hicieron fué barrenar el torno para ver al músico, el cual no estaba ya
en hábitos de pobre, sino con unos calzones grandes de tafetan leonado,
anchos á la marineresca, un jubon de lo mismo con trencillas de oro,
y una montera de raso de la misma color, con cuello almidonado con
grandes puntas y encaje, que de todo vino proveido en las alforjas,
imaginando que se habia de ver en ocasion que le conviniese mudar de
traje.
Era mozo y de gentil disposicion y buen parecer, y como habia tanto
tiempo que todas tenian hecha la vista á mirar al viejo de su amo,
parecióles que miraban á un ángel. Poníase una al agujero para verle, y
luego otra; y porque le pudiesen ver mejor, andaba el negro paseándole
el cuerpo de arriba abajo con el torzal de cera encendido: y despues
que todas le hubieron visto, hasta las negras bozales, tomó Loaysa la
guitarra, y cantó aquella noche tan estremadamente, que las acabó de
dejar suspensas y atónitas á todas, así á la vieja como á las mozas,
y todas rogaron á Luis diese órden y traza como el señor su maestro
entrase allá dentro, para oirle y verle de mas cerca, y no tan por
brújula como por el agujero, y sin el sobresalto de estar tan apartadas
de su señor, que podia cogerlas de sobresalto y con el hurto en las
manos, lo cual no sucederia ansí, si le tuviesen escondido dentro.
Á esto contradijo su señora con muchas veras, diciendo que no se
hiciese la tal cosa ni la tal entrada, porque le pesaria en el alma,
pues desde allí le podian ver y oir á su salvo, y sin peligro de su
honra.
--¿Qué honra? dijo la dueña: el rey tiene harta: estése vuesa
merced encerrada con su Matusalen, y déjenos á nosotras holgar como
pudiéremos: cuanto mas, que parece este señor tan honrado, que no
querrá otra cosa de nosotras mas de lo que nosotras quisiéremos.
--Yo, señoras mias, dijo á esto Loaysa, no vine aquí sino con intencion
de servir á todas vuesas mercedes con el alma y con la vida, condolido
de su no vista clausura, y de los ratos que en este estrecho género de
vida se pierden: hombre soy yo, por vida de mi padre, tan manso y de
tan buena condicion y tan obediente, que no haré mas de aquello que
se me mandare; y si cualquiera de vuesas mercedes dijere: maestro,
siéntese aquí, maestro, pásese allí, echáos acá, pasáos acullá, así lo
haré, como el mas doméstico y enseñado perro que salta por el rey de
Francia.
--Si eso ha de ser así, dijo la ignorante Leonora, ¿qué medio se dará
para que entre acá dentro el señor maese?
--Bueno, dijo Loaysa: vuesas mercedes pugnen por sacar en cera la llave
de esta puerta de en medio, que yo haré que mañana en la noche venga
hecha otra, tal que nos pueda servir.
--En sacar esa llave, dijo una doncella, se sacan las de toda la casa,
porque es llave maestra.
--No por eso será peor, replicó Loaysa.
--Así es verdad, dijo Leonora; pero ha de jurar este señor primero, que
no ha de hacer otra cosa cuando esté acá dentro, sino cantar y tañer
cuando se lo mandaren, y que ha de estar encerrado y quedito donde le
pusiéremos.
--Sí juro, dijo Loaysa.
--No vale nada ese juramento, respondió Leonora; que ha de jurar por
vida de su padre, y ha de jurar la cruz, y besalla, que lo veamos todas.
--Por vida de mi padre juro, dijo Loaysa, y por esta señal de cruz que
la beso con mi boca sucia.
Y haciendo la cruz con dos dedos, la besó tres veces.
Esto hecho, dijo otra de las doncellas:
--Mire, señor, que no se le olvide aquello de los polvos, que es el
tuautem de todo.
Con esto cesó la plática de aquella noche, quedando todos muy contentos
del concierto. Y la suerte, que de bien en mejor encaminaba los
negocios de Loaysa, trujo á aquellas horas, que eran dos despues de la
media noche, por la calle á sus amigos, los cuales haciendo la señal
acostumbrada, que era tocar una trompa de Paris, Loaysa les habló, y
les dió cuenta del término en que estaba su pretension, y les pidió
si traian los polvos, ó otra cosa como se la habia pedido, para que
Carrizales durmiese; díjoles asimismo lo de la llave maestra. Ellos
le dijeron que los polvos, ó un ungüento, vendria la siguiente noche,
de tal virtud, que untados los pulsos y las sienes con él, causaba un
sueño profundo, sin que dél se pudiese despertar en dos dias, si no era
lavándose con vinagre todas las partes que se habian untado; y que se
les diese la llave en cera, que asimismo la harian hacer con facilidad.
Con esto se despidieron, y Loaysa y su discípulo durmieron lo poco que
de la noche les quedaba, esperando Loaysa con gran deseo la venidera,
por ver si se le cumplia la palabra prometida de la llave. Y puesto
que el tiempo parece tardío y perezoso á los que en él esperan, en fin
corre á las parejas con el mismo pensamiento, y llega el término que
quieren, porque nunca para ni sosiega.
Vino pues la noche, y la hora acostumbrada de acudir al torno, donde
vinieron todas las criadas de casa, grandes y chicas, negras y blancas,
porque todas estaban deseosas de ver dentro de su serrallo al señor
músico; pero no vino Leonora, y preguntando Loaysa por ella, le
respondieron que estaba acostada con su velado, el cual tenia cerrada
la puerta del aposento donde dormia con llave, y despues de haber
cerrado, se la ponia debajo de la almohada, y que su señora les habia
dicho que en durmiéndose el viejo, haria por tomarle la llave maestra,
y sacarla en cera, que ya llevaba preparada y blanda, y que de allí á
un poco habian de ir á requerirla por una gatera.
Maravillado quedó Loaysa del recato del viejo; pero no por esto se le
desmayó el deseo, y estando en esto oyó la trompa de Paris: acudió
al puesto, halló á sus amigos que le dieron un botecico de ungüento
de la propiedad que le habian significado: tomólo Loaysa y díjoles
que esperasen un poco, que les daria la muestra de la llave: volvióse
al torno, y dijo á la dueña, que era la que con mas ahinco mostraba
desear su entrada, que se lo llevase á la señora Leonora, diciéndole la
propiedad que tenia, y que procurase untar á su marido con tal tiento
que no lo sintiese, y que veria maravillas. Hízolo así la dueña, y
llegándose á la gatera, halló que estaba Leonora esperando tendida en
el suelo de largo á largo, puesto el rostro en la gatera. Llegó la
dueña, y tendiéndose de la misma manera, puso la boca en el oido de su
señora, y con voz baja le dijo que traia el ungüento, y de la manera
que habia de probar su virtud. Ella tomó el ungüento, y respondió á
la dueña como en ninguna manera podia tomar la llave á su marido,
porque no la tenia debajo de la almohada como solia, sino entre los dos
colchones y casi debajo de la mitad de su cuerpo; pero que dijese al
maese que si el ungüento obraba como él decia, con facilidad sacarian
la llave todas las veces que quisiesen, y ansí no seria necesario
sacarla en cera: dijo que fuese á decirlo luego, y volviese á ver lo
que el ungüento obraba, porque luego le pensaba untar á su velado.
Bajó la dueña á decirlo al maese Loaysa, y él despidió á sus amigos
que esperando la llave estaban. Temblando y pasito, y casi sin osar
despedir el aliento de la boca, llegó Leonora á untar los pulsos del
celoso marido, y asimismo le untó las ventanas de las narices, y cuando
á ellas le llegó, le parecia que se estremecia, y ella quedó mortal,
pareciéndole que la habia cogido en el hurto. En efeto, como mejor pudo
le acabó de untar todos los lugares que le dijeron ser necesarios, que
fué lo mismo que haberle embalsamado para la sepultura.
Poco espacio tardó el alopiado ungüento en dar manifiestas señales de
su virtud, porque luego comenzó á dar el viejo tan grandes ronquidos,
que se pudieran oir en la calle: música á los oidos de su esposa mas
acordada que la del maese de su negro; y aun mal segura de lo que
veia, se llegó á él, y le estremeció un poco, y luego mas, y luego
otro poquito mas por ver si despertaba; y á tanto se atrevió que le
volvió de una parte á otra sin que despertase: como vió esto, se fué á
la gatera de la puerta, y con voz tan baja como la primera llamó á la
dueña que allí la estaba esperando, y le dijo:
--Dáme albricias, hermana, que Carrizales duerme mas que un muerto.
--Pues ¿á qué aguardas á tomar la llave, señora? dijo la dueña; mira
que está el músico aguardándola mas ha de una hora.
--Espera, hermana, que ya voy por ella, respondió Leonora.
Y volviendo á la cama, metió la mano por entre los colchones, y sacó
la llave de en medio dellos, sin que el viejo lo sintiese; y tomándola
en sus manos, comenzó á dar brincos de contento, y sin mas esperar
abrió la puerta, y la presentó á la dueña, que la recebió con la mayor
alegría del mundo.
Mandó Leonora que fuese á abrir al músico, y que le trujese á los
corredores, porque ella no osaba quitarse de allí por lo que podia
suceder; pero que ante todas cosas hiciese que de nuevo ratificase el
juramento que habia hecho de no hacer mas de lo que ellas le ordenasen,
y que si no le quisiese confirmar y hacer de nuevo, en ninguna manera
le abriesen.
--Así será, dijo la dueña, y á fe que no ha de entrar si primero no
jura y rejura, y besa la cruz seis veces.
--No le pongas tasa, dijo Leonora, bésela él, y sean las veces
que quisiere; pero mira que jure por la vida de sus padres, y por
todo aquello que bien quiere, porque con esto estaremos seguras, y
nos hartaremos de oir cantar y tañer, que en mi ánima que lo hace
delicadamente; y anda, no te detengas mas, porque no se nos pase la
noche en pláticas.
Alzóse las faldas la buena dueña, y con no vista lijereza se puso en el
torno, donde estaba toda la gente de la casa esperando, y habiéndoles
mostrado la llave que traia, fué tanto el contento de todas, que la
alzaron en peso como á catedrático, diciendo: viva, viva; y mas cuando
les dijo que no habia necesidad de contrahacer la llave, porque segun
el untado viejo dormia, bien se podian aprovechar de la de casa todas
las veces que la quisiesen.
--Ea pues, amiga, dijo una de las doncellas, ábrase esa puerta, y entre
este señor, que ha mucho que aguarda, y démonos un verde de música, que
no haya mas que ver.
--Mas ha de haber que ver, replicó la dueña, que le hemos de tomar
juramento como la otra noche.
--Él es tan bueno, dijo una de las esclavas, que no reparará en
juramentos.
Abrió en esto la dueña la puerta, y teniéndola entreabierta, llamó á
Loaysa que todo lo habia estado escuchando por el agujero del torno, el
cual llegándose á la puerta, quiso entrarse de golpe; mas poniéndole la
dueña la mano en el pecho, le dijo:
--Sabrá vuesa merced, señor mio, que en Dios y en mi conciencia todas
las que estamos dentro de las puertas desta casa somos doncellas como
las madres que nos parieron, escepto mi señora, y aunque yo debo de
parecer de cuarenta años, no teniendo treinta cumplidos, porque les
faltan dos meses y medio, tambien lo soy, mal pecado; y si acaso
parezco vieja, corrimientos, trabajos y desabrimientos echan un cero
á los años, y á veces dos, segun se les antoja: y siendo esto ansí,
como lo es, no seria razon que á trueco de oir dos, ó tres, ó cuatro
cantares, nos pusiésemos á perder tanta virginidad como aquí se
encierra; porque hasta esta negra, que se llama Guiomar, es doncella.
Así que, señor de mi corazon, vuesa merced nos ha de hacer, primero que
entre en nuestro reino, un muy solene juramento de que no ha de hacer
mas de lo que nosotras le ordenáremos, y si le parece que es mucho lo
que se le pide, considere que es mucho mas lo que se aventura: y si
es que vuesa merced viene con buena intencion, poco le ha de doler el
jurar, que al buen pagador no le duelen prendas.
--Bien y rebien ha dicho la señora Marialonso, dijo una de las
doncellas, en fin como persona discreta y que está en las cosas como se
debe, y si es que el señor no quiere jurar, no entre acá dentro.
Á esto dijo Guiomar la negra, que no era muy ladina:
--Por mí, mas que nunca jura, entre con todo diablo, que aunque mas
jura, si acá estás todo olvida.
Oyó con gran sosiego Loaysa la arenga de la señora Marialonso, y con
grave reposo y autoridad respondió:
--Por cierto, señoras hermanas y compañeras mias, que nunca mi intento
fué, es, ni será otro que daros gusto y contento en cuanto mis fuerzas
alcanzaren; y así no se me hará cuesta arriba este juramento que me
piden; pero quisiera yo que se fiara algo de mi palabra, porque dada
de tal persona como yo soy, era lo mismo que hacer una obligacion
guarentigia; y quiero hacer saber á vuesa merced que debajo del sayal
hay al, y que debajo de mala capa suele estar un buen bebedor; mas
para que todas estén seguras de mi buen deseo, determino de jurar como
católico y buen varon: y así juro por la intemerata eficacia donde
mas santa y largamente se contiene, y por las entradas y salidas del
santo Líbano monte, y por todo aquello que en su proemio encierra la
verdadera historia de Carlomagno, con la muerte del gigante Fierabras,
de no salir ni pasar del juramento hecho, y del mandamiento de la mas
mínima y desechada destas señoras, so pena que si otra cosa hiciere ó
quisiere hacer, desde ahora para entónces, y desde entónces para ahora
lo doy por nulo, y no hecho ni valedero.
Aquí llegaba con su juramento el buen Loaysa, cuando una de las
doncellas que con atencion le habia estado escuchando, dió una gran
voz, diciendo:
--Este sí que es juramento para enternecer las piedras; mal haya yo, si
mas quiero que jures, pues con solo lo jurado podias entrar en la misma
sima de Cabra.
Y asiéndole de los gregüescos le metió dentro, y luego todas las
demas se le pusieron á la redonda. Luego fué una á dar las nuevas á
su señora, la cual estaba haciendo centinela al sueño de su esposo,
y cuando la mensajera le dijo que ya subia el músico, se alegró y se
turbó en un punto, y preguntó si habia jurado. Respondióle que sí, y
con la mas nueva forma de juramento que en su vida habia visto.
--Pues si ha jurado, dijo Leonora, asido le tenemos: ¡oh qué avisada
que anduve en hacelle que jurase!
En esto llegó toda la caterva junta, y el músico en medio,
alumbrándolos el negro y Guiomar la negra. Y viendo Loaysa á Leonora,
hizo muestras de arrojársele á los piés para besarle las manos. Ella,
callando y por señas, le hizo levantar, y todas estaban como mudas sin
osar hablar, temerosas que su señor las oyese: lo cual considerado por
Loaysa, les dijo que bien podian hablar alto, porque el ungüento con
que estaba untado su señor tenia tal virtud, que fuera de quitar la
vida, ponia á un hombre como muerto.
--Así lo creo yo, dijo Leonora; que si así no fuera, ya él hubiera
despertado veinte veces, segun le hacen de sueño lijero sus muchas
indisposiciones; pero despues que le unté, ronca como un animal.
--Pues eso es así, dijo la dueña, vámonos á aquella sala frontera,
donde podremos oir cantar aquí al señor, y regocijarnos un poco.
--Vamos, dijo Leonora; pero quédese aquí Guiomar por guarda, que nos
avise si Carrizales despierta.
Á lo cual respondió Guiomar:
--Yo, negra, quedo, blancas van, Dios perdone á todas.
Quedóse la negra, fuéronse á la sala, donde habia un rico estrado,
y cogiendo al señor en medio, se sentaron todas. Y tomando la buena
Marialonso una vela, comenzó á mirar de arriba abajo al bueno del
músico, y una decia: ¡Ay qué copete que tiene tan lindo y tan rizado!
otra: ¡Ay qué blancura de dientes! ¡mal año para piñones mondados, que
mas blancos ni mas lindos sean! otra: ¡Ay qué ojos tan grandes y tan
rasgados; y por el siglo de mi madre, que son verdes, que no parecen
sino que son de esmeraldas! Esta alababa la boca, aquella los piés, y
todas juntas hicieron del una menuda anatomía y pepitoria. Sola Leonora
callaba, y le miraba, y le iba pareciendo de mejor talle que su velado.
En esto la dueña tomó la guitarra que tenia el negro, y se la puso
en las manos de Loaysa, rogándole que la tocase, y que cantase unas
coplillas que entónces andaban muy validas en Sevilla, que decian:
-Madre, la mi madre,-
-Guardas me poneis.-
Cumplióle Loaysa su deseo. Levantáronse todas, y se comenzaron á hacer
pedazos bailando. Sabia la dueña las coplas, y cantólas con mas gusto
que buena voz, y fueron estas:
-Madre, la mi madre,-
-Guardas me poneis;-
-Que si yo no me guardo,-
-No me guardaréis.-
Dicen que está escrito,
Y con gran razon,
Ser la privacion
Causa de apetito:
Crece en infinito
Encerrado amor,
Por eso es mejor
Que no me encerreis:
-Que si yo-, etc.
Si la voluntad
Por sí no se guarda,
No la harán la guarda
Miedo ó calidad:
Romperá en verdad
Por la misma muerte,
Hasta hallar la suerte
Que vos no entendeis.
-Que si yo-, etc.
Quien tiene costumbre
De ser amorosa,
Como mariposa
Se irá tras su lumbre,
Aunque muchedumbre
De guardas le pongan,
Y aunque mas propongan
De hacer lo que haceis:
-Que si yo-, etc.
Es de tal manera
La fuerza amorosa,
Que á la mas hermosa
La vuelve en quimera:
El pecho de cera,
De fuego la gana,
Las manos de lana,
De fieltro los piés.
-Que si yo no me guardo,-
-Mal me guardaréis.-
Al fin llegaban de su canto y baile el corro de las mozas, guiado
por la buena dueña, cuando llegó Guiomar la centinela, toda turbada,
hiriendo de pié y de mano como si tuviera alferecía, y con voz entre
ronca y bajo, dijo:
--Despierto señor, señora; y señora, despierto señor, y levantas y
viene.
Quien ha visto banda de palomas estar comiendo en el campo sin miedo
lo que ajenas manos sembraron, que al furioso estrépito de disparada
escopeta se azora y levanta, y olvidada del pasto, confusa y atónita
cruza por los aires: tal se imagine que quedó la banda y corro de
las bailadoras pasmadas y temerosas, oyendo la no esperada nueva que
Guiomar habia traido; y procurando cada una su disculpa y todas juntas
su remedio, cuál por una, y cuál por otra parte, se fueron á esconder
por los desvanes y rincones de la casa, dejando solo al músico, el cual
dejando la guitarra y el canto, lleno de turbacion no sabia qué hacerse.
Torcia Leonora sus hermosas manos: abofeteábase el rostro, aunque
blandamente, la señora Marialonso. En fin, todo era confusion,
sobresalto y miedo. Pero la dueña, como mas astuta y reportada, dió
órden que Loaysa se entrase en un aposento suyo, y que ella y su señora
se quedarian en la sala, que no faltaria escusa que dar á su señor, si
allí las hallase.
Escondióse luego Loaysa, y la dueña se puso atenta á escuchar si su
amo venia, y no sintiendo rumor alguno, cobró ánimo, y poco á poco,
paso ante paso se fué llegando al aposento donde su señor dormia, y oyó
que roncaba como primero, y asegurada de que dormia, alzó las faldas y
volvió corriendo á pedir albricias á su señora del sueño de su amo, la
cual se las mandó de muy entera voluntad.
No quiso la buena dueña perder la coyuntura que la suerte le ofrecia
de gozar primero que todas las gracias que ella se imaginaba que debia
tener el músico; y así, diciéndole á Leonora que esperase en la sala en
tanto que iba á llamarlo, la dejó y se entró donde él estaba no ménos
confuso que pensativo, esperando las nuevas de lo que hacia el viejo
untado: maldecia la falsedad del ungüento, y quejábase de la credulidad
de sus amigos y del poco advertimiento que habia tenido en no hacer
primero la esperiencia en otro, ántes de hacerla en Carrizales.
En esto llegó la dueña, y le aseguró que el viejo dormia á mas y
mejor: sosegó el pecho, y estuvo atento á muchas palabras amorosas que
Marialonso le dijo, de las cuales coligió la mala intencion suya, y
propuso en sí de ponerla por anzuelo para pescar á su señora. Y estando
los dos en sus pláticas, las demas criadas que estaban escondidas
por diversas partes de la casa, una de aquí otra de allí, volvieron
á ver si era verdad que su amo habia despertado, y viendo que todo
estaba sepultado en silencio, llegaron á la sala donde habian dejado
á su señora, de la cual supieron el sueño de su amo, y preguntándole
por el músico y por la dueña, les dijo dónde estaban, y todas con el
mismo silencio que habian traido, se llegaron á escuchar por entre las
puertas lo que entrambos trataban.
No faltó de la junta Guiomar la negra; el negro sí, porque así como
oyó que su amo habia despertado, se abrazó con su guitarra, y se fué á
esconder en su pajar, y cubierto con la manta de su pobre cama sudaba y
trasudaba de miedo; y con todo eso no dejaba de tentar las cuerdas de
la guitarra: tanta era (encomendado él sea á Satanas) la aficion que
tenia á la música.
Entreoyeron las mozas los requiebros de la vieja, y cada una le dijo
el nombre de las pascuas: ninguna la llamó vieja, que no fuese con
su epíteto y adjetivo de hechicera y de barbuda, de antojadiza, y de
otros que por buen respeto se callan; pero lo que mas risa causara á
quien entónces las oyera, eran las razones de Guiomar la negra, que
por ser portuguesa, y no muy ladina, era estraña la gracia con que la
vituperaba. En efeto, la conclusion de la plática de los dos fué que él
condescenderia con la voluntad della, cuando ella primero le entregase
á toda su voluntad á su señora.
Cuesta arriba se le hizo á la dueña ofrecer lo que el músico pedia;
pero á trueco de cumplir el deseo que ya se le habia apoderado
del alma, y de los huesos y médulas del cuerpo, le prometiera los
imposibles que pudieran imaginarse: dejóle, y salió á hablar á su
señora; y como vió su puerta rodeada de todas las criadas, les dijo que
se recogiesen á sus aposentos, que otra noche habria lugar para gozar
con ménos ó con ningun sobresalto del músico, que ya aquella noche el
alboroto les habia aguado el gusto.
Bien entendieron todas que la vieja se queria quedar sola; pero no
pudieron dejar de obedecerla, porque las mandaba á todas. Fuéronse las
criadas, y ella acudió á la sala á persuadir á Leonora acudiese á la
voluntad de Loaysa, con una larga y tan concertada arenga, que pareció
que de muchos dias la tenia estudiada: encarecióle su gentileza, su
valor, su donaire y sus muchas gracias: pintóle de cuánto mas gusto
le serian los abrazos del amante mozo, que los del marido viejo,
asegurándole el secreto y la duracion del deleite, con otras cosas
semejantes á estas, que el demonio le puso en la lengua, llenas de
colores retóricos, tan demostrativos y eficaces, que movieran, no solo
el corazon tierno y poco advertido de la simple é incauta Leonora, sino
el de un endurecido mármol. ¡Oh dueñas, nacidas y usadas en el mundo
para perdicion de mil recatadas y buenas intenciones! ¡Oh luengas y
repulgadas tocas, escogidas para autorizar las salas y los estrados
de señoras principales, y cuán al reves de lo que debíades usais de
vuestro casi ya forzoso oficio! En fin, tanto dijo la dueña, tanto
persuadió la dueña, que Leonora se rindió, Leonora se engañó, y Leonora
se perdió, dando en tierra con todas las prevenciones del discreto
Carrizales, que dormia el sueño de la muerte de su honra.
Tomó Marialonso por la mano á su señora, y casi por fuerza, preñados
de lágrimas los ojos, la llevó donde Loaysa estaba, y echándoles la
bendicion con una risa falsa de demonio, cerrando tras sí la puerta,
los dejó encerrados, y ella se puso á dormir en el estrado, ó por mejor
decir á esperar su contento de recudida. Pero como el desvelo de las
pasadas noches la venciese, se quedó dormida en el estrado.
Bueno fuera en esta sazon preguntar á Carrizales, á no saber que
dormia, que ¿adónde estaban sus advertidos recatos, sus recelos, sus
advertimientos, sus persuasiones, los altos muros de su casa, el no
haber entrado en ella ni aun en sombra álguien que tuviese nombre de
varon, el torno estrecho, las gruesas paredes, las ventanas sin luz,
el encerramiento notable, la gran dote en que á Leonora habia dotado,
los regalos continuos que la hacia, el buen tratamiento de sus criadas
y esclavas, el no faltar un punto á todo aquello que él imaginaba
que habian menester y que podian desear? Pero ya queda dicho que no
habia para qué preguntárselo, porque dormia mas de aquello que fuera
menester: y si él lo oyera, y acaso respondiera, no podia dar mejor
respuesta que encoger los hombros, enarcar las cejas y decir: todo
aqueso derribó por los fundamentos la astucia, á lo que yo creo, de
un mozo holgazan y vicioso, y la malicia de una falsa dueña, con la
inadvertencia de una muchacha rogada y persuadida: libre Dios á cada
uno de tales enemigos, contra los cuales no hay escudo de prudencia que
defienda, ni espada de recato que corte.
Pero con todo esto, el valor de Leonora fué tal, que en el tiempo que
mas le convenia, le mostró contra las fuerzas villanas de su astuto
engañador, pues no fueron bastantes á vencerla, y él se cansó en
balde, y ella quedó vencedora, y entrambos dormidos. Y en esto ordenó
el cielo que á pesar del ungüento Carrizales despertase, y como tenia
de costumbre, tentó la cama por todas partes, y no hallando en ella
á su querida esposa, saltó de la cama despavorido y atónito, con mas
lijereza y denuedo que sus muchos años prometian; y cuando en el
aposento no halló á su esposa, y le vió abierto, y que le faltaba la
llave de entre los colchones, pensó perder el juicio; pero reportándose
un poco salió al corredor, y de allí andando pié ante pié por no ser
sentido, llegó á la sala donde la dueña dormia, y viéndola sola sin
Leonora, fué al aposento de la dueña, y abriendo la puerta muy quedo,
vió lo que nunca quisiera haber visto: vió lo que diera por bien
empleado no tener ojos para verlo: vió á Leonora en brazos de Loaysa,
durmiendo tan á sueño suelto, como si en ellos obrara la virtud del
ungüento y no en el celoso anciano.
Sin pulsos quedó Carrizales con la amarga vista de lo que miraba, la
voz se le pegó á la garganta, los brazos se le cayeron de desmayo,
y quedó hecho una estatua de mármol frio; y aunque la cólera hizo su
natural oficio, avivándole los casi muertos espíritus, pudo tanto
el dolor, que no le dejó tomar aliento; y con todo eso tomara la
venganza que aquella grande maldad requeria, si se hallara con armas
para poder tomarla: y así determinó volverse á su aposento á tomar
una daga, y volver á sacar las manchas de su honra con sangre de sus
dos enemigos, y aun con toda aquella de toda la gente de su casa. Con
esta determinacion honrosa y necesaria volvió, con el mismo silencio
y recato que habia venido, á su estancia, donde le apretó el corazon
tanto el dolor y la angustia, que sin ser poderoso á otra cosa, se dejó
caer desmayado sobre el lecho.
Llegóse en esto el dia, y cogió á los nuevos adúlteros enlazados en la
red de sus brazos. Despertó Marialonso, y quiso acudir por lo que á su
parecer le tocaba, pero viendo que era tarde, quiso dejarlo para la
venidera noche. Alborotóse Leonora viendo tan entrado el dia, y maldijo
su descuido y el de la maldita dueña, y las dos con sobresaltados
pasos fueron donde estaba su esposo, rogando entre dientes al cielo
que le hallasen todavía roncando; y cuando le vieron encima de la
cama callando, creyeron que todavía obraba la untura, pues dormia, y
con gran regocijo abrazaron la una á la otra. Llegóse Leonora á su
marido, y asiéndole de un brazo, le volvió de un lado á otro por ver
si despertaba sin ponerles en necesidad de lavarle con vinagre, como
decian era menester para que en sí volviese. Pero volvió Carrizales
de su desmayo, y dando un profundo suspiro, con una voz lamentable y
desmayada dijo:
--¡Desdichado de mí, y á que tristes términos me ha traido mi fortuna!
No entendió bien Leonora lo que dijo su esposo, mas como le vió
despierto y que hablaba, admirada de ver que la virtud del ungüento
no duraba tanto como habian significado, se llegó á él, y poniendo su
rostro con el suyo, teniéndole estrechamente abrazado, le dijo:
--¿Qué teneis, señor mio, que me parece que os estais quejando?
Oyó la voz de la dulce enemiga suya el desdichado viejo, y abriendo los
ojos desencajadamente, como atónito y embelesado, los puso en ella, y
con grande ahinco, sin mover pestaña la estuvo mirando una gran pieza,
al cabo de la cual le dijo:
--Hacedme placer, señora, que luego luego envieis á llamar á vuestros
padres de mi parte, porque siento no sé qué en el corazon, que me da
grandísima fatiga, y temo que brevemente me ha de quitar la vida, y
querríalos ver ántes que me muriese.
Sin duda creyó Leonora ser verdad lo que su marido le decia, pensando
ántes que la fortaleza del ungüento, y no lo que habia visto, le tenia
en aquel trance; y respondiéndole que haria lo que la mandaba, mandó
al negro que luego al punto fuese á llamar á sus padres; y abrazándose
con su esposo, le hacia las mayores caricias que jamas le habia hecho,
preguntándole qué era lo que sentia, con tan tiernas y amorosas
palabras, como si fuera la cosa del mundo que mas amaba. Él la miraba
con el embelesamiento que se ha dicho, siéndole cada palabra ó caricia
que le hacia, una lanzada que le atravesaba el alma.
Ya la dueña habia dicho á la gente de casa y á Loaysa la enfermedad de
su amo, encareciéndoles que debia de ser de momento, pues se le habia
olvidado de mandar cerrar las puertas de la calle cuando el negro salió
á llamar á los padres de su señora: de la cual embajada asimismo se
admiraron, por no haber entrado ninguno dellos en aquella casa despues
que casaron á su hija.
En fin, todos andaban callados y suspensos, no dando en la verdad
de la causa de la indisposicion de su amo, el cual de rato en rato
tan profunda y dolorosamente suspiraba, que con cada suspiro parecia
arrancársele el alma.
Lloraba Leonora por verle de aquella suerte, y reíase él con una risa
de persona que estaba fuera de sí, considerando la falsedad de sus
lágrimas.
En esto llegaron los padres de Leonora, y como hallaron la puerta de la
calle y la del patio abiertas, y la casa sepultada en silencio y sola,
quedaron admirados y con no pequeño sobresalto. Fueron al aposento
de su yerno, y halláronle, como se ha dicho, siempre clavados los
ojos en su esposa, á la cual tenia asida de las manos, derramando los
dos muchas lágrimas, ella con no mas ocasion de verlas derramar á su
esposo: él por ver cuán fingidamente ella las derramaba.
Así como sus padres entraron, habló Carrizales, y dijo:
--Siéntense aquí vuesas mercedes, y todos los demas dejen desocupado el
aposento, y solo quede la señora Marialonso.
Hiciéronlo así, y quedando solos los cinco, sin esperar que otro
hablase, con sosegada voz, limpiándose los ojos, desta manera dijo
Carrizales:
--Bien seguro estoy, padres y señores mios, que no será menester
traeros testigos para que me creais una verdad que quiero deciros: bien
se os debe acordar (que no es posible se os haya caido de la memoria)
con cuánto amor, con cuán buenas entrañas hace hoy un año, un mes,
cinco dias y nueve horas, que me entregasteis á vuestra querida hija
por legítima mujer mia: tambien sabeis con cuánta liberalidad la doté,
pues fué tal la dote, que mas de tres de su misma calidad pudieran
casar con opinion de ricas: asimismo se os debe acordar la diligencia
que puse en vestirla y adornarla de todo aquello que ella se acertó á
desear y yo alcanzé á saber que le convenia: ni mas ni ménos habeis
visto, señores, cómo llevado de mi natural condicion, y temeroso del
mal de que sin duda he de morir, y esperimentado por mi mucha edad
en los estraños y varios acaecimientos del mundo, quise guardar esta
joya que yo escogí y vosotros me disteis, con el mayor recato que
me fué posible; alcé las murallas desta casa, quité la vista á las
ventanas de la calle, doblé las cerraduras de las puertas, púsele
torno como á monasterio de monjas, desterré perpetuamente della todo
aquello que sombra ó nombre de varon tuviese; dile criadas y esclavas
que la sirviesen, ni les negué á ellas ni á ella cuanto quisieron
pedirme; hícela mi igual, comuniquéle mis mas secretos pensamientos,
y entreguéla toda mi hacienda: todas estas eran obras para que, si
bien lo considerara, yo viviera seguro de gozar sin sobresalto lo
que tanto me habia costado, y ella procurara no darme ocasion á que
ningun género de temor celoso entrara en mi pensamiento; mas como no
se puede prevenir con diligencia humana el castigo que la voluntad
divina quiere dar á los que en ella no ponen del todo en todo sus
deseos y esperanzas, no es mucho que yo quede defraudado en las mias,
y que yo mismo haya sido el fabricador del veneno que me va quitando
la vida; pero porque veo la suspension en que todos estais, colgados
de las palabras de mi boca, quiero concluir los largos preámbulos
desta plática con deciros en una palabra lo que no es posible decirse
en millares dellas: digo pues, señores, que todo lo que he dicho y
hecho ha parado en que esta madrugada hallé á esta, nacida en el mundo
para perdicion de mi sosiego y fin de mi vida (y esto señalando á su
esposa) en los brazos de un gallardo mancebo, que en la estancia desta
pestífera dueña ahora está encerrado.
Apénas acabó estas últimas palabras Carrizales, cuando á Leonora se
le cubrió el corazon, y en las mismas rodillas de su marido se cayó
desmayada. Perdió la color Marialonso, y á las gargantas de los padres
de Leonora se les atravesó un ñudo que no les dejaba hablar palabra.
Pero prosiguiendo adelante Carrizales, dijo:
--La venganza que pienso tomar desta afrenta no es ni ha de ser de las
que ordinariamente suelen tomarse; pues quiero que así como yo fuí
estremado en lo que hice, así sea la venganza que tomare, tomándola de
mí mismo como del mas culpado en este delito, que debiera considerar
que mal podian estar ni compadecerse en uno los quince años desta
muchacha con los casi ochenta mios, y yo fuí el que como el gusano
de seda me fabriqué la casa donde muriese; y á tí no te culpo, ¡oh
niña mal aconsejada! (Y diciendo esto se inclinó y besó el rostro
de la desmayada Leonora.) No te culpo, digo, porque persuasiones de
viejas taimadas, y requiebros de mozos enamorados, fácilmente vencen y
triunfan del poco ingenio que los pocos años encierran; mas porque todo
el mundo vea el valor de los quilates de la voluntad y fe con que te
quise, en este último trance de mi vida quiero mostrarlo de modo que
quede en el mundo por ejemplo, si no de bondad, al ménos de simplicidad
jamas oida ni vista: y así quiero que se traiga luego aquí un escribano
para hacer de nuevo mi testamento, en el cual mandaré doblar la dote á
Leonora, y le rogaré que despues de mis dias, que serán bien breves,
disponga su voluntad, pues lo podrá hacer sin fuerza, á casarse con
aquel mozo, á quien nunca ofendieron las canas deste lastimado viejo;
y así verá que si viviendo jamas salí un punto de lo que pude pensar
ser su gusto, en la muerte hago lo mismo, y quiero que le tenga con
el que ella debe de querer tanto: la demas hacienda mandaré á otras
obras pias, y á vosotros, señores mios, dejaré con que podais vivir
honradamente lo que de la vida os queda: la venida del escribano sea
luego, porque la pasion que tengo me aprieta de manera, que á mas andar
me va acortando los pasos de la vida.
Esto dicho, le sobrevino un terrible desmayo, y se dejó caer tan junto
de Leonora, que se juntaron los rostros: ¡estraño y triste espectáculo
para los padres, que á su querida hija y á su amado yerno miraban! No
quiso la mala dueña esperar á las reprensiones que pensó le darian
los padres de su señora; y así se salió del aposento, y fué á decir á
Loaysa todo lo que pasaba, aconsejándole que luego al punto se fuese
de aquella casa, que ella tendria cuidado de avisarle con el negro lo
que sucediese, pues ya no habia puertas ni llaves que lo impidiesen.
Admiróse Loaysa con tales nuevas, y tomando el consejo, volvió á
vestirse como pobre, y fuese á dar cuenta á sus amigos del estraño y
nunca visto suceso de sus amores.
En tanto pues que los dos estaban transportados, el padre de Leonora
envió á llamar á un escribano amigo suyo, el cual vino á tiempo que ya
habian vuelto hija y yerno en su acuerdo. Hizo Carrizales su testamento
en la manera que habia dicho, sin declarar el yerro de Leonora, mas
de que por buenos respetos le pedia y rogaba se casase, si acaso él
muriese, con aquel mancebo que él la habia dicho en secreto. Cuando
esto oyó Leonora se arrojó á los piés de su marido, y saltándole el
corazon en el pecho, le dijo:
--Vivid vos muchos años, mi señor y mi bien todo, que puesto caso que
no estais obligado á creerme ninguna cosa de las que os dijere, sabed
que no os he ofendido sino con el pensamiento.
Y comenzando á disculparse y á contar por estenso la verdad del caso,
no pudo mover la lengua, y volvió á desmayarse. Abrazóla así desmayada
el lastimado viejo, abrazáronla sus padres, lloraron todos tan
amargamente, que obligaron y aun forzaron á que en ellas les acompañase
el escribano que hacia el testamento, en el cual dejó de comer á todas
las criadas de casa, horras las esclavas y negro, y á la falsa de
Marialonso no le mandó otra cosa que la paga de su salario; mas sea lo
que fuere, el dolor le apretó de manera, que al seteno dia le llevaron
á la sepultura.
Quedó Leonora viuda, llorosa y rica; y cuando Loaysa esperaba que
cumpliese lo que ya él sabia que su marido en su testamento dejaba
mandado, vió que dentro de una semana se entró monja en uno de los mas
recogidos monasterios de la ciudad: él despechado y casi corrido se
pasó á las Indias. Quedaron los padres de Leonora tristísimos, aunque
se consolaron con lo que su yerno les habia dejado y mandado por su
testamento. Las criadas se consolaron con lo mismo, y las esclavas y
esclavo con la libertad, y la malvada de la dueña, pobre y defraudada
de todos sus malos pensamientos.
Y yo quedé con el deseo de llegar al fin deste suceso, ejemplo y espejo
de lo poco que hay que fiar de llaves, tornos y paredes, cuando queda
la voluntad libre; y de lo ménos que hay que confiar de verdes y pocos
años, si les andan al oido eshortaciones destas dueñas de monjil negro
y tendido, y tocas blancas y luengas. Solo no sé qué fué la causa que
Leonora no puso mas ahinco en disculparse y dar á entender á su celoso
marido cuán limpia y sin ofensa habia quedado en aquel suceso; pero la
turbacion le ató la lengua, y la priesa que se dió á morir su marido no
dió lugar á su disculpa.
LA ILUSTRE FREGONA.
En Búrgos, ciudad ilustre y famosa, no ha muchos años que en ella
vivian dos caballeros principales y ricos: el uno se llamaba D. Diego
de Carriazo, y el otro D. Juan de Avendaño. El D. Diego tuvo un hijo á
quien llamó de su mismo nombre, y el D. Juan otro á quien puso D. Tomas
de Avendaño. Á estos dos caballeros mozos, como quien han de ser las
principales personas deste cuento, por escusar y ahorrar letras, les
llamaremos con solos los nombres de Carriazo y de Avendaño.
Trece años ó poco mas tendria Carriazo, cuando llevado de una
inclinacion picaresca, sin forzarle á ello algun mal tratamiento
que sus padres le hiciesen, solo por su gusto y antojo se desgarró,
como dicen los muchachos, de casa de sus padres, y se fué por ese
mundo adelante, tan contento de la vida libre, que en la mitad de
las incomodidades y miserias que trae consigo, no echaba ménos la
abundancia de la casa de su padre, ni el andar á pié le cansaba, ni el
frio le ofendia, ni el calor le enfadaba: para él todos los tiempos
del año le eran dulce y templada primavera: tan bien dormia en parvas,
como en colchones: con tanto gusto se soterraba en un pajar de un
meson, como si se acostara entre dos sábanas de Holanda: finalmente, él
salió tan bien con el asunto de pícaro, que pudiera leer cátedra en la
facultad al famoso de Alfarache.
En tres años que tardó en parecer y volver á su casa aprendió á jugar
á la taba en Madrid, y al rentoy en las ventillas de Toledo, y á presa
y pinta en pié en las barbacanas de Sevilla; pero con serle anejo
á este género de vida la miseria y estrecheza, mostraba Carriazo
ser un príncipe en sus obras: á tiro de escopeta en mil señales
descubria ser bien nacido, porque era generoso y bien partido con sus
camaradas; visitaba pocas veces las ermitas de Baco; y aunque bebia
vino, era tan poco, que nunca pudo entrar en el número de los que
llaman desgraciados, que con alguna cosa que beban demasiado, luego se
les pone el rostro como si se le hubiesen jalbegado con bermellon y
almagre. En fin, en Carriazo vió el mundo un pícaro virtuoso, limpio,
bien criado, y mas que medianamente discreto: pasó por todos los grados
de pícaro, hasta que se graduó de maestro en las almadrabas de Zahara,
donde es el finibusterre de la picaresca.
¡Oh pícaros de cocina, sucios, gordos y lucios: pobres fingidos,
tullidos falsos, cicateruelos de Zocodover y de la plaza de Madrid,
vistosos oracioneros, esportilleros de Sevilla, mandilejos de la hampa,
con toda la caterva innumerable que se encierra debajo deste nombre
pícaro! Bajad el toldo, amainad el brio, no os llameis pícaros si no
habeis cursado dos cursos en la academia de la pesca de los atunes:
allí, allí está en su centro el trabajo junto con la poltronería:
allí está la suciedad limpia, la gordura rolliza, la hambre pronta,
la hartura abundante, sin disfraz el vicio, el juego siempre, las
pendencias por momentos, las muertes por puntos, las pullas á cada
paso, los bailes como en bodas, las seguidillas como en estampa, los
romances con estribos, la poesía sin acciones: aquí se canta, allí
se reniega, acullá se riñe, acá se juega, y por todo se hurta: allí
campea la libertad y luce el trabajo: allí van ó envían muchos padres
principales á buscar á sus hijos, y los hallan; y tanto sienten
sacarlos de aquella vida, como si los llevaran á dar la muerte.
Pero toda esta dulzura que he pintado, tiene un amargo acíbar que
la amarga; y es no poder dormir sueño seguro sin el temor de que en
un instante los trasladen de Zahara á Berbería: por esto las noches
se recogen á unas torres de la marina, y tienen sus atajadores y
centinelas, en confianza de cuyos ojos cierran ellos los suyos;
puesto que tal vez ha sucedido que centinelas y atajadores, pícaros,
mayorales, barcos y redes, con toda la turbamulta que allí se ocupa,
han anochecido en España y amanecido en Tetuan. Pero no fué parte este
temor para que nuestro Carriazo dejase de acudir allí tres veranos á
darse buen tiempo: el último verano le dijo tan bien la suerte, que
ganó á los naipes cerca de setecientos reales, con los cuales quiso
vestirse, y volverse á Búrgos, y á los ojos de su madre, que habia
derramado por él muchas lágrimas: despidióse de sus amigos, que los
tenia muchos y muy buenos: prometióles que el verano siguiente seria
con ellos, si enfermedad ó muerte no lo estorbase: dejó con ellos la
mitad de su alma, y todos sus deseos entregó á aquellas secas arenas,
que á él parecian mas frescas y verdes que los campos Elíseos: y por
estar ya acostumbrado á caminar á pié, tomó el camino en la mano, y
sobre dos alpargates se llegó desde Zahara hasta Valladolid, cantando
las tres ánades, madre: estúvose allí quince dias para reformar la
color del rostro, sacándola de mulata á flamenca, y para trastejarse y
sacarse del borrador de pícaro, y ponerse en limpio de caballero.
Todo esto hizo segun y como le dieron comodidad quinientos reales con
que llegó á Valladolid, y aun dellos reservó ciento para alquilar una
mula y un mozo, con que se presentó á sus padres honrado y contento.
Ellos le recebieron con mucha alegría, y todos sus amigos y parientes
vinieron á darle el parabien de la buena venida del señor D. Diego de
Carriazo su hijo. Es de advertir que en su peregrinacion D. Diego, mudó
el nombre de Carriazo en el de Urdiales, y con este nombre se hizo
llamar de los que el suyo no sabian.
Entre los que vinieron á ver el recien llegado fueron D. Juan de
Avendaño y su hijo D. Tomas, con quien Carriazo, por ser ambos de una
misma edad y vecinos, trabó y confirmó una amistad estrechísima.
Contó Carriazo á sus padres y á todos mil magníficas y luengas mentiras
de cosas que le habian sucedido en los tres años de su ausencia; pero
nunca tocó ni por pienso en las almadrabas, puesto que en ellas tenia
de contino puesta la imaginacion, especialmente cuando vió que se
llegaba el tiempo donde habia prometido á sus amigos la vuelta: ni le
entretenia la caza en que su padre le ocupaba, ni los muchos, honestos
y gustosos convites que en aquella ciudad se usan, le daban gusto;
todo pasatiempo le cansaba, y á todos los mayores que se le ofrecian
anteponia el que habia recebido en las almadrabas.
Avendaño, su amigo, viéndole muchas veces melancólico é imaginativo,
fiado en su amistad se atrevió á preguntarle la causa, y se obligó á
remediarla, si pudiese y fuese menester, con su sangre misma. No quiso
Carriazo tenérsela encubierta, por no agraviar á la grande amistad que
le profesaba; y así le contó punto por punto la vida de la jábega, y
cómo todas sus tristezas y pensamientos nacian del deseo que tenia de
volver á ella: pintósela de modo, que Avendaño, cuando le acabó de oir,
ántes alabó que vituperó su gusto.
En fin, el de la plática fué disponer Carriazo la voluntad de Avendaño
de manera, que determinó de irse con él á gozar un verano de aquella
felicísima vida que le habia descrito, de lo cual quedó sobre modo
contento Carriazo, por parecerle que habia ganado un testigo de abono
que calificase su baja determinacion: trazaron ansimismo de juntar todo
el dinero que pudiesen, y el mejor modo que hallaron fué que de allí á
dos meses habia de ir Avendaño á Salamanca, donde por su gusto tres
años habia estado estudiando las lenguas griega y latina, y su padre
queria que pasase adelante y estudiase la facultad que él quisiese; y
que del dinero que le diese habria para lo que deseaban.
En este tiempo propuso Carriazo á su padre que tenia voluntad de irse
con Avendaño á estudiar á Salamanca. Vino su padre con tanto gusto en
ello, que hablando al de Avendaño, ordenaron de ponerles juntos casa en
Salamanca, con todos los requisitos que pedian ser hijos suyos.
Llegóse el tiempo de la partida: proveyéronles de dinero, y enviaron
con ellos un ayo que los gobernase, que tenia mas de hombre de bien que
de discreto. Los padres dieron documentos á sus hijos de lo que habian
de hacer, y de cómo se habian de gobernar para salir aprovechados en
la virtud y en las ciencias, que es el fruto que todo estudiante debe
pretender sacar de sus trabajos y vigilias, principalmente los bien
nacidos. Mostráronse los hijos humildes y obedientes, lloraron las
madres, recebieron la bendicion de todos, pusiéronse en camino con
mulas propias y con dos criados de casa, amen del ayo, que se habia
dejado crecer la barba porque diese autoridad á su cargo.
En llegando á la ciudad de Valladolid, dijeron al ayo que querian
estarse en aquel lugar dos dias para verle, porque nunca le habian
visto ni estado en él. Reprendióles mucho el ayo severa y ásperamente
la estada, diciéndoles que los que iban á estudiar con tanta priesa
como ellos, no se habian de detener una hora á mirar niñerías, cuanto
mas dos dias, y que él formaria escrúpulo si los dejaba detener un solo
punto, y que se partiesen luego, y si no, que sobre eso morena.
Hasta aquí se estendia la habilidad del señor ayo ó mayordomo, como
mas nos diere gusto llamarle. Los mancebitos, que tenian ya hecho su
agosto y su vendimia, pues habian ya sacado cuatrocientos escudos de
oro que llevaba su mayordomo, dijeron que solos los dejase aquel dia,
en el cual querian ir á ver la fuente de Argales, que la comenzaban á
conducir á la ciudad por grandes y espaciosos acueductos. En efecto,
aunque con dolor de su ánima, les dió licencia, porque él quisiera
escusar el gasto de aquella noche, y hacerle en Valdeastillas, y
repartir las diez y ocho leguas que hay desde Valdeastillas á Salamanca
en dos dias, y no las veinte y dos que hay desde Valladolid; pero como
uno piensa el bayo y otro el que le ensilla, todo le sucedió al reves
de lo que él quisiera.
Los mancebos, con solo un criado, y á caballo en dos muy buenas y
caseras mulas, salieron á ver la fuente de Argales, famosa por su
antigüedad y sus aguas, á despecho del caño dorado y de la reverenda
priora, con paz sea dicho, de Leganitos, y de la estremadísima fuente
Castellana, en cuya competencia pueden callar Corpa y la Pizarra de
la Mancha. Llegaron á Argales, y cuando creyó el criado que sacaba
Avendaño de las bolsas del cojin alguna cosa con que beber, vió que
sacó una carta cerrada, diciéndole que luego al punto volviese á la
ciudad, y se la diese á su ayo, y que en dándola les esperase en la
puerta del Campo.
Obedeció el criado, tomó la carta, volvió á la ciudad, y ellos
volvieron las riendas, y aquella noche durmieron en Mojados, y de allí
á dos dias en Madrid, y en otros cuatro se vendieron las mulas en
pública plaza, y hubo quien les fiase por seis escudos de prometido, y
aun quien les diese el dinero en oro por sus cabales. Vistiéronse á lo
payo, con capotillos de dos haldas, zahones ó zaragüelles y medias de
paño pardo. Ropero hubo que por la mañana les compró sus vestidos, y
á la noche los habia mudado de manera, que no los conociera la propia
madre que los habia parido.
Puestos pues á la lijera y del modo que Avendaño quiso y supo, se
pusieron en camino de Toledo -ad pedem litteræ- y sin espadas, que
tambien el ropero, aunque no atañian á su menester, se las habia
comprado.
Dejémoslos ir por ahora, pues van contentos y alegres, y volvamos á
contar lo que el ayo hizo cuando abrió la carta que el criado le llevó,
y halló que decia desta manera:
«Vuesa merced será servido, señor Pedro Alonso, de tener paciencia
y dar la vuelta á Búrgos, donde dirá á nuestros padres que habiendo
nosotros sus hijos con madura consideracion considerado cuán mas
propias son de los caballeros las armas que las letras, habemos
determinado de trocar á Salamanca por Bruselas y á España por
Flándes; los cuatrocientos escudos llevamos, las mulas pensamos
vender; nuestra hidalga intencion y el largo camino es bastante
disculpa de nuestro yerro, aunque nadie le juzgará por tal, si no
es cobarde; nuestra partida es ahora, la vuelta será cuando Dios
fuere servido, el cual guarde á vuesa merced como puede y estos sus
menores discípulos deseamos. De la fuente de Argales, puesto ya el
pié en el estribo para caminar á Flándes. -- CARRIAZO Y AVENDAÑO.»
Quedó Pedro Alonso suspenso en leyendo la epístola, y acudió presto
á su balija, y el hallarla vacía le acabó de confirmar la verdad de
la carta, y luego al punto en la mula que le habia quedado se partió
á Búrgos á dar las nuevas á sus amos con toda presteza, porque con
ella pusiesen remedio y diesen traza de alcanzar á sus hijos; pero
destas cosas no dice nada el autor desta novela, porque así como dejó
puesto á caballo á Pedro Alonso, volvió á contar lo que les sucedió
á Avendaño y á Carriazo á la entrada de Illescas, diciendo: que al
entrar de la puerta de la villa encontraron dos mozos de mulas, al
parecer andaluces, en calzones de lienzo anchos, jubones acuchillados
de anjeo, sus coletos de ante, dagas de gancho y espadas sin tiros;
al parecer el uno venia de Sevilla, y el otro iba á ella: el que iba
estaba diciendo al otro:
--Si no fueran mis amos tan adelante, todavía me detuviera algo mas á
preguntar mil cosas que deseo saber, porque me has maravillado mucho
con lo que has contado de que el conde ha ahorcado á Alonso Gines y á
Ribera, sin querer otorgarles la apelacion.
--¡Oh pecador de mí! replicó el sevillano, armóles el conde zancadilla,
y cogiólos debajo de su jurisdicion, que eran soldados, y por
contrabando se aprovechó dellos, sin que la audiencia se los pudiese
quitar: sábete, amigo, que tiene un Bercebú en el cuerpo este conde de
Puñonrostro, que nos mete los dedos de su puño en el alma: barrida está
Sevilla y diez leguas á la redonda de jácaros: no para ladron en sus
contornos: todos le temen como al fuego, aunque ya se suena que dejará
presto el cargo de asistente, porque no tiene condicion para verse á
cada paso en dímes ni dirétes con los señores de la audiencia.
--Vivan ellos mil años, dijo el que iba á Sevilla, que son padres de
los miserables y amparo de los desdichados: ¡cuántos pobretes están
mascando barro, no mas de por la cólera de un juez absoluto, de un
corregidor ó mal informado ó bien apasionado! Mas ven muchos ojos que
dos: no se apodera tan presto el veneno de la injusticia de muchos
corazones, como se apodera de uno solo.
--Predicador te has vuelto, dijo el de Sevilla, y segun llevas la
retahila, no acabarás tan presto, y yo no te puedo aguardar; y esta
noche no vayas á posar donde sueles, sino en la posada del Sevillano,
porque verás en ella la mas hermosa fregona que se sabe: Marinilla
la de la venta Tejada es asco en su comparacion; no te digo mas sino
que hay fama que el hijo del corregidor bebe los vientos por ella:
uno desos mis amos que allá van, jura que al volver que vuelva al
Andalucía, se ha de estar dos meses en Toledo y en la misma posada
solo por hartarse de mirarla: ya le dejo yo en señal un pellizco, y
me llevo en contracambio un gran torniscon; es dura como un mármol y
zahareña como villana de Sayago, y áspera como una ortiga; pero tiene
una cara de pascua y un rostro de buen año: en una mejilla tiene el sol
y en la otra la luna; la una es hecha de rosas y la otra de claveles,
y en entrambas hay tambien azucenas y jazmines; no te digo mas sino
que la veas, y verás que no te he dicho nada, segun lo que te pudiera
decir acerca de su hermosura: en las dos mulas rucias que sabes que
tengo mias, la dotara de buena gana, si me la quisieran dar por mujer;
pero yo sé que no me la darán, que es joya para un arcipreste ó para
un conde; y otra vez torno á decir que allá lo verás, y adios, que me
mudo.
Con esto se despidieron los dos mozos de mulas, cuya plática y
conversacion dejó mudos á los dos amigos que escuchado la habian,
especialmente Avendaño, en quien la simple relacion que el mozo de
mulas habia hecho de la hermosura de la fregona, despertó en él un
intenso deseo de verla: tambien le despertó en Carriazo; pero no de
manera que no desease mas llegar á sus almadrabas, que detenerse á ver
las pirámides de Egipto, ó otra de las siete maravillas, ó todas juntas.
En repetir las palabras de los mozos y en remedar y contrahacer el
modo y los ademanes con que las decian, entretuvieron el camino hasta
Toledo, y luego siendo la guia Carriazo, que ya otra vez habia estado
en aquella ciudad, bajando por la Sangre de Cristo, dieron con la
posada del Sevillano; pero no se atrevieron á pedirla allí, porque su
traje no lo pedia.
Era ya anochecido, y aunque Carriazo importunaba á Avendaño que fuesen
á otra parte á buscar posada, no le pudo quitar de la puerta de la
del Sevillano, esperando si acaso parecia la tan celebrada fregona.
Entrábase la noche, y la fregona no salia: desesperábase Carriazo,
y Avendaño se estaba quedo, el cual por salir con su intencion, con
escusa de preguntar por unos caballeros de Búrgos que iban á la ciudad
de Sevilla, se entró hasta el patio de la posada, y apénas hubo
entrado, cuando de una sala que en el patio estaba vió salir una moza,
al parecer de quince años poco mas ó ménos, vestida como labradora, con
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