santa fe católica. Todas estas razones oyeron los circunstantes, y el asistente, y vicario, y provisor del arzobispo, y de oirlas se admiraron y suspendieron, y quisieron que luego se les dijese qué historia era aquella, qué estranjero aquel, y de qué casamiento trataban. Á todo lo cual respondió el padre de Isabela, diciendo que aquella historia pedia otro lugar y algun término para decirse; y así suplicaba á todos aquellos que quisiesen saberla, diesen la vuelta á su casa, pues estaba tan cerca, que allí se la contarian de modo que con la verdad quedasen satisfechos, y con la grandeza y estrañeza de aquel suceso admirados. En esto, uno de los presentes alzó la voz, diciendo: --Señores, este mancebo es un gran cosario inglés, que yo le conozco, y es aquel que habrá poco mas de dos años tomó á los cosarios de Argel la nave de Portugal que venia de las Indias: no hay duda sino que es él, que yo le conozco; porque él me dió libertad y dineros para venir á España, y no solo á mí, sino á otros trescientos cautivos. Con estas razones se alborotó la gente, y se avivó el deseo que todos tenian de saber y ver la claridad de tan intricadas cosas. Finalmente, la gente mas principal con el asistente y aquellos dos señores eclesiásticos volvieron á acompañar á Isabela á su casa, dejando á las monjas tristes, confusas y llorando por lo que perdian en no tener en su compañía á la hermosa Isabela, la cual estando en su casa, en una gran sala della hizo que aquellos señores se sentasen; y aunque Ricaredo quiso tomar la mano en contar su historia, todavía le pareció que era mejor fiarlo de la lengua y discrecion de Isabela, y no de la suya, que no muy espertamente hablaba la lengua castellana. Callaron todos los presentes, y teniendo las almas pendientes de las razones de Isabela, ella así comenzó su cuento: el cual le reduzco yo á que dijo todo aquello que, desde el dia que Clotaldo la robó de Cádiz hasta que entró y volvió á él, le habia sucedido, contando asimismo la batalla que Ricaredo habia tenido con los turcos: la liberalidad que habia usado con los cristianos: la palabra que entrambos á dos se habian dado de ser marido y mujer: la promesa de los dos años: las nuevas que habia tenido de su muerte, tan ciertas á su parecer, que la pusieron en el término que habian visto de ser religiosa: engrandeció la liberalidad de la reina: la cristiandad de Ricaredo y de sus padres; y acabó con decir que dijese Ricaredo lo que le habia sucedido despues que salió de Lóndres hasta el punto presente, donde le veian con hábito de cautivo, y con una señal de haber sido rescatado por limosna. --Así es, dijo Ricaredo, y en breves razones sumaré los inmensos trabajos mios. Despues que me partí de Lóndres por escusar el casamiento que no podia hacer con Clisterna, aquella doncella escocesa católica con quien ha dicho Isabela que mis padres me querian casar, llevando en mi compañía á Guillarte, aquel paje que mi madre escribe que llevó á Lóndres las nuevas de mi muerte, atravesando por Francia llegué á Roma, donde se alegró mi alma y se fortaleció mi fe: besé los piés al Sumo Pontífice, confesé mis pecados con el mayor penitenciero, absolvióme dellos, y dióme los recaudos necesarios que diesen fe de mi confesion y penitencia, y de la reduccion que habia hecho á nuestra universal madre la Iglesia. Hecho esto, visité los lugares tan santos como innumerables que hay en aquella ciudad santa, y de dos mil escudos que tenia en oro, di los mil y seiscientos á un cambio, que me los libró en esta ciudad sobre un tal Roqui, florentin: con los cuatrocientos que me quedaron, con intencion de venir á España me partí para Génova, donde habia tenido nuevas que estaban dos galeras de aquella señoría, de partida para España. Llegué con Guillarte mi criado á un lugar que se llama Aquapendente, que viniendo de Roma á Florencia es el último que tiene el Papa, y en una hostería ó posada donde me apeé, hallé al conde Arnesto, mi mortal enemigo, que con cuatro criados disfrazados, y encubierto, mas por ser curioso que por ser católico, entendí que iba á Roma; creí sin duda que no me habia conocido; encerréme en un aposento con mi criado, y estuve con cuidado y con determinacion de mudarme á otra posada en cerrando la noche: no lo hice ansí, porque el descuido grande que noté que tenian el conde y sus criados, me aseguró que no me habian conocido; cené en mi aposento, cerré la puerta, apercebí mi espada, encomendéme á Dios y no quise acostarme; durmióse mi criado, y yo sobre una silla me quedé medio dormido; mas poco despues de la media noche me despertaron para hacerme dormir el eterno sueño cuatro pistoletes que, como despues supe, dispararon contra mí el conde y sus criados, y dejándome por muerto, teniendo ya á punto los caballos se fueron, diciendo al huésped de la posada que me enterrase, porque era hombre principal. Mi criado, segun dijo despues el huésped, despertó al ruido, y con el miedo se arrojó por una ventana que caia á un patio, y diciendo: ¡desventurado de mí, que han muerto á mi señor! se salió del meson; y debió de ser con tal miedo, que no debió de parar hasta Lóndres, pues él fué el que llevó las nuevas de mi muerte. Subieron los de la hostería, y halláronme atravesado con cuatro balas, y con muchos perdigones; pero todos por partes, que de ninguna fué mortal la herida. Pedí confesion, y todos los sacramentos como católico cristiano; diéronmelos, curáronme, y no estuve para ponerme en camino en dos meses, al cabo de los cuales vine á Génova, donde no hallé otro pasaje, sino en dos falucas que fletamos yo y otros dos principales españoles, la una para que fuese delante descubriendo, y la otra donde nosotros fuésemos. Con esta seguridad nos embarcamos, navegando tierra á tierra con intencion de no engolfarnos; pero llegando á un paraje que llaman las Tres Marías, que es en la costa de Francia, yendo nuestra primera faluca descubriendo, á deshora salieron de una cala dos galeotas turquescas, y tomándonos la una la mar y la otra la tierra, cuando íbamos á embestir en ella nos cortaron el camino, y nos cautivaron: en entrando en la galeota nos desnudaron hasta dejarnos en carnes: despojaron las falucas de cuanto llevaban, y dejáronlas embestir en tierra sin echarlas á fondo, diciendo que aquellas les servirian otra vez de traer otra galima, que con este nombre llaman ellos á los despojos que de los cristianos toman: bien se me podrá creer, si digo que sentí en el alma mi cautiverio, y sobre todo la pérdida de los recaudos de Roma, donde en una caja de lata los traia, con la cédula de los mil y seiscientos ducados; mas la buena suerte quiso que viniese á manos de un cristiano cautivo español, que los guardó; que si viniera á poder de los turcos, por lo ménos habia de dar por mi rescate lo que rezaba la cédula, que ellos averiguarian cuya era. Trujéronnos á Argel, donde hallé que estaban rescatando los padres de la Santísima Trinidad: hablélos, díjeles quién era, y movidos de caridad, aunque yo era estranjero, me rescataron en esta forma: que dieron por mí trescientos ducados, los ciento luego, y los doscientos cuando volviese el bajel de la limosna á rescatar al padre de la redencion, que se quedaba en Argel empeñado en cuatro mil ducados, que habia gastado mas de los que traia; porque á toda esta misericordia y liberalidad se estiende la caridad destos padres, que dan su libertad por la ajena, y se quedan cautivos por rescatar los cautivos. Por añadidura del bien de mi libertad hallé la caja perdida, con los recaudos y la cédula: mostrésela al bendito padre que me habia rescatado, y ofrecíle quinientos ducados mas de los de mi rescate para ayuda de su empeño. Casi un año se tardó en volver la nave de la limosna; y lo que en este año me pasó, á poderlo contar ahora, fuera otra nueva historia: solo diré que fuí conocido de uno de los veinte turcos, que di libertad con los demas cristianos ya referidos, y fué tan agradecido y tan hombre de bien, que no quiso descubrirme; porque á conocerme los turcos por aquel que habia echado á fondo sus dos bajeles, y quitádoles de las manos la gran nave de India, ó me presentaran al Gran Turco, ó me quitaran la vida; y de presentarme al Gran Señor redundara no tener libertad en mi vida. Finalmente, el padre redentor vino á España conmigo, y con otros cincuenta cristianos rescatados. En Valencia hicimos la procesion general, y desde allí cada uno se partió donde mas le plugo, con las insignias de su libertad, que son estos hábitos: hoy llegué á esta ciudad con tanto deseo de ver á Isabela mi esposa, que sin detenerme á otra cosa, pregunté por este monasterio, donde me habian de dar nuevas de mi esposa: lo que en él me ha sucedido ya se ha visto: lo que queda por ver son estos recaudos, para que se pueda tener por verdadera mi historia, que tiene tanto de milagrosa como de verdadera. Y luego en diciendo esto, sacó de una caja de lata los recaudos que decia, y se los puso en las manos del provisor, que los vió junto con el señor asistente, y no halló en ellos cosa que le hiciese dudar de la verdad que Ricaredo habia contado. Y para mas confirmacion della, ordenó el cielo que se hallase presente á todo esto el mercader florentin, sobre quien venia la cédula de los mil y seiscientos ducados, el cual pidió que le mostrasen la cédula, y mostrándosela la reconoció, y la aceptó para luego, porque él muchos meses habia que tenia aviso desta partida: todo esto fué añadir admiracion á admiracion y espanto á espanto. Ricaredo dijo que de nuevo ofrecia los quinientos ducados que habia prometido. Abrazó el asistente á Ricaredo y á los padres de Isabela, y á ella, ofreciéndoseles á todos con corteses razones. Lo mismo hicieron los dos señores eclesiásticos, y rogaron á Isabela que pusiese toda aquella historia por escrito, para que la leyese su señor al arzobispo, y ella lo prometió. El grande silencio que todos los circunstantes habian tenido, escuchando el estraño caso, se rompió en dar alabanzas á Dios por sus grandes maravillas, y dando desde el mayor hasta el mas pequeño el parabien á Isabela, á Ricaredo y á sus padres, los dejaron: y ellos suplicaron al asistente honrase sus bodas, que de allí á ocho dias pensaban hacerlas. Holgó de hacerlo así el asistente, y de allí á ocho dias, acompañado de los mas principales de la ciudad, se halló en ellas. Por estos rodeos y por estas circunstancias, los padres de Isabela cobraron su hija y restauraron su hacienda, y ella favorecida del cielo y ayudada de sus muchas virtudes, á despecho de tantos inconvenientes halló marido tan principal como Ricaredo, en cuya compañía se piensa que aun hoy vive en las casas que alquilaron frontero de Santa Paula, que despues las compraron de los herederos de un hidalgo burgales, que se llamaba Hernando de Cifuentes. Esta novela nos podria enseñar cuánto puede la virtud y cuánto la hermosura, pues son bastante juntas y cada una de por sí á enamorar aun hasta los mismos enemigos, y de cómo sabe el cielo sacar de las mayores adversidades nuestras, nuestros mayores provechos. EL LICENCIADO VIDRIERA. Paseándose dos caballeros estudiantes por las riberas del Tórmes, hallaron en ellas debajo de un árbol durmiendo á un muchacho de hasta edad de once años, vestido como labrador: mandaron á un criado que le despertase: despertó, y preguntáronle de adónde era y qué hacia durmiendo en aquella soledad; á lo cual el muchacho respondió, que el nombre de su tierra se le habia olvidado, y que iba á la ciudad de Salamanca á buscar un amo á quien servir, por solo que le diese estudio. Preguntáronle si sabia leer; respondió que sí, y escribir tambien. --Desa manera, dijo uno de los caballeros, no es por falta de memoria habérsete olvidado el nombre de tu patria. --Sea por lo que fuere, respondió el muchacho, que ni el della, ni el de mis padres sabrá ninguno hasta que yo pueda honrarlos á ellos y á ella. --Pues ¿de qué suerte los piensas honrar? preguntó el caballero. --Con mis estudios, respondió el muchacho, siendo famoso por ellos; porque yo he oido decir que de los hombres se hacen los obispos. Esta respuesta movió á los dos caballeros á que le recebiesen y llevasen consigo, como lo hicieron; dándole estudio de la manera que se usa dar en aquella universidad á los criados que sirven. Dijo el muchacho que se llamaba Tomas Rodaja, de donde infirieron sus amos por el nombre y por el vestido, que debia de ser hijo de algun labrador pobre. Á pocos dias le vistieron de negro, y á pocas semanas dió Tomas muestras de tener raro ingenio, sirviendo á sus amos con tanta fidelidad, puntualidad y diligencia, que con no faltar un punto á sus estudios, parecia que solo se ocupaba en servirlos; y como el buen servir del siervo mueve la voluntad del señor á tratarle bien, ya Tomas no era criado de sus amos, sino su compañero. Finalmente, en ocho años que estuvo con ellos se hizo tan famoso en la universidad por su buen ingenio y notable habilidad, que de todo género de gentes era estimado y querido. Su principal estudio fué de leyes; pero en lo que mas se mostraba era en letras humanas: y tenia tan felice memoria, que era cosa de espanto, é ilustrábala tanto con su buen entendimiento, que no era ménos famoso por él que por ella. Sucedió que se llegó el tiempo que sus amos acabaron sus estudios, y se fueron á su lugar, que era una de las mejores ciudades de Andalucía: lleváronse consigo á Tomas, y estuvo con ellos algunos dias; pero como le fatigasen los deseos de volver á sus estudios y á Salamanca (que enhechiza la voluntad de volver á ella á todos los que de la apacibilidad de su vivienda han gustado), pidió á sus amos licencia para volverse. Ellos corteses y liberales se la dieron, acomodándole de suerte que con lo que le dieron se pudiera sustentar tres años. Despidióse dellos, mostrando en sus palabras su agradecimiento, y salió de Málaga (que esta era la patria de sus señores), y al bajar de la cuesta de la Zambra, camino de Antequera, se topó con un gentil hombre, á caballo, vestido bizarramente de camino, con dos criados tambien á caballo. Juntóse con él, y supo como llevaba su mismo viaje: hicieron camarada, departieron de diversas cosas, y á pocos lances dió Tomas muestras de su raro ingenio, y el caballero las dió de su bizarría y cortesano trato; y dijo que era capitan de infantería por su Majestad, y que su alférez estaba haciendo la compañía en tierra de Salamanca: alabó la vida de la soldadesca, pintóle muy al vivo la belleza de la ciudad de Nápoles, las holguras de Palermo, la abundancia de Milan, los festines de Lombardía, las espléndidas comidas de las hosterías: dibujóle dulce y puntualmente el aconcha patron, pasa acá manigoldo, venga la macarela, li polastri, é li macarroni: puso las alabanzas en el cielo de la vida libre del soldado, y de la libertad de Italia; pero no le dijo nada del frio de las centinelas, del peligro de los asaltos, del espanto de las batallas, de la hambre de los cercos, de la ruina de las minas, con otras cosas deste jaez, que algunos las toman y tienen por añadiduras del peso de la soldadesca, y son la carga principal della. En resolucion tantas cosas le dijo, y tan bien dichas, que la discrecion de nuestro Tomas Rodaja comenzó á titubear, y la voluntad á aficionarse á aquella vida que tan cerca tiene la muerte. El capitan, que D. Diego de Valdivia se llamaba, contentísimo de la buena presencia, ingenio y desenvoltura de Tomas, le rogó que se fuese con él á Italia, siquiera por curiosidad de verla, que él le ofrecia su mesa, y aun si fuese necesario su bandera, porque su alférez la habia de dejar presto. Poco fué menester para que Tomas aceptase el envite, haciendo consigo en un instante un breve discurso, de que seria bueno ver á Italia y Flándes, y otras diversas tierras y países, pues las luengas peregrinaciones hacen á los hombres discretos, y que en esto á lo mas largo podia gastar tres ó cuatro años, que añadidos á los pocos que él tenia, no serian tantos que impidiesen volver á sus estudios: y como si todo hubiera de suceder á la medida de su gusto, dijo al capitan que era contento de irse con él á Italia; pero habia de ser con condicion que no se habia de sentar debajo de bandera, ni poner en lista de soldado, por no obligarse á seguir su bandera. Y aunque el capitan le dijo que no importaba ponerse en lista, que ansí gozaria de los socorros y pagas que á la compañía se diesen, porque él le daria licencia todas las veces que se la pidiese. --Eso seria, dijo Tomas, ir contra mi conciencia y contra la del señor capitan, y así mas quiero ir suelto que obligado. --Conciencia tan escrupulosa, dijo D. Diego, mas es de religioso que de soldado; pero como quiera que sea, ya somos camaradas. Llegaron aquella noche á Antequera, y en pocos dias y grandes jornadas se pusieron donde estaba la compañía, ya acabada de hacer, y que comenzaba á marchar la vuelta de Cartagena, alojándose ella y otras cuatro por los lugares que les venian á mano. Allí notó Tomas la autoridad de los comisarios, la comodidad de algunos capitanes, la solicitud de los aposentadores, la industria y cuenta de los pagadores, las quejas de los pueblos, el rescatar de las boletas, las insolencias de los bisoños, las pendencias de los huéspedes, el pedir bagajes mas de los necesarios, y finalmente la necesidad casi precisa de hacer todo aquello que notaba y mal le parecia. Habíase vestido Tomas de papagayo, renunciando los hábitos de estudiante, y púsose á lo de Dios es Cristo, como se suele decir. Los muchos libros que tenia los redujo á unas Horas de Nuestra Señora, y un Garcilaso sin comento, que en las dos faldriqueras llevaba. Llegaron mas presto de lo que quisieran á Cartagena, porque la vida de los alojamientos es ancha y varia, y cada dia se topan cosas nuevas y gustosas. Allí se embarcaron en cuatro galeras de Nápoles, y allí notó tambien Tomas Rodaja la estraña vida de aquellas marítimas casas, adonde lo mas del tiempo maltratan las chinches, roban los forzados, enfadan los marineros, destruyen los ratones y fatigan las maretas. Pusiéronle temor las grandes borrascas y tormentas, especialmente en el golfo de Leon, que tuvieron dos: que la una los echó en Córcega, y la otra los volvió á Tolon, en Francia. En fin, trasnochados, mojados y con ojeras llegaron á la hermosa y bellísima ciudad de Génova, y desembarcándose en su recogido mandrache, despues de haber visitado una iglesia, dió el capitan con todos sus camaradas en una hostería, donde pusieron en olvido todas las borrascas pasadas, con el presente gaudeamus. Allí conocieron la suavidad del treviano, el valor del monte frascon, la ninerca del Asperino, la generosidad de los dos griegos Candía y Soma, la grandeza del de las cinco viñas, la dulzura y apacibilidad de la señora Garnacha, la rusticidad de la chéntola, sin que entre todos estos señores osase parecer la bajeza del romanesco. Y habiendo hecho el huésped la reseña de tantos y tan diferentes vinos, se ofreció de hacer parecer allí, sin usar de tropelía ni como pintados en mapa, sino real y verdaderamente, á Madrigal, Coca, Alaejos, y á la imperial mas que real ciudad, recámara del dios de la risa: ofreció á Esquivias, á Alanis, á Cazalla, Guadalcanal y la Membrilla, sin que se olvidase de Ribadavia y de Descargamaria. Finalmente, mas vinos nombró el huésped, y mas les dió que pudo tener en sus bodegas el mismo Baco. Admiráronle tambien al buen Tomas los rubios cabellos de las genovesas, y la gentileza y gallarda disposicion de los hombres, la admirable belleza de la ciudad, que en aquellas peñas parece que tiene las casas engastadas como diamantes en oro. Otro dia se desembarcaron todas las compañías que habian de ir al Piamonte; pero no quiso Tomas hacer este viaje, sino irse desde allí por tierra á Roma y á Nápoles, como lo hizo, quedando de volver por la gran Venecia, y por Loreto á Milan y al Piamonte, donde dijo D. Diego de Valdivia que le hallaria, si ya no los hubiesen llevado á Flándes, segun se decia. Despidióse Tomas del capitan de allí á dos dias, y en cinco llegó á Florencia, habiendo visto primero á Luca, ciudad pequeña, pero muy bien hecha, y en la que mejor que en otras partes de Italia son bien vistos y agasajados los españoles. Contentóle Florencia en estremo, así por su agradable asiento como por su limpieza, suntuosos edificios, fresco rio y apacibles calles: estuvo en ella cuatro dias, y luego se partió á Roma, reina de las ciudades y señora del mundo. Visitó sus templos, adoró sus reliquias y admiró su grandeza; y así como por las uñas del leon se viene en conocimiento de su grandeza y ferocidad, así él sacó la de Roma por sus despedazados mármoles, medias y enteras estatuas, por sus rotos arcos y derribadas termas, por sus magníficos pórticos y anfiteatros grandes, por su famoso y santo rio, que siempre llena sus márgenes de agua, y las beatifica con las infinitas reliquias de cuerpos de mártires que en ellas tuvieron sepultura: por sus puentes, que parece que se están mirando unas á otras, y por sus calles que con solo el nombre cobran autoridad sobre todas las de las otras ciudades del mundo: la via Apia, la Flaminia, la Julia, con otras de este jaez. Pues no le admiraba ménos la division de sus montes dentro de sí misma: el Celio, el Quirinal y el Vaticano, con los otros cuatro, cuyos nombres manifiestan la grandeza y majestad romana. Notó tambien la autoridad del colegio de los cardenales, la majestad del Sumo Pontífice, el concurso y variedad de gentes y naciones. Todo lo miró, y notó, y puso en su punto. Y habiendo andado la estacion de las siete iglesias, y confesádose con un penitenciero y besado el pié á su Santidad, lleno de -agnusdei- y cuentas determinó irse á Nápoles, y por ser tiempo de mutacion, malo y dañoso para todos los que en él entran ó salen de Roma como hayan caminado por tierra, se fué por mar á Nápoles, donde á la admiracion que traia de haber visto á Roma, añadió la que le causó ver á Nápoles, ciudad á su parecer y al de todos cuantos la han visto, la mejor de Europa, y aun de todo el mundo. Desde allí se fué á Sicilia, y vió á Palermo, y despues á Mesina: de Palermo le pareció bien el asiento y belleza, y de Mesina el puerto, y de toda la isla la abundancia, por quien propiamente y con verdad es llamada granero de Italia. Volvióse á Nápoles y á Roma, y de allí fué á Nuestra Señora de Loreto, en cuyo santo templo no vió paredes ni murallas, porque todas estaban cubiertas de muletas, de mortajas, de cadenas, de grillos, de esposas, de cabelleras, de medios bultos de cera, y de pinturas y retratos que daban manifiesto indicio de las innumerables mercedes que muchos habian recebido de la mano de Dios por intercesion de su divina Madre, que aquella sacrosanta imágen suya quiso engrandecer y autorizar con muchedumbre de milagros, en recompensa de la devocion que le tienen aquellos que con semejantes doseles tienen adornados los muros de su casa. Vió el mismo aposento y estancia donde se relató la mas alta embajada y de mas importancia, que vieron y no entendieron todos los cielos, y todos los ángeles y todos los moradores de las moradas sempiternas. Desde allí, embarcándose en Ancona, fué á Venecia, ciudad, que á no haber nacido Colon en el mundo, no tuviera en él semejante; merced al cielo y al gran Hernando Cortés, que conquistó la gran Méjico para que la gran Venecia tuviese en alguna manera quien se le opusiese. Estas dos famosas ciudades se parecen en las calles, que son todas de agua: la de Europa admiracion del mundo antiguo, la de América espanto del mundo nuevo. Parecióle que su riqueza era infinita, su gobierno prudente, su sitio inespugnable, su abundancia mucha, sus contornos alegres, y finalmente toda ella en sí y en sus partes digna de la fama que de su valor por todas las partes del orbe se estiende, dando causa de acreditar mas esta verdad la máquina de su famoso arsenal, que es el lugar donde se fabrican las galeras, con otros bajeles que no tienen número. Por poco fueran los de Calipso los regalos y pasatiempos que halló nuestro curioso viajero en Venecia, pues casi le hacian olvidar de su primer intento. Pero habiendo estado un mes en ella, por Ferrara, Parma y Plasencia volvió á Milan, oficina de Vulcano, ojeriza del reino de Francia, ciudad en fin de quien se dice, que puede decir y hacer, haciéndola magnífica la grandeza suya y de su templo, y su maravillosa abundancia de todas las cosas á la vida humana necesarias. Desde allí se fué á Aste, y llegó á tiempo que otro dia marchaba el tercio á Flándes. Fué muy bien recebido de su amigo el capitan, y en su compañía y camarada pasó á Flándes, y llegó á Ambéres, ciudad no ménos para maravillar que las que habia visto en Italia. Vió á Gante y á Bruselas, y vió que todo el país se disponia á tomar las armas para salir en campaña el verano siguiente. Y habiendo cumplido con el deseo que le movió á ver lo que habia visto, determinó volverse á España y á Salamanca á acabar sus estudios; y como lo pensó lo puso luego por obra, con pesar grandísimo de su camarada, que le rogó al tiempo de despedirse le avisase de su salud, llegada y suceso. Prometióselo ansí como lo pedia, y por Francia volvió á España sin haber visto á Paris, por estar puesta en armas. En fin llegó á Salamanca, donde fué bien recebido de sus amigos, y con la comodidad que ellos le hicieron, prosiguió sus estudios hasta graduarse de licenciado en leyes. Sucedió que en este tiempo llegó á aquella ciudad una dama de todo rumbo y manejo. Acudieron luego á la añagaza y reclamo todos los pájaros del lugar, sin quedar -vademecum- que no la visitase. Dijéronle á Tomas que aquella dama decia que habia estado en Italia y en Flándes, y por ver si la conocia fué á visitarla, de cuya visita y vista quedó ella enamorada de Tomas; y él sin echar de ver en ello, si no era por fuerza y llevado de otros no queria entrar en su casa. Finalmente, ella le descubrió su voluntad y le ofreció su hacienda. Pero como él atendia mas á sus libros que á otros pasatiempos, en ninguna manera respondia al gusto de la señora, la cual, viéndose desdeñada y á su parecer aborrecida, y que por medios ordinarios y comunes no podia conquistar la roca de la voluntad de Tomas, acordó de buscar otros modos á su parecer mas eficaces, y bastantes para salir con el cumplimiento de sus deseos. Y así, aconsejada de una morisca, en un membrillo toledano dió á Tomas unos destos que llaman hechizos, creyendo que le daba cosa que le forzase la voluntad á quererla, como si hubiese en el mundo yerbas, encantos ni palabras suficientes á forzar el libre albedrío; y así, las que dan estas bebidas ó comidas amatorias se llaman benéficas, porque no es otra cosa lo que hacen sino dar veneno á quien las toma, como lo tiene mostrado la esperiencia en muchas y diversas ocasiones. Comió en tan mal punto Tomas el membrillo, que al momento comenzó á herir de pié y de mano como si tuviera alferecía, y sin volver en sí estuvo muchas horas, al cabo de las cuales volvió como atontado, y dijo con lengua turbada y tartamuda, que un membrillo que habia comido le habia muerto, y declaró quién se lo habia dado. La justicia, que tuvo noticia del caso, fué á buscar la malhechora; pero ya ella, viendo el mal suceso, se habia puesto en cobro, y no pareció jamas. Seis meses estuvo en la cama Tomas, en los cuales se secó y se puso, como suele decirse, en los huesos, y mostraba tener turbados todos los sentidos; y aunque le hicieron los remedios posibles, solo le sanaron la enfermedad del cuerpo, pero no la del entendimiento, porque quedó sano, y loco de la mas estraña locura que entre las locuras hasta entónces se habia visto. Imaginóse el desdichado que era todo hecho de vidrio, y con esta imaginacion, cuando alguno se llegaba á él, daba terribles voces, pidiendo y suplicando con palabras y razones concertadas que no se le acercasen porque le quebrarian, que real y verdaderamente él no era como los otros hombres, que todo era de vidrio de piés á cabeza. Para sacarle desta estraña imaginacion, muchos, sin atender á sus voces y rogativas, arremetieron á él y le abrazaron, diciéndole que advirtiese y mirase cómo no se quebraba. Pero lo que se granjeaba en esto era que el pobre se echaba en el suelo, dando mil gritos y luego le tomaba un desmayo, del cual no volvia en sí en cuatro horas, y cuando volvia era renovando las plegarias y rogativas de que otra vez no llegasen. Decia que le hablasen desde léjos y le preguntasen lo que quisiesen, porque á todo les responderia con mas entendimiento, por ser hombre de vidrio y no de carne; que el vidrio por ser de materia sutil y delicada, obra por ella el alma con mas prontitud y eficacia, que no por la del cuerpo, pesada y terrestre. Quisieron algunos esperimentar si era verdad lo que decia, y así le preguntaron muchas y difíciles cosas, á las cuales respondió espontáneamente con grandísima agudeza de ingenio, cosa que causó admiracion á los mas letrados de la universidad y á los profesores de la medicina y filosofía, viendo que en un sugeto donde se contenia tan estraordinaria locura como el pensar que fuese de vidrio, se encerrase tan grande entendimiento, que respondiese á toda pregunta con propiedad y agudeza. Pidió Tomas le diesen alguna funda donde pusiese aquel vaso quebradizo de su cuerpo, porque al vestirse algun vestido estrecho no se quebrase; y así le dieron una ropa parda y una camisa muy ancha, que él se vistió con mucho tiento y se ciñó con una cuerda de algodon: no quiso zapatos en ninguna manera, y el órden que tuvo para que le diesen de comer sin que á él llegasen, fué poner en la punta de una vara una vasera de orinal, en la cual le ponian alguna cosa de fruta de las que la sazon del tiempo les ofrecia: carne ni pescado no lo queria; no bebia sino en fuente ó en rio, y esto con las manos: cuando andaba por las calles, iba por la mitad dellas, mirando á los tejados, temeroso no le cayese alguna teja encima y le quebrase: los veranos dormia en el campo á cielo abierto, y los inviernos se metia en algun meson, y en el pajar se enterraba hasta la garganta, diciendo que aquella era la mas propia y mas segura cama que podian tener los hombres de vidrio: cuando tronaba, temblaba como un azogado, y se salia al campo y no entraba en poblado hasta haber pasado la tempestad; tuviéronle encerrado sus amigos mucho tiempo, pero viendo que su desgracia pasaba adelante, determinaron de condescender con lo que él les pedia, que era le dejasen andar libre, y así le dejaron, y él salió por la ciudad causando admiracion y lástima á todos los que le conocian. Cercáronle luego los muchachos; pero él con la vara los detenia y les rogaba le hablasen apartados, porque no se quebrase, que por ser hombre de vidrio era muy tierno y quebradizo. Los muchachos, que son la mas traviesa generacion del mundo, á despecho de sus ruegos y voces le comenzaron á tirar trapos y aun piedras, por ver si era de vidrio como él decia; pero él daba tantas voces y hacia tales estremos, que movia á los hombres á que riñesen y castigasen á los muchachos porque no le tirasen. Mas un dia, que le fatigaron mucho, se volvió á ellos diciendo: --¿Qué me quereis, muchachos, porfiados como moscas, sucios como chinches, atrevidos como pulgas? ¿Soy yo por ventura el monte Testacho de Roma para que me tireis tantos tiestos y tejas? Por oirle reñir y responder á todos, le seguian siempre muchos, y los muchachos tomaron y tuvieron por mejor partido ántes oille que tiralle. Pasando pues una vez por la ropería de Salamanca, le dijo una ropera: --En mi ánima, señor Licenciado, que me pesa de su desgracia; pero ¿qué haré que no puedo llorar? Él se volvió á ella, y muy mesurado le dijo: ---Filiæ Hierusalem, plorate super vos, et super filios vestros-. Entendió el marido de la ropera la malicia del dicho, y díjole: --Hermano licenciado Vidriera (que así decia él que se llamaba), mas teneis de bellaco que de loco. --No se me da un ardite, respondió él, como no tenga nada de necio. Pasando un dia por la casa llana y venta comun[1], vió que estaban á la puerta della muchas de sus moradoras, y dijo que eran bagajes del ejército de Satanas, que estaban alojados en el meson del infierno. Preguntóle uno, que qué consejo ó consuelo daria á un amigo suyo que estaba muy triste porque su mujer se le habia ido con otro. Á lo cual respondió: --Díle que dé gracias á Dios por haber permitido le llevasen de casa á su enemigo. --Luego ¿no irá á buscarla? dijo el otro. --Ni por pienso, replicó Vidriera, porque seria el hallarla hallar un perpetuo y verdadero testigo de su deshonra. --Ya que eso sea así, dijo el mismo, ¿qué haré yo para tener paz con mi mujer? Respondióle: --Dále lo que hubiere menester; déjala que mande á todos los de tu casa, pero no sufras que ella te mande á tí. Díjole un muchacho: --Señor licenciado Vidriera, yo me quiero desgarrar de mi padre, porque me azota muchas veces. Y respondióle: --Advierte, niño, que los azotes que los padres dan á los hijos honran, y los del verdugo afrentan. Estando á la puerta de una iglesia, vió que entraba un labrador de los que siempre blasonan de cristianos viejos, y detras venia uno que no estaba en tan buena opinion como el primero, y el Licenciado dió grandes voces al labrador, diciendo: --Esperad, Domingo, á que pase el sábado. De los maestros de escuela decia que eran dichosos, pues trataban siempre con ángeles dichosísimos, si los angelitos no fueran mocosos. Otro le preguntó, que qué le parecia de las alcahuetas. Respondió que no lo eran las apartadas, sino las vecinas. Las nuevas de su locura y de sus respuestas y dichos, se estendieron por toda Castilla, y llegando á noticia de un príncipe ó señor que estaba en la corte, quiso enviar por él, y encargóselo á un caballero amigo suyo que estaba en Salamanca, que se lo enviase, y topándole el caballero un dia, le dijo: --Sepa el señor licenciado Vidriera, que un gran personaje de la corte le quiere ver y envía por él. : , 1 , 2 , . 3 , 4 , 5 , 6 , , 7 , , 8 . 9 10 , 11 , , 12 , 13 14 , 15 , 16 ; 17 : 18 , 19 , 20 . 21 22 , 23 , 24 , , 25 : . 26 , , 27 . 28 , , 29 . 30 31 , 32 , , 33 34 . , 35 , 36 ; 37 . , 38 , 39 , 40 . 41 42 , 43 , 44 , 45 , , 46 . 47 48 , 49 : 50 . , , 51 , 52 , , , 53 . , 54 , 55 . 56 , . 57 , , 58 , 59 , , 60 . 61 62 - - , , , , 63 : 64 , 65 , ; 66 . 67 68 , 69 , 70 . , 71 , , , : 72 73 , , 74 , 75 ; 76 , . 77 78 , 79 , 80 , 81 , , 82 83 : , 84 . 85 , 86 , , 87 , , 88 . 89 90 , 91 ; 92 , 93 , : 94 95 - - , , 96 , 97 , 98 ; 99 , 100 : , , , 101 102 ; 103 , , 104 , , , 105 . 106 107 , 108 : 109 110 - - , 111 , 112 , , 113 ; , ( ¡ 114 , ! ) , , 115 . 116 117 , 118 . 119 , 120 , . 121 , 122 . 123 124 125 : 126 , 127 , , 128 , 129 , , 130 , 131 , , 132 , , . 133 134 , 135 ; 136 , . 137 , 138 , 139 , 140 . , 141 , , 142 ; 143 , 144 . 145 146 , 147 , 148 : 149 . , 150 , 151 ; 152 . , 153 , 154 , . 155 , : 156 157 , , 158 ; 159 . 160 161 , 162 , . 163 , , 164 , , 165 166 . , 167 , 168 , , 169 : , 170 , 171 , , 172 , 173 , 174 , . 175 , 176 ; , 177 , 178 179 , , 180 , 181 , 182 . , , 183 , , . 184 , 185 , . 186 187 , 188 . , 189 , 190 . , 191 : 192 , , , 193 , 194 . , 195 , 196 , 197 , 198 , , 199 , , 200 . 201 , 202 . 203 , 204 , , 205 , 206 ; , 207 . 208 209 , 210 , 211 , 212 , , 213 , . 214 , 215 ( 216 217 ) , . 218 219 220 . , 221 , 222 , 223 . 224 , , 225 : , 226 , ; 227 . 228 , 229 , 230 ; , 231 , 232 , 233 234 , . 235 236 ; 237 238 , , , 239 , 240 , 241 . , 242 , , 243 , 244 , , , 245 . 246 247 , 248 : 249 , , . 250 ; , 251 , 252 253 , , 254 , 255 . 256 . 257 258 , 259 ; 260 , 261 , , 262 . 263 : 264 . 265 266 , : , 267 , 268 , , , 269 : , 270 , : 271 , , . 272 , 273 , 274 : , 275 . , 276 , 277 , 278 , ; 279 , , 280 . 281 282 , 283 , 284 ; 285 , , 286 ; 287 , , 288 , 289 , : 290 ; , : 291 292 « : : 293 , 294 ; 295 , 296 , 297 298 . , , , 299 : , 300 . 301 , , 302 , 303 : 304 , 305 . » 306 307 308 : , 309 , 310 , 311 , 312 : , , 313 314 . 315 316 , , 317 , 318 , 319 , 320 , , 321 . 322 , 323 ; , , 324 , 325 , , 326 327 , 328 , 329 . , 330 , 331 , , 332 , . 333 334 , , 335 , 336 , , 337 ; 338 , , 339 340 . , , 341 , 342 : 343 , : 344 345 , 346 , 347 ; 348 , 349 : 350 , , . 351 , 352 , , 353 : 354 , , 355 : 356 , : 357 ; , , 358 : , 359 , 360 , 361 362 . , 363 , , 364 , , : 365 366 - - , , , 367 . 368 369 , 370 , 371 , 372 , 373 , , 374 . , 375 , 376 , : 377 378 - - ¿ , ? 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