que si fuera su hermana, y aun mas: estábamos escondidos en una cueva,
temerosos ellos que no bajasen de una fuerza de cristianos que está en
la isla, y los cautivasen: sustentáronse con el bizcocho mojado que
la mar echó á la orilla, de lo que llevaban en la galeota, lo cual
salian á coger de noche: ordenó la suerte para mayor mal mio, que la
fuerza estuviese sin capitan, que pocos dias habia que era muerto, y en
la fuerza no habia sino veinte soldados: esto se supo de un muchacho
que los turcos cautivaron, que bajó de la fuerza á coger conchas á la
marina: á los ocho dias llegó á aquella costa un bajel de moros que
ellos llaman caramuzales; viéronle los turcos, y salieron de donde
estaban, haciendo señas al bajel que estaba cerca de tierra, tanto que
conoció ser turcos los que los llamaban: ellos contaron sus desgracias,
y los moros los recibieron en su bajel, en el cual venia un judío,
riquísimo mercader, que toda la mercancía del bajel ó la mas era suya;
era de barraganes y alquiceles, y de otras cosas que de Berbería se
llevan á Levante, en que ordinariamente tratan los judíos: en el mismo
bajel los turcos se fueron á Tripol, y en el camino me vendieron al
judío que dió por mí dos mil doblas, precio escesivo, si no le hiciera
liberal el amor que el judío me descubrió.
Dejando pues los turcos en Tripol, tornó el bajel á hacer su viaje,
y el judío dió en solicitarme descaradamente: yo le hice la cara que
merecian sus torpes deseos: viéndose pues desesperado de alcanzarlos,
determinó de deshacerse de mí en la primera ocasion que se le
ofreciese; y sabiendo que los dos bajáes Alí y Hazan, estaban en
aquella isla, donde podia vender su mercaduría tan bien como en Xio,
en quien pensaba venderla, se vino aquí con intencion de venderme á
alguno de los bajáes, y por eso me vistió de la manera que ahora me
ves, por aficionarles la voluntad á que me comprasen: he sabido que me
ha comprado este cadí para llevarme á presentar al Gran Turco, de que
estoy no poco temerosa: aquí he sabido de tu fingida muerte, y séte
decir, si lo quieres creer, que me pesó en el alma, y que te tuve mas
envidia que lástima, y no por quererte mal, que ya que soy desamorada,
no soy ingrata ni desconocida, sino porque habias acabado con la
tragedia de tu vida.
--No dices mal, señora, respondió Ricardo, si la muerte no me hubiera
estorbado el bien de volver á verte; que ahora en mas estimo este
instante de gloria que gozo en mirarte, que otra ventura, como no fuera
la eterna, que en la vida ó en la muerte pudiera asegurarme mi deseo:
el que tiene mi amo el cadí, á cuyo poder he venido por no ménos varios
accidentes que los tuyos, es el mismo para contigo que para conmigo lo
es el de Halima: hame puesto á mí por intérprete de sus pensamientos,
acepté la empresa no por darle gusto, sino por el que granjeaba en la
comodidad de hablarte; porque veas, Leonisa, el término á que nuestras
desgracias nos han traido, á tí á ser medianera de un imposible que
en lo que me pides conoces: á mí á serlo tambien de la cosa que ménos
pensé, y de la que daré por no alcanzarla la vida, que ahora estimo en
lo que vale la alta ventura de verte.
--No sé qué te diga, Ricardo, replicó Leonisa, ni qué salida se tome
al laberinto donde, como dices, nuestra corta ventura nos tiene
puestos: solo sé decir que es menester usar en esto lo que de nuestra
condicion no se puede esperar, que es el fingimiento y engaño, y así
digo que de tí daré á Halima algunas razones que ántes la entretengan
que desesperen: tú de mí podrás decir al cadí lo que para seguridad de
mi honor y de su engaño vieres que mas convenga; y pues yo pongo mi
honor en tus manos, bien puedes creer dél que le tengo con la entereza
y verdad que podia poner en duda tantos caminos como he andado y
tantos combates como he sufrido: el hablarnos será fácil, y á mí será
de grandísimo gusto el hacello, con presupuesto que jamas me has de
tratar cosa que á tu declarada pretension pertenezca, que en la hora
que tal hicieres, en la misma me despediré de verte, porque no quiero
que pienses que es de tan pocos quilates mi valor, que ha de hacer con
él la cautividad lo que la libertad no pudo: como el oro tengo de ser
con el favor del cielo, que miéntras mas se acrisola, queda con mas
pureza y mas limpio: conténtate con que he dicho que no me dará como
solia fastidio tu vista; porque te hago saber, Ricardo, que siempre
te tuve por desabrido y arrogante, y que presumias de tí algo mas de
lo que debias: confieso tambien que me engañaba, y que podria ser que
hacer ahora la esperiencia me pusiese la verdad delante de los ojos el
desengaño, y estando desengañada, fuese con ser honesta mas humana:
véte con Dios, que temo no nos haya escuchado Halima, la cual entiende
algo de la lengua cristiana, ó á lo ménos de aquella mezcla de lenguas
que se usa, con que todos nos entendemos.
--Dices muy bien, señora, respondió Ricardo, y agradézcote infinito
el desengaño que me has dado, que le estimo en tanto como la merced
que me haces en dejarme verte, y como tú dices, quizá la esperiencia
te dará á entender cuán llana es mi condicion y cuán humilde,
especialmente para adorarte, y sin que tú pusieras término ni raya
á mi trato, fuera él tan honesto para contigo, que no acertaras á
desearle mejor: en lo que toca á entretener al cadí, vive descuidada;
haz tú lo mismo con Halima, y entiende, señora, que despues que te he
visto ha nacido en mí una esperanza tal, que me asegura que presto
hemos de alcanzar la libertad deseada: y con esto quédate á Dios, que
otra vez te contaré los rodeos por donde la fortuna me trujo á este
estado despues que de tí me aparté, ó por mejor decir, me apartaron.
Con esto se despidieron, y quedó Leonisa contenta y satisfecha del
llano proceder de Ricardo, y él contentísimo de haber oido una palabra
de la boca de Leonisa sin aspereza.
Estaba Halima cerrada en su aposento, rogando á Mahoma trujese
Leonisa buen despacho de lo que le habia encomendado: el cadí estaba
en la mezquita recompensando con los suyos los deseos de su mujer,
teniéndolos solícitos y colgados de la respuesta que esperaba oir de
su esclavo, á quien habia dejado encargado hablase á Leonisa, pues
para poderlo hacer le daria comodidad Mahamut, aunque Halima estuviese
en casa. Leonisa acrecentó en Halima el torpe deseo y deshonesto amor,
dándole muy buenas esperanzas que Mario haria todo lo que pudiese, pero
que habia de dejar pasar primero dos lunas ántes que concediese con
lo que deseaba él mucho mas que ella, y este tiempo y término pedia
á causa que hacia una plegaria y oracion á Dios para que le diese
libertad. Contentóse Halima de la disculpa y de la relacion de su
querido Mario, á quien ella diera libertad ántes del término del voto,
como él condescendiera con su deseo: y así rogó á Leonisa le rogase
dispensase con el tiempo, y acortase la dilacion, que ella le ofrecia
cuanto el cadí pidiese por su rescate.
Antes que Ricardo respondiese á su amo, se aconsejó con Mahamut de qué
le responderia: y acordaron entre los dos que le desesperase, y le
aconsejase que lo mas presto que pudiese la llevase á Constantinopla,
y que en el camino ó por grado ó por fuerza alcanzaria su deseo; y
que para el inconveniente que se podia ofrecer de cumplir con el
Gran Señor, seria bueno comprar otra esclava, y en el viaje fingir ó
hacer de modo como Leonisa cayese enferma, y que una noche echarian
la cristiana comprada á la mar, diciendo que era Leonisa la cautiva
del Gran Señor que se habia muerto; y que esto se podia hacer y se
haria en modo que jamas la verdad fuese descubierta, y él quedase
sin culpa con el Gran Señor, y con el cumplimiento de su voluntad; y
que para la duracion de su gusto despues se daria traza conveniente
y mas provechosa. Estaba tan ciego el mísero y anciano cadí, que si
otros mil disparates le dijeran, como fueran encaminados á cumplir sus
esperanzas, todos los creyera, cuanto mas que le pareció que todo lo
que decian llevaba buen camino y prometia próspero suceso: y así era
la verdad, si la intencion de los dos consejeros no fuera levantarse
con el bajel y darle á él la muerte en pago de sus locos pensamientos.
Ofreciósele al cadí otra dificultad á su parecer mayor de las que en
aquel caso se le podian ofrecer; y era pensar que su mujer Halima no
le habia de dejar ir á Constantinopla, si no la llevaba consigo; pero
presto la facilitó, diciendo que en cambio de la cristiana que habian
de comprar para que muriese por Leonisa, serviria Halima, de quien
deseaba librarse mas que de la muerte.
Con la misma facilidad que él lo pensó, con la misma se lo concedieron
Mahamut y Ricardo; y quedando firmes en esto, aquel mismo dia dió
cuenta el cadí á Halima del viaje que pensaba hacer á Constantinopla á
llevar la cristiana al Gran Señor, de cuya liberalidad esperaba que le
hiciese gran cadí del Cairo ó de Constantinopla. Halima le dijo que le
parecia muy bien su determinacion, creyendo que se dejaria á Mario en
casa; mas cuando el cadí la certificó que le habia de llevar consigo y
á Mahamut tambien, tornó á mudar de parecer, y á desaconsejarle lo que
primero le habia aconsejado, con las mas eficaces razones que su deseo
le supo enseñar. En resolucion concluyó que si no la llevaba consigo,
no pensaba dejarle ir en ninguna manera. Contentóse el cadí de hacer
lo que ella queria, porque pensaba sacudir presto de su cuello aquella
para él tan pesada carga.
No se descuidaba en este tiempo Hazan bajá de solicitar al cadí
le entregase la esclava, ofreciéndole montes de oro, y habiéndole
dado á Ricardo de balde, cuyo rescate apreciaba en dos mil escudos,
facilitábale la entrega con la misma industria que él se habia
imaginado de hacer muerta la cautiva cuando el Gran Turco enviase por
ella. Todas estas dádivas y promesas aprovecharon con el cadí no mas de
ponerle en la voluntad que abreviase su partida; y así solicitado de su
deseo y de las importunaciones de Hazan, y aun de las de Halima, que
tambien fabricaba en el aire vanas esperanzas, dentro de veinte dias
aderezó un bergantin de quince bancos, y le armó de buenas boyas, moros
y algunos cristianos griegos; embarcó en él toda su riqueza, y Halima
no dejó en su casa cosa de momento, y rogó á su marido que la dejase
llevar consigo á sus padres para que viesen á Constantinopla: era la
intencion de Halima la misma que la de Mahamut, hacer con él y con
Ricardo que en el camino se alzasen con el bergantin; pero no les quiso
declarar su pensamiento hasta verse embarcada, y esto con voluntad de
irse á tierra de cristianos, y volverse á lo que primero habia sido,
y casarse con Ricardo, pues era de creer que llevando tantas riquezas
consigo, y volviéndose cristiana, no dejaria de tomarla por mujer.
En este tiempo habló otra vez Ricardo con Leonisa, y le declaró toda
su intencion, y ella le dijo la que tenia Halima, que con ella habia
comunicado: encomendáronse los dos el secreto, y encomendándose á
Dios, esperaban el dia de la partida: el cual llegado, salió Hazan
acompañándolos hasta la marina con todos sus soldados, y no les dejó
hasta que se hicieron á la vela, ni aun quitó los ojos del bergantin
hasta perderle de vista; y parece que el aire de los suspiros que el
enamorado moro arrojaba, impelia con mayor fuerza las velas que le
apartaban y llevaban el alma; mas como aquel á quien el amor habia
tanto tiempo que sosegar no le dejaba, pensando en lo que habia de
hacer para no morir á manos de sus deseos, puso luego por obra lo que
con largo discurso y resoluta determinacion tenia pensado: y así en un
bajel de diez y siete bancos, que en otro puerto habia hecho armar,
puso en él cincuenta soldados, todos amigos y conocidos suyos, á quien
él tenia obligados con muchas dádivas y promesas, y dióles órden que
saliesen al camino y tomasen el bajel del cadí y sus riquezas, pasando
á cuchillo cuantos en él iban, si no fuese á Leonisa la cautiva;
que á ella sola queria por despojo aventajado á los muchos haberes
que el bergantin llevaba: ordenóles tambien que le echasen á fondo,
de manera que ninguna cosa quedase que pudiese dar indicio de su
perdicion. La codicia del saco les puso alas en los piés y esfuerzo en
el corazon, aunque bien vieron que poca defensa habian de hallar en
los del bergantin, segun iban desarmados y sin sospecha de semejante
acontecimiento.
Dos dias habia ya que el bergantin caminaba, que al cadí se le hicieron
dos siglos, porque luego en el primero quisiera poner en efecto su
determinacion; mas aconsejáronle sus esclavos que convenia primero
hacer de suerte que Leonisa cayese mala, para dar color á su muerte, y
que esto habia de ser con algunos dias de enfermedad: él no quisiera
sino decir que habia muerto de repente, y acabar presto con todo, y
despachar á su mujer, y aplacar el fuego que las entrañas poco á poco
le iba consumiendo; pero en efecto hubo de condescender con el parecer
de los dos.
Ya en esto habia Halima declarado su intento á Mahamut y á Ricardo, y
ellos estaban en ponerlo por obra al pasar de las cruces de Alejandría,
ó al entrar de los castillos de la Natolia; pero fué tanta la priesa
que el cadí les daba, que se ofrecieron de hacerlo en la primera
comodidad que se les ofreciese; y un dia, al cabo de seis que navegaban
y que ya le parecia al cadí que bastaba el fingimiento de la enfermedad
de Leonisa, importunó á sus esclavos que otro dia concluyesen con
Halima, y la arrojasen al mar amortajada, diciendo ser la cautiva del
Gran Señor.
Amaneciendo pues el dia en que segun la intencion de Mahamut y de
Ricardo habia de ser el cumplimiento de sus deseos, ó el fin de sus
dias, descubrieron un bajel que á vela y remo les venia dando caza:
temieron fuese de cosarios cristianos, de los cuales ni los unos ni
los otros podian esperar buen suceso; porque de serlo, se temia ser
los moros cautivos, y los cristianos, aunque quedasen con libertad,
quedarian desnudos y robados; pero Mahamut y Ricardo con la libertad
de Leonisa y de la de entrambos se contentaran: con todo esto que se
imaginaban, temian la insolencia de la gente cosaria, pues jamas la que
se da á tales ejercicios, de cualquiera ley ó nacion que sea, deja de
tener un ánimo cruel y una condicion insolente. Pusiéronse en defensa,
sin dejar los remos de las manos y hacer todo cuanto pudiesen; pero
pocas horas tardaron que vieron que les iban entrando, de modo que en
ménos de dos se les pusieron á tiro de cañon: viendo esto, amainaron,
soltaron los remos, tomaron las armas, y los esperaron, aunque el cadí
dijo que no temiesen, porque el bajel era turquesco, y que no les haria
daño alguno: mandó poner luego una bandera blanca de paz en el peñol
de la popa, porque le viesen los que ya ciegos y codiciosos venian con
gran furia á embestir el mal defendido bergantin. Volvió en esto la
cabeza Mahamut, y vió que de la parte de poniente venia una galeota á
su parecer de veinte bancos, y díjoselo al cadí, y algunos cristianos
que iban al remo dijeron que el bajel que se descubria era de
cristianos: todo lo cual les dobló la confusion y el miedo, y estaban
suspensos sin saber lo que harian, temiendo y esperando el suceso que
Dios quisiese darles.
Paréceme que diera el cadí en aquel punto por hallarse en Nicosia toda
la esperanza de su gusto: tanta era la confusion en que se hallaba;
aunque le quitó presto della el bajel primero, que sin respeto de
las banderas de paz ni de lo que á su religion debian, embistieron
con el del cadí con tanta furia que estuvo poco en echarle á fondo:
luego conoció el cadí los que le acometian, y vió que eran soldados de
Nicosia, y adivinó lo que podia ser, y dióse por perdido y muerto; y si
no fuera que los soldados se dieron ántes á robar que á matar, ninguno
quedara con vida; mas cuando ellos andaban mas encendidos y mas atentos
en su robo, dió un turco voces, diciendo:
--Arma, soldados, que un bajel de cristianos nos embiste.
Así era la verdad, porque el bajel que descubrió el bergantin del
cadí venia con insignias y banderas cristianescas, el cual llegó con
toda furia á embestir el bajel de Hazan; pero ántes que llegase,
preguntó uno desde la proa en lengua turquesca, qué bajel era aquel.
Respondiéronle que era de Hazan bajá, virey de Chipre.
--Pues ¿cómo, replicó el turco, siendo vosotros mosolimanes, embestís
y robais á ese bajel, que nosotros sabemos que va en él el cadí de
Nicosia?
Á lo cual respondieron que ellos no sabian otra cosa mas de que el
bajá les habia ordenado le tomasen, y que ellos como sus soldados y
obedientes habian hecho su mandamiento.
Satisfecho de lo que saber queria el capitan del segundo bajel que
venia á la cristianesca, dejó de embestir al de Hazan, y acudió al
del cadí, y á la primera rociada mató mas de diez turcos de los que
dentro estaban, y luego le entró con grande ánimo y presteza; mas
apénas hubieron puesto los piés dentro, cuando el cadí conoció que
el que le embestia no era cristiano, sino Alí bajá, el enamorado
de Leonisa; el cual con el mismo intento que Hazan, habia estado
esperando su venida, y por no ser conocido habia hecho vestidos á
sus soldados como cristianos, para que con esta industria fuese
mas cubierto su hurto. El cadí que conoció las intenciones de los
amantes y traidores, comenzó a grandes voces á decir su maldad,
diciendo:
--¿Qué es esto, traidor Alí bajá? ¿Cómo, siendo tu mosoliman (que
quiere decir turco) me salteas como cristiano? Y vosotros, traidores
soldados de Hazan, ¿qué demonio os ha movido á cometer tan grande
insulto? ¿Cómo por cumplir el apetito lascivo del que aquí os envía,
quereis ir contra vuestro natural señor?
Á estas palabras suspendieron todos las armas, y unos á otros se
miraron y se conocieron, porque todos habian sido soldados de un mismo
capitan y militado debajo de una bandera, y confundiéndose con las
razones del cadí y con su mismo maleficio, se les embotaron los filos
de los alfanjes y se les desmayaron los ánimos: solo Alí cerró los ojos
y los oidos á todo, y arremetiendo al cadí, le dió una tal cuchillada
en la cabeza, que si no fuera por la defensa que hicieron cien varas de
toca con que venia ceñida, sin duda se la partiera por medio; pero con
todo le derribó entre los bancos del bajel, y al caer dijo el cadí:
--¡Oh cruel renegado, enemigo de mi divino profeta! ¿Y es posible
que no ha de haber quien castigue tu crueldad y tu grande insolencia?
¿Cómo, maldito, has osado poner las manos y las armas en tu cadí, y en
un ministro de Mahoma?
Estas palabras añadieron fuerza á fuerza á las primeras, las cuales
oidas de los soldados de Hazan, y movidos de temor que los soldados
de Alí les habian de quitar la presa, que ya ellos por suya tenian,
determinaron de ponerlo todo en aventura; y comenzando uno y
siguiéndole todos, dieron en los soldados de Alí con tanta priesa,
rencor y brio, que en poco espacio los pararon tales, que aunque eran
muchos mas que ellos, los redujeron á número pequeño; pero los que
quedaron, volviendo sobre sí, vengaron á sus compañeros, no dejando de
los de Hazan apénas cuatro con vida, y estos muy mal heridos.
Estábanlos mirando Ricardo y Mahamut, que de cuando en cuando sacaban
la cabeza por el escotillon de la cámara de popa, por ver en qué paraba
aquella grande herrería que sonaba; y viendo como los turcos estaban
casi todos muertos, y los vivos mal heridos, y cuán fácilmente se podia
dar cabo de todos, llamó Mahamut á dos sobrinos de Halima que ella
habia hecho embarcar consigo, para que ayudasen á levantar el bajel,
y con ellos y con su padre, tomando alfanjes de los muertos, saltaron
en crujía, y apellidando libertad, libertad, y ayudados de las buenas
boyas, cristianos griegos, con facilidad y sin recebir herida los
degollaron á todos, y pasando sobre la galeota de Alí que sin defensa
estaba, fácilmente la rindieron y ganaron cuanto en ella venia. De los
que en el segundo encuentro murieron, fué de los primeros Alí bajá, que
un turco en venganza del cadí le mató á cuchilladas.
Diéronse luego todos por consejo de Ricardo á pasar cuantas cosas
habia de precio en su bajel y en el de Hazan á la galeota de Alí, que
era bajel mayor y acomodado para cualquier cargo ó viaje, y ser los
remeros cristianos, los cuales contentos con la alcanzada libertad y
con muchas cosas que Ricardo repartió entre todos, se ofrecieron de
llevarle hasta Trápana, y aun hasta el cabo del mundo, si quisiese: y
con esto Mahamut y Ricardo llenos de gozo por el buen suceso, se fueron
á la mora Halima, y la dijeron que si queria volverse á Chipre, que
con las buenas boyas le armarian su mismo bajel, y le darian la mitad
de las riquezas que habia embarcado; mas ella, que en tanta calamidad
aun no habia perdido el cariño y amor que á Ricardo tenia, dijo que
queria irse con ellos á tierra de cristianos, de lo cual sus padres se
holgaron en estremo.
El cadí volvió en su acuerdo, y le curaron como la ocasion les dió
lugar, á quien tambien dijeron que escogiese una de dos: ó que se
dejase llevar á tierra de cristianos, ó volverse en su mismo bajel á
Nicosia. Él respondió que ya que la fortuna le habia traido á tales
términos, les agradecia la libertad que le daban, y que queria ir á
Constantinopla á quejarse al Gran Señor del agravio que de Hazan y de
Alí habia recebido; mas cuando supo que Halima le dejaba y se queria
volver cristiana, estuvo en poco de perder el juicio. En resolucion le
armaron su bajel, y le proveyeron de todas las cosas necesarias para su
viaje, y aun le dieron algunos cequíes de los que habian sido suyos, y
despidiéndose de todos con determinacion de volverse á Nicosia, pidió
ántes que se hiciese á la vela, que Leonisa le abrazase, que aquella
merced y favor seria bastante para poner en olvido toda su desventura.
Todos suplicaron á Leonisa diese aquel favor á quien tanto la queria,
pues en ello no iria contra el decoro de su honestidad: hizo Leonisa
lo que le rogaron, y el cadí le pidió le pusiese las manos sobre la
cabeza, porque él llevase esperanzas de sanar de su herida: en todo
le contentó Leonisa. Hecho esto, y habiendo dado un barreno al bajel
de Hazan, favoreciéndoles un levante fresco que parecia que llamaba
las velas para entregarse en ellas, se las dieron, y en breves horas
perdieron de vista al bajel del cadí, el cual con lágrimas en los ojos
estaba mirando cómo se llevaban los vientos su hacienda, su gusto, su
mujer y su alma.
Con diferentes pensamientos de los del cadí navegaban Ricardo y
Mahamut; y así sin querer tocar en tierra en ninguna parte, pasaron á
la vista de Alejandría de golfo lanzado; y sin amainar velas, y sin
tener necesidad de aprovecharse de los remos, llegaron á la fuerte
isla de Corfú, donde hicieron agua, y luego sin detenerse pasaron
por los infamados riscos acroceraunos, y desde léjos al segundo dia
descubrieron á Paquino, promontorio de la fertilísima Tinacria, á
vista de la cual y de la insigne isla de Malta volaron, que no con
ménos lijereza navegaba el dichoso leño.
En resolucion, bajando la isla, de allí á cuatro dias descubrieron
la Lampadosa, y luego la isla donde se perdieron, con cuya vista se
estremeció Leonisa, viniéndole á la memoria el peligro en que ella se
habia visto: otro dia vieron delante de sí la deseada y amada patria,
renovóse la alegría en sus corazones, alborotáronse sus espíritus con
el nuevo contento, que es uno de los mayores que en esta vida se pueden
tener, llegar despues de luengo cautiverio salvo y sano á su patria; y
al que á este se le puede igualar es el que se recibe de la victoria
alcanzada de los enemigos.
Habíase hallado en la galeota una caja llena de banderetas y flámulas
de diversas colores de sedas, con las cuales hizo Ricardo adornar la
galeota: poco despues de amanecer seria, cuando se hallaron á ménos de
una legua de la ciudad, y bogando á cuarteles, y alzando de cuando en
cuando alegres voces y gritos, se iban llegando al puerto, en el cual
en un instante pareció infinita gente del pueblo, que habiendo visto
cómo aquel bien adornado bajel tan de espacio se llegaba á tierra, no
quedó gente en toda la ciudad que dejase de salir á la marina.
En este entre tanto habia Ricardo pedido y suplicado á Leonisa, que se
adornase y vistiese de la misma manera que cuando entró en la tienda de
los bajáes; porque queria hacer una graciosa burla á sus padres. Hízolo
así, y añadiendo galas á galas, perlas á perlas, y belleza á belleza,
que suele acrecentarse con el contento, se vistió de modo que de nuevo
causó admiracion y maravilla: vistióse asimismo Ricardo á la turquesca,
y lo mismo hizo Mahamut, y todos los cristianos del remo, que para
todos hubo en los vestidos de los turcos muertos.
Cuando llegaron al puerto serian las ocho de la mañana, que tan serena
y clara se mostraba, que parecia que estaba atenta mirando aquella
alegre entrada. Antes de entrar en el puerto hizo Ricardo disparar las
piezas de la galeota, que eran un cañon de crujía y dos falconetes:
respondió la ciudad con otras tantas.
Estaba toda la gente confusa, esperando llegase el bizarro bajel; pero
cuando vieron de cerca que era turquesco, porque se divisaban los
blancos turbantes de los que moros parecian, temerosos y con sospecha
de algun engaño, tomaron las armas y acudieron al puerto todos los que
en la ciudad son de milicia, y la gente de á caballo se tendió por toda
la marina: de todo lo cual recebieron gran contento los que poco á
poco se fueron llegando hasta entrar en el puerto, dando fondo junto á
tierra, y arrojando en ella la plancha, soltando á una los remos, todos
uno á uno, como en procesion, salieron á tierra, la cual con lágrimas
de alegría besaron una y muchas veces, señal clara que dió á entender
ser cristianos que con aquel bajel se habian alzado: á la postre de
todos salieron el padre y madre de Halima, y sus dos sobrinos, como
está dicho, vestidos á la turquesca: hizo fin y remate la hermosa
Leonisa, cubierto el rostro con un tafetan carmesí: traíanla en medio
Ricardo y Mahamut, cuyo espectáculo llevó tras sí los ojos de toda
aquella infinita multitud que los miraba. En llegando á tierra hicieron
como los demas, besándola postrados por el suelo.
En esto llegó á ellos el capitan y gobernador de la ciudad, que bien
conoció que eran los principales de todos; mas apénas hubo llegado,
cuando conoció á Ricardo, y corrió con los brazos abiertos y con
señales de grandísimo contento á abrazarle. Llegaron con el gobernador,
Cornelio y su padre, y los de Leonisa con todos sus parientes y los
de Ricardo, que todos eran los mas principales de la ciudad: abrazó
Ricardo al gobernador, y respondió á todos los parabienes que le daban:
trabó de la mano á Cornelio (el cual como le conoció y se vió asido
dél, perdió la color del rostro, y casi comenzó á temblar de miedo), y
teniendo asimismo de la mano á Leonisa, dijo:
--Por cortesía os ruego, señores, que ántes que entremos en la ciudad y
en el templo á dar las debidas gracias á nuestro Señor de las grandes
mercedes que en nuestra desgracia nos ha hecho, me escucheis ciertas
razones que deciros quiero.
Á lo cual el gobernador respondió que dijese lo que quisiese, que todos
le escucharian con gusto y con silencio. Rodeáronle luego todos los mas
de los principales, y él alzando un poco la voz, dijo desta manera:
--Bien se os debe acordar, señores, de la desgracia que algunos meses
ha en el jardin de las Salinas me sucedió con la pérdida de Leonisa:
tambien no se os habrá caido de la memoria la diligencia que yo puse
en procurar su libertad, pues olvidándome de la mia ofrecí por su
rescate toda mi hacienda (aunque esta que al parecer fué liberalidad,
no puede ni debe redundar en mi alabanza, pues la daba por el rescate
de mi alma); lo que despues acá á los dos ha sucedido requiere para
mas tiempo otra sazon y coyuntura, y otra lengua no tan turbada como
la mia: basta deciros por ahora, que despues de varios y estraños
acaecimientos, y despues de mil perdidas esperanzas de alcanzar remedio
de nuestras desdichas, el piadoso cielo sin ningun merecimiento nuestro
nos ha vuelto á la deseada patria, cuanto llenos de contento, colmados
de riquezas: y no nace dellas ni de la libertad alcanzada el sin igual
gusto que tengo, sino del que imagino que tiene esta en paz y en guerra
dulce enemiga mia, así por verse libre, como por ver como ve el
retrato de su alma: todavía me alegro de la general alegría que tienen
los que me han sido compañeros en la miseria; y aunque las desventuras
y tristes acontecimientos suelen mudar las condiciones y aniquilar
los ánimos valerosos, no ha sido así con el verdugo de mis buenas
esperanzas; porque con mas valor y entereza que buenamente decirse
puede, ha pasado el naufragio de sus desdichas y los encuentros de mis
ardientes cuanto honestas importunaciones: en lo cual se verifica que
mudan el cielo y no las costumbres los que en ellas tal vez hicieron
asiento. De todo esto que he dicho, quiero inferir que yo le ofrecí
mi hacienda en rescate, y le di mi alma en mis deseos: di traza en su
libertad y aventuré por ella mas que por la mia la vida, y todos estos
que en otro sujeto mas agradecido pudieran ser cargos de algun momento,
no quiero yo que lo sean; solo quiero lo sea este en que te pongo ahora.
Y diciendo esto, alzó la mano y con honesto comedimiento quitó el
antifaz del rostro de Leonisa, que fué como quitarse la nube que tal
vez cubre la hermosa claridad del sol; y prosiguió diciendo:
--Ves aquí, oh Cornelio, te entrego la prenda que tú debes de estimar
sobre las cosas que son dignas de estimarse; y ves aquí tú, hermosa
Leonisa, te doy al que tú siempre has tenido en la memoria: esta
sí quiero que se tenga por liberalidad; en cuya comparacion dar la
hacienda, la vida y la honra no es nada: recíbela, oh venturoso
mancebo, recíbela, y si llega tu conocimiento á tanto que llegue á
conocer valor tan grande, estímate por el mas venturoso de la tierra:
con ella te daré asimismo todo cuanto me tocare de parte en lo que á
todos el cielo nos ha dado, que bien creo que pasará de treinta mil
escudos: de todo puedes gozar á tu sabor con libertad, y quietud y
descanso; y plega al cielo que sea por luengos y felices años: yo sin
ventura, pues quedo sin Leonisa, gusto de quedar pobre; que á quien
Leonisa le falta, la vida le sobra.
Y en diciendo esto calló, como si al paladar se hubiera pegado la
lengua; pero desde allí á un poco, ántes que ninguno hablase, dijo:
--¡Válame Dios, y cómo los apretados trabajos turban los
entendimientos! Yo, señores, con el deseo que tengo de hacer bien,
no he mirado lo que he dicho, porque no es posible que nadie pueda
demostrarse liberal de lo ajeno: ¿qué jurisdiccion tengo yo en Leonisa
para darla á otro? ó ¿cómo puedo ofrecer lo que está tan léjos de
ser mio? Leonisa es suya, y tan suya, que á faltarle sus padres,
que felices años vivan, ningun opósito tuviera su voluntad; y si se
pudieran poner las obligaciones que como discreta debe de pensar que
me tiene, desde aquí las borro, las cancelo y doy por ningunas; y así
de lo dicho me desdigo, y no doy á Cornelio nada, pues no puedo; solo
confirmo la manda de mi hacienda hecha á Leonisa, sin querer otra
recompensa sino que tenga por verdaderos mis honestos pensamientos,
y que crea dellos que nunca se encaminaron ni miraron á otro punto,
que el que pide su incomparable honestidad, su gran valor é infinita
hermosura.
Calló Ricardo en diciendo esto; á lo cual Leonisa respondió en esta
manera:
--Si algun favor, oh Ricardo, imaginas que yo hice á Cornelio en el
tiempo que tú andabas de mí enamorado y celoso, imagina que fué tan
honesto, como guiado por la voluntad y órden de mis padres, que atentos
á que le moviesen á ser mi esposo, permitian que se los diese: si
quedas desto satisfecho, bien lo estarás de lo que de mí te ha mostrado
la esperiencia cerca de mi honestidad y recato: esto digo por darte
á entender, Ricardo, que siempre fuí mia, sin estar sujeta á otro
que á mis padres, á quien ahora humildemente, como es razon, suplico
me den licencia y libertad para disponer la que tu mucha valentía y
liberalidad me ha dado.
Sus padres dijeron que se la daban, porque fiaban de su mucha
discrecion que usaria della de modo que siempre redundase en su honra y
en su provecho.
--Pues con esa licencia, prosiguió la discreta Leonisa, quiero que
no se me haga de mal mostrarme desenvuelta á trueque de no mostrarme
desagradecida: y así, oh valiente Ricardo, mi voluntad hasta aquí
recatada, perpleja y dudosa, se declara en favor tuyo; porque sepan los
hombres que no todas las mujeres son ingratas, mostrándome yo siquiera
agradecida: tuya soy, Ricardo, y tuya seré hasta la muerte, si otro
mejor conocimiento no te mueve á negar la mano que de mi esposo te pido.
Quedó como fuera de sí á estas razones Ricardo, y no supo ni pudo
responder con otras á Leonisa, que con hincarse de rodillas ante ella
y besarle las manos, que le tomó por fuerza muchas veces, bañándoselas
en tiernas y amorosas lágrimas: derramólas Cornelio de pesar, y de
alegría los padres de Leonisa, y de admiracion y de contento todos los
circunstantes.
Hallóse presente el obispo ó arzobispo de la ciudad, y con su
bendicion y licencia los llevó al templo, y dispensando en el tiempo
los desposó en el mismo punto. Derramóse la alegría por toda la
ciudad, de la cual dieron muestra aquella noche infinitas luminarias,
y otros muchos dias la dieron muchos juegos y regocijos que hicieron
los parientes de Ricardo y de Leonisa. Reconciliáronse con la Iglesia
Mahamut y Halima, la cual imposibilitada de cumplir el deseo de verse
esposa de Ricardo, se contentó con serlo de Mahamut. Á sus padres
y á los sobrinos de Halima dió la liberalidad de Ricardo, de las
partes que le cupieron del despojo, suficientemente con que viviesen.
Todos en fin quedaron contentos, libres y satisfechos, y la fama
de Ricardo, saliéndose de los términos de Sicilia, se estendió por
todos los de Italia y de otras muchas partes, debajo del nombre del
-Amante liberal-, y aun hasta hoy dura en los muchos hijos que tuvo
en Leonisa, que fué ejemplo raro de discrecion, honestidad, recato y
hermosura.
RINCONETE Y CORTADILLO.
En la venta del Molinillo, que está puesta en los fines de los famosos
campos de Alcudia, como vamos de Castilla á la Andalucía, un dia de los
calorosos del verano se hallaron en ella acaso dos muchachos de hasta
edad de catorce á quince años el uno, y el otro no pasaba de diez y
siete: ambos de buena gracia, pero muy descosidos, rotos y maltratados:
capa no la tenian, los calzones eran de lienzo, y las medias de carne;
bien es verdad que lo enmendaban los zapatos, porque los del uno eran
alpargates tan traidos como llevados, y los del otro picados y sin
suelas, de manera que mas le servian de cormas, que de zapatos: traia
el uno montera verde de cazador, el otro un sombrero sin toquilla, bajo
de copa y ancho de falda: á la espalda, y ceñida por los pechos, traia
uno una camisa de color de camuza, encerrada y recogida toda en una
manga: el otro venia escueto y sin alforjas, puesto que en el seno se
le parecia un gran bulto, que á lo que despues pareció, era un cuello
de los que llaman valonas almidonadas, almidonado con grasa, y tan
deshilado de roto, que todo parecia hilachas: venian en él envueltos y
guardados unos naipes de figura ovada, porque de ejercitarlos, se les
habian gastado las puntas, y porque durasen mas, se las cercenaron y
los dejaron de aquel talle: estaban los dos quemados del sol, las uñas
caireladas, y las manos no muy limpias: el uno tenia una media espada,
y el otro un cuchillo de cachas amarillas, que los suelen llamar
vaqueros.
Saliéronse los dos á sestear en un portal ó cobertizo que delante de la
venta se hace, y sentándose frontero el uno del otro, el que parecia
de mas edad dijo al mas pequeño:
--¿De qué tierra es vuesa merced, señor gentilhombre, y para dónde
bueno camina?
--Mi tierra, señor caballero, respondió el preguntado, no la sé, ni
para dónde camino tampoco.
--Pues en verdad, dijo el mayor, que no parece vuesa merced del cielo,
y que este no es lugar para hacer su asiento en él, que por fuerza se
ha de pasar adelante.
--Así es, respondió el mediano; pero yo he dicho verdad en lo que he
dicho, porque mi tierra no es mia, pues no tengo en ella mas de un
padre que no me tiene por hijo, y una madrastra que me trata como
alnado: el camino que llevo es á la ventura, y allí le daria fin donde
hallase quien me diese lo necesario para pasar esta miserable vida.
--Y ¿sabe vuesa merced algun oficio?, preguntó el grande.
Y el menor respondió:
--No sé otro sino que corro como una liebre, y salto como un gamo, y
corto de tijera muy delicadamente.
--Todo eso es muy bueno, útil y provechoso, dijo el grande, porque
habrá sacristan que le dé á vuesa merced la ofrenda de Todos Santos,
porque para el Juéves Santo le corte florones de papel para el
monumento.
--No es mi corte desa manera, respondió el menor, sino que mi padre
por la misericordia del cielo es sastre y calcetero, y me enseñó á
cortar antiparas, que como vuesa merced bien sabe, son medias calzas
con avanpiés, que por su propio nombre se suelen llamar polainas; y
córtolas tan bien, que en verdad que me podria examinar de maestro, si
no que la corta suerte me tiene arrinconado.
--Todo eso y mas acontece por los buenos, respondió el grande, y
siempre he oido decir que las buenas habilidades son las mas perdidas,
pero aun edad tiene vuesa merced para enmendar su ventura: mas si yo
no me engaño y el ojo no me miente, otras gracias tiene vuesa merced
secretas, y no las quiere manifestar.
--Sí tengo, respondió el pequeño; pero no son para en público, como
vuesa merced ha muy bien apuntado.
Á lo cual replicó el grande:
--Pues yo le sé decir que soy uno de los mas secretos mozos que en
grande parte se pueden hallar; y para obligar á vuesa merced que
descubra su pecho y descanse conmigo, le quiero obligar con descubrirle
el mio primero, porque imagino que no sin misterio nos ha juntado aquí
la suerte, y pienso que habemos de ser, deste hasta el último dia de
nuestra vida, verdaderos amigos. Yo, señor hidalgo, soy natural de la
Fuenfrida, lugar conocido y famoso por los ilustres pasajeros que por
él de contino pasan: mi nombre es Pedro del Rincon, mi padre es persona
de calidad, porque es ministro de la Santa Cruzada, quiero decir, que
es bulero ó buldero, como los llama el vulgo: algunos dias le acompañé
en el oficio, y le aprendí de manera, que no daria ventaja en echar las
bulas al que mas presumiese en ello; pero habiéndome un dia aficionado
mas al dinero de las bulas, que á las mismas bulas, me abracé con un
talego, y di conmigo y con él en Madrid, donde con las comodidades
que allí de ordinario se ofrecen, en pocos dias saqué las entrañas
al talego, y le dejé con mas dobleces que pañizuelo de desposado:
vino el que tenia á cargo el dinero tras mí, prendiéronme, tuve poco
favor, aunque viendo aquellos señores mi poca edad se contentaron
con que me arrimasen al aldabilla, y me mosqueasen las espaldas por
un rato, y con que saliese desterrado por cuatro años de la corte:
tuve paciencia, encogí los hombros, sufrí la tanda y mosqueo, y salí
á cumplir mi destierro con tanta priesa, que no tuve lugar de buscar
cabalgaduras: tomé de mis alhajas las que pude y las que me parecieron
mas necesarias, y entre ellas saqué estos naipes (y á este tiempo
descubrió los que se han dicho, que en el cuello traia), con los cuales
he ganado mi vida por los mesones y ventas que hay desde Madrid aquí,
jugando á la veintiuna; y aunque vuesa merced los ve tan astrosos y
maltratados, usan de una maravillosa virtud con quien los entiende,
que no alzará que no quede un as debajo, y si vuesa merced es versado
en este juego, verá cuánta ventaja lleva el que sabe que tiene cierto
un as á la primera carta, que le puede servir de un punto y de once;
que con esta ventaja, siendo la veintiuna envidada, el dinero se queda
en casa: fuera desto aprendí de un cocinero de un embajador ciertas
tretas de quínolas y del parar, á quien tambien llaman el andaboba; que
así como vuesa merced se puede examinar en la corte de sus antiparas,
así puedo yo ser maestro en la ciencia villanesca: con esto voy seguro
de no morir de hambre, porque aunque llegue á un cortijo, hay quien
quiera pasar tiempo jugando un rato, y desto hemos de hacer luego la
esperiencia los dos: armemos la red, y veamos si cae algun pájaro
destos arrieros que aquí hay, quiero decir, que juguemos los dos á la
veintiuna como si fuese de veras, que si alguno quisiere ser tercero,
él será el primero que deje la pecunia.
--Sea en buen hora, dijo el otro, y en merced muy grande tengo la que
vuesa merced me ha hecho en darme cuenta de su vida, con que me ha
obligado á que yo no le encubra la mia, que diciéndola mas breve, es
esta: Yo nací en el Pedroso, lugar puesto entre Salamanca y Medina del
Campo: mi padre es sastre, enseñóme su oficio, y de corte de tijera con
mi buen ingenio salté á cortar bolsas: enfadóme la vida estrecha de
la aldea y el desamorado trato de mi madrastra: dejé mi pueblo, vine
á Toledo á ejercitar mi oficio, y en él he hecho maravillas; porque
no pende relicario de toca, ni hay faldriquera tan escondida, que mis
dedos no visiten, ni mis tijeras no corten, aunque le estén guardando
con los ojos de Argos: y en cuatro meses que estuve en aquella
ciudad, nunca fuí cogido entre puertas, ni sobresaltado ni corrido de
corchetes, ni soplado de ningun cañuto; bien es verdad que habrá ocho
dias que una espía doble dió noticia de mi habilidad al corregidor, el
cual aficionado á mis buenas partes quisiera verme; mas yo que por ser
humilde no quiero tratar con personas tan graves, procuré de no verme
con él, y así salí de la ciudad con tanta priesa, que no tuve lugar de
acomodarme de cabalgaduras, ni blancas, ni de algun coche de retorno, ó
por lo ménos de un carro.
--Eso se borre, dijo Rincon, y pues ya nos conocemos, no hay para qué
aquesas grandezas ni altiveces: confesemos llanamente que no tenemos
blanca ni aun zapatos.
--Sea así, respondió Diego Cortado (que así dijo el menor que se
llamaba), y pues nuestra amistad, como vuesa merced, señor Rincon, ha
dicho, ha de ser perpetua, comencémosla con santas y loables ceremonias.
Y levantándose Diego Cortado abrazó á Rincon, y Rincon á él tierna y
estrechamente, y luego se pusieron los dos á jugar á la veintiuna con
los ya referidos naipes, limpios de polvo y de paja, mas no de grasa y
malicia: y á pocas manos alzaba tan bien por el as Cortado, como Rincon
su maestro.
Salió en esto un arriero á refrescarse al portal, y pidió que queria
hacer tercio: acogiéronle de buena gana, y en ménos de media hora le
ganaron doce reales y veinte y dos maravedises, que fué darle doce
lanzadas y veinte y dos mil pesadumbres: y creyendo el arriero que
por ser muchachos no se lo defenderian, quiso quitarles el dinero;
mas ellos poniendo el uno mano á su media espada, y el otro al de
las cachas amarillas, le dieron tanto que hacer, que á no salir sus
compañeros, sin duda lo pasara harto mal.
Á esta sazon pasaron acaso por el camino una tropa de caminantes á
caballo, que iban á sestear á la venta del Alcalde, que está media
legua mas adelante, los cuales viendo la pendencia del arriero con
los dos muchachos, los apaciguaron y les dijeron que si acaso iban á
Sevilla que se viniesen con ellos.
--Allá vamos, dijo Rincon, y serviremos á vuesas mercedes en todo
cuanto nos mandaren.
Y sin mas detenerse saltaron delante de las mulas, y se fueron
con ellos, dejando al arriero agraviado y enojado, y á la ventera
admirada de la buena crianza de los pícaros, que les habia estado
oyendo su plática, sin que ellos advirtiesen en ello; y cuando dijo
al arriero que les habia oido decir que los naipes que traian eran
falsos, se pelaba las barbas, y queria ir á la venta tras ellos á
cobrar su hacienda, porque decia que era grandísima afrenta y caso
de ménos valer, que dos muchachos hubiesen engañado á un hombrazo
tan grande como él: sus compañeros le detuvieron y aconsejaron que
no fuese, siquiera por no publicar su inhabilidad y simpleza. En fin
tales razones le dijeron, que aunque no le consolaron, le obligaron á
quedarse.
En esto Cortado y Rincon se dieron tan buena maña en servir á los
caminantes, que lo mas del camino los llevaban á las ancas; y aunque
se les ofrecian algunas ocasiones de tentar las balijas de sus medios
amos, no las admitieron por no perder la ocasion tan buena del viaje de
Sevilla, donde ellos tenian grande deseo de verse.
Con todo esto á la entrada de la ciudad, que fué á la oracion y por la
puerta de la Aduana á causa del registro y almojarifazgo que se paga,
no se pudo contener Cortado de no cortar la balija ó maleta que á las
ancas traia un frances de la camarada, y así con el de sus cachas le
dió tan larga y profunda herida, que se parecian patentemente las
entrañas, y sutilmente le sacó dos camisas buenas, un reloj de sol, y
un libro de memoria, cosas que cuando las vieron, no les dieron mucho
gusto; y pensando que pues el frances llevaba á las ancas aquella
maleta, no la habia de haber ocupado con tan poco peso como era el que
tenian aquellas preseas, quisieran volver á darle otro tiento; pero no
lo hicieron, imaginando que ya lo habrian echado ménos, y puesto en
recaudo lo que quedaba.
Habíanse despedido ántes que el salto hiciesen, de los que hasta
allí los habian sustentado; y otro dia vendieron las camisas en el
malbaratillo que se hace fuera de la puerta del Arenal, y dellas
hicieron veinte reales. Hecho esto se fueron á ver la ciudad, y
admiróles la grandeza y suntuosidad de su mayor iglesia, el gran
concurso de gente del rio, porque era en tiempo de cargazon de flota, y
habia en él seis galeras, cuya vista les hizo suspirar y aun temer el
dia que sus culpas les habian de traer á morar en ellas de por vida:
echaron de ver los muchos muchachos de la esportilla que por allí
andaban; informáronse de uno dellos qué oficio era aquel, y si era de
mucho trabajo y de qué ganancia.
Un muchacho asturiano, que fué á quien hicieron la pregunta, respondió
que el oficio era descansado, y de que no se pagaba alcabala, y que
algunos dias salia con cinco y con seis reales de ganancia, con que
comia y bebia, y triunfaba como cuerpo de rey, libre de buscar amo á
quien dar fianzas, y seguro de comer á la hora que quisiese, pues á
todas lo hallaba en el mas mínimo bodegon de toda la ciudad, en la cual
habia tantos y tan buenos.
No les pareció mal á los dos amigos la relacion del asturianillo, ni
les descontentó el oficio, por parecerles que venia como de molde
para poder usar el suyo con cubierta y seguridad, por la comodidad
que ofrecia de entrar en todas las casas; y luego determinaron de
comprar los instrumentos necesarios para usalle, pues lo podian usar
sin exámen: y preguntándole al asturiano qué habian de comprar, les
respondió que sendos costales pequeños, limpios, ó nuevos, y cada uno
tres espuertas de palma, dos grandes y una pequeña, en las cuales se
repartia la carne, pescado y fruta, en el costal el pan, y él les
guió donde lo vendian, y ellos del dinero de la galima del frances
lo compraron todo; y dentro de dos horas pudieran estar graduados en
el nuevo oficio segun les ensayaban las esportillas, y asentaban los
costales; avisóles su adalid de los puestos donde habian de acudir: por
las mañanas á la carnicería y á la plaza de San Salvador, los dias de
pescado á la Pescadería y á la Costanilla, todas las tardes al rio, los
juéves á la feria.
Toda esta leccion tomaron bien de memoria, y otro dia bien de mañana
se plantaron en la plaza de San Salvador, y apénas hubieron llegado,
cuando los rodearon otros mozos del oficio, que por lo flamante de
los costales y espuertas vieron ser nuevos en la plaza; hiciéronles
mil preguntas, y á todas respondian con discrecion y mesura: en esto
llegaron un medio estudiante y un soldado, y convidados de la limpieza
de las espuertas de los dos novatos, el que parecia estudiante llamó á
Cortado, y el soldado á Rincon.
--En nombre sea de Dios, dijeron ambos.
--Para bien se comience el oficio, dijo Rincon, que vuesa merced me
estrena, señor mio.
Á lo cual respondió el soldado:
--La estrena no será mala, porque estoy de ganancia, y soy enamorado, y
tengo de hacer hoy banquete á unas amigas de mi señora.
--Pues cargue vuesa merced á su gusto, que ánimo tengo y fuerzas para
llevarme toda esta plaza, y aun si fuere menester que ayude á guisallo,
lo haré de muy buena voluntad.
Contentóse el soldado de la buena gracia del mozo, y díjole que si
queria servir, que él le sacaria de aquel abatido oficio: á lo cual
respondió Rincon que por ser aquel el dia primero que le usaba, no le
queria dejar tan presto hasta ver á lo ménos lo que tenia de malo ó
bueno; y cuando no le contentase, él daba su palabra de servirle á él,
y ántes que á un canónigo.
Rióse el soldado, cargóle muy bien, mostróle la casa de su dama para
que la supiese de allí adelante, y él no tuviese necesidad, cuando otra
vez le enviase, de acompañarle. Rincon prometió fidelidad y buen trato:
dióle el soldado tres cuartos, y en un vuelo volvió á la plaza por
no perder coyuntura; porque tambien desta diligencia les advirtió el
asturiano, y de que cuando llevasen pescado menudo, conviene á saber,
albures, ó sardinas, ó acedías, bien podian tomar algunas, y hacerlas
la salva, siquiera para el gasto de aquel dia; pero que esto habia
de ser con toda sagacidad y advertimiento, porque no se perdiese el
crédito, que era lo que mas importaba en aquel ejercicio.
Por presto que volvió Rincon, ya halló en el mismo puesto á Cortado.
Llegóse Cortado á Rincon, y preguntóle que cómo le habia ido. Rincon
abrió la mano, y mostróle los tres cuartos. Cortado entró la suya en
el seno, y sacó una bolsilla que mostraba haber sido de ámbar en los
pasados tiempos; venia algo hinchada, y dijo:
--Con esta me pagó su reverencia del estudiante y con dos cuartos mas;
tomadla vos, Rincon, por lo que puede suceder.
Y habiéndosela ya dado secretamente, veis aquí do vuelve el estudiante
trasudando y turbado de muerte, y viendo á Cortado le dijo si acaso
habia visto una bolsa de tales y tales señas, que con quince escudos de
oro en oro, y con tres reales de á dos, y tantos maravedís en cuartos
y en ochavos le faltaba, y que le dijese si la habia tomado en el
entre tanto que con él habia andado comprando. Á lo cual con estraño
disimulo, sin alterarse ni mudarse en nada, respondió Cortado:
--Lo que yo sabré decir desa bolsa es que no debe de estar perdida, si
ya no es que vuesa merced la puso á mal recaudo.
--Eso es ello, pecador de mí, respondió el estudiante, que la debí de
poner á mal recaudo, pues me la hurtaron.
--Lo mismo digo yo, dijo Cortado: pero para todo hay remedio, si no
es para la muerte, y el que vuesa merced podrá tomar es lo primero y
principal tener paciencia, que de ménos nos hizo Dios, y un dia viene
tras otro dia, y donde las dan las toman, y podria ser que con el
tiempo el que llevó la bolsa se viniese á arrepentir, y se la volviese
á vuestra merced sahumada.
--El sahumerio le perdonaríamos, respondió el estudiante.
Y Cortado prosiguió diciendo:
--Cuanto mas que cartas de descomunion hay paulinas, y buena
diligencia, que es madre de la buenaventura, aunque á la verdad no
quisiera yo ser el llevador de la bolsa, porque si es que vuesa merced
tiene alguna órden sacra, parecermeia á mí que habia cometido algun
grande incesto ó sacrilegio.
--Y ¿cómo que ha cometido sacrilegio? dijo á esto adolorido el
estudiante; que puesto caso que yo no soy sacerdote sino sacristan de
unas monjas, el dinero de la bolsa era del tercio de una capellanía que
me dió á cobrar un sacerdote amigo mio, y es dinero sagrado y bendito.
--Con su pan se lo coma, dijo Rincon á este punto, no le arriendo
la ganancia, dia de juicio hay donde todo saldrá, como dicen, en la
colada, y entónces se verá quién fué Callejas, y el atrevido que se
atrevió á tomar, hurtar y menoscabar el tercio de la capellanía: y
¿cuánto renta cada año, dígame, señor sacristan, por su vida?
--Renta la puta que me parió; y ¡estoy yo agora para decir lo que
renta! respondió el sacristan con algun tanto de demasiada cólera:
decidme, hermano, si sabeis algo, si no quedad con Dios, que yo la
quiero hacer pregonar.
--No me parece mal remedio ese, dijo Cortado, pero advierta vuesa
merced no se le olviden las señas de la bolsa, ni la cantidad
puntualmente del dinero que va en ella, que si yerra en un ardite, no
parecerá en dias del mundo, y esto le doy por hado.
--No hay que temer deso, respondió el sacristan, que lo tengo mas en la
memoria que el tocar de las campanas: no me erraré en un átomo.
Sacó en esto de la faldriquera un pañuelo randado para limpiarse el
sudor que llovia de su rostro como de alquitara; y apénas le hubo visto
Cortado, cuando le marcó por suyo: y habiéndose ido el sacristan,
Cortado le siguió y le alcanzó en las gradas, donde le llamó y le
retiró á una parte, y allí le comenzó á decir tantos disparates al modo
de lo que llaman bernardinas, cerca del hurto y hallazgo de su bolsa,
dándole buenas esperanzas, sin concluir jamas razon que comenzase, que
el pobre sacristan estaba embelesado escuchándole; y como no acababa de
entender lo que le decia, hacia que le repitiese la razon dos y tres
veces.
Estábale mirando Cortado á la cara atentamente, y no quitaba los ojos
de sus ojos: el sacristan le miraba de la misma manera, estando colgado
de sus palabras: este tan grande embelesamiento dió lugar á Cortado que
concluyese su obra, y sutilmente le sacó el pañuelo de la faldriquera,
y despidiéndose dél, le dijo que á la tarde procurase de verle en aquel
mismo lugar, porque él traia entre ojos que un muchacho de su mismo
oficio y de su mismo tamaño, que era algo ladroncillo, le habia tomado
la bolsa, y que él se obligaba á saberlo dentro de pocos ó de muchos
dias.
Con esto se consoló algo el sacristan, y se despidió de Cortado, el
cual se vino donde estaba Rincon, que todo lo habia visto un poco
apartado dél, y mas abajo estaba otro mozo de la esportilla que vió
todo lo que habia pasado, y cómo Cortado daba el pañuelo á Rincon; y
llegándose á ellos les dijo:
--Díganme, señores galanes, ¿voacedes son de mala entrada, ó no?
--No entendemos esa razon, señor galan, respondió Rincon.
--¿Qué, no entrevan, señores murcios? respondió el otro.
--No somos de Teba ni de Murcia, dijo Cortado; si otra cosa quiere,
dígala; si no, váyase con Dios.
--¿No lo entienden? dijo el mozo, pues yo se lo daré á entender y á
beber con una cuchara de plata: quiero decir, señores ¿si son vuesas
mercedes ladrones? mas no sé para qué les pregunto esto, pues sé ya que
lo son; mas díganme, ¿cómo no han ido á la aduana del señor Monipodio?
--¿Págase en esta tierra almojarifazgo de ladrones, señor galan? dijo
Rincon.
--Si no se paga, respondió el mozo, á lo ménos regístranse ante el
señor Monipodio, que es su padre, su maestro y su amparo; y así les
aconsejo que vengan conmigo á darle la obediencia, ó si no no se
atrevan á hurtar sin su señal, que les costará caro.
--Yo pensé, dijo Cortado, que el hurtar era oficio libre, horro de
pecho y alcabala, y que si se paga es por junto, dando por fiadores
á la garganta y á las espaldas; pero pues así es, y en cada tierra
hay su uso, guardemos nosotros el desta, que por ser la mas principal
del mundo, será el mas acertado de todo él; y así puede vuesa merced
guiarnos donde está ese caballero que dice, que ya yo tengo barruntos,
segun lo que he oido decir, que es muy calificado y generoso, y ademas
hábil en el oficio.
--Y ¿cómo que es calificado, hábil y suficiente? respondió el mozo:
eslo tanto, que en cuatro años que ha que tiene el cargo de ser nuestro
mayor y padre, no han padecido sino cuatro en el finibusterre, y obra
de treinta embesados, y de sesenta y dos en gurapas.
--En verdad, señor, dijo Rincon, que así entendemos esos nombres como
volar.
--Comencemos á andar, que yo los iré declarando por el camino,
respondió el mozo, con otros algunos que así les conviene saberlos como
el pan de la boca.
Y así les fué diciendo y declarando otros nombres, de los que ellos
llaman germanescos ó de la germania, en el discurso de su plática, que
no fué corta, porque el camino era largo, en el cual dijo Rincon á su
guia:
--¿Es vuesa merced por ventura ladron?
--Sí, respondió él, para servir á Dios y á la buena gente, aunque no de
los muy cursados, que todavía estoy en el año del noviciado.
Á lo cual respondió Cortado:
--Cosa nueva es para mí, que haya ladrones en el mundo para servir á
Dios y á la buena gente.
Á lo cual respondió el mozo:
--Señor, yo no me meto en teologías; lo que sé es que cada uno en su
oficio puede alabar á Dios, y mas con la órden que tiene dada Monipodio
á todos sus ahijados.
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