intentar la entrada en el puerto. Para morir de todos modos, era mejor
allí, á la vista de sus casas, en el mismo lugar donde habían perecido
muchos de sus antecesores, cerca del milagroso Cristo del Grao.
Y el -tío Batiste-, revolviéndose en sus ligaduras, hurgábase el pecho
para sacar por entre la camisa un crucifijo de bronce oxidado por el
sudor, y que besaba con devoción.
Esto reanimaba á los demás. ¡Cristo! Bueno estaba el tiempo para
beaterías. Tonet se burlaba con risa fúnebre, y los otros dos marineros
increpaban al viejo con las más terribles maldiciones, como si el
peligro, en vez de aterrarles, aumentara su desesperación, que se
traducía en impiedades.
-El Retor- levantaba los hombros con indiferencia. Él era buen creyente;
el cura del Cabañal podía atestiguarlo, pero estaba seguro de que allí
no había más Cristo milagroso que él, si la barca le obedecía y á la
entrada del puerto daba con oportunidad un golpe de timón.
Bien se adivinaba en la -Flor de Mayo- la proximidad de la escollera. El
mar presentábase cada vez más agitado; ya no eran las olas únicamente de
popa, sino que retrocediendo el mar al encontrarse con el obstáculo de
piedra, acometía á la barca por la proa, formando las aguas espantosos
remolinos. Eran dos mangas las que había de sufrir: la del temporal y la
del gigantesco escollo formado por los hombres.
La -Flor de Mayo-, crujiendo dolorosamente á pesar de su sólida
construcción, apenas si obedecía al timonel é iba como una pelota
lanzada de ola en ola, tan pronto impulsada hacia adelante por el
vendaval, como retrocediendo casi sumergida por un golpe de mar.
Las escotillas estaban bien cerradas, y por esto la barca, después de
pasar sobre ella las montañas de agua, volvía á reaparecer flotando
valientemente.
El patrón se convencía de lo desesperado de la situación. Estaban
cogidos por la horrible marejada de la escollera. Seguir adelante
corriendo el temporal, era ya imposible; había que meterse en el puerto
ó perecer en la entrada.
Distinguía ahora claramente la muchedumbre que pululaba sobre la
escollera, alcanzada muchas veces por el oleaje; llegaba á la barca su
griterío de terror.
-¡Recristo!- Era muy triste morir á la vista de los amigos, oyendo casi
sus voces y sin poder recibir auxilio. ¡Perra mar!... ¡Chochino Levante!
Y -el Retor-, enfurecido, insultaba á las olas, y en su desesperación
las escupía, mientras la barca tan pronto se encabritaba hasta ponerse
derecha, como se arrojaba proa abajo en los hirvientes remolinos.
Causaba vértigos el zarandeo interminable, y el mástil lo mismo se
inclinaba á babor metiendo la verga en el agua, como caía sobre el
costado opuesto, desapareciendo en las olas la mitad de la cubierta.
¡Allá va! ya empezaban los golpes de muerte. Y una ola lívida, traidora,
sin espuma y sin ruido, cayó sobre la popa, cubriendo toda la barca,
barriéndola con una manotada feroz.
El patrón recibió el golpe en la espalda y se dobló hasta juntar la
cabeza con los pies, pero sin soltar el timón ni moverse de aquellas
tablas, en las que parecía incrustado. Sintióse sumergido por algunos
instantes, oyó un chasquido enorme, como si la barca se despedazase, y
al surgir del agua sintió el roce de un objeto que, empujado por las
olas, iba de una parte á otra como un proyectil.
Era la pipa del agua. El furioso golpe de mar había roto sus amarras y
rodaba sobre la cubierta con velocidad arrolladora, aplastándolo todo á
su paso.
Dió un golpe á Pascualet en el rostro, ensangrentándole, y después, como
un enorme martillo, cayó sobre la base del mástil, donde estaban
amarrados el -tío Batiste- y los dos marineros.
Aquello fué tan rápido como espantoso. Sonó un grito horrible. -El
Retor-, á pesar de su ánimo, se cubrió los ojos con sus manazas.
El barril, como poderosa catapulta, había caído de lleno sobre uno de
los marineros, el más joven, aplastándole la cabeza; después de su
crimen, la barrica, manchada de sangre, saltó fuera de la barca como
criminal que huye, hundiéndose en la espuma.
La cabeza aplastada era una repugnante masa sanguinolenta, de la cual
arrancaba el oleaje nuevas piltrafas. El viejo pescador y el otro
marinero tenían que permanecer amarrados en contacto con el mutilado
cadáver, sintiendo en sus rostros, con los rudos vaivenes de la barca,
las rozaduras del muñón espantoso que les rociaba de sangre.
El -tío Batiste- clamaba con desesperación. ¡Señor! que acabase pronto
aquel tormento nunca visto. ¿Cuándo se había hecho sufrir á hombres
honrados una prueba semejante?
Su voz débil y cascada sonaba con esfuerzos de desesperación sobre el
pavoroso mugido del viento y la tempestad. Llamaba al -Retor- rogándole
que abandonase el timón y no se esforzara en luchar contra lo imposible.
Su última hora había llegado, y antes de prolongar tales angustias, era
preferible dejar que la barca se fuera sobre las rocas, haciéndose mil
pedazos.
Pero -el Retor- no le escuchaba. El chasquido que oyó á continuación del
golpe de mar, le preocupaba, y adivinando el peligro, no apartaba la
vista del mástil, que á pesar de su robustez se cimbreaba de un modo
alarmante.
En el tope agitábase el ramillete del bautizo, manojo de hierbajos y
flores secas que el huracán iba arrebatando como señal de muerte.
Ni siquiera oía á Pascualet que, con el rostro desfigurado por una
mascarilla de sangre y aterrado al presentir la catástrofe, gritaba con
voz que parecía un balido:
---¡Pare!-... -¡Pare!-
¡Ah! su padre poco podía hacer. Evitar como podía los furiosos golpes,
meter la barca muchas veces entre dos olas y librarla de que fuese
pillada de costado. Pero doblar la escollera, resultaba imposible.
La quebrantada -Flor de Mayo- vióse de pronto como en el fondo de una
sima, entre dos muros brillantes, pulidos, de sombría agua, que
avanzaban en opuesta dirección é iban á chocar, pillando en medio la
barca.
Esta vez hasta el patrón dió un grito de pavor. Fué instantáneo el
choque. La barca vióse envuelta en un torbellino de agua, dió un crujido
horrible, como uno de los truenos secos que conmovían el espacio, y
cuando al fin salió á flote pesadamente, su cubierta estaba rasa como la
de un pontón; el mástil se había roto á ras de las tablas, y palo y
vela, con los hombres amarrados, habían desaparecido.
-El Retor- aun creyó ver entre las espumas de una ola que se alejaba el
cadáver mutilado, y junto á él la cabeza del -tío Batiste-, mirando á lo
alto con expresión de asombro.
Ahora sí que podían darse por perdidos.
La rotura del mástil la habían visto todos desde la escollera, y un
grito de horror proferido por centenares de bocas sonó cuando -Flor de
Mayo- reaparecía sobre las aguas desmantelada y á merced de las olas.
Todo el barrio de las Barracas estaba allí sobre el murallón de rojos
pedruscos, con el pecho palpitante y la mirada ansiosa, tan atento á la
lucha de los hombres con el mar, que apenas si se fijaba en las olas que
escalaban el escollo, amenazando arrastrar consigo á la muchedumbre.
Al sonar los primeros truenos habían corrido todos cual rebaño asustado
á la punta de la farola, como si su presencia pudiese ayudar á los
parientes y amigos en la terrible lucha por entrar en el puerto.
Llegaron corriendo bajo el aguacero furioso, combatidos de frente por el
vendaval, que arremolinaba las faldas, oprimía los vientres y zumbaba
cruelmente en los oídos; las mujeres, con los brazos en alto, cubiertas
de la lluvia por el ondeante mantón; los hombres, con chubasqueros y
botas altas, todos gritando de terror, saltando de pedrusco en pedrusco,
deteniéndose muchas veces para dejar pasar alguna ola que, saltando la
escollera, caía en el antepuerto, y resbalando en el rodeno mojado que
parecía sudar la cólera de la tempestad.
En el sitio más avanzado, sobre las últimas rocas donde bullían los
espumarajos y se rompían las olas, estaba Dolores, pálida, desmelenada,
agarrándose á la -siñá- Tona, que parecía próxima á la locura.
Su chico, su Pascualet, estaba allá... y también los otros. Y se tiraban
del pelo, lanzando los más atroces juramentos de la Pescadería, hasta
que de pronto, deteniéndose y cruzando las manos sobre el pecho,
hablaban con tono suplicante de pagar misas, de enormes cirios,
dirigiéndose á la Virgen del Rosario ó al Santo Cristo del Grao, como si
estuvieran allí junto á ellas.
La mujer de Tonet, agazapada tras una piedra, arrebujándose en el
mantón, miraba el mar con la inmovilidad de una esfinge, dejándose
alcanzar por los espumarajos de las olas, que la mojaban de pies á
cabeza. Arriba, en lo más alto de la escollera, erguíase soberbia, con
expresión amenazante, la enorme mole de la -tía Picores-. Temblaba de
ira su arrugada boca, amenazaba á las olas con el puño cerrado, y á
pesar de su grotesca figura, había en ella cierta sublimidad, algo que
recordaba los apóstrofes del trágico inglés.
---¡Sorra!---gritaba con su voz ronca, amenazando á la mar--. -¡Dòna
habíes de ser!-
Y la lluvia cayendo cada vez con más fuerza, el vendaval bamboleando
como cañas á los que se separaban de los grupos, y las ropas, empapadas
por el agua del mar y la del cielo, pegándose á las carnes, chorreando,
haciendo toser á la gente, que se olvidaba de sí misma mirando el rebaño
de barcas que se aproximaban en tropel.
¡Qué de maldiciones contra -el Retor!-
Aquel -lanudo- tenía la culpa de todo: él era quien había inducido á
tanto hombre de bien á lanzarse en el peligro. ¡Ojalá se lo tragase la
mar!
Y las mujeres de la familia bajaban la cabeza, anonadadas por la
indignación pública.
Las barcas, aunque con gran trabajo, doblaban la escollera é iban
entrando en el puerto saludadas por los gritos de alegría de las
familias que corrían hacia el Grao para abrazar á los suyos.
Conforme entraban las embarcaciones de pesca, disminuía la muchedumbre
en la punta de la farola.
La embocadura del puerto iba haciéndose por momentos más inabordable.
Tres barcas quedaban á la vista, y durante una hora tuvieron á toda la
muchedumbre con el corazón en un puño, luchando con la marejada feroz
que las empujaba sobre las piedras.
Entraron por fin: un suspiro de satisfacción dilató los pechos, y
entonces fué cuando en el brumoso horizonte comenzó á marcarse una
barca solitaria avanzando velozmente, á pesar de que navegaba casi á
palo seco.
Los marineros que estaban entre las rocas tendidos sobre el vientre para
presentar menos blanco á las voraces olas, se miraron con un gesto de
tristeza. Aquella pagaba el pato. Lo que es la rezagada no entraba: lo
afirmaban como hombres expertos en tales luchas. Llegaba demasiado
tarde.
Y su prodigiosa vista de hombres de mar reconoció al poco rato la barca,
que tan pronto parecía volar como se sumergía por algunos instantes. Era
la -Flor de Mayo-.
La madre y la mujer del -Retor- gritaban como locas. Querían arrojarse
al mar; ir cuando menos hasta los peñascos más avanzados que asomaban
entre la espuma como cabezas de gigantes submarinos.
La conmiseración popular, el afecto que la desgracia despierta en las
muchedumbres, rodeaba á las dos pobres mujeres.
Ya nadie maldecía al -Retor:- todos se olvidaban de su temeridad
contagiosa y procuraban consolar á las dos mujeres con falsas
esperanzas. Algunos marineros se colocaban entre ellas y el mar,
evitando que presenciasen la fiera lucha, cuyo triste fin adivinaban.
La angustiosa situación duró una hora: lo bastante para encanecer.
Cuando la -Flor de Mayo- fué envuelta por las dos olas y reapareció sin
mástil, con la cubierta rasa, un alarido de horror sonó en la
muchedumbre. Estaban perdidos: ¡á morir!
La barca ya no obedecía al timón. El mar la hizo emprender una carrera
loca hacia los peñascos, y lo único que conseguía el patrón á costa de
muchos esfuerzos, fué que no presentara sus costados al oleaje.
Por una casualidad no chocó contra las piedras. Un golpe de mar la elevó
á tiempo y pasó como una flecha ante el extremo de la escollera, viendo
Pascualo como aparición momentánea aquellos pedruscos, y sobre ellos
muchas caras amigas.
¡Qué angustia! ¡Estar á la vista de ellos, poder oir su voz, y sin
embargo, morir! A los pocos instantes estaban ya lejos de la escollera.
Iban rectamente hacia Nazaret, á perecer en el arenal donde tantos
barcos estaban enterrados.
Tonet, que parecía amodorrado por los golpes de mar, se reanimó al pasar
frente á la escollera. Fué una visión de vida que iluminó su resignada
desesperación.
No; él no quería morir, se defendería del mar y de la tempestad mientras
pudiese. Entre ahogarse de allí á media hora en el arenal ó despedazarse
en la escollera en un intento de salvación, prefería esto. Por algo era
el mejor nadador del Cabañal.
Y á gatas, expuesto á ser arrastrado por las olas, llegó hasta una
escotilla, destrozada por los golpes de mar, y se hundió en la cala.
-El Retor- le miraba con desprecio. No estaba arrepentido de su obra.
Dios era bueno y le evitaba un crimen. Dentro de unos instantes
perecería con el hermano traidor, y en cuanto á la que estaba en tierra,
que viviese. ¿Había acaso peor tormento que seguir en el mundo? Ahora
conocía él el engaño de la vida. La única verdad era la muerte, que
nunca falta ni engaña. Y también era verdad la hipocresía feroz del mar,
que calla sumiso, se deja robar por los pescadores, los halaga,
haciéndoles creer en su eterna bondad, y después, con un zarpazo hoy y
otro mañana, los extermina de generación en generación.
Estas ideas se sucedían en él rápida y desordenadamente, como si la
proximidad de la muerte excitase su pensamiento.
Pero al ver que reaparecía Tonet en la ruinosa cubierta, profirió una
exclamación de sorpresa, incorporándose sobre las movedizas tablas. Su
hermano llevaba en las manos el chaleco salvavidas, el regalo de la
-siñá- Toná, que había quedado olvidado en la cala.
Tonet no se inmutó ante la mirada fulgurante y la voz bronca de su
hermano... ¿Que adónde iba? A lanzarse al mar. Había llegado el momento
del ¡sálvese quien pueda! Él no quería morir encerrado allí como una
rata, quería mejor que le aplastasen las olas sobre la escollera.
-El Retor- lanzó un terrible juramento. No; su hermano no saldría de la
barca: no intentaría salvarse, moriría con él, y aun así no lo pagaba
todo.
Lo supremo de la situación hacía reaparecer en Tonet el matoncillo del
puerto, el perdido incapaz de respetos, y sonreía feroz y
despreciativamente, mirando á su hermano.
En la actitud de los dos hombres había algo que asustaba más que la
tempestad.
---¡Pare!-... -¡Pare!---repitió el niño con voz débil, agitándose en sus
ligaduras.
Entonces recordó -el Retor- que el muchacho estaba allí; y sombrío,
silencioso, soltó el timón. Llevaba en la mano su faca de marinero, y de
un solo golpe cortó las ligaduras del muchacho.
---¡Tú... el chaleco!---ordenó con voz seca é imperativa á su hermano.
Pero éste le contestó con un ademán indecente, é intentó introducir sus
brazos en el armazón de corcho.
¡Canalla! Pascual sentía la necesidad de hablar, de decirlo todo, aunque
fuese con pocas y atropelladas palabras. ¿Creía que aun estaba ciego? Lo
sabía todo; él era quien en la noche anterior le había perseguido por
las calles del Cabañal cuando salió de dormir con la... -púa- que estaba
en tierra. Si no le mataba era porque iban á morir juntos.
Pero aquel chico, el que él llamaba antes su Pascualet, no era culpable
y no debía morir. Tal vez se ahogase; sería lo más seguro; pero como á
niño inocente, á él le correspondían las probabilidades de salvación.
¡Pronto... el chaleco, Tonet! Era para su hijo, para el fruto del
engaño y de la infamia. Aunque era tan canalla, debía acordarse de ser
padre. ¡A obedecer, ó lo mataba como un perro!
Pero Tonet sonreía de un modo feroz y le contestaba con cinismo. Tal vez
no se engañase Pascualo y el chico fuese su hijo; pero la piel propia
era lo primero.
É intentó vestirse el salvavidas, pero no tuvo tiempo. Fuése sobre él su
hermano, y en la cubierta resbaladiza, movible, invadida á cada instante
por el mar, sonó un pataleo de lucha y Tonet cayó de espaldas.
Su hermano le había hundido dos veces la faca en un costado. Por fin
satisfacía la fiebre de destrucción que le animaba desde la noche
anterior.
Sin saber casi lo que hacía, enfardó al muchacho en el salvavidas, y
como si fuera un saco de lastre, lo arrojó por encima de la popa, viendo
cómo flotaba y desaparecía tras la cresta de una ola.
Ahora á morir como todos los de la familia; á ser recogido en la playa
como un salivazo de las olas, como recogieron á su padre.
Todo había pasado á bordo de la barca con gran rapidez.
La muchedumbre que estaba en la punta de la escollera, veía la -Flor de
Mayo- saltando como un ataúd sobre las olas, sin dirección, cual un
juguete de la tempestad.
Los truenos sonaban cada vez más lejanos: cesaba la lluvia, pero el
vendaval seguía soplando furioso y el oleaje era cada vez más fuerte.
Los hombres de mar nada vieron de la lucha ocurrida en la barca; el
drama quedó ignorado. Pero distinguieron cómo -el Retor- arrojaba por la
popa un gran fardo que, flotando sobre las revueltas aguas, iba
aproximándose á la escollera para estrellarse sobre las rocas.
Poco después sonó el último grito de angustia. -Flor de Mayo- era cogida
de costado por una ola enorme y rodaba por algunos instantes con la
quilla al aire, desapareciendo por fin.
Las mujeres santiguábanse, mientras que otras rodeaban á Dolores y Tona,
sujetándolas para que no se arrojasen al mar.
Todos adivinaban qué era el objeto que flotaba hacia las rocas. Era el
chico; los marineros le distinguían envuelto en el salvavidas.
Iba á matarse contra los peñascos. La madre y la abuela daban alaridos
pidiendo socorro sin saber á quién. ¿No habría una buena alma que
salvase al muchacho?
Un mocetón de buena voluntad, con la cintura amarrada por un calabrote
que sostenían sus compañeros, se lanzó violentamente en las rocas bajas,
en los escollos submarinos, donde se sostuvo entre las bullentes aguas á
costa de fuerza y destreza.
Varias veces chocó el inanimado cuerpecillo con las salientes piedras,
arrebatándolo de nuevo el mar entre alaridos de horror, pero por fin el
marinero pudo alcanzarlo cuando iba á golpear de nuevo con su débil
cuerpecillo el murallón gigantesco.
¡Pobre Pascualet! Tendido sobre la fangosa plataforma de la escollera,
su cara ensangrentada, sus miembros amoratados, fríos y desgarrados por
las aristas del rodeno, asomaban por entre el voluminoso salvavidas como
las extremidades de una tortuga.
La abuela intentaba reanimar entre sus manos aquella cabecita cuyos ojos
se habían cerrado para siempre, y Dolores, arrodillada junto á él, se
arañaba el rostro, se mesaba la suelta y hermosa cabellera, mirando
fieramente á todas partes con sus ojos dorados.
Un lamento de dolor cruzaba incesantemente el espacio.
---¡Fill meu!-... -¡fill meu!-...
Las mujeres lloraban: Rosario, la esposa despreciada y estéril,
conmovíase ante la locura de la maternidad herida y con honda
conmiseración perdonaba á su rival.
Y en lo alto, dominándolos á todos, estaba la -tía Picores-, erguida y
soberbia como la venganza, indiferente á todos los dolores, con las
faldas ondeantes como una bandera que azotaba sus piernas.
Ya no enseñaba el puño al mar. Volvíale la espalda con marcado
desprecio, pero amenazaba á alguien que estaba tierra adentro, al
Miguelete, que á lo lejos alzaba su robusta mole sobre la masa de
tejados de la ciudad.
Allá estaba el enemigo, el verdadero autor de la catástrofe. Y el puño
de la bruja del mar, hinchado y enorme, amenazaba siempre á la ciudad,
mientras su boca vomitaba injurias.
¡Que viniesen allí todas las zorras que regateaban en la Pescadería!
¿Aun les parecía caro el pescado?... ¡Á duro debía costar la libra!
FIN
Valencia, 1895
CUENTOS VALENCIANOS
¡Cosas de hombres!...
Cuando Visentico, el hijo de la -siñá- Serafina, volvió de Cuba, la
calle de Borrull púsose en conmoción.
En torno de su petaca, siempre repleta de picadura de la Habana,
agrupábase la chavalería del barrio, ansiosa de liar pitillos y escuchar
estupendas historias con credulidad asombrosa.
--En Matanzas tuve yo una mulatita que quería nos casáramos lueguito...
lueguito. Tenía millones, pero yo no quise porque me tira mucho esta
-tierresita-.
Y esto era mentira. Seis años había permanecido fuera de Valencia, y
decía tener olvidado el valenciano, á pesar de lo mucho que le -tiraba
la tierresita-. Había salido de allí con lengua, y volvía con un
merengue derretido, á través del cual las palabras tomaban el tono
empalagoso de una flauta melancólica.
Por su lenguaje y las mentiras de grandiosidad con que asombraba á la
crédula chavalería, Visentico era el soberano de la calle, el motivo de
conversación de todo el barrio. Su casaquilla de hilo rayado con vivos
rojos, el bonete de cuartel, el pañuelo de seda al cuello, la banda
dorada al pecho con el canuto de la licencia, la tez descolorida, el
bigotillo picudo y la media romana de corista italiano, habíanse metido
en el corazón de todas las chavalas y lo hacían latir con un estrépito
sólo comparable al -fru-fru- de sus faldas de percal almidonadas en los
bajos hasta ser puro cartón.
La -siñá- Serafina estaba orgullosa de aquel hijo que la llamaba -mamá-.
Ella era la encargada de hacer saber á las vecinas las onzas de oro que
Visentico había traído de allá, y al número que marcaba, ya bastante
exagerado, la gente añadía ceros sin remordimiento. Además se hablaba
con respeto supersticioso de cierto papelote que el licenciado guardaba,
y en el cual el Estado se comprometía á dar tanto y cuanto... cuando
mudase de fortuna.
No era extraño, pues, que un hombre de tantas prendas, rodeado del
ambiente de la popularidad y poseedor de irresistibles seducciones,
trajese loca á Pepeta (a) -la buena mosa-, una vaca brava que por las
mañanas revendía fruta en el Mercado y con su falda acorazada, pañuelo
de pita, patillas en las sienes y puntas de bandolina en la frente,
pasaba la vida á la puerta de su casa, tan dispuesta á arañarse con la
primera vecina, como á conmover toda la calle con alguno de sus
escándalos de muchachota cerril.
La gente consideraba naturales y justas las relaciones cada vez más
íntimas entre Visentico y Pepeta. Eran la pareja más distinguida del
barrio, y además, antes de que él se fuese á Cuba, ya se susurraba si
había algo entre ellos.
Lo que ya no le parecía tan claro á la gente es lo que diría el -Menut-,
un chicuelo enteco y vicioso, empleado en el Matadero para repartir la
carne, un pillete con la mirada atravesada y grandes tufos en las
orejas, que siempre iba hecho un asco, y de quien se murmuraba si en
distintas ocasiones había afanado borregos enteros.
La Pepeta estaba loca; sólo una caprichosa como ella podía haber
aguantado dos años los celos machacones y las exigencias tiránicas de un
granuja rabiosillo, al que ella con su potente brazo de buena moza era
capaz de deshacer la cara de un solo revés.
Y ahora iba á ocurrir algo. ¡Vaya si ocurriría! Adivinábanlo los vecinos
sólo con ver al -Menut-, quien con aspecto de perro abandonado pasaba el
día vagando por la calle, tan pronto en el cafetín de -Panchabruta-,
como frente á la casa de Pepeta, siempre sucio, con la camiseta listada
de azul y la blusa al cuello impregnadas de la hediondez de la sangre
seca.
Ya no repartía carneros á los cortantes de la ciudad; olvidaba su
carrito mugriento, y embrutecido por la sorpresa, queriendo llenar
aquel algo que le faltaba, sólo sabía beberse -águilas- en el cafetín, ó
ir tras Pepeta, humilde, cobarde, encogido, expresándose con la mirada
más que con la lengua.
Pero ella estaba ya despierta. ¿Dónde había tenido los ojos?... Ahora le
parecía imposible que hubiese querido á aquel bruto, sucio y borrachín.
¡Qué abismo entre él y Visentico!... una figura de general, un chico muy
gracioso en el habla, que cantaba guajiras y bailaba el tango como un
ángel, y que, en fin, si no tenía millones y una mulata, ya se sabía que
era por lo mucho que le -tiraba la tierresita-.
Indignábase al ver que aquel granujilla forrado en la mugre de la carne
muerta aun tenía la pretensión de que continuase lo que sólo había sido
un capricho... una condescendencia compasiva... ¡arre allá! Cuando no
manifestase su cariño con zarpadas y aprendiese á decirla: ¡flor de
guayaba! y ¡mulatita! como el otro, entonces podría ponerse en su
presencia.
La buena moza fué inflexible, acabó por no escuchar, y desde entonces la
calle de Borrull tuvo un alma en pena, que fué el -Menut-.
En las noches de verano, cuando el calor arrojaba á las familias en
medio de la calle y se formaban corros en torno de las cenas servidas
sobre mesitas de zapatero, la gente veía pasar al celoso chiquillo
recatándose en la sombra, misterioso y fatídico como un traidor de
melodrama.
La aparición terrorífica pasaba varias veces ante la puerta de Pepeta,
lanzando miradas espeluznantes al coro que hacía la corte á la buena
moza, y después desvanecíase por un escotillón, el cafetín donde el
-Menut-, cual nuevo Prometeo, entregaba sus entrañas á las rampantes
garras de las águilas amílicas.
¡Qué noches aquellas! Los nuevos amores de Pepeta tenían la acera por
escenario y por coro aquel corrillo donde sonaba el acordeón y ella
recibía honores de reina festejada. Á su lado, la madre, una vieja
insignificante que no abría la boca sin recibir un bufido de Pepeta.
La calle, tostada todo el día por el sol, revivía con los primeros
soplos de la noche.
Los lóbregos faroles, cuyos palmitos de gas parecían pintados en la
pared con almazarrón, dejábanlo todo en fresca penumbra; en las puertas
destacábanse las manchas blancas de la gente casi en paños menores;
chorreaban rítmicamente los balcones con el riego de las plantas; en
cada balaustrada asomaba un botijo, y de arriba, de aquel cielo obscuro
que parecía un lienzo apolillado transparentando lejana luz, descendía
un soplo húmedo que reanimaba á la tierra, arrancándola suspiros de
vida.
En todas las puertas sonaban el acordeón con su chillona melancolía, la
guitarra con su rasgueo soñador, el canto á coro desentonado y
estridente, y algunas veces en las esquinas estallaba una tempestad de
aullidos, el estrépito de la lucha cuerpo á cuerpo, y los antipáticos
perros chatos chocaban sus amenazantes cabezas de foca, hasta que el
silletazo de algún vecino de buena voluntad los ponía en dispersión.
Despedazábanse en los corros enormes sandías; hundíanse las bocas en
tajadas como medias lunas; pringábanse las caras con el rojo zumo;
extendíanse los arrugados moqueros bajo la barba para no mancharse, y al
fin la gente, con el vientre hinchado de agua, sumíase en dulce
beatitud, escuchando, como angélicas melodías, los arañazos de los
acordeones.
Y á esta hora de digestión líquida, al cantar el sereno las once y estar
los corrillos más animados, era cuando á lo lejos la difusa luz de los
faroles marcaba algo que se aproximaba balanceándose, trazando -zigzags-
como una barca sin timón, echando la pesada ancla en cada esquina.
Era el padre de Pepeta que con la gorra desmayada y el pañuelo de
hierbas en una mano, volvía de la taberna. Saludaba á la reunión con
tres gruñidos, despreciaba las insolencias de la hija, y se hundía por
fin en la obscuridad de su casa, maldiciendo á los avaros caseros que,
para fastidiar á los pobres, hacen siempre las puertas estrechas.
En aquellas horas de regocijo público, en medio de la calle, acariciados
por la expansión de todos los vecinos, se arrullaban el licenciado y
Pepeta; él, dulzón y empalagoso, hablándole al oído; ella, grave,
estirada y seria, apretando los labios como si estuviera ofendida,
porque una chavala que se respete debe poner siempre al novio cara de
perro. Los hombres son muy presuntuosos, y si llegan á comprender que
una está chiflada por ellos... ya, ya.
Y mientras tanto la pobre alma en pena á la puerta del cafetín, con la
garganta abrasada por el amílico y el corazón en un puño, oyendo de
cerca las bromitas de sus amigachos y á lo lejos las canciones del corro
de Pepeta, unos retazos de zarzuela repetidos con monotonía abrumadora.
¡Pero qué cargantes eran los amigos del cafetín! ¿Que Pepeta no le
quería ya? Bueno; dale expresiones... ¿Que él era un chiquillo y le
faltaba esto y lo de más allá? Conforme; pero aun no había muerto y
tiempo le quedaba para hacer algo. Por de pronto á Pepeta y al -Cubano-
se los pasaba por tal y cual sitio. Ella era una -carasera- y él un
mariquita con su hablar de chiquillo y su peluca rizada. Ya les
arreglaría las cuentas... Á ver, tío -Panchabruta:- otra águila de
petróleo refinado. De aquel que está en el rincón, en el temible tonel
que ha enviado al cementerio tres generaciones de borrachos.
Y el fresco vientecillo, haciendo ondear la listada cortina de la
puerta, arrojaba todos los ruidos de la calle en el ambiente del
cafetín, cargado del calor del gas y los vahos alcohólicos.
Ahora cantaban á coro en casa de Pepeta:
Vente conmigo y no temas estos parajes dejar...
Adivinaba la voz de ella, rígida y fría como siempre, y la otra aguda y
mimosa, la del -Cubano-, que decía: -Vente conmigo-, con una intención
que al Menut parecía arañarle en el pecho. Conque -vente conmigo-,
¿eh?... ¡Cristo! Aquella noche iba á arder todo en la calle de Borrull.
Y se lanzó fuera del cafetín, sin llamar la atención de los bebedores,
acostumbrados á tan nerviosas salidas.
Ya no era el alma en pena; iba rectamente á su sitio, á aquel corro
maldito que tantas noches había sido su tormento.
---Tú, Cubano, escolta-.
Movimiento de asombro, de estupefacción. Calló el organillo, cesó el
coro y Pepeta levantó fieramente la cabeza. ¿Qué quería aquel pillete?
¿Había por allí algún borrego que robar?...
Pero sus insolencias de nada sirvieron. El licenciado se levantaba
estirando fanfarronamente su levitilla de hilo.
--Me paese... me paese que eso muchachillo se la va a cargar por torpe.
Y salió del corro, á pesar de las protestas y consejos de todos.
Pepeta se había serenado. Podían estar tranquilos; ella lo aseguraba. No
llegaría la sangre al río. El -Menut- era un chillón que no valía un
papel de fumar, y si se atrevía á hacer pinitos, ya le limpiaría los
mocos el otro. Vaya... á cantar. No debía turbarse la buena armonía por
un bicho así.
Y la tertulia reanudó su canto débilmente, de mala gana, mirando todos
con el rabillo del ojo á los dos que estaban plantados en el arroyo,
frente á frente.
Que la que aquí es prima donna reina en mi casa será... á... á
Pero al hacer una pausa, se oyó la voz del -Menut-, que decía lentamente
con rabia y acentuando las palabras como si las mascase:
---Tú eres un morral... sí señor, un morral-.
Todos se pusieron en pie, rodaron las sillas, cayó el acordeón al suelo,
lanzando un quejido; pero... ¡quiá! por pronto que acudieron ya era
tarde.
Se habían agarrado como gatos rabiosos, clavándose las uñas en el
cuello, empujándose, resbalando en las cortezas de sandía y lanzando
sucias blasfemias.
Y el -Cubano- de pronto se bamboleó para caer como un talego de ropa; en
aquel momento desvanecióse la melosidad antillana, y el lenguaje de la
niñez reapareció junto con la desgracia.
---¡Ay mare mehua!... ¡Mare mehua!-
Retorcíase sobre los adoquines como una lagartija partida en dos,
agarrábase el vientre allí donde había sentido la fría hoja de la
navaja, comprimiendo instintivamente el bárbaro rasgón, al que asomaban
los intestinos cortados, rezumando sangre é inmundicia.
Corría la gente desde los dos extremos de la calle, para agolparse en
torno del caído; sonaban pitos á lo lejos; poblábanse instantáneamente
los balcones, y en uno de ellos la -siñá- Serafina en camisa,
desmelenada, sorprendida en su primer sueño por el grito de su hijo,
daba alaridos instintivamente, sin explicarse todavía la inmensidad de
su desgracia.
Pepeta retorcíase con epilépticas convulsiones entre los brazos de
varios vecinos; avanzaba sus uñas de fiera enfurecida, y no pudiendo
llegar hasta el -Menut-, le escupía á la cara siempre los mismos
insultos con voz estridente, desgarradora, que despertaba á todo el
barrio: -¡Lladre!-... -¡Granuja!-
Y el autor de todo estaba allí, sin huir, con su figurilla triste y
desmedrada, el cuello desollado por varios arañazos, el brazo derecho
teñido en sangre hasta el codo y la navaja caída á sus pies. Tan
tranquilo como al degollar reses en el Matadero, sin estremecerse al
sentir en sus hombros las manos de la policía, con una sonrisita que
plegaba ligeramente los extremos de su boca.
Salió de la calle con los brazos atados sobre la espalda y la blusa
encima; la innoble cara llena de arañazos, hablando con su escolta de
municipales, satisfecho en el fondo de que la gente se agolpase á su
paso, como en la entrada de un personaje.
Cuando pasó ante el cafetín, saludó con altivez á sus amigotes, que
asombrados, como si no hubiesen presenciado el suceso, le preguntaban
qué había hecho.
---Res; còses d'hòmens-.
Y contento con su suerte, erguido y triunfante, siguió el camino de la
cárcel, acogiendo el infeliz las miradas de la curiosidad con la
prosopopeya de la estupidez satisfecha.
La apuesta del esparrelló
La oí una tarde de invierno, tumbado en la arena, junto á una barca
vieja, sintiendo en los pies los últimos estremecimientos de la inmensa
sábana de agua que espumeaba colérica bajo un cielo frío, ceniciento y
entoldado.
Nazaret, con su extenso rosario de blancas casuchas, estaba á nuestras
espaldas, y á mi lado un viejo pescador, momia acartonada, que parecía
bailar dentro de su traje de bayeta amarilla, hinchado de aire. Echábase
la gorrilla de seda sobre una oreja y chupaba su pipa con la gravedad de
un moro, en cuclillas, trazando con la mano, como un manojo de
sarmientos, complicados arabescos en la arena.
Había llovido fuerte allá por las montañas de Teruel; el río arrojaba en
el mar su agua arcillosa y fría, y todo el golfo teñíase de un amarillo
rabioso, que á lo lejos debilitábase hasta tomar tonos de rosa. La
estrecha faja verde que recortaba el límite del horizonte delataba que
era un mar lo que parecía inundación de tisana.
Y mientras mirábamos la rojiza extensión en cuyo límite se marcaba como
ligera nubecilla el cabo de San Antonio, la arremangada gente de Nazaret
tiraba de los -bolichones- ó se arrojaba en el agua sucia.
El viejo adivinaba el éxito de la pesca. Aquel era un buen día. Iban á
caer los -esparrellons- como moscas.
Y eso que el -esparrelló- era el bicho más ladino y malicioso que se
paseaba por el golfo.
¿Que no lo sabía yo? Pues atención, que para comprender cómo las gastaba
el tal animalito, iba á contarme un cuento, que indudablemente sería un
sucedido, pues de no ser así no se lo habría contado á él su padre.
Y el buen viejo, siempre en cuclillas, sin soltar la pipa, comenzó á
contarme el -sucedido- con su seriedad de lobo de playa, en un
valenciano pintoresco, cuyas palabras silbaban al pasar por entre las
despobladas encías.
* * * * *
También aquel día había crecido el río, y cerca de la orilla resbalaba
el -bolichó- traidoramente por entre las turbias olas, arrastrando hacia
la arena seca á los incautos peces, atraídos por la frescura del agua
dulce y sucia.
El -esparrelló- del cuento, panzudo, pequeñito y vivaracho, un pilluelo
que correteaba por los escondrijos y rincones del golfo con grave
disgusto de su familia, acababa de ver caer á todos los suyos entre las
mallas de una red. Se salvó él por ligereza, y como era un perdis y los
sentimientos de familia no están muy arraigados en su especie, sólo se
le ocurrió huir mar adentro, moviendo graciosamente la colita, como si
quisiera decir:
--Sálveme yo y perezca la familia; mejor es el agua turbia que el aceite
de la sartén.
Pero cerca de la entrada del puerto oyó un poderoso ronquido que
conmovía las aguas, como si el suelo del mar se estuviera desgarrando.
El -esparrelló- dejóse caer en la línea recta, y en una hondonada
abierta por las dragas en el fango, vió tumbado como un canónigo á un
-reig- corpulento, que lo menos pesaba cuatro arrobas; un animalote
insolente y matón que cobraba el barato en todo el golfo y apenas movía
una agalla hacía temblar á todo el escamado enjambre.
¡Vaya un modo de dormir! Cansado de las aguas verdes y tranquilas
cargadas de calor y de luz, le placía la frescura y la semiobscuridad
del barro líquido que arrastraba el río, y roncaba como si estuviera en
una alcoba con las cortinas corridas.
El -esparrelló- quiso pasar un buen rato con el terrible personaje, pero
sus malas intenciones no iban más allá del deseo de divertirse á costa
ajena, y se limitó á pasar y repasar por las jadeantes narices del
coloso, haciéndole cosquillas con las finas púas de su cola.
¡Pero bueno era el -reig- para inquietarse por tales caricias! Á fuerza
de sufrir cosquillas cesó de roncar y se incorporó un poco, moviendo su
poderosa cola, pero tumbóse sobre el otro costado, y siguió bramando con
la tranquilidad del que, seguro de su fuerza, no teme peligros.
--¡Animal!--le gritaba el pececillo junto á una agalla--, ¡animal,
despiértate!
--¿Eh?--exclamaba el -reig- entre dos ronquidos con su bronca voz de
borracho.
--Que te despiertes. Hay por ahí un belén de mil demonios. La gente de
Nazaret ha roto hostilidades, y á miles se lleva prisioneros á los
nuestros.
--Allá vosotros. Eso va con la morralla y no con personas de mi clase.
--Es que para ti también hay. Por arriba va la barca del -Toto-
explorando, y si ha oído tus ronquidos, ahora mismo tienes aquí el
-bolichó- de cuerdas, y mañana estás en la Pescadería hecho cincuenta
cuartos.
--¡Cincuenta demonios!--roncó con furia el -reig-, y dando un furioso
coletazo abandonó la cama de barro, poniéndose en facha de escapar,
mientras al ladino -esparrelló- le temblaban todas las escamas con las
convulsiones de una risita aguda é insolente.
El -reig- se amoscó al ver que tomaban á broma su prudencia, y avanzando
el cuerpo hacia el diminuto bicho quiso reconocerle en la
semiobscuridad.
--¿Eres tú, granuja? Tú acabarás mal; y si no fuera porque me tacharían
de ingrato, lo que no corresponde á una persona de mi edad y mi peso,
ahora mismo te tragaba. ¿Crees tú, mocoso, que me dan miedo todos esos
pelambres que vienen á buscarnos en el fondo de las aguas? Soy demasiado
guapo para dejarme coger. Pregúntale á ese -Toto- de quien hablas
cuántas veces de una -morrá- le he roto el bolichón de cuerdas. Si
repito muchas veces la fiesta le arruino. Pero tengo conciencia; antes
que hacer daño á un padre de familia prefiero huir á tiempo, y me va tan
ricamente con este sistema, que mientras los de mi familia han ido á
morir faltos de respiración en la playa, yo escapo siempre, y aquí me
han de caer las escamas de puro viejo.
--Lo mismo soy yo--dijo con petulancia el pececillo--; los míos se han
dejado arrastrar, pero á mí no me falta ligereza, y aquí estoy. Es gran
cosa el ser pequeño.
--Quita allá, bicho ruin. Lo que vale es ser grande como yo, con más
fuerza que un caballo y capaz de llevarse por delante de un empujón
todas las redes de esos pelagatos.
Y para demostrar su fuerza, en menos de un segundo dió dos ó tres
coletazos con la aviesa intención de pillar desprevenido al
-esparrelló-, y con tanto empuje, que si lo alcanza lo revienta.
Pero el granuja se echó á un lado oportunamente, amoscado por tan
villanas caricias.
--Fuerte sí que lo eres; convenido. Si no salto me partes, y eso no
está bien entre personas decentes, que deben ser agradecidas. Pero en
cambio soy más ligero: corro más que tú. Mira como tu cola no me
alcanza.
--¿Tú correr más?... ¡Jo! ¡jo! ¡jo!
Tan graciosa era la afirmación del petulante pececillo, que el -reig- se
revolcaba en convulsiones de risa, y sus carcajadas, sonoras como
ronquidos, hacían hervir el agua.
--¡Calla, condenado, que el -Toto- debe andar por arriba!
La advertencia devolvió al -reig- su seriedad, pero le cargaba que aquel
bicho insignificante sacara á colación á cada momento el nombre del
pescador, y quiso vengarse.
--¿Que tú corres más?--dijo con su expresión de jaque testarudo--: eso
pronto se verá. Hagamos una apuesta: á ver quién llega antes al cabo de
San Antonio. Apostaremos... ¡vaya! ya está. Si yo llego antes te dejarás
comer en castigo á tu fanfarronería, y si quedo rezagado te protegeré
siempre y seré tu siervo. ¿Conviene, chiquitín?
¡Pobre -esparrelló!- Le temblaban todas las escamas al verse metido en
porfía con tan peligroso bruto, pero entre ser devorado al momento ó de
allí á unas horas, optó por lo último.
--Conforme, grandullón--contestó con risita forzada--; cuando quieras
empezaremos.
--Vámonos á las aguas verdes, que esto está turbio.
Y lentamente, moviendo con indolencia la cola, como dos buenos amigos
que salen á tomar el fresco el -reig- y el -esparrelló- llegaron al
sitio donde se aclaraban las aguas con un dulce tono de esmeralda
líquida.
El gigante dió unos cuantos coletazos alegres, roncó, haciendo hervir el
agua con sonoras burbujas, y se puso en facha para correr.
--Mira, chiquitín; sé que te quedarás atrás, pero no pienses en huir,
porque te buscaría por todo el golfo. Aunque grandote, no soy tan bruto
como crees.
--Menos palabras, y al avío.
--¿Va ya, chiquillo?
--Cuando quieras.
--Pues ¡va!
¡Caballeros y qué modo de correr! Aquel -reig- era una tempestad. Al
primer coletazo salió como un rayo, envuelto en espuma, moviendo un
estrépito de todos los demonios. Tan ciego iba, que casi se estrelló los
morros contra la popa de una fragata inglesa cargada de guano que había
naufragado veinte años antes, y estaba hundida en la arena como una
carroña carcomida por los miles de pececillos que se albergaban en su
vientre.
Pasó adelante sin sentir el encontronazo, jadeante, enfurecido, moviendo
á un tiempo cola, aletas y agallas, de un modo vertiginoso, con un ruido
y un hervor que conmovía todo el golfo.
¿Y el -esparrelló?- ¡Pobrecito! quiso seguir á su corpulento enemigo;
pero el hervor de la espuma le cegaba, la violenta ondulación producida
por cada coletazo del -reig- le hacía perder camino, y á los pocos
minutos se sentía rendido por una carrera tan loca.
Pero el animalito panzudo era un costal de malicias. Esforzándose, llegó
hasta la cabeza del -reig-, y fijándose en las grandes agallas que se
abrían y cerraban con movimiento automático, hizo una graciosa evolución
y se coló por una de ellas.
No se estaba mal allí. Viajar gratis á doble velocidad y acostadito en
aquel nido forrado de suave escarlata, era una dicha.
--¡Je! ¡je! ¡je!--reía socarronamente el pececillo sacando la cabeza por
la ventana de su guarida.
Y el -reig- daba un salto, murmurando:
--Ese bicho ruin me da alcance. Oigo su risita burlona. Corramos,
corramos.
Y cada carcajada del -esparrelló- era como un espuelazo para el
pescadote.
¡Qué loca carrera! Aquella cola poderosa batía los profundos algares, y
en el verdoso espacio flotaban arremolinados los pardos hierbajos,
mientras que las larvas, las indefinibles mucosidades que vivían
misteriosamente en el seno de los estercoleros submarinos, salían
escapadas huyendo del brutal azote.
Después de los algares las colinas sumergidas, aquellos peñascales en
cuyas cuevas jugueteaban los peces recién nacidos, transparentes y
diáfanos como sombras.
¡Qué espantosa revolución llevaba el -reig- á estos tranquilos lugares!
Le conocían bien por sus brutales majaderías, por sus caprichos de
matón, que alarmaban todo el golfo; y las plantas submarinas que
tapizaban los peñascos agitaban sus puntiagudas y verdes cabelleras,
como si quisieran gritar con angustia:
--Atención, que llega ese loco.
Las almejas, gente tranquila que huye del ruído, al ver aproximarse el
torbellino de espuma y furiosos coletazos, replegábanse medrosicas,
cerrando herméticamente las dos hojas de su negra vivienda; los erizos
apelotonábanse, formaban el cuadro, presentando por todos lados sus
haces de agudas bayonetas; los calamares sentían tal miedo, que se
envolvían en su diarrea de tinta; los gatos de mar sacaban por entre las
piedras sus chatas cabezas y vientres atigrados con trémula inquietud;
las lapas agarrábanse á la roca con más fuerza que nunca; los
langostinos ocultaban su transparencia de nácar bajo el brillante fanal
de alguna caracola hueca; los salmonetes huían en bandadas,
esparciéndose como el brillante chisporroteo de una hoguera aventada; y
en aquel mundo verdoso é inquieto, el paso veloz del enfurecido
animalote producía entre los torbellinos de la espuma un hervor de
carmín y plata, de escamas que despedían al huir fantásticos reflejos y
colas que se agitaban con la ansiedad del pánico.
Una rozadura del -reig- bastó para arrancarle dos patas á una langosta,
y la pobrecita, apoyada en un salmonete que se prestaba á ser su
procurador, emprendió la marcha hacia las Columbretas, para pedir
justicia y venganza á algún tiburón de los que rondan aquellas islas.
Dos alegres delfines que estaban acabando de merendarse un atún
putrefacto, levantaban sus morros de cerdo y se burlaban de su amigote,
gritando:
--¡Á ese, á ese, que está loco!
Y decían verdad; si no estaba loco, poco le faltaba. Aquella maldita
risa del -esparrelló- la tenía siempre en los oídos, y el pobre animal
corría y corría espoleado por la vergüenza de ser vencido.
Por fortuna, en el verdoso y confuso horizonte comenzaron á marcarse las
masas negras de las estribaciones submarinas del cabo, con sus profundas
cuevas, donde las señoras del golfo en estado interesante iban á
depositar sobre el tapiz de hierba fina sus innumerables huevos.
El jadeante -reig-, que no podía ya con su alma, llegó junto á las rocas
y dijo con angustioso ronquido:
--Ya llegué.
Pero la vocecilla cargante contestó con timbre de falsete:
--Yo primero.
El muy granuja acababa de saltar desde el interior de la agalla, y se
pavoneaba ante el hocico del cansado -reig-, como si hubiera llegado
mucho antes.
El sencillo animalote no sabía qué hacer. Sintió tentaciones de darle un
trompis al insolente bicho que lo convirtiese en papilla, pero
encorvándose se llevó varias veces la cola entre los ojos y se rascó con
expresión reflexiva.
--Bueno--roncó por fin--. En esto debe haber trampa, pero la palabra es
palabra. Mocoso, manda lo que quieras: seré tu criado.
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