--He malvendido, he tomado el dinero que quisieron darme, sin poner
atención en las condiciones. Todas mis joyas se fueron; unas las vendí
en París, otras aquí mismo... Tú dices que estás arruinado. No; tú no
sabes lo que es eso: yo sí que lo sé. Mi naufragio es más antiguo que
el tuyo; mi buque era mas pequeño... No quiero fatigarte con la relación
de mis pobrezas. Ya no tengo casa en París. Unicamente si mis negocios
se arreglasen volvería allá. No tengo más casa que la de aquí, una
«villa» que compré en mis buenos tiempos. No sonrías; está hipotecada
dos veces: cualquier día me echarán de ella. La tal casa era muy
agradable en otros tiempos, cuando yo tenía dinero; ¡pero ahora, con las
escaseces de la guerra!... No hay carbón, la leña es cara; por las
noches hace frío, y se necesita gastar una fortuna para que funcione el
antiguo calorífero. Además, no tengo más servidumbre que mi antigua
doncella, el jardinero y su mujer, que se ocupa de la cocina. Por eso
todas las piezas están cerradas, y Valeria y yo hacemos nuestra vida en
dos habitaciones del primer piso. Allí comemos, allí dormimos... Valeria
es una muchacha de París, una señorita que yo protejo. ¡Figúrate si será
pobre para que yo la proteja!
--Pero tú juegas--dijo el príncipe.
Ella pareció escandalizarse de estas palabras, que sonaban como una
recriminación.
--Juego; ¿qué quieres que haga? Necesito defenderme, ganar mi vida, ¿y
de qué otro modo puede ganarla una mujer como yo?... Sé lo que vas á
decirme: que he perdido mucho. Cierto; mi collar de perlas, el
verdadero, lo vendí aquí, y muchas otras joyas; he perdido grandes
cantidades, de las que no quiero acordarme... Pero entonces no sabía lo
que sé ahora... ¡ahora precisamente que tengo poco dinero para jugar!
Lubimoff sintió asombro ante la fe con que hablaba esta mujer de sus
conocimientos actuales.
--Además--continuó con tristeza--, ¿qué sería de mí si me faltase el
juego? Tú no debes haber olvidado cómo era yo cuando nos vimos la última
vez. No te pasarían inadvertidos ciertos gustos...
Se acordó Miguel de la invitación «á la pipa», de aquel perfume que
llenaba el «estudio» del palacete de la Avenida del Bosque.
--Todo aquello se acabó; el juego y otra cosa me lo hicieron abandonar.
Ahora lo recuerdo con desprecio. Por eso vivo en Monte-Carlo: tengo la
corazonada de que la suerte volverá á buscarme aquí y no en otra parte.
¿Tú no juegas?
Se irritó Miguel ante esta pregunta. ¿No le había dicho que estaba
arruinado? ¿Iba á imitarla á ella, que empeoraba su situación perdiendo
los restos de su fortuna?
--¡Arruinado!--exclamó Alicia--. Tu mala época no puede ser larga. Eso
de Rusia acabará por entrar en orden. Las grandes naciones tienen allá
muchos intereses para no preocuparse de arreglarlo todo... Lo mío es lo
que no se compondrá en mucho tiempo. No me queda otra esperanza que
poder dar un golpe en el Casino de doscientos mil ó trescientos mil
francos, y con esto esperar á que cambien las cosas.
El príncipe se encogió de hombros. Conocía á los jugadores. Esta mujer,
dominada por su quimera, iba á olvidar el objeto de su visita, divagando
sobre los caprichos posibles de la suerte, como Spadoni ó como el mismo
Castro.
--¿Y qué deseas de mí?
Alicia pareció despertar, y otra vez su sonrisa fué audaz y graciosa,
como al principio de la entrevista, una sonrisa de solicitante que llega
con la firme voluntad de conseguir lo que quiere. Ya había dicho en el
primer momento cuál era su pretensión: que no la molestase más el
apoderado del príncipe por aquella deuda olvidada.
--La pagaré algún día, si puedo... Lo más seguro es que no la pague
nunca. Dala por perdida, y dile á ese señor antipático que no me escriba
más.
Miguel, seducido por la sencillez con que esta mujer emitía su enorme
deseo, imitó el tono de su voz.
--Está bien; se le dirá á ese señor antipático que no te moleste, que se
olvide de ti.
Y rió como un niño, sin fijarse en que se trataba de sus propios
intereses, pensando únicamente en la cara que pondría su grave apoderado
al recibir tal orden.
--Siempre te he creído bueno y generoso--dijo ella--. ¡Gracias, Miguel!
Algunas veces he discutido con «la Generala» acerca de ti, para hacerla
comprender que eres un hombre de corazón.
--¡Ah! ¿Doña Clorinda es enemiga mía? ¡Si no la he visto nunca!...
--Es una mujer rara. Para ella, todo el que se divierte y no hace cosas
grandes es un hombre antipático. Precisamente nos peleamos ayer para
siempre. No hablemos de ella. Tengo algo más que pedirte...
¿Más?... El príncipe la miró con asombro; pero Alicia se apresuró á
decir que era un consejo lo que solicitaba.
La guerra había trastornado su existencia con una rapidez asombrosa. Los
valores sociales estaban invertidos: las fortunas que parecían más
sólidas se venían abajo.
--Esto pasará, ¿no es cierto?... Es imposible que dure.
--Sí, es imposible--dijo él con gravedad.
A los dos les parecía vivir en otro mundo, rodeados de las incoherencias
de una pesadilla. ¡Ellos teniendo que preocuparse del dinero, que había
sido hasta entonces algo natural en su existencia, como lo es para todos
el sol, el aire ó el agua; viéndose obligados á perseguirlo en su fuga
por caminos que desconocían!... No, esto no era lógico: un breve
capricho del destino. Sus vidas volverían á ser como antes, con la
regularidad de las leyes naturales, que parecen desviarse un momento,
pero tornan al fin á su ordenado curso.
Más necesitada y más vieja en esta vida de apuros económicos, ella no
podía imitar la calma con que aceptaba Lubimoff su momentánea ruina.
--Pasará, es seguro; pero mientras tanto, ¿cómo puedo vivir?... Acabas
de librarme de una congoja moral con el olvido de esa deuda. Te lo
agradezco. Pero yo necesito trabajar, ¡yo quiero ganar dinero! ¿Qué me
aconsejas?...
El quedó estupefacto. ¿A qué trabajo podía dedicarse Alicia?... Su
pregunta era para ser contestada con una risa. Pero ella estaba frente á
él, grave, convencida de su voluntad para el trabajo, y esperando el
luminoso consejo, como si de él dependiese su destino.
Afortunadamente, la misma Alicia, no pudiendo sufrir este silencio,
empezó á exponerle sus propias ideas. El revoltijo presente justificaba
las más desatinadas resoluciones. Una gran señora podía adoptar medios
de existencia que años antes hubieran provocado escándalo. Ella conocía
en Niza muchas damas rusas que daban grandes fiestas en sus salones
antes de la guerra, y ahora, caídas en la pobreza, se ingeniaban para
ganarse el pan á su modo. Una iba á abrir una tienda de sombreros,
contando con sus antiguas amistades para formarse una clientela. Otra
había convertido su «villa» del Paseo de los Ingleses en casa de
huéspedes. Sólo quería admitir personas distinguidas, militares de los
países aliados, pero de coronel en adelante. Trataría á sus pensionistas
como visitas, con toda la distinción de una gran señora que recibe;
solamente que ahora sus días de recepción iban á ser todos los de la
semana.
--¿Qué te parece si yo convirtiese mi «villa» en casa de huéspedes?...
¿Podrías tú ayudarme con algún dinero para renovar muebles y lo que
hiciese falta?... Huéspedes de marca nada más: generales, embajadores
retirados que vienen en busca de sol...
El príncipe contestó con una carcajada.
--¡Pero estás loca!... Te harían todos la corte. A las pocas semanas, tu
establecimiento sería un infierno.
Alicia no insistió, encontrando muy justa la observación. La rusa de
Niza era vieja y horrible comparada con ella. Además, le parecía regular
y lógico que todos los huéspedes se enamorasen de su persona.
«La Generala» le había sugerido otro proyecto. Podía instalar en
Monte-Carlo una casa de té, muy elegante. El atractivo de verla á ella
en el mostrador haría correr á la gente. Para esto necesitaba también el
apoyo de una capitalista.
Otra risotada de Lubimoff.
--¡El té de la duquesa de Delille!... Sería gracioso: pero una vez
agotada la curiosidad, no tendrías otros parroquianos que los que se
interesasen por tus gracias. No; eso no es negocio.
Ella mostró un desaliento algo cómico; ¿qué hacer?... Una señora deseosa
de trabajo no encontraba ocupación en este mundo dirigido y acaparado
por los hombres. Sólo le quedaba como recurso el juego. Era un placer
emocionante que lo hacía olvidar sus preocupaciones, y al mismo tiempo
una esperanza. Diariamente abría con el juego una ventana á la Fortuna,
por si se dignaba acordarse de ella. ¡Quién sabe si alguna tarde
plegaría sus alas de oro sobre una mesa del Casino, dejándose acariciar,
como un águila domada, por las finas manos de Alicia!...
--En los primeros meses de la guerra--continuó--no necesitaba
distracciones; tenía bastante con la realidad de los acontecimientos.
¡Las angustias que he pasado!... Pero á todo se acostumbra una; las
mayores emociones, al prolongarse, acaban por ser monótonas. No siempre
se puede estar con los nervios en tensión. ¡Y esta guerra es tan
larga... tan aburrida! Podía haber apelado á la caridad para distraerme;
entrar en un hospital, cuidar heridos. Pero nunca he sido hábil para
estas cosas, y no quiero servir de estorbo, por pura vanidad, como otras
muchas... Además, estamos acostumbradas á mandar, á ser las primeras, y
por grande que resulte el espíritu de sacrificio, acaba una por
marcharse, no pudiendo sufrir el verse mandada por mujeres más hábiles,
más útiles, pero que hasta ahora han sido inferiores á nosotras... Ahí
tienes á Clorinda: los dos primeros años fué enfermera; estaba de lo más
hermosa é interesante con su vestido blanco y su capita azul. Ella se
siente atraída por todas las cosas grandes: heroísmos, sacrificios,
etcétera; pero acabó peleándose con sus superiores y renunció á su bello
papel.
Alicia, con la mirada y el gesto, parecía apiadarse de su inutilidad.
--¿Qué podía hacer yo? Cada vez era mayor mi ruina. En París me
molestaban de cerca mis acreedores; por eso me vine á Monte-Carlo, y
jugué para distraerme y para vivir. «Hay el amor», me decía un viejo
académico amigo mío, con intenciones egoístas, para ser el primero en
aprovecharse del consejo. ¡Imagínate tú: el amor-pasión, el amor
generoso, como único remedio de las tristezas de la vida, y á estas
horas! ¡Ojalá pudiera ser!... Pero me siento vieja; yo tengo dos mil
años... Tú eres más joven, pero cuentas siglos también. ¡El amor á
nosotros!...
Lubimoff sonrió al principio del tono de ironía y desengaño con que
hablaba ella. Sí; eran muy viejos. Los grandes remedios, útiles para la
mayoría de la humanidad, no obtenían ninguna influencia sobre ellos, que
estaban como anestesiados por la hartura y el cansancio... De pronto, un
deseo indiscreto conmovió al príncipe. Quiso aprovechar esta ocasión
para hacer una pregunta que se le había ocurrido varias veces.
--Pero tú--dijo con una franqueza varonil, como si Alicia fuese un
camarada--, tú crees aún en el amor. Me han hablado de un muchacho, casi
un niño, que llevabas á todas partes antes de la guerra. Realmente
empezamos á ser viejos--añadió sonriendo--, y sentimos necesidad de
rozarnos con la juventud... ¿Era tu amante?... ¿Es él quien motiva tus
preocupaciones?
La duquesa palideció ante estas preguntas, mostrándose indecisa. Luego
quiso hablar. Se notaba en ella el apresuramiento del que desea
sincerarse; pero á su palidez sucedió una oleada de rubor. Por dos veces
quiso decir algo, y al fin hizo un esfuerzo para contener sus palabras,
sonriendo con una malicia forzada.
--No hablemos de eso. Que cada cual guarde sus secretos.
Y para que el príncipe no reincidiese en su curiosidad, siguió
ocupándose del juego. Pero él no la escuchaba, sumido en sus
pensamientos. Había acertado; aquel efebo era su amante, y sufría por
él. Tal vez estaba herido ó prisionero. Este era el gran obstáculo que
se oponía á su viaje, lo que la tenía inmovilizada en Europa, por esa
superstición que nos hace creer que permaneciendo cerca podemos conjurar
mejor el peligro. ¡Y parecía muy enamorada!... Aquí el príncipe hizo
mentalmente una serie de exclamaciones.
¡Cerca de los cuarenta años, con un pasado que era toda una historia,
sentir esta pasión tan vehemente, tan juvenil!... ¡Creer todavía en el
amor!
Miguel la miró con unos ojos que casi eran de odio. Le molestaba su
apasionamiento por el muchacho, sin acertar á definir el motivo; tal vez
por la indignación que inspiran las gentes aferradas á los errores
nefastos, aceptándolos como verdades consoladoras. Lo cierto es que le
molestaba la conducta de ella.
Y esta repentina animadversión contra Alicia acabó por hacer que se
fijase otra vez en lo que estaba diciendo.
--¡Si tuviese el mismo dinero que antes, cuando tu madre vivía aún, y
nos encontrábamos en Monte-Carlo!... Pero entonces yo no sabía lo que sé
ahora. Jugaba por aturdirme, por saborear la emoción de la pérdida, que
en realidad no me afligía mucho. Sólo apuntaba con placas de mil
francos. Creía denigrante tocar otras con mis manos, y además nunca las
arriesgaba solas. Siempre las ponía formando columna.
--¿Cuánto llevas perdido?...
Ella encogió los hombros, haciendo un mohín desdeñoso:
--¡Quién puede saberlo!... Vengo aquí hace más de doce años. Ni los del
Casino llegarían á calcular el dinero que les he dado. Antes no llevaba
yo cuenta alguna; cuando me hacía falta dinero telegrafiaba á París.
Además tenía á tu madre, tenía á la mía, que acababa por ceder á mis
peticione. No quiero saber cuánto he perdido: me daría rabia... Deben
ser millones.
La sonrisa de conmiseración con que la escuchaba Miguel pareció
enardecerla.
--Pero entonces yo no sabía... Ahora necesito ganar, y juego de otro
modo. Lo que me falta es capital. ¡Si yo tuviese capital para
trabajar!...
Esta última palabra convirtió la sonrisa de él en franca carcajada.
«¡Trabajar!...» Pero la duquesa siguió hablando seriamente de su
«trabajo». Lamentaba la escasez de sus medios. Unos treinta mil francos
era el único capital de que podía disponer. A veces disminuía de un modo
alarmante: los treinta mil bajaban á ser una simple unidad. Luego
resurgían los ceros, y el producto del «trabajo» se hinchaba, iba
subiendo más allá de los treinta mil; pero como si esta cifra resultase
fatídica para Alicia, la ganancia volvía á descender al nivel ordinario.
--Anoche estuve de suerte: llegué á ganar catorce mil francos. Pero la
semana pasada fué mala. Total, que estoy siempre en los treinta mil:
imposible ir más allá. Y es que no me arriesgo, tengo miedo, y no
aprovecho las buenas series como deben aprovecharse, doblando, siempre
doblando. Temo que un golpe se lo lleve todo. ¡Si tuviese capital para
trabajar!... ¡Si entrase en el Casino una tarde con ciento cincuenta ó
doscientos mil francos!... Así hay que ir para dominar á la suerte. Debo
hacer el gran juego... ¡Yo apuntando ahora con fichas de cien francos y
hasta de veinte, como una prestamista retirada!... Por eso la Fortuna no
me reconoce y pasa de largo.
El príncipe movió la cabeza. Se negaba á ayudarla en sus locuras. ¿No
era mejor que guardase esos miles de francos, en vez de perderlos
rápidamente, como le ocurriría el día que menos lo esperase?
--Tú no eres jugador: lo sé--dijo ella--. Nunca te sentiste atraído por
esa voluptuosidad. Por eso ignoras la fuerza misteriosa del juego y das
consejos sobre lo que no entiendes. Si yo dejase de jugar, sentiría
inmediatamente mi miseria; entonces sería pobre de verdad. Mientras
juegas, siempre tienes dinero á mano; ganas, pierdes, pero nunca te
falta lo que necesitas para la vida. Y si pierdes definitivamente,
encuentras lo necesario para recomenzar. Yo no sé como es, pero un
jugador nunca carece de dinero. Una simple moneda rehace su situación en
cinco minutos. El pobre que no juega es el que ve siempre sus bolsillos
vacíos, sin esperanza ni remedio.
Miguel siguió protestando con la mirada. Conocía todo esto: eran las
palabras de Spadoni y del mismo Castro, pero con la fanática certeza de
las mujeres, que llevan siempre á los asuntos de dinero un alma mística
dispuesta á creer en los presentimientos y las influencias misteriosas.
--Para el juego no cuentes con mi ayuda... Además, yo soy pobre. En este
momento el coronel debe tener en su caja menos dinero que tú. Casi
siento la tentación de pedirte prestados tus treinta mil francos.
Los dos rieron ante la idea de este préstamo. ¡Ella que había venido á
suplicarle como deudora!...
--Ignoro lo que podré hacer por ti; no sé cuál es mi situación; pero
haré cuanto pueda. Esperemos; hay que tener paciencia. Estos tiempos no
pueden durar.
--No; no pueden durar.
Otra vez les sorprendió lo extraño de aquella pobreza que había caído
inesperadamente sobre ellos. Pero ¿era lógico que continuase la vida del
mundo con la normalidad de siempre, después de estas anomalías
particulares?...
Se sentían aproximados por la solidaridad de la desgracia: se
encontraban de pronto como hermanos caídos al pie de una cúspide en cuya
altura se habían evitado antes, con irresistible hostilidad, chocando
rudamente.
Miguel experimentaba ahora un motivo de atracción completamente nuevo.
Desde su adolescencia había odiado á la hija de doña Mercedes por su
orgullo, por la superioridad aplastante que conservaba aun en esos
momentos de amor en los que casi todas las mujeres se empequeñecen
voluntariamente para refugiarse, como una esclava feliz, en los brazos
del hombre. Ella sólo sabía dar su cuerpo en forma de limosna altanera,
lo mismo que una diosa.
Y ahora, al verla llegar humildemente, impetrando su auxilio sin el
rencor de la altivez humillada, ocultando su miedo con una alegría de
buena amiga que desea olvidar lo pasado, sintió desvanecerse sus
antiguas prevenciones.
El había sido siempre el protector, el amoroso á estilo oriental,
incapaz de interesarse por otras hembras que las de su harén, que todo
lo deben á su munificencia, desde el chapín á los penachos del turbante,
las joyas que adornan su pecho, las confituras que las nutren, la pipa
que fuman, el instrumento que acompaña sus cantos. No le interesaba
Alicia como mujer. ¡Ni ella ni otra! Pero sentía una simpatía de
compañerismo al verla necesitada de su protección; algo parecido á lo
que le inspiraban Castro, el coronel y los otros habitantes de
Villa-Sirena. Hasta pensó que la desgracia era aceptable, ya que servía
para devolver á las personas su verdadero carácter. Esta Alicia tan
odiosa en su primera juventud, podía llegar á ser una amistad tolerable
ahora que se veía libre de las influencias de la vanidad y de su mala
educación.
Un estrépito de mugidos de vapor, gritos y silbidos cortó sus
reflexiones. Era un tren de soldados que pasaba.
Ella también volvió á la realidad con este incidente. Pareció fijarse
por primera vez en el lujo discreto y sólido de aquella vasta pieza. Se
levantó para ver de cerca algunos cuadros modernos de pintores célebres
que adornaban los muros. Para ella, las firmas de los artistas eran más
interesantes que los lienzos. Valuaba su mérito con arreglo á la fama de
caros que tenían sus autores.
--¡Lo que vale todo esto!--exclamó con admiración.
--¡Con tal que pueda conservarlos!--dijo Miguel escépticamente--. Bien
podría ser que me obligasen á venderlos.
La duquesa, desde una ventana, contempló los jardines, escalonados hasta
el mar. Muchas veces, yendo de paseo con su amiga Clorinda, había hecho
detenerse en el camino al carruaje de alquiler para contemplar las
arboledas de Villa-Sirena. El coronel, tan galante en el Casino, tan
besador de manos, se mostraba intratable, como un dragón guardador de
tesoros, cuando le proponían una visita, aunque sólo fuese á los
jardines. Sin permiso del príncipe nadie franqueaba la verja.
--Y al llegar tú de París, ni siquiera me he aproximado á tu propiedad.
Me dabas miedo. ¡Si hubieses podido ver qué aire de salvaje tenías la
otra tarde! Cree que he necesitado un verdadero esfuerzo para venir...
Pero ahora somos amigos, ¿no es eso? amigos para siempre... Sé galante
con una parienta que viene á visitarte, y enséñame tus dominios.
Lubimoff no pudo ocultar su contrariedad. ¿Qué deseaba ver Alicia?...
¿Iba á examinar á aquella hora matinal las habitaciones, á curiosear en
los dormitorios, á estorbar á Novoa, que tal vez trabajaba en la
biblioteca?... Pensó en la sonrisa irónica de Castro al sorprenderle
guiando por los pisos altos á una mujer. Apenas había entrado una en
Villa-Sirena, empezaban las molestias para su dueño.
Como si adivinase Alicia estos pensamientos, sonrió graciosamente. No
deseaba ver la casa: se contentaba con visitar los jardines.
--Bastante has hecho recibiéndome aquí--continuó--. Conozco la
limitación de mis derechos: estoy en territorio hostil. Esta es la casa
de «los enemigos de la mujer».
El príncipe fingió no entenderla. Alguien había hablado; tal vez era
Castro, que no ocultaba nada á doña Clorinda.
Pasearon por los jardines. Alicia se detuvo ante un pedazo de tierra
cultivada, de la que empezaban á surgir algunas hortalizas.
--¿Aquí es donde tú trabajas? Ya sé que te diviertes cultivando tu
huerta, como otros príncipes rusos hacen zapatos.
¿También esto?... ¡Ah, Castro charlatán!
En el jardín griego, uno de los bancos de mármol sostenido por cuatro
victorias aladas atrajo la atención de ella, haciéndola permanecer
inmóvil y pensativa.
--¿Te acuerdas del «banco de los viejos»?--dijo de pronto.
Miguel no supo qué contestar á esta pregunta; pero pasados unos segundos
se acordó, como si los ojos fijos de ella le sugiriesen la visión de
aquella noche en que la había abandonado brutalmente.
--¡Cómo te burlarías de mí! ¡Qué tonta debí parecerte!... Sí; una tonta
insufrible. Yo era Venus; era el centro del mundo; todo lo existente,
seres y cosas, se había fabricado para mi persona. Tenía por misión
hacer sufrir al mundo mis caprichos, y el mundo debía agradecerme de
rodillas que me fijase en él... ¡Qué quieres! La juventud, el orgullo
pueril de la primavera, que se cree eterna. Y después... ¡después! ¡Si
yo te contase todos mis desengaños, mis dolores, aun en la época en que
no me preocupaba del dinero!... El invierno borra las ilusiones verdes.
--¡Pero tú no eres vieja!--exclamó Miguel--. Todavía inspiras pasiones á
los jóvenes. Te engañas á ti misma ó quieres burlarte de mí. Aún hay
muchos hombres que al verte...
--Tal vez--repuso ella--; pero tú, hijo mío, no estás entre ellos.
Confiésalo: nunca te he gustado.
El príncipe no quiso confesar nada y desvió la conversación. Le
molestaban estas alusiones al pasado. Alicia volvía á serle antipática
cada vez que intentaba resucitar sus antiguas gracias de perturbadora de
hombres.
Vagaron más de media hora por los diversos planos de los jardines. De
vez en cuando, Miguel, al pasar por un claro de la arboleda, lanzaba una
mirada cautelosa hacia la «villa». Nadie en las ventanas; pero él
presintió una agitación interior á causa de esta visita. Le espiaban,
estaba seguro. Atilio, detrás de los visillos, seguía indudablemente sus
paseos entre los árboles. Tal vez Spadoni, que había pasado la noche en
Villa-Sirena, saltaba de la cama, perdiendo dos horas de sueño, para
contemplar esta novedad estupenda. Hasta Novoa habría suspendido su
lectura para mirar hacia el jardín.
Alicia notó esta soledad. Ni invitados ni servidores. Ella y el príncipe
parecían marchar por un parque encantado.
Al dirigirse hacia la verja encontraron á don Marcos que salía
apresuradamente del pabellón del jardinero.
La duquesa dió su mano á Miguel, que la besó ceremoniosamente.
--Espero que nos veremos en el Casino.
Hizo él un signo de negación. Se aburría en las salas de juego: no
quería entrar en ellas.
--Me hubiera gustado encontrarte allí... Estoy segura de que me darías
la suerte.
Luego quedó indecisa. No pensaba volver á Villa-Sirena, donde sólo
vivían hombres; tenía la convicción de que era allí un estorbo.
--Ven á verme una mañana. El coronel sabe dónde vivo. Ven, y te reirás
viendo cómo está instalada la duquesa de Delille... Es algo interesante.
Avanzó hasta el coche de alquiler que esperaba fuera de la verja. Antes
de subir á él, se volvió para afirmar con un tono de graciosa amenaza:
--Si no vienes, no me verás más. Creeré que deseas romper conmigo, que
me encuentras molesta y antipática... Te espero.
Agitó una mano á guisa de despedida, mientras el carruaje se iba
alejando.
--¡Ya era hora!--exclamó Miguel al verse solo.
Una visita de hora y media, que le había hecho permanecer en nerviosa
tensión, midiendo sus palabras, evitando las expansiones demasiado
afectuosas, dando consejos sin interés alguno y dejando en silencio los
recuerdos del pasado. Prefería la confianza y el abandono de sus
conversaciones con los compañeros.
Al pensar en éstos renació su inquietud. ¡Cómo iba á sonreir Atilio al
sentarse á la mesa! Escuchaba ya su voz irónica: «¡Nada de mujeres!» Y
la primera que se presentaba lo hacía marchar ante su paso, confuso pero
obediente, lo mismo que un prior que rompe la clausura para recibir á
una reina.
La inquietud le hizo hablar al coronel, que iba silencioso á su lado,
acompañándole desde la verja al edificio. ¿Dónde estaba Castro?...
--En la biblioteca, con lord Lewis. El lord ha llegado mientras Su
Alteza estaba en el jardín. Viene á almorzar.
¡Simpático inglés! Ocurrírsele escoger este día, espontáneamente,
después de tantas invitaciones inútiles. Estando él presente, Castro
sólo hablaba del juego. Y corrió en busca de Lewis.
Era hijo de un gran historiador, al que su patria había premiado con el
título de lord. Pero este título correspondía por herencia al hijo
primogénito, y únicamente Toledo, dado á exagerar la valía de sus
amistades, llamaba al segundón lord Lewis. Para Atilio, era «el Decano».
Llevaba veinticinco años en Monte-Carlo, y los viejos empleados del
Casino, al ver su triste calvicie inclinada sobre las mesas, recordaban
al -gentleman- de otros tiempos, elegante, alegre, vigoroso. Había
venido á la Costa Azul en una de sus correrías de personaje byroniano, y
en ella se quedó, no queriendo ver más mundo. La pasión del juego era la
única voluptuosidad inagotable para este hombre que las había gustado
todas y estaba aburrido de la mayor parte de ellas.
El verdadero lord Lewis, personaje grave que sostenía el prestigio del
nombre paterno, tenía numerosos hijos y había servido á su país en altos
puestos coloniales. El, poco á poco, iba perdiendo sus antiguas
relaciones, para no ser mas que un jugador en Monte-Carlo.
--¡Veinticinco años!--había dicho melancólicamente un día al príncipe--.
¡Y jamás podré hacer otra cosa! Ya es tarde para emprender un nuevo
camino. Mi vida terminó, y aquí me enterrarán, estoy seguro; aquí
quedará todo lo que heredé de mi padre, todo lo que me legaron varias
tías viejas... Algunas veces, viendo claro, he emprendido un viaje de
huída... Pero al estar lejos siento una indignación feroz. Recuerdo que
he dejado aquí más de un millón, pienso que no debo resignarme á esta
pérdida, y para rescatarla, vuelvo en seguida á jugar, y vuelvo á
perder, y así continuaré hasta que muera. Además, hay el castillo...
Miguel conocía este castillo. Estaba en un picacho de los Alpes
Marítimos, á la vista de Monte-Carlo, cerca del pueblo de La Turbie y de
los restos del Trofeo de Augusto, que marcan el emplazamiento de la
antigua vía romana.
En sus primeros años de vida en la Costa Azul, el elegante Lewis había
adquirido por unos miles de francos las ruinas de una fortaleza señorial
que guardaban la tradición dramática de guerras con los condes de
Provenza, asaltos y asesinatos de familia. El hijo del historiador, más
aficionado á los deportes que á la literatura, consideró como un
homenaje filial la reconstrucción á la vista del Mediterráneo de un
castillo como los que su padre había descrito al relatar las leyendas de
su país. Invirtió en ello una parte de su fortuna, dedicando la otra al
juego. «Con lo que gane--se decía--acabaré el castillo.» Y como pensaba
ganar sumas fabulosas, inició la reconstrucción en proporciones
gigantescas, dirigiéndola él mismo con arreglo á las fantasías
arquitectónicas estudiadas en los dibujos de Gustavo Doré. El castillo
había quedado á medio construir, y así subsistía muchos años. Por un
lado las torres estaban completas y los muros ostentaban ventanales
gemíneos con vidrieras de colores. En el extremo opuesto se pudría el
maderamen de los andamios; las paredes, sin terminar, descendían en
ángulo recto, y el viento y la lluvia penetraban en los futuros salones,
faltos de un cuarto muro que los cerrase, completamente visibles como
los decorados de teatro.
Cuando sus amigos no lo encontraban en Monte-Carlo, era que carecía de
dinero y estaba en su castillo contemplando melancólicamente todo lo
que le quedaba por hacer. Vivía en una ala, la menos inacabada, y
entretenía su soledad batallando con los rústicos vecinos, con los
proveedores, con todos los del país, que se consideraban obligados á
molestarle y explotarle de mil modos.
Al llegar de Inglaterra una remesa de mil ó dos mil libras esterlinas,
bajaba arrogantemente desde su picacho al Casino. Un gran deber llenaba
su existencia, y debía cumplirlo. ¡Esta vez iba á triunfar! Y cuando,
después de emocionantes fluctuaciones--creciendo algunas veces su
capital, como si fueran á realizarse sus esperanzas--, acababa por
perderlo todo, Lewis volvía á su refugio de la cumbre, llevando una
existencia de cenobita, en espera de nuevos envíos, cada vez más
espaciados y trabajosos.
El príncipe le había visitado una vez en esta fortaleza nueva y ruinosa,
para invitarle á un largo viaje en su yate. Pero Lewis no quiso aceptar.
Debía seguir el duelo con el Casino para recuperar su dinero; tenía la
obligación de terminar su obra.
La guerra le despertó por unas semanas de esta quimera tenaz. Su hermano
había muerto poco antes; pero quedaban sus innumerables sobrinos,
jóvenes que habían abandonado los placeres y comodidades de la alta
sociedad para ofrecer sus vidas. Unos, pertenecientes á la marina, se
embarcaban en buques pequeños, torpederos y submarinos, buscando los
mayores peligros; otros ingresaban como oficiales en el ejército de
tierra. Hasta una sobrina suya, de precaria salud, había sido
condecorada en la línea de fuego por sus abnegaciones de enfermera.
--Y yo, miserable egoísta--decía al hablar con el coronel en el
Casino--, soy simplemente un jugador en Monte-Carlo. Debería ir allá,
donde están los hombres; pero no puedo... ¡no puedo! Mi vida terminó;
soy un muerto que come y duerme para seguir jugando. ¡Y pensar que
algunos parientes más viejos que yo están en el ejército!...
A los cincuenta y cuatro años, la conciencia de su decaimiento moral y
las continuas pérdidas habían agriado su carácter. Además, en las
tardes de mala suerte, visitaba con frecuencia el -bar- del Casino,
buscando la inspiración en una serie de -whiskys- tomados de pie y á
toda prisa. Fornido, algo cuadrado, con la cabeza pequeña, los ojos
intensamente azules, el bigote rubio y canoso, Atilio le encontraba
cierta semejanza con un jabalí, tal vez por su acometividad y aspereza
en momentos de mal humor. Jugaba con la cabeza hundida entre los
hombros, las fuertes manos sobre la bayeta verde, sin mirar á nadie, sin
permitir que nadie le hablase, pues esto desorientaba sus combinaciones.
En los días nefastos, al discutir con los empleados ó sus vecinos de
mesa sobre una jugada dudosa, las cóleras de Lewis alteraban la calma
discreta de los salones. Insultaba á los -croupiers-, invitándoles á
salir á la plaza, mientras distendía sus bíceps de boxeador; era preciso
llamar á uno de los altos directores para que le apaciguase con todas
las reflexiones paternales que merece un cliente asiduo.
Este hombre, que en su juventud no había creído en Dios ni en el diablo,
vivía sometido á supersticiones que regocijaban á Castro. Odiaba á los
rostros desconocidos, por estar seguro de que ejercían sobre él una
influencia maléfica. Bastaba que viese uno al otro lado del tapete verde
ó detrás de su asiento, para que empezase á rugir por lo bajo, hasta que
al fin se ponía de pie, trasladándose al -bar-, seguro de que un
-whisky- á tiempo cortaría la mala suerte. Su camarada íntimo, el único
que podía vivir con él varios días seguidos, era un conde francés, más
viejo que Lewis, y al que se designaba únicamente por su titulo, como si
no tuviese apellido, como si fuese «el conde» por antonomasia. Este no
jugaba nunca, pero ¡sabía tanto, á pesar de que muchos le tenían por
loco!... Treinta años antes había salido un día de su casa en París,
diciendo que iba á comprar tabaco, y aún no estaba de vuelta. Su mujer
había muerto sin verle, y sus hijos, con un sinnúmero de nietos nacidos
y crecidos durante su ausencia, deseaban que nunca acabase de hacer su
compra.
Mientras Lewis jugaba, el conde, sentado en un diván, leía plácidamente
algún volumen, sin prestar atención á la curiosidad del público, que se
fijaba en su gran cabellera blanca echada atrás, sus bigotes enormes y
alborotados, sus ojos redondos, verdes y fosforescentes como los de un
pajarraco nocturno. Castro sentía excitada su curiosidad por los libros
del conde. Eran siempre volúmenes nuevos, de los que no se ven en
ninguna librería, publicados por editores de ignorada existencia;
concienzudos tratados sobre los néctares y ambrosías de la vida
contemporánea (opio, cocaína, morfina, éter), formularios para entrar un
relación directa con las potencias misteriosas (espíritus, larvas y
diablos familiares), viejos libros de magia puestos al día por brujos
modernos.
No se dignaba dar consejos á su amigo sobre el juego: su pensamiento
estaba puesto en cosas de mayor alcance; pero Lewis se creía más seguro
cuando, al levantar sus ojos, lo encontraba leyendo en un rincón.
Estando él allí, siempre ganaba, ó á lo menos no perdía. Su presencia
era suficiente para conjurar el poder nefasto de los infinitos enemigos
que el inglés presentía en torno de la mesa. Además, estaba enterado de
lo que acariciaba el conde con una mano oculta mientras continuaba su
lectura.
Al sufrir sin interrupción varios días de pérdida, Lewis se mostraba
suplicante:
--Conde, -my dear- conde, ¡si quisiera usted prestarme el rosario de
Satán!...
El sabio personaje parecía dudar. Pero como se lo pedía su mejor amigo,
entregaba el rosario, dejando una de sus manos sin empleo; un rosario
como todos, pero de gruesas cuentas rojas y con los dieces negros. Lo
más importante era el grupo de objetos que colgaba en el lugar de la
ausente cruz: un elefante de marfil adquirido por el conde en la India,
una moneda auténtica del emperador Constantino encontrada en unas
excavaciones en la Anatolia, y un falo de oro con un resorte engendrador
de viles contorsiones.
La mala suerte quedaba vencida. Algunas veces había perdido Lewis
mientras pasaba ocultamente las cuentas del diabólico rosario por debajo
de la mesa; pero siempre perdía menos que cuando estaba privado del
maravilloso talismán. El sólo quería acordarse de una tarde en que,
ayudado por esta joya impúdica y sacrílega, llegó á ganar ochenta mil
francos.
Si la ganancia se cortó, fué por culpa del conde. Era infiel como una
mujer coqueta; desaparecía de pronto, repitiendo la misma fuga
inexplicable con que había asombrado á su familia. A Lewis no lo
abandonaba para comprar tabaco; pero los libros recién adquiridos
hablaban de un narcótico empleado en Asia que hacía ver el porvenir, de
una gitana de Granada que podía matar á las personas con solo el deseo y
unas palabras misteriosas, y allá se iba, bajo la fe de anónimos autores
que nunca habían salido de París. Jamás le faltaba dinero para estos
viajes misteriosos; sin duda su familia tenía interés en mantenerlo
lejos. Tardaba en reaparecer tres meses ó cinco años; hasta que el
público rumor hacía saber á Lewis que su amigo vivía en Cannes ó en
Niza, y le enviaba carta tras carta, invitándolo á trasladarse á
Monte-Carlo. Hasta iba en busca suya, y el conde se dejaba traer, con
sus libros de misterios y su prodigioso rosario, sin hablar una palabra
de lo que había descubierto en sus viajes.
Al ver el príncipe á Lewis después de dos años de ausencia, tuvo que
disimular su triste sorpresa. Sólo los ojos, claros, reposados y dulces,
recordaban la perdida frescura del -gentleman- elegante y vigoroso.
Había adelgazado de un modo alarmante, con un enflaquecimiento de
enfermedad. Su cráneo parecía haberse empequeñecido, y sobre su calvicie
se desplomaban como ruinas algunos mechones cenicientos y espaciados.
Una observación del coronel renació en su memoria. Toledo había
estudiado la decadencia de los jugadores. Así como iban llegando á los
últimos límites del desaliento y la desesperación, se encogían y
arrugaban. Su sombrero se hacía más grande: cada día bajaba más, hasta
descansar en las orejas; el cuello de la camisa se dilataba igualmente,
como si fuese á dejar escapar un pecho angustiado.
Durante el almuerzo, Lewis, Castro y Spadoni sostuvieron la
conversación. Hablaron del juego y del Casino, pero nadie se atrevió á
preguntar al inglés si había ganado. Temía supersticiosamente esta
pregunta, como algo que llamaba á la desgracia. En cambio, habló de la
fortuna de los otros, de las grandes ganancias conseguidas en una noche.
Guardaba en su memoria todo lo que le habían contado ó lo que él había
creído ver durante veinticinco años de vida en Monte-Carlo. Un americano
se había ido con un millón; un inglés había ganado diez mil libras
esterlinas con cinco luises prestados... Así continuaba relatando los
prodigios vistos en el Casino. ¿Y aún había quien aseguraba que todos,
absolutamente todos los jugadores acaban fatalmente por perder?...
El pianista escuchaba con ojos de asombro y de codicia los relatos del
«Decano». Castro se mostraba más escéptico. Había oído contar estas
ganancias inauditas y otras muchas, pero sin presenciar una sola de
ellas, y eso que llevaba también bastantes años viniendo á Monte-Carlo.
Era verdad que había visto ganar en una noche hasta quinientos mil
francos... Pero al día siguiente cambiaban las cosas, y el triunfador
perdía lo ganado y además lo suyo, teniendo que pedir el viático de
costumbre para volverse á su país.
--Yo creo--dijo--que todas esas historias las inventa la sección de
propaganda del Casino. Me han contado que tiene á sueldo un novelista de
folletón, el cual debe lanzar todas las semanas un cuento de esta clase
para enardecer á los jugadores.
Acogió el príncipe con una sonrisa la invención de su amigo, pero Lewis
no aceptaba paradojas en asuntos tan respetables, y gritó que todo lo
que él contaba lo había presenciado. Mentía sin darse cuenta al hacer
esta afirmación. En realidad, había visto lo mismo que Atilio: grandes
ganancias seguidas de pérdidas mayores; pero experimentaba la necesidad
de lo maravilloso, y estaba dispuesto á creerlo todo de antemano. Tenía
el alma del fanático, que cuando le cuentan un milagro afirma á los
pocos días con sinceridad: «Yo lo vi con mis ojos.»
Repetidas veces espió el príncipe á Castro, esperando sorprender en él
una mirada irónica, algo que le revelase sus impresiones acerca de la
visita que había recibido en la mañana. Pero la presencia de Lewis
parecía haber borrado en él todo recuerdo que no tuviese relación con
el juego.
Al terminar el almuerzo hablaron en el -hall-, mientras tomaban el café,
de los que jugaban más fuerte en las salas privadas. El nombre de
algunos era pronunciado con respeto, como si fuesen maestros dignos de
admiración.
--Ese sabe jugar--decían como único comentario.
Lo gracioso para Miguel era que Lewis también figuraba entre los
maestros que «sabían jugar», y todos ellos perdían, lo mismo que los
ignorantes. Su único mérito estribaba en ir retardando el momento de la
ruina final, en prolongar la anonadadora emoción, envejeciendo como
prisioneros á la sombra de los peñones del principado.
Miró á Castro una vez más, como á un enemigo astuto que disimula su
pensamiento, y se aventuró á hacer una pregunta:
--Y mi parienta la de Delille, ¿cómo juega?
Atilio fijó los ojos en él sin malicia alguna, extrañándose del interés
que mostraba por la duquesa; pero no pudo hablar, pues se le adelantó
Lewis. Odiaba á las mujeres, especialmente en la mesa de juego. Sólo
servían de estorbo, interrumpiendo con sus gestos y sus nerviosidades
las meditaciones de los hombres.
--Juega como una bestia--dijo con brutalidad--, juega como una mujer...
¡El dinero que lleva perdido tontamente!...
Castro intervino, como si quisiera evitar que esta conversación se
prolongase.
--¿Y el conde?--preguntó á Lewis--. ¿Dónde esta? El coronel se interesa
mucho por él.
Don Marcos lanzó una exclamación de asombro y de reproche. Tenía su
opinión formada desde mucho antes sobre el tal personaje. ¡Un
demente!... No podía olvidar su breve diálogo una tarde en el Casino,
después que Atilio los presentó á los dos. Al conocer la nacionalidad de
Toledo había hecho grandes elogios de su país. ¡Oh, España! ¡Su lengua
interesante! Y cuando el coronel iba á agradecerle tanta amabilidad,
quedó estupefacto y con el aliento cortado.
--Porque usted debe saber, indudablemente, que el español es la lengua
usual del diablo, después del latín. En español están escritos los más
poderosos conjuros. ¡Oh, los nigromantes de Toledo! ¡Los sabios brujos
de Salamanca!
El viejo soldado de la tradición se alteraba al recordar al conde y su
rosario. Por esto, cuando Lewis declaró que no sabía nada de su amigo,
repuso seriamente:
--Yo sé dónde está: en una casa de locos.
Sonó de pronto el estrépito de un tren que pasaba ante Villa-Sirena con
acompañamiento de gritos y silbidos. Más ingleses que iban á Italia.
Esto les hizo ocuparse de la guerra. Lewis, que había bebido mucho en la
mesa, recordando al hablar del juego la inutilidad de su vida, cayó de
pronto en una tristeza densa, de ebrio melancólico y digno.
--Dos sobrinos míos murieron en la batalla naval de Jutlandia. Seis
hijos de mi hermano han muerto en Francia en una sola tarde: pertenecían
al mismo batallón. Todos jóvenes, animosos, deseando hacer algo. Y yo
soy el único varón que queda en la familia; soy el inútil, el viejo, el
que no sirve para nada. ¡Ah, miseria!...
Todos callaron, comprendiendo que la desesperación y la vergüenza de
este hombre, que parecía llorar sobre las ruinas de una vida sin objeto,
exigían el silencio. Novoa movió la cabeza como si aprobase sus
palabras.
--Mi familia ha terminado. ¡Tantos jóvenes que había en ella!... La vida
es rara. Transcurre el tiempo sin que surjan sucesos extraordinarios, y
de pronto, las horas valen meses, los días son años, y pasan en unos
minutos cosas que en otras ocasiones necesitarían siglos. ¡Todos
muertos! Sólo queda mi sobrina Mary, la enfermera. Está aquí; la han
enviado sus jefes casi á la fuerza para que descanse y se reponga. Pero
se escapa á Mentón, á Niza, allí donde hay heridos, queriendo reanudar
su servicio. ¡Si á lo menos se casase!... Mas no: morirá como los otros.
Y yo quedaré solo, y seré lord, el tercer lord Lewis: lord Lewis el
historiador, lord Lewis el gobernador colonial, y lord Lewis el
inútil...
Aquí intervinieron todos con una protesta afectuosa. Sus desgracias de
familia eran enormes, pero no debía atormentarse de tal modo.
--Con su permiso, príncipe--dijo el inglés, desviando la conversación--,
un día traeré á mi sobrina para que conozca sus jardines. ¡Ama tanto
estas cosas! Es la única de la familia que ha heredado el alma de mi
padre.
Después de esto, Lewis mostró deseos de marcharse. Necesitaba olvidar, y
sabía dónde le esperaba el olvido. Sus pies de jugador sintieron el
mismo irresistible deseo de actividad que los del ebrio cuando piensa en
el mostrador del -bar-. Castro y Spadoni cruzaron con él varias miradas.
--¿Si fuésemos á dar una vuelta por el Casino?--propuso uno.
Y los tres desaparecieron.
El coronel también se fué, y el príncipe pasó el resto de la tarde
conversando con Novoa, paseando por sus jardines, viendo la puesta del
sol, y finalmente leyendo en el -hall-, al pie de una lámpara que
extendía su enorme pantalla rosa sobre una alta columna.
Castro llegó solo, mucho antes de la hora de la comida. Estaba triste;
silbaba, y su sonrisa era un rictus hostil. ¡Mala tarde! Lo había
perdido todo. Al día siguiente tendría que solicitar un nuevo préstamo
de su pariente para volver al «trabajo».
Miguel sintió otra vez la necesidad de hablarle de la visita de la
mañana. Era mejor una explicación franca que evitase alusiones é
ironías.
--Sí, la he visto--dijo Castro--. Os seguí desde una ventana cuando
paseabais por los jardines.
Le miró el príncipe, asombrado de su laconismo. ¿Esto era todo lo que se
le ocurría decir? Ahora hubiese preferido sus burlas.
--¿Qué tiene de particular que haya venido?--dijo al fin con
brusquedad--. Es natural; ¡pobre mujer! Te advierto que has empezado por
conquistar á una enemiga.
Se había encontrado en el Casino con «la Generala». Ella y Alicia
acababan de reconciliarse una vez más, y para afirmar con una
confidencia íntima la amistad rehecha, la de Delille le había contado su
entrevista con el príncipe.
--Doña Clorinda, que no te podía ver, por considerarte un frívolo, un
vago pernicioso, hace de ti los mayores elogios, á causa del perdón de
esa deuda enorme y de tu propósito de ayudar á la duquesa. Dice que eres
un caballero digno de otros tiempos, un gran corazón...
Miguel encogió los hombros. ¡Lo que le importaba á él la tal doña
Clorinda!... Esto exasperó á Castro.
--¿Por qué no había de venir aquí tu parienta?--dijo con aspereza--. Tú
te aburres entre hombres; no lo crees, pero es así. A todos nos ocurre
lo mismo. Resulta necesario hablar de vez en cuando con una mujer,
aunque sea únicamente por amistad. Lo que tú pretendiste al llegar de
París es imposible.
--¿Crees acaso que voy á enamorarme de Alicia?
Y el príncipe rió largamente, como si no se cansase de celebrar lo
absurdo de tal suposición.
--Eso tú lo sabrás--contestó Atilio--. Lo que yo digo es que no podemos
ser por mucho tiempo los enemigos de la mujer. Mira al coronel; es tu
«chambelán», tu ayudante, el hombre que te obedece ciegamente. Pues
hasta ese te abandona. Fíjate: siempre que puede, vive en el pabellón de
la portería. Necesita hablar con la hija del jardinero, una mocosa que
él ha visto andar á gatas, pero que ya tiene diez y seis años y no
ofrece mal aspecto. Trabaja en una sombrerería de Monte-Carlo, y sigue
las modas lo mismo que una señorita. El coronel cuida de la renovación
de sus zapatos de altos tacones, de sus faldas cortas, de sus boinas y
sombreritos, de sus collares de falso ámbar. En esto emplea todo el
dinero que tú le permites que tome como recompensa. A veces la sigue de
lejos por las calles, admirando su contoneo provocativo, sus
pantorrillas al descubierto, siempre con medias de seda... Cultiva
pacientemente su jardín. Sonríe como un imbécil al pensar en su futura
cosecha.
VI
Un domingo, al levantarse de la cama, el príncipe sintió deseos de
cantar. Tal vez fué por seguir maquinalmente á unos pájaros que desde la
salida del sol estaban gorjeando en los aleros de Villa-Sirena,
engañados por la tibieza de un día primaveral en pleno invierno.
Miró por una ventana de su dormitorio. El Mediterráneo, sin una sola
vela, se extendía, largamente ondulado, hasta juntarse con el cielo. Las
gaviotas volaban en círculos, desplomándose á continuación con las alas
encogidas para dejarse llevar por las aguas. Los fondos de arena
removidos por las corrientes aclaraban el azul del borde de la costa,
dándole un tono opalino de ajenjo. En torno del promontorio hervían las
espumas, blancas, luminosas, incesantemente renovadas, entre las cabezas
de los escollos.
El príncipe oyó voces encima de él. Castro y Spadoni se hablaban de
ventana á ventana. La precoz belleza del día les había hecho saltar del
lecho con misterioso aviso. Admiraban el cielo, sin un vapor que
enturbiase las distancias. Las montañas habían adquirido un relieve
extraordinario: parecían más grandes y más próximas. Por encima del
Cap-Martin descendían los Alpes italianos, y en sus últimas
estribaciones, á ras del agua, blanqueaban las poblaciones fronterizas:
Vintimiglia y Bordighera.
Por un capricho atmosférico, flotaba en mitad del cielo sereno una nube
compacta, alargada, semejante á una isla cubierta de nieve. Su blancura
parecía irradiar una luz interior.
--La conozco--dijo Atilio con acento de convicción al músico, que no se
cansaba de admirarla--. La he visto muchas veces. Cuando el día se
muestra demasiado limpio, los directores del Casino temen que la
clientela se aburra de tanto sol, de tanto azul: azul en el mar, azul en
el cielo. «Que suelten la nube grande», ordenan por teléfono. Habrá
usted reparado que esa nube siempre aparece por detrás de las montañas.
Es donde el Casino tiene sus almacenes. Aquí no perdonan detalle para
entretener á los parroquianos.
Miguel oyó dos mugidos: uno de sorpresa, otro de indignación. Luego el
ruido de una ventana al cerrarse. El pianista, molestado por esta broma
matinal, volvía á su lecho para dormir hasta la hora del almuerzo.
Apresuró el príncipe sus operaciones de limpieza. Sentía la necesidad de
salir, como si sus jardines le pareciesen estrechos. A lo lejos sonaban
las campanas de Monte-Carlo, más lejos aún respondían las de Mónaco, y
este repiqueteo hacía vibrar la frágil y clara atmósfera como una copa
de cristal.
Bajó las escaleras lentamente, procurando no hacer ruido, y al llegar á
la verja respiró satisfecho. No había encontrado á ninguno de sus
compañeros, ni siquiera al coronel. Quería marchar solo hacia la ciudad,
como si le atrajese la alegría matinal del domingo, que se convierte al
llegar la tarde en tedio abrumador.
Fuera de la verja le saludó una muchacha que esperaba el paso del
tranvía. Era pequeña, pero sus pies estaban montados en violento ángulo
sobre unos zapatos de tacones agudos. Su falda apenas pasaba de la
rodilla, dejando al descubierto unas medias bien repletas de carne
transparentada por el fino tejido. Sobre su jersey de seda color salmón
ostentaba un collar de enormes cuentas de falso ámbar. El pelo, cortado
en forma de melena de paje, se ahuecaba bajo una graciosa boina de
terciopelo. El profundo respeto con que le saludó hizo que la
reconociese: la hija del jardinero. Pero al mismo tiempo le miraba
hipócritamente, con una curiosidad mal disimulada, como si sus pupilas
estableciesen una separación entre el amo venerado por sus padres y el
buen mozo al que adoraban las mujeres y del que había oído contar tantas
cosas.
El príncipe siguió adelante, después de saludarla como á una señorita de
su mundo. Estaba alegre esta mañana, y rió en su interior al pensar en
lo que daría que hacer á los hombres, más adelante, este capullo de
malicias y ambiciones. Luego se acordó de don Marcos y de lo que le
había contado Atilio. ¡Pobre coronel! ¡Meterse, con sus años, á domador
de fierecillas!...
Caminó ligeramente hacia Monte-Carlo. Pasaba ante las «villas» y los
jardines como si sus pies tomasen nuevo impulso al tocar el suelo, como
si en la atmósfera primaveral se hubiesen disminuído las leyes de la
gravedad.
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