Flor de mayo
Vicente Blasco Ibáñez
[Illustration: Bookcover]
FLOR DE MAYO
OBRAS DEL AUTOR
CUENTOS VALENCIANOS.
LA CONDENADA (cuentos).
EN EL PAÍS DEL ARTE (viajes).
ARROZ Y TARTANA (novela).
FLOR DE MAYO (novela).
LA BARRACA (novela).
ENTRE NARANJOS (novela).
SÓNNICA LA CORTESANA (novela).
CAÑAS Y BARRO (novela).
LA CATEDRAL (novela).
EL INTRUSO (novela).
LA BODEGA (novela).
LA HORDA (novela).
LA MAJA DESNUDA (novela).
ORIENTE (viajes).
SANGRE Y ARENA (novela).
LOS MUERTOS MANDAN (novela).
LUNA BENAMOR (novelas).
ARGENTINA Y SUS GRANDEZAS (viajes).
LOS ARGONAUTAS (novela).
=EN PREPARACIÓN=
LA CIUDAD DE LA ESPERANZA (novela).
LA TIERRA DE TODOS (novela).
LOS MURMULLOS DE LA SELVA (novela).
ES PROPIEDAD--Reservados todos los derechos de reproducción, traducción
y adaptación.--Copyright 1914, by Blasco Ibáñez.
V. BLASCO IBÁÑEZ
FLOR DE MAYO
(NOVELA)
[Illustration]
PROMETEO
SOCIEDAD EDITORIAL
Germanías, F S.--VALENCIA
OBRAS TRADUCIDAS DEL AUTOR
TERRES MAUDITES (Traducción de G. Hérelle), París.
FLEUR DE MAI (Traducción de G. Hérelle), París.
BOUE ET ROSEAUX (Traducción de Maurice Bixio), París.
CONTES ESPAGNOLS (Traducción de G. Menetrier), París.
DANS L'OMBRE DE LA CATHÉDRALE (Traducción de G. Hérelle), París.
TERRAS MALDITAS (Traducción de Napoleão Toscano), Lisboa.
A CATHEDRAL (Traducción de Riveiro de Carvalho y Moraes Rosa), Lisboa.
DIE KATHEDRALE (Traducción de Josy Priems), Zurich.
FLOR DE MAYO (Traducción de Josy Priems), Zurich.
ERDFLUCH (Traducción de Wilhelm Thal), Berlín.
SCHILFUND SCHLAMM (Traducción de Wilhelm Thal), Berlín.
DER EINDRINGLING (Traducción de J. Broutá), Berlín.
DE VLOEK (Traducción del doctor A. A. Fokker), Haarlem.
WAAR ORANJEBOOMEN BLOEIEN (Traducción del Dr. A. A. Fokker), Amsterdán.
CHALUPA (Traducción de A. Pikhart), Praga.
MARNÁ CHLOUBA (Traducción de A. Pikhart), Praga.
AH, IL PANE!... (Traducción de F. Gelormini), Palermo.
HVAD EN MAND HAR AT GOVE (Traducción de Johanne Allen), Copenhague.
VINNYI SKLAD (Traducción de M. Watson), Petersburgo.
BODEGA (Traducción de K. G.), Petersburgo.
PROKLIATAC POLE (Traducción de M. Watson), Petersburgo.
SOBOR (Traducción de M. Watson), Petersburgo.
DUOYÑOY VISTREL (Traducción de M. Watson), Petersburgo.
GELEZNODOROGNOY ZAIAZ (Traducción de M. Watson), Petersburgo.
NALOGUIZA OBNAGNENAIA (Traducción de M. Watson), Petersburgo.
ARÉNES SANGLANTES (Traducción de G. Hérelle), París.
LA HORDE (Traducción de G. Hérelle), París.
A CORTEZAN DE SAGUNTO (Traducción de Riveiro de Carvalho y Moraes Rosa),
Lisboa.
O INTRUSO (Traducción de Carvalho), Lisboa.
L'INTRUS (Traducción de Renée Lafont), París.
A ADEGA (Traducción de E. Sousa Costa), Lisboa-Río Janeiro.
SUR LES ORANGERS (Traducción de G. Menetrier), París.
LES MORTS COMMANDENT (Traducción de Berta Delaunay), París.
SONNICA (Traducción de Frances Douglas), Nueva York.
THE BLOOD OF THE ARENA (Traducción de Frances Douglas), Chicago.
THE SHADOW OF THE CATHEDRAL (Traducción de W. A. Guillespie),
Londres-Nueva York.
BLOOD AND SAND (Traducción de W. A. Guillespie), Londres.
OBRAS COMPLETAS DE BLASCO IBÁÑEZ (en ruso). Edición en 16 volúmenes con
un retrato del autor (Traducción de Taitiana Herzenstein y otros),
Moscou.
FLOR DE MAYO
I
Al amanecer cesó la lluvia. Los faroles de gas reflejaban sus inquietas
luces en los charcos del adoquinado, rojos como regueros de sangre, y la
accidentada línea de tejados comenzaba á dibujarse sobre el fondo
ceniciento del espacio.
Eran las cinco. Los vigilantes nocturnos descolgaban sus linternas de
las esquinas, y golpeando con fuerza los entumecidos pies se alejaban
después de saludar con perezoso -¡bòn día!- á las parejas de agentes
encapuchados que aguardaban el relevo de las siete.
Á lo lejos, agrandados por la sonoridad del amanecer, desgarraban el
silencio los silbidos de los primeros trenes que salían de Valencia. En
los campanarios, los esquilones llamaban á la misa del alba, unos con
una voz cascada de vieja, otros con inocente balbuceo de niño, y
repetido de azotea en azotea vibraba el canto del gallo con su
estridente entonación de diana guerrera.
En las calles desiertas y mojadas, despertaban extrañas sonoridades los
pasos de los primeros transeuntes. Por las puertas cerradas escapábase,
al través de las rendijas, la respiración de todo un pueblo en las
últimas delicias de un sueño tranquilo.
Aclarábase el espacio lentamente, como si arriba fuesen rasgándose una
por una las innumerables gasas tendidas ante la luz. Penetraba en las
encrucijadas, hasta en los últimos rincones, una claridad gris y fría,
que sacaba de la sombra los pálidos contornos de la ciudad; y como un
esfumado paisaje de linterna mágica con el foco de luz fija lentamente
en sus perfiles, aparecían las fachadas mojadas por el aguacero, los
tejados brillantes como espejos, los aleros destilando las últimas gotas
y los árboles de los paseos, desnudos y escuetos como escobas,
sacudiendo el invernal ramaje, con el tronco musgoso destilando humedad.
La fábrica del gas lanzaba sus postreros estertores, cansada del trabajo
de toda la noche. Los gasómetros caían con desmayo entre sus férreos
tirantes como estómagos fatigados por la nocturna indigestión, y la
colosal chimenea de ladrillo lanzaba en lo alto sus últimas bocanadas
negras y densas, que se esparcían por el espacio con caprichoso
serpenteo, cual un borrón resbalando sobre una hoja de papel gris.
Junto al puente del Mar, los empleados de consumos paseaban para
librarse de la humedad, escondiendo la nariz en la bufanda; tras los
vidrios del fielato, los escribientes recién llegados mostraban sus
soñolientas cabezas.
Esperaban la entrada de los vendedores, chusma levantisca, educada en el
regateo y agriada por la miseria, que por un céntimo soltaba la
compuerta al caudal inagotable de injurias, y antes de llegar á sus
puestos del mercado sostenía un sinnúmero de riñas con los
representantes de los impuestos.
Ya habían pasado en la penumbra del amanecer los carros de las verduras
y las vacas de leche con su melancólico cencerreo. Sólo faltaban las
pescaderas, el rebaño revuelto, sucio y pingajoso que ensordecía con sus
gritos é impregnaba el ambiente con el olor de pescado podrido y el aura
salitrosa del mar, conservada entre los pliegues de sus zagalejos.
Llegaron cuando ya era de día, y la luz cruda y azulada de una mañana de
invierno recortaba vigorosamente todos los objetos sobre el fondo gris
del espacio.
Oíase, cada vez más próximo, un indolente cascabeleo, y una tras otra
fueron entrando en el puente del Mar cuatro tartanas, arrastradas por
horribles jamelgos, que parecían sostenerse por los tirones de riendas
de los tartaneros, encogidos en sus asientos y con el tapabocas
arrollado hasta los ojos.
Eran negros ataúdes, que saltaban sobre los baches como barcos viejos y
despanzurrados á merced de las olas. El toldo con cuero agrietado y
tremendos rasguños, por donde asomaba el armazón de cañas; pegotes de
pasta roja cubriendo las goteras; el herraje roto y chirriante, atado
con hilos; las ruedas, guardando en sus capas de suciedad el barro del
invierno anterior, y todo el carruaje, de arriba abajo, hecho una criba,
como si acabase de sufrir las descargas de una emboscada.
En la parte anterior lucían, como adorno coquetón, unas cortinillas de
rojo desteñido, y por la abertura trasera mostrábanse revueltas con los
cestos las señoras de la Pescadería, arrebujadas en sus mantones de
cuadros, con el pañuelo apretado á las sienes, apelotonadas unas con
otras, y dejando escapar un vaho nauseabundo de marisma corrompida que
alteraba el estómago.
Así iban adelantando las tartanas en perezosa fila, cabeceando,
inclinadas á un lado, como si hubiesen perdido el equilibrio, hasta que
de pronto, en el primer bache, se acostaban sobre la otra rueda con la
violencia de un enfermo fatigado que muda de posición.
Detuviéronse ante el fielato y fueron descendiendo por sus estribos
zapatos en chancla, medias rotas, mostrando el sucio talón, y faldas
recogidas que dejaban al descubierto los zagalejos amarillos con negros
arabescos.
Alineábanse ante la báscula los cestones de caña, cubiertos con húmedos
trapos, que dejaban entrever el plomo brillante de la sardina, el suave
bermellón de los salmonetes y los largos y sutiles tentáculos de las
langostas, estremecidas por el estertor de la agonía. Al lado de las
cestas, las piezas mayores: los meros de ancha cola, encorvados por la
postrera contracción, con fauces circulares desmesuradamente abiertas,
mostrando la obscura garganta y la lengua redonda y blancuzca como una
bola de billar, y las rayas, anchas y aplastadas, caídas en el suelo
como un trapo de fregar húmedo y viscoso.
La báscula estaba ocupada por unos panaderos de las afueras, guapos
mozos, con las cejas enharinadas, cuadrado mandil y brazos arremangados,
descargando sobre el peso sacos de pan caliente y oloroso que parecía
esparcir una fragancia de vida en el ambiente nauseabundo del pescado. Y
aguardando su turno, las pescaderas charlaban con los empleados y los
papanatas que contemplaban embobados los grandes peces. Otras iban
llegando á pie, con cestas en la cabeza y los brazos, engrosando el
grupo; la línea de banastas extendíase hasta cerca del puente. Los
empleados enfadábanse ante la insolente algarabía de aquellas malas
pécoras que les aturdían todas las mañanas.
Hablábanse á gritos, mezclando entre cada palabra ese inagotable
repertorio de interjecciones que únicamente se adquiere en un muelle de
Levante. Al verse juntas recrudecíanse los sentimientos del día
anterior, la cuestión sostenida al amanecer en la playa; contestábanse
los insultos con soeces ademanes; acompañábanse las palabras con
cadenciosas palmadas en los muslos ó enarbolando las manos con expresión
amenazante; y á lo mejor, estos furores trocábanse en risas, semejantes
al cloquear de todo un gallinero, si á alguna se le ocurría una frase
capaz de hacer mella en sus paladares fuertes.
Enardecíalas la tardanza de los panaderos en dejar libre la báscula;
llovían insultos sobre aquellos mocetones, que no se mordían la lengua;
y en el derroche de indecencias que se cruzaban con acompañamiento de
amigables risas, enviábanse á tocar lo otro y lo de más allá, barajando
con inocente tranquilidad las blasfemias más monstruosas con los
distintivos del sexo.
En este hervidero de risotadas é insultos, la que llamaba la atención
era Dolores la -del Retor-, una buena moza mejor vestida que las otras,
que se apoyaba con cierta negligencia en una pilastra del fielato, con
los brazos atrás, arqueando la robusta pechuga y sonriendo como un ídolo
satisfecho cuando los hombres se fijaban en sus zapatos de amarillo
cuero y el soberbio arranque de las pantorrillas, cubiertas con medias
rojas.
Era una morena cariancha, con el rubio y alborotado pelo como una
aureola en torno de la pequeña frente; ojos verdes que tenían la obscura
transparencia del mar, y en los cuales, en ciertos momentos, reflejábase
la luz, haciendo brillar un círculo de puntos dorados.
Reía como una loca, entreabriendo sus mandíbulas poderosas de muchacha
de sólida osamenta; y los labios carnosos, de un rojo tostado, mostraban
al separarse una dentadura igual, fuerte y tan brillante, que parecía
iluminar la cara con pálida claridad de marfil.
Guardábanla consideraciones como á moza de buenos puños é insolencia
agresiva. Influía además en tal respeto el ser mujer de Pascualo -el
Retor-, un buenazo que la obedecía en todo y no chistaba dentro de casa;
pero que fuera, en el mar, sabía ganarse la vida mejor que otros, y
tenía, según opinión general, un -gato- enorme de duros oculto en los
pucheros de la cocina; todo ganado, peseta por peseta, en pescas
afortunadas.
Por esto se daba ella sus airecillos de reina entre la turba
desvergonzada, y miserable de la Pescadería, y apretaba los labios con
satisfacción cuando admiraban sus pendientes de perlas, los pañuelos de
Argel ó los refajos de Gibraltar regalados por -el Retor-.
Únicamente tratábase de igual á igual con cierta tía suya, la -agüela
Picores-, una veterana de la Pescadería, enorme, hinchada y bigotuda
como una ballena, que hacía cuarenta años tenía aterrados á los
alguaciles del Mercado con la mirada de sus ojillos insolentes y las
palabrotas de su boca hundida, centro al que convergían como rayos todas
las arrugas de su cara.
---¡Recristo!- -¿cuánt acabeu?---gritó Dolores con los brazos en
jarras, dirigiéndose á los panaderos.
Y éstos, que ya retiraban de la báscula su último saco, contestaban con
soeces bromas á las mujeres que, con las manos cruzadas bajo el
delantal, aumentaban el volumen de sus vientres, presentando un aspecto
grotesco.
Comenzó el peso del pescado; surgieron las riñas de todos los días sobre
á cuál le tocaba ir delante. Amenazábanse sin llegar nunca á las manos;
la -tía Picores- intervenía con su vozarrón cascado, que disparaba los
insultos como cañonazos; pero Dolores no atendía y dejaba pasar su
turno, mirando fijamente al puente, por encima de cuyas barandas veíase
avanzar el busto de una rezagada con los brazos en jarras, encorvada
bajo el peso de las cestas.
La buena moza reía con expresión diabólica, y cuando aquella mujer
estuvo cerca del fielato, rompió en una carcajada insolente, tocando en
un brazo á la -agüela Picores-.
¡Mírela, tía! ¡Siempre llegaba tarde! ¡Claro! ¡con aquella pachorra!...
Cualquier día iba á caérsele lo que llevaba bajo del delantal.
La mujer palideció, y con ademán de cansancio dejó en el suelo las
pesadas cestas. Miraba á Dolores con expresión de odio, como si á su
vista renaciesen terribles resentimientos, y las dos se midieron de
arriba abajo con ojos iracundos.
Dolores se pasaba una mano por bajo la nariz, aspirando con fuerza, como
si tomara rapé. Podía sentarse. Debía estar cansada y chorreando por la
caminata.
Estos insultos á media voz irritaron á la rezagada... ¿Sentarse?
¿Habráse visto desvergonzada? Ella no podía gastar tartana, pero iba á
pie con remuchísima honra; no era como otras que engañaban al marido,
dándose buena vida.
¿Por quién decía eso?... ¿Por ella?... Y la insolente pescadera, con los
hermosos ojos verdes moteados de oro por la ira, avanzó algunos pasos.
Pero allí estaba la tía para intervenir, agarrándola con sus arrugadas
manazas.
Acababan de pesar sus cestas. Ella no quería líos ni escándalos. ¡Á la
tartana! Que se matasen otro rato. Ahora era tarde, y en la Pescadería
aguardaban los pescadores. ¡Mirad que les estaba bien, siendo cuñadas!
Y empujando á Dolores con el blanducho vientre, la condujo á su tartana,
donde ya estaban las cestas y las otras pescaderas.
La buena moza se dejaba conducir como una niña, pero le temblaban los
labios, y al mover el destartalado carromato, lanzó la última amenaza:
---Tú, Rosario, ya se vorem-.
¿Verse? Cuando ella quisiera. No tardarían mucho. Y Rosario, mujercita
flaca y nerviosa, temblaba también de ira; sus pobres brazos levantaron
como si fuesen una paja los pesados cestos que tanto la habían abrumado,
arrojándolos con fuerza sobre la báscula.
Comenzaba el día en la ciudad. Pasaban los tranvías repletos de
madrugadores; trotaban por parejas los caballos del relevo, dirigidos
por muchachos que los montaban en pelo, y por ambos lados del camino
desfilaban á la conquista del pan los rebaños de obreros, todavía
adormecidos, camino de las fábricas, con el saquito del almuerzo á la
espalda y la colilla en la boca.
Rasgábase en densos jirones el vapor gris que entoldaba el espacio, y el
sol hacía su aparición triunfal como deslumbrante custodia, casi á ras
del suelo, convirtiendo en oro líquido los charcos de lluvia y
reflejándose en las fachadas de las casas con rojizo fulgor de incendio.
En las calles comenzaba el movimiento. Iban por las aceras con paso
ligero las criadas con sus blancas cestas; los barrenderos amontonaban
el barro de la noche anterior; andaban por el arroyo con lento cencerreo
las vacas de leche; abríanse las puertas de las tiendas, empavesándose
con multicolores muestras, y en su interior sonaba el áspero roce de las
escobas arrojando á la calle nubes de polvo, que adquiría una
transparencia de oro al filtrarse entre los rayos del sol.
Cuando las tartanas llegaron á la Pescadería, acudieron solícitas las
viejas mandaderas á descargar las cestas, ayudando á bajar con servil
respeto á las que su miseria hacía considerar como señoras.
Fueron entrando una tras otra, arrebujadas en su mantón, por las puertas
angostas, obscuras como rastrillos de cárcel: bocas fétidas que
exhalaban el húmedo tufo de la Pescadería.
Ya estaba el mercadillo en movimiento; bajo los toldos de cinc, que
todavía goteaban la lluvia de la noche anterior, vaciaban las vendedoras
sus cestas en las mesas de mármol, alineando los peces sobre un lecho de
verdes espadañas. Las enormes rodajas de los grandes pescados mostraban
su carne sanguinolenta; salía de los toneles el -género- del día
anterior, conservado entre hielo, con los ojos turbios y las escamas
flácidas, y la sardina amontonábase en democrática confusión junto al
orgulloso salmonete y á la langosta de obscura túnica, que agitaba sus
tentáculos como si diese bendiciones.
Otras vendedoras ocupaban el lado opuesto del mercadillo: mujeres
vestidas de igual modo que las del Cabañal, pero de aspecto más mísero,
de rostro más repulsivo.
Eran las pescaderas de la Albufera; las mujeres de un pueblo extraño y
degradado que vive en la laguna sobre las barcas chatas y negras como
ataúdes, entre espesos cañares, en chozas hundidas en los pantanos, y
que en las fangosas aguas encuentra la subsistencia. Eran las hembras de
la miseria, con el rostro curtido y terroso, los ojos animados por el
extraño fulgor de eternas tercianas y oliendo sus ropas, no al salobre
ambiente del mar, sino al tufo del légamo de las acequias, al barro
infecto de la laguna que al moverse despide la muerte.
Vaciaban sobre las mesas enormes sacos que palpitaban como seres
vivientes, arrojando por sus bocas la rebullente masa de las anguilas
contrayendo sus viscosos y negros anillos, enroscándose por la blancuzca
tripa é irguiendo su puntiaguda cabeza de culebra. Junto á ellas caían
inanimados y blanduchos los pescados de agua dulce: las tencas de
insufrible hedor, con extraños reflejos metálicos, semejantes á los de
esas frutas tropicales de obscuro brillo que encierran el veneno en sus
entrañas.
Entre estas míseras mujeres existían también categorías, y algunas más
infelices sentábanse en el suelo húmedo y resbaladizo, entre las filas
de mesas, ofreciendo largos juncos, en los que estaban ensartadas las
ranas, patiabiertas y con los brazos levantados como bailarinas
desnudas.
La Pescadería entraba en movimiento. Comenzaba la afluencia de los
compradores, y entre las vendedoras cruzábanse señas misteriosas, gritos
de un -caló- especial que avisaban la llegada de los alguaciles y hacían
desaparecer con rapidez de prestidigitación, bajo los delantales y
zagalejos, las libras cortas de peso.
Con viejas y mohosas navajas iban abriendo el plateado vientre de los
pescados; caían las hediondas entrañas bajo los mostradores, y los
perros vagabundos, después de husmearlas, lanzaban un gruñido de asco,
huyendo hacia los inmediatos pórticos, donde estaban los puestos de los
carniceros.
Las pescaderas, que una hora antes se amontonaban amistosamente en la
misma tartana ó ante la báscula del fielato, mirábanse desde sus mesas
con hostilidad, cruzando provocativas ojeadas cada vez que se
arrebataban un parroquiano.
Una atmósfera de lucha, de ruda competencia, se extendía por el lóbrego
mercadillo, que rezumaba humedad y hedor por todas sus baldosas.
Gritaban las pescaderas con voces desgarradas; golpeaban sus sucias
balanzas por atraer compradores, invitándoles con palabras cariñosas,
con ofrecimientos maternales. Y momentos después, las bocas melosas
convertíanse con el regateo en orificios de retrete, que arrojaban la
inmundicia del lenguaje sobre el rebelde parroquiano, con acompañamiento
de insolentes carcajadas de todas las vendedoras, unidas con instintiva
solidaridad para insultar al comprador.
La -tía Picores- mostrábase majestuosa en la alta poltrona, con su
blanducha obesidad de ballena vieja, contrayendo el arrugado y velloso
hocico y mudando de postura para sentir mejor la tibia caricia del
braserillo, que hasta muy entrado el verano tenía entre los pies, lujo
necesario para su cuerpo de anfibio, impregnado de humedad hasta los
huesos. Sus manos amoratadas no estaban un momento quietas. Una picazón
eterna parecía martirizar su arrugada epidermis, y los gruesos dedos
hurgaban en los sobacos, se deslizaban bajo el pañuelo, hundiéndose en
la maraña gris, y tan pronto hacía temblar con sus tremendos rascuñones
el enorme vientre que caía sobre las rodillas cual amplio delantal,
como con un impudor asombroso remangábase la complicada faldamenta de
refajos para pellizcarse en las hinchadas pantorrillas.
Tenía de antiguo sus parroquianos, y no se esforzaba gran cosa en atraer
nuevos compradores, pero gozaba diabólicamente cuando torciendo el ceño
podía escupir alguna terrible palabrota á las señoras regañonas que
acompañaban á sus criadas al mercado.
Su vozarrón cascado era siempre el que decía la última palabra en las
disputas de la Pescadería, y todas reían sus chistes horripilantes, las
sentencias de filosofía desvergonzada que pronunciaba con aplomo de
oráculo.
Frente á ella vendía su sobrina Dolores, arremangados los hermosos
brazos, jugueteando con los brillantes y dorados platos de su balanza,
mostrando su deslumbrante dentadura con sonrisa coquetona á todos los
parroquianos, buenos burgueses que hacían la compra por sí mismos y
acudían con el limpio capazo ribeteado de rojo, atraídos por la gracia
de la buena moza.
Separada de la -tía Picores- por dos mesas, estaba Rosario, ocupada en
arreglar su pescado de modo que el más fresco quedase á la vista. Las
dos cuñadas se miraban frente á frente. Torcían el gesto afectando
desprecio; volvíanse las espaldas, pero sus miradas se buscaban para
cruzarse con expresión iracunda.
Faltaba el pretexto para entablar el diario combate, y pronto lo hubo,
cuando la soberbia moza, con sus sonrisas y repiqueteos de balanza, se
atrajo á un parroquiano que estaba en regateos con Rosario.
¿Podía sufrirse aquello? ¡Miren la mala piel! Á una mujer honrada le
quitaba sus más antiguos parroquianos. ¡Ladrona, más que ladrona!
Y Rosario, la mujercilla enjuta, nerviosa y enfermiza, encrespábase como
un gallo flaco, con las huesudas mejillas lívidas de rabia y los ojos
brillantes de fiebre.
¿Y la otra?... Había que verla haciéndose la reina, sorbiendo viento por
su nariz corta y graciosa... ¿Quién era la ladrona? ¿Ella?... No había
para irritarse tanto, hija mía. Allí todas se conocían; la gente sabía
quién era cada una.
La Pescadería se animaba. Las vendedoras comunicábanse su entusiasmo con
maliciosos guiños, y olvidando la venta avanzaban el busto sobre sus
pescados para ver mejor. Los compradores formaban grupos y sonreían
complacidos por el espectáculo; un alguacil que acababa de entrar en el
mercadillo, escurríase prudentemente como hombre experto, y la -tía
Picores- miraba á lo alto, como escandalizada por aquella rivalidad que
no tenía término.
--Sí; una ladrona--continuaba Rosario--. Bien público era. Tenía la
manía de quitarle todo lo suyo. Se lo podía probar. En la Pescadería le
robaba los parroquianos, y allá en el Cabañal le robaba otra cosa...
otra cosa; ya lo entendía ella... ¡Como si la gran mala piel no tuviese
bastante con su -Retor-, un -lanudo- más ciego que un topo, incapaz de
saber dónde tenía la frente!
Pero este vómito de insultos no conseguía desvanecer la calma desdeñosa
de Dolores. Veía cómo apretaban todos los labios para contener la risa
que les causaban las alusiones á ella y á su marido, y por lo mismo se
mostraba serena, no queriendo divertir á la Pescadería.
---¡Calla, loca!---decía con acento despreciativo--. -¡Calla,
envechosa!-
Pero Rosario replicaba.
¿Envidiosa ella? ¿Y de quién? ¿De una -tirada- que tenía la peor fama en
el Cabañal? Muchas gracias; ella era una mujer honrada, incapaz de
quitarle á ninguna su hombre.
Y á continuación la desdeñosa respuesta de Dolores. «¿Qué has de quitar
tú?... ¿Con esa cara de sardina?... Eres demasiado fea para eso, hija
mía.»
Y así seguía el tiroteo de insultos; Rosario, cada vez más lívida,
enarbolando al hablar sus manos crispadas; y la otra, puesta en jarras,
soberbia y sonriente, como si por su fresca boca saliesen lindezas.
Una fiebre belicosa invadía el mercadillo. Habíanse formado grupos en
las puertas, y todas las vendedoras echaban fuera de las mesas sus
bustos de furias desgreñadas, chasqueando las lenguas como si azuzasen
perros, celebrando con carcajadas las cínicas respuestas de Dolores y
golpeando las balanzas con las pesas para acompañar con un metálico
-retintín- la rociada de insultos.
La buena moza apeló á su supremo argumento de desprecio.
---¡Mira!-... -¡parla en éste!-
Y volviéndose de espaldas con vigorosa rabotada, dióse un golpe en las
soberbias posaderas, temblando bajo el percal la enorme masa de robusta
carne con la firme elasticidad de los cuerpos duros.
Aquello tuvo un éxito loco. Las pescaderas caían en sus asientos,
sofocadas por la risa; los tripicalleros y atuneros de los puestos
cercanos, formados en grupo, sacaban las manos de los mandiles para
aplaudir, y los buenos burgueses, olvidando su capazo de compras,
admiraban aquellas curvas atrevidas de tan sonora robustez.
Pero su triunfo duró poco. Al volver el sonriente rostro recibió en los
ojos y las narices dos puñados de sardinas que le arrojó Rosario, ciega
de furor... ¿Á ella tal insulto? Que saliera aquel pendón; quería verle
la cara.
Y Dolores se echó fuera de su puesto, remangándose aun más los brazos,
con los ojos moteados por el extraño fulgor de sus puntos de oro.
Allá iba la otra: con la cabeza baja, mascullando las más atroces
palabrotas; temblando de pies á cabeza por la rabia y atropellando á
cuantos intentaron detenerla.
Se agarraron en medio del pasadizo húmedo y pegajoso, entre las dos
filas de mesas.
La mujercita nerviosa y débil chocó con ímpetu contra la buena moza sin
lograr abatirla. Eran el nervio chocando contra el músculo; la ira
azotando á la fuerza, sin causarla la menor emoción.
Dolores esperó á pie firme, acogiendo á su rival con una lluvia de
bofetadas que enrojecieron lívidamente las enjutas mejillas de Rosario;
pero de pronto lanzó un alarido, llevándose ambas manos á una oreja.
Por entre los dedos brotaban hilillos de sangre... ¡Ah, la grandísima
perra! La había desgarrado la oreja tirando de uno de aquellos
pendientes de gruesas perlas que admiraba la Pescadería entera.
¿Era este un modo digno de reñir? ¿No resultaba propio de quien tiene el
alma atravesada? ¡En la galera estaban muchas con menos motivo!
Y la hermosa pescadera lloriqueaba, agarrándose la oreja con graciosa
expresión de niña dolorida.
El choque sólo había durado unos segundos.
Dos manotadas de la -tía Picores- bastaron para separar á las feroces
combatientes; y mientras la vieja increpaba á Rosario, pálida y asustada
por lo que había hecho, un grupo de pescaderas consolaba á Dolores y la
contenían, pues la gallarda moza, al sentir los agudos pinchazos del
desgarrado lóbulo, intentaba arrojarse de nuevo sobre su enemiga.
Por encima del gentío asomaban los kepis de los municipales, pugnando
por abrirse paso... La vieja dio órdenes. Todas á sus puestos, y
-mutis-. No era cosa de dar gusto á aquellos vagos para que las
fastidiasen con citaciones y juicios. Allí no había pasado nada.
Dolores vió su cabeza cubierta con un pañuelo de seda que le tapaba la
ensangrentada oreja; las pescadoras ocuparon sus mesas con cómica
gravedad, pregonando el pescado á todo pulmón, y los municipales fueron
de puesto en puesto entre la algarabía infernal sin merecer otra
respuesta que airadas palabras.
¿Qué buscaban allí? En otra parte estaba su ocupación. Allí nada había
ocurrido. Siempre acudían donde no les llamaban.
Y tuvieron que salir de la Pescadería con las orejas gachas, perseguidos
por el vozarrón cascado de la -tía Picores-, indignada ante la
oficiosidad de tales mequetrefes y por el irónico retintín de las
balanzas, que parecían darles una cencerrada.
Se restableció la calma. Las pescaderas sólo pensaron en atraer
compradores. Rosario quedó erguida en su asiento, con los brazos
cruzados, la mirada torcida é inmóvil, sin preocuparse de vender, como
una esfinge irritada, marcándose cada vez más en sus mejillas las
huellas violáceas de las bofetadas recibidas, mientras Dolores,
volviéndole la espalda, hacia esfuerzos para contener las lágrimas que
le arrancaba el dolor.
La -tía Picores- mostrábase preocupada; hablaba en voz alta, como si
sostuviera un diálogo con los yertos pescados que tenía delante... ¿Pero
iban á estar así las grandísimas arrastradas toda su vida? ¿Siempre
mátame ó te mataré?... Y todo por cuestión de hombres... ¡Animales! Como
si no los hubiera de sobra en este mundo. Ella debía evitarlo; vaya si
lo evitaría. Y si se resistían, las emprendería á bofetadas, pues le
sobraban agallas para ello.
A las once se zampó el almuerzo que le trajo la mandadera: un rollo de
pan moreno con dos chuletas chorreantes, que despachó en unos cuantos
bocados, y después, limpiándose con el mugriento delantal la profunda
estrella de arrugas, relucientes de grasa, fué á plantarse ante la mesa
de su sobrina, sermoneándola agriamente.
-Aquello- se había de arreglar. No le gustaba que la familia fuese en
lenguas, dando que reír á toda la Pescadería. ¡Se había de arreglar!
¿Entiendes? Ella tenía empeño, y cuando ella se empeñaba en algo, se
hacía por encima de la cabeza de Dios, aunque tuviera que ir á bofetadas
con medio mundo. ¡Bonita era cuando se enfadaba! Lo de antes no valía
nada comparado con lo que ocurriría si ella se echaba el alma atrás.
--No, no--gimoteaba Dolores, cerrando los puños y moviendo la cabeza con
enérgica negativa.
¿Cómo que no?... Pues aunque su sobrina no quisiera, había de acabar una
enemistad tan escandalosa. Eran cuñadas, y lo que había ocurrido no
resultaba irremediable... ¿Que le había desgarrado la oreja? Anda, hija
mía, que buenas bofetadas la había largado ella antes. Váyase lo uno por
lo otro, y haya paz. Lo dicho; mucho -mutis- y á obedecer á la tía.
Y de allí pasó á la mesa de Rosario, á la que habló aun más fuerte. Era
una fiera de mala baba, sí señor; una perra rabiosa. Y que no le
replicara ni la mirase con tanta cólera, porque le tiraría una libra á
la cabeza. Ya era sabido cómo las gastaba ella, y además, para haber
sido amiga de su madre, la tenía muy poco respeto. -Aquello- había de
acabar. Lo decía ella, y basta. Allí estaba la pobre Dolores llorando de
dolor. ¿Era aquella manera de reñir? ¿Le parecía decente estirar así las
orejas? Eso era propio de un mal bicho. Para reñir se procedía con más
nobleza; pegar fuerte y donde no salta sangre. Allí estaba ella, que
había ido á la greña con todas las de su época. La que más podía le
remangaba los zagalejos á la otra, y allí... en lo blando, zurra que te
zurra, para que tuviera que sentarse de lado durante una semana; y
después, tan amigas, á jurar la paz en la chocolatería. Así procedían
las personas decentes, y así sería ahora, porque ella lo decía... ¿Que
no? ¿Que Dolores le quitaba el marido?... ¡Cordones con el marido! No
parecía sino que su sobrina era la que iba á buscarle.
Los hombres son los que buscan; y si ella quería tener seguro el suyo,
que no fuese boba y se pusiera bien las enaguas en su casa. Cuando se
quiere guardar un hombre hay que tener muchas agallas, ¡recordones! y
sobre todo arreglarlo de tal modo que antes que salga de casa no le
queden ganas de buscar nada en la del vecino. ¡Ay qué chicas las de
ahora! ¡Y qué poco saben! En la piel de Rosario debía estar ella, y ya
vería si su hombre cumplía la obligación... Nada; lo dicho. La cosa se
arreglaría. Ella y la otra tenían que obedecerla y respetarla, ó de lo
contrario...
Y mezclando amenazas con rudas expresiones de cariño, la -tía Picores-
volvió á su puesto á continuar la venta.
Aquél día terminó pronto. La gente deseaba pescado, y á mediodía
comenzaron á vaciarse las mesas. La pesca sobrante fue metida en toneles
entre capas de nieve y trapos mojados, y comenzaron los tartaneros á
recoger cuévanos y banastas, apilándolos en las traseras de sus
desvencijados carromatos.
La -tía Picores- se arreglaba el mantón de cuadros en medio de la
Pescadería, rodeada de algunas amigachas de su época, fieles compañeras
que le ayudaban á pagar á escote al tartanero.
Había que arreglar lo de las chicas. Y cuando estuvieron ya en la
tartana todas las cestas, fué á las mesas de las dos rivales, sacándolas
á pellizcos y á empujones.
Dolores y Rosario, vencidas por la tenacidad terrible de la vieja,
estaban una junto á otra con la cabeza baja, como avergonzadas y
pesarosas por el contacto, pero sin atreverse á chistar.
---Espéramos- -en la chocolatería---ordenó la vieja al tartanero.
Y el respetable grupo de mantones á cuadros y faldas de insufrible tufo
salió de la Pescadería, conmoviendo las losas con su rudo chancleteo.
Iban una tras otra á la desfilada por la plaza del Mercado, donde se
estaban realizando las últimas ventas. La -tía Picores- al frente,
abriendo paso á empujones; detrás sus viejas amigas, de hocico arrugado
y ojos amarillentos; Rosario, que como había venido á pie iba cargada
con sus cestas vacías, y Dolores, que á pesar de su dolorida oreja
sonreía por costumbre al oir los chicoleos que provocaba su rostro
moreno asomando bajo el pañuelo de pita.
Tomaron posesión de la chocolatería, como antiguas parroquianas, dejando
sobre las mesitas de mármol las cestas de Rosario, que apestaban,
mezclando su olor de podredumbre con el perfume de chocolate barato que
salía de la cocina inmediata.
La -tía Picores- bufaba de satisfacción al verse en la fresca sala que
constituía su mayor lujo, contemplando todos los detalles, que le eran
tan conocidos: el zócalo de pintarrajeada esterilla; las paredes de
blancos azulejos; la mampara de cristales helados con cortinillas rojas;
en la puerta las heladoras, inmóviles, con la panza enfundada en corcho
y puntiaguda caperuza de metal; más adentro el mostrador, con sus dos
urnas de cristal para los bizcochos y los azucarillos, y tras él la
dueña dormitando, moviendo perezosamente la caña con su cabellera de
rizados papeles para espantar el enjambre de moscas.
¿Qué iban á tomar? ¡Lo de siempre!... eso no se pregunta. Jícara de á
onza por barba y vaso de refresco.
Con este eran cuatro chocolates los que había engullido la -tía Picores-
en la mañana; pero su estómago y el de sus amigas estaban á prueba del
Caracas falsificado, que sorbían con sibarítico placer. ¿Había cosa
mejor en el mundo? Aquello alargaba la vida. Y las arrugadas narices de
las viejas contraíanse con expresión ansiosa, aspirando el humillo
azulado que exhalaban las blancas jícaras.
Salían los pedazos de ensaimada chorreando obscura pasta para sumirse en
las bocas desdentadas, mientras que las dos jóvenes apenas si comían,
permaneciendo con la cabeza baja para no cruzar sus miradas.
Pero como ya la jícara de la -tía Picores- estaba casi vacía, intervino
su vozarrón en el penoso silencio.
¡Pero qué tontas eran! ¿Aun les duraba el disgusto? Había que reconocer
que las pescaderas de ahora eran muy diferentes á las de antes. ¡Qué
morros se ponían! ¡Qué rencores se guardaban! ¡Ni que fuesen señoritas!
Antes la gente tenía mejor corazón. Y si no, vamos á ver: ¿no se había
tirado ella del moño con todas las de su edad que estaban presentes?
(Aquí un movimiento afirmativo de las seis amigas de la vieja loba.) De
seguro que si se arremangasen los zagalejos, aun encontrarían tal vez
más abajo de la espalda la señal de algún taconazo traidor; y sin
embargo, tan amigas, tan dispuestas á hacerse un favor, á remediarse en
una desgracia. Y así debe ser la gente, ¡recordones! Todas tenemos un
pronto, pero después que nos pasa se olvida, como hacen las gentes de
buen corazón. Las rabietas se dejan á la puerta de la chocolatería, y
aquí dentro buenas amigas. Lo que decía su madre y se ha dicho siempre
en la Pescadería. Los pesares no han de pasar de la garganta.
-Pesar, d' así no has de pasar.- -Chocolate, bollet y gòt de quinset.-
Y aunque el vaso no fuera de -quinset-, por no ser aún época de helados,
todas las viejas, aprobando la filosofía de su compañera, se sorbieron
los vasos de tisana dulce, expresando algunas su satisfacción con
ruidosos eructos.
Pero la -tía Picores- iba indignándose ante la silenciosa reserva de las
dos rivales. ¡Qué! ¿Iban á estarse así toda la vida? ¿Es que sus
palabras no valían nada? Á ver: Rosario, que era la más culpable.
Y la mujercita, siempre con la cabeza baja, tirando de los flecos de su
mantón, masculló algo confusamente sobre su marido, y al fin dijo con
lentitud:
Yo... -si esta me promet-... -ferli mala cara-...
Dolores saltó inmediatamente, irguiendo su soberbia cabeza.
¡Hacer mala cara! ¿Era ella acaso algún coco, algún -butòni- para
asustar á las personas? Además, Tonet, el dichoso marido de la otra, era
hermano de su hombre, y á un cuñado no se le puede cerrar la puerta ni
recibirlo con cara de vinagre. Pero al fin... ella era buena; ella no
tenía ganas de ruidos; ella quería vivir en santa paz y no le gustaba
tampoco que la llevaran en lenguas. Todo eran líos, mentiras de la gente
que no sabe cómo -enguerrar- á los buenos matrimonios. ¡Que ella había
sido novia de Tonet antes de casarse con su hermano!... ¿y qué? ¿Era la
primera vez que ocurría esto? ¿Y qué otro motivo había para que la
-armasen- tales calumnias?... Lo volvía á repetir: quería paz y
tranquilidad. Hacer mala cara, eso no; pero prometía que si alguna
confianza se tomaba con Tonet, como á cuñado que era, no volvería á
repetirla para que las malas lenguas no tuviesen donde agarrarse.
La -tía Picores- estaba radiante. Así le gustaban á ella las personas.
Buen corazón ante todo. ¡Qué! ¿estaba contenta Rosario? ¿No era
bastante? Ahora un abrazo y todo se acabó.
Y de mala gana, casi empujadas por las viejas, las dos cuñadas se
abrazaron sin levantarse de las sillas.
La tía, satisfecha de su triunfo, hablaba por los codos. Era una locura
que las mujeres riñesen por un hombre. Lo que ella decía. ¿No había de
sobra hombres en el mundo? Eso es lo que querían los muy granujas; que
riñesen por ellos, para crecerse y hacer su santa voluntad.
La mujer debía tener -agallas-, sí señor; muchas -agallas-. Ser como
ella, que cuando su difunto le hacía una, sabía traerlo al orden, y
hasta si era preciso, obligarle á que le pidiese perdón.
Además, buenos eran ellos para tenerles celos. ¿Para qué mayor infierno?
¿Sabía una siempre dónde pasaba las horas el marido al salir de casa?
No; por lo mismo era una tontería enrabietarse por sus pilladas y no
darse buena vida. Cuanto más fiera es una, más la quieren. Lo que hacía
ella con el difunto cuando sospechaba algo. ¡Fuera de la cama; y donde
has pasado el verano pasa el invierno! Siempre la cara de perro; nada de
mimos ni -cucamonas-; así la respetan á una.
Dolores, seria y estirada, contraía los labios como si contuviera la
risa que le escarabajeaba en el paladar.
Rosario protestaba. No; ella no estaba conforme con la -tía Picores-.
Vivía honradamente con su marido y tenía derecho á que Tonet la imitara.
No le gustaban líos ni enredos.
La vieja la interrumpió. Todo aquello eran músicas, -hipocresías- que la
daban asco. Había que tomar á los hombres tal como eran. ¿Verdad,
chicas?...
Y todas las amigachas afirmaban moviendo sus cabezas de indio viejo.
La -tía Picores- continuó. Todos los hombres eran unos bestias, que
cuanto más mal los trata una, mejor la siguen como perros. Además, la
que quisiera tener seguro á su hombre, que lo atase á una pata de la
cama con las cintas de las enaguas... Y no decía más.
El tartanero había asomado su cabeza varias veces. Esperaba impaciente y
manifestaba su prisa con un gran acompañamiento de interjecciones contra
aquellas viejas que tomaban su tartana como una carroza propia.
---¡Aguárdat, cara de palleta!---gritó la ronca vieja--. -¿Qué no te
paguem?-...
Y al ver que sus amigachas rebuscaban en sus bolsas, extendió su brazo
majestuosamente. Allí no pagaba nadie, ¡recordones! La fiesta era cosa
suya. Había que celebrar la reconciliación de las chicas.
Poniéndose en pie, se arremangó falda y zagalejo, buscando sobre las
enaguas una gran bolsa ceñida á la cintura, de la que fue sacando unas
tijeras de destripar pescado cubiertas de escamas, una navaja mohosa, y
por fin un puñado de calderilla, que arrojó sobre la mesa.
Algunos minutos pasó contando y recontando las piezas pegajosas,
saturadas de olor de marisco, y por fin dejó el montoncito sobre el
mármol, saliendo de la chocolatería cuando ya todas las amigachas se
habían encaramado en la vieja tartana.
Rosario, con sus cestas vacías, estaba en la acera, frente á Dolores,
mirándose las dos y sin saber qué decirse.
La -tía Picores- la invitó á subir en la tartana. Se apretarían un poco
y la llevarían hasta casa.... ¿Que no? Bueno, pues ya sabía lo dicho:
mucha paz y tranquilidad.
---Adiós-, -Rosario---dijo Dolores sonriendo graciosamente--. -Ya saps
que som amigues-.
Y saludándola con amistoso ademán, subió seguida de su tía, inclinándose
quejumbrosamente la tartana bajo el peso de las dos soberbias moles.
Se alejó el carromato con suspiros de desvencijamiento y chirridos de
hierro viejo, y la mujercita, con sus cestas al brazo, quedó inmóvil en
la acera, como si despertase asombrada, no creyendo en la realidad de
una reconciliación con su rival.
II
Habían pasado muchos años, y sin embargo, unos por referencia y otros
como testigos presenciales, todos se acordaban en el Cabañal de lo
ocurrido un martes de Cuaresma.
El día fué de los más hermosos. El mar estaba tranquilo, terso como un
espejo, sin la más ligera ondulación, reflejando el inquieto triángulo
de oro que formaba el sol sobre las muertas aguas.
Vendíase el pescado como una bendición de Dios. La demanda era mucha en
el mercado de Valencia, y las barcas arrastraban sus redes frente al
cabo de San Antonio sin la menor inquietud, fiadas en la calma y
deseando sus patrones llenar las cestas cuanto antes para regresar al
Cabañal, en cuya playa esperaban impacientes las pescaderas.
Á mediodía cambió el tiempo. Sopló el viento de Levante, tan terrible en
el golfo de Valencia; el mar se rizó levemente; avanzó el huracán,
arrugando la tersa superficie, que tomaba un color lívido, y un montón
de nubes corriéronse desde el horizonte, cubriendo al sol.
En la playa fué grande la alarma. Aquel viento anunciaba para las
pobres gentes, duchas en las desgracias del mar, una tempestad de las
que dejan rastro en los hogares de los pescadores.
Alborotábanse las pobres mujeres, y con las faldas azotadas por el
viento corrían por la playa sin saber dónde ir, dando espantosos
alaridos y encomendándose á todos los santos de su devoción, mientras
que los hombres, pálidos, ceñudos, chupando sus cigarrillos y poniéndose
al abrigo de las barcas varadas en la arena, examinaban el horizonte,
cada vez más obscuro, con la mirada concentrada y poderosa de las gentes
del mar, y se fijaban con inquietud en la entrada del puerto, en la
avanzada escollera de Levante, rojos pedruscos sobre los cuales
comenzaban á romperse las primeras moles de agua, cubriéndolos de
hirvientes espumarajos.
La suerte de tantos padres á quienes la tempestad habría sorprendido
ganándose el pan, hacía temblar á la gente de la playa; y á cada mugido
del viento, todos, bamboleándose sobre la arena, pensaban en los
robustos mástiles, en las triangulares velas que tal vez en el mismo
momento se hacían trizas.
Á media tarde en el horizonte, cada vez más obscuro, comenzó a marcarse
una línea de velas, como inquietos copos de espuma, que tan pronto se
remontaban como desaparecían.
Llegaban como rebaño asustado y en dispersión, dando tumbos sobre las
lívidas olas, perseguidas siempre por el mugido feroz, que parecía
divertirse arrancándolas en cada papirotazo una vela, un trozo de
mástil ó el timón, hasta que levantando una montaña de agua verdosa,
cogía de través á la desmantelada barca y se la sorbía.
La última y más terrible lucha fué á la entrada del puerto. En las
barcas que consiguieron entrar, los tripulantes, mojados de pies á
cabeza, recibían los abrazos de sus familias con ojos de idiota, como
resucitados que se asombran al verse de pronto en plena vida. Aquella
noche dejó memoria en el Cabañal.
Grupos de mujeres desmelenadas, frenéticas de dolor, roncas de gritar
sus aclamaciones al cielo, corrían por el muelle de Levante, expuestas á
ser devoradas por las olas que escalaban los peñascos, mojadas por el
polvo de amarga agua que escupía la furiosa marea, y miraban ansiosas el
horizonte, como si en la sombra pudieran distinguir la lenta y horrible
agonía de las últimas barcas.
Faltaban muchas á llegar. ¿Dónde estarían? ¡Ay Dios!... ¡qué felices
eran las mujeres que estaban en el puerto abrazando á sus maridos é
hijos, mientras los otros, más infortunados, corrían dentro de un ataúd
al través de la noche, saltando de ola en ola, rodando á lo más hondo de
hirvientes simas, sintiendo bajo los pies el crujir de las quebrantadas
tablas y sobre la cabeza la lívida montaña de agua próxima á
desplomarse!
Llovió durante toda la noche, y muchas mujeres esperaron el amanecer en
el muelle, combatido por el oleaje, envueltas en el calado mantón, en
1
2
3
4
5
[
:
]
6
7
8
9
10
11
12
13
14
.
15
16
(
)
.
17
18
(
)
.
19
20
(
)
.
21
22
(
)
.
23
24
(
)
.
25
26
(
)
.
27
28
(
)
.
29
30
(
)
.
31
32
(
)
.
33
34
(
)
.
35
36
(
)
.
37
38
(
)
.
39
40
(
)
.
41
42
(
)
.
43
44
(
)
.
45
46
(
)
.
47
48
(
)
.
49
50
(
)
.
51
52
(
)
.
53
54
55
=
=
56
57
(
)
.
58
59
(
)
.
60
61
(
)
.
62
63
-
-
,
64
.
-
-
,
.
65
66
67
68
69
.
70
71
72
73
(
)
74
75
[
]
76
77
78
79
80
81
,
.
-
-
82
83
84
85
86
87
(
.
)
,
.
88
89
(
.
)
,
.
90
91
(
)
,
.
92
93
(
.
)
,
.
94
95
'
(
.
)
,
.
96
97
(
)
,
.
98
99
(
)
,
.
100
101
(
)
,
.
102
103
(
)
,
.
104
105
(
)
,
.
106
107
(
)
,
.
108
109
(
.
)
,
.
110
111
(
.
.
)
,
.
112
113
(
.
.
.
)
,
.
114
115
(
.
)
,
.
116
117
(
.
)
,
.
118
119
,
!
.
.
.
(
.
)
,
.
120
121
(
)
,
.
122
123
(
.
)
,
.
124
125
(
.
.
)
,
.
126
127
(
.
)
,
.
128
129
(
.
)
,
.
130
131
(
.
)
,
.
132
133
(
.
)
,
.
134
135
(
.
)
,
.
136
137
(
.
)
,
.
138
139
(
.
)
,
.
140
141
(
)
,
142
.
143
144
(
)
,
.
145
146
'
(
)
,
.
147
148
(
.
)
,
-
.
149
150
(
.
)
,
.
151
152
(
)
,
.
153
154
(
)
,
.
155
156
(
)
,
.
157
158
(
.
.
)
,
159
-
.
160
161
(
.
.
)
,
.
162
163
(
)
.
164
(
)
,
165
.
166
167
168
169
170
171
172
173
174
175
.
176
,
,
177
178
.
179
180
.
181
,
182
-
¡
!
-
183
.
184
185
,
,
186
.
187
,
,
188
,
,
189
190
.
191
192
,
193
.
,
194
,
195
.
196
197
,
198
.
199
,
,
,
200
;
201
202
,
,
203
,
204
,
,
205
,
.
206
207
,
208
.
209
,
210
211
,
212
,
.
213
214
,
215
,
;
216
,
217
.
218
219
,
,
220
,
221
,
222
223
.
224
225
226
.
227
,
,
228
229
,
.
230
231
,
232
233
.
234
235
,
,
,
236
,
237
,
238
,
239
.
240
241
,
242
.
243
,
;
244
;
,
245
;
,
246
,
,
,
,
247
.
248
249
,
,
250
,
251
,
252
,
,
253
,
254
.
255
256
,
,
257
,
,
258
,
,
259
.
260
261
262
,
,
,
263
264
.
265
266
,
267
,
,
268
269
,
.
270
,
:
,
271
,
,
272
273
,
,
,
274
.
275
276
,
277
,
,
,
278
279
.
280
,
281
.
282
,
,
283
;
.
284
285
.
286
287
,
288
289
.
290
,
;
291
;
292
293
;
,
,
294
,
295
.
296
297
;
298
,
;
299
300
,
,
301
302
.
303
304
,
305
-
-
,
,
306
,
307
,
308
309
,
310
.
311
312
,
313
;
314
,
,
,
315
,
.
316
317
,
318
;
,
,
319
,
,
320
.
321
322
323
.
-
324
-
,
;
325
,
,
,
326
,
,
-
-
327
;
,
,
328
.
329
330
331
,
,
332
,
333
-
-
.
334
335
,
-
336
-
,
,
,
337
,
338
339
,
340
.
341
342
-
-
-
¡
!
-
-
¿
?
-
-
-
343
,
.
344
345
,
,
346
,
347
,
,
348
.
349
350
;
351
.
;
352
-
-
,
353
;
354
,
,
355
,
356
.
357
358
,
359
,
,
360
-
-
.
361
362
¡
,
!
¡
!
¡
!
¡
!
.
.
.
363
.
364
365
,
366
.
,
367
,
368
.
369
370
,
,
371
.
.
372
.
373
374
.
.
.
¿
?
375
¿
?
,
376
;
,
377
.
378
379
¿
?
.
.
.
¿
?
.
.
.
,
380
,
.
381
,
382
.
383
384
.
.
¡
385
!
.
,
386
.
¡
,
!
387
388
,
,
389
.
390
391
,
392
,
,
:
393
394
-
-
-
,
,
-
.
395
396
¿
?
.
.
,
397
,
;
398
,
399
.
400
401
.
402
;
,
403
,
404
,
405
,
,
406
.
407
408
,
409
,
410
,
411
.
412
413
.
414
;
415
;
416
;
,
417
,
418
,
419
.
420
421
,
422
,
423
.
424
425
,
,
426
,
:
427
.
428
429
;
,
430
,
431
,
432
.
433
;
-
-
434
,
,
435
,
436
,
437
.
438
439
:
440
,
,
441
.
442
443
;
444
445
,
,
,
446
.
447
,
,
448
,
449
,
,
450
.
451
452
453
,
454
,
455
.
456
:
457
,
,
458
459
.
460
461
,
462
,
463
,
,
464
,
465
.
466
467
.
468
,
,
469
-
-
470
,
471
,
.
472
473
474
;
,
475
,
,
,
476
,
477
.
478
479
,
480
,
481
,
482
.
483
484
,
,
485
,
.
486
;
487
,
,
488
.
,
489
,
490
,
491
,
492
.
493
494
-
-
,
495
,
496
497
,
,
498
,
499
.
.
500
,
501
,
,
502
,
503
,
504
505
.
506
507
,
508
,
509
510
.
511
512
513
,
,
514
515
.
516
517
,
518
,
,
519
520
,
521
,
522
.
523
524
-
-
,
,
525
.
526
.
527
;
,
528
.
529
530
,
,
531
,
,
532
.
533
534
¿
?
¡
!
535
.
¡
,
!
536
537
,
,
,
538
,
539
.
540
541
¿
?
.
.
.
,
542
.
.
.
¿
?
¿
?
.
.
.
543
,
.
;
544
.
545
546
.
547
,
548
.
549
;
550
,
,
-
551
-
,
552
.
553
554
-
-
;
-
-
-
-
.
.
555
.
.
556
,
.
.
.
557
;
.
.
.
¡
558
-
-
,
-
-
,
559
!
560
561
562
.
563
,
564
,
.
565
566
-
-
-
¡
,
!
-
-
-
-
-
.
-
¡
,
567
!
-
568
569
.
570
571
¿
?
¿
?
¿
-
-
572
?
;
,
573
.
574
575
.
«
¿
576
?
.
.
.
¿
?
.
.
.
,
577
.
»
578
579
;
,
,
580
;
,
,
581
,
.
582
583
.
584
,
585
,
586
,
587
588
-
-
.
589
590
.
591
592
-
-
-
¡
!
-
.
.
.
-
¡
!
-
593
594
,
595
,
596
.
597
598
.
,
599
;
600
,
,
601
,
,
,
602
.
603
604
.
605
,
606
.
.
.
¿
?
;
607
.
608
609
,
,
610
.
611
612
:
,
613
;
614
.
615
616
,
617
.
618
619
620
.
;
621
,
.
622
623
,
624
;
625
,
.
626
627
.
.
.
¡
,
628
!
629
.
630
631
¿
?
¿
632
?
¡
!
633
634
,
635
.
636
637
.
638
639
-
-
640
;
,
641
,
642
,
,
643
,
.
644
645
,
646
.
.
.
.
,
647
-
-
.
648
.
.
649
650
651
;
652
,
,
653
654
.
655
656
¿
?
.
657
.
.
658
659
,
660
-
-
,
661
662
,
.
663
664
.
665
.
,
666
,
,
,
667
,
668
,
,
669
,
670
.
671
672
-
-
;
,
673
.
.
.
¿
674
?
¿
675
?
.
.
.
.
.
.
¡
!
676
.
;
677
.
,
,
678
.
679
680
:
681
,
682
,
,
683
,
,
684
,
.
685
686
-
-
.
687
,
.
¡
!
688
¿
?
,
,
689
,
690
.
¡
!
691
.
692
693
-
-
,
-
-
,
694
.
695
696
¿
?
.
.
.
,
697
.
,
698
.
.
.
¿
?
,
699
,
.
700
,
.
;
-
-
.
701
702
,
.
703
,
;
.
704
,
705
.
,
,
706
,
.
-
-
707
.
,
.
708
.
¿
?
¿
709
?
.
710
;
.
,
711
.
712
,
.
.
.
,
713
,
;
714
,
,
.
715
,
,
.
.
.
¿
716
?
¿
?
.
.
.
¡
!
717
.
718
719
;
,
720
.
721
,
¡
!
722
723
.
¡
724
!
¡
!
,
725
.
.
.
;
.
726
.
,
727
.
.
.
728
729
,
-
-
730
.
731
732
.
,
733
.
734
,
735
,
736
.
737
738
-
-
739
,
,
740
.
741
742
.
743
,
,
744
.
745
746
,
,
747
,
748
,
.
749
750
-
-
-
-
-
-
-
-
.
751
752
753
,
.
754
755
,
756
.
-
-
,
757
;
,
758
;
,
759
,
,
760
761
.
762
763
,
,
764
,
,
765
766
.
767
768
-
-
769
,
,
770
:
;
771
;
;
772
,
,
773
;
,
774
,
775
,
776
.
777
778
¿
?
¡
!
.
.
.
.
779
.
780
781
-
-
782
;
783
,
.
¿
784
?
.
785
,
786
.
787
788
789
,
,
790
.
791
792
-
-
,
793
.
794
795
¡
!
¿
?
796
.
¡
797
!
¡
!
¡
!
798
.
,
:
¿
799
?
800
(
.
)
801
,
802
;
803
,
,
,
804
.
,
¡
!
805
,
,
806
.
,
807
.
808
.
.
809
810
-
,
'
.
-
-
,
.
-
811
812
-
-
,
,
813
,
,
814
,
815
.
816
817
-
-
818
.
¡
!
¿
?
¿
819
?
:
,
.
820
821
,
,
822
,
,
823
:
824
825
.
.
.
-
-
.
.
.
-
-
.
.
.
826
827
,
.
828
829
¡
!
¿
,
-
-
830
?
,
,
,
831
,
832
.
.
.
.
;
833
;
834
.
,
835
-
-
.
¡
836
!
.
.
.
¿
?
¿
837
?
¿
838
-
-
?
.
.
.
:
839
.
,
;
840
,
,
841
.
842
843
-
-
.
.
844
.
¡
!
¿
?
¿
845
?
.
846
847
,
,
848
.
849
850
,
,
.
851
.
.
¿
852
?
;
853
,
.
854
855
-
-
,
;
-
-
.
856
,
,
,
857
,
.
858
859
,
.
¿
?
860
¿
?
861
;
862
.
,
.
863
.
¡
;
864
!
;
865
-
-
;
.
866
867
,
,
868
.
869
870
.
;
-
-
.
871
.
872
.
873
874
.
,
-
-
875
.
.
¿
,
876
?
.
.
.
877
878
.
879
880
-
-
.
,
881
,
.
,
882
,
883
.
.
.
.
884
885
.
886
887
.
888
889
-
-
-
¡
,
!
-
-
-
-
-
.
-
¿
890
?
-
.
.
.
891
892
,
893
.
,
¡
!
894
.
.
895
896
,
,
897
,
898
,
,
899
,
.
900
901
,
902
,
903
,
904
.
905
906
,
,
,
,
907
.
908
909
-
-
.
910
.
.
.
.
¿
?
,
:
911
.
912
913
-
-
-
-
,
-
-
-
-
-
-
.
-
914
-
.
915
916
,
,
917
.
918
919
920
,
,
,
921
,
,
922
.
923
924
925
926
927
,
,
928
,
929
.
930
931
.
,
932
,
,
933
.
934
935
.
936
,
937
,
938
939
,
.
940
941
.
,
942
;
;
,
943
,
,
944
,
.
945
946
.
947
,
,
948
.
949
950
,
951
,
952
,
953
,
,
,
954
,
,
955
,
956
,
,
957
,
958
,
959
.
960
961
962
,
;
963
,
,
,
964
,
965
.
966
967
,
,
968
,
,
969
.
970
971
,
972
,
,
973
,
974
,
,
975
.
976
977
.
978
,
,
979
,
,
980
.
981
.
982
983
,
,
984
,
,
985
,
986
,
987
,
988
.
989
990
.
¿
?
¡
!
.
.
.
¡
991
992
,
,
,
993
,
,
994
,
995
996
!
997
998
,
999
,
,
,
1000