--Gran consuelo será para mí, señores, si sé que vais juntos, ó á lo ménos de modo que os favorezcais el uno á otro, si el caso lo pidiere; y pues al que vais á mí se me semeja ser de peligro, hacedme merced, señores, de llevar estas reliquias con vosotros. Y diciendo esto, sacó del seno una cruz de diamantes de inestimable valor, y un -agnus- de oro tan rico como la cruz. Miraron los dos las ricas joyas, y apreciáronlas aun mas que lo que habian apreciado el cintillo; pero volviéronselas, no queriendo tomarlas en ninguna manera, diciendo que ellos llevarian reliquias consigo, si no tan bien adornadas, á lo ménos en su calidad tan buenas. Pesóle á Cornelia el no aceptarlas, pero al fin hubo de estar á lo que ellos querian. El ama tenia gran cuidado de regalar á Cornelia, y sabiendo la partida de sus amos, de que le dieron cuenta, pero no á lo que iban ni adónde iban, se encargó de mirar por la señora (cuyo nombre aun no sabia), de manera que sus mercedes no hiciesen falta. Otro dia bien de mañana ya estaba Lorenzo á la puerta, y D. Juan de camino con el sombrero del cintillo, á quien adornó de plumas negras y amarillas, y cubrió el cintillo con una toquilla negra. Despidiéronse de Cornelia, la cual imaginando que tenia á su hermano tan cerca, estaba tan temerosa, que no acertó á decir palabra á los dos que della se despidieron. Salió primero Don Juan, y con Lorenzo se fué fuera de la ciudad, y en una huerta algo desviada hallaron dos muy buenos caballos, con dos mozos que del diestro los tenian. Subieron en ellos, y los mozos delante, por sendas y caminos desusados caminaron á Ferrara: D. Antonio sobre un cuartago suyo, y otro vestido y disimulado los seguia; pero parecióle que se recataban dél, especialmente Lorenzo, y así acordó de seguir el camino derecho de Ferrara, con seguridad que allí los encontraria. Apénas hubieron salido de la ciudad, cuando Cornelia dió cuenta al ama de todos sus sucesos, y de cómo aquel niño era suyo y del duque de Ferrara, con todos los puntos que hasta aquí se han contado, tocantes á su historia, no encubriéndole como el viaje que llevaban sus señores era á Ferrara, acompañando á su hermano, que iba á desafiar al duque Alfonso. Oyendo lo cual el ama (como si el demonio se lo mandara, para intricar, estorbar ó dilatar el remedio de Cornelia), dijo: --¡Ay, señora de mi alma! ¿y todas esas cosas han pasado por vos, y estais aquí descuidada y á pierna tendida? Ó no teneis alma, ó teneisla tan desmazalada que no siente. ¿Cómo, y pensais vos por ventura, que vuestro hermano va á Ferrara? No lo penseis, sino pensad y creed que ha querido llevar á mis amos de aquí, y ausentarlos desta casa, para volver á ella y quitaros la vida, que lo podrá hacer, como quien bebe un jarro de agua: mirad debajo de qué guarda y amparo quedámos, sino en la de tres pajes, que harto tienen ellos que hacer en rascarse la sarna de que están llenos, que en meterse en dibujos: á lo ménos de mi sé decir, que no tendré ánimo para esperar el suceso y ruina que á esta casa amenaza: ¡el señor Lorenzo, italiano, y que se fie de españoles, y les pida favor y ayuda! para mi ojo, si tal crea (y dióse ella misma una higa); si vos, hija mia, quisiéredes tomar mi consejo, yo os le daria tal que os luciese. Pasmada, atónita y confusa estaba Cornelia oyendo las razones del ama, que las decia con tanto ahinco, y con tantas muestras de temor, que le pareció ser todo verdad lo que le decia, y quizá estaban muertos D. Juan y D. Antonio, y que su hermano entraba por aquellas puertas, y la cosia á puñaladas; y así le dijo: --Y ¿qué consejo me daríades vos, amiga, que fuese saludable, y que previniese la sobrestante desventura? --Y como que le daré tal y tan bueno, que no pueda mejorarse, dijo el ama: yo, señora, he servido á un piovano, á un cura, digo, de una aldea, que está dos millas de Ferrara: es una persona santa y buena, y que hará por mí todo lo que yo le pidiere, porque me tiene obligacion mas que de amo: vámonos allá, que yo buscaré quien nos lleve luego, y la que viene á dar de mamar al niño es mujer pobre, y se irá con nosotras al cabo del mundo; y ya, señora, que presupongamos que has de ser hallada, mejor será que te hallen en casa de un sacerdote de misa, viejo y honrado, que en poder de dos estudiantes, mozos y españoles, que los tales, como soy yo buen testigo, no desechan ripio, y agora, señora, como estás mala, te han guardado respeto; pero si sanas y convaleces en su poder, Dios lo podrá remediar, porque en verdad, que si á mí no me hubieran guardado mis repulsas, desdenes y enterezas, ya hubieran dado conmigo y con mi honra al traste; porque no es todo oro lo que en ellos reluce: uno dicen, y otro piensan; pero hanlo habido conmigo, que soy taimada, y sé dó me aprieta el zapato, y sobre todo soy bien nacida, que soy de los Cribelos de Milan, y tengo el punto de la honra diez millas mas allá de las nubes; y en esto se podrá echar de ver, señora mia, las calamidades que por mí han pasado, pues con ser quien soy, he venido á ser masara de españoles, á quien ellos llaman ama; aunque á la verdad no tengo de qué quejarme de mis amos, porque son unos benditos, como no estén enojados, y en esto parecen vizcaínos, como ellos dicen que lo son; pero quizá para contigo serán gallegos, que es otra nacion, segun es fama, algo ménos puntual y bien mirada que la vizcaína. En efeto, tantas y tales razones le dijo, que la pobre Cornelia se dispuso á seguir su parecer; y así en ménos de cuatro horas, disponiéndolo el ama, y consintiéndolo ella, se vieron dentro de una carroza las dos y la ama del niño, y sin ser sentidas de los pajes, se pusieron en camino para la aldea del cura; y todo esto se hizo á persuasion del ama, y con sus dineros, porque la habian pagado sus señores un año de su sueldo, y así no fué menester empeñar una joya que Cornelia le daba; y como habian oido decir á D. Juan que él y su hermano no habian de seguir el camino derecho de Ferrara, sino por sendas apartadas, quisieron ellas seguir el derecho, y poco á poco por no encontrarse con ellos, y el dueño de la carroza se acomodó al paso de la voluntad dellas, porque le pagaron al gusto de la suya. Dejémoslas ir, que ellas van tan atrevidas como bien encaminadas, y sepamos qué les sucedió á D. Juan de Gamboa y al señor Lorenzo Bentibolli: de los cuales se dice que en el camino supieron que el duque no estaba en Ferrara, sino en Bolonia; y así dejando el rodeo que llevaban, se vinieron al camino real, ó á la estrada maestra, como allá se dice, considerando que aquella habia de traer el duque, cuando de Bolonia volviese. Y á poco espacio que en ella habian entrado, habiendo tendido la vista hácia Bolonia por ver si por él alguno venia, vieron un tropel de gente de á caballo, y entónces dijo D. Juan á Lorenzo que se desviase del camino, porque si acaso entre aquella gente viniese el duque, le queria hablar allí ántes que se encerrase en Ferrara que estaba poco distante. Hízolo así Lorenzo, y aprobó el parecer de D. Juan. Así como se apartó Lorenzo quitó D. Juan la toquilla que encubria el rico cintillo, y esto no con falta de discreto discurso, como él despues lo dijo. En esto llegó la tropa de los caminantes, y entre ellos venia una mujer sobre una pia, vestida de camino, y el rostro cubierto con una mascarilla, ó por mejor encubrirse, ó por guardarse del sol y del aire. Paró el caballo D. Juan en medio del camino, y estuvo con el rostro descubierto á que llegasen los caminantes, y en llegando cerca, el talle, el brio, el poderoso caballo, la bizarría del vestido y las luces de los diamantes, llevaron tras sí los ojos de cuantos allí venian, especialmente los del duque de Ferrara, que era uno dellos, el cual como puso los ojos en el cintillo, luego se dió á entender que el que le traia era D. Juan de Gamboa, el que le habia librado en la pendencia; y tan de veras aprendió esta verdad, que sin hacer otro discurso, arremetió su caballo hácia D. Juan, diciendo: --No creo que me engañaré en nada, señor caballero, si os llamo D. Juan de Gamboa, que vuestra gallarda disposicion y el adorno dese capelo me lo están diciendo. --Así es la verdad, respondió D. Juan, porque jamas supe ni quise encubrir mi nombre: pero decidme, señor, quién sois, porque yo no caiga en alguna descortesía. --Eso será imposible, respondió el duque, que para mí tengo que no podeis ser descortés en ningun caso: con todo eso os digo, señor D. Juan, que yo soy el duque de Ferrara, y el que está obligado á serviros todos los dias de su vida, pues no ha cuatro noches que vos se la disteis. No acabó de decir esto el duque, cuando D. Juan, con estraña lijereza, saltó del caballo, y acudió á besar los piés del duque; pero por presto que llegó, ya el duque estaba fuera de la silla, de modo que se acabó de apear en brazos de D. Juan. El señor Lorenzo, que desde algo léjos miraba estas ceremonias, no pensando que lo eran de cortesía, sino de cólera, arremetió su caballo; pero en la mitad del repelon le detuvo, porque vió abrazados muy estrechamente al duque y á D. Juan, que ya habia conocido al duque. El duque, por cima de los hombros de don Juan, miró á Lorenzo, y conocióle, de cuyo conocimiento algun tanto se sobresaltó, y así como estaba abrazado preguntó á D. Juan si Lorenzo Bentibolli, que allí estaba, venia con él ó no. Á lo cual D. Juan respondió: --Apartémonos algo de aquí, y contaréle á vuestra Escelencia grandes cosas. Hízolo así el duque, y D. Juan le dijo: --Señor, Lorenzo Bentibolli, que allí veis, tiene una queja de vos, no pequeña: dice que habrá cuatro noches que sacastes á su hermana, la señora Cornelia, de casa de una prima suya, y que la habeis engañado y deshonrado, y quiere saber de vos qué satisfacion le pensais hacer, para que él vea lo que le conviene: pidióme que fuese su valedor y medianero: yo se lo ofrecí, porque por los barruntos que él me dió de la pendencia, conocí que vos, señor, érades el dueño deste cintillo, que por liberalidad y cortesía vuestra quisistes que fuese mio, y viendo que ninguno podia hacer vuestras partes mejor que yo, como ya he dicho, le ofrecí mi ayuda: querria yo agora, señor, me dijésedes lo que sabeis acerca deste caso, y si es verdad lo que Lorenzo dice. --¡Ay, amigo! respondió el duque; es tan verdad, que no me atreveria á negarla aunque quisiese: yo no he engañado ni sacado á Cornelia, aunque sé que falta de la casa que dice: no la he engañado, porque la tengo por mi esposa: no la he sacado, porque no sé della: si públicamente no celebré mis desposorios, fué porque aguardaba que mi madre (que está ya en lo último) pasase desta á mejor vida, que tiene deseo que sea mi esposa la señora Livia, hija del duque de Mantua, y por otros inconvenientes quizá mas eficaces que los dichos, y no conviene que ahora se digan: lo que pasa es que la noche que me socorristes, la habia de traer á Ferrara, porque estaba ya en el mes de dar á la luz la prenda que ordenó el cielo que en ella depositase; ó ya fuese por la riña, ó ya por mi descuido, cuando llegué á su casa hallé que salia la secretaria de nuestros conciertos: preguntéle por Cornelia, díjome que ya habia salido, y que aquella noche habia parido un niño, el mas bello del mundo, y que se le habia dado á un Fabio mi criado: la doncella es aquella que allí viene: el Fabio está aquí, y el niño ni Cornelia no parecen: y yo he estado estos dos dias en Bolonia, esperando y escudriñando oir algunas nuevas de Cornelia, pero no he sentido nada. --Dese modo, señor, dijo D. Juan, que cuando Cornelia y vuestro hijo pareciesen ¿no negaréis ser vuestra esposa y él vuestro hijo? --No por cierto; porque aunque me precio de caballero, mas me precio de cristiano; y mas que Cornelia es tal, que merece ser señora de un reino: pareciese ella, y viva ó muera mi madre, que el mundo sabrá, que si supe ser amante, supe la fe que di en secreto guardarla en público. --Luego ¿bien diréis, dijo D. Juan, lo que á mí me habeis dicho, á vuestro hermano el señor Lorenzo? --Antes me pesa, respondió el duque, de que tarde tanto en saberlo. Al instante hizo D. Juan señas á Lorenzo que se apease y viniese donde ellos estaban, como lo hizo, bien ajeno de pensar la buena nueva que le esperaba. Adelantóse el duque á recebirle con los brazos abiertos, y la primera palabra que le dijo fué llamarle hermano. Apénas supo Lorenzo responder á salutacion tan amorosa, ni á tan cortés recebimiento; y estando así suspenso, ántes que hablase palabra, D. Juan le dijo: --El duque, señor Lorenzo, confiesa la conversacion secreta que ha tenido con vuestra hermana la señora Cornelia: confiesa asimismo que es su legítima esposa, y que como lo dice aquí lo dirá públicamente cuando se ofreciere: concede asimismo que fué ha cuatro noches á sacarla de casa de su prima para traerla á Ferrara, y aguardar coyuntura de celebrar sus bodas, que las ha dilatado por justísimas causas que me ha dicho: dice asimismo la pendencia que con vos tuvo, y que cuando fué por Cornelia encontró con Sulpicia, su doncella, que es aquella mujer que allí viene, de quien supo que Cornelia no habia una hora que habia parido, y que ella dió la criatura á un criado del duque, y que luego Cornelia, creyendo que estaba allí el duque, habia salido de casa medrosa, porque imaginaba que ya vos, señor Lorenzo, sabíades sus tratos. Sulpicia no dió el niño al criado del duque, sino á otro en su cambio: Cornelia no parece, él se culpa de todo, y dice que cada y cuando que la señora Cornelia parezca, la recebirá como á su verdadera esposa: mirad, señor Lorenzo, si hay mas que decir, ni mas que desear, sino es el hallazgo de las dos tan ricas como desgraciadas prendas. Á esto respondió el señor Lorenzo, arrojándose á los piés del duque, que porfiaba por levantarlo: --De vuestra cristiandad y grandeza, serenísimo señor y hermano mio, no podíamos mi hermana y yo esperar menor bien del que á entrambos nos haceis: á ella en igualarla con vos, y á mí en ponerme en el número de vuestros criados. Ya en esto se le arrasaban los ojos de lágrimas, y al duque lo mismo, enternecidos, el uno con la pérdida de su esposa, y el otro con el hallazgo de tan buen cuñado; pero considerando que pareceria flaqueza dar muestras con lágrimas de tanto sentimiento, las reprimieron y volvieron á encerrar en los ojos; y los de D. Juan alegres casi les pedian las albricias de haber parecido Cornelia y su hijo, pues los dejaba en su misma casa. En esto estaban, cuando se descubrió D. Antonio de Isunza, que fué conocido de D. Juan en el cuartago desde algo léjos, pero cuando llegó cerca se paró, y vió los caballos de D. Juan y de Lorenzo, que los mozos tenian del diestro y acullá desviados: conoció á D. Juan y á Lorenzo, pero no al duque, y no sabia qué hacerse, si llegaria ó no adonde D. Juan estaba: y llegándose á los criados del duque, les preguntó si conocian á aquel caballero que con los otros dos estaba, señalando al duque. Fuéle respondido, ser el duque de Ferrara: con que quedó mas confuso y ménos sin saber qué hacerse; pero sacóle de su perplejidad D. Juan llamándole por su nombre. Apeóse D. Antonio, viendo que todos estaban á pié, y llegóse á ellos: recebióle el duque con mucha cortesía, porque D. Juan le dijo que era su camarada. Finalmente, D. Juan contó á D. Antonio todo lo que con el duque le habia sucedido hasta que él llegó. Alegróse en estremo D. Antonio, y dijo á D. Juan: --¿Por qué, señor D. Juan, no acabais de poner la alegría y el contento destos señores en su punto, pidiendo las albricias del hallazgo de la señora Cornelia y de su hijo? --Si vos no llegárades, señor D. Antonio, yo las pidiera, pero pedidlas vos, que yo aseguro que os las den de muy buena gana. Como el duque y Lorenzo oyeron tratar del hallazgo de Cornelia y de albricias, preguntaron qué era aquello. --¿Qué ha de ser, respondió D. Antonio, sino que yo quiero hacer un personaje en esta trágica comedia, y ha de ser el que pide las albricias del hallazgo de la señora Cornelia y de su hijo, que quedan en mi casa? Y luego les contó punto por punto todo lo que hasta aquí se ha dicho: de lo cual el duque y el señor Lorenzo recebieron tanto placer y gusto, que D. Lorenzo se abrazó con D. Juan, y el duque con D. Antonio; el duque prometiendo todo su Estado en albricias, y el señor Lorenzo su hacienda, su vida y su alma. Llamaron á la doncella, que entregó á D. Juan la criatura, la cual habiendo conocido á Lorenzo, estaba temblando: preguntáronle si conoceria al hombre á quien habia dado el niño. Dijo que no, sino que ella le habia preguntado si era Fabio, y él habia respondido que sí, y con esta buena fe se le habia entregado. --Así es la verdad, respondió D. Juan; y vos, señora, cerrastes la puerta luego, y me dijistes que la pusiese en cobro y diese luego la vuelta. --Así es, señor, respondió la doncella llorando. Y el duque dijo: --Ya no son menester lágrimas aquí, sino júbilos y fiestas: el caso es, que yo no tengo de entrar en Ferrara, sino dar la vuelta luego á Bolonia, porque todos estos contentos son en sombra hasta que los haga verdaderos la vista de Cornelia. Y sin mas decir, de comun consentimiento dieron la vuelta á Bolonia. Adelantóse D. Antonio para apercebir á Cornelia, por no sobresaltarla con la improvisa llegada del duque y de su hermano; pero como no la halló ni los pajes le supieron decir nuevas della, quedó el mas triste y confuso hombre del mundo; y como vió que faltaba el ama, imaginó que por su industria faltaba Cornelia. Los pajes le dijeron que faltó el ama el mismo dia que ellos habian faltado, y que la Cornelia por quien preguntaba, nunca ellos la vieron. Fuera de sí quedó D. Antonio con el no pensado caso, temiendo que quizá el duque los tendria por mentirosos ó embusteros, ó quizá imaginaria otras peores cosas, que redundasen en perjuicio de su honra y del buen crédito de Cornelia. En esta imaginacion estaba, cuando entraron el duque, y D. Juan y Lorenzo, que por calles desusadas y encubiertas, dejando la demas gente fuera de la ciudad, llegaron á la casa de D. Juan, y hallaron á D. Antonio sentado en una silla, con la mano en la mejilla, y con una color de muerto. Preguntóle D. Juan qué mal tenia y dónde estaba Cornelia. Respondió D. Antonio: --¿Qué mal quereis que no tenga? pues Cornelia no parece, que con el ama que la dejamos para su compañía, el mismo dia que de aquí faltámos, faltó ella. Poco le faltó al duque para espirar, y á Lorenzo para desesperarse, oyendo tales nuevas. Finalmente, todos quedaron turbados, suspensos é imaginativos. En esto se llegó un paje á D. Antonio, y al oido le dijo: --Señor, Santisteban, el paje del señor don Juan, desde el dia que vuesas mercedes se fueron, tiene una mujer muy bonita encerrada en su aposento, y yo creo que se llama Cornelia, que así la he oido llamar. Alborótose de nuevo D. Antonio, y mas quisiera que no hubiera parecido Cornelia, que sin duda pensó que era la que el paje tenia escondida, que no que la hallaran en tal lugar. Con todo eso no dijo nada, sino callando se fué al aposento del paje, y halló cerrada la puerta, y que el paje no estaba en casa: llegóse á la puerta, y dijo con voz baja: --Abrid, señora Cornelia, y salid á recebir á vuestro hermano y al duque vuestro esposo, que vienen á buscaros. Respondiéronle de dentro: ¿Hacen burla de mí? pues en verdad que no soy tan fea ni tan desdichada que no podian buscarme duques y condes, y eso se merece la persona que trata con pajes. Por las cuales palabras entendió D. Antonio que no era Cornelia la que respondia. Estando en esto vino Santisteban el paje, y acudió luego á su aposento, y hallando allí á D. Antonio, que pedia que le trujesen las llaves que habia en casa, por ver si alguna hacia á la puerta, el paje hincado de rodillas, y con la llave en la mano le dijo: --El ausencia de vuesas mercedes, y mi bellaquería, por mejor decir, me hizo traer una mujer estas tres noches á estar conmigo: suplico á vuesa merced, señor D. Antonio de Isunza, así oiga buenas nuevas de España, que si no lo sabe mi señor D. Juan de Gamboa, que no se lo diga, que yo la echaré al momento. --Y ¿cómo se llama la tal mujer? preguntó D. Antonio. --Llámase Cornelia, respondió el paje. El paje que habia descubierto la celada, que no era muy amigo de Santisteban, ni se sabe si simplemente ó con malicia bajó donde estaban el duque, D. Juan y Lorenzo, diciendo: --Tómame el paje, por Dios que le han hecho gormar á la señora Cornelia: escondidita la tenia: á buen seguro que no quisiera él que hubieran venido los señores para alargar el -gaudeamus- tres ó cuatro dias mas. Oyó esto Lorenzo, y preguntóle: --¿Qué es lo que decís, gentilhombre? ¿Dónde está Cornelia? --Arriba, respondió el paje. Apénas oyó esto el duque, cuando como un rayo subió la escalera arriba á ver á Cornelia, que imaginó que habia parecido, y dió luego en el aposento donde estaba D. Antonio, y entrando dijo: --¿Dónde está Cornelia, dónde está la vida de la vida mia? --Aquí está Cornelia, respondió una mujer que estaba envuelta en una sábana de la cama, y cubierto el rostro, y prosiguió diciendo: ¡Válanos Dios! ¿es este algun buey de hurto? ¿Es cosa nueva dormir una mujer con un paje, para hacer tantos milagrones? Lorenzo que estaba presente, con despecho y cólera tiró de un cabo de la sábana, y descubrió una mujer moza y no de mal parecer, la cual de vergüenza se puso las manos delante del rostro y acudió á tomar sus vestidos, que le servian de almohada, porque la cama no la tenia, y en ellos vieron que debia de ser alguna pícara de las perdidas del mundo. Preguntóle el duque que si era verdad que se llamaba Cornelia: respondió que sí, y que tenia muy honrados parientes en la ciudad, y nadie dijese desta agua no beberé. Quedó tan corrido el duque, que casi estuvo por pensar si hacian los españoles burla dél; pero por no dar lugar á tan mala sospecha, volvió las espaldas, y sin hablar palabra, siguiéndole Lorenzo, subieron en sus caballos y se fueron, dejando á D. Juan y á D. Antonio harto mas corridos que ellos iban, y determinaron de hacer las diligencias posibles y aun imposibles en buscar á Cornelia y satisfacer al duque de su verdad y buen deseo. Despidieron á Santisteban por atrevido, y echaron á la pícara Cornelia, y en aquel punto se les vino á la memoria que se les habia olvidado de decir al duque las joyas del -agnus- y la cruz de diamantes que Cornelia les habia ofrecido, pues con estas señas creeria que Cornelia habia estado en su poder, y que si faltaba no habia estado en su mano. Salieron á decirle esto, pero no le hallaron en casa de Lorenzo, donde creyeron que estaria: á Lorenzo sí, el cual les dijo que sin detenerse un punto se habia vuelto á Ferrara, dejándole órden de buscar á su hermana. Dijéronle lo que iban á decirle, pero Lorenzo les dijo que el duque iba muy satisfecho de su buen proceder, y que entrambos habian echado la falta de Cornelia á su mucho miedo, y que Dios seria servido de que pareciese, pues no habia de haber tragado la tierra al niño, y al ama, y á ella. Con esto se consolaron todos, y no quisieron hacer la inquisicion de buscalla por bandos públicos, sino por diligencias secretas, pues de nadie sino de su prima se sabia su falta; y entre los que no sabian la intencion del duque, correria riesgo el crédito de su hermana, si la pregonasen, y ser gran trabajo andar satisfaciendo á cada uno de las sospechas que una vehemente presuncion les infunde. Siguió su viaje el duque, y la buena suerte, que iba disponiendo su ventura, hizo que llegase á la aldea del cura, donde ya estaban Cornelia, y el niño, y su ama y la consejera; y ellas le habian dado cuenta de su vida, y pedídole consejo de lo que harian. Era el cura grande amigo del duque, en cuya casa, acomodada á lo de clérigo rico y curioso, solia el duque venirse desde Ferrara muchas veces, y desde allí salia á caza, porque gustaba mucho así de la curiosidad del cura, como de su donaire, que le tenia en cuanto decia y hacia. No se alborotó por ver al duque en su casa, porque como se ha dicho no era la vez primera; pero descontentóle verle venir triste, porque luego echó de ver que con alguna pasion traia ocupado el ánimo. Entreoyó Cornelia que el duque de Ferrara estaba allí, y turbóse en estremo, por no saber con qué intencion venia: torcíase las manos, y andaba de una parte á otra, como persona fuera de sentido: quisiera hablar Cornelia al cura, pero estaba entreteniendo al duque, y no tenia lugar de hablarle. El duque le dijo: --Yo vengo, padre mio, tristísimo, y no quiero hoy entrar en Ferrara, sino ser vuestro huésped; decid á los que vienen conmigo, que pasen á Ferrara, y que solo se quede Fabio. Hízolo así el buen cura, y luego fué á dar órden como regalar y servir al duque, y con esta ocasion le pudo hablar Cornelia, la cual tomándole de las manos le dijo: --¡Ay, padre y señor mio! y ¿qué es lo que quiere el duque? por amor de Dios, señor, que le dé algun toque en mi negocio, y procure descubrir y tomar algun indicio de su intencion; en efeto, guíelo como mejor le pareciere y su mucha discrecion le aconsejare. Á esto le respondió el cura: --El duque viene triste, hasta ahora no me ha dicho la causa: lo que se ha de hacer es, que luego se aderece ese niño muy bien, y ponedle, señora, las joyas todas que tuviéredes, principalmente las que os hubiere dado el duque, y dejadme hacer, que yo espero en el cielo, que hemos de tener hoy un buen dia. Abrazóle Cornelia, y besóle la mano, y retiróse á aderezar y componer el niño. El cura salió á entretener al duque en tanto que se hacia hora de comer, y en el discurso de su plática preguntó el cura al duque, si era posible saberse la causa de su melancolía, porque sin duda de una legua se echaba de ver que estaba triste. --Padre, respondió el duque, claro está que las tristezas del corazon salen al rostro; en los ojos se lee la relacion de lo que está en el alma; y lo peor es, que por ahora no puedo comunicar mi tristeza con nadie. --Pues en verdad, señor, respondió el cura, que si estuviérades para ver cosas de gusto, que os enseñara yo una, que tengo para mí que os le causara y grande. --Simple seria, respondió el duque, aquel que ofreciéndole el alivio de su mal, no quisiese recebirle: por vida mia, padre, que me mostreis eso que decís, que debe de ser alguna de vuestras curiosidades, que para mí son todas de grandísimo gusto. Levantóse el cura, y fué donde estaba Cornelia, que ya tenia adornado á su hijo, y puéstole las ricas joyas de la cruz y del -agnus-, con otras tres piezas preciosísimas, todas dadas del duque á Cornelia, y tomando al niño entre sus brazos, salió adonde el duque estaba, y diciéndole que se levantase, y se llegase á la claridad de una ventana, quitó al niño de sus brazos, y le puso en los del duque, el cual cuando miró y reconoció las joyas, y vió que eran las mismas que él habia dado á Cornelia, quedó atónito; y mirando ahincadamente al niño, le pareció que miraba su mismo retrato; y lleno de admiracion preguntó al cura cúya era aquella criatura, que en su adorno y aderezo parecia hijo de algun príncipe. --No sé, respondió el cura, solo sé que habrá no sé cuántas noches, que aquí me le trujo un caballero de Bolonia, y me encargó mirase por él, y le criase, que era hijo de un valeroso padre, y de una principal y hermosísima madre: tambien vino con el caballero una mujer para dar leche al niño, á quien yo he preguntado si sabe algo de los padres desta criatura, y responde que no sabe palabra; y en verdad que si la madre es tan hermosa como el ama, que debe ser la mas hermosa mujer de Italia. --¿No la veríamos? preguntó el duque. --Sí por cierto, respondió el cura; veníos, señor, conmigo, que si os suspende el adorno y la belleza desa criatura, como creo que os ha suspendido, el mismo efeto entiendo que ha de hacer la vista de su ama. Quísole tomar la criatura el cura al duque, pero él no la quiso dejar, ántes la apretó en sus brazos, y le dió muchos besos. Adelantóse el cura un poco, y dijo á Cornelia que saliese sin turbacion alguna á recebir al duque. Hízolo así Cornelia, y con el sobresalto le salieron tales colores al rostro, que sobre el modo mortal la hermosearon. Pasmóse el duque cuando la vió, y ella arrojándose á sus piés, se los quiso besar. El duque sin hablar palabra dió el niño al cura, y volviendo las espaldas se salió con gran priesa del aposento. Lo cual visto por Cornelia, volviéndose al cura, dijo: --¡Ay, señor mio! ¿si se ha espantado el duque de verme? ¿si me tiene aborrecida? ¿si le he parecido fea? ¿si se le han olvidado las obligaciones que me tiene? ¿no me hablará siquiera una palabra? ¿tanto le cansaba ya su hijo, que así le arrojó de sus brazos? Á todo lo cual no respondia palabra el cura, admirado de la huida del duque, que así le pareció que fuese huida, ántes que otra cosa, y no fué sino que salió á llamar á Fabio, y decirle: --Corre, Fabio amigo, y á toda diligencia vuelve á Bolonia, y dí que al momento Lorenzo Bentibolli, y los dos caballeros españoles, D. Juan de Gamboa y D. Antonio de Isunza, sin poner escusa alguna, vengan luego á esta aldea: mira, amigo, que vuelvas, y no te vengas sin ellos, que me importa la vida el verlos. No fué perezoso Fabio, que luego puso en efeto el mandamiento de su señor. El duque volvió luego adonde Cornelia estaba derramando hermosas y cristalinas lágrimas: cogióla el duque en sus brazos, y añadiendo lágrimas á lágrimas, mil veces le bebió el aliento de la boca, teniéndoles el contento atadas las lenguas; y así en silencio honesto y amoroso se gozaban los dos felices amantes y esposos verdaderos. El ama del niño y la Crivela por lo ménos, como ella decia, que por entre las puertas de otro aposento habian estado mirando lo que entre el duque y Cornelia pasaba, de gozo se daban de calabazadas por las paredes, que no parecia sino que habian perdido el juicio. El cura daba mil besos al niño, que tenia en sus brazos, y con la mano derecha, que desocupó, no se hartaba de echar bendiciones á los dos abrazados señores. El ama del cura, que no se habia hallado presente al grave caso, por estar ocupada aderezando la comida, cuando la tuvo en su punto, entró á llamarlos que se sentasen á la mesa. Esto apartó los estrechos abrazos, y el duque desembarazó al cura del niño, y le tomó en sus brazos, y en ellos le tuvo todo el tiempo que duró la limpia y bien sazonada, mas que suntuosa comida: y en tanto que comian, dió cuenta Cornelia de todo lo que le habia sucedido hasta venir á aquella casa por consejo de la ama de los dos caballeros españoles, que la habian servido, amparado y guardado con el mas honesto y puntual decoro que pudiera imaginarse. El duque le contó asimismo á ella todo lo que por él habia pasado hasta aquel punto. Halláronse presentes las dos amas, y hallaron en el duque grandes ofrecimientos y promesas. En todos se renovó el gusto con el felice fin de su suceso, y solo esperaban á colmarle y á ponerle en el estado mejor que acertara á desearse con la venida de Lorenzo, de D. Juan y D. Antonio, los cuales de allí á tres dias vinieron desalados y deseosos por saber si alguna nueva sabia el duque de Cornelia, que Fabio, que los fué á llamar, no les pudo decir ninguna cosa de su hallazgo, pues no la sabia. Saliólos á recebir el duque á una sala ántes de donde estaba Cornelia, y esto sin muestras de contento alguno, de que los recien venidos se entristecieron. Hízolos sentar el duque, y él se sentó con ellos, y encaminando su plática á Lorenzo, le dijo: --Bien sabeis, señor Lorenzo Bentibolli, que yo jamas engañé á vuestra hermana, de lo que es buen testigo el cielo y mi conciencia: sabeis asimismo la diligencia con que la he buscado, y el deseo que he tenido de hallarla para casarme con ella, como se lo tengo prometido: ella no parece, y mi palabra no ha de ser eterna: yo soy mozo, y no tan esperto en las cosas del mundo, que no me deje llevar de las que me ofrece el deleite á cada paso: la misma aficion que me hizo prometer ser esposo de Cornelia, me llevó tambien á dar ántes que á ella palabra de matrimonio á una labradora desta aldea, á quien pensaba dejar burlada por acudir al valor de Cornelia, aunque no acudiera á lo que la conciencia me pedia, que no fuera pequeña muestra de amor; pero pues nadie se casa con mujer que no parece, ni es cosa puesta en razon, que nadie busque la mujer que le deja por no hallar la prenda que le aborrece: digo que veais, señor Lorenzo, qué satisfaccion puedo daros del agravio que no os hice, pues jamas tuve intencion de hacérosle, y luego quiero que me deis licencia para cumplir mi primera palabra, y desposarme con la labradora, que ya está dentro desta casa. En tanto que el duque esto decia, el rostro de Lorenzo se iba mudando de mil colores, y no acertaba á estar sentado de una manera en la silla, señales claras que la cólera le iba tomando posesion de todos sus sentidos. Lo mismo pasaba por D. Juan y por D. Antonio, que luego propusieron de no dejar salir al duque con su intencion, aunque le quitasen la vida. Leyendo pues el duque en sus rostros sus intenciones, dijo: --Sosegáos, señor Lorenzo, que ántes que me respondais palabra, quiero que la hermosura que veréis en la que quiero recebir por mi esposa, os obligue á darme la licencia que os pedí; porque es tal y tan estremada, que de mayores yerros será disculpa. Esto dicho, se levantó donde Cornelia estaba riquísimamente adornada, con todas las joyas que el niño tenia, y muchas mas. Cuando el duque volvió las espaldas, se levantó D. Juan, y puestas ambas manos en los dos brazos de la silla donde estaba sentado Lorenzo, al oido le dijo: --Por Santiago de Galicia, señor Lorenzo, y por la fe de cristiano y de caballero que tengo, que así deje yo salir con su intencion al duque como volverme moro: aquí, aquí y en mis manos ha de dejar la vida, ó ha de cumplir la palabra que á la señora Cornelia vuestra hermana tiene dada, ó lo ménos nos ha de dar tiempo de buscarla, y hasta que de cierto se sepa que es muerta, él no ha de casarse. --Yo estoy dese parecer mismo, respondió Lorenzo. --Pues del mismo estará mi camarada D. Antonio, replicó D. Juan. En esto entró por la sala adelante Cornelia en medio del cura y del duque, que la traia de la mano, detras de los cuales venian Sulpicia la doncella de Cornelia, que el duque habia enviado por ella á Ferrara, y las dos amas, la del niño y la de los caballeros. Cuando Lorenzo vió á su hermana, y la acabó de refigurar y conocer, que al principio la imposibilidad á su parecer de tal suceso no le dejaba enterar en la verdad, tropezando en sus mismos piés, fué á arrojarse á los del duque, que le levantó, y le puso en los brazos de su hermana: quiero decir, que su hermana le abrazó con las muestras de alegría posibles. D. Juan y D. Antonio dijeron al duque, que habia sido la mas discreta y mas sabrosa burla del mundo. El duque tomó al niño, que Sulpicia traia, y dándosele á Lorenzo, le dijo: --Recebid, señor hermano, á vuestro sobrino y mi hijo, y ved si quereis darme licencia que me case con esta labradora, que es la primera á quien he dado palabra de casamiento. Seria nunca acabar contar lo que respondió Lorenzo, lo que preguntó D. Juan, lo que sintió D. Antonio, el regocijo del cura, la alegría de Sulpicia, el contento de la consejera, el júbilo del ama, la admiracion de Fabio, y finalmente el general contento de todos. Luego el cura los desposó, siendo su padrino don Juan de Gamboa: y entre todos se dió traza que aquellos desposorios estuviesen secretos hasta ver en qué paraba la enfermedad, que tenia muy al cabo á la duquesa su madre, y que en tanto la señora Cornelia se volviese á Bolonia con su hermano. Todo se hizo así: la duquesa murió, Cornelia entró en Ferrara alegrando al mundo con su vista, los lutos se volvieron en galas, las amas quedaron ricas, Sulpicia por mujer de Fabio, D. Antonio y D. Juan contentísimos de haber servido en algo al duque, el cual les ofreció dos primas suyas por mujeres con riquísima dote. Ellos dijeron que los caballeros de la nacion vizcaína por la mayor parte se casaban en su patria; y que no por menosprecio, pues no era posible, sino por cumplir su loable costumbre y la voluntad de sus padres, que ya los debian de tener casados, no aceptaban tan ilustre ofrecimiento. El duque admitió su disculpa, y por modos honestos y honrosos, y buscando ocasiones lícitas, les envió muchos presentes á Bolonia, y algunos tan ricos y enviados á tan buena sazon y coyuntura, que aunque pudieran no admitirse por no parecer que recebian paga, el tiempo en que llegaban lo facilitaba todo: especialmente los que les envió al tiempo de su partida para España, y los que les dió cuando fueron á Ferrara á despedirse dél, y hallaron á Cornelia con otras dos criaturas hembras, y al duque mas enamorado que nunca. La duquesa dió la cruz de diamantes á D. Juan, y el -agnus- á D. Antonio, que sin ser poderosos á hacer otra cosa, las recebieron. Llegaron á España y á su tierra, adonde se casaron con ricas, principales y hermosas mujeres, y siempre tuvieron correspondencia con el duque y la duquesa, y con el señor Lorenzo Bentibolli con grandísimo gusto de todos. EL CASAMIENTO ENGAÑOSO. Salia del hospital de la Resurreccion, que está en Valladolid, fuera de la puerta del Campo, un soldado que por servirle su espada de báculo, y por la flaqueza de sus piernas y amarillez de su rostro, mostraba bien claro que, aunque no era tiempo muy caluroso, debia de haber sudado en veinte dias todo el humor que quizá granjeó en una hora: iba haciendo pinitos, y dando traspiés como convaleciente; y al entrar por la puerta de la ciudad, vió que hácia él venia un su amigo, á quien no habia visto en mas de seis meses, el cual santiguándose, como si viera alguna mala vision llegándose á él le dijo: --¿Qué es esto, señor alférez Campuzano? ¿Es posible que está vuesa merced en esta tierra? ¡Como quien soy, que le hacia en Flándes, ántes terciando allá la pica, que arrastrando aquí la espada! ¿Qué color, qué flaqueza es esa? Á lo cual respondió Campuzano: --Á lo si estoy en esta tierra, ó no, señor licenciado Peralta, el verme en ella le responde: á las demas preguntas no tengo que decir, sino que salgo de aquel hospital de sudar catorce cargas de bubas que me echó á cuestas una mujer que escogí por mia, que no debiera. --Luego ¿casóse vuesa merced? replicó Peralta. --Sí, señor, respondió Campuzano. --Seria por amores, dijo Peralta, y tales casamientos traen consigo aparejada la ejecucion del arrepentimiento. --No sabré decir si fué por amores, respondió el alférez, aunque sabré afirmar que fué por dolores, pues de mi casamiento ó cansamiento, saqué tantos en el cuerpo y en el alma, que los del cuerpo para entretenerlos me cuestan cuarenta sudores, y los del alma no hallo remedio para aliviarlos siquiera; pero porque no estoy para tener largas pláticas en la calle, vuesa merced me perdone, que otro dia con mas comodidad le daré cuenta de mis sucesos, que son los mas nuevos y peregrinos que vuesa merced habrá oido en todos los dias de su vida. --No ha de ser así, dijo el licenciado, sino que quiero que venga conmigo á mi posada, y allí haremos penitencia juntos, que la olla es muy de enfermo; y aunque está tasada para dos, un pastel suplirá con mi criado, y si la convalecencia lo sufre, unas lonjas de jamon de Rute nos harán la salva, y sobre todo la buena voluntad con que lo ofrezco, no solo esta vez, sino todas las que vuesa merced quisiere. Agradecióselo Campuzano, y aceptó el convite y los ofrecimientos. Fueron á San Llorente, oyeron misa, llevóle Peralta á su casa, dióle lo prometido, y ofreciósele de nuevo, y pidióle en acabando de comer, le contase los sucesos que tanto le habian encarecido. No se hizo de rogar Campuzano, ántes comenzó á decir desta manera. --Bien se acordará vuesa merced, señor licenciado Peralta, cómo yo hacia en esta ciudad camarada con el capitan Pedro de Herrera, que ahora está en Flándes. --Bien me acuerdo, respondió Peralta. --Pues un dia, prosiguió Campuzano, que acabámos de comer en aquella posada de la Solana, donde vivíamos, entraron dos mujeres de gentil parecer con dos criadas: la una se puso á hablar con el capitan en pié, arrimados á una ventana; y la otra se sentó en una silla junto á mí, derribado el manto hasta la barba, sin dejar ver el rostro mas de aquello que concedia la raridad del manto; y aunque le supliqué por cortesía me hiciese merced de descubrirse, no fué posible acabarlo con ella, cosa que me encendió mas el deseo de verle; y para acrecentarle mas, ó ya fuese de industria, ó acaso, sacó la señora una blanca mano, con muy buenas sortijas: estaba yo entónces bizarrísimo, con aquella gran cadena que vuesa merced debió de conocerme, el sombrero con plumas y cintillo, el vestido de colores á fuer de soldado, y tan gallardo á los ojos de mi locura, que me daba á entender que las podia matar en el aire: con todo esto le rogué que se descubriese. Á lo que ella me respondió: No seais importuno, casa tengo, haced á un paje que me siga, que aunque soy mas honrada de lo que promete esta respuesta, todavía á trueco de ver si responde vuestra discrecion á vuestra gallardía, holgaré de que me veais mas despacio. »Beséle las manos por la grande merced que me hacia, en pago de la cual le prometí montes de oro. Acabó el capitan su plática. Ellas se fueron: siguiólas un criado mio. Díjome el capitan que lo que la dama le queria era que le llevase unas cartas á Flándes á otro capitan, que decia ser su primo; aunque él sabia que no era, sino su galan. »Yo quedé abrasado con las manos de nieve que habia visto, y muerto por el rostro que deseaba ver; y así otro dia, guiándome mi criado, dióseme libre entrada. Hallé una casa muy bien aderezada, y una mujer de hasta treinta años, á quien conocí por las manos: no era hermosa en estremo, pero éralo de suerte, que podia enamorar comunicada, porque tenia un tono de habla tan suave, que se entraba por los oidos en el alma. Pasé con ella luengos y amorosos coloquios: blasoné, hendí, rajé, ofrecí, prometí y hice todas las demostraciones que me pareció ser necesarias para hacerme bienquisto con ella; pero como ella estaba hecha á oir semejantes ó mayores ofrecimientos y razones, parecia que les daba atento oido, ántes que crédito alguno. Finalmente, nuestra plática se pasó en flores cuatro dias que continué en visitalla, sin que llegase á coger el fruto que deseaba. »En el tiempo que la visité, siempre hallé la casa desembarazada, sin que viese visiones en ella de parientes fingidos, ni de amigos verdaderos: servíala una moza mas taimada que simple: finalmente, tratando mis amores como soldado, que está víspera de mudar, apuré á mi señora Doña Estefanía de Caicedo (que este es el nombre de la que así me tiene), y respondióme: Señor alférez Campuzano, simplicidad seria, si yo quisiese venderme á vuesa merced por santa; pecadora he sido, y aun ahora lo soy; pero no de manera que los vecinos me murmuren, ni los apartados me noten: ni de mis padres ni de otro pariente heredé hacienda alguna, y con todo esto vale el menaje de mi casa bien validos, dos mil y quinientos ducados; y estos en cosas, que puestas en almoneda, lo que se tardare en ponellas, se tardará en convertirse en dineros: con esta hacienda busco marido á quien entregarme, y á quien tener obediencia; á quien juntamente con la enmienda de mi vida, le entregaré una increible solicitud de regalarle y servirle; porque no tiene príncipe cocinero mas goloso, ni que mejor sepa dar el punto á los guisados, que le sé dar yo, cuando mostrando ser casera, me quiero poner á ello: sé ser mayordomo en casa, moza en la cocina y señora en la sala: en efecto sé mandar, y sé hacer que me obedezcan: no desperdicio nada, y allego mucho: mi real no vale ménos, sino mucho mas, cuando se gasta por mi órden: la ropa blanca que tengo, que es mucha y muy buena, no se sacó de tiendas ni lenceros; estos pulgares y los de mis criadas la hilaron, y si pudiera tejerse en casa, se tejiera: digo estas alabanzas mias, porque no acarrean vituperio, cuando es forzosa la necesidad de decirlas: finalmente quiero decir, que yo busco marido que me ampare, me mande y me honre, y no galan que me sirva y me vitupere: si vuesa merced gustare de aceptar la prenda que se le ofrece, aquí estoy moliente y corriente, sujeta á todo aquello que vuesa merced ordenare, sin andar en venta, que es lo mismo andar en lenguas de casamenteros, y no hay ninguno tan bueno para concertar el todo, como las mismas partes. »Yo, que tenia entónces el juicio no en la cabeza, sino en los carcañales, haciéndoseme el deleite en aquel punto mayor de lo que en la imaginacion le pintaba, y ofreciéndoseme tan á la vista la cantidad de hacienda, que ya la contemplaba en dineros convertida, sin hacer otros discursos de aquellos á que daba lugar el gusto que me tenia echados grillos al entendimiento, le dije que yo era el venturoso y bienafortunado en haberme dado el cielo casi por milagro tal compañera para hacerla señora de mi voluntad y de mi hacienda, que no era tan poca, que no valiese con aquella cadena que traia al cuello, y con otras joyuelas que tenia en casa, y con deshacerme de algunas galas de soldado, mas de dos mil ducados, que juntos con los dos mil y quinientos suyos, era suficiente cantidad para retirarnos á vivir á una aldea de donde yo era natural, y adonde tenia algunas raíces, hacienda tal, que sobrellevada con el dinero, vendiendo los frutos á su tiempo, nos podia dar una vida alegre y descansada: en resolucion, aquella vez se concertó nuestro desposorio, y se dió traza como los dos hiciésemos informacion de solteros, y en los tres dias de fiesta, que vinieron luego juntos en una pascua, se hicieron las amonestaciones, y al cuarto dia nos desposámos, hallándose presentes al desposorio dos amigos mios, y un mancebo que ella dijo ser primo suyo, á quien yo me ofrecí por pariente con palabras de mucho comedimiento, como lo habian sido todas las que hasta entónces á mi nueva esposa habia dado, con intencion tan torcida y traidora que la quiero callar, porque aunque estoy diciendo verdades, no son verdades de confesion, que no pueden dejar de decirse. »Mudó mi criado el baul de la posada á casa de mi mujer: encerré en él delante della mi magnífica cadena: mostréle otras tres ó cuatro, si no tan grandes, de mejor hechura, con otros tres ó cuatro cintillos de diversas suertes: hícele patentes mis galas y mis plumas, y entreguéle para el gasto de casa hasta cuatrocientos reales que tenia. Seis dias gocé del pan de la boda, espaciándome en casa como el yerno ruin en la del suegro rico: pisé ricas alfombras, ajé sábanas de Holanda, alumbréme con candeleros de plata, almorzaba en la cama, levantábame á las once, comia á las doce, y á las dos sesteaba en el estrado; bailábanme Doña Estefanía y la moza el agua delante; mi mozo, que hasta allí le habia conocido perezoso y lerdo, se habia vuelto un corzo; el rato que Doña Estefanía faltaba de mi lado, la habian de hallar en la cocina toda solícita en ordenar guisados que me despertasen el gusto y me avivasen el apetito; mis camisas, cuellos y pañuelos eran un nuevo Aranjuez de flores, segun olian, bañados en la agua de ángeles y de azahar, que sobre ellos se derramaba. »Pasáronse estos dias volando, como se pasan los años que están debajo de la jurisdicion del tiempo; en los cuales dias por verme tan regalado y tan bien servido, iba mudando en buena la mala intencion con que aquel negocio habia comenzado; al cabo de los cuales, una mañana (que aun estaba con Doña Estefanía en la cama) llamaron con grandes golpes á la puerta de la calle. Asomóse la moza á la ventana, y quitándose al momento, dijo: »--¡Oh, que sea ella la bien venida! ¿Han visto y cómo ha venido mas presto de lo que escribió el otro dia? »--¿Quién es la que ha venido, moza? le pregunté. »--¿Quién? respondió ella, es mi señora Doña Clementa Bueso, y viene con ella el señor D. Lope Melendez de Almendarez, con otros dos criados, y Hortigosa, la dueña que llevó consigo. »--Corre, moza, bien haya yo, y ábreles, dijo á este punto Estefanía; y vos, señor, por mi amor, que no os alboroteis ni respondais por mí á ninguna cosa que contra mí oyéredes. »--Pues ¿quién ha de decir cosa que os ofenda, y mas estando yo delante? decidme qué gente es esta, que me parece que os ha alborotado su venida. »--No tengo lugar de responderos, dijo Doña Estefanía; solo sabed que todo lo que aquí pasare es fingido, y que tira á cierto designio y efecto que despues sabréis. »Y aunque quisiera replicarle á esto, no me dió lugar la señora Doña Clementa Bueso, que se entró en la sala, vestida de raso verde prensado, con muchos pasamanos de oro, capotillo de lo mismo y con la misma guarnicion, sombrero con plumas verdes, blancas y encarnadas, y con rico cintillo de oro, y con un delgado velo cubierto la mitad del rostro. Entró con ella el señor D. Lope Melendez de Almendarez, no ménos bizarro, que ricamente vestido de camino. La dueña Hortigosa fué la primera que habló, diciendo: »--¡Jesus! ¿Qué es esto? ¡Ocupado el lecho de mi señora Doña Clementa, y mas con ocupacion de hombre! milagros veo hoy en esta casa: á fe que se ha ido bien del pié á la mano la señora Doña Estefanía, fiada en la amistad de mi señora. »--Yo te lo prometo, Hortigosa, replicó Doña Clementa; pero yo, yo me tengo la culpa: ¡que jamas escarmiente yo en tomar amigas, que no lo saben ser sino es cuando les viene á cuento! »Á todo lo cual respondió Doña Estefanía: »--No reciba vuesa merced pesadumbre, mi señora Doña Clementa Bueso, y entienda que no sin misterio ve lo que ve en esta su casa, que cuando lo sepa, yo sé que quedaré disculpada y vuesa merced sin ninguna queja. »En esto ya me habia puesto yo en calzas y en jubon, y tomándome Doña Estefanía por la mano, me llevó á otro aposento, y allí me dijo, que aquella su amiga queria hacer una burla á aquel D. Lope que venia con ella, con quien pretendia casarse, y que la burla era darle á entender que aquella casa y cuanto estaba en ella era todo suyo, de lo cual pensaba hacerle carta de dote; y que hecho el casamiento, se le daba poco que se descubriese el engaño, fiada en el grande amor que el D. Lope la tenia. »--Y luego se me volverá lo que es mio, y no se le tendrá á mal á ella ni á otra mujer alguna, de que procure buscar marido honrado, aunque sea por medio de cualquier embuste. »Yo le respondí que era grande estremo de amistad el que queria hacer, y que primero se mirase bien en ello, porque despues podria ser tener necesidad de valerse de la justicia para cobrar su hacienda. Pero ella me respondió con tantas razones, representando tantas obligaciones que la obligaban á servir á Doña Clementa, aun en cosas de mas importancia, que mal de mi grado y con remordimiento de mi juicio hube de condescender con el gusto de Doña Estefanía; asegurándome ella que solos ocho dias podia durar el embuste, los cuales estaríamos en casa de otra amiga suya. »Acabámonos de vestir ella y yo, y luego entrándose á despedir de la señora Doña Clementa Bueso y del señor D. Lope Melendez de Almendarez, hizo á mi criado que se cargase el baul, y que la siguiese, á quien yo tambien seguí, sin despedirme de nadie. »Paró Doña Estefanía en casa de una amiga suya, y ántes que entrásemos dentro, estuvo un buen espacio hablando con ella, al cabo del cual salió una moza, y dijo que entrásemos yo y mi criado. Llevónos á un aposento estrecho, en el cual habia dos camas tan juntas que parecian una, á causa que no habia espacio que las dividiese, y las sábanas de entrambas se besaban. »En efecto, allí estuvimos seis dias, y en todos ellos no se pasó hora que no tuviésemos pendencia, diciéndole la necedad que habia hecho en haber dejado su casa y su hacienda, aunque fuera á su misma madre. En esto iba yo y venia por momentos, tanto, que la huéspeda de casa un dia que Doña Estefanía dijo que iba á ver en qué término estaba su negocio, quiso saber de mí qué era la causa que me movia á reñir tanto con ella, y qué cosa habia hecho que tanto se la afeaba, diciéndole que habia sido necedad notoria, mas que amistad perfecta. Contéle todo el cuento, y cuando llegué á decir que me habia casado con Doña Estefanía, y la dote que trujo, y la simplicidad que habia hecho en dejar su casa y hacienda á Doña Clementa, aunque fuese con tan sana intencion, como era alcanzar tan principal marido como D. Lope, se comenzó á santiguar y hacerse cruces con tanta priesa, y con tanto ¡Jesus, Jesus, de la mala hembra! que me puso en gran turbacion, y al fin me dijo: »--Señor alférez, no sé si voy contra mi conciencia en descubriros lo que me parece que tambien la cargaria, si lo callase; pero á Dios y á ventura, sea lo que fuere, viva la verdad, y muera la mentira. La verdad es, que Doña Clementa Bueso es la verdadera señora de la casa y de la hacienda de que os hicieron la dote: la mentira es todo cuanto os ha dicho Doña Estefanía, que ni ella tiene casa, ni hacienda, ni otro vestido del que trae puesto; y el haber tenido lugar y espacio para hacer este embuste, fué que Doña Clementa fué á visitar unos parientes suyos á la ciudad de Plasencia, y de allí fué á tener novenas en Nuestra Señora de Guadalupe, y en este entre tanto dejó en su casa á doña Estefanía que mirase por ella, porque en efecto son grandes amigas; aunque bien mirado, no hay que culpar á la pobre señora, pues ha sabido granjear á una tal persona, como la del señor alférez por marido. »Aquí dió fin á su plática, y yo di principio á desesperarme, y sin duda lo hiciera, si tantico se descuidara el ángel de mi guarda en socorrerme, acudiendo á decirme en el corazon que mirase que era cristiano, y que el mayor pecado de los hombres era el de la desesperacion, por ser pecado de demonios. Esta consideracion, ó buena inspiracion, me confortó algo; pero no tanto que dejase de tomar mi capa y espada, y salir á buscar á Doña Estefanía, con presupuesto de hacer en ella un ejemplar castigo; pero la suerte, que no sabré decir si mis cosas empeoraba ó mejoraba, ordenó que en ninguna parte donde pensé hallar á Doña Estefanía, la hallase: fuíme á San Llorente, encomendéme á Nuestra Señora, sentéme sobre un escaño, y con la pesadumbre me tomó un sueño tan pesado, que no despertara tan presto, si no me despertaran: fuí lleno de pensamientos y congojas á casa de Doña Clementa, y halléla con tanto reposo como señora de su casa; no le osé decir nada, porque estaba el señor D. Lope delante: volví en casa de mi huéspeda, que me dijo haber contado á Doña Estefanía, cómo yo sabia toda su maraña y embuste, y que ella le preguntó qué semblante habia yo mostrado con tal nueva, y que le habia respondido que muy malo, y que á su parecer habia salido yo con mala intencion y con peor determinacion á buscarla: díjome finalmente, que Doña Estefanía se habia llevado cuanto en el baul tenia, sin dejarme en él sino un solo vestido de camino. - - , , , 1 , ; 2 , , 3 , . 4 5 , 6 , - - . 7 , 8 ; , 9 , , 10 , . 11 , . 12 13 , 14 , , 15 , ( ) , 16 . 17 , . 18 , , 19 . , 20 , , 21 . 22 23 , , 24 , 25 . , 26 , : . 27 , ; 28 , , 29 , 30 . 31 32 , 33 , 34 , , 35 , 36 , , 37 . 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