El mar se la tenía jurada á la familia y se tragaría la nueva barca como destrozó la otra. No, -¡recristo!- eso no. -El Retor- protestaba indignado. ¡Vaya una conversación oportuna en un día tan alegre! Todo eran escrúpulos de vieja; remordimientos que la acometían por no haberse acordado en tantos años de su primer marido. Lo que debía hacer era encenderle un cirio bien gordo al alma del pobre marinero por si estaba -en pena-. ¡Afuera tristezas! Á él que no le hablasen mal del mar. Era un buen amigo que se enfadaba algunas veces, pero que se dejaba explotar por los hombres honrados y mantenía á la pobreza. Á ver, una copa, Tonet. Que siguiera la broma; había que bautizar bien á -Flor de Mayo-. Bebió, mientras su madre seguía gimoteando con la mirada fija en la trágica barcaza que sirvió de cuna á sus hijos. -El Retor- púsose serio. ¿Pero no iba á callar? ¡En un día como aquel acordarse de que el mar tiene malas bromas! ¿Y qué? Si no quería verle en peligro, haberlo criado para obispo. Lo importante es ser honrado, trabajar, y venga lo que venga. Ellos nacían allí; no veían más sustento que el mar; se agarraban á sus pechos para siempre y había que tomar buenamente lo que diesen: el agrio de la tempestad ó lo dulce de las grandes pescas. Alguien tenía que exponerse para que la gente comiese pescado; le tocaba á él, y mar adentro se iría como lo estaba haciendo desde chico. -¡Rediel, agüela!-... -¡calle ya!-... ¡Que viva -Flor de Mayo!- Otra copa, caballeros. Un día es un día. Él pagaba, y le darían disgusto los que estaban allí si no los recogían a media noche roncando sobre la arena como si -talmente- fuesen unos cerdos. VIII Volvía Pascual á su casa después de pasar la tarde en Valencia, y al llegar á la Glorieta detúvose frente al palacio de la Aduana. Eran las seis. El sol daba un tinte anaranjado a la crestería del enorme caserón, suavizando la sombra verdinegra que las lluvias depositaban en los respiraderos de las buhardillas. La estatua de Carlos III bañábase en el ambiente azul y diáfano, saturada de luz tibia, y por los enrejados balcones escapábase un rumor de colmena laboriosa, gritos, canciones ahogadas y el ruido metálico de las tijeras, cogidas y abandonadas á cada instante. Por el ancho portalón comenzaban a salir como rebaño revoltoso las operarias de los primeros talleres; una invasión de rameada indiana, brazos arremangados y robustos con la cesta como eterno apéndice, y menudos e incesantes pasos de gorrión. Era un confuso vocerío de llamamientos y desvergüenzas, extendiéndose ante la puerta, en el espacio donde paseaban los soldados de la guardia y se levantaban algunos aguaduchos. -El Retor- quedó parado en la acera de la Glorieta, entre los vendedores de periódicos. Atraíale la algazara de las cigarreras, aquel rebaño revoltoso que, con sus blancos pañuelos avanzados sobre la frente, tenía un aspecto de comunidad rebelde, de monjas impúdicas que con sus negros ojos medían á los hombres de pies á cabeza como si los desnudaran con la desdeñosa mirada. -El Retor- vió á Roseta que, apartándose de un grupo, fué en busca de él. Sus compañeras esperaban á otras de diferente taller, que tardarían algunos minutos en salir. ¿Iba él á casa? Bueno; harían el camino juntos: á ella no le gustaba esperar. Y emprendieron la marcha por el camino del Grao; él, pesado, como marinero patizambo, haciendo esfuerzos por conservarse siempre en la misma línea que aquel diablo de chica que no sabía andar más que de prisa, con garboso contoneo, haciendo ondear su falda como una bandera de regatas. Su hermano quería descansarla llevándola la cesta. Muchas gracias; pero estaba tan acostumbrada á sentirla en su brazo, que sin ella no sabía moverse. El patrón, antes de llegar al puente del Mar, hablaba ya de su barca, de aquella -Flor de Mayo-, por la cual hasta se olvidaba de Dolores y su Pascualet. Al día siguiente comenzaba la pesca del -bòu- y salían todas las barcas. Ahora se vería de lo que era capaz la suya. ¡Barca más hermosa!... El día anterior la habían arrastrado los bueyes al agua, y ahora estaba en el puerto confundida con las demás. ¡Pero qué diferencia, chica! Llamaba la atención, lo mismo que una señorita de Valencia metida entre las zaparrastrosas de la playa. Había estado en la ciudad para comprar lo que le faltaba en su equipo de mar, y apostaba un duro á que todos los ricachos del Cabañal, los amos que se comían lo mejor de la pesca sin exponer la piel, no presentaban una barca tan maja como la suya. Pero como todo tiene término, á pesar de los entusiasmos del -Retor-, se agotó el capítulo de las excelencias de la barca, y al llegar frente al horno de Figuetes callaba ya, oyendo á Roseta, que se lamentaba de las perrerías de las maestras de la fábrica. Abusaban de una y hasta daban motivo para que á la salida se las agarrara del moño. Y menos mal que ella y su madre podían pasar con poca cosa; pero ¡ay de otras infelices! otras que habían de trabajar como negras para mantener á un marido vago y á las polladas de chiquillos que esperaban en la puerta con unas bocas que nunca tragaban bastante pan. Parecía imposible que con tanta miseria aun tuviesen algunas mujeres ganas de broma. Y siempre grave, con ademán pudoroso, la virgen rubia é inabordable, criada entre la pillería de la playa, contó á su hermano una historia escabrosa, empleando los términos más crudos, como mujer que lo sabe todo, pero con tal pulcritud de acento, que las palabras más duras parecían resbalar por sus rojos labios sin dejar rastro alguno. Tratábase de una compañera de taller, una mala piel que ahora no podía trabajar por tener un brazo roto. Era á consecuencia de una paliza del marido, que la había pillado con uno de sus muchos amigos. ¡Qué escándalo! ¡Y aquella -púa- tenía cuatro hijos! -El Retor- sonreía con ferocidad. ¡Un brazo roto! -¡Redeu!- no estaba mal, pero le parecía poco. Duro con las malas hembras. Debía ser una pena insufrible vivir con una mujer así. ¡Cuántas gracias tenían que dar á Dios los que como él gozaban la suerte de tener mujer honrada y casi tranquila! Sí; él era dichoso y podía dar muchas gracias. Y Roseta, al decir esto, envolvíale en una mirada de compasiva ironía; sus palabras tenían una vibración sardónica demasiado sutil para ser apreciada por -el Retor-. Este parecía transfigurarse, indignado por la mala conducta de una mujer á quien no conocía y por la desgracia de un hombre cuyo nombre ignoraba. Es que le enfurecían tales perrerías. Porque eso de que un hombre se mate trabajando para dar pan á la mujer y á los hijos, y cuando vuelva á casa se la encuentre abrazada al querindango, francamente, es cosa para hacer una barbaridad, yendo á presidio para toda la vida. Y lo que decía él: ¿quién tiene la culpa, señores? Pues las mujeres, las maldecidas mujeres, que están en el mundo para que los hombres se pierdan y nada más... Pero arrepentido, rectificábase, haciendo una excepción en favor de su Dolores y de Roseta. De poco le servía la aclaración, pues su hermana, al ver iniciado el tema favorito de ella y su madre, hablaba con gran apasionamiento y su dulce voz vibraba con tonillo irritado. ¡Los hombres! ¡Vaya una gente! ellos eran los culpables de todo. Lo que decían su madre y ella: el que no era pillo resultaba imbécil. Ellos, solamente ellos tenían la culpa de que las mujeres fuesen como eran. De solteras iban á tentarlas; podía ella asegurarlo, pues á ser tonta y creer á ciertos hombres, estaría Dios sabe cómo. De casadas, si se hacían malas, también era por culpa de los hombres que, ó por pillos las irritaban, arrastrándolas á la imitación, ó por tontos nada veían y no aplicaban á tiempo el remedio. No tenía más que mirar á Tonet. ¿No le sobraba razón á Rosario para hacerse una perdida, aunque nada más fuese que por vengarse de las perrerías de su marido?... Y de los otros no quería presentar ejemplos. En el Cabañal se conocían demasiados maridos que tenían la culpa de que sus mujeres fuesen como eran. É irreflexiblemente miró de tal modo al -Retor-, que éste, á pesar de su rudeza, pareció entender, lanzando á su hermana una ojeada interrogante. Pero tranquilizado en seguida por su inmensa confianza, protestó dulcemente de lo que decía su hermana. ¡Bah! Era más lo que hablaba la gente que la verdad. En el pueblo tenían mala lengua. Trataban los asuntos de familia con la mayor ligereza: hacían tema de risa la fidelidad de la mujer y la dignidad del marido; lanzaban los chistes más atroces sobre la tranquilidad de las familias, pero todo junto no pasaba de ser una broma dicha sin intención de ofender. Falta de educación, como aseguraba muy bien don Santiago el cura. Él mismo, si fuera á hacer caso, ¿no tenía razón para ofenderse? ¿No se habían atrevido á hacer suposiciones maliciosas sobre su Dolores, gastándole bromas a él en la playa? ¡Y con quién, señores!... ¡Con quién dirás tú!... Pues había para asombrarse; con Tonet, con su hermano; ¡vamos, que era para reirse! ¡Creer que á él, con una mujer tan buena, le adornaban la casa y que el encargado de ello era Tonet, que miraba á Dolores con el mismo respeto que á una madre! Y -el Retor-, aunque algo molestado por las murmuraciones, se reía al recordarlas con la misma expresión de desprecio y de fe que un labriego á quien negasen los milagros de la Virgen de su lugar. Roseta le miraba fijamente, deteniendo el paso. Examinaba á su hermano con sus ojazos profundos, como si dudase sobre la espontaneidad de aquella risa. No había duda: era natural. Aquel zopenco estaba á prueba de sospechas. Por esto se irritó ella, é instintivamente, sin darse cuenta del daño que causaba, soltó lo que parecía escarabajearle en la lengua. Lo dicho: todos los hombres eran unos pillos ó unos brutos. Y con la mirada parecía señalar á su hermano, incluyéndolo en la última categoría. Por fin adivinó aquel hombre rudo. ¿Quién era el bruto? ¿él? ¿Sabía acaso Roseta algo?... Á ver: que hablase... y clarito. Estaban entonces en mitad del camino, junto á la cruz, y se detuvieron por algunos instantes. -El Retor- estaba pálido y se mordía uno de sus dedazos; dedos de marinero, romos, callosos y con las uñas roídas. Á ver: podía hablar claro. Pero Roseta no hablaba. Veía en su hermano algo que no la gustaba. Temía haber ido demasiado lejos; su conciencia de buena muchacha protestaba y arrepentíase ante la palidez y el duro gesto de aquel rostro siempre bondadoso. No; ella no sabía nada: las murmuraciones del pueblo y nada más. Pero lo que debía hacer para que la gente no hablase, era obligar á Tonet á que visitara su casa lo menos posible. -El Retor- la oía encorvado sobre la fuente cercana á la cruz, engullendo por entero el chorro de agua, como si la reciente impresión hubiese encendido una hoguera en su estómago. Emprendió de nuevo la marcha con la boca chorreante, enjugándola con sus callosas manos. No; él no procedería nunca feamente con su Tonet. ¿Qué culpa tenía el pobre chico de que la gente fuese tan desvergonzada? Cerrarle la puerta sería perderle; justamente, si su mala cabeza se iba sentando un poco, lo debía á los buenos consejos de Dolores; de aquella pobrecita á la que muchos odiaban por envidia, nada más que por envidia. Y en su rencor contra las enemigas de su Dolores, subrayaba las palabras con el gesto, como si incluyera entre las envidiosas á Roseta. ¡Que hablasen hasta cansarse! Mientras él estuviera tranquilo, se reía de los demás. Tonet era para él un hijo. Se acordaba como si hubiese ocurrido ayer de cuando le servía de niñera y se acostaba con él en el camarote de la barcaza, haciéndose un ovillo para dejarle la mayor parte de la colchoneta. ¡Qué! ¿unas cosas así, tan fácilmente pueden olvidarse? Se olvidan las buenas épocas; se borra fácilmente el recuerdo de los amigotes con los que se bebe y se ríe en la taberna; pero cuando se pasa hambre, -¡redeu!- no se olvida por nada del mundo al compañero de miseria. ¡Pobre Tonet! se había propuesto sacar á flote á aquel perdido, digno de lástima, y no pararía hasta verle hecho un hombre de pro. ¿Qué se habían figurado?... Él era un animal, pero tenía un corazón que no le cabía dentro... Y se golpeaba el recio pecho, que sonaba como un tambor. Más de diez minutos marcharon los dos hermanos sin cambiar palabra. Roseta, arrepentida de haber provocado aquella conversación; Pascual, con la cabeza baja, pensativo, frunciendo algunas veces las cejas y cerrando los puños como si le acometiera un mal pensamiento. Habían llegado al Grao y atravesaban sus calles con dirección al Cabañal. -El Retor- habló por fin, mostrando necesidad de desahogar su pensamiento, de echar fuera ideas penosas, cuyo doloroso culebreo se notaba en las contracciones de su frente. En fin, Roseta, lo conveniente era que todo lo dicho sólo fuese una broma de la gente. Porque si algún día resultara verdad, -¡recristo!- á él no le conocía nadie en el pueblo. Se tenía miedo á sí mismo en ciertos momentos. Era hombre de paz y huía las cuestiones; muchas veces perdía su derecho en la playa porque era padre y no aspiraba á pasar por majo; pero que no le tocasen lo que era suyo y muy suyo: el dinero y su mujer. Aun se acordaba con horror de que al venir de Argel, con -aquello-, tuvo el pensamiento, si le alcanzaba la escampavía, de plantarse junto al mástil faca en mano, y allí matar, matar siempre, hasta que lo tumbaran sobre los fardos que eran su fortuna. Y en cuanto á Dolores, algunas veces al contemplarla tan buena, tan guapa, con el aire de señora que tan bien le sentaba, había pensado, ¡por qué no decirlo! había pensado en que alguien se la podía quitar, y entonces -¡redeu!- entonces sentía deseos de apretarla el gaznate y salir por las calles mordiendo como un perro rabioso. Sí; eso es lo que él era; un perro mansote, que si llegaba á rabiar acabaría con el mundo ó tendrían que matarle... Que le dejasen quieto; que nadie turbara su felicidad, adquirida y sostenida á fuerza de trabajos. Pascual manoteaba mirando fijamente á Roseta, como si ésta fuese la que iba á robarle su Dolores. Pero de pronto hizo un gesto como si despertara y se notó en él el disgusto del que en un momento de excitación teme haber dicho demasiado. Le molestaba la presencia de su hermana. Ya podían separarse. Ella hacia la barcaza de la playa y -¡espresions á la mare!- Él iba á su casa. Hasta bien entrada la noche le duró al -Retor- la impresión del encuentro. Pero cuando fueron á verle para tomar órdenes los tripulantes de -Flor de Mayo-, todo lo había olvidado, todo. Allí estaba Tonet, en su presencia, y sin embargo, no experimentó la más leve emoción. Esto resultaba la prueba más clara de que todo era mentira. Su corazón estaba mudo; luego nada había. Todo lo olvidó para hablar de la salida del día siguiente. La -Flor de Mayo- formaría pareja con una barca que había alquilado. Que Dios le diese buena suerte, y no tardaría en construir otra embarcación como -Flor de Mayo-. En la tripulación figuraba un marinero, al que -el Retor- oía como un vetusto oráculo: el -tío Batiste-, el pescador más viejo de todo el Cabañal; setenta años de vida de mar, encerrados en un armazón de pergamino curtido, que salían por la negra boca oliendo á tabaco malo, en forma de consejos prácticos y de marítimas profecías. Lo había enganchado el patrón, no por lo que pudiera ayudar á la maniobra con sus débiles brazos, sino por el exacto conocimiento que tenía de la costa. Desde el cabo de San Antonio hasta el de Canet era el golfo una gran plaza sin bache y agujero que no conociera el -tío Batiste-. ¡Ah! si él pudiera convertirse en un -esparrelló-, nadaría por abajo, sabiendo siempre dónde se encontraba. La superficie del mar, muda para otros, leíala con la mayor facilidad, adivinando su fondo. Sentado sobre la cubierta de la barca, parecía sentir todas las ondulaciones del suelo submarino, y con una ligera ojeada sabía si estaban sobre los profundos algares, sobre el -Fanch- ó sobre las colinas misteriosas llamadas los -Pedrusquets-, que evitaban los pescadores por miedo á que se enroscasen las redes y se hicieran trizas. Sabía pescar en los tortuosos callejones de profundo mar abiertos entre los -Muralls de Confit-, la -Barreta de Casaret- y -Ròca de Espiòca-; arrastraba las redes por aquel laberinto sin tropezar con las traidoras puntas ni con los algares que cargan la malla hasta romperla, no sacando nada de provecho, y en las noches obscuras, cuando no se veía á cuatro pasos de la barca y la luz de los faroles la sorbía sin rastro alguno la lobreguez de las aguas, bastábale gustar con la lengua el fango de las redes para decir con matemática certeza el sitio donde estaba. ¡Demonio de hombre! parecía que sus setenta años se los había pasado abajo en compañía de los salmonetes y de los pulpos. Aparte de esto, sabía muchas cosas no menos útiles; por ejemplo, que el que salía á pescar el día de las Almas, corría el peligro de sacar algún muerto envuelto en las redes, y el que ayudaba todos los años el día de la fiesta á llevar en hombros la Santa Cruz del Grao, no podía ahogarse nunca. Por eso él se conservaba bien á pesar de sus setenta años, y eso que nunca se había separado del mar. Á los diez años tenía callos en el sobaco, á fuerza de tirar como un toro de las cuerdas del -bolich-; y no sólo había sido pescador: tenía su docena de viajes á la Habana, pero no como los chicos de ahora, que se creen hombres de mar porque hacen de camareros y mozos de cordel en cualquier trasatlántico como un pueblo, sino á bordo de faluchos de la matrícula, barcos más valientes que Barceló, que iban á Cuba con vino y traían azúcar, mandados por patrones venerables, envueltos en su ranglán, y con sombrero de copa; y antes se acababa el mundo que faltaba á bordo la lamparilla encendida ante el Cristo del Grao y el rosario á la puesta del sol. Aquellos eran otros tiempos; la gente era mejor. Y el -tío Batiste-, moviendo las arrugas del rostro y su barbilla de chivo venerable, hablaba contra la impiedad y soberbia del presente, acompañando sus palabras con juramentos de castillo de proa y -me caso- en esto y en lo de más allá. -El Retor- le escuchaba complacido. Encontraba en el viejo á su antiguo maestro el -tío Borrasca-, y oyéndole pensaba en su padre. La demás gente de la barca, Tonet, los dos marineros y el grumete, reíanse del viejo y le enfurecían asegurándole que ya no estaba para navegar y que el cura le reservaba la plaza de sacristán. -¡Chentòla!- Ya verían quién era él cuando saliesen al mar; aun les llamaría cobardes en más de una ocasión. Al día siguiente todo el barrio de las Barracas estaba en movimiento. Por la noche se hacían á la mar las barcas del -bòu-, llevando los hombres á la pura conquista del pan. Todos los años se repetía la emigración viril, pero á pesar de esto las más de las mujeres mostrábanse impresionadas pensando en los muchos meses de sobresalto é inquietud que habían de sufrir hasta la primavera. Los patrones mostrábanse atareados por los últimos preparativos. Iban al puerto para examinar sus embarcaciones, hacían funcionar las garruchas, correr las maromas, subían y bajaban las velas, tocaban el fondo de la cala, examinaban el repuesto de lona y cables, contaban las cestas y hacían repasar las redes. Después llevaban los papeles á las oficinas para que aquellos señores tan orgullosos y malhumorados se dignasen despacharlos. Cuando -el Retor- fué á comer á mediodía, encontró en la cocina de su casa á la -siñá- Tona, que lloraba hablando con Dolores. La vieja sostenía sobre sus rodillas un envoltorio, y apenas vió á su hijo, le increpó con ira. Vamos á ver: aquello era una mala cosa; parecía imposible que fuese padre. Le habían dicho que su nieto Pascualet se embarcaba en la -Flor de Mayo- para hacer el aprendizaje de -gato-. ¿Estaba bien aquello? Una criatura de ocho años que aun debía estar mamando, ó cuando más jugando en la tabernilla de la abuela, ir al mar como los hombres, á pasar fatigas y quién sabe si algo peor. Ella se oponía, sí señor; el chico no debía conformarse con aquel martirio, y puesto que la madre callaba y al padre se le había ocurrido tal barbaridad, ella, como abuela, protestaba. Se llevaría el chico para impedir semejante crimen. ¡Pascualet! ¡tu abuela te llama! Pero el demonio del muchacho, enfundado en un traje nuevo de franela amarilla, descalzo, para mayor -carácter-, con una faja que se le enroscaba hasta el pecho, gorra negra sobre la oreja y la blusa hinchada como un globo, pavoneábase imitando el aire desgarbado del -tío Batiste- y hacía muecas á su abuela en venganza de la ofensa que le infería rogando por él. No iría á jugar más á la playa; que se guardase la abuela sus meriendas; él era hombre y quería ir al mar como segundo -gato- de la -Flor de Mayo-. Sus padres se reían con las insolencias del muchacho. ¡Demonio de chico! -El Retor- se lo hubiera comido á besos. La abuela lloraba como si le viera ya próximo á la muerte. Pero el padre se indignó. ¿Quería callar? Cualquiera creería que mataban al chico. ¿Qué tenía aquello de extraordinario? Pascualet iba al mar como habían ido su padre y todos sus abuelos. ¿Deseaba la -agüela- que fuese un vago? Él le quería valiente y trabajador, sin miedo al agua, que es donde está la vida. Si cuando él muriera podía dejarle -un buen pasar-, mejor que mejor. El chico no expondría su vida navegando, pero sabiendo lo que es una barca, no podrían engañarle. Una desgracia á cualquiera le ocurre, y porque su padre, el tío Pascual, había acabado como todos sabían, ya se figuraba su madre que todos los pescadores habían de morir ahogados. ¡Vamos... calle, calle y no haga reir! Pero la -siñá- Tona no podía callar. Estaban todos endemoniados. El maldito mar les atraía para acabar con la familia. Ella no descansaba. ¡Si contase los espantosos sueños que tenía por la noche! Ya sufría mucho pensando en los peligros del hijo, y ahora, por si no tiene usted bastante, el nieto también. Vamos, que aquello no podía sufrirse; lo hacían por matarla á pesares; y si no fuera por lo mucho que les quería, no debía mirarles más á la cara. -El Retor-, indiferente á los lamentos de su madre, sentábase á la mesa ante la cazuela humeante. Escrúpulos de vieja. ¡Á comer, Pascualet! Su padre había de hacerle el mejor marinero del Cabañal. Y para extremar sus bromas, quiso saber qué traía su madre en aquel envoltorio. Volvió á llorar la -siñá- Tona. Era un obsequio bien triste. El miedo no la dejaba dormir; había reunido la noche anterior todos sus ahorros, bien poca cosa, y quería hacer un regalo á su hijo: un chaleco salvavidas que por mediación de una amiga había comprado al maquinista de un vapor inglés. Y sacó á luz la coraza voluminosa de forradas escamas de corcho, que se plegaba con gran flexibilidad. -El Retor- la contemplaba sonriendo. Bien estaba aquello; ¡lo que inventaban los hombres! algo había oído de tales chalecos, y se alegraba de tener uno, por más que él nadaba como un atún y no necesitaba adornos. Pero entusiasmado como un niño ante el regalo, abandonó la comida y se probó el chaleco, riéndose del grueso envoltorio, que le daba el aspecto de una foca, haciéndole respirar angustiosamente. Gracias; con aquello no era posible ahogarse, pero moriría de sofocación. Lo metería en la barca. Y arrojó la coraza al suelo, apoderándose de ella Pascualet, quien con gran trabajo se embutió en el salvavidas, asomando la cabeza y las extremidades como una tortuga dentro del caparazón. Al terminar la comida llegó Tonet. Traía una mano entrapajada. Era un golpe que había recibido aquella mañana; y lo decía de un modo, que su hermano no quiso preguntar más ni le sorprendió la extraña mirada de Dolores. Alguna diablura de aquel loco; alguna riña que habría tenido en la taberna. Con una mano inútil, para nada servía en la barca. Debía quedarse en tierra, y ya lo tomaría su hermano á bordo de allí á dos días, pues pensaba no tardar más en la primer salida si la pesca era buena. Mientras hablaba -el Retor- con gran tranquilidad, lamentándose de que su hermano no fuese á bordo de la -Flor de Mayo-, Tonet y su cuñada bajaban la cabeza y evitaban mirarse, como si se sintieran avergonzados. Á media tarde comenzaron los preparativos para la salida del -bóu-. Más de un centenar de barcas formadas en doble fila frente á los muelles, inclinaban los mástiles como un escuadrón de lanzas que saluda, moviendo sus cascos con incesante y gracioso contoneo. Las pequeñas embarcaciones, con su rudo perfil de galera antigua, recordaban las numerosas armadas de Aragón, las flotas de barquichuelos con las que Roger de Lauria era el terror de Sicilia. Y los Pescadores presentábanse en grupos con el hatillo á la espalda y el aire resuelto, como las bandas de almogávares llegaron á la playa de Salou para ir en embarcaciones iguales ó peores á la conquista de Mallorca. Tenía aquel embarque en masa y en tan rudos barcos un sabor tradicional, algo que forzosamente hacía recordar la marina de la Edad Media, los bajeles de Aragón, cuya vela triangular lo mismo espantaba al moro de Andalucía que se destacaba sobre el clásico y risueño cielo de la Grecia. Todo el pueblo acudía al puerto; las mujeres y los niños corrían por los muelles buscando en la confusión de mástiles, cuerdas y cascos incrustados unos en otros, la barca donde iban los suyos. Era la emigración anual á los desiertos del mar; la caída en perpetuo peligro para sacar el pan de las misteriosas profundidades, que unas veces se dejan extraer mansamente sus riquezas y otras se alborotan amenazando de muerte á los audaces argonautas. Y por las pendientes tablas que unían las barcas con el muelle, pasaban pies descalzos, calzones amarillos, caras tostadas, todo el mísero rebaño que nace y muere en la playa sin conocer más mundo que la extensión azul; gente embrutecida por el peligro, sentenciada á muerte, para que tierra adentro otros seres, sentados ante el adamascado mantel, puedan contemplar como joyeles de coral los rojos langostinos ó se conmuevan con estremecimientos de gula ante la enorme merluza nadando en apetitosa salsa. El hambre iba á lanzarse en el peligro para satisfacer á la opulencia. Comenzaba á caer la tarde. Los últimos mosquitos del verano, enormes, hinchados, zumbaban en el ambiente impregnado de tibia luz, brillando como un chisporroteo de oro; el mar se extendía tranquilo fuera del puerto hasta juntarse con el horizonte, y allá en la línea divisoria destacábase como una vaga nube la cumbre del Mongó, cual una isla flotante. Continuaba el embarque. La aglomeración de barcas tragábase hombres y más hombres; las mujeres hablaban con animación del tiempo de la pesca, que esperaban fuese buena; de la temporada que se preparaba, en la cual podría haber pan abundante en sus casas; y los grumetes corrían desolados por el muelle, descalzos y apestando á brea, para hacer los últimos encargos de sus patrones, embarcar la galleta y cargar el tonelillo del vino. Cerraba la noche; ya estaba toda la gente en las barcas: más de mil hombres. Sólo faltaba para partir que los señores de las oficinas acabasen de despachar los papeles; y la multitud que ocupaba los muelles se impacientaba como ante un espectáculo que se retarda. Había en el acto de la partida una costumbre que cumplir. Desde tiempo inmemorial, todo el pueblo acudía á la salida del -bòu- para insultar á los que se iban. Chistes atroces, sangrientas bromas cruzábanse entre las barcas y las escolleras cuando aquéllas salían del puerto; todo á la buena de Dios, sin mala intención, porque así lo marcaba la costumbre y porque tenía gracia decirles algo á los... -lanudos- que se iban tranquilos á pescar dejando solas á sus mujeres. Y tan arraigada estaba la costumbre, que algunos pescadores se preparaban con anticipación, metiendo en sus barcas capazos de guijarros para contestar las insultantes despedidas á pedrada limpia. Era una diversión brutal, propia de las playas levantinas, donde las bromas giran siempre con la mayor inocencia sobre la mansedumbre del marido y la fidelidad de la mujer. Cerró la noche. Inflamábase como una guirnalda de fuego el rosario de faroles que orlaba los muelles; titilaban los rojos regueros de luz sobre las mansas aguas del puerto, y las linternas de los buques brillaban en lo alto de los palos como estrellas verdes y encarnadas. Cielo y agua tomaban el mismo color ceniciento, destacándose los objetos como manchas negras. El puerto, el caserío y los buques parecían dibujados con tinta china sobre un inmenso papel gris. ¡Ya salían, ya salían!... Izábanse las velas, que en la lobreguez transparentaban las luces del puerto, como piezas extendidas de crespón ó sutiles alas de grandes mariposas negras. La pillería había ocupado lo más saliente de las escolleras para saludar á los que partían. ¡Cristo! ¡y cómo iban á divertirse! Había que agazaparse bien para que no les llegara alguna piedra. Ya salía la primer pareja; mansamente, con poco viento aún, cabeceando las dos barcas como toros perezosos antes de tomar carrera. En la obscuridad se reconocía a las -parejas- y á los que iban en ellas. ---¡Adiós!---gritaban las mujeres de los tripulantes--. -¡Bòn viache!- Pero la pillería había roto ya en espantoso e infamante vocerío. ¡Vaya unas lengüecitas! Hasta las mismas mujeres injuriadas que estaban á espaldas de ellos reían como locas, celebrando las ocurrencias. Era un carnaval con toda su libre franqueza para mezclar verdades y mentiras. -¡Lanudos!- ¡más que -lanudos!- Iban á pescar tan tranquilos, dejando solas sus mujeres. Ya se encargaría el cura de acompañarlas. -¡Muuu! ¡muuu!-... É imitaban el mugido de los bueyes entre las carcajadas del gentío que, por un absurdo de la costumbre, gustaba de despedir con tales insultos á los hombres que marchaban á trabajar y tal vez á morir por el sustento de sus familias. Pero éstos, siguiendo la sarcástica broma, echaban mano á los capazos de piedras y los guijarros silbaban como balas, chocando con los peñascos, tras los cuales se ocultaba la procaz granujería. Era un aquelarre, una aglomeración de escandalosos duendes que bullían en las dos escolleras y vomitaban injurias cada vez que pasaban barcas por la estrecha garganta de la dársena. Cuando las voces, ya roncas, enmudecían cansadas de berrear, la provocación partía de las mismas barcas. Molestábales á los pescadores que saliese su -pareja- en silencio, y partía de ella alguna voz de marinero socarrón preguntando mansamente: ---¡Che! ¿qué no dieu algo?- Vaya si le decían, y recrudecíase otra vez el eterno grito de -lanudos-, confundiéndose con el rugido de los caracoles que soplaban los grumetes, misteriosa señal para reconocerse las barcas que formaban la pareja y navegar juntas en la obscuridad, sin mezclarse con las otras embarcaciones que seguían el mismo rumbo. Dolores estaba en una escollera, de pie, sin miedo á las pedradas, casi confundida con la turba vociferante. Sus amigas se habían quedado atrás por temor á un guijarro y ella estaba allí sola: sola no, porque un hombre se aproximaba lentamente, con fingida distracción, hasta quedar casi pegado á sus espaldas. Era Tonet. La soberbia moza sentía en el cuello la respiración de su cuñado, y los rizados pelillos de la nuca erizábanse con su aliento abrasador. Volvía ella la cabeza buscando en la obscuridad los ojos de Tonet, que fulguraban con hambrienta fiebre, y sonreia satisfecha por la muda adoración. Sentía deslizarse por su talle una mano ansiosa y ágil, la misma mano entrapajada que, según declaraba Tonet horas antes, no podía mover sin terrible dolor. Las miradas de los dos expresaban lo mismo. Por fin, tenían una noche de libertad: ya no serían entrevistas rápidas con zozobra y peligro. Solos, completamente solos toda la noche, y la otra y otra más... hasta que volvieran -el Retor- y su hijo. Tonet iba á acostarse en la cama de su hermano, como si fuese el amo de casa. Y este placer criminal, este adulterio, al que se unía la traición al hermano, causábales escalofríos de horrible voluptuosidad; les hacía estrechar sus cuerpos, en los que la carne se estremecía con vibraciones puramente animales, como si lo infame de la pasión aumentase la intensidad del placer. Un grito de la chicallería les sacó de su somnolencia amorosa. ---¡El Retor! ¡Ahí va el Retor! ¡Esta es Flor de Mayo!- Y ¡vive Cristo, que fué buena la que se armó! Para el pobre Pascualo estaba reservado lo más fuerte de la fiesta. Ya no eran chicuelos los que gritaban. Los pocos hombres que quedaban en tierra y el mujerío que odiaba á Dolores, unían sus voces al ronco gritar de la pillería. -¡Lanudo!- Cuando volviera á tierra habría que acercarse a él capa en mano. Y la gente vociferaba estos y peores insultos con verdadera furia, como quien sabe que no da golpes en vago. Con aquél no era broma: le decían la verdad y nada más. Tonet se estremecía temiendo alguna indiscreción de los bárbaros, pero Dolores, impúdica y audaz, reíase de veras, como si le hiciera mucha gracia la rociada de insultos que recibía su panzudo. ¡Oh! Era legítima hija del -tío Paella-. La -Flor de Mayo- atravesaba mansamente por entre las escolleras, y de su popa salió la alegre voz del patrón, satisfecho de las ovaciones que merecía. ---¡Che! ¡Digau més! ¡Digau més!- Aquella provocación irritó á la muchedumbre. ¿Que dijeran más? Pues allá va. Y cerca, muy cerca de Tonet y Dolores, sonó una voz que contestó á la provocación de un modo que hizo estremecer á los amantes. Á ver si callaba el muy -lanudo-. Á pescar sin cuidado. Tonet ya se quedaba con Dolores para consolarla. -El Retor- soltó el timón y se puso en pie de un salto. ---¡Morrals!---rugió--; -¡cochinos!-... No; aquello no estaba bien. Bromitas á él, todas las que quisieran; pero eso de meterse con la familia, era muy feo... muy indecente. IX Aquel año protegía Dios á los pobres. Así lo decían las pobres mujeres del Cabañal, agrupándose por la tarde en la playa, dos días después de la salida de las barcas. Volvían las parejas del -bòu- rápidamente, viento en popa, y la rígida línea del horizonte aparecía dentellada por las innumerables aletas que se aproximaban á pares como palomas unidas por una cinta á flor de agua. Hasta las más viejas del pueblo no recordaban una pesca tan afortunada. ¡Señor! ¡si parecía que el pescado estaba allá dentro, en grandes masas, esperando pacientemente las redes para entrar sin resistencia en ellas, aliviando la miseria de los pescadores!... Sobre la arena de la playa, agitado todavía, dentro de los cestones de caña, estaba toda aquella hermosura: los salmonetes de roca, como palpitantes pétalos de camelia, contrayendo el lomo de suave bermellón con el estertor de la asfixia; los viscosos calamares y los pulpos, moviendo su maraña de patas, apelotonándose y enroscándose en la agonía; los lenguados, planos y delgados como suelas de zapatos; las rayas, estremeciendo su titilante mucosidad, y sobre todo los langostinos, la pesca preciosa, que asombraban aquel año por su cantidad, transparentes como el cristal, erizando sus tentáculos con desesperación y destacando sobre las negruzcas cestas sus dulces tonos de nácar. Llegaban las barcas plegando las enormes velas y quedaban quietas y balanceantes á pocos metros de la orilla. Á cada -pareja- agolpábase la multitud en el límite de las olas, arremolinábanse las faldas de sucio percal, las caras rojas y las cabelleras de Medusa, gritando, increpándose, discutiendo para quién sería el pescado. Arrojábanse de las barcas los -gatos- con agua á la cintura, formando larga fila, en la que iban interpolados los hombres y los cestos y avanzaban rectamente hacia la orilla, surgiendo poco á poco del manso oleaje, hasta que sus pies descalzos tocaban la arena seca, y las mujeres de los patrones se encargaban de la pesca para venderla. Poblábase como si fuese un pedazo de tierra el espacio de mar entre la orilla y las barcas. Pasaban los grumetes con el cántaro al hombro, enviados por la tripulación que, cansada del líquido recalentado y sucio de los toneles, anhelaba el agua fresca de la -fònt de Gas-; las chicuelas de la playa, remangándose impúdicamente las haraposas faldillas, hundían en el mar las piernas de chocolate para ir á curiosear y apropiarse algo de la pesca menuda: y para sacar las barcas que habían de aguardar en seco el día siguiente, entraban olas adentro los bueyes de la comunidad de pescadores, hermosos animales rubios y blancos, enormes como mastodontes, moviéndose con pesada majestad y agitando su enorme papada con la soberana altivez de un senador romano. Estas yuntas, que hundían la arena bajo sus pezuñas y de un tirón arrastraban las barcas más grandes, guiábalas -Chepa-, un chicuelo enteco y jiboso con cara de vieja maliciosa, un enjendro que lo mismo podía tener quince años que treinta, enfundado en un chubasquero amarillo, por bajo del cual asomaban dos piernecillas rojas, en las que la piel, siguiendo con fidelidad todas las ondulaciones del esqueleto, marcaba el contorno y los ligamentos de sus huesos. En torno de las barcas que arrastradas surgían lentamente del mar, agitábase un apretado círculo de pillería haraposa y greñuda, sacando medio cuerpo del agua como el cortejo de nereidas y tritones que escoltan las barcas mitológicas, pidiendo con roncos gritos que les echasen un puñado de -cabets-. En la playa organizábase un mercado, donde á fuerza de gritos, manoteos é insultos, se realizaban las ventas. Las amas de barca regateaban y reñían detrás de sus repletas banastas con todo el rebaño vociferante que había de revender el pescado al día siguiente en Valencia, y cuando llegaba el ajuste por arrobas recrudecíanse los insultos, discutiendo si habían de entrar las piezas gordas ó la morralla. Dos capazos pendientes de cuerdas y unos cuantos guijarros enormes servían de balanza y pesas, y nunca faltaba algún chico del pueblo de la clase de -leídos- que se prestaba á ser secretario de las amas, llevando en un papel la cuenta de las ventas. Rodaban empujados por el pie del comprador los repletos capazos, contemplados con codicia por los pillos de la playa. Pieza que caía, -evaporábase- como tragada por la arena; y los buenos burgueses que venían de Valencia para admirar el pescado fresco, sentíanse empujados, pisoteados por la multitud arremolinada que, como inquieta tromba, mudaba de sitio á la llegada de una nueva barca. Dolores estaba en sus glorias. Durante muchos años, al comprar en la playa el pescado como una simple vendedora, había deseado ser ama de barca, poder reñir é imponerse al mísero y escandaloso rebaño. Por fin se realizaban sus aspiraciones; y sorbiendo orgullosamente el aire con su graciosa nariz, erguíase entre los cestones recién desembarcados, mientras que Tonet se cuidaba del peso y de registrar las ventas. Casi encallada en la mar baja, esperaba cabeceando -Flor de Mayo- á que los bueyes la sacasen á la playa. -El Retor- ayudaba á los marineros á plegar la vela, y se detenía algunas veces para mirar á su mujer cómo se peleaba con las compradoras y marcaba los precios que el cuñado tenía que registrar. ¡Miradla; parecía una reina! Y el pobre hombre sentíase satisfecho al pensar que su Dolores debía todo aquello á él, á nadie más que á él. En la proa erguía su hijo Pascualet la desmedrada é inmóvil figurilla, como si fuese el mascarón de la barca, hecho un lobo de mar, descalzo y sucio, con la camisa fuera del calzón, los faldones revoloteando al viento y al descubierto su panza rojiza como la de una estatuílla de barro cocido. Y frente á la barca lo admiraban un buen golpe de infelices rateros de la playa, casi desnudos, con aspecto de tribu salvaje, rojos, con la pátina que da á los cuerpos el aire del mar y los miembros enjutos, delatando la pobreza nutritiva de la salazón. ¡Pero qué suerte tenía -el Retor!- Traía la barca atestada de langostinos, que á dos pesetas libra... ¡tira! ¡tira! Y los miserables abrían la boca y entornaban los ojos como si viesen un deslumbrante oleaje de pesetas. -Chepa- llegó con su pareja de poderosas bestias, y la -Flor de Mayo-, chirriando sobre los tarugos en que resbalaba su quilla, comenzó á salir á tierra. -El Retor- había abandonado su barca y estaba frente á Dolores, sonriendo como un bendito ante su delantal recogido é hinchado por los enormes puñados de plata que parecían romper la tela. ¡Vaya una jornada! Con pocas así podían redondearse. Y la suerte tal vez se repitiera, pues el viejo que llevaba á bordo adivinaba los sitios donde estaba la mejor pesca. Pero se interrumpió en su entusiasmo para mirarle las manos á su hermano. Los trapos habían desaparecido. Ya estaba bueno, ¿eh? Se alegraba mucho: así podría embarcarse en la segunda expedición y ya vería lo que era divertirse. Daba gusto pescar sacando las redes llenas con tanta facilidad. Pensaba salir al amanecer. Había que aprovechar la fortuna. Dolores, viendo terminada la venta, preguntó á su marido si iría á casa. El patrón no podía decirlo. No le gustaba abandonar la barca. La gente de la tripulación era capaz de irse á la taberna así que volviese la espalda, y la embarcación no podía quedar sola en la playa, donde pululaban los raterillos husmeando todo la aprovechable. Tenía ocupación, y si á las nueve de la noche no estaba en casa, podía ella acostarse. En cuanto á Tonet, que marchara á despedirse de su Rosario y á coger el hatillo; pero antes del amanecer, allí en la playa, pues no quería esperar. Dolores cambió una rápida ojeada con su cuñado y después se despidió de su marido, intentando llevarse á Pascualet. No; el muchacho quería quedarse en la barca al lado de su padre; y al fin la buena moza tuvo que partir sola, siguiendo los dos hombres con su mirada el garboso contoneo de aquel cuerpo soberbio que se alejaba empequeñeciéndose. Tonet permaneció en la playa hasta el anochecer, hablando con el -tío Batiste- y comentando con otros pescadores la inesperada abundancia de pescado. Se fué cuando el grumete comenzaba á preparar la cena á bordo de la -Flor de Mayo-. Pascual, al quedar solo, comenzó á pasear por la playa con las manos metidas en la faja, oyendo el -fru-fru- de sus calzones impermeables, que producían un roce de pergamino seco. La playa estaba obscura. En las cubiertas de algunas barcas brillaban las fogatas de la cena, pasando ante ellas de vez en cuando las sombras de los tripulantes. El mar, casi invisible, marcándose en ciertos momentos con débil fosforescencia, mugía dulcemente, y á lo lejos salían de la lóbrega playa ladridos de perros y alguna voz de niño entonando una canción amortiguada por la distancia. Eran grumetes que se dirigían al Cabañal. -El Retor- miraba la débil faja de la luz rojiza que aun se marcaba en el horizonte tras la línea de lejanos tejados por donde se había ocultado el sol. No le gustaba aquel color: como él decía con su experiencia de marinero, el tiempo no estaba seguro. Pero esto le preocupó poco, pensando únicamente en sus negocios y en su dicha. No podía quejarse de la suerte. Hogar tranquilo, buena mujer, ganancias para construir antes de un año otra barca que formase -pareja- con -Flor de Mayo- y un hijo digno de él, que mostraba gran afición al mar y sería con el tiempo el mejor patrón del Cabañal. ¡Vamos, hombre! que podía tenerse por el más feliz de los mortales, y esto sin carecer de camisa como el hombre dichoso del cuento, pues tenía más de una docena y un pedazo de pan para la vejez. Pascual, animado por la contemplación de su dicha, avivaba su torpe paso, restregándose las manos alegremente, cuando vió á poca distancia una sombra que se aproximaba con lentitud. Era una mujer; una mendiga tal vez que iría por las barcas pidiendo como limosna el desperdicio de la pesca. ¡Válgame Dios, cuánta miseria hay en el mundo! Y como al sentirse feliz quería hacer partícipe de su dicha á todo el mundo, buscó la punta de su faja, donde llevaba, enrolladas algunas pesetas con mezcla de calderilla. ---Pascualo---murmuró la mujer con voz dulce y tímida--. -¿Eres Pascualo?- ¡Cristo! ¡qué chasco!... ¡Si era Rosario, su cuñada! ¿Venía en busca de su marido? Pues perdía el viaje; debía estar ya en casa esperándola para cenar. Pero el alegre patrón quedó perplejo al saber que no buscaba á Tonet. ¿Qué hacía allí entonces? ¿Quería hablar con él? Esta pretensión le extrañaba. Trataba poco á la mujer de Tonet, y no comprendía para qué podría necesitarle. Pero en fin, podía hablar. Se cruzó de brazos mirando su barca, en la que Pascualet y el otro -gato- danzaban en torno de la marmita de la cena. Esperaba las palabras de aquella sombra que permanecía con la cabeza baja, como si se sintiera poseída de invencible timidez. Vamos, ya podía hablar: él la escuchaba. Rosario, como quien desea acabar pronto diciéndolo todo de un golpe, irguió su cabeza con energía y clavó sus ojos en los del -Retor-, brillándole con misteriosa fosforescencia. Lo que tenía que decirle era que se interesaba por la dignidad de la familia; que ya no podía sufrir más, y que ella y -el Retor- estaban haciendo reir á todo el Cabañal. Á ver: ¿quién hacía reir?... ¿Él?... ¿y por qué se divertían á su costa?... Él no creía dar motivo para que se burlaran como si fuese una mona. ---Pascualo---dijo Rosario con lentitud, pero con energía, como quien se resuelve á todo--, -Pascualo... Dolores t'engaña.- ¡Quién!... ¡su mujer le engañaba!... ¡Cristo, esto sí que era bueno! Y como un buey que recibe un mazazo, inclinó su cabezota por algunos instantes. Pero pronto sobrevino la reacción. Había en aquel hombre fe suficiente para resistir golpes mayores. ---¡Mentira!... ¡mentira! Vesten, embustera.- Si la obscuridad no hubiese sido tan densa, tal vez Rosario se habría asustado al ver la cara del -Retor-. Pataleaba como si de la arena hubiese salido la calumnia y quisiera aplastarla; movía sus brazos con expresión amenazante y las palabras se le escapaban barboteando como si se ahogasen en el acceso de rabia. ¡Ah, mala piel! ¿Creía ella que no la conocían?... Envidia, y nada más que envidia... Odiaba á Dolores y mentía para perderla... ¿No le bastaba con no saber dirigir al pobre Tonet, y aun intentaba deshonrar á Dolores, que era una santa?... Sí señor, una santa, y ya quisiera ella llegarle á la suela del zapato. ---¡Vesten!----rugía---; -¡vesten ó te mate!- Pero á pesar de las amenazas con que acompañaba su exigencia de que se fuera, Rosario permanecía inmóvil, como si resuelta á todo no le intimidaran las amenazas del Retor. ---Sí-; -t'engaña, Pascualo---decía con su desesperante lentitud--. -T'engaña, y es en Tonet-. -¡Recordons!- ¿También metía á su pobre hermano en la danza? La indignación le ahogaba; aquella mentira era insufrible, y en su furor sólo sabía repetir: ---¡Vesten, Rosario; vesten ó te mate!- Pero lo decía de un modo terrible, cogiendo á su cuñada por las muñecas, apretándola con furia, empujándola de un modo tan amenazador, que la pobre mujer, al desasirse, mostraba miedo y comenzó á alejarse. Había ido allí para hacerle un favor, para que no se rieran más las gentes de él; pero ya que lo quería, podía seguir siendo un -bendito-. ---¡Bruto-... -llanut!- Y escupiendo estos dos insultos como despreciativa despedida, huyó Rosario, quedando -el Retor- inmóvil, con los brazos cruzados. ¡Oh, qué mala piel! ¡Cuán infeliz era su hermano con una mujer así! Sentíase satisfecho por su arranque de indignación. Buenas cosas se había oído la envidiosa: podía volver otra vez con mentiras. Y paseaba por la arena, que humedecían las olas, sintiendo alguna vez el agua en sus gruesos zapatones. Daba bufidos de satisfacción recordando la energía con que había procedido, pero algo le escarabajeaba en el cerebro y en el pecho, algo que crecía por momentos y le apretaba la garganta, causándole mortal angustia. ¿Y por qué no había de ser verdad lo que decía Rosario?... Tonet había sido novio de Dolores; por el hermano conoció él á su mujer; se veían con frecuencia; hablaban solos horas enteras; ella mostraba gran interés por su cuñado... ¡Cristo! Y él sin sospechar nada, sin adivinar su deshonra... ¡Cómo se habría reído la gente! Y pateaba con furia, cerrando los puños y profiriendo juramentos espantosos, de los que guardaba para los días de borrasca. Pero no; no era posible. ¡Cómo gozaría la mala lengua si le viese á él con su rabieta de muchacho crédulo! Y en resumen: ¿qué le había dicho? Nada; la misma broma con que varias veces le habían molestado en la playa; sólo que los pescadores se permitían la injuriosa suposición para enfadarle y reirse de su gesto hosco, mientras que Rosario lanzaba tales calumnias con la venenosa intención de poner en discordia al matrimonio. Pero todo eran mentiras. ¿Faltarle á él Dolores? No era posible: ¡una mujer tan buena, y además con un hijo, con Pascualet, al que quería tanto!... No podía ser. Y para convencerse mejor, para ahuyentar la angustia que le oprimía, -el Retor- paseaba aceleradamente y decía con voz tan alterada por la emoción, que á él mismo le parecía que era de otro: ---Mentira; tot mentira-. Esto le tranquilizaba. Con tales palabras aliviábase, como si convenciera al mar, á las sombras, á las barcas que habían presenciado la calumniosa afirmación de Rosario; pero ¡ay! dentro llevaba el enemigo; y mientras la lengua repetía -¡mentira!-, los oídos le zumbaban, como si aun vibrasen en ellos las últimas palabras de su cuñada: -¡Bruto!-... -¡llanut!- No, ¡recristo! todo antes que eso. Al pensar que podían ser ciertas las palabras de Rosario, sentía el ansia de destrucción de que habló á Roseta días antes en el camino del Grao, y veía á Tonet y á Dolores y hasta á su hijo, como si fuesen terribles enemigos. ¿Y por qué no había de ser verdad todo?... Una mujer como Rosario, para vengarse de Dolores, podía calumniarla por el pueblo, pero ir directamente á su esposo, suponía la desesperación de la que se cree engañada. Ahora se sentía arrepentido de haber contestado tan brutalmente á su cuñada. Debió oirla, apurar toda la amarga verdad. El mayor dolor con su terrible certeza era preferible á la inquietud. ---¡Pare!-... -¡pare!---gritaba una vocecita alegre desde la cubierta de la -Flor de Mayo-. Era Pascualet, llamando á su padre para cenar. Él no cenaba. ¿Quién pensaba en cenar con aquella impresión que anudaba su garganta y le oprimía el estómago? El patrón se aproximó á la barca, hablando á su gente con tono seco é imperioso. Podían cenar; él iba al pueblo, y si no volvía, que durmiesen hasta el amanecer, hora de la salida. Pascual se alejó sin mirar á su hijo, y como un fantasma atravesó aquella playa negra, en línea recta, tropezando algunas veces con las barcas viejas y hundiendo otras sus gruesos zapatos en las marismas que formaba el oleaje en los días de tempestad. Ahora se sentía mejor. ¡Qué calma gozaba al ir en busca de Rosario! Ya no sentía el terrible zumbido en que iban envueltos los últimos insultos de su cuñada; ya no se agitaba su pensamiento produciéndole agudas punzadas en el cerebro. Su cráneo parecía hueco, no sufría dentro del pecho pesadez alguna, sentíase con una ligereza asombrosa, como si caminase á saltos, sin tocar apenas el suelo, y únicamente continuaba el obstáculo de la garganta, el nudo asfixiante y un sabor salobre en la 1 . 2 3 , - ¡ ! - . - - . ¡ 4 ! 5 ; 6 . 7 - - . ¡ 8 ! . 9 , 10 . , , . 11 ; - - . 12 13 , 14 . - - . 15 16 ¿ ? ¡ 17 ! ¿ ? , 18 . , , 19 . ; ; 20 21 : . 22 ; 23 , . 24 - ¡ , ! - . . . - ¡ ! - . . . ¡ - ! - 25 , . . , 26 27 - - . 28 29 30 31 32 , 33 . 34 35 . 36 , 37 . 38 , , 39 , , 40 , 41 . 42 43 44 ; , 45 , 46 . 47 , , 48 49 . 50 51 - - , 52 . , 53 , 54 , , 55 56 . 57 58 - - , , 59 . , 60 . ¿ ? ; 61 : . 62 63 ; , , 64 , 65 66 , , 67 . 68 69 . ; 70 , 71 . 72 73 , , , 74 - - , 75 . 76 77 - - . 78 . ¡ ! . . . 79 , 80 . ¡ , ! 81 , 82 . 83 84 85 , , 86 , 87 . 88 89 , - - , 90 , 91 , , 92 . 93 94 95 . 96 ; ¡ ! 97 98 . 99 100 101 . , , 102 , , 103 , , 104 , , 105 106 . , 107 . 108 , . ¡ 109 ! ¡ - - ! 110 111 - - . ¡ ! - ¡ ! - 112 , . . 113 . ¡ 114 115 ! 116 117 ; . , , 118 ; 119 - - . 120 121 , 122 . 123 . 124 , 125 , , 126 , . 127 : ¿ , ? 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