cuclillas sobre el barro negruzco del carbón de piedra, rezando á gritos
para ser oídas mejor por los sordos de arriba, é interrumpiendo algunas
veces su oración para tirarse de los revueltos pelos, lanzando á lo
alto, en un arranque de odio y resentimiento, las terribles blasfemias
de la Pescadería.
¡Hermoso amanecer! El sol asomó su hipócrita cara tras la tranquila
línea del mar, matizada á trechos por las espumas de la noche anterior;
extendió sobre las aguas su ancha faja de reflejos dorados é inquietos,
embelleciéndolo todo; allí no había pasado nada; y lo primero que
doraron sus rayos en la playa de Nazaret, fué el casco destrozado de un
bergantín noruego encallado la noche anterior, hundido en la arena,
mostrando á flor de agua sus costados despanzurrados, hechos astillas, y
los palos rotos tremolando todavía jirones de velas.
Su cargamento era madera del Norte; y mansamente empujados por los
suaves estremecimientos del mar, iban hacia la playa las enormes vigas,
los aserrados tablones que, pescados por el revuelto enjambre de puntos
negros que pululaba en la playa, desaparecían como tragados por la
arena.
Bien trabajaban aquellas hormigas. Para ellas era la tempestad. Y por
los caminos de la huerta de Ruzafa deslizábanse arrastradas las hermosas
maderas del Norte, que habían de convertirse en techumbres de nuevas
barracas.
Los piratas de la playa arreaban alegremente sus caballerías como
legítimos poseedores del botín, sin pensar que tal vez estaba salpicado
con la sangre de los infelices extranjeros que dejaban á sus espaldas
tendidos sobre la arena.
En la playa, los carabineros y la muchedumbre inactiva formaban corros
más curiosos que aterrados en torno de unos cuantos cadáveres tendidos
entre el agua y la arena, hermosos mocetones rubios y fornidos,
mostrando por entre los jirones de sus ropas la carne dura, de blancura
femenil, mientras sus ojos azules, turbios é inmóviles, miraban al cielo
con misteriosa expresión.
El naufragio del bergantín noruego fué lo más notable de la tempestad.
Los periódicos hablaron de la catástrofe. Acudió la gente de Valencia
como en romería para ver de lejos el buque náufrago hundido hasta la
borda en la movediza arena, y todos olvidaron las barcas pescadoras,
acogiendo con gestos de extrañeza las lamentaciones de aquellas mujeres
que no veían volver á los suyos.
La desgracia no era tan grande como en un principio se creyó. Al
serenarse el mar fueron volviendo al puerto muchas barcas, á las que se
tenía por perdidas.
Habíanse refugiado huyendo de la tempestad en Denia, en Gandía ó en
Cullera, y cada una de ellas, al llegar al puerto, provocaba alaridos de
alegría, exclamaciones de gozo, votos de gracias á todos los santos
encargados de cuidar los hombres que se ganan en el mar la
subsistencia.
Una sóla no volvió: la barca del tío Pascualo, un vividor de los más
tenaces que se conocían en el Cabañal, siempre rabiando por conquistar
la peseta, pescador en invierno y contrabandista en verano, gran
marinero y constante visitador de las playas de Argel y Orán, á las que
llamaba con familiaridad la -còsta d'afòra-, como si se tratase de la
acera de enfrente.
Su mujer, Tona, pasó más de una semana esperándole en el puerto, siempre
con un arrapiezo al pecho y otro más talludo y gordinflón agarrado a sus
faldas. Esperaba á su Pascual, y á cada nuevo informe que la daban,
prorrumpía en lamentaciones y se mesaba los pelos, llamando á gritos á
María Santísima.
Los pescadores no se expresaban con claridad, pero al hablarla ponían el
gesto fosco. Habían visto la barca corriendo el temporal frente al cabo
de San Antonio; le faltaban las velas; no pudo ganar tierra, y hasta
alguno creía haberla visto al pie de una ola enorme, hinchada, verdosa,
que la cogió de lado, no pudiendo asegurar si reapareció ó fué engullida
por el agua.
Y la infeliz mujer, siempre esperando en el puerto con sus dos hijos,
tan pronto desesperada como animándose con extraña esperanza, hasta que
por fin, á los doce días, una escampavía que costeaba persiguiendo el
contrabando, condujo á la playa la barca del tío Pascualo con la quilla
al aire, negra, lustrosa con la viscosidad del mar, flotando
lúgu-bremente como gigantesco ataúd y rodeada de un enjambre de
extraños peces, pequeños monstruos que parecían atraídos por un cebo que
husmeaban á través de las quebrantadas tablas.
Sacaron la barca á la orilla. El mástil estaba roto á ras de la
cubierta, la cala llena de agua; y cuando los pescadores pudieron bajar
á ella para acabar de vaciarla á fuerza de cubos, sus pies hundidos
entre las cuerdas y cestones que aun estaban allí revueltos, tropezaron
con algo blando y viscoso que les hizo gritar con instintivo horror. Era
un muerto. Y hundiendo sus brazos en el agua que quedaba en el fondo de
la bodega, sacaron un cuerpo hinchado, verdoso, con el vientre enorme
próximo á estallar, la cabeza destrozada como repugnante masa, y en todo
el cuerpo mordeduras de voraces pececillos que, no soltando su presa,
erizábanse sobre el cadáver, comunicándole espeluznantes
estremecimientos.
Era el tío Pascualo; pero tan horrible, que la viuda prorrumpió en
lamentos, sin atreverse á tocar la masa repugnante. Algún golpe de mar
le había arrojado al fondo de la cala antes que la barca se perdiese, y
allí se quedó con la cabeza destrozada, sirviéndole de tumba el armazón
de tablas, ilusión de toda su vida, que representaba treinta años de
economías amasadas ochavo sobre ochavo.
Las comadres del Cabañal prorrumpían en lamentos al ver cómo dejaba el
mar á los hombres que tenían el valor de explotarlo, y con sus alaridos
de plañidera acompañaron al cementerio la caja que contenía el cadáver
roído y aplastado.
Durante una semana se habló mucho del tío Pascualo; después la gente
sólo se acordó de él al ver á su viuda, siempre suspirando, con un
arrapiezo de la mano y otro al pecho.
Algo más que la pérdida del marido lloraba la pobre Tona. Veía acercarse
la miseria; pero no una miseria tolerable, sino la que espanta á la
misma pobreza acostumbrada á privaciones; la carencia de hogar, la
necesidad de tender la mano en las calles para conseguir el ochavo ó el
mohoso mendrugo.
Cuando aun estaba reciente su desgracia encontró protección; y las
limosnas, las suscripciones entre el vecindario, pudieron sostenerla
durante tres ó cuatro meses; pero la gente es olvidadiza. Tona ya no fué
la viuda del náufrago, sino una pobre más que importunaba á todos con
lamentaciones pedigüeñas, y al fin vió cerrarse muchas puertas y
volverse con desvío caras amigas que siempre habían tenido para ella
cariñosas sonrisas.
Pero no era mujer para amilanarse ante el desvío general. ¡Ea! ya había
llorado bastante. Llegaba el momento de ganarse la vida como una buena
madre que tiene magníficos puños y dos bocas que la piden pan.
No la quedaba en el mundo otra fortuna que la barca rota donde murió su
marido, y que puesta en seco se pudría sobre la arena, unas veces
inundada su cala por las lluvias y otras resquebrajándose su madera con
los ardores del sol, anidando en sus grietas voraces enjambres de
mosquitos.
Tona tenía un plan. Donde estaba la barca podía plantear su industria.
La tumba del padre serviría de sustento para ella y los hijos.
Un primo hermano del difunto Pascual, el tío Mariano, solterón que iba
para rico y parecía tener algún cariño á los dos sobrinos, fue, a pesar
de su avaricia, el que ayudó á la viuda en los primeros gastos.
Un costado de la barca fué aserrado hasta el suelo, formando una puerta
con pequeño mostrador. En el fondo de la barca colocáronse algunos
tonelillos de aguardiente, ginebra y vino; la cubierta fué sustituida
por un tejado de tablones embreados que dejaba mayor espacio en el
lóbrego tabuco; á proa y popa, con los tablones sobrantes, formáronse
dos agujeros á modo de camarotes; el uno para la viuda y el otro para
los niños, y sobre la puerta extendióse un tinglado de cañas, bajo el
cual mostrábanse con cierta prosopopeya dos mesillas cojas y hasta media
docena de taburetes de esparto.
La fúnebre barca convirtióse en cafetín de la playa, cerca de la casa
donde están los toros para el arrastre de las embarcaciones, en el punto
en que se descarga el pescado y es mayor la afluencia de gente.
Las comadres del Cabañal estaban asombradas. Tona era el mismo demonio.
¡Miren qué bien sabía ganarse la vida! Toneles y botellas se vaciaban
que era una bendición de Dios; los pescadores sorbían allí sus copas sin
necesidad de atravesar toda la playa para ir á las tabernas del Cabañal,
y bajo el tinglado, en las cojas mesillas, echaban sus partidas de
-truque y flor-, esperando la hora de hacerse à la mar y amenizando el
juego con sendos tragos de caña que Tona recibía directamente de la
misma Cuba, según su formal juramento.
La barca en seco navegaba viento en popa. Cuando saltando de ola en ola
arrastraba las redes, jamás había producido tanto al tío Pascual como
ahora, que vieja y con el costillaje quebrantado, la explotaba la viuda.
Pruebas eran de esto las sucesivas transformaciones que iba
experimentando la original instalación. Los agujeros de los dos
camarotes cubríanse con vistosas cortinas de sarga; y cuando éstas se
levantaban, veíanse colchones nuevos y almohadas de blanca funda; sobre
el mostrador brillaba como un bloque de oro la reluciente cafetera; la
barca, pintada de blanco, había perdido el fúnebre aspecto de tumba que
recordaba la catástrofe, y junto á sus costados iban extendiéndose
cercas de cañas, conforme aumentaba la prosperidad del establecimiento.
Corrían con gracioso contoneo sobre la ardiente arena más de veinte
gallinas, capitaneadas por un gallo matón y vocinglero que se las tenía
tiesas con todos los perros vagabundos que correteaban la playa; al
través de los cañizos oíase el gruñido de un cerdo atacado del asma de
la obesidad, y frente al mostrador, bajo el sombrajo, flameaban á todas
horas dos fogones, donde las -paellas- de arroz burbujeaban su caldo
substancioso o el pescado chirriaba, dorándose entre el azulado vapor
del aceite frito. Había allí prosperidad y abundancia. No era para
hacerse ricos, pero se vivía bien. La Tona sonreía con satisfacción
pensando que nada debía y viendo el techo empavesado de morcillas secas,
sobreasadas lustrosas, tiras de negra mojama y algún jamón espolvoreado
con pimiento rojo: los tonelitos llenos de líquido, las botellas,
escalonadas, luciendo licores de color variado, y las sartenes de
diversos tamaños colgadas de la pared, prontas á chillar sobre el fogón
con su cavidad repleta de cosas substanciosas.
¡Y pensar que había pasado hambre en los primeros meses de su viudez!
Por eso, harta y satisfecha, repetía ahora tantas veces la misma
afirmación. Por más que digan, Dios no desampara á las buenas personas.
La abundancia y la falta de cuidados la rejuvenecieron. Engordaba dentro
de su barca con cierto lustre de carnicera ahita; siempre á cubierto del
sol y la humedad, no tenía el color seco y tostado de las que esperaban
en la orilla de la playa, y se presentaba tras el mostrador luciendo
sobre la voluminosa pechuga una colección interminable de pañuelos de
-tomate y huevo-, complicados arabescos rojos y amarillos tejidos en la
sólida seda.
Permitíase lujos de decorado. En el fondo de su tienda, sobre las
maderas blanqueadas, alternaban con los toneles una colección de cromos
baratos con rabiosos colorines que apagaban los de sus vistosos
pañuelos; y los pescadores, mientras bebían bajo el sombrajo, miraban
por encima del mostrador la -Cacería del león-, -La muerte del justo y
la del pecador-, -La escala de la vida-, media docena de santos, entre
los cuales no faltaban San Antonio y el comerciante flaco y el gordo
representando al que fía y al que vende al contado, con la consabida
leyenda: «-Hoy no se fía aquí, mañana sí-.»
Había para estar satisfecho viendo cómo se criaba la familia sin grandes
privaciones. La tienda siempre adelante, y poco á poco se llenaba de
duros ahorrados una media vieja que ella guardaba en su camarote, entre
el piso de tablas y el grueso colchón.
Algunas veces no podía contenerse, y deseosa de apreciar en conjunto su
fortuna, salía hasta la orilla de la playa. Desde allí contemplaba con
ojos enternecidos el cercado de las gallinas, la cocina al aire libre,
la anchurosa pocilga donde roncaba el sonrosado cerdo, y la barca, que
asomaba entre la aglomeración de cercas y cañares sus dos puntas de
deslumbrante blancura, como embarcación fantástica que, arrastrada por
un huracán, hubiese ido á caer en el corral de una granja.
No por esto se hallaba libre de incomodidades. Dormía poco, levantábase
al amanecer, y muchas veces, á media noche, aporreaban la puerta de la
barca y había que levantarse para servir á los pescadores recién
llegados á la playa, que descargaban su pescado y tenían que hacerse á
la mar antes del alba.
Estas francachelas nocturnas eran las más productivas y las que mayor
cuidado inspiraban á la tabernera. Conocía bien á aquella gente, que
después de pasar una semana sobre las olas, quería en las pocas horas de
holganza gozar de un golpe todos los placeres de la tierra.
Abalanzábanse al vino como mosquitos; los viejos quedábanse dormitando
sobre la mesa con la pipa apagada entre los secos labios; pero los
jóvenes mozetones fornidos, excitados por la vida trabajosa y casta del
mar, miraban á la -siñá- Tona de modo tal, que ella torcía el gesto con
enfado y se preparaba á rechazar los brutales cariños de aquellos
tritones de camiseta rayada.
Nunca había valido gran cosa; pero su naciente obesidad, los ojazos
negros, que parecían aclarar su rostro moreno y lustroso, y más que todo
la ligereza de ropas con que en verano servía á los nocturnos
parroquianos, hacíanla hermosa para los muchachos rudos que, al poner la
proa hacia Valencia, pensaban con regocijo en que iban á ver á la -siñá-
Tona.
Pero ella era una hembra brava que sabía tratarlos. Jamás se rendía; las
proposiciones audaces las contestaba con gestos de desprecio; los
pellizcos con bofetones, y los abrazos por sorpresa con soberbias
patadas, que más de una vez hicieron rodar por la arena á un mocetón
tieso y fuerte como el mástil de su barca.
Ella no quería líos como muchas otras, ni permitía que le faltasen en
tanto así. Además, era madre, los dos chicos dormían á poca distancia,
separados de ella por un tabique de tablas, al través del cual oía sus
poderosos ronquidos, y sólo estaba para pensar en mantener á la familia.
El porvenir de sus chicos comenzaba á preocuparla. Se habían criado en
la playa como dos gaviotas, anidando en las horas del sol bajo la panza
de las barcas en seco ó correteando por la orilla en busca de conchas y
caracoles, hundiendo sus piernecitas de color de chocolate en las
gruesas capas de algas.
El mayor, Pascualet, era un retrato vivo de su padre. Grueso, panzudo,
carilleno; tenía cierto aire de seminarista bien alimentado, y los
pescadores le llamaron -el Retor-, apodo que había de conservar toda su
vida.
Tenía ocho años más que su hermano Antonio, un muchacho enjuto, nervioso
y dominante, cuyos ojos eran iguales á los de Tona.
Pascualet fue una verdadera madre para su hermano. Mientras la -siñá-
Tona atendía á la taberna en los primeros tiempos, que fueron los más
penosos, el bondadoso muchacho cargaba con el hermanito como niñera
cuidadosa, y jugaba con los pilletes de la playa, sin abandonar nunca
al arrapiezo rabioso y pataleante que le martirizaba la espalda y le
pelaba el cogote con sus pellizcos.
Por la noche, en el camarote estrecho de la barca-taberna, para Tonet
era el mejor sitio, y su cachazudo hermano se apelotonaba en un rincón
para dejar espacio á aquel diablejo que, á pesar de su debilidad, le
trataba como un déspota.
Los dos muchachos, arrullados por el sordo oleaje, que en los días de
marea llegaba hasta la misma taberna, y oyendo como el viento del
invierno silbaba al querer introducirse por entre los tablones,
dormíanse estrechamente abrazados bajo la misma colcha. Algunas noches
despertábanse con el ruido de los pescadores, que celebraban su fiesta
de tierra; oían las palabrotas que su madre profería en momentos de
indignación, el sonoro choque de alguna bofetada, y más de una vez el
tabique de su camarote conmovíase con el sordo golpe de un cuerpo falto
de equilibrio; pero volvían á dormirse, poseídos por una ignorancia
inocente, libre de sospechas y alarmas.
La -siñá- Tona tenía injustas debilidades tratándose de sus hijos. Al
principio de su viudez, cuando por las coches les veía dormir en el
angosto camarote, con las cabecitas juntas, rozando tal vez la misma
madera en que se había aplastado el cráneo de su padre, sentía profunda
emoción y lloraba como si fuera á perderlos dentro del fúnebre armazón
de tablas, como ya había perdido á su Pascual. Pero cuando llegó la
abundancia y el tiempo fué borrando el recuerdo de la catástrofe, la
-siñá- Tona comenzó á mostrar predilección por su Tonet, criatura de
gracia felina, que trataba á todos con sequedad é imperio, pero que
tenía para su madre cariños de gatito travieso.
La viuda entusiasmábase por su Tonet, vagabundo de la playa, que á los
siete años pasaba casi todo el día fuera de la barcaza, correteando con
la granujería y volviendo al anochecer con las ropas rotas y agua y
arena en los bolsillos. Mientras tanto, el mayor, relevado ya de cuidar
á su hermano, pasaba el día en la taberna limpiando vasos, sirviendo á
los parroquianos, dando de comer á las gallinas y al cerdo y vigilando
con grave atención las sartenes que chirriaban en los fogones de la
cocina.
Cuando su madre, soñolienta tras el mostrador en las horas de sol, se
fijaba en Pascualet, experimentaba siempre una violenta sorpresa. Creía
ver a su marido tal como ella le conoció en la infancia cuando era
grumete de barca pescadora. Era su mismo rostro, carrilludo y sonriente,
su cuerpo cuadrado y fornido, sus piernas robustas y cortas y aquel aire
de sencillez honrada, de laboriosidad cachazuda que lo acreditaba ante
todos como -hombre de bien-.
En lo moral era lo mismo. Muy bondadosote y tímido, pero una verdadera
fiera cuando se trataba de ganar una peseta, y con un cariño loco por
la mar, madre fecunda de los hombres valientes que saben pedirla el
sustento.
Á los trece años ya no podía conformarse á seguir en la taberna. Dábalo
á entender con palabras sueltas, con frases truncadas y algo
incoherentes, que era lo único que podía salir de su dura mollera. Él no
había nacido para servir en la taberna. Era faena demasiado cómoda; eso
para su hermano, que no mostraba gran afición al trabajo. Él era fuerte,
le gustaba el mar y quería ser pescador como su padre.
La -siñá- Tona se asustaba al oírle, y en su memoria resucitaba la
horrible catástrofe del día de Cuaresma. Pero el chico era testarudo.
Aquellas desgracias no pasaban todos los días, y ya que tenía vocación,
debía seguir el oficio de su padre y de su abuelo, como muchas veces se
lo había dicho el -tío Borrasca-, un viejo patrón de barcas, gran amigo
del -tío Pascualo-.
Por fin la madre cedió cuando iba a comenzar la temporada de la pesca
del -bòu-, y Pascualet se enganchó con el -tío Borrasca- como grumete ó
-gato de barca-, teniendo como salario la comida y la propiedad de todos
los -cabets-, ó sea el pescado menudo que saliese en las redes,
camarones, caballitos de mar, etc.
El aprendizaje comenzó bien. Hasta entonces le habían vestido con la
ropa vieja de su padre, pero la -siñá- Tona quiso que entrase con cierta
dignidad en su nuevo oficio, y una tarde, cerrando la taberna, fueron
al Grao á un bazar del puerto, donde vendían ropas hechas para los
marineros. Pascualet recordó durante muchos años la tal tienda, que le
parecía el santuario del lujo. Los ojos se le fueron tras los
chaquetones azules, los impermeables de amarillo hule, las enormes botas
de aguas, prendas todas que sólo usaban los patrones, y salió orgulloso
con su hatillo de grumete, compuesto de dos camisas mallorquinas,
tiesas, ásperas y burdas, como si fuesen de papel de lija; una faja de
lana negra, un traje completo de bayeta, de un amarillo rabioso; una
barretina roja para calársela hasta el cuello en el mal tiempo y gorra
de seda negra para bajar a tierra. Por fin, le vestían a su medida; ya
no tendría que luchar con las chaquetas de su padre, que en los días de
viento se hinchaban como velas, haciéndole correr por la playa más
aprisa que quería. De zapatos no había que hablar. Él no recordaba haber
metido jamás en tal tormento sus ágiles pies.
No se equivocaba el muchacho al decir que había nacido para el mar. En
la barca del -tío Borrasca- se encontraba mucho mejor que en la otra
encallada en la arena, junto á la cual gruñía el cerdo y cacareaban las
gallinas. Trabajaba mucho, y además de su pitanza percibía algunos
puntapiés del viejo patrón, cariñoso en tierra, pero que una vez sobre
su barca no respetaba ni á su mismo padre. Trepaba al mástil á poner el
farol ó arreglar una cuerda con la ligereza de un gato; ayudaba á tirar
de las redes cuando llegaba el momento de -chorrar-; baldeaba la
cubierta, alineaba en la cala los grandes cestos del pescado y soplaba
el fogón, cuidando de que el caldero estuviera siempre en su punto para
que no se quejara la gente de á bordo. Pero como compensación á estos
trabajos, ¡cuántas satisfacciones! Al terminar el patrón y los suyos la
comida que él y otro -gato- de la barca presenciaban inmóviles y
respetuosos, dejábanles las sobras a los chicos, y los dos sentábanse a
proa con el negro caldero entre las piernas y un pan bajo del brazo.
Ellos sacaban la mejor parte, y cuando las cucharas tropezaban ya con el
fondo, entonces entraba la rebañadura mendrugo en mano, hasta que el
metal quedaba limpio y brillante, como si acabasen de fregarlo.
Después venía el huroneo en busca del vino que la tripulación había
dejado olvidado en el fondo del porrón de lata; y los -gatos-, si no
había trabajo, tendíanse como unos príncipes en la proa, con la camisa
fuera de los pantalones y la panza al aire, arrullados por el cabeceo de
la barca y las cosquillas de la brisa.
Tabaco no faltaba, y el -tío Borrasca- dábase á todos los demonios
viendo con qué rapidez desaparecía de los bolsillos de su chaquetón unas
veces la alguilla de Argel y otras la picadura de la Habana, según la
calidad del último alijo hecho en el Cabañal.
Aquella vida era inmejorable para Pascualet, y cada vez que bajaba á
tierra, su madre le veía más robusto, más recocido por el sol y tan
bondadosote como siempre, á pesar de su continuo roce con los -gatos- de
barca, pilletes precoces capaces de las mayores malicias y que al hablar
echaban á las narices ajenas el humo de una pipa casi tan grande como
ellos.
Las rápidas apariciones en la taberna eran lo único que hacía á la
-siñá- Tona acordarse de su hijo mayor.
La tabernera mostrábase preocupada. Pasaba los días enteros en su
barcaza, sola, como si no tuviese hijos. -El Retor- estaba en el mar
ganándose su parte de -cabets-, para después, en los días de fiesta,
llegar muy ufano á entregar á su madre tres ó cuatro pesetas, que eran
el jornal de la semana, y el otro, el pequeño, aquel Tonet de piel de
diablo, había salido un bohemio incorregible, que sólo volvía a casa
acosado por el hambre.
Juntábase con la pillería de la playa, un tropel de chicuelos que no
sabían más de sus padres que los perros vagabundos que les acompañaban
en sus correteos por la arena; nadaba como un pez, y en verano
zambullíase en el puerto, mostrando con impudor tranquilo su cuerpo
enjuto y rojizo para coger con la boca piezas de dos cuartos que le
arrojaban los paseantes. Presentábase por la noche en la taberna con el
pantalón roto y la cara arañada; su madre le había sorprendido varias
veces amorrado con delicia al tonelillo del aguardiente, y una tarde
tuvo que ponerse el mantón é ir á la capitanía del puerto para pedir con
lágrimas y lamentos que le soltasen, prometiendo que ella le quitaría el
feo vicio de arañar en el interior de las cajas de azúcar depositadas en
el muelle.
Era una alhaja el tal Tonet. ¡Dios mío! ¿Á quién se parecía? Era una
vergüenza que de padres tan honrados saliese un muchacho así; un pillete
que, teniendo en su casa comida abundante, pasaba el tiempo huroneando
por cerca de los vapores que venían de Escocia, aguardando un descuido
de los descargadores para echar á correr con un bacalao bajo del brazo.
Un hijo así iba á ser su castigo. Doce años á la espalda y sin afición
al trabajo ni el menor respeto á su madre, á pesar de los rabos de
escoba que le había roto en las costillas.
Y la -siñá- Tona hacía confidente de sus desdichas á Martínez, un
carabinero joven que estaba de servicio en aquella parte de la playa, y
pasaba las horas del calor sentado bajo el sombrajo de la taberna, con
el fusil entre las rodillas, mirando vagamente el límite del mar, con el
oído atento á las eternas lamentaciones de la tabernera.
El tal Martínez era andaluz, de Huelva; un muchacho guapo y esbelto, que
llevaba con mucha marcialidad el uniforme viejo de servicio y se atusaba
al hablar el rubio bigote con expresión -distinguida-.
La -siñá- Tona le admiraba. Las personas que son -finas- no lo pueden
ocultar; á la legua se las conoce.
Y además, ¡qué gracia en el lenguaje! ¡qué términos tan escogidos
gastaba! Bien se conocía que era hombre leído. Como que había estudiado
muchos años en el Seminario de su provincia; y si ahora se veía así era
porque, no queriendo ser cura y deseando ver mundo, había reñido con su
familia, sentando plaza, para venir al fin á meterse en carabineros.
La tabernera oíale embobada contar su historia con aquel pesado ceceo de
andaluz sin gracia; y cuando tenía que hablarle, empleaba en justa
reciprocidad un castellano grotesco é ininteligible, que hubiese hecho
reír en el mismo Cabañal.
--Mire osté, siñor Martines: mi chico me tiene loca con todas esas
burrás que hase. Lo que yo li digo: ¿Te hase falta algo, condenat? ¿Pues
entonses por qué te ajuntas con esa pillería pollosa? Osté, siñor
Martines, que tiene tanta labia, hágali miedo. Dígali que se lo llevará
á Valensia para meterlo en la cársel si no es buen chico.
Y el -siñor Martines- prometía hacerle miedo al travieso pillete, y
hasta le sermoneaba con la cara muy fosca, logrando que Tonet, al menos
por un rato, permaneciese encogido y como aterrado por el uniforme de
aquel hombre y el terrible fusil, que no se separaba nunca de sus manos.
Estos pequeños servicios introducían á Martínez en la vida de familia,
haciéndole intimar cada vez más con la -siñá- Tona. Allí le guisaban la
comida; allí pasaba casi todo el día, y más de una vez la tabernera se
prestó gustosa á zurcirle la ropa blanca y á pegarle botones en prendas
interiores.
¡Pobre -siñor Martines-! ¿Qué sería de un joven tan fino sin una persona
como ella? Iría roto y abandonado como un perdido, y esto, francamente,
no podía consentirlo una persona de buen corazón.
En las tardes del verano, cuando el sol caía de lleno sobre la desierta
playa sacando reflejos de incendio de la tostada arena, bajo del
sombrajo de cañas ocurría siempre la misma escena. Martínez, sentado en
un taburete de esparto, cerca del mostrador, leía á su autor favorito,
Pérez Escrich, en tomos abultados y mugrientos, con las puntas roídas,
que habían corrido toda la costa, pasando de unos carabineros á otros.
La -siñá- Tona no se equivocaba. De aquellos librotes, que la inspiraban
el supersticioso respeto del que no sabe leer, era de donde sacaba
Martínez las palabritas sonoras y rebuscadas, aquella filosofía moral
que la conmovía.
Y desde el otro lado del mostrador, cosiendo á tientas, sin saber lo que
hacía, contemplaba fijamente á Martínez, dedicando media hora á su fino
y rubio bigote y no menos tiempo á apreciar cómo tenía la nariz ó con
qué exquisito gusto se abría la raya, aplanando en ambos lados el dorado
cabello.
Algunas veces, al volver la página, levantaba Martínez la cabeza, y
sorprendiendo los negros ojazos de Tona fijos en él, ruborizábase y
seguía leyendo.
La tabernera reprendíase después por tales contemplaciones. ¿Pero qué
era aquello?... En la vida se le había ocurrido, viviendo su Pascual,
mirarle detenidamente para apreciar cómo tenía la cara. Y ahora se
estaba ella como una boba horas y más horas comprometiéndose con una
contemplación de la que no podía librarse. ¿Qué diría la gente al
saberlo?... Indudablemente le tenia ley a aquel hombre.... ¡Claro!...
¡Era tan fino y tan guapo!... ¡Hablaba tan bien!...
Pero era un disparate todo aquello. Ella ya iba para los cuarenta; no se
acordaba con exactitud, pero debía estar en los treinta y siete o cosa
así; y él no pasaba de los veinticuatro... Pero ¡qué demonio! aunque le
llevase algunos años, ella no estaba mal; encontrábase bien conservada,
y si no, que lo dijera la gentuza de las barcas que tanto la
importunaba. Además, aquel pensamiento no sería ningún disparate, ya que
la gente se adelantaba suponiéndolo; y lo mismo los carabineros amigos
de Martínez que las pescaderas que iban á la playa, daban á entender sus
maliciosas suposiciones con indirectas demasiado directas.
Al fin ocurrió lo que todos esperaban. La -siñá- Tona, para aturdirse,
argüía a sus escrúpulos que sus hijos necesitaban un padre, y nadie
mejor que Martínez; y la valerosa amazona, que aporreaba á los rudos
pescadores á la menor audacia, se entregó voluntariamente, teniendo que
vencer la cortedad de aquel muchachote tímido. De ella partió la
iniciativa, y Martínez se dejó arrastrar con su sumisión de hombre
superior que, pensando en cosas más altas, permite que en los asuntos
terrenales le manejen como un autómata.
El suceso se hizo público. La misma -siñá- Tona no se enojaba de ello;
antes bien, deseaba que fuera bien sabido que la casa tenía amo. Cuando
la llamaba al Cabañal alguna ocupación, dejaba la taberna al cuidado de
Martínez, que, como en tiempos pasados, seguía sentado bajo el sombrajo
mirando al mar con el fusil entre las rodillas.
Hasta los dos chicos parecían enterados de la novedad, -El Retor-, al
bajar á tierra, miraba á hurtadillas á su madre con cierto asombro y
mostrábase tímido y vergonzoso en presencia del mocetón rubio y
uniformado, al que encontraba siempre en la taberna; pero el otro
muchacho, Tonet, delataba en su sonrisa maliciosa que todo aquel suceso
había sido objeto de maliciosos comentarios en las reuniones de los
pillos de la playa, y en vez de asustarse como antes con los sermones
del carabinero, contestábale con muecas y se alejaba dando saltos y
haciendo cabriolas sobre la arena, como en señal de desprecio.
Aquella temporada fué para Tona una luna de miel en plena madurez de su
vida. Parecíale ahora su matrimonio con Pascual una monótona
servidumbre. Amaba con vehemencia al carabinero, con la explosión de
cariño propia de una mujer que va hacia el ocaso; y cegada por esta
pasión, hacia alarde de ella, sin importarle lo que murmurase la gente.
¿Y qué?... Que dijesen lo que quisieran. Otras hacían peor que ella, y
la que hablase sería por envidia, al ver que se llevaba un buen mozo.
Martínez, siempre con su aire de soñador, dejábase mimar y acariciar
como un hombre que todo lo merece; gozaba de gran prestigio entre sus
compañeros y superiores, pues podía disponer del cajón de la taberna y
hasta de aquella media repleta de duros que tantas veces se le clavaba
en el costado al tenderse en el colchón del camarote.
Por evitarse tal vez esta molestia, se dió prisa á vaciarla, sin que la
-siñá- Tona protestase. ¿No había de ser su marido? Pues suyo era aquel
dinero. Mientras la taberna marchase bien, ella no debía quejarse.
Pero cuatro ó cinco meses después llegó un día en que la Tona se puso
seria.
Martínez, -siñor Martines-, baje usted de esa nebulosa altura en que
vive su pensamiento. Dígnese escuchar á la Tona. ¿No la oye usted? Que
es preciso arreglar la situación. Que las cosas no pueden quedar así.
Que hay que justificar lo que venga, y una mujer honrada, madre de dos
hijos, no puede serlo de tres sin un hombre que saque la cara diciendo:
«Esta es mi obra.»
Y Martínez contestó ¡bueno! á todo, aunque torciendo el gesto
dolorosamente, como si acabase de sufrir un tremendo batacazo, cayendo
de las alturas ideales en que se refugiaba como hombre no comprendido,
para soñar en la probabilidad de ser general, jefe de Estado y otras
muchas cosas, como los personajes de sus novelas favoritas.
Pediría los papeles para el casamiento, pero tendrían que esperar,
porque Huelva está lejos.
Y Tona esperó, siempre con el pensamiento puesto en Huelva, tierra
remota, que por su cuenta debía estar en los alrededores de Cuba ó
Filipinas.
Pero el tiempo pasaba y la cosa iba haciéndose urgente.
Martínez, -siñor Martines-, que sólo faltan dos meses; que á la Tona le
es imposible ocultar por más tiempo lo que viene, y la gente se va
enterando. ¡Qué dirán los chicos al verse con un nuevo hermano!... Pero
Martínez protestaba. No era suya la culpa. Bien veía ella las muchas
cartas que escribía para activar el envío de los papeles.
Por fin, un día el carabinero declaró que iba á emprender el viaje á su
tierra y traerse los malditos documentos, para lo cual tenía ya el
permiso de sus jefes.
Muy bien: aquella resolución le gustaba á la -siñá- Tona. Y para ayuda
del viaje le entregó toda la plata que tenía en el cajón del mostrador,
lo peinó por última vez, lloró un poco y ¡hasta la vista! ¡Buen viaje!
La pobre Tona ya no vió más al -siñor Martines-. Entre los carabineros
que pasaban la playa no faltó una buena alma que tuvo el gusto de
decirla la verdad.
No había tal viaje á Huelva. Las cartas que escribía Martínez iban á
Madrid, pidiendo que lo trasladasen á un punto lejano, pues los aires de
Valencia no le probaban. Y efectivamente, lo habían trasladado á la
comandancia de la Coruña.
La -siñá- Tona creyó volverse loca. ¡Ladrón, más que ladrón! ¡Miren el
mosquita muerta!... Fíese usted de esas personas de mucha labia.
¡Pagarle así á ella... á ella, que le hubiese dado hasta el último
céntimo, y que le peinaba bajo el tinglado en las horas de siesta tan
amorosamente como si fuese su madre!
Pero toda la desesperación de la pobre mujer no impidió que saliese á
luz lo que tan urgente hacía el matrimonio; y á los pocos meses la
-siñá- Tona despachaba copas tras el mostrador, enseñando su pecho
voluminoso de vaca rolliza, y agarrada al obscuro pezón una niña blanca,
enteca, de ojos azules y cabeza rubia y voluminosa, que parecía una bola
de oro.
III
Pasaron los años sin que sufriese la menor alteración en su monótona
vida la familia que se albergaba en la barca convertida en taberna.
-El Retor- era todo un marinero, fornido, cachazudo, bravo en el
peligro. De -gato- había ascendido á ser el tripulante de más confianza
en la barca del -tío Borrasca-, y cada mes solía entregar á su madre
cuatro ó cinco duros de ahorros para que los guardase.
Tonet no hacía carrera. Entre él y su madre habíase entablado una lucha:
Tona buscándole oficios, y él abandonándolos á los pocos días. Fué una
semana aprendiz de zapatero; navegó poco más de dos meses con el -tío
Borrasca- en calidad de -gato-, pero el patrón se cansó de pegarle, sin
conseguir que le obedeciese; después intentó hacerse tonelero, que era
el más seguro de los oficios, pero el maestro le echó á la calle, y por
fin á los diez y siete años se metió en una -còlla- del puerto,
cuadrilla de descargadores de buques, en la que trabajaba hasta dos
veces por semana, y esto de mala voluntad.
Pero su vagancia y sus malas costumbres encontraban excusa á los ojos de
la -siñá- Tona, cuando ésta le contemplaba en los días de fiesta (que
eran los más para aquel bigardo) con la gorra de seda de hinchado plato
sobre el rostro moreno, en el que comenzaba á apuntar el bigote; la
chaqueta de lienzo azul ajustada al esbelto tronco y la faja de seda
obscura ceñida sobre la camiseta de franela á cuadros negros y verdes.
Daba gloria ser madre de un mozo así. Iba á ser otro pillo como aquel
Martínez de infausta memoria; pero más -salao-, más audaz y travieso, y
de ello daban fe las chicas del Cabañal, que se lo disputaban por novio.
Tona regocijábase al saber el aprecio en que tenían á su hijo, y estaba
enterada de todas sus aventuras. ¡Lástima que le -tirase- tanto el
maldito aguardiente! Era todo un hombre; no como el cachazudo de su
hermano, que no se alteraba aunque le pasase un carro por encima.
Una tarde de domingo, en la taberna de -Las buenas costumbres-, título
terriblemente irónico, se tiró los vasos á la cabeza con los de una
-còlla- de cargadores que trabajaban más barato, y cuando entraron los
carabineros á poner paz, pilláronle faca en mano persiguiendo por entre
las mesas á los contrarios.
Más de una semana lo tuvieron encerrado en el calabozo de la casa
capitular; las lágrimas de la -siñá- Tona y las influencias del tío
Mariano, que era muñidor en las elecciones, consiguieron sacarle á
flote; pero tanto le corrigió el arresto, que en la misma noche de su
libertad sacó otra vez la dichosa faca contra dos marineros ingleses
que, después de beber con él, intentaron boxearle.
Era el gallito del Cabañal. Faena poca; pero una verdadera fiera para
resistir las noches de borrasca, de taberna en taberna, no presentándose
en la de su madre en semanas enteras.
Tenía su poquito de amores serios con cierta intimidad, que para muchos
olía á matrimonio anticipado. Su madre no estaba conforme con tales
relaciones. No quería una princesa para su Tonet, pero la hija de
-Paella- el tartanero le parecía poca cosa. La tal Dolores era descarada
como una mona; muy guapa, sí señor, pero capaz de comerse á la pobre
suegra que tuviese que aguantarla.
Era natural que fuese así. Se había criado sin madre, al lado del -tío
Paella-, un borrachón que daba traspiés al amanecer cuando enganchaba la
tartana y á quien el vino tenía consumido, engordándole únicamente la
nariz, siempre en creciente por las rojas hinchazones.
Era un mal hombre que gozaba la peor fama. Toda su parroquia la tenía en
Valencia en el barrio de Pescadores. Cuando llegaba barco inglés se
ofrecía como un sinvergüenza á los marineros para llevarles á sitios de
confianza, y en las noches de verano cargaba su tartana de chicuelas con
blancos -matinées-, mejillas embadurnadas y flores en la cabeza,
conduciéndolas con sus amigos á los merenderos de la playa, donde se
corrían juergas hasta el amanecer, mientras que él, alejado, sin
abandonar el látigo ni el porrón de vino, se emborrachaba, mirando
paternalmente á las que llamaba su ganado.
Y lo peor era que no se recataba ante su hija. Hablábala con los mismos
términos que si fuera una de sus parroquianas; su vino locuaz sentía la
necesidad de contarlo todo, y la pequeña Dolores, encogida, lejos de los
agresivos pies de su padre, con los ojos desmesuradamente abiertos y en
ellos una expresión de curiosidad malsana, oía el brutal soliloquio del
-tío Paella-, que se relataba á sí mismo todas las porquerías é infamias
presenciadas durante el día.
Y así fué criándose Dolores. ¡Vaya, que lo que aquella chica
ignorase!... Por eso Tona no la podía admitir como nuera. Si no se había
perdido ahora que comenzaba á ser una mujer guapa, era porque algunas
vecinas le aconsejaban bien; pero aun así, la muchacha también daba sus
escándalos con Tonet, que entraba en casa de su novia como si fuese el
amo. Comía con ella, aprovechándose de que el tartanero no volvía hasta
muy entrada la noche, y Dolores le repasaba la ropa y hasta hurgaba en
los bolsillos del -tío Paella- para dar dinero al novio, lo que hacía
lanzar al borracho un vómito interminable de injurias contra la falsa
amistad, creyendo que en los momentos de alcohólica turbación le
robaban las pesetas sus compinches de taberna.
Era un secuestro en regla el que hacía aquella chica, y Tonet,
lentamente, una pieza hoy y otra mañana, fué trasladando toda su ropa
desde la taberna de la playa á la casa del tartanero.
La -siñá- Tona se quedaba sola. -El Retor- estaba siempre en el mar
persiguiendo la peseta, como él decía, unas veces pescando y otras
enganchándose como marinero en algún laúd de los que iban por sal á
Torrevieja; Tonet, corriendo tabernas ó metido en casa del -tío Paella-,
y ella aviejándose tras el mostrador de su tiendecilla, sin otra
compañía que aquella chicuela rubia, á la que quería de un modo raro,
con intermitencias, pues era el viviente recuerdo del pillo de Martínez.
¡Ojalá se lo haya llevado el demonio!...
Decididamente Dios sólo protegía á temporadas á las personas buenas. Los
tiempos presentes no eran ya los de la primera época de su viudez.
Otras barcas viejas varadas en la playa habían sido convertidas en
tabernas; los pescadores tenían donde escoger, y además ella envejecía y
la gente de mar no mostraba tantos deseos de beber, requebrándola.
Resultado: que aunque la tabernilla conservaba sus antiguos
parroquianos, sólo se sacaba de ella lo preciso para vivir, y Tona más
de una vez contempló de lejos su blanca barcaza, considerando
melancólicamente el fogón apagado, la cerca casi derribada, tras la cual
no gruñía el blanco cerdo esperando la matanza anual, y la media docena
de gallinas que picoteaban tristemente en la desierta arena.
Pasó el tiempo para ella con lenta monotonía, sumida en una estúpida
somnolencia, de la que la sacaban únicamente las diabluras de Tonet ó la
contemplación de un retrato del -siñor Martines-, puesto de uniforme,
que ella conservaba colgado en su camarote con cierto refinamiento
cruel, como para recordarse la debilidad pasada.
La pequeña Roseta, la chicuela caída en la barca por obra y gracia del
pillo carabinero, apenas si merecía la atención de su madre. Criábase
como una bestiezuela bravía. Por la noche Tona había de ir en su busca
para encerrarla en la barca, después de darla una terrible zurra, y
durante el día presentábase cuando la aguijoneaba el hambre.
¡Todo sea por Dios! La tal chiquilla era una nueva cruz que había de
arrastrar la pobre Tona.
Huraña y amiga de la soledad, tendíase en la arena mojada, cogiendo
conchas y caracoles ó amontonando algas. Á veces pasaba horas enteras
con los ojos azules fijos en el infinito, en una inmóvil vaguedad de
hipnótica, mientras la brisa salobre arremolinaba sus pelillos rubios,
enroscados y tiesos como culebras, ó hacía ondear el viejo refajo, que
dejaba al descubierto las piernecitas entecas, de una blancura
deslumbrante, en cuyas extremidades el ardor del sol había suplido la
falta de medias tostando la piel con un color rojo.
Allí se estaba horas y más horas con el vientre hundido en la arena
mojada, que cedía bajo su peso, acariciado el rostro por la delgadísima
capa de agua que avanzaba y retrocedía sobre el reluciente suelo con las
ondulaciones caprichosas del moaré.
Era una bohemia incorregible. Lo que decía Tona: -De tal palo-, -tal
astilla-. También el granuja de su padre se pasaba las horas muertas
embobado ante el horizonte, como si soñara despierto y sin servir para
otra cosa.
Si ella tuviera que vivir de lo que trabajase su hija, estaba arreglada.
¡Criatura más desmañada y perezosa!... En la taberna rompía vasos y
platos al intentar limpiarlos; quemábase el pescado en la sartén si ella
cuidaba del fogón, y al fin su madre tenía que dejarla corretear por la
playa ó que fuese á la -costura- del Cabañal. Á temporadas dominábala un
deseo loco de aprender, y se escapaba, exponiéndose á una paliza, para
ir en busca de la maestra; pero poco después huía de la escuela, cuando
su madre mostrábase conforme en que asistiera á ella.
En verano únicamente ayudaba a la pobre Tona. El lucro uníase á su afán
de correteo sin objeto, y cargada con un cántaro tan grande como ella,
iba vaso en mano por la playa de los baños ó pasaba audazmente por entre
los lujosos carruajes que rodaban por el muelle, mirando á todas partes
con sus ojazos soñadores, agitando la maraña de rubios pelos y gritando
con su voz débil: -¡Al aigua fresqueta!- sacada de la fuente del Gas.
Unas veces con esto y otras con el cesto de caña lleno de galletas, que
pregonaba con tono melancólico: -¡Salaes y dolses!- Roseta conseguía
entregar á su madre por las noches unos dos reales, lo que aclaraba un
poco el gesto fosco de Tona, á la que los malos negocios iban haciendo
egoísta.
Y así creció Roseta; siempre en huraño aislamiento, acogiendo con
serenidad amenazante las palizas de su madre; odiando á Tonet, que nunca
se había fijado en ella; sonriendo algunas veces al -Retor-, que cuando
bajaba á tierra solía tirarle amistosamente de los retorcidos pelos, y
despreciando á la pillería de la playa, de la cual alejábase con un
airecillo de reina orgullosa.
Tona acabó por no ocuparse de la chiquilla, á pesar de ser la única
compañera en aquella vivienda, que en las tardes del invierno parecía
estar en pleno desierto. Tonet y la hija del tartanero eran su continua
preocupación.
Aquella perdida habíase propuesto robarle toda su familia. Ya no se
contentaba con Tonet, y éste llevaba á casa de Dolores á su hermano -el
Retor-, el cual, al saltar á tierra, pasaba como rápida exhalación por
la tabernilla de la playa, yendo á descansar en casa del tartanero,
donde resultaba para los novios un testigo poco molesto.
Pero en realidad lo que incomodaba á Tona más que la influencia que
Dolores ejercía sobre sus hijos, era que veía desvanecerse un plan que
acariciaba hacía mucho tiempo.
Tenía pensado el matrimonio de Tonet con la hija de una antigua amiga.
Como guapa, no podía compararse con la endemoniada hija del tartanero;
pero la -siñá- Tona se hacía lenguas de su bondad (la condición de los
seres insignificantes) y se callaba lo más importante, ó sea que
Rosario, la muchacha en quien había puesto los ojos, era huérfana; sus
padres habían tenido en el Cabañal una tiendecita, de la que se surtía
la tabernera, y ahora, después de su muerte, le quedaba á la hija casi
una fortuna; lo menos tres ó cuatro mil duros.
¡Y cómo quería á Tonet la pobrecita! Al encontrarle en las calles del
Cabañal, le saludaba siempre con una de sus sonrisas de cordera mansa, y
pasaba las tardes en la playa gozándose en hablar con la -siñá- Tona,
tan sólo porque era la madre del gallito bravo que traía revuelta toda
la población.
Pero del muchacho no podía esperarse cosa buena. Ni la misma Dolores,
con tener sobre él tan absoluto poderío, lograba domarlo cuando le
soplaba la racha de las locuras, y á lo mejor desaparecía semanas
enteras, sabiéndose después, por referencias, que había estado en
Valencia durmiendo de día en alguna casa del barrio de Pescadores,
emborrachándose de noche, aporreando á sus embrutecidas compañeras de
hospedaje y gastándose en orgías de pirata hambriento lo que ganaba en
alguna timba de calderilla.
En una de esas escapatorias fué cuando come tió el gran disparate, que
costó á su madre un mes de llantos é innumerables alaridos. Tonet, con
otros amigotes, sentó plaza en la marina de guerra. Estaban hastiados de
la vida del Cabañal; les resultaba desabrido el vino de las tabernas.
Y llegó el día en que el endiablado muchacho, vestido de azul, con la
blanca gorrilla ladeada y el saco de ropa al hombro, se despidió de
Dolores y de su madre para ir á Cartagena, donde estaba el buque á que
iba destinado.
¡Anda con Dios! Mucho le quería la -siñá- Tona, pero al fin podía
descansar. Por quien más lo sentía era por la pobre Rosario, que,
siempre calladita y humilde, iba á coser en la playa en compañía de
Roseta y preguntaba con emocionada timidez á la -siñá- Tona si había
recibido carta del marinero.
Así pasó el tiempo, siguiendo ellas desde la barcaza de la playa todos
los viajes y estaciones que hacía la -Villa de Madrid-, fragata en la
que iba Tonet como marinero de primera.
¡Qué emoción cuando caía sobre el mostrador de húmedos tablones el
estrecho sobre, pegado unas veces con roja oblea y otras con miga de
pan, con su complicada dirección en letras gruesas: «-Para la siñora
Tona la del cafetín-, -junto á la casa dels bòus-!»
Un perfume raro, exótico, que hablaba á los sentidos de vegetaciones
desconocidas, mares tempestuosos, costas envueltas en celajes de rosa y
cielos de fuego, parecía salir de las groseras envol turas de papel; y
las tres mujeres, leyendo y releyendo las cuatro carillas, soñaban con
países desconocidos, viendo con la imaginación los negros de la Habana,
los chinos de Filipinas y las modernas ciudades del Sur de América.
¡Qué chico aquel! ¡Cuánto tendría que contar cuando volviese! Tal vez
había sido un bien que cometiera la calaverada de marcharse; así
sentaría la cabeza. Y la -siñá- Tona, poseída de nuevo por aquella
preferencia que la hacía idolatrar á su hijo menor, pensaba con cierto
despecho en que su Tonet, el gallito bravo, estaba sometido á la rígida
disciplina de á bordo, mientras que el otro, -el Retor-, el que ella
tenía por un infeliz, marchaba viento en popa y era casi un prohombre en
el gremio de la pesca.
Iba siempre á partir con el dueño de su barca; tenía sus secretos con el
tío Mariano, aquel personaje al que recurría Tona en todos sus apuros.
En fin, que ganaba dinero, y la -siñá- Tona se daba á todos los demonios
viendo que no traía un cuarto á casa y apenas si por ceremonia iba á
sentarse un rato bajo el toldo de la tabernilla.
En otra parte le guardaban los ahorros; ¿y dónde había de ser? en casa
de Dolores, de la gran maldecida; que sin duda les había dado á sus
hijos -polvos seguidores-, pues corrían á ella como perros sumisos.
Allí estaba metido -el Retor-, como si en casa del tartanero se le
perdiera algo al gran babieca. ¿No sabía que Dolores era para el otro?
¿No veía las cartas de Tonet y las contestaciones que ella hacía
escribir á algún vecino? Pero el muy tonto, sin hacer caso de las burlas
de su madre, allí permanecía, usurpando poco á poco el puesto de su
hermano, sin que pareciera darse cuenta de sus avances. Dolores tenía
con él las mismas atenciones que con Tonet. Le arreglaba la ropa y le
guardaba los ahorros, cosa que no le ocurría con el otro despilfarrador.
Un día murió el -tío Paella-. Lo trajeron á casa destrozado por las
ruedas de su tartana. La borrachera le había hecho caer de su asiento, y
murió como hombre consecuente, agarrado al látigo, que no abandonaba ni
para dormir, sudando aguardiente por todos los poros y con la tartana
llena de parroquianas pintarrajeadas, á las que él llamaba su ganado.
Á Dolores no le quedaba otro arrimo que su -tía Picores- la pescadera,
protectora poco envidiable, pues hacía el bien á bofetadas.
Y entonces, á los dos años de estar ausente Tonet, fué cuando circuló la
gran noticia. Dolores y -el Retor- se casaban. ¡Gran Dios! ¡Qué ruido
produjo la noticia en el Cabañal! La gente decía que era ella la que se
había declarado al novio, añadiendo otros detalles más fuertes que
hacían reír.
Á Tona había que oirla. Aquella -siñora- de la herradura se había
empeñado en meterse en la familia, é iba á conseguirlo. Ya sabía lo que
se hacía la muy tunanta. Un marido bobalicón que se matase trabajando
era lo que le convenía. ¡Ah ladrona! ¡Cómo había sabido coger el único
de la familia que ganaba dinero!
Pero la reflexión egoísta hizo callar poco después á la -siñá- Tona.
Mejor era que se casasen. Esto simplificaba la situación y favorecía sus
planes. Tonet se casaría con Rosario. Y aunque á regañadientes, se dignó
asistir á la boda y llamar -filla mehua- al hermoso culebrón, que tan
fácilmente dejaba á unos para tomar á otros.
Á todos preocupaba lo que diría Tonet al saber la noticia. ¡Bonito genio
tenía el marinero! Y por esto la sorpresa fué general al saberse que
había contestado dándolo todo por bien hecho. Sin duda, la ausencia y
los viajes le habían cambiado, hasta el punto de parecerle muy natural
que Dolores se casase, ya que le faltaba -arrimo-. Además--como él
decía--, para que cayese en otro, mejor era que se casara con su
hermano, que era un buen muchacho.
Y tan razonable como en sus cartas se mostró el marinero cuando, con la
licencia en el bolsillo y el saco del equipaje á cuestas, se presentó en
el Cabañal, asombrando á todos con su gallardo porte y el rumbo con que
gastaba el puñado de pesetas que le habían entregado como alcances del
servicio.
Saludó á Dolores como una buena hermana. ¡Qué demonio! De lo pasado no
había que acordarse. Él también había hecho de las suyas en sus viajes.
Y no se preocupó gran cosa de ella ni del -Retor-, atento á gozar el
aura de popularidad que le proporcionaba su regreso.
Noches enteras pasaba la gente al fresco, sentada en sillas bajas ó en
el suelo, frente á la puerta de la antigua casa de -Paella-, donde ahora
vivía -el Retor-, oyendo con arrobamiento al marinero la descripción de
extraños países, en la cual intercalaba graciosas mentiras para mayor
asombro de los papanatas que le admiraban.
Comparado con los pescadores rudos y embrutecidos por el trabajo, ó con
sus antiguos compañeros en la descarga, Tonet aparecía ante las
muchachas del Cabañal como un aristócrata, con su palidez morena, el
bigotillo erizado, las manos limpias y cuidadas y la cabeza aceitosa y
bien peinada, con la raya en medio y dos puntitas pegadas á la frente
asomando bajo la gorra de seda.
La -siñá- Tona estaba satisfecha de su hijo. Reconocía que era tan pillo
como antes, pero sabía vivir mejor, y bien se conocía que le había
aprovechado la dura existencia del barco. Era el mismo; pero la ruda
disciplina militar había pulido su exterior de burdas asperezas: si
bebía no se emborrachaba; seguía echándola de guapo, aunque sin llegar á
ser pendenciero, y ya no buscaba realizar sus caprichos de aturdido,
sino satisfacer sus egoísmos de vividor.
Por esto acogió benévolamente todas las proposiciones de su madre.
¿Casarse con Rosario? Conforme; era una buena chica; además, tenía un
capitalito que podía hacer mucho en manos de un hombre inteligente, y
esto era lo que él deseaba.
Un hombre, después de servir en la marina real, no podía dignamente
cargarse sacos en el muelle. Todo antes que eso.
Y con gran alegría de la -siñá- Tona, se casó con Rosario. Todo iba
bien. ¡Qué hermosa pareja! Ella, pequeñita, tímida, sumisa, creyendo en
él á ojos cerrados; Tonet, soberbio en su fortuna, tieso, como si bajo
la camisa de franela llevase una coraza hecha con los miles de duros de
su mujer; dispensando protección á todos y dándose la vida de un
prohombre, en el café tarde y noche, fumando la pipa y luciendo altas
botas impermeables en los días de lluvia.
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