con los mendrugos, que morados con la borra de la faldriquera,
parecian mohosos, y eran tan duros de condicion, que aunque él procuró
enternecerlos, paseándolos por la boca una y muchas veces, no fué
posible moverlos de su terquedad: todo lo cual redundó en mi provecho,
porque me los arrojó diciendo: To to, toma, que buen provecho te
hagan. Mirad, dije entre mí, que néctar ó ambrosía me da este poeta,
de los que ellos dicen que se mantienen los dioses y su Apolo allá
en el cielo: en fin, por la mayor parte grande es la miseria de los
poetas; pero mayor era mi necesidad, pues me obligó á comer lo que él
desechaba. En tanto que duró la composicion de su comedia, no dejó de
venir á la huerta, ni á mí me faltaron mendrugos, porque los repartia
conmigo con mucha liberalidad, y luego nos íbamos á la noria, donde
yo de bruces y él con un cangilon satisfacíamos la sed, como unos
monarcas. Pero faltó el poeta, y sobró en mí la hambre tanto, que
determiné dejar al morisco, y entrarme en la ciudad á buscar ventura,
que la halla el que se muda. Al entrar en la ciudad vi que salia del
famoso monasterio de San Jerónimo mi poeta, que como me vió, se vino
á mí con los brazos abiertos, y yo me fuí á él con nuevas muestras de
regocijo por haberle hallado: luego al instante comenzó á desembaular
pedazos de pan mas tiernos de los que solia llevar á la huerta, y á
entregarlos á mis dientes, sin repasarlos por los suyos, merced que
con nuevo gusto satisfizo mi hambre. Los tiernos mendrugos, y el haber
visto salir á mi poeta del monasterio dicho, me pusieron en sospecha
de que tenia las musas vergonzantes, como otros muchos las tienen.
Encaminóse á la ciudad, y yo le seguí con determinacion de tenerle
por amo, si él quisiese, imaginando que de las sobras de su castillo
se podia mantener mi real, porque no hay mayor ni mejor bolsa que la
caridad, cuyas liberales manos jamas están pobres; y así no estoy
bien con aquel refran, que dice: Mas da el duro que el desnudo, como
si el duro y avaro diese algo, como lo da el liberal desnudo, que
en efeto da el buen deseo, cuando mas no tiene. De lance en lance
parámos en la casa de un autor de comedias, que á lo que me acuerdo se
llamaba Angulo el Malo, por distinguirle de otro Angulo, no autor sino
representante, el mas gracioso que entónces tuvieron y ahora tienen las
comedias. Juntóse toda la compañía á oir la comedia de mi amo, que ya
por tal le tenia; y á la mitad de la jornada primera, uno á uno, y dos
á dos se fueron saliendo todos, escepto el autor y yo que serviamos
de oyentes. La comedia era tal, que con ser yo un asno en esto de
la poesía, me pareció que la habia compuesto el mismo Satanas para
total ruina y perdicion del mismo poeta, que ya iba tragando saliva,
viendo la soledad en que el auditorio le habia dejado; y no era mucho,
si el alma présaga le decia allá dentro la desgracia que le estaba
amenazando, que fué volver todos los recitantes, que pasaban de doce,
y sin hablar palabra, asieron de mi poeta, y si no fuera porque la
autoridad del autor llena de ruegos y voces se puso de por medio, sin
duda le mantearan. Quedé yo del caso como pasmado, el autor desabrido,
los farsantes alegres, y el poeta mohino, el cual con mucha paciencia,
aunque algo torcido el rostro, tomó su comedia, y encerrándosela en
el seno, medio murmurando dijo: No es bien echar las margaritas á los
puercos, y sin decir mas palabra, se fué con mucho sosiego: yo de
corrido ni pude ni quise seguirle, y acertélo, á causa que el autor me
hizo tantas caricias, que me obligaron á que con él me quedase, y en
ménos de un mes salí grande entremesista y gran farsante de figuras
mudas: pusiéronme un freno de orillos, y enseñáronme á que arremetiese
en el teatro á quien ellos querian, de modo que como los entremeses
solian acabar por la mayor parte en palos, en la compañía de mi amo
acababan en zuzarme, y yo derribaba y atropellaba á todos, con que daba
que reir á los ignorantes, y mucha ganancia á mi dueño. ¡Oh Cipion,
quién te pudiera contar lo que vi en esta y en otras dos compañías de
comediantes en que anduve! mas por no ser posible reducirlo á narracion
sucinta y breve, lo habré de dejar para otro dia, si es que ha de haber
otro dia en que nos comuniquemos. ¿Ves cuán larga ha sido mi plática?
¿Ves mis muchos y diversos sucesos? ¿Consideras mis caminos y mis amos
tantos como han sido? Pues todo lo que has oido es nada comparado á
lo que te pudiera contar de lo que noté, averigüé y vi desta gente,
su proceder, su vida, sus costumbres, sus ejercicios, su trabajo, su
ociosidad, su ignorancia y su agudeza, con otras infinitas cosas, una
para decirse al oido, otras para aclamallas en público y todos para
hacer memoria dellas, y para desengaño de muchos que idolatran en
figuras fingidas, y en bellezas de artificio y de transformacion.
CIPION. Bien se me trasluce, Berganza, el largo campo que se te
descubria para dilatar tu plática, y soy de parecer que la dejes para
cuento particular, y para sosiego no sobresaltado.
BERGANZA. Sea así, y escúchame ahora un poco. Con una compañía llegué
á esta ciudad de Valladolid, donde en un entremes me dieron una
herida, que me llevó casi al fin de la vida: no pude vengarme por
estar enfrenado entónces, y despues á sangre fria no quise; que la
venganza pensada arguye crueldad y mal ánimo: cansóme aquel ejercicio,
no por ser trabajo, sino porque veia en él cosas que juntamente
pedian enmienda y castigo, y como á mí estaba mas el sentillo que el
remediallo, acordé de no verlo, y así me acogí á sagrado, como hacen
aquellos que dejan los vicios cuando no pueden ejercitallos, aunque
mas vale tarde que nunca. Digo pues que viéndote una noche llevar la
linterna con el buen cristiano Mahudes, te consideré contento y justa
y santamente ocupado, y lleno de buena envidia quise seguir tus pasos,
y con esta loable intencion me puse delante de Mahudes, que luego me
eligió para tu compañero, y me trujo á este hospital: lo que en él me
ha sucedido no es tan poco, que no haya menester espacio para contallo,
especialmente lo que oí á cuatro enfermos que la suerte y la necesidad
trujo á este hospital y á estar todos cuatro juntos en cuatro camas
apareadas: perdóname, porque el cuento es breve y no sufre dilacion, y
viene aquí de molde.
CIPION. Sí, perdono: concluye presto, que á lo que creo, no debe estar
muy léjos el dia.
BERGANZA. Digo que en las cuatro camas que están al cabo desta
enfermería, en la una estaba un alquimista, en la otra un poeta, en la
otra un matemático, y en la otra uno de los que llaman arbitristas.
CIPION. Ya me acuerdo haber visto á esa buena gente.
BERGANZA. Digo pues que una siesta de las del verano pasado, estando
cerradas las ventanas, y yo cogiendo el aire debajo de la cama del uno
dellos, el poeta se comenzó á quejar lastimosamente de su fortuna; y
preguntándole el matemático de qué se quejaba, respondió que de su
corta suerte. ¿Cómo, y no será razon que me queje, prosiguió, que
habiendo yo guardado lo que Horacio manda en su -Poética-, que no salga
á luz la obra que despues de compuesta no hayan pasado diez años por
ella, y que tenga yo una de veinte años de ocupacion y doce de pasante:
grande en el sujeto, admirable y nueva en la invencion, grave en el
verso, entretenida en los episodios, maravillosa en la division, porque
el principio responde al medio y al fin, de manera que constituyen
el poema alto, sonoro, heróico, deleitable y sustancioso, y que con
todo esto no hallo un príncipe á quien dirigirle? ¡Príncipe, digo, que
sea inteligente, liberal y magnánimo! ¡Mísera edad y depravado siglo
nuestro! ¿De qué trata el libro? preguntó el alquimista. Respondió el
poeta: Trata de lo que dejó de escribir el arzobispo Turpin del rey
Artus de Ingalaterra, con otro suplemento de la historia de la demanda
del santo Grial, y todo en verso heróico, parte en octava y parte en
verso suelto; pero todo esdrújulamente, digo, en esdrújulos de nombres
sustantivos, sin admitir verbo alguno. Á mí, respondió el alquimista,
poco se me entiende de poesía; y así no sabré poner en su punto la
desgracia de que vuesa merced se queja, puesto que, aunque fuera mayor,
no se igualaba á la mia, que es que por faltarme instrumento ó un
príncipe que me apoye, y me dé á la mano los requisitos que la ciencia
de la alquimia pide, no estoy ahora manando en oro, y con mas riquezas
que los Midas, que los Crasos y Cresos. ¿Ha hecho vuesa merced, dijo
á esta sazon el matemático, señor alquimista, la esperiencia de sacar
plata de otros metales? Yo, respondió el alquimista, no la he sacado
hasta ahora; pero realmente sé que se saca, y á mí no me faltan dos
meses para acabar la piedra filosofal, con que se puede hacer plata
y oro de las mismas piedras. Bien han exagerado vuesas mercedes sus
desgracias, dijo á esta sazon el matemático; pero al fin, el uno tiene
libro que dirigir, y el otro está en potencia propincua de sacar la
piedra filosofal, con que quedará tan rico como lo han quedado todos
aquellos que han seguido este rumbo; mas ¿qué diré yo de la mia,
que es tan sola, que no tiene dónde arrimarse? Veinte y dos años ha
que ando tras hallar el punto fijo, y aquí lo dejo, y allí lo tomo,
y pareciéndome que ya lo he hallado, y que no se me puede escapar
en ninguna manera, cuando no me cato me hallo tan léjos dél, que me
admiro: lo mismo me acaece con la cuadratura del círculo, que he
llegado tan al remate de hallarla, que no sé ni puedo pensar cómo no
la tengo ya en la faldriquera; y así es mi pena semejante á las de
Tántalo, que está cerca del fruto, y muere de hambre; y propincuo al
agua, y perece de sed: por momentos pienso dar en la coyuntura de la
verdad, y por minutos me hallo tan léjos della, que vuelvo á subir el
monte que acabé de bajar con el canto de mi trabajo á cuestas, como
otro nuevo Sísifo.
»Habia hasta este punto guardado silencio el arbitrista, y aquí le
rompió diciendo: Cuatro quejosos, tales que lo pueden ser del Gran
Turco, ha juntado en este hospital la pobreza, y reniego yo de oficios
y ejercicios que ni entretienen ni dan de comer á sus dueños: yo,
señores, soy arbitrista, y he dado á su Majestad en diferentes tiempos
muchos y diferentes arbitrios, todos en provecho suyo y sin daño del
reino, y ahora tengo hecho un memorial donde le suplico me señale
persona con quien comunique un nuevo arbitrio que tengo, tal que ha
de ser la total restauracion de sus empeños; pero por lo que me ha
sucedido con los otros memoriales, entiendo que este tambien ha de
parar en el carnero; mas, porque vuesas mercedes no me tengan por
mentecato, aunque mi arbitrio quede desde este punto público, le quiero
decir, que es este. Hase de pedir en Cortes que todos los vasallos de
su Majestad, desde la edad de catorce á sesenta años, sean obligados
á ayunar una vez en el mes á pan y agua, y esto ha de ser el dia que
se escogiere y señalare, y que todo el gasto que en otros condumios
de fruta, carne y pescado, vino, huevos y legumbres, se han de gastar
aquel dia, se reduzga á dinero, y se dé á su Majestad sin defraudalle
un ardite, so cargo de juramento, y con esto en veinte años queda libre
de socaliñas y desempeñado, porque si se hace la cuenta, como yo la
tengo hecha, bien hay en España mas de tres millones de personas de
la dicha edad, fuera de los enfermos, mas viejos ó mas muchachos, y
ninguno destos dejará de gastar, y esto contado al menorete, cada dia
real y medio, y yo quiero que sea no mas de un real, que no puede ser
ménos, aunque coma alholvas. Pues ¿paréceles á vuesas mercedes que
seria barro tener cada mes tres millones de reales como ahechados? Y
esto ántes seria provecho que daño á los ayunantes, porque con el ayuno
agradarian al cielo y servirian á su rey, y tal podria ayunar que le
fuese conveniente para su salud. Este es el arbitrio limpio de polvo y
de paja, y podríase coger por parroquias sin costa de comisarios, que
destruyen la república. Riyéronse todos del arbitrio y del arbitrante,
y él tambien se riyó de sus disparates, y yo quedé admirado de haberlos
oido, y de ver que por la mayor parte los de semejantes humores venian
á morir en los hospitales.
CIPION. Tienes razon, Berganza: mira si te queda mas que decir.
BERGANZA. Dos cosas no mas, con que daré fin á mi plática, que ya me
parece que viene el dia. Yendo una noche mi mayor á pedir limosna en
casa del corregidor desta ciudad, que es un gran caballero y muy gran
cristiano, hallámosle solo, y parecióme á mí tomar ocasion de aquella
soledad para decille ciertos advertimientos que habia oido decir á
un viejo enfermo deste hospital acerca de cómo se podia remediar la
perdicion tan notoria de las mozas vagamundas, que por no servir dan
en malas, y tan malas, que pueblan los hospitales de los perdidos que
las siguen, plaga intolerable y que pedia presto y eficaz remedio: digo
que queriendo decírselo, alcé la voz, pensando que tenian habla, y en
lugar de pronunciar razones concertadas, ladré con tanta priesa y con
tan levantado tono, que enfadado el corregidor, dió voces á sus criados
que me echasen de la sala á palos, y un lacayo que acudió á la voz de
su señor, que fuera mejor que por entónces estuviera sordo, asió de
una cantimplora de cobre que le vino á la mano, y diómela tal en mis
costillas, que hasta ahora guardo las reliquias de aquellos golpes.
CIPION. ¿Y quéjaste deso, Berganza?
BERGANZA. Pues ¿no me tengo de quejar, si hasta ahora me duele, como he
dicho, y si me parece que no merecia tal castigo mi buena intencion?
CIPION. Mira, Berganza, nadie se ha de meter donde no lo llaman, ni
ha de querer usar del oficio que por ningun caso le toca: y has de
considerar que nunca el consejo del pobre, por bueno que sea, fué
admitido, ni el pobre humilde ha de tener presuncion de aconsejar á los
grandes y á los que piensan que se lo saben todo: la sabiduría en el
pobre está asombrada, que la necesidad y miseria son sombras y nubes
que la escurecen, y si acaso se descubre, la juzgan por tontedad, y la
tratan con menosprecio.
BERGANZA. Tienes razon, y escarmentando en mi cabeza, de aquí adelante
seguiré tus consejos. Entré asimismo otra noche en casa de una señora
principal, la cual tenia en los brazos una perrita destas que llaman de
falda, tan pequeña que se pudiera esconder en el seno, la cual cuando
me vió, saltó de los brazos de su señora, y arremetió á mí ladrando, y
con tan gran denuedo, que no paró hasta morderme de una pierna. Volvíla
á mirar con respeto y con enojo, y dije entre mí: si yo os cogiera,
animalejo ruin, en la calle, ó no hiciera caso de vos, ó os hiciera
pedazos entre los dientes. Consideré en ella que hasta los cobardes y
de poco ánimo son atrevidos é insolentes cuando son favorecidos, y se
adelantan á ofender á los que valen mas que ellos.
CIPION. Una muestra y señal desa verdad que dices, nos dan algunos
hombrecillos que á la sombra de sus amos se atreven á ser insolentes;
y si acaso la muerte ó otro accidente de fortuna derriba el árbol
donde se arriman, luego se descubre y manifiesta su poco valor, porque
en efecto no son de mas quilates sus prendas que los que les dan sus
dueños y valedores: la virtud y el buen entendimiento siempre es una,
y siempre es uno; desnudo ó vestido, solo ó acompañado no ha menester
apoyos ni necesita de amparos; por sí solo vale, sin que las grandes
dichas le ensoberbezcan, ni las adversidades les desanimen; bien es
verdad que puede padecer acerca de la estimacion de las gentes, mas no
en la realidad verdadera de lo que merece y vale. Y con esto pongamos
fin á esta plática, que la luz que entra por estos resquicios muestra
que es muy entrado el dia, y esta noche que viene, si no nos ha dejado
este grande beneficio de la habla, será la mia para contarte mi vida.
BERGANZA. Sea así, y mira que acudas á este mismo puesto, que yo fio
en el cielo que nos ha de conservar el habla para decir las muchas
verdades que ahora se nos quedan por falta de tiempo.
* * * * *
El acabar el coloquio el licenciado, y el despertar el alférez, fué
todo á un tiempo, y el licenciado dijo:
--Aunque este coloquio sea fingido, y nunca haya pasado, paréceme que
está tan bien compuesto, que puede el señor alférez pasar adelante
con el segundo.
--Con ese parecer, respondió el alférez, me animaré y dispondré á
escribille, sin ponerme mas en disputas con vuesa merced, si hablaron
los perros ó no.
Á lo que dijo el licenciado:
--Señor alférez, no volvamos mas á esa disputa; yo alcanzo el
artificio del coloquio y la invencion, y basta: vámonos al Espolon
á recrear los ojos del cuerpo, pues ya he recreado los del
entendimiento.
--Vamos en buen hora, dijo el alférez.
Y con esto se fueron.
LA TIA FINGIDA.
Pasando por cierta calle de Salamanca dos estudiantes, manchegos y
mancebos, mas amigos del baldeo y rodancho[3] que de Bartolo y Baldo,
vieron en una ventana de una casa y tienda de carne[4] una celosía,
y pareciéndoles novedad, porque la gente de la tal casa si no se
descubria y apregonaba no se vendia, queriéndose informar del caso,
deparóles su diligencia un oficial vecino, pared en medio, el cual les
dijo:
--Señores, habrá ocho dias que vive en esta casa una señora forastera,
medio beata y de mucha austeridad: tiene consigo una doncella de
estremado parecer y brio, que dicen ser su sobrina: sale con un
escudero y dos dueñas; y segun he juzgado, es gente granada y de
gran recogimiento. Hasta ahora no he visto entrar persona alguna de
la ciudad ni de fuera á visitallas, ni sabré decir de dónde vinieron
á Salamanca; mas lo que sé es que la moza es hermosa y honesta al
parecer, y que el fausto y la autoridad de la tia no es de gente pobre.
La relacion que dió el vecino oficial á los estudiantes les puso
codicia de dar cima á aquella aventura; porque siendo pláticos en
la ciudad, y deshollinadores de cuantas ventanas tenian albahacas
con tocas, en toda ella no sabian que tal tia y sobrina hubiese, que
hospedaran cursantes en su universidad, principalmente que viniesen á
vivir á semejante calle, en la cual, por ser de tan buen peaje, siempre
se habia vendido tinta aunque no de la fina; que hay casas, así en
Salamanca como en otras ciudades, que llevan de suelo vivir siempre en
ellas mujeres cortesanas, ó por otro nombre trabajadoras ó enamoradas.
Eran ya casi las doce del dia, y la dicha casa estaba cerrada por
fuera, de lo que coligieron, ó que no comian en ella sus moradoras,
ó que vendrian con brevedad; y no les salió vana su presuncion,
porque á poco rato vieron venir una reverenda matrona, con unas
tocas blancas como la nieve, mas largas que sobrepelliz de canónigo
portugues, plegadas sobre la frente con su ventosa, y con un gran
rosario al cuello de cuentas sonadoras, tan grandes como las de
Santinuflo, que á la cintura le llegaba: manto de seda y lana,
guantes blancos y nuevos sin vuelta, y un báculo ó junco de las
Indias, con su remate de plata. De la mano izquierda la traia un
escudero de los del tiempo de Fernan Gonzalez, con su sayo de
velludo, ya sin vello, su martingala de escarlata, sus borceguíes
bejeranos, capa de fajas, gorra de Milan, con su bonete de aguja,
porque era enfermo de vaguidos, y sus guantes peludos, con su tahalí
y espada navarrisca. Delante venia su sobrina, moza al parecer de
diez y ocho años, de rostro mesurado y grave, mas aguileño que
redondo, los ojos negros, rasgados y al descuido adormecidos, cejas
tiradas y bien compuestas, pestañas largas, y encarnada la color
del rostro: los cabellos rubios y crespos por artificio, segun se
descubrian por las sienes; saya de burriel fino, ropa justa de
contray ó frisado, los chapines de terciopelo negro, con sus clavetes
y rapacejos de plata bruñida; guantes olorosos, y no de polvillo,
sino de ámbar. El ademan era grave, el mirar honesto, el paso airoso
y de garza. Mirada por partes parecia muy bien, y en el todo mucho
mejor; y aunque la condicion é inclinacion de los dos manchegos era
la misma que la de los cuervos nuevos, que á cualquier carne se
abaten, vista la de la nueva garza, se abatieron á ella con todos
sus cinco sentidos, quedando suspensos y enamorados de tal donaire y
belleza; que esta prerogativa tiene la hermosura, aunque sea cubierta
de sayal. Venian detras dos dueñas de honor, vestidas á la traza del
escudero.
Con todo este estruendo llegó la buena señora á su casa, y abriendo
el buen escudero la puerta, se entraron en ella: bien es verdad que
al entrar, los estudiantes derribaron sus bonetes, con estraordinario
modo de crianza y respeto mezclado de aficion, plegando sus rodillas
é inclinando sus ojos, como si fueran los mas benditos y corteses
hombres del mundo. Atrancáronse las señoras: quedáronse los señores
en la calle, pensativos y medio enamorados, dando y tomando
brevemente en lo que hacer debian, creyendo sin duda que pues aquella
gente era forastera, no habria venido á Salamanca á aprender leyes,
sino á quebrantarlas. Acordáronse pues en darle una música la noche
siguiente; que este es el primer servicio que á sus damas hacen los
estudiantes pobres.
Fuéronse luego á dar finiquito á su pobreza, que era una tenue
porcion, y comidos que fueron, convocaron á sus amigos, juntaron
guitarras é instrumentos, previnieron músicos, y fuéronse á un poeta
de los que sobran en aquella ciudad, al cual rogaron que sobre el
nombre de Esperanza, que así se llamaba la de sus vidas, pues ya por
tal la tenian, fuese servido de componerles alguna letra para cantar
aquella noche; mas que en todo caso incluyese en la composicion el
nombre de Esperanza. Encargóse deste cuidado el poeta, y en poco
rato, mordiéndose los labios y las uñas, y rascándose las sienes y la
frente, forjó un soneto, como le pudiera hacer un cardador ó peraile.
Diósele á los amantes; contentóles, y acordaron que el mismo autor se
le fuese diciendo á los músicos, porque no habia lugar de tomallo de
memoria.
Llegóse en esto la noche; y en la hora acomodada para la solemne
fiesta juntáronse nueve matantes de la Mancha y cuatro músicos de
voz y guitarra, un salterio, una arpa, una bandurria, doce cencerros
y una gaita zamorana, treinta broqueles y otras tantas cotas, todo
repartido entre una tropa de paniaguados, ó por mejor decir, de
panivinajes. Con toda esta procesion y estruendo llegaron á la calle
y casa de la señora, y en entrando por ella sonaron los crueles
cencerros con tal ruido, que puesto que la noche habia ya pasado
el filo, y todos los vecinos y moradores estaban de dos dormidas,
como gusanos de seda, no les fué posible dormir mas sueño, ni quedó
persona en toda la vecindad que no despertase y á las ventanas se
pusiese. Sonó luego la gaita zamorana las gambetas, y acabó con el
esturdion, ya debajo de las ventanas de la dama. Luego al son de la
arpa, dictándolo el poeta su artífice, cantó el soneto un músico de
los que no se hacen de rogar, en voz acordada y suave, el cual decia
desta manera:
En esta calle yace mi Esperanza.
Á quien yo con el alma y cuerpo adoro
Esperanza de vida y de tesoro,
Pues no le tiene aquel que no la alcanza.
Si yo la alcanzo, tal será mi andanza
Que no invidie al frances, al indio, al moro:
Por tanto tu favor gallardo imploro,
Cupido, dios de toda dulce holganza:
Que aunque es esta Esperanza tan pequeña,
Que apénas tiene años diez y nueve,
Será quien la alcanzare un gran gigante.
Crezca el incendio, añádase la leña,
¡Oh Esperanza gentil! y quien se atreve
Á no ser en servicios vigilante.
Apénas se habia acabado de cantar este descomulgado soneto, cuando un
bellacon de los circunstantes, graduado -in utroque-, dijo á otro que
al lado tenia, con voz levantada y sonora:
--¡Voto á tal, que no he oido mejor estrambote en los dias de mi vida!
¡Ha visto usted aquel concordar de versos, aquel jugar del vocablo
con el nombre de la dama, y aquella invocacion de Cupido, y aquel
-gallardo- tan bien encajado, y los años de la niña tan bien engeridos,
con aquella comparacion tan bien contrapuesta y traida de -pequeña-
á -gigante-! ¡Pues ya la maldicion ó imprecacion me digan, con aquel
admirable y sonoro vocablo de -leña-! ¡Juro á tal, que si conociera
al poeta que tal soneto compuso, que le habia de enviar mañana media
docena de chorizos que me trajo esta mañana el recuero de mi tierra!
Por sola la palabra chorizos se persuadieron los oyentes ser el que las
alabanzas decia estremeño sin duda, y no se engañaron; porque se supo
despues que era de un lugar de Estremadura que está junto á Jaraicejo;
y de allí adelante quedó en opinion de todos por hombre docto y versado
en el arte poética, solo por haberle oido desmenuzar tan en particular
el cantado y descomunal soneto.
Á todo lo cual se estaban las ventanas de la casa muy cerradas como su
madre las parió, de lo que no poco se desesperaban los dos esperantes
manchegos; pero con todo eso, al son de las guitarras segundaron á tres
voces con el siguiente romance, asimismo hecho aposta y por la posta
para el propósito.
Salid, Esperanza mia,
Á favorecer el alma
Que sin vos agonizando
Casi el cuerpo desampara.
Las nubes del temor frio
No cubran vuestra luz clara,
Que es mengua de vuestros soles
No rendir quien los contrasta.
En el mar de mis enojos
Tened tranquilas las aguas,
Si no quereis que el deseo
Dé al traves con la esperanza.
Por vos espero la vida
Cuando la muerte me mata,
Y la gloria en el infierno,
Y en el desamor la gracia.
Á este punto llegaban los músicos con el romance, cuando sintieron
abrir la ventana y ponerse á ella una de las dueñas que aquel dia
habian visto, la cual les dijo con una voz afilada y pulida:
--Señores, mi señora doña Claudia de Astudillo y Quiñones, suplica á
vuesas mercedes la reciba tan señalada, que se vayan á otra parte á
dar esa música, por escusar el escándalo y mal ejemplo que se da á la
vecindad, respeto de tener en su casa una sobrina doncella, que es mi
señora Doña Esperanza de Torralva, Menéses y Pacheco, y no le estar
bien á su profesion y estado que semejantes cosas se hagan á su puerta
y á tales horas, que de otra suerte y por otro estilo y con ménos
escándalo la podrá recebir de ustedes.
Á lo cual respondió uno de los dos pretendientes:
--Hacedme regalo y merced, señora dueña, de decir á mi señora Doña
Esperanza de Torralva, Menéses y Pacheco, que se ponga en esa ventana,
que la quiero decir solas dos palabras, que son de su manifiesta
utilidad y servicio.
--¡Huy! ¡huy! dijo la dueña: ¡en eso por cierto está mi señora Doña
Esperanza! Sepa, señor mio, que no es de las que piensa; porque es mi
señora muy principal, muy honesta, muy recogida, muy discreta, muy
leida y muy escribida; y no hará lo que usted la suplica, aunque la
cubriese de perlas.
Estando en este deporte y conversacion con la repulgada dueña del
-huy- y de las -perlas-, venia por la calle gran tropel de gentes,
y creyendo los músicos y acompañamiento que era la justicia de la
ciudad, se hicieron todos una rueda, y recogieron en medio del
escuadron el bagaje de los músicos; y como llegase la justicia,
empezaron á repicar los broqueles y crujir las mallas, á cuyo son no
quiso la justicia danzar la danza de espadas de los hortelanos de la
fiesta del Córpus de Sevilla, sino que pasó adelante, por no parecer
á sus ministros, corchetes y porquerones aquella feria de ganancia.
Quedaron ufanos los bravos, y quisieron proseguir su comenzada
música, mas uno de los dueños de la máquina no quiso se prosiguiera,
si la señora Doña Esperanza no se asomase á la ventana, á la cual ni
aun la dueña se asomó por mas que la volvieron á llamar; de lo que
enfadados y corridos todos, quisieron apedrealle la casa y quebralle
la celosía, y darle una matraca ó cantaleta: condicion propia de
mozos en casos semejantes. Mas aunque enojados, volvieron á hacer la
refaccion de la música con algunos villancicos; volvió á sonar la
gaita y el enfadoso y brutal son de los cencerros, con el cual ruido
acabaron su serenata.
Casi al alba seria cuando el escuadron se deshizo, mas no el enojo que
los manchegos tenian, viendo lo poco que habia aprovechado su música;
con el cual se fueron á casa de cierto caballero amigo suyo, de los que
llaman generosos en Salamanca, y se sientan en cabecera de banco, el
cual era mozo, rico, gastador, músico, enamorado, y sobre todo amigo
de valientes, al cual le contaron muy por estenso su suceso sobre la
belleza, donaire, brio y gracia de la doncella, juntamente con la
gravedad y fausto de la tia, y el poco ó ningun remedio que esperaban
para gozarla; pues el de la música, que era el primero y el postrer
servicio que ellos podian hacerla, no les habia aprovechado ni servido
de mas que indignarla, con el disfame de la vecindad. El caballero
pues, que era de los de campo traves, no tardó mucho en ofrecerles que
él la conquistaria para ellos, costase lo que costase; y luego aquel
mismo dia envió un recado, tan largo como comedido, á la señora Doña
Claudia, ofreciendo á su servicio la persona, la vida, la hacienda y su
favor. Informóse del paje la astuta Claudia de la calidad y condiciones
de su señor, de su renta, de su inclinacion y de sus entretenimientos y
ejercicios, como si le hubiera de tomar por verdadero yerno; y el paje,
diciendo la verdad, le retrató de suerte que ella quedó medianamente
satisfecha, y envió con él la dueña del -huy- con la respuesta, no
ménos larga y comedida que habia sido la embajada.
Entró la dueña, recebióla el caballero cortésmente, sentóla junto á
sí en una silla, y dióla un lenzuelo de encajes con que se quitase
el sudor, porque venia algo fatigadilla del camino; y ántes que le
dijese palabra del recado que traia, hizo que la sacasen una caja
de mermelada, y él por su mano le cortó dos buenas postas della,
haciéndola enjugar los dientes con dos buenos pares de tragos de vino
del santo, con lo cual quedó hecha una amapola, y mas contenta que si
la hubiesen dado una canongía.
Propuso luego su embajada con sus torcidos, repulgados y acostumbrados
vocablos, y concluyó con una muy forjada mentira, cual fué que su
señora Doña Esperanza de Torralva, Menéses y Pacheco estaba tan pulcela
como su madre la parió; mas que con todo eso no habria para su merced
puerta de su señora cerrada. Respondióla el caballero que todo cuanto
le habia dicho del merecimiento, valor, hermosura, recogimiento y
principalidad, por hablar á su modo, de su ama lo creia; pero que
aquello del pulcelaje se le hacia algo durillo; por lo cual le rogaba
que en este punto le declarase la verdad de lo que sabia, y que la
juraba á fe de caballero, que si le desengañaba, le daria un manto
de seda de los de cinco en pua. No fué menester con esta promesa dar
otra vuelta al cordel del ruego, ni atezarle los garrotes para que
la melindrosa dueña confesase la verdad, la cual era, por el paso en
que estaba y por el de la hora de su postrimería, que su señora Doña
Esperanza de Torralva, Menéses y Pacheco estaba de tres mercados, ó
por mejor decir, de tres ventas, añadiendo el cómo y en cuánto, el
con quién y en dónde, con otras mil circunstancias, con que quedó D.
Félix, que así se llamaba el caballero, satisfecho de todo cuanto
saber queria; y acabó con ella que aquella misma noche le encerrase en
casa, donde queria hablar á solas con la Esperanza, sin que lo supiese
la tia. Despidióla con buenas palabras y ofrecimientos que llevase
á sus amas, y dióla en dinero cuanto pudiese costar el negro manto.
Tomó la órden que tendria para entrar aquella noche en la casa, con lo
cual la dueña se fué loca de contenta, y él quedó pensando en su idea
y aguardando la noche, que le pareció tardaba mil años, segun deseaba
verse con aquellas compuestas fantasmas.
Llegó el plazo, que ninguno hay que no llegue, y hecho un S. Jorge, sin
amigo ni criado, se fué D. Félix donde halló que la dueña le esperaba,
y abriendo la puerta, le entró en casa con mucho tino y silencio, y le
puso en el aposento de su señora Esperanza, tras las cortinas de su
cama, encargándole no hiciese ningun ruido, porque ya la señora Doña
Esperanza sabia que estaba allí, y que sin que su tia lo supiese, á
persuasion suya queria darle todo contento; y apretándole la mano en
señal de palabra de que así lo haria, se salió la dueña y D. Félix se
quedó tras la cama de su Esperanza, esperando en qué habia de parar
aquel embuste ó enredo.
Serian las nueve de la noche cuando entró á esconderse D. Félix, y en
una sala conjunta á este aposento estaba la tia sentada en una silla
baja de espaldas, la sobrina en un estrado frontero, y en medio un gran
brasero de lumbre. La casa puesta ya en silencio, el escudero acostado,
la otra dueña retirada y dormida, sola la sabedora del negocio estaba
en pié y solicitando que su señora la vieja se acostase, afirmando que
las nueve que el reloj habia dado eran las diez, muy deseosa de que sus
conciertos viniesen á efecto, segun su señora la moza y ella lo tenian
ordenado, cuales eran: que sin que la Claudia lo supiese, todo aquello
que D. Félix diese fuese para ellas solas, sin que tuviese que ver ni
haber en ello la vieja, la cual era tan mezquina y avara, y tan señora
de lo que la sobrina ganaba y adquiria, que jamas le daba un solo real
para comprar lo que estraordinariamente hubiese menester; pensando
sisalle este contribuyente, de los muchos que esperaban tener andando
el tiempo. Pero aunque sabia la dicha Esperanza que D. Félix estaba en
casa, no sabia la parte secreta donde estaba escondido. Convidada pues
del mucho silencio de la noche y de la comodidad del tiempo, dióle gana
de hablar á Claudia, y así en medio tono comenzó á decir á la sobrina
en esta guisa.
--Muchas veces te he dicho, Esperanza mia, que no se te pasen de
la memoria los consejos, documentos y advertencias que te he dado
siempre, los cuales, si los guardas, como debes y me has prometido, te
servirán de tanta utilidad y provecho cuanto la mesma esperiencia y
tiempo, que es maestro de todas las cosas, te lo darán á entender. No
pienses que estamos en Plasencia, de donde eres natural; ni en Zamora,
donde comenzaste á saber qué cosa es mundo; ni ménos estamos en Toro,
donde diste el tercer esquilmo de tu fertilidad, las cuales tierras
son habitadas de gente buena y llana, sin malicia ni recelo, y no tan
intricada ni versada en bellaquerías y diabluras como en la que hoy
estamos. Advierte, hija mia, que estás en Salamanca, que es llamada
en todo el mundo madre de las ciencias, y que de ordinario cursan en
ella y habitan diez ó doce mil estudiantes, gente moza, antojadiza,
arrojada, libre, aficionada, gastadora, discreta, diabólica y de humor.
Esto es en lo general; pero en lo particular, como todos por la mayor
parte son forasteros y de diferentes partes y provincias, no todos
tienen unas mesmas condiciones. Porque los vizcaínos, aunque son pocos,
es gente corta de razones; pero si se pican de una mujer, son largos
de bolsa. Los manchegos son gente avalentonada, de los de Cristo me
lleve, y llevan ellos el amor á mojicones. Hay aquí tambien una masa de
aragoneses, valencianos y catalanes: tenlos por gente pulida, olorosa,
bien criada y mejor aderezada; mas no los pidas mas, y si mas quieres
saber, sábete, hija, que no saben de burlas: porque son, cuando se
enojan con una mujer, algo crueles y no de buenos hígados.
»Á los castellanos nuevos tenlos por nobles de pensamientos, y que si
tienen dan, y por lo ménos, si no dan no piden. Los estremeños tienen
de todo, como boticarios, y son como la alquimia, que si llega á plata
lo es, y si á cobre, cobre se queda. Para los andaluces, hija, hay
necesidad de tener quince sentidos, no que cinco; porque son agudos y
perspicaces de ingenio, astutos, sagaces, y no nada miserables. Los
gallegos no se colocan en predicamento, porque no son álguien. Los
asturianos son buenos para el sábado, porque siempre traen á casa
grosura y mugre. Pues ya los portugueses es cosa larga de pintarse sus
condiciones y propiedades; porque como son gente enjuta de cerebro,
cada loco con su tema; mas la de casi todos es que puedes hacer cuenta
que el mismo amor vive en ellos envuelto en lacería.
»Mira pues, Esperanza, con qué variedad de gentes has de tratar, y si
será necesario, habiéndote de engolfar en un mar de tantos bajios, que
te señale yo y enseñe un norte por donde te guies y rijas, porque no
dé al traves el navío de nuestra intencion y pretensa, y echemos al
agua la mercadería de mi nave, que es tu gentil y gallardo cuerpo, tan
dotado de gracia, donaire y garabato para cuantos dél toman envidia.
»Advierte, niña, que no hay maestro en toda esta universidad que sepa
tan bien leer en su facultad, como yo sé y puedo enseñarte en esta arte
mundanal que profesamos; pues así por los muchos años que he vivido en
ella y por ella, como por las muchas esperiencias que he hecho, puedo
ser jubilada. Y aunque lo que ahora te quiero decir es parte del todo
que otras muchas veces te he dicho, con todo eso quiero que me estés
atenta y me des grato oido; porque no todas veces lleva el marinero
tendidas las velas de su navío, ni todas las lleva cogidas, pues segun
el viento tal es el tiento.
Estaba á todo lo dicho la dicha niña Esperanza bajos los ojos y
escarbando el brasero con un cuchillo, inclinada la cabeza, y al
parecer muy contenta y obediente á cuanto le iba diciendo; pero no
contenta Claudia con esto, le dijo:
--Alza, niña, la cabeza, y deja de escarbar el fuego; clava y fija
en mí los ojos, no te duermas; que para lo que te quiero decir otros
cinco sentidos mas de los que tienes debieras tener para aprenderlo y
percebirlo.
Á lo cual replicó Esperanza:
--Señora tia, no se canse ni me canse en alargar y proseguir su
arenga, que ya me tiene quebrada la cabeza con las muchas veces que
me ha predicado y advertido de lo que me conviene y tengo de hacer;
no quiera ahora de nuevo volvérmela á quebrar. Mire ahora ¡qué mas
tienen los hombres de Salamanca que los de las otras tierras! ¿Todos
no son de carne y hueso? ¿Todos no tienen alma, con tres potencias y
cinco sentidos? ¿Qué importa que tengan algunos mas letras y estudios
que los otros? Antes imagino yo que los tales se ciegan y caen mas
presto que los otros, porque tienen mas entendimiento para conocer y
estimar cuánto vale la hermosura. ¿Hay mas que hacer que incitar al
tibio, provocar al casto, negarse al carnal, animar al cobarde, alentar
al corto, refrenar al presumido, despertar al dormido, convidar al
descuidado, escribir al ausente, alabar al necio, celebrar al discreto,
acariciar al rico, desengañar al pobre, ser ángel en la calle, santa en
la iglesia, hermosa en la ventana, honesta en la casa y demonio en la
cama?
»Todas estas cosas, señora tia, ya me las sé yo de coro: tráigame otras
nuevas que avisarme y advertirme, y déjelas para otra coyuntura, porque
le hago saber que toda me duermo, y no estoy para poderla escuchar. Mas
una sola cosa le quiero decir y le aseguro, para que dello esté muy
cierta y enterada, y es: que no me dejaré mas martirizar de su mano
por toda la ganancia que se me pueda ofrecer. Tres flores he dado ya,
y otras tantas las ha usted vendido, y tres veces he pasado insufrible
martirio. ¿Soy yo por ventura de bronce? ¿No tienen sensibilidad mis
carnes? ¿No hay mas sino dar puntadas en ellas como ropa descosida?
¡Por el siglo de mi madre, que no conocí, que no lo tengo mas de
consentir! Deje, señora tia, ya rebuscar mi viña: que á veces es
mas sabroso el rebusco que el esquilmo principal; y si todavía está
determinada que mi jardin se venda por entero y jamas tocado, busque
otro modo mas suave de cerradura para su postigo; porque el del sirgo y
aguja no hay pensar que llegue mas á mis carnes.
--¡Ay boba, boba, replicó la vieja Claudia, y qué poco sabes destos
achaques! No hay cosa que se iguale para este menester á la de la aguja
y sirgo encarnado; que todo lo demas es andar por las ramas. No vale
nada el zumaque y vidrio molido; vale mucho ménos la sanguijuela; la
mirra no es de algun provecho, ni la cebolla albarrana, ni el papo de
palomino, ni otros impertinentes menjurjes que hay, que todo es aire:
porque no hay rústico ya, que si tantico quiere estar en lo que hace,
no caiga en la cuenta de la moneda falsa. Vívame mi dedal y mi aguja, y
vívame juntamente tu paciencia y buen sufrimiento, y venga á embestirme
todo el género humano, que ellos quedarán engañados, tú con honra y yo
con hacienda y mas ganancia que la ordinaria.
--Yo confieso ser así, señora, lo que dice, replicó Esperanza, pero
con todo, estoy resuelta en mi determinacion, aunque se menoscabe mi
provecho. Cuanto y mas que en la tardanza de la venta está el perder
la ganancia que se puede adquirir abriendo tienda desde luego; que
si, como dice, hemos de ir á Sevilla para la venida de la flota, no
será razon que se nos pase el tiempo en flores, aguardando á vender la
mia cuarta vez, que ya está negra de puro marchita. Váyase á dormir,
señora, por mi vida, y piense en esto; y mañana habrá de tomar la
resolucion que mejor le pareciere, pues al cabo al cabo, habré de
seguir sus consejos, pues la tengo por madre y mas que madre.
Aquí llegaban en su plática la tia y la sobrina, la cual plática toda
la habia oido D. Félix, no poco admirado, cuando, sin ser poderoso para
escusarlo, comenzó á estornudar con tanta fuerza y ruido que se pudiera
oir en la calle.
Al cual se levantó D.ª Claudia, toda alborotada y confusa, y tomando la
vela entró en el aposento donde estaba la cama de Esperanza, y como si
se lo hubieran dicho, se fué derecha á la cama, y alzando las cortinas,
halló al señor caballero, empuñada la espada, calado el sombrero, muy
aferruzado el semblante y puesto á punto de guerra.
Así como le vió la vieja comenzó á santiguarse, diciendo:
--¡Jesus, valme! ¿Qué gran desventura y desdicha es esta? ¡Hombres
en mi casa, y en tal lugar y á tales horas! ¡Desdichada de mí!
¡Desventurada fuí yo! ¿Qué dirá quien lo supiese?
--Sosiéguese usted, mi señora Doña Claudia, dijo D. Félix, que yo no he
venido aquí por su deshonra y menoscabo, sino por su honor y provecho.
Soy caballero, rico y callado, y sobre todo enamorado de mi señora Doña
Esperanza; y para alcanzar lo que merecen mis deseos y aficion, he
procurado, por cierta negociacion secreta que usted sabrá algun dia,
ponerme en este lugar, no con otra intencion sino de ver y gozar desde
cerca de la que de léjos me ha hecho quedar sin vida. Y si esta culpa
merece alguna pena, en parte estoy y á tiempo somos donde y cuando se
me pueda dar: pues ninguna me vendrá de sus manos que yo no estime
por muy crecida gloria, ni podrá ser mas rigurosa para mí que la que
padezco de mis deseos.
--¡Ay sin ventura de mí, volvió á replicar Claudia, y á cuántos
peligros estamos espuestas las mujeres que vivimos sin maridos y sin
hombres que nos defiendan y amparen! Ahora sí que te echo de ménos,
malogrado de tí, D. Juan de Bracamonte, mal desdichado consorte
mio; que si tú fueras vivo, ni yo me viera en esta ciudad, ni en la
confusion y afrenta en que me veo. Usted, señor mio, sea servido luego
al punto de volverse por donde entró; y si algo quiere en esta casa de
mí ó de mi sobrina, desde afuera se podrá negociar con mas despacio,
con mas honra y con mas provecho y gusto.
--Para lo que yo quiero en la casa, replicó D. Félix, lo mejor que
ello tiene, señora mia, es estar dentro della; que la honra por mí no
se perderá; la ganancia está en la mano, que es el provecho; y por lo
que hace al gusto sé decir que no puede faltar. Y para que no sea todo
palabras, y que sean verdaderas estas mias, esta cadena de oro doy para
fiador dellas.
Y quitándose una buena cadena de oro del cuello, que pesaba cien
ducados, se la ponia en el suyo.
Á este punto, luego que vió tal oferta y tan cumplida parte de paga la
dueña del concierto, ántes que su ama respondiese ni la tomase, dijo:
--¿Hay príncipe en la tierra como este, ni papa, ni emperador,
ni cajero de mercader, ni perulero, ni aun canónigo, que haga tal
generosidad y largueza? Señora Doña Claudia, por vida mia, que no se
trate mas deste negocio, sino que se le eche tierra y haga luego todo
cuanto este señor quisiere.
--¿Estás en tu seso, Grijalva, que así se llamaba la dueña, estás en tu
seso, loca, desatinada? dijo Doña Claudia. ¿Y la limpieza de Esperanza,
su flor cándida, su pureza, su doncellez no tocada, así la habia yo de
aventurar y vender, sin mas ni mas, cebada de esa cadenilla? ¿Estoy yo
tan sin juicio que me tengo de encandilar de sus resplandores, ni atar
con sus eslabones, ni prender con sus ligamentos? ¡Por el siglo del
que pudre, que tal no será! Usted se vuelva á poner su cadena, señor
caballero, y mírenos con mejores ojos; y entienda que, aunque mujeres
solas, somos principales, y que esta niña está como su madre la parió,
sin que haya persona alguna en el mundo que pueda decir otra cosa; y si
contra esta verdad le hubiesen dicho alguna mentira, todo el mundo se
engaña, y al tiempo y la esperiencia doy por testigos.
--Calle, señora, dijo á esta sazon la Grijalva, que, ó yo sé poco,
ó que me maten si este señor no sabe toda la verdad del hecho de mi
señora la moza.
--¿Qué ha de saber, desvergonzada, qué ha de saber? replicó Claudia.
¿No sabeis vos la limpieza de mi sobrina?
--Por cierto bien limpia estoy, dijo entónces Esperanza, que estaba en
medio del aposento, medio embobada y suspensa, viendo lo que pasaba
sobre su cuerpo; y tan limpia que no ha una hora que con todo este frio
me vestí una camisa limpia.
--Esté usted como estuviere, dijo D. Félix, que solo por la muestra del
paño que he visto no saldré de la tienda sin comprar toda la pieza; y
porque no se me deje de vender por melindre ó ignorancia, sepa, señora
Claudia, que he oido toda la plática ó sermon que acaba de hacer á la
niña, y que quisiera yo ser el primero que esquilmara este majuelo, ó
vendimiara esta viña, aunque se añadieran á esta cadena unos zarcillos
de oro y unas esposas de diamantes. Y pues estoy tan al cabo de esta
verdad, y tengo tan buena prenda, ya que no se estima la que doy ni la
que tiene mi persona, úsese de mejor término conmigo, que será justo,
con protestacion y juramento que por mí nadie sabrá en el mundo el
rompimiento desta muralla, sino que yo seré el pregonero de su entereza
y bondad.
--Ea, dijo entónces la Grijalva, buen pro, buen pro le haga, para en
uno son, yo los junto y los bendigo.
Y tomando de la mano de la niña, se la acomodaba á D. Félix: de lo cual
se encolerizó tanto la vieja, que quitándose un chapin, comenzó á dar
á la Grijalva como en real de enemigos; la cual viéndose maltratar,
echó mano de las tocas de Claudia, y no la dejó pedazo en la cabeza,
descubriendo la buena señora una calva mas lucia que la de un fraile,
y un pedazo de cabellera postiza que le colgaba por un lado, con que
quedó la mas fea y abominable catadura del mundo. Viéndose maltratar
así de su criada, comenzó á dar grandes alaridos y voces, apellidando
á la justicia; y al primer grito, como si fuera cosa de encantamento,
entró por la sala el corregidor de la ciudad, con mas de veinte
personas, entre acompañados y corchetes: el cual, habiendo tenido
soplo de las personas que en aquella casa vivian, determinó visitallas
aquella noche, y habiendo llamado á la puerta, no le oyeron, como
estaban embebecidas en sus pláticas, y los corchetes con dos palancas,
de que de noche andan cargados para semejantes efectos, desquiciaron
la puerta, y subieron tan queditos, que no fueron sentidos; y desde
el principio de los documentos de la tia, hasta la pendencia de la
Grijalva estuvo oyendo el corregidor sin perder un punto; y así, cuando
entró dijo:
--Descomedida andais con vuestra ama, señora criada.
--¡Y cómo si anda descomedida esta bellaca, señor corregidor, dijo
Claudia, pues se ha atrevido á poner las manos do jamas han llegado
otras algunas desde que Dios me arrojó á este mundo!
--Bien decís que os arrojó, dijo el corregidor, porque vos no sois
buena sino para arrojada. Cubríos, honrada, y cúbranse todas, y
vénganse á la cárcel.
--¡Á la cárcel, señor! ¿Por qué? dijo Claudia. ¿Á las personas de mi
calidad y estofa úsase en esta tierra tratallas desta manera?
--No deis mas voces, señora, que habeis de venir sin duda, mal que os
pese, y con vos esta señora colegial trilingüe en el desfrute de su
heredad.
--Que me maten, dijo la Grijalva, si el señor corregidor no lo ha oido
todo; que aquello de las tres pringües, por lo de Esperanza lo ha dicho.
Llegóse en esto D. Félix y habló aparte al corregidor, suplicándole no
la llevase, que él las tomaba en fiado, mas no pudieron aprovechar con
él los ruegos, ni ménos las promesas.
Empero quiso la suerte que entre la gente que acompañaba al corregidor
venian los dos estudiantes manchegos, y se hallaron presentes á toda
esta historia; y viendo lo que pasaba, y que en todas maneras habian
de ir á la cárcel Esperanza, Claudia y la Grijalva, en un instante se
concertaron entre sí en lo que habian de hacer; y sin ser sentidos se
salieron de la casa, y se pusieron en cierta calle tras canton por
donde habian de pasar las presas, con seis amigos de su traza y que
luego les deparó su buena ventura, á quienes rogaron les ayudasen en
un hecho de importancia contra la justicia del lugar, para cuyo efecto
los hallaron mas prontos y listos que si fuera para ir á algun solemne
banquete.
De allí á poco asomó la justicia con las prisioneras, y ántes que
llegasen, pusieron mano los estudiantes con tal brio y denuedo, que
á poco rato no les esperó porqueron en la calle, si bien no pudieron
librar mas que á la Esperanza: porque así como los corchetes vieron
trabada la pelea, los que llevaban á Claudia y á la Grijalva se fueron
con ellas por otra calle, y las pusieron en la cárcel. El corregidor,
corrido y afrentado, se fué á su casa, D. Félix á la suya, y los
estudiantes á su posada. Y queriendo el que habia quitado á Esperanza á
la justicia gozarla aquella noche, el otro no lo quiso consentir, ántes
le amenazó de muerte si tal hiciese.
¡Oh milagros del amor! ¡Oh fuerzas poderosas del deseo! Digo esto,
porque viendo el estudiante de la presa que el otro su compañero con
tanto ahinco y veras le prohibia el gozalla, sin hacer otro discurso, y
sin mirar cuál le estaba lo que queria hacer, dijo:
--Ahora pues, ya que vos no consentís que yo goce á la que tanto me ha
costado, y no quereis que por amiga me entregue en ella, á lo ménos no
me podréis negar que como á mujer legítima no me la habeis, ni podeis,
ni debeis quitar.
Y volviendo á la moza, á quien de la mano no habia dejado, le dijo:
--Esta mano, que hasta aquí os he dado, señora de mi alma, como
defensor vuestro, ahora, si vos quereis, os la doy como legítimo esposo
y marido.
La Esperanza, que de mas bajo partido fuera contenta, al punto que
vió el que se la ofrecia, dijo que sí y que resí, no una, sino muchas
veces, y abrazóle como á su señor y marido. El compañero, admirado de
ver tan estraña resolucion, sin decirles nada se quitó de delante y se
fué á su aposento. El desposado, temeroso de que sus amigos y conocidos
le estorbasen el fin de su deseo y le impidiesen el casamiento, que
aun no estaba hecho con las debidas circunstancias, aquella misma
noche se fué al meson donde posaba el arriero de su tierra. Quiso la
buena suerte de Esperanza que el tal arriero se partia al otro dia por
la mañana, con el cual se fueron; y segun se dijo, llegó á casa de
su padre, donde le dió á entender que aquella señora que allí traia
era hija de un caballero principal; y que la habia sacado de casa de
su padre, dándole palabra de casamiento. Era el padre viejo, y creyó
fácilmente cuanto le decia el hijo; y viendo la buena cara de la nuera,
se tuvo por mas que satisfecho, y alabó como mejor supo la buena
determinacion de su hijo.
No le sucedió así á Claudia, porque se le averiguó por su misma
confesion, que la Esperanza no era su sobrina ni parienta, sino una
niña á quien habia tomado de la puerta de una iglesia, y que á ella y
á otras, que en su poder habia tenido, las habia vendido por doncellas
muchas veces á diferentes personas, y que desto se mantenia y esto
tenia por oficio y ejercicio. Averiguósele tambien tener sus puntas de
hechicera, por cuyos delitos el corregidor la sentenció á cuatrocientos
azotes y á estar en una escalera, con una jaula y coroza en medio de
la plaza; que fué el mejor dia que aquel año tuvieron los muchachos de
Salamanca.
Súpose luego el casamiento del estudiante; y aunque algunos escribieron
á su padre la verdad del caso y la calidad de la nuera, ella se habia
dado con su astucia y discrecion tan buena maña en contentar y servir
al viejo suegro, que aunque mayores males le dijeran della, no quisiera
haber dejado de alcanzarla por hija: tal fuerza tienen la discrecion y
la hermosura. Y tal fin y paradero tuvo la señora Claudia de Astudillo
y Quiñones, y tal le tengan todas cuantas su vida y proceder tuvieren.
Leipzig. -- En la imprenta de F. A. Brockhaus.
NOTAS
[1] La casa donde habitaban las prostitutas.
[2] Llevábanse á Génova muchos cuentos ó millones de reales.
[3] Florete y broquel.
[4] Donde solian vivir las mujeres públicas.
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