una vela encendida en un candelero. No puso Avendaño los ojos en el
vestido y traje de la moza, sino en su rostro, que le parecia ver en
él los que suelen pintar de los ángeles: quedó suspenso y atónito de
su hermosura, y no acertó á preguntarle nada: tal era su suspension y
embelesamiento. La moza, viendo aquel hombre delante de sí, le dijo:
--¿Qué busca, hermano? ¿Es por ventura criado de alguno de los
huéspedes de casa?
--No soy criado de ninguno, sino vuestro, respondió Avendaño todo lleno
de turbacion y sobresalto.
La moza, que de aquel modo le vió responder, dijo:
--Vaya, hermano, norabuena, que las que servimos no hemos menester
criados.
Y llamando á su señor, le dijo:
--Mire, señor, lo que busca este mancebo.
Salió su amo, y preguntóle qué buscaba. Él respondió que á unos
caballeros de Búrgos que iban á Sevilla, uno de los cuales era su
señor, el cual le habia enviado delante por Alcalá de Henáres, donde
habia de hacer un negocio que les importaba, y que junto con esto le
mandó que se viniese á Toledo y le esperase en la posada del Sevillano,
donde vendria á apearse, y que pensaba que llegaria aquella noche ó
otro dia á mas tardar. Tan buen color dió Avendaño á su mentira, que á
la cuenta del huésped pasó por verdad, pues le dijo:
--Quédese, amigo, en la posada, que aquí podrá esperar á su señor
hasta que venga.
--Muchas mercedes, señor huésped, respondió Avendaño, y mande vuesa
merced que se me dé un aposento para mí y un compañero que viene
conmigo, que está allí fuera, que dinero traemos para pagarlo tan bien
como otro.
--En buen hora, respondió el huésped.
Y volviéndose á la moza, dijo:
--Costancica, dí á la Argüello que lleve á estos dos galanes al
aposento del rincon, y que les eche sábanas limpias.
--Sí haré, señor, respondió Costanza, que así se llamaba la doncella.
Y haciendo una reverencia á su amo, se les quitó delante, cuya ausencia
fué para Avendaño lo que suele ser al caminante ponerse el sol y
sobrevenir la noche lóbrega y escura: con todo esto salió á dar cuenta
á Carriazo de lo que habia visto y de lo que dejaba negociado. El
cual por mil señales conoció cómo su amigo venia herido de la amorosa
pestilencia; pero no le quiso decir nada por entónces, hasta ver si
lo merecia la causa de quien nacian las estraordinarias alabanzas y
grandes hipérboles con que la belleza de Costanza sobre los mismos
cielos levantaba.
Entraron en fin en la posada, y la Argüello, que era una mujer de hasta
cuarenta y cinco años, superintendente de las camas y aderezo de los
aposentos, los llevó á uno que ni era de caballeros ni de criados, sino
de gente que podia hacer medio entre los dos estremos. Pidieron de
cenar, respondióles la Argüello que en aquella posada no daban de comer
á nadie, puesto que guisaban y aderezaban lo que los huéspedes traian
de fuera comprado; pero que bodegones y casas de estado habia cerca,
donde sin escrúpulo de conciencia podian ir á cenar lo que quisiesen.
Tomaron los dos el consejo de la Argüello, y dieron con sus cuerpos en
un bodegon, donde Carriazo cenó lo que le dieron, y Avendaño lo que con
él llevaba, que fueron pensamientos y imaginaciones.
Lo poco ó nada que Avendaño comia admiraba á Carriazo. Por enterarse
del todo de los pensamientos de su amigo, al volverse á la posada, le
dijo:
--Conviene que mañana madruguemos, porque ántes que entre la calor
estemos ya en Orgaz.
--No estoy en eso, respondió Avendaño, porque pienso, ántes que desta
ciudad me parta, ver lo que dicen que hay famoso en ella, como es el
Sagrario, el artificio de Juanelo, las vistillas de San Agustin, la
huerta del Rey y la Vega.
--Norabuena, respondió Carriazo, eso en dos dias se podrá ver.
--En verdad que lo he de tomar despacio, que no vamos á Roma á alcanzar
alguna vacante.
--Ta, ta, replicó Carriazo, á mí me maten, amigo, si no estais vos con
mas deseo de quedaros en Toledo que de seguir nuestra comenzada romería.
--Así es la verdad, respondió Avendaño, y aun tan imposible será
apartarme de ver el rostro desta doncella, como no es posible ir al
cielo sin buenas obras.
--¡Gallardo encarecimiento, dijo Carriazo, y determinacion digna de
un tan generoso pecho como el vuestro! ¡Bien cuadra un D. Tomas de
Avendaño, hijo de D. Juan de Avendaño, caballero lo que es bueno, rico
lo que basta, mozo lo que alegra, discreto lo que admira, con enamorado
y perdido por una fregona que sirve en el meson del Sevillano!
--Lo mismo me parece á mí que es, respondió Avendaño, considerar un D.
Diego de Carriazo, hijo del mismo, caballero del hábito de Alcántara el
padre, y el hijo á pique de heredarle con su mayorazgo, no ménos gentil
en el cuerpo que en el ánimo, y con todos estos generosos atributos
verle enamorado, ¿de quién, si pensais? ¿De la reina Ginebra? no por
cierto, sino de la almadraba de Zahara, que es mas fea á lo que creo
que un miedo de Santo Anton.
--Pata es la traviesa, amigo, respondió Carriazo, por los filos que te
herí me has muerto, quédese aquí nuestra pendencia, y vamos á dormir, y
amanecerá Dios y medraremos.
--Mira, Carriazo, hasta ahora no has visto á Costanza; en viéndola te
doy licencia para que me digas todas las injurias ó reprensiones que
quisieres.
--Ya sé yo en qué ha de parar esto, dijo Carriazo.
--¿En qué? replicó Avendaño.
--En que yo me iré con mi almadraba, y tú te quedarás con tu fregona,
dijo Carriazo.
--No seré yo tan venturoso, dijo Avendaño.
--Ni yo tan necio, respondió Carriazo, que por seguir tu mal gusto deje
de conseguir el bueno mio.
--En estas pláticas llegaron á la posada, y aun se las pasó en otras
semejantes la mitad de la noche; y habiendo dormido á su parecer poco
mas de una hora, los despertó el son de muchas chirimías que en la
calle sonaban. Sentáronse en la cama, y estuvieron atentos, y dijo
Carriazo:
--Apostaré que es ya de dia, y que debe hacerse alguna fiesta en un
monasterio de Nuestra Señora del Cármen que está aquí cerca, y por eso
tocan estas chirimías.
--No es eso, respondió Avendaño, porque no ha tanto que dormimos que
pueda ser ya de dia.
Estando en esto sintieron llamar á la puerta de su aposento, y
preguntando quién llamaba, respondieron de fuera, diciendo:
--Mancebos, si quereis oir una brava música, levantáos y asomáos á una
reja que sale á la calle, que está en aquella sala frontera, que no hay
nadie en ella.
Levantáronse los dos, y cuando abrieron no hallaron persona ni supieron
quién les habia dado el aviso; mas porque oyeron el son de una arpa,
creyeron ser verdad la música, y así en camisa como se hallaron, se
fueron á la sala donde ya estaban otros tres ó cuatro huéspedes puestos
á las rejas; hallaron lugar, y de allí á poco, al son de la arpa y de
una vihuela, con maravillosa voz oyeron cantar este soneto, que no se
le pasó de la memoria á Avendaño.
Raro humilde sugeto, que levantas
Á tan escelsa cumbre la belleza,
Que en ella se escedió naturaleza
Á sí misma, y al cielo la adelantas.
Si hablas, ó si ries, ó si cantas,
Si muestras mansedumbre ó aspereza
(Efeto solo de tu gentileza)
Las potencias del alma nos encantas:
Para que pueda ser mas conocida
La sin par hermosura que contienes,
Y la alta honestidad de que blasonas,
Deja el servir, pues debes ser servida
De cuantos ven tus manos, y tus sienes
Resplandecer con cetros y coronas.
No fué menester que nadie les dijese á los dos que aquella música se
daba por Costanza, pues bien claro lo habia descubierto el soneto,
que sonó de tal manera en los oidos de Avendaño, que diera por bien
empleado por no haberle oido haber nacido sordo y estarlo todos los
dias de la vida que le quedaba, á causa que desde aquel punto la
comenzó á tener tan mala, como quien se halló traspasado el corazon de
la rigurosa lanza de los celos, y era lo peor que no sabia de quién
debia ó podia tenerlos. Pero presto le sacó deste cuidado uno de los
que á la reja estaban, diciendo:
--¡Que tan simple sea este hijo del corregidor, que se ande dando
músicas á una fregona! Verdad es que ella es de las mas hermosas
muchachas que yo he visto, y he visto muchas, mas no por esto habia de
solicitarla con tanta publicidad.
Á lo cual añadió otro de los de la reja:
--Pues en verdad que he oido yo decir por cosa muy cierta que así hace
ella cuenta dél, como si no fuese nadie: apostaré que se está ella
agora durmiendo á sueño suelto detras de la cama de su ama, donde dicen
que duerme, sin acordársele de músicas ni canciones.
--Así es la verdad, replicó el otro, porque es la mas honesta doncella
que se sabe, y es maravilla que con estar en esta casa de tanto
tráfago, y donde hay cada dia gente nueva, y andar por todos los
aposentos, no se sabe della el menor desman del mundo.
Con esto que oyó Avendaño tornó á revivir y á cobrar aliento para poder
escuchar otras muchas cosas que al son de diversos instrumentos los
músicos cantaron, todas encaminadas á Costanza, la cual, como dijo el
huésped, se estaba durmiendo sin ningun cuidado.
Por venir el dia se fueron los músicos, despidiéndose con las
chirimías. Avendaño y Carriazo se volvieron á su aposento, donde durmió
el que pudo hasta la mañana. La cual venida, se levantaron los dos,
entrambos con deseo de ver á Costanza; pero el deseo del uno era deseo
curioso, y el del otro deseo enamorado. Pero á entrambos se los cumplió
Costanza, saliendo de la sala de su amo tan hermosa, que á los dos les
pareció que todas cuantas alabanzas le habia dado el mozo de mulas,
eran cortas y de ningun encarecimiento.
Su vestido era una saya y corpiños de paño verde, con unos ribetes del
mismo paño. Los corpiños eran bajos, pero la camisa alta, plegado el
cuello con un cabezon labrado de seda negra, puesta una gargantilla de
estrellas de azabache sobre un pedazo de una coluna de alabastro, que
no era ménos blanca su garganta: ceñida con un cordon de S. Francisco,
y de una cinta pendiente al lado derecho un gran manojo de llaves: no
traia chinelas, sino zapatos de dos suelas, colorados, con unas calzas
que no se le parecian, sino cuanto por un perfil mostraban tambien ser
coloradas: traia trenzados los cabellos con unas cintas blancas de
hiladillo, pero tan largo el trenzado, que por las espaldas le pasaba
de la cintura: el color salia de castaño, y tocaba en rubio; pero al
parecer tan limpio, tan igual y tan peinado, que ninguno, aunque fuera
de hebras de oro, se le pudiera comparar: pendíanle de las orejas dos
calabacillas de vidrio que parecian perlas; los mismos cabellos le
servian de garbin y de tocas.
Cuando salió de la sala, se persignó y santiguó, y con mucha devocion
y sosiego hizo una profunda reverencia á una imágen de nuestra Señora
que en una de las paredes del patio estaba colgada; y alzando los ojos
vió á los dos que mirándola estaban, y apénas los hubo visto, cuando
se retiró y volvió á entrar en la sala, desde la cual dió voces á la
Argüello, que se levantase.
Resta ahora por decir qué es lo que le pareció á Carriazo de la
hermosura de Costanza, que de lo que le pareció á Avendaño, ya está
dicho, cuando la vió la vez primera. No digo mas sino que á Carriazo le
pareció tan bien como á su compañero; pero enamoróle mucho ménos, y tan
ménos, que quisiera no anochecer en la posada, sino partirse luego para
sus almadrabas.
En esto á las voces de Costanza salió á los corredores la Argüello, con
otras dos mocetonas tambien criadas de casa, de quien se dice que eran
gallegas, y el haber tantas lo requeria la mucha gente que acude á la
posada del Sevillano, que es una de las mejores y mas frecuentadas que
hay en Toledo. Acudieron tambien los mozos de los huéspedes á pedir
cebada: salió el huésped de casa á dársela, maldiciendo á sus mozas,
que por ellas se le habia ido un mozo que la solia dar con muy buena
cuenta y razon, sin que le hubiese hecho ménos á su parecer un solo
grano. Avendaño que oyó esto, dijo:
--No se fatigue, señor huésped, déme el libro de la cuenta, que los
dias que hubiere de estar aquí yo la tendré tan buena en dar la cebada
y paja que pidieren, que no eche ménos al mozo que dice que se le ha
ido.
--En verdad que os lo agradezco, mancebo, respondió el huésped, porque
yo no puedo atender á esto, porque tengo otras muchas cosas á que
acudir fuera de casa: bajad, daros he el libro, y mirad que estos mozos
de mulas son el mismo diablo, y hacen trampantojos un celemin de cebada
con ménos conciencia que si fuese de paja.
Bajó al patio Avendaño, y entregóse en el libro, y comenzó á despachar
celemines como agua, y asentarlos por tan buena órden, que el huésped,
que lo estaba mirando, quedó contento, y tanto, que dijo:
--Pluguiese á Dios que vuestro amo no viniese, y que á vos os diese
gana de quedaros en casa, que á fe que otro gallo os cantase, porque
el mozo que se me fué vino á mi casa habrá ocho meses roto y flaco,
y ahora lleva dos pares de vestidos muy buenos y va gordo como una
nutria; porque quiero que sepais, hijo, que en esta casa hay muchos
provechos, amen de los salarios.
--Si yo me quedase, replicó Avendaño, no repararia mucho en la
ganancia, que con cualquiera cosa me contentaria á trueco de estar en
esta ciudad, que me dicen que es la mejor de España.
--Á lo ménos, respondió el huésped, es de las mejores y mas abundantes
que hay en ella; mas otra cosa nos falta ahora, que es buscar quien
vaya por agua al rio, que tambien se me fué otro mozo, que con un asno
que tengo famoso me tenia rebosando las tinajas y hecha un lago de agua
la casa; y una de las causas porque los mozos de mulas se huelgan de
traer sus amos á mi posada, es por la abundancia de agua que hallan
siempre en ella, porque no llevan su ganado al rio, sino dentro de casa
beben las cabalgaduras en grandes barreños.
Todo esto estaba oyendo Carriazo, el cual viendo que ya Avendaño estaba
acomodado y con oficio en casa, no quiso él quedarse á buenas noches,
y mas que consideró el gran gusto que haria á Avendaño si le seguia el
humor; y así dijo al huésped:
--Venga el asno, señor huésped, que tambien sabré yo cinchalle y
cargalle, como sabe mi compañero asentar en el libro su mercancía.
--Sí, dijo Avendaño, mi compañero Lope, asturiano, servirá de traer
agua como un príncipe, y yo le fío.
La Argüello, que estaba atenta desde el corredor á todas estas
pláticas, oyendo decir á Avendaño, que él fiaba á su compañero, dijo:
--Dígame, gentilhombre, y ¿quién le ha de fiar á él? que en verdad que
me parece que mas necesidad tiene de ser fiado que de ser fiador.
--Calla, Argüello, dijo el huésped, no te metas donde no te llaman, yo
los fio á entrambos, y por vida de vosotras, que no tengais dares ni
tomares con los mozos de casa, que por vosotras se me van todos.
--Pues ¿qué? dijo otra moza ¿ya se quedan en casa estos mancebos? Para
mi santiguada, que si yo fuera camino con ellos, que nunca les fiara la
bota.
--Déjese de chocarrerías, señora gallega, respondió el huésped, y haga
su hacienda, y no se entremeta con los mozos, que la moleré á palos.
--Por cierto sí, replicó la gallega, ¡mirad que joyas para codiciallas!
Pues en verdad que no me ha hallado el señor mi amo tan juguetona
con los mozos de casa ni de fuera para tenerme en la mala piñon que
me tiene: ellos son bellacos, y se van cuando se les antoja, sin que
nosotras les demos ocasion alguna: bonica gente es ella por cierto,
para tener necesidad de apetitos que les inciten á dar un madrugon á
sus amos cuando ménos se percatan.
--Mucho hablais, gallega hermana, respondió su amo: punto en boca, y
atended á lo que teneis á vuestro cargo.
Ya en esto tenia Carriazo enjaezado el asno, y subiendo en él de un
brinco, se encaminó al rio, dejando á Avendaño muy alegre de haber
visto su gallarda resolucion.
Hé aquí tenemos ya (en buen hora se cuente) á Avendaño hecho mozo de
meson, con nombre de Tomas Pedro, que así dijo que se llamaba, y á
Carriazo, con el de Lope asturiano, hecho aguador: transformaciones
dignas de anteponerse á las del narigudo poeta.
Á malas penas acabó de entender la Argüello que los dos se quedaban en
casa, cuando hizo designio sobre el asturiano, y le marcó por suyo,
determinándose á regalarle de suerte, que aunque él fuese de condicion
esquiva y retirada, le volviese mas blando que un guante. El mismo
discurso hizo la gallega melindrosa sobre Avendaño, y como las dos
por trato y conversacion y por dormir juntas fuesen grandes amigas,
al punto declaró la una á la otra su determinacion amorosa, y desde
aquella noche determinaron de dar principio á la conquista de sus dos
desapasionados amantes; pero lo primero que advirtieron fué en que les
habian de pedir que no las habian de pedir celos por cosas que las
viesen hacer de sus personas, porque mal pueden regalar las mozas á los
de dentro, si no hacen tributarios á los de fuera de casa.
--Callad hermanos, decian ellas (como si los tuvieran presentes y
fueran ya sus verdaderos mancebos ó amancebados), callad y tapáos los
ojos, y dejad tocar el pandero á quien sabe, y que guie la danza quien
la entiende, y no habrá par de canónigos mas regalados que vosotros lo
seréis destas tributarias vuestras.
Estas y otras razones desta sustancia y jaez dijeron la gallega y la
Argüello. Y en tanto caminaba nuestro buen Lope asturiano la vuelta
del rio por la cuesta del Cármen, puestos los pensamientos en sus
almadrabas y en la súbita mutacion de su estado: ó ya fuese por esto
ó porque la suerte así lo ordenase, en un paso estrecho, al bajar de
la cuesta encontró con un asno de un aguador que subia cargado, y como
él descendia y su asno era gallardo, bien dispuesto y poco trabajado,
tal encuentro dió al cansado y flaco que subia, que dió con él en el
suelo, y por haberse quebrado los cántaros se derramó tambien el agua,
por cuya desgracia el aguador antiguo despechado y lleno de cólera
arremetió al aguador moderno, que aun se estaba caballero, y ántes que
se desenvolviese y apease, le habia pegado y atentado una docena de
palos tales, que no le supieron bien al asturiano.
Apeóse en fin, pero con tan malas entrañas, que arremetió á su enemigo,
y asiéndole con ambas manos por la garganta dió con él en el suelo, y
tal golpe dió con la cabeza sobre una piedra, que se la abrió por dos
partes, saliendo tanta sangre que pensó que le habia muerto.
Otros muchos aguadores que allí venian, como vieron á su compañero
tan mal parado, arremetieron á Lope, y tuviéronle asido fuertemente,
gritando.
--Justicia, justicia, que este aguador ha muerto un hombre.
Y á vuelta destas razones y gritos le molian á mojicones y á palos.
Otros acudieron al caido, y vieron que tenia hendida la cabeza, y que
casi estaba espirando. Subieron las voces de boca en boca por la cuesta
arriba, y en la plaza del Cármen dieron en los oidos de un alguacil, el
cual con dos corchetes, con mas lijereza que si volara, se puso en el
lugar de la pendencia á tiempo que ya el herido estaba atravesado sobre
su asno, y el de Lope asido, y Lope rodeado de mas de veinte aguadores
que no le dejaban menear, ántes le brumaban las costillas de manera que
mas se pudiera temer de su vida que de la del herido, segun menudeaban
sobre él los puños y las varas aquellos vengadores de la ajena injuria.
Llegó el alguacil, apartó la gente, entregó á sus corchetes al
asturiano, y antecogiendo á su asno, y al herido sobre el suyo, dió con
ellos en la cárcel, acompañado de tanta gente y de tantos muchachos que
le seguian, que apénas podia hender por las calles.
Al rumor de la gente salió Tomas Pedro y su amo á la puerta de casa
á ver de qué procedia tanta grita, y descubrieron á Lope entre los
dos corchetes, lleno de sangre el rostro y la boca: miró luego por su
asno el huésped, y vióle en poder de otro corchete que ya se les habia
juntado: preguntó la causa de aquellas prisiones, fuéle respondida la
verdad del suceso, pesóle por su asno, temiendo que le habia de perder
ó á lo ménos de hacer mas costas por cobrarle que él valia.
Tomas Pedro siguió á su compañero, sin que le dejasen llegar á hablarle
una palabra: tanta era la gente que lo impedia y el recato de los
corchetes y del alguacil que le llevaba. Finalmente, no le dejó hasta
verle poner en la cárcel y en un calabozo con dos pares de grillos, y
al herido en la enfermería, donde se halló á verle curar, y vió que la
herida era peligrosa y mucho, y lo mismo dijo el cirujano.
El alguacil se llevó á su casa los dos asnos, y mas cinco reales de á
ocho, que los corchetes habian quitado á Lope.
Volvióse á la posada lleno de confusion y de tristeza, halló al que ya
tenia por amo con no ménos pesadumbre que él traia, á quien dijo de la
manera que quedaba su compañero, y del peligro de muerte en que estaba
el herido, y del suceso de su asno: díjole mas, que á su desgracia se
le habia añadido otra de no menor fastidio, y era que un grande amigo
de su señor le habia encontrado en el camino, y le habia dicho que su
señor por ir muy de priesa y ahorrar dos leguas de camino, desde Madrid
habia pasado por la barca de Aceca, y que aquella noche dormia en
Orgaz, y que le habia dado doce escudos que le diese, con órden de que
se fuese á Sevilla, donde le esperaba.
--Pero no puede ser así, añadió Tomas, pues no será razon que yo deje
á mi amigo y camarada en la cárcel y en tanto peligro: mi amo me podrá
perdonar por ahora, cuanto mas que él es tan bueno y honrado, que dará
por bien cualquier falta que le hiciere, á trueco que no la haga á mi
camarada: vuesa merced, señor amo, me la haga de tomar este dinero, y
acudir á este negocio; y en tanto que este se gasta, yo escribiré á mi
señor lo que pasa, y sé que me enviará dineros que basten á sacarnos de
cualquier peligro.
Abrió los ojos de un palmo el huésped, alegre de ver que en parte iba
saneando la pérdida de su asno: tomó el dinero y consoló á Tomas,
diciéndole que él tenia personas en Toledo de tal calidad, que valian
mucho con la justicia, especialmente una señora monja, parienta
del corregidor, que le mandaba con el pié, y que una lavandera del
monasterio de la tal monja tenia una hija que era grandísima amiga de
una hermana de un fraile muy familiar y conocido del confesor de la
dicha monja: la cual lavandera lavaba la ropa en casa.
--Y como esta pida á su hija, que sí pedirá, hable á la hermana del
fraile, que hable á su hermano que hable al confesor, y el confesor
á la monja, y la monja guste de dar un billete (que será cosa fácil)
para el corregidor, donde le pida encarecidamente mire por el negocio
de Tomas, sin duda alguna se podrá esperar buen suceso: y esto ha de
ser con tal que el aguador no muera, y con que no falte ungüento para
untar á todos los ministros de la justicia, porque si no están untados,
gruñen mas que carretas de bueyes.
En gracia le cayó á Tomas los ofrecimientos del favor que su amo le
habia hecho, y los infinitos y revueltos arcaduces por donde le habia
derivado; y aunque conoció que ántes lo habia dicho de socarron, que
de inocente, con todo eso le agradeció su buen ánimo, y le entregó
el dinero con promesa que no faltaria mucho mas, segun él tenia la
confianza en su señor, como ya le habia dicho.
La Argüello, que vió atraillado á su nuevo cuyo, acudió luego á la
cárcel á llevarle de comer; mas no se le dejaron ver, de que ella
volvió muy sentida y mal contenta, pero no por esto desistió de su buen
propósito.
En resolucion, dentro de quince dias estuvo fuera de peligro el herido,
y á los veinte declaró el cirujano que estaba del todo sano: y ya en
este tiempo habia dado traza Tomas como le viniesen cincuenta escudos
de Sevilla, y sacándolos él de su seno, se los entregó al huésped con
cartas y cédula fingida de su amo; y como al huésped le iba poco en
averiguar la verdad de aquella correspondencia, cogia el dinero, que
por ser en escudos de oro le alegraba mucho.
Por seis ducados se apartó de la querella el herido; en diez y en el
asno y las costas sentenciaron al asturiano. Salió de la cárcel, pero
no quiso volver á estar con su compañero, dándole por disculpa que
en los dias que habia estado preso le habia visitado la Argüello y
requerídole de amores, cosa para él de tanta molestia y enfado, que
ántes se dejara ahorcar que corresponder con el deseo de tan mala
hembra; que lo que pensaba hacer era, ya que él estaba determinado de
seguir y pasar adelante con su propósito, comprar un asno y usar el
oficio de aguador en tanto que estuviesen en Toledo, que con aquella
cubierta no seria juzgado ni preso por vagamundo, y sin eso era oficio
que con mucho descanso y comodidad suya podia usar, pues que con sola
una carga de agua se podia andar todo el dia por la ciudad á sus
anchuras mirando bobas.
--Antes mirarás hermosas que bobas en esta ciudad, que tiene fama
de tener las mas discretas mujeres de España, y que andan á una su
discrecion con su hermosura; y si no, míralo por Costancica, de cuyas
sobras de belleza puede enriquecer no solo á las hermosas desta ciudad,
sino á las de todo el mundo.
--Paso, señor Tomas, replicó Lope, vamos poquito á poquito en esto de
las alabanzas de la señora fregona, si no quiere que como le tengo por
loco, le tenga por hereje.
--¿Fregona has llamado á Costanza, hermano Lope? respondió Tomas: Dios
te lo perdone y te traiga á verdadero conocimiento de tu yerro.
--Pues ¿no es fregona? replicó el asturiano.
--Hasta ahora la tengo por ver fregar el primer plato.
--No importa, dijo Lope, no haberle visto fregar el primer plato, si le
has visto fregar el segundo, y aun el centésimo.
--Yo te digo, hermano, replicó Tomas, que ella no friega ni entiende en
otra cosa que en su labor, y en ser guarda de la plata labrada que hay
en casa, que es mucha.
--Pues ¿cómo la llaman por toda la ciudad, dijo Lope, la Fregona
ilustre, si es que no friega? mas sin duda debe de ser que como friega
plata y no loza, le dan nombre de ilustre. Pero dejando esto aparte,
díme, Tomas, ¿en qué estado están tus esperanzas?
--En el de perdicion, respondió Tomas, porque en todos estos dias que
has estado preso, nunca la he podido hablar una palabra, y á muchas que
los huéspedes le dicen, con ninguna otra cosa responde que con bajar
los ojos y no desplegar los labios; tal es su honestidad y su recato,
que no ménos enamora con su recogimiento que con su hermosura: lo que
me trae alcanzado de paciencia, es saber que el hijo del corregidor,
que es mozo brioso y algo atrevido, muere por ella, y la solicita con
músicas, que pocas noches se pasan sin dársela, y tan al descubierto,
que en lo que cantan la nombran, la alaban y la solenizan; pero ella no
las oye, ni desde que anochece hasta la mañana no sale del aposento de
su ama, escudo que no deja que me pase el corazon la dura saeta de los
celos.
--Pues ¿qué piensas hacer con el imposible que se te ofrece en la
conquista desta Porcia, desta Minerva y desta nueva Penélope, que en
figura de doncella y de fregona te enamora, te acobarda y te desvanece?
--Haz la burla que de mí quisieres, amigo Lope, que yo sé que estoy
enamorado del mas hermoso rostro que pudo formar naturaleza, y de
la mas incomparable honestidad que ahora se puede usar en el mundo.
Costanza se llama, y no Porcia, Minerva ó Penélope: en un meson sirve,
que no lo puedo negar; pero ¿qué puedo yo hacer, si me parece que el
destino con oculta fuerza me inclina, y la eleccion con claro discurso
me mueve á que la adore? Mira, amigo, no sé como te diga, prosiguió
Tomas, de la manera con que amor el bajo sugeto desta fregona (que tú
llamas) me le encumbra y levanta tan alto, que viéndole no le vea, y
conociéndole le desconozca: no es posible que, aunque lo procuro, pueda
un breve término contemplar, si así se puede decir, en la bajeza de su
estado, porque luego acuden á borrarme este pensamiento su belleza,
su donaire, su sosiego, su honestidad y recogimiento, y me dan á
entender que debajo de aquella rústica corteza debe de estar encerrada
y escondida alguna mina de gran valor y de merecimiento grande:
finalmente, sea lo que se fuere, yo la quiero bien, y no con aquel amor
vulgar con que á otras he querido, sino con amor tan limpio, que no se
estiende á mas que á servir y á procurar que ella me quiera, pagándome
con honesta voluntad lo que á la mia tambien honesta se debe.
Á este punto dió una gran voz el asturiano, y como esclamando dijo:
--¡Oh amor platónico! ¡Oh fregona ilustre! ¡Oh felicísimos tiempos los
nuestros, donde vemos que la belleza enamora sin malicia, la honestidad
enciende sin que abrase, el donaire da gusto sin que incite, y la
bajeza del estado humilde obliga y fuerza á que le suban sobre la rueda
de la que llaman fortuna! ¡Oh pobres atunes mios, que os pasais este
año sin ser visitados deste tan enamorado y aficionado vuestro! Pero el
que viene, yo haré la enmienda de manera que no se quejen de mí los
mayorales de las mis deseadas almadrabas.
Á esto dijo Tomas:
--Ya veo, asturiano, cuán al descubierto te burlas de mí; lo que podias
hacer es irte norabuena á tu pesquería, que yo me quedaré en mi casa, y
aquí me hallarás á la vuelta; si quisieres llevarte contigo el dinero
que te toca, luego te lo daré, y vé en paz, y cada uno siga la senda
por donde su destino le guiare.
--Por mas discreto te tenia, replicó Lope; y ¿tú no ves que lo que
digo es burlando? pero ya que sé que tú hablas de veras, de veras te
serviré en todo aquello que fuere de tu gusto: una cosa sola te pido
en recompensa de las muchas que pienso hacer en tu servicio, y es que
no me pongas en ocasion de que la Argüello me requiebre ni solicite,
porque ántes romperé con tu amistad, que ponerme á peligro de tener la
suya: vive Dios, amigo, que habla mas que un relator, y que le huele
el aliento á rasuras desde una legua: todos los dientes de arriba son
postizos, y tengo para mí que los cabellos son cabellera, y para adobar
y suplir estas faltas, despues que me descubrió su mal pensamiento, ha
dado en afeitarse con albayalde, y así se jalbega el rostro, que no
parece sino mascaron de yeso puro.
--Todo eso es verdad, replicó Tomas, y no es tan mala la gallega que á
mí me martiriza: lo que se podrá hacer es, que esta noche sola estés
en la posada, y mañana comprarás el asno que dices y buscarás dónde
estar, y así huirás los encuentros de la Argüello, y yo quedaré sujeto
á los de la gallega y á los irreparables de los rayos de la vista de mi
Costanza.
En esto se convinieron los dos amigos, y se fueron á la posada, adonde
de la Argüello fué con muestra de mucho amor recebido el asturiano.
Aquella noche hubo un baile á la puerta de la posada de muchos mozos de
mulas, que en ella y en las convecinas habia. El que tocó la guitarra
fué el asturiano: las bailadoras, amen de las dos gallegas y de la
Argüello, fueron otras tres mozas de otra posada: juntáronse muchos
embozados con mas deseo de ver á Costanza que el baile; pero ella no
pareció ni salió á verle, con que dejó burlados muchos deseos.
De tal manera tocaba la guitarra Lope, que decian que la hacia hablar.
Pidiéronle las mozas, y con mas ahinco la Argüello, que cantase algun
romance: él dijo que como ellas le bailasen al modo como se canta y
baila en las comedias, que le cantaria, y que para que no lo errasen,
que hiciesen todo aquello que él dijese cantando, y no otra cosa.
Habia entre los mozos de mulas bailarines, y entre las mozas ni mas
ni ménos. Mondó el pecho Lope escupiendo dos veces, en el cual tiempo
pensó lo que diria, y como era de presto, fácil y lindo ingenio, con
una felicísima corriente, de improviso comenzó á cantar desta manera.
Salga la hermosa Argüello
Moza, una vez y no mas,
Y haciendo una reverencia
Dé dos pasos hácia atras.
De la mano la arrebate
El que llaman Barrabas,
Andaluz, mozo de mulas,
Canónigo del compas.
De las dos mozas gallegas
Que en esta posada están,
Salga la mas carigorda,
En cuerpo y sin devantal.
Engarráfela Torote,
Y todos cuatro á la par
Con mudanzas y meneos
Den principio á un contrapas.
Todo lo que iba cantando el asturiano hicieron al pié de la letra ellos
y ellas; mas cuando llegó á decir que diesen principio á un contrapas,
respondió Barrabas, que así le llamaban por mal nombre al bailarin mozo
de mulas:
--Hermano músico, mire lo que canta, y no moteje á nadie de mal
vestido, porque aquí no hay nadie con trapos, y cada uno se viste como
Dios le ayuda.
El huésped que oyó la ignorancia del mozo, le dijo:
--Hermano mozo, contrapas es un baile estranjero, y no motejo de mal
vestidos.
--Si eso es, replicó el mozo, no hay para qué nos metan en dibujos:
toquen sus zarabandas, chaconas y folías al uso, y escudillen como
quisieren, que aquí hay personas que le sabrán llenar las medidas hasta
el gollete.
El asturiano sin replicar palabra prosiguió su canto, diciendo:
Entren pues todas las ninfas
Y los ninfos que han de entrar,
Que el baile de la Chacona
Es mas ancho que la mar.
Requieran las castañetas,
Y bájense á refregar
Las manos por esa arena,
Ó tierra del muladar.
Todos lo han hecho muy bien,
No tengo que les retar:
Santígüense, y den al diablo
Dos higas de su higueral.
Escupan al hideputa,
Porque nos deje holgar,
Puesto que de la Chacona
Nunca se suele apartar.
Cambio el son, divina Argüello,
Mas bella que un hospital,
Pues eres mi nueva musa,
Tu favor me quieras dar.
-El baile de la Chacona-
-Encierra la vida bona.-
Hállase allí el ejercicio
Que la salud acomoda,
Sacudiendo de los miembros
Á la pereza poltrona.
Bulle la risa en el pecho
De quien baila y de quien toca,
Del que mira y del que escucha
Baile y música sonora.
Vierten azogue los piés,
Derrítese la persona,
Y con gusto de sus dueños
Las mulillas se descorchan.
El brio y la lijereza
En los viejos se remoza,
Y en los mancebos se ensalza
Y sobre modo se entona.
-El baile de la Chacona-
-Encierra la vida bona.-
¡Qué de veces ha intentado
Aquesta noble señora
Con la alegre zarabanda,
El pésame, y perra mora,
Entrarse por los resquicios
De las casas religiosas,
Á inquietar la honestidad
Que en las santas celdas mora!
¡Cuántas fué vituperada
De los mismos que la adoran!
Porque imagina el lascivo,
Y al que es necio se le antoja
-Que el baile de la Chacona-
-Encierra la vida bona-.
Esta indiana amulatada,
De quien la fama pregona
Que ha hecho mas sacrilegios
É insultos, que hizo Aroba:
Ésta, á quien es tributaria
La turba de las fregonas,
La caterva de los pajes,
Y de lacayos las tropas,
Dice, jura, y no revienta,
Que á pesar de la persona
Del soberbio zambapalo,
Ella es la flor de la olla;
Y que sola la Chacona
-Encierra la vida bona-.
En tanto que Lope cantaba, se hacian rajas bailando la turbamulta de
los mulantes y fregatrices del baile, que llegaban á doce; y en tanto
que Lope se acomodaba á pasar adelante cantando otras cosas de mas
tomo, sustancia y consideracion de las cantadas, uno de los muchos
embozados que el baile miraban, dijo sin quitarse el embozo:
--Calla, borracho, calla cuero, calla odrina, poeta de viejo, músico
falso.
Tras esto acudieron otros diciéndole tantas injurias y muecas, que Lope
tuvo por bien de callar; pero los mozos de mulas lo tuvieron tan á mal,
que si no fuera por el huésped que con buenas razones los sosegó, allí
fuera la de Mazagatos, y aun con todo eso no dejaran de menear las
manos, si á aquel instante no llegara la justicia y los hiciera recoger
á todos.
Apénas se habian retirado, cuando llegó á los oidos de todos los que
en el barrio despiertos estaban, una voz de un hombre que sentado
sobre una piedra frontero de la posada del Sevillano, cantaba con tan
maravillosa y suave armonía, que los dejó suspensos, y les obligó á que
le escuchasen hasta el fin. Pero el que mas atento estuvo fué Tomas
Pedro, como aquel á quien mas le tocaba, no solo el oir la música, sino
entender la letra, que para él no fué oir canciones, sino cartas de
escomunion que le congojaban el alma, porque lo que el músico cantó,
fué este romance.
¿Dónde estás que no pareces,
Esfera de la hermosura,
Belleza á la vida humana
De divina compostura?
Cielo impíreo, donde amor
Tiene su estancia segura;
Primer moble que arrebata
Tras sí todas las venturas:
Lugar cristalino, donde
Transparentes aguas puras
Enfrian de amor las llamas,
Las acrecientan y apuran:
Nuevo hermoso firmamento,
Donde dos estrellas juntas
Sin tomar la luz prestada
Al cielo y al suelo alumbran:
Alegría, que se opone
Á las tristezas confusas
Del padre que da á sus hijos
En su vientre sepultura.
Humildad, que se resiste
De la alteza con que encumbran
El gran Jove, á quien influye
Su benignidad, que es mucha:
Red invisible y sutil,
Que pone en prisiones duras
Al adúltero guerrero
Que de las batallas triunfa:
Cuarto cielo y sol segundo,
Que el primero deja á escuras
Cuando acaso deja verse,
Que el verle es caso y ventura:
Grave embajador, que hablas
Con tan estraña cordura,
Que persuades callando
Aun mas de lo que procuras:
Del segundo cielo tienes
No mas que la hermosura,
Y del primero no mas
Que el resplandor de la luna:
Esta esfera sois, Costanza,
Puesta por corta fortuna
En lugar que por indigno
Vuestras venturas deslumbra.
Fabricad vos vuestra suerte,
Consintiendo se reduzca
La entereza á trato al uso,
La esquividad á blandura.
Con esto veréis, señora,
Que envidian vuestra fortuna
Las soberbias por linaje,
Las grandes por hermosura.
Si quereis ahorrar camino,
La mas rica y la mas pura
Voluntad en mí os ofrezco,
Que vió amor en alma alguna.
El acabar estos últimos versos y el llegar volando dos medios
ladrillos, fué todo uno, que si como dieron junto á los piés del
músico, le dieran en mitad de la cabeza, con facilidad le sacaran de
los cascos la música y la poesía. Asombróse el pobre, y dió á correr
por aquella cuesta arriba con tanta priesa, que no alcanzara un galgo:
¡infelice estado de los músicos, murciélagos y lechuzos, siempre
sujetos á semejantes lluvias y desmanes! Á todos los que escuchado
habian la voz del apedreado, les pareció bien; pero á quien mejor, fué
á Tomas Pedro, que admiró la voz y el romance: mas quisiera él que de
otra que Costanza naciera la ocasion de tantas músicas, puesto que á
sus oidos jamas llegó ninguna.
Contrario deste parecer fué Barrabas, el mozo de mulas, que tambien
estuvo atento á la música, porque así como vió huir al músico, dijo:
--Allá irás, mentecato, trovador de Júdas, que pulgas te coman los
ojos; y ¿quién diablos te enseñó á cantar á una fregona cosas de
esferas y de cielos, llamándola lúnes, mártes y ruedas de fortuna?
Dijérasla, noramala para tí y para quien le hubiera parecido bien tu
trova, que es tiesa como un espárrago, entonada como un plumaje, blanca
como una leche, honesta como un fraile novicio, melindrosa y zahareña
como una mula de alquiler, y mas dura que un pedazo de argamasa; que
como esto le dijeras, ella lo entendiera, y se holgara; pero llamarla
embajador, y red, y moble, y alteza, y bajeza, mas es para decirlo á un
niño de la doctrina, que á una fregona: verdaderamente que hay poetas
en el mundo, que escriben trovas que no hay diablo que las entienda;
yo á lo ménos aunque soy Barrabas, estas que ha cantado este músico,
de ninguna manera las entiendo: miren qué hará Costancica; pero ella
lo hace mejor, que se está en su cama haciendo burla del mismo Preste
Juan de las Indias: este músico á lo ménos no es de los del hijo del
corregidor, que aquellos son muchos, y una vez que otra se dejan
entender; pero este, voto á tal, que me deja mohino.
Todos los que escucharon á Barrabas recibieron gran gusto, y tuvieron
su censura y parecer por muy acertado.
Con esto se acostaron todos, y apénas estaba sosegada la gente, cuando
sintió Lope que llamaban á la puerta de su aposento muy paso; y
preguntando quién llama, fuéle respondido con voz baja:
--La Argüello y la gallega somos, ábranos, que nos morimos de frio.
--Pues en verdad, respondió Lope, que estamos en la mitad de los
caniculares.
--Déjate de gracias, Lope, replicó la gallega, levántate y abre, que
venimos hechas unas archiduquesas.
--¿Archiduquesas, y á tal hora? respondió Lope: no creo en ellas, ántes
entiendo que sois brujas, ó unas grandísimas bellacas: idos de ahí
luego, si no, por vida de... hago juramento, que si me levanto, que con
los hierros de mi pretina os tengo de poner las posaderas como unas
amapolas.
Ellas que se vieron responder tan acerbamente y tan fuera de aquello
que primero se imaginaron, temieron la furia del asturiano, y
defraudadas sus esperanzas y borrados sus designios se volvieron
tristes y malaventuradas á sus lechos: aunque ántes de apartarse de la
puerta, dijo la Argüello, poniendo los hocicos por el agujero de la
llave:
--No es la miel para la boca del asno.
Y con esto, como si hubiera dicho una gran sentencia, y tomado una
justa venganza, se volvió como se ha dicho á su triste cama.
Lope, que sintió que se habian vuelto, dijo á Tomas Pedro que estaba
despierto:
--Mirad, Tomas, ponedme vos á pelear con dos gigantes, y en ocasion
que me sea forzoso desquijarar por vuestro servicio media docena ó
una de leones, que yo lo haré con mas facilidad que beber una taza de
vino; pero que me pongais en necesidad, que me tome á brazo partido
con la Argüello, no lo consentiré si me asaetean: mirad qué doncellas
de Dinamarca nos habia ofrecido la suerte esta noche. Ahora bien,
amanecerá Dios, y medraremos.
--Ya te he dicho, amigo, respondió Tomas, que puedes hacer tu gusto,
ó ya en irte á tu romería, ó ya en comprar el asno, y hacerte aguador
como tienes determinado.
--En lo de ser aguador me afirmo, respondió Lope, y durmamos lo poco
que queda hasta venir el dia, que tengo esta cabeza mayor que una cuba,
y no estoy para ponerme ahora á departir contigo.
Durmiéronse, vino el dia, levantáronse, y acudió Tomas á dar cebada, y
Lope se fué al mercado de las bestias, que es allí junto, á comprar un
asno que fuese tal como bueno.
Sucedió pues que Tomas, llevado de sus pensamientos, y de la comodidad
que le daba la soledad de las fiestas, habia compuesto en algunas unos
versos amorosos, y escrítolos en el mismo libro do tenia la cuenta
de la cebada, con intencion de sacarlos aparte en limpio, y romper ó
borrar aquellas hojas; pero ántes que esto hiciese, estando él fuera
de casa, habiéndose dejado el libro sobre el cajon de la cebada, le
tomó su amo, y abriéndole para ver cómo estaba la cuenta, dió con los
versos, que leidos le turbaron y sobresaltaron.
Fuése con ellos á su mujer, y ántes que se los leyese, llamó á
Costanza, y con grandes encarecimientos mezclados con amenazas, le
dijo le dijese si Tomas Pedro el mozo de la cebada le habia dicho
algun requiebro, ó alguna palabra descompuesta ó que diese indicio de
tenerla aficion. Costanza juró que la primera palabra en aquella ó en
otra materia alguna estaba aun por hablarla, y que jamas ni aun con los
ojos le habia dado muestras de pensamiento malo alguno.
Creyéronla sus amos por estar acostumbrados á oirla siempre decir
verdad en todo cuanto le preguntaban. Dijéronla que se fuese de allí, y
el huésped dijo á su mujer:
--No sé qué me diga desto; habréis de saber, señora, que Tomas tiene
escritas en este libro de la cebada unas coplas, que me ponen mala
espina que está enamorado de Costancica.
--Veamos las coplas, respondió la mujer, que yo os diré lo que en eso
debe de haber.
--Así será, sin duda alguna, replicó su marido, que como sois poeta,
luego daréis en su sentido.
--No soy poeta, respondió la mujer, pero ya sabeis vos que tengo buen
entendimiento, y que sé rezar en latin las cuatro oraciones.
--Mejor haríades de rezallas en romance, que ya os dijo vuestro tio el
clérigo que decíades mil gazafatones cuando rezábades en latin, y que
no rezábades nada.
--Esa flecha, de la aljaba de su sobrina ha salido, que está envidiosa
de verme tomar las horas de latin en la mano, y irme por ellas como por
viña vendimiada.
--Sea como vos quisiéredes, respondió el huésped, estad atenta, que las
coplas son estas.
¿Quién de amor venturas halla?
El que calla.
¿Quién triunfa de su aspereza?
La firmeza.
¿Quién da alcance á su alegría?
La porfía.
Dese modo bien podria
Esperar dichosa palma,
Si en esta empresa mi alma
Calla, está firme, y porfía.
¿Con qué se sustenta amor?
Con favor.
¿Y con qué mengua su furia?
Con la injuria.
¿Antes con desdenes crece?
Desfallece.
Claro en esto se parece
Que mi amor será inmortal;
Pues la causa de mi mal
Ni injuria ni favorece.
Quien desespera ¿qué espera?
Muerte entera.
Pues ¿qué muerte el mal remedia?
La que es media.
Luego ¿bien será morir?
Mejor sufrir;
Porque se suele decir,
(Y esta verdad se reciba):
Que tras la tormenta esquiva
Suele la calma venir.
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