ay de mí una y mil veces, que tan á rienda suelta me dejé llevar de mis
deseos! ¡Ó palabras fingidas, que tan de veras me obligastes á que con
obras os respondiese! Pero ¿de quién me quejo, cuitada? ¿Yo no soy la
que quise engañarme? ¿No soy yo la que tomó el cuchillo en sus mismas
manos, con que corté y eché por tierra mi crédito, con el que de mi
valor tenian mis ancianos padres? ¡Oh fementido Marco Antonio! ¿Cómo es
posible que en las dulces palabras que me decias, viniese mezclada la
hiel de tus descortesías y desdenes? ¿Adónde estás, ingrato, adónde te
fuiste, desconocido? Respóndeme, que te hablo: espérame, que te sigo:
susténtame, que descaezco: págame lo que me debes: socórreme, pues por
tantas vias te tengo obligado.
Calló en diciendo esto, dando muestra en los ayes y suspiros que
no dejaban los ojos de derramar tiernas lágrimas. Todo lo cual con
sosegado silencio estuvo escuchando el segundo huésped, coligiendo
por las razones que habia oido, que sin duda alguna era mujer la que
se quejaba, cosa que le avivó mas el deseo de conocella, y estuvo
muchas veces determinado de irse á la cama de la que creia ser mujer;
y hubiéralo hecho, si en aquella sazon no le sintiera levantar, y
abriendo la puerta de la sala dió voces al huésped de casa que le
ensillase el cuartago, porque queria partirse. Á lo cual, al cabo de un
buen rato que el mesonero se dejó llamar, le respondió que se sosegase,
porque aun no era pasada la media noche, y que la escuridad era tanta,
que seria temeridad ponerse en camino. Quietóse con esto, y volviendo á
cerrar la puerta se arrojó en la cama de golpe, dando un recio suspiro.
Parecióle al que escuchaba que seria bien hablarle, y ofrecerle para
su remedio lo que de su parte podia, por obligarle con esto á que se
descubriese, y su lastimera historia le contase, y así le dijo: Por
cierto, señor gentilhombre, que si los suspiros que habeis dado y las
palabras que habeis dicho no me hubieran movido á condolerme del mal
de que os quejais, entendiera que carecia de natural sentimiento, ó
que mi alma era piedra, y mi pecho de bronce duro; y si esta compasion
que os tengo, y el presupuesto que en mí ha nacido de poner mi vida
por vuestro remedio (si es que vuestro mal le tiene) merece alguna
cortesía, en recompensa ruégoos que la useis conmigo, declarándome, sin
encubrirme cosa, la causa de vuestro dolor.
--Si él no me hubiera sacado de sentido, respondió el que se quejaba,
bien debiera yo de acordarme que no estaba solo en este aposento, y
así hubiera puesto mas freno á mi lengua y mas tregua á mis suspiros;
pero en pago de haberme faltado la memoria en parte donde tanto me
importaba tenerla, quiero hacer lo que me pedís, porque renovando la
amarga historia de mis desgracias, podria ser que el nuevo sentimiento
me acabase; mas si quereis que haga lo que me pedís, habeisme de
prometer por la fe que me habeis mostrado en el ofrecimiento que me
habeis hecho, y por quien vos sois (que á lo que en vuestras palabras
mostrais, prometeis mucho) que por cosas que de mí oigais en lo que
os dijere, no os habeis de mover de vuestro lecho, ni venir al mio,
ni preguntarme mas de aquello que yo quisiere deciros; porque si al
contrario desto hiciéredes, en el punto que os sienta mover, con una
espada que á la cabecera tengo, me pasaré el pecho.
Esotro (que mil imposibles prometiera por saber lo que tanto deseaba)
le respondió que no saldria un punto de lo que le habia pedido,
afirmándoselo con mil juramentos.
--Con ese seguro pues, dijo el primero, yo haré lo que hasta agora no
he hecho, que es dar cuenta de mi vida á nadie, y así escuchad. Habeis
de saber, señor, que yo que en esta posada entré, como sin duda os
habrán dicho, en traje de varon, soy una desdichada doncella, á lo
ménos una que lo fué no ha ocho dias, y lo dejó de ser por inadvertida
y loca, y por creerse de palabras compuestas y afeitadas de fementidos
hombres: mi nombre es Teodosia, mi patria un principal lugar desta
Andalucía, cuyo nombre callo (porque no os importa á vos tanto el
saberlo, como á mí el encubrirlo): mis padres son nobles y mas que
medianamente ricos, los cuales tuvieron un hijo y una hija, él para
descanso y honra suya, y ella para todo lo contrario: á él enviaron
á estudiar á Salamanca: á mí me tenian en su casa, adonde me criaban
con el recogimiento y recato que su virtud y nobleza pedian, y yo sin
pesadumbre alguna siempre les fuí obediente, ajustando mi voluntad á
la suya sin discrepar un solo punto, hasta que mi suerte menguada ó
mi mucha demasía me ofreció á los ojos un hijo de un vecino nuestro
mas rico que mis padres, y tan noble como ellos: la primera vez que le
miré no sentí otra cosa que fuese mas de una complacencia de haberle
visto; y no fué mucho, porque su gala, gentileza, rostro y costumbres
eran de los alabados y estimados del pueblo, con su rara discrecion y
cortesía; pero ¿de qué me sirve alabar á mi enemigo ni ir alargando con
razones el suceso tan desgraciado mio, ó por mejor decir, el principio
de mi locura? Digo en fin, que él me vió una y muchas veces desde
una ventana que frontero de otra mia estaba; desde allí, á lo que me
pareció, me envió el alma por los ojos, y los mios con otra manera
de contento que el primero gustaron de miralle, y aun me forzaron á
que creyese que eran puras verdades cuanto en sus ademanes y en su
rostro leia: fué la vista la intercesora y medianera de la habla, la
habla de declarar su deseo, su deseo de encender el mio y de dar fe al
suyo: llegóse á todo esto las promesas, los juramentos, las lágrimas,
los suspiros, y todo aquello que á mi parecer puede hacer un firme
amador, para dar á entender la entereza de su voluntad y la firmeza
de su pecho, y en mí, desdichada (que jamas en semejantes ocasiones
y trances me habia visto) cada palabra era un tiro de artillería que
derribaba parte de la fortaleza de mi honra; cada lágrima era un fuego
en que se abrasaba mi honestidad: cada suspiro un furioso viento que el
incendio aumentaba de tal suerte, que acabó de consumir la virtud que
hasta entónces aun no habia sido tocada; y finalmente, con la promesa
de ser mi esposo á pesar de sus padres (que para otra le guardaban),
di con todo mi recogimiento en tierra, y sin saber cómo me entregué en
su poder á hurto de mis padres, sin tener otro testigo de mi desatino,
que un paje de Marco Antonio (que este es el nombre del inquietador
de mi sosiego); y apénas hubo tomado de mí la posesion que quiso,
cuando de allí á dos dias desapareció del pueblo, sin que sus padres
ni otra persona alguna supiesen decir ni imaginar dónde habia ido.
Cual yo quedé, dígalo quien tuviere poder para decirlo, que yo no sé
ni supe mas de sentillo: castigué mis cabellos, como si ellos tuvieran
la culpa de mi yerro; martiricé mi rostro, por parecerme que él habia
dado toda la ocasion á mi desventura; maldije mi suerte, acusé mi
presta determinacion, derramé muchas é infinitas lágrimas, víme casi
ahogada entre ellas y entre los suspiros que de mi lastimado pecho
salian, quejéme en silencio al cielo, discurrí con la imaginacion, por
ver si descubria algun camino ó senda á mi remedio, y la que hallé fué
vestirme en hábito de hombre, y ausentarme de la casa de mis padres, y
irme á buscar á este segundo engañador Enéas, á este cruel y fementido
Vireno, á este defraudador de mis buenos pensamientos y legítimas y
bien fundadas esperanzas; y así sin ahondar mucho en mis discursos,
ofreciéndome la ocasion un vestido de camino de mi hermano, y un
cuartago de mi padre que yo ensillé, una noche escurísima salí de casa
con intencion de ir á Salamanca, donde, segun despues se dijo, creian
que Marco Antonio podia haber venido; porque tambien es estudiante, y
camarada del hermano mio que os he dicho: no dejé asimismo de sacar
cantidad de dineros en oro, para todo aquello que en mi impensado viaje
pueda sucederme; lo que mas me fatiga es que mis padres me han de
seguir y hallar por las señas del vestido y del cuartago que traigo, y
cuando esto no tema, temo á mi hermano que está en Salamanca, del cual
si soy conocida, ya se puede entender el peligro en que está puesta
mi vida; porque aunque él escuche mis disculpas, el menor punto de su
honor pasa á cuantas yo pudiere darle: con todo esto, mi principal
determinacion es, aunque pierda la vida, buscar al desalmado de mi
esposo, que no puede negar el serlo sin que le desmientan las prendas
que dejó en mi poder, que son una sortija de diamantes, con unas
cifras que dicen: Es Marco Antonio esposo de Teodosia. Si le hallo,
sabré dél qué halló en mí que tan presto le movió á dejarme; y en
resolucion haré que me cumpla la palabra y fe prometida, ó le quitaré
la vida, mostrándome tan presta á la venganza, como fuí fácil al dejar
agraviarme; porque la nobleza de la sangre que mis padres me han dado,
va despertando en mí brios que me prometen ó ya remedio, ó ya venganza
de mi agravio. Esta es, señor caballero, la verdadera y desdichada
historia que deseábades saber, la cual será bastante disculpa de los
suspiros y palabras que os despertaron: lo que os ruego y suplico es,
que ya que no podais darme remedio, á lo ménos me deis consejo con que
pueda huir los peligros que me contrastan, y templar el temor que tengo
de ser hallada, y facilitar los modos que he de usar para conseguir lo
que tanto deseo y he menester.
Un gran espacio de tiempo estuvo sin responder palabra el que habia
estado escuchando la historia de la enamorada Teodosia, y tanto, que
ella pensó que estaba dormido y que ninguna cosa le habia oido; y para
certificarse de lo que sospechaba, le dijo:
--¿Dormís, señor? y no seria malo que durmiésedes, porque el apasionado
que cuenta sus desdichas á quien no las siente, bien es que causen en
quien las escucha mas sueño que lástima.
--No duermo, respondió el caballero, ántes estoy tan despierto, y
siento tanto vuestra desventura, que no sé si diga que en el mismo
grado me aprieta y duele que á vos misma, y por esta causa el consejo
que me pedís, no solo ha de parar en aconsejaros, sino en ayudaros
con todo aquello que mis fuerzas alcanzaren; que puesto que en el
modo que habeis tenido en contarme vuestro suceso, se ha mostrado
el raro entendimiento de que sois dotada, y que conforme á esto os
debió de engañar mas vuestra voluntad rendida que las persuasiones
de Marco Antonio, todavía quiero tomar por disculpa de vuestro yerro
vuestros pocos años, en los cuales no cabe tener esperiencia de los
muchos engaños de los hombres: sosegad, señora, y dormid, si podeis,
lo poco que debe de quedar de la noche; que en viniendo el dia nos
aconsejaremos los dos y veremos qué salida se podrá dar á vuestro
remedio.
Agradecióselo Teodosia lo mejor que supo, y procuró reposar un rato
por dar lugar á que el caballero durmiese, el cual no fué posible
sosegar un punto, ántes comenzó á volcarse por la cama y á suspirar de
manera que le fué forzoso á Teodosia preguntarle qué era lo que sentia,
que si era alguna pasion á quien ella pudiese remediar, lo haria con la
voluntad misma que él á ella se le habia ofrecido. Á esto respondió el
caballero:
--Puesto que sois vos, señora, la que causa el desasosiego que en mí
habeis sentido, no sois vos la que podais remedialle, que á serlo, no
tuviera yo pena alguna.
No pudo entender Teodosia adónde se encaminaban aquellas confusas
razones; pero todavía sospechó que alguna pasion amorosa le fatigaba,
y aun pensó ser ella la causa, y era de sospechar y de pensar, pues la
comodidad del aposento, la soledad y la escuridad, y el saber que era
mujer, no fuera mucho haber despertado en él algun mal pensamiento,
y temerosa desto se vistió con grande priesa y con mucho silencio, y
se ciñó su espada y daga, y de aquella manera, sentada sobre la cama
estuvo esperando el dia, que de allí á poco espacio dió señal de su
venida con la luz que entraba por los muchos lugares y entradas que
tienen los aposentos de los mesones y ventas: y lo mismo que Teodosia
habia hecho el caballero, y apénas vió estrellado el aposento con la
luz del dia, cuando se levantó de la cama, diciendo:
--Levantáos, señora Teodosia, que yo quiero acompañaros en esta
jornada, y no dejaros de mi lado hasta que como legítimo esposo tengais
en el vuestro á Marco Antonio, ó que él ó yo perdamos las vidas; y aquí
veréis la obligacion y voluntad en que me ha puesto vuestra desgracia.
Y diciendo esto, abrió las ventanas y puertas del aposento.
Estaba Teodosia deseando ver la claridad, para ver con la luz qué talle
y parecer tenia aquel con quien habia estado hablando toda la noche;
mas cuando le miró y le conoció, quisiera que jamas hubiera amanecido,
sino que allí en perpetua noche se le hubieran cerrado los ojos;
porque apénas hubo el caballero vuelto los ojos á mirarla (que tambien
deseaba verla), cuando ella conoció que era su hermano, de quien tanto
se temia, á cuya vista casi perdió la de sus ojos, y quedó suspensa,
y muda, sin color en el rostro; pero sacando del temor esfuerzos, y
del peligro discrecion, echando mano á la daga, la tomó por la punta,
y se fué á hincar de rodillas delante de su hermano, diciendo con voz
turbada y temerosa:
--Toma, señor y querido hermano mio, y haz con este hierro el castigo
del que he cometido, satisfaciendo tu enojo, que para tan grande culpa
como la mia no es bien que ninguna misericordia me valga: yo confieso
mi pecado, y no quiero que me sirva de disculpa mi arrepentimiento:
solo te suplico que la pena sea de suerte, que se estienda á quitarme
la vida, y no la honra, que puesto que yo la he puesto en manifiesto
peligro, ausentándome de casa de mis padres, todavía quedará en
opinion, si el castigo que me dieres fuere secreto.
Mirábala su hermano, y aunque la soltura de su atrevimiento le
incitaba á la venganza, las palabras tan tiernas y tan eficaces con
que manifestaba su culpa le ablandaron de tal suerte las entrañas, que
con rostro agradable y semblante pacífico la levantó del suelo, y la
consoló lo mejor que pudo y supo, diciéndole entre otras razones, que
por no hallar castigo igual á su locura, le suspendia por entónces; y
así por esto, como por parecerle que aun no habia cerrado la fortuna de
todo en todo las puertas á su remedio, queria ántes procurársele por
todas las vias posibles, que no tomar venganza del agravio que de su
mucha liviandad en él redundaba.
Con estas razones volvió Teodosia á cobrar los perdidos espíritus,
tornó la color á su rostro, y revivieron sus casi muertas esperanzas.
No quiso mas D. Rafael (que así se llamaba su hermano) tratarle de su
suceso: solo le dijo que mudase el nombre de Teodosia en Teodoro, que
diesen luego la vuelta á Salamanca los dos juntos á buscar á Marco
Antonio, puesto que él imaginaba que no estaba en ella, porque siendo
su camarada, le hubiera hablado, aunque podia ser que el agravio que le
habia hecho le enmudeciese y le quitase la gana de verle. Remitióse el
nuevo Teodoro á lo que su hermano quiso. Entró en esto el huésped, al
cual ordenaron que les diese algo de almorzar, porque querian partirse
luego.
Entre tanto que el mozo de mulas ensillaba, y el almuerzo venia, entró
en el meson un hidalgo que venia de camino, que de D. Rafael fué
conocido luego. Conocíale tambien Teodoro, y no osó salir del aposento
por no ser visto. Abrazáronse los dos, y preguntó D. Rafael al recien
venido qué nuevas habia en su lugar. Á lo cual respondió, que él venia
del Puerto de Santa María, adonde dejaba cuatro galeras de partida
para Nápoles, y que en ellas habia visto embarcado á Marco Antonio
Adorno, el hijo de D. Leonardo Adorno. Con las cuales nuevas se holgó
D. Rafael, pareciéndole que pues tan sin pensar habia sabido nuevas de
lo que tanto le importaba, era señal que tendria buen fin su suceso:
rogóle á su amigo que trocase con el cuartago de su padre (que él muy
bien conocia) la mula que él traia, no diciéndole que venia, sino
que iba á Salamanca, y que no queria llevar tan buen cuartago en tan
largo camino. El otro, que era comedido y amigo suyo, se contentó del
trueco, y se encargó de dar el cuartago á su padre. Almorzaron juntos,
y Teodoro solo, y llegado el punto de partirse el amigo, tomó el camino
de Cazalla, donde tenia una rica heredad.
No partió D. Rafael con él, que por hurtarle el cuerpo le dijo que le
convenia volver aquel dia á Sevilla; y así como le vió ido, estando en
órden las cabalgaduras, hecha la cuenta y pagado el huésped, diciendo
adios, se salieron de la posada, dejando admirados á cuantos en ella
quedaban de su hermosura y gentil disposicion, que no tenia para hombre
menor gracia, brio y compostura D. Rafael, que su hermana belleza y
donaire.
Luego en saliendo contó don Rafael á su hermana las nuevas que de
Marco Antonio le habian dado, y que le parecia que con la diligencia
posible caminasen la vuelta de Barcelona, donde de ordinario suelen
parar algun dia las galeras que pasan á Italia ó vienen á España, y que
si no hubiesen llegado podian esperarlas, y allí sin duda hallarian á
Marco Antonio. Su hermana le dijo que hiciese todo aquello que mejor le
pareciese, porque ella no tenia mas voluntad que la suya.
Dijo D. Rafael al mozo de mulas que consigo llevaba, que tuviese
paciencia, porque convenia pasar á Barcelona, asegurándole la paga á
todo su contento del tiempo que con él anduviese. El mozo, que era
de los alegres del oficio, y que conocia que D. Rafael era liberal,
respondió que hasta el cabo del mundo le acompañaria y serviria.
Preguntó D. Rafael á su hermana qué dineros llevaba. Respondió que no
los tenia contados, y que no sabia mas de que en el escritorio de su
padre habia metido la mano siete ó ocho veces, y sacádola llena de
escudos de oro, y segun aquello imaginó D. Rafael que podia llevar
hasta quinientos escudos, que con otros doscientos que él tenia, y una
cadena de oro que llevaba, le pareció no ir muy desacomodado; y mas
persuadiéndose que habia de hallar en Barcelona á Marco Antonio.
Con esto se dieron priesa á caminar sin perder jornada, y sin
acaecerles desman ó impedimento alguno, llegaron á dos leguas de un
lugar que está nueve de Barcelona, que se llama Igualada. Habia sabido
en el camino como un caballero, que pasaba por embajador á Roma, estaba
en Barcelona esperando las galeras, que aun no habian llegado; nueva
que les dió mucho contento. Con este gusto caminaron hasta entrar en un
bosquecillo que en el camino estaba, del cual vieron salir un hombre
corriendo y mirando atras como espantado. Púsosele D. Rafael delante
diciéndole:
--¿Por qué huís, buen hombre, ó que caso os ha acontecido, que con
muestras de tanto miedo os hace parecer tan lijero?
--¿No quereis que corra apriesa y con miedo, respondió el hombre, si
por milagro me he escapado de una compañía de bandoleros que queda en
ese bosque?
--Malo, dijo el mozo de mulas, malo, vive Dios: ¿bandoleritos á estas
horas? Para mi santiguada que ellos nos pongan como nuevos.
--No os congojeis, hermano, replicó el del bosque, que ya los
bandoleros se han ido, y han dejado atados á los árboles deste bosque
mas de treinta pasajeros, dejándolos en camisa: á solo un hombre
dejaron libre para que desatase á los demas despues que ellos hubiesen
traspuesto una montañuela que le dieron por señal.
--Si eso es, dijo Calvete (que así se llamaba el mozo de mulas),
seguros podemos pasar, á causa que al lugar donde los bandoleros hacen
el salto no vuelven por algunos dias, y puedo asegurar esto como
aquel que ha dado dos veces en sus manos, y sabe de molde su usanza y
costumbres.
--Así es, dijo el hombre.
Lo cual oido por D. Rafael, determinó pasar adelante; y no anduvieron
mucho, cuando dieron en los atados, que pasaban de cuarenta, que
los estaba desatando el que dejaron suelto. Era estraño espectáculo
el verlos: unos desnudos del todo: otros vestidos con los vestidos
astrosos de los bandoleros: unos llorando de verse robados, otros
riendo de ver los estraños trajes de los otros: este contaba por menudo
lo que le llevaban: aquel decia que le pesaba mas de una caja de
-agnus- que de Roma traia, que de otras infinitas cosas que llevaba. En
fin, todo cuanto allí pasaban eran llantos y gemidos de los miserables
despojados. Todo lo cual miraban, no sin mucho dolor, los dos hermanos,
dando gracias al cielo que de tan grande y tan cercano peligro los
habia librado. Pero lo que mas compasion les puso, especialmente á
Teodoro, fué ver al tronco de una encina atado un muchacho de edad, al
parecer, de diez y seis años, con sola la camisa y unos calzones de
lienzo; pero tan hermoso de rostro, que forzaba y movia á todos que le
mirasen.
Apeóse Teodora á desatarle, y él le agradeció con muy corteses razones
el beneficio; y por hacérsele mayor, pidió á Calvete, el mozo de mulas,
le prestase su capa hasta que en el primer lugar comprasen otra para
aquel gentil mancebo. Dióla Calvete, y Teodoro cubrió con ella al mozo,
preguntándole de dónde era, de dónde venia y adónde caminaba.
Á todo esto estaba presente D. Rafael, y el mozo respondió que era de
Andalucía, y de un lugar, que en nombrándole, vieron que no distaba
del suyo sino dos leguas: dijo que venia de Sevilla, y que su designio
era pasar á Italia á probar ventura en el ejercicio de las armas, como
otros muchos españoles acostumbraban; pero que la suerte suya habia
salido azar con el mal encuentro de los bandoleros, que le llevaban una
buena cantidad de dineros, y tales vestidos, que no se compraran tan
buenos con trecientos escudos; pero que con todo eso pensaba proseguir
su camino, porque no venia de casta que se le habia de helar al primer
mal suceso el calor de su fervoroso deseo.
Las buenas razones del mozo (junto con haber oido que era tan cerca
de su lugar, y mas con la carta de recomendacion que en su hermosura
traia) pusieron voluntad en los dos hermanos de favorecerle en cuanto
pudiesen, y repartiendo entre los que mas necesidad á su parecer
tenian, algunos dineros, especialmente entre frailes y clérigos,
que habia mas de ocho, hicieron que subiese el mancebo en la mula
de Calvete, y sin detenerse mas, en poco espacio se pusieron en
Igualada, donde supieron que las galeras, el dia ántes, habian llegado
á Barcelona, y que de allí á dos dias se partirian, si ántes no les
forzaba la poca seguridad de la playa.
Estas nuevas hicieron que la mañana siguiente madrugasen ántes que
el sol, puesto que aquella noche no la durmieron toda, sino con
mas sobresalto de los hermanos que ellos se pensaron, causado de
que estando á la mesa, y con ellos el mancebo que habian desatado,
Teodoro puso ahincadamente los ojos en su rostro, y mirándole algo
curiosamente, le pareció que tenia las orejas horadadas, y en esto y
en un mirar vergonzoso que tenia, sospechó que debia de ser mujer,
y deseaba acabar de cenar para certificarse á solas de su sospecha;
y entre la cena le preguntó D. Rafael que cúyo hijo era, porque él
conocia toda la gente principal de su lugar, si era aquel que habia
dicho. Á lo cual respondió el mancebo que era hijo de D. Enrique de
Cárdenas, caballero bien conocido. Á esto dijo D. Rafael que él conocia
bien á D. Enrique de Cárdenas; pero que sabia y tenia por cierto que
no tenia hijo alguno; mas que si lo habia dicho por no descubrir sus
padres, que no importaba, y que nunca mas se lo preguntaria.
--Verdad es, replicó el mozo, que D. Enrique no tiene hijos; pero
tiénelos un hermano suyo, que se llama don Sancho.
--Ese tampoco, respondió D. Rafael, tiene hijos, sino una hija sola, y
aun dicen que es de las mas hermosas doncellas que hay en la Andalucía,
y esto no lo sé mas de por fama; que aunque muchas veces he estado en
su lugar, jamas la he visto.
--Todo lo que, señor, decís es verdad, respondió el mancebo, que D.
Sancho no tiene mas de una hija, pero no tan hermosa como su fama dice;
y si yo dije que era hijo de D. Enrique, fué porque me tuviésedes,
señores, en algo, pues no lo soy sino de un mayordomo de D. Sancho, que
ha muchos años que le sirve, y yo nací en su casa, y por cierto enojo
que di á mi padre, habiéndole tomado buena cantidad de dineros, quise
venirme á Italia, como os he dicho, y seguir el camino de la guerra,
por quien vienen, segun he visto, á hacerse ilustres aun los de oscuro
linaje.
Todas estas razones y el modo con que las decia, notaba atentamente
Teodoro, y siempre se iba confirmando en su sospecha.
Acabóse la cena, alzáronse los manteles, y en tanto que D. Rafael se
desnudaba, habiéndole dicho lo que del mancebo sospechaba, con su
parecer y licencia se apartó con el mancebo á un balcon de una ancha
ventana que á la calle salia, y en él puestos los dos de pechos,
Teodoro así comenzó á hablar con el mozo.
--Quisiera, señor Francisco (que así habia dicho él que se llamaba),
haberos hecho tantas buenas obras, que os obligara á no negarme
cualquiera cosa que pudiera ó quisiera pediros; pero el poco tiempo que
há que os conozco, no ha dado lugar á ello: podria ser que en el que
está por venir conociésedes lo que merece mi deseo; y si al que ahora
tengo no gustáredes de satisfacer, no por eso dejaré de ser vuestro
servidor, como lo soy tambien ántes que os le descubra. Quiero tambien
que sepais que aunque tengo tan pocos años como los vuestros, tengo mas
esperiencia de las cosas de mundo que ellos prometen, pues con ella he
venido á sospechar que vos no sois varon como vuestro traje lo muestra,
sino mujer, y tan bien nacida como vuestra hermosura publica, y quizá
tan desdichada como lo da á entender la mudanza del traje; pues jamas
tales mudanzas son por bien de quien las hace: si es verdad lo que
sospecho, decídmelo, que os juro por la fe de caballero que profeso, de
ayudaros y serviros en todo aquello que pudiere. De que seais mujer,
no me lo podeis negar, pues por las ventanas de vuestras orejas se
ve esta verdad bien clara, y habeis andado descuidada en no cerrar y
disimular esos agujeros con alguna cera encarnada, que pudiera ser que
otro tan curioso como yo y no tan honrado, sacara á luz lo que vos tan
mal habeis sabido encubrir: digo que no dudeis de decirme quién sois,
con presupuesto que os ofrezco mi ayuda, y os aseguro el secreto que
quisiéredes que tenga.
Con grande atencion estaba el mancebo escuchando lo que Teodoro le
decia, y viendo que ya callaba, ántes que le respondiese palabra, le
tomó las manos, y llegándoselas á la boca, se las besó por fuerza, y
aun se las bañó con gran cantidad de lágrimas que de sus hermosos ojos
derramaba, cuyo estraño sentimiento le causó en Teodoro de manera,
que no pudo dejar de acompañarle en ellas (propia y natural condicion
de mujeres principales enternecerse de los sentimientos y trabajos
ajenos); pero despues que con dificultad retiró sus manos de la boca
del mancebo, estuvo atenta á ver lo que le respondia, el cual dando un
profundo gemido, acompañado de muchos suspiros, dijo:
--No quiero ni puedo negaros, señor, que vuestra sospecha no haya sido
verdadera: mujer soy, y la mas desdichada que echaron al mundo las
mujeres; y pues las obras que me habeis hecho y los ofrecimientos que
me haceis, me obligan á obedeceros en cuanto me mandáredes, escuchad,
que yo os diré quién soy (si ya no os cansa oir ajenas desventuras).
--En ellas viva yo siempre, replicó Teodoro, si no llegue el gusto
de saberlas á la pena que me darán el ser vuestras, que ya las voy
sintiendo como propias mias.
Y tornándole á abrazar, y á hacer nuevos y verdaderos ofrecimientos, el
mancebo algo mas sosegado comenzó á decir estas razones.
--En lo que toca á mi patria, la verdad he dicho: en lo que toca á
mis padres, no la dije; porque D. Enrique no lo es, sino mi tio, y
su hermano D. Sancho mi padre, que yo soy la hija desventurada que
vuestro hermano dice que D. Sancho tiene tan celebrada de hermosa, cuyo
engaño y desengaño se echa de ver en la ninguna hermosura que tengo:
mi nombre es Leocadia: la ocasion de la mudanza de mi traje oiréis
ahora. Dos leguas de mi lugar está otro de los mas ricos y nobles de la
Andalucía, en el cual vive un principal caballero que trae su origen
de los nobles y antiguos Adornos de Génova: este tiene un hijo, que
si no es que la fama se adelanta en sus alabanzas, como en las mias,
es de los gentiles-hombres que desearse puede. Este pues, así por la
vecindad de los lugares, como por ser aficionado al ejercicio de la
caza cómo mi padre, algunas veces venia á mi casa, y en ella se estaba
cinco ó seis dias, que todos y aun parte de las noches él y mi padre
las pasaban en el campo: desta ocasion tomó la fortuna, ó el amor, ó
mi poca advertencia la que fué bastante para derribarme de la alteza
de mis buenos pensamientos, á la bajeza del estado en que me veo;
pues habiendo mirado, mas de aquello que fuera lícito á una recatada
doncella, la gentileza y discrecion de Marco Antonio, y considerado
la calidad de su linaje y la mucha cantidad de los bienes que llaman
de fortuna, que su padre tenia, me pareció que si le alcanzaba por
esposo, era toda la felicidad que podia caber en mi deseo: con este
pensamiento le comencé á mirar con mas cuidado, y debió de ser sin duda
con mas descuido, pues él vino á caer en que yo le miraba; y no quiso
ni le fué menester al traidor otra entrada para entrarse en el secreto
de mi pecho, y robarme las mejores prendas de mi alma. Mas no sé para
qué me pongo á contaros, señor, punto por punto las menudencias de mis
amores, pues hacen tan poco al caso, sino deciros de una vez lo que él
con muchas de solicitud granjeó conmigo, que fué que habiéndome dado
su fe y palabra, debajo de grandes, á mi parecer, firmes y cristianos
juramentos de ser mi esposo, me ofrecí á que hiciese de mí todo lo que
quisiese; pero aun no bien satisfecha de sus juramentos y palabras,
porque no se las llevase el viento, hice que las escribiese en una
cédula que él me dió firmada de su nombre, con tantas circunstancias y
fuerzas escrita, que me satisfizo. Recebida la cédula, di traza como
una noche viniese de su lugar al mio, y entrase por las paredes de un
jardin á mi aposento, donde sin sobresalto alguno podia coger el fruto
que para él solo estaba destinado. Llegóse en fin la noche por mí tan
deseada.
Hasta este punto habia estado callando Teodoro, teniendo pendiente el
alma de las palabras de Leocadia, que con cada una dellas le traspasaba
el alma, especialmente cuando oyó el nombre de Marco Antonio, y vió
la peregrina hermosura de Leocadia, y consideró la grandeza de su
valor con la de su rara discrecion, que bien lo mostraba en el modo de
contar su historia. Mas cuando llegó á decir: llegó la noche por mí tan
deseada, estuvo por perder la paciencia, y sin poder hacer otra cosa le
salteó la razon, diciendo:
--¿Y bien? así como llegó esa felicísima noche, ¿que hizo? ¿entró por
dicha? ¿gozásteisle? ¿confirmó de nuevo la cédula? ¿quedó contento
en haber alcanzado de vos lo que decís que era suyo? ¿súpolo vuestro
padre, ó en que pararon tan honestos y sabios principios?
--Pararon, dijo Leocadia, en ponerme de la manera que veis, porque no
le gocé, ni me gozó, ni vino al concierto señalado.
Respiró con estas razones Teodosia, detuvo los espíritus que poco á
poco la iban dejando, estimulados y apretados de la rabiosa pestilencia
de los celos, que á mas andar se le iban entrando por los huesos y
médulas, para tomar entera posesion de su paciencia; mas no la dejó
tan libre, que no volviese á escuchar con sobresalto lo que Leocadia
prosiguió, diciendo:
--No solamente no vino, pero de allí á ocho dias supe por nueva cierta
que se habia ausentado de su pueblo y llevado de casa de sus padres
á una doncella de su lugar, hija de un principal caballero, llamada
Teodosia, doncella de estremada hermosura y de rara discrecion; y
por ser de tan nobles padres, se supo en mi pueblo el robo, y luego
llegó á mis oidos, y con él la fria y temida lanza de los celos que
me pasó el corazon, y me abrasó el alma en fuego tal, que en él se
hizo ceniza mi honra y se consumió mi crédito, se secó mi paciencia
y se acabó mi cordura: ¡Ay de mí, desdichada! que luego se me figuró
en la imaginacion Teodosia mas hermosa que el sol, y mas discreta que
la discrecion misma, y sobre todo mas venturosa que yo sin ventura.
Leí luego las razones de la cédula, vilas firmes y valederas, y que
no podian faltar en la fe que publicaban; y aunque á ellas como á
cosa sagrada se acogiera mi esperanza, en cayendo en la cuenta de la
sospechosa compañía que Marco Antonio llevaba consigo, daba con todas
ellas en el suelo: maltraté mi rostro, arranqué mis cabellos, maldije
mi suerte, y lo que mas sentia era no poder hacer estos sacrificios
á todas horas, por la forzosa presencia de mi padre: en fin, por
acabar de quejarme sin impedimento ó por acabar la vida, que es lo mas
cierto, determiné dejar la casa de mi padre; y como para poner por
obra un mal pensamiento parece que la ocasion facilita y allana todos
los inconvenientes, sin temor alguno hurté á un paje de mi padre sus
vestidos, y á mi padre mucha cantidad de dineros, y una noche, cubierta
con su negra capa, salí de casa, y á pié caminé algunas leguas, y
llegué á un lugar que se llama Osuna, y acomodándome en un carro, de
allí á dos dias entré en Sevilla, que fué haber entrado en la seguridad
posible para no ser hallada, aunque me buscasen: allí compré otros
vestidos y una mula, y con unos caballeros que venian á Barcelona
con priesa por no perder la comodidad de unas galeras que pasaban á
Italia, caminé hasta ayer, que me sucedió lo que ya habréis sabido de
los bandoleros que me quitaron cuanto traia, y entre otras cosas la
joya que sustentaba mi salud y aliviaba la carga de mis trabajos, que
fué la cédula de Marco Antonio, que pensaba con ella pasar á Italia,
y hallando Marco Antonio presentársela por testigo de su poca fe, y á
mí por abono de mi mucha firmeza, y hacer de suerte que me cumpliese
la promesa; pero juntamente con esto he considerado que con facilidad
negará las palabras que en un papel están escritas, el que niega las
obligaciones que debian estar grabadas en el alma: que claro está, que
si él tiene en su compañía á la sin par Teodosia, no ha de querer mirar
á la desdichada Leocadia: aunque con todo esto pienso morir, ó ponerme
en la presencia de los dos, para que mi vista los turbe su sosiego: no
piense aquella enemiga de mi descanso gozar tan á poca costa lo que es
mio: yo la buscaré, yo la hallaré y yo la quitaré la vida, si puedo.
--¿Pues qué culpa tiene Teodosia, dijo Teodoro, si ella quizá tambien
fué engañada de Marco Antonio, como vos, señora Leocadia, lo habeis
sido?
--¿Puede ser eso así, dijo Leocadia, si se la llevó consigo? Y
estando juntos los que bien se quieren, ¿qué engaño puede haber?
Ninguno por cierto: ellos están contentos, pues están juntos, ora
estén como suele decirse en los remotos y abrasados desiertos de
Libia, ó en los solos y apartados de la helada Escitia: ella le goza
sin duda, sea donde fuere, y ella sola ha de pagar lo que he sentido
hasta que le halle.
--Podia ser que os engañásedes, replicó Teodosia, que yo conozco
muy bien á esa enemiga vuestra que decís, y sé de su condicion y
recogimiento que nunca ella se aventuraria á dejar la casa de sus
padres ni acudir á la voluntad de Marco Antonio: y cuando lo hubiese
hecho, no conociéndoos, ni sabiendo cosa alguna de lo que con él
teníades, no os agravió en nada, y donde no hay agravio, no viene bien
la venganza.
--Del recogimiento, dijo Leocadia, no hay que tratarme, que tan
recosida y tan honesta era yo como cuantas doncellas hallarse
pudieran, y con todo eso hice lo que habeis oido: de que él la llevase,
no hay duda; y de que ella no me haya agraviado, mirándolo sin pasion,
yo lo confieso; mas el dolor que siento de los celos, me la representa
en la memoria, bien así como espada que atravesada tengo por mitad
de las entrañas, y no es mucho que como á instrumento que tanto me
lastima, le procure arrancar dellas y hacerle pedazos: cuanto mas, que
prudencia es apartar de nosotros las cosas que nos dañan, y es natural
cosa aborrecer las que nos hacen mal y aquellas que nos estorban el
bien.
--Sea como vos decís, señora Leocadia, respondió Teodosia, que así como
veo que la pasion que sentís no os deja hacer mas acertados discursos,
veo que no estais en tiempo de admitir consejos saludables: de mí os
sé decir lo que ya os he dicho, que os he de ayudar y favorecer en
todo aquello que fuere justo y yo pudiere; y lo mismo os prometo de mi
hermano, que su natural condicion y nobleza no le dejarán hacer otra
cosa: nuestro camino es á Italia; si gustáredes venir con nosotros,
ya poco mas ó ménos sabeis el trato de nuestra compañía: lo que os
ruego es, me deis licencia que diga á mi hermano lo que sé de vuestra
hacienda, para que os trate con el comedimiento y respeto que se os
debe, y para que se obligue á mirar por vos como es razon: junto con
esto me parece no ser bien que mudeis de traje; y si en este pueblo
hay comodidad de vestiros, por la mañana os compraré los vestidos
mejores que hubiere, y que mas os convengan, y en lo demas de vuestras
pretensiones, dejad el cuidado al tiempo, que es gran maestro de dar y
hallar remedio á los casos mas desesperados.
Agradeció Leocadia á Teodosia, que ella pensaba ser Teodoro, sus
muchos ofrecimientos, y dióle licencia de decir á su hermano todo lo
que quisiese, suplicándole que no la desamparase, pues veia á cuántos
peligros estaba puesta, si por mujer fuese conocida.
Con esto se despidieron y se fueron á acostar, Teodosia al aposento de
su hermano, y Leocadia á otro que junto dél estaba.
No se habia aun dormido D. Rafael, esperando á su hermana por saber lo
que le habia pasado con el que pensaba ser mujer; y en entrando, ántes
que se acostase, se lo preguntó: la cual punto por punto le contó todo
cuanto Leocadia le habia dicho, cúya hija era, sus amores, la cédula de
Marco Antonio, y la intencion que llevaba. Admiróse D. Rafael, y dijo á
su hermana:
--Si ella es la que dice, séos decir, hermana, que es de las mas
principales de su lugar, y una de las mas nobles señoras de toda la
Andalucía: su padre es bien conocido del nuestro, y la fama que ella
tenia de hermosa corresponde muy bien á lo que ahora vemos en su
rostro; y lo que desto me parece es que debemos andar con recato, de
manera, que ella no hable primero con Marco Antonio que nosotros, que
me da algun cuidado la cédula que dice que le hizo, puesto que la haya
perdido; pero sosegáos y acostáos, hermana, que para todo se buscará
remedio.
Hizo Teodosia lo que su hermano la mandaba, en cuanto al acostarse, mas
en lo de sosegarse no fué en su mano, que ya tenia tomada posesion de
su alma la rabiosa enfermedad de los celos. ¡Oh cuánto mas de lo que
ella era se le representaba en la imaginacion la hermosura de Leocadia,
y la deslealtad de Marco Antonio! ¡Oh cuántas veces leia ó fingia leer
la cédula que la habia dado! ¡Qué de palabras y razones la añadia, que
la hacian cierta y de mucho efecto! ¡Cuántas veces no creyó que se le
habia perdido, y cuántas imaginó que sin ella Marco Antonio no dejara
de cumplir su promesa, sin acordarse de lo que á ella estaba obligado!
Pasósele en esto la mayor parte de la noche sin dormir sueño. Y no la
pasó con mas descanso D. Rafael su hermano; porque así como oyó decir
quién era Leocadia, así se le abrasó el corazon en sus amores, como
si de mucho ántes para el mismo efeto la hubiera comunicado; que esta
fuerza tiene la hermosura, que en un punto, en un momento lleva tras
sí el deseo de quien la mira y la conoce: y cuando descubre ó promete
alguna via de alcanzarse y gozarse, enciende con poderosa vehemencia
el alma de quien la contempla, bien así del modo y facilidad con que
se enciende la seca y dispuesta pólvora con cualquiera centella que la
toca.
No la imaginaba atada al árbol, ni vestida en el roto traje de varon,
sino en el suyo de mujer, y en casa de sus padres, ricos y de tan
principal y rico linaje como ellos eran: no detenia ni queria detener
el pensamiento en la causa que la habia traido á que la conociese:
deseaba que el dia llegase para proseguir su jornada, y buscar á
Marco Antonio, no tanto para hacerle su cuñado, como para estorbar
que no fuese marido de Leocadia; y ya le tenian el amor y el celo de
manera, que tomara por buen partido ver á su hermana sin el remedio
que le procuraba, y á Marco Antonio sin vida á trueco de no verse
sin esperanza de alcanzar á Leocadia: la cual esperanza ya le iba
prometiendo felice suceso en su deseo, ó ya por el camino de la fuerza,
ó por el de los regalos y buenas obras, pues para todo le daba lugar el
tiempo y la ocasion.
Con esto que él á sí mismo se prometia, se sosegó algun tanto, y de
allí á poco se dejó venir el dia, y ellos dejaron las camas, y llamando
D. Rafael al huésped le preguntó si habia comodidad en aquel pueblo
para vestir á un paje á quien los bandoleros habian desnudado. El
huésped dijo que él tenia un vestido razonable que vender: trújole,
y vínole bien á Leocadia. Pagóle D. Rafael, y ella se le vistió, y
se ciñó una espada y una daga con tanto donaire y brio, que en aquel
mismo traje suspendió los sentidos de D. Rafael, y dobló los celos
en Teodosia. Ensilló Calvete, y á las ocho del dia partieron para
Barcelona, sin querer subir por entónces al famoso monasterio de
Monserrate, dejándolo para cuando Dios fuese servido de volverlos con
mas sosiego á su patria.
No se podrá contar buenamente los pensamientos que los dos hermanos
llevaban, ni con cuán diferentes ánimos los dos iban mirando á
Leocadia, deseándola Teodosia la muerte, D. Rafael la vida, entrambos
celosos y apasionados: Teodosia buscando tachas que ponerla, por no
desmayar en su esperanza; D. Rafael hallándole perfecciones, que
de punto en punto le obligaban mas á amarla. Con todo esto no se
descuidaron de darse priesa, de modo que llegaron á Barcelona poco
ántes que el sol se pusiese.
Admiróles el hermoso sitio de la ciudad, y la estimaron por flor de
las bellas ciudades del mundo, honra de España, temor y espanto de los
circunvecinos y apartados enemigos, regalo y delicia de sus moradores,
amparo de los estranjeros, escuela de la caballería, ejemplo de
lealtad, y satisfacion de todo aquello que de una grande, famosa, rica
y bien fundada ciudad puede pedir un discreto y curioso deseo.
En entrando en ella, oyeron grandísimo ruido, y vieron correr gran
tropel de gente con grande alboroto, y preguntando la causa de aquel
ruido y movimiento, les respondieron que la gente de las galeras que
estaba en la playa, se habia revuelto y trabado con la de la ciudad.
Oyendo lo cual D. Rafael, quiso ir á ver lo que pasaba, aunque Calvete
le dijo que no lo hiciese, por no ser cordura irse á meter en un
manifiesto peligro, que él sabia bien cuán mal libraban los que en
tales pendencias se metian, que eran ordinarias en aquella ciudad,
cuando á ella llegaban galeras. No fué bastante el buen consejo de
Calvete para estorbar á D. Rafael la ida, y así le siguieron todos: y
en llegando á la marina, vieron muchas espadas fuera de las vainas,
y mucha gente acuchillándose sin piedad alguna: con todo esto, sin
apearse llegaron tan cerca, que distintamente veian los rostros de los
que peleaban, porque aun no era puesto el sol.
Era infinita la gente que de la ciudad acudia, y mucha la que de las
galeras se desembarcaba, puesto que el que las traia á cargo, que
era un caballero valenciano, llamado D. Pedro Vique, desde la popa
de la galera capitana amenazaba á los que se habian embarcado en los
esquifes para ir á socorrer á los suyos; mas viendo que no aprovechaban
sus voces ni sus amenazas, hizo volver las proas de las galeras á la
ciudad, y disparar una pieza sin bala, señal de que si no se apartasen,
otra no iria sin ella.
En esto estaba D. Rafael atentamente mirando la cruel y bien trabada
riña, y vió y notó que de parte de los que mas se señalaban de las
galeras, lo hacia gallardamente un mancebo de hasta veintidos ó poco
mas años, vestido de verde, con un sombrero de la misma color adornado
con un rico trencillo al parecer de diamantes: la destreza con que el
mozo se combatia, y la bizarría del vestido, hacian que volviesen á
mirarle todos cuantos la pendencia miraban; y de tal manera le miraron
los ojos de Teodosia y de Leocadia, que ambas á un mismo punto y tiempo
dijeron:
--¡Válame Dios! Ó yo no tengo ojos, ó aquel de lo verde es Marco
Antonio.
Y en diciendo esto, con gran lijereza saltaron de las mulas, y poniendo
mano á sus dagas y espadas, sin temor alguno se entraron por mitad de
la turba, y se pusieron la una á un lado, y la otra al otro de Marco
Antonio (que él era el mancebo de lo verde que se ha dicho).
--No temais, dijo así como llegó Leocadia, señor Marco Antonio, que
á vuestro lado teneis quien os hará escudo con su propia vida, por
defender la vuestra.
--¿Quién lo duda, replicó Teodosia, estando yo aquí?
D. Rafael que vió y oyó lo que pasaba, las siguió asimismo, y se puso
de su parte. Marco Antonio ocupado en ofender y defenderse, no advirtió
en las razones que las dos le dijeron: ántes cebado en la pelea, hacia
cosas al parecer increibles. Pero como la gente de la ciudad por
momentos crecia, fuéles forzoso á los de las galeras retirarse hasta
meterse en el agua. Retirábase Marco Antonio de mala gana, y á su
mismo compas se iban retirando á sus lados las dos valientes y nuevas
Bradamante y Marfisa, ó Hipólita y Pantasilea.
En esto vino un caballero catalan de la famosa familia de los Cardonas,
sobre un poderoso caballo, y poniéndose en medio de las dos partes,
hacia retirar los de la ciudad, los cuales le tuvieron respeto en
conociéndole. Pero algunos desde léjos tiraban piedras á los que ya se
iban acogiendo al agua; y quiso la mala suerte que una acertase en la
sien á Marco Antonio con tanta furia, que dió con él en el agua, que ya
le daba á la rodilla; y apénas Leocadia le vió caido, cuando se abrazó
con él y le sostuvo en sus brazos, y lo mismo hizo Teodosia. Estaba D.
Rafael un poco desviado, defendiéndose de las infinitas piedras que
sobre él llovian; y queriendo acudir al remedio de su dama, y al de su
hermana y cuñado, el caballero catalan se le puso delante, diciéndole:
--Sosegáos, señor, por lo que debeis á un buen soldado, y hacedme
merced de poneros á mi lado, que yo os libraré de la insolencia y
demasía deste desmandado vulgo.
--¡Ah señor! respondió D. Rafael, dejadme pasar, que veo en gran
peligro puestas las cosas que en esta vida mas quiero.
Dejóle pasar el caballero, mas no llegó tan á tiempo, que ya no
hubiesen recogido en el esquife de la galera capitana á Marco Antonio
y á Leocadia, que jamas le dejó de los brazos, y queriéndose embarcar
con ellos Teodosia, ó ya fuese por estar cansada, ó por la pena de
haber visto herido á Marco Antonio, ó por ver que se iba con él su
mayor enemiga, no tuvo fuerza para subir en el esquife, y sin duda
cayera desmayada en el agua, si su hermano no llegara á tiempo de
socorrerla, el cual no sintió menor pena de ver que con Marco Antonio
se iba Leocadia, que su hermana habia sentido (que ya tambien él habia
conocido á Marco Antonio). El caballero catalan, aficionado de la
gentil presencia de D. Rafael y de su hermana (que por hombre tenia),
los llamó desde la orilla, y les rogó que con él se viniesen; y ellos
forzados de la necesidad, y temerosos de que la gente, que aun no
estaba pacífica, les hiciese algun agravio, hubieron de aceptar la
oferta que se les hacia.
El caballero se apeó, y tomándolos á su lado, con la espada desnuda
pasó por medio de la turba alborotada, rogándoles que se retirasen,
y así lo hicieron. Miró D. Rafael á todas partes por ver si veria á
Calvete con las mulas, y no le vió á causa que él así como ellos se
apearon, las antecogió y se fué á un meson donde solia posar otras
veces.
Llegó el caballero á su casa, que era una de las principales de la
ciudad, y preguntando á D. Rafael en cuál galera venia, le respondió
que en ninguna, pues habia llegado á la ciudad al mismo punto que se
comenzaba la pendencia, y que por haber conocido en ella al caballero
que llevaron herido de la pedrada en el esquife, se habia puesto en
aquel peligro, y que le suplicaba diese órden como sacasen á tierra al
herido, que en ello le importaba el contento y la vida.
--Eso haré yo de buena gana, dijo el caballero, y sé que me le dará
seguramente el general, que es principal caballero y pariente mio.
Y sin detenerse mas, volvió á la galera, y halló que estaban curando
á Marco Antonio, y la herida que tenia era peligrosa, por ser en la
sien izquierda y decir el cirujano ser de peligro: alcanzó con el
general se le diese para curarle en tierra, y puesto con gran tiento
en el esquife, le sacaron, sin quererle dejar Leocadia, que se embarcó
con él como en seguimiento del norte de su esperanza. En llegando á
tierra, hizo el caballero traer de su casa una silla de manos, donde le
llevasen. En tanto que esto pasaba, habia enviado D. Rafael á buscar á
Calvete, que en el meson estaba con cuidado de saber lo que la suerte
habia hecho de sus amos, y cuando supo que estaban buenos, se alegró en
estremo, y vino adonde D. Rafael estaba.
En esto llegaron el señor de la casa, Marco Antonio y Leocadia, y á
todos alojó en ella con mucho amor y magnificencia: ordenó luego
como se llamase un cirujano famoso de la ciudad para que de nuevo
curase á Marco Antonio: vino, pero no quiso curarle hasta otro dia,
diciendo que siempre los cirujanos de los ejércitos y armadas eran muy
esperimentados, por los muchos heridos que á cada paso tenian entre las
manos, y así no convenia curarle hasta otro dia: lo que ordenó fué le
pusiesen en un aposento abrigado, donde le dejasen sosegar.
Llegó en aquel instante el cirujano de las galeras, y dió cuenta al de
la ciudad de la herida, y de cómo le habia curado, y del peligro que de
la vida á su parecer tenia el herido; con lo cual se acabó de enterar
el de la ciudad, que estaba bien curado; y ansimismo (segun la relacion
que se le habia hecho) exageró el peligro de Marco Antonio.
Oyeron esto Leocadia y Teodosia con aquel sentimiento que si oyeran
la sentencia de su muerte; mas por no dar muestras de su dolor, le
reprimieron y callaron, y Leocadia determinó de hacer lo que le pareció
convenir para satisfacion de su honra: y fué que así como se fueron
los cirujanos, se entró en el aposento de Marco Antonio, y delante del
señor de la casa, de D. Rafael, Teodosia y de otras personas, se llegó
á la cabecera del herido, y asiéndole de la mano, le dijo estas razones:
--No estais en tiempo, señor Marco Antonio Adorno, en que se puedan
ni deban gastar con vos muchas palabras; y así solo querria que me
oyésedes algunas que convienen, si no para la salud de vuestro cuerpo,
convendrán para la de vuestra alma, y para decíroslas es menester que
me deis licencia, y me advirtais si estais con sujeto de escucharme:
que no seria razon, que habiendo yo procurado desde el punto que os
conocí, no salir de vuestro gusto, en este instante que le tengo por el
postrero, seros causa de pesadumbre.
Á estas razones abrió Marco Antonio los ojos, y los puso atentamente en
Leocadia, y habiéndola casi conocido, mas por el órgano de la voz, que
por la vista, con voz debilitada y doliente le dijo:
--Decid, señor, lo que quisiéredes, que no estoy tan al cabo que no
pueda escucharos, ni esa voz me es tan desagradable, que me cause
fastidio el oirla.
Atentísima estaba á todo este coloquio Teodosia, y cada palabra que
Leocadia decia, era una aguda saeta que le atravesaba el corazon, y
aun el alma de D. Rafael, que asimismo la escuchaba. Y prosiguiendo
Leocadia, dijo:
--Si el golpe de la cabeza, ó por mejor decir, el que á mí me han dado
en el alma, no os ha llevado, señor Marco Antonio, de la memoria la
imágen de aquella, que poco tiempo ha que vos decíades ser vuestra
gloria y vuestro cielo, bien os debeis acordar quién fué Leocadia, y
cuál fué la palabra que le distes firmada en una cédula de vuestra
mano y letra, ni se os habrá olvidado el valor de sus padres, la
entereza de su recato y honestidad, y la obligacion en que le estais,
por haber acudido á vuestro gusto en todo lo que quisistes: si esto
no se os ha olvidado, aunque me veais en este traje tan diferente,
conoceréis con facilidad que yo soy Leocadia, que temerosa que nuevos
accidentes y nuevas ocasiones no me quitasen lo que tan justamente
es mio, así como supe que de vuestro lugar os habíades partido,
atropellando por infinitos inconvenientes, determiné seguiros en este
hábito, con intencion de buscaros por todas las partes de la tierra
hasta hallaros: de lo cual no os debeis maravillar, si es que alguna
vez habeis sentido hasta dónde llegan las fuerzas de un amor verdadero,
y la rabia de una mujer engañada. Algunos trabajos he pasado en esta
mi demanda, todos los cuales los juzgo y tengo por descanso, con el
descuento que han traido de veros; que puesto que esteis de la manera
que estais, si fuere Dios servido de llevaros desta á mejor vida, con
hacer lo que debeis á quien sois ántes de la partida, me juzgaré por
mas que dichosa, prometiéndoos, como os prometo, de darme tal vida
despues de vuestra muerte, que bien poco tiempo se pase sin que os siga
en esta última y forzosa jornada: y así os ruego primeramente por Dios,
á quien mis deseos y intentos van encaminados, y luego por vos, que
debeis mucho á ser quien sois, últimamente por mí, á quien debeis mas
que á otra persona del mundo, que aquí luego me recibais por vuestra
legítima esposa, no permitiendo haga la justicia lo que con tantas
veras y obligaciones la razon os persuade.
No dijo mas Leocadia, y todos los que en la sala estaban guardaron
un maravilloso silencio en tanto que estuvo hablando, y con el mismo
silencio esperaban la respuesta de Marco Antonio, que fué esta:
--No puedo negar, señora, el conoceros, y que vuestra voz y vuestro
rostro no consentirán que lo niegue: tampoco puedo negar lo mucho
que os debo, ni el gran valor de vuestros padres junto con vuestra
incomparable honestidad y recogimiento; ni os tengo ni os tendré
en ménos por lo que habeis hecho en venirme á buscar en traje tan
diferente del vuestro; ántes por esto os estimo y estimaré en el mayor
grado que ser pueda; pero pues mi corta suerte me ha traido á término,
como vos decís, que creo que será el postrero de mi vida, y son los
semejantes trances los apuraderos de las verdades, quiero deciros una
verdad, que si no os fuere ahora de gusto, podria ser que despues os
fuese de provecho. Confieso, hermosa Leocadia, que os quise bien y que
me quisistes, y juntamente con esto confieso que la cédula que os hice,
fué mas por cumplir con vuestro deseo que con el mio; porque ántes
que la firmase, con muchos dias, tenia entregada mi voluntad y mi
alma á otra doncella de mi mismo lugar, que vos bien conoceis, llamada
Teodosia, hija de tan nobles padres como los vuestros; y si á vos os di
cédula firmada de mi mano, á ella le di la mano firmada y acreditada
con tales obras y testigos, que quedé imposibilitado de dar mi libertad
á otra persona en el mundo. Los amores que con vos tuve fueron de
pasatiempo, sin que dellos alcanzase otra cosa sino las flores que vos
sabeis, las cuales no os ofendieron, ni pueden ofender en cosa alguna:
lo que con Teodosia me pasó, fué alcanzar el fruto que ella pudo darme,
y yo quise que me diese, con fe y seguro de ser su esposo, como lo
soy; y si á ella y á vos os dejé en un mismo tiempo, á vos suspensa
y engañada, y á ella temerosa y á su parecer sin honra, hícelo con
poco discurso y con juicio de mozo, como lo soy, creyendo que todas
aquellas cosas eran de poca importancia, y que las podia hacer sin
escrúpulo alguno, con otros pensamientos que entónces me vinieron y
solicitaron lo que queria hacer, que fué venirme á Italia, y emplear en
ella algunos de los años de mi juventud, y despues volver á ver lo que
Dios habia hecho de vos y de mi verdadera esposa; mas doliéndose de mí
el cielo, sin duda creo que ha permitido ponerme de la manera que me
veis, para que confesando estas verdades, nacidas de mis muchas culpas,
pague en esta vida lo que debo, y vos quedeis desengañada y libre para
hacer lo que mejor os pareciere; y si en algun tiempo Teodosia supiere
mi muerte, sabrá de vos y de los que están presentes, como en la muerte
le cumplí la palabra que le di en la vida; y si en el poco tiempo que
della me queda, señora Leocadia, os puedo servir en algo, decídmelo,
que como no sea recebiros por esposa, pues no puedo, ninguna otra cosa
dejaré de hacer que á mí sea posible, por daros gusto.
En tanto que Marco Antonio decia estas razones, tenia la cabeza sobre
el codo, y en acabándolas dejó caer el brazo, dando muestras que se
desmayaba. Acudió luego D. Rafael, y abrazándole estrechamente, le dijo:
--Volved en vos, señor mio, y abrazad á vuestro amigo y á vuestro
hermano, pues vos quereis que lo sea: conoced á D. Rafael, vuestro
camarada, que será el verdadero testigo de vuestra voluntad, y de la
merced que á su hermana quereis hacer con admitirla por vuestra.
Volvió en sí Marco Antonio, y al momento conoció á D. Rafael, y
abrazándole estrechamente y besándole en el rostro, le dijo:
--Ahora digo, hermano y señor mio, que la suma alegría que he recebido
en veros, no puede traer ménos descuento que un pesar grandísimo, pues
se dice que tras el gusto se sigue la tristeza; pero yo daré por bien
empleada cualquiera que me viniere, á trueco de haber gustado del
contento de veros.
--Pues yo os le quiero hacer mas cumplido, replicó D. Rafael, con
presentaros esta joya, que es vuestra amada esposa.
Y buscando á Teodosia la halló llorando detras de toda la gente,
suspensa y atónita entre el pesar y la alegría por lo que veia, y por
lo que habia oido decir. Asióla su hermano de la mano, y ella sin
hacer resistencia se dejó llevar donde él quiso, que fué ante Marco
Antonio, que la conoció y se abrazó con ella, llorando los dos tiernas
y amorosas lágrimas.
Admirados quedaron cuantos en la sala estaban, viendo tan estraño
acontecimiento: mirábanse unos á otros, sin hablar palabra, esperando
en qué habian de parar aquellas cosas. Mas la desengañada y sin ventura
Leocadia, que vió por sus ojos lo que Marco Antonio hacia, y vió al que
pensaba ser hermano de D. Rafael en brazos del que tenia por su esposo,
viendo junto con esto burlados sus deseos y perdidas sus esperanzas,
se hurtó de los ojos de todos (que atentos estaban mirando lo que el
enfermo hacia con el paje que abrazado tenia), y se salió de la sala ó
aposento, y en un instante se puso en la calle con intencion de irse
desesperada por el mundo, ó adonde gentes no la viesen; mas apénas
habia llegado á la calle, cuando D. Rafael la echó ménos, y como si le
faltara el alma, preguntó por ella, y nadie le supo dar razon dónde
se habia ido; y así sin esperar mas, desesperado salió á buscarla, y
acudió adonde le dijeron que posaba Calvete, por si habia ido allá á
procurar alguna cabalgadura en que irse; y no hallándola allí, andaba
como loco por las calles, buscándola de unas partes á otras; y pensando
si por ventura se habia vuelto á las galeras, llegó á la marina, y un
poco ántes que llegase, oyó que á grandes voces llamaban desde tierra
el esquife de la capitana, y conoció que quien las daba era la hermosa
Leocadia, la cual recelosa de algun desman, sintiendo pasos á sus
espaldas, empuñó la espada, y esperó apercebida que llegase D. Rafael,
á quien ella luego conoció, y le pesó de que la hubiese hallado, y mas
en parte tan sola, que ya ella habia entendido, por mas de una muestra
que D. Rafael le habia dado, que no la queria mal, sino tan bien que
tomara por buen partido que Marco Antonio la quisiera otro tanto.
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