»Aquí fué ello, aquí me tuvo de nuevo Dios de su mano: fuí á ver mi baul, y halléle abierto, y como sepultura que esperaba cuerpo difunto, y á buena razon habia de ser el mio, si yo tuviera entendimiento para saber sentir y ponderar tamaña desgracia. --Bien grande fué, dijo á esta sazon el licenciado Peralta, haberse llevado Doña Estefanía tanta cadena y tanto cintillo; que como suele decirse, todos los duelos, etc. --Ninguna pena me dió esa falta, respondió el alférez, pues tambien podré decir: Pensóse D. Simueque que me engañaba con su hija la tuerta, y por el Dios contrecho soy de un lado. --No sé á qué propósito puede vuesa merced decir eso, respondió Peralta. --El propósito es, respondió el alférez, de que toda aquella balumba y aparato de cadenas, cintillos y brincos, podia valer hasta diez ó doce escudos. --Eso no es posible, replicó el licenciado, porque la que el señor alférez traia al cuello, mostraba pesar mas de docientos ducados. --Así fuera, respondió el alférez, si la verdad respondiera al parecer; pero como no es todo oro lo que reluce, las cadenas, cintillos, joyas, brincos, con solo ser de alquimia se contentaron, pero estaban tan bien hechas, que solo el toque ó el fuego podia descubrir su malicia. --Desa manera, dijo el licenciado, entre vuesa merced y la señora Doña Estefanía, pata es la traviesa. --Y tan pata, respondió el alférez, que podemos volver á barajar; pero el daño está, señor licenciado, en que ella se podrá deshacer de mis cadenas, y yo no de la falsía de su término; y en efecto, mal que me pese es prenda mia. --Dad gracias á Dios, señor Campuzano, dijo Peralta, que fué prenda con piés, y que se os ha ido, y que no estais obligado á buscarla. --Así es, respondió el alférez; pero con todo esto, sin que la busque la hallo siempre en la imaginacion, y adonde quiera que estoy tengo mi afrenta presente. --No sé qué responderos, dijo Peralta, sino es traeros á la memoria dos versos de Petrarca, que dicen: Ché chi prende diletto di far frode, Non si de’ lamentar s’altri l’inganna. Que responden en nuestro castellano: Que el que tiene costumbre y gusto de engañar á otro, no se debe quejar cuando es engañado. --Yo no me quejo, respondió el alférez, sino lastímome: que el culpado, no por conocer su culpa, deja de sentir la pena del castigo: bien veo que quise engañar y fuí engañado, porque me hirieron por mis propios filos; pero no puedo tener tan á raya el sentimiento, que no me queje de mí mismo. Finalmente, por venir á lo que hace mas al caso á mi historia (que este nombre se le puede dar al cuento de mis sucesos), digo que supe que se habia llevado á Doña Estefanía el primo que dije que se halló á nuestros desposorios, el cual de luengos tiempos atras era su amigo á todo ruedo: no quise buscarla, por no hallar el mal que me faltaba: mudé posada, y mudé el pelo dentro de pocos dias; porque comenzaron á pelárseme las cejas y las pestañas, y poco á poco me dejaron los cabellos, y ántes de edad me hice calvo, dándome una enfermedad que llaman lupicia, y por otro nombre mas claro la pelarela: halléme verdaderamente hecho pelon; porque ni tenia barbas que peinar, ni dineros que gastar: fué la enfermedad caminando al paso de mi necesidad, y como la pobreza atropella á la honra, y á unos lleva á la horca, y á otros al hospital, y á otros les hace entrar por las puertas de sus enemigos con ruegos y sumisiones, que es una de las mayores miserias que puede suceder á un desdichado, por no gastar en curarme los vestidos que me habian de cubrir y honrar en salud, llegado el tiempo en que se dan los sudores en el hospital de la Resurreccion, me entré en él, donde he tomado cuarenta sudores: dicen que quedaré sano, si me guardo: espada tengo, lo demas Dios lo remedie. Ofreciósele de nuevo el licenciado, admirándose de las cosas que le habia contado. --Pues de poco se maravilla vuesa merced, señor Peralta, dijo el alférez, que otros sucesos me quedan por decir que esceden á toda imaginacion, pues van fuera de todos los términos de naturaleza: no quiera vuesa merced saber mas, sino que son de suerte que doy por bien empleadas todas mis desgracias, por haber sido parte de haberme puesto en el hospital, donde vi lo que ahora diré, que es lo que ahora ni nunca vuesa merced podrá creer, ni habrá persona en el mundo que lo crea. Todos estos preámbulos y encarecimientos, que el alférez hacia ántes de contar lo que habia visto, encendian el deseo de Peralta, de manera que con no menores encarecimientos le pidió que luego luego le dijese las maravillas que le quedaban por decir. --Ya vuesa merced habrá visto, dijo el alférez, dos perros que con dos linternas andan de noche con los hermanos de la Capacha, alumbrándoles cuando piden limosna. --Sí he visto, respondió Peralta. --Tambien habrá visto ó oido vuesa merced, dijo el alférez, lo que dellos se cuenta, que si acaso echan limosna de las ventanas y se cae en el suelo, ellos acuden luego á alumbrar, á buscar lo que se cae, y se paran delante de las ventanas, donde saben que tienen costumbre de darles limosna, y con ir allí con tanta mansedumbre, que mas parecen corderos que perros, en el hospital son unos leones, guardando la casa con grande cuidado y vigilancia. --Yo he oido decir, dijo Peralta, que todo es así; pero eso no me puede ni debe causar maravilla. --Pues lo que ahora diré dellos, dijo el alférez, es razon que la cause, y que sin hacerse cruces, ni alegar imposibles ni dificultades, vuesa merced se acomode á creerlo; y es que yo oí y casi vi con mis ojos á estos dos perros, que el uno se llamaba Cipion, el otro Berganza, estar una noche, que fué la penúltima que acabé de sudar, echados detras de mi cama en unas esteras viejas, y á la mitad de aquella noche, estando á escuras y desvelado, pensando en mis pasados sucesos y presentes desgracias, oí hablar allí junto, y estuve con atento oido escuchando, por ver si podia venir en conocimiento de los que hablaban, y de lo que hablaban, y á poco rato vine á conocer, por lo que hablaban, los que hablaban, que eran los dos perros Cipion y Berganza. Apénas acabó de decir esto Campuzano, cuando levantándose el licenciado, dijo: --Vuesa merced quede mucho en buen hora, señor Campuzano, que hasta aquí estaba en duda si creeria ó no lo que de su casamiento me habia contado; y esto que ahora me cuenta de que oyó hablar los perros, me ha hecho declarar por la parte de no creelle ninguna cosa: por amor de Dios, señor alférez, que no cuente estos disparates á persona alguna, si ya no fuere á quien sea tan su amigo como yo. --No me tenga vuesa merced por tan ignorante, replicó Campuzano, que no entienda que, si no es por milagro, no pueden hablar los animales: que bien sé que si los tordos, picazas y papagayos hablan, no son sino las palabras que aprenden y toman de memoria, y por tener la lengua estos animales cómoda para poder pronunciarlas; mas no por esto pueden hablar y responder con discurso concertado, como estos perros hablaban; y así muchas veces despues que los oí, yo mismo no he querido dar crédito á mí mismo, y he querido tener por cosa soñada lo que realmente estando despierto con todos mis cinco sentidos, tales cuales nuestro Señor fué servido dármelos, oí, escuché, noté, y finalmente escribí sin faltar palabra por su concierto, de donde se puede tomar indicio bastante que mueva y persuada á creer esta verdad que digo: las cosas de que trataron fueron grandes y diferentes, y mas para ser tratadas por varones sabios, que para ser dichas de bocas de perros: así que, pues yo no las pude inventar de mio, á mi pesar y contra mi opinion vengo á creer que no soñaba, y que los perros hablaban. --¡Cuerpo de mí, replicó el licenciado, si se nos ha vuelto el tiempo de Maricastaña, cuando hablaban las calabazas, ó el de Esopo, cuando departia el gallo con la zorra y unos animales con otros! --Uno dellos seria yo y el mayor, replicó el alférez, si creyese que ese tiempo ha vuelto, y aun tambien lo seria, si dejase de creer lo que oí y lo que vi, y lo que me atreveré á jurar con juramento que obligue y aun fuerce á que lo crea la misma incredulidad; pero puesto caso que me haya engañado y que mi verdad sea sueño, y el porfiarla disparate, ¿no se holgara vuesa merced, señor Peralta, de ver escritas en un coloquio las cosas que estos perros, ó sean quien fueren, hablaron? --Como vuesa merced, replicó el licenciado, no se canse mas en persuadirme que oyó hablar á los perros, de muy buena gana oiré ese coloquio, que por ser escrito y notado del buen ingenio del señor alférez, ya le juzgo por bueno. --Pues hay en esto otra cosa, dijo el alférez, que como yo estaba tan atento y tenia delicado el juicio, delicada, sotil y desocupada la memoria (merced á las muchas pasas y almendras que habia comido), todo lo tomé de coro, y casi por las mismas palabras que habia oido, lo escribí otro dia, sin buscar colores retóricas para adornarlo, ni que añadir ni quitar, para hacerle gustoso. No fué una noche sola la plática, que fueron dos consecutivamente, aunque yo no tengo escrita mas de una, que es la vida de Berganza; y la del compañero Cipion pienso escribir (que fué la que se contó la noche segunda) cuando viere ó que esta se crea, ó á lo ménos no se desprecie: el coloquio traigo en el seno; púselo en forma de coloquio, por ahorrar de -dijo Cipion, respondió Berganza-, que suele alargar la escritura. Y en diciendo esto, sacó del pecho un cartapacio, y le puso en las manos del licenciado, el cual le tomó riyéndose, y como haciendo burla de todo lo que habia oido, y de lo que pensaba leer. --Yo me recuesto, dijo el alférez, en esta silla, en tanto que vuesa merced lee si quiere esos sueños ó disparates, que no tienen otra cosa de bueno, sino es el poderlos dejar cuando enfaden. --Haga vuesa merced su gusto, dijo Peralta, que yo con brevedad me despediré desta letura. Recostóse el alférez, abrió el licenciado el cartapacio, y en el principio vió que estaba puesto este título: COLOQUIO QUE PASO ENTRE CIPION Y BERGANZA, PERROS DEL HOSPITAL DE LA RESURRECCION, QUE ESTÁ EN LA CIUDAD DE VALLADOLID, FUERA DE LA PUERTA DEL CAMPO, Á QUIEN COMUNMENTE LLAMAN LOS PERROS DE MAHUDES. CIPION. Berganza amigo, dejemos esta noche el hospital en guarda de la confianza, y retirémonos á esta soledad y entre estas esteras, donde podremos gozar sin ser sentidos desta no vista merced que el cielo en un mismo punto á los dos nos ha hecho. BERGANZA. Cipion hermano, óyote hablar, y sé que te hablo, y no puedo creerlo, por parecerme que el hablar nosotros pasa de los términos de naturaleza. CIPION. Así es la verdad, Berganza, y viene á ser mayor este milagro, en que no solamente hablamos, sino en que hablamos con discurso, como si fuéramos capaces de razon, estando tan sin ella, que la diferencia que hay del animal bruto al hombre, es ser el hombre animal racional, y el bruto irracional. BERGANZA. Todo lo que dices, Cipion, entiendo, y el decirlo tú y entenderlo yo, me causa nueva admiracion y nueva maravilla; bien es verdad, que en el discurso de mi vida, diversas y muchas veces he oido decir grandes prerogativas nuestras, tanto que parece que algunos han querido sentir que tenemos un natural distinto, tan vivo y tan agudo en muchas cosas, que da indicios y señales de faltar poco para mostrar que tenemos un no sé qué de entendimiento, capaz de discurso. CIPION. Lo que yo he oido alabar y encarecer, es nuestra mucha memoria, el agradecimiento y gran fidelidad nuestra, tanto que nos suelen pintar por símbolo de la amistad; y así habrás visto (si has mirado en ello) que en las sepulturas de alabastro, donde suelen estar las figuras de los que allí están enterrados, cuando son marido y mujer, ponen entre los dos, á los piés, una figura de perro, en señal que se guardaron en la vida amistad y fidelidad inviolable. BERGANZA. Bien sé que ha habido perros tan agradecidos, que se han arrojado con los cuerpos difuntos de sus amos en la misma sepultura: otros han estado sobre las sepulturas donde estaban enterrados sus señores, sin apartarse dellas, sin comer hasta que se les acababa la vida: sé tambien que despues del elefante, el perro tiene el primer lugar de parecer que tiene entendimiento: luego el caballo, y el último la jimia. CIPION. Ansí es; pero bien confesarás que ni has visto ni oido decir jamas que haya hablado ningun elefante, perro, caballo ó mona: por donde me doy á entender que este nuestro hablar tan de improviso, cae debajo del número de aquellas cosas que llaman portentos, las cuales cuando se muestran y parecen, tiene averiguado la esperiencia que alguna calamidad grande amenaza á las gentes. BERGANZA. Desa manera no haré yo mucho en tener por señal portentosa lo que oí decir los dias pasados á un estudiante, pasando por Alcalá de Henáres. CIPION. ¿Qué le oiste decir? BERGANZA. Que de cinco mil estudiantes que cursaban aquel año en la universidad, los dos mil oian medicina. CIPION. Pues ¿qué vienes á inferir deso? BERGANZA. Infiero, ó que estos dos mil médicos han de tener enfermos que curar (que seria harta plaga y mala ventura), ó ellos se han de morir de hambre. CIPION. Pero sea lo que fuere, nosotros hablamos, sea portento ó no, que lo que el cielo tiene ordenado que suceda, no hay diligencia ni sabiduría humana que lo pueda prevenir: y así no hay para qué ponernos á disputar nosotros cómo ó por qué hablamos: mejor será que este buen dia ó buena noche la metamos en nuestra casa, y pues la tenemos tan buena en estas esteras, y no sabemos cuánto durará esta nuestra ventura, sepamos aprovecharnos della, y hablemos toda esta noche, sin dar lugar al sueño que nos impida este gusto, de mí por largos tiempos deseado. BERGANZA. Y aun de mí, que desde que tuve fuerzas para roer un hueso, tuve deseo de hablar para decir cosas que depositaba en la memoria, y allí de antiguas y muchas, ó se enmohecian, ó se me olvidaban; empero ahora, que tan sin pensarlo me veo enriquecido deste divino don de la habla, pienso gozarle y aprovecharme dél lo mas que pudiere, dándome priesa á decir todo aquello que se me acordare, aunque sea atropellada y confusamente, porque no sé cuándo me volverán á pedir este bien, que por prestado tengo. CIPION. Sea esta la manera, Berganza amigo, que esta noche me cuentes tu vida, y los trances por donde has venido al punto en que ahora te hallas; y si mañana en la noche estuviéremos con habla, yo te contaré la mia, porque mejor será gastar el tiempo en contar las propias, que en procurar saber las ajenas vidas. BERGANZA. Siempre, Cipion, te he tenido por discreto y por amigo, y ahora mas que nunca, pues como amigo quieres decirme tus sucesos y saber los mios, y como discreto has repartido el tiempo, donde podamos manifestallos; pero advierte primero, si nos oye alguno. CIPION. Ninguno, á lo que creo, puesto que aquí cerca está un soldado tomando sudores; pero en esta sazon mas estará para dormir que para ponerse á escuchar á nadie. BERGANZA. Pues si puedo hablar con ese seguro, escucha, y si te cansare lo que te fuere diciendo, ó me reprende, ó manda que calle. CIPION. Habla hasta que amanezca, ó hasta que seamos sentidos, que yo te escucharé de muy buena gana, sin impedirte, sino cuando viere ser necesario. BERGANZA. Paréceme que la primera vez que vi el sol, fué en Sevilla, y en su matadero, que está fuera de la puerta de la Carne; por donde imaginara (si no fuera por lo que despues diré) que mis padres debieron de ser alanos de aquellos que crian los ministros de aquella confusion, á quien llaman jiferos: el primero que conocí por amo, fué uno llamado Nicolas el Romo, mozo robusto, doblado y colérico, como lo son todos aquellos que ejercitan la jifería: este tal Nicolas me enseñaba á mí y á otros cachorros, á que en compañía de alanos viejos arremetiésemos á los toros, y les hiciésemos presa de las orejas: con mucha facilidad salí un águila en esto. CIPION. No me maravillo, Berganza, que como el hacer mal viene de natural cosecha, fácilmente se aprende el hacerle. BERGANZA. ¿Qué te diria, Cipion hermano, de lo que vi en aquel matadero, y de las cosas exorbitantes que en él pasan? Primero has de presuponer, que todos cuantos en él trabajan, desde el menor hasta el mayor, es gente ancha de conciencia, desalmada, sin temer al rey ni á su justicia: los mas, amancebados: son aves de rapiña carniceras: mantiénense ellos y sus amigas de lo que hurtan: todas las mañanas que son dias de carne, ántes que amanezca están en el matadero gran cantidad de mujercillas y muchachos, todos con talegas, que viniendo vacías, vuelven llenas de pedazos de carne, y las criadas con criadillas y lomos medio enteros: no hay res alguna que se mate, de quien no lleve esta gente diezmos y primicias de lo mas sabroso y bien parado; y como en Sevilla no hay obligado de la carne, cada uno puede traer la que quisiere, y la que primero se mata ó es la mejor, ó la de mas baja postura; y con este concierto hay siempre mucha abundancia: los dueños se encomiendan á esta buena gente que he dicho, no para que no les hurten (que esto es imposible), sino para que se moderen en las tajadas y socaliñas que hacen en las reses muertas, que las escamondan y podan, como si fuesen sauces ó parras; pero ninguna cosa me admiraba mas ni me parecia peor, que el ver que estos jiferos con la misma facilidad matan á un hombre, que á una vaca; por quítame allá esa paja, á dos por tres, meten un cuchillo de cachas amarillas por la barriga de una persona, como si acocotasen un toro: por maravilla se pasa dia sin pendencias y sin heridas, y á veces sin muertes: todos se pican de valientes, y aun tienen sus puntas de rufianes: no hay ninguno que no tenga su ángel de guarda en la plaza de San Francisco, granjeado con lomos y lenguas de vaca: finalmente, oí decir á un hombre discreto, que tres cosas tenia el rey por ganar en Sevilla: la calle de la Caza, la Costanilla y el Matadero. CIPION. Si en contar las condiciones de los amos que has tenido y las faltas de sus oficios, te has de estar, amigo Berganza, tanto como esta vez, menester será pedir al cielo nos conceda la habla siquiera por un año, y aun temo que al paso que llevas, no llegarás á la mitad de tu historia: y quiérote advertir de una cosa, de la cual verás la esperiencia cuando te cuente los sucesos de mi vida; y es que los cuentos unos encierran y tienen la gracia en ellos mismos, otros en el modo de contarlos: quiero decir, que algunos hay, que aunque se cuenten sin preámbulos y ornamentos de palabras, dan contento; otros hay, que es menester vestirlos de palabras, y con demostraciones del rostro y de las manos, y con mudar la voz se hacen algo de nonada, y de flojos y desmayados se vuelven agudos y gustosos; y no se te olvide este advertimiento para aprovecharte dél en lo que te queda por decir. BERGANZA. Yo lo haré así, si pudiere, y si me da lugar la grande tentacion que tengo de hablar, aunque me parece que con grandísima dificultad me podré ir á la mano. CIPION. Véte á la lengua, que en ella consisten los mayores daños de la humana vida. BERGANZA. Digo pues que mi amo me enseñó á llevar una espuerta en la boca, y á defenderla de quien quitármela quisiese: enseñóme tambien la casa de su amiga, y con esto se escusó la venida de su criada al matadero, porque yo le llevaba las madrugadas lo que él habia hurtado las noches: y un dia, que entre dos luces iba yo diligente á llevarle la porcion, oí que me llamaban por mi nombre desde una ventana; alcé los ojos, y vi una moza hermosa en estremo; detúveme un poco, y ella bajó á la puerta de la calle, y me tornó á llamar: lleguéme á ella como si fuera á ver lo que me queria, que no fué otra cosa que quitarme lo que llevaba en la cesta, y ponerme en su lugar un chapin viejo: entónces dije entre mí: la carne se ha ido á la carne. Díjome la moza en habiéndome quitado la carne: Andad, Gavilan, ó como os llamais, y decid á Nicolas el Romo, vuestro amo, que no se fie de animales, y que del lobo un pelo, y ese de la espuerta. Bien pudiera yo volver á quitar lo que me quitó, pero no quise, por no poner mi boca jifera y sucia en aquellas manos limpias y blancas. CIPION. Hiciste muy bien, por ser prerogativa de la hermosura, que siempre se le tenga respeto. BERGANZA. Así lo hice yo, y así me volví á mi amo sin la porcion, y con el chapin: parecióle que volví presto, vió el chapin, imaginó la burla, sacó uno de cachas, y tiróme una puñalada, que á no desviarme, nunca tú oyeras ahora este cuento, ni aun otros muchos que pienso contarte. Puse piés en polvorosa, y tomando el camino en las manos y en los piés por detras de San Bernardo, me fuí por aquellos campos de Dios, adonde la fortuna quisiese llevarme. Aquella noche dormí al cielo abierto, y otro dia me deparó la suerte un hato ó rebaño de ovejas y carneros: así como le vi, creí que habia hallado en él el centro del reposo, pareciéndome ser propio y natural oficio de los perros guardar ganado, que es obra donde se encierra una virtud grande, como es amparar y defender de los poderosos y soberbios los humildes y los que poco pueden. Apénas me hubo visto uno de tres pastores que el ganado guardaban, cuando diciendo, to to, me llamó, y yo, que otra cosa no deseaba, me llegué á él, bajando la cabeza y meneando la cola: trújome la mano por el lomo, abrióme la boca, escupióme en ella, miróme las presas, conoció mi edad, y dijo á otros pastores, que yo tenia todas las señales de ser perro de casta. Llegó á este instante el señor del ganado sobre una yegua rucia á la gineta, con lanza y adarga, que mas parecia atajador de la costa, que señor de ganado: preguntó al pastor: ¿Qué perro es este, que tiene señales de ser bueno? Bien lo puede vuesa merced creer, respondió el pastor, que yo le he cotejado bien, y no hay señal en él que no muestre y prometa que ha de ser un gran perro: agora se llegó aquí, y no sé cúyo sea, aunque sé que no es de los rebaños de la redonda. Pues así es, respondió el señor, ponle luego el collar de Leoncillo, el perro que se murió, y denle la racion que á los demas, y acaríciale todo cuanto pudieres, porque tome cariño al hato, y se quede de hoy adelante en él. En diciendo esto se fué, y el pastor me puso luego al cuello unas carlancas llenas de puntas de acero, habiéndome dado primero en un dornajo gran cantidad de sopas en leche, y asimismo me puso nombre, y me llamó Barcino. Vime harto y contento con el segundo amo, y con el nuevo oficio: mostréme solícito y diligente en la guarda del rebaño, sin apartarme dél sino las siestas que me iba á pasarlas ó ya á la sombra de algun árbol, ó de algun ribazo, ó peña, ó á la de alguna mata, ó á la márgen de algun arroyo de los muchos que por allí corrian; y estas horas de mi sosiego no las pasaba ociosas, porque en ellas ocupaba la memoria en acordarme de muchas cosas, especialmente en la vida que habia tenido en el matadero, y en la que tenia mi amo, y todos los que como él están sujetos á cumplir los gustos impertinentes de sus amigas: ¡oh qué de cosas te pudiera decir ahora, de las que aprendí en la escuela de aquella jifera dama de mi amo! pero habrélas de callar, porque no me tengas por largo y por murmurador. CIPION. Por haber oido decir que dijo un gran poeta de los antiguos, que era difícil cosa el escribir sátiras, consentiré que murmures un poco de luz y no de sangre; quiero decir, que señales, y no hieras ni des mate á ninguno en cosa señalada: que no es buena la murmuracion, aunque haga reir mucho, si mata á uno; y si puedes agradar sin ella, te tendré por muy discreto. BERGANZA. Yo tomaré tu consejo y esperaré con gran deseo que llegue el tiempo en que me cuentes tus sucesos; que de quien tan bien sabe conocer y enmendar los defectos que tengo en contar los mios, bien se puede esperar que contará los suyos de manera que enseñen y deleiten á un mismo punto. Pero anudando el roto hilo de mi cuento, digo, que en aquel silencio y soledad de mis siestas, entre otras cosas consideraba que no debia de ser verdad lo que habia oido contar de la vida de los pastores, á lo ménos de aquellos que la dama de mi amo leia en unos libros cuando yo iba á su casa, que todos trataban de pastores y pastoras, diciendo que se les pasaba toda la vida cantando y tañendo con gaitas, zampoñas, rabeles y churumbelas, y con otros instrumentos estraordinarios: deteníame á oirla leer, y leia cómo el pastor de Anfriso cantaba estremada y divinamente, alabando á la sin par Belisarda, sin haber en todos los montes de Arcadia árbol en cuyo tronco no se hubiese sentado á cantar desde que salia el sol en los brazos de la Aurora, hasta que se ponia en los de Tétis; y aun despues de haber tendido la negra noche por la faz de la tierra sus negras y escuras alas, él no cesaba de sus bien cantadas y mejor lloradas quejas: no se le quedaba entre renglones el pastor Elicio, mas enamorado que atrevido, de quien decia que sin atender á sus amores ni á su ganado, se entraba en los cuidados ajenos: decia tambien que el gran pastor de Fílida, único pintor de un retrato, habia sido mas confiado que dichoso: de los desmayos de Sireno y arrepentimiento de Diana, decia que daba gracias á Dios y á la sabia Felicia, que con su agua encantada deshizo aquella máquina de enredos, y aclaró aquel laberinto de dificultades: acordábame de otros muchos libros que de este jaez le habia oido leer, pero no eran dignos de traerlos á la memoria. CIPION. Aprovechándote vas, Berganza, de mi aviso; murmura, pica, y pasa, y sea tu intencion limpia, aunque la lengua no lo parezca. BERGANZA. En estas materias nunca tropieza la lengua, si no cae primero la intencion; pero si acaso por descuido ó por malicia murmurare, responderé á quien me reprendiere, lo que respondió Mauleon, poeta tonto, y académico de burla de la academia de los Imitadores, á uno que le preguntó qué queria decir -Deum de Deo-, y respondió que: dé donde diere. CIPION. Esta fué respuesta de un simple; pero tú, si eres discreto ó lo quieres ser, nunca has de decir cosa de que debas dar disculpa: dí adelante. BERGANZA. Digo que todos los pensamientos que he dicho, y muchos mas, me causaron ver los diferentes tratos y ejercicios que mis pastores y todos los demas de aquella marina tenian, de aquellos que habia oido leer que tenian los pastores de los libros; porque si los mios cantaban, no eran canciones acordadas y bien compuestas, sino un -cata el lobo, do va Juanica-, y otras cosas semejantes, y esto no al son de churumbelas, rabeles ó gaitas, sino al que hacia el dar un cayado con otro ó al de algunas tejuelas puestas entre los dedos, y no con voces delicadas, sonoras y admirables, sino con voces roncas, que solas ó juntas parecia, no que cantaban, sino que gritaban ó gruñian: lo mas del dia se les pasaba espulgándose ó remendándose sus abarcas: ni entre ellos se nombraban Amarilis, Fílidas, Galateas y Dianas, ni habia Lisardos, Lausos, Jacintos ni Riselos; todos eran Antones, Domingos, Pablos ó Llorentes; por donde vine á entender lo que pienso que deben de creer todos, que todos aquellos libros son cosas soñadas y bien escritas para entretenimiento de los ociosos, y no verdad alguna: que á serlo, entre mis pastores hubiera alguna reliquia de aquella felicísima vida y de aquellos amenos prados, espaciosas selvas, sagrados montes, hermosos jardines, arroyos claros y cristalinas fuentes, y de aquellos tan honestos cuanto bien declarados requiebros, y de aquel desmayarse aquí el pastor, allí la pastora, acullá resonar la zampoña del uno, acá el caramillo del otro. CIPION. Basta, Berganza, vuelve á tu senda, y camina. BERGANZA. Agradézcotelo, Cipion amigo, porque si no me avisaras, de manera se me iba calentando la boca, que no parara hasta pintarte un libro entero, destos que me tenian engañado; pero tiempo vendrá en que lo diga todo con mejores razones y con mejor discurso que ahora. CIPION. Mírate á los piés, y desharás la rueda, Berganza: quiero decir que mires que eres un animal que carece de razon, y si ahora muestras tener alguna, ya hemos averiguado entre los dos ser cosa sobrenatural y jamas vista. BERGANZA. Eso fuera así, si yo estuviera en mi primera ignorancia; mas ahora que me ha venido á la memoria lo que te habia de haber dicho al principio de nuestra plática, no solo no me maravillo de lo que hablo, pero espántome de lo que dejo de hablar. CIPION. Pues ahora ¿no puedes decir lo que ahora se te acuerda? BERGANZA. Es una cierta historia que me pasó con una grande hechicera, discípula de la Camacha de Montilla. CIPION. Digo que me la cuentes ántes que pases mas adelante en el cuento de tu vida. BERGANZA. Eso no haré yo por cierto hasta su tiempo; ten paciencia, y escucha por su órden mis sucesos que así te darán mas gusto, si ya no te fatiga querer saber los medios ántes de los principios. CIPION. Sé breve, y cuenta lo que quisieres y como quisieres. BERGANZA. Digo pues, que yo me hallaba bien con el oficio de guardar ganado, por parecerme que comia el pan de mi sudor y trabajo, y que la ociosidad, raíz y madre de todos los vicios, no tenia que ver conmigo, á causa que si los dias holgaba, las noches no dormia, dándonos asaltos á menudo, y tocándonos al arma los lobos; y apénas me habian dicho los pastores, al lobo, Barcino, cuando acudia primero que los otros perros á la parte que me señalaban que estaba el lobo: corria los valles, escudriñaba los montes, desentrañaba las selvas, saltaba barrancos, cruzaba caminos, y á la mañana volvia al hato, sin haber hallado lobo ni rastro dél, anhelando, cansado, hecho pedazos y los piés abiertos de los garranchos, y hallaba en el hato, ó ya una oveja muerta, ó un carnero degollado y medio comido del lobo: desesperábame de ver de cuán poco servia mi mucho cuidado y diligencia; venia el señor del ganado, salian los pastores á recebirle con las pieles de la res muerta: culpaba á los pastores por negligentes, y mandaba castigar á los perros por perezosos: llovian sobre nosotros palos, y sobre ellos reprensiones; y así viéndome un dia castigado sin culpa, y que mi cuidado, lijereza y braveza no eran de provecho para coger el lobo, determiné de mudar estilo, no desviándome á buscarle, como tenia de costumbre, léjos del rebaño, sino estarme junto á él, que pues el lobo allí venia, allí seria mas cierta la presa: cada semana nos tocaban á rebato, y en una escurísima noche tuve yo vista para ver los lobos, de quien era imposible que el ganado se guardase: agachéme detras de una mata, pasaron los perros mis compañeros adelante, y desde allí oteé y vi que dos pastores asieron de un carnero de los mejores del aprisco, y le mataron de manera que verdaderamente pareció á la mañana que habia sido su verdugo el lobo: pasméme, quedé suspenso cuando vi que los pastores eran los lobos, y que despedazaban el ganado los mismos que le habian de guardar. Al punto hacian saber á su amo la presa del lobo, dábanle el pellejo y parte de la carne, y comíanse ellos lo mas y lo mejor: volvia á reñirles el señor, y volvia tambien el castigo de los perros: no habia lobos, menguaba el rebaño: quisiera yo descubrillo, hallábame mudo: todo lo cual me traia lleno de admiracion y de congoja: ¡Válame Dios! decia entre mí, ¿quién podrá remediar esta maldad? ¿quién será poderoso á dar á entender que la defensa ofende, que las centinelas duermen, que la confianza roba, y que el que os guarda os mata? CIPION. Y deciais muy bien, Berganza, porque no hay mayor ni mas sutil ladron que el doméstico, y así mueren muchos mas de los confiados que de los recatados; pero el daño está en que es imposible que puedan pasar bien las gentes en el mundo, si no se fia y se confía; mas quédese aquí esto, que no quiero que parezcamos predicadores: pasa adelante. BERGANZA. Paso adelante, y digo que determiné dejar aquel oficio, aunque parecia tan bueno, y escoger otro, donde por hacerle bien, ya que no fuese remunerado, no fuese castigado: volvíme á Sevilla, y entré á servir á un mercader muy rico. CIPION. ¿Qué modo tenias para entrar con amo? porque segun lo que se usa, con gran dificultad el dia de hoy halla un hombre de bien señor á quien servir: muy diferentes son los señores de la tierra del Señor del cielo: aquellos para recebir un criado primero le espulgan el linaje, examinan la habilidad, le marcan la apostura, y aun quieren saber los vestidos que tiene; pero para entrar á servir á Dios, el mas pobre es mas rico, el mas humilde de mejor linaje, y con solo que se disponga con limpieza de corazon á querer servirle, luego le manda poner en el libro de sus gajes, señalándoselos tan aventajados, que de muchos y grandes apénas pueden caber en su deseo. BERGANZA. Todo eso es predicar, Cipion amigo. CIPION. Así me lo parece á mí, y así callo. BERGANZA. Á lo que me preguntaste del órden que tenia para entrar con amo, digo que ya tú sabes que la humildad es la basa y fundamento de todas virtudes, y que sin ella no hay ninguna que lo sea: ella allana inconvenientes, vence dificultades, y es un medio que siempre á gloriosos fines nos conduce; de los enemigos hace amigos, templa la cólera de los airados y menoscaba la arrogancia de los soberbios: es madre de la modestia y hermana de la templanza: en fin, con ella no pueden atravesar triunfo que les sea de provecho los vicios; porque en su blandura y mansedumbre se embotan y despuntan las flechas de los pecados: desta pues me aprovechaba yo, cuando queria entrar á servir en alguna casa, habiendo primero considerado y mirado muy bien ser casa que pudiese mantener, y donde pudiese entrar un perro grande: luego arrimábame á la puerta, y cuando á mi parecer entraba algun forastero, le ladraba, y cuando venia el señor, bajaba la cabeza, y moviendo la cola me iba á él, y con la lengua le limpiaba los zapatos: si me echaban á palos, sufríalos, y con la misma mansedumbre volvia á hacer halagos al que me apaleaba, que ninguno segundaba, viendo mi porfía y mi noble término: desta manera á dos porfías me quedaba en casa: servia bien, queríanme luego bien, y nadie me despidió, sino era que yo me despidiese, ó por mejor decir, me fuese; y tal vez hallé amo, que este fuera el dia que yo estuviera en su casa, si la contraria suerte no me hubiera perseguido. CIPION. De la misma manera que has contado, entraba yo con los amos que tuve, y parece que nos leimos los pensamientos. BERGANZA. Como en esas cosas nos hemos encontrado, si no me engaño, y yo te las diré á su tiempo, como tengo prometido, y ahora escucha lo que me sucedió despues que dejé el ganado en poder de aquellos perdidos. Volvíme á Sevilla, como dije, que es amparo de pobres y refugio de desechados, que en su grandeza no solo caben los pequeños, pero no se echan de ver los grandes: arriméme á la puerta de una gran casa de un mercader, hice mis acostumbradas diligencias, y á pocos lances me quedé en ella: recebiéronme para tenerme atado detras de la puerta de dia, y suelto de noche: servia con gran cuidado y diligencia, ladraba á los forasteros y gruñia á los que no eran muy conocidos: no dormia de noche, visitando los corrales, subiendo á los terrados, hecho universal centinela de la mia y de las casas ajenas: agradóse tanto mi amo de mi buen servicio, que mandó que me tratasen bien, y me diesen racion de pan y los huesos que se levantasen ó arrojasen de su mesa, con las sobras de la cocina, á lo que yo me mostraba agradecido, dando infinitos saltos cuando veia á mi amo, especialmente cuando venia de fuera, que eran tantas las muestras de regocijo que daba, y tantos los saltos, que mi amo ordenó que me desatasen y me dejasen andar suelto de dia y de noche: como me vi suelto, corrí á él, rodeéle todo, sin osar llegarle con las manos, acordándome de la fábula de Esopo, cuando aquel asno tan asno, que quiso hacer á su señor las mismas caricias que le hacia una perrilla regalada suya, que le granjearon ser molido á palos: parecióme que en esta fábula se nos dió á entender que las gracias y donaires de algunos no están bien en otros: apode el truhan, juegue de manos y voltee el istrion, rebuzne el pícaro, imite el canto de los pájaros, y los diversos gestos y acciones de los animales y los hombres el hombre bajo que se hubiere dado á ello, y no lo quiera hacer el hombre principal, á quien ninguna habilidad destas le puede dar crédito ni nombre honroso. CIPION. Basta; adelante, Berganza, que ya estás entendido. BERGANZA. ¡Ojalá que como tú me entiendes, me entendiesen aquellos por quien lo digo! que no sé qué tengo de buen natural, que me pesa infinito cuando veo que un caballero se hace chocarrero y se precia que sabe jugar los cubiletes y las agallas, y que no hay quien como él sepa bailar la chacona: un caballero conozco yo que se alababa que á ruegos de un sacristan habia cortado de papel treinta y dos flores para poner en un monumento sobre paños negros, y destas cortaduras hizo tanto caudal, que así llevaba á sus amigos á verlas, como si los llevara á ver las banderas y despojos de enemigos, que sobre la sepultura de sus padres y abuelos estaban puestas. Este mercader pues tenia dos hijos, el uno de doce, y el otro de hasta catorce años, los cuales estudiaban gramática en el estudio de la Compañía de Jesus: iban con autoridad, con ayo y con pajes que les llevaban los libros, y aquel que llaman -vade mecum-: el verlos ir con tanto aparato, en sillas si hacia sol, en coche si llovia, me hizo considerar y reparar en la mucha llaneza con que su padre iba á la lonja á negociar sus negocios, porque no llevaba otro criado que un negro, y algunas veces se desmandaba á ir en un machuelo aun no bien aderezado. CIPION. Has de saber, Berganza, que es costumbre y condicion de los mercaderes de Sevilla, y aun de las otras ciudades, mostrar su autoridad y riqueza, no en sus personas, sino en las de sus hijos; porque los mercaderes son mayores en su sombra que en sí mismos, y como ellos por maravilla atienden á otra cosa que á sus tratos y contratos, trátanse modestamente; y como la ambicion y la riqueza muere por manifestarse, revienta por sus hijos, y así los tratan y autorizan como si fuesen hijos de algun príncipe; y algunos hay que los procuran títulos, y ponerles en el pecho la marca que tanto distingue la gente principal de la plebeya. BERGANZA. Ambicion es, pero ambicion generosa, la de aquel que pretende mejorar su estado sin perjuicio de tercero. CIPION. Pocas ó ninguna vez se cumple con la ambicion, que no sea con daño de tercero. BERGANZA. Ya hemos dicho que no hemos de murmurar. CIPION. Sí, que yo no murmuro de nadie. BERGANZA. Ahora acabo de confirmar por verdad lo que muchas veces he oido decir. Acaba un maldiciente murmurador de echar á perder diez linajes, y de calumniar veinte buenos, y si alguno le reprende por lo que ha dicho, responde que él no ha dicho nada, y que si ha dicho algo, no lo ha dicho por tanto, y que si pensara que alguno se habia de agraviar, no lo dijera: á la fe, Cipion, mucho ha de saber y muy sobre los estribos ha de andar el que quisiere sustentar dos horas de conversacion sin tocar los límites de la murmuracion; porque yo veo en mí, que con ser un animal como soy, á cuatro razones que digo, me acuden palabras á la lengua como mosquitos al vino, y todas maliciosas y murmurantes: por lo cual vuelvo á decir lo que otra vez he dicho, que el hacer y decir mal lo heredamos de nuestros primeros padres, y lo mamamos en la leche: vese claro en que apénas ha sacado el niño el brazo de las fajas, cuando levanta la mano con muestras de querer vengarse de quien á su parecer le ofende: y casi la primera palabra articulada que habla, es llamar puta á su ama ó á su madre. CIPION. Así es verdad, y yo confieso mi yerro, y quiero que me le perdones, pues te he perdonado tantos: echemos pelillos á la mar (como dicen los muchachos), y no murmuremos de aquí adelante, y sigue tu cuento, que le dejaste en la autoridad con que los hijos del mercader tu amo iban al estudio de la Compañía de Jesus. BERGANZA. Á él me encomiendo en todo acontecimiento; y aunque el dejar de murmurar lo tengo por dificultoso, pienso usar de un remedio, que oí decir que usaba un gran jurador, el cual arrepentido de su mala costumbre, cada vez que despues de su arrepentimiento juraba, se daba un pellizco en el brazo ó besaba la tierra en pena de su culpa; pero con todo esto juraba: así yo cada vez que fuere contra el precepto que me has dado de que no murmure, y contra la intencion que tengo de no murmurar, me morderé el pico de la lengua, de modo que me duela, y me acuerde de mi culpa para no volver á ella. CIPION. Tal es ese remedio, que si usas dél, espero que te has de morder tantas veces, que has de quedar sin lengua, y así quedarás imposibilitado de murmurar. BERGANZA. Á lo ménos yo haré de mi parte mis diligencias, y supla las faltas el cielo. Y así digo que los hijos de mi amo se dejaron un dia un cartapacio en el patio, donde yo á la sazon estaba; y como estaba enseñado á llevar la esportilla del jifero mi amo, así del -vade mecum- y fuíme tras ellos con intencion de no soltalle hasta el estudio: sucedióme todo como lo deseaba, que mis amos que me vieron venir con el -vade mecum- en la boca, asido sotilmente de las cintas, mandaron á un paje me le quitase; mas yo no lo consentí, ni le solté hasta que entré en el aula, cosa que causó risa á todos los estudiantes: lleguéme al mayor de mis amos, y á mi parecer con mucha crianza se le puse en las manos, y quedéme sentado en cuclillas á la puerta del aula, mirando de hito en hito al maestro que en la cátedra leia. No sé qué tiene la virtud, que con alcanzárseme á mí tan poco ó nada della, luego recebí gusto de ver el amor, el término, la solicitud y la industria con que aquellos benditos padres y maestros enseñaban á aquellos niños, enderezando las tiernas varas de su juventud, porque no torciesen ni tomasen mal siniestro en el camino de la virtud, que juntamente con las letras les mostraban: consideraba cómo los reñian con suavidad, los castigaban con misericordia, los animaban con ejemplos, los incitaban con premios, y los sobrellevaban con cordura; y finalmente, cómo les pintaban la fealdad y horror de los vicios, y les dibujaban la hermosura de las virtudes, para que aborrecidos ellos y amadas ellas consiguiesen el fin para que fueron criados. CIPION. Muy bien dices, Berganza, porque yo he oido decir desa bendita gente, que para repúblicos del mundo no los hay tan prudentes en todo él, y para guiadores y adalides del camino del cielo, pocos les llegan: son espejos donde se mira la honestidad, la católica doctrina, la singular prudencia, y finalmente la humildad profunda, basa sobre quien se levanta todo el edificio de la bienaventuranza. BERGANZA. Todo es así como lo dices. Y siguiendo mi historia, digo que mis amos gustaron de que les llevase siempre el -vade mecum-, lo que hice de muy buena voluntad, con lo cual tenia una vida de rey, y aun mejor, porque era descansada, á causa que los estudiantes dieron en burlarse conmigo, y domestiquéme con ellos de tal manera, que me metian la mano en la boca, y los mas chiquillos subian sobre mí: arrojaban los bonetes ó sombreros, y yo se los volvia á la mano limpiamente y con muestras de grande regocijo: dieron en darme de comer cuanto ellos podian, y gustaban de ver que cuando me daban nueces ó avellanas, las partia como mona, dejando las cáscaras y comiendo lo tierno: tal hubo, que por hacer prueba de mi habilidad, me trujo en un pañuelo gran cantidad de ensalada, la cual comí como si fuera persona. Era tiempo de invierno, cuando campean en Sevilla los molletes y mantequillas, de quien era tan bien servido, que mas de dos Antonios se empeñaron ó vendieron para que yo almorzase. Finalmente, yo pasaba una vida de estudiante sin hambre y sin sarna, que es lo mas que se puede encarecer para decir que era buena; porque si la sarna y la hambre no fuesen tan unas con los estudiantes, en las vidas no habria otra de mas gusto y pasatiempo, porque corren parejas en ella la virtud y el gusto, y se pasa la mocedad aprendiendo y holgándose: desta gloria y desta quietud me vino á quitar una señora, que á mi parecer llaman por ahí razon de estado, que cuando con ella se cumple se ha de descumplir con otras razones muchas. Es el caso, que aquellos señores maestros les pareció que la media hora que hay de licion, á licion, la ocupaban los estudiantes no en repasar las liciones, sino en holgarse conmigo; y así ordenaron á mis amos que no me llevasen mas al estudio: obedecieron, volviéronme á casa, y á la antigua guarda de la puerta, y sin acordarse el señor viejo de la merced que me habia hecho, de que de dia y de noche anduviese suelto, volví á entregar el cuello á la cadena y el cuerpo á una esterilla, que detras de la puerta me pusieron. ¡Ay, amigo Cipion, si supieses cuán dura cosa es de sufrir el pasar de un estado felice á un desdichado! Mira: cuando las miserias y desdichas tienen larga la corriente y son continuas, ó se acaban presto con la muerte, ó la continuacion dellas hace un hábito y costumbre en padecellas, que suele en su mayor rigor servir de alivio; mas cuando de la suerte desdichada y calamitosa, sin pensarlo y de improviso se sale á gozar de otra suerte próspera, venturosa y alegre, y de allí á poco se vuelve á padecer la suerte primera, y á los primeros trabajos y desdichas, es un dolor tan riguroso, que si no acaba la vida, es por atormentarla mas viviendo. Digo en fin, que volví á mi racion perruna, y á los huesos que una negra de casa me arrojaba, y aun estos me diezmaban dos gatos romanos, que como sueltos y lijeros, érales fácil quitarme lo que no caia debajo del distrito que alcanzaba mi cadena. Cipion hermano, así el cielo te conceda el bien que deseas, que sin que te enfades me dejes ahora filosofar un poco, porque si dejase de decir las cosas que en este instante me han venido á la memoria de aquellas que entónces me ocurrieron, me parece que no seria mi historia cabal ni de fruto alguno. CIPION. Advierte, Berganza, no sea tentacion del demonio esa gana de filosofar que dices te ha venido; porque no tiene la murmuracion mejor velo para paliar y encubrir su maldad disoluta, que darse á entender el murmurador, que todo cuanto dice son sentencias de filósofos, y que el decir mal es reprension, y el descubrir los defectos ajenos buen celo, y no hay vida de ningun murmurante, que si la consideras y escudriñas, no la halles llena de vicios y de insolencias; y debajo de saber esto, filosofa ahora cuanto quisieres. BERGANZA. Seguro puedes estar, Cipion, de que mas murmure, porque así lo tengo propuesto. Es pues el caso, que como me estaba todo el dia ocioso, y la ociosidad sea madre de los pensamientos, di en repasar por la memoria algunos latines que me quedaron en ella de muchos que oí cuando fuí con mis amos al estudio, con que á mi parecer me hallé algo mas mejorado de entendimiento, y determiné, como si hablar supiera, aprovecharme dellos en las ocasiones que se me ofreciesen; pero en manera diferente de la que se suelen aprovechar algunos ignorantes. Hay algunos romancistas que en las conversaciones disparan de cuando en cuando con algun latin breve y compendioso, dando á entender á los que no lo entienden, que son grandes latinos, y apénas saben declinar un nombre, ni conjugar un verbo. CIPION. Por menor daño tengo ese que el que hacen los que verdaderamente saben latin, de los cuales hay algunos tan imprudentes, que hablando con un zapatero ó con un sastre, arrojan latines como agua. BERGANZA. Deso podremos inferir que tanto peca el que dice latines delante de quien los ignora, como el que los dice ignorándolos. CIPION. Pues otra cosa puedes advertir, y es que hay algunos que no les escusa el ser latinos, de ser asnos. BERGANZA. Pues ¿quién lo duda? La razon está clara, pues cuando en tiempo de los romanos hablaban todos latin, como lengua materna suya, algun majadero habria entre ellos, á quien no escusaria el hablar latin dejar de ser necio. CIPION. Para saber callar en romance y hablar en latin, discrecion es menester, hermano Berganza. BERGANZA. Así es, porque tambien se puede decir una necedad en latin como en romance, y yo he visto letrados tontos y gramáticos pesados, y romancistas vareteados con sus listas de latin, que con mucha facilidad pueden enfadar al mundo, no una, sino muchas veces. CIPION. Dejemos esto, y comienza á decir tus filosofías. BERGANZA. Ya las he dicho: estas son que acabo de decir. CIPION. ¿Cuáles? BERGANZA. Estas de los latines y romances, que yo comencé y tú acabaste. CIPION. ¿Al murmurar llamas filosofar? así va ello: canoniza, canoniza, Berganza, á la maldita plaga de la murmuracion, y dale el nombre que quisieres, que ella dará á nosotros el de cínicos, que quiere decir perros murmuradores; y por tu vida que calles ya, y sigas tu historia. BERGANZA. ¿Cómo la tengo de seguir si callo? CIPION. Quiero decir que la sigas de golpe, sin que la hagas que parezca pulpo, segun la vas añadiendo colas. BERGANZA. Habla con propiedad, que no se llaman colas las del pulpo. CIPION. Ese es el error que tuvo el que dijo que no era torpedad ni vicio nombrar las cosas por sus propios nombres, como si no fuese mejor, ya que sea forzoso nombrarlas, decirlas por circunloquios y rodeos, que templen la asquerosidad que causa el oirlas por sus mismos nombres: las honestas palabras dan indicio de la honestidad del que las pronuncia ó las escribe. BERGANZA. Quiero creerte, y digo que no contenta mi fortuna de haberme quitado de mis estudios, y de la vida que en ellos pasaba tan regocijada y compuesta, y haberme puesto atraillado tras de una puerta, y de haber trocado la liberalidad de los estudiantes en la mezquindad de la negra, ordenó de sobresaltarme en lo que ya por quietud y descanso tenia: mira, Cipion, ten por cierto y averiguado, como yo lo tengo, que al desdichado las desdichas le buscan y le hallan, aunque se esconda en los últimos rincones de la tierra: dígolo porque la negra de casa estaba enamorada de un negro, asimismo esclavo de casa, el cual negro dormia en el zaguan que es entre la puerta de la calle y la de en medio, detras de la cual yo estaba, y no se podian juntar sino de noche, y para esto habian hurtado ó contrahecho las llaves; y así las mas de las noches bajaba la negra, y tapándome la boca con algun pedazo de carne ó queso, abria al negro con quien se daba buen tiempo, facilitándolo mi silencio, y á costa de muchas cosas que la negra hurtaba: algunos dias me estragaron la conciencia las dádivas de la negra, pareciéndome que sin ellas se me apretarian las ijadas, y daria de mastin en galgo; pero en efecto, llevado de mi buen natural, quise responder á lo que á mi amo debia, pues tiraba sus gajes y comia su pan, como lo deben hacer no solo los perros honrados, á quienes se les da renombre de agradecidos, sino todos aquellos que sirven. CIPION. Esto sí, Berganza, quiero que pase por filosofía, porque son razones que consisten en buena verdad y en buen entendimiento; y adelante, y no hagas soga, por no decir cola, de tu historia. BERGANZA. Primero te quiero rogar me digas, si es que lo sabes, qué quiere decir filosofía; que aunque yo la nombro, no sé lo que es; solo me doy á entender que es cosa buena. CIPION. Con brevedad te lo diré. Este nombre se compone de dos nombres griegos, que son: -filos- y -sofia-: -filos- quiere decir amor, y -sofia- la ciencia: así que -filosofía- significa amor de la ciencia, y filósofo, amador de la ciencia. BERGANZA. Mucho sabes, Cipion, ¿quién diablos te enseñó á tí nombres griegos? CIPION. Verdaderamente, Berganza, que eres simple, pues desto haces caso; porque estas son cosas que las saben los niños de la escuela, y tambien hay quien presuma saber la lengua griega sin saberla, como la latina ignorándola. BERGANZA. Eso es lo que yo digo, y quisiera que á estos tales los pusieran en una prensa, y á fuerza de vueltas les sacaran el jugo de lo que saben, porque no anduviesen engañando al mundo con el oropel de sus gregüescos rotos y sus latines falsos, como hacen los portugueses con los negros de Guinea. CIPION. Ahora sí, Berganza, que te puedes morder la lengua, y tarazármela yo, porque todo cuanto decimos es murmurar. BERGANZA. Sí, que no estoy obligado á hacer lo que he oido decir que hizo un llamado Corondas, tirio, el cual puso ley que ninguno entrase en el ayuntamiento de su ciudad con armas, so pena de la vida: descuidóse desto, y otro dia entró en el cabildo ceñida la espada: advirtiéronselo, y acordándose de la pena por él puesta, al momento desenvainó su espada, y se pasó con ella el pecho, y fué el primero que puso y quebrantó la ley, y pagó la pena. Lo que yo dije no fué poner ley, sino prometer que me morderia la lengua cuando murmurase; pero ahora no van las cosas por el tenor y rigor de las antiguas: hoy se hace una ley, y mañana se rompe, y quizá conviene que así sea: ahora promete uno de enmendarse de sus vicios, y de allí á un momento cae en otros mayores: una cosa es alabar la disciplina, y otra el darse con ella; y en efecto, del dicho al hecho hay gran trecho: muérdase el diablo, que yo no quiero morderme, ni hacer finezas detras de una estera, donde de nadie soy visto que pueda alabar mi honrosa determinacion. CIPION. Segun eso, Berganza, si tú fueras persona, fueras hipócrita, y todas las obras que hicieras, fueran aparentes, fingidas y falsas, cubiertas con la capa de la virtud, solo por que te alabaran, como todos los hipócritas hacen. BERGANZA. No sé lo que entónces hiciera: esto sé que quiero hacer ahora, que es no morderme, quedándome tantas cosas por decir, que no sé cómo ni cuándo podré acabarlas, y mas estando temeroso, que al salir del sol nos hemos de quedar á escuras, faltándonos la habla. CIPION. Mejor lo hará el cielo, sigue tu historia, y no te desvíes del camino carretero con impertinentes digresiones; y así por larga que sea, la acabarás presto. BERGANZA. Digo pues, que habiendo visto la insolencia, latrocinio y deshonestidad de los negros, determiné, como buen criado, estorbarlo por los mejores medios que pudiese, y pude tan bien, que salí con mi intento. Bajaba la negra, como has oido, á refocilarse con el negro, fiada en que me enmudecian los pedazos de carne, pan ó queso que me arrojaba: mucho pueden las dádivas, Cipion. CIPION. Mucho: no te diviertas, pasa adelante. BERGANZA. Acuérdome que cuando estudiaba oí decir al preceptor un refran latino, que ellos llaman adagio, que decia: -habet bovem in lingua-. CIPION. ¡Oh! que en hora mala hayais encajado vuestro latin. ¿Tan presto se te ha olvidado lo que poco ha dijimos contra los que entremeten latines en las conversaciones de romances? BERGANZA. Este latin viene aquí de molde: que has de saber que los atenienses usaban entre otras de una moneda sellada con la figura de un buey, y cuando algun juez dejaba de decir ó hacer lo que era razon y justicia por estar cohechado, decian: este tiene el buey en la lengua. CIPION. La aplicacion falta. BERGANZA. ¿No está bien clara, si las dádivas de la negra me tuvieron muchos dias mudo, que ni queria ni osaba ladrar cuando bajaba á verse con su negro enamorado? por lo que vuelvo á decir que pueden mucho las dádivas. 1 » , : 2 , , , 3 , 4 . 5 6 - - , , 7 ; 8 , , . 9 10 - - , , 11 : . , 12 . 13 14 - - , . 15 16 - - , , 17 , , 18 . 19 20 - - , , 21 , . 22 23 - - , , ; 24 , , , , 25 , , 26 , . 27 28 - - , , 29 , . 30 31 - - , , ; 32 , , 33 , ; , 34 . 35 36 - - , , , 37 , , . 38 39 - - , ; , 40 , 41 . 42 43 - - , , 44 , : 45 46 , 47 . 48 49 : 50 , . 51 52 - - , , : , 53 , : 54 , 55 ; , 56 . , 57 ( ) , 58 59 , 60 : , 61 : , ; 62 , 63 , , 64 , : 65 ; , 66 : 67 , , 68 , , 69 , 70 , 71 , 72 , 73 , : , 74 : , . 75 76 , 77 . 78 79 - - , , 80 , 81 , : 82 , 83 , 84 , , 85 , 86 . 87 88 , 89 , , 90 91 . 92 93 - - , , 94 , 95 . 96 97 - - , . 98 99 - - , , 100 , 101 , , , 102 , 103 , , 104 , , 105 . 106 107 - - , , ; 108 . 109 110 - - , , 111 , , , 112 ; 113 , , 114 , , , 115 , 116 , , 117 , , 118 , 119 , , , 120 , , 121 . 122 123 , 124 , : 125 126 - - , , 127 128 ; , 129 : 130 , , , 131 . 132 133 - - , , 134 , , : 135 , , 136 , 137 ; 138 , ; 139 , 140 , 141 , 142 , , , , 143 , 144 : 145 , 146 , : , 147 , 148 , . 149 150 - - ¡ , , 151 , , , 152 ! 153 154 - - , , 155 , , 156 , 157 ; 158 , , 159 ¿ , , 160 , , ? 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