--Tambien topé, dijo el viejo, en una casa de posadas en la calle de
Tintores, al judío en hábito de clérigo, que se ha ido á posar allí,
por tener noticia que dos peruleros viven en la misma casa, y querria
ver si pudiese trabar juego con ellos, aunque fuese de poca cantidad,
que de allí podria venir á mucha: dice tambien que el domingo no
faltará de la junta y dará cuenta de su persona.
--Ese judío tambien, dijo Monipodio, es gran sacre, y tiene gran
conocimiento; dias ha que no le he visto, y no lo hace bien; pues á fe
que si no se enmienda, que yo le deshaga la corona, que no tiene mas
órdenes el ladron, que las que tiene el turco, ni sabe mas latin que mi
madre: ¿hay mas de nuevo?
--No, dijo el viejo, á lo ménos que yo sepa.
--Pues sea en buen hora, dijo Monipodio; voacedes tomen esta miseria,
y repartió entre todos hasta cuarenta reales, y el domingo no falte
nadie, que no faltará nada de lo corrido.
Todos le volvieron las gracias: tornáronse á abrazar Repolido y
la Cariharta: la Escalanta con Maniferro, y la Gananciosa con
Chiquiznaque, concertando que aquella noche despues de haber alzado de
obra en la casa, se viesen en la de la Pipota, donde tambien dijo que
iria Monipodio al registro de la canasta de colar, y que luego habia de
ir á cumplir y borrar la partida de la miera: abrazó á Rinconete y á
Cortadillo, y echándoles su bendicion los despidió, encargándoles que
no tuviesen jamas posada cierta, ni de asiento, porque así convenia á
la salud de todos. Acompañólos Ganchoso hasta enseñarles sus puestos,
acordándoles que no faltasen el domingo, porque á lo que creia y
pensaba, Monipodio habia de leer una licion de oposicion acerca de
las cosas concernientes á su arte. Con esto se fué, dejando á los dos
compañeros admirados de lo que habian visto.
Era Rinconete, aunque muchacho, de muy buen entendimiento, y tenia
un buen natural, y como habia andado con su padre en el ejercicio de
las bulas, sabia algo de buen lenguaje, y dábale gran risa pensar en
los vocablos que habia oido á Monipodio y á los demas de su compañía
y bendita comunidad; y mas cuando por decir -per modum suffragii-,
habia dicho por modo de naufragio; y que sacaban el estupendo, por
decir estipendio, de lo que se garbeaba; y cuando la Cariharta dijo
que era Repolido como un marinero de Tarpeya y un tigre de Ocaña, por
decir Hircania, con otras mil impertinencias: especialmente le cayó en
gracia cuando dijo que el trabajo que habia pasado en ganar los veinte
y cuatro reales, lo recebiese el cielo en descuento de sus pecados; y
sobre todo le admiraba la seguridad que tenian y la confianza de irse
al cielo con no faltar á sus devociones, estando tan llenos de hurtos,
y de homicidios y ofensas de Dios: y reíase de la otra buena vieja
de la Pipota, que dejaba la canasta de colar hurtada, guardada en su
casa, y se iba á poner las candelillas de cera á las imágenes, y con
ello pensaba irse al cielo calzada y vestida: no ménos le suspendia
la obediencia y respeto que todos tenian á Monipodio, siendo un
hombre bárbaro, rústico y desalmado: consideraba lo que habia leido
en su libro de memoria, y los ejercicios en que todos se ocupaban:
finalmente, exageraba cuán descuidada justicia habia en aquella tan
famosa ciudad de Sevilla, pues casi al descubierto vivia en ella gente
tan perniciosa y tan contraria á la misma naturaleza; y propuso en sí
de aconsejar á su compañero no durase mucho en aquella vida tan perdida
y tan mala, tan inquieta y tan libre y disoluta; pero con todo esto,
llevado de sus pocos años y de su poca esperiencia, pasó con ella
adelante algunos meses, en los cuales le sucedieron cosas que piden
mas larga escritura, y así se deja para otra ocasion contar su vida y
milagros, con los de su maestro Monipodio, y otros sucesos de aquellos
de la infame academia, que todos serán de grande consideracion, y que
podrán servir de ejemplo y aviso á los que los leyeren.
LA ESPAÑOLA INGLESA.
Entre los despojos que los ingleses llevaron de la ciudad de Cádiz,
Clotaldo, un caballero inglés, capitan de una escuadra de navíos,
llevó á Lóndres una niña de edad de siete años, poco mas ó ménos, y
esto contra la voluntad y sabiduría del conde de Essex, que con gran
diligencia hizo buscar la niña para volvérsela á sus padres, que
ante él se quejaron de la falta de su hija, pidiéndole que pues se
contentaba con las haciendas y dejaba libres las personas, no fuesen
ellos tan desdichados, que ya que quedaban pobres quedasen sin su hija,
que era la lumbre de sus ojos, y la mas hermosa criatura que habia en
toda la ciudad.
Mandó el conde echar bando por toda su armada, que so pena de la
vida volviese la niña, cualquiera que la tuviese; mas ningunas penas
ni temores fueron bastantes á que Clotaldo la obedeciese, que la
tenia escondida en su nave, aficionado, aunque cristianamente, á
la incomparable hermosura de Isabela, que así se llamaba la niña.
Finalmente, sus padres se quedaron sin ella, tristes y desconsolados,
y Clotaldo alegre sobre modo llegó á Lóndres, y entregó por riquísimo
despojo á su mujer á la hermosa niña.
Quiso la buena suerte que todos los de la casa de Clotaldo eran
católicos secretos, aunque en lo público mostraban seguir la opinion
de su reina. Tenia Clotaldo un hijo llamado Ricaredo, de edad de
doce años, enseñado de sus padres á amar y temer á Dios, y á estar
muy entero en las verdades de la fe católica. Catalina, la mujer
de Clotaldo, noble, cristiana y prudente señora, tomó tanto amor á
Isabela, que como si fuera su hija la criaba, regalaba é industriaba;
y la niña era de tan buen natural, que con facilidad aprendia todo
cuanto le enseñaban: con el tiempo y con los regalos fué olvidando
los que sus padres verdaderos le habian hecho; pero no tanto que
dejase de acordarse y de suspirar por ellos muchas veces; y aunque iba
aprendiendo la lengua inglesa, no perdia la española, porque Clotaldo
tenia cuidado de traerle á casa secretamente españoles que hablasen con
ella; desta manera, sin olvidar la suya, como está dicho, hablaba la
lengua inglesa como si hubiera nacido en Lóndres.
Despues de haberle enseñado todas las cosas de labor, que puede y debe
saber una doncella bien nacida, la enseñaron á leer y escribir mas
que medianamente; pero en lo que tuvo estremo fué en tañer todos los
instrumentos que á una mujer son lícitos, y esto con toda perfeccion de
música, acompañándola con una voz que le dió el cielo tan estremada,
que encantaba cuando cantaba.
Todas estas gracias, adquiridas y puestas sobre la natural suya, poco
á poco fueron encendiendo el pecho de Ricaredo, á quien ella como á
hijo de su señor queria y servia: al principio le salteó amor con un
modo de agradarse y complacerse de ver la singular belleza de Isabela,
y de considerar sus infinitas virtudes y gracias, amándola como si
fuera su hermana, sin que sus deseos saliesen de los términos honrados
y virtuosos. Pero como fué creciendo Isabela, que ya cuando Ricaredo
ardia, tenia doce años, aquella benevolencia primera, y aquella
complacencia y agrado de mirarla, se volvió en ardentísimos deseos de
gozarla y de poseerla: no porque aspirase á esto por otros medios que
por los de ser su esposo, pues de la incomparable honestidad de Isabela
(que así la llamaban ellos) no se podia esperar otra cosa, ni aun él
quisiera esperarla aunque pudiera; porque la noble condicion suya y
la estimacion en que á Isabela tenia, no consentian que ningun mal
pensamiento echase raíces en su alma.
Mil veces determinó manifestar su voluntad á sus padres, y otras tantas
no aprobó su determinacion, porque él sabia que le tenian dedicado para
ser esposo de una muy rica y principal doncella escocesa, asimismo
secreta cristiana como ellos; y estaba claro, segun él decia, que
no habian de querer dar á una esclava (si este nombre se podia dar
á Isabela) lo que ya tenian concertado de dar á una señora: y así
perplejo y pensativo, sin saber qué camino tomar para venir al fin de
su buen deseo, pasaba una vida tal, que le puso á punto de perderla;
pero pareciéndole ser gran cobardía dejarse morir sin intentar algun
género de remedio á su dolencia, se animó y esforzó á declarar su
intento á Isabela.
Andaban todos los de su casa tristes y alborotados por la enfermedad
de Ricaredo, que de todos era querido, y de sus padres con el estremo
posible, así por no tener otro, como porque lo merecia su mucha
virtud y su gran valor y entendimiento: no le acertaban los médicos
la enfermedad, ni él osaba ni queria descubrírsela. En fin, puesto
en romper por las dificultades que él se imaginaba, un dia que entró
Isabela á servirle, viéndola sola, con desmayada voz y lengua turbada
le dijo:
--Hermosa Isabela, tu valor, tu mucha virtud y grande hermosura me
tienen como me ves; si no quieres que deje la vida en manos de las
mayores penas que pueden imaginarse, responda el tuyo á mi buen deseo,
que no es otro que el de recebirte por mi esposa á hurto de mis padres,
de los cuales temo que, por no conocer lo que yo conozco que mereces,
me han de negar el bien que tanto me importa: si me das la palabra de
ser mia, yo te la doy desde luego como verdadero y católico cristiano
de ser tuyo; que puesto que no llegue á gozarte, como no llegaré hasta
que con bendicion de la Iglesia y de mis padres sea, aquel imaginar
que con seguridad eres mia, será bastante á darme salud y á mantenerme
alegre y contento hasta que llegue el feliz punto que deseo.
En tanto que esto dijo Ricaredo, estuvo escuchándole Isabela los ojos
bajos, mostrando en aquel punto que su honestidad se igualaba á su
hermosura, y á su mucha discrecion su recato; y así viendo que Ricaredo
callaba, honesta, hermosa y discreta le respondió desta suerte:
--Despues que quiso el rigor ó la clemencia del cielo (que no sé á cuál
destos estremos lo atribuya) quitarme á mis padres, señor Ricaredo, y
darme á los vuestros, agradecida á las infinitas mercedes que me han
hecho, determiné que jamas mi voluntad saliese de la suya, y así sin
ella tendria no por buena, sino por mala fortuna la inestimable merced
que quereis hacerme; si con su sabiduría fuere yo tan venturosa que os
merezca, desde aquí os ofrezco la voluntad que ellos me dieren, y en
tanto que esto se dilate, ó no fuere, entretenga vuestros deseos saber
que los mios serán eternos y limpios en desearos el bien que el cielo
puede daros.
Aquí puso silencio Isabela á sus honestas y discretas razones, y allí
comenzó la salud de Ricaredo, y comenzaron á revivir las esperanzas de
sus padres, que en su enfermedad muertas estaban.
Despidiéronse los dos cortésmente: él con lágrimas en los ojos, ella
con admiracion en el alma de ver tan rendida á su amor la de Ricaredo;
el cual levantado del lecho, al parecer de sus padres por milagro, no
quiso tenerles mas tiempo ocultos sus pensamientos; y así un dia se
los manifestó á su madre, diciéndole en el fin de su plática, que fué
larga, que si no le casaban con Isabela, que el negársela y darle la
muerte era todo una misma cosa: con tales encarecimientos subió al
cielo las virtudes de Isabela Ricaredo, que le pareció á su madre que
Isabela era la engañada en llevar á su hijo por esposo. Dió buenas
esperanzas á su hijo de disponer á su padre á que con gusto viniese en
lo que ya ella tambien venia; y así fué, que diciendo á su marido las
mismas razones que á ella habia dicho su hijo, con facilidad le movió á
querer lo que tanto su hijo deseaba, fabricando escusas que impidiesen
el casamiento que casi tenia concertado con la doncella de Escocia.
Á esta sazon tenia Isabela catorce, y Ricaredo veinte años, y en esta
tan verde y tan florida edad su mucha discrecion y conocida prudencia
los hacia ancianos.
Cuatro dias faltaban para llegarse aquel en el cual los padres de
Ricaredo querian que su hijo inclinase el cuello al yugo santo del
matrimonio, teniéndose por prudentes y dichosísimos de haber escogido á
su prisionera por su hija, teniendo en mas la dote de sus virtudes que
la mucha riqueza que con la escocesa se les ofrecia: las galas estaban
ya á punto, los parientes y los amigos convidados, y no faltaba otra
cosa sino hacer á la reina sabedora de aquel concierto, porque sin su
voluntad y consentimiento entre los de ilustre sangre no se efectúa
casamiento alguno; pero no dudaron de la licencia, y así se detuvieron
en pedirla. Digo pues que estando todo en este estado, cuando faltaban
los cuatro dias hasta el de la boda, una tarde turbó todo su regocijo
un ministro de la reina, que dió un recaudo á Clotaldo, que su Majestad
mandaba que otro dia por la mañana llevasen á su presencia á su
prisionera la española de Cádiz. Respondióle Clotaldo que de muy buena
gana haria lo que su Majestad le mandaba. Fuése el ministro, y dejó
llenos los pechos de todos de turbacion, de sobresalto y miedo.
--¡Ay, decia la señora Catalina, si sabe la reina que yo he criado á
esta niña á lo católico, de aquí viene á inferir que todos los desta
casa somos cristianos! pues si la reina le pregunta qué es lo que ha
aprendido en ocho años que ha que es prisionera, ¿qué ha de responder
la cuitada que no nos condene, por mas discrecion que tenga?
Oyendo lo cual Isabela, le dijo:
--No le dé pena alguna, señora mia, ese temor, que yo confío en el
cielo, que me ha de dar palabras en aquel instante por su divina
misericordia, que no solo no os condenen, sino que redunden en provecho
vuestro.
Temblaba Ricaredo, casi como adivino de algun mal suceso. Clotaldo
buscaba modos que pudiesen dar ánimo á su mucho temor, y no los hallaba
sino en la mucha confianza que en Dios tenia y en la prudencia de
Isabela, á quien encomendó mucho que por todas las vias que pudiese
escusase el condenallos por católicos; que puesto que estaban prontos
con el espíritu á recebir martirio, todavía la carne enferma rehusaba
su amarga carrera. Una y muchas veces les aseguró Isabela estuviesen
seguros que por su causa no sucederia lo que temian y sospechaban;
porque aunque ella entónces no sabia lo que habia de responder á las
preguntas que en tal caso le hiciesen, tenia viva y cierta esperanza
que habia de responder de modo que, como otra vez habia dicho, sus
respuestas les sirviesen de abono.
Discurrieron aquella noche en muchas cosas, especialmente en que si
la reina supiera que eran católicos, no les enviaria recaudo tan
manso, por donde se podia inferir que solo queria ver á Isabela, cuya
sin igual hermosura y habilidades habrian llegado á sus oidos como á
todos los de la ciudad; pero ya en no habérsela presentado se hallaban
culpados, de la cual culpa hallaron seria bien disculparse con decir,
que desde el punto que entró en su poder la escogieron y señalaron para
esposa de su hijo Ricaredo; pero tambien en esto se culpaban, por haber
hecho el casamiento sin licencia de la reina, aunque esta culpa no les
pareció digna de gran castigo.
Con esto se consolaron, y acordaron que Isabela no fuese vestida
humildemente como prisionera, sino como esposa, pues ya lo era de tan
principal esposo como su hijo.
Resueltos en esto, otro dia vistieron á Isabela á la española, con una
saya entera de raso verde acuchillada, y forrada en rica tela de oro,
tomadas las cuchilladas con unas eses de perlas, y toda ella bordada de
riquísimas perlas: collar y cintura de diamantes, y con abanico á modo
de las señoras damas españolas: sus mismos cabellos, que eran muchos,
rubios y largos, entretejidos y sembrados de diamantes y perlas,
le servian de tocado. Con este adorno riquísimo, y con su gallarda
disposicion y milagrosa belleza, se mostró aquel dia á Lóndres sobre
una hermosa carroza, llevando colgados de su vista las almas y los ojos
de cuantos la miraban. Iban con ella Clotaldo y su mujer, y Ricaredo
en la carroza, y á caballo muchos ilustres parientes suyos. Toda esta
honra quiso hacer Clotaldo á su prisionera, por obligar á la reina la
tratase como á esposa de su hijo.
Llegados pues á palacio, y á una gran sala donde la reina estaba, entró
por ella Isabela, dando de sí la mas hermosa muestra que pudo caber
en humana imaginacion. Era la sala grande y espaciosa, y á dos pasos
se quedó el acompañamiento, y se adelantó Isabela, y como quedó sola,
pareció lo mismo que parece la estrella ó exhalacion que por la region
del fuego en serena y sosegada noche suele moverse, ó bien ansí como
rayos del sol que al salir el dia, por entre dos montañas se descubre:
todo esto pareció, y aun cometa que pronosticó el incendio de mas de
una alma de los que allí estaban, á quien amor abrasó con los rayos de
los hermosos soles de Isabela. La cual, llena de humildad y cortesía,
se fué á poner de hinojos ante la reina, y en lengua inglesa le dijo:
--Dé vuestra Majestad las manos á esta su sierva, que desde hoy mas se
tendrá por señora, pues ha sido tan venturosa que ha llegado á ver la
grandeza vuestra.
Estúvola la reina mirando por un buen espacio, sin hablarle palabra,
pareciéndole, como despues dijo á su camarera, que tenia delante un
cielo estrellado, cuyas estrellas eran las muchas perlas y diamantes
que Isabela traia, su bello rostro y sus ojos el sol y la luna, y toda
ella una nueva maravilla de hermosura. Las damas que estaban con la
reina quisieran hacerse todas ojos, porque no les quedase cosa por
mirar en Isabela: cuál alababa la viveza de sus ojos, cuál la color del
rostro, cuál la gallardía del cuerpo y cuál la dulzura de la habla, y
tal hubo que de pura invidia, dijo:
--Buena es la española, pero no me contenta el traje.
Despues que pasó algun tanto la suspension de la reina, haciendo
levantar á Isabela, le dijo:
--Habladme en español, doncella, que yo le entiendo bien, y gustaré
dello.
Y volviéndose á Clotaldo, dijo:
--Clotaldo, agravio me habeis hecho en tenerme este tesoro tantos años
ha encubierto; mas él es tal que os habrá movido á codicia: obligado
estais á restituírmele, porque de derecho es mio.
--Señora, respondió Clotaldo, mucha verdad es lo que vuestra Majestad
dice: confieso mi culpa, si lo es haber guardado este tesoro á que
estuviese en la perfeccion que convenia para parecer ante los ojos
de vuestra Majestad; y ahora que lo está, pensaba traerle mejorado,
pidiendo licencia á vuestra Majestad, para que Isabela fuese esposa de
mi hijo Ricaredo, y daros, alta Majestad, en los dos todo cuanto puedo
daros.
--Hasta el nombre me contenta, respondió la reina; no le faltaba mas
sino llamarse Isabela la española, para que no me quedase nada de
perfeccion que desear en ella; pero advertid, Clotaldo, que sé que sin
mi licencia la teníades prometida á vuestro hijo.
--Así es verdad, señora, respondió Clotaldo; pero fué en confianza
que los muchos y relevados servicios que yo y mis pasados tenemos
hechos á esta corona, alcanzarian de vuestra Majestad otras mercedes
mas dificultosas que las desta licencia: cuanto mas que aun no está
desposado mi hijo.
--Ni lo estará, dijo la reina, con Isabela hasta que por sí mismo
lo merezca; quiero decir, que no quiero que para esto le aprovechen
vuestros servicios, ni de sus pasados: él por sí mismo se ha de
disponer á servirme, y á merecer por sí esta prenda, que yo la estimo
como si fuese mi hija.
Apénas oyó esta última palabra Isabela, cuando se volvió á hincar de
rodillas ante la reina, diciéndole en lengua castellana:
--Las desgracias que tales descuentos traen, serenísima señora, ántes
se han de tener por dichas que por desventuras: ya vuestra Majestad me
ha dado nombre de hija: sobre tal prenda ¿qué males podré temer, ó qué
bienes no podré esperar?
Con tanta gracia y donaire decia cuanto decia Isabela, que la reina se
le aficionó en estremo, y mandó que se quedase en su servicio, y se la
entregó á una gran señora, su camarera mayor, para que la enseñase el
modo de vivir suyo.
Ricaredo que se vió quitar la vida en quitarle á Isabela, estuvo á
pique de perder el juicio; y así temblando y con sobresalto se fué á
poner de rodillas ante la reina, á quien dijo:
--Para servir yo á vuestra Majestad no es menester incitarme con otros
premios que con aquellos que mis padres y mis pasados han alcanzado por
haber servido á sus reyes; pero pues vuestra Majestad gusta que yo la
sirva con nuevos deseos y pretensiones, querria saber en qué modo, en
qué ejercicio podré mostrar que cumplo con la obligacion en que vuestra
Majestad me pone.
--Dos navíos, respondió la Reina, están para partirse en corso, de los
cuales he hecho general al baron de Lansac: del uno dellos os hago á
vos capitan; porque la sangre de do venís me asegura que ha de suplir
la falta de vuestros años; y advertid á la merced que os hago, pues
os doy ocasion en ella á que correspondiendo á quien sois, sirviendo
á vuestra reina, mostreis el valor de vuestro ingenio y de vuestra
persona, y alcanceis el mejor premio que á mi parecer vos mismo podeis
acertar á desearos: yo misma os seré guarda de Isabela, aunque ella
da muestras que su honestidad será su mas verdadera guarda: id con
Dios, que pues vais enamorado, como imagino, grandes cosas me prometo
de vuestras hazañas: felice fuera el rey batallador que tuviera en su
ejército diez mil soldados amantes, que esperaran que el premio de sus
victorias habia de ser gozar de sus amadas. Levantáos, Ricaredo, y
mirad si teneis ó quereis decir algo á Isabela, porque mañana ha de ser
vuestra partida.
Besó las manos Ricaredo á la reina, estimando en mucho la merced que le
hacia, y luego se fué á hincar de rodillas ante Isabela, y queriéndola
hablar no pudo, porque se le puso un nudo en la garganta, que le ató la
lengua, y las lágrimas acudieron á los ojos, y él acudió á disimularlas
lo mas que le fué posible; pero con todo eso no se pudieron encubrir á
los ojos de la reina, pues dijo:
--No os afrenteis, Ricaredo, de llorar, ni os tengais en ménos por
haber dado en este trance tan tiernas muestras de vuestro corazon, que
una cosa es pelear con los enemigos, y otra despedirse de quien bien se
quiere: abrazad, Isabela, á Ricaredo, y dadle vuestra bendicion, que
bien lo merece su sentimiento.
Isabela, que estaba suspensa y atónita de ver la humildad y dolor de
Ricaredo, que como á su esposo le amaba, no entendió lo que la reina
le mandaba, ántes comenzó á derramar lágrimas tan sin pensar lo que
hacia, y tan ciega y tan sin movimiento alguno, que no parecia sino
que lloraba una estatua de alabastro. Estos afectos de los dos amantes,
tan tiernos y tan enamorados, hicieron verter lágrimas á muchos de los
circunstantes, y sin hablar mas palabra Ricaredo y sin haberle hablado
alguna á Isabela, haciendo Clotaldo y los que con él venian reverencia
á la reina, se salieron de la sala, llenos de compasion, de despecho y
de lágrimas.
Quedó Isabela como huérfana que acaba de enterrar sus padres, y con
temor que la nueva señora quisiese que mudase las costumbres en que
la primera la habia criado. En fin, se quedó, y de allí á dos dias
Ricaredo se hizo á la vela, combatido entre otros muchos de dos
pensamientos que le tenian fuera de sí: era el uno considerar que le
convenia hacer hazañas que le hiciesen merecedor de Isabela, y el
otro que no podia hacer ninguna, si habia de responder á su católico
intento, que le impedia no desenvainar la espada contra católicos, y
si no la desenvainaba, habia de ser notado de cristiano, ó de cobarde,
y todo esto redundaba en perjuicio de su vida y en obstáculo de su
pretension. Pero en fin, determinó de posponer al gusto de enamorado el
que tenia de ser católico, y en su corazon pedia al cielo le deparase
ocasiones, donde con ser valiente cumpliese con ser cristiano, dejando
á su reina satisfecha y á Isabela merecida.
Seis dias navegaron los dos navíos con próspero viento, siguiendo
la derrota de las islas Terceras, paraje donde nunca faltan ó naves
portuguesas de las Indias orientales, ó algunas derrotadas de las
occidentales. Y al cabo de los seis dias les dió de costado un recísimo
viento que en el mar Océano tiene otro nombre que en el Mediterráneo,
donde se llama mediodía, el cual viento fué tan durable y tan recio,
que sin dejarles tomar las islas, les fué forzoso correr á España; y
junto á su costa, á la boca del estrecho de Gibraltar, descubrieron
tres navíos, uno poderoso y grande, y los dos pequeños: arribó la nave
de Ricaredo á su capitana por saber de su general si queria embestir
á los tres navíos que se descubrian; y ántes que á ella llegase, vió
poner sobre la gavia mayor un estandarte negro, y llegándose mas cerca,
oyó que tocaban en la nave clarines y trompetas roncas, señales claras
ó que el general era muerto, ó alguna otra principal persona de la
nave. Con este sobresalto llegaron á poderse hablar, que no lo habian
hecho despues que salieron del puerto; dieron voces de la nave capitana
diciendo que el capitan Ricaredo pasase á ella, porque el general la
noche ántes habia muerto de una apoplejía. Todos se entristecieron, si
no fué Ricaredo que se alegró, no por el daño de su general, sino por
ver que quedaba él libre para mandar en los dos navíos; que así fué
la órden de la reina, que faltando el general, lo fuese Ricaredo, el
cual con presteza se pasó á la capitana, donde halló que unos lloraban
por el general muerto, y otros se alegraban con el vivo: finalmente los
unos y los otros le dieron luego la obediencia, y le aclamaron por su
general con breves ceremonias, no dando lugar á otra cosa dos de los
tres navíos que habian descubierto, los cuales desviándose del grande,
á las dos naves se venian.
Luego conocieron ser galeras y turquescas, por las medias lunas
que en las banderas traian, de que recebió gran gusto Ricaredo,
pareciéndole que aquella presa, si el cielo se la concediese, seria de
consideracion, sin haber ofendido á ningun católico. Las dos galeras
turquescas llegaron á reconocer los navíos ingleses, los cuales no
traian insignias de Ingalaterra, sino de España, por desmentir á quien
llegase á reconocellos, y no los tuviesen por navíos de cosarios.
Creyeron los turcos ser naves derrotadas de las Indias, y que con
facilidad las rendirian. Fuéronse entrando poco á poco, y de industria
los dejó llegar Ricaredo hasta tenerlos á gusto de su artillería, la
cual mandó disparar á tan buen tiempo, que con cinco balas dió en la
mitad de una de las galeras con tanta furia, que la abrió por medio
toda; dió luego á la banda, y comenzó á irse á pique sin poderse
remediar. La otra galera, viendo tan mal suceso, con mucha priesa le
dió cabo, y le llevó á poner debajo del costado del gran navío; pero
Ricaredo que tenia los suyos prestos y lijeros, que salian y entraban
como si tuvieran remos, mandando cargar de nuevo la artillería, los fué
siguiendo hasta la nave, lloviendo sobre ellos infinidad de balas.
Los de la galera abierta así como llegaron á la nave la desampararon,
y con priesa y celeridad procuraban acogerse á la nave. Lo cual visto
por Ricaredo, y que la galera sana se ocupaba con la rendida, cargó
sobre ella con sus dos navíos, y sin dejarla rodear ni valerse de los
remos, la puso en estrecho, que los turcos se aprovecharon ansimismo
del refugio de acogerse á la nave, no para defenderse en ella, sino por
escapar las vidas por entónces.
Los cristianos, de quien venian armadas las galeras, arrancando las
branzas y rompiendo las cadenas, mezclados con los turcos, tambien
se recogieron á la nave, y como iban subiendo por su costado, con la
arcabucería de los navíos los iban tirando como al blanco; á los turcos
no mas, que á los cristianos mandó Ricaredo que nadie los tirase. Desta
manera casi todos los mas turcos fueron muertos, y los que en la nave
entraron, por los cristianos que con ellos se mezclaron aprovechándose
de sus mismas armas, fueron hechos pedazos; que la fuerza de los
valientes cuando caen, se pasa á la flaqueza de los que se levantan:
y así con el calor que les daba á los cristianos pensar que los
navíos ingleses eran españoles, hicieron por su libertad maravillas.
Finalmente, habiendo muerto casi todos los turcos, algunos españoles
se pusieron á bordo del navío, y á grandes voces llamaron á los que
pensaban ser españoles, entrasen á gozar el premio del vencimiento.
Preguntándoles Ricaredo en español que ¿qué navío era aquel?
respondieron que era una nave que venia de la India de Portugal,
cargada de especería, y con tantas perlas y diamantes, que valia mas de
un millon de oro, y que con tormenta habia arribado á aquella parte,
toda destruida y sin artillería, por haberla echado á la mar la gente
enferma y casi muerta de sed y de hambre, y que aquellas dos galeras,
que eran del cosario Arnaute Mamí, el dia ántes la habian rendido, sin
haberse puesto en defensa, y que á lo que habian oido decir, por no
poder pasar tanta riqueza á sus dos bajeles, la llevaban á jorro para
meterla en el rio de Larache, que estaba allí cerca.
Ricaredo les respondió que si ellos pensaban que aquellos dos navíos
eran españoles, se engañaban, que no eran sino de la señora reina
de Ingalaterra, cuya nueva dió que pensar y que temer á los que la
oyeron, pensando, como era razon que pensasen, que de un lazo habian
caido en otro. Pero Ricaredo les dijo que no temiesen algun daño, y
que estuviesen ciertos de su libertad, con tal que no se pusiesen en
defensa.
--Ni es posible ponernos en ella, respondieron; porque, como se ha
dicho, este navío no tiene artillería, ni nosotros armas: así que nos
es forzoso acudir á la gentileza y liberalidad de vuestro general; pues
será justo que quien nos ha librado del insufrible cautiverio de los
turcos, lleve adelante tan gran merced y beneficio, pues le podrá hacer
famoso en todas las partes, que serán infinitas, donde llegare la nueva
desta memorable vitoria y de su liberalidad, mas de nosotros esperada
que temida.
No le parecieron mal á Ricaredo las razones del español, y llamando á
consejo los de su navío, les preguntó cómo haria para enviar todos los
cristianos á España, sin ponerse á peligro de algun siniestro suceso,
si el ser tantos les daba ánimo para levantarse. Pareceres hubo, que
los hiciese pasar uno á uno á su navío, y así como fuesen entrando
debajo de cubierta, matarles, y desta manera matarlos á todos, y llevar
la gran nave á Lóndres sin temor ni cuidado alguno.
Á esto respondió Ricaredo:
--Pues que Dios nos ha hecho tan gran merced en darnos tanta riqueza,
no quiero corresponderle con ánimo cruel y desagradecido, ni es bien
que lo que puedo remediar con la industria, lo remedie con la espada;
y así soy de parecer que ningun cristiano católico muera, no porque
los quiero bien, sino porque me quiero á mí muy bien, y querria que
esta hazaña de hoy ni á mí ni á vosotros, que en ella me habeis sido
compañeros, nos diese, mezclado con el nombre de valientes, el renombre
de crueles, porque nunca dijo bien la crueldad con la valentía: lo que
se ha de hacer es que toda la artillería de un navío destos se ha de
pasar á la gran nave portuguesa, sin dejar en el navío otras armas ni
otra cosa mas del bastimento, y no alejando la nave de nuestra gente,
la llevaremos á Ingalaterra, y los españoles se irán á España.
Nadie osó contradecir lo que Ricaredo habia propuesto, y algunos le
tuvieron por valiente y magnánimo y de buen entendimiento; otros le
juzgaron en sus corazones por mas católico que debia. Resuelto pues en
esto Ricaredo, pasó con cincuenta arcabuceros á la nave portuguesa,
todos alerta y con las cuerdas encendidas: halló en la nave casi
trecientas personas, de las que habian escapado de las galeras: pidió
luego el registro de la nave, y respondióle aquel mismo que desde el
borde le habló la vez primera, que el registro le habia tomado el
cosario de los bajeles, que con ellos se habia ahogado. Al instante
puso el torno en órden, y acostando su segundo bajel á la gran nave,
con maravillosa presteza y con fuerza de fortísimos cabestrantes,
pasaron la artillería del pequeño bajel á la mayor nave: luego
haciendo una breve plática á los cristianos, les mandó pasar al bajel
desembarazado, donde hallaron bastimento en abundancia para mas de
un mes y para mas gente; y así como se iban embarcando, dió á cada
uno cuatro escudos de oro españoles, que hizo traer de su navío, para
remediar en parte su necesidad cuando llegasen á tierra, que estaba tan
cerca, que las altas montañas de Ávila y Calpe desde allí se parecian.
Todos le dieron infinitas gracias por la merced que les hacia, y el
último que se iba á embarcar fué aquel que por los demas habia hablado,
el cual le dijo:
--Por mas ventura tuviera, valeroso caballero, que me llevaras contigo
á Ingalaterra, que no que me enviaras á España, porque aunque es mi
patria, y no habrá sino seis dias que della partí, no he de hallar en
ella otra cosa que no sea de ocasiones de tristezas y soledades mias:
sabrás, señor, que en la pérdida de Cádiz, que sucedió habrá quince
años, perdí una hija que los ingleses debieron de llevar á Ingalaterra,
y con ella perdí el descanso de mi vejez y la luz de mis ojos, que
despues que no la vieron, nunca han visto cosa que de su gusto sea:
el grave descontento en que me dejó su pérdida y la de la hacienda,
que tambien me faltó, me pusieron de manera, que ni mas quise, ni mas
pude ejercitar la mercancía, cuyo trato me habia puesto en opinion
de ser el mas rico mercader de toda la ciudad: y así era la verdad,
pues fuera del crédito, que pasaba de muchos centenares de millares
de escudos, valia mi hacienda dentro de las puertas de mi casa mas
de cincuenta mil ducados: todo lo perdí, y no hubiera perdido nada,
como no hubiera perdido á mi hija: tras esta general desgracia, y tan
particular mia, acudió la necesidad á fatigarme hasta tanto que no
pudiéndola resistir, mi mujer y yo, que es aquella triste que allí está
sentada, determinámos irnos á las Indias, comun refugio de los pobres
generosos; y habiéndonos embarcado en un navío de aviso seis dias ha, á
la salida de Cádiz dieron con el navío estos dos bajeles de cosarios, y
nos cautivaron, donde se renovó nuestra desgracia y se confirmó nuestra
desventura; y fuera mayor si los cosarios no hubieran tomado aquella
nave portuguesa, que los entretuvo hasta haber sucedido lo que él habia
visto.
Preguntóle Ricaredo cómo se llamaba su hija. Respondióle que Isabel.
Con esto acabó de confirmarse Ricaredo en lo que ya habia sospechado,
que era, que el que se lo contaba era el padre de su querida Isabela; y
sin darle algunas nuevas della, le dijo que de muy buena gana llevaria
á él y á su mujer á Lóndres, donde podria ser hallasen nuevas de la
que deseaban: hízolos pasar luego á su capitana, poniendo marineros y
guardas bastantes en la nao portuguesa. Aquella noche alzaron velas, y
se dieron priesa á apartarse de las costas de España, porque el navío
de los cautivos libres (entre los cuales tambien iban hasta veinte
turcos, á quien tambien Ricaredo dió libertad, por mostrar que mas
por su buena condicion y generoso ánimo se mostraba liberal, que por
forzarle amor que á los católicos tuviese) rogó á los españoles que
en la primera ocasion que se ofreciese, diesen entera libertad á los
turcos, que ansimismo se le mostraron agradecidos.
El viento, que daba señales de ser próspero y largo, comenzó á calmar
un tanto, cuya calma levantó gran tormenta de temor en los ingleses,
que culpaban á Ricaredo y á su liberalidad, diciéndole que los libres
podian dar aviso en España de aquel suceso, y que si acaso habia
galeones de armada en el puerto, podian salir en su busca, y ponerlos
en aprieto, y en término de perderse. Bien conocia Ricaredo que tenian
razon; pero venciéndolos á todos con buenas razones, los sosegó; pero
mas los quietó el viento que volvió á refrescar de modo, que dándole
en todas las velas, sin tener necesidad de amainallas ni aun de
templallas, dentro de nueve dias se hallaron á la vista de Lóndres, y
cuando en él victoriosos volvieron, habria treinta que dél faltaban.
No quiso Ricaredo entrar en el puerto con muestras de alegría, por la
muerte de su general, y así mezcló las señales alegres con las tristes:
unas veces sonaban clarines regocijados, otras trompetas roncas:
unas tocaban los atambores alegres y sobresaltadas armas, á quien
con señas tristes y lamentables respondian los pífanos: de una gavia
colgada puesta al reves una bandera de medias lunas sembrada: en otra
se veia un luengo estandarte de tafetan negro, cuyas puntas besaban el
agua. Finalmente, con estos tan contrarios estremos entró en el rio
de Lóndres con su navío, porque la nave no tuvo fondo en él que la
sufriese; y así se quedó en la mar á lo largo.
Estas tan contrarias muestras y señales tenian suspenso el infinito
pueblo que desde la ribera les miraba: bien conocieron por algunas
insignias que aquel navío menor era la capitana del baron de Lansac,
mas no podian alcanzar cómo el otro navío se hubiese cambiado con
aquella poderosa nave, que en la mar se quedaba; pero sacólos desta
duda haber saltado en el esquife, armado de todas armas, ricas y
resplandecientes, el valeroso Ricaredo, que á pié, sin esperar otro
acompañamiento que aquel de un innumerable vulgo que le seguia, se fué
á palacio, donde ya la reina puesta á unos corredores estaba esperando
le trujesen la nueva de los navíos.
Estaba con la reina y con las otras damas Isabela vestida á la inglesa,
y parecia tan bien como á la castellana: ántes que Ricaredo llegase,
llegó otro que dió las nuevas á la reina de cómo Ricaredo venia.
Alborotóse Isabela, oyendo el nombre de Ricaredo, y en aquel instante
temió y esperó malos y buenos sucesos de su venida.
Era Ricaredo alto de cuerpo, gentil hombre y bien proporcionado: y como
venia armado de peto, espaldar, gola y brazaletes, escarcelas, con unas
armas milanesas de once vistas, grabadas y doradas, parecia en estremo
bien á cuantos le miraban: no le cubria la cabeza morrion alguno, sino
un sombrero de gran falda, de color leonado, con mucha diversidad
de plumas terciadas á la valona: la espada ancha, los tiros ricos,
las calzas á la esguízara. Con este adorno, y con el paso brioso que
llevaba, algunos hubo que le compararon á Marte, dios de las batallas,
y otros llevados de la hermosura de su rostro dicen que le compararon
á Vénus, que para hacer alguna burla á Marte de aquel modo se habia
disfrazado. En fin él llegó ante la reina. Puesto de rodillas le dijo:
--Alta Majestad, en fuerza de vuestra ventura y en consecucion de mi
deseo, despues de haber muerto de una apoplejía el general de Lansac,
quedando yo en su lugar, merced á la liberalidad vuestra, me deparó la
suerte dos galeras turquescas que llevaban remolcando aquella gran nave
que allí se parece: acometíla, pelearon vuestros soldados como siempre:
echáronse á fondo los bajeles de los cosarios: en el uno de los
nuestros en vuestro real nombre di libertad á los cristianos que del
poder de los turcos escaparon: solo truje conmigo á un hombre y á una
mujer, españoles, que por su gusto quisieron venir á ver la grandeza
vuestra: aquella nave es de las que vienen de la India de Portugal,
la cual por tormenta vino á dar en poder de los turcos, que con poco
trabajo, por mejor decir sin ninguno, la rindieron, y segun dijeron
algunos portugueses de los que en ella venian, pasa de un millon de
oro el valor de la especería y otras mercancías de perlas y diamantes
que en ella vienen: á ninguna cosa se ha tocado, ni los turcos habian
llegado á ella; porque todo lo dedicó el cielo, y yo lo mandé guardar
para vuestra Majestad, que con una joya sola que se me dé, quedaré en
deuda de otras diez naves; la cual joya ya vuestra Majestad me la tiene
prometida, que es á mi buena Isabela: con ella quedaré rico y premiado,
no solo deste servicio, cual él sea, que á vuestra Majestad he hecho,
sino de otros muchos que pienso hacer por pagar alguna parte del todo
casi infinito que en esta joya vuestra Majestad me ofrece.
--Levantáos, Ricaredo, respondió la reina, y creedme que si por precio
os hubiera de dar á Isabela, segun yo la estimo, no la pudiérades
pagar ni con lo que trae esa nave, ni con lo que queda en las Indias:
dóyosla porque os la prometí, y porque ella es digna de vos, y vos lo
sois della: vuestro valor solo la merece; si vos habeis guardado las
joyas de la nave para mí, yo os he guardado la joya vuestra para vos; y
aunque os parezca que no hago mucho en volveros lo que es vuestro, yo
sé que os hago mucha merced en ello; que las prendas que se compran á
deseos y tienen su estimacion en el alma del comprador, aquello valen
que vale una alma, que no hay precio en la tierra con que aprecialla:
Isabela es vuestra, veisla allí; cuando quisiéredes podeis tomar su
entera posesion, y creo será con su gusto, porque es discreta, y sabrá
ponderar la amistad que le haceis, que no la quiero llamar merced,
sino amistad; porque me quiero alzar con el nombre de que yo sola
puedo hacerle mercedes: idos á descansar, y venidme á ver mañana, que
quiero mas particularmente oir vuestras hazañas; y traedme esos dos que
decís que de su voluntad han querido venir á verme, que se lo quiero
agradecer.
Besóle las manos Ricaredo por las muchas mercedes que le hacia. Entróse
la reina en una sala, y las damas rodearon á Ricaredo, y una dellas
que habia tomado grande amistad con Isabela, llamada la señora Tansi,
tenida por la mas discreta, desenvuelta y graciosa de todas, dijo á
Ricaredo:
--¿Qué es esto, señor Ricaredo, qué armas son estas? ¿Pensábades por
ventura que veníades á pelear con vuestros enemigos? Pues en verdad que
aquí todas somos vuestras amigas, si no es la señora Isabela, que como
española está obligada á no teneros buena voluntad.
--Acuérdese ella, señora Tansi, de tenerme alguna, que como yo esté
en su memoria, dijo Ricaredo, yo sé que la voluntad será buena, pues
no puede caber en su mucho valor y entendimiento y rara hermosura la
fealdad de ser desagradecida.
Á lo cual respondió Isabela:
--Señor Ricaredo, pues he de ser vuestra, á vos está tomar de mí toda
la satisfaccion que quisiéredes para recompensaros de las alabanzas que
me habeis dado, y de las mercedes que pensais hacerme.
Estas y otras honestas razones pasó Ricaredo con Isabela y con las
damas, entre las cuales habia una doncella de pequeña edad, la cual
no hizo sino mirar á Ricaredo miéntras allí estuvo; alzábale las
escarcelas, por ver qué traia debajo dellas, tentábale la espada, y
con simplicidad de niña queria que las armas le sirviesen de espejo,
llegándose á mirar de muy cerca en ellas; y cuando se hubo ido,
volviéndose á las damas, dijo:
--Ahora, señoras, yo imagino que debe de ser cosa hermosísima la
guerra, pues aun entre mujeres parecen bien los hombres armados.
--Y ¿cómo si parecen? respondió la señora Tansi; si no, mirad á
Ricaredo, que no parece sino que el sol se ha bajado á la tierra, y en
aquel hábito va caminando por la calle.
Rieron todas del dicho de la doncella y de la disparatada semejanza
de Tansi; y no faltaron murmuradores que tuvieron por impertinencia
el haber venido armado Ricaredo á palacio, puesto que halló disculpa
en otros, que dijeron que como soldado lo pudo hacer para mostrar su
gallarda bizarría.
Fué Ricaredo de sus padres, amigos, parientes y conocidos con muestras
de entrañable amor recebido. Aquella noche se hicieron generales
alegrías en Lóndres por su buen suceso.
Ya los padres de Isabela estaban en casa de Clotaldo, á quien Ricaredo
habia dicho quién eran; pero que no les diesen nueva ninguna de Isabela
hasta que él mismo se la diese. Este aviso tuvo la señora Catalina,
su madre, y todos los criados y criadas de su casa. Aquella misma
noche, con muchos bajeles, lanchas y barcos, y con no ménos ojos que
lo miraban, se comenzó á descargar la gran nave, que en ocho dias no
acabó de dar la mucha pimienta y otras riquísimas mercaderías que en su
vientre encerradas tenia.
El dia que siguió á esta noche fué Ricaredo á palacio, llevando
consigo al padre y madre de Isabela, vestidos de nuevo á la inglesa,
diciéndoles que la reina queria verlos. Llegando todos donde la reina
estaba en medio de sus damas, esperando á Ricaredo, á quien quiso
lisonjear y favorecer con tener junto á sí á Isabela, vestida con
aquel mismo vestido que llevó la vez primera, mostrándose no ménos
hermosa ahora que entónces. Los padres de Isabela quedaron admirados y
suspensos de ver tanta grandeza y bizarría junta. Pusieron los ojos en
Isabela, y no la conocieron, aunque el corazon, presagio del bien que
tan cerca tenian, les comenzó á saltar en el pecho, no con sobresalto
que les entristeciese, sino con un no sé qué de gusto, que ellos no
acertaban á entendelle. No consintió la reina que Ricaredo estuviese de
rodillas ante ella: ántes le hizo levantar y sentar en una silla rasa,
que para solo esto allí puesta tenian, inusitada merced para la altiva
condicion de la reina, y alguno dijo á otro:
--Ricaredo no se sienta hoy sobre la silla que le han dado, sino sobre
la pimienta que él trujo.
Otro acudió, y dijo:
--Ahora se verifica lo que comunmente se dice, que dádivas quebrantan
peñas; pues las que ha traido Ricaredo han ablandado el duro corazon de
nuestra reina.
Otro acudió, y dijo:
--Ahora que está tan bien ensillado, mas de dos se atreverán á correrle.
En efecto, de aquella nueva honra que la reina hizo á Ricaredo,
tomó ocasion la envidia para nacer en muchos pechos de aquellos
que mirándole estaban; porque no hay merced que el príncipe haga
á su privado, que no sea una lanza que atraviese el corazon del
envidioso. Quiso la reina saber de Ricaredo menudamente cómo habia
pasado la batalla con los bajeles de los cosarios: él la contó de
nuevo, atribuyendo la victoria á Dios y á los brazos valerosos de sus
soldados, encareciéndoles á todos juntos, y particularizando algunos
hechos de algunos que mas que los otros se habian señalado, con que
obligó á la reina á hacer á todos merced, y en particular á los
particulares; y cuando llegó á decir la libertad que en nombre de su
Majestad habia dado á los turcos y cristianos, dijo:
--Aquella mujer y aquel hombre que allí están (señalando á los padres
de Isabela) son los que dije ayer á vuestra Majestad, que con deseo de
ver vuestra grandeza, encarecidamente me pidieron los trujese conmigo:
ellos son de Cádiz, y de lo que ellos me han contado, y de lo que en
ellos he visto y notado, sé que son gente principal y de valor.
Mandóles la reina que se llegasen cerca: alzó los ojos Isabela á mirar
los que decian ser españoles, y mas de Cádiz, con deseo de saber si por
ventura conocian á sus padres. Ansí como Isabela alzó los ojos, los
puso en ella su madre y detuvo el paso para mirarla mas atentamente,
y en la memoria de Isabela se comenzaron á despertar unas confusas
noticias, que le querian dar á entender que en otro tiempo ella habia
visto aquella mujer que delante tenia. Su padre estaba en la misma
confusion, sin osar determinarse á dar crédito á la verdad que sus
ojos le mostraban. Ricaredo estaba atentísimo á ver los afectos y
movimientos que hacian las tres dudosas y perplejas almas, que tan
confusas estaban entre el sí y el no de conocerse. Conoció la reina la
suspension de entrambos, y aun el desasosiego de Isabela, porque la
vió trasudar, y levantar la mano muchas veces á componerse el cabello.
En esto deseaba Isabela que hablase la que pensaba ser su madre: quizá
los oidos la sacarian de la duda en que sus ojos la habian puesto. La
reina dijo á Isabela que en lengua española dijese á aquella mujer y á
aquel hombre le dijesen qué causa les habia movido á no querer gozar
de la libertad que Ricaredo les habia dado, siendo la libertad la cosa
mas amada, no solo de la gente de razon, mas aun de los animales que
carecen della.
Todo esto preguntó Isabela á su madre, la cual sin responderle palabra,
desatentadamente y medio tropezando se llegó á Isabela, y sin mirar á
respeto, temores ni miramientos cortesanos, alzó la mano á la oreja
derecha de Isabela, y descubrió un lunar negro que allí tenia, la cual
señal acabó de certificar su sospecha; y viendo claramente ser Isabela
su hija, abrazándose con ella dió una gran voz, diciendo:
--¡Oh hija de mi corazon! ¡Oh prenda cara del alma mia!
Y sin poder pasar adelante, se cayó desmayada en los brazos de Isabela.
Su padre, no ménos tierno que prudente, dió muestras de su sentimiento,
no con otras palabras que con derramar lágrimas, que sesgamente su
venerable rostro y barbas le bañaron. Juntó Isabela su rostro con el de
su madre, y volviendo los ojos á su padre, de tal manera le miró, que
le dió á entender el gusto y el descontento que de verlos allí su alma
tenia. La reina, admirada de tal suceso, dijo á Ricaredo:
--Yo pienso, Ricaredo, que con vuestra discrecion se han ordenado estas
vistas, y no sé si os diga que han sido acertadas, pues sabemos que así
suele matar una súbita alegría como mata una tristeza.
Y diciendo esto, se volvió á Isabela, y la apartó de su madre, la cual,
habiéndole echado agua en el rostro, volvió en sí, y estando un poco
mas en su acuerdo, puesta de rodillas delante de la reina, le dijo:
--Perdone vuestra Majestad mi atrevimiento, que no es mucho perder los
sentidos con la alegría del hallazgo desta amada prenda.
Respondióle la reina que tenia razon, sirviéndole de intérprete, para
que lo entendiese, Isabela, la cual de la manera que se ha contado
conoció á sus padres, y sus padres á ella, á los cuales mandó la reina
quedar en palacio, para que despacio pudiesen ver y hablar á su hija,
y regocijarse con ella; de lo cual Ricaredo se holgó mucho, y de nuevo
pidió á la reina le cumpliese la palabra que le habia dado de dársela,
si es que acaso la merecia; y de no merecerla, le suplicaba desde
luego le mandase ocupar en cosas que le hiciesen digno de alcanzar lo
que deseaba. Bien entendió la reina que estaba Ricaredo satisfecho
de sí mismo y de su mucho valor, que no habia necesidad de nuevas
pruebas para calificarle; y así le dijo que de allí á cuatro dias le
entregaria á Isabela, haciendo á los dos la honra que á ella fuese
posible.
Con esto se despidió Ricaredo contentísimo con la esperanza propincua
que llevaba de tener en su poder á Isabela, sin sobresalto de perderla,
que es el último deseo de los amantes.
Corrió el tiempo, y no con la lijereza que él quisiera; que los que
viven con esperanzas de promesas venideras, siempre imaginan que no
vuela el tiempo, sino que anda sobre los piés de la pereza misma. Pero
en fin llegó el dia, no donde pensó Ricaredo poner fin á sus deseos,
sino de hallar en Isabela gracias nuevas que le moviesen á quererla
mas, si mas pudiese. Mas en aquel breve tiempo, donde él pensaba que la
nave de su buena fortuna corria con próspero viento hácia el deseado
puerto, la contraria suerte levantó en su mar tal tormenta, que mil
veces temió anegarse.
Es pues el caso que la camarera mayor de la reina, á cuyo cargo estaba
Isabela, tenia un hijo de edad de veinte y dos años, llamado el conde
Arnesto. Hacíanle la grandeza de su estado, la alteza de su sangre,
el mucho favor que su madre con la reina tenia; hacíanle, digo, estas
cosas mas de lo justo arrogante, altivo y confiado. Este Arnesto pues
se enamoró de Isabela tan encendidamente, que en la luz de los ojos
de Isabela tenia abrasada el alma; y aunque en el tiempo que Ricaredo
habia estado ausente, con algunas señales le habia descubierto su
deseo, nunca de Isabela fué admitido; y puesto que la repugnancia y
los desdenes en los principios de los amores suelen hacer desistir
de la empresa á los enamorados, en Arnesto obraron lo contrario los
muchos y conocidos desdenes que le dió Isabela, porque con sus celos
ardia y con su honestidad se abrasaba: y como vió que Ricaredo, segun
el parecer de la reina, tenia merecida á Isabela, y que en tan poco
tiempo se le habia de entregar por mujer, quiso desesperarse; pero
ántes que llegase á tan infame y tan cobarde remedio, habló á su madre,
diciéndole pidiese á la reina le diese á Isabela por esposa, donde no,
que pensase que la muerte estaba llamando á las puertas de su vida.
Quedó la camarera admirada de las razones de su hijo, y como conocia la
aspereza de su arrojada condicion, y la tenacidad con que se le pegaban
los deseos en el alma, temió que sus amores habian de parar en algun
infelice suceso. Con todo eso, como madre á quien es natural desear y
procurar el bien de sus hijos, prometió al suyo de hablar á la reina,
no con esperanza de alcanzar della el imposible de romper su palabra,
sino por no dejar de intentar cómo no salir desahuciada de los últimos
remedios.
Y estando aquella mañana Isabela vestida por órden de la reina tan
ricamente, que no se atreve la pluma á contarlo, y habiéndole echado
la misma reina al cuello una sarta de perlas de las mejores que
traia la nave, que las apreciaron en veinte mil ducados, y puéstole
un anillo de un diamante, que se apreció en seis mil escudos, y
estando alborozadas las damas por la fiesta que esperaban del cercano
desposorio, entró la camarera mayor á la reina, y de rodillas le
suplicó suspendiese el desposorio de Isabela por otros dos dias,
que con esta merced sola que su Majestad le hiciese, se tendria por
satisfecha y pagada de todas las mercedes que por sus servicios merecia
y esperaba.
Quiso saber la reina primero por qué le pedia con tanto ahinco aquella
suspension, que tan derechamente iba contra la palabra que tenia dada
á Ricaredo; pero no se la quiso dar la camarera hasta que le hubo
otorgado que haria lo que le pedia: tanto deseo tenia la reina de saber
la causa de aquella demanda. Y así despues que la camarera alcanzó
lo que por entónces deseaba, contó á la reina los amores de su hijo,
y cómo temia que si no le daban por mujer á Isabela, ó se habia de
desesperar, ó hacer algun hecho escandaloso; y que si habia pedido
aquellos dos dias, era por dar lugar á que su Majestad pensase qué
medio seria á propósito y conveniente para dar á su hijo remedio.
La reina respondió que si su real palabra no estuviera de por medio,
que ella hallara salida á tan cerrado laberinto, pero que no la
quebrantaria ni defraudaria las esperanzas de Ricaredo por todo el
interes del mundo. Esta respuesta dió la camarera á su hijo, el cual
sin detenerse un punto, ardiendo en amor y en celos, se armó de todas
armas, y sobre un fuerte y hermoso caballo se presentó ante la casa de
Clotaldo, y á grandes voces pidió que se asomase Ricaredo á la ventana,
el cual á aquella sazon estaba vestido de galas de desposado, y á punto
para ir á palacio con el acompañamiento que tal acto requeria; mas
habiendo oido las voces, y siéndole dicho quién las daba, y del modo
que venia, con algun sobresalto se asomó á una ventana, y como le vió
Arnesto, dijo:
--Ricaredo, estáme atento á lo que decirte quiero: la reina mi señora
te mandó fueses á servirla, y á hacer hazañas que te hiciesen merecedor
de la sin par Isabela: tú fuiste, y volviste cargadas las naves de
oro, con el cual piensas haber comprado y merecido á Isabela; y aunque
la reina mi señora te la ha prometido, ha sido creyendo que no hay
ninguno en su corte que mejor que tú la sirva, ni quien con mejor
título merezca á Isabela, y en esto bien podrá ser se haya engañado:
y así llegándome á esta opinion que yo tengo por verdad averiguada,
digo que ni tú has hecho cosas tales que te hagan merecer á Isabela, ni
ninguna podrás hacer que á tanto bien te levante; y en razon de que no
la mereces, si quisieres contradecirme, te desafío á todo trance de
muerte.
Calló el conde, y desta manera le respondió Ricaredo:
--En ninguna manera me toca salir á vuestro desafío, señor conde,
porque yo confieso, no solo que no merezco á Isabela, sino que no la
merece ninguno de los que hoy viven en el mundo; así que contestando yo
lo que vos decís, otra vez digo que no me toca vuestro desafío; pero yo
le acepto por el atrevimiento que habeis tenido en desafiarme.
Con esto se quitó de la ventana, y pidió apriesa sus armas.
Alborotáronse sus parientes, y todos aquellos que para ir á palacio
habian venido á acompañarle. De la mucha gente que habia visto al conde
Arnesto armado, y le habia oido las voces del desafío, no faltó quien
lo fué á contar á la reina, la cual mandó al capitan de su guarda que
fuese á prender al conde. El capitan se dió tanta priesa, que llegó á
tiempo que ya Ricaredo salia de su casa, armado con las armas con que
se habia desembarcado, puesto sobre un hermoso caballo.
Cuando el conde vió al capitan, luego imaginó á lo que venia, y
determinó de no dejar prenderse, y alzando la voz contra Ricaredo, dijo:
--Ya ves, Ricaredo, el impedimento que nos viene; si tuvieres ganas
de castigarme, tú me buscarás; y por la que yo tengo de castigarte,
tambien te buscaré; y pues dos que se buscan fácilmente se hallan,
dejemos para entónces la ejecucion de nuestros deseos.
--Soy contento, respondió Ricaredo.
En esto llegó el capitan con toda su guarda, y dijo al conde que fuese
preso en nombre de su Majestad. Respondió el conde que sí quedaba;
pero no para que lo llevasen á otra parte que á la presencia de la
reina. Contentóse con esto el capitan, y cogiéndole en medio de la
guarda le llevó á palacio ante la reina, la cual ya de su camarera
estaba informada del amor grande que su hijo tenia á Isabela, y con
lágrimas habia suplicado á la reina perdonase al conde, que como mozo y
enamorado á mayores yerros estaba sujeto.
Llegó Arnesto ante la reina, la cual sin entrar con él en razones, le
mandó quitar la espada, y llevar preso á una torre.
Todas estas cosas atormentaban el corazon de Isabela y de sus padres,
que tan presto veian turbado el mar de su sosiego. Aconsejó la camarera
á la reina que para sosegar el mal que podia suceder entre su parentela
y la de Ricaredo, que se quitase la causa de por medio, que era
Isabela, enviándola á España, y así cesarian los efectos que debian
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