Dentro de la población se detuvo ante las gradas de la iglesia de San Carlos. Por la puerta salían resplandores de cirios, perfumes de flores, susurros de órgano, voces de doncellas. Su alma, pueril y ligera como la mañana, sintió deseos de ir en pos de las familias endomingadas que subían la escalinata. El era católico por su padre, cismático por su madre, y nada por su propia voluntad. Pero se sintió repelido por esta penumbra olorosa de cueva abierta moteada de luces, y siguió adelante, aspirando con delicia el aire libre. --¡Oh, lady!... ¡Buenos días! Una mano de mujer, descarnada y larga, estrechó la suya con una rudeza varonil. El sol hacía brillar los botones dorados sobre el paño color kaki de un uniforme de soldado inglés. Mas el uniforme, en vez de estar rematado por unos pantalones, tenía como final una falda corta sobre polainas de cuero rojo. Era la sobrina de Lewis. Había estado dos tardes en Villa-Sirena correteando por sus jardines. Miguel contempló una vez más su enfermiza delgadez, que iba tomando el aspecto miserable de la consunción. La correa que le cruzaba pecho y espalda, uniéndose por ambos lados á la cintura, se hundía en el paño, como si detrás de su trama no encontrase la resistencia de un cuerpo. El rostro avanzaba con una agudeza de cuchillo bajo la visera de la gorra militar. Su epidermis, rugosa y macilenta en plena juventud, marcaba todas las aristas y oquedades del hueso. Parecía no tener edad; lo mismo podía ser de veinticinco que de sesenta años. Lo único que se conservaba fresco en ella eran los ojos, unos ojos que aún tenían el resplandor ingenuo de la adolescencia, y miraban de frente, con la serena confianza de la virgen fuerte. Los horrores de la guerra habían pasado sobre este organismo como una llamarada que seca cuanto toca, lo apergamina, y acaba convirtiéndolo en polvo. Parecía una momia, tostada por el resplandor de los incendios, estremecida por las lágrimas y los quejidos de millares de seres. «¡Lo que esos oídos habrán escuchado!», se dijo Miguel. Y comprendió el gesto triste de su boca pálida, que colgaba con desaliento entre dos profundos surcos verticales. «¡Lo que esos ojos habrán visto!», continuó pensando. Pero los ojos no querían acordarse, y le sonreían, contentos del momento presente. Acababa de salir de un gran hotel convertido en hospital y esperaba el tranvía para ir á Mentón. Habían llegado allá nuevos heridos, y la escasez de enfermeras obligaba á los médicos á admitir sus servicios. Por el momento no la molestarían más preocupándose de su falta de salud. Al pensar en el rudo trabajo que la esperaba, en las noches de vigilia y los combates con la muerte para salvar á unos cuantos hombres, mostró un gran regocijo. Deseaba cuanto antes hacer su corto viaje, como si se dirigiese á una fiesta; y al ver que se aproximaba el tranvía, estrechó otra vez varonilmente la mano del príncipe. --Seguiré abusando de su autorización. La próxima vez saquearé aún más sus jardines. ¡Flores... muchas flores! ¡Si viera usted qué alegría sienten los pobrecitos cuando las coloco junto á sus camas! Algunos médicos se enfadan; encuentran frívolo esto... Pero lo que yo digo: ya que hemos de morir, muramos con un poco de poesía, rodeados de algo que nos recuerde la belleza de lo que perdemos. Esto no hace mal á nadie. Lubimoff siguió su camino, pero con menos ligereza. Esta amazona de la caridad parecía haber desgarrado el velo rosa que alegraba su visión. Todo era lo mismo, pero ligeramente ensombrecido, como los paisajes que se contemplan á través de un vidrio ahumado. Fijaba su atención en cosas no vistas hasta entonces. Todos los grandes hoteles se habían convertido en hospitales. Sus terrazas, sus largos balcones, estaban ocupados por hombres que tomaban el sol; hombres cuya cabeza era una bola blanca, ceñida de vendajes que sólo dejaban visibles los ojos y la boca; hombres incompletos, como esbozos escultóricos, sin una pierna, sin un brazo; otros, tendidos, inmóviles, amputados, lo mismo que los cadáveres en la sala de disección, pero que todavía respiraban. En las aceras fué tropezando con militares de diversas naciones: oficiales franceses, ingleses, servios y algunos rusos convalecientes, que recordaban con su presencia la desvanecida cooperación de su país. Desfilaba toda la variedad de uniformes de los ejércitos de la República: el azul horizonte de las tropas continentales, el color mostaza de las tropas marroquíes, la gorra de cuartel amarilla de la Legión Extranjera, el fez rojo de los argelinos y de los tiradores negros. Nadie estaba entero. Este país de sol, de perspectivas azules y risueñas, parecía poblado por una humanidad superviviendo á un cataclismo. Oficiales elegantes, de esbelto talle, arrastraban una pierna, avanzaban con precaución un pie elefantíaco, se doblaban, avejentados, apoyándose en un garrote. Hombres atléticos temblaban al andar, como si su esqueleto bailotease dentro de la envoltura de un cuerpo vaciado por la consunción. Las manos carecían de dedos; los brazos se habían acortado y eran aletas ó informes muñones; las mejillas ocultaban bajo placas de algodón el zarpazo de la granada, igual á una cicatriz cancerosa; la horrible oquedad de la nariz desaparecida se disimulaba con un tapón negro sujeto á las orejas. Otros llevaban todo el rostro cubierto con una máscara de vendajes, sin dejar visibles mas que los ojos, los pobres ojos, que parecían sentir miedo por adelantado y algún día habrían de familiarizarse con el horror de un rostro que fué joven meses antes y ahora era igual á una visión de pesadilla. Algunos se mantenían intactos, disponiendo de la fuerza y la agilidad de todos sus miembros. Vistos de espaldas, conservaban la esbeltez vigorosa de la juventud... Pero marchaban en fila, agarrados del brazo, los ojos perdidos en la noche, golpeando las losas con un palo que había venido á reemplazar el perdido sable y les acompañaría hasta su muerte. Y esta procesión de resignadas tristezas, este carnaval doloroso, venía de los jardines, reconfortado por la alegría matinal, sintiendo renovada su voluntad de vivir. Otros se dirigían hacia el Casino y sus terrazas, pasando entre las palmeras brasileñas, de lisos y huecos fustes forrados de piel de elefante; entre los cactos sostenidos por soportes de hierro formando madejas de reptiles verdes erizados de púas; entre los nopales, altos como árboles; entre las higueras del Himalaya, con el cuerpo de torre y una copa inmensa que parecía hecha para proteger la inmóvil meditación de los fakires; entre todas las vegetaciones de la América tropical y la América templada, de la China, Australia, Abisinia y El Cabo. Un pequeño arroyo bajaba en zigzag por las quebradas verdes del césped, formando remansos entre bambúes y palmeras japonesas, hasta desembocar en un lago minúsculo con bordes de follaje, tranquilo, gracioso, frágil, como uno de esos centros de mesa en los que el agua está representada por una lámina de cristal. Miguel se detuvo en lo alto de los jardines para contemplar de lejos el Casino. Nunca había apreciado, como ahora, la frivolidad y el mal gusto de este palacio, que era el corazón de Mónaco. Si el «monumento de confitería»--frase de Castro--cerraba sus puertas, todo Monte-Carlo quedaría en una soledad de muerte, lo mismo que esas ciudades que fueron puertos en otros siglos y ahora duermen, despobladas, lejos del mar que se retiró. Era obra del arquitecto de la Opera de París, una construcción recargada, chillona y pueril, toda ella de un tono de manteca tierna, con techos policromos, torrecillas cargadas de balconajes, hornacinas con estatuas innominadas, y muchos frisos de azulejos, muchos mosaicos dorados. En los ángulos había escudetes de cerámica verde imitando á cabujones de esmeralda. La simulación del oro y las piedras preciosas era el motivo ornamental más saliente de esta casa, famosa en el mundo entero. La prosperidad del establecimiento había añadido al cuerpo principal, flanqueado de cuatro torres, una ala extensa, en la que estaban los mejores salones. Varias cúpulas desiguales, verdes y amarillas, revelaban la existencia de éstos remontándose por encima de la balaustrada final. En esta balaustrada aparecían sentados unos cuantos ángeles ó genios de bronce enteramente desnudos, con alas doradas, ofreciendo al extremo de sus brazos negros unos atributos de oro, cuya significación nadie llegaba á adivinar. Otras estatuas de mujeres medio desnudas, blancas ó metálicas, se guarecían en los hornacinas de los muros, y también resultaba un misterio su nombre y su significación. Aunque el palacio pretendía deslumbrar y acariciar con sus oros y sus tiernos colores, las gentes que iban á él apenas se fijaban en tales magnificencias. --Los que llegan--decía Castro--entran corriendo: desean sentarse cuanto antes á las mesas de juego. Los que salen todo lo ven obscuro; y aunque el Casino fuese hermoso como el Partenón, lo tomarían por una cueva de ladrones. El príncipe miró á la derecha del edificio, donde quedaba visible una faja de mar cortada por varias palmeras japonesas de tronco estoposo y copa esférica. Allí, en la entrada de las terrazas que bordean el Mediterráneo, se yerguen los dos únicos monumentos de la ciudad, dedicados á la gloria de dos músicos por el simple hecho de que algunas de sus obras fueron estrenadas en el teatro del Casino. Labrados en mármol, Berlioz y Massenet saludan vagamente con sus ojos sin pupila á las muchedumbres cosmopolitas que van llegando á la casa de juego. «Son -croupiers- honorarios», decía Castro. «Massenet, lo acepto--pensó Miguel--. Fué feliz, tuvo dinero, conoció la gloria en vida. ¡Pero Berlioz, que pasó sus años luchando con la propia pobreza y el desvío del público, haciendo guardia después de muerto á los millones del Casino!...» Luego miró más cerca, fijándose en la plaza que se abre ante el edificio. Un jardín redondo ocupa su centro. Las gentes lo apodan «el queso», por su forma, y algunos especializan llamándolo «el -camambert-». En torno de su baranda y en los bancos adosados á ella vivía el alma de Monte-Carlo, se encontraban las gentes, cambiando chismes y murmuraciones, pidiendo noticias á los que salían del Casino, comentando la fortuna ó la desgracia de los jugadores célebres. En las inmediaciones no había otros comercios que joyerías, sucursales del Monte de Piedad y tiendas de sombreros para mujeres. Las jugadoras modestas sentían el capricho de un sombrero caro á la salida del Casino; los que necesitaban continuar sus combinaciones con nuevo capital no tenían mas que dar unos cuantos pasos para empeñar la alhaja; en los escaparates de las joyerías, el collar de perlas de un millón, las esmeraldas de trescientos mil francos, se exhibían durante el invierno, exacerbando el capricho femenil, y en verano emigraban á los balnearios célebres, para continuar su deslumbradora y muda tentación. Los joyeros, de perfil semítico, esperaban detrás de sus mostradores las compras más que las ventas, y ofrecían tranquilamente por la alhaja adquirida allí mismo el año anterior la cuarta parte de su precio. El príncipe adivinó de lejos la personalidad de muchos que en esta hora matinal ocupaban ya los bancos frente á la escalinata del palacio. Allí permanecían todo el día los condenados del juego, los malditos, sufriendo el más atroz de los tormentos al vivir junto á las puertas del santuario sin poder entrar en él. Habían perdido hasta la última moneda, y los directores de la casa, que repatrían generosamente á los jugadores arruinados, les entregaban el viático para el regreso á su país. Pero se jugaban este socorro, lo perdían, y como los deudores del Casino no pueden volver á él hasta que han cumplido sus compromisos, quedaban clavados en la plaza para siempre, con la ilusoria esperanza de un dinero que todos ellos ignoraban de dónde podría venir. Se reunían hombres y mujeres con la fraternidad de la miseria, espiaban á los compatriotas más felices para asaltarlos con sus peticiones, discutían entre ellos números y colores, lograban reunir algunos francos después de rebuscar en el fondo de todos los bolsillos, y como emisario de sus ilusiones diputaban á algún camarada tan pobre como ellos, pero que aún no había «tomado el viático» y tenía libre la entrada. Vió Miguel cómo se iba extendiendo una ola de gente al pie de las palmeras japonesas, junto al monumento de Massenet. Acababan de llegar varios tranvías de Niza. Todos los viajeros corrían, deseando penetrar cuanto antes en el abigarrado palacio, como si la fortuna les aguardase en los salones y pudiera huir de un momento á otro, cansada de esperar. Miró el reloj que coronaba la fachada. Las diez. Iban á empezar los diarios oficios, y los devotos residentes en Monte-Carlo acudían también, uniéndose á los venidos de fuera. Todos subieron á la vez las gradas de mármol, siguiendo sus tres caminos de alfombra sujeta por varillas de bronce que brillaban al sol. «¡Y estamos en guerra!--pensó Miguel--. ¡Y muchos de los que se han levantado temprano para hacer el viaje, lo mismo que los que viven aquí, tienen hijos, hermanos ó maridos que en este momento se baten y tal vez mueren!...» La voluntad de vivir, la voluntad de gozar, la ilusión de la ganancia, obraban como anestésicos, se sobreponían á las preocupaciones, haciendo que todos olvidasen, para concentrar su existencia en el momento presente. Esta precipitación general hacia el juego abierto disgustó al príncipe y le hizo detenerse en la suave pendiente de los jardines. Le repugnó confundirse con la muchedumbre que vagaba por los alrededores del Casino. Su deseo de no seguir adelante le sugirió una idea. «¿Si fueses á sorprender á Alicia en su casa?... ¡Lo agradecería tanto!» Dos veces más había estado en Villa-Sirena. Un encuentro en la calle con el príncipe, cuando ella iba con su amiga Clorinda, sirvió de pretexto para que las dos visitasen el refugio de «los enemigos de la mujer» y sus hermosos jardines. Miguel encontró á «la Generala» menos hostil y dominadora que la había imaginado; pero no pudo comprender el apasionamiento de Castro. A pesar de su hermosura le pareció estar hablando con un hombre. Con ambas señoras había venido también Valeria, la joven francesa protegida por Alicia, señorita de compañía en los tiempos de esplendor y que ahora sólo acompañaba su pobreza por gratitud y fidelidad. Luego, la de Delille había vuelto sola por segunda vez, para hacerle varias consultas sobre su porvenir, desprovistas todas ellas de buen sentido, y aceptar finalmente un préstamo de cinco mil francos. La suerte le era contraria en el juego; necesitaba nuevas «herramientas de trabajo». Aquel capital que la irritaba con su terquedad, no queriendo subir más allá de los treinta mil, había oído finalmente sus quejas, pero fué para desplomarse con una rapidez fulminante, dejando sólo leves escombros de su existencia. Después de recibir esta ayuda, la duquesa se había mostrado quejosa. --Soy yo quien viene siempre á buscarte: no te dignas visitar mi casa. ¡Como soy pobre!... Al recordar esta protesta humilde, el príncipe no vaciló más. Y volviendo la espalda al Casino, empezó á subir las calles en pendiente hacia el límite fronterizo que separa Monte-Carlo de Beausoleil; calles que ostentan nombres primaverales: de las Rosas, de los Claveles, de las Violetas, de las Orquídeas. Entró en una corta avenida formada por una doble hilera de verjas de jardín. Las casas sólo se dejaban ver á través de columnatas de palmeras y del follaje duro de los grandes magnolieros. Iba leyendo los nombres de los propiedades en pequeñas lápidas de mármol rojo fijas en las entradas de las verjas. «Villa-Rosa»: aquí era. Empujó el entreabierto portón de hierro, sin que una voz ni un ladrido acogiesen su presencia. Vió un jardín abandonado en parte, con una vegetación parásita al pie de los árboles sin podar, cubriendo el espacio que antes habían ocupado los arriates de flores. El resto estaba mejor atendido, pero era una huerta con pequeños rectángulos de verduras comestibles sometidos á un cultivo intensivo. Lubimoff fué avanzando, sin encontrar á nadie, y se le ocurrió que el hortelano debía ser un hombre acompañado por un perro con los que se había cruzado en la entrada de la avenida. Subió los cuatro peldaños de la casa. También aquí la puerta estaba entreabierta, y empujándola se vió en un recibimiento del que arrancaba la escalera para los pisos superiores. Nadie. Todas las puertas de las habitaciones inmediatas se resistieron á su mano. Silencio absoluto, como si la casa estuviese deshabitada. Pero este silencio fué interrumpido por una voz que descendía escalera abajo: una voz tenue, entonando una canción en inglés, lenta y triste. El canto iba acompañado de golpes sordos, iguales á los que producen las manos sacudiendo y ahuecando algo blando y voluminoso. Miguel creyó reconocer la voz de Alicia. Tosió varias veces sin resultado; no podía oirle. Fué á gritar avisando su presencia, pero se contuvo, sintiendo un deseo que le hizo sonreir. ¡Si la sorprendiese en aquel piso superior, única parte de la casa que habitaba ella ahora! No dudó más... ¡Arriba! En el primer rellano vió varias puertas, pero una sola estaba sin cerrar y por ella salían los ecos de la canción y los golpes. Una mujer con el cuerpo doblado sobre una cama extendía sus dos brazos para ahuecar el colchón con fuertes palmadas. Su instinto le hizo presentir la existencia de alguien detrás de ella, y al volver el rostro, lanzó un grito de sorpresa viendo á Miguel en el hueco de la puerta. Este no quedó menos asombrado reconociendo á Alicia en aquella mujer; una Alicia que vestía una bata lujosa, pero vieja, con guantes ajados en las manos y un velo arrollado en torno de sus cabellos. --¡Tú!... ¡eres tu!--exclamó ella--. ¡Qué miedo me has dado!... Luego fué tranquilizándose, y sonrió á Miguel mientras éste murmuraba excusas. No había encontrado á nadie; la verja y la puerta estaban abiertas. Ella, á su vez, también se excusó. Era domingo; Valeria, su acompañante, se había ido á Niza para almorzar con una familia amiga; su doncella y la mujer del hortelano estaban en misa; el viejo habría salido un momento para ver á sus amigos... Y después de estas mutuas explicaciones quedaron los dos en silencio, mirándose indecisos, no sabiendo qué decir, pero sin dejar de sonreirse. --¡Tú haciendo tu cama!--dijo él para romper el penoso mutismo. --Ya lo ves. Esto resulta algo diferente de mi dormitorio de París. Tampoco es mi «estudio» que tú conociste. ¡Los tiempos nuevos! Miguel movió la cabeza con grave asentimiento. Sí; los tiempos nuevos. --De todos modos--continuó ella--, hay que confesar que tiene cierta originalidad ver á la duquesa de Delille, á la loca Alicia, haciendo su cama. El príncipe volvió á aprobar con un gesto mudo. Realmente, era original: no se podía ver todos los días. Alicia insistió en sus explicaciones. No le había costado ningún esfuerzo ocuparse en los trabajos de su casa. Ella misma limpiaba su dormitorio, para evitar un quehacer á la vieja doncella. No quería admitir la ayuda de Valeria. Cada una corría con el arreglo de su propia habitación, ya que la servidumbre era escasa. Además, entraba en la cocina algunas veces, y hasta por su gusto habría ayudado al jardinero en el cultivo de la pequeña huerta. --Vivimos en guerra; las cosas cuestan muy caras, y yo soy pobre. Debemos volver á la existencia primitiva... Pero no me atrevo á trabajar en el jardín, por los vecinos. Curiosean desde sus ventanas; hasta hay un señor brasileño que parece enamorado de mí. Ella misma admiraba su laboriosidad. ¿Quién podía haber supuesto años antes tales cualidades en la dueña del lujoso palacete de la Avenida del Bosque, que los más de los días se levantaba á las tres de la tarde?... --Todo se lo debo á mamá. Me eduqué en un colegio de Inglaterra cuando era de moda sustituir el ejercicio físico de los -sports- con los trabajos domésticos. Creo que esto se llama el «corintianismo»... Y me encuentro mejor que nunca. Antes necesitaba subir algunas mañanas, con Valeria y Clorinda, al -Tennis de la Festa- para jugar hasta rendirme. Ahora, después del arreglo de mi habitación y de ayudar á las otras, no necesito los deportes. Hago la gimnasia del pobre. Un largo silencio. Miguel miraba la habitación: un dormitorio de mujer, todavía en desorden, con ropas sobre las butacas, esparciendo un perfume de carne femenil bien cuidada. A través de una puertecita vió un extremo del inmediato gabinete, con una mancha de humedad en el pavimento de mosaico, resto del baño matinal. Flotaba en el ambiente un perfume de agua de Colonia y de licor dentífrico. Unos botecitos en desorden dejaban escapar vagas exhalaciones de esencias más preciosas. Y revueltos con los objetos de tocador y las ropas íntimas, distinguió cartones de los que dan en el Casino á los clientes para apuntar las jugadas; unos con marcas rojas ó azules en sus columnas, otros perforados por un alfiler de sombrero á falta de lápiz. Vió tarjetas más grandes que tenían pintada la ruleta, con indicación de sus números y colores, y libros, muchos libros de los que se venden en las papelerías y kioscos de periódicos: luminosos tratados para ganar indefectiblemente á todos los juegos. Sobre la chimenea, medio oculta por varios periódicos de modas, había una ruleta pequeña, una ruleta verdadera, empleada indudablemente en el estudio y comprobación de las teorías. En la mesilla de noche estaba abierto el último ejemplar de la -Revista de Monte-Carlo-, conteniendo estadísticas de todos los números gananciosos durante la semana anterior en las diversas mesas; lectura interesante, con misteriosas acotaciones, que había desvelado á Alicia tal vez hasta la madrugada. Mientras tanto, ella hizo desaparecer ágilmente todo lo que creía perjudicial para su buen aspecto después de esta sorpresa. Cuando Miguel volvió á mirarla, los viejos guantes habían volado de sus manos y el velo estaba oculto, no podía saber dónde, dejando en libertad la cabellera medusiana, negra, lustrosa, un tanto áspera, que erguía su vigor en desordenados y gruesos rizos. Prolongaron el silencio con una sonrisa penosa, como si ninguno de los dos encontrase el medio de salir de esta situación. --Continúa--dijo Miguel--. Una vez que vengo, no quiero servirte de estorbo. Ella, como si viese en tales palabras un reto á su timidez, y ganosa al mismo tiempo de mostrar sus habilidades, se inclinó sobre el lecho para reanudar el trabajo. Lubimoff se animó con esta demostración de confianza. No era galante dejar que trabajase sola: él la ayudaría. --¡Tú!... ¡tú!--exclamó Alicia riendo, como si la proposición lo pareciese inaudita. El príncipe fingió enojo. Sí, él... Era un marino, y su vida de aventuras le obligaba á saber un poco de todo. Más de una vez, en sus exploraciones de tierras desiertas, había tenido que improvisarse un lecho con mantas junto á los tizones de la hoguera. Había pasado al lado opuesto de la cama, imitando con una exageración cómica todos los movimientos de la duquesa. Las palmadas de ésta las repitió con una violencia que hizo gemir el lecho. Al tirar ella del colchón hacia arriba para ahuecarlo, él lo levantó completamente con sus poderosas manos. --¡No sabe!... ¡no sabe!--gritaba Alicia con un regocijo infantil. Luego, fijándose en sus dedos agarrados fuertemente á la tela, añadió: --¡Pero suelta eso, demonio! Me vas á romper el colchón, ¡y en estos tiempos de pobreza!... Reían los dos, encontrando muy divertido este trabajo. --Toma--dijo ella autoritariamente; y le envió al rostro una sábana que sostenía por el extremo opuesto. Miguel se vió envuelto en una nube de batista impregnada de perfume femenino. Fué por un instante nada más, pero á él le pareció algo extraordinario, de duración sin límites, más allá del tiempo y del espacio. Tuvo el presentimiento de que este hecho insignificante iba á datar en su vida. Sintió cómo resucitaba el pasado en su interior con una fuerza nueva que tal vez era la excitación de la abstinencia. Creyó ver la sonrisa irónica de Castro, y también se vió á sí mismo, con lástima y con asombro, viviendo como un solitario allá en Villa-Sirena y predicando la hostilidad á la mujer. Sus oídos zumbaban; sus ojos, cegados momentáneamente, contemplaron un cielo inmenso de color de rosa, el mismo rosa pálido y jugoso de la carne femenil. Algo entraba por su nariz, en doble columna embriagadora, que estremecía su cerebro, reflejándose con la violencia de un latigazo al otro extremo de su organismo. Cuando la sábana hubo caído sobre el lecho, Miguel apareció intensamente pálido, con una luz agresiva en sus pupilas. Ella, creyéndole enfadado por su broma, rió maliciosamente, apoyando las manos en el colchón. El jadear de esta risa entreabría el escote de su bata, dejando ver en perspectiva horizontal el secreto de unas redondeces blancos y trémulas perdiéndose en misteriosa penumbra. De pronto, se vió el príncipe al otro lado de la cama, junto á Alicia. Los dos acabaron por sentarse maquinalmente en el borde, dejando á sus espaldas la sábana olvidada. Tomó una mano de ella sin darse cuenta de lo que hacía. Luego se aproximó tanto á su rostro, que uno de los rizos de la revuelta cabellera le cosquilleó en una sien. No sentía deseos de hablar, pero al ver de cerca los ojos de ella, rompió el dulce silencio. --¡Tú has llorado! La mujer protestó con una sonrisa violenta, al mismo tiempo que palidecía balbuceando excusas. No; tal vez era el polvo sacudido por la limpieza ó el esfuerzo de su trabajo. Pero él seguía examinando sus ojos, ligeramente enrojecidos. --Estabas llorando cuando yo llegué--continuó, con una curiosidad insistente é inquieta. Ahora la protesta de Alicia tomó la forma de una risa agria, estridente, que nada tenía de natural. Y por una de esas gradaciones que son el secreto de los grandes actores, la carcajada se hizo opaca, se convirtió en suspiro, luego en lamento; y desasiendo ella su mano de la del príncipe, se cubrió los ojos y ladeó la cabeza, mientras un estertor oprimía su pecho. Lloraba. Había bastado que Miguel sorprendiese su llanto reciente, para que nuevas lágrimas afluyeran á sus ojos, reanudando la pasada angustia. Se entregó á su dolor con una delectación cruel, juzgándolo preferible al torturante fingimiento que le había impuesto esta visita inesperada. Quedó silencioso el príncipe unos instantes. --¿Es por ese muchacho?--se atrevió á preguntar con voz insegura, como si también sufriese una inexplicable emoción. Contestó ella con un leve movimiento de cabeza, sin apartar las manos de sus ojos. Miguel no necesitaba verlos. Había adivinado la verdad al sorprender en sus córneas las huellas del llanto. Sólo podía llorar por él: la falta de noticias; la inquietud al pensar que estaba prisionero, muy lejos, sufriendo toda clase de privaciones, y que tal vez no lo vería nunca. --¡Cómo le amas!... El príncipe se sorprendió de su propia voz y del tono con que dijo estas palabras. Respiraban despecho, envidia, tristeza por los años que pasan, transmitiendo á los que vienen detrás los insolentes privilegios de la juventud. Los habitantes de Villa-Sirena se hubiesen sorprendido igualmente al oirle hablar de este modo. La misma sorpresa hizo que Alicia olvidase sus preocupaciones de mujer hermosa, levantando la frente y apartando las manos. Tenía el rostro enrojecido, los ojos trémulos y chorreantes. De un rizo de su cabellera pendía una lágrima. Adivinó que debía estar horrible; pero ¿qué le importaba?... --Sí, le amo; es lo que más amo en el mundo... Por él sigo viviendo. Sin él me mataría... Pero no es lo que tú te imaginas... no lo es. El rubor no podía manifestarse en aquel rostro arrebolado por el llanto; pero su gesto, sus ojos, el tono de su voz, repelían con indignación y vergüenza la sospecha del príncipe. Siguió hablando en voz baja, apresuradamente, sin atreverse á mirarlo, como la penitente que desea terminar cuanto antes una confesión penosa. Varias veces, al conversar con el príncipe, había tenido la verdad junto á sus labios, y siempre en el último momento la retiraba, por un escrúpulo de mujer que teme recordar sus años al hablar del pasado. Pero ¿á quién podía revelar su secreto mejor que á Miguel?... Lo consideraba como de su familia; la había recibido amigablemente en su desgracia, cuando tantos le volvían la espalda. Además, entre un hombre y una mujer no sólo puede existir el amor, como ella había creído en sus tiempos de loca juventud. Había otras cosas menos vehementes, más plácidas y duraderas: la amistad, el compañerismo, un afecto fraternal... Hizo una pausa, como para tomar fuerzas. --Es mi hijo. Miguel, que esperaba una revelación extraordinaria, algo monstruoso, digno de aquel pasado de locuras, no pudo contener su sorpresa: --¡Tu hijo! Ella movió la cabeza: «Sí, mi hijo.» Y siguió hablando con los ojos bajos, siempre en un tono de penosa confesión. Remontaba el curso de su existencia. ¡La sorpresa, la cólera ante esta jugarreta cruel del amor, que había venido á interrumpir sus mejores años!... Su indignación fué semejante á la de los ciudadanos de la antigua Grecia que se amotinaron al saber que estaba encinta una cortesana considerada como una gloria nacional, una beldad que las muchedumbres venían á ver de muy lejos cuando se exhibía desnuda en las fiestas religiosas. Necesitaban matar al sacrílego. Ella se tenía también por una obra de arte viviente y quiso borrar el sacrilegio con la muerte. ¡Los crímenes intentados para despojarse de la vergüenza que latía en sus entrañas! ¡Los tormentos de la ocultación, la vida de placer seguida lo mismo que antes, pero con dolorosos esfuerzos para que no adivinasen su secreto!... Al regresar de las fiestas, librándose de la opresión que aplastaba su creciente exuberancia, eran las cóleras homicidas, los puñetazos locos sobre el globo de su vientre para aniquilar al rebelde que se empeñaba en vivir, el revolcarse sobre la alfombra con un histerismo homicida... Su voz lloraba al hacer estas evocaciones. --Pero ¿y tu marido?--preguntó Miguel. --Entonces nos separamos. El podía tolerar en silencio mis amores, podía fingir no verlos... ¡pero un hijo que no era suyo!... Recordó la actitud digna, á su modo, del duque de Delille. Su familia abundaba en maridos engañados: casi era esto una tradición de nobleza, una distinción histórica. No creía deshonroso vender su nombre al casarse para aumentar las comodidades de su existencia. Su nombre le pertenecía como una herramienta de trabajo. Pero le era imposible enajenarlo, dándoselo á un intruso para que continuase la estirpe. Sus antepasados habían tenido muchos hijos naturales; pero á ninguna de sus alegres abuelas se le ocurrió jamás introducir en la familia un bastardo en cuya formación no le correspondiese á su marido la más pequeña iniciativa. Se había separado el duque de ella, aceptando todas sus exigencias, menos ésta. Era un hijo adulterino que debía desaparecer... Y nadie, aparte de los dos y de la doncella--que todavía la acompañaba ahora--, se había enterado de este nacimiento. --Tuve épocas de felicidad--siguió diciendo Alicia--. Conocí satisfacciones que no había sospechado... Escapaba de París; muchos me creían viajando con un nuevo amante. No; iba á ver á mi pequeño, á mi Jorge, primero en Londres, después en Nueva York, siempre en grandes ciudades. Podía vivir con él, jugar á ser mamá con una muñeca viviente que cada vez se hacía más grande... ¡más grande! ¿Te acuerdas de la noche en que te invité á comer? Acababa de regresar de uno de estos viajes, y sin embargo, haz memoria de las tonterías que dije. Me creía Venus, me creía Helena pasando ante «el banco de los viejos». Y para entregarme sin escrúpulo á mis expansiones de madre, recordaba á mis ídolos. También Helena había tenido hijos, y los hombres continuaban matándose por ella. Venus no había escapado á la maternidad, y los dioses y los mortales seguían adorándola, á pesar de que un retoño suyo revoloteaba por el mundo. La maternidad no era una abdicación ni una decadencia; podía continuar bella y deseada como las otras, después de un incidente que había creído irremediable. Y seguí mi vida. ¡Ay! ¡Cuando me acuerdo que algunas veces acorté el tiempo que me había propuesto pasar junto á mi hijo para seguir á algún hombre que apenas me interesaba!... Ahora que no lo tengo, pienso en las horas que pude vivir á su lado y fueron dedicadas al primero que excitó mi curiosidad... Es mi remordimiento más terrible, lo que me roe durante la noche y me obliga á pensar en el juego como único remedio. Soy bien digna de lástima, Miguel. Pero Miguel, mientras la escuchaba, parecía dominado por una preocupación tenaz. --¿Y el padre? ¿Quién es el padre? El tono de su voz casi fué igual al de antes: un tono de curiosidad hostil, de agresivo despecho. Volvió á repetirse su sorpresa al ver que ella levantaba los hombros. --No lo sé; no me importa. Otras mujeres, en caso semejante, atribuyen la paternidad al hombre que más les interesa. ¡Como si esto pudiera asegurarse! Yo no he escogido á nadie en mi recuerdo. Todos iguales, todos olvidados. Mi hijo es mío, sólo mío. Tenía la majestuosa indiferencia de la selva fecunda é impasible que abre sus entrañas al polen esparcido en el aire como una lluvia de amor. La nueva planta emerge, es suya, y la retiene, sin mostrar interés por conocer el origen ni el nombre del germen errante arrastrado por el azar. Hubo un largo silencio. --Un día, al llegar á Nueva York--continuó ella--, hice un descubrimiento terrible. Vi á mi Jorge casi tan alto como yo, fuerte, con un gesto de hombre serio, á pesar de que aún no tenía once años. Me avergüenzo sólo de pensarlo; mas no debo mentir: lo odié. Venus podía tener un hijo, ya que este hijo es eternamente niño y se conserva á través de los siglos como esos bebés graciosos que se visten á capricho y sirven de diversión y orgullo. ¡Pero el mío, con su armazón de gigante, sus manos fuertes y su cara grave!... Iba á envejecerme antes de tiempo; me obligaba á renunciar á la juventud de conservarlo al lado mío; jamás pasaría por la abdicación de declarar que era su madre... Y huí de él, dejando que transcurriesen varios años, sin ocuparme de otra cosa que de facilitar los medios para su completa educación. ¡Ay! ¡cómo me ha castigado la suerte por este egoísmo!... Calló unos momentos para secar nuevas lágrimas que inflamaban sus ojos y enronquecían su voz. --Se presentó en París cuando yo menos lo esperaba. Había muerto el amigo venerable encargado de su educación allá en América. Vi á un hombre, á un verdadero hombre, y eso que aún no había cumplido diez y seis años. Mi primer movimiento fué de contrariedad, casi de cólera. ¡Tendría que decir adiós á mi juventud, modificar mi vida por este intruso!... Pero algo había en mi interior que me impidió tomar una resolución cruel: enviarlo otra vez al extranjero ó hacerlo entrar en un colegio de París. Me acostumbré inmediatamente á su presencia; necesité verlo en mi casa; me pareció que mi vida tomaba junto á él una serenidad, una alegría profunda y discreta que nunca había sospechado. Tú no sabes lo que es eso, Miguel; no podrías comprenderlo por más que yo te lo explicase... Te juro que fué la mejor época de mi vida. No hay amor como ese. Además ¡éramos tan excelentes compañeros!... Yo me sentí repentinamente de su edad; no: más joven aún que él. Jorge me daba consejos con su cordura precoz, y yo le obedecía como una hermana mas pequeña. Se dejaba arrastrar por su mama á un mundo de placeres y elegancias que le deslumbraba después de su vida sobria y atlética junto á un educador severo. Me apoyaba orgullosa en su brazo, riendo de las equivocaciones del mundo. ¡Lo que hemos bailado el año antes de la guerra, sin que nadie sospechase el verdadero afecto que me ligaba á mi acompañante! Alicia hizo una pausa para saborear mejor sus recuerdos. Sonreía vagamente al pensar en el error maligno de las gentes. --Todos los té-tangos de los Campos Elíseos vieron á la duquesa de Delille bailando con su nuevo capricho amoroso. Y yo, Miguel, te lo confieso, me enorgullecía con este error. Continué siendo la hermosa Alicia, rejuvenecida por la fidelidad de un adolescente que la acompañaba á todas partes con el entusiasmo del primer amor. Me parecía esto preferible al papel resignado y pasivo de madre. Además, ¡nuestros comentarios alegres al estar solos! Muchos de mis antiguos adoradores sintieron renacer el pasado por envidia sorda, por la instintiva rivalidad del hombre maduro ante el adolescente, y me asediaban con sus galanterías. Mi Jorge me amenazaba riendo: «Mamá, tengo celos.» Quería que su madre no llamase la atención de ningún hombre, para que fuera toda de él. Otras veces protestaba yo con más motivo. Sorprendía las miradas codiciosas de muchas mujeres de mi mundo fijas en él; la invitación agresiva de algunas, que, por ser más jóvenes, se consideraban con derecho á arrebatármelo. ¡Y él, tan bueno, burlándose conmigo de estas pasiones que despertaba, comunicándome otras que yo no podía adivinar!... Tú no conoces tal vez esta juventud que llega detrás de nosotros. Parece de otra carne y otra sangre. Nuestra generación es la última que ha tomado en serio el amor, dándole una importancia enorme, haciendo de él la principal ocupación de una vida. Tú y yo no podemos ser ya comprendidos: resultamos monstruos. Mi hijo sólo se interesaba por una mujer: su madre; y aparte de ella, los automóviles, los aeroplanos, los deportes... Todos estos muchachos fuertes é inocentones parecían adivinar lo que les esperaba... Fué extinguiéndose la momentánea serenidad con que había hecho el relato de este período feliz. Siguió hablando con voz sorda, entrecortada por sollozos. De pronto, la guerra. ¿Quién podía imaginársela un mes antes?... Y su hijo se avergonzaba de no correr como todos los hombres á las estaciones de ferrocarril para incorporarse á un regimiento. Una mañana la había aterrado con la noticia de su enganche como voluntario. ¿Qué podía hacer ella? Legalmente, no era su madre. Jorge llevaba el nombre de un matrimonio de viejos criados que se habían prestado á esta fingida paternidad. Además, había nacido en Francia, y nada tenía de extraordinario que, como tantos adolescentes, quisiera defender su patria antes de ser llamado á las armas por la ley. La duquesa vivió algunos meses en un villorrio del Mediodía, cerca del campo de aviación donde se amaestraba su hijo. Deseó prolongar hasta el último extremo su vida con él. ¡Si se hubiese hecho soldado cuando vivían separados y ella renegaba de su maternidad!... Pero iba á perderlo en el momento más plácido de su existencia, cuando se creía al lado de Jorge para siempre. --No tardó mucho en ser piloto. ¡Cómo aborrecí la facilidad con que dominaba el manejo de los aparatos! Sus progresos me inspiraron orgullo y cólera. Estos jóvenes sienten un verdadero fanatismo por la aviación, nacida después de ellos y que han visto crecer ante sus ojos de colegiales... Se marchó, y desde entonces no vivo. ¡Tres años, Miguel, tres años de tormento! Bien he pagado toda mi vida anterior. Aunque mis faltas hubiesen sido más grandes, las tendría expiadas con exceso. Puedes compadecerme. Son dolores que tú no conoces. El primer año de soledad lo había vivido Alicia esperando las cartas que llegaban con intermitencias del frente de la guerra. Muy contadas alegrías. Jorge había venido á París una sola vez con permiso, pasando media semana junto á ella. De tarde en tarde recibía también la visita de camaradas del aviador, acogiendo sus noticias con lágrimas y sonrisas. Su hijo alcanzaba la Cruz de Guerra después de un combate aéreo. La madre había recortado el pequeño párrafo que hacía referencia á este hecho, clavándolo con dos alfileres en la seda que tapizaba su dormitorio. Pasaba las horas contemplando con una fijeza hipnótica estos breves renglones. «Bachellery (Jorge), aviador, ha dado caza más allá de nuestras líneas á dos aviones enemigos y...» Este Bachellery (Jorge) era su hijo, ¡su hijo! Nada le importaba que los demás lo ignorasen. Su orgullo parecía crecer en el misterio. En sus entrañas se había formado aquel mocetón hermoso, fuerte é inocente como los héroes de las leyendas. Todos los hombres conocidos en su vida anterior se empequeñecían y afeaban; eran seres inferiores, procedentes de otra humanidad, cuya existencia debía olvidar. De pronto, el accidente estúpido y ciego que hacía caer la noche sobre ella. El aviador salía una hermosa mañana en su aparato de caza, elevándose á través de las nubes en busca del enemigo, con la alegre confianza de un joven paladín marchando al encuentro de las aventuras. Repentinamente, un pequeño desarreglo en el motor, un descuido de los encargados de su preparación, algo de poca importancia en tiempo ordinario... Y tenía que descender, imposibilitado de seguir su vuelo; pero el viento y la desgracia le hacían tocar tierra en las líneas alemanas. --Cien metros más acá, hubiera caído entre los suyos... ¡Qué quieres! Era yo demasiado feliz; debía conocer el verdadero dolor... Te confieso que en el primer momento casi sentí alegría: una alegría egoísta de madre. ¡Prisionero! Esto representaba la seguridad de su existencia; ya no me lo matarían en un combate aéreo; ya no estaba en peligro de morir despedazado ó quemado debajo de su aparato roto. ¡Pero luego!... Luego, esta seguridad, que colocaba á su hijo al margen de la guerra, era su tormento. Envidió la época en que arrostraba el peligro diariamente, pero con libertad. Los periódicos hablaban de las miserias de los prisioneros, de su hacinamiento en fétidos barracones, del hambre que sufrían. La vida de comodidades de la madre resultó un continuo remordimiento. Al sentarse á la mesa, al contemplar su mullido lecho, al percibir en invierno la tibia caricia de la calefacción, viendo los cristales floreados por la escarcha, creía estar usurpando indignamente algo que era de otro. ¡Su hijo! ¡su pobre hijo viviendo como un perro sin dueño, tendido en la paja, atenaceado por el tormento del hambre! ¡Haber producido un ser--ella que se creyó durante años y años el centro de lo existente, disfrutando de todas las comodidades--, y este pedazo de su vida agonizaba bajo el suplicio de una miseria como sólo la conocen los mayores abandonados!... Nunca pudo imaginarse que la suerte le reservase esta ironía. Se agitó en los primeros meses con el cariño agresivo é irracional de la hembra que ve sus cachorros en peligro. Corrió de ministerio en ministerio, valiéndose de todas sus relaciones sociales. ¡Pero eran tantas las madres!... No iban á emprender una gestión diplomática sólo para ella. Todos los días enviaba á las oficinas encargadas del socorro de los prisioneros grandes paquetes de víveres destinados á su hijo. Al final se negaban á admitirlos. No podía ocuparse el servicio únicamente en socorrer á un simple protegido de la duquesa de Delille. Había miles y miles de hombres que estaban en su misma situación. Y ella no podía gritar: «¡Es mi hijo!» Nada adelantaba con esta revelación escandalosa. Y siguió entregando sus paquetes regularmente, aunque no fuesen para Jorge. Servirían para saciar el hambre de otros. Conoció la magnanimidad de los inmensos dolores; hizo sus dádivas como una madre que, al rezar por su hijo desahuciado, reza por los demás enfermos, creyendo que con esta generosidad serán mejor atendidas sus súplicas. Además, ¡la duda cruel!... Los empleados, al tomar sus paquetes, sonreían tristemente. Era casi seguro que se los apropiarían los guardianes. Todos los comestibles de precio que destinaba á su hijo iban á servir para que los reservistas de Alemania encargados de la custodia de los prisioneros cenasen alegremente, con una alegría de mastines feroces, brindando por la gloria de su kaiser y el triunfo de su pueblo sobra el mundo entero. ¡Dios mío! ¿Qué hacer?... Muy de tarde en tarde, llegaba á sus manos, con enorme retraso, una tarjeta postal revisada por la censura alemana. Cuatro líneas nada más, escritas como los niños escriben en la escuela, bajo la mirada del maestro que está á sus espaldas. Pero era la letra de su Jorge. «Bien de salud. No nos tratan mal. Envíame comestibles.» Pasaba largas horas contemplando estos renglones tímidos y mentirosos. Adquirían para ella una nueva fisonomía; decían otra cosa: la verdad. Recordaba los relatos de cautivos moribundos venidos de aquellos campamentos de suplicio, y los renglones parecían balbucear, con el gemido de un niño enfermo: «Mamá... hambre. ¡Tengo hambre!» Hubo momentos en que creyó perder la razón. Todo lo que le rodeaba hacía surgir en su memoria la imagen de aquel Jorge elegante, cuidado por ella con mimos infantiles. Había vigilado su guardarropa, se preocupaba del mérito de sus sastres, tenía que sufrir sus protestas varoniles cuando pretendía vestirlo interiormente de telas finísimas y encajes, lo mismo que ella. Por las mañanas iba á sorprenderlo en su lecho, como á un pequeñuelo, y besaba con devoción aquella carne de atleta, que era su propia carne, metamorfoseada. Todo le parecía mezquino y pobre para este mocetón hermoso como un dios antiguo; cuidaba de su cama, de su tocador, de su persona, con el fanatismo de una amorosa; registraba sus bolsillos, para renovar incesantemente los regalos de dinero. Suyas serían las minas mejicanas, las tierras de la frontera, todo cuanto ella poseyese. Y más tarde--no quería pensar cuándo--, lo casaría con una mujer que fuera de su agrado; su nacimiento obscuro iba á realzarse con la seducción de una riqueza enorme... Pero el mundo se desplomaba de pronto en una demencia furiosa, y este príncipe de la suerte, cuya madre había conferenciado tantas veces con su jefe de cocina, imaginando sorpresas gastronómicas dedicadas á él, lloraba desde una llanura glacial remota y triste: «Mamá... hambre. ¡Tengo hambre!» --Tres veces fuí á Suiza, Miguel... Hasta propuse en París que me diesen los medios de pasar á Alemania, ofreciéndome como espía, pero se rieron de mí... Tenían razón: ¡qué iba á espiar yo! Mi hijo... lo que yo quería era ver á mi hijo. En Suiza encontré dos inválidos que acababan de ser canjeados y procedían del campo en que estaba mi Jorge. Conocían al aviador Bachellery. Había intentado escaparse cinco veces; gozaba cierta fama entre sus compañeros de miseria por la altivez con que hacía frente á los guardianes más crueles... Sus últimas noticias eran inciertas; habían dejado de verle, pero creían que estaba ahora en otro campo de prisioneros, un campo de castigo, muy lejos, cerca de Polonia, donde se aglomeran los rebeldes y los peligrosos bajo una disciplina cruel, sufriendo terribles correcciones. Su voz tembló de cólera al decir esto. Veía á su hijo arrastrando cadenas, recibiendo golpes lo mismo que un esclavo. ¡Ah! ¡no ser ella un hombre, para que la dejasen á solas con el lúgubre histrión de los puntiagudos bigotes que hacía gemir de dolor á tantos millones de mujeres!... --¡Y pensar que ha habido exaltados que mataron á jefes de gobierno buenos ó insignificantes!... ¡Y ni uno solo se le ocurrió suprimir al kaiser! Que no me hablen de los anarquistas... No creo en ellos. Esta explosión de ira se desvaneció inmediatamente. Otra vez su dolor desesperado la hizo gemir. Recordó una fotografía que había visto en los periódicos: el suplicio del poste, aplicado por los alemanes en los campos de castigo; un francés, con el uniforme andrajoso, amarrado á un madero como si fuese una cruz, en plena llanura cubierta de nieve, sufriendo durante horas y horas un frío homicida. Era la pena mortal aplicada hipócritamente, con refinamientos salvajes. No se podían distinguir los rasgos fisonómicos de aquel pobre Cristo con la cabeza caída sobre el pecho. Tal vez era su hijo. Y si no era Jorge, seguramente que había sufrido también el mismo suplicio. --¡Cómo vivir en esta angustia interminable!... No me han dejado volver á Suiza: me niegan el permiso. Nada sé, y hay momentos en que mi cabeza parece que va á romperse. Por eso evito estar sola, por eso juego y necesito ver gente, hablar, huir de mis pensamientos... Después sólo he recibido una postal de mi hijo, sin fecha, sin el lugar de procedencia, que dice casi lo mismo que las otras. La letra es suya, y sin embargo parece de distinta mano. ¡Ay! ¡lo que me dice su letra!... Lo veo como al otro, como al infeliz amarrado al poste, cubierto de andrajos, con una delgadez esquelética... ¡Mi hijo! Lubimoff tuvo que oprimir sus dos manos fuertemente, tirar de ellas para sostenerla y que no se arrojase sobre la cama con histéricas convulsiones. Se arrepintió de haber venido, provocando con su curiosidad una confesión que despertaba las tristezas de esta mujer. Ella, que le miraba sin verle, con los ojos desmesuradamente abiertos, acabó por concentrar sus pupilas, fijándose en la emoción de Miguel. Esto la hizo serenarse un poco. --Feliz tú, que no conoces este suplicio. Es interminable: no tiene remedio. Cuando pienso en él, creo que voy á morir. ¡No saber nada! ¡no poder nada!... Necesito distraerme, pensar en otras cosas. Hay que vivir; no podemos llorar á todas horas. Pero si llego á interesarme por algo, inmediatamente surge el remordimiento. Me insulto yo misma: «¡Mala madre, que lo olvidas!» Raro es el día que como sin llorar. Me atormenta la idea de que él sería feliz con los sobras de mi mesa, con lo que comen los domésticos, ¡quién sabe si con lo que le dan al perro! Y Valeria y Clorinda, al ver mis lágrimas, no pueden explicarse un dolor tan insistente. Ignoran mi secreto; creen, como todo el mundo, que se trata de un simple protegido ó de un pequeño amante: no comprenden esta desesperación por un hombre... Por eso juego tanto; es lo único que me preocupa verdaderamente y me hace olvidar por unas horas; es mi anestésico. En otros tiempos jugaba por el placer de la emoción, por el gusto de reñir con la suerte, porque me halaga el asombro de los curiosos viéndome aventurar con indiferencia cantidades enormes. Ahora es por él, sólo por él. Alicia recordó el mal estado de su fortuna. Estaba ya quebrantada seriamente años antes, pero ella tenía la esperanza de una pronta reconstitución. Además, los tiempos anteriores á la guerra habían sido la mejor época de su existencia. Tenía á su hijo; se dejaba llevar por la vida, sin pensar en los negocios. Luego, al perder á Jorge, se había consumado al mismo tiempo su ruina. --¡Si yo tuviese la riqueza de antes! Conozco el poder del dinero; hubiese removido con él á los hombres y hasta á los gobiernos. Habría escrito al kaiser ó á Hindenburg, enviándolos un millón, dos millones, lo que pidieran. «Ya que ustedes restablecen la esclavitud y saquean los pueblos, ahí va dinero. Devuélvanme á mi hijo.» Y lo tendría ya á mi lado. ¡Pero soy pobre!... ¡Si supieras cómo amo ahora el dinero, sólo por él! Sueño con dar un golpe; ganar en dos ó tres días quinientos mil francos ó un millón. ¡Qué alegría la mía cuando llego del Casino con unos miles de francos! «Para enviarle paquetes... para que mi pobrecito coma.» Escribo á los proveedores ó busco yo misma, acordándome de las cosas que más le gustaban. Tú eres rico é ignoras las dificultades del momento presente. ¡Lo que escasean las cosas! ¡lo caras que cuestan!... Yo, antes, tampoco sabía nada de esto... Y le envío paquetes de víveres de los mejores; y siento orgullo al decirle con mi pensamiento: «Es con el dinero que ha ganado mamá para ti... es con mi trabajo.» No sonrías, Miguel. Así es. ¿En qué otra cosa puedo yo trabajar?... Lo único que me apesadumbra es la dirección de estos envíos. «Para el aviador Bachellery, prisionero en Alemania.» No sé más, ¡y son tantos los prisioneros! Casi todos mis envíos deben perderse; pero alguno llegará á sus manos. ¿No crees tú que alguno llegará? Miguel acogió esta pregunta ansiosa con un vago gesto de conformidad. Sí, tal vez; era casi seguro. Alicia mostró de pronto cierta confianza. Ocho meses que nada sabía de él; pero otras madres estaban en el mismo caso. No debía desesperar. Hombres dados por muertos en las primeras batallas volvían á sus casas después de un largo cautiverio. Además, ¿era lógico que un hijo de ella muriese de hambre y de miseria lo mismo que un mendigo?... Lubimoff asintió otra vez. Verdaderamente, no era lógico. --Hay momentos en que siento una alegría inexplicable: el aviso misterioso de que voy á recibir una buena noticia; la misma corazonada de los días en que llego al Casino segura de ganar... y gano. He escrito al rey de España, que se ocupa de la suerte de los prisioneros y muchas veces hasta consigue que los devuelvan á su patria. He hecho que le escriban un sinnúmero de amigos. ¡Si me devolviese á mi Jorge!... Espero á lo menos una buena noticia, saber dónde está, convencerme de que vive. Me bastaría con que le internasen en Suiza, como á los grandes heridos, y yo iría á vivir con él. ¡Qué felicidad que estuviese en Lausanne ó en Vevey, á orillas del lago, como está mi marido! El recuerdo del duque la hizo sonreir con una bondad melancólica. --Te advierto que no lo olvido. Todo lo que me sobra de los envíos á Jorge lo meto en un paquete vía Ginebra. «Para el teniente coronel Delille.» ¡Ay! Este sí que llega. ¡Pobre viejo! Sus respuestas son casi de amor... Yo le regalo salchichones y botes de conservas, en recuerdo de los mazos de flores de veinte luises que me envió cuando pretendía mi mano... ¡Qué tiempos, Miguel! ¡Quién podía imaginarse este trastorno de las personas y las cosas!... Hablaba ya con más tranquilidad, como si el recuerdo de su hijo hubiese retrocedido á un segundo plano de su memoria. --Todo me anuncia una buena noticia. La desgracia no puede durar tanto tiempo, ¿no te parece? Es como la mala suerte en el juego: acaba por pasar; lo que importa es tener fuerzas para resistirla... Debería sentirme satisfecha. La emoción apenas me ha dejado dormir esta noche... He pasado de los treinta; ya sabes: esos treinta mil francos que parecían antes el límite de mi suerte. Anoche gané ochenta mil. Tu amigo Lewis estaba furioso. Cree que esto sólo les ocurre á las mujeres: ganar jugando á capricho, burlándose de las reglas. Adivinó ella en la mirada del príncipe su extrañeza por esta alegría después del llanto reciente. --No puedo permanecer sola. ¡Los recuerdos!... Tal vez me has oído cantar mientras subías. Es una canción inglesa que cantaba mi hijo. Por las mañanas iba yo á escucharla detrás de su puerta, como una enamorada que se contenta con la voz mientras espera la presencia del hombre amado. Siempre que estoy sola la repito maquinalmente; me imagino que es Jorge el que canta, y se me llenan los ojos de lágrimas, pero son de ternura, lágrimas dulces... Al hacer mi cama he creído oirle, lo mismo que cuando iba y venía por su dormitorio y yo le espiaba al otro lado de la puerta. Mi voz era su voz. Por eso al entrar tú me temblaron las piernas. Supuse por un momento que tú eras él. ¡Qué emoción cuando le vea!... Porque yo le veré. La desgracia no puede durar eternamente. ¿No crees tú que le veré?... Sus ojos entornados sonreían á una lejana visión de esperanza. Y Miguel, que había permanecido silencioso mucho tiempo, habló para infundirle ánimo. ¡Pobre mujer! Sí; vería á su hijo. A la edad de él se resisten todas las fatigas. Volvería; aún serían felices los dos, comentando el infortunio presente como un mal sueño. --Además, yo te ayudaré. Hay que proceder activamente para que te devuelvan tu hijo. Escribiré al rey de España. Lo conozco; almorzó en mi yate una vez que estuve en San Sebastián. Tengo buenos amigos en París, hombres políticos, diplomáticos; les escribiré á todos... Y en último término, si no queda otro recurso, buscaré por medio de un gobierno neutral hacer llegar una carta á Guillermo II. Tal vez me atienda: debe acordarse de mí, de su visita á mi buque... Ahora fué ella la que oprimió sus manos. Le miraba fijamente, con los ojos turbios de lágrimas, sonriendo al mismo tiempo para expresar su gratitud. --¡Qué bueno eres!--exclamó después de un largo silencio--. El día que estuve por primera vez en Villa-Sirena me convencí de mi gran error. 1 . , , 2 , . , 3 , 4 . , 5 , . 6 , , 7 . 8 9 - - ¡ , ! . . . ¡ ! 10 11 , , 12 . 13 . , 14 , 15 . 16 17 . - 18 . 19 , . 20 , 21 , , 22 . 23 . , 24 , 25 . ; 26 . , 27 , 28 , . 29 30 31 , , 32 . , , 33 . « ¡ 34 ! » , . 35 , 36 . « ¡ ! » , . 37 , , 38 . 39 40 41 . , 42 . 43 . 44 , 45 , 46 . , 47 ; , 48 . 49 50 - - . 51 . ¡ . . . ! ¡ 52 ! 53 ; . . . : 54 , , 55 . . 56 57 , . 58 . 59 60 , , 61 . 62 . 63 . , , 64 ; , 65 ; 66 , , , ; 67 , , , , 68 , . 69 70 : 71 , , , 72 . 73 74 : , 75 , 76 , 77 . 78 79 . , 80 , 81 . , , 82 , , , 83 , . 84 , 85 . ; 86 ; 87 , 88 ; 89 . 90 , 91 , , 92 93 . 94 95 , 96 . , 97 . . . , , 98 , 99 . 100 101 , , 102 , , 103 . , 104 , 105 ; 106 ; , 107 ; , 108 109 ; 110 , , , 111 . 112 , , 113 , , 114 , , 115 . 116 117 118 . , , 119 , . « 120 » - - - - , - 121 , 122 , , 123 . 124 125 , 126 , , , 127 , , 128 , , 129 . 130 . 131 , 132 . 133 134 , 135 , , 136 . , , 137 138 . 139 , , 140 , 141 . 142 , , 143 , . 144 145 146 , 147 . 148 149 - - - - - - : 150 . ; 151 , 152 . 153 154 , 155 156 . , 157 , , 158 159 . 160 , 161 . « 162 - - » , . 163 164 « , - - - - . , , 165 . ¡ , 166 , 167 ! . . . » 168 169 , 170 . . « 171 » , , « 172 - - » . 173 - , , 174 , , 175 . 176 177 , 178 . 179 ; 180 181 ; 182 , , 183 , , 184 , 185 , . , 186 , 187 , 188 . 189 190 191 . 192 , , 193 194 . , 195 , 196 , . 197 , , 198 , 199 , 200 . 201 , 202 , 203 , 204 , 205 , 206 « » . 207 208 209 , . 210 . , 211 , 212 , . 213 214 . . 215 , - 216 , . 217 , 218 . 219 220 « ¡ ! - - - - . ¡ 221 , , 222 , 223 ! . . . » 224 225 , , , 226 , , 227 , 228 . 229 230 231 . 232 233 . 234 235 . « ¿ 236 ? 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