CIPION. Ya te he respondido que pueden mucho; y si no fuera por no
hacer ahora una larga digresion, con mil ejemplos probara lo mucho que
las dádivas pueden; mas quizá lo diré, si el cielo me concede tiempo,
lugar y habla para contarte mi vida.
BERGANZA. Dios te dé lo que deseas, y escucha. Finalmente, mi buena
intencion rompió por las malas dádivas de la negra, á la cual bajando
una noche muy escura á su acostumbrado pasatiempo, arremetí sin
ladrar, porque no se alborotasen los de casa, y en un instante le hice
pedazos toda la camisa, y le arranqué un pedazo de muslo: burla que
fué bastante á tenerla de veras mas de ocho dias en la cama, fingiendo
para con sus amos no sé qué enfermedad. Sanó, volvió otra noche, y yo
volví á la pelea con mi perra, y sin morderla la arañé todo el cuerpo
como si la hubiera cardado como manta: nuestras batallas eran á la
sorda, de las cuales salia siempre vencedor, y la negra mal parada,
y peor contenta; pero sus enojos se parecian bien en mi pelo y en mi
salud: alzóseme con la racion y los huesos, y los mios poco á poco iban
señalando los ñudos del espinazo: con todo esto, aunque me quitaron el
comer, no me pudieron quitar el ladrar. Pero la negra, por acabarme de
una vez, me trujo una esponja frita con manteca: conocí la maldad, vi
que era peor que comer zarazas; porque á quien la come se le hincha el
estómago, y no sale dél sin llevarse tras sí la vida; y pareciéndome
ser imposible guardarme de las asechanzas de tan indignados enemigos,
acordé de poner tierra en medio, quitándomeles delante de los ojos:
halléme un dia suelto, y sin decir adios á ninguno de casa, me puse
en la calle, y á ménos de cien pasos me deparó la suerte al alguacil,
que dije al principio de mi historia que era grande amigo de mi amo
Nicolas el Romo, el cual apénas me hubo visto, cuando me conoció y me
llamó por mi nombre: tambien le conocí yo, y al llamarme, me llegué
á él con mis acostumbradas ceremonias y caricias: asióme del cuello,
y dijo á los corchetes suyos: Este es famoso perro de ayuda, que fué
de un grande amigo mio, llevémosle á casa. Holgáronse los corchetes,
y dijeron que si era de ayuda, á todos seria de provecho: quisieron
asirme para llevarme, y mi amo dijo que no era menester asirme que yo
me iria, porque le conocia. Háseme olvidado decirte que las carlancas
con puntas de acero que saqué cuando me desgarré y ausenté del ganado,
me las quitó un jitano en una venta, y ya en Sevilla andaba sin ellas;
pero el alguacil me puso un collar tachonado todo de laton morisco.
Considera, Cipion, ahora esta rueda variable de la fortuna mia: ayer me
vi estudiante, y hoy me ves corchete.
CIPION. Así va el mundo, y no hay para qué te pongas ahora á exagerar
los vaivenes de fortuna, como si hubiera mucha diferencia de ser mozo
de un jifero á serlo de un corchete: no puedo sufrir ni llevar en
paciencia oir las quejas que dan de la fortuna algunos hombres, que la
mayor que tuvieron, fué tener premisas y esperanzas de llegar á ser
escuderos: ¡con qué maldiciones la maldicen! ¡con cuántos improperios
la deshonran! y no por mas de que porque piense el que los oye, que de
alta, próspera y buena ventura han venido á la desdichada y baja en que
los miran.
BERGANZA. Tienes razon; y has de saber que este alguacil tenia amistad
con un escribano con quien se acompañaba: estaban los dos amancebados
con dos mujercillas, no de poco mas ó ménos, sino de ménos en todo:
verdad es que tenian algo de buenas caras, pero mucho de desenfado
y de taimería putesca: estas les servian de red y de anzuelo para
pescar en seco, en esta forma: vestíanse de suerte que por la pinta
descubrian la figura, y á tiro de arcabuz mostraban ser damas de la
vida libre: andaban siempre á caza de estranjeros, y cuando llegaba
la vendeja á Cádiz y á Sevilla, llegaba la huella de su ganancia, no
quedando breton con quien no embistiesen: y en cayendo el grasiento con
alguna destas limpias, avisaban al alguacil y al escribano adónde y á
qué posada iban, y en estando juntos les daban asalto y los prendian
por amancebados; pero nunca los llevaban á la cárcel, á causa que los
estranjeros siempre redimian la vejacion con dineros.
»Sucedió pues que la Colindres, que así se llamaba la amiga del
alguacil, pescó un breton, unto y bisunto: concertó con él cena y
noche en su posada; dió el cañuto á su amigo, y apénas se habian
desnudado, cuando el alguacil, el escribano, dos corchetes y yo dimos
con ellos. Alborotáronse los amantes, exageró el alguacil el delito,
mandólos vestir á toda priesa para llevarlos á la cárcel, afligióse
el breton, terció movido de caridad el escribano, y á puros ruegos
redujo la pena á solo cien reales. Pidió el breton unos follados de
camuza, que habia puesto en una silla á los piés de la cama, donde
tenia dineros para pagar su libertad, y no parecieron los follados
ni podian parecer; porque así como yo entré en el aposento, llegó á
mis narices un olor de tocino que me consoló todo, descubríle con el
olfato, y halléle en una faldriquera de los follados: digo que hallé
en ella un pedazo de jamon famoso, y por gozarle y poderle sacar sin
rumor, saqué los follados á la calle, y allí me entregué en el jamon á
toda mi voluntad, y cuando volví al aposento, hallé que el breton daba
voces, diciendo en lenguaje adúltero y bastardo, aunque se entendia,
que le volviesen sus calzas, que en ellas tenia cincuenta -escuti- de
oro -in oro-: imaginó el escribano ó que la Colindres ó los corchetes
se los habian robado: el alguacil pensó lo mismo: llamóles aparte, no
confesó ninguno, y diéronse al diablo todos. Viendo yo lo que pasaba,
volví á la calle donde habia dejado los follados para volverlos, pues
á mí no me aprovechaba nada el dinero: no los hallé, porque ya algun
venturoso que pasó se los habia llevado. Como el alguacil vió que
el breton no tenia dinero para el cohecho, se desesperaba, y pensó
sacar de la huéspeda de casa lo que el breton no tenia: llamóla, y
vino medio desnuda, y como oyó las voces y quejas del breton, y á la
Colindres desnuda y llorando, al alguacil en cólera, y al escribano
enojado, y á los corchetes despabilando lo que hallaban en el aposento,
no le plugo mucho: mandó el alguacil que se cubriese y se viniese
con él á la cárcel, porque consentia en su casa hombres y mujeres de
mal vivir. Aquí fué ello: aquí sí que fué cuando se aumentaron las
voces y creció la confusion, porque dijo la huéspeda: Señor alguacil
y señor escribano, no conmigo tretas, que entrevo toda costura: no
conmigo dijes ni poleos, callen la boca, y váyanse con Dios; si no,
por mi santiguada que arroje el bodegon por la ventana, y que saque á
plaza toda la chirinola desta historia, que bien conozco á la señora
Colindres, y sé que há muchos meses que es su cobertor el señor
alguacil, y no hagan que me aclare mas, sino vuélvase el dinero á este
señor, y quedemos todos por buenos; porque yo soy mujer honrada, y
tengo un marido con su carta de ejecutoria, y con -á perpenan rei de
memoria-, con sus colgaderos de plomo, Dios sea loado, y hago este
oficio muy limpiamente y sin daño de barras: el arancel tengo clavado
donde todo el mundo le vea, y no conmigo cuentos, que por Dios que sé
despolvorearme: bonita soy yo, para que por mi órden entren mujeres con
los huéspedes: ellos tienen las llaves de sus aposentos, y yo no soy
quince, que tengo de ver tras siete paredes.
»Pasmados quedaron mis amos de haber oido la arenga de la huéspeda, y
de ver cómo les leia la historia de sus vidas; pero como vieron que
no tenian de quien sacar dinero, si della no, porfiaban en llevarla
á la cárcel. Quejábase ella al cielo de la sinrazon y injusticia que
la hacian, estando su marido ausente y siendo tan principal hidalgo.
El breton bramaba por sus cincuenta -escuti-. Los corchetes porfiaban
que ellos no habian visto los follados, ni Dios permitiese tal. El
escribano por lo callado insistia al alguacil que mirase los vestidos
de la Colindres, que le daba sospecha que ella debia de tener los
cincuenta -escuti-, por tener de costumbre visitar los escondrijos y
faldriqueras de aquellos que con ella se envolvian. Ella decia que el
breton estaba borracho, y que debia de mentir en lo del dinero. En
efeto, todo era confusion, gritos y juramentos, sin llevar modo de
apaciguarse, ni se apaciguaran si al instante no entrara en el aposento
el teniente de asistente, que viniendo á visitar aquella posada, las
voces le llevaron adonde era la grita: preguntó la causa de aquellas
voces: la huéspeda se la dió muy por menudo: dijo quién era la ninfa
Colindres, que ya estaba vestida: publicó la pública amistad suya y del
alguacil, echó en la calle sus tretas y modo de robar, disculpóse á sí
misma de que con su consentimiento jamas habia entrado en su casa mujer
de mala sospecha: canonizóse por santa y á su marido por un bendito,
y dió voces á una moza que fuese corriendo y trujese de un cofre la
carta ejecutoria de su marido, para que la viese el señor teniente,
diciéndole que por ella echaria de ver, que mujer de tan honrado marido
no podia hacer cosa mala, y que si tenia aquel oficio de casa de camas,
era á no poder mas, que Dios sabia lo que le pesaba, y si quisiera ella
mas tener alguna renta y pan cotidiano para pasar la vida, que tener
aquel ejercicio. El teniente enfadado de su mucho hablar y presumir de
ejecutoria, le dijo: Hermana camera, yo quiero creer que vuestro marido
tiene carta de hidalguía, con que vos me confeseis que es hidalgo
mesonero. Y con mucha honra, respondió la huéspeda, y ¿qué linaje hay
en el mundo, por bueno que sea, que no tenga algun díme y diréte? Lo
que yo os digo, hermana, es que os cubrais, que habeis de venir á la
cárcel: la cual nueva dió con ella en el suelo, arañóse el rostro, alzó
el grito; pero con todo eso, el teniente demasiadamente severo, los
llevó á todos á la cárcel: conviene á saber, al breton, á la Colindres
y á la huéspeda. Despues supe que el breton perdió sus cincuenta
-escuti-, y mas dicen, que le condenaron en las costas: la huéspeda
pagó otro tanto, y la Colindres salió libre por la puerta afuera; y el
mismo dia que la soltaron, pescó á un marinero que pagó por el breton
con el mismo embuste del soplo; porque veas, Cipion, cuántos y cuán
grandes inconvenientes nacieron de mi golosina.
CIPION. Mejor dijeras de la bellaquería de tu amo.
BERGANZA. Pues escucha, que aun mas adelante tiraba la barra, puesto
que me pesa de decir mal de alguaciles y de escribanos.
CIPION. Sí, que decir mal de uno, no es decirlo de todos: sí, que
muchos y muy muchos escribanos hay buenos, fieles y legales, y amigos
de hacer placer sin daño de tercero: sí, que no todos entretienen los
pleitos, ni avisan á las partes, ni todos llevan mas de sus derechos,
ni todos van buscando é inquiriendo las vidas ajenas para ponerlas en
tela de juicio, ni todos se aunan con el juez para hazme la barba, y
hacerte he el copete, ni todos los alguaciles se conciertan con los
vagamundos y fulleros, ni tienen todos las amigas como la de tu amo
para sus embustes: muchos y muy muchos hay hidalgos por naturaleza, y
de hidalgas condiciones: muchos no son arrojados, insolentes ni mal
criados, ni rateros como los que andan por los mesones midiendo las
espadas á los estranjeros, y hallándolas un pelo mas de la marca,
destruyen á sus dueños: sí, que no todos como prenden sueltan, y son
jueces y abogados cuando quieren.
BERGANZA. Mas alto picaba mi amo, otro camino era el suyo: presumia
de valiente y de hacer prisiones famosas; sustentaba la valentía sin
peligro de su persona, pero á costa de su bolsa: un dia acometió en la
puerta de Jerez él solo á seis famosos rufianes, sin que yo le pudiese
ayudar en nada, porque llevaba con un freno de cordel impedida la boca
(que así me traia de dia, y de noche me le quitaba): quedé maravillado
de ver su atrevimiento, su brio y su denuedo: así se entraba y salia
por las seis espadas de los rufos, como si fueran varas de mimbre: era
cosa maravillosa ver la lijereza con que acometia, las estocadas que
tiraba, los reparos, la cuenta, el ojo alerta porque no le tomasen las
espaldas. Finalmente, él quedó, en mi opinion y en la de todos cuantos
la pendencia miraron y supieron, por un nuevo Radamonte, habiendo
llevado á sus enemigos desde la puerta de Jerez hasta los mármoles
del colegio de maese Rodrigo, que hay mas de cien pasos: dejólos
encerrados, y volvió á coger los trofeos de la batalla, que fueron tres
vainas, y luego se las fué á mostrar al asistente, que si mal no me
acuerdo, lo era entónces el licenciado Sarmiento de Valladares, famoso
por la destruicion de la Sauceda. Miraban á mi amo por las calles do
pasaba, señalándole con el dedo, como si dijeran: aquel es el valiente
que se atrevió á reñir solo con la flor de los bravos de la Andalucía.
En dar vueltas á la ciudad para dejarse ver, se pasó lo que quedaba
del dia; y la noche nos halló en Triana en una calle junto al molino
de la pólvora, y habiendo mi amo avizorado (como en la jácara se dice)
si álguien le veia, se entró en una casa, y yo tras él, y hallámos en
un patio á todos los jayanes de la pendencia sin capas ni espadas, y
todos desabrochados; y uno que debia de ser el huésped, tenia un gran
jarro de vino en la una mano, y en la otra una copa grande de taberna,
la cual colmándola de vino generoso y espumante, brindaba á toda la
compañía: apénas hubieron visto á mi amo, cuando todos se fueron á él
con los brazos abiertos, y todos le brindaron, y él hizo la razon á
todos, y aun la hiciera á otros tantos, si le fuera algo en ello, por
ser de condicion afable y amigo de no enfadar á nadie por pocas cosas.
Quererte yo contar ahora lo que allí se trató, la cena que cenaron, las
peleas que se contaron, los hurtos que se refirieron, las damas que de
su trato se calificaron, y las que se reprobaron, las alabanzas que
los unos á los otros se dieron, los bravos ausentes que se nombraron,
la destreza que allí se puso en su punto, levantándose en mitad de la
cena á poner en práctica las tretas que se les ofrecian, esgrimiendo
con las manos los vocablos tan esquisitos de que usaban, y finalmente
el talle de la persona del huésped, á quien todos respetaban como á
señor y padre, seria meterme en un laberinto donde no me fuese posible
salir cuando quisiese. Finalmente, vine á entender con toda certeza,
que el dueño de la casa, á quien llamaban Monipodio, era encubridor
de ladrones y pala de rufianes, y que la gran pendencia de mi amo
habia sido primero concertada con ellos, con las circunstancias del
retirarse y de dejar las vainas, las cuales pagó mi amo allí luego de
contado, con todo cuanto Monipodio dijo que habia costado la cena, que
se concluyó casi al amanecer con mucho gusto de todos; y fué su postre
dar soplo á mi amo de un rufian forastero que nuevo y flamante habia
llegado á la ciudad: debia de ser mas valiente que ellos, y de envidia
le soplaron: prendióle mi amo la siguiente noche, desnudo en la cama,
que si vestido estuviera, yo vi en su talle que no se dejara prender
tan á mansalva. Con esta prision, que sobrevino sobre la pendencia,
creció la fama de mi cobarde, que lo era mi amo mas que una liebre, y
á fuerza de meriendas y tragos sustentaba la fama de ser valiente, y
todo cuanto con su oficio y con sus inteligencias granjeaba, se le iba
y desaguaba por la canal de la valentía. Pero ten paciencia, y escucha
ahora un cuento que le sucedió, sin añadir ni quitar de la verdad una
tilde.
»Dos ladrones hurtaron en Antequera un caballo muy bueno: trujéronle
á Sevilla, y para venderle sin peligro usaron de un ardid, que á mi
parecer tiene del agudo y del discreto: fuéronse á posadas diferentes,
y el uno se fué á la justicia, y pidió por una peticion que Pedro de
Losada le debia cuatrocientos reales prestados, como parecia por una
cédula firmada de su nombre, de la cual hacia presentacion. Mandó
el teniente que el tal Losada reconociese la cédula, y que si la
reconociese, le sacasen prendas de la cantidad, ó le pusiesen en la
cárcel: tocó hacer esta diligencia á mi amo y al escribano su amigo:
llevóles el ladron á la posada del otro, y al punto reconoció su firma,
y confesó la deuda, y señaló por prenda de la ejecucion el caballo,
el cual visto por mi amo, le creció el ojo y le marcó por suyo, si
acaso se vendiese. Dió el ladron por pasados los términos de la ley,
y el caballo se puso en venta, y se remató en quinientos reales en un
tercero que mi amo echó de manga, para que se le comprase: valia el
caballo tanto y medio mas de lo que dieron por él; pero como el bien
del vendedor estaba en la brevedad de la venta, á la primer postura
remató su mercaduría. Cobró en un ladron la deuda que no le debian, y
el otro la carta de pago que no habia menester, y mi amo se quedó con
el caballo, que para él fué peor que el Seyano lo fué para sus dueños.
Mondaron luego la haza los ladrones, y de allí á dos dias, despues de
haber trastejado mi amo las guarniciones y otras faltas del caballo,
pareció sobre él en la plaza de San Francisco, mas hueco y pomposo que
aldeano vestido de fiesta: diéronle mil parabienes de la buena compra,
afirmándole que valia ciento y cincuenta ducados, como un huevo un
maravedí, y él volteando y revolviendo el caballo, representaba su
tragedia en el teatro de la referida plaza. Y estando en sus caracoles
y rodeos, llegaron dos hombres de buen talle y de mejor ropaje, y el
uno dijo: ¡Vive Dios, que este es Piedehierro, mi caballo, que ha
pocos dias que me le hurtaron en Antequera! Todos los que venian con
él, que eran cuatro criados, dijeron que así era la verdad, que aquel
era Piedehierro, el caballo que le habian hurtado. Pasmóse mi amo,
querellóse el dueño, hubo pruebas, y fueron las que hizo el dueño tan
buenas, que salió la sentencia en su favor, y mi amo fué desposeido del
caballo. Súpose la burla y la industria de los ladrones, que por manos
é intervencion de la misma justicia vendieron lo que habian hurtado, y
casi todos se holgaban de que la codicia de mi amo le hubiese rompido
el saco.
»Y no paró en esto su desgracia, que aquella noche saliendo á rondar
el mismo asistente, por haberle dado noticia que hácia los barrios de
San Julian andaban ladrones, al pasar de una encrucijada vieron pasar
un hombre corriendo, y dijo á este punto el asistente, asiéndome por el
collar y zuzándome: Al ladron, Gavilan, ea, Gavilan hijo, al ladron.
Yo, á quien ya tenian cansado las maldades de mi amo, por cumplir lo
que el señor asistente me mandaba sin discrepar en nada, arremetí con
mi propio amo, y sin que pudiese valerse, di con él en el suelo, y si
no me le quitaran, yo hiciera á mas de cuatro vengados; quitáronme con
mucha pesadumbre de entrambos. Quisieran los corchetes castigarme, y
aun matarme á palos, y lo hicieran si el asistente no les dijera: No
le toque nadie, que el perro hizo lo que yo le mandé. Entendióse la
malicia, y yo sin despedirme de nadie, por un agujero de la muralla
salí al campo, y ántes que amaneciese me puse en Mairena, que es un
lugar que está cuatro leguas de Sevilla. Quiso mi buena suerte, que
hallé allí una compañía de soldados, que segun oí decir se iban á
embarcar á Cartagena: estaban en ella cuatro rufianes de los amigos de
mi amo, y el atambor era uno que habia sido corchete y gran chocarrero,
como lo suelen ser los mas atambores: conociéronme todos, y todos me
hablaron, y así me preguntaban por mi amo, como si les hubiera de
responder; pero el que mas aficion me mostró fué el atambor, y así
determiné de acomodarme con él, si él quisiese, y seguir aquella
jornada, aunque me llevase á Italia ó á Flándes; porque me parece á mí,
y aun á tí te debe parecer lo mismo, que puesto que dice el refran:
Quien necio es en su villa, necio es en Castilla, el andar tierras y
comunicar con diversas gentes hace á los hombres discretos.
CIPION. Es eso tan verdad, que me acuerdo haber oido decir á un amo
que tuve, de bonísimo ingenio, que al famoso griego, llamado Ulíses,
le dieron renombre de prudente, por solo haber andado muchas tierras,
y comunicado con diversas gentes y varias naciones; y así alabo la
intencion que tuviste de irte donde te llevasen.
BERGANZA. Es pues el caso, que el atambor, por tener con que mostrar
mas sus chocarrerías, comenzó á enseñarme á bailar al son del atambor,
y hacer otras monerías tan ajenas de poder aprenderlas otro perro
que no fuera yo, como las oirás cuando te las diga: por acabarse el
distrito de la comision se marchaba poco á poco: no habia comisario
que nos limitase: el capitan era mozo, pero muy buen caballero y
gran cristiano: el alférez no habia muchos meses que habia dejado la
corte y el tinelo: el sargento era matrero y sagaz, y grande arriero
de compañías, desde donde se levantan hasta el embarcadero: iba la
compañía llena de rufianes churrulleros, los cuales hacian algunas
insolencias por los lugares do pasábamos, que redundaban en maldecir
á quien no lo merecia: ¡infelicidad del buen príncipe! ser culpado de
sus súbditos por la culpa de sus súbditos, á causa que los unos son
verdugos de los otros, sin culpa del señor, pues aunque quiera y lo
procure, no puede remediar estos daños, porque todas ó las mas cosas
de la guerra traen consigo aspereza, riguridad y desconveniencia. En
fin, en ménos de quince dias, con mi buen ingenio y con la diligencia
que puso el que habia escogido por patron, supe saltar por el rey de
Francia, y no saltar por la mala tabernera: enseñóme á hacer corvetas
como caballo napolitano, y andar á la redonda como mula de tahona,
con otras cosas, que si yo no tuviera cuenta en no adelantarme á
mostrarlas, pusiera en duda si era algun demonio en figura de perro el
que las hacia: púsome nombre del perro sabio, y no habíamos llegado
al alojamiento, cuando tocando su atambor, andaba por todo el lugar,
pregonando que todas las personas que quisiesen venir á ver las
maravillosas gracias y habilidades del perro sabio, en tal casa, ó en
tal hospital las mostraban á ocho ó á cuatro maravedís, segun era el
pueblo grande ó chico. Con estos encarecimientos no quedaba persona en
todo el lugar, que no me fuese á ver, y ninguno habia que no saliese
admirado y contento de haberme visto. Triunfaba mi amo con la mucha
ganancia, y sustentaba seis camaradas como unos reyes. La codicia y
la envidia despertó en los rufianes voluntad de hurtarme, y andaban
buscando ocasion para ello; que esto del ganar de comer holgando, tiene
muchos aficionados y golosos: por esto hay tantos titereros en España,
tantos que muestran retablos, tantos que venden alfileres y coplas, que
todo su caudal, aunque le vendiesen todo, no llega á poderse sustentar
un dia; y con esto los unos y los otros no salen de los bodegones y
tabernas en todo el año, por do me doy á entender que de otra parte,
que de la de sus oficios, sale la corriente de sus borracheras: toda
esta gente vagamunda, inútil y sin provecho, esponjas del vino y
gorgojos del pan.
CIPION. No mas, Berganza, no volvamos á lo pasado; sigue, que se va la
noche, y no querria que al salir del sol quedásemos á la sombra del
silencio.
BERGANZA. Tenle, y escucha. Como sea cosa fácil añadir á lo ya
inventado, viendo mi amo cuán bien sabia imitar el corcel napolitano,
hízome unas cubiertas de guadamacil, y una silla pequeña que me acomodó
en las espaldas, y sobre ella puso una figura liviana de un hombre con
una lancilla de correr sortija, y enseñóme á correr derechamente á
una sortija que entre dos palos ponia; y el dia que habia de correrla
pregonaba que aquel dia corria sortija el perro sabio, y hacia otras
nuevas y nunca vistas galanterías, las cuales de mi santiscario, como
dicen, las hacia, por no sacar mentiroso á mi amo. Llegámos pues
por nuestras jornadas contadas á Montilla, villa del famoso y gran
cristiano marqués de Priego, señor de la casa de Aguilar y de Montilla.
Alojaron á mi amo, porque él lo procuró, en un hospital: echó luego el
ordinario bando, y como ya la fama se habia adelantado á llevar las
nuevas de las habilidades y gracias del perro sabio, en ménos de una
hora se llenó el patio de gente. Alegróse mi amo viendo que la cosecha
iba de guilla, y mostróse aquel dia chocarrero en demasía. Lo primero
en que comenzaba la fiesta, era en los saltos que yo daba por un aro de
cedazo que parecia de cuba: conjurábame por las ordinarias preguntas,
y cuando él bajaba una varilla de mimbre que en la mano tenia, era
señal del salto, y cuando la tenia alta, de que me estuviese quedo. El
primero conjuro deste dia (memorable entre todos los de mi vida) fué
decirme: Ea, Gavilan amigo, salta por aquel viejo verde que tú conoces,
que se escabecha las barbas, y si no quieres, salta por la pompa y
aparato de Doña Pimpinela de Plafagonia, que fué compañera de la moza
gallega que servia en Valdeastillas. ¿No te cuadra el conjuro, hijo
Gavilan? pues salta por el bachiller Pasillas, que se firma licenciado
sin tener grado alguno. ¡Oh! perezoso estás; ¿por qué no saltas? pero
ya entiendo y alcanzo tus marrullerías: ahora salta por el licor de
Esquivias, famoso al par del de Ciudad-Real, San Martin y Ribadavia.
Bajó la varilla, y salté yo, y noté sus malas entrañas. Volvióse luego
al pueblo, y en voz alta dijo: No piense vuesa merced, senado valeroso,
que es cosa de burla lo que este perro sabe: veinte y cuatro piezas le
tengo enseñadas, que por la menor dellas volaria un gavilan: quiero
decir, que por ver la menor se puede caminar treinta leguas: sabe
bailar la zarabanda y chacona mejor que su inventora misma: bébese
una azumbre de vino sin dejar gota: entona un sol, fa, mi, re, tan
bien como un sacristan: todas estas cosas y otras muchas que me quedan
por decir, las irán viendo vuesas mercedes en los dias que estuviere
aquí la compañía, y por ahora dé otro salto nuestro sabio, y luego
entraremos en lo grueso. Con esto suspendió al auditorio, que habia
llamado senado, y les encendió el deseo de no dejar de ver todo lo que
yo sabia. Volvióse á mí mi amo, y dijo: Volved, hijo Gavilan, y con
gentil agilidad y destreza deshaced los saltos que habeis hecho; pero
ha de ser á devocion de la famosa hechicera, que dicen que hubo en este
lugar. Apénas hubo dicho esto, cuando alzó la voz la hospitalera, que
era una vieja, al parecer, de mas de sesenta años, diciendo: Bellaco,
charlatan, embaidor y hijo de puta, aquí no hay hechicera alguna: si
lo decís por la Camacha, ya ella pagó su pecado, y está donde Dios se
sabe: si lo decís por mí, chocarrero, ni yo soy ni he sido hechicera
en mi vida; y si he tenido fama de haberlo sido, merced á los testigos
falsos y á la ley del encaje, y al juez arrojadizo y mal informado: ya
sabe todo el mundo la vida que hago en penitencia, no de los hechizos
que no hice, sino de otros muchos pecados, ó otros que como pecadora
he cometido: así que, socarron tamborilero, salid del hospital; si no,
por vida de mi santiguada que os haga salir mas que de paso: y con
esto comenzó á dar tantos gritos, y á decir tantas y tan atropelladas
injurias á mi amo, que le puso en confusion y sobresalto: finalmente,
no dejó que pasase adelante la fiesta en ningun modo. No le pesó á mi
amo del alboroto, porque se quedó con los dineros, y aplazó para otro
dia y en otro hospital lo que en aquel habia faltado. Fuése la gente
maldiciendo á la vieja, añadiendo al nombre de hechicera el de bruja, y
el de barbuda sobre vieja. Con todo esto, nos quedámos en el hospital
aquella noche, y encontrándome la vieja en el corral solo, me dijo:
¿Eres tú, hijo, Montiel? ¿eres tú, por ventura, hijo? Alcé la cabeza, y
miréla muy despacio: lo cual visto por ella, con lágrimas en los ojos
se vino á mí, y me echó los brazos al cuello, y si la dejara, me besara
en la boca; pero tuve asco, y no lo consentí.
CIPION. Bien hiciste, porque no es regalo, sino tormento el besar ni
dejar besarse de una vieja.
BERGANZA. Esto que ahora te quiero contar, te lo habia de haber dicho
al principio de mi cuento, y así escusáramos la admiracion que nos
causó el vernos con habla; porque has de saber que la vieja me dijo:
Hijo Montiel, vente tras mí, y sabrás mi aposento, y procura que esta
noche nos veamos á solas en él, que yo dejaré abierta la puerta, y
sabe que tengo muchas cosas que decirte de tu vida y para tu provecho.
Bajé yo la cabeza en señal de obedecerla, por lo cual ella se acabó de
enterar en que yo era el perro Montiel que buscaba, segun despues me lo
dijo. Quedé atónito y confuso, esperando la noche, por ver en lo que
paraba aquel misterio ó prodigio de haberme hablado la vieja; y como
habia oido llamarla de hechicera, esperaba de su vista y habla grandes
cosas. Llegóse en fin el punto de verme con ella en su aposento, que
era escuro, estrecho y bajo, y solamente claro con la débil luz de un
candil de barro, que en él estaba: atizóle la vieja, y sentóse sobre
una arquilla, y llegóme junto á sí, y sin hablar palabra me volvió á
abrazar, y yo volví á tener cuenta con que no me besase. Lo primero que
me dijo, fué:
»Bien esperaba yo en el cielo que ántes que estos mis ojos se cerrasen
con el último sueño te habia de ver, hijo mio, y ya que te he visto,
venga la muerte, y lléveme desta cansada vida: Has de saber, hijo, que
en esta villa vivió la mas famosa hechicera que hubo en el mundo, á
quien llamaron la Camacha de Montilla: fué tan única en su oficio, que
las Eritos, las Circes, las Medeas, de quien he oido decir que están
las historias llenas, no la igualaron: ella congelaba las nubes cuando
queria, cubriendo con ellas la faz del sol; y cuando se le antojaba,
volvia sereno el mas turbado cielo: traia los hombres en un instante
de lejas tierras: remediaba maravillosamente las doncellas que habian
tenido algun descuido en guardar su entereza: cubria á las viudas de
modo que con honestidad fuesen deshonestas: descasaba las casadas, y
casaba las que ella queria: por diciembre tenia rosas frescas en su
jardin, y por enero segaba trigo; esto de hacer nacer berros en una
artesa, era lo ménos que ella hacia, ni el hacer ver en un espejo,
ó en la uña de una criatura, los vivos ó los muertos que le pedian
que mostrase: tuvo fama que convertia los hombres en animales, y que
se habia servido de un sacristan seis años en forma de asno real y
verdaderamente, lo que yo nunca he podido alcanzar cómo se haga; porque
lo que se dice de aquellas antiguas magas, que convertian los hombres
en bestias, dicen los que mas saben, que no era otra cosa sino que
ellas con su mucha hermosura y con sus halagos atraian los hombres de
manera á que las quisiesen bien, y los sujetaban de suerte sirviéndose
dellos en todo cuanto querian, que parecian bestias; pero en tí, hijo
mio, la esperiencia me muestra lo contrario, que sé que eres persona
racional, y te veo en semejanza de perro, si ya no es que esto se hace
con aquella ciencia que llaman tropelía, que hace parecer una cosa por
otra. Sea lo que fuere lo que me pesa es que yo ni tu madre, que fuimos
discípulas de la buena Camacha, nunca llegámos á saber tanto como ella,
y no por falta de ingenio, ni de habilidad, ni de ánimo, que ántes nos
sobraba que faltaba, sino por sobra de su malicia, que nunca quiso
enseñarnos las cosas mayores, porque las reservaba para ella.
»Tu madre, hijo, se llamó la Montiela, que despues de la Camacha, fué
famosa: yo me llamo la Cañizares, si ya no tan sábia como las dos, á lo
ménos de tan buenos deseos como cualquiera dellas: verdad es, que al
ánimo que tu madre tenia de hacer y entrar en un cerco, y encerrarse en
él con una legion de demonios, no le hacia ventaja la misma Camacha: yo
fuí siempre algo medrosilla; con conjurar media legion me contentaba;
pero con paz sea dicho de entrambas, en esto de conficionar las unturas
con que las brujas nos untamos, á ninguna de las dos diera ventaja,
ni la daré á cuantas hoy siguen y guardan nuestras reglas: que has de
saber, hijo, que como yo he visto y veo que la vida que corre sobre las
lijeras alas del tiempo se acaba, he querido dejar todos los vicios de
la hechicería en que estaba engolfada muchos años habia, y solo me he
quedado con la curiosidad de ser bruja, que es un vicio dificultosísimo
de dejar: tu madre hizo lo mismo: de muchos vicios se apartó, muchas
buenas obras hizo en esta vida; pero al fin murió bruja, y no murió
de enfermedad alguna, sino de dolor de que supo que la Camacha su
maestra, de envidia que la tuvo porque se le iba subiendo á las barbas
en saber tanto como ella, ó por otra pendenzuela de celos que nunca
pude averiguar, estando tu madre preñada, y llegándose la hora del
parto, fué su comadre la Camacha, la cual recebió en sus manos lo que
tu madre parió, y mostróle que habia parido dos perritos; y así como
los vió, dijo: Aquí hay maldad, aquí hay bellaquería; pero, hermana
Montiela, tu amiga soy, yo encubriré este parto, y atiende tú á estar
sana, y haz cuenta que esta tu desgracia queda sepultada en el mismo
silencio: no te dé pena alguna este suceso, que ya sabes tú que puedo
yo saber que si no es con Rodriguez el ganapan, tu amigo, dias há que
no tratas con otro; así que este perruno parto de otra parte viene, y
algun misterio contiene. Admiradas quedámos tu madre y yo, que me hallé
presente á todo, del estraño suceso. La Camacha se fué y se llevó los
cachorros: yo me quedé con tu madre para asistir á su regalo la cual
no podia creer lo que le habia sucedido. Llegóse el fin de la Camacha,
y estando en la última hora de su vida, llamó á tu madre, y le dijo
cómo ella habia convertido á sus hijos en perros por cierto enojo que
con ella tuvo; pero que no tuviese pena, que ellos volverian á su ser
cuando ménos lo pensasen; mas que no podia ser primero que ellos por
sus mismos ojos viesen lo siguiente:
Volverán en su forma verdadera
Cuando vieron con presta diligencia
Derribar los soberbios levantados,
Y alzar á los humildes abatidos
Con poderosa mano para hacello.
»Esto dijo la Camacha á tu madre al tiempo de su muerte, como ya te he
dicho: tomólo tu madre por escrito y de memoria, y yo lo fijé en la mia
para si sucediese tiempo de poderlo decir á alguno de vosotros; y para
poder conoceros, á todos los perros que veo de tu color los llamo con
el nombre de tu madre, no por pensar que los perros han de saber el
nombre, sino por ver si respondian á ser llamados tan diferentemente
como se llaman los otros perros; y esta tarde como te vi hacer tantas
cosas, y que te llaman el perro sabio, y tambien como alzaste la cabeza
á mirarme cuando te llamé en el corral, he creido que tú eres hijo de
la Montiela, á quien con grandísimo gusto doy noticia de tus sucesos y
del modo con que has de cobrar tu forma primera; el cual modo quisiera
yo que fuera tan fácil como el que se dice de Apuleyo en -el Asno de
oro-, que consistia en solo comer una rosa; pero éste tuyo va fundado
en acciones ajenas, y no en tu diligencia. Lo que has de hacer, hijo,
es encomendarte á Dios allá en tu corazon, y espera á que estas, que no
quiero llamarlas profecías, sino adivinanzas, han de suceder presto y
prósperamente: que pues la buena de la Camacha las dijo, sucederán sin
duda alguna, y tú y tu hermano, si es vivo, os veréis como deseais.
»De lo que á mí me pesa es, que estoy tan cerca de mi acabamiento, que
no tendré lugar de verlo: muchas veces he querido preguntar á mi cabron
qué fin tendrá vuestro suceso; pero no me he atrevido, porque nunca á
lo que le preguntamos responde á derechas, sino con razones torcidas
y de muchos sentidos; así que, á este nuestro amo y señor no hay que
preguntarle nada, porque con una verdad mezcla mil mentiras, y á lo
que he colegido de sus respuestas, él no sabe nada de lo por venir
ciertamente, sino por conjeturas: con todo esto, nos trae tan engañadas
á las que somos brujas, que con hacernos mil burlas, no le podemos
dejar: vamos á verle muy léjos de aquí á un gran campo, donde nos
juntamos infinidad de gente, brujos y brujas, y allí nos da de comer
desabridamente, y pasan otras cosas, que en verdad, y en Dios y en mi
ánima, que no me atrevo á contarlas segun son de sucias y asquerosas, y
no quiero ofender tus castas orejas: hay opinion que no vamos á estos
convites sino con la fantasía, en la cual nos representa el demonio
las imágenes de todas aquellas cosas que despues contamos que nos han
sucedido: otros dicen que no, sino que verdaderamente vamos en cuerpo
y en ánima, y entrambas opiniones tengo para mí que son verdaderas,
puesto que nosotras no sabemos cuándo vamos de una ó de otra manera;
porque todo lo que nos pasa en la fantasía es tan intensamente, que
no hay diferenciarlo de cuando vamos real y verdaderamente: algunas
esperiencias desto han hecho los señores inquisidores con algunas de
nosotras que han tenido presas, y pienso que han hallado ser verdad lo
que digo.
»Quisiera yo, hijo, apartarme deste pecado, y para ello he hecho mis
diligencias: héme acogido á ser hospitalera, curo á los pobres, y
algunos se mueren que me dan á mí la vida con lo que me mandan, ó con
lo que se les queda entre los remiendos, por el cuidado que yo tengo
de espulgarlos los vestidos; rezo poco y en público, murmuro mucho
y en secreto; vame mejor con ser hipócrita, que con ser pecadora
declarada: las apariencias de mis buenas obras presentes van borrando
en la memoria de los que me conocen las malas obras pasadas. En efeto,
la santidad fingida no hace daño á ningun tercero, sino al que la usa.
Mira, hijo Montiel, este consejo te doy, que seas bueno en todo cuanto
pudieres, y si has de ser malo, procura no parecerlo en todo cuanto
pudieres: bruja soy, no te lo niego, bruja y hechicera fué tu madre,
que tampoco te lo puedo negar; pero las buenas apariencias de las dos
podian acreditarnos en todo el mundo: tres dias ántes que muriese
habíamos estado las dos en un valle de los montes Pirineos en una
gran jira; y con todo eso, cuando murió fué con tal sosiego y reposo,
que si no fueron algunos visajes que hizo un cuarto de hora ántes que
rindiese el alma, no parecia sino que estaba en aquella cama como en
un tálamo de flores: llevaba atravesados en el corazon sus dos hijos,
y nunca quiso, aun en el artículo de la muerte, perdonar á la Camacha;
tal era ella de entera y firme en sus cosas: yo le cerré los ojos, y
fuí con ella hasta la sepultura: allí la dejé para no verla mas, aunque
no tengo perdida la esperanza de verla ántes que muera, porque se ha
dicho por el lugar que la han visto algunas personas andar por los
cimenterios y encrucijadas en diferentes figuras, y quizá alguna vez la
troparé yo, y le preguntaré si manda que haga alguna cosa en descargo
de su conciencia.
»Cada cosa destas que la vieja me decia en alabanza de la que decia
ser mi madre, era una lanzada que me atravesaba el corazon, y quisiera
arremeter á ella y hacerla pedazos entre los dientes; y si lo dejé de
hacer fué porque no le tomase la muerte en tan mal estado. Finalmente,
me dijo que aquella noche pensaba untarse para ir á uno de sus usados
convites, y que cuando allá estuviese pensaba preguntar á su dueño algo
de lo que estaba por sucederme. Quisiérale yo preguntar qué unturas
eran aquellas que decia, y parece que me leyó el deseo, pues respondió
á mi intencion como si se lo hubiera preguntado, pues dijo:
»Este ungüento con que las brujas nos untamos, es compuesto de jugos
de yerbas en todo estremo frios, y no es como dice el vulgo, hecho con
la sangre de los niños que ahogamos. Aquí pudieras tambien preguntarme
qué gusto ó provecho saca el demonio de hacernos matar las criaturas
tiernas, pues sabe que estando bautizadas, como inocentes y sin pecado
se van al cielo, y él recibe pena particular con cada alma cristiana
que se le escapa: á lo que no te sabré responder otra cosa, sino lo
que dice el refran; que tal hay que se quiebra dos ojos, porque su
enemigo se quiebre uno, y por la pesadumbre que da á sus padres,
matándoles los hijos, que es la mayor que se puede imaginar; y lo que
mas le importa es hacer que nosotras cometamos á cada paso tan cruel
y perverso pecado: y todo esto lo permite Dios por nuestros pecados,
que sin su permision yo he visto por esperiencia que no puede ofender
el diablo á una hormiga; y es tan verdad esto, que rogándole yo una
vez que destruyese una viña de un mi enemigo, me respondió que ni
aun tocar á una hoja della podia, porque Dios no queria; por lo cual
podrás venir á entender, cuando seas hombre, que todas las desgracias
que vienen á las gentes, á los reinos, á las ciudades y á los pueblos,
las muertes repentinas, los naufragios, las caidas; en fin, todos los
males que llaman de daño, vienen de la mano del Altísimo y de voluntad
permitente: y los daños y males que llaman de culpa, vienen y se causan
por nosotros mismos. Dios es impecable, de do se infiere que nosotros
somos autores del pecado, formándole en la intencion, en la palabra
y en la obra: todo permitiéndolo Dios por nuestros pecados, como ya
he dicho. Dirás tú ahora, hijo, si es que acaso me entiendes, que
¿quién me hizo á mi teóloga? y aun quizá entre tí: ¡cuerpo de tal con
la puta vieja! ¿por qué no deja de ser bruja, pues sabe tanto, y se
vuelve á Dios, pues sabe que está mas pronto á perdonar pecados, que
á permitirlos? Á esto te respondo como si me lo preguntaras, que la
costumbre del vicio se vuelve en naturaleza, y este de ser brujas se
convierte en sangre y carne, y en medio de su ardor, que es mucho, trae
un frio que pone el alma tal, que la resfría y entorpece aun en la fe,
de donde nace un olvido de sí misma, y ni se acuerda de los temores
con que Dios la amenaza, ni de la gloria con que la convida; y en
efeto, como es pecado de carne y de deleites, es fuerza que amortigüe
todos los sentidos, y los embelese y absorte, sin dejarlos usar sus
oficios como deben; y así quedando el alma inútil, floja y desmazalada,
no puede levantar la consideracion siquiera á tener algun buen
pensamiento; y así dejándose estar sumida en la profunda sima de su
miseria, no quiere alzar la mano á la de Dios, que se la está dando por
sola su misericordia, para que se levante: yo tengo una destas almas
que te he pintado, todo lo veo y todo lo entiendo; y como el deleite me
tiene echados grillos á la voluntad, siempre he sido y seré mala.
»Pero dejemos esto, y volvamos á lo de las unturas, y digo, que son tan
frias, que nos privan de todos los sentidos en untándonos con ellas,
y quedámos tendidas y desnudas en el suelo, y entónces dicen que en
la fantasía pasamos todo aquello que nos parece pasar verdaderamente.
Otras veces acabadas de untar, á nuestro parecer mudamos forma, y
convertidas en gallos, lechuzas ó cuervos, vamos al lugar donde nuestro
dueño nos espera, y allí cobramos nuestra primera forma, y gozamos de
los deleites, que te dejo de decir por ser tales, que la memoria se
escandaliza en acordarse dellos, y así la lengua huye de contarlos; y
con todo esto soy bruja, y cubro con la capa de la hipocresía todas mis
muchas faltas: verdad es que si algunos me estiman y honran por buena,
no faltan muchos que me dicen no dos dedos del oido el nombre de las
fiestas, que es el que nos imprimió la furia de un juez colérico, que
en los tiempos pasados tuvo que ver conmigo y con tu madre, depositando
su ira en las manos de un verdugo, que por no estar sobornado usó de
toda su plena potestad y rigor con nuestras espaldas; pero esto ya
pasó, y todas las cosas se pasan, las memorias se acaban, las vidas
no vuelven, las lenguas se cansan, los sucesos nuevos hacen olvidar
los pasados: hospitalera soy, buenas muestras doy de mi proceder,
buenos ratos me dan mis unturas, no soy tan vieja que no pueda vivir
un año, puesto que tengo setenta y cinco: y ya que no puedo ayunar por
la edad, ni rezar por los vaguidos, andar romerías por la flaqueza de
mis piernas, ni dar limosna porque soy pobre, ni pensar en bien porque
soy amiga de murmurar, y para haberlo de hacer es forzoso pensarlo
primero; así que siempre mis pensamientos han de ser malos: con todo
esto, sé que Dios es bueno y misericordioso, y que él sabe lo que ha
de ser de mí, y basta, y quédese aquí esta plática, que verdaderamente
me entristece: ven, hijo, y verásme untar, que todos los duelos con
pan son ménos: el buen dia meterle en casa, pues miéntras se rie, no
se llora: quiero decir, que aunque los gustos que nos da el demonio
son aparentes y falsos, todavía nos parecen gustos, y el deleite mucho
mayor es imaginado, que gozado, aunque en los verdaderos gustos debe de
ser al contrario.
»Levantóse en diciendo esta larga arenga, y tomando el candil, se entró
en otro aposentillo mas estrecho: seguíla, combatido de mil varios
pensamientos, y admirado de lo que habia oido y de lo que esperaba
ver. Colgó la Cañizares el candil en la pared, y con mucha priesa se
desnudó hasta la camisa, y sacando de un rincon una olla vidriada,
metió en ella la mano, y murmurando entre dientes, se untó desde los
piés á la cabeza, que tenia sin toca: ántes que se acabase de untar
me dijo, que ora se quedase su cuerpo en aquel aposento sin sentido,
ora desapareciese dél, que no me espantase, ni dejase de aguardar allí
hasta la mañana, porque sabria las nuevas de lo que me quedaba por
pasar hasta ser hombre. Díjele bajando la cabeza, que sí haria, y con
esto acabó su untura, y se tendió en el suelo como muerta: llegué mi
boca á la suya, y vi que no respiraba poco ni mucho.
»Una verdad te quiero confesar, Cipion amigo, que me dió gran temor
verme encerrado en aquel estrecho aposento con aquella figura delante,
la cual te la pintaré como mejor supiere. Ella era larga de mas de
siete piés; toda era notomía de huesos, cubiertos con una piel negra,
vellosa y curtida; con la barriga, que era de badana, se cubria las
partes deshonestas, y aun le colgaba hasta la mitad de los muslos:
las tetas semejaban dos vejigas de vaca secas y arrugadas, denegridos
los labios, traspillados los dientes, la nariz corva y entablada,
desencajados los ojos, la cabeza desgreñada, las mejillas chupadas,
angosta la garganta y los pechos sumidos: finalmente, toda era flaca y
endemoniada. Púseme despacio á mirarla, y apriesa comenzó á apoderarse
de mí el miedo, considerando la mala vision de su cuerpo y la peor
ocupacion de su alma: quise morderla por ver si volvia en sí, y no
hallé parte en toda ella, que el asco no me lo estorbase; pero con todo
eso, la así de un carcaño, y la saqué arrastrando al patio, mas ni por
esto dió muestras de tener sentido. Allí con mirar el cielo y verme en
parte ancha se me quitó el temor, á lo ménos se templó de manera, que
tuve ánimo de esperar á ver en lo que paraba la ida y vuelta de aquella
mala hembra, y lo que me contaba de mis sucesos. En esto me preguntaba
yo á mí mismo: ¿quién hizo á esta mala vieja tan discreta y tan mala?
¿De dónde sabe ella cuáles son males de daño y cuáles de culpa? ¿Cómo
entiende y habla tanto de Dios, y obra tanto del diablo? ¿Cómo peca tan
de malicia, no escusándose con ignorancia?
»En estas consideraciones se pasó la noche, y se vino el dia, que nos
halló á los dos en mitad del patio: ella no vuelta en sí, y á mí junto
á ella en cuclillas, atento mirando su espantosa y fea catadura. Acudió
la gente del hospital, y viendo aquel retablo, unos decian: Ya la
bendita Cañizares es muerta, mirad cuán desfigurada y flaca la tenia la
penitencia: otros mas considerados la tomaron el pulso, y vieron que
le tenia, y que no era muerta, por do se dieron á entender que estaba
en éstasis y arrobada de puro buena: otros hubo que dijeron: Esta puta
vieja sin duda debe de ser bruja, y debe de estar untada, que nunca los
santos hacen tan deshonestos arrobos, y hasta ahora, entre los que la
conocemos, mas fama tiene de bruja que de santa: curiosos hubo, que se
llegaron á hincarle alfileres por las carnes desde la punta hasta la
cabeza; ni por eso recordaba la dormilona, ni volvió en sí hasta las
siete del dia, y como se sintió acribada de los alfileres y mordida de
los carcañares, y magullada del arrastramiento fuera de su aposento,
y á vista de tantos ojos que la estaban mirando, creyó, y creyó la
verdad, que yo habia sido el autor de su deshonra: y así arremetió á mí
y echándome ambas manos á la garganta, procuraba ahogarme, diciendo: Oh
bellaco, desagradecido, ignorante y malicioso, y ¿es este el pago que
merecen las buenas obras que á tu madre hice, y de las que te pensaba
hacer á tí? Yo que me vi en peligro de perder la vida entre las uñas de
aquella fiera arpía, sacudíme, y asiéndola de las luengas faldas de su
vientre, la zamarreé y arrastré por todo el patio, y ella daba voces,
que la librasen de los dientes de aquel maligno espíritu.
»Con estas razones de la mala vieja, creyeron los mas que yo debia de
ser algun demonio de los que tienen ojeriza continua con los buenos
cristianos, y unos acudieron á echarme agua bendita, otros no osaban
llegar á quitarme, otros daban voces que me conjurasen, la vieja
gruñia, yo apretaba los dientes, crecia la confusion, y mi amo, que
ya habia llegado al ruido, se desesperaba, oyendo decir que yo era
demonio: otros, que no sabian de exorcismos, acudieron á tres ó cuatro
garrotes, con los cuales comenzaron á santiguarme los lomos: escocióme
la burla, solté la vieja, y en tres saltos me puse en la calle; y en
pocos mas salí de la villa perseguido de una infinidad de muchachos que
iban á grandes voces diciendo: Apártense, que rabia el perro sabio.
Otros decian: No rabia, sino que es demonio en figura de perro. Con
este molimiento á campana herida salí del pueblo, siguiéndome muchos
que indubitablemente creyeron que era demonio, así por las cosas
que me habian visto hacer, como por las palabras que la vieja dijo
cuando despertó de su maldito sueño: díme tanta priesa á huir y á
quitarme delante de sus ojos, que creyeron que me habia desparecido
como demonio: en seis horas anduve doce leguas, y llegué á un rancho
de jitanos, que estaba en un campo junto á Granada: allí me reparé un
poco, porque algunos de los jitanos me conocieron por el perro sabio, y
con no pequeño gozo me acogieron y escondieron en una cueva, porque no
me hallasen si fuese buscado, con intencion, á lo que despues entendí,
de ganar conmigo, como lo hacia el atambor mi amo. Veinte dias estuve
con ellos, en los cuales supe y noté su vida y costumbres, que por ser
notables, es forzoso que te las cuente.
CIPION. Antes, Berganza, que pases adelante, es bien que reparemos en
lo que te dijo la bruja, y averigüemos si puede ser verdad la grande
mentira á quien das crédito. Mira, Berganza: grandísimo disparate
seria creer que la Camacha mudase los hombres en bestias, y que el
sacristan en forma de jumento la sirviese los años que dicen que la
sirvió: todas estas cosas y las semejantes son embelecos, mentiras ó
apariencias del demonio; y si á nosotros nos parece ahora que tenemos
algun entendimiento y razon, pues hablamos siendo verdaderamente
perros, ó estando en su figura, ya hemos dicho que este es caso
portentoso y jamas visto, y que aunque le tocamos con las manos, no
le habemos de dar crédito hasta tanto que el suceso dél nos muestre
lo que conviene que creamos. ¿Quiéreslo ver mas claro? Considera en
qué vanas cosas y en cuán tontos puntos dijo la Camacha que consistia
nuestra restauracion, y aquellas que á tí te deben parecer profecías no
son sino palabras de consejas ó cuentos de viejas, como aquellos del
caballo sin cabeza, y de la varilla de virtudes, con que se entretienen
al fuego las dilatadas noches del invierno, porque á ser otra cosa
ya estaban cumplidas; si no es que sus palabras se han de tomar en
un sentido, que he oido decir se llama alegórico, el cual sentido
no quiere decir lo que la letra suena, sino otra cosa, que aunque
diferente, le haga semejanza, y así, decir:
Volverán en su forma verdadera,
Cuando vieren con presta diligencia
Derribar los soberbios levantados,
Y alzar á los humildes abatidos
Con poderosa mano para hacello:
Tomándolo en el sentido que he dicho, paréceme que quiere decir que
cobraremos nuestra forma, cuando viéremos que los que ayer estaban
en la cumbre de la rueda de fortuna, hoy están hollados y abatidos á
los piés de la desgracia y tenidos en poco de aquellos que mas los
estimaban: y asimismo cuando viéremos que otros que no há dos horas
que no tenian deste mundo otra parte que servir en él de número que
acrecentase el de las gentes, y ahora están tan encumbrados sobre
la buena dicha, que los perdemos de vista; y si primero no parecian
por pequeños y encogidos, ahora no los podemos alcanzar por grandes
y levantados: y si en esto consistiera volver nosotros á la forma
que dices, ya lo hemos visto y lo vemos á cada paso, por do me doy á
entender que no en el sentido alegórico, sino en el literal se han de
tomar los versos de la Camacha; ni tampoco en este consiste nuestro
remedio, pues muchas veces hemos visto lo que dicen, y nos estamos
tan perros como ves: así que, la Camacha fué burladora falsa, y la
Cañizares embustera, y la Montiela tonta, maliciosa y bellaca, con
perdon sea dicho, si acaso es nuestra madre de entrambos, ó tuya, que
yo no la quiero tener por madre. Digo pues que el verdadero sentido es
un juego de bolos, donde con presta diligencia derriban los que están
en pié, y vuelven á alzar los caidos, y esto por la mano de quien lo
puede hacer. Mira pues si en el discurso de nuestra vida habremos
visto jugar á los bolos, y si hemos visto por esto haber vuelto á ser
hombres, si es que lo somos.
BERGANZA. Digo que tienes razon, Cipion hermano, y que eres mas
discreto de lo que pensaba; y de lo que has dicho vengo á pensar
y creer que todo lo que hasta aquí hemos pasado, y lo que estamos
pasando, es sueño, y que somos perros; pero no por esto dejemos de
gozar deste bien de la habla que tenemos y de la escelencia tan grande
de tener discurso humano todo el tiempo que pudiéremos; y así no te
canse el oirme contar lo que me pasó con los jitanos que me escondieron
en la cueva.
CIPION. De buena gana te escucho por obligarte á que me escuches,
cuando te cuente, si el cielo fuere servido, los sucesos de mi vida.
BERGANZA. La que tuve con los jitanos fué considerar en aquel tiempo
sus muchas malicias, sus embaimientos y embustes, los hurtos en que se
ejercitan así jitanas como jitanos desde el punto casi que salen de las
mantillas y saben andar: ¿ves la multitud que hay dellos esparcida por
España? pues todos se conocen y tienen noticia los unos de los otros, y
trasiegan y trasponen los hurtos destos en aquellos, y los de aquellos
en estos: dan la obediencia mejor que á su rey, á uno que llaman
conde, el cual y todos los que dél suceden, tienen el sobrenombre de
Maldonado; y no porque vengan del apellido deste noble linaje, sino
porque un paje de un caballero deste nombre se enamoró de una jitana
muy hermosa, la cual no le quiso conceder su amor si no se hacia jitano
y la tomaba por mujer: hízolo así el paje, y agradó tanto á los demas
jitanos, que le alzaron por señor, y le dieron la obediencia; y como
en señal de vasallaje le acuden con parte de los hurtos que hacen,
como sean de importancia. Ocúpanse, por dar color á su ociosidad, en
labrar cosas de hierro, haciendo instrumentos con que facilitan sus
hurtos; y así los verás siempre traer á vender por las calles, tenazas,
barrenas, martillos, y ellas, trébedes y badiles: todas ellas son
parteras, y en esto llevan ventaja á las nuestras, porque sin costa ni
adherentes sacan sus partos á luz y lavan criaturas con agua fria en
naciendo; y desde que nacen hasta que mueren se curten y muestran á
sufrir las inclemencias y rigores del cielo; y así verás que todos son
alentados, volteadores, corredores y bailadores: cásanse siempre entre
ellos, porque no salgan sus malas costumbres á ser conocidas de otros:
ellas guardan el decoro á sus maridos, y pocas hay que les ofendan
con otros que no sean de su generacion: cuando piden limosna, mas la
sacan con invenciones y chocarrerías que con devociones, y á título
que no hay quien se fie dellas, no sirven, y dan en ser holgazanas; y
pocas ó ninguna vez he visto, si mal no me acuerdo, ninguna jitana al
pié del altar comulgando, puesto que muchas veces he entrado en las
iglesias: son sus pensamientos imaginar cómo han de engañar y dónde han
de hurtar: confieren sus hurtos y el modo que tuvieron en hacellos: y
así un dia contó un jitano delante de mí á otros un engaño y hurto que
un dia habia hecho á un labrador: y fué que el jitano tenia un asno
rabon, y en el pedazo de la cola que tenia sin cerdas le ingirió otra
peluda, que parecia ser suya natural: sacóle al mercado, comprósele
un labrador por diez ducados, y en habiéndosele vendido y cobrado el
dinero, le dijo que si queria comprarle otro asno hermano del mismo,
y tan bueno como el que llevaba, que se le venderia por mas buen
precio. Respondióle el labrador que fuese por él y le trujese, que él
se le compraria, y que en tanto que volviese llevaria el comprado á
su posada. Fuése el labrador, siguióle el jitano, y sea como sea, el
jitano tuvo maña de hurtar al labrador el asno que le habia vendido, y
al mismo instante le quitó la cola postiza y quedó con la suya pelada:
mudóle la albarda y jáquima, y atrevióse á ir á buscar al labrador
para que se le comprase: hallóle ántes que hubiese echado ménos el
asno primero; y á pocos lances compró el segundo: fuésele á pagar á la
posada, donde halló ménos la bestia á la bestia; y aunque lo era mucho,
sospechó que el jitano se le habia hurtado, y no queria pagarle: acudió
el jitano por testigos, y trujo á los que habian cobrado la alcabala
del primer jumento, y juraron que el jitano habia vendido al labrador
un asno con una cola muy larga y muy diferente del asno segundo que
vendia. Á todo esto se halló presente un alguacil, que hizo las partes
del jitano con tantas veras, que el labrador hubo de pagar el asno dos
veces. Otros muchos hurtos contaron, y todos ó los mas de bestias, en
quien son ellos graduados, y en lo que mas se ejercitan. Finalmente,
ella es mala gente, y aunque muchos y muy prudentes jueces han salido
contra ellos, no por eso se enmiendan.
»Al cabo de veinte dias me quisieron llevar á Murcia: pasé por Granada,
donde ya estaba el capitan, cuyo atambor era mi amo: como los jitanos
lo supieron, me encerraron en un aposento del meson donde vivian:
oíles decir la causa, no me pareció bien el viaje que llevaban, y así
determiné soltarme como lo hice, y saliéndome de Granada, di en una
huerta de un morisco que me acogió de buena voluntad, y yo quedé con
mejor, pareciéndome que no me queria para mas que para guardarle la
huerta, oficio á mi cuenta de ménos trabajo que el de guardar ganado; y
como no habia allí altercar sobre tanto mas cuanto al salario, fué cosa
fácil hallar el morisco criado á quien mandar, y yo amo á quien servir.
Estuve con él mas de un mes, no por el gusto de la vida que tenia, sino
por el que me daba saber la de mi amo, y por ella la de todos cuantos
moriscos viven en España. ¡Oh cuántas y cuáles cosas te pudiera decir,
Cipion amigo, desta morisca canalla, si no temiera no poderlas dar fin
en dos semanas! Y si las hubiera de particularizar, no acabara en dos
meses; mas en efeto habré de decir algo, y así oye en general lo que yo
vi y noté en particular desta buena gente.
»Por maravilla se hallará entre tantos uno que crea derechamente en
la sagrada ley cristiana: todo su intento es acuñar y guardar dinero
acuñado, y para conseguirle trabajan y no comen: en entrando el real
en su poder, como no sea sencillo le condenan á cárcel perpetua y á
escuridad eterna: de modo que ganando siempre, y gastando nunca, llegan
y amontonan la mayor cantidad de dinero que hay en España: ellos son
su hucha, su polilla, sus picazas y sus comadrejas: todo lo allegan,
todo lo esconden y todo lo tragan: considérese que ellos son muchos y
que cada dia ganan y esconden poco ó mucho, y que una calentura lenta
acaba la vida como la de un tabardillo, y como van creciendo se van
aumentando los escondedores, que crecen y han de crecer en infinito,
como la esperiencia lo muestra: entre ellos no hay castidad ni entran
en religion ellos ni ellas: todos se casan, todos multiplican,
porque el vivir sobriamente aumenta las causas de la generacion; no
los consume la guerra, ni ejercicio que demasiadamente los trabaje;
róbannos á pié quedo, y con los frutos de nuestras heredades que nos
revenden se hacen ricos; no tienen criados, porque todos lo son de sí
mismos; no gastan con sus hijos en los estudios, porque su ciencia
no es otra que la del robarnos: de los doce hijos de Jacob que he
oido decir que entraron en Egipto, cuando los sacó Moysen de aquel
cautiverio, salieron seiscientos mil varones sin niños y mujeres:
de aquí se podrá inferir lo que multiplicarán las destos, que sin
comparacion son en mayor número.
CIPION. Buscado se ha remedio para todos los daños que has apuntado y
bosquejado en sombra, que bien sé que son mas y mayores los que callas,
que los que cuentas, y hasta ahora no se ha dado con el que conviene;
pero celadores prudentísimos tiene nuestra república, que considerando
que España cria y tiene en su seno tantas víboras como moriscos,
ayudados de Dios hallarán á tanto daño cierta, presta y segura salida:
dí adelante.
BERGANZA. Como mi amo era mezquino, como lo son todos los de su casta,
sustentábame con pan de mijo, y con algunas sobras de zahinas, comun
sustento suyo; pero esta miseria me ayudó á llevar el cielo por un
modo tan estraño, como el que ahora oirás. Cada mañana juntamente con
el alba amanecia sentado al pié de un granado, de muchos que en la
huerta habia, un mancebo al parecer estudiante, vestido de bayeta, no
tan negra ni tan peluda, que no pareciese parda y tundida: ocupábase
en escribir en un cartapacio, y de cuando en cuando se daba palmadas
en la frente, y se mordia las uñas, estando mirando al cielo: y otras
veces se ponia tan imaginativo, que no movia pié ni mano, ni aun las
pestañas: tal era su embelesamiento. Una vez me llegué junto á él
sin que me echase de ver: oíle murmurar entre dientes, y al cabo de
un buen espacio dió una gran voz, diciendo: Vive el Señor, que es la
mejor octava que he hecho en todos los dias de mi vida; y escribiendo á
priesa en su cartapacio, daba muestras de gran contento: todo lo cual
me dió á entender que el desdichado era poeta: hícele mis acostumbradas
caricias, por asegurarle de mi mansedumbre: echéme á sus piés, y él
con seguridad prosiguió en sus pensamientos, y tornó á rascarse la
cabeza, y á sus arrobos, y á volver á escribir lo que habia pensado.
Estando en esto entró en la huerta otro mancebo galan y bien aderezado,
con unos papeles en la mano, en los cuales de cuando en cuando leia:
llegó donde estaba el primero, y díjole: ¿Habeis acabado la primera
jornada? Ahora le di fin, respondió el poeta, lo mas gallardamente que
imaginarse puede. ¿De qué manera? preguntó el segundo. Desta, respondió
el primero. Sale su Santidad el papa vestido de pontifical, con doce
cardenales, todos vestidos de morado, porque cuando sucedió el caso
que cuenta la historia de mi comedia, era tiempo de -mutatio caparum-,
en el cual los cardenales no se visten de rojo, sino de morado; y así
en todas maneras conviene para guardar la propiedad, que estos mis
cardenales salgan de morado, y este es un punto que hace mucho al caso
para la comedia, y á buen seguro dieran en él, y así hacen á cada paso
mil impertinencias y disparates: yo no he podido errar en esto, porque
he leido todo el ceremonial romano por solo acertar en estos vestidos.
¿Pues de dónde quereis vos, replicó el otro, que tenga mi autor
vestidos morados para doce cardenales? Pues si me quita uno tan solo,
respondió el poeta, así le daré yo mi comedia, como volar: ¡cuerpo de
tal! ¿esta apariencia tan grandiosa se ha de perder? Imaginad vos desde
aquí lo que parecerá en un teatro un sumo pontífice con doce graves
cardenales, y con otros ministros de acompañamiento que forzosamente
han de traer consigo: ¡vive el cielo que sea uno de los mayores y mas
altos espectáculos, que se haya visto en comedia, aunque sea la del
-Ramillete de Daraja-!
»Aquí acabé de entender que el uno era poeta, y el otro comediante. El
comediante aconsejó al poeta que cercenase algo de los cardenales, si
no queria imposibilitar al autor el hacer la comedia. Á lo que dijo
el poeta, que le agradeciesen que no habia puesto todo el cónclave
que se halló junto al acto memorable que pretendia traer á la memoria
de las gentes en su felicísima comedia. Riyóse el recitante, y dejóle
en su ocupacion, por irse á la suya, que era estudiar un papel de una
comedia nueva. El poeta, despues de haber escrito algunas coplas de su
magnífica comedia, con mucho sosiego y espacio sacó de la faldriquera
algunos mendrugos de pan, y obra de veinte pasas, que á mi parecer
entiendo que se las conté, y aun estoy en duda si eran tantas, porque
juntamente con ellas hacian bulto ciertas migajas de pan, que las
acompañaban: sopló y apartó las migajas, y una á una se comió las
pasas y los palillos, porque no le vi arrojar ninguno, ayudándolas
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