Se alejaron los acorazados, borrándose al poco rato en el horizonte, sin dejar más rastro que algunas nubecillas flotantes, absorbidas por el inmenso azul. Á media tarde comenzó á marcarse vagamente una sombra que parecía el arqueado lomo de un cetáceo. Ya tenían la tierra á la vista. Tonet recordaba aquello; era el centinela avanzado de la costa, el cabo de la -Mala Dòna-. A babor estaba Argel. La brisa refrescaba cada vez más; la vela, hinchada, describía una atrevida curva sobre el inclinado mástil; la proa hundíase y se levantaba saludando gentilmente el hervor del agua cortada que la cubría de espumarajos, y toda la -Garbosa-, crujiente y conmovida, avanzaba veloz, como esas bestias débiles que se esfuerzan al percibir la cuadra y el descanso. Caía la tarde, y en los flancos de la -Mala Dòna-, esfumados por la distancia, íbanse marcando nuevas tierras, montañas bajas con manchas blancas de caseríos. La barca navegaba cada vez más veloz, como si la atrajera la tierra, y ésta se alejaba como esos países de los cuentos de hadas que huyen conforme el viandante acelera su marcha. La -Garbosa- inclinábase al Sudeste, y al cerrar la noche dejaba á estribor el cabo y seguía de cerca la costa, saltando por encima del pequeño oleaje, que la hacía danzar alegremente. Sobre el cielo de un hermoso azul turquí destacábase la dentellada crestería de la costa; venía de tierra un aliento cálido, como de misteriosa habitación cargada de extraño perfume, y surgía de la tierra la luna al principio de su creciente; una verdadera luna oriental y delgada, de cuernos encorvados, como la que figura en el estandarte del Profeta y corona la cúpula de los minaretes. Aquello era estar en África. Percibíase desde la -Garbosa- el choque del oleaje sobre los acantilados, las lucecillas de los pueblos ribereños, los gritos de los moros del campo; y á lo lejos, al término de la montañosa línea, donde el mar parecía precipitarse tierra adentro, en caprichosa revuelta, brillaban algunos puntos rojos de vivo fulgor. Allí estaba Argel. Tardaron unas tres horas en llegar. Las luces se multiplicaban, como si por todas partes brotasen del suelo rosarios de luciérnagas; clasificábanse en diverso brillo é intensidad; las había á centenares, en línea serpenteando, como si bordeasen un camino de la costa; al fin, tras una orzada para doblar un pequeño promontorio, apareció la ciudad con todo su resplandor de puerto levantino. Á excepción de Tonet, todos en la barca se quedaron embobados contemplando el espectáculo. ¡Recristo! ¡Debía hacerse el viaje sólo por ver aquello! Podían ir al infierno el Grao y su puerto. Estaban en una gran bahía de aguas sombrías é inmóviles, en cuyo fondo abríase el puerto con faroles verdes y rojos en la embocadura. Detrás, la ciudad, escalonándose colina arriba, blanca hasta en las sombras de la noche, moteada por millares de luces, como si se celebrase alguna fiesta con espléndida iluminación. ¡Vaya un derroche de gas! En las aguas del puerto culebreaban las líneas rojas, como si en el fondo se divirtieran los peces disparando cohetes voladores; brillaban las linternas rojas en el bosque de mástiles, unos escuetos con la sobriedad de la marina mercante, otros con cofas y ametralladoras; y arriba, sobre los baluartes, en la ciudad baja puramente europea, destacábanse con resplandor de incendio las fachadas de los cafés cantantes, las grandes tiendas y los bulevares atravesados por negro hormigueo y veloces carruajillos con toldos de lienzo blanco. Llegaban hasta la barca plegados, confundidos y revueltos por la brisa de la noche, las musiquillas de los cafés, el toque de retreta de los cuarteles, el rumor del gentío en las calles, los gritos de los boteros árabes que atravesaban el puerto: toda la agitada respiración de una ciudad comercial y exótica, que, después de cometer durante el día las mayores felonías por conquistar el franco, se entrega al placer al llegar la noche con el apetito excitado. -El Retor-, repuesto de su sorpresa, pensaba en el negocio. Recordaba las instrucciones de su tío, y mientras la tripulación recogía la vela para que darse al pairo, él prendía fuego á un calabrote embreado y agitaba la rojiza antorcha sobre su cabeza, ocultándola por tres veces tras una lona que sostenía el -gato- de la barca. Esto lo repitió un sinnúmero de veces, mirando fijamente la parte más obscura de la costa. Tonet y los otros tripulantes seguían con curiosidad tales señales. Por fin vióse brillar en tierra una luz roja. Los del -entrepôt- contestaban: no tardaría á llegar el cargamento. -El Retor- explicaba á los suyos las ventajas de este sistema. No convenía cargar dentro del puerto. El tío Mariano sabía por experiencia que allí habían muchos -moscas- prontos á telegrafiar á España el nombre y la matrícula de la barca para ganarse una parte de la presa. Lo mejor era recibir la carga fuera, en la sombra de la noche; al amanecer hacerse á la vela antes de que nadie se enterara, llegar á la costa de Valencia sin avisos de ninguna clase, y ¡adivina quién te dió! Y el bondadoso pescador se reía de su propia malicia, aunque mirando interiormente á su experto tío, que le había dado tan buenos consejos. Mientras el patrón esperaba la llegada de la carga mirando el punto de la sombría costa donde había brillado la luz, Tonet y los marineros, sentados en la proa con las piernas colgando sobre el mar, contemplaban codiciosos la iluminada ciudad. Bien se acordaba el marido de Rosario de su estancia allí, y relataba á sus embobados compañeros las alegres correrías por Argel. Les designaba las fachadas con grandes rótulos de gas, por cuyas ardientes ventanas escapábase una música chillona y confuso rumor de avispero. Eran los cafés cantantes. ¡Caballeros, cuánto se había divertido allí! Y el -gato- de la barca, estirando su desgarrada boca de oreja á oreja, brillándole los ojuelos de muchacho vicioso, creía ver las cantatrices casi desnudas, con enorme sombrero de gasa, que graznaban sobre el tablado moviendo á compás las caderas y el vientre. Aquella calle recta, tendida sobre el muelle, toda de arcos y en cada hueco una luz como la interminable nave de una iglesia, era el -Boulevard de la República-, con sus grandes cafés, donde iban los señores oficiales á tomar la absenta, teniendo por vecinos de mesa los morotes ricos de enorme turbante y los negociantes judíos de túnica de seda sucia y vistosa. Detrás estaban otras calles, también con arcos y hermosas tiendas; la -plaza del Caballo- con la mezquita principal, un gran caserón blanco, donde entraban los bobos descalzos y recién lavados á hacerle cortesías al zancarrón de Mahoma, mientras que arriba, en lo último de la torrecilla que se veía desde la barca, un tío con turbante pateaba y gritaba á ciertas horas como si estuviera loco. Por todas las calles madamas muy bien vestidas que olían á gloria, andando como patitos y diciendo -mersi- á cada chicoleo; soldados con gorro de datilero y unos pantalonazos dentro de los cuales cabía la familia; gente de todos los países, lo mejorcito de cada casa, que había ido allí huyendo del rey, y cada dos puertas una cantina con sus mesas en la acera, donde se servía la absenta á vasos. Tonet lo había visto todo y lo describía á los suyos con manoteos y guiños, subrayando muchas veces la palabra con acciones que hacían prorrumpir al grumete en escandalosas carcajadas. ¿Y la ciudad alta donde vivían los moros? -¡Redeu!- Aquello sí que era notable. ¿Se acordaban del callejón junto al mercado del Grao? ¡Aquel en que se tocan con los codos las paredes!... Pues era una carretera, comparado con las gargantas de lobo que cruzan la parte alta, siempre cuesta arriba, casi cubiertas por los aleros y con un arroyo de inmundicia bajando por los escalones del empedrado. Había que tomar fuerza en todos los cafetines del tránsito para subir tales calles y taparse las narices ante las tiendas, miserables tabucos en cuyo umbral fuman en cuclillas los morazos diciéndose Dios sabe qué cosas en su jerga de perros. Allí se vivía como un hombre, y con poco se sacaba la panza de mal año. El que tuviera buen estómago y no le importara ver comer el alcuzcuz á puñados con las manos después de acariciarse los pies, por un real se zampaba un plato bien colmado, un par de huevos pintados de rojo como los de Pascua, y aun podía tomar café en una tacita como un cascarón, tendido sobre la tarima de cualquier cafetín moruno, y hasta dormirse al son de una flauta y dos panderos. Había también sus cosas buenas. Moritas caritativas del dominio común, que llamaban desde sus puertas con la cara pintarrajeada, las uñas teñidas de azul y el pecho moteado por extravagantes dibujos; negrotas de los establecimientos de baños que sonreían como perros ofreciendo frotaros con sus manazas, y otras -¡rediel!-... otras que eran las señoras, con la cara tapada de tal modo, que sólo se veía la nariz y un ojo, con sus anchos calzones bamboleándose al andar y enseñando por bajo del manto la chaquetilla de oro, los brazos como un mostrador de platería, y sobre el abultado pecho infinitos rosarios de moneditas y medias lunas. ¡Y qué ojos, chiquillos! ¡Qué curvas! Aun se acordaba él de una negrota rica, con la que tropezó en un callejón de allí arriba. Como él era así... no pudo remediarlo; la pellizcó por la espalda en los zaragüelles, que parecían hinchados y estaban duros como la piedra; la negra chilló como una rata, cayeron sobre él tíos y más tíos, todos feos y con enormes trancas; él y sus dos amigotes tiraron de la faca marinera, y aquello se acabó cuando subieron los zuavos y se los llevaron al -violón-, de donde los sacó el cónsul después de dos días de encierro. Los marineros le oían ansiosos, admirando su superioridad, y mientras reían comentando el lance de la negra, Tonet murmuraba mirándose los pies con expresión de hombre cansado: ---¡Ay!-... -Entonses tenía yo més humor-. El patrón dió un grito desde la popa. Alguien se acercaba de tierra. Una luz roja agrandábase por momentos y oíase un sordo chapoteo, como si nadase un perrazo con dirección á la barca. Era el vaporcito del -entrepôt-. Saltó á la cubierta de la -Garbosa- un buen mozo con bigote rubio y gorra azul, y en ese idioma híbrido de los puertos africanos, mezcla de italiano, francés, griego y catalán, dió cuenta al -Retor- de su comisión. Habían recibido á tiempo el aviso de -mosiú- Mariano, de Valencia; les esperaban desde la noche anterior; habían visto la señal y allí estaba el cargamento para transbordarlo cuanto antes, pues aunque las autoridades francesas hacían la vista gorda, convenía en tales negocios despachar pronto. ---¡A la faena!---gritó el Retor á su gente--. -Cárrega á bordo-. Y desde el vaporcito, cuya chimenea apenas si asomaba un palmo sobre el montón de la carga, comenzaron á pasar á la barca los gruesos fardos envueltos en lona embreada, impregnados de picante olor. Las dos embarcaciones estaban amarradas una á otra, y el transbordo de la carga se hacía con facilidad. La abierta escotilla engullíase los fardos, y la -Garbosa-, conforme avanzaba la operación, iba hundiéndose, lanzando un sordo quejido, como una bestia paciente que se lamenta de la excesiva carga. El mocetón rubio del vapor examinaba con creciente asombro la barca. ¿Pero era posible que aquel ataúd resistiera tanto? Y -el Retor- contestaba golpeándose el pecho como para darse una convicción que comenzaba á faltarle. Toda; ni un fardo menos. Y su cuenta, si le ayudaba Dios y el Santo Cristo del Grao, era tirar aquellos bultos de allí á dos noches en la playa del Cabañal. La cala estaba atestada y los fardos se apilaron sobre la vieja cubierta, colocándose en la borda palitroques y cuerdas para contenerlos y que no cayesen al mar. ---Buona sorte, patrón---chapurreó el rubio quitándose su gorrilla y estrechando con fuerza la mano del -Retor-. Se alejó el vaporcillo; la -Garbosa- extendió su vela, y comenzó á correrse hacia la izquierda la ciudad, con su iluminación cada vez menos brillante. Al -Retor- se le encogía el corazón viendo marchar su barca. ¡Ay! ¡Que Dios no se olvidase de ellos y no les enviara un poco de mal tiempo! Aun con buena mar, la barca navegaba milagrosamente, hundida casi hasta la borda, cabeceando torpemente y elevándose con tal lentitud sobre las olas, que éstas, á pesar de ser flojas, le entraban por la proa como si estuviera corriendo un temporal. Tonet, ajeno á los cuidados que inspiraba la propiedad, se reía de la barca, que, según él, parecía un torpedero navegando con la cubierta á flor de agua. Cuando amaneció, el cabo de la -Mala Dòna- veíase por la popa como una vaga silueta, y al poco rato la barca estaba en alta mar. La carga, hecha con tanta rapidez frente á Argel y en la sombra de la noche, la recordaba -el Retor- como si fuese un sueño, ahora que se veía de nuevo en medio del Mediterráneo, sin tierras á la vista. Pero para no dudar, allí estaban los fardos, durmiendo sobre ellos la tripulación fatigada por la faena de carga, y como testimonio decisivo, la pobre -Garbosa-, que navegaba torpemente como una tortuga. Lo único que tranquilizaba al -Retor- era el tiempo. Buen viento y mar bella; aun así, á la barca le vendría justo el llegar á Valencia. Ahora comprendía el patrón su temeridad al acometer el negocio con tal zapato. Y á pesar de que no conocía el verdadero miedo, pensó algunas veces en su padre, aquel valiente que se burlaba del mar como de un amigo manso, lo que no impidió que lo recogiesen en la playa deshecho y corrompido como un salivazo de las olas. La barca navegó sin novedad hasta el amanecer del día siguiente. El cielo estaba encapotado. Un largo estremecimiento agitaba la superficie del agua, y el cabo de San Antonio se mostraba envuelto en brumas, así como el Mongó, cuya cumbre aparecía suspendida en el espacio con la base cortada por dos fajas de nubes. La -Garbosa-, inclinada sobre babor de un modo alarmante y con la ventruda vela rozando casi las aguas, avanzaba rápidamente. El cariz alarmante del tiempo inquietaba al patrón, que debía aguantar hasta la noche para hacer el alijo. De pronto púsose en pie de un salto y abandonó la caña del timón. Fijábase en una vela que se destacaba sobre el fondo gris del cabo... -¡Futro!- No se equivocaba; bien conocía aquella embarcación. Era una escampavía de Valencia que parecía al acecho costeando frente al cabo. Algún -mosca- había hecho de las suyas en el Cabañal, diciendo que la -Garbosa- había salido á algo más que á pescar. Tonet también adivinaba la clase de la embarcación, y miraba á su hermano con inquietud. Aun era tiempo; á tomar mar. Y la -Garbosa-, inclinando un poco su proa, se alejó del cabo, huyendo hacia el Nordeste. El viento la favorecía en esta maniobra, y la -Garbosa- navegaba con gran rapidez hundiendo muchas veces bajo las olas su abrumado casco. La escampavía al poco rato imitaba la maniobra, dándola caza. Aquella barca era mejor y más ligera, pero la distancia entre las dos resultaba considerable, y -el Retor- pensaba huir, huir siempre, aunque fuese á dar en el mismísimo puerto de Marsella, si antes no se tragaban las aguas á la guitarra vieja con todo su cargamento. La persecución duró hasta mediodía, cuando estaban indudablemente á la altura de Valencia. Pero allí la escampavía viró, dirigiéndose á tierra. -El Retor- adivinó los propósitos de sus perseguidores. El tiempo no era muy seguro, y la escampavía prefería esperarle costeando, con el convencimiento de que más pronto ó más tarde iría la -Garbosa- hacia tierra para echar sus fardos. Puesto que les concedía tal respiro, muchas gracias. Ahora á buscar un refugio, hijos míos, que el tiempo no estaba para permanecer en alta mar en un zapato como la -Garbosa-. ¡Á las Columbretas, refugio de los hombres honrados que tienen que huir en el mar por ser protectores del comercio! Y á las nueve de la noche, cuando las aguas se hinchaban con sordas y lívidas tumefacciones que hacían danzar locamente á la cansada -Garbosa-, ésta, guiada por la roja luz del faro, entró en la Columbreta Mayor, cráter apagado y roído por las olas; herradura de altas rocas, que en uno de sus extremos sustenta la torre con las habitaciones de los fareros, y en cuyo seno ábrese una pequeña bahía de agua tranquila siempre que no sopla el Levante. La isla es un murallón encorvado, sin un solo palmo de tierra llana; una alta faja de rocas carbonizadas y yermas, suelo maldito roído por el ambiente salitroso, en el que no crece ni un mal arbusto y por donde ruedan las piedras empujadas por los alacranes, junto á los esqueletos de los pescados que las olas arrojan á prodigiosa altura en los días de tempestad. Más allá, esparcidas por el inmenso mar hasta considerable distancia, están las Columbretas menores; la -Foradada-, surgiendo de las olas como el arco de un templo submarino, y las restantes, mogotes rectos, colosales é inabordables como los dedos de un coloso prehistórico sepultado en las misteriosas profundidades. La -Garbosa- quedó anclada en la bahía. Nadie bajó á verla. Los fareros estaban acostumbrados á las misteriosas visitas de gentes que se refugiaban en el solitario archipiélago con el deseo de que no se fijaran en ellos. Los de la barca veían en el avanzado promontorio las luces de las habitaciones del faro. El viento les traía algunas veces gritos humanos, pero hacían tanto caso de ellos como de los miles de gaviotas que, refugiadas en los peñascos, gemían lastimeramente como niños á quienes estuvieran matando. Fuera de la isla, al otro lado de la barrera escarpada, mugía el mar alborotado, y su oleaje, corriendo á lo largo del promontorio, amortiguábase entrando en la obscura bahía con violenta ondulación. Al amanecer, Pascual saltó á tierra, y por la tortuosa escalera de peldaños cortados en la roca llegó á la altura, mirando la vasta extensión comprendida entre la isla y la lejana costa, invisible por la cerrazón del tiempo. No se veía ni una vela; pero -el Retor- estaba intranquilo, temiendo que sus perseguidores vinieran á buscarle en aquel lugar tan conocido como refugio de contrabandistas. La inquietud del patrón iba en aumento. Presentía que más ó menos pronto la escampavía vendría á buscarle en las Columbretas, pero á pesar de su audacia temía hacerse á la mar con su barca vieja. La vida era lo de menos; pero ¿y el cargamento en que iba su fortuna? El egoísmo de la propiedad aceleró su determinación. ¡Á la mar, aunque el cargamento se lo fumasen los tiburones! Todo era preferible á que los ladrones guardacostas se hicieran dueños de lo que no era suyo. Y después que la tripulación engulló su olla, aparejó la -Garbosa- y salió de la isla tan misteriosamente como había entrado, sin saludar á nadie, seguida por la mirada curiosa de las familias de los fareros, agrupadas en la plazoleta frente á la torre. ¡Vaya un tiempo! Golpe va y golpe viene, la -Garbosa- tan pronto se encabritaba casi vertical sobre la cumbre de una ola, como se arrojaba de cabeza en las profundas y sombrías hendiduras, en cuyo fondo agitaban los remolinos sus giratorios centros, que parecían los traidores ojos del abismo. Nubes de agua pulverizada alzábanse de las bordas á cada choque, rociando toda la cubierta; los espumarajos de las olas resbalaban sobre el hule de los fardos, y la tripulación, agachada y atenta para no ser arrastrada por las acometidas del mar, chorreaba de cabeza á pies. Hasta Tonet estaba pálido y apretaba los dientes. En otra barca... bueno; pero en aquélla resultaba una locura haber abandonado la isla. Mas -el Retor- no atendía razones. ¡Diablo de panzudo! ¡y cómo se crecía en el peligro! Su ancha cara de cura sonreía á los golpes de mar más furiosos; estaba rojo, apoplético, como si acabase de levantarse de la mesa de la taberna después de alegre alboroque, y sus manazas no abandonaban la pesada caña ni se agitaba su corpachón con los terribles vaivenes que estremecían la barca de proa á popa, haciéndola lanzar un estertor de agonía. Se reía el maldito con la carcajada bonachona que tantas burlas le valía allá en el Cabañal. Aquello no era nada, -¡recordons!- No había que apurarse. Y si la zaparrastrosa se cansaba de navegar y daba la voltereta, ¡cómo había de ser! Allí se veía á los hombres y no haciendo el majo en las tabernas... ¡Atención con esa que viene!... -¡Brrum!- Ya pasó. Si llegaba la mala, un credo al Cristo del Grao y á cerrar los ojos. De todos modos el infierno está en este mundo, y allá arriba ni se come ni se trabaja. Además, aunque se llegue á viejo, nadie escapa; y para morir, vale más que se lo coman á uno los marrajos y tiburones, que son gente brava, que no ser chupado por los gusanos como estiércol. ¡Atención, que viene otra!... Y -el Retor- hablaba á sus compañeros soltando todo el caudal filosófico adquirido en su aprendizaje con el -tío Borrasca-. Pero el único que le oía era el -gato-, el muchachuelo que, pálido y verdosillo por la emoción, permanecía en pie agarrado al mástil, mirando á todas partes, como si no quisiera perder nada del espectáculo. Cerraba la noche. La -Garbosa- navegaba á media vela, dando espantosas cabezadas y sin luz alguna, como barco á quien importa más pasar desapercibido que evitar un choque. Una hora después vió el patrón una luz cercana que saltaba sobre las olas. Era una barca navegando en opuesta dirección. -El Retor- no pudo verla bien en la obscuridad: pero su instinto reconoció á la escampavía que, cansada de costear, en un arranque de audacia iba á las Columbretas afrontando el mal tiempo, para pillar á los contrabandistas en su refugio. Y por si acertaba, se dió el gusto de soltar el timón y con sus manazas hizo dos ó tres acciones indecentes, en señal de alegre desprecio. ¡Tomad, para el viaje! Á la una de la madrugada vieron los de á bordo el faro de la iglesia del Rosario. Tenían enfrente el Cabañal. La noche era á propósito para un alijo. ¿Pero les esperarían? -El Retor-, conforme se aproximaban á tierra, perdía su asombrosa serenidad. Demasiado conocía él aquella costa. Permanecer allí aguantando, era ir antes de dos horas, arrastrado por el mar y el viento, á estrellarse contra la escollera de Levante ó á encallar frente á Nazaret. Retroceder mar adentro, era imposible. Ya hacía rato que por ciertos crujidos de la barca, adivinaba el agua en la cala abarrotada de fardos. Si seguía algunas horas más en el mar, los golpes la irían desmenuzando, hasta hacerla astillas. Había que ir á tierra, aunque esto fuese buscar el peligro. Y la -Garbosa- marchó recta, empujada más por las olas que por el viento, hacia la obscura playa. Un punto luminoso brilló por tres veces, y el patrón y Tonet dieron un grito de felicidad. Allí estaba el tío; les aguardaba. Aquella era la señal. Había encendido tres fósforos, como lo hacen los contrabandistas, agazapado tras una manta tendida á sus espaldas para ser vista únicamente desde el mar. La -Garbosa- extendió toda su vela. Aquello era una locura. Volaba, sacando tan pronto la quilla al viento como hundiéndose en las olas; marchaba como un caballo desbocado, cayendo de un costado y encabritándose por otro; crecían espantosamente los mugidos del mar, hasta que por fin, desde lo alto de una ola espumosa, vióse la playa con un enjambre de negras siluetas, y sonó un golpe seco, terrible. La barca se detuvo, lanzando un estallido como si reventase; el viento rompió la vela y el agua invadió con terrible fuerza la cubierta, derribando hombres y arrebatando fardos. Acababan de encallar á pocos metros de tierra. Un enjambre de sombras, silenciosas como fantasmas, lanzóse al asalto de la barca, y sin decir palabra á los aturdidos marineros, apoderóse de los fardos, que comenzaron á pasar de mano en mano por la sombría cadena de brazos tendida hasta la playa. ---¡Tío, tío!---gritó -el Retor- lanzándose al agua, que no le pasó del pecho. ---Presente---contestó una voz desde la playa--. -Mutis y á la faena-. Era un espectáculo extraño: una pesadilla. El mar mugiendo en la densa lobreguez, los cañares de la playa doblándose á impulsos del vendaval como cabelleras de colosos enterrados, las olas avanzando como si quisieran tragarse la tierra, y una legión de sombríos demonios agitándose mudos é incansables, sacando fardos de la barca, que se deshacía por instantes, pescándolos en las espumosas aguas para enviarlos como pelotas á la playa, donde desaparecían cual si se los tragase la tierra, y algunas veces, al calmar por momentos el vendaval, oíase el chirriar de carros que se alejaban. - El Retor- vió á su tío Mariano que iba de una parte á otra con sus enormes botas de agua, la voz enérgica é imperiosa y un revólver en la mano. No había cuidado; los carabineros del puesto más próximo estaban -untados- y vigilaban para avisar si llegaba el jefe. Á los que no había que perder de vista era á la tropa silenciosa que hacía la descarga, gente demasiado lista de manos que gustaba de aprovecharse del barullo, y creía aquello de -quien roba á un ladrón-, etc. No; pues de él no se reirían, -¡redeu!- al primero que escondiera un fardo, le pegaba un tiro. La descarga fué como un sueño. Cuando -el Retor- comenzó á reponerse de la impresión sufrida al encallar y le dolieron menos las magulladuras, se alejaba ya el último carro. Los cargadores desaparecieron sin decir palabra, en distintas direcciones, como si se los tragara la arena. Ni un solo fardo se había perdido: hasta los del fondo de la cala habían sido extraídos de entre las rotas costillas de la barca hundida en la arena. Tonet y los demás tripulantes se alejaban también cargados con la vela y lo poco que quedaba en la barca de aprovechable. Al -gato- lo pescaron cuando estaba á punto de ahogarse; había caído de la barca en el momento de encallar. -El Retor-, al verse solo con su tío, lo abrazó. ¡Ay, tío Mariano! Por fin lo podía decir. Había pasado muy malos ratos, pero gracias á Dios todo estaba terminado. Ya arreglarían cuentas. Se había portado como un hombre, ¿verdad? Ahora se iba á dormir con su Dolores, que bien ganado lo tenía. Y se fué con su tío hacia el lejano Cabañal, sin echar una última mirada á la infeliz -Garbosa-, que se quedaba allí pataleando, prisionera de la arena, recibiendo en su pecho los puñetazos del mar, sintiendo á cada empujón que se le desencuadernaba el cuerpo y salía flotando un pedazo de sus entrañas; muriendo sin gloria, en la obscuridad, tras una larga vida de trabajo, como el caballo viejo, abandonado en medio del camino, cuyo blanco esqueleto atrae el revoloteo de los cuervos. VII El producto de la aventura fueron unos doce mil reales, que el tío Mariano entregó al -Retor- pocos días después. Algo más ganó el marido de Dolores: el aprecio de su tío, que le consideraba un hombre de pro y estaba satisfecho de haber sacado su parte sin grave riesgo, y el elogio de la gente de playa, que se había enterado del viaje. La salida de las Columbretas resultaba una buena jugada. La escampavía fué allá á riesgo de anegarse y no encontró nada. -El Retor- estaba como aturdido por su buena fortuna. El producto del -alijo-, mas aquellos ahorros amasados peseta sobre peseta, que estaban escondidos donde él y Dolores sabían, formaban una bonita suma, con la que un hombre honrado podía meterse en -algo-. Y este -algo-, ya se sabía, estaba en el mar, pues él no tenía el carácter de su tío para explotar en tierra y descansado la miseria de la pobre gente. El contrabando no había que pensar. Era bueno para una vez; como el juego, que siempre ayuda al principiante. No había que tentar al diablo: para un hombre como él, lo mejor era la pesca, pero con medios propios, sin dejarse robar por los amos, que se quedan en casa sacando la mejor parte. Como consecuencia de estos razonamientos que por la noche rumiaba agitándose entre sábanas y molestando á su Dolores, á la que no dejaba de consultar, decidió invertir su capital en una barca; pero no una barca cualquiera, sino la mejor, si era posible, de todas cuantas se daban á la vela frente á la casa -del bòus-. Ya era hora, -¡rediel!- No le verían más como marinero ni patrón alquilado; sería amo de barca, y como distintivo de su rango plantaría á la puerta de su casa el mástil más alto que encontrase para secar en la punta sus redes. Señores, sépanlo todos: -el Retor- hace una barca; Dolores la guapa, si va á la Pescadería ahora que es rica, venderá el pescado propio. Y las vecinas del barrio que comentaban tales noticias, al pasar por la acequia del Gas acercábanse á los tinglados de los calafates para contemplar con cierta envidia al -Retor- que, mascullando el cigarro, se estaba el día entero vigilando á los carpinteros que aserraban y cortaban maderos amarillos, frescos y jugosos, unos rectos y fuertes, otros encorvados y finos, para la nueva embarcación. La faena se hacía con calma. Nada de precipitaciones ni de errores; no había prisa. Lo único que deseaba Pascualo es que su barca fuese la mejor del Cabañal. Y mientras él se dedicaba en cuerpo y alma á la construcción de la barca, su hermano Tonet pasaba una de sus buenas temporadas con la parte que le correspondía del alijo, y que el bueno del -Retor- procuraba hacer lo mayor posible. En la vieja barraca donde se albergaban él y Rosario con todo su miserable acompañamiento de rencillas, brutalidades y palizas, no se notaba la menor abundancia después de la afortunada aventura. La infeliz mujer seguía cargando al amanecer con sus cestos de pescado para ir á Valencia, y muchas veces á Torrente ó Bétera, siempre á pie, para mayor economía; y cuando el tiempo no era favorable para la venta, pasábase los días en su agujero, sin más compañía que el fastidio y la miseria. Pero su Tonet estaba más buen mozo que nunca, con trajes nuevos, un puñado de duros en el bolsillo y metido siempre en el café, si es que no iba á Valencia con sus amigotes á arriesgar unas cuantas pesetas en las timbas de -cuartos- ó á alborotar en el barrio de Pescadores. Á pesar de esto, cuando veía á su tío, por no perder el derecho de la importunidad, le recordaba aquel empleíllo en las obras del puerto que perseguía en su época de penuria. Bañábase complacido en la abundancia momentánea que le volvía á los felices tiempos de su casamiento, y con su eterna imprevisión, con ligereza cínica que le hacía adorable para las mujeres, no pensaba en que tendría fin lo que su hermano le había dado, pequeña cantidad cuyo término iban prolongando los obsequios de los amigos y las alternativas del juego. Á altas horas de la noche llegaba á su barraca para acostarse, ceñudo y jurando entre dientes, dispuesto á contestar con bofetadas la menor protesta de Rosario. Ésta pasaba sin verle dos ó tres días muchas veces, pero no así en casa de su hermano, adonde iba con frecuencia, quedándose en la cocina si -el Retor- estaba fuera, al lado de Dolores, oyendo con la cabeza baja y ademán sumiso las acusaciones de su cuñada por su mala conducta. Si en una de éstas entraba -el Retor-, celebraba mucho el buen sentido de su mujer. Sí señor; Dolores le decía todo aquello porque le quería bien, porque era una mujer honrada y no podía consentir que su cuñado fuese tan loco y diera tanto que hablar. Y el panzudo bonachón, ante las reprensiones de su Dolores, una gran mujer, una verdadera madre para aquel hermano loco, llegaba hasta enternecerse... ¡Ira de Dios! Conforme se acababa el dinero de Tonet, se metía éste cada vez más en casa de su hermano. Bien aprovechaba los consejos maternales. Y para que la gente no tuviese motivo de murmuración, acompañaba algunos días á su hermano al tinglado de los calafates, siguiendo la formación del enorme esqueleto de madera que iba cubriendo sus flancos y marcaba sus gallardos perfiles bajo los mazos, sierras y hachas que lo golpeaban incesantemente. Así fué llegando el verano. El trozo de playa entre la acequia del Gas y el puerto, olvidado en el resto del año, presentaba la animación de un campamento. El calor empujaba á toda la ciudad á aquel arenal, del que surgía una verdadera ciudad de -quita y pon-. Las -barraquetas- de los bañistas, con sus muros de lienzo pintado y sus techumbres de caña, formaban en correcta fila ante el oleaje, empavesadas con banderas de todos los colores, rotuladas con extravagantes títulos, y ostentando, además, en el vértice, monigotes, miriñaques, barcos, muestras grotescas que distinguían el establecimiento para evitar errores. Detrás, en previsión del apetito que el aire del mar despierta en el gastado estómago, esparcíanse los merenderos, unos con aspecto pretencioso, escalinatas y terrazas, todo frágil, como decoración de teatro, supliendo lo endeble de su construcción y lo misterioso de su cocina con pomposos títulos: -Restaurant de París, Fonda del buen gusto-; y entre estos pedantes de la gastronomía veraniega, los bodegones indígenas con su sombrajo de esteras, las mesas cojas con porrón en el centro y el fogón al aire libre; establecimientos que ostentaban con aire fiero sus rótulos de regocijada ortografía: -El Nap, Salvaor y Neleta-, y ofrecían como plato del día desde San Juan á Septiembre, los caracoles en salsa. Y por entre esta población improvisada, que se desvanecía como humo con las primeras borrascas del otoño, pasaban los tranvías y ferrocarriles pitando antes de aplastar; corrían las tartanas desplegando como banderas de alegre locura sus rojas cortinillas, y hormigueaba la gente hasta bien entrada la noche, con zumbido de avispero, en el que se confundían los gritos de las galleteras, el lamento de los organillos, el puntear de las guitarras, el repiqueteo de castañuelas y el agrio ganguear de los acordeones, á cuyo son bailaban los de tufos y blusa blanca, gente apreciable que, después de tomar un baño interno, y no de agua, volvía á Valencia dispuesta á andar á navajazos ó á dar dos bofetadas al primer municipal. Los hombres de mar miraban desde el otro lado de la acequia la invasión alegre, sin mezclarse en ella. ¡Que se divirtiera la gente! Aquella temporada era como una vaca gruesa que ordeñaba el Cabañal para el resto del año. Á principios de Agosto llegó por fin el día en que la barca del -Retor- pudo darse por terminada. ¡Vaya una joya! Su patrón hablaba de ella como un abuelo que pondera el desarrollo de su nieto. Madera de lo mejor que se había encontrado; el mástil recto, terso, sin una mala grieta; el casco panzudito para que resistiera bien las marejadas, pero con una proa tan fina, que era -talmente- una navaja de afeitar; pintado de negro charolado y brillante como un zapato de señor, y el vientre blanco, deslumbrante, ni más ni menos que una anguila: lo que era. Ya no faltaba más que el cordaje, las redes y demás artefactos; pero para eso estaban trabajando los mejores hilanderos de la playa, y antes del 15 la barca estaría completa y podría presentarse tan hermosa como una novia que va á casarse vestida de nuevo de cabeza á pies. Esto lo decía -el Retor- una noche, sentado en el corro que se formaba á la puerta de su casa. Había convidado á cenar á su madre y á su hermana Roseta; Dolores estaba al lado de él, y un poco más allá, con la silleta de cuerda apoyada en el tronco de un olivo y mirando la luna á través del empolvado ramaje con cierta expresión de trovador de cromo, punteaba Tonet una guitarra. Sobre la acera, á pocos pasos, chirriaba la enorme sartén cargada de pescado sobre un picudo fogón de barro; correteaban los chicuelos de la vecindad por el fangoso arroyo persiguiendo á los perros, y en todas las puertas formábanse corrillos buscando la escasa brisa que venía del mar. -¡Redeu!- ¡Cómo estarían asándose en Valencia! La -siñá- Tona estaba muy vieja. Acababa de dar el salto, como ella decía. De la obesidad bien conservada había pasado bruscamente á la vejez, y á la luz cruda y azulada de la luna veíase su cabeza escasa de pelos, en la que éstos, tirantes y grises, formaban como un sutil enrejado sobre la sonrosada calvicie; el rostro arrugado, con las mejillas flácidas y colgantes, y los ojos negros, de los que tanto se había hablado en la playa, asomaban apenas tristes y mates por entre las abotagadas carnosidades que pretendían sepultarlos. Aquella decadencia era por los disgustos. ¡Lo que los hombres la habían hecho rabiar! Y aludiendo con esto á su hijo Tonet, pensaba sin duda en el carabinero. Además, los tiempos empeoraban. La tabernilla de la playa daba una miseria, y la chica, su Roseta, había tenido que meterse en la fábrica de Tabacos, y todas las mañanas, con la cestita al brazo, emprendía el camino de Valencia, formando en las bandas de caras jóvenes, graciosas y procaces que, con airoso taconeo y faldas revoloteantes, iban á estornudar encerradas en el ambiente cargado de rapé de la antigua Aduana. ¡Y qué chica se había hecho la tal Roseta! Bien puesto tenía el nombre: su madre la contemplaba muchas veces á hurtadillas, recordando en ella la gallardía del -siñor Martines-. Ahora mismo, al lamentar que su hija tuviera que ir á la fábrica en las mañanas de invierno, mirábala al pie del olivo con la rubia cabellera alborotada, los ojos inmóviles y aquella tez blanca que resistía al sol y á la brisa del mar, jaspeada por las sombras del ramaje, al través del cual pasaba la luna trazando arabescos de luz y sombra sobre el rostro de la muchacha. Roseta paseaba de Dolores á Tonet sus ojazos fijos y melancólicos de Virgen que todo lo sabe. Al oir á Pascual que elogiaba á su hermano, cada vez más apartado de la vida alegre y aficionado á meterse en aquella casa para gozar de la calma y las buenas palabras que no encontraba en la suya, la hermanastra sonrió sarcásticamente. ¡Oh, los hombres! Lo que ella y su madre decían. El que no era un pillo como Tonet, era un bestia como Pascualo. Por eso los aborrecía, y causaba la admiración de todo el Cabañal, rechazando á los que la proponían noviazgos. No quería nada con los hombres. Y en su memoria retoñaban todas las maldiciones que había oído á su madre en los momentos de desesperación, cuando apostrofaba en la soledad de su barcaza. En el corro reinaba el silencio. Chillaba el pescado en la sartén, punteaba Tonet vagos arpegios en su guitarra, y la revuelta taifa de chiquillos plantados en mitad del arroyo miraban la luna con el mismo asombro que si la viesen por vez primera y cantaban con monótona tonadilla, sonando sus voces como campanillas de plata: -La lluna, la pruna- -vestida de dòl-... ¡Á ver si callaban! Lo mandaba Tonet, á quien le dolía la cabeza. Pero ¡que si quieres!... -sa mare la crida- -son pare no vòl-. Y los perros vagabundos uníanse al himno infantil extravagante en honor á Diana, enviándola sus más fieros ladridos. -El Retor- seguía hablando de su barca. Nada faltaba para el día 15; hasta el cura estaba apalabrado para ir á media tarde á echarla la bendición. Pero algo faltaba, -¡futro!-... ¡y no haberlo pensado! Faltaba el nombre. ¿Cómo iba á llamarse la barca? Tan inesperado problema conmovió el corro, y hasta Tonet dejó en el suelo la guitarra, quedando en actitud pensativa. Ya tenía él el nombre. Sus aficiones belicosas, sus recuerdos de marino del Rey se lo habían sugerido. Se llamaría -Escupehierro-. ¡Eh! ¿qué tal? Por -el Retor- no había inconveniente. El pacífico panzudo gallardeábase con fiereza al pensar que su barca iba á llamarse -Escupehierro-, y la veía ya surcando en el mar con la arrogancia enfática de un falucho portugués. Pero las mujeres protestaban. ¡Vaya un nombre! ¡Cómo se reirían en el Cabañal! ¿Y qué hierro iba á escupir una barca pescadora? Lo mejor era la proposición de la -siñá- Tona: que se llamase -Ligera-, como la otra en que pereció el tío Pascualo y había servido de refugio á toda la familia. Protesta general. Un título así forzosamente había de tener mala sombra. La suerte de la otra lo demostraba. El de Dolores era mejor: -La rosa del mar...- ¡Qué bonito! ¡Qué gusto tenía para todo su mujer! Pero -el Retor- recordaba que había otra con el mismo título. ¡Era lástima!... Y Roseta, que había callado, haciendo un mohín de disgusto á cada título, soltó el suyo. Debía llamarse -Flor de Mayo-. Aquella misma noche lo pensaba ella en la barcaza de la playa, mirando una estampa de las que adornaban las libras de tabaco «Flor de Mayo» que venían de Gibraltar. La seducía el título tan bonito, formando una aureola de colores sobre la marca, que era una señorita vestida como una bailarina, con rosas como tomates sobre la faldilla blanca, y en la mano un manojo de flores que parecían rábanos. -El Retor- se entusiasmaba. Sí; -¡recristo!- aquello estaba puesto en razón. La barca se llamaría -Flor de Mayo-, como el tabaco que fabrican en Gibraltar. Era de justicia; la barca se hacía principalmente con el dinero del alijo, y éste se componía en su mayor parte de aquellos paquetes con la alegre señorita. Tenía razón su hermana; -Flor de Mayo-, nada más que -Flor de Mayo-. Todos se entusiasmaban con el título; lo encontraban dulce y bonito; sus rudas imaginaciones agitábanse con un estremecimiento de poesía. Le encontraban algo misterioso y atractivo, sin sospechar que el mismo nombre era el de la histórica barca que, llevando hacia las costas americanas el perseguido éxodo de los puritanos ingleses, presenció la gestación de la mayor república del mundo. -El Retor- estaba radiante. ¡Qué talento tenía Roseta! ¡Á cenar, caballeros!... y á los postres se brindaría por -Flor de Mayo-. Y Pascualet, al ver que la sartén del pescado se entraba en la casa con toda la familia, abandonó el orfeón de gente menuda, con lo que terminó el monótono concierto de -la lluna, la pruna-. Con la facilidad de transmisión de los pueblos pequeños, pronto supo todo el Cabañal que la barca se llamaba -Flor de Mayo-, y cuando en la víspera de la bendición la arrastraron hasta la orilla, frente á la -casa del bòus-, llevaba ya en la borda de popa, por la parte interior, pintado con hermoso azul, su dulce título. Al día siguiente por la tarde, el barrio de las Barracas parecía estar en domingo. Fiestas como aquella se veían pocas. Era padrino de la barca nada menos que el señor Mariano -el Callao-, un ricachón que, aunque del puño prieto, en obsequio á su sobrino estaba dispuesto á derrochar un dineral. En la playa iban á rodar los confites y á circular las copas como una bendición de Dios. -El Retor- sabía hacer bien las cosas. Había ido á la iglesia para escoltar hasta la playa con los hombres de su tripulación á don Santiago el cura. El párroco lo acogió con una sonrisa de las que se guardan para los buenos parroquianos. ¡Qué! ¿Ya era la hora? Pues que llamasen al sacristán para que preparara el calderillo y el hisopo. Él se arreglaba en un momento; cuestión de calarse el roquete y nada más. Pascual protestó indignado. ¿Qué era aquello de roquete? Capa, y la mejor que tuviera. El bautizo de su barca no era cualquier cosa; además, él estaba allí para pagar lo que fuese. Don Santiago sonrió. Bueno; la capa no correspondía, pero lo haría por él, que era un buen cristiano y sabía quedar bien con las personas. Y salieron de la casa rectoral; el sacristán delante con el hisopo y el sagrado cuenco, y detrás, escoltado por el patrón y sus marineros, don Santiago, en una mano el libro de oraciones y levantándose con la otra, para no rozar el barro, la capa vieja y suntuosa, de una blancura mate, con los pesados bordados de oro de un tinte verdoso, mostrando por entre la deshilachada trama el relleno del realce. Acudían á bandadas los chiquillos á restregar la mocosa nariz en aquella mano santa, que á cada instante había de soltar la capa. Las mujeres saludaban sonrientes al -pae capellá-, hombre campechano, tolerante, con sus puntos de malicia, sabiendo amoldarse á las costumbres de su -ganado-, y que muchas veces veíase detenido en medio de la calle por alguna pescadera de las que encargaban misas, pidiéndole que bendijera las cestas y la balanza para que los municipales de Valencia no la pillasen con las pesas cortas. Al salir á la playa la comitiva, comenzaron á voltear las campanas, confundiendo su parloteo juguetón con los murmullos de las olas. La gente corría por la playa para llegar á tiempo y ver toda la ceremonia, y allá lejos, en un espacio libre de barcas, alzábase sobre la arena la -Flor de Mayo-, rodeada de negro y bullidor enjambre, brillante, charolada, bañada por el sol que doraba sus costados, y destacando sobre el espacio azul el mástil esbelto y graciosamente inclinado, en cuyo tope agitábase el distintivo de toda barca nueva, un ramillete de gramíneas y flores de trapo que habían de quedar allí hasta que el viento de los temporales fuese arrebatándolas. -El Retor- y sus hombres abrían paso al cura entre el gentío que se apelotonaba en torno de la barca. Frente á la popa estaban los padrinos; la -siñá- Tona con mantilla y falda nueva, y el señor Mariano, puesto de sombrero y bastón, hecho un caballero, ni más ni menos que cuando iba á Valencia para hablar con el gobernador. Toda la familia ofrecía un aspecto de suntuosidad que alegraba la vista. Dolores, con traje de color rosa, en el cuello un pañuelo de seda de vistosas tintas y los dedos cargados de sortijas; Tonet, pavoneándose en la cubierta con la chaqueta nueva, la gorra flamante caída sobre una oreja y atusándose el bigotillo, muy satisfecho de verse en la altura expuesto á la admiración de las buenas mozas; abajo, al lado de Roseta, su Rosario, que en gracia á la solemnidad había hecho las paces con Dolores y se presentaba con su mejor ropa; y -el Retor-, deslumbrante, hecho un inglés, con un traje de rica lana azul que le había traído de Glásgow el maquinista de un vapor, y ostentando sobre el chaleco--prenda que usaba por primera vez en su vida--una cadena de -doublé- tamaña como un cable de su barca. Sudaba con aquel hermoso traje de invierno; daba codazos y se esforzaba por que no empujase la muchedumbre al capellán y los padrinos. ¡Á ver, señores!... un poco de silencio. Un bautizo no es cosa de risa. Después sería el jaleo. Y para dar ejemplo á la irrespetuosa masa, puso el gesto compungido y se quitó la gorra, mientras el capellán, no menos sudoroso bajo su pesada capa, ojeaba el libro de oraciones buscando la de «-Propitiare Domini supplicationibus nostis et benedic navem istam-», etc. Los padrinos, graves y con la mirada en el suelo, estaban á ambos lados del cura; el sacristán espiaba á éste, pronto á contestar -¡amén!- á todo, y la multitud calmábase y quedaba suspensa, con la cabeza descubierta, esperando algo extraordinario. Don Santiago conocía bien á su público. Leía la sencilla oración con gran calma, deletreando las palabras, abriendo solemnes pausas en el silencio general, y -el Retor-, á quien la emoción convertía en un pobre mentecato, movía la cabeza á cada frase, como si estuviera empapándose de lo que el cura decía en latín á su -Flor de Mayo-. Lo único que pudo pillar fué lo de -Arcam Noe ambulantem in diluvio-, y se infló de orgullo al adivinar confusamente que su barca era comparada con la embarcación más famosa de la cristiandad, y con esto quedaba él mano á mano con el alegre patriarca, el primer marinero que hubo en el mundo. La -siñá- Tona se llevaba el pañuelo á los ojos, apretándolos para impedir que saltasen las lágrimas. Terminada la oración, el cura empuñó el hisopo: ---Asperges-... Y envió á la popa de la barca un polvo de agua que resbaló en menudas gotas por las pintadas tablas. Después, siempre seguido por el -amén- del sacristán y precedido por el patrón, que abría paso, dió la vuelta en torno de la barca, repitiendo hisopazos y latines. -El Retor- no podía creer que la ceremonia hubiese terminado. Faltaba bendecir lo de arriba, la cubierta, el fondo de la cala; ¡vamos, don Santiago, un esfuerzo; ya sabía que él quedaba bien! Y el cura, sonriendo ante la actitud suplicante del patrón, se aproximó á la escalerilla aplicada al vientre de la barca y comenzó á ascender con su incómoda capa que, bañada por el sol de la tarde, parecía de lejos el caparazón de un insecto trepador y brillante. Terminó la bendición. Se retiró el cura sin otro acompañamiento que su monago, y arremolinóse la multitud en torno de la barca como si fuese á entrar al asalto. ¡Buena se iba á armar! Toda la pillería del Cabañal estaba allí, ronca, desgreñada, increpando á los padrinos con su chillona canturía. -Armeles, confits-... El señor Mariano sonreía omnipotente desde la cubierta. Ahora verían lo que era bueno. Una onza de oro se había gastado para quedar bien con su sobrino. Y se agachó, metiendo las manos en los cestos que tenía entre las piernas. ¡Allá va! Y el primer metrallazo de confites, duros como balas, cayó sobre la vociferante chusma, que se revolcaba por la arena disputándose las almendras y los canelados, al aire las sucias faldillas ó mostrando por los rotos pantalones sus carnes rojizas y costrosas de pillos de playa. Tonet destapaba los tarros de Ginebra, llamando á los amigotes con aire protector, como si fuese él quien pagara. La caña blanca medíase á jarros, y todos acudían á beber; los carabineros, fusil al brazo, los viejos patronos, los de las otras barcas, que llegaban descalzos, vestidos de bayeta amarilla, como payasos, y los grumetillos que, sobre los harapos y atravesado en la faja, ostentaban pretenciosamente un cuchillo tan grande como ellos. Arriba estaba la juerga. La cubierta de -Flor de Mayo- resonaba con alegre taconeo como el entarimado de un salón de baile; un vaho de taberna esparcíase en torno de la barca, y Dolores, atraída por la alegría de los de arriba, se encaramó por la escalera, increpando en cada peldaño á los grumetillos que se agazapaban con la malsana intención de ver las medias encarnadas de la soberbia moza. La mujer del -Retor- estaba en su elemento arriba, entre tanto hombre, rodeada de un ambiente de voraz admiración, pisando fuerte las tablas que eran suyas y muy suyas, contemplada desde abajo por muchas mujeres, y especialmente por su cuñada Rosario, que debía estar muriéndose de envidia. Pascual no abandonaba á su madre. En aquel día solemne para él y tantas veces ansiado, sentía como un recrudecimiento de su cariño filial, y se olvidaba de su mujer y hasta de su Pascualet, que se atracaba de confites en la barca, para no pensar más que en la -siñá- Tona. ---¡Amo de barca!-... -¡Amo de barca!- Y abrazaba á la vieja, besándola los ojos abotagados, que lloraban también. Algo renacía en la memoria de Tona. La fiesta en honor de la barca evocaba el pasado, y por encima de la loca aventura con el carabinero y de los largos años de viudez y aborrecimiento á los hombres, resucitaba el tío Pascual joven y vigoroso, tal como le conoció al casarse, y lloraba desconsolada, como si acabase de perderlo en aquel instante. ---¡Fill meu!, ¡fill meu!---gemía abrazando al -Retor-, en quien veía una asombrosa resurrección de su padre. Él era la honra de la familia; quien le hacía recobrar su perdida importancia á fuerza de trabajo. Y si ella lloraba era porque sentía remordimiento: se acusaba de no haberle querido todo lo que merecía. Ahora se desbordaba su cariño; sentía prisa de amarle mucho, y temía... sí señor, temía que su Pascualet, su pobre -Retor-, tuviese igual suerte que su padre. Y al manifestar sus temores con voz entrecortada por el llanto, miraba la vieja tabernilla que se veía desde allí: la barcaza que guardaba en sus entrañas la espantosa tragedia de un mártir del trabajo. El contraste entre la barca nueva, gallarda, deslumbrante, y aquel ataúd que, falto de parroquianos, iba haciéndose cada vez más tétrico y negruzco, impresionaba á Tona, y hasta creía ver ya á -Flor de Mayo- rota y tumbada, como vió un día la otra llevando en su seno á su pobre marido. No; ella no se alegraba. La hacía daño la algazara de la gente. Era burlarse del mar, de aquel hipócrita que ahora susurraba marrulleramente como un gato traidor, pero que se vengaría apenas -Flor de Mayo- se confiase á él. Sentía miedo por su hijo, al que amaba de pronto como si le encontrase tras larga ausencia; nada importaba que fuese un gran marinero; también lo era su padre y se burlaba de las olas. ¡Ay! se lo decía el corazón. 1 , , 2 , 3 . 4 5 6 . . 7 ; , 8 - - . . 9 10 ; , , 11 ; 12 13 , - - , , 14 , 15 . 16 17 , - - , 18 , , 19 . , 20 , 21 . 22 23 - - , 24 , 25 , . 26 27 28 ; , 29 , 30 ; 31 , , 32 . 33 . 34 35 - - 36 , , 37 ; , , 38 , , 39 . 40 41 . . 42 , 43 ; ; 44 , , 45 ; , , 46 . 47 48 , 49 . ¡ ! ¡ 50 ! . 51 52 , 53 . , 54 , , 55 , , 56 . ¡ ! 57 , 58 ; 59 , 60 , ; , 61 , , 62 , 63 64 . 65 66 , 67 , , 68 , , 69 : 70 , , 71 , 72 . 73 74 - - , , . 75 , 76 , 77 , 78 - - . 79 80 , 81 . 82 . . 83 - - : . 84 85 - - . 86 . 87 - - 88 . 89 , ; 90 , 91 , ¡ ! 92 93 , 94 , . 95 96 97 , , 98 , 99 . 100 101 , 102 . 103 , 104 . 105 . ¡ , ! 106 - - , , 107 , 108 , , 109 . 110 111 , , 112 , 113 - - , , 114 , 115 116 . , 117 ; - - , 118 , 119 , , 120 , 121 . 122 , 123 - - ; 124 ; 125 , , 126 , 127 , . 128 129 130 , 131 . 132 133 ¿ ? 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