primero: primero tengo de saber si sois el que decís: luego, hallando
esta verdad, habeis de dejar la casa de vuestros padres y la habeis de
trocar con nuestros ranchos, y tomando el traje de jitano, habeis de
cursar dos años en nuestras escuelas, en el cual tiempo me satisfaré
yo de vuestra condicion, y vos de la mia: al cabo del cual, si vos os
contentades de mí, y yo de vos, me entregaré por vuestra esposa; pero
hasta entónces tengo de ser vuestra hermana en el trato, y vuestra
esclava en serviros: y habeis de considerar que en el tiempo deste
noviciado podria ser que cobrásedes la vista, que agora debeis de tener
perdida, ó por lo ménos turbada, y viésedes que os convenia huir de
lo que agora seguís con tanto ahinco; y cobrando la libertad perdida,
con un buen arrepentimiento se perdona cualquier culpa: si con estas
condiciones quereis entrar á ser soldado de nuestra milicia, en vuestra
mano está, pues faltando alguna dellas, no habeis de tocar un dedo de
la mia.
Pasmóse el mozo á las razones de Preciosa, y púsose como embelesado
mirando al suelo, dando muestras que consideraba lo que de responder
debia. Viendo lo cual Preciosa, tornó á decirle:
--No es este caso de tan poco momento, que en los que aquí nos ofrece
el tiempo pueda ni deba resolverse: volvéos, señor, á la villa, y
considerad despacio lo que viéredes que mas os convenga, y en este
mismo lugar me podeis hablar todas las fiestas que quisiéredes, al ir ó
venir de Madrid.
Á lo cual respondió el gentil hombre:
--Cuando el cielo me dispuso para quererte, Preciosa mia, determiné de
hacer por tí cuanto tu voluntad acertase á pedirme, aunque nunca cupo
en mi pensamiento que me habias de pedir lo que me pides; pero pues es
tu gusto, que el mio al tuyo se ajuste y acomode, cuéntame por jitano
desde luego, y haz de mí todas las esperiencias que mas quisieres,
que siempre me has de hallar el mismo que ahora te significo: mira
cuándo quieres que mude el traje, que yo queria que fuese luego, que
con ocasion de ir á Flándes engañaré á mis padres, y sacaré dineros
para gastar algunos dias, y serán hasta ocho los que podré tardar en
acomodar mi partida: á los que fueren conmigo, yo los sabré engañar de
modo que salga con mi determinacion; lo que te pido es, si es que ya
puedo tener atrevimiento de pedirte y suplicarte algo, que si no es
hoy donde te puedes informar de mi calidad y de la de mis padres, que
no vayas mas á Madrid, porque no querria que algunas de las demasiadas
ocasiones que allí pueden ofrecerse, me salteasen la buena ventura que
tanto me cuesta.
--Eso no, señor galan, respondió Preciosa: sepa que conmigo ha de
andar siempre la libertad desenfadada, sin que la ahogue ni turbe la
pesadumbre de los celos; y entienda que no la tomaré tan demasiada
que no se eche de ver desde bien léjos, que llega mi honestidad á mi
desenvoltura; y en el primero cargo en que quiero enteraros, es en el
de la confianza que habeis de hacer de mí: y mirad que los amantes que
entran pidiendo celos, ó son simples ó confiados.
--Satanas tienes en tu pecho, muchacha, dijo á esta sazon la jitana
vieja: mira que dices cosas, que no las dirá un colegial de Salamanca:
tú sabes de amor, tú sabes de celos, tú de confianzas: ¿cómo es
esto? que me tienes loca, y te estoy escuchando como á una persona
espiritada, que habla latin sin saberlo.
--Calle, abuela, respondió Preciosa, y sepa que todas las cosas que me
oye son nonadas, y son de burlas para las muchas que de mas veras me
quedan en el pecho.
Todo cuanto Preciosa decia, y toda la discrecion que mostraba, era
añadir leña al fuego que ardia en el pecho del enamorado caballero.
Finalmente, quedaron en que de allí á ocho dias se verian en aquel
mismo lugar, donde él vendria á dar cuenta del término en que sus
negocios estaban, y ellas habrian tenido tiempo de informarse de la
verdad que les habia dicho. Sacó el mozo una bolsilla de brocado,
donde dijo que iban cien escudos de oro, y dióselos á la vieja; pero
no queria Preciosa que los tomase en ninguna manera, á quien la jitana
dijo:
--Calla, niña, que la mejor señal que este señor ha dado de estar
rendido, es haber entregado las armas en señal de rendimiento; y el
dar, en cualquiera ocasion que sea, siempre fué indicio de generoso
pecho; y acuérdate de aquel refran que dice: al cielo rogando, y con
el mazo dando; y mas, que no quiero yo que por mí pierdan las jitanas
el nombre que por luengos siglos tienen adquirido de codiciosas y
aprovechadas: ¿cien escudos quieres tú que deseche, Preciosa, que
pueden andar cosidos en el alforza de una saya que no valga dos
reales, y tenerlos allí como quien tiene un juro sobre las yerbas de
Estremadura? Si alguno de nuestros hijos, nietos ó parientes cayere
por alguna desgracia en manos de la justicia, ¿habrá favor tan bueno
que llegue á la oreja del juez y del escribano, como estos escudos,
si llegan á sus bolsas? Tres veces por tres delitos diferentes me he
visto casi puesta en el asno, para ser azotada; y de la una me libró un
jarro de plata, y de la otra una sarta de perlas, y de la otra cuarenta
reales de á ocho, que habia trocado por cuartos, dando veinte reales
mas por el cambio: mira, niña, que andamos en oficio muy peligroso y
lleno de tropiezos y de ocasiones forzosas, y no hay defensas que mas
presto nos amparen y socorran, como las armas invencibles del gran
Filipo: no hay pasar adelante de su -plus ultra-: por un doblon de dos
caras se nos muestra alegre la triste del procurador y de todos los
ministros de la muerte, que son arpías de nosotras las pobres jitanas,
y mas precian pelarnos y desollarnos á nosotras, que á un salteador de
caminos: jamas por mas rotas y desastradas que nos vean, nos tienen
por pobres, que dicen que somos como los jubones de los gabachos de
Belmonte, rotos y grasientos, y llenos de doblones.
--Por vida suya, abuela, que no diga mas, que lleva término de alegar
tantas leyes en favor de quedarse con el dinero, que agote las de los
emperadores: quédese con ellos, y buen provecho le hagan, y plega á
Dios que los entierre en sepultura donde jamas tornen á ver la claridad
del sol, ni haya necesidad que le vean: á estas nuestras compañeras
será forzoso darles algo, que ha mucho que nos esperan, y ya deben
estar enfadadas.
--Así verán ellas, replicó la vieja, moneda destas, como ven al turco
agora: ese buen señor verá si le ha quedado alguna moneda de plata, ó
cuartos, y los repartirá entre ellas, que con poco quedarán contentas.
--Sí traigo, dijo el galan.
Y sacó de la faldriquera tres reales de á ocho, que repartió entre las
tres jitanillas, con que quedaron mas alegres y mas satisfechas, que
suele quedar un autor de comedias cuando en competencia de otro le
suelen retular por las esquinas, -victor, victor-.
En resolucion concertaron, como se ha dicho, la venida de allí á ocho
dias, y que se habia de llamar cuando fuese jitano Andres Caballero,
porque tambien habia jitanos entre ellos deste apellido.
No tuvo atrevimiento Andres, que así le llamaremos de aquí adelante,
de abrazar á Preciosa, ántes enviándole con la vista el alma, sin
ella, si así decirse puede, las dejó, y se entró en Madrid, y ellas
contentísimas hicieron lo mismo. Preciosa, algo aficionada, mas con
benevolencia que con amor, de la gallarda disposicion de Andres, ya
deseaba informarse si era el que habia dicho: entró en Madrid, y á
pocas calles andadas encontró con el paje poeta de las coplas y el
escudo: y cuando él la vió, se llegó á ella diciendo:
--Vengas en buen hora, Preciosa; ¿leiste por ventura las coplas que te
di el otro dia?
Á lo que Preciosa respondió:
--Primero que le responda palabra, me ha de decir una verdad, por vida
de lo que mas quiere.
--Conjuro es ese, respondió el paje, que aunque el decirla me costase
la vida, no la negaré en ninguna manera.
--Pues la verdad que quiero que me diga, dijo Preciosa, es, si por
ventura es poeta.
--Á serlo, replicó el paje, forzosamente habia de ser por ventura; pero
has de saber, Preciosa, que ese nombre de poeta muy pocos le merecen,
y así yo no lo soy, sino un aficionado á la poesía: y para lo que he
menester, no voy á pedir ni buscar versos ajenos: los que te di son
mios, y estos que te doy agora tambien, mas no por esto soy poeta, ni
Dios lo quiera.
--¿Tan malo es ser poeta? replicó Preciosa.
--No es malo, dijo el paje; pero el ser poeta á solas no lo tengo por
muy bueno: hase de usar de la poesía, como de una joya preciosísima,
cuyo dueño no la trae cada dia, ni la muestra á todas gentes, ni á cada
paso, sino cuando convenga y sea razon que la muestre: la poesía es
una bellísima doncella, casta, honesta, discreta, aguda, retirada, y
que se contiene en los límites de la discrecion mas alta: es amiga de
la soledad, las fuentes la entretienen, los prados la consuelan, los
árboles la desenojan, las flores la alegran; y finalmente, deleita y
enseña á cuantos con ella comunican.
--Con todo eso, respondió Preciosa, he oido decir que es pobrísima, y
que tiene algo de mendiga.
--Antes es al reves, dijo el paje, porque no hay poeta que no sea rico,
pues todos viven contentos con su estado: filosofía que alcanzan pocos.
Pero ¿qué te ha movido, Preciosa, á hacer esta pregunta?
--Hame movido, respondió Preciosa, porque como yo tengo á todos, ó los
mas poetas por pobres, causóme maravilla aquel escudo de oro, que me
distes entre vuestros versos envuelto: mas agora que sé que no sois
poeta, sino aficionado de la poesía, podria ser que fuésedes rico,
aunque lo dudo, á causa de que por aquella parte que os toca de hacer
coplas, se ha de desaguar cuanta hacienda tuviéredes; que no hay poeta,
segun dicen, que sepa conservar la hacienda que tiene, ni granjear la
que no tiene.
--Pues yo no soy desos, replicó el paje; versos hago, y no soy rico,
ni pobre: y sin sentirlo ni descontarlo, como hacen los jinoveses sus
convites, bien puedo dar un escudo, y dos á quien yo quisiere: tomad,
Preciosa perla, este segundo papel, y este escudo segundo que va en
él, sin que os pongais á pensar si soy poeta, ó no: solo quiero que
penseis y creais que quien os da esto, quisiera tener para daros las
riquezas de Midas.
Y en esto le dió un papel, y tentándole Preciosa halló que dentro venia
el escudo, y dijo:
--Este papel ha de vivir muchos años, porque trae dos almas consigo;
una la del escudo, y otra la de los versos, que siempre vienen llenos
de almas y de corazones; pero sepa el señor paje que no quiero tantas
almas conmigo, y si no saca la una, no haya miedo que reciba la otra:
por poeta le quiero, y no por dadivoso, y desta manera tendremos
amistad que dure; pues mas aina puede faltar un escudo por fuerte que
sea, que la hechura de un romance.
--Pues así es, replicó el paje, que quieres, Preciosa, que yo sea pobre
por fuerza, no deseches el alma que en ese papel te envío, y vuélveme
el escudo, que como le toques con la mano, le tendré por reliquia
miéntras la vida me durare.
Sacó Preciosa el escudo del papel, y quedóse con el papel, y no le
quiso leer en la calle. El paje se despidió y se fué contentísimo,
creyendo que ya Preciosa quedaba rendida, pues con tanta afabilidad le
habia hablado.
Y como ella llevaba puesta la mira en buscar la casa del padre de
Andres, sin querer detenerse á bailar en ninguna parte, en poco espacio
se puso en la calle do estaba, que ella muy bien sabia: y habiendo
andado hasta la mitad, alzó los ojos á unos balcones de hierro dorados,
que le habian dado por señas, y vió en ella á un caballero de hasta
edad de cincuenta años, con un hábito de cruz colorada en los pechos,
de venerable gravedad y presencia; el cual apénas tambien hubo visto la
Jitanilla, cuando dijo:
--Subid, niñas, que aquí os darán limosna.
Á esta voz acudieron al balcon otros tres caballeros, y entre ellos
vino el enamorado Andres, que cuando vió á Preciosa perdió la color,
y estuvo á punto de perder los sentidos: tanto fué el sobresalto que
recibió con su vista. Subieron las jitanillas todas, sino la grande que
se quedó abajo para informarse de los criados de las verdades de Andres.
Al entrar las jitanillas en la sala, estaba diciendo el caballero
anciano á los demas:
--Esta debe de ser sin duda la Jitanilla hermosa, que dicen que anda
por Madrid.
--Ella es, replicó Andres, y sin duda es la mas hermosa criatura que se
ha visto.
--Así lo dicen, dijo Preciosa (que lo oyó todo en entrando); pero en
verdad que se deben de engañar en la mitad del justo precio: bonita,
bien creo que lo soy, pero tan hermosa como dicen, ni por pienso.
--Por vida de D. Juanico mi hijo, dijo el anciano, que aun sois mas
hermosa de lo que dicen, linda jitana.
--Y ¿quién es D. Juanico su hijo? preguntó Preciosa.
--Ese galan que está á vuestro lado, respondió el caballero.
--En verdad que pensé, dijo Preciosa, que juraba vuesa merced por
algun niño de dos años: mirad qué D. Juanico, y qué brinco. Á mi verdad
que pudiera ya estar casado, y que segun tiene unas rayas en la frente,
no pasarán tres años sin que lo esté, y muy á su gusto, si es que desde
aquí allá no se le pierde, ó se le trueca.
--Basta, dijo uno de los presentes: ¿qué sabe la Jitanilla de rayas?
En esto las jitanillas que iban con Preciosa, todas tres se arrimaron
á un rincon de la sala, y cosiéndose las bocas unas con otras, se
juntaron por no ser oidas.
Dijo la Cristina:
--Muchachas, este es el caballero que nos dió esta mañana los tres
reales de á ocho.
--Así es la verdad, respondieron ellas; pero no se lo mentemos, ni le
digamos nada si él no nos lo mienta: ¿qué sabemos si quiere encubrirse?
En tanto que esto entre las tres pasaba, respondió Preciosa á lo de las
rayas:
--Lo que veo con los ojos, con el dedo lo adevino: yo sé del señor D.
Juanico, sin rayas, que es algo enamoradizo, impetuoso y acelerado, y
gran prometedor de cosas que parecen imposibles; y plegue á Dios que no
sea mentirosito, que seria lo peor de todo: un viaje ha de hacer agora
muy léjos de aquí, y uno piensa el bayo, y otro el que le ensilla: el
hombre pone, y Dios dispone: quizá pensará que va á Oñez, y dará en
Gamboa.
Á esto respondió D. Juan:
--En verdad, jitanica, que has acertado en muchas cosas de mi
condicion; pero en lo de ser mentiroso vas muy fuera de la verdad,
porque me precio de decirla en todo acontecimiento: en lo del viaje
largo has acertado, pues sin duda siendo Dios servido, dentro de cuatro
ó cinco dias me partiré á Flándes, aunque tú me amenazas que he de
torcer el camino y no querria que en él me sucediese algun desman que
lo estorbase.
--Calle, señorito, respondió Preciosa, y encomiéndese á Dios, que
todo se hará bien; y sepa que yo no sé nada de lo que digo; y no es
maravilla, que como hablo mucho y á bulto, acierte en alguna cosa,
y yo querria acertar en persuadirte á que no te partieses, sino que
sosegases el pecho, y te estuvieses con tus padres para darles buena
vejez, porque no estoy bien con estas idas y venidas á Flándes,
principalmente los mozos de tan tierna edad como la tuya: déjate crecer
un poco para que puedas llevar los trabajos de la guerra, cuanto
mas que harta guerra tienes en tu casa, hartos combates amorosos te
sobresaltan el pecho: sosiega, sosiega, alborotadito, y mira lo que
haces primero que te cases, y dános una limosnita por Dios, y por quien
tú eres; que en verdad que creo que eres bien nacido; y si á esto se
junta el ser verdadero, yo cantaré la gala al vencimiento de haber
acertado en cuanto te he dicho.
--Otra vez te he dicho, niña, respondió el D. Juan, que habia de ser
Andres Caballero, que en todo aciertas, sino en el temor que tienes,
que no debo de ser muy verdadero, que en esto te engañas sin alguna
duda: la palabra que yo doy en el campo, la cumpliré en la ciudad, y
adonde quiera, sin serme pedida; pues no se puede preciar de caballero
quien toca en el vicio de mentiroso: mi padre te dará limosna por Dios
y por mí, que en verdad que esta mañana di cuanto tenia á unas damas,
que á ser tan lisonjeras como hermosas, especialmente una dellas, no me
arriendo la ganancia.
Oyendo esto Cristina, con el recato de la otra vez, dijo á las demas
jitanas:
--¡Ay, niñas! que me maten si no lo dice por los tres reales de á ocho
que nos dió esta mañana.
--No es así, respondió una de las dos, porque dijo que eran damas, y
nosotras no lo somos: y siendo él tan verdadero como dice, no habia de
mentir en esto.
--No es mentira de tanta consideracion, respondió Cristina, la que se
dice sin perjuicio de nadie y en provecho y crédito del que la dice;
pero con todo esto, veo no nos da nada, ni nos manda bailar.
Subió en esto la jitana vieja, y dijo:
--Nieta, acaba, que es tarde, y hay mucho que hacer y mas que decir.
--Y ¿qué hay, abuela, preguntó Preciosa, hay hijo ó hija?
--Hijo, y muy lindo, respondió la vieja: ven, Preciosa, y oirás
verdaderas maravillas.
--Plega á Dios que no muera de sobreparto, dijo Preciosa.
--Todo se mirará muy bien, replicó la vieja, cuanto mas que hasta aquí
todo ha sido parto derecho, y el infante es como un oro.
--¿Ha parido alguna señora? preguntó el padre de Andres Caballero:
--Sí, señor, respondió la jitana; pero ha sido el parto tan secreto,
que le sabe sino Preciosa, y yo, y otra persona; y así no podemos decir
quién es.
--Ni aquí queremos saber, dijo uno de los presentes; pero desdichada de
aquella que en vuestras lenguas deposita su secreto y en vuestra ayuda
pone su honra.
--No todas somos malas, respondió Preciosa: quizá hay alguna entre
nosotras que se precia de secreta, y de verdadera, tanto cuanto el
hombre mas estirado que hay en esta sala: y vámonos, abuela, que aquí
nos tienen en poco; pues en verdad que no somos ladronas, ni rogamos á
nadie.
--No os enojeis, Preciosa, dijo el padre, que á lo ménos de vos imagino
que no se puede presumir cosa mala; que vuestro buen rostro os acredita
y sale por fiador de vuestras buenas obras: por vida de Preciosita, que
baileis un poco con vuestras compañeras, que aquí tengo un doblon de
oro de á dos caras, que ninguna es como la vuestra, aunque son de dos
reyes.
Apénas hubo oido esto la vieja, cuando dijo:
--Ea, niñas, haldas en cinta, y dad contento á estos señores.
Tomó las sonajas Preciosa, y dieron sus vueltas, hicieron y deshicieron
todos sus lazos con tanto donaire y desenvoltura, que tras los piés se
llevaban los ojos de cuantos las miraban, especialmente los de Andres,
que así se iban entre los piés de Preciosa, como si allí tuvieran el
centro de su gloria; pero turbósela la suerte de manera que se la
volvió en infierno; y fué el caso que en la fuga del baile se le cayó á
Preciosa el papel que le habia dado el paje, y apénas hubo caido cuando
le alzó el que no tenia buen concepto de las jitanas, y abriéndole al
punto dijo:
--Bueno, sonetico tenemos, cese el baile, y escúchenle, que segun el
primer verso, en verdad que no es nada necio.
Pesóle á Preciosa, por no saber lo que en él venia, y rogó que no le
leyesen y que se le volviesen, y todo el ahinco que en esto ponia, eran
espuelas que apremiaban el deseo de Andres para oirle. Finalmente, el
caballero le leyó en alta voz, y era este:
Cuando Preciosa el panderete toca,
Y hiere el dulce son los aires vanos,
Perlas son que derrama con las manos,
Flores son que despide de la boca:
Suspensa el alma, y la cordura loca
Queda á los dulces actos sobrehumanos,
Que de limpios, de honestos y de sanos
Su fama al cielo levantado toca.
Colgadas del menor de sus cabellos
Mil almas lleva, y á sus plantas tiene
Amor rendidas una y otra flecha:
Ciega, y alumbra con sus soles bellos,
Su imperio amor por ellos le mantiene,
Y aun mas grandezas de su ser sospecha.
--Por Dios, dijo el que leyó el soneto, que tiene donaire el poeta que
le escribió.
--No es poeta, señor, sino un paje muy galan y muy hombre de bien, dijo
Preciosa.
Mirad lo que habeis dicho, Preciosa, y lo que vais á decir, que esas no
son alabanzas del paje, sino lanzas que traspasan el corazon de Andres
que las escucha: ¿quereislo ver, niña? pues volved los ojos y veréisle
desmayado encima de la silla con un trasudor de muerte; no penseis,
doncella, que os ama tan de burlas Andres, que no le hiera y sobresalte
el menor de vuestros descuidos: llegáos á él enhorabuena, y decilde
algunas palabras al oido que vayan derechas al corazon, y le vuelvan
de su desmayo: no, sino andáos á traer sonetos cada dia en vuestra
alabanza, y veréis cuál os le ponen.
Todo esto pasó así como se ha dicho, que Andres en oyendo el soneto,
mil celosas imaginaciones le sobresaltaron; no se desmayó, pero perdió
la color de manera que viéndole su padre, le dijo:
--¿Qué tienes, D. Juan, que parece que te vas á desmayar, segun se te
ha mudado el color?
--Espérense, dijo á esta sazon Preciosa, déjenmele decir unas ciertas
palabras al oido, y verán cómo no se desmaya.
Y llegándose á él le dijo casi sin mover los labios:
--¡Gentil ánimo para jitano! ¿cómo podréis, Andres, sufrir el tormento
de toca, pues no podeis llevar el de un papel?
Y haciéndole media docena de cruces sobre el corazon, se apartó dél; y
entónces Andres respiró un poco, y dió á entender que las palabras de
Preciosa le habian aprovechado.
Finalmente, el doblon de dos caras se le dieron á Preciosa; y ella dijo
á sus compañeras que le trocaria y repartiria con ellas hidalgamente.
El padre de Andres le dijo que le dejase por escrito las palabras que
habia dicho á D. Juan, que las queria saber en todo caso. Ella dijo que
las diria de muy buena gana, y que entendiesen que aunque parecian cosa
de burla, tenian gracia especial para preservar del mal el corazon y
los vaguidos de cabeza, y que las palabras eran:
Cabecita, cabecita,
Tente en tí, no te resbales,
Y apareja dos puntales
De la paciencia bendita.
Solicita
La bonita
Confiancita,
No te inclines
Á pensamientos ruïnes,
Verás cosas
Que toquen en milagrosas,
Dios delante
Y San Cristóbal gigante.
--Con la mitad destas palabras que le digan, y con seis cruces que le
hagan sobre el corazon á la persona que tuviere vaguidos de cabeza,
dijo Preciosa, quedará como una manzana.
Cuando la jitana vieja oyó el ensalmo y el embuste, quedó pasmada, y
mas lo quedó Andres que vió que todo era invencion de su agudo ingenio.
Quedáronse con el soneto, porque no quiso pedirle Preciosa, por no dar
otro tártago á Andres que ya sabia ella sin ser enseñada lo que era dar
sustos, martelos y sobresaltos celosos á los rendidos amantes.
Despidiéronse las jitanas, y al irse dijo Preciosa á D. Juan:
--Mire, señor, cualquiera dia de esta semana es próspero para partidas,
y ninguno es aciago; apresure el irse lo mas presto que pudiere, que
le aguarda una vida ancha, libre y muy gustosa, si quiere acomodarse á
ella.
--No es tan libre la del soldado, á mi parecer, respondió D. Juan, que
no tenga mas de sujecion que de libertad; pero con todo esto haré como
viere.
--Mas veréis de lo que pensais, respondió Preciosa, y Dios os lleve y
traiga con bien como vuestra buena presencia merece.
Con estas últimas palabras quedó contento Andres, y las jitanas se
fueron contentísimas: trocaron el doblon, repartiéronle entre todas
igualmente, aunque la vieja guardiana llevaba siempre parte y media de
lo que se juntaba, así por la mayoridad, como por ser ella el aguja por
quien se guiaban en el maremagno de sus bailes, donaires, y aun de sus
embustes.
Llegóse en fin el dia que Andres Caballero se apareció una mañana en
el primer lugar de su aparecimiento sobre una mula de alquiler, sin
criado alguno; halló en él á Preciosa y á su abuela, de las cuales
conocido, le recibieron con mucho gusto. Él les dijo que le guiasen al
rancho ántes que entrase el dia, y con él se descubriesen las señas que
llevaba, si acaso le buscasen: ellas, que como advertidas vinieron
solas, dieron la vuelta, y de allí á poco rato llegaron á sus barracas.
Entró Andres en una, que era la mayor del rancho, y luego acudieron á
verle diez ó doce jitanos, todos mozos y todos gallardos y bien hechos,
á quien ya la vieja habia dado cuenta del nuevo compañero que les habia
de venir, sin tener necesidad de encomendarles el secreto, que como ya
se ha dicho, ellos le guardan con sagacidad y puntualidad nunca vista:
echaron luego ojo á la mula, y dijo uno dellos:
--Esta se podrá vender el juéves en Toledo.
--Eso no, dijo Andres, porque no hay mula de alquiler que no sea
conocida de todos los mozos de mulas que trajinan por España.
--Par Dios, señor Andres, dijo uno de los jitanos, que aunque la mula
tuviera mas señales que las que han de preceder al dia tremendo, aquí
la transformarémos de manera que no la conociera la madre que la parió,
ni el dueño que la ha criado.
--Con todo eso, respondió Andres, por esta vez se ha de seguir y
tomar el parecer mio: á esta mula se le ha de dar muerte, y ha de ser
enterrada donde aun los huesos no parezcan.
--Pecado grande, dijo otro jitano: ¿á una inocente se ha de quitar
la vida? no diga tal el buen Andres, sino haga una cosa: mírela bien
agora, de manera que se le queden estampadas todas sus señales en
la memoria, y déjenmela llevar á mí, y si de aquí á dos horas la
conociera, que me lardeen como á negro fugitivo.
--En ninguna manera consentiré, dijo Andres, que la mula no muera,
aunque mas me aseguren su transformacion; yo temo ser descubierto,
si á ella no la cubre la tierra: y si se hace por el provecho que de
venderla puede seguirse, no vengo tan desnudo á esta cofradía que no
pueda pagar de entrada mas de lo que valen cuatro mulas.
--Pues así lo quiere el señor Andres Caballero, dijo otro jitano, muera
la sin culpa, y Dios sabe si me pesa así por su mocedad, pues aun no ha
cerrado, cosa no usada entre mulas de alquiler, como porque debe ser
andariega, pues no tiene costras en las ijadas, ni llagas de la espuela.
Dilatóse su muerte hasta la noche, y en lo que quedaba de aquel dia
se hicieron las ceremonias de la entrada de Andres á ser jitano, que
fueron: desembarazaron luego un rancho de los mejores del aduar, y
adornáronle de ramos y juncia, y sentándose Andres sobre un medio
alcornoque, pusiéronle en las manos un martillo y unas tenazas, y
al son de dos guitarras que dos jitanos tañian, le hicieron dar dos
cabriolas: luego le desnudaron un brazo, y con una cinta de seda nueva
y un garrote le dieron dos vueltas blandamente.
Á todo se halló presente Preciosa y otras muchas jitanas viejas y
mozas, que las unas con maravilla, otras con amor le miraban: tal era
la gallarda disposicion de Andres que hasta los jitanos le quedaron
aficionadísimos.
Hechas pues las referidas ceremonias, un jitano viejo tomó por la mano
á Preciosa, y puesto delante de Andres, dijo:
--Esta muchacha, que es la flor y la nata de toda la hermosura de
las jitanas que sabemos que viven en España, te la entregamos, ya por
esposa, ó ya por amiga, que en esto puedes hacer lo que fuere mas
de tu gusto, porque la libre y ancha vida nuestra no está sujeta á
melindres ni á muchas ceremonias: mírala bien, y mira si te agrada,
ó si ves en ella alguna cosa que te descontente, y si la ves, escoge
entre las doncellas que aquí están la que mas te contentare, que la
que escogieres te daremos; pero has de saber que una vez escogida, no
la has de dejar por otra, ni te has de empachar ni entremeter ni con
las casadas, ni con las doncellas: nosotros guardamos inviolablemente
la ley de la amistad: ninguno solicita la prenda del otro; libres y
ecsentos vivimos de la amarga pestilencia de los celos: entre nosotros,
aunque hay muchos incestos, no hay ningun adulterio; y cuando le hay
en la mujer propia, ó alguna bellaquería en la amiga, no vamos á la
justicia á pedir castigo; nosotros somos los jueces y los verdugos
de nuestras esposas ó amigas: con la misma facilidad las matamos y
las enterramos por las montañas y desiertos, como si fueran animales
nocivos: no hay pariente que las vengue, ni padres que nos pidan su
muerte: con este temor y miedo ellas procuran ser castas, y nosotros,
como ya he dicho, vivimos seguros: pocas cosas tenemos que no sean
comunes á todos, excepto la mujer ó la amiga, que queremos que cada
una sea del que le cupo en suerte: entre nosotros así hace divorcio la
vejez como la muerte: el que quisiere puede dejar la mujer vieja como
él sea mozo, y escoger otra que corresponda al gusto de sus años: con
estas y con otras leyes y estatutos nos conservamos y vivimos alegres:
somos señores de los campos, de los sembrados, de las selvas, de los
montes, de las fuentes y de los rios: los montes nos ofrecen leña de
balde, los árboles frutas, las viñas uvas, las huertas hortaliza,
las fuentes agua, los rios peces, y los vedados caza, sombras las
peñas, aire fresco las quiebras, y casas las cuevas: para nosotros
las inclemencias del cielo son oreos, refrigerio las nieves, baños la
lluvia, músicas los truenos y hachas los relámpagos: para nosotros son
los duros terrenos colchones de blandas plumas: el cuero curtido de
nuestros cuerpos nos sirve de arnes impenetrable que nos defiende: á
nuestra lijereza no la impiden grillos, ni la detienen barrancos, ni
la contrastan paredes: á nuestro ánimo no le tuercen cordeles, ni le
menoscaban garruchas, ni le ahogan tocas, ni le doman potros: del sí al
no, no hacemos diferencia cuando nos conviene; siempre nos preciamos
mas de mártires que de confesores: para nosotros se crian las bestias
de carga en los campos, y se cortan las faldriqueras en las ciudades:
no hay águila, ni ninguna otra ave de rapiña que mas presto se abalance
á la presa que se le ofrece, que nosotros nos abalanzamos á las
ocasiones que algun interes nos señalen: y finalmente, tenemos muchas
habilidades que felice fin nos prometen; porque en la cárcel cantamos,
en el potro callamos, de dia trabajamos, y de noche hurtamos, y por
mejor decir avisamos que nadie viva descuidado de mirar donde pone su
hacienda: no nos fatiga el temor de perder la honra, ni nos desvela
la ambicion del acrecentarla: ni sustentamos bandos, ni madrugamos á
dar memoriales, ni á acompañar magnates, ni á solicitar favores: por
dorados techos y suntuosos palacios estimamos estas barracas y movibles
ranchos: por cuadros y países de Flándes los que nos da la naturaleza
en esos levantados riscos y nevadas peñas, tendidos prados y espesos
bosques que á cada paso á los ojos se nos muestran: somos astrólogos
rústicos, porque como casi siempre dormimos al cielo descubierto, á
todas horas sabemos las que son del dia y las que son de la noche:
vemos cómo arrincona y barre la aurora las estrellas del cielo, y
cómo ella sale con su compañera el alba, alegrando el aire, enfriando
el agua y humedeciendo la tierra, y luego tras ella el sol, -dorando
cumbres- (como dijo el otro poeta) -y rizando montes-: ni tememos
quedar helados por su ausencia cuando nos hiere á soslayo con sus
rayos, ni quedar abrasados cuando con ellos perpendicularmente nos
toca: un mismo rostro hacemos al sol que al hielo, á la esterilidad que
á la abundancia: en conclusion, somos gente que vivimos por nuestra
industria y pico, y sin entremeternos con el antiguo refran: iglesia,
ó mar, ó casa real, tenemos lo que queremos, pues nos contentamos
con lo que tenemos: todo esto os he dicho, generoso mancebo, porque
no ignoreis la vida á que habeis venido, y el trato que habeis de
profesar, el cual os he pintado aquí en borron; que otras muchas é
infinitas cosas iréis descubriendo en él con el tiempo, no ménos dignas
de consideracion, que la que habeis oido.
Calló en diciendo esto el elocuente viejo jitano, y el novicio dijo,
que se holgaba mucho de haber sabido tan loables estatutos, y que él
pensaba hacer profesion en aquella órden tan puesta en razon y en
políticos fundamentos, y que solo le pesaba no haber venido mas presto
en conocimiento de tan alegre vida, y que desde aquel punto renunciaba
la profesion de caballero y la vanagloria de su ilustre linaje, y lo
ponia todo debajo del yugo, ó por mejor decir, debajo de las leyes con
que ellos vivian, pues con tan alta recompensa le satisfacian el deseo
de servirlos, entregándole á la divina Preciosa, por quien él dejaria
coronas é imperios, y solo los desearia para servirla.
Á lo cual respondió Preciosa:
--Puesto que estos señores legisladores han hallado por sus leyes que
soy tuya, y que por tuya te me han entregado, yo he hallado por la ley
de mi voluntad, que es la mas fuerte de todas, que no quiero serlo
sino es con las condiciones que ántes que aquí vinieses entre los dos
concertamos: dos años has de vivir en nuestra compañía primero que
de la mia goces, porque tú no te arrepientas por lijero, ni yo quede
engañada por presurosa: condiciones rompen leyes; las que te he puesto
sabes, si las quisieres guardar, podrá ser que sea tuya y tú seas mio;
y donde no, aun no es muerta la mula, tus vestidos están enteros, y
de tu dinero no te falta un ardite: la ausencia que has hecho no ha
sido aun de un dia, que de lo que dél falta te puedes servir y dar
lugar que consideres lo que mas te conviene: estos señores bien pueden
entregarte mi cuerpo, pero no mi alma, que es libre, y nació libre, y
ha de ser libre en tanto que yo quisiere: si te quedas, te estimaré en
mucho; si te vuelves, no te tendré en ménos, porque á mi parecer los
ímpetus amorosos corren á rienda suelta hasta que encuentran con la
razon ó con el desengaño: y no querria yo que fueses tú para conmigo
como es el cazador, que en alcanzando la liebre que sigue, la coge, y
la deja por correr tras otra que le huye: ojos hay engañados que á la
primera vista tan bien les parece el oropel como el oro, pero á poco
rato bien conocen la diferencia que hay de lo fino á lo falso: esta
mi hermosura, que tú dices que tengo, que la estimas sobre el sol y
la encareces sobre el oro, ¿qué sé yo si de cerca te parecerá sombra,
y tocada caerás en que es de alquimia? Dos años te doy de tiempo para
que tantees y ponderes lo que será bien que escojas, ó que será justo
que deseches: que la prenda que una vez comprada, nadie se puede
deshacer de ella sino con la muerte, bien es que haya tiempo y mucho
para miralla, y miralla, y ver en ella las faltas ó las virtudes que
tiene; que yo no me rijo por la bárbara é insolente licencia que estos
mis parientes se han tomado de dejar las mujeres, ó castigarlas cuando
se les antoja: y como yo no pienso hacer cosa que llame al castigo, no
quiero tomar compañía que por su gusto me deseche.
--Tienes razon, ó Preciosa, dijo á este punto Andres; y así si quieres
que asegure tus temores, y menoscabe tus sospechas jurándote que no
saldré un punto de las órdenes que me pusieres, mira qué juramento
quieres que haga, ó qué otra seguridad puedo darte; que á todo me
hallarás dispuesto.
--Los juramentos y promesas que hace el cautivo porque le den libertad,
pocas veces se cumplen con ella, dijo Preciosa; y así son segun
pienso los del amante, que por conseguir su deseo prometerá las alas
de Mercurio, y los rayos de Júpiter, como me prometió á mí un cierto
poeta, y juraba por la laguna Estigia: no quiero juramentos, señor
Andres, ni quiero promesas; solo quiero remitirlo todo á la esperiencia
deste noviciado, y á mí se me quedará el cargo de guardarme, cuando vos
le tuviéredes de ofenderme.
--Sea así, respondió Andres: sola una cosa pido á estos señores y
compañeros mios, y es que no me fuercen á que hurte ninguna cosa por
tiempo de un mes siquiera, porque me parece que no he de acertar á ser
ladron, si ántes no preceden muchas liciones.
--Calla, hijo, dijo el jitano viejo, que aquí te industriaremos de
manera que salgas un águila en el oficio, y cuando le sepas has de
gustar dél, de modo que te comas las manos tras él: ¿ya es cosa de
burla salir de vacío por la mañana, y volver cargado á la noche al
rancho?
--De azotes he visto yo volver algunos desos vacíos, dijo Andres.
--No se toman truchas, etc., replicó el viejo: todas las cosas desta
vida están sujetas á diversos peligros; y las acciones del ladron al
de las galeras, azotes y horca; pero no porque corra un navío tormenta
ó se anegue, han de dejar los otros de navegar: bueno seria que porque
la guerra come los hombres y los caballos, dejase de haber soldados:
cuanto mas, que el ser azotado por justicia, entre nosotros es tener un
hábito en las espaldas, que le parece mejor que si le trujese en los
pechos, y de los buenos: el toque está no acabar acoceando el aire en
la flor de nuestra juventud, y á los primeros delitos; que el mosqueo
de las espaldas, ni el apalear el agua en las galeras, no lo estimamos
en un cacao. Hijo Andres, reposad ahora en el nido debajo de nuestras
alas, que á su tiempo os sacaremos á volar, y en parte donde no volvais
sin presa: y lo dicho dicho, que os habeis de lamer los dedos tras cada
hurto.
--Pues para recompensar, dijo Andres, lo que yo podia hurtar en este
tiempo que se me da de vénia, quiero repartir docientos escudos de oro
entre todos los del rancho.
Apénas hubo dicho esto, cuando arremetieron á él muchos jitanos,
y levantándole en los brazos y sobre los hombros, le cantaban el
victor, victor, el grande Andres, añadiendo: Y viva, viva Preciosa,
amada prenda suya. Las jitanas hicieron lo mismo con Preciosa, no sin
envidia de Cristina y de otras jitanillas que se hallaron presentes;
que la envidia tambien se aloja en los aduares de los bárbaros y en
las chozas de los pastores, como en palacios de príncipes; y esto de
ver medrar al vecino, que me parece que no tiene mas merecimiento que
yo, fatiga.
Hecho esto, comieron lautamente, repartióse el dinero prometido con
equidad y justicia, renováronse las alabanzas de Andres, y subieron al
cielo la hermosura de Preciosa.
Llegó la noche, acocotaron la mula, y enterráronla de modo que quedó
seguro Andres de ser por ella descubierto: y tambien enterraron con
ella sus alhajas, como fueron silla, freno y cinchas, á uso de los
indios que sepultan con ellos sus mas ricas preseas.
De todo lo que habia visto y oido, y de los ingenios de los jitanos
quedó admirado Andres, y con propósito de seguir y conseguir su
empresa, sin entremeterse nada en sus costumbres, ó á lo ménos
escusarlo por todas las vias que pudiese, pensando exentarse de la
jurisdiccion de obedecerlos en las cosas injustas que le mandasen, á
costa de su dinero.
Otro dia les rogó Andres que mudasen de sitio, y se alejasen de Madrid,
porque temia ser conocido si allí estaba: ellos dijeron que ya tenian
determinado irse á los montes de Toledo, y desde allí correr y garramar
toda la tierra circunvecina.
Levantaron pues el rancho, y diéronle á Andres una pollina en que
fuese; pero él no la quiso, sino irse á pié, sirviendo de lacayo á
Preciosa que sobre otra iba: ella contentísima de ver cómo triunfaba de
su gallardo escudero, y él ni mas ni ménos de ver junto á sí á la que
habia hecho señora de su albedrío.
¡Oh poderosa fuerza deste que llaman dulce dios de la amargura (título
que le ha dado la ociosidad y el descuido nuestro), y con qué veras nos
avasallas! ¡y cuán sin respeto nos tratas! Caballero es Andres, y mozo,
y de muy buen entendimiento, criado casi toda su vida en la corte,
y con el regalo de sus ricos padres: y desde ayer acá ha hecho tal
mudanza, que engañó á sus criados y sus amigos, defraudó las esperanzas
que sus padres en él tenian, dejó el camino de Flándes donde habia de
ejercitar el valor de su persona y acrecentar la honra de su linaje,
y se vino á postrar á los piés de una muchacha y á ser su lacayo, que
puesto que hermosísima, en fin era jitana: privilegio de la hermosura,
que trae al redopelo y por la melena á sus piés á la voluntad mas
exenta.
De allí á cuatro dias llegaron á una aldea dos leguas de Toledo, donde
asentaron su aduar, dando primero algunas prendas de plata al alcalde
del pueblo en fianzas de que en él ni en todo su término no hurtarian
ninguna cosa. Hecho esto, todas las jitanas viejas, algunas mozas,
y los jitanos se esparcieron por todos los lugares, ó á lo ménos
apartados por cuatro ó cinco leguas de aquel donde habian asentado su
real. Fué con ellos Andres á tomar la primera licion de ladron; pero
aunque le dieron muchas en aquella salida, ninguna se le asentó, ántes
correspondiendo á su buena sangre, con cada hurto que sus maestros
hacian se le arrancaba el alma, y tal vez hubo que pagó de su dinero
los hurtos que sus compañeros habian hecho, conmovido de las lágrimas
de sus dueños: de lo cual los jitanos se desesperaban, diciendo que
era contravenir á sus estatutos y ordenanzas, que prohibian la entrada
á la caridad en sus pechos, la cual en teniéndola, habian de dejar de
ser ladrones, cosa que no les estaba bien en ninguna manera. Viendo
pues esto Andres, dijo que él queria hurtar por sí solo, sin ir en
compañía de nadie; porque para huir del peligro tenia lijereza, y para
acometelle no le faltaba el ánimo: así que el premio, ó el castigo de
lo que hurtase, queria que fuese solo suyo.
Procuraron los jitanos disuadirle deste propósito, diciéndole que le
podrian suceder ocasiones, donde fuese necesaria la compañía, así para
acometer como para defenderse; y que una persona sola no podia hacer
grandes presas. Pero por mas que dijeron, Andres quiso ser ladron solo
y señero, con intencion de apartarse de la cuadrilla y comprar por su
dinero alguna cosa que pudiese decir que la habia hurtado, y deste modo
cargar lo ménos que pudiese sobre su conciencia.
Usando pues de esta industria, en ménos de un mes trujo mas provecho á
la compañía que trujeron cuatro de los mas estirados ladrones della,
de que no poco se holgaba Preciosa viendo á su tierno amante tan lindo
y tan despejado ladron; pero con todo eso estaba temerosa de alguna
desgracia, que no quisiera ella verle en afrenta por todo el tesoro
de Venecia, obligada á tenerle aquella buena voluntad por los muchos
servicios y regalos que su Andres le hacia.
Poco mas de un mes se estuvieron en los términos de Toledo, donde
hicieron su agosto, aunque era por el mes de setiembre, y desde allí
se entraron en Estremadura por ser tierra rica y caliente. Pasaba
Andres con Preciosa honestos, discretos y enamorados coloquios, y
ella poco á poco se iba enamorando de la discrecion y buen trato de
su amante, y él del mismo modo; si pudiera crecer su amor, fuera
creciendo: tal era la honestidad, discrecion y belleza de su Preciosa.
Á do quiera que llegaban, él se llevaba el precio y las apuestas de
corredor, y de saltar mas que ninguno: jugaba á los bolos y á la pelota
estremadamente, tiraba la barra con mucha fuerza y singular destreza:
finalmente, en poco tiempo voló su fama por toda Estremadura, y no
habia lugar donde no se hablase de la gallarda disposicion del jitano
Andres Caballero, y de sus gracias y habilidades, y al par desta fama
corria la de la hermosura de la Jitanilla, y no habia villa, lugar ni
aldea donde no los llamasen para regocijar las fiestas votivas suyas,
ó para otros particulares regocijos: desta manera iba el aduar rico,
próspero y contento, y los amantes gozosos con solo mirarse.
Sucedió pues que teniendo el aduar entre unas encinas algo apartado
del camino real, oyeron una noche casi á la mitad della ladrar sus
perros con mucho ahinco y mas de lo que acostumbraban: salieron algunos
jitanos, y con ellos Andres á ver á quién ladraban, y vieron que se
defendia dellos un hombre vestido de blanco, á quien tenian dos perros
asido de una pierna: llegaron, y quitáronle, y uno de los jitanos le
dijo:
--¿Quién diablos os trujo por aquí, hombre, á tales horas y tan fuera
de camino? ¿venís á hurtar por ventura? porque en verdad que habeis
llegado á buen puerto.
--No vengo á hurtar, respondió el mordido, ni sé si vengo ó no fuera de
camino, aunque bien veo que vengo descaminado: pero decidme, señores,
¿está por aquí alguna venta ó lugar donde pueda recogerme esta noche, y
curarme de las heridas que vuestros perros me han hecho?
--No hay lugar ni venta donde podamos encaminaros, respondió Andres;
mas para curar vuestras heridas y alojaros esta noche no os faltará
comodidad en nuestros ranchos; veníos con nosotros, que aunque somos
jitanos, no lo parecemos en la caridad.
--Dios la use con vosotros, respondió el hombre, y llevadme donde
quisiéredes, que el dolor desta pierna me fatiga mucho.
Llegóse á él Andres y otro jitano caritativo (que aun entre los
demonios hay unos peores que otros, y entre muchos malos hombres suele
haber alguno bueno), y entre los dos le llevaron.
Hacia la noche clara con luna, de manera que pudieron ver que el hombre
era mozo, de gentil rostro y talle: venia vestido todo de lienzo
blanco, y atravesada por las espaldas y ceñida á los pechos una como
camisa ó talega de lienzo. Llegaron á la barraca ó toldo de Andres,
y con presteza encendieron lumbre y luz, y acudió luego la abuela de
Preciosa á curar el herido, de quien ya le habian dado cuenta; tomó
algunos pelos de los perros, friólos en aceite y lavando primero con
vino dos mordeduras que tenia en la pierna izquierda, le puso los pelos
con el aceite en ellas, y encima un poco de romero verde mascado:
lióselo muy bien con paños limpios, y santiguóle las heridas, y díjole:
--Dormid, amigo, que con el ayuda de Dios no será nada.
En tanto que curaban al herido, estaba Preciosa delante, y estúvole
mirando ahincadamente, y lo mismo hacia él á ella, de modo que Andres
echó de ver en la atencion con que el mozo la miraba; pero echólo á
que la mucha hermosura de Preciosa se llevaba tras sí los ojos. En
resolucion, despues de curado el mozo, le dejaron solo sobre un lecho
hecho de heno seco, y por entónces no quisieron preguntarle nada de su
camino ni de otra cosa.
Apénas se apartaron dél cuando Preciosa llamó á Andres aparte, y le
dijo:
--¿Acuérdaste, Andres, de un papel que se me cayó en tu casa cuando
bailaba con mis compañeras, que segun creo te dió un mal rato?
--Sí acuerdo, respondió Andres, y era un soneto en tu alabanza, y no
malo.
--Pues has de saber, Andres, replicó Preciosa, que el que hizo aquel
soneto es ese mozo mordido que dejamos en la choza, y en ninguna manera
me engaño, porque me habló en Madrid dos ó tres veces, y aun me dió un
romance muy bueno: allí andaba á mi parecer como paje, mas no de los
ordinarios, sino de los favorecidos de algun príncipe: y en verdad te
digo, Andres, que el mozo es discreto y bien razonado, y sobremanera
honesto, y no sé qué pueda imaginar desta su venida y en tal traje.
--¿Qué puedes imaginar, Preciosa? respondió Andres; ninguna otra cosa,
sino que la misma fuerza que á mí me ha hecho jitano, le ha hecho á él
parecer molinero, y venir á buscarte. ¡Ah, Preciosa, Preciosa, y cómo
se va descubriendo que te quieres preciar de tener mas de un rendido! y
si esto es así, acábame á mí primero, y luego matarás á ese otro, y no
quieras sacrificarnos juntos en las aras de tu engaño, por no decir de
tu belleza.
--¡Válame Dios! respondió Preciosa, Andres, y ¡cuán delicado andas, y
cuán de un sotil cabello tienes colgadas tus esperanzas y mi crédito,
pues con tanta facilidad te ha penetrado el alma la dura espada de los
celos! Díme, Andres, si en esto hubiera artificio ó engaño alguno,
¿no supiera yo callar y encubrir quién era este mozo? ¿Soy tan necia
por ventura que te habia de dar ocasion de poner en duda mi bondad y
buen término? Calla, Andres, por tu vida, y mañana procura sacar del
pecho deste tu asombro, adónde va, ó á lo que viene; podria ser que
estuviese engañada tu sospecha, como yo no lo estoy de que sea el que
he dicho: y para mas satisfaccion tuya, pues ya he llegado á términos
de satisfacerte, de cualquiera manera y con cualquiera intencion que
ese mozo venga, despídele luego, y haz que se vaya, pues todos los
de nuestra parcialidad te obedecen, y no habrá ninguno que contra tu
voluntad le quiera dar acogida en su rancho; y cuando esto así no
suceda, yo te doy mi palabra de no salir del mio, ni dejarme ver de
sus ojos, ni de todos aquellos que tú quisieres que no me vean; y
prosiguiendo adelante dijo: Mira, Andres, no me pesa á mi de verte
celoso, pero pesarme ha mucho si te veo indiscreto.
--Como no me veas loco, Preciosa, respondió Andres, cualquiera otra
demostracion será poca ó ninguna para dar á entender adónde llega y
cuánto fatiga la amarga y dura presuncion de los celos; pero con todo
eso, yo haré lo que me mandas, y sabré, si es que es posible, qué es lo
que este señor paje poeta quiere, dónde va, ó qué es lo que busca; que
podria ser que por algun hilo que sin cuidado muestre, sacase yo todo
el ovillo con que temo viene á enredarme.
--Nunca los celos, á lo que imagino, dijo Preciosa, dejan el
entendimiento libre para que pueda juzgar las cosas como ellas son:
siempre miran los celosos con antojos de allende, que hacen las cosas
pequeñas grandes, los enanos gigantes, y las sospechas verdades: por
vida tuya y por la mia, Andres, que procedas en esto y en todo lo que
tocare á nuestros conciertos cuerda y discretamente; que si así lo
hicieres, sé que me has de conceder la palma de honesta y recatada, y
de verdadera en todo estremo.
Con esto se despidió de Andres, y él se quedó esperando el dia para
tomar la confesion al herido, llena de turbacion el alma y de mil
contrarias imaginaciones: no podia creer sino que aquel paje habia
venido allí atraido de la hermosura de Preciosa; porque piensa el
ladron que todos son de su condicion: por otra parte la satisfaccion
que Preciosa le habia dado, le parecia ser de tanta fuerza, que le
obligaba á vivir seguro y á dejar en las manos de su bondad toda su
ventura.
Llegóse el dia (que á él le pareció haberse tardado mas que otras
veces), visitó al mordido, preguntóle cómo se llamaba, y adónde iba,
y cómo caminaba tan tarde y tan fuera de camino; aunque primero le
preguntó cómo estaba, y si se sentia sin dolor de las mordeduras. Á lo
cual respondió el mozo, que se hallaba mejor y sin dolor alguno, y de
manera que podria ponerse en camino: á lo de decir su nombre, y adónde
iba, no dijo otra cosa sino que se llamaba Alonso Hurtado, y que iba
á Nuestra Señora de la Peña de Francia á un cierto negocio, y que por
llegar con brevedad caminaba de noche, y que la pasada habia perdido
el camino, y acaso habia dado con aquel aduar, donde los perros que le
guardaban le habian puesto del modo que habia visto.
No le pareció á Andres legítima esta declaracion, sino muy bastarda, y
de nuevo volvieron á hacerle cosquillas en el alma sus sospechas, y así
le dijo:
--Hermano, si yo fuera juez, y vos hubiérades caido debajo de mi
jurisdicion por algun delito, el cual pidiera que se os hicieran las
preguntas que yo os he hecho, la respuesta que me habeis dado obligara
á que os apretara los cordeles: yo no quiero saber quién sois, cómo os
llamais, ó adónde vais; pero adviértoos que si os conviene mentir en
este vuestro viaje, mintais con mas apariencia de verdad: decís que
vais á la Peña de Francia, y dejaisla á la mano derecha, mas atras
deste lugar donde estamos bien treinta leguas: caminais de noche por
llegar presto, y vais fuera de camino por entre bosques y encinares
que no tienen sendas apénas, cuanto mas caminos: amigo, levantáos y
aprended á mentir, y andad enhorabuena; pero por este buen aviso que
os doy, ¿no me diréis una verdad? que sí diréis pues tan mal sabeis
mentir: decidme, ¿sois por ventura uno que yo he visto muchas veces
en la corte entre paje y caballero, que tenia fama de ser gran poeta,
uno que hizo un romance y un soneto á una Jitanilla que los dias
pasados andaba por Madrid, que era tenida por singular en la belleza?
decídmelo, que yo os prometo por la fe de caballero jitano de guardaros
todo el secreto que vos viéredes que os conviene; mirad que el negarme
la verdad de que no sois el que yo digo, no llevaria camino, porque
este rostro que yo veo aquí es el propio que vide en Madrid: sin duda
alguna, que la gran fama de vuestro entendimiento me hizo muchas veces
que os mirase como á hombre raro é insigne: y así se me quedó tan
estampada en la memoria vuestra figura, que os he venido á conocer
por ella, aun puesto en el diferente traje en que estais agora del
en que yo os vi entónces: no os turbeis, animáos, y no penseis que
habeis llegado á un pueblo de ladrones, sino á un asilo que os sabrá
guardar y defender de todo el mundo: mirad, yo imagino una cosa, y si
es así como lo imagino, vos habeis topado con vuestra buena suerte en
haber encontrado conmigo: lo que imagino es que enamorado de Preciosa
(aquella hermosa jitanica á quien hicisteis los versos) habeis venido
á buscarla, por lo que yo no os tendré en ménos, sino en mucho mas;
que aunque jitano, la esperiencia me ha mostrado adónde se estiende la
poderosa fuerza de amor y las transformaciones que hace hacer á los que
coge debajo de su jurisdicion y mando: si esto es así, como creo que
sin duda lo es, aquí está la jitanica.
--Sí, aquí está, que yo la vi anoche, dijo el mordido: razon con que
Andres quedó como difunto, pareciéndole que habia salido al cabo con la
confirmacion de sus sospechas: Anoche la vi, tornó á referir el mozo;
pero no me atrevia á decirle quién era, porque no me convenia.
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