»Aquí fué ello, aquí me tuvo de nuevo Dios de su mano: fuí á ver mi
baul, y halléle abierto, y como sepultura que esperaba cuerpo difunto,
y á buena razon habia de ser el mio, si yo tuviera entendimiento para
saber sentir y ponderar tamaña desgracia.
--Bien grande fué, dijo á esta sazon el licenciado Peralta, haberse
llevado Doña Estefanía tanta cadena y tanto cintillo; que como suele
decirse, todos los duelos, etc.
--Ninguna pena me dió esa falta, respondió el alférez, pues tambien
podré decir: Pensóse D. Simueque que me engañaba con su hija la tuerta,
y por el Dios contrecho soy de un lado.
--No sé á qué propósito puede vuesa merced decir eso, respondió Peralta.
--El propósito es, respondió el alférez, de que toda aquella balumba y
aparato de cadenas, cintillos y brincos, podia valer hasta diez ó doce
escudos.
--Eso no es posible, replicó el licenciado, porque la que el señor
alférez traia al cuello, mostraba pesar mas de docientos ducados.
--Así fuera, respondió el alférez, si la verdad respondiera al parecer;
pero como no es todo oro lo que reluce, las cadenas, cintillos, joyas,
brincos, con solo ser de alquimia se contentaron, pero estaban tan bien
hechas, que solo el toque ó el fuego podia descubrir su malicia.
--Desa manera, dijo el licenciado, entre vuesa merced y la señora Doña
Estefanía, pata es la traviesa.
--Y tan pata, respondió el alférez, que podemos volver á barajar; pero
el daño está, señor licenciado, en que ella se podrá deshacer de mis
cadenas, y yo no de la falsía de su término; y en efecto, mal que me
pese es prenda mia.
--Dad gracias á Dios, señor Campuzano, dijo Peralta, que fué prenda con
piés, y que se os ha ido, y que no estais obligado á buscarla.
--Así es, respondió el alférez; pero con todo esto, sin que la busque
la hallo siempre en la imaginacion, y adonde quiera que estoy tengo mi
afrenta presente.
--No sé qué responderos, dijo Peralta, sino es traeros á la memoria dos
versos de Petrarca, que dicen:
Ché chi prende diletto di far frode,
Non si de’ lamentar s’altri l’inganna.
Que responden en nuestro castellano: Que el que tiene costumbre y gusto
de engañar á otro, no se debe quejar cuando es engañado.
--Yo no me quejo, respondió el alférez, sino lastímome: que el culpado,
no por conocer su culpa, deja de sentir la pena del castigo: bien veo
que quise engañar y fuí engañado, porque me hirieron por mis propios
filos; pero no puedo tener tan á raya el sentimiento, que no me queje
de mí mismo. Finalmente, por venir á lo que hace mas al caso á mi
historia (que este nombre se le puede dar al cuento de mis sucesos),
digo que supe que se habia llevado á Doña Estefanía el primo que dije
que se halló á nuestros desposorios, el cual de luengos tiempos atras
era su amigo á todo ruedo: no quise buscarla, por no hallar el mal
que me faltaba: mudé posada, y mudé el pelo dentro de pocos dias;
porque comenzaron á pelárseme las cejas y las pestañas, y poco á poco
me dejaron los cabellos, y ántes de edad me hice calvo, dándome una
enfermedad que llaman lupicia, y por otro nombre mas claro la pelarela:
halléme verdaderamente hecho pelon; porque ni tenia barbas que peinar,
ni dineros que gastar: fué la enfermedad caminando al paso de mi
necesidad, y como la pobreza atropella á la honra, y á unos lleva á la
horca, y á otros al hospital, y á otros les hace entrar por las puertas
de sus enemigos con ruegos y sumisiones, que es una de las mayores
miserias que puede suceder á un desdichado, por no gastar en curarme
los vestidos que me habian de cubrir y honrar en salud, llegado el
tiempo en que se dan los sudores en el hospital de la Resurreccion, me
entré en él, donde he tomado cuarenta sudores: dicen que quedaré sano,
si me guardo: espada tengo, lo demas Dios lo remedie.
Ofreciósele de nuevo el licenciado, admirándose de las cosas que le
habia contado.
--Pues de poco se maravilla vuesa merced, señor Peralta, dijo el
alférez, que otros sucesos me quedan por decir que esceden á toda
imaginacion, pues van fuera de todos los términos de naturaleza: no
quiera vuesa merced saber mas, sino que son de suerte que doy por bien
empleadas todas mis desgracias, por haber sido parte de haberme puesto
en el hospital, donde vi lo que ahora diré, que es lo que ahora ni
nunca vuesa merced podrá creer, ni habrá persona en el mundo que lo
crea.
Todos estos preámbulos y encarecimientos, que el alférez hacia ántes de
contar lo que habia visto, encendian el deseo de Peralta, de manera que
con no menores encarecimientos le pidió que luego luego le dijese las
maravillas que le quedaban por decir.
--Ya vuesa merced habrá visto, dijo el alférez, dos perros que con dos
linternas andan de noche con los hermanos de la Capacha, alumbrándoles
cuando piden limosna.
--Sí he visto, respondió Peralta.
--Tambien habrá visto ó oido vuesa merced, dijo el alférez, lo que
dellos se cuenta, que si acaso echan limosna de las ventanas y se cae
en el suelo, ellos acuden luego á alumbrar, á buscar lo que se cae, y
se paran delante de las ventanas, donde saben que tienen costumbre de
darles limosna, y con ir allí con tanta mansedumbre, que mas parecen
corderos que perros, en el hospital son unos leones, guardando la casa
con grande cuidado y vigilancia.
--Yo he oido decir, dijo Peralta, que todo es así; pero eso no me puede
ni debe causar maravilla.
--Pues lo que ahora diré dellos, dijo el alférez, es razon que la
cause, y que sin hacerse cruces, ni alegar imposibles ni dificultades,
vuesa merced se acomode á creerlo; y es que yo oí y casi vi con
mis ojos á estos dos perros, que el uno se llamaba Cipion, el otro
Berganza, estar una noche, que fué la penúltima que acabé de sudar,
echados detras de mi cama en unas esteras viejas, y á la mitad de
aquella noche, estando á escuras y desvelado, pensando en mis pasados
sucesos y presentes desgracias, oí hablar allí junto, y estuve con
atento oido escuchando, por ver si podia venir en conocimiento de los
que hablaban, y de lo que hablaban, y á poco rato vine á conocer, por
lo que hablaban, los que hablaban, que eran los dos perros Cipion y
Berganza.
Apénas acabó de decir esto Campuzano, cuando levantándose el
licenciado, dijo:
--Vuesa merced quede mucho en buen hora, señor Campuzano, que hasta
aquí estaba en duda si creeria ó no lo que de su casamiento me habia
contado; y esto que ahora me cuenta de que oyó hablar los perros, me
ha hecho declarar por la parte de no creelle ninguna cosa: por amor de
Dios, señor alférez, que no cuente estos disparates á persona alguna,
si ya no fuere á quien sea tan su amigo como yo.
--No me tenga vuesa merced por tan ignorante, replicó Campuzano, que no
entienda que, si no es por milagro, no pueden hablar los animales: que
bien sé que si los tordos, picazas y papagayos hablan, no son sino las
palabras que aprenden y toman de memoria, y por tener la lengua estos
animales cómoda para poder pronunciarlas; mas no por esto pueden hablar
y responder con discurso concertado, como estos perros hablaban; y así
muchas veces despues que los oí, yo mismo no he querido dar crédito á
mí mismo, y he querido tener por cosa soñada lo que realmente estando
despierto con todos mis cinco sentidos, tales cuales nuestro Señor fué
servido dármelos, oí, escuché, noté, y finalmente escribí sin faltar
palabra por su concierto, de donde se puede tomar indicio bastante
que mueva y persuada á creer esta verdad que digo: las cosas de que
trataron fueron grandes y diferentes, y mas para ser tratadas por
varones sabios, que para ser dichas de bocas de perros: así que, pues
yo no las pude inventar de mio, á mi pesar y contra mi opinion vengo á
creer que no soñaba, y que los perros hablaban.
--¡Cuerpo de mí, replicó el licenciado, si se nos ha vuelto el tiempo
de Maricastaña, cuando hablaban las calabazas, ó el de Esopo, cuando
departia el gallo con la zorra y unos animales con otros!
--Uno dellos seria yo y el mayor, replicó el alférez, si creyese que
ese tiempo ha vuelto, y aun tambien lo seria, si dejase de creer lo que
oí y lo que vi, y lo que me atreveré á jurar con juramento que obligue
y aun fuerce á que lo crea la misma incredulidad; pero puesto caso que
me haya engañado y que mi verdad sea sueño, y el porfiarla disparate,
¿no se holgara vuesa merced, señor Peralta, de ver escritas en un
coloquio las cosas que estos perros, ó sean quien fueren, hablaron?
--Como vuesa merced, replicó el licenciado, no se canse mas en
persuadirme que oyó hablar á los perros, de muy buena gana oiré ese
coloquio, que por ser escrito y notado del buen ingenio del señor
alférez, ya le juzgo por bueno.
--Pues hay en esto otra cosa, dijo el alférez, que como yo estaba
tan atento y tenia delicado el juicio, delicada, sotil y desocupada
la memoria (merced á las muchas pasas y almendras que habia comido),
todo lo tomé de coro, y casi por las mismas palabras que habia oido,
lo escribí otro dia, sin buscar colores retóricas para adornarlo, ni
que añadir ni quitar, para hacerle gustoso. No fué una noche sola la
plática, que fueron dos consecutivamente, aunque yo no tengo escrita
mas de una, que es la vida de Berganza; y la del compañero Cipion
pienso escribir (que fué la que se contó la noche segunda) cuando viere
ó que esta se crea, ó á lo ménos no se desprecie: el coloquio traigo
en el seno; púselo en forma de coloquio, por ahorrar de -dijo Cipion,
respondió Berganza-, que suele alargar la escritura.
Y en diciendo esto, sacó del pecho un cartapacio, y le puso en las
manos del licenciado, el cual le tomó riyéndose, y como haciendo burla
de todo lo que habia oido, y de lo que pensaba leer.
--Yo me recuesto, dijo el alférez, en esta silla, en tanto que vuesa
merced lee si quiere esos sueños ó disparates, que no tienen otra cosa
de bueno, sino es el poderlos dejar cuando enfaden.
--Haga vuesa merced su gusto, dijo Peralta, que yo con brevedad me
despediré desta letura.
Recostóse el alférez, abrió el licenciado el cartapacio, y en el
principio vió que estaba puesto este título:
COLOQUIO QUE PASO ENTRE CIPION Y BERGANZA,
PERROS DEL HOSPITAL DE LA RESURRECCION,
QUE ESTÁ EN LA CIUDAD DE VALLADOLID, FUERA DE LA PUERTA DEL CAMPO, Á
QUIEN COMUNMENTE LLAMAN LOS PERROS DE MAHUDES.
CIPION. Berganza amigo, dejemos esta noche el hospital en guarda de la
confianza, y retirémonos á esta soledad y entre estas esteras, donde
podremos gozar sin ser sentidos desta no vista merced que el cielo en
un mismo punto á los dos nos ha hecho.
BERGANZA. Cipion hermano, óyote hablar, y sé que te hablo, y no puedo
creerlo, por parecerme que el hablar nosotros pasa de los términos de
naturaleza.
CIPION. Así es la verdad, Berganza, y viene á ser mayor este milagro,
en que no solamente hablamos, sino en que hablamos con discurso, como
si fuéramos capaces de razon, estando tan sin ella, que la diferencia
que hay del animal bruto al hombre, es ser el hombre animal racional, y
el bruto irracional.
BERGANZA. Todo lo que dices, Cipion, entiendo, y el decirlo tú y
entenderlo yo, me causa nueva admiracion y nueva maravilla; bien es
verdad, que en el discurso de mi vida, diversas y muchas veces he oido
decir grandes prerogativas nuestras, tanto que parece que algunos han
querido sentir que tenemos un natural distinto, tan vivo y tan agudo en
muchas cosas, que da indicios y señales de faltar poco para mostrar que
tenemos un no sé qué de entendimiento, capaz de discurso.
CIPION. Lo que yo he oido alabar y encarecer, es nuestra mucha memoria,
el agradecimiento y gran fidelidad nuestra, tanto que nos suelen pintar
por símbolo de la amistad; y así habrás visto (si has mirado en ello)
que en las sepulturas de alabastro, donde suelen estar las figuras de
los que allí están enterrados, cuando son marido y mujer, ponen entre
los dos, á los piés, una figura de perro, en señal que se guardaron en
la vida amistad y fidelidad inviolable.
BERGANZA. Bien sé que ha habido perros tan agradecidos, que se han
arrojado con los cuerpos difuntos de sus amos en la misma sepultura:
otros han estado sobre las sepulturas donde estaban enterrados sus
señores, sin apartarse dellas, sin comer hasta que se les acababa la
vida: sé tambien que despues del elefante, el perro tiene el primer
lugar de parecer que tiene entendimiento: luego el caballo, y el último
la jimia.
CIPION. Ansí es; pero bien confesarás que ni has visto ni oido decir
jamas que haya hablado ningun elefante, perro, caballo ó mona: por
donde me doy á entender que este nuestro hablar tan de improviso, cae
debajo del número de aquellas cosas que llaman portentos, las cuales
cuando se muestran y parecen, tiene averiguado la esperiencia que
alguna calamidad grande amenaza á las gentes.
BERGANZA. Desa manera no haré yo mucho en tener por señal portentosa lo
que oí decir los dias pasados á un estudiante, pasando por Alcalá de
Henáres.
CIPION. ¿Qué le oiste decir?
BERGANZA. Que de cinco mil estudiantes que cursaban aquel año en la
universidad, los dos mil oian medicina.
CIPION. Pues ¿qué vienes á inferir deso?
BERGANZA. Infiero, ó que estos dos mil médicos han de tener enfermos
que curar (que seria harta plaga y mala ventura), ó ellos se han de
morir de hambre.
CIPION. Pero sea lo que fuere, nosotros hablamos, sea portento ó no,
que lo que el cielo tiene ordenado que suceda, no hay diligencia ni
sabiduría humana que lo pueda prevenir: y así no hay para qué ponernos
á disputar nosotros cómo ó por qué hablamos: mejor será que este
buen dia ó buena noche la metamos en nuestra casa, y pues la tenemos
tan buena en estas esteras, y no sabemos cuánto durará esta nuestra
ventura, sepamos aprovecharnos della, y hablemos toda esta noche, sin
dar lugar al sueño que nos impida este gusto, de mí por largos tiempos
deseado.
BERGANZA. Y aun de mí, que desde que tuve fuerzas para roer un hueso,
tuve deseo de hablar para decir cosas que depositaba en la memoria, y
allí de antiguas y muchas, ó se enmohecian, ó se me olvidaban; empero
ahora, que tan sin pensarlo me veo enriquecido deste divino don de la
habla, pienso gozarle y aprovecharme dél lo mas que pudiere, dándome
priesa á decir todo aquello que se me acordare, aunque sea atropellada
y confusamente, porque no sé cuándo me volverán á pedir este bien, que
por prestado tengo.
CIPION. Sea esta la manera, Berganza amigo, que esta noche me cuentes
tu vida, y los trances por donde has venido al punto en que ahora te
hallas; y si mañana en la noche estuviéremos con habla, yo te contaré
la mia, porque mejor será gastar el tiempo en contar las propias, que
en procurar saber las ajenas vidas.
BERGANZA. Siempre, Cipion, te he tenido por discreto y por amigo, y
ahora mas que nunca, pues como amigo quieres decirme tus sucesos y
saber los mios, y como discreto has repartido el tiempo, donde podamos
manifestallos; pero advierte primero, si nos oye alguno.
CIPION. Ninguno, á lo que creo, puesto que aquí cerca está un soldado
tomando sudores; pero en esta sazon mas estará para dormir que para
ponerse á escuchar á nadie.
BERGANZA. Pues si puedo hablar con ese seguro, escucha, y si te cansare
lo que te fuere diciendo, ó me reprende, ó manda que calle.
CIPION. Habla hasta que amanezca, ó hasta que seamos sentidos, que yo
te escucharé de muy buena gana, sin impedirte, sino cuando viere ser
necesario.
BERGANZA. Paréceme que la primera vez que vi el sol, fué en Sevilla,
y en su matadero, que está fuera de la puerta de la Carne; por donde
imaginara (si no fuera por lo que despues diré) que mis padres debieron
de ser alanos de aquellos que crian los ministros de aquella confusion,
á quien llaman jiferos: el primero que conocí por amo, fué uno llamado
Nicolas el Romo, mozo robusto, doblado y colérico, como lo son todos
aquellos que ejercitan la jifería: este tal Nicolas me enseñaba á mí y
á otros cachorros, á que en compañía de alanos viejos arremetiésemos á
los toros, y les hiciésemos presa de las orejas: con mucha facilidad
salí un águila en esto.
CIPION. No me maravillo, Berganza, que como el hacer mal viene de
natural cosecha, fácilmente se aprende el hacerle.
BERGANZA. ¿Qué te diria, Cipion hermano, de lo que vi en aquel
matadero, y de las cosas exorbitantes que en él pasan? Primero has de
presuponer, que todos cuantos en él trabajan, desde el menor hasta el
mayor, es gente ancha de conciencia, desalmada, sin temer al rey ni
á su justicia: los mas, amancebados: son aves de rapiña carniceras:
mantiénense ellos y sus amigas de lo que hurtan: todas las mañanas
que son dias de carne, ántes que amanezca están en el matadero gran
cantidad de mujercillas y muchachos, todos con talegas, que viniendo
vacías, vuelven llenas de pedazos de carne, y las criadas con
criadillas y lomos medio enteros: no hay res alguna que se mate, de
quien no lleve esta gente diezmos y primicias de lo mas sabroso y bien
parado; y como en Sevilla no hay obligado de la carne, cada uno puede
traer la que quisiere, y la que primero se mata ó es la mejor, ó la de
mas baja postura; y con este concierto hay siempre mucha abundancia:
los dueños se encomiendan á esta buena gente que he dicho, no para que
no les hurten (que esto es imposible), sino para que se moderen en las
tajadas y socaliñas que hacen en las reses muertas, que las escamondan
y podan, como si fuesen sauces ó parras; pero ninguna cosa me admiraba
mas ni me parecia peor, que el ver que estos jiferos con la misma
facilidad matan á un hombre, que á una vaca; por quítame allá esa paja,
á dos por tres, meten un cuchillo de cachas amarillas por la barriga
de una persona, como si acocotasen un toro: por maravilla se pasa dia
sin pendencias y sin heridas, y á veces sin muertes: todos se pican de
valientes, y aun tienen sus puntas de rufianes: no hay ninguno que no
tenga su ángel de guarda en la plaza de San Francisco, granjeado con
lomos y lenguas de vaca: finalmente, oí decir á un hombre discreto, que
tres cosas tenia el rey por ganar en Sevilla: la calle de la Caza, la
Costanilla y el Matadero.
CIPION. Si en contar las condiciones de los amos que has tenido y las
faltas de sus oficios, te has de estar, amigo Berganza, tanto como
esta vez, menester será pedir al cielo nos conceda la habla siquiera
por un año, y aun temo que al paso que llevas, no llegarás á la mitad
de tu historia: y quiérote advertir de una cosa, de la cual verás la
esperiencia cuando te cuente los sucesos de mi vida; y es que los
cuentos unos encierran y tienen la gracia en ellos mismos, otros en el
modo de contarlos: quiero decir, que algunos hay, que aunque se cuenten
sin preámbulos y ornamentos de palabras, dan contento; otros hay, que
es menester vestirlos de palabras, y con demostraciones del rostro y
de las manos, y con mudar la voz se hacen algo de nonada, y de flojos
y desmayados se vuelven agudos y gustosos; y no se te olvide este
advertimiento para aprovecharte dél en lo que te queda por decir.
BERGANZA. Yo lo haré así, si pudiere, y si me da lugar la grande
tentacion que tengo de hablar, aunque me parece que con grandísima
dificultad me podré ir á la mano.
CIPION. Véte á la lengua, que en ella consisten los mayores daños de la
humana vida.
BERGANZA. Digo pues que mi amo me enseñó á llevar una espuerta en la
boca, y á defenderla de quien quitármela quisiese: enseñóme tambien
la casa de su amiga, y con esto se escusó la venida de su criada al
matadero, porque yo le llevaba las madrugadas lo que él habia hurtado
las noches: y un dia, que entre dos luces iba yo diligente á llevarle
la porcion, oí que me llamaban por mi nombre desde una ventana; alcé
los ojos, y vi una moza hermosa en estremo; detúveme un poco, y ella
bajó á la puerta de la calle, y me tornó á llamar: lleguéme á ella como
si fuera á ver lo que me queria, que no fué otra cosa que quitarme
lo que llevaba en la cesta, y ponerme en su lugar un chapin viejo:
entónces dije entre mí: la carne se ha ido á la carne. Díjome la moza
en habiéndome quitado la carne: Andad, Gavilan, ó como os llamais, y
decid á Nicolas el Romo, vuestro amo, que no se fie de animales, y que
del lobo un pelo, y ese de la espuerta. Bien pudiera yo volver á quitar
lo que me quitó, pero no quise, por no poner mi boca jifera y sucia en
aquellas manos limpias y blancas.
CIPION. Hiciste muy bien, por ser prerogativa de la hermosura, que
siempre se le tenga respeto.
BERGANZA. Así lo hice yo, y así me volví á mi amo sin la porcion, y con
el chapin: parecióle que volví presto, vió el chapin, imaginó la burla,
sacó uno de cachas, y tiróme una puñalada, que á no desviarme, nunca tú
oyeras ahora este cuento, ni aun otros muchos que pienso contarte. Puse
piés en polvorosa, y tomando el camino en las manos y en los piés por
detras de San Bernardo, me fuí por aquellos campos de Dios, adonde la
fortuna quisiese llevarme. Aquella noche dormí al cielo abierto, y otro
dia me deparó la suerte un hato ó rebaño de ovejas y carneros: así como
le vi, creí que habia hallado en él el centro del reposo, pareciéndome
ser propio y natural oficio de los perros guardar ganado, que es obra
donde se encierra una virtud grande, como es amparar y defender de
los poderosos y soberbios los humildes y los que poco pueden. Apénas
me hubo visto uno de tres pastores que el ganado guardaban, cuando
diciendo, to to, me llamó, y yo, que otra cosa no deseaba, me llegué á
él, bajando la cabeza y meneando la cola: trújome la mano por el lomo,
abrióme la boca, escupióme en ella, miróme las presas, conoció mi edad,
y dijo á otros pastores, que yo tenia todas las señales de ser perro
de casta. Llegó á este instante el señor del ganado sobre una yegua
rucia á la gineta, con lanza y adarga, que mas parecia atajador de la
costa, que señor de ganado: preguntó al pastor: ¿Qué perro es este, que
tiene señales de ser bueno? Bien lo puede vuesa merced creer, respondió
el pastor, que yo le he cotejado bien, y no hay señal en él que no
muestre y prometa que ha de ser un gran perro: agora se llegó aquí,
y no sé cúyo sea, aunque sé que no es de los rebaños de la redonda.
Pues así es, respondió el señor, ponle luego el collar de Leoncillo,
el perro que se murió, y denle la racion que á los demas, y acaríciale
todo cuanto pudieres, porque tome cariño al hato, y se quede de hoy
adelante en él. En diciendo esto se fué, y el pastor me puso luego
al cuello unas carlancas llenas de puntas de acero, habiéndome dado
primero en un dornajo gran cantidad de sopas en leche, y asimismo me
puso nombre, y me llamó Barcino. Vime harto y contento con el segundo
amo, y con el nuevo oficio: mostréme solícito y diligente en la guarda
del rebaño, sin apartarme dél sino las siestas que me iba á pasarlas
ó ya á la sombra de algun árbol, ó de algun ribazo, ó peña, ó á la de
alguna mata, ó á la márgen de algun arroyo de los muchos que por allí
corrian; y estas horas de mi sosiego no las pasaba ociosas, porque en
ellas ocupaba la memoria en acordarme de muchas cosas, especialmente en
la vida que habia tenido en el matadero, y en la que tenia mi amo, y
todos los que como él están sujetos á cumplir los gustos impertinentes
de sus amigas: ¡oh qué de cosas te pudiera decir ahora, de las que
aprendí en la escuela de aquella jifera dama de mi amo! pero habrélas
de callar, porque no me tengas por largo y por murmurador.
CIPION. Por haber oido decir que dijo un gran poeta de los antiguos,
que era difícil cosa el escribir sátiras, consentiré que murmures un
poco de luz y no de sangre; quiero decir, que señales, y no hieras ni
des mate á ninguno en cosa señalada: que no es buena la murmuracion,
aunque haga reir mucho, si mata á uno; y si puedes agradar sin ella, te
tendré por muy discreto.
BERGANZA. Yo tomaré tu consejo y esperaré con gran deseo que llegue
el tiempo en que me cuentes tus sucesos; que de quien tan bien sabe
conocer y enmendar los defectos que tengo en contar los mios, bien se
puede esperar que contará los suyos de manera que enseñen y deleiten
á un mismo punto. Pero anudando el roto hilo de mi cuento, digo,
que en aquel silencio y soledad de mis siestas, entre otras cosas
consideraba que no debia de ser verdad lo que habia oido contar de la
vida de los pastores, á lo ménos de aquellos que la dama de mi amo
leia en unos libros cuando yo iba á su casa, que todos trataban de
pastores y pastoras, diciendo que se les pasaba toda la vida cantando
y tañendo con gaitas, zampoñas, rabeles y churumbelas, y con otros
instrumentos estraordinarios: deteníame á oirla leer, y leia cómo
el pastor de Anfriso cantaba estremada y divinamente, alabando á la
sin par Belisarda, sin haber en todos los montes de Arcadia árbol en
cuyo tronco no se hubiese sentado á cantar desde que salia el sol
en los brazos de la Aurora, hasta que se ponia en los de Tétis; y
aun despues de haber tendido la negra noche por la faz de la tierra
sus negras y escuras alas, él no cesaba de sus bien cantadas y mejor
lloradas quejas: no se le quedaba entre renglones el pastor Elicio, mas
enamorado que atrevido, de quien decia que sin atender á sus amores
ni á su ganado, se entraba en los cuidados ajenos: decia tambien que
el gran pastor de Fílida, único pintor de un retrato, habia sido mas
confiado que dichoso: de los desmayos de Sireno y arrepentimiento de
Diana, decia que daba gracias á Dios y á la sabia Felicia, que con
su agua encantada deshizo aquella máquina de enredos, y aclaró aquel
laberinto de dificultades: acordábame de otros muchos libros que de
este jaez le habia oido leer, pero no eran dignos de traerlos á la
memoria.
CIPION. Aprovechándote vas, Berganza, de mi aviso; murmura, pica, y
pasa, y sea tu intencion limpia, aunque la lengua no lo parezca.
BERGANZA. En estas materias nunca tropieza la lengua, si no cae primero
la intencion; pero si acaso por descuido ó por malicia murmurare,
responderé á quien me reprendiere, lo que respondió Mauleon, poeta
tonto, y académico de burla de la academia de los Imitadores, á uno que
le preguntó qué queria decir -Deum de Deo-, y respondió que: dé donde
diere.
CIPION. Esta fué respuesta de un simple; pero tú, si eres discreto ó
lo quieres ser, nunca has de decir cosa de que debas dar disculpa: dí
adelante.
BERGANZA. Digo que todos los pensamientos que he dicho, y muchos mas,
me causaron ver los diferentes tratos y ejercicios que mis pastores
y todos los demas de aquella marina tenian, de aquellos que habia
oido leer que tenian los pastores de los libros; porque si los mios
cantaban, no eran canciones acordadas y bien compuestas, sino un -cata
el lobo, do va Juanica-, y otras cosas semejantes, y esto no al son de
churumbelas, rabeles ó gaitas, sino al que hacia el dar un cayado con
otro ó al de algunas tejuelas puestas entre los dedos, y no con voces
delicadas, sonoras y admirables, sino con voces roncas, que solas ó
juntas parecia, no que cantaban, sino que gritaban ó gruñian: lo mas
del dia se les pasaba espulgándose ó remendándose sus abarcas: ni entre
ellos se nombraban Amarilis, Fílidas, Galateas y Dianas, ni habia
Lisardos, Lausos, Jacintos ni Riselos; todos eran Antones, Domingos,
Pablos ó Llorentes; por donde vine á entender lo que pienso que deben
de creer todos, que todos aquellos libros son cosas soñadas y bien
escritas para entretenimiento de los ociosos, y no verdad alguna: que á
serlo, entre mis pastores hubiera alguna reliquia de aquella felicísima
vida y de aquellos amenos prados, espaciosas selvas, sagrados montes,
hermosos jardines, arroyos claros y cristalinas fuentes, y de aquellos
tan honestos cuanto bien declarados requiebros, y de aquel desmayarse
aquí el pastor, allí la pastora, acullá resonar la zampoña del uno, acá
el caramillo del otro.
CIPION. Basta, Berganza, vuelve á tu senda, y camina.
BERGANZA. Agradézcotelo, Cipion amigo, porque si no me avisaras, de
manera se me iba calentando la boca, que no parara hasta pintarte un
libro entero, destos que me tenian engañado; pero tiempo vendrá en que
lo diga todo con mejores razones y con mejor discurso que ahora.
CIPION. Mírate á los piés, y desharás la rueda, Berganza: quiero decir
que mires que eres un animal que carece de razon, y si ahora muestras
tener alguna, ya hemos averiguado entre los dos ser cosa sobrenatural y
jamas vista.
BERGANZA. Eso fuera así, si yo estuviera en mi primera ignorancia; mas
ahora que me ha venido á la memoria lo que te habia de haber dicho al
principio de nuestra plática, no solo no me maravillo de lo que hablo,
pero espántome de lo que dejo de hablar.
CIPION. Pues ahora ¿no puedes decir lo que ahora se te acuerda?
BERGANZA. Es una cierta historia que me pasó con una grande hechicera,
discípula de la Camacha de Montilla.
CIPION. Digo que me la cuentes ántes que pases mas adelante en el
cuento de tu vida.
BERGANZA. Eso no haré yo por cierto hasta su tiempo; ten paciencia, y
escucha por su órden mis sucesos que así te darán mas gusto, si ya no
te fatiga querer saber los medios ántes de los principios.
CIPION. Sé breve, y cuenta lo que quisieres y como quisieres.
BERGANZA. Digo pues, que yo me hallaba bien con el oficio de guardar
ganado, por parecerme que comia el pan de mi sudor y trabajo, y que la
ociosidad, raíz y madre de todos los vicios, no tenia que ver conmigo,
á causa que si los dias holgaba, las noches no dormia, dándonos asaltos
á menudo, y tocándonos al arma los lobos; y apénas me habian dicho los
pastores, al lobo, Barcino, cuando acudia primero que los otros perros
á la parte que me señalaban que estaba el lobo: corria los valles,
escudriñaba los montes, desentrañaba las selvas, saltaba barrancos,
cruzaba caminos, y á la mañana volvia al hato, sin haber hallado lobo
ni rastro dél, anhelando, cansado, hecho pedazos y los piés abiertos
de los garranchos, y hallaba en el hato, ó ya una oveja muerta, ó
un carnero degollado y medio comido del lobo: desesperábame de ver
de cuán poco servia mi mucho cuidado y diligencia; venia el señor
del ganado, salian los pastores á recebirle con las pieles de la res
muerta: culpaba á los pastores por negligentes, y mandaba castigar á
los perros por perezosos: llovian sobre nosotros palos, y sobre ellos
reprensiones; y así viéndome un dia castigado sin culpa, y que mi
cuidado, lijereza y braveza no eran de provecho para coger el lobo,
determiné de mudar estilo, no desviándome á buscarle, como tenia de
costumbre, léjos del rebaño, sino estarme junto á él, que pues el lobo
allí venia, allí seria mas cierta la presa: cada semana nos tocaban á
rebato, y en una escurísima noche tuve yo vista para ver los lobos, de
quien era imposible que el ganado se guardase: agachéme detras de una
mata, pasaron los perros mis compañeros adelante, y desde allí oteé y
vi que dos pastores asieron de un carnero de los mejores del aprisco, y
le mataron de manera que verdaderamente pareció á la mañana que habia
sido su verdugo el lobo: pasméme, quedé suspenso cuando vi que los
pastores eran los lobos, y que despedazaban el ganado los mismos que le
habian de guardar. Al punto hacian saber á su amo la presa del lobo,
dábanle el pellejo y parte de la carne, y comíanse ellos lo mas y lo
mejor: volvia á reñirles el señor, y volvia tambien el castigo de los
perros: no habia lobos, menguaba el rebaño: quisiera yo descubrillo,
hallábame mudo: todo lo cual me traia lleno de admiracion y de congoja:
¡Válame Dios! decia entre mí, ¿quién podrá remediar esta maldad?
¿quién será poderoso á dar á entender que la defensa ofende, que las
centinelas duermen, que la confianza roba, y que el que os guarda os
mata?
CIPION. Y deciais muy bien, Berganza, porque no hay mayor ni mas sutil
ladron que el doméstico, y así mueren muchos mas de los confiados que
de los recatados; pero el daño está en que es imposible que puedan
pasar bien las gentes en el mundo, si no se fia y se confía; mas
quédese aquí esto, que no quiero que parezcamos predicadores: pasa
adelante.
BERGANZA. Paso adelante, y digo que determiné dejar aquel oficio,
aunque parecia tan bueno, y escoger otro, donde por hacerle bien, ya
que no fuese remunerado, no fuese castigado: volvíme á Sevilla, y entré
á servir á un mercader muy rico.
CIPION. ¿Qué modo tenias para entrar con amo? porque segun lo que se
usa, con gran dificultad el dia de hoy halla un hombre de bien señor á
quien servir: muy diferentes son los señores de la tierra del Señor del
cielo: aquellos para recebir un criado primero le espulgan el linaje,
examinan la habilidad, le marcan la apostura, y aun quieren saber los
vestidos que tiene; pero para entrar á servir á Dios, el mas pobre es
mas rico, el mas humilde de mejor linaje, y con solo que se disponga
con limpieza de corazon á querer servirle, luego le manda poner en el
libro de sus gajes, señalándoselos tan aventajados, que de muchos y
grandes apénas pueden caber en su deseo.
BERGANZA. Todo eso es predicar, Cipion amigo.
CIPION. Así me lo parece á mí, y así callo.
BERGANZA. Á lo que me preguntaste del órden que tenia para entrar con
amo, digo que ya tú sabes que la humildad es la basa y fundamento
de todas virtudes, y que sin ella no hay ninguna que lo sea: ella
allana inconvenientes, vence dificultades, y es un medio que siempre
á gloriosos fines nos conduce; de los enemigos hace amigos, templa la
cólera de los airados y menoscaba la arrogancia de los soberbios: es
madre de la modestia y hermana de la templanza: en fin, con ella no
pueden atravesar triunfo que les sea de provecho los vicios; porque en
su blandura y mansedumbre se embotan y despuntan las flechas de los
pecados: desta pues me aprovechaba yo, cuando queria entrar á servir en
alguna casa, habiendo primero considerado y mirado muy bien ser casa
que pudiese mantener, y donde pudiese entrar un perro grande: luego
arrimábame á la puerta, y cuando á mi parecer entraba algun forastero,
le ladraba, y cuando venia el señor, bajaba la cabeza, y moviendo
la cola me iba á él, y con la lengua le limpiaba los zapatos: si me
echaban á palos, sufríalos, y con la misma mansedumbre volvia á hacer
halagos al que me apaleaba, que ninguno segundaba, viendo mi porfía y
mi noble término: desta manera á dos porfías me quedaba en casa: servia
bien, queríanme luego bien, y nadie me despidió, sino era que yo me
despidiese, ó por mejor decir, me fuese; y tal vez hallé amo, que este
fuera el dia que yo estuviera en su casa, si la contraria suerte no me
hubiera perseguido.
CIPION. De la misma manera que has contado, entraba yo con los amos que
tuve, y parece que nos leimos los pensamientos.
BERGANZA. Como en esas cosas nos hemos encontrado, si no me engaño,
y yo te las diré á su tiempo, como tengo prometido, y ahora escucha
lo que me sucedió despues que dejé el ganado en poder de aquellos
perdidos. Volvíme á Sevilla, como dije, que es amparo de pobres y
refugio de desechados, que en su grandeza no solo caben los pequeños,
pero no se echan de ver los grandes: arriméme á la puerta de una gran
casa de un mercader, hice mis acostumbradas diligencias, y á pocos
lances me quedé en ella: recebiéronme para tenerme atado detras de la
puerta de dia, y suelto de noche: servia con gran cuidado y diligencia,
ladraba á los forasteros y gruñia á los que no eran muy conocidos: no
dormia de noche, visitando los corrales, subiendo á los terrados, hecho
universal centinela de la mia y de las casas ajenas: agradóse tanto mi
amo de mi buen servicio, que mandó que me tratasen bien, y me diesen
racion de pan y los huesos que se levantasen ó arrojasen de su mesa,
con las sobras de la cocina, á lo que yo me mostraba agradecido, dando
infinitos saltos cuando veia á mi amo, especialmente cuando venia de
fuera, que eran tantas las muestras de regocijo que daba, y tantos los
saltos, que mi amo ordenó que me desatasen y me dejasen andar suelto de
dia y de noche: como me vi suelto, corrí á él, rodeéle todo, sin osar
llegarle con las manos, acordándome de la fábula de Esopo, cuando aquel
asno tan asno, que quiso hacer á su señor las mismas caricias que le
hacia una perrilla regalada suya, que le granjearon ser molido á palos:
parecióme que en esta fábula se nos dió á entender que las gracias y
donaires de algunos no están bien en otros: apode el truhan, juegue de
manos y voltee el istrion, rebuzne el pícaro, imite el canto de los
pájaros, y los diversos gestos y acciones de los animales y los hombres
el hombre bajo que se hubiere dado á ello, y no lo quiera hacer el
hombre principal, á quien ninguna habilidad destas le puede dar crédito
ni nombre honroso.
CIPION. Basta; adelante, Berganza, que ya estás entendido.
BERGANZA. ¡Ojalá que como tú me entiendes, me entendiesen aquellos
por quien lo digo! que no sé qué tengo de buen natural, que me pesa
infinito cuando veo que un caballero se hace chocarrero y se precia que
sabe jugar los cubiletes y las agallas, y que no hay quien como él sepa
bailar la chacona: un caballero conozco yo que se alababa que á ruegos
de un sacristan habia cortado de papel treinta y dos flores para poner
en un monumento sobre paños negros, y destas cortaduras hizo tanto
caudal, que así llevaba á sus amigos á verlas, como si los llevara á
ver las banderas y despojos de enemigos, que sobre la sepultura de sus
padres y abuelos estaban puestas. Este mercader pues tenia dos hijos,
el uno de doce, y el otro de hasta catorce años, los cuales estudiaban
gramática en el estudio de la Compañía de Jesus: iban con autoridad,
con ayo y con pajes que les llevaban los libros, y aquel que llaman
-vade mecum-: el verlos ir con tanto aparato, en sillas si hacia sol,
en coche si llovia, me hizo considerar y reparar en la mucha llaneza
con que su padre iba á la lonja á negociar sus negocios, porque no
llevaba otro criado que un negro, y algunas veces se desmandaba á ir en
un machuelo aun no bien aderezado.
CIPION. Has de saber, Berganza, que es costumbre y condicion de los
mercaderes de Sevilla, y aun de las otras ciudades, mostrar su
autoridad y riqueza, no en sus personas, sino en las de sus hijos;
porque los mercaderes son mayores en su sombra que en sí mismos, y como
ellos por maravilla atienden á otra cosa que á sus tratos y contratos,
trátanse modestamente; y como la ambicion y la riqueza muere por
manifestarse, revienta por sus hijos, y así los tratan y autorizan
como si fuesen hijos de algun príncipe; y algunos hay que los procuran
títulos, y ponerles en el pecho la marca que tanto distingue la gente
principal de la plebeya.
BERGANZA. Ambicion es, pero ambicion generosa, la de aquel que pretende
mejorar su estado sin perjuicio de tercero.
CIPION. Pocas ó ninguna vez se cumple con la ambicion, que no sea con
daño de tercero.
BERGANZA. Ya hemos dicho que no hemos de murmurar.
CIPION. Sí, que yo no murmuro de nadie.
BERGANZA. Ahora acabo de confirmar por verdad lo que muchas veces he
oido decir. Acaba un maldiciente murmurador de echar á perder diez
linajes, y de calumniar veinte buenos, y si alguno le reprende por
lo que ha dicho, responde que él no ha dicho nada, y que si ha dicho
algo, no lo ha dicho por tanto, y que si pensara que alguno se habia
de agraviar, no lo dijera: á la fe, Cipion, mucho ha de saber y muy
sobre los estribos ha de andar el que quisiere sustentar dos horas de
conversacion sin tocar los límites de la murmuracion; porque yo veo
en mí, que con ser un animal como soy, á cuatro razones que digo, me
acuden palabras á la lengua como mosquitos al vino, y todas maliciosas
y murmurantes: por lo cual vuelvo á decir lo que otra vez he dicho,
que el hacer y decir mal lo heredamos de nuestros primeros padres, y
lo mamamos en la leche: vese claro en que apénas ha sacado el niño
el brazo de las fajas, cuando levanta la mano con muestras de querer
vengarse de quien á su parecer le ofende: y casi la primera palabra
articulada que habla, es llamar puta á su ama ó á su madre.
CIPION. Así es verdad, y yo confieso mi yerro, y quiero que me le
perdones, pues te he perdonado tantos: echemos pelillos á la mar (como
dicen los muchachos), y no murmuremos de aquí adelante, y sigue tu
cuento, que le dejaste en la autoridad con que los hijos del mercader
tu amo iban al estudio de la Compañía de Jesus.
BERGANZA. Á él me encomiendo en todo acontecimiento; y aunque el dejar
de murmurar lo tengo por dificultoso, pienso usar de un remedio, que
oí decir que usaba un gran jurador, el cual arrepentido de su mala
costumbre, cada vez que despues de su arrepentimiento juraba, se daba
un pellizco en el brazo ó besaba la tierra en pena de su culpa; pero
con todo esto juraba: así yo cada vez que fuere contra el precepto que
me has dado de que no murmure, y contra la intencion que tengo de no
murmurar, me morderé el pico de la lengua, de modo que me duela, y me
acuerde de mi culpa para no volver á ella.
CIPION. Tal es ese remedio, que si usas dél, espero que te has de
morder tantas veces, que has de quedar sin lengua, y así quedarás
imposibilitado de murmurar.
BERGANZA. Á lo ménos yo haré de mi parte mis diligencias, y supla las
faltas el cielo. Y así digo que los hijos de mi amo se dejaron un dia
un cartapacio en el patio, donde yo á la sazon estaba; y como estaba
enseñado á llevar la esportilla del jifero mi amo, así del -vade mecum-
y fuíme tras ellos con intencion de no soltalle hasta el estudio:
sucedióme todo como lo deseaba, que mis amos que me vieron venir con el
-vade mecum- en la boca, asido sotilmente de las cintas, mandaron á un
paje me le quitase; mas yo no lo consentí, ni le solté hasta que entré
en el aula, cosa que causó risa á todos los estudiantes: lleguéme al
mayor de mis amos, y á mi parecer con mucha crianza se le puse en las
manos, y quedéme sentado en cuclillas á la puerta del aula, mirando
de hito en hito al maestro que en la cátedra leia. No sé qué tiene la
virtud, que con alcanzárseme á mí tan poco ó nada della, luego recebí
gusto de ver el amor, el término, la solicitud y la industria con
que aquellos benditos padres y maestros enseñaban á aquellos niños,
enderezando las tiernas varas de su juventud, porque no torciesen ni
tomasen mal siniestro en el camino de la virtud, que juntamente con las
letras les mostraban: consideraba cómo los reñian con suavidad, los
castigaban con misericordia, los animaban con ejemplos, los incitaban
con premios, y los sobrellevaban con cordura; y finalmente, cómo
les pintaban la fealdad y horror de los vicios, y les dibujaban la
hermosura de las virtudes, para que aborrecidos ellos y amadas ellas
consiguiesen el fin para que fueron criados.
CIPION. Muy bien dices, Berganza, porque yo he oido decir desa bendita
gente, que para repúblicos del mundo no los hay tan prudentes en todo
él, y para guiadores y adalides del camino del cielo, pocos les llegan:
son espejos donde se mira la honestidad, la católica doctrina, la
singular prudencia, y finalmente la humildad profunda, basa sobre quien
se levanta todo el edificio de la bienaventuranza.
BERGANZA. Todo es así como lo dices. Y siguiendo mi historia, digo que
mis amos gustaron de que les llevase siempre el -vade mecum-, lo que
hice de muy buena voluntad, con lo cual tenia una vida de rey, y aun
mejor, porque era descansada, á causa que los estudiantes dieron en
burlarse conmigo, y domestiquéme con ellos de tal manera, que me metian
la mano en la boca, y los mas chiquillos subian sobre mí: arrojaban
los bonetes ó sombreros, y yo se los volvia á la mano limpiamente y
con muestras de grande regocijo: dieron en darme de comer cuanto ellos
podian, y gustaban de ver que cuando me daban nueces ó avellanas, las
partia como mona, dejando las cáscaras y comiendo lo tierno: tal hubo,
que por hacer prueba de mi habilidad, me trujo en un pañuelo gran
cantidad de ensalada, la cual comí como si fuera persona. Era tiempo
de invierno, cuando campean en Sevilla los molletes y mantequillas,
de quien era tan bien servido, que mas de dos Antonios se empeñaron
ó vendieron para que yo almorzase. Finalmente, yo pasaba una vida de
estudiante sin hambre y sin sarna, que es lo mas que se puede encarecer
para decir que era buena; porque si la sarna y la hambre no fuesen tan
unas con los estudiantes, en las vidas no habria otra de mas gusto
y pasatiempo, porque corren parejas en ella la virtud y el gusto, y
se pasa la mocedad aprendiendo y holgándose: desta gloria y desta
quietud me vino á quitar una señora, que á mi parecer llaman por ahí
razon de estado, que cuando con ella se cumple se ha de descumplir con
otras razones muchas. Es el caso, que aquellos señores maestros les
pareció que la media hora que hay de licion, á licion, la ocupaban los
estudiantes no en repasar las liciones, sino en holgarse conmigo; y así
ordenaron á mis amos que no me llevasen mas al estudio: obedecieron,
volviéronme á casa, y á la antigua guarda de la puerta, y sin acordarse
el señor viejo de la merced que me habia hecho, de que de dia y de
noche anduviese suelto, volví á entregar el cuello á la cadena y el
cuerpo á una esterilla, que detras de la puerta me pusieron. ¡Ay, amigo
Cipion, si supieses cuán dura cosa es de sufrir el pasar de un estado
felice á un desdichado! Mira: cuando las miserias y desdichas tienen
larga la corriente y son continuas, ó se acaban presto con la muerte,
ó la continuacion dellas hace un hábito y costumbre en padecellas,
que suele en su mayor rigor servir de alivio; mas cuando de la suerte
desdichada y calamitosa, sin pensarlo y de improviso se sale á gozar de
otra suerte próspera, venturosa y alegre, y de allí á poco se vuelve á
padecer la suerte primera, y á los primeros trabajos y desdichas, es un
dolor tan riguroso, que si no acaba la vida, es por atormentarla mas
viviendo. Digo en fin, que volví á mi racion perruna, y á los huesos
que una negra de casa me arrojaba, y aun estos me diezmaban dos gatos
romanos, que como sueltos y lijeros, érales fácil quitarme lo que no
caia debajo del distrito que alcanzaba mi cadena. Cipion hermano, así
el cielo te conceda el bien que deseas, que sin que te enfades me dejes
ahora filosofar un poco, porque si dejase de decir las cosas que en
este instante me han venido á la memoria de aquellas que entónces me
ocurrieron, me parece que no seria mi historia cabal ni de fruto alguno.
CIPION. Advierte, Berganza, no sea tentacion del demonio esa gana de
filosofar que dices te ha venido; porque no tiene la murmuracion mejor
velo para paliar y encubrir su maldad disoluta, que darse á entender el
murmurador, que todo cuanto dice son sentencias de filósofos, y que el
decir mal es reprension, y el descubrir los defectos ajenos buen celo,
y no hay vida de ningun murmurante, que si la consideras y escudriñas,
no la halles llena de vicios y de insolencias; y debajo de saber esto,
filosofa ahora cuanto quisieres.
BERGANZA. Seguro puedes estar, Cipion, de que mas murmure, porque así
lo tengo propuesto. Es pues el caso, que como me estaba todo el dia
ocioso, y la ociosidad sea madre de los pensamientos, di en repasar por
la memoria algunos latines que me quedaron en ella de muchos que oí
cuando fuí con mis amos al estudio, con que á mi parecer me hallé algo
mas mejorado de entendimiento, y determiné, como si hablar supiera,
aprovecharme dellos en las ocasiones que se me ofreciesen; pero en
manera diferente de la que se suelen aprovechar algunos ignorantes. Hay
algunos romancistas que en las conversaciones disparan de cuando en
cuando con algun latin breve y compendioso, dando á entender á los que
no lo entienden, que son grandes latinos, y apénas saben declinar un
nombre, ni conjugar un verbo.
CIPION. Por menor daño tengo ese que el que hacen los que
verdaderamente saben latin, de los cuales hay algunos tan imprudentes,
que hablando con un zapatero ó con un sastre, arrojan latines como agua.
BERGANZA. Deso podremos inferir que tanto peca el que dice latines
delante de quien los ignora, como el que los dice ignorándolos.
CIPION. Pues otra cosa puedes advertir, y es que hay algunos que no les
escusa el ser latinos, de ser asnos.
BERGANZA. Pues ¿quién lo duda? La razon está clara, pues cuando en
tiempo de los romanos hablaban todos latin, como lengua materna suya,
algun majadero habria entre ellos, á quien no escusaria el hablar latin
dejar de ser necio.
CIPION. Para saber callar en romance y hablar en latin, discrecion es
menester, hermano Berganza.
BERGANZA. Así es, porque tambien se puede decir una necedad en latin
como en romance, y yo he visto letrados tontos y gramáticos pesados, y
romancistas vareteados con sus listas de latin, que con mucha facilidad
pueden enfadar al mundo, no una, sino muchas veces.
CIPION. Dejemos esto, y comienza á decir tus filosofías.
BERGANZA. Ya las he dicho: estas son que acabo de decir.
CIPION. ¿Cuáles?
BERGANZA. Estas de los latines y romances, que yo comencé y tú acabaste.
CIPION. ¿Al murmurar llamas filosofar? así va ello: canoniza, canoniza,
Berganza, á la maldita plaga de la murmuracion, y dale el nombre que
quisieres, que ella dará á nosotros el de cínicos, que quiere decir
perros murmuradores; y por tu vida que calles ya, y sigas tu historia.
BERGANZA. ¿Cómo la tengo de seguir si callo?
CIPION. Quiero decir que la sigas de golpe, sin que la hagas que
parezca pulpo, segun la vas añadiendo colas.
BERGANZA. Habla con propiedad, que no se llaman colas las del pulpo.
CIPION. Ese es el error que tuvo el que dijo que no era torpedad ni
vicio nombrar las cosas por sus propios nombres, como si no fuese
mejor, ya que sea forzoso nombrarlas, decirlas por circunloquios y
rodeos, que templen la asquerosidad que causa el oirlas por sus mismos
nombres: las honestas palabras dan indicio de la honestidad del que las
pronuncia ó las escribe.
BERGANZA. Quiero creerte, y digo que no contenta mi fortuna de
haberme quitado de mis estudios, y de la vida que en ellos pasaba tan
regocijada y compuesta, y haberme puesto atraillado tras de una puerta,
y de haber trocado la liberalidad de los estudiantes en la mezquindad
de la negra, ordenó de sobresaltarme en lo que ya por quietud y
descanso tenia: mira, Cipion, ten por cierto y averiguado, como yo lo
tengo, que al desdichado las desdichas le buscan y le hallan, aunque se
esconda en los últimos rincones de la tierra: dígolo porque la negra
de casa estaba enamorada de un negro, asimismo esclavo de casa, el
cual negro dormia en el zaguan que es entre la puerta de la calle y la
de en medio, detras de la cual yo estaba, y no se podian juntar sino
de noche, y para esto habian hurtado ó contrahecho las llaves; y así
las mas de las noches bajaba la negra, y tapándome la boca con algun
pedazo de carne ó queso, abria al negro con quien se daba buen tiempo,
facilitándolo mi silencio, y á costa de muchas cosas que la negra
hurtaba: algunos dias me estragaron la conciencia las dádivas de la
negra, pareciéndome que sin ellas se me apretarian las ijadas, y daria
de mastin en galgo; pero en efecto, llevado de mi buen natural, quise
responder á lo que á mi amo debia, pues tiraba sus gajes y comia su
pan, como lo deben hacer no solo los perros honrados, á quienes se les
da renombre de agradecidos, sino todos aquellos que sirven.
CIPION. Esto sí, Berganza, quiero que pase por filosofía, porque son
razones que consisten en buena verdad y en buen entendimiento; y
adelante, y no hagas soga, por no decir cola, de tu historia.
BERGANZA. Primero te quiero rogar me digas, si es que lo sabes, qué
quiere decir filosofía; que aunque yo la nombro, no sé lo que es; solo
me doy á entender que es cosa buena.
CIPION. Con brevedad te lo diré. Este nombre se compone de dos nombres
griegos, que son: -filos- y -sofia-: -filos- quiere decir amor, y
-sofia- la ciencia: así que -filosofía- significa amor de la ciencia, y
filósofo, amador de la ciencia.
BERGANZA. Mucho sabes, Cipion, ¿quién diablos te enseñó á tí nombres
griegos?
CIPION. Verdaderamente, Berganza, que eres simple, pues desto haces
caso; porque estas son cosas que las saben los niños de la escuela, y
tambien hay quien presuma saber la lengua griega sin saberla, como la
latina ignorándola.
BERGANZA. Eso es lo que yo digo, y quisiera que á estos tales los
pusieran en una prensa, y á fuerza de vueltas les sacaran el jugo de lo
que saben, porque no anduviesen engañando al mundo con el oropel de sus
gregüescos rotos y sus latines falsos, como hacen los portugueses con
los negros de Guinea.
CIPION. Ahora sí, Berganza, que te puedes morder la lengua, y
tarazármela yo, porque todo cuanto decimos es murmurar.
BERGANZA. Sí, que no estoy obligado á hacer lo que he oido decir
que hizo un llamado Corondas, tirio, el cual puso ley que ninguno
entrase en el ayuntamiento de su ciudad con armas, so pena de la vida:
descuidóse desto, y otro dia entró en el cabildo ceñida la espada:
advirtiéronselo, y acordándose de la pena por él puesta, al momento
desenvainó su espada, y se pasó con ella el pecho, y fué el primero
que puso y quebrantó la ley, y pagó la pena. Lo que yo dije no fué
poner ley, sino prometer que me morderia la lengua cuando murmurase;
pero ahora no van las cosas por el tenor y rigor de las antiguas: hoy
se hace una ley, y mañana se rompe, y quizá conviene que así sea:
ahora promete uno de enmendarse de sus vicios, y de allí á un momento
cae en otros mayores: una cosa es alabar la disciplina, y otra el
darse con ella; y en efecto, del dicho al hecho hay gran trecho:
muérdase el diablo, que yo no quiero morderme, ni hacer finezas detras
de una estera, donde de nadie soy visto que pueda alabar mi honrosa
determinacion.
CIPION. Segun eso, Berganza, si tú fueras persona, fueras hipócrita,
y todas las obras que hicieras, fueran aparentes, fingidas y falsas,
cubiertas con la capa de la virtud, solo por que te alabaran, como
todos los hipócritas hacen.
BERGANZA. No sé lo que entónces hiciera: esto sé que quiero hacer
ahora, que es no morderme, quedándome tantas cosas por decir, que no sé
cómo ni cuándo podré acabarlas, y mas estando temeroso, que al salir
del sol nos hemos de quedar á escuras, faltándonos la habla.
CIPION. Mejor lo hará el cielo, sigue tu historia, y no te desvíes del
camino carretero con impertinentes digresiones; y así por larga que
sea, la acabarás presto.
BERGANZA. Digo pues, que habiendo visto la insolencia, latrocinio y
deshonestidad de los negros, determiné, como buen criado, estorbarlo
por los mejores medios que pudiese, y pude tan bien, que salí con mi
intento. Bajaba la negra, como has oido, á refocilarse con el negro,
fiada en que me enmudecian los pedazos de carne, pan ó queso que me
arrojaba: mucho pueden las dádivas, Cipion.
CIPION. Mucho: no te diviertas, pasa adelante.
BERGANZA. Acuérdome que cuando estudiaba oí decir al preceptor un
refran latino, que ellos llaman adagio, que decia: -habet bovem in
lingua-.
CIPION. ¡Oh! que en hora mala hayais encajado vuestro latin. ¿Tan
presto se te ha olvidado lo que poco ha dijimos contra los que
entremeten latines en las conversaciones de romances?
BERGANZA. Este latin viene aquí de molde: que has de saber que los
atenienses usaban entre otras de una moneda sellada con la figura de un
buey, y cuando algun juez dejaba de decir ó hacer lo que era razon y
justicia por estar cohechado, decian: este tiene el buey en la lengua.
CIPION. La aplicacion falta.
BERGANZA. ¿No está bien clara, si las dádivas de la negra me tuvieron
muchos dias mudo, que ni queria ni osaba ladrar cuando bajaba á verse
con su negro enamorado? por lo que vuelvo á decir que pueden mucho las
dádivas.
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