--Desta manera, dijo Andres, ¿vos sois el poeta que yo he dicho?
--Sí soy, replicó el mancebo, que no lo puedo ni lo quiero negar: quizá
podria ser que donde he pensado perderme, hubiese venido á ganarme, si
es que hay fidelidad en las selvas y buen acogimiento en los montes.
--Hayle sin duda, respondió Andres, y entre nosotros los jitanos el
mayor secreto del mundo: con esta confianza podeis, señor, descubrirme
vuestro pecho, porque hallaréis en el mio lo que veréis sin doblez
alguna: la Jitanilla es parienta mia y está sujeta á lo que yo quisiere
hacer della: si la quisiéredes por esposa, yo y todos sus parientes
gustaremos dello, y lo tendremos por bien: y si por amiga, no usarémos
de ningun melindre con tal que tengais dineros, porque la codicia por
jamas sale de nuestros ranchos.
--Dineros traigo, respondió el mozo; en estas mangas de camisa, que
traigo ceñida por el cuerpo, vienen cuatrocientos escudos de oro.
Este fué otro susto mortal que recibió Andres, viendo que el traer
tanto dinero no era sino para conquistar ó comprar su prenda; y con
lengua ya turbada dijo:
--Buena cantidad es esa, no hay sino descubriros, y manos á la labor,
que la muchacha que no es nada boba, verá cuán bien le está ser vuestra.
--¡Ay, amigo! dijo á esta sazon el mozo: quiero que sepais que la
fuerza que me ha hecho mudar de traje no es la de amor que vos decís,
ni de desear á Preciosa; que hermosas tiene Madrid que pueden y saben
robar los corazones y rendir las almas tan bien y mejor que las mas
hermosas jitanas; puesto que confieso que la hermosura de vuestra
parienta á todas las que yo he visto se aventaja: quien me tiene en
este traje, á pié y mordido de perros, no es amor, sino desgracia mia.
Con estas razones que el mozo iba diciendo, iba Andres cobrando los
espíritus perdidos, pareciéndole que se encaminaban á otro paradero del
que se imaginaba, y deseoso de salir de aquella confusion, volvió á
reforzarle la seguridad con que podia descubrirse, y así él prosiguió
diciendo:
--Yo estaba en Madrid en casa de un título á quien servia, no como á
señor, sino como á pariente; este tenia un hijo único heredero suyo,
el cual así por el parentesco, como por ser ambos de una edad y de
una condicion misma, me trataba con familiaridad y amistad grande:
sucedió que este caballero se enamoró de una doncella principal, á
quien él escogiera de bonísima gana para su esposa, si no tuviera la
voluntad sujeta como buen hijo á la de sus padres, que aspiraban á
casarle mas altamente; pero con todo eso la servia á hurto de todos
los ojos que pudieran con las lenguas sacar á la plaza sus deseos;
solos los mios eran testigos de sus intentos: y una noche que debia de
haber escogido la desgracia para el caso que ahora os diré, pasando
los dos por la puerta y calle desta señora, vimos arrimados á ella
dos hombres al parecer de buen talle: quiso reconocerlos mi pariente,
y apénas se encaminó hácia ellos, cuando echaron con mucha lijereza
mano á las espadas y á dos broqueles, y se vinieron á nosotros, que
hicimos lo mismo, y con iguales armas nos acometimos: duró poco la
pendencia, porque no duró mucho la vida de los dos contrarios, que de
dos estocadas que guiaron los celos de mi pariente y la defensa que yo
le hacia, las perdieron (caso estraño, y pocas veces visto): triunfando
pues de lo que aquí no quisiéramos, volvimos á casa, y secretamente
tomando todos los dineros que podimos, nos fuimos á San Jerónimo,
esperando el dia que descubriese lo sucedido y las presunciones que
se tenian de los matadores: supimos que de nosotros no habia indicio
alguno, y aconsejáronnos los prudentes religiosos que nos volviésemos
á casa, y que no diésemos ni despertásemos con nuestra ausencia alguna
sospecha contra nosotros: y ya que estábamos determinados de seguir su
parecer, nos avisaron que los señores alcaldes de corte habian preso
en su casa á los padres de la doncella y á la misma doncella, y que
entre otros criados á quien tomaron la confesion, una criada de la
señora dijo como mi pariente paseaba á su señora de noche y de dia, y
que con este indicio habian acudido á buscarnos, y no hallándonos,
sino muchas señales de nuestra fuga, se confirmó en toda la corte ser
nosotros los matadores de aquellos dos caballeros (que lo eran, y muy
principales). Finalmente, con parecer del conde mi pariente, y del
de los religiosos, despues de quince dias que estuvimos escondidos
en el monesterio, mi camarada en hábito de fraile con otro fraile se
fué la vuelta de Aragon, con intencion de pasarse á Italia, y desde
allí á Flándes, hasta ver en qué paraba el caso: yo quise dividir y
apartar nuestra fortuna, y que no corriese nuestra suerte por una misma
derrota: seguí otro camino diferente del suyo, y en hábito de mozo de
fraile, á pié salí con un religioso que me dejó en Talavera; desde allí
á aquí he venido solo y fuera de camino, hasta que anoche llegué á este
encinar, donde me ha sucedido lo que habeis visto: y si pregunté por
el camino de la Peña de Francia, fué por responder algo á lo que se
me preguntaba, que en verdad que no sé dónde cae la Peña de Francia,
puesto que sé que está mas arriba de Salamanca.
--Así es verdad, respondió Andres, y ya la dejais á mano derecha casi
veinte leguas de aquí, porque veais cuán derecho camino llevábades, si
allá fuérades.
--El que yo pensaba llevar, replicó el mozo, no es sino á Sevilla, que
allí tengo un caballero jinoves, grande amigo del conde mi pariente,
que suele enviar á Jénova gran cantidad de plata, y llevo designio
que me acomode con los que la suelen llevar como uno dellos, y con
esta estratagema seguramente podré pasar hasta Cartagena, y de allí
á Italia, porque han de venir dos galeras muy presto á embarcar esta
plata. Esta es, buen amigo, mi historia: mirad si puedo decir que nace
mas de desgracia pura, que de amores aguados; pero si estos señores
jitanos quisiesen llevarme en su compañía hasta Sevilla, si es que
van allá, yo se lo pagaria muy bien, que me doy á entender que en su
compañía iria mas seguro, y no con el temor que llevo.
--Sí llevarán, respondió Andres; y si no fuéredes en nuestro aduar,
porque hasta ahora no sé si va al Andalucía, iréis en otro que creo que
habemos de topar dentro de dos ó tres dias, y con darles algo de lo que
llevais, facilitaréis con ellos otros imposibles mayores.
Dejóle Andres, y vino á dar cuenta á los demas jitanos de lo que el
mozo le habia contado y de lo que pretendia, con el ofrecimiento que
hacia de la buena paga y recompensa. Todos fueron de parecer que se
quedase en el aduar; solo Preciosa tuvo el contrario: y la abuela dijo
que ella no podia ir á Sevilla ni á sus contornos, á causa que los
años pasados habia hecho una burla en Sevilla á un gorrero llamado
Triguillos, muy conocido en ella, al cual le habia hecho meter en una
tinaja de agua hasta el cuello, desnudo en carnes, y en la cabeza
puesta una corona de cipres esperando el filo de la media noche, para
salir de la tinaja á cavar y sacar un gran tesoro que ella le habia
hecho creer que estaba en cierta parte de su casa: dijo que como oyó el
buen gorrero tocar á maitines, por no perder la coyuntura se dió tanta
priesa á salir de la tinaja, que dió con ella y con él en el suelo,
y con el golpe y con los cascos se magulló las carnes, derramándose
el agua, y él quedó nadando en ella y dando voces, que se anegaba:
acudieron al momento su mujer y sus vecinos con luces, y halláronle
haciendo efectos de nadador, soplando y arrastrando la barriga por
el suelo, y meneando los brazos y las piernas con mucha priesa, y
diciendo á grandes voces: Socorro, señores, que me ahogo; tal le tenia
el miedo, que verdaderamente pensó que se ahogaba: abrazáronse con él,
sacáronle de aquel peligro, volvió en sí, contó la burla de la jitana,
y con todo eso cavó en la parte señalada mas de un estado en hondo, á
pesar de todos cuantos le decian que era embuste mio; y si no se lo
estorbara un vecino suyo, que tocaba ya en los cimientos de su casa,
él diera con entrambas en el suelo, si le dejaran cavar todo cuanto él
quisiera: súpose este cuento por toda la ciudad, y hasta los muchachos
le señalaban con el dedo, y contaban su credulidad y mi embuste.
Esto contó la jitana vieja, y esto dió por escusa para no ir á Sevilla.
Los jitanos, que ya sabian de Andres Caballero que el mozo traia
dineros en cantidad, con facilidad le acogieron en su compañía y se
ofrecieron de guardarle y encubrirle todo el tiempo que él quisiese,
y determinaron de torcer el camino á mano izquierda, y entrarse en la
Mancha, y en el reino de Murcia.
Llamaron al mozo y diéronle cuenta de lo que pensaban hacer por él; él
se lo agradeció, y dió cien escudos de oro para que los repartiesen
entre todos. Con esta dádiva quedaron mas blandos que unas martas:
solo á Preciosa no contentó mucho la quedada de D. Sancho (que así
dijo el mozo que se llamaba), pero los jitanos se lo mudaron en el de
Clemente, y así le llamaron desde allí adelante: tambien quedó un poco
torcido Andres, y no bien satisfecho de haberse quedado Clemente, por
parecerle que con poco fundamento habia dejado sus primeros designios;
mas Clemente como si le leyera la intencion, entre otras cosas le dijo
se holgaba de ir al reino de Murcia por estar cerca de Cartagena,
adonde si viniesen galeras, como él pensaba que habian de venir,
pudiese con facilidad pasar á Italia. Finalmente, por traerle mas ante
los ojos, y mirar sus acciones, y escudriñar sus pensamientos, quiso
Andres que fuese Clemente su camarada, y Clemente tuvo esta amistad por
gran favor que se le hacia: andaban siempre juntos, gastaban largo,
llovian escudos, corrian, saltaban, bailaban y tiraban la barra mejor
que ninguno de los jitanos, y eran de las jitanas mas que medianamente
queridos, y de los jitanos en todo estremo respetados.
Dejaron pues á Estremadura, y entráronse en la Mancha, y poco á poco
fueron caminando al reino de Murcia: en todas las aldeas y lugares que
pasaban habia desafíos de pelota, de esgrima, de correr, de saltar, de
tirar la barra, y de otros ejercicios de fuerza, maña y lijereza, y de
todos salian vencedores Andres y Clemente, como de solo Andres queda
dicho; y en todo este tiempo, que fué mas de mes y medio, nunca tuvo
Clemente ocasion, ni él la procuró, de hablar á Preciosa, hasta que un
dia estando juntos Andres y ella, llegó él á la conversacion porque le
llamaron, y Preciosa le dijo:
--Desde la vez primera que llegaste á nuestro aduar te conocí,
Clemente, y se me vinieron á la memoria los versos que en Madrid me
diste; pero no quise decir nada por no saber con qué intencion venias
á nuestras estancias, y cuando supe tu desgracia me pesó en el alma, y
se aseguró mi pecho que estaba sobresaltado, pensando que como habia
D. Juanes en el mundo que se mudaban en Andreses, así podia haber D.
Sanchos que se mudasen en otros nombres: háblote desta manera, porque
Andres me ha dicho que te ha dado cuenta de quién es, y de la intencion
con que se ha vuelto jitano (y así era la verdad, que Andres le habia
hecho sabidor de toda su historia por poder comunicar con él sus
pensamientos): y no pienses que te fué de poco provecho el conocerte,
pues por mi respeto y por lo que yo de tí dije, se facilitó el acogerte
y admitirte en nuestra compañía, donde plega á Dios te suceda todo el
bien que acertares á desearte: este buen deseo quiero que me pagues en
que no afees á Andres la bajeza de su intento, ni le pintes cuán mal le
está perseverar en este estado: que puesto que yo imagino que debajo de
los candados de mi voluntad está la suya, todavía me pesaria de verle
dar muestras, por mínimas que fuesen, de algun arrepentimiento.
Á esto respondió Clemente:
--No pienses, Preciosa única, que D. Juan con lijereza de ánimo me
descubrió quién era: primero le conocí yo, y primero me descubrieron
sus ojos sus intentos: primero le dije yo quién era, y primero le
adiviné la prision de su voluntad que tú señalas, y él dándome el
crédito que era razon que me diese, fió de mi secreto el suyo, y él es
buen testigo si alabé su determinacion y escogido empleo; que no soy, ó
Preciosa, de tan corto ingenio que no alcance hasta dónde se estienden
las fuerzas de la hermosura; y la tuya, por pasar de los límites de los
mayores estremos de belleza, es disculpa bastante de mayores yerros,
si es que deben llamarse yerros los que se hacen con tan forzosas
causas: agradézcote, señora, lo que en mi crédito dijiste, y yo pienso
pagártelo en desear que estos enredos amorosos salgan á fines felices,
y que tú goces de tu Andres, y Andres de su Preciosa en conformidad y
gusto de sus padres, porque de tan hermosa junta veamos en el mundo los
mas bellos renuevos que pueda formar la bien intencionada naturaleza:
esto desearé yo, Preciosa, y esto le diré siempre á tu Andres, y no
cosa alguna que le divierta de sus bien colocados pensamientos.
Con tales afectos dijo las razones pasadas Clemente, que estuvo en
duda Andres si las habia dicho como enamorado ó como comedido; que la
infernal enfermedad celosa es tan delicada y de tal manera, que en los
átomos del sol se pega, y de los que tocan á la cosa amada se fatiga el
amante y se desespera; pero con todo esto no tuvo celos confirmados,
mas fiado de la bondad de Preciosa, que de la ventura suya; que siempre
los enamorados se tienen por infelices en tanto que no alcanzan lo que
desean. En fin, Andres y Clemente eran camaradas y grandes amigos,
asegurándolo todo la buena intencion de Clemente, y el recato y
prudencia de Preciosa, que jamas dió ocasion á que Andres tuviese della
celos.
Tenia Clemente sus puntas de poeta, como lo mostró en los versos
que dió á Preciosa, y Andres se picaba un poco, y entrambos eran
aficionados á la música. Sucedió pues que estando el aduar alojado
en un valle cuatro leguas de Murcia, una noche por entretenerse,
sentados los dos, Andres al pié de un alcornoque, Clemente al de una
encina, cada uno con una guitarra, convidados del silencio de la noche
comenzando Andres y respondiendo Clemente, cantaron estos versos:
A. Mira, Clemente, el estrellado velo
Con que esta noche fria
Compite con el dia,
De luces bellas adornado el cielo:
Y en esta semejanza,
Si tanto tu divino ingenio alcanza,
Aquel rostro figura
Donde asiste el estremo de hermosura.
C. Donde asiste el estremo de hermosura,
Y adonde la preciosa
Honestidad hermosa
Con todo estremo de bondad se apura:
En un sujeto cabe,
Que no hay humano ingenio que le alabe,
Si no toca en divino,
En alto, en raro, en grave y peregrino.
A. En alto, en raro, en grave y peregrino
Estilo nunca usado,
Al cielo levantado,
Por dulce al mundo y sin igual camino.
Tu nombre, ¡oh Jitanilla!
Causando asombro, espanto y maravilla,
La fama yo quisiera
Que le llevara hasta la octava esfera.
C. Que le llevara hasta la octava esfera
Fuera decente y justo,
Dando á los cielos gusto
Cuando el son de su nombre allá se oyera;
Y en la tierra causara
Por donde el dulce nombre resonara
Música en los oidos,
Paz en las almas, gloria en los sentidos.
A. Paz en las almas, gloria en los sentidos
Se siente cuando canta
La sirena que encanta,
Y adormece á los mas apercebidos:
Y tal es mi Preciosa,
Que es lo ménos que tiene ser hermosa:
Dulce regalo mio,
Corona del donaire, honor del brio.
C. Corona del donaire, honor del brio
Eres, bella Jitana,
Frescor de la mañana,
Céfiro blando en el ardiente estío:
Rayo con que amor ciego
Convierte el pecho mas de nieve en fuego:
Fuerza que ansí la hace
Que blandamente mata y satisface.
Señales iban dando de no acabar tan presto el libre y el cautivo, si no
sonara á sus espaldas la voz de Preciosa que las suyas habia escuchado:
suspendiólos el oirla, y sin moverse, prestándola maravillosa atencion,
la escucharan: ella (no sé si de improviso, ó si en algun tiempo los
versos que cantaba le compusieron) con estremada gracia, como si para
responderles fueran hechos, cantó los siguientes.
En esta empresa amorosa
Donde el amor entretengo,
Por mayor ventura tengo
Ser honesta que hermosa.
La que es mas humilde planta,
Si la subida endereza
Por gracia ó naturaleza,
Á los cielos se levanta.
En este mi bajo cobre
Siendo honestidad su esmalte,
No hay buen deseo que falte,
Ni riqueza que no sobre.
No me causa alguna pena
No quererme ó no estimarme;
Que yo pienso fabricarme
Mi suerte y ventura buena.
Haga yo lo que en mí es
Que á ser buena me encamine,
Y haga el cielo y determine
Lo que quisiere despues.
Quiero ver si la belleza
Tiene tal prerogativa,
Que me encumbre tan arriba
Que aspire á mayor alteza.
Si las almas son iguales,
Podrá la de un labrador
Igualarse por valor
Con las que son imperiales.
De la mia lo que siento
Me sube al grado mayor,
Porque majestad y amor
No tienen un mismo asiento.
Aquí dió fin Preciosa á su canto, y Andres y Clemente se levantaron
á recebilla: pasaron entre los tres discretas razones, y Preciosa
descubrió en las suyas su discrecion, su honestidad y su agudeza, de
tal manera que en Clemente halló disculpa la intencion de Andres, que
aun hasta entónces no la habia hallado, juzgando mas á mocedad que á
cordura su arrojada determinacion.
Aquella mañana se levantó el aduar, y se fueron á alojar en un lugar de
la jurisdicion de Murcia, tres leguas de la ciudad, donde le sucedió
á Andres una desgracia que le puso en punto de perder la vida; y fué
que despues de haber dado en aquel lugar algunos vasos y prendas de
plata en fianzas como tenian de costumbre, Preciosa y su abuela, y
Cristina con otras dos jitanillas, y los dos, Clemente y Andres, se
alojaron en un meson de una viuda rica, la cual tenia una hija de edad
de diez y siete ó diez y ocho años, algo mas desenvuelta que hermosa,
y por mas señas se llamaba Juana Carducha: esta habiendo visto bailar
á las jitanas y jitanos, la tomó el diablo, y se enamoró de Andres
tan fuertemente que propuso de decírselo y tomarle por marido, si
él quisiese, aunque á todos sus parientes les pesase; y así buscó
coyuntura para decírselo, y hallóla en un corral donde Andres habia
entrado á requerir dos pollinos: llegóse á él, y con priesa por no ser
vista le dijo:
--Andres (que ya sabia su nombre), yo soy doncella y rica, que mi madre
no tiene otro hijo sino á mí, y este meson es suyo, y amen desto tiene
muchos majuelos, y otros dos pares de casas; hasme parecido bien; si
me quieres por esposa, á tí te está bien, respóndeme presto, y si eres
discreto quédate, y verás qué vida nos damos.
Admirado quedó Andres de la resolucion de la Carducha, y con la
presteza que ella pedia, le respondió:
--Señora doncella, yo estoy apalabrado para casarme, y los jitanos no
nos casamos sino con jitanas: guárdela Dios por la merced que me queria
hacer, de que yo no soy digno.
No estuvo en dos dedos de caerse muerta la Carducha con la aceda
respuesta de Andres, á quien replicara, si no viera que entraban en el
corral otras jitanas: salióse corrida y asendereada, y de buena gana
se vengara si pudiera. Andres como discreto determinó de poner tierra
en medio, y desviarse de aquella ocasion que el diablo le ofrecia; que
bien leyó en los ojos de la Carducha que sin los lazos matrimoniales se
le entregara á toda su voluntad, y no quiso verse pié á pié y solo en
aquella estacada; y así pidió á todos los jitanos que aquella noche se
partiesen de aquel lugar. Ellos, que siempre le obedecian, lo pusieron
luego por obra, y cobrando sus fianzas aquella tarde, se fueron.
La Carducha, que vió que en irse Andres se le iba la mitad de su alma,
y que no le quedaba tiempo para solicitar el cumplimiento de sus
deseos, ordenó de hacer quedar á Andres por fuerza, ya que de grado no
podia: y así con la industria, sagacidad y secreto que su mal intento
le enseñó, puso entre las alhajas de Andres, que ella conoció por
suyas, unos ricos corales, y dos patenas de plata con otros brincos
suyos; y apénas habian salido del meson, cuando dió voces diciendo que
aquellos jitanos le llevaban robadas sus joyas, á cuyas voces acudió la
justicia y toda la gente del pueblo.
Los jitanos hicieron alto, y todos juraban que ninguna cosa llevaban
hurtada, y que ellos harian patentes todos los sacos y repuestos de
su aduar: desto se congojó mucho la jitana vieja, temiendo en aquel
escrutinio no se manifestasen los dijes de la Preciosa y los vestidos
de Andres, que ella con gran cuidado y recato guardaba; pero la buena
de la Carducha lo remedió con mucha brevedad todo, porque al segundo
envoltorio que miraron, dijo que preguntasen cuál era el de aquel
jitano gran bailador que ella habia visto entrar en su aposento dos
veces, y que podria ser que aquel las llevase. Entendió Andres que por
él lo decia, y riéndose, dijo:
--Señora doncella, esta es mi recámara, y este es mi pollino; si vos
halláredes en ella ni en él lo que os falta, yo os lo pagaré con las
setenas, fuera de sujetarme al castigo que la ley da á los ladrones.
Acudieron luego los ministros de la justicia á desbalijar el pollino, y
á pocas vueltas dieron con el hurto, de que quedó tan espantado Andres
y tan absorto, que no pareció sino estatua sin voz, de piedra dura.
--¿No sospeché yo bien? dijo á esta sazon la Carducha: mirad con qué
buena cara se encubre un ladron tan grande.
El alcalde, que estaba presente, comenzó á decir mil injurias á Andres
y á todos los jitanos, llamándolos de públicos ladrones y salteadores
de caminos. Á todo callaba Andres, suspenso é imaginativo, y no acababa
de caer en la traicion de la Carducha. En esto se llegó á él un soldado
bizarro, sobrino del alcalde, diciendo:
--¿No veis cuál se ha quedado el jitanico podrido de hurtar? apostaré
yo que hace melindres, y que niega el hurto con habérsele cogido en
las manos: que bien haya quien no os echa en galeras á todos; mirad si
estuviera mejor este bellaco en ellas, sirviendo á su Majestad, que no
andarse bailando de lugar en lugar, y hurtando de venta en monte: á fe
de soldado, que estoy por darle una bofetada que le derribe á mis piés.
Y diciendo esto, sin mas ni mas alzó la mano, y le dió un bofeton tal
que le hizo volver de su embelesamiento, y le hizo acordar que no era
Andres Caballero, sino D. Juan y caballero; y arremetiendo al soldado
con mucha presteza y mas cólera le arrancó su misma espada de la vaina,
y se la envainó en el cuerpo, dando con él muerto en tierra.
Aquí fué el gritar del pueblo: aquí el amohinarse el tio alcalde: aquí
el desmayarse Preciosa, y el turbarse Andres de verla desmayada:
aquí el acudir todos á las armas, y dar tras el homicida; creció la
confusion, creció la grita, y por acudir Andres al desmayo de Preciosa,
dejó de acudir á su defensa; y quiso la suerte que Clemente no se
hallase al desastrado suceso, que con los bagajes habia ya salido del
pueblo: finalmente, tantos cargaron sobre Andres, que le prendieron y
le aherrojaron con dos muy gruesas cadenas: bien quisiera el alcalde
ahorcarle luego, si estuviera en su mano; pero hubo de remitirle á
Murcia, por ser de su jurisdicion: no le llevaron hasta otro dia, y en
el que allí estuvo pasó Andres muchos martirios y vituperios, que el
indignado alcalde y sus ministros, y todos los del lugar le hicieron.
Prendió el alcalde todos los mas jitanos y jitanas que pudo, porque los
mas huyeron, y entre ellos Clemente, que temió ser cogido y descubierto.
Finalmente, con la sumaria del caso, y con una gran cáfila de jitanos
entraron el alcalde y sus ministros, con otra mucha gente armada, en
Murcia, entre los cuales iba Preciosa, y el pobre Andres ceñido de
cadenas sobre un macho y con esposas y piedeamigo. Salió toda Murcia á
ver los presos, que ya se tenia noticia de la muerte del soldado. Pero
la hermosura de Preciosa aquel dia fué tanta, que ninguno la miraba
que no la bendecia, y llegó la nueva de su belleza á los oidos de la
señora corregidora, que por curiosidad de verla hizo que el corregidor
su marido mandase que aquella jitanica no entrase en la cárcel, y todos
los demas sí, y á Andres le pusieron en un estrecho calabozo, cuya
escuridad y la falta de la luz de Preciosa le trataron de manera, que
bien pensó no salir de allí sino para la sepultura. Llevaron á Preciosa
con su abuela á que la corregidora la viese, y así como la vió, dijo:
--Con razon la alaban de hermosa.
Y llegándola á sí la abrazó tiernamente, y no se hartaba de mirarla; y
preguntó á su abuela que qué edad tendria aquella niña.
--Quince años, respondió la jitana, dos meses mas ó ménos.
--Esos tuviera agora la desdichada de mi Costanza: ¡ay, amigas! que
esta niña me ha renovado mi desventura, dijo la corregidora.
Tomó en esto Preciosa las manos de la corregidora, y besándoselas
muchas veces se las bañaba con lágrimas, y le decia:
--Señora mia, el jitano que está preso no tiene culpa, porque fué
provocado: llamáronle ladron, y no lo es: diéronle un bofeton en su
rostro, que es tal que en él se descubre la bondad de su ánimo: por
Dios y por quien vos sois, señora, que le hagais guardar su justicia, y
que el señor corregidor no se dé priesa á ejecutar en él el castigo con
que las leyes le amenazan: y si algun agrado os ha dado mi hermosura,
entretenedla con entretener el preso, porque en el fin de su vida está
el de la mia: él ha de ser mi esposo, y justos y honestos impedimentos
han estorbado que aun hasta ahora no nos habemos dado las manos:
si dineros fueren menester para alcanzar perdon de la parte, todo
nuestro aduar se venderá en pública almoneda, y se dará aun mas de lo
que pidieren: señora mia, si sabeis qué es amor, y algun tiempo le
tuvisteis, y ahora le teneis á vuestro esposo, doléos de mí, que amo
tierna y honestamente al mio.
En todo el tiempo que esto decia, nunca la dejó las manos ni apartó los
ojos de mirarla atentísimamente, derramando amargas y piadosas lágrimas
en mucha abundancia: asimismo la corregidora la tenia á ella asida de
las suyas, mirándola ni mas ni ménos con no menor ahinco, y con no
mas pocas lágrimas. Estando en esto entró el corregidor, y hallando á
su mujer y á Preciosa tan llorosas y tan encadenadas, quedó suspenso
así de su llanto como de su hermosura: preguntó la causa de aquel
sentimiento, y la respuesta que dió Preciosa fué soltar las manos de la
corregidora, y asirse de los piés del corregidor, diciéndole:
--Señor, misericordia: si mi esposo muere, yo soy muerta: él no tiene
culpa, pero si la tiene, déseme á mí la pena: y si esto no puede ser, á
lo ménos entreténgase el pleito en tanto que se procuran y buscan los
medios posibles para su libertad; que podrá ser que al que no pecó de
malicia le enviase el cielo la salud de gracia.
Con nueva suspension quedó el corregidor de oir las discretas razones
de la jitanilla, y que ya, si no fuera por no dar indicios de flaqueza,
le acompañara en sus lágrimas. En tanto que esto pasaba, estaba la
jitana vieja considerando grandes, muchas y diversas cosas, y al cabo
de toda esta suspension é imaginacion, dijo:
--Espérenme vuesas mercedes, señores mios, un poco, que yo haré que
estos llantos se conviertan en risa, aunque á mí cueste la vida.
Y así con lijero paso se salió de donde estaba, dejando á los presentes
confusos con lo que dicho habia.
En tanto pues que ella volvia, nunca dejó Preciosa las lágrimas ni los
ruegos de que se entretuviese la causa de su esposo, con intencion de
avisar á su padre que viniese á entender en ella. Volvió la jitana con
un pequeño cofre debajo del brazo, y dijo al corregidor que con su
mujer y ella se entrasen en un aposento, que tenia grandes cosas que
decirles en secreto. El corregidor, creyendo que algunos hurtos de los
jitanos queria descubrirle por tenerle propicio en el pleito del preso,
al momento se retiró con ella y con su mujer en su recámara, adonde la
jitana, hincándose de rodillas ante los dos, les dijo:
--Si las buenas nuevas que os quiero dar, señores, no merecieren
alcanzar en albricias el perdon de un gran pecado mio, aquí estoy para
recebir el castigo que quisiéredes darme; pero ántes que lo confiese,
quiero que me digais, señores, primero, si conoceis estas joyas.
Y descubriendo un cofrecito donde venian las de Preciosa, se le
puso en las manos al corregidor, y en abriéndole vió aquellos dijes
pueriles; pero no cayó en lo que podian significar: mirólos tambien la
corregidora, pero tampoco dió en la cuenta; solo dijo:
--Estos son adornos de alguna pequeña criatura.
--Así es la verdad, dijo la jitana, y de qué criatura sean lo dice ese
escrito que está en ese papel doblado.
Abrióle con priesa el corregidor, y leyó que decia:
-Llamábase la niña Doña Costanza de Acevedo y de Menéses, su
madre Doña Guiomar de Menéses, y su padre D. Fernando de Acevedo,
caballero del hábito de Calatrava: desparecíla dia de la Ascension
del Señor, á las ocho de la mañana, del año de mil y quinientos y
noventa y cinco: traia la niña puestos estos brincos que en este
cofre están guardados.-
Apénas hubo oido la corregidora las razones del papel, cuando reconoció
los brincos, se los puso á la boca, y dándoles infinitos besos, se
cayó desmayada; acudió el corregidor á ella ántes que á preguntar á la
jitana por su hija, y habiendo vuelto en sí, dijo:
--Mujer buena, ántes ángel que jitana, ¿adónde está el dueño, digo, la
criatura cuyos eran estos dijes?
--¿Adónde, señora? respondió la jitana: en vuestra casa la teneis,
aquella jitanica que os sacó las lágrimas de los ojos es su dueño, y es
sin duda alguna vuestra hija, que yo la hurté en Madrid de vuestra casa
el dia y hora que ese papel dice.
Oyendo esto la turbada señora, soltó los chapines, y desalada y
corriendo salió á la sala, adonde habia dejado á Preciosa, y hallóla
rodeada de sus doncellas y criadas, todavía llorando; arremetió á ella,
y sin decirle nada, con gran priesa le desabrochó el pecho, y miró si
tenia debajo de la teta izquierda una señal pequeña á modo de lunar
blanco con que habia nacido, y hallóle ya grande, que con el tiempo se
habia dilatado: luego con la misma celeridad la descalzó, y descubrió
un pié de nieve y de marfil hecho á torno, y vió en él lo que buscaba,
que era que los dos dedos últimos del pié derecho se trababan el uno
con el otro por medio con un poquito de carne, la cual cuando niña
nunca se la habian querido cortar por no darle pesadumbre. El pecho,
los dedos, los brincos, el dia señalado del hurto, la confesion de la
jitana, y el sobresalto y alegría que habian recebido sus padres cuando
la vieron, con toda la verdad confirmaron en el alma de la corregidora
ser Preciosa su hija; y así cogiéndola en sus brazos se volvió con ella
adonde el corregidor y la jitana estaban.
Iba Preciosa confusa, que no sabia á qué efecto se habian hecho con
ella aquellas diligencias, y mas viéndose llevar en brazos de la
corregidora, y que le daba de un beso hasta ciento. Llegó en fin
con la preciosa carga Doña Guiomar á la presencia de su marido, y
trasladándola de sus brazos á los del corregidor, le dijo:
--Recebid, señor, á vuestra hija Costanza, que esta es sin duda; no lo
dudeis, señor, en ningun modo, que la señal de los dedos juntos y la
del pecho he visto; y mas que á mí me lo está diciendo el alma desde el
instante que mis ojos la vieron.
--No lo dudo, respondió el corregidor teniendo en sus brazos á
Preciosa, que los mismos efectos han pasado por la mia que por la
vuestra; y mas que tantas particularidades juntas ¿cómo podian suceder
si no fuera por milagro?
Toda la gente de casa andaba absorta, preguntando unos á otros qué
seria aquello, y todos daban bien léjos del blanco; que ¿quién habia de
imaginar que la Jitanilla era hija de sus señores?
El corregidor dijo á su mujer, y á su hija, y á la jitana vieja, que
aquel caso estuviese secreto hasta que él le descubriese: y asimismo
dijo á la vieja que él perdonaba el agravio que le habia hecho en
hurtarle la mitad de su alma, pues la recompensa de habérsela vuelto
mayores albricias merecia; y que solo le pesaba que sabiendo ella la
calidad de Preciosa, la hubiese desposado con un jitano, y mas con un
ladron y homicida.
--¡Ay! dijo á esto Preciosa, señor mio, que ni es jitano ni ladron,
puesto que es matador; pero fué del que le quitó la honra, y no pudo
hacer ménos de mostrar quién era, y matarle.
--¿Cómo que no es jitano, hija mia? dijo Doña Guiomar.
Entónces la jitana vieja contó brevemente la historia de Andres
Caballero, y que era hijo de D. Francisco de Cárcamo, caballero del
hábito de Santiago, y que se llamaba D. Juan de Cárcamo, asimismo del
mismo hábito, cuyos vestidos ella tenia cuando los mudó en los de
jitano. Contó tambien el concierto que entre Preciosa y D. Juan estaba
hecho de guardar dos años de aprobacion para desposarse ó no: puso en
su punto la honestidad de entrambos, y la agradable condicion de D.
Juan. Tanto se admiraron desto como del hallazgo de su hija, y mandó el
corregidor á la jitana que fuese por los vestidos de D. Juan: ella lo
hizo ansí, y volvió con otro jitano que los trujo.
En tanto que ella iba y volvia, hicieron sus padres á Preciosa cien mil
preguntas, á que respondió con tanta discrecion y gracia, que aunque
no la hubieran reconocido por hija, los enamorara: preguntáronla si
tenia alguna aficion á D. Juan: respondió que no mas de aquella que
le obligaba á ser agradecida á quien se habia querido humillar á ser
jitano por ella; pero que ya no se estenderia á mas el agradecimiento
de aquello que sus señores padres quisiesen.
--Calla, hija Preciosa, dijo su padre, que este nombre de Preciosa
quiero que se te quede en memoria de tu pérdida y de tu hallazgo, que
yo como tu padre tomo á cargo el ponerte en estado que no desdiga de
quien eres.
Suspiró oyendo esto Preciosa, y su madre como discreta entendió que
suspiraba de enamorada de D. Juan, y dijo á su marido:
--Señor, siendo tan principal D. Juan de Cárcamo como lo es, y
queriendo tanto á nuestra hija, no nos estaria mal dársela por esposa.
Y él respondió:
--Aun apénas hoy la habemos hallado, ¿y ya quereis que la perdamos?
Gocémosla algun tiempo, que en casándola no será nuestra, sino de su
marido.
--Razon teneis, señor, respondió ella; pero dad órden de sacar á
D. Juan, que debe de estar en algun calabozo metido, pasando las
penalidades que se pueden considerar de sus prisiones, las humedades y
sabandijas inmundas, que inquietan á los pobres pacientes, que están
esperando salga el dia para gozarle, y verse libres de tanta opresion y
mala vecindad como padecen.
--Sí, estará, dijo Preciosa, que á un ladron matador, y sobre todo
jitano, no le habrán dado mejor estancia.
--Yo quiero ir á verle, como que le voy á tomar la confesion, respondió
el corregidor, y de nuevo os encargo, señora, que nadie sepa esta
historia hasta que yo lo quiera.
Y abrazando á Preciosa, fué luego á la cárcel y entró en el calabozo
donde D. Juan estaba, y no quiso que nadie entrase con él: hallóle con
entrambos piés en un cepo, y con las esposas á las manos, y que aun no
le habian quitado el piedeamigo: era la estancia escura, pero hizo que
por arriba abriesen una lumbrera, por donde entraba luz, aunque muy
escasa; y así como le vió, le dijo:
--¿Cómo está la buena pieza? que así tuviera yo atraillados cuantos
jitanos hay en España para acabar con ellos en un dia, como Neron
quisiera en otro con Roma, sin dar mas de un golpe: sabed, ladron
puntoso, que yo soy el corregidor desta ciudad, y vengo á saber de mí
á vos, si es verdad que es vuestra esposa una Jitanilla que viene con
vosotros.
Oyendo esto Andres imaginó que el corregidor se debia haber enamorado
de Preciosa; que los celos son de cuerpos sutiles y se entran por otros
cuerpos sin romperlos, apartarlos ni dividirlos; pero con todo esto
respondió:
--Si ella ha dicho que yo soy su esposo, es mucha verdad: y si ha
dicho que no lo soy, tambien ha dicho verdad, porque no es posible que
Preciosa diga mentira.
--¿Tan verdadera es? respondió el corregidor; no es poco serlo para
ser jitana: ahora bien, mancebo, ella ha dicho que es vuestra esposa,
pero que nunca os ha dado la mano; ha sabido que segun es vuestra culpa
habeis de morir por ella, y hame pedido que ántes de vuestra muerte la
despose con vos, porque se quiere honrar con quedar viuda de un tan
gran ladron como vos.
--Pues hágalo vuesa merced, señor corregidor, como ella lo suplica, que
como yo me despose con ella, iré contento á la otra vida como parta
desta con nombre de ser suyo.
--Mucho la debeis de querer, dijo el corregidor.
--Tanto, respondió el preso, que á poderlo decir no fuera nada: en
efecto, señor corregidor, mi causa se concluya: yo maté al que me quiso
quitar la honra: yo adoro á esa jitana, moriré contento si muero en su
gracia, y sé que no nos ha de faltar la de Dios, pues entrambos habemos
guardado honestamente y con puntualidad lo que nos prometimos.
--Pues esta noche enviaré por vos, dijo el corregidor, y en mi casa os
desposaréis con Preciosica, y mañana á mediodía estaréis en la horca,
con lo que yo habré cumplido con lo que pide la justicia y con el deseo
de entrambos.
Agradecióselo Andres; y el corregidor volvió á su casa y dió cuenta
á su mujer de lo que con D. Juan habia pasado, y de otras cosas que
pensaba hacer.
En el tiempo que él faltó de su casa, dió cuenta Preciosa á su madre
de todo el discurso de su vida, y de cómo siempre habia creido ser
jitana y ser nieta de aquella vieja; pero que siempre se habia estimado
en mucho mas de lo que de ser jitana se esperaba. Preguntóle su madre
que le dijese la verdad, si queria bien á D. Juan de Cárcamo. Ella
con vergüenza y con los ojos en el suelo le dijo que por haberse
considerado jitana, y que mejoraba su suerte con casarse con un
caballero de hábito y tan principal como D. Juan de Cárcamo, y por
haber visto por esperiencia su buena condicion y honesto trato, alguna
vez le habia mirado con ojos aficionados; pero que en resolucion ya
habia dicho que no tenia otra voluntad de aquella que ellos quisiesen.
Llegóse la noche, y siendo casi las diez sacaron á Andres de la cárcel
sin las esposas y el piedeamigo, pero no sin una gran cadena que desde
los piés todo el cuerpo le ceñia. Llegó deste modo sin ser visto de
nadie sino de los que le traian en casa del corregidor, y con silencio
y recato le entraron en un aposento donde le dejaron solo: de allí á
un rato entró un clérigo, y le dijo que se confesase, porque habia de
morir otro dia. Á lo cual respondió Andres:
--De muy buena gana me confesaré; pero ¿cómo no me desposan primero?
Y si me han de desposar, por cierto que es muy malo el tálamo que me
espera.
Doña Guiomar, que todo esto sabia, dijo á su marido que eran demasiados
los sustos que á D. Juan daba, que los moderase, porque podria ser
perdiese la vida con ellos. Parecióle buen consejo al corregidor y
así entró á llamar al que le confesaba, y díjole que primero habian
de desposar al jitano con Preciosa la jitana, y que despues se
confesaria, y que se encomendase á Dios de todo corazon, que muchas
veces suele llover sus misericordias en el tiempo que están mas secas
las esperanzas.
En efecto, Andres salió á una sala donde estaban solamente Doña
Guiomar, el corregidor, Preciosa y otros dos criados de casa. Pero
cuando Preciosa vió á D. Juan ceñido y aherrojado con tan gran cadena,
descolorido el rostro y los ojos con muestra de haber llorado, se le
cubrió el corazon, y se arrimó al brazo de su madre que junto á ella
estaba, la cual abrazándola consigo, le dijo:
--Vuelve en tí, niña, que todo lo que ves ha de redundar en tu gusto y
provecho.
Ella, que estaba ignorante de aquello, no sabia cómo consolarse, y la
jitana vieja estaba turbada, y los circunstantes colgados del fin de
aquel caso.
El corregidor dijo:
--Señor tiniente-cura, este jitano y esta jitana son los que vuesa
merced ha de desposar.
--Eso no podré yo hacer, si no preceden primero las circunstancias que
para tal caso se requieren: ¿dónde se han hecho las amonestaciones?
¿adónde está la licencia de mi superior para que con ellas se haga el
desposorio?
--Inadvertencia ha sido mia, respondió el corregidor; pero yo haré que
el vicario la dé.
--Pues hasta que la vea, respondió el tiniente-cura, estos señores
perdonen.
Y sin replicar mas palabra, porque no sucediese algun escándalo, se
salió de casa, y los dejó á todos confusos.
--El padre ha hecho muy bien, dijo á esta sazon el corregidor, y podria
ser fuese providencia del cielo esta para que el suplicio de Andres se
dilate, porque en efecto él se ha de desposar con Preciosa, y han de
preceder primero las amonestaciones, donde se dará tiempo al tiempo,
que suele dar dulce salida á muchas amargas dificultades: y con todo
esto querria saber de Andres, si la suerte encaminase sus sucesos
de manera que sin estos sustos y sobresaltos se hallase esposo de
Preciosa, ¿si se tendria por dichoso ya siendo Andres Caballero, ó ya
D. Juan de Cárcamo?
Así como oyó Andres nombrarse por su nombre, dijo:
--Pues Preciosa no ha querido contenerse en los límites del silencio,
y ha descubierto quién soy, aunque esa buena dicha me hallara hecho
monarca del mundo, la tuviera en tanto que pusiera término á mis
deseos, sin osar desear otro bien sino el del cielo.
--Pues por ese buen ánimo que habeis mostrado, señor D. Juan de
Cárcamo, á su tiempo haré que Preciosa sea vuestra legítima consorte, y
agora os la doy y entrego en esperanza por la mas rica joya de mi casa,
y de mi vida, y de mi alma, y estimadla en lo que decís, porque en ella
os doy á Doña Costanza de Acevedo y Menéses, mi única hija, la cual si
os iguala en el amor, no os desdice nada en el linaje.
Atónito quedó Andres viendo el amor que le mostraban, y en breves
razones Doña Guiomar contó la pérdida de su hija y su hallazgo con las
certísimas señas que la jitana vieja habia dado de su hurto, con que
acabó D. Juan de quedar atónito y suspenso, pero alegre sobre todo
encarecimiento abrazó á sus suegros, llamólos padres y señores suyos,
besó las manos á Preciosa, que con lágrimas le pedia las suyas.
Rompióse el secreto, salió la nueva del caso con la salida de los
criados que habian estado presentes: el cual sabido por el alcalde,
tio del muerto, vió tomados los caminos de su venganza, pues no habia
de tener lugar el rigor de la justicia para ejecutarla en el yerno del
corregidor.
Vistióse D. Juan los vestidos de camino que allí habia traido la
jitana; volviéronse las prisiones y cadenas de hierro en libertad y
cadenas de oro: la tristeza de los jitanos presos en alegría, pues otro
dia los dieron en fiado: recibió el tio del muerto la promesa de dos
mil ducados que le hicieron porque bajase de la querella y perdonase
á D. Juan, el cual no olvidándose de su camarada Clemente, le hizo
buscar; pero no le hallaron ni supieron dél hasta que desde allí á
cuatro dias tuvo nuevas ciertas que se habia embarcado en una de dos
galeras de Génova que estaban en el puerto de Cartagena y ya se habian
partido.
Dijo el corregidor á D. Juan que tenia por nueva cierta que su padre D.
Francisco de Cárcamo estaba proveido por corregidor de aquella ciudad,
y que seria bien esperalle para que con su beneplácito y consentimiento
se hiciesen las bodas. D. Juan dijo que no saldria de lo que él
ordenase; pero que ante todas cosas se habia de desposar con Preciosa.
Concedió licencia el arzobispo para que con sola una amonestacion se
hiciese. Hizo fiestas la ciudad, por ser muy bienquisto el corregidor,
con luminarias, toros y cañas el dia del desposorio: quedóse la
jitana vieja en casa, que no se quiso apartar de su nieta Preciosa:
llegaron las nuevas á la corte del caso y casamiento de la Jitanilla:
supo D. Francisco de Cárcamo ser su hijo el jitano, y ser la Preciosa
la Jitanilla que él habia visto, cuya hermosura disculpó con él la
liviandad de su hijo, que ya le tenia por perdido, por saber que no
habia ido á Flándes; y mas porque vió cuán bien le estaba el casarse
con hija de tan gran caballero y tan rico como era D. Fernando de
Acevedo: dió priesa á su partida por llegar presto á ver á sus hijos,
y dentro de veinte dias ya estaba en Murcia, con cuya llegada se
renovaron los gustos, se hicieron las bodas, se contaron las vidas, y
los poetas de la ciudad, que hay algunos y muy buenos, tomaron á cargo
celebrar el extraño caso, juntamente con la sin igual belleza de la
Jitanilla; y de tal manera escribió el famoso licenciado Pozo, que en
sus versos durará la fama de la Preciosa miéntras los siglos duraren.
Olvidábaseme de decir cómo la enamorada mesonera descubrió á la
justicia no ser verdad lo del hurto de Andres el jitano, y confesó su
amor y su culpa, á quien no respondió pena alguna, porque en la alegría
del hallazgo de los desposados se enterró la venganza y resucitó la
clemencia.
EL AMANTE LIBERAL.
--¡Oh lamentables ruinas de la desdichada Nicosia, apénas enjutas
de la sangre de vuestros valerosos y mal afortunados defensores! Si
como careceis de sentido, le tuviérades ahora, en esta soledad donde
estamos, pudiéramos lamentar juntamente nuestras desgracias, y quizá
el haber hallado compañía en ellas aliviaria nuestro tormento: esta
esperanza os puede haber quedado, mal derribados torreones, que otra
vez, aunque no para tan justa defensa como la en que os derribaron, os
podeis ver levantados; mas yo desdichado ¿qué bien podré esperar en
la miserable estrecheza en que me hallo, aunque vuelva al estado en
que estaba ántes deste en que me veo? tal es mi desdicha, que en la
libertad fuí sin ventura, y en el cautiverio ni la tengo ni la espero.
Estas razones decia un cautivo cristiano, mirando desde un recuesto las
murallas derribadas de la ya perdida Nicosia, y así hablaba con ellas,
y hacia comparacion de sus miserias á las suyas, como si ellas fueran
capaces de entenderle (propia condicion de afligidos, que llevados
de sus imaginaciones hacen y dicen cosas ajenas de toda razon y buen
discurso).
En esto salió de un pabellon ó tienda, de cuatro que estaban en aquella
campaña puestas, un turco mancebo de muy buena disposicion y gallardía,
y llegándose al cristiano le dijo:
--Apostaria yo, Ricardo amigo, que te traen por estos lugares tus
continuos pensamientos.
--Sí traen, respondió Ricardo (que este era el nombre del cautivo); mas
¿qué aprovecha si en ninguna parte á do voy hallo tregua ni descanso
en ellos, ántes me los han acrecentado estas ruinas que desde aquí se
descubren?
--Por las de Nicosia dirás, dijo el turco.
--Pues ¿por cuáles quieres que lo diga, repitió Ricardo, si no hay
otras que á los ojos por aquí se ofrezcan?
--Bien tendrás que llorar, replicó el turco, si en esas contemplaciones
entras; porque los que vieron habrá dos años á esta nombrada y rica
isla de Chipre en su tranquilidad y sosiego, gozando sus moradores
en ella de todo aquello que la felicidad humana puede conceder á los
hombres, y ahora los ven, ó contemplan ó desterrados della, ó en ella
cautivos y miserables, ¿cómo podrán dejar de no dolerse de su calamidad
y desventura? Pero dejemos estas cosas, pues no llevan remedio, y
vengamos á las tuyas, que quiero ver si le tienen; y así te ruego
por lo que debes á la buena voluntad que te he mostrado y por lo que
te obliga el ser entrambos de una misma patria, y habernos criado en
nuestra niñez juntos, que me digas ¿qué es la causa que te trae tan
demasiadamente triste? que puesto caso que sola la del cautiverio es
bastante para entristecer el corazon mas alegre del mundo, todavía
imagino que de mas atras traen la corriente tus desgracias; porque
los generosos ánimos como el tuyo no suelen rendirse á las comunes
desdichas tanto que den muestras de estraordinarios sentimientos: y
háceme creer esto, el saber yo que no eres tan pobre que te falte
para dar cuanto pidieren para tu rescate; ni estás en las torres del
mar Negro, como cautivo de consideracion que tarde ó nunca alcanza
la deseada libertad: así que no habiéndote quitado la mala suerte
las esperanzas de verte libre, y con todo esto verte rendido á dar
miserables muestras de tu desventura, no es mucho que imagine que tu
pena procede de otra causa que de la libertad que perdiste, la cual
causa te suplico me digas, ofreciéndote cuanto puedo y valgo; quizá
para que yo te sirva ha traido la fortuna este rodeo de haberme hecho
vestir deste hábito, que aborrezco. Ya sabes, Ricardo, que es mi amo el
cadí desta ciudad (que es lo mismo que ser su obispo); sabes tambien
lo mucho que vale y lo mucho que con él puedo: juntamente con esto
no ignoras el deseo encendido que tengo de no morir en este estado
que parece que profeso, pues cuando mas no pueda tengo de confesar
y publicar á voces la fe de Jesucristo, de quien me apartó mi poca
edad y ménos entendimiento, puesto que sé que tal confesion me ha de
costar la vida, que á trueco de no perder la del alma, daré por bien
empleado perder la del cuerpo: de todo lo dicho quiero que infieras y
que consideres que te puede ser de algun provecho mi amistad, y que
para saber qué remedios ó alivios puede tener tu desdicha, es menester
que me la cuentes como ha menester el médico la relacion del enfermo,
asegurándote que la depositaré en lo mas escondido del silencio.
Á todas estas razones estuvo callando Ricardo, y viéndose obligado
dellas y de la necesidad le respondió con estas:
--Si así como has acertado, oh amigo Mahamut (que así se llamaba el
turco), en lo que de mi desdicha imaginas, acertaras en su remedio,
tuviera por bien perdida mi libertad, y no trocara mi desgracia con la
mayor ventura que imaginarse pudiera; mas yo sé que ella es tal que
todo el mundo podrá saber bien la causa de donde procede, mas no habrá
en él persona que se atreva no solo á hallarle remedio, pero ni aun
alivio: y para que quedes satisfecho desta verdad, te la contaré en las
ménos razones que pudiere; pero ántes que entre en el confuso laberinto
de mis males, quiero que me digas ¿qué es la causa que Azam bajá mi amo
ha hecho plantar en esta campaña estas tiendas y pabellones ántes de
entrar en Nicosia, adonde viene proveido por virey, ó por bajá como los
turcos llaman á los vireyes?
--Yo te satisfaré brevemente, respondió Mahamut; y así has de saber que
es costumbre entre los turcos, que los que van por vireyes de alguna
provincia no entran en la ciudad donde su antecesor habita hasta que
él salga della y deje hacer libremente al que viene la residencia; y
en tanto que el bajá nuevo la hace, el antiguo se está en la campaña
esperando lo que resulta de sus cargos, los cuales se hacen sin que
él pueda intervenir á valerse de sobornos y amistades, si ya primero
no lo ha hecho: hecha pues la residencia se la dan al que deja el
cargo en un pergamino cerrado y sellado, y con ella se presenta á la
Puerta del Gran Señor, que es como decir en la corte ante el gran
consejo del turco: la cual vista por el visir bajá, y por los otros
cuatro bajáes menores (como si dijésemos ante el presidente del real
consejo y oidores), ó le premian ó le castigan segun la relacion de
la residencia; puesto que si viene culpado, con dineros rescata y
escusa el castigo; si no viene culpado y no le premian, como sucede
de ordinario, con dádivas y presentes alcanza el cargo que mas se le
antoja, porque no se dan allí los cargos y oficios por merecimientos,
sino por dineros: todo se vende y todo se compra: los proveedores de
los cargos roban á los proveidos en ellos y los desuellan: deste oficio
comprado sale la sustancia para comprar otro que mas ganancia promete:
todo va como digo, todo este imperio es violento, señal que prometia no
ser durable; pero á lo que yo creo, y así debe de ser verdad, le tienen
sobre sus hombros nuestros pecados: quiero decir, los de aquellos que
descaradamente y á rienda suelta ofenden á Dios como yo hago: él se
acuerde de mí por quien es él. Por la causa que he dicho pues, tu amo
Hazan bajá ha estado en esta campaña cuatro dias, y si el de Nicosia no
ha salido como debia, ha sido por haber estado muy malo; pero ya está
mejor y saldrá hoy ó mañana sin duda alguna, y se ha de alojar en unas
tiendas que están detras deste recuesto que tú no has visto, y tu amo
entrará luego en la ciudad: y esto es lo que hay que saber de lo que me
preguntaste.
--Escucha pues, dijo Ricardo; mas no sé si podré cumplir lo que ántes
dije, que en breves razones te contaria mi desventura, por ser ella
tan larga y desmedida, que no se puede medir con razon alguna; con
todo eso haré lo que pudiere y lo que el tiempo diere lugar: y así te
pregunto primero, si conoces en nuestro lugar de Trápana una doncella
á quien la fama daba nombre de la mas hermosa mujer que habia en toda
Sicilia: una doncella, digo, por quien decian todas las curiosas
lenguas y afirmaban los mas raros entendimientos, que era la de mas
perfecta hermosura que tuvo la edad pasada, tiene la presente y espera
tener la que está por venir: una por quien los poetas cantaban que
tenia los cabellos de oro, y que eran sus ojos dos resplandecientes
soles, y sus mejillas purpúreas rosas, sus dientes perlas, sus labios
rubíes, su garganta alabastro: y que sus partes con el todo, y el todo
con sus partes hacian una maravillosa y concertada armonía, esparciendo
naturaleza sobre todo una suavidad de colores tan natural y perfecta,
que jamas pudo la envidia hallar cosa en que ponerle tacha. Que, ¿es
posible, Mahamut, que ya no me has dicho quién es y cómo se llama? Sin
duda creo, ó que no me oyes, ó que cuando en Trápana estabas carecias
de sentido.
--En verdad, Ricardo, respondió Mahamut, que si la que has pintado
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