--He malvendido, he tomado el dinero que quisieron darme, sin poner atención en las condiciones. Todas mis joyas se fueron; unas las vendí en París, otras aquí mismo... Tú dices que estás arruinado. No; tú no sabes lo que es eso: yo sí que lo sé. Mi naufragio es más antiguo que el tuyo; mi buque era mas pequeño... No quiero fatigarte con la relación de mis pobrezas. Ya no tengo casa en París. Unicamente si mis negocios se arreglasen volvería allá. No tengo más casa que la de aquí, una «villa» que compré en mis buenos tiempos. No sonrías; está hipotecada dos veces: cualquier día me echarán de ella. La tal casa era muy agradable en otros tiempos, cuando yo tenía dinero; ¡pero ahora, con las escaseces de la guerra!... No hay carbón, la leña es cara; por las noches hace frío, y se necesita gastar una fortuna para que funcione el antiguo calorífero. Además, no tengo más servidumbre que mi antigua doncella, el jardinero y su mujer, que se ocupa de la cocina. Por eso todas las piezas están cerradas, y Valeria y yo hacemos nuestra vida en dos habitaciones del primer piso. Allí comemos, allí dormimos... Valeria es una muchacha de París, una señorita que yo protejo. ¡Figúrate si será pobre para que yo la proteja! --Pero tú juegas--dijo el príncipe. Ella pareció escandalizarse de estas palabras, que sonaban como una recriminación. --Juego; ¿qué quieres que haga? Necesito defenderme, ganar mi vida, ¿y de qué otro modo puede ganarla una mujer como yo?... Sé lo que vas á decirme: que he perdido mucho. Cierto; mi collar de perlas, el verdadero, lo vendí aquí, y muchas otras joyas; he perdido grandes cantidades, de las que no quiero acordarme... Pero entonces no sabía lo que sé ahora... ¡ahora precisamente que tengo poco dinero para jugar! Lubimoff sintió asombro ante la fe con que hablaba esta mujer de sus conocimientos actuales. --Además--continuó con tristeza--, ¿qué sería de mí si me faltase el juego? Tú no debes haber olvidado cómo era yo cuando nos vimos la última vez. No te pasarían inadvertidos ciertos gustos... Se acordó Miguel de la invitación «á la pipa», de aquel perfume que llenaba el «estudio» del palacete de la Avenida del Bosque. --Todo aquello se acabó; el juego y otra cosa me lo hicieron abandonar. Ahora lo recuerdo con desprecio. Por eso vivo en Monte-Carlo: tengo la corazonada de que la suerte volverá á buscarme aquí y no en otra parte. ¿Tú no juegas? Se irritó Miguel ante esta pregunta. ¿No le había dicho que estaba arruinado? ¿Iba á imitarla á ella, que empeoraba su situación perdiendo los restos de su fortuna? --¡Arruinado!--exclamó Alicia--. Tu mala época no puede ser larga. Eso de Rusia acabará por entrar en orden. Las grandes naciones tienen allá muchos intereses para no preocuparse de arreglarlo todo... Lo mío es lo que no se compondrá en mucho tiempo. No me queda otra esperanza que poder dar un golpe en el Casino de doscientos mil ó trescientos mil francos, y con esto esperar á que cambien las cosas. El príncipe se encogió de hombros. Conocía á los jugadores. Esta mujer, dominada por su quimera, iba á olvidar el objeto de su visita, divagando sobre los caprichos posibles de la suerte, como Spadoni ó como el mismo Castro. --¿Y qué deseas de mí? Alicia pareció despertar, y otra vez su sonrisa fué audaz y graciosa, como al principio de la entrevista, una sonrisa de solicitante que llega con la firme voluntad de conseguir lo que quiere. Ya había dicho en el primer momento cuál era su pretensión: que no la molestase más el apoderado del príncipe por aquella deuda olvidada. --La pagaré algún día, si puedo... Lo más seguro es que no la pague nunca. Dala por perdida, y dile á ese señor antipático que no me escriba más. Miguel, seducido por la sencillez con que esta mujer emitía su enorme deseo, imitó el tono de su voz. --Está bien; se le dirá á ese señor antipático que no te moleste, que se olvide de ti. Y rió como un niño, sin fijarse en que se trataba de sus propios intereses, pensando únicamente en la cara que pondría su grave apoderado al recibir tal orden. --Siempre te he creído bueno y generoso--dijo ella--. ¡Gracias, Miguel! Algunas veces he discutido con «la Generala» acerca de ti, para hacerla comprender que eres un hombre de corazón. --¡Ah! ¿Doña Clorinda es enemiga mía? ¡Si no la he visto nunca!... --Es una mujer rara. Para ella, todo el que se divierte y no hace cosas grandes es un hombre antipático. Precisamente nos peleamos ayer para siempre. No hablemos de ella. Tengo algo más que pedirte... ¿Más?... El príncipe la miró con asombro; pero Alicia se apresuró á decir que era un consejo lo que solicitaba. La guerra había trastornado su existencia con una rapidez asombrosa. Los valores sociales estaban invertidos: las fortunas que parecían más sólidas se venían abajo. --Esto pasará, ¿no es cierto?... Es imposible que dure. --Sí, es imposible--dijo él con gravedad. A los dos les parecía vivir en otro mundo, rodeados de las incoherencias de una pesadilla. ¡Ellos teniendo que preocuparse del dinero, que había sido hasta entonces algo natural en su existencia, como lo es para todos el sol, el aire ó el agua; viéndose obligados á perseguirlo en su fuga por caminos que desconocían!... No, esto no era lógico: un breve capricho del destino. Sus vidas volverían á ser como antes, con la regularidad de las leyes naturales, que parecen desviarse un momento, pero tornan al fin á su ordenado curso. Más necesitada y más vieja en esta vida de apuros económicos, ella no podía imitar la calma con que aceptaba Lubimoff su momentánea ruina. --Pasará, es seguro; pero mientras tanto, ¿cómo puedo vivir?... Acabas de librarme de una congoja moral con el olvido de esa deuda. Te lo agradezco. Pero yo necesito trabajar, ¡yo quiero ganar dinero! ¿Qué me aconsejas?... El quedó estupefacto. ¿A qué trabajo podía dedicarse Alicia?... Su pregunta era para ser contestada con una risa. Pero ella estaba frente á él, grave, convencida de su voluntad para el trabajo, y esperando el luminoso consejo, como si de él dependiese su destino. Afortunadamente, la misma Alicia, no pudiendo sufrir este silencio, empezó á exponerle sus propias ideas. El revoltijo presente justificaba las más desatinadas resoluciones. Una gran señora podía adoptar medios de existencia que años antes hubieran provocado escándalo. Ella conocía en Niza muchas damas rusas que daban grandes fiestas en sus salones antes de la guerra, y ahora, caídas en la pobreza, se ingeniaban para ganarse el pan á su modo. Una iba á abrir una tienda de sombreros, contando con sus antiguas amistades para formarse una clientela. Otra había convertido su «villa» del Paseo de los Ingleses en casa de huéspedes. Sólo quería admitir personas distinguidas, militares de los países aliados, pero de coronel en adelante. Trataría á sus pensionistas como visitas, con toda la distinción de una gran señora que recibe; solamente que ahora sus días de recepción iban á ser todos los de la semana. --¿Qué te parece si yo convirtiese mi «villa» en casa de huéspedes?... ¿Podrías tú ayudarme con algún dinero para renovar muebles y lo que hiciese falta?... Huéspedes de marca nada más: generales, embajadores retirados que vienen en busca de sol... El príncipe contestó con una carcajada. --¡Pero estás loca!... Te harían todos la corte. A las pocas semanas, tu establecimiento sería un infierno. Alicia no insistió, encontrando muy justa la observación. La rusa de Niza era vieja y horrible comparada con ella. Además, le parecía regular y lógico que todos los huéspedes se enamorasen de su persona. «La Generala» le había sugerido otro proyecto. Podía instalar en Monte-Carlo una casa de té, muy elegante. El atractivo de verla á ella en el mostrador haría correr á la gente. Para esto necesitaba también el apoyo de una capitalista. Otra risotada de Lubimoff. --¡El té de la duquesa de Delille!... Sería gracioso: pero una vez agotada la curiosidad, no tendrías otros parroquianos que los que se interesasen por tus gracias. No; eso no es negocio. Ella mostró un desaliento algo cómico; ¿qué hacer?... Una señora deseosa de trabajo no encontraba ocupación en este mundo dirigido y acaparado por los hombres. Sólo le quedaba como recurso el juego. Era un placer emocionante que lo hacía olvidar sus preocupaciones, y al mismo tiempo una esperanza. Diariamente abría con el juego una ventana á la Fortuna, por si se dignaba acordarse de ella. ¡Quién sabe si alguna tarde plegaría sus alas de oro sobre una mesa del Casino, dejándose acariciar, como un águila domada, por las finas manos de Alicia!... --En los primeros meses de la guerra--continuó--no necesitaba distracciones; tenía bastante con la realidad de los acontecimientos. ¡Las angustias que he pasado!... Pero á todo se acostumbra una; las mayores emociones, al prolongarse, acaban por ser monótonas. No siempre se puede estar con los nervios en tensión. ¡Y esta guerra es tan larga... tan aburrida! Podía haber apelado á la caridad para distraerme; entrar en un hospital, cuidar heridos. Pero nunca he sido hábil para estas cosas, y no quiero servir de estorbo, por pura vanidad, como otras muchas... Además, estamos acostumbradas á mandar, á ser las primeras, y por grande que resulte el espíritu de sacrificio, acaba una por marcharse, no pudiendo sufrir el verse mandada por mujeres más hábiles, más útiles, pero que hasta ahora han sido inferiores á nosotras... Ahí tienes á Clorinda: los dos primeros años fué enfermera; estaba de lo más hermosa é interesante con su vestido blanco y su capita azul. Ella se siente atraída por todas las cosas grandes: heroísmos, sacrificios, etcétera; pero acabó peleándose con sus superiores y renunció á su bello papel. Alicia, con la mirada y el gesto, parecía apiadarse de su inutilidad. --¿Qué podía hacer yo? Cada vez era mayor mi ruina. En París me molestaban de cerca mis acreedores; por eso me vine á Monte-Carlo, y jugué para distraerme y para vivir. «Hay el amor», me decía un viejo académico amigo mío, con intenciones egoístas, para ser el primero en aprovecharse del consejo. ¡Imagínate tú: el amor-pasión, el amor generoso, como único remedio de las tristezas de la vida, y á estas horas! ¡Ojalá pudiera ser!... Pero me siento vieja; yo tengo dos mil años... Tú eres más joven, pero cuentas siglos también. ¡El amor á nosotros!... Lubimoff sonrió al principio del tono de ironía y desengaño con que hablaba ella. Sí; eran muy viejos. Los grandes remedios, útiles para la mayoría de la humanidad, no obtenían ninguna influencia sobre ellos, que estaban como anestesiados por la hartura y el cansancio... De pronto, un deseo indiscreto conmovió al príncipe. Quiso aprovechar esta ocasión para hacer una pregunta que se le había ocurrido varias veces. --Pero tú--dijo con una franqueza varonil, como si Alicia fuese un camarada--, tú crees aún en el amor. Me han hablado de un muchacho, casi un niño, que llevabas á todas partes antes de la guerra. Realmente empezamos á ser viejos--añadió sonriendo--, y sentimos necesidad de rozarnos con la juventud... ¿Era tu amante?... ¿Es él quien motiva tus preocupaciones? La duquesa palideció ante estas preguntas, mostrándose indecisa. Luego quiso hablar. Se notaba en ella el apresuramiento del que desea sincerarse; pero á su palidez sucedió una oleada de rubor. Por dos veces quiso decir algo, y al fin hizo un esfuerzo para contener sus palabras, sonriendo con una malicia forzada. --No hablemos de eso. Que cada cual guarde sus secretos. Y para que el príncipe no reincidiese en su curiosidad, siguió ocupándose del juego. Pero él no la escuchaba, sumido en sus pensamientos. Había acertado; aquel efebo era su amante, y sufría por él. Tal vez estaba herido ó prisionero. Este era el gran obstáculo que se oponía á su viaje, lo que la tenía inmovilizada en Europa, por esa superstición que nos hace creer que permaneciendo cerca podemos conjurar mejor el peligro. ¡Y parecía muy enamorada!... Aquí el príncipe hizo mentalmente una serie de exclamaciones. ¡Cerca de los cuarenta años, con un pasado que era toda una historia, sentir esta pasión tan vehemente, tan juvenil!... ¡Creer todavía en el amor! Miguel la miró con unos ojos que casi eran de odio. Le molestaba su apasionamiento por el muchacho, sin acertar á definir el motivo; tal vez por la indignación que inspiran las gentes aferradas á los errores nefastos, aceptándolos como verdades consoladoras. Lo cierto es que le molestaba la conducta de ella. Y esta repentina animadversión contra Alicia acabó por hacer que se fijase otra vez en lo que estaba diciendo. --¡Si tuviese el mismo dinero que antes, cuando tu madre vivía aún, y nos encontrábamos en Monte-Carlo!... Pero entonces yo no sabía lo que sé ahora. Jugaba por aturdirme, por saborear la emoción de la pérdida, que en realidad no me afligía mucho. Sólo apuntaba con placas de mil francos. Creía denigrante tocar otras con mis manos, y además nunca las arriesgaba solas. Siempre las ponía formando columna. --¿Cuánto llevas perdido?... Ella encogió los hombros, haciendo un mohín desdeñoso: --¡Quién puede saberlo!... Vengo aquí hace más de doce años. Ni los del Casino llegarían á calcular el dinero que les he dado. Antes no llevaba yo cuenta alguna; cuando me hacía falta dinero telegrafiaba á París. Además tenía á tu madre, tenía á la mía, que acababa por ceder á mis peticione. No quiero saber cuánto he perdido: me daría rabia... Deben ser millones. La sonrisa de conmiseración con que la escuchaba Miguel pareció enardecerla. --Pero entonces yo no sabía... Ahora necesito ganar, y juego de otro modo. Lo que me falta es capital. ¡Si yo tuviese capital para trabajar!... Esta última palabra convirtió la sonrisa de él en franca carcajada. «¡Trabajar!...» Pero la duquesa siguió hablando seriamente de su «trabajo». Lamentaba la escasez de sus medios. Unos treinta mil francos era el único capital de que podía disponer. A veces disminuía de un modo alarmante: los treinta mil bajaban á ser una simple unidad. Luego resurgían los ceros, y el producto del «trabajo» se hinchaba, iba subiendo más allá de los treinta mil; pero como si esta cifra resultase fatídica para Alicia, la ganancia volvía á descender al nivel ordinario. --Anoche estuve de suerte: llegué á ganar catorce mil francos. Pero la semana pasada fué mala. Total, que estoy siempre en los treinta mil: imposible ir más allá. Y es que no me arriesgo, tengo miedo, y no aprovecho las buenas series como deben aprovecharse, doblando, siempre doblando. Temo que un golpe se lo lleve todo. ¡Si tuviese capital para trabajar!... ¡Si entrase en el Casino una tarde con ciento cincuenta ó doscientos mil francos!... Así hay que ir para dominar á la suerte. Debo hacer el gran juego... ¡Yo apuntando ahora con fichas de cien francos y hasta de veinte, como una prestamista retirada!... Por eso la Fortuna no me reconoce y pasa de largo. El príncipe movió la cabeza. Se negaba á ayudarla en sus locuras. ¿No era mejor que guardase esos miles de francos, en vez de perderlos rápidamente, como le ocurriría el día que menos lo esperase? --Tú no eres jugador: lo sé--dijo ella--. Nunca te sentiste atraído por esa voluptuosidad. Por eso ignoras la fuerza misteriosa del juego y das consejos sobre lo que no entiendes. Si yo dejase de jugar, sentiría inmediatamente mi miseria; entonces sería pobre de verdad. Mientras juegas, siempre tienes dinero á mano; ganas, pierdes, pero nunca te falta lo que necesitas para la vida. Y si pierdes definitivamente, encuentras lo necesario para recomenzar. Yo no sé como es, pero un jugador nunca carece de dinero. Una simple moneda rehace su situación en cinco minutos. El pobre que no juega es el que ve siempre sus bolsillos vacíos, sin esperanza ni remedio. Miguel siguió protestando con la mirada. Conocía todo esto: eran las palabras de Spadoni y del mismo Castro, pero con la fanática certeza de las mujeres, que llevan siempre á los asuntos de dinero un alma mística dispuesta á creer en los presentimientos y las influencias misteriosas. --Para el juego no cuentes con mi ayuda... Además, yo soy pobre. En este momento el coronel debe tener en su caja menos dinero que tú. Casi siento la tentación de pedirte prestados tus treinta mil francos. Los dos rieron ante la idea de este préstamo. ¡Ella que había venido á suplicarle como deudora!... --Ignoro lo que podré hacer por ti; no sé cuál es mi situación; pero haré cuanto pueda. Esperemos; hay que tener paciencia. Estos tiempos no pueden durar. --No; no pueden durar. Otra vez les sorprendió lo extraño de aquella pobreza que había caído inesperadamente sobre ellos. Pero ¿era lógico que continuase la vida del mundo con la normalidad de siempre, después de estas anomalías particulares?... Se sentían aproximados por la solidaridad de la desgracia: se encontraban de pronto como hermanos caídos al pie de una cúspide en cuya altura se habían evitado antes, con irresistible hostilidad, chocando rudamente. Miguel experimentaba ahora un motivo de atracción completamente nuevo. Desde su adolescencia había odiado á la hija de doña Mercedes por su orgullo, por la superioridad aplastante que conservaba aun en esos momentos de amor en los que casi todas las mujeres se empequeñecen voluntariamente para refugiarse, como una esclava feliz, en los brazos del hombre. Ella sólo sabía dar su cuerpo en forma de limosna altanera, lo mismo que una diosa. Y ahora, al verla llegar humildemente, impetrando su auxilio sin el rencor de la altivez humillada, ocultando su miedo con una alegría de buena amiga que desea olvidar lo pasado, sintió desvanecerse sus antiguas prevenciones. El había sido siempre el protector, el amoroso á estilo oriental, incapaz de interesarse por otras hembras que las de su harén, que todo lo deben á su munificencia, desde el chapín á los penachos del turbante, las joyas que adornan su pecho, las confituras que las nutren, la pipa que fuman, el instrumento que acompaña sus cantos. No le interesaba Alicia como mujer. ¡Ni ella ni otra! Pero sentía una simpatía de compañerismo al verla necesitada de su protección; algo parecido á lo que le inspiraban Castro, el coronel y los otros habitantes de Villa-Sirena. Hasta pensó que la desgracia era aceptable, ya que servía para devolver á las personas su verdadero carácter. Esta Alicia tan odiosa en su primera juventud, podía llegar á ser una amistad tolerable ahora que se veía libre de las influencias de la vanidad y de su mala educación. Un estrépito de mugidos de vapor, gritos y silbidos cortó sus reflexiones. Era un tren de soldados que pasaba. Ella también volvió á la realidad con este incidente. Pareció fijarse por primera vez en el lujo discreto y sólido de aquella vasta pieza. Se levantó para ver de cerca algunos cuadros modernos de pintores célebres que adornaban los muros. Para ella, las firmas de los artistas eran más interesantes que los lienzos. Valuaba su mérito con arreglo á la fama de caros que tenían sus autores. --¡Lo que vale todo esto!--exclamó con admiración. --¡Con tal que pueda conservarlos!--dijo Miguel escépticamente--. Bien podría ser que me obligasen á venderlos. La duquesa, desde una ventana, contempló los jardines, escalonados hasta el mar. Muchas veces, yendo de paseo con su amiga Clorinda, había hecho detenerse en el camino al carruaje de alquiler para contemplar las arboledas de Villa-Sirena. El coronel, tan galante en el Casino, tan besador de manos, se mostraba intratable, como un dragón guardador de tesoros, cuando le proponían una visita, aunque sólo fuese á los jardines. Sin permiso del príncipe nadie franqueaba la verja. --Y al llegar tú de París, ni siquiera me he aproximado á tu propiedad. Me dabas miedo. ¡Si hubieses podido ver qué aire de salvaje tenías la otra tarde! Cree que he necesitado un verdadero esfuerzo para venir... Pero ahora somos amigos, ¿no es eso? amigos para siempre... Sé galante con una parienta que viene á visitarte, y enséñame tus dominios. Lubimoff no pudo ocultar su contrariedad. ¿Qué deseaba ver Alicia?... ¿Iba á examinar á aquella hora matinal las habitaciones, á curiosear en los dormitorios, á estorbar á Novoa, que tal vez trabajaba en la biblioteca?... Pensó en la sonrisa irónica de Castro al sorprenderle guiando por los pisos altos á una mujer. Apenas había entrado una en Villa-Sirena, empezaban las molestias para su dueño. Como si adivinase Alicia estos pensamientos, sonrió graciosamente. No deseaba ver la casa: se contentaba con visitar los jardines. --Bastante has hecho recibiéndome aquí--continuó--. Conozco la limitación de mis derechos: estoy en territorio hostil. Esta es la casa de «los enemigos de la mujer». El príncipe fingió no entenderla. Alguien había hablado; tal vez era Castro, que no ocultaba nada á doña Clorinda. Pasearon por los jardines. Alicia se detuvo ante un pedazo de tierra cultivada, de la que empezaban á surgir algunas hortalizas. --¿Aquí es donde tú trabajas? Ya sé que te diviertes cultivando tu huerta, como otros príncipes rusos hacen zapatos. ¿También esto?... ¡Ah, Castro charlatán! En el jardín griego, uno de los bancos de mármol sostenido por cuatro victorias aladas atrajo la atención de ella, haciéndola permanecer inmóvil y pensativa. --¿Te acuerdas del «banco de los viejos»?--dijo de pronto. Miguel no supo qué contestar á esta pregunta; pero pasados unos segundos se acordó, como si los ojos fijos de ella le sugiriesen la visión de aquella noche en que la había abandonado brutalmente. --¡Cómo te burlarías de mí! ¡Qué tonta debí parecerte!... Sí; una tonta insufrible. Yo era Venus; era el centro del mundo; todo lo existente, seres y cosas, se había fabricado para mi persona. Tenía por misión hacer sufrir al mundo mis caprichos, y el mundo debía agradecerme de rodillas que me fijase en él... ¡Qué quieres! La juventud, el orgullo pueril de la primavera, que se cree eterna. Y después... ¡después! ¡Si yo te contase todos mis desengaños, mis dolores, aun en la época en que no me preocupaba del dinero!... El invierno borra las ilusiones verdes. --¡Pero tú no eres vieja!--exclamó Miguel--. Todavía inspiras pasiones á los jóvenes. Te engañas á ti misma ó quieres burlarte de mí. Aún hay muchos hombres que al verte... --Tal vez--repuso ella--; pero tú, hijo mío, no estás entre ellos. Confiésalo: nunca te he gustado. El príncipe no quiso confesar nada y desvió la conversación. Le molestaban estas alusiones al pasado. Alicia volvía á serle antipática cada vez que intentaba resucitar sus antiguas gracias de perturbadora de hombres. Vagaron más de media hora por los diversos planos de los jardines. De vez en cuando, Miguel, al pasar por un claro de la arboleda, lanzaba una mirada cautelosa hacia la «villa». Nadie en las ventanas; pero él presintió una agitación interior á causa de esta visita. Le espiaban, estaba seguro. Atilio, detrás de los visillos, seguía indudablemente sus paseos entre los árboles. Tal vez Spadoni, que había pasado la noche en Villa-Sirena, saltaba de la cama, perdiendo dos horas de sueño, para contemplar esta novedad estupenda. Hasta Novoa habría suspendido su lectura para mirar hacia el jardín. Alicia notó esta soledad. Ni invitados ni servidores. Ella y el príncipe parecían marchar por un parque encantado. Al dirigirse hacia la verja encontraron á don Marcos que salía apresuradamente del pabellón del jardinero. La duquesa dió su mano á Miguel, que la besó ceremoniosamente. --Espero que nos veremos en el Casino. Hizo él un signo de negación. Se aburría en las salas de juego: no quería entrar en ellas. --Me hubiera gustado encontrarte allí... Estoy segura de que me darías la suerte. Luego quedó indecisa. No pensaba volver á Villa-Sirena, donde sólo vivían hombres; tenía la convicción de que era allí un estorbo. --Ven á verme una mañana. El coronel sabe dónde vivo. Ven, y te reirás viendo cómo está instalada la duquesa de Delille... Es algo interesante. Avanzó hasta el coche de alquiler que esperaba fuera de la verja. Antes de subir á él, se volvió para afirmar con un tono de graciosa amenaza: --Si no vienes, no me verás más. Creeré que deseas romper conmigo, que me encuentras molesta y antipática... Te espero. Agitó una mano á guisa de despedida, mientras el carruaje se iba alejando. --¡Ya era hora!--exclamó Miguel al verse solo. Una visita de hora y media, que le había hecho permanecer en nerviosa tensión, midiendo sus palabras, evitando las expansiones demasiado afectuosas, dando consejos sin interés alguno y dejando en silencio los recuerdos del pasado. Prefería la confianza y el abandono de sus conversaciones con los compañeros. Al pensar en éstos renació su inquietud. ¡Cómo iba á sonreir Atilio al sentarse á la mesa! Escuchaba ya su voz irónica: «¡Nada de mujeres!» Y la primera que se presentaba lo hacía marchar ante su paso, confuso pero obediente, lo mismo que un prior que rompe la clausura para recibir á una reina. La inquietud le hizo hablar al coronel, que iba silencioso á su lado, acompañándole desde la verja al edificio. ¿Dónde estaba Castro?... --En la biblioteca, con lord Lewis. El lord ha llegado mientras Su Alteza estaba en el jardín. Viene á almorzar. ¡Simpático inglés! Ocurrírsele escoger este día, espontáneamente, después de tantas invitaciones inútiles. Estando él presente, Castro sólo hablaba del juego. Y corrió en busca de Lewis. Era hijo de un gran historiador, al que su patria había premiado con el título de lord. Pero este título correspondía por herencia al hijo primogénito, y únicamente Toledo, dado á exagerar la valía de sus amistades, llamaba al segundón lord Lewis. Para Atilio, era «el Decano». Llevaba veinticinco años en Monte-Carlo, y los viejos empleados del Casino, al ver su triste calvicie inclinada sobre las mesas, recordaban al -gentleman- de otros tiempos, elegante, alegre, vigoroso. Había venido á la Costa Azul en una de sus correrías de personaje byroniano, y en ella se quedó, no queriendo ver más mundo. La pasión del juego era la única voluptuosidad inagotable para este hombre que las había gustado todas y estaba aburrido de la mayor parte de ellas. El verdadero lord Lewis, personaje grave que sostenía el prestigio del nombre paterno, tenía numerosos hijos y había servido á su país en altos puestos coloniales. El, poco á poco, iba perdiendo sus antiguas relaciones, para no ser mas que un jugador en Monte-Carlo. --¡Veinticinco años!--había dicho melancólicamente un día al príncipe--. ¡Y jamás podré hacer otra cosa! Ya es tarde para emprender un nuevo camino. Mi vida terminó, y aquí me enterrarán, estoy seguro; aquí quedará todo lo que heredé de mi padre, todo lo que me legaron varias tías viejas... Algunas veces, viendo claro, he emprendido un viaje de huída... Pero al estar lejos siento una indignación feroz. Recuerdo que he dejado aquí más de un millón, pienso que no debo resignarme á esta pérdida, y para rescatarla, vuelvo en seguida á jugar, y vuelvo á perder, y así continuaré hasta que muera. Además, hay el castillo... Miguel conocía este castillo. Estaba en un picacho de los Alpes Marítimos, á la vista de Monte-Carlo, cerca del pueblo de La Turbie y de los restos del Trofeo de Augusto, que marcan el emplazamiento de la antigua vía romana. En sus primeros años de vida en la Costa Azul, el elegante Lewis había adquirido por unos miles de francos las ruinas de una fortaleza señorial que guardaban la tradición dramática de guerras con los condes de Provenza, asaltos y asesinatos de familia. El hijo del historiador, más aficionado á los deportes que á la literatura, consideró como un homenaje filial la reconstrucción á la vista del Mediterráneo de un castillo como los que su padre había descrito al relatar las leyendas de su país. Invirtió en ello una parte de su fortuna, dedicando la otra al juego. «Con lo que gane--se decía--acabaré el castillo.» Y como pensaba ganar sumas fabulosas, inició la reconstrucción en proporciones gigantescas, dirigiéndola él mismo con arreglo á las fantasías arquitectónicas estudiadas en los dibujos de Gustavo Doré. El castillo había quedado á medio construir, y así subsistía muchos años. Por un lado las torres estaban completas y los muros ostentaban ventanales gemíneos con vidrieras de colores. En el extremo opuesto se pudría el maderamen de los andamios; las paredes, sin terminar, descendían en ángulo recto, y el viento y la lluvia penetraban en los futuros salones, faltos de un cuarto muro que los cerrase, completamente visibles como los decorados de teatro. Cuando sus amigos no lo encontraban en Monte-Carlo, era que carecía de dinero y estaba en su castillo contemplando melancólicamente todo lo que le quedaba por hacer. Vivía en una ala, la menos inacabada, y entretenía su soledad batallando con los rústicos vecinos, con los proveedores, con todos los del país, que se consideraban obligados á molestarle y explotarle de mil modos. Al llegar de Inglaterra una remesa de mil ó dos mil libras esterlinas, bajaba arrogantemente desde su picacho al Casino. Un gran deber llenaba su existencia, y debía cumplirlo. ¡Esta vez iba á triunfar! Y cuando, después de emocionantes fluctuaciones--creciendo algunas veces su capital, como si fueran á realizarse sus esperanzas--, acababa por perderlo todo, Lewis volvía á su refugio de la cumbre, llevando una existencia de cenobita, en espera de nuevos envíos, cada vez más espaciados y trabajosos. El príncipe le había visitado una vez en esta fortaleza nueva y ruinosa, para invitarle á un largo viaje en su yate. Pero Lewis no quiso aceptar. Debía seguir el duelo con el Casino para recuperar su dinero; tenía la obligación de terminar su obra. La guerra le despertó por unas semanas de esta quimera tenaz. Su hermano había muerto poco antes; pero quedaban sus innumerables sobrinos, jóvenes que habían abandonado los placeres y comodidades de la alta sociedad para ofrecer sus vidas. Unos, pertenecientes á la marina, se embarcaban en buques pequeños, torpederos y submarinos, buscando los mayores peligros; otros ingresaban como oficiales en el ejército de tierra. Hasta una sobrina suya, de precaria salud, había sido condecorada en la línea de fuego por sus abnegaciones de enfermera. --Y yo, miserable egoísta--decía al hablar con el coronel en el Casino--, soy simplemente un jugador en Monte-Carlo. Debería ir allá, donde están los hombres; pero no puedo... ¡no puedo! Mi vida terminó; soy un muerto que come y duerme para seguir jugando. ¡Y pensar que algunos parientes más viejos que yo están en el ejército!... A los cincuenta y cuatro años, la conciencia de su decaimiento moral y las continuas pérdidas habían agriado su carácter. Además, en las tardes de mala suerte, visitaba con frecuencia el -bar- del Casino, buscando la inspiración en una serie de -whiskys- tomados de pie y á toda prisa. Fornido, algo cuadrado, con la cabeza pequeña, los ojos intensamente azules, el bigote rubio y canoso, Atilio le encontraba cierta semejanza con un jabalí, tal vez por su acometividad y aspereza en momentos de mal humor. Jugaba con la cabeza hundida entre los hombros, las fuertes manos sobre la bayeta verde, sin mirar á nadie, sin permitir que nadie le hablase, pues esto desorientaba sus combinaciones. En los días nefastos, al discutir con los empleados ó sus vecinos de mesa sobre una jugada dudosa, las cóleras de Lewis alteraban la calma discreta de los salones. Insultaba á los -croupiers-, invitándoles á salir á la plaza, mientras distendía sus bíceps de boxeador; era preciso llamar á uno de los altos directores para que le apaciguase con todas las reflexiones paternales que merece un cliente asiduo. Este hombre, que en su juventud no había creído en Dios ni en el diablo, vivía sometido á supersticiones que regocijaban á Castro. Odiaba á los rostros desconocidos, por estar seguro de que ejercían sobre él una influencia maléfica. Bastaba que viese uno al otro lado del tapete verde ó detrás de su asiento, para que empezase á rugir por lo bajo, hasta que al fin se ponía de pie, trasladándose al -bar-, seguro de que un -whisky- á tiempo cortaría la mala suerte. Su camarada íntimo, el único que podía vivir con él varios días seguidos, era un conde francés, más viejo que Lewis, y al que se designaba únicamente por su titulo, como si no tuviese apellido, como si fuese «el conde» por antonomasia. Este no jugaba nunca, pero ¡sabía tanto, á pesar de que muchos le tenían por loco!... Treinta años antes había salido un día de su casa en París, diciendo que iba á comprar tabaco, y aún no estaba de vuelta. Su mujer había muerto sin verle, y sus hijos, con un sinnúmero de nietos nacidos y crecidos durante su ausencia, deseaban que nunca acabase de hacer su compra. Mientras Lewis jugaba, el conde, sentado en un diván, leía plácidamente algún volumen, sin prestar atención á la curiosidad del público, que se fijaba en su gran cabellera blanca echada atrás, sus bigotes enormes y alborotados, sus ojos redondos, verdes y fosforescentes como los de un pajarraco nocturno. Castro sentía excitada su curiosidad por los libros del conde. Eran siempre volúmenes nuevos, de los que no se ven en ninguna librería, publicados por editores de ignorada existencia; concienzudos tratados sobre los néctares y ambrosías de la vida contemporánea (opio, cocaína, morfina, éter), formularios para entrar un relación directa con las potencias misteriosas (espíritus, larvas y diablos familiares), viejos libros de magia puestos al día por brujos modernos. No se dignaba dar consejos á su amigo sobre el juego: su pensamiento estaba puesto en cosas de mayor alcance; pero Lewis se creía más seguro cuando, al levantar sus ojos, lo encontraba leyendo en un rincón. Estando él allí, siempre ganaba, ó á lo menos no perdía. Su presencia era suficiente para conjurar el poder nefasto de los infinitos enemigos que el inglés presentía en torno de la mesa. Además, estaba enterado de lo que acariciaba el conde con una mano oculta mientras continuaba su lectura. Al sufrir sin interrupción varios días de pérdida, Lewis se mostraba suplicante: --Conde, -my dear- conde, ¡si quisiera usted prestarme el rosario de Satán!... El sabio personaje parecía dudar. Pero como se lo pedía su mejor amigo, entregaba el rosario, dejando una de sus manos sin empleo; un rosario como todos, pero de gruesas cuentas rojas y con los dieces negros. Lo más importante era el grupo de objetos que colgaba en el lugar de la ausente cruz: un elefante de marfil adquirido por el conde en la India, una moneda auténtica del emperador Constantino encontrada en unas excavaciones en la Anatolia, y un falo de oro con un resorte engendrador de viles contorsiones. La mala suerte quedaba vencida. Algunas veces había perdido Lewis mientras pasaba ocultamente las cuentas del diabólico rosario por debajo de la mesa; pero siempre perdía menos que cuando estaba privado del maravilloso talismán. El sólo quería acordarse de una tarde en que, ayudado por esta joya impúdica y sacrílega, llegó á ganar ochenta mil francos. Si la ganancia se cortó, fué por culpa del conde. Era infiel como una mujer coqueta; desaparecía de pronto, repitiendo la misma fuga inexplicable con que había asombrado á su familia. A Lewis no lo abandonaba para comprar tabaco; pero los libros recién adquiridos hablaban de un narcótico empleado en Asia que hacía ver el porvenir, de una gitana de Granada que podía matar á las personas con solo el deseo y unas palabras misteriosas, y allá se iba, bajo la fe de anónimos autores que nunca habían salido de París. Jamás le faltaba dinero para estos viajes misteriosos; sin duda su familia tenía interés en mantenerlo lejos. Tardaba en reaparecer tres meses ó cinco años; hasta que el público rumor hacía saber á Lewis que su amigo vivía en Cannes ó en Niza, y le enviaba carta tras carta, invitándolo á trasladarse á Monte-Carlo. Hasta iba en busca suya, y el conde se dejaba traer, con sus libros de misterios y su prodigioso rosario, sin hablar una palabra de lo que había descubierto en sus viajes. Al ver el príncipe á Lewis después de dos años de ausencia, tuvo que disimular su triste sorpresa. Sólo los ojos, claros, reposados y dulces, recordaban la perdida frescura del -gentleman- elegante y vigoroso. Había adelgazado de un modo alarmante, con un enflaquecimiento de enfermedad. Su cráneo parecía haberse empequeñecido, y sobre su calvicie se desplomaban como ruinas algunos mechones cenicientos y espaciados. Una observación del coronel renació en su memoria. Toledo había estudiado la decadencia de los jugadores. Así como iban llegando á los últimos límites del desaliento y la desesperación, se encogían y arrugaban. Su sombrero se hacía más grande: cada día bajaba más, hasta descansar en las orejas; el cuello de la camisa se dilataba igualmente, como si fuese á dejar escapar un pecho angustiado. Durante el almuerzo, Lewis, Castro y Spadoni sostuvieron la conversación. Hablaron del juego y del Casino, pero nadie se atrevió á preguntar al inglés si había ganado. Temía supersticiosamente esta pregunta, como algo que llamaba á la desgracia. En cambio, habló de la fortuna de los otros, de las grandes ganancias conseguidas en una noche. Guardaba en su memoria todo lo que le habían contado ó lo que él había creído ver durante veinticinco años de vida en Monte-Carlo. Un americano se había ido con un millón; un inglés había ganado diez mil libras esterlinas con cinco luises prestados... Así continuaba relatando los prodigios vistos en el Casino. ¿Y aún había quien aseguraba que todos, absolutamente todos los jugadores acaban fatalmente por perder?... El pianista escuchaba con ojos de asombro y de codicia los relatos del «Decano». Castro se mostraba más escéptico. Había oído contar estas ganancias inauditas y otras muchas, pero sin presenciar una sola de ellas, y eso que llevaba también bastantes años viniendo á Monte-Carlo. Era verdad que había visto ganar en una noche hasta quinientos mil francos... Pero al día siguiente cambiaban las cosas, y el triunfador perdía lo ganado y además lo suyo, teniendo que pedir el viático de costumbre para volverse á su país. --Yo creo--dijo--que todas esas historias las inventa la sección de propaganda del Casino. Me han contado que tiene á sueldo un novelista de folletón, el cual debe lanzar todas las semanas un cuento de esta clase para enardecer á los jugadores. Acogió el príncipe con una sonrisa la invención de su amigo, pero Lewis no aceptaba paradojas en asuntos tan respetables, y gritó que todo lo que él contaba lo había presenciado. Mentía sin darse cuenta al hacer esta afirmación. En realidad, había visto lo mismo que Atilio: grandes ganancias seguidas de pérdidas mayores; pero experimentaba la necesidad de lo maravilloso, y estaba dispuesto á creerlo todo de antemano. Tenía el alma del fanático, que cuando le cuentan un milagro afirma á los pocos días con sinceridad: «Yo lo vi con mis ojos.» Repetidas veces espió el príncipe á Castro, esperando sorprender en él una mirada irónica, algo que le revelase sus impresiones acerca de la visita que había recibido en la mañana. Pero la presencia de Lewis parecía haber borrado en él todo recuerdo que no tuviese relación con el juego. Al terminar el almuerzo hablaron en el -hall-, mientras tomaban el café, de los que jugaban más fuerte en las salas privadas. El nombre de algunos era pronunciado con respeto, como si fuesen maestros dignos de admiración. --Ese sabe jugar--decían como único comentario. Lo gracioso para Miguel era que Lewis también figuraba entre los maestros que «sabían jugar», y todos ellos perdían, lo mismo que los ignorantes. Su único mérito estribaba en ir retardando el momento de la ruina final, en prolongar la anonadadora emoción, envejeciendo como prisioneros á la sombra de los peñones del principado. Miró á Castro una vez más, como á un enemigo astuto que disimula su pensamiento, y se aventuró á hacer una pregunta: --Y mi parienta la de Delille, ¿cómo juega? Atilio fijó los ojos en él sin malicia alguna, extrañándose del interés que mostraba por la duquesa; pero no pudo hablar, pues se le adelantó Lewis. Odiaba á las mujeres, especialmente en la mesa de juego. Sólo servían de estorbo, interrumpiendo con sus gestos y sus nerviosidades las meditaciones de los hombres. --Juega como una bestia--dijo con brutalidad--, juega como una mujer... ¡El dinero que lleva perdido tontamente!... Castro intervino, como si quisiera evitar que esta conversación se prolongase. --¿Y el conde?--preguntó á Lewis--. ¿Dónde esta? El coronel se interesa mucho por él. Don Marcos lanzó una exclamación de asombro y de reproche. Tenía su opinión formada desde mucho antes sobre el tal personaje. ¡Un demente!... No podía olvidar su breve diálogo una tarde en el Casino, después que Atilio los presentó á los dos. Al conocer la nacionalidad de Toledo había hecho grandes elogios de su país. ¡Oh, España! ¡Su lengua interesante! Y cuando el coronel iba á agradecerle tanta amabilidad, quedó estupefacto y con el aliento cortado. --Porque usted debe saber, indudablemente, que el español es la lengua usual del diablo, después del latín. En español están escritos los más poderosos conjuros. ¡Oh, los nigromantes de Toledo! ¡Los sabios brujos de Salamanca! El viejo soldado de la tradición se alteraba al recordar al conde y su rosario. Por esto, cuando Lewis declaró que no sabía nada de su amigo, repuso seriamente: --Yo sé dónde está: en una casa de locos. Sonó de pronto el estrépito de un tren que pasaba ante Villa-Sirena con acompañamiento de gritos y silbidos. Más ingleses que iban á Italia. Esto les hizo ocuparse de la guerra. Lewis, que había bebido mucho en la mesa, recordando al hablar del juego la inutilidad de su vida, cayó de pronto en una tristeza densa, de ebrio melancólico y digno. --Dos sobrinos míos murieron en la batalla naval de Jutlandia. Seis hijos de mi hermano han muerto en Francia en una sola tarde: pertenecían al mismo batallón. Todos jóvenes, animosos, deseando hacer algo. Y yo soy el único varón que queda en la familia; soy el inútil, el viejo, el que no sirve para nada. ¡Ah, miseria!... Todos callaron, comprendiendo que la desesperación y la vergüenza de este hombre, que parecía llorar sobre las ruinas de una vida sin objeto, exigían el silencio. Novoa movió la cabeza como si aprobase sus palabras. --Mi familia ha terminado. ¡Tantos jóvenes que había en ella!... La vida es rara. Transcurre el tiempo sin que surjan sucesos extraordinarios, y de pronto, las horas valen meses, los días son años, y pasan en unos minutos cosas que en otras ocasiones necesitarían siglos. ¡Todos muertos! Sólo queda mi sobrina Mary, la enfermera. Está aquí; la han enviado sus jefes casi á la fuerza para que descanse y se reponga. Pero se escapa á Mentón, á Niza, allí donde hay heridos, queriendo reanudar su servicio. ¡Si á lo menos se casase!... Mas no: morirá como los otros. Y yo quedaré solo, y seré lord, el tercer lord Lewis: lord Lewis el historiador, lord Lewis el gobernador colonial, y lord Lewis el inútil... Aquí intervinieron todos con una protesta afectuosa. Sus desgracias de familia eran enormes, pero no debía atormentarse de tal modo. --Con su permiso, príncipe--dijo el inglés, desviando la conversación--, un día traeré á mi sobrina para que conozca sus jardines. ¡Ama tanto estas cosas! Es la única de la familia que ha heredado el alma de mi padre. Después de esto, Lewis mostró deseos de marcharse. Necesitaba olvidar, y sabía dónde le esperaba el olvido. Sus pies de jugador sintieron el mismo irresistible deseo de actividad que los del ebrio cuando piensa en el mostrador del -bar-. Castro y Spadoni cruzaron con él varias miradas. --¿Si fuésemos á dar una vuelta por el Casino?--propuso uno. Y los tres desaparecieron. El coronel también se fué, y el príncipe pasó el resto de la tarde conversando con Novoa, paseando por sus jardines, viendo la puesta del sol, y finalmente leyendo en el -hall-, al pie de una lámpara que extendía su enorme pantalla rosa sobre una alta columna. Castro llegó solo, mucho antes de la hora de la comida. Estaba triste; silbaba, y su sonrisa era un rictus hostil. ¡Mala tarde! Lo había perdido todo. Al día siguiente tendría que solicitar un nuevo préstamo de su pariente para volver al «trabajo». Miguel sintió otra vez la necesidad de hablarle de la visita de la mañana. Era mejor una explicación franca que evitase alusiones é ironías. --Sí, la he visto--dijo Castro--. Os seguí desde una ventana cuando paseabais por los jardines. Le miró el príncipe, asombrado de su laconismo. ¿Esto era todo lo que se le ocurría decir? Ahora hubiese preferido sus burlas. --¿Qué tiene de particular que haya venido?--dijo al fin con brusquedad--. Es natural; ¡pobre mujer! Te advierto que has empezado por conquistar á una enemiga. Se había encontrado en el Casino con «la Generala». Ella y Alicia acababan de reconciliarse una vez más, y para afirmar con una confidencia íntima la amistad rehecha, la de Delille le había contado su entrevista con el príncipe. --Doña Clorinda, que no te podía ver, por considerarte un frívolo, un vago pernicioso, hace de ti los mayores elogios, á causa del perdón de esa deuda enorme y de tu propósito de ayudar á la duquesa. Dice que eres un caballero digno de otros tiempos, un gran corazón... Miguel encogió los hombros. ¡Lo que le importaba á él la tal doña Clorinda!... Esto exasperó á Castro. --¿Por qué no había de venir aquí tu parienta?--dijo con aspereza--. Tú te aburres entre hombres; no lo crees, pero es así. A todos nos ocurre lo mismo. Resulta necesario hablar de vez en cuando con una mujer, aunque sea únicamente por amistad. Lo que tú pretendiste al llegar de París es imposible. --¿Crees acaso que voy á enamorarme de Alicia? Y el príncipe rió largamente, como si no se cansase de celebrar lo absurdo de tal suposición. --Eso tú lo sabrás--contestó Atilio--. Lo que yo digo es que no podemos ser por mucho tiempo los enemigos de la mujer. Mira al coronel; es tu «chambelán», tu ayudante, el hombre que te obedece ciegamente. Pues hasta ese te abandona. Fíjate: siempre que puede, vive en el pabellón de la portería. Necesita hablar con la hija del jardinero, una mocosa que él ha visto andar á gatas, pero que ya tiene diez y seis años y no ofrece mal aspecto. Trabaja en una sombrerería de Monte-Carlo, y sigue las modas lo mismo que una señorita. El coronel cuida de la renovación de sus zapatos de altos tacones, de sus faldas cortas, de sus boinas y sombreritos, de sus collares de falso ámbar. En esto emplea todo el dinero que tú le permites que tome como recompensa. A veces la sigue de lejos por las calles, admirando su contoneo provocativo, sus pantorrillas al descubierto, siempre con medias de seda... Cultiva pacientemente su jardín. Sonríe como un imbécil al pensar en su futura cosecha. VI Un domingo, al levantarse de la cama, el príncipe sintió deseos de cantar. Tal vez fué por seguir maquinalmente á unos pájaros que desde la salida del sol estaban gorjeando en los aleros de Villa-Sirena, engañados por la tibieza de un día primaveral en pleno invierno. Miró por una ventana de su dormitorio. El Mediterráneo, sin una sola vela, se extendía, largamente ondulado, hasta juntarse con el cielo. Las gaviotas volaban en círculos, desplomándose á continuación con las alas encogidas para dejarse llevar por las aguas. Los fondos de arena removidos por las corrientes aclaraban el azul del borde de la costa, dándole un tono opalino de ajenjo. En torno del promontorio hervían las espumas, blancas, luminosas, incesantemente renovadas, entre las cabezas de los escollos. El príncipe oyó voces encima de él. Castro y Spadoni se hablaban de ventana á ventana. La precoz belleza del día les había hecho saltar del lecho con misterioso aviso. Admiraban el cielo, sin un vapor que enturbiase las distancias. Las montañas habían adquirido un relieve extraordinario: parecían más grandes y más próximas. Por encima del Cap-Martin descendían los Alpes italianos, y en sus últimas estribaciones, á ras del agua, blanqueaban las poblaciones fronterizas: Vintimiglia y Bordighera. Por un capricho atmosférico, flotaba en mitad del cielo sereno una nube compacta, alargada, semejante á una isla cubierta de nieve. Su blancura parecía irradiar una luz interior. --La conozco--dijo Atilio con acento de convicción al músico, que no se cansaba de admirarla--. La he visto muchas veces. Cuando el día se muestra demasiado limpio, los directores del Casino temen que la clientela se aburra de tanto sol, de tanto azul: azul en el mar, azul en el cielo. «Que suelten la nube grande», ordenan por teléfono. Habrá usted reparado que esa nube siempre aparece por detrás de las montañas. Es donde el Casino tiene sus almacenes. Aquí no perdonan detalle para entretener á los parroquianos. Miguel oyó dos mugidos: uno de sorpresa, otro de indignación. Luego el ruido de una ventana al cerrarse. El pianista, molestado por esta broma matinal, volvía á su lecho para dormir hasta la hora del almuerzo. Apresuró el príncipe sus operaciones de limpieza. Sentía la necesidad de salir, como si sus jardines le pareciesen estrechos. A lo lejos sonaban las campanas de Monte-Carlo, más lejos aún respondían las de Mónaco, y este repiqueteo hacía vibrar la frágil y clara atmósfera como una copa de cristal. Bajó las escaleras lentamente, procurando no hacer ruido, y al llegar á la verja respiró satisfecho. No había encontrado á ninguno de sus compañeros, ni siquiera al coronel. Quería marchar solo hacia la ciudad, como si le atrajese la alegría matinal del domingo, que se convierte al llegar la tarde en tedio abrumador. Fuera de la verja le saludó una muchacha que esperaba el paso del tranvía. Era pequeña, pero sus pies estaban montados en violento ángulo sobre unos zapatos de tacones agudos. Su falda apenas pasaba de la rodilla, dejando al descubierto unas medias bien repletas de carne transparentada por el fino tejido. Sobre su jersey de seda color salmón ostentaba un collar de enormes cuentas de falso ámbar. El pelo, cortado en forma de melena de paje, se ahuecaba bajo una graciosa boina de terciopelo. El profundo respeto con que le saludó hizo que la reconociese: la hija del jardinero. Pero al mismo tiempo le miraba hipócritamente, con una curiosidad mal disimulada, como si sus pupilas estableciesen una separación entre el amo venerado por sus padres y el buen mozo al que adoraban las mujeres y del que había oído contar tantas cosas. El príncipe siguió adelante, después de saludarla como á una señorita de su mundo. Estaba alegre esta mañana, y rió en su interior al pensar en lo que daría que hacer á los hombres, más adelante, este capullo de malicias y ambiciones. Luego se acordó de don Marcos y de lo que le había contado Atilio. ¡Pobre coronel! ¡Meterse, con sus años, á domador de fierecillas!... Caminó ligeramente hacia Monte-Carlo. Pasaba ante las «villas» y los jardines como si sus pies tomasen nuevo impulso al tocar el suelo, como si en la atmósfera primaveral se hubiesen disminuído las leyes de la gravedad. 1 - - , , 2 . ; 3 , . . . . ; 4 : . 5 ; . . . 6 . . 7 . , 8 « » . ; 9 : . 10 , ; ¡ , 11 ! . . . , ; 12 , 13 . , 14 , , . 15 , 16 . , . . . 17 , . ¡ 18 ! 19 20 - - - - . 21 22 , 23 . 24 25 - - ; ¿ ? , , ¿ 26 ? . . . 27 : . ; , 28 , , ; 29 , . . . 30 . . . ¡ ! 31 32 33 . 34 35 - - - - - - , ¿ 36 ? 37 . . . . 38 39 « » , 40 « » . 41 42 - - ; . 43 . - : 44 . 45 ¿ ? 46 47 . ¿ 48 ? ¿ , 49 ? 50 51 - - ¡ ! - - - - . . 52 . 53 . . . 54 . 55 56 , . 57 58 . . , 59 , , 60 , 61 . 62 63 - - ¿ ? 64 65 , , 66 , 67 . 68 : 69 . 70 71 - - , . . . 72 . , 73 . 74 75 , 76 , . 77 78 - - ; , 79 . 80 81 , 82 , 83 . 84 85 - - - - - - . ¡ , ! 86 « » , 87 . 88 89 - - ¡ ! ¿ ? ¡ ! . . . 90 91 - - . , 92 . 93 . . . . . 94 95 ¿ ? . . . ; 96 . 97 98 . 99 : 100 . 101 102 - - , ¿ ? . . . . 103 104 - - , - - . 105 106 , 107 . ¡ , 108 , 109 , ; 110 ! . . . , : 111 . , 112 , , 113 . 114 115 , 116 . 117 118 - - , ; , ¿ ? 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