Se alejaron los acorazados, borrándose al poco rato en el horizonte, sin
dejar más rastro que algunas nubecillas flotantes, absorbidas por el
inmenso azul.
Á media tarde comenzó á marcarse vagamente una sombra que parecía el
arqueado lomo de un cetáceo. Ya tenían la tierra á la vista. Tonet
recordaba aquello; era el centinela avanzado de la costa, el cabo de la
-Mala Dòna-. A babor estaba Argel.
La brisa refrescaba cada vez más; la vela, hinchada, describía una
atrevida curva sobre el inclinado mástil; la proa hundíase y se
levantaba saludando gentilmente el hervor del agua cortada que la cubría
de espumarajos, y toda la -Garbosa-, crujiente y conmovida, avanzaba
veloz, como esas bestias débiles que se esfuerzan al percibir la cuadra
y el descanso.
Caía la tarde, y en los flancos de la -Mala Dòna-, esfumados por la
distancia, íbanse marcando nuevas tierras, montañas bajas con manchas
blancas de caseríos. La barca navegaba cada vez más veloz, como si la
atrajera la tierra, y ésta se alejaba como esos países de los cuentos de
hadas que huyen conforme el viandante acelera su marcha.
La -Garbosa- inclinábase al Sudeste, y al cerrar la noche dejaba á
estribor el cabo y seguía de cerca la costa, saltando por encima del
pequeño oleaje, que la hacía danzar alegremente.
Sobre el cielo de un hermoso azul turquí destacábase la dentellada
crestería de la costa; venía de tierra un aliento cálido, como de
misteriosa habitación cargada de extraño perfume, y surgía de la tierra
la luna al principio de su creciente; una verdadera luna oriental y
delgada, de cuernos encorvados, como la que figura en el estandarte del
Profeta y corona la cúpula de los minaretes. Aquello era estar en
África.
Percibíase desde la -Garbosa- el choque del oleaje sobre los
acantilados, las lucecillas de los pueblos ribereños, los gritos de los
moros del campo; y á lo lejos, al término de la montañosa línea, donde
el mar parecía precipitarse tierra adentro, en caprichosa revuelta,
brillaban algunos puntos rojos de vivo fulgor.
Allí estaba Argel. Tardaron unas tres horas en llegar. Las luces se
multiplicaban, como si por todas partes brotasen del suelo rosarios de
luciérnagas; clasificábanse en diverso brillo é intensidad; las había á
centenares, en línea serpenteando, como si bordeasen un camino de la
costa; al fin, tras una orzada para doblar un pequeño promontorio,
apareció la ciudad con todo su resplandor de puerto levantino.
Á excepción de Tonet, todos en la barca se quedaron embobados
contemplando el espectáculo. ¡Recristo! ¡Debía hacerse el viaje sólo por
ver aquello! Podían ir al infierno el Grao y su puerto.
Estaban en una gran bahía de aguas sombrías é inmóviles, en cuyo fondo
abríase el puerto con faroles verdes y rojos en la embocadura. Detrás,
la ciudad, escalonándose colina arriba, blanca hasta en las sombras de
la noche, moteada por millares de luces, como si se celebrase alguna
fiesta con espléndida iluminación. ¡Vaya un derroche de gas! En las
aguas del puerto culebreaban las líneas rojas, como si en el fondo se
divirtieran los peces disparando cohetes voladores; brillaban las
linternas rojas en el bosque de mástiles, unos escuetos con la sobriedad
de la marina mercante, otros con cofas y ametralladoras; y arriba, sobre
los baluartes, en la ciudad baja puramente europea, destacábanse con
resplandor de incendio las fachadas de los cafés cantantes, las grandes
tiendas y los bulevares atravesados por negro hormigueo y veloces
carruajillos con toldos de lienzo blanco.
Llegaban hasta la barca plegados, confundidos y revueltos por la brisa
de la noche, las musiquillas de los cafés, el toque de retreta de los
cuarteles, el rumor del gentío en las calles, los gritos de los boteros
árabes que atravesaban el puerto: toda la agitada respiración de una
ciudad comercial y exótica, que, después de cometer durante el día las
mayores felonías por conquistar el franco, se entrega al placer al
llegar la noche con el apetito excitado.
-El Retor-, repuesto de su sorpresa, pensaba en el negocio. Recordaba
las instrucciones de su tío, y mientras la tripulación recogía la vela
para que darse al pairo, él prendía fuego á un calabrote embreado y
agitaba la rojiza antorcha sobre su cabeza, ocultándola por tres veces
tras una lona que sostenía el -gato- de la barca.
Esto lo repitió un sinnúmero de veces, mirando fijamente la parte más
obscura de la costa. Tonet y los otros tripulantes seguían con
curiosidad tales señales. Por fin vióse brillar en tierra una luz roja.
Los del -entrepôt- contestaban: no tardaría á llegar el cargamento.
-El Retor- explicaba á los suyos las ventajas de este sistema. No
convenía cargar dentro del puerto. El tío Mariano sabía por experiencia
que allí habían muchos -moscas- prontos á telegrafiar á España el nombre
y la matrícula de la barca para ganarse una parte de la presa. Lo mejor
era recibir la carga fuera, en la sombra de la noche; al amanecer
hacerse á la vela antes de que nadie se enterara, llegar á la costa de
Valencia sin avisos de ninguna clase, y ¡adivina quién te dió!
Y el bondadoso pescador se reía de su propia malicia, aunque mirando
interiormente á su experto tío, que le había dado tan buenos consejos.
Mientras el patrón esperaba la llegada de la carga mirando el punto de
la sombría costa donde había brillado la luz, Tonet y los marineros,
sentados en la proa con las piernas colgando sobre el mar, contemplaban
codiciosos la iluminada ciudad.
Bien se acordaba el marido de Rosario de su estancia allí, y relataba á
sus embobados compañeros las alegres correrías por Argel. Les designaba
las fachadas con grandes rótulos de gas, por cuyas ardientes ventanas
escapábase una música chillona y confuso rumor de avispero. Eran los
cafés cantantes. ¡Caballeros, cuánto se había divertido allí! Y el
-gato- de la barca, estirando su desgarrada boca de oreja á oreja,
brillándole los ojuelos de muchacho vicioso, creía ver las cantatrices
casi desnudas, con enorme sombrero de gasa, que graznaban sobre el
tablado moviendo á compás las caderas y el vientre.
Aquella calle recta, tendida sobre el muelle, toda de arcos y en cada
hueco una luz como la interminable nave de una iglesia, era el
-Boulevard de la República-, con sus grandes cafés, donde iban los
señores oficiales á tomar la absenta, teniendo por vecinos de mesa los
morotes ricos de enorme turbante y los negociantes judíos de túnica de
seda sucia y vistosa. Detrás estaban otras calles, también con arcos y
hermosas tiendas; la -plaza del Caballo- con la mezquita principal, un
gran caserón blanco, donde entraban los bobos descalzos y recién lavados
á hacerle cortesías al zancarrón de Mahoma, mientras que arriba, en lo
último de la torrecilla que se veía desde la barca, un tío con turbante
pateaba y gritaba á ciertas horas como si estuviera loco. Por todas las
calles madamas muy bien vestidas que olían á gloria, andando como
patitos y diciendo -mersi- á cada chicoleo; soldados con gorro de
datilero y unos pantalonazos dentro de los cuales cabía la familia;
gente de todos los países, lo mejorcito de cada casa, que había ido allí
huyendo del rey, y cada dos puertas una cantina con sus mesas en la
acera, donde se servía la absenta á vasos.
Tonet lo había visto todo y lo describía á los suyos con manoteos y
guiños, subrayando muchas veces la palabra con acciones que hacían
prorrumpir al grumete en escandalosas carcajadas.
¿Y la ciudad alta donde vivían los moros? -¡Redeu!- Aquello sí que era
notable. ¿Se acordaban del callejón junto al mercado del Grao? ¡Aquel en
que se tocan con los codos las paredes!... Pues era una carretera,
comparado con las gargantas de lobo que cruzan la parte alta, siempre
cuesta arriba, casi cubiertas por los aleros y con un arroyo de
inmundicia bajando por los escalones del empedrado.
Había que tomar fuerza en todos los cafetines del tránsito para subir
tales calles y taparse las narices ante las tiendas, miserables tabucos
en cuyo umbral fuman en cuclillas los morazos diciéndose Dios sabe qué
cosas en su jerga de perros.
Allí se vivía como un hombre, y con poco se sacaba la panza de mal año.
El que tuviera buen estómago y no le importara ver comer el alcuzcuz á
puñados con las manos después de acariciarse los pies, por un real se
zampaba un plato bien colmado, un par de huevos pintados de rojo como
los de Pascua, y aun podía tomar café en una tacita como un cascarón,
tendido sobre la tarima de cualquier cafetín moruno, y hasta dormirse al
son de una flauta y dos panderos.
Había también sus cosas buenas. Moritas caritativas del dominio común,
que llamaban desde sus puertas con la cara pintarrajeada, las uñas
teñidas de azul y el pecho moteado por extravagantes dibujos; negrotas
de los establecimientos de baños que sonreían como perros ofreciendo
frotaros con sus manazas, y otras -¡rediel!-... otras que eran las
señoras, con la cara tapada de tal modo, que sólo se veía la nariz y un
ojo, con sus anchos calzones bamboleándose al andar y enseñando por bajo
del manto la chaquetilla de oro, los brazos como un mostrador de
platería, y sobre el abultado pecho infinitos rosarios de moneditas y
medias lunas.
¡Y qué ojos, chiquillos! ¡Qué curvas! Aun se acordaba él de una negrota
rica, con la que tropezó en un callejón de allí arriba. Como él era
así... no pudo remediarlo; la pellizcó por la espalda en los
zaragüelles, que parecían hinchados y estaban duros como la piedra; la
negra chilló como una rata, cayeron sobre él tíos y más tíos, todos feos
y con enormes trancas; él y sus dos amigotes tiraron de la faca
marinera, y aquello se acabó cuando subieron los zuavos y se los
llevaron al -violón-, de donde los sacó el cónsul después de dos días de
encierro.
Los marineros le oían ansiosos, admirando su superioridad, y mientras
reían comentando el lance de la negra, Tonet murmuraba mirándose los
pies con expresión de hombre cansado:
---¡Ay!-... -Entonses tenía yo més humor-.
El patrón dió un grito desde la popa. Alguien se acercaba de tierra. Una
luz roja agrandábase por momentos y oíase un sordo chapoteo, como si
nadase un perrazo con dirección á la barca.
Era el vaporcito del -entrepôt-. Saltó á la cubierta de la -Garbosa- un
buen mozo con bigote rubio y gorra azul, y en ese idioma híbrido de los
puertos africanos, mezcla de italiano, francés, griego y catalán, dió
cuenta al -Retor- de su comisión.
Habían recibido á tiempo el aviso de -mosiú- Mariano, de Valencia; les
esperaban desde la noche anterior; habían visto la señal y allí estaba
el cargamento para transbordarlo cuanto antes, pues aunque las
autoridades francesas hacían la vista gorda, convenía en tales negocios
despachar pronto.
---¡A la faena!---gritó el Retor á su gente--. -Cárrega á bordo-.
Y desde el vaporcito, cuya chimenea apenas si asomaba un palmo sobre el
montón de la carga, comenzaron á pasar á la barca los gruesos fardos
envueltos en lona embreada, impregnados de picante olor.
Las dos embarcaciones estaban amarradas una á otra, y el transbordo de
la carga se hacía con facilidad. La abierta escotilla engullíase los
fardos, y la -Garbosa-, conforme avanzaba la operación, iba hundiéndose,
lanzando un sordo quejido, como una bestia paciente que se lamenta de la
excesiva carga.
El mocetón rubio del vapor examinaba con creciente asombro la barca.
¿Pero era posible que aquel ataúd resistiera tanto? Y -el Retor-
contestaba golpeándose el pecho como para darse una convicción que
comenzaba á faltarle. Toda; ni un fardo menos. Y su cuenta, si le
ayudaba Dios y el Santo Cristo del Grao, era tirar aquellos bultos de
allí á dos noches en la playa del Cabañal.
La cala estaba atestada y los fardos se apilaron sobre la vieja
cubierta, colocándose en la borda palitroques y cuerdas para contenerlos
y que no cayesen al mar.
---Buona sorte, patrón---chapurreó el rubio quitándose su gorrilla y
estrechando con fuerza la mano del -Retor-.
Se alejó el vaporcillo; la -Garbosa- extendió su vela, y comenzó á
correrse hacia la izquierda la ciudad, con su iluminación cada vez menos
brillante.
Al -Retor- se le encogía el corazón viendo marchar su barca. ¡Ay! ¡Que
Dios no se olvidase de ellos y no les enviara un poco de mal tiempo!
Aun con buena mar, la barca navegaba milagrosamente, hundida casi hasta
la borda, cabeceando torpemente y elevándose con tal lentitud sobre las
olas, que éstas, á pesar de ser flojas, le entraban por la proa como si
estuviera corriendo un temporal.
Tonet, ajeno á los cuidados que inspiraba la propiedad, se reía de la
barca, que, según él, parecía un torpedero navegando con la cubierta á
flor de agua.
Cuando amaneció, el cabo de la -Mala Dòna- veíase por la popa como una
vaga silueta, y al poco rato la barca estaba en alta mar.
La carga, hecha con tanta rapidez frente á Argel y en la sombra de la
noche, la recordaba -el Retor- como si fuese un sueño, ahora que se veía
de nuevo en medio del Mediterráneo, sin tierras á la vista. Pero para no
dudar, allí estaban los fardos, durmiendo sobre ellos la tripulación
fatigada por la faena de carga, y como testimonio decisivo, la pobre
-Garbosa-, que navegaba torpemente como una tortuga.
Lo único que tranquilizaba al -Retor- era el tiempo. Buen viento y mar
bella; aun así, á la barca le vendría justo el llegar á Valencia. Ahora
comprendía el patrón su temeridad al acometer el negocio con tal zapato.
Y á pesar de que no conocía el verdadero miedo, pensó algunas veces en
su padre, aquel valiente que se burlaba del mar como de un amigo manso,
lo que no impidió que lo recogiesen en la playa deshecho y corrompido
como un salivazo de las olas.
La barca navegó sin novedad hasta el amanecer del día siguiente. El
cielo estaba encapotado. Un largo estremecimiento agitaba la superficie
del agua, y el cabo de San Antonio se mostraba envuelto en brumas, así
como el Mongó, cuya cumbre aparecía suspendida en el espacio con la base
cortada por dos fajas de nubes.
La -Garbosa-, inclinada sobre babor de un modo alarmante y con la
ventruda vela rozando casi las aguas, avanzaba rápidamente.
El cariz alarmante del tiempo inquietaba al patrón, que debía aguantar
hasta la noche para hacer el alijo.
De pronto púsose en pie de un salto y abandonó la caña del timón.
Fijábase en una vela que se destacaba sobre el fondo gris del cabo...
-¡Futro!- No se equivocaba; bien conocía aquella embarcación. Era una
escampavía de Valencia que parecía al acecho costeando frente al cabo.
Algún -mosca- había hecho de las suyas en el Cabañal, diciendo que la
-Garbosa- había salido á algo más que á pescar.
Tonet también adivinaba la clase de la embarcación, y miraba á su
hermano con inquietud.
Aun era tiempo; á tomar mar. Y la -Garbosa-, inclinando un poco su proa,
se alejó del cabo, huyendo hacia el Nordeste. El viento la favorecía en
esta maniobra, y la -Garbosa- navegaba con gran rapidez hundiendo
muchas veces bajo las olas su abrumado casco.
La escampavía al poco rato imitaba la maniobra, dándola caza. Aquella
barca era mejor y más ligera, pero la distancia entre las dos resultaba
considerable, y -el Retor- pensaba huir, huir siempre, aunque fuese á
dar en el mismísimo puerto de Marsella, si antes no se tragaban las
aguas á la guitarra vieja con todo su cargamento.
La persecución duró hasta mediodía, cuando estaban indudablemente á la
altura de Valencia. Pero allí la escampavía viró, dirigiéndose á tierra.
-El Retor- adivinó los propósitos de sus perseguidores. El tiempo no era
muy seguro, y la escampavía prefería esperarle costeando, con el
convencimiento de que más pronto ó más tarde iría la -Garbosa- hacia
tierra para echar sus fardos.
Puesto que les concedía tal respiro, muchas gracias. Ahora á buscar un
refugio, hijos míos, que el tiempo no estaba para permanecer en alta mar
en un zapato como la -Garbosa-. ¡Á las Columbretas, refugio de los
hombres honrados que tienen que huir en el mar por ser protectores del
comercio!
Y á las nueve de la noche, cuando las aguas se hinchaban con sordas y
lívidas tumefacciones que hacían danzar locamente á la cansada
-Garbosa-, ésta, guiada por la roja luz del faro, entró en la Columbreta
Mayor, cráter apagado y roído por las olas; herradura de altas rocas,
que en uno de sus extremos sustenta la torre con las habitaciones de
los fareros, y en cuyo seno ábrese una pequeña bahía de agua tranquila
siempre que no sopla el Levante.
La isla es un murallón encorvado, sin un solo palmo de tierra llana; una
alta faja de rocas carbonizadas y yermas, suelo maldito roído por el
ambiente salitroso, en el que no crece ni un mal arbusto y por donde
ruedan las piedras empujadas por los alacranes, junto á los esqueletos
de los pescados que las olas arrojan á prodigiosa altura en los días de
tempestad. Más allá, esparcidas por el inmenso mar hasta considerable
distancia, están las Columbretas menores; la -Foradada-, surgiendo de
las olas como el arco de un templo submarino, y las restantes, mogotes
rectos, colosales é inabordables como los dedos de un coloso
prehistórico sepultado en las misteriosas profundidades.
La -Garbosa- quedó anclada en la bahía. Nadie bajó á verla. Los fareros
estaban acostumbrados á las misteriosas visitas de gentes que se
refugiaban en el solitario archipiélago con el deseo de que no se
fijaran en ellos.
Los de la barca veían en el avanzado promontorio las luces de las
habitaciones del faro. El viento les traía algunas veces gritos humanos,
pero hacían tanto caso de ellos como de los miles de gaviotas que,
refugiadas en los peñascos, gemían lastimeramente como niños á quienes
estuvieran matando. Fuera de la isla, al otro lado de la barrera
escarpada, mugía el mar alborotado, y su oleaje, corriendo á lo largo
del promontorio, amortiguábase entrando en la obscura bahía con violenta
ondulación.
Al amanecer, Pascual saltó á tierra, y por la tortuosa escalera de
peldaños cortados en la roca llegó á la altura, mirando la vasta
extensión comprendida entre la isla y la lejana costa, invisible por la
cerrazón del tiempo.
No se veía ni una vela; pero -el Retor- estaba intranquilo, temiendo que
sus perseguidores vinieran á buscarle en aquel lugar tan conocido como
refugio de contrabandistas.
La inquietud del patrón iba en aumento. Presentía que más ó menos pronto
la escampavía vendría á buscarle en las Columbretas, pero á pesar de su
audacia temía hacerse á la mar con su barca vieja. La vida era lo de
menos; pero ¿y el cargamento en que iba su fortuna?
El egoísmo de la propiedad aceleró su determinación. ¡Á la mar, aunque
el cargamento se lo fumasen los tiburones! Todo era preferible á que los
ladrones guardacostas se hicieran dueños de lo que no era suyo.
Y después que la tripulación engulló su olla, aparejó la -Garbosa- y
salió de la isla tan misteriosamente como había entrado, sin saludar á
nadie, seguida por la mirada curiosa de las familias de los fareros,
agrupadas en la plazoleta frente á la torre.
¡Vaya un tiempo! Golpe va y golpe viene, la -Garbosa- tan pronto se
encabritaba casi vertical sobre la cumbre de una ola, como se arrojaba
de cabeza en las profundas y sombrías hendiduras, en cuyo fondo agitaban
los remolinos sus giratorios centros, que parecían los traidores ojos
del abismo. Nubes de agua pulverizada alzábanse de las bordas á cada
choque, rociando toda la cubierta; los espumarajos de las olas
resbalaban sobre el hule de los fardos, y la tripulación, agachada y
atenta para no ser arrastrada por las acometidas del mar, chorreaba de
cabeza á pies.
Hasta Tonet estaba pálido y apretaba los dientes. En otra barca...
bueno; pero en aquélla resultaba una locura haber abandonado la isla.
Mas -el Retor- no atendía razones. ¡Diablo de panzudo! ¡y cómo se crecía
en el peligro! Su ancha cara de cura sonreía á los golpes de mar más
furiosos; estaba rojo, apoplético, como si acabase de levantarse de la
mesa de la taberna después de alegre alboroque, y sus manazas no
abandonaban la pesada caña ni se agitaba su corpachón con los terribles
vaivenes que estremecían la barca de proa á popa, haciéndola lanzar un
estertor de agonía.
Se reía el maldito con la carcajada bonachona que tantas burlas le valía
allá en el Cabañal.
Aquello no era nada, -¡recordons!- No había que apurarse. Y si la
zaparrastrosa se cansaba de navegar y daba la voltereta, ¡cómo había de
ser! Allí se veía á los hombres y no haciendo el majo en las
tabernas... ¡Atención con esa que viene!... -¡Brrum!- Ya pasó. Si
llegaba la mala, un credo al Cristo del Grao y á cerrar los ojos. De
todos modos el infierno está en este mundo, y allá arriba ni se come ni
se trabaja. Además, aunque se llegue á viejo, nadie escapa; y para
morir, vale más que se lo coman á uno los marrajos y tiburones, que son
gente brava, que no ser chupado por los gusanos como estiércol.
¡Atención, que viene otra!...
Y -el Retor- hablaba á sus compañeros soltando todo el caudal filosófico
adquirido en su aprendizaje con el -tío Borrasca-. Pero el único que le
oía era el -gato-, el muchachuelo que, pálido y verdosillo por la
emoción, permanecía en pie agarrado al mástil, mirando á todas partes,
como si no quisiera perder nada del espectáculo.
Cerraba la noche. La -Garbosa- navegaba á media vela, dando espantosas
cabezadas y sin luz alguna, como barco á quien importa más pasar
desapercibido que evitar un choque.
Una hora después vió el patrón una luz cercana que saltaba sobre las
olas. Era una barca navegando en opuesta dirección.
-El Retor- no pudo verla bien en la obscuridad: pero su instinto
reconoció á la escampavía que, cansada de costear, en un arranque de
audacia iba á las Columbretas afrontando el mal tiempo, para pillar á
los contrabandistas en su refugio. Y por si acertaba, se dió el gusto de
soltar el timón y con sus manazas hizo dos ó tres acciones indecentes,
en señal de alegre desprecio. ¡Tomad, para el viaje!
Á la una de la madrugada vieron los de á bordo el faro de la iglesia del
Rosario.
Tenían enfrente el Cabañal. La noche era á propósito para un alijo.
¿Pero les esperarían?
-El Retor-, conforme se aproximaban á tierra, perdía su asombrosa
serenidad. Demasiado conocía él aquella costa. Permanecer allí
aguantando, era ir antes de dos horas, arrastrado por el mar y el
viento, á estrellarse contra la escollera de Levante ó á encallar frente
á Nazaret. Retroceder mar adentro, era imposible. Ya hacía rato que por
ciertos crujidos de la barca, adivinaba el agua en la cala abarrotada de
fardos. Si seguía algunas horas más en el mar, los golpes la irían
desmenuzando, hasta hacerla astillas.
Había que ir á tierra, aunque esto fuese buscar el peligro. Y la
-Garbosa- marchó recta, empujada más por las olas que por el viento,
hacia la obscura playa.
Un punto luminoso brilló por tres veces, y el patrón y Tonet dieron un
grito de felicidad.
Allí estaba el tío; les aguardaba. Aquella era la señal. Había encendido
tres fósforos, como lo hacen los contrabandistas, agazapado tras una
manta tendida á sus espaldas para ser vista únicamente desde el mar.
La -Garbosa- extendió toda su vela. Aquello era una locura. Volaba,
sacando tan pronto la quilla al viento como hundiéndose en las olas;
marchaba como un caballo desbocado, cayendo de un costado y
encabritándose por otro; crecían espantosamente los mugidos del mar,
hasta que por fin, desde lo alto de una ola espumosa, vióse la playa con
un enjambre de negras siluetas, y sonó un golpe seco, terrible. La barca
se detuvo, lanzando un estallido como si reventase; el viento rompió la
vela y el agua invadió con terrible fuerza la cubierta, derribando
hombres y arrebatando fardos.
Acababan de encallar á pocos metros de tierra.
Un enjambre de sombras, silenciosas como fantasmas, lanzóse al asalto de
la barca, y sin decir palabra á los aturdidos marineros, apoderóse de
los fardos, que comenzaron á pasar de mano en mano por la sombría cadena
de brazos tendida hasta la playa.
---¡Tío, tío!---gritó -el Retor- lanzándose al agua, que no le pasó del
pecho.
---Presente---contestó una voz desde la playa--. -Mutis y á la faena-.
Era un espectáculo extraño: una pesadilla.
El mar mugiendo en la densa lobreguez, los cañares de la playa
doblándose á impulsos del vendaval como cabelleras de colosos
enterrados, las olas avanzando como si quisieran tragarse la tierra, y
una legión de sombríos demonios agitándose mudos é incansables, sacando
fardos de la barca, que se deshacía por instantes, pescándolos en las
espumosas aguas para enviarlos como pelotas á la playa, donde
desaparecían cual si se los tragase la tierra, y algunas veces, al
calmar por momentos el vendaval, oíase el chirriar de carros que se
alejaban. - El Retor- vió á su tío Mariano que iba de una parte á otra
con sus enormes botas de agua, la voz enérgica é imperiosa y un revólver
en la mano.
No había cuidado; los carabineros del puesto más próximo estaban
-untados- y vigilaban para avisar si llegaba el jefe. Á los que no había
que perder de vista era á la tropa silenciosa que hacía la descarga,
gente demasiado lista de manos que gustaba de aprovecharse del barullo,
y creía aquello de -quien roba á un ladrón-, etc. No; pues de él no se
reirían, -¡redeu!- al primero que escondiera un fardo, le pegaba un
tiro.
La descarga fué como un sueño. Cuando -el Retor- comenzó á reponerse de
la impresión sufrida al encallar y le dolieron menos las magulladuras,
se alejaba ya el último carro. Los cargadores desaparecieron sin decir
palabra, en distintas direcciones, como si se los tragara la arena.
Ni un solo fardo se había perdido: hasta los del fondo de la cala habían
sido extraídos de entre las rotas costillas de la barca hundida en la
arena.
Tonet y los demás tripulantes se alejaban también cargados con la vela y
lo poco que quedaba en la barca de aprovechable. Al -gato- lo pescaron
cuando estaba á punto de ahogarse; había caído de la barca en el momento
de encallar.
-El Retor-, al verse solo con su tío, lo abrazó. ¡Ay, tío Mariano! Por
fin lo podía decir. Había pasado muy malos ratos, pero gracias á Dios
todo estaba terminado. Ya arreglarían cuentas. Se había portado como un
hombre, ¿verdad? Ahora se iba á dormir con su Dolores, que bien ganado
lo tenía.
Y se fué con su tío hacia el lejano Cabañal, sin echar una última mirada
á la infeliz -Garbosa-, que se quedaba allí pataleando, prisionera de la
arena, recibiendo en su pecho los puñetazos del mar, sintiendo á cada
empujón que se le desencuadernaba el cuerpo y salía flotando un pedazo
de sus entrañas; muriendo sin gloria, en la obscuridad, tras una larga
vida de trabajo, como el caballo viejo, abandonado en medio del camino,
cuyo blanco esqueleto atrae el revoloteo de los cuervos.
VII
El producto de la aventura fueron unos doce mil reales, que el tío
Mariano entregó al -Retor- pocos días después.
Algo más ganó el marido de Dolores: el aprecio de su tío, que le
consideraba un hombre de pro y estaba satisfecho de haber sacado su
parte sin grave riesgo, y el elogio de la gente de playa, que se había
enterado del viaje. La salida de las Columbretas resultaba una buena
jugada. La escampavía fué allá á riesgo de anegarse y no encontró nada.
-El Retor- estaba como aturdido por su buena fortuna. El producto del
-alijo-, mas aquellos ahorros amasados peseta sobre peseta, que estaban
escondidos donde él y Dolores sabían, formaban una bonita suma, con la
que un hombre honrado podía meterse en -algo-.
Y este -algo-, ya se sabía, estaba en el mar, pues él no tenía el
carácter de su tío para explotar en tierra y descansado la miseria de la
pobre gente.
El contrabando no había que pensar. Era bueno para una vez; como el
juego, que siempre ayuda al principiante. No había que tentar al diablo:
para un hombre como él, lo mejor era la pesca, pero con medios propios,
sin dejarse robar por los amos, que se quedan en casa sacando la mejor
parte.
Como consecuencia de estos razonamientos que por la noche rumiaba
agitándose entre sábanas y molestando á su Dolores, á la que no dejaba
de consultar, decidió invertir su capital en una barca; pero no una
barca cualquiera, sino la mejor, si era posible, de todas cuantas se
daban á la vela frente á la casa -del bòus-.
Ya era hora, -¡rediel!- No le verían más como marinero ni patrón
alquilado; sería amo de barca, y como distintivo de su rango plantaría á
la puerta de su casa el mástil más alto que encontrase para secar en la
punta sus redes.
Señores, sépanlo todos: -el Retor- hace una barca; Dolores la guapa, si
va á la Pescadería ahora que es rica, venderá el pescado propio. Y las
vecinas del barrio que comentaban tales noticias, al pasar por la
acequia del Gas acercábanse á los tinglados de los calafates para
contemplar con cierta envidia al -Retor- que, mascullando el cigarro, se
estaba el día entero vigilando á los carpinteros que aserraban y
cortaban maderos amarillos, frescos y jugosos, unos rectos y fuertes,
otros encorvados y finos, para la nueva embarcación.
La faena se hacía con calma. Nada de precipitaciones ni de errores; no
había prisa. Lo único que deseaba Pascualo es que su barca fuese la
mejor del Cabañal.
Y mientras él se dedicaba en cuerpo y alma á la construcción de la
barca, su hermano Tonet pasaba una de sus buenas temporadas con la parte
que le correspondía del alijo, y que el bueno del -Retor- procuraba
hacer lo mayor posible.
En la vieja barraca donde se albergaban él y Rosario con todo su
miserable acompañamiento de rencillas, brutalidades y palizas, no se
notaba la menor abundancia después de la afortunada aventura. La infeliz
mujer seguía cargando al amanecer con sus cestos de pescado para ir á
Valencia, y muchas veces á Torrente ó Bétera, siempre á pie, para mayor
economía; y cuando el tiempo no era favorable para la venta, pasábase
los días en su agujero, sin más compañía que el fastidio y la miseria.
Pero su Tonet estaba más buen mozo que nunca, con trajes nuevos, un
puñado de duros en el bolsillo y metido siempre en el café, si es que no
iba á Valencia con sus amigotes á arriesgar unas cuantas pesetas en las
timbas de -cuartos- ó á alborotar en el barrio de Pescadores. Á pesar de
esto, cuando veía á su tío, por no perder el derecho de la importunidad,
le recordaba aquel empleíllo en las obras del puerto que perseguía en su
época de penuria.
Bañábase complacido en la abundancia momentánea que le volvía á los
felices tiempos de su casamiento, y con su eterna imprevisión, con
ligereza cínica que le hacía adorable para las mujeres, no pensaba en
que tendría fin lo que su hermano le había dado, pequeña cantidad cuyo
término iban prolongando los obsequios de los amigos y las alternativas
del juego.
Á altas horas de la noche llegaba á su barraca para acostarse, ceñudo y
jurando entre dientes, dispuesto á contestar con bofetadas la menor
protesta de Rosario. Ésta pasaba sin verle dos ó tres días muchas veces,
pero no así en casa de su hermano, adonde iba con frecuencia, quedándose
en la cocina si -el Retor- estaba fuera, al lado de Dolores, oyendo con
la cabeza baja y ademán sumiso las acusaciones de su cuñada por su mala
conducta.
Si en una de éstas entraba -el Retor-, celebraba mucho el buen sentido
de su mujer. Sí señor; Dolores le decía todo aquello porque le quería
bien, porque era una mujer honrada y no podía consentir que su cuñado
fuese tan loco y diera tanto que hablar. Y el panzudo bonachón, ante las
reprensiones de su Dolores, una gran mujer, una verdadera madre para
aquel hermano loco, llegaba hasta enternecerse... ¡Ira de Dios!
Conforme se acababa el dinero de Tonet, se metía éste cada vez más en
casa de su hermano. Bien aprovechaba los consejos maternales. Y para que
la gente no tuviese motivo de murmuración, acompañaba algunos días á su
hermano al tinglado de los calafates, siguiendo la formación del enorme
esqueleto de madera que iba cubriendo sus flancos y marcaba sus
gallardos perfiles bajo los mazos, sierras y hachas que lo golpeaban
incesantemente.
Así fué llegando el verano.
El trozo de playa entre la acequia del Gas y el puerto, olvidado en el
resto del año, presentaba la animación de un campamento. El calor
empujaba á toda la ciudad á aquel arenal, del que surgía una verdadera
ciudad de -quita y pon-. Las -barraquetas- de los bañistas, con sus
muros de lienzo pintado y sus techumbres de caña, formaban en correcta
fila ante el oleaje, empavesadas con banderas de todos los colores,
rotuladas con extravagantes títulos, y ostentando, además, en el
vértice, monigotes, miriñaques, barcos, muestras grotescas que
distinguían el establecimiento para evitar errores. Detrás, en previsión
del apetito que el aire del mar despierta en el gastado estómago,
esparcíanse los merenderos, unos con aspecto pretencioso, escalinatas y
terrazas, todo frágil, como decoración de teatro, supliendo lo endeble
de su construcción y lo misterioso de su cocina con pomposos títulos:
-Restaurant de París, Fonda del buen gusto-; y entre estos pedantes de
la gastronomía veraniega, los bodegones indígenas con su sombrajo de
esteras, las mesas cojas con porrón en el centro y el fogón al aire
libre; establecimientos que ostentaban con aire fiero sus rótulos de
regocijada ortografía: -El Nap, Salvaor y Neleta-, y ofrecían como plato
del día desde San Juan á Septiembre, los caracoles en salsa.
Y por entre esta población improvisada, que se desvanecía como humo con
las primeras borrascas del otoño, pasaban los tranvías y ferrocarriles
pitando antes de aplastar; corrían las tartanas desplegando como
banderas de alegre locura sus rojas cortinillas, y hormigueaba la gente
hasta bien entrada la noche, con zumbido de avispero, en el que se
confundían los gritos de las galleteras, el lamento de los organillos,
el puntear de las guitarras, el repiqueteo de castañuelas y el agrio
ganguear de los acordeones, á cuyo son bailaban los de tufos y blusa
blanca, gente apreciable que, después de tomar un baño interno, y no de
agua, volvía á Valencia dispuesta á andar á navajazos ó á dar dos
bofetadas al primer municipal.
Los hombres de mar miraban desde el otro lado de la acequia la invasión
alegre, sin mezclarse en ella. ¡Que se divirtiera la gente! Aquella
temporada era como una vaca gruesa que ordeñaba el Cabañal para el resto
del año.
Á principios de Agosto llegó por fin el día en que la barca del -Retor-
pudo darse por terminada. ¡Vaya una joya! Su patrón hablaba de ella como
un abuelo que pondera el desarrollo de su nieto. Madera de lo mejor que
se había encontrado; el mástil recto, terso, sin una mala grieta; el
casco panzudito para que resistiera bien las marejadas, pero con una
proa tan fina, que era -talmente- una navaja de afeitar; pintado de
negro charolado y brillante como un zapato de señor, y el vientre
blanco, deslumbrante, ni más ni menos que una anguila: lo que era.
Ya no faltaba más que el cordaje, las redes y demás artefactos; pero
para eso estaban trabajando los mejores hilanderos de la playa, y antes
del 15 la barca estaría completa y podría presentarse tan hermosa como
una novia que va á casarse vestida de nuevo de cabeza á pies.
Esto lo decía -el Retor- una noche, sentado en el corro que se formaba á
la puerta de su casa.
Había convidado á cenar á su madre y á su hermana Roseta; Dolores estaba
al lado de él, y un poco más allá, con la silleta de cuerda apoyada en
el tronco de un olivo y mirando la luna á través del empolvado ramaje
con cierta expresión de trovador de cromo, punteaba Tonet una guitarra.
Sobre la acera, á pocos pasos, chirriaba la enorme sartén cargada de
pescado sobre un picudo fogón de barro; correteaban los chicuelos de la
vecindad por el fangoso arroyo persiguiendo á los perros, y en todas las
puertas formábanse corrillos buscando la escasa brisa que venía del mar.
-¡Redeu!- ¡Cómo estarían asándose en Valencia!
La -siñá- Tona estaba muy vieja. Acababa de dar el salto, como ella
decía. De la obesidad bien conservada había pasado bruscamente á la
vejez, y á la luz cruda y azulada de la luna veíase su cabeza escasa de
pelos, en la que éstos, tirantes y grises, formaban como un sutil
enrejado sobre la sonrosada calvicie; el rostro arrugado, con las
mejillas flácidas y colgantes, y los ojos negros, de los que tanto se
había hablado en la playa, asomaban apenas tristes y mates por entre las
abotagadas carnosidades que pretendían sepultarlos. Aquella decadencia
era por los disgustos. ¡Lo que los hombres la habían hecho rabiar! Y
aludiendo con esto á su hijo Tonet, pensaba sin duda en el carabinero.
Además, los tiempos empeoraban. La tabernilla de la playa daba una
miseria, y la chica, su Roseta, había tenido que meterse en la fábrica
de Tabacos, y todas las mañanas, con la cestita al brazo, emprendía el
camino de Valencia, formando en las bandas de caras jóvenes, graciosas y
procaces que, con airoso taconeo y faldas revoloteantes, iban á
estornudar encerradas en el ambiente cargado de rapé de la antigua
Aduana.
¡Y qué chica se había hecho la tal Roseta! Bien puesto tenía el nombre:
su madre la contemplaba muchas veces á hurtadillas, recordando en ella
la gallardía del -siñor Martines-.
Ahora mismo, al lamentar que su hija tuviera que ir á la fábrica en las
mañanas de invierno, mirábala al pie del olivo con la rubia cabellera
alborotada, los ojos inmóviles y aquella tez blanca que resistía al sol
y á la brisa del mar, jaspeada por las sombras del ramaje, al través del
cual pasaba la luna trazando arabescos de luz y sombra sobre el rostro
de la muchacha.
Roseta paseaba de Dolores á Tonet sus ojazos fijos y melancólicos de
Virgen que todo lo sabe. Al oir á Pascual que elogiaba á su hermano,
cada vez más apartado de la vida alegre y aficionado á meterse en
aquella casa para gozar de la calma y las buenas palabras que no
encontraba en la suya, la hermanastra sonrió sarcásticamente.
¡Oh, los hombres! Lo que ella y su madre decían. El que no era un pillo
como Tonet, era un bestia como Pascualo. Por eso los aborrecía, y
causaba la admiración de todo el Cabañal, rechazando á los que la
proponían noviazgos. No quería nada con los hombres. Y en su memoria
retoñaban todas las maldiciones que había oído á su madre en los
momentos de desesperación, cuando apostrofaba en la soledad de su
barcaza.
En el corro reinaba el silencio. Chillaba el pescado en la sartén,
punteaba Tonet vagos arpegios en su guitarra, y la revuelta taifa de
chiquillos plantados en mitad del arroyo miraban la luna con el mismo
asombro que si la viesen por vez primera y cantaban con monótona
tonadilla, sonando sus voces como campanillas de plata:
-La lluna, la pruna- -vestida de dòl-...
¡Á ver si callaban! Lo mandaba Tonet, á quien le dolía la cabeza. Pero
¡que si quieres!...
-sa mare la crida- -son pare no vòl-.
Y los perros vagabundos uníanse al himno infantil extravagante en honor
á Diana, enviándola sus más fieros ladridos.
-El Retor- seguía hablando de su barca. Nada faltaba para el día 15;
hasta el cura estaba apalabrado para ir á media tarde á echarla la
bendición. Pero algo faltaba, -¡futro!-... ¡y no haberlo pensado!
Faltaba el nombre. ¿Cómo iba á llamarse la barca?
Tan inesperado problema conmovió el corro, y hasta Tonet dejó en el
suelo la guitarra, quedando en actitud pensativa.
Ya tenía él el nombre. Sus aficiones belicosas, sus recuerdos de marino
del Rey se lo habían sugerido. Se llamaría -Escupehierro-. ¡Eh! ¿qué
tal?
Por -el Retor- no había inconveniente. El pacífico panzudo gallardeábase
con fiereza al pensar que su barca iba á llamarse -Escupehierro-, y la
veía ya surcando en el mar con la arrogancia enfática de un falucho
portugués.
Pero las mujeres protestaban. ¡Vaya un nombre! ¡Cómo se reirían en el
Cabañal! ¿Y qué hierro iba á escupir una barca pescadora? Lo mejor era
la proposición de la -siñá- Tona: que se llamase -Ligera-, como la otra
en que pereció el tío Pascualo y había servido de refugio á toda la
familia.
Protesta general. Un título así forzosamente había de tener mala sombra.
La suerte de la otra lo demostraba.
El de Dolores era mejor: -La rosa del mar...- ¡Qué bonito! ¡Qué gusto
tenía para todo su mujer! Pero -el Retor- recordaba que había otra con
el mismo título. ¡Era lástima!...
Y Roseta, que había callado, haciendo un mohín de disgusto á cada
título, soltó el suyo. Debía llamarse -Flor de Mayo-. Aquella misma
noche lo pensaba ella en la barcaza de la playa, mirando una estampa de
las que adornaban las libras de tabaco «Flor de Mayo» que venían de
Gibraltar. La seducía el título tan bonito, formando una aureola de
colores sobre la marca, que era una señorita vestida como una bailarina,
con rosas como tomates sobre la faldilla blanca, y en la mano un manojo
de flores que parecían rábanos.
-El Retor- se entusiasmaba. Sí; -¡recristo!- aquello estaba puesto en
razón. La barca se llamaría -Flor de Mayo-, como el tabaco que fabrican
en Gibraltar. Era de justicia; la barca se hacía principalmente con el
dinero del alijo, y éste se componía en su mayor parte de aquellos
paquetes con la alegre señorita. Tenía razón su hermana; -Flor de Mayo-,
nada más que -Flor de Mayo-.
Todos se entusiasmaban con el título; lo encontraban dulce y bonito; sus
rudas imaginaciones agitábanse con un estremecimiento de poesía. Le
encontraban algo misterioso y atractivo, sin sospechar que el mismo
nombre era el de la histórica barca que, llevando hacia las costas
americanas el perseguido éxodo de los puritanos ingleses, presenció la
gestación de la mayor república del mundo.
-El Retor- estaba radiante. ¡Qué talento tenía Roseta! ¡Á cenar,
caballeros!... y á los postres se brindaría por -Flor de Mayo-.
Y Pascualet, al ver que la sartén del pescado se entraba en la casa con
toda la familia, abandonó el orfeón de gente menuda, con lo que terminó
el monótono concierto de -la lluna, la pruna-.
Con la facilidad de transmisión de los pueblos pequeños, pronto supo
todo el Cabañal que la barca se llamaba -Flor de Mayo-, y cuando en la
víspera de la bendición la arrastraron hasta la orilla, frente á la
-casa del bòus-, llevaba ya en la borda de popa, por la parte interior,
pintado con hermoso azul, su dulce título.
Al día siguiente por la tarde, el barrio de las Barracas parecía estar
en domingo. Fiestas como aquella se veían pocas. Era padrino de la barca
nada menos que el señor Mariano -el Callao-, un ricachón que, aunque del
puño prieto, en obsequio á su sobrino estaba dispuesto á derrochar un
dineral. En la playa iban á rodar los confites y á circular las copas
como una bendición de Dios.
-El Retor- sabía hacer bien las cosas. Había ido á la iglesia para
escoltar hasta la playa con los hombres de su tripulación á don Santiago
el cura. El párroco lo acogió con una sonrisa de las que se guardan para
los buenos parroquianos. ¡Qué! ¿Ya era la hora? Pues que llamasen al
sacristán para que preparara el calderillo y el hisopo. Él se arreglaba
en un momento; cuestión de calarse el roquete y nada más.
Pascual protestó indignado. ¿Qué era aquello de roquete? Capa, y la
mejor que tuviera. El bautizo de su barca no era cualquier cosa; además,
él estaba allí para pagar lo que fuese.
Don Santiago sonrió. Bueno; la capa no correspondía, pero lo haría por
él, que era un buen cristiano y sabía quedar bien con las personas.
Y salieron de la casa rectoral; el sacristán delante con el hisopo y el
sagrado cuenco, y detrás, escoltado por el patrón y sus marineros, don
Santiago, en una mano el libro de oraciones y levantándose con la otra,
para no rozar el barro, la capa vieja y suntuosa, de una blancura mate,
con los pesados bordados de oro de un tinte verdoso, mostrando por entre
la deshilachada trama el relleno del realce.
Acudían á bandadas los chiquillos á restregar la mocosa nariz en aquella
mano santa, que á cada instante había de soltar la capa. Las mujeres
saludaban sonrientes al -pae capellá-, hombre campechano, tolerante, con
sus puntos de malicia, sabiendo amoldarse á las costumbres de su
-ganado-, y que muchas veces veíase detenido en medio de la calle por
alguna pescadera de las que encargaban misas, pidiéndole que bendijera
las cestas y la balanza para que los municipales de Valencia no la
pillasen con las pesas cortas.
Al salir á la playa la comitiva, comenzaron á voltear las campanas,
confundiendo su parloteo juguetón con los murmullos de las olas. La
gente corría por la playa para llegar á tiempo y ver toda la ceremonia,
y allá lejos, en un espacio libre de barcas, alzábase sobre la arena la
-Flor de Mayo-, rodeada de negro y bullidor enjambre, brillante,
charolada, bañada por el sol que doraba sus costados, y destacando sobre
el espacio azul el mástil esbelto y graciosamente inclinado, en cuyo
tope agitábase el distintivo de toda barca nueva, un ramillete de
gramíneas y flores de trapo que habían de quedar allí hasta que el
viento de los temporales fuese arrebatándolas.
-El Retor- y sus hombres abrían paso al cura entre el gentío que se
apelotonaba en torno de la barca. Frente á la popa estaban los padrinos;
la -siñá- Tona con mantilla y falda nueva, y el señor Mariano, puesto de
sombrero y bastón, hecho un caballero, ni más ni menos que cuando iba á
Valencia para hablar con el gobernador.
Toda la familia ofrecía un aspecto de suntuosidad que alegraba la vista.
Dolores, con traje de color rosa, en el cuello un pañuelo de seda de
vistosas tintas y los dedos cargados de sortijas; Tonet, pavoneándose en
la cubierta con la chaqueta nueva, la gorra flamante caída sobre una
oreja y atusándose el bigotillo, muy satisfecho de verse en la altura
expuesto á la admiración de las buenas mozas; abajo, al lado de Roseta,
su Rosario, que en gracia á la solemnidad había hecho las paces con
Dolores y se presentaba con su mejor ropa; y -el Retor-, deslumbrante,
hecho un inglés, con un traje de rica lana azul que le había traído de
Glásgow el maquinista de un vapor, y ostentando sobre el chaleco--prenda
que usaba por primera vez en su vida--una cadena de -doublé- tamaña como
un cable de su barca.
Sudaba con aquel hermoso traje de invierno; daba codazos y se esforzaba
por que no empujase la muchedumbre al capellán y los padrinos. ¡Á ver,
señores!... un poco de silencio. Un bautizo no es cosa de risa. Después
sería el jaleo.
Y para dar ejemplo á la irrespetuosa masa, puso el gesto compungido y se
quitó la gorra, mientras el capellán, no menos sudoroso bajo su pesada
capa, ojeaba el libro de oraciones buscando la de «-Propitiare Domini
supplicationibus nostis et benedic navem istam-», etc.
Los padrinos, graves y con la mirada en el suelo, estaban á ambos lados
del cura; el sacristán espiaba á éste, pronto á contestar -¡amén!- á
todo, y la multitud calmábase y quedaba suspensa, con la cabeza
descubierta, esperando algo extraordinario.
Don Santiago conocía bien á su público. Leía la sencilla oración con
gran calma, deletreando las palabras, abriendo solemnes pausas en el
silencio general, y -el Retor-, á quien la emoción convertía en un pobre
mentecato, movía la cabeza á cada frase, como si estuviera empapándose
de lo que el cura decía en latín á su -Flor de Mayo-.
Lo único que pudo pillar fué lo de -Arcam Noe ambulantem in diluvio-, y
se infló de orgullo al adivinar confusamente que su barca era comparada
con la embarcación más famosa de la cristiandad, y con esto quedaba él
mano á mano con el alegre patriarca, el primer marinero que hubo en el
mundo.
La -siñá- Tona se llevaba el pañuelo á los ojos, apretándolos para
impedir que saltasen las lágrimas.
Terminada la oración, el cura empuñó el hisopo:
---Asperges-...
Y envió á la popa de la barca un polvo de agua que resbaló en menudas
gotas por las pintadas tablas. Después, siempre seguido por el -amén-
del sacristán y precedido por el patrón, que abría paso, dió la vuelta
en torno de la barca, repitiendo hisopazos y latines.
-El Retor- no podía creer que la ceremonia hubiese terminado. Faltaba
bendecir lo de arriba, la cubierta, el fondo de la cala; ¡vamos, don
Santiago, un esfuerzo; ya sabía que él quedaba bien! Y el cura,
sonriendo ante la actitud suplicante del patrón, se aproximó á la
escalerilla aplicada al vientre de la barca y comenzó á ascender con su
incómoda capa que, bañada por el sol de la tarde, parecía de lejos el
caparazón de un insecto trepador y brillante.
Terminó la bendición. Se retiró el cura sin otro acompañamiento que su
monago, y arremolinóse la multitud en torno de la barca como si fuese á
entrar al asalto.
¡Buena se iba á armar! Toda la pillería del Cabañal estaba allí, ronca,
desgreñada, increpando á los padrinos con su chillona canturía.
-Armeles, confits-...
El señor Mariano sonreía omnipotente desde la cubierta. Ahora verían lo
que era bueno. Una onza de oro se había gastado para quedar bien con su
sobrino. Y se agachó, metiendo las manos en los cestos que tenía entre
las piernas. ¡Allá va! Y el primer metrallazo de confites, duros como
balas, cayó sobre la vociferante chusma, que se revolcaba por la arena
disputándose las almendras y los canelados, al aire las sucias faldillas
ó mostrando por los rotos pantalones sus carnes rojizas y costrosas de
pillos de playa.
Tonet destapaba los tarros de Ginebra, llamando á los amigotes con aire
protector, como si fuese él quien pagara. La caña blanca medíase á
jarros, y todos acudían á beber; los carabineros, fusil al brazo, los
viejos patronos, los de las otras barcas, que llegaban descalzos,
vestidos de bayeta amarilla, como payasos, y los grumetillos que, sobre
los harapos y atravesado en la faja, ostentaban pretenciosamente un
cuchillo tan grande como ellos.
Arriba estaba la juerga. La cubierta de -Flor de Mayo- resonaba con
alegre taconeo como el entarimado de un salón de baile; un vaho de
taberna esparcíase en torno de la barca, y Dolores, atraída por la
alegría de los de arriba, se encaramó por la escalera, increpando en
cada peldaño á los grumetillos que se agazapaban con la malsana
intención de ver las medias encarnadas de la soberbia moza.
La mujer del -Retor- estaba en su elemento arriba, entre tanto hombre,
rodeada de un ambiente de voraz admiración, pisando fuerte las tablas
que eran suyas y muy suyas, contemplada desde abajo por muchas mujeres,
y especialmente por su cuñada Rosario, que debía estar muriéndose de
envidia.
Pascual no abandonaba á su madre. En aquel día solemne para él y tantas
veces ansiado, sentía como un recrudecimiento de su cariño filial, y se
olvidaba de su mujer y hasta de su Pascualet, que se atracaba de
confites en la barca, para no pensar más que en la -siñá- Tona.
---¡Amo de barca!-... -¡Amo de barca!-
Y abrazaba á la vieja, besándola los ojos abotagados, que lloraban
también.
Algo renacía en la memoria de Tona. La fiesta en honor de la barca
evocaba el pasado, y por encima de la loca aventura con el carabinero y
de los largos años de viudez y aborrecimiento á los hombres, resucitaba
el tío Pascual joven y vigoroso, tal como le conoció al casarse, y
lloraba desconsolada, como si acabase de perderlo en aquel instante.
---¡Fill meu!, ¡fill meu!---gemía abrazando al -Retor-, en quien veía
una asombrosa resurrección de su padre.
Él era la honra de la familia; quien le hacía recobrar su perdida
importancia á fuerza de trabajo. Y si ella lloraba era porque sentía
remordimiento: se acusaba de no haberle querido todo lo que merecía.
Ahora se desbordaba su cariño; sentía prisa de amarle mucho, y temía...
sí señor, temía que su Pascualet, su pobre -Retor-, tuviese igual suerte
que su padre. Y al manifestar sus temores con voz entrecortada por el
llanto, miraba la vieja tabernilla que se veía desde allí: la barcaza
que guardaba en sus entrañas la espantosa tragedia de un mártir del
trabajo.
El contraste entre la barca nueva, gallarda, deslumbrante, y aquel ataúd
que, falto de parroquianos, iba haciéndose cada vez más tétrico y
negruzco, impresionaba á Tona, y hasta creía ver ya á -Flor de Mayo-
rota y tumbada, como vió un día la otra llevando en su seno á su pobre
marido.
No; ella no se alegraba. La hacía daño la algazara de la gente. Era
burlarse del mar, de aquel hipócrita que ahora susurraba marrulleramente
como un gato traidor, pero que se vengaría apenas -Flor de Mayo- se
confiase á él.
Sentía miedo por su hijo, al que amaba de pronto como si le encontrase
tras larga ausencia; nada importaba que fuese un gran marinero; también
lo era su padre y se burlaba de las olas. ¡Ay! se lo decía el corazón.
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