rimeros de hojas verdes que contienen día por día todo un año de juego
en las diversas mesas del Casino... Está loco.
Pero Castro se guardaba de añadir que muchas veces pedía prestado á
Spadoni su archivo para comprobar los propios cálculos, y á pesar de
burlarse de sus invenciones, arriesgaba sobre ellas algún dinero, por
una superstición de jugador que cree en el instinto de los inocentes.
Después del almuerzo, los dos se apresuraban á marcharse al Casino. El
príncipe, si no asistía á un concierto, se quedaba con Novoa y el
coronel en una -loggia- del piso alto, contemplando el mar. La guerra
había poblado esta parte del Mediterráneo. En tiempos normales era un
mar desierto y monótono, sin otros incidentes que el revuelo de las
gaviotas, los espumosos saltos de los delfines y algún que otro trapo de
barca pescadora. Los vapores y los grandes veleros apenas si se marcaban
como una pequeña sombra en el horizonte, navegando rectamente de
Marsella á Génova, sin contornear el extenso golfo de la Costa Azul.
Pero ahora el peligro submarino había obligado á la navegación comercial
á deslizarse al amparo de las costas. Casi todos los días pasaban
convoyes: vapores de carga de diversas nacionalidades pintarrajeados
como cebras para disminuir su visibilidad y escoltados por torpederos
franceses é italianos.
Estos rosarios de buques, navegando tan cerca de la costa que podían
leerse sus títulos y distinguir á sus capitanes erguidos en el puente,
hacían hablar al príncipe y al profesor de los horrores de la guerra.
Intervenía el coronel á veces en el diálogo, pero era para lamentarse de
los obstáculos que oponía la tal guerra á sus funciones de intendente.
Cada día resultaba más difícil su gestión. No encontraba nada que
valiese la pena de ser presentado en una mesa como la del príncipe, y
eso que los precios pagados por él le producían indignación al
compararlos con los de los tiempos de paz. ¡Y la servidumbre!... Había
hecho venir criados de España, ya que todos los del país estaban en el
ejército, pero se los sonsacaban inmediatamente los dueños de los
hoteles. Todos preferían servir en cafés ó alojamientos de continuo
tránsito, seducidos por el azar de las propinas y el roce con las
camareras de blanco delantal.
Había improvisado un servicio de comedor con aquellos dos muchachos
italianos de Bordighera cuyas familias estaban instaladas en Mónaco. El
mayor, más avispado, se apellidaba Pistola, y trataba despóticamente á
su compañero, largándole hipócritas patadas y coscorrones en pleno
comedor cuando el coronel estaba de espaldas. Atilio, por la atracción
del consonante, había apodado Estola al compañero de Pistola, y todos en
la casa aceptaban el nombre, hasta el propio interesado.
--¡Lo que me ha costado adecentarlos y educarlos!--gemía Toledo--. Y
ahora parece que los van á llamar de Italia para que sean soldados...
¡Más hombres á la guerra! ¡Hasta estos chicuelos, que aún no tienen la
edad!... ¿Qué haremos cuando se vayan Estola y Pistola?
Muchas noches, á la hora de comer, sufría quebrantos la disciplina de la
comunidad. El primero que faltó fué Spadoni. Llegaba después de media
noche, diciendo que había comido con unos amigos. Otras veces no volvía;
y transcurridos varios días, se presentaba tranquilamente, como si
hubiese salido horas antes, con la serena inconsciencia de un perrillo
vagabundo. Nadie podía saber con certeza dónde había estado. El mismo lo
ignoraba. «Encontré á unos amigos...» Y en el curso de media hora, estos
amigos eran los ingleses de Niza ó una familia de Cap-Martin, como si
hubiese vivido en los dos lugares al mismo tiempo.
Atilio también faltaba. Un compañero de juego le había enseñado en el
Casino los pequeños cartones partidos en columnas que sirven para marcar
las alternativas del «rojo» y el «negro». Varias damas extraían de sus
sacos de mano, entre el pañuelo, la caja de polvos, el lápiz para los
labios, los billetes de Banco y las fichas de diversos colores, que son
el dinero del juego, unos documentos de igual clase. Todos los textos
estaban acordes. Por la mañana y por la tarde perdían los «puntos» y
ganaba la casa; pero á partir de las ocho de la noche, una fortuna loca
sonreía á los jugadores. Las estadísticas no podían ser más claras:
imposible la duda. Y Castro renunciaba á la buena mesa de Villa-Sirena,
contentándose con un -bock- y un emparedado en el -bar-. Luego regresaba
á media noche en un carruaje de alquiler, pagando á manos llenas al
cochero asombrado. Otras veces, de pie ante la verja, rebuscaba en su
portamonedas antes de reunir el precio de la carrera. Los hados habían
mentido. Los augures de los cartoncitos estaban á aquellas horas tan
limpios como él.
Toledo mascullaba protestas. Este desorden le hacía lamentar una vez más
la escasez de personal. La servidumbre se levantaba tarde, á causa de
sus esperas nocturnas. Por esto el coronel sentía la satisfacción de un
gobernador de fortaleza que ve todas las poternas cerradas y siente las
llaves en su bolsillo, las noches en que no faltaba ningún compañero del
príncipe. Después de la comida escuchaban á Spadoni. Sentado ante un
gran piano de cola, hacía música á su capricho ó seguía las órdenes del
príncipe, melómano de gustos pervertidos por un excesivo refinamiento,
que sólo deseaba obras de autores extravagantes y obscuros.
Castro, que era pianista, no podía á veces ocultar su entusiasmo ante
los prodigios de este ejecutante.
--¡Y pensar que es un imbécil!--exclamaba con la franqueza de la
emoción--. Todas sus facultades las ha deformado y aglomerado,
concentrándolas en la música, sin dejar nada para los demás... No
importa; es un idiota... pero un idiota sublime.
Algunas noches, Spadoni se quedaba con un codo en el teclado y la frente
en la diestra, como si la música le ensimismase, cuando, en realidad, lo
que danzaba debajo de sus melenas eran cuadrados rojos y negros, muchos
naipes y treinta y seis números formando tres filas presididas por el
cero. El príncipe, molestado por este silencio, se dirigía á Castro.
--Cuéntanos algo de tu abuelo don Enrique.
Este abuelo había sido casado con una tía del general Saldaña; y aunque
Atilio no alcanzó á conocerle, hablaba con frecuencia de él como de un
personaje curioso que le inspiraba cierto orgullo ó amargas ironías,
según el estado de su ánimo. Era un hombre de belicoso humor y sombríos
entusiasmos, que había acabado de dilapidar la fortuna de la familia, ya
quebrantada por los antecesores. Emparentado con un gran número de
aristócratas, terminó por negar este parentesco, como si fuese algo
vergonzoso. Los títulos de nobleza de su familia dejó que los tomasen
otros. El lema que figuraba, desde siglos en el escudo de los Castro lo
había reemplazado con uno de su invención, que resumía su vida entera:
«Mañana más revolucionario que hoy.» Durante treinta años no hubo en
España insurrección triunfante ó abortada en la que no interviniese este
caballero de gesto sombrío, quisquilloso, espadachín, que trataba á los
hombres como un déspota y estaba dispuesto á morir por la libertad del
género humano.
--¡Un don Quijote rojo!--decía Castro.
De niño recordaba haber jugado con su sable, fabricado en Toledo: un
arma repujada de oro, con arabescos copiados de la vieja espada del
descubridor y conquistador Alvaro de Castro, que había sido Adelantado
en las Indias. Pero en lo alto de la hoja, donde los abuelos ponían su
mote de fidelidad á Dios y al rey, él había hecho grabar «¡Viva la
República!». Sin este sable caballeresco, se negaba á tomar parte en
una revolución. Lo había llevado de Sicilia á Nápoles siguiendo á
Garibaldi para destronar á los Borbones. «Mañana más revolucionario que
hoy»; y sus compañeros le parecían de pronto unos reaccionarios, lo que
le hacía buscar nuevas doctrinas que colmasen su insaciable deseo de
destrucción y renovación. Al fin, este descendiente de Adelantados y
Virreyes acabó por ingresar en la primera «Internacional de
trabajadores». Y lo más extraordinario fué que su primitiva educación,
sus altiveces y sus acometividades paladinescas le acompañaron en esta
vida nueva, haciéndole convertir la más insignificante divergencia de
doctrina en un «asunto de honor».
Por discusiones de comité se había batido en París con un «camarada»
obrero. Apenas cruzaron los sables, el trabajador recibió un corte en la
cabeza.
--Es justo--dijo el herido limpiándose la sangre--. El marqués, que ha
podido aprender el manejo de las armas, debe pegarle al hijo del pueblo.
Don Enrique palideció ante esta ironía, y por restablecer la igualdad,
por suprimir sus ventajas históricas, levantó el sable, dándose una
feroz cuchillada en el cráneo, mientras corrían los testigos á sujetarle
para que no reincidiese.
Después de seguir por segunda vez á Garibaldi en la guerra de 1870,
batiéndose contra los prusianos en Dijón, el movimiento insurreccional
de la Commune le atrajo á París.
--Creo que lo hicieron general--decía Atilio--. En aquella mascarada
trágica debió sufrir mucho. Lo cierto es que lo fusilaron las tropas del
gobierno y nadie sabe dónde fué enterrado.
La admiración por este abuelo de vida novelesca se amortiguaba al pensar
en su madre. Pobre, huérfana y olvidada de sus parientes, había tenido
que casarse con un hombre que casi podía ser su padre, llevando fuera de
España la vida errabunda de las familias del cuerpo consular. Atilio
había nacido en Liorna, recibiendo el mismo nombre de su padrino, un
viejo señor italiano amigo del cónsul de España. El recuerdo de su
abuelo venía á entenebrecer de vez en cuando la existencia de su pobre
madre, resignada y devota. En Roma, los españoles de paso, todos gentes
de sanas ideas que llegaban para ver al Papa, torcían el gesto al
enterarse de su origen. «¡Ah! ¡Usted es la hija de Enrique de
Castro!...» Y ella parecía encogerse, pedir perdón con sus ojos tristes
y humildes.
--Yo no reniego de mi abuelo--añadía Atilio--. Me hubiese gustado
conocerle. Lo único que lamento es que nos dejase tan pobres; aunque sus
antecesores ya habían hecho más que él para arruinarnos.
Los días en que había perdido se mostraba más quejumbroso, recordando
las inmensas posesiones de los Castro de la conquista americana.
--Hay ahora inmensas ciudades en campos que dió el rey á mis
antecesores. Uno de mis remotos abuelos apacentaba sus caballos y
construía su barraca colonial donde existen actualmente jardines,
monumentos y grandes hoteles. Eran centenares de millones de metros: á
una peseta el metro, ¡imagínate, Miguel! Sería más rico que tú, más rico
que todos los millonarios del mundo... Y no soy mas que un mendigo bien
trajeado. ¡Ira de Dios! ¿Por qué no guardaron mis abuelos sus tierras,
en vez de dedicarse á servir al rey ó al pueblo? ¿Por qué no hicieron lo
que cualquier patán que conserva religiosamente lo que le entregaron sus
antecesores?...
Otras noches, sentados en la -loggia-, escuchaba el príncipe á Novoa
ante el nocturno espectáculo del cielo y del mar. No había más luz que
el velado resplandor que llegaba desde un salón lejano. La costa estaba
obscura. La silueta de Monte-Carlo y de Mónaco se recortaba sobre el
fondo estrellado, sin un solo punto rojo. Eran escasos los reverberos en
la ciudad, y además tenían los vidrios pintados de azul. Los farolones
de la escalinata del Casino estaban enfundados como las linternas de un
coche fúnebre. La amenaza de los submarinos alemanes mantenía á todo el
principado en la obscuridad, lo mismo que las costas de Francia. Sólo á
la entrada del puerto de Mónaco las dos torrecillas octogonales tenían
en sus cimas un faro rojo y un faro verde, que derramaban sobre las
aguas un zigzag de rubíes y otro de esmeraldas.
En esta penumbra, puesto de pie y mirando á los astros, Novoa hablaba de
la poesía de la inmensidad, de las distancias que dan el vértigo al
cálculo humano. A Spadoni le era imposible imitar la atención del
príncipe y de Castro. ¿Qué podía importarle la llamada estrella
tricolor? Los millones de millones de leguas de que hablaba el sabio
despertaban su bostezo; y por una asociación de ideas, se dedicaba á
jugar mentalmente, suponiendo que acertaba cincuenta veces seguidas,
siempre doblando.
Ponía una simple moneda de cinco francos--la puesta menor que admiten en
el Casino--, y á los veinticinco golpes se detenía con espanto. Había
ganado treinta y tres millones y medio de duros: más de ciento sesenta y
siete millones de francos. ¡Solamente en veinticinco minutos!... El
Casino cerraba sus puertas, declarándose en quiebra; pero esto no
conseguía sacarle de su delirio. La prodigiosa pieza de cinco francos
continuaba sobre el paño verde al lado de una montaña de dinero que
seguía creciendo y creciendo. Había que completar los cincuenta golpes,
siempre doblando. Dió cinco más en su imaginación y se detuvo. Ya había
ganado mil setenta y tres y pico de millones de duros: más de cinco mil
millones de francos. Tendrían que entregarle el principado entero de
Mónaco, y aun esto tal vez no alcanzase á cubrir la deuda. Al golpe
treinta y cinco, el simple «napoleón» se había convertido en treinta y
cuatro mil millones de duros: ciento setenta y un billones de francos.
No le iban á pagar; estaba seguro de ello. Sería necesario que se
reuniesen todas las grandes potencias de Europa, que se aliasen como
para una gran guerra, y aun así tal vez no hiciesen honor al crédito que
les presentaba el pianista Teófilo Spadoni.
Ya no podía calcular mentalmente. A los veinte golpes tuvo que valerse
del lápiz que le servía en el Casino para marcar la marcha del juego y
de aquellos cartones divididos en columnas que facilitaban los
empleados. El dorso resultaba estrecho para sus ganancias, que se
ensanchaban, formando cantidades quiméricas. Siguió su juego triunfador.
En el golpe cuarenta se detuvo. Cinco millones de millones de francos.
Decididamente, no le podían pagar ni en Europa ni en el mundo entero.
Las naciones tendrían que ponerse en venta, el globo terráqueo saldría á
pública subasta, los hombres serían esclavos, todas las mujeres se
alquilarían para entregarle el producto de su deshonor; y aun así, sería
preciso que solicitasen un plazo de unos cuantos miles de años para
quedar bien con él, acreedor del universo, sentado en su banqueta de
pianista como sobre un trono.
Aunque tenía la certeza de que le engañaban, de que nadie en la tierra
ni el cielo podía afianzar á la banca, siguió jugando. Sólo quedaban
diez golpes. Y cuando dió el que hacía cincuenta, tuvo un rasgo
magnánimo. Regaló con el pensamiento á los empleados del Casino los
centenares, los miles, los millones y los millones de millones. El se
quedaba simplemente con la cifra que figuraba á la cabeza de la
ganancia, y escribió en su cartoncito:
5.000.000.000.000.000 de francos
¡Cinco mil billones!... Como producto de cincuenta minutos de trabajo,
no estaba mal.
Llamó de pronto su atención el silencio con que el príncipe y Castro
escuchaban á Novoa, y fijó en éste sus ojos de visionario todavía
deslumbrados por el revoloteo áureo de la Quimera.
También el sabio hablaba de millones de millones, de cifras que no podía
abarcar con palabras y detallaba repitiendo uno tras otro docenas de
ceros. El pianista creyó entender que profetizaba la vejez del sol
dentro de un plazo (aquí una cifra interminable), la desaparición de la
vida presente, la fuga del astro hacia una constelación remotísima, su
apagamiento y su muerte (otra cifra que infundía miedo).
Sonrió Spadoni con desprecio. El sol, la constelación de Hércules adonde
éste se dirige, los cien mil millones de millones de años que necesita
para llegar á ella, los diez y siete millones de años que tardará en
apagarse, dejando de calentar la vida de la tierra, todos los cálculos
de este sabio, ¡miseria, pura miseria! Si él dejaba su moneda sobre la
mesa cincuenta veces más, las cifras de la astronomía iban á resultar
despreciables y ridículas al lado de una ganancia obtenida en cien
minutos. Sólo Dios podía ser su banquero, pagándole con estrellas como
si fuesen monedas; ¿y quién sabe si el mismo Dios sería capaz de
resistir el centésimo golpe de cinco francos, siempre doblando, y no
tendría que declararse en quiebra?...
Se sumió por algún tiempo en la contemplación interna de su grandeza. Al
volver á la vida exterior, la voz de Novoa seguía sonando con cierto
misterio ante el obscuro horizonte, perforado arriba por las punzadas de
las estrellas, ondeado abajo por la fosforescencia de las olas.
El príncipe le había impulsado á hablar del mar como regulador y origen
de la vida. El pianista se enteró de que los océanos cubren las tres
cuartas partes del globo, y como representan una fuerte mayoría sobre
los continentes, éstos viven sometidos á aquéllos, aunque se crean
superiores, como los gobiernos tienen que sufrir la influencia del
sufragio universal y acatar la fuerza de las mayorías. Todas las grandes
leyes atmosféricas se establecen, no en la reducida superficie de las
tierras, rugosa y quebrada, sino en la limpia extensión de los océanos,
que permite á las moléculas obedecer libremente á las leyes mecánicas de
los flúidos.
Spadoni tocó en un codo á Castro. Quería comunicarle en voz baja la
inaudita ganancia que acababa de realizar. Pero Atilio repelió su mano
sin volver la vista y siguió escuchando.
Novoa hablaba ahora de las aguas ardientes condensadas en la atmósfera
primitiva del globo, que se habían precipitado sobre su corteza en
formación, disolviendo ó arrastrando cuanto encontraban en esta
superficie acabada de nacer.
--Con la sal que hay en los océanos--dijo Novoa--se podría construir
todo el relieve del continente africano.
El pianista volvió á agitarse. ¡Una Africa toda de sal! ¿De qué podía
servir eso?...
--Castro, escúcheme--dijo en voz muy queda--. Yo pongo cinco francos y
doy cincuenta golpes, siempre doblando, ¿sabe usted?...
Pero el otro no quiso saber nada, y rechazó el cartoncito que le tendía
ocultamente.
Spadoni, ofendido, cerró los ojos, queriendo aislarse y no escuchar
estas cosas sin importancia para él. Si el sabio hablaba todas las
noches, él perdonaría la hospitalidad del príncipe, yendo en busca de
otros amigos.
De pronto, una palabra le sacó de su altivo aislamiento, haciéndole
abrir los ojos. El profesor hablaba del oro arrastrado por las lluvias
hirvientes de la creación planetaria y que estaba disuelto en el mar.
--Sólo hay unos miligramos por tonelada de agua; pero con el que existe
en los océanos se podría formar una mole tan enorme, que, repartida
proporcionalmente entre los mil quinientos millones de habitantes que
tiene la tierra, nos tocaría á cada uno un lingote de cuarenta mil
kilos, ó sean cuarenta mil toneladas de oro.
El pianista avanzó su rostro, estupefacto. ¿Qué decía el profesor?
--Y teniendo en cuenta--prosiguió Novoa--el curso del oro antes de la
guerra, el lingote que nos corresponde á cada uno de los humanos
representa ciento veinte millones de francos.
Fué cortado el silencio por un ruido estridente. Castro volvió la
cabeza, creyendo que Spadoni roncaba. Al ver sus ojos desmesuradamente
abiertos, comprendió que era un suspiro emocionado, una exclamación de
sorpresa.
--Doy mi parte por cien mil francos en billetes--dijo con voz grave.
Y mientras los demás reían, él quedó con la mirada fija en Novoa. ¡El
mar!... ¡quién diría que el mar!... Aquel sabio sabía mucho; y él, con
repentina veneración, se propuso escucharlo siempre.
* * * * *
Una noche, Atilio y el príncipe comieron solos. El pianista se había
fugado á Niza, al salir del Casino, con sus amigos los ingleses, que
jugaban al -poker- en el landó. Novoa estaba invitado á comer por un
colega del Museo, y no volvería hasta media noche.
Miguel recordó sus impresiones de la tarde. Había ido al Casino para
asistir á un concierto clásico, osando arrostrar la curiosidad
obsequiosa de los empleados y el miedo á tropezarse con algunas de sus
antiguas amistades. Desde la escalinata exterior á las puertas del
teatro tuvo que responder á una serie de profundos saludos de los
funcionarios, unos con kepis y dorados botones, otros de levita solemne,
erguidos y dignos como notarios de comedia. La gente que paseaba por el
atrio se fijó inmediatamente en él. «¡El príncipe Lubimoff!» Todos
recordaban su yate, sus aventuras, sus fiestas, repitiendo su nombre
como un eco de gloriosa resurrección. Había tenido que pasar á toda
prisa entre los grupos, con la mirada vaga, fingiéndose abstraído, para
no ver ciertas sonrisas conocidas, ciertos rostros invitadores que le
hacían evocar visiones dulces del pasado.
Buscó un asiento de los más ocultos en la sala de espectáculos, un
rincón de diván junto á la pared; pero también aquí le persiguió la
curiosidad. En torno del atril del director estaban los músicos de más
renombre, los que se engalanaban con el título de «solistas de S. A. S.
el Príncipe de Mónaco». Algunos de ellos habían navegado en el -Gaviota
II- formando parte de su orquesta. Durante unos compases de espera, el
primer violín, al mirar á la sala para reconocer á sus entusiastas,
descubrió á Lubimoff, participando inmediatamente su sorpresa á los
otros solistas. Todos le sonrieron, dedicándole con los ojos lo que
surgía de sus instrumentos, y el público acabó por fijarse en este señor
medio oculto que poco á poco iba atrayendo las miradas de la orquesta
entera.
Al terminar el concierto salió apresuradamente, temiendo que le cortasen
el paso ciertas amigas antiguas que había descubierto entre la
concurrencia. Cruzó el atrio violentamente, hendiendo los grupos que no
le dejaban avanzar. Aquí había llamado su atención un personaje de
ademanes majestuosos y aspecto excesivamente brillante, con sombrero
hongo, pero de seda gris bien peinada, gabán de color de miel con
bocamangas de terciopelo del mismo tono y guantes y zapatos blancos. Las
patillas grises estaban unidas al bigote; la raya del peinado descendía
hasta la nuca, y por encima de las orejas avanzaban, brillantes de
cosméticos, dos mechones recortados y teñidos.
--Creí que era un general ruso ó un personaje austriaco vestido de
invierno, con una elegancia digna de la Costa Azul, y eras tú, querido
coronel. Aún no te había visto fuera de Villa-Sirena.
Toledo se ruborizó, no sabiendo si enorgullecerse ó afligirse por estas
palabras.
--Alteza, siempre me ha gustado vestir bien y...
--¿Quién era la señora que hablaba contigo?...
--Era la Infanta. Me contaba que había perdido siete mil francos que le
enviaron de Italia, que no tiene con qué atender á los gastos de su
vida, y...
--¿Una flaca con un gran sombrero de -cow-boy-?... No, no es esa. Te
pregunto por la otra.
«La otra» sólo la había visto de espaldas, pero atrajo momentáneamente
su atención por su esbeltez y su aire de señorío.
--Alteza--dijo don Marcos titubeando--, era la duquesa de Delille.
Un silencio. Y como si con esto le hubiese pillado su príncipe en falta
y necesitara excusarse, se apresuró á añadir:
--Es muy buena con la Infanta. Le regala trajes para sus hijos, creo que
hasta le presta su ropa... ¡Una hija de rey! ¡Una nieta de San
Fernando!... Yo soy un viejo soldado de la legitimidad, y no puedo menos
de agradecer que...
Miguel cortó su protesta con un gesto. Basta: no quería oir más. Y se
dirigió á Castro. También lo había visto cerca de la salida del Casino
hablando con otra dama.
--Y yo te vi igualmente--dijo Atilio--, pero ibas impetuoso y con la
cabeza baja, abriéndote paso lo mismo que un toro acosado. ¿Quieres
saber quién es esta señora? ¿Te interesa?...
Lubimoff levantó los hombros; pero su indiferencia era falsa. En
realidad, le había interesado, aunque ligeramente, esta desconocida,
rubia, alta, con un aspecto de vigor esbelto, de ágil soltura, como las
gimnastas y las amazonas.
--Pues es «la Generala»--continuó Castro, sin parar mientes en la falta
de curiosidad de su amigo--. Este generalato no hay que tomarlo en
serio. Es un apodo cariñoso. Creo que lo inventó la de Delille, pues te
advierto que las dos son muy amigas. Es generala como otros pueden ser
coroneles.
Don Marcos no reparó en esta maldad. Atilio se mostraba esta noche de
mal humor, con los nervios excitados, deseoso de morder. Debía haber
perdido en el juego.
--La llaman «la Generala» por su carácter algo varonil, por la rudeza
con que trata á veces á las gentes. ¡Una mujer extraordinaria! ¡Una
verdadera amazona!... Tira á las armas, hace gimnasia, nada en los ríos
en pleno invierno, y además tiene una voz como un suspiro de brisa,
gorjea al hablar como un pájaro, parece que va á desmayarse á la menor
emoción lo mismo que una niña tímida... ¿Quieres saber quién es?... Se
llama Clorinda; un nombre de poema y de comedia antigua. Yo la llamo
siempre doña Clorinda; creo que sin esto le falto al respeto, á pesar de
su juventud. Tal vez tiene dos ó tres años menos que su amiga Alicia.
Las dos se detestan, y no pueden vivir separadas. Una semana por mes
chocan, se insultan, cuentan la una de la otra los mayores horrores;
luego se buscan. «¿Cómo estás, corazón mio?» «¿Me guardas rencor, mi
ángel?»
El príncipe sonrió al ver cómo imitaba las palabras y gestos de las dos
señoras.
--Clorinda es americana--continuó Castro--, pero americana del Sur, de
una pequeña República donde sus padres, abuelos y bisabuelos han sido
presidentes, hombres de guerra y padres de la patria. Su generalato no
es sin fundamento. Allá en su país la admiran por su hermosura y por los
grandes éxitos que le suponen en Europa, con ese agrandamiento y
desorientación de la distancia. Su retrato resulta una propiedad
pública; figura en todos los paquetes de café y todos los prospectos de
su país. Es la belleza nacional; y cuando envejezca, siempre existirá un
rincón del mundo donde la consideren eternamente joven. Se casó en París
con un joven francés, soñador, algo artista y algo enfermo del pecho.
Por esto mismo lo amó «la Generala». Con un hombre fuerte é impetuoso
se hubiesen matado los dos á los pocos días. Ahora es viuda. No la creo
muy rica; la guerra debe haber disminuído sus rentas, pero tiene para
vivir con desahogo. Hasta me imagino que debe sufrir menos apuros que la
de Delille. Es mujer de buena cabeza.
Calló un momento.
--¡Pero de tan raras ideas! ¡Tan acostumbrada á imponer su voluntad!...
La conocí en Biarritz hace algunos años. Aquí la he visto muchas veces
en las salas de juego: saludos, conversaciones insignificantes. Cuando
una mujer apunta, no admite galanterías que la distraigan. Hoy es la
primera vez que hemos hablado largamente. ¿Sabes lo que me ha preguntado
en seguida?... Que por qué no estoy en la guerra. En vano le he dicho
que yo soy neutral y le he demostrado que la guerra no me interesa. «Si
yo fuese hombre, sería soldado.» ¡Y si hubieras visto su mirada al
decirme esto!...
Lubimoff dedicó una sonrisa despectiva á esta mujer.
--Para ella--siguió diciendo su amigo--, todos los hombres deben
trabajar en algo, producir, ser héroes. A su pobre marido, dulce como un
cordero enfermo, lo adoró porque pintaba unos cuadros paliduchos y había
conseguido modestas recompensas en varias Exposiciones. Los hombres como
yo son para ella una especie de figurantes alquilados para animar los
salones, los casinos, los balnearios, para sostener la conversación y
ser galantes con las damas; pero no le interesan. Me lo ha dicho esta
tarde, una vez más.
--¿Y á ti te duele su opinión?--dijo el príncipe.
Calló Atilio, como si pesase sus palabras antes de hablar.
--Sí, me duele--dijo al fin resueltamente--. ¿Por qué negártelo? Esa
mujer me interesa. Cuando no la veo, no me acuerdo de ella. He pasado
meses y años sin que volviese á mi memoria. Pero así que la encuentro,
me domina... la deseo. Yo, sin ser tú, he tenido también mis
satisfacciones amorosas. ¡Pero esta mujer es tan distinta á las
otras!... Además, ¡el placer de vencerla, esa necesidad de dominación
que hay en el fondo de nuestros deseos amorosos!... Cada vez que
hablamos, y ella con su voz de pájaro y su sonrisa compasiva marca la
enorme distancia que existe entre los dos, quedo triste, mejor dicho,
desalentado, como si necesitase alcanzar algo á que no llegaré nunca por
más que me esfuerce. Hoy debería estar alegre: hace meses que no he
tenido una tarde igual. He jugado, y mira... ¡mira! Diez y siete mil
francos.
Había sacado de un bolsillo interior un fajo de billetes azules,
arrojándolo sobre la mesa con cierta furia.
--Llegué á ganar hasta veintiséis mil. Una suerte de amante desesperado,
de marido infeliz... Y sin embargo, no estoy contento.
El príncipe volvió á sonreir, como si una verdad palmaria acabase de
demostrar la certeza de sus afirmaciones. ¡La mujer! Aquella Clorinda,
generala de mil demonios, era una verdadera mujer, que con sólo breves
minutos de conversación había perturbado á Castro y tal vez acabase por
quebrantar la vida dulce, sin placeres violentos pero sin tristezas
desesperadas, que llevaban los huéspedes de Villa-Sirena.
--Y tú, Atilio--dijo con tono de reproche--, te emocionas por esa
especie de virago de voz suave... Tú crees en el amor como un colegial.
Castro adoptó un tono fríamente agresivo. De él podía decir el príncipe
lo que quisiera; ¡pero llamar virago á la otra!... ¿con qué derecho?
Ocultó, sin embargo, la verdadera causa de su enfado, fingiéndose herido
por la alusión á su credulidad.
--Yo no creo en nada; creo tal vez menos que tú. Sé que todo lo que nos
rodea es falso, convencional; mentiras que aceptamos porque nos son
necesarias momentáneamente. Tú admiras, como si fuese algo divino é
inconmovible, la música y la pintura. Pues bien; que se modifique un
poco la forma de nuestro oído, y las sinfonías de Beethoven serán
verdaderas cencerradas; que se cambie el funcionamiento de nuestra
retina, y todos los cuadros célebres habrá que quemarlos, porque nos
parecerán lienzos manchados por un juego de niños... que se transforme
nuestro cerebro, y todos los poetas y los pensadores resultarán pueriles
idiotas. No; no creo en nada--insistió rabiosamente--. Para vivir y
para entendernos necesitamos que haya arriba y abajo, derecha é
izquierda; y también esto es mentira, pues vivimos en el infinito que no
tiene límites. Todo lo que consideramos fundamental no es mas que un
cuadriculado que inventaron los hombres para que sirva de marco á sus
concepciones.
El príncipe se encogió de hombros, mirándole con extrañeza. ¿A qué venía
todo esto, con motivo de una mujer?...
--Todo mentira--prosiguió--; pero no por ello voy á vivir como una
piedra ó un árbol. Yo necesito falsedades dulces que me canten hasta la
hora de la muerte. La ilusión es una mentira, pero deseo que venga
conmigo; la esperanza otra mentira, pero quiero que marche ante mis
pasos. Yo no creo en el amor, como no creo en nada. Cuanto digas contra
él lo sé hace muchos años; pero ¿debo darle con el pie si me sale al
paso y quiere acompañarme? ¿Conoces tú una quimera que llene mejor el
vacío de nuestra existencia, aunque sea poco durable?...
Miguel acogió la vehemencia de su amigo con un gesto sardónico.
--¿Sabes por qué parezco más joven de lo que soy?--continuó Atilio, cada
vez más exaltado--. ¿Sabes por qué seré joven cuando otros de mi edad
serán ya viejos?... Me finjo irónico, parezco escéptico, pero poseo un
secreto, el secreto de la eterna juventud, que guardo para mí... Puedo
revelártelo. He descubierto que la gran sabiduría de la vida, lo más
importante, es «pasar el rato»; y lleno el vacío que todos llevamos
dentro con una orquesta: la orquesta de mis ilusiones. Lo necesario es
que toque siempre, que no queden los atriles vacíos; una vez terminada
una partitura, hay que colocar otra nueva. A veces, la sinfonía es de
amor... Las mías han sido hermosas pero breves. Por eso las he
reemplazado con otra interminable, la de la ambición y la codicia, cuyos
compases son infinitos como las estrellas del cielo, como las
combinaciones de las cartas. Juego. Veo en el girar de la ruleta un
castillo que será mío, un castillo más suntuoso que todos los que
existen; un yate superior al que tú tenías; fiestas interminables. La
baraja me hace contemplar magnificencias como no las soñaron los
cuentistas persas. Sus colores son montones de gemas preciosas. Las más
de las veces pierdo y la orquesta me acompaña en sordina, con una marcha
fúnebre de hermosa desesperación; pero á los pocos compases, esta marcha
se convierte en himno triunfal: la salida del nuevo sol, la resurrección
de la esperanza.
Ahora la mirada del príncipe era de piedad. «Está loco», parecían decir
sus pupilas.
--Esta tarde, mi orquesta--continuó--me ha hecho conocer una nueva
sinfonía, algo que no había oído nunca. Mientras ganaba dinero, no pensé
una sola vez en mí. Nada de palacios, ni de yates, ni de fiestas.
Pensaba únicamente en «la Generala», y pensaba con verdadero odio,
deseando vengarme de ella. Quería ganar cien mil francos...(¡qué sabe
uno!... ¡tal vez los gane mañana!) y luego de ganarlos comprar un collar
de perlas á la salida del Casino (los cien mil completos) y enviárselo
con un simple anónimo que dijese así, poco más ó menos: «Homenaje de
antipatía de un hombre inútil y despreciable.»
Una carcajada del príncipe despertó con sobresalto al coronel, que, como
buen madrugador, se había adormecido en su asiento. Luego, al notar que
Su Alteza no se fijaba en él, se deslizó fuera del -hall-, como si le
atrajese algo más importante que aquella conversación de los dos amigos,
que parecían ignorar su presencia.
--Pero ¿qué encuentras tú en el amor?--dijo Miguel--. Porque yo creo que
tú sabes lo que es verdaderamente el amor. Todas esas ilusiones de los
adolescentes, todos los idealismos de los poetas, no son mas que caminos
tortuosos que conducen á un mismo término, al único: el acto carnal. ¿Y
no estás fatigado de él? ¿no te acobarda su monotonía?
La voz del príncipe tomó cierta entonación lúgubre, como si clamase
sobre los escombros de su vida entera. Había encontrado centenares de
mujeres de las que levantan á su paso una muda explosión de deseos. La
resistencia femenil le era desconocida. Es más: habían corrido á él,
haciendo espontáneamente la mitad del camino, acosándole sin orden,
obligándolo, por un pundonor varonil, á sobrepasarse en sus fuerzas con
una prodigalidad que hacía doloroso el placer... ¡Y todas eran iguales!
El comprendía el espejismo de la ilusión en los que admiran desde lejos
lo que no pueden conseguir. Es la curiosidad por lo secreto, el deseo
que infunde el obstáculo, las fantasías mentales que inspiran los
trajes, los adornos, todo lo que cubre el cuerpo femenino, dando á su
monotonía la seducción de un misterio continuamente renovado. Para él,
¡ay! eran todas como si marchasen desnudas. Nada podía excitar ya su
interés: todo lo conocía.
--Además--y su voz se hizo más sorda--, á ti solo te lo confieso. El
amor y la mujer me hacen pensar en la miseria de nuestra existencia, en
el inevitable final, en la muerte. Desde que vivo emancipado de sus
engañosas seducciones, me siento más alegre, más seguro de mí mismo;
gozo con ingenuidad del momento que pasa... No quiero hablarte de las
vergüenzas físicas de esos cuerpos que pretendemos divinizar, de las
impurezas diarias ó mensuales que les hace sufrir la vida con sus
exigencias. La mujer es menos sana que el hombre. La Naturaleza lo ha
querido así. Déjala sin los cuidados de la higiene moderna, y resultará
una bestia inmunda, roída por internas suciedades... Pero no es eso lo
que me hace huir de ella.
Calló, añadiendo poco después con tristeza:
--No puedo estar al lado de una mujer sin encontrarme con la imagen de
la muerte. Cuando acaricio su cabellera sedosa, tropiezo con un cráneo
pulido, duro, amarillento, como los que asoman á flor de tierra en los
cementerios abandonados. Un beso en la boca, un mordisco en la barbilla,
me hacen ver el maxilar óseo con sus dientes, casi igual al de los
antropoides que están en los museos. Los ojos morirán; la nariz de
graciosas alillas y ventanas sonrosadas se disolverá igualmente; lo
único sólido y cierto son las cuencas negras y la grotesca chatez de la
calavera. Los pechos turgentes no pasan de ser simples tumores engañosos
que disimulan la fúnebre jaula del costillaje; las piernas que nos
parecen adorables columnas son agua y piltrafas que se disolverán,
dejando al descubierto dos largas flautas de cal. Creemos adorar la
suprema belleza, y abrazamos á un esqueleto. Nos horroriza la imagen de
la muerte, y toda mujer la lleva dentro, obligándonos á adorarla.
Ahora era Castro el que miraba con ojos de asombro. «Está loco»,
parecían decir sus pupilas, fijas en el príncipe.
--Lo que tú tienes, Miguel, es que estás ahito--dijo después de un largo
silencio--. Me recuerdas á esas personas que, al sentarse á la mesa,
disimulan con ascos su inapetencia. Las carnes asadas, de suculento
perfume, son para ellas cadáveres, envolturas de pus; los frescos
vegetales, las dulces frutas, concreciones del estiércol y de todos los
zumos malolientes que vigorizan la tierra. El pan y el vino les hacen
pensar en las manipulaciones de su elaboración... Pero si sus sentidos
despiertan, si resucitan sus necesidades, lo ven todo como si acabase de
salir el sol y encuentran un encanto inefable en lo mismo que les
repugnaba... ¿Qué me importa que una mujer lleve dentro un esqueleto?
También lo llevo yo, y esto no me impide encontrar muy agradables los
placeres de la vida y considerar que de todos esos placeres el más
interesante es... el encuentro de dos esqueletos.
Castro reía con una conmiseración afectuosa contemplando á su amigo.
--Estás harto, lo repito; tienes la inapetencia y las visiones fúnebres
de los que sufren una dolorosa indigestión... Tú te restablecerás. Eres
joven aún para permanecer en esa atonía: el apetito volverá á ti. Deseo
que no encuentres la mesa puesta como en el pasado, que la dificultad te
exalte, que la negativa te haga sufrir; y entonces... ¡entonces!...
V
Nunca había visto don Marcos tan enfadado á su príncipe como esta mañana
al anunciarle que la duquesa de Delille le esperaba abajo, en el -hall-.
--Debías haberle dicho que me he ido; un pretexto cualquiera, un
almuerzo en Niza... Pero estáis de acuerdo, seguramente. ¡Cómo proteges
á tu Infanta!...
El coronel, rojo de emoción, intentó refutar estas acusaciones. Si la
duquesa se presentaba de pronto en Villa-Sirena, era tal vez porque él
se había negado á recibir sus encargos para el príncipe.
Al bajar éste al -hall-, encontró á Alicia de pie junto á una ventana,
mirando los jardines y el mar. Estaba de espaldas, como la había visto
al salir del concierto. Cuando volvió la cabeza, Miguel se dijo que no
la habría reconocido seguramente de encontrarla en otro lugar. Era una
hermosa mujer, pero no se parecía á la que había visto por última vez en
aquel «estudio» de la Avenida del Bosque, lleno de chinerías y malsanos
perfumes. Varios años habían pasado por ella, y sin embargo parecía más
fresca, más joven. Había perdido aquella luz turbia é inquietante que
agrandaba sus ojos, dándoles una fijeza antinatural. Su tez, de una
blancura mate y enfermiza, estaba coloreada ahora por el sol y el aire
libre. La antigua esbeltez ondulante y ligera se había espesado, dando á
su organismo la calma y la estabilidad de los cuerpos que empiezan á
cristalizarse en su forma definitiva.
No pudo continuar el príncipe este rápido examen, molestado por la
sonrisa y los ojos de Alicia. Parecía, por su aire tranquilo, que
hubiese estado allí mismo la tarde anterior. Además, Miguel se sintió
repentinamente preocupado por el modo de iniciar la conversación. ¿Le
hablaría en inglés ó en francés? ¿La tutearía como antes?... Ella
resolvió sus dudas hablándole en español, y de tú, lo mismo que cuando
eran muchachos.
--Como es imposible ponerse en comunicación contigo--dijo Alicia
sentándose, después de estrechar su mano--, me he decidido á hacer esta
visita. No es muy correcto que una señora venga á visitar á un hombre
tan malfamado como tú; pero ¡habrán venido tantas aquí antes que yo!
Y estas palabras fueron acompañadas de una risa maliciosa. A
continuación se puso seria, y dijo con timidez:
--Vengo por negocios... por un asunto de dinero.
Queriendo retardar la exposición de estos negocios, habló de las
dificultades que la habían obligado á presentarse en Villa-Sirena sin
anunciar su visita. El príncipe podía tener confianza en la exactitud
con que su «chambelán» cumplía sus órdenes. Una buena persona el tal
coronel, pero intratable, lo mismo que un perro feroz, cuando alguien
pretendía que desobedeciera á su amo. Ella le había pedido inútilmente
que anunciase su visita; hasta se negó á aceptar una carta para su
señor.
--Hubiera podido escribirte; pero temí que no contestases ó me enviaras
simplemente á entenderme con tu apoderado en París. ¡Hace tanto tiempo
que no nos vemos! ¡Ha sido tan rara nuestra amistad!... Por eso,
finalmente, me decidí anoche á venir á sorprenderte en tu retiro, con la
esperanza de que no me pondrías en la puerta.
Miguel sonrió, haciendo un gesto de escandalizada negativa.
--He venido por mi deuda... por los préstamos que me hizo en otro tiempo
tu madre... Yo ignoraba á cuánto ascienden. Tu apoderado dice que son
más de cuatrocientos mil francos. Así debe de ser, cuando él lo
asegura. Yo pedía en momentos de apuro, y la princesa, que era tan gran
señora, daba y daba, sin que la una ni la otra nos fijásemos en las
cantidades... Ahora comprendo que fué enorme su bondad.
Lubimoff quedó sorprendido por esta noticia. Luego fué recordando que al
morir su madre había dejado una larga nota de todos los préstamos hechos
por ella, y que el nombre de Alicia figuraba entre los deudores. Pero
los papeles quedaron en poder de su administrador, sin que él se
acordase más de este asunto.
Comprendió inmediatamente el motivo de la visita de Alicia. Su apoderado
quería reunir dinero, y falto de los envíos de Rusia, realizaba todo lo
que él poseía en Occidente: créditos á su favor, adelantos hechos á sus
protegidos, fianzas en depósito, hasta los préstamos de la princesa,
que, según disposición suya, sólo debían exigirse en caso de ineludible
necesidad.
El estrujamiento general impuesto por las circunstancias había alcanzado
á Alicia. Hacía cuatro meses que la administración Lubimoff le enviaba
carta tras carta, reclamando el pago de su enorme deuda. La última nota
del apoderado era amenazante, en vista de su silencio. Anunciaba una
acción ejecutiva ante los tribunales. La administración guardaba muchas
cartas de ella dando las gracias á la princesa por sus bondades. Además,
todos los pagos habían sido hechos por medio de cheques, cobrados por la
misma duquesa.
--Un verdadera insolente tu administrador... El otro día te vi en el
Casino; te vi de espaldas, cuando huías de la gente. Me diste miedo: me
imaginé en aquel momento que eras otro, muy diferente del que yo conocí,
y que nunca nos entenderíamos. Después he pensado que no debes ser tan
fiero como pareces... y he venido.
Miguel, silencioso, parecía hablar con sus pupilas fijas en Alicia. ¿Y
para qué había venido? ¿Qué negocios deseaba proponerle?
Ella sonrió con una expresión de gracioso cinismo.
--He venido para decirte que no puedo pagar ahora... y tal vez nunca;
para suplicarte que esperes... no sé hasta cuándo, y que ese antipático
que administra tu fortuna no me moleste con sus insolencias.
Y como el príncipe permaneciese inmóvil, ella continuó:
--Estoy arruinada.
--Yo también--dijo Miguel--. Todos estamos arruinados. Los que fabrican
para la guerra son los únicos ricos en este momento.
--¡Oh! ¡tú arruinado!--protestó Alicia--. Lo tuyo no es mas que un apuro
del momento. Lo de Rusia se arreglará un día ú otro. Además, tú eres el
príncipe Lubimoff, el famoso millonario. Si yo tuviese tu nombre, ¿quién
me negaría un préstamo?...
Perdió de pronto la sonrisa audaz que había preparado para esta
entrevista. Sus ojos se hicieron más obscuros; su boca se arqueó hacia
abajo.
--Mi ruina es verdadera... Mira.
Señaló el triángulo de carne que dejaba libre el escote de su traje. Un
collar de perlas descansaba sobre el blanco pecho. Miguel acabó por
fijarse en estas perlas, atraído por la insistencia de ella. Falsas,
escandalosamente falsas; todas descascarilladas, opacas y amarillentas
como gotas de cera. El entendía un poco de esto; ¡había regalado tantos
collares!... Luego, Alicia le mostró las manos. Dos sortijas de factura
artística, pero sin una piedra, de escaso valor intrínseco, eran lo
único que adornaba sus dedos.
--Este vestido es del año pasado--añadió con un tono sombrío, como si
confesase la mayor de las vergüenzas--. Ya no me fían en París. ¡Debo
tanto!... Sólo el sombrero es nuevo. ¡Qué mujer, por pobre que se
considere, no compra un sombrero nuevo! Es lo más visible, lo que cambia
incesantemente, lo que hay que defender. Por suerte, con esto de la
guerra no se usan las plumas... Estoy pobre, Miguel, pobre como tú no
has conocido á ninguna mujer.
--¿Y tu madre?...
El príncipe hizo instintivamente esta pregunta. Después tuvo la sospecha
de haber leído años antes, no sabía dónde, tal vez mientras vagaba por
los mares, la noticia de la muerte de doña Mercedes. No estaba seguro;
pero la hija le sacó de dudas.
--¡Pobre señora!... No hablemos de ella.
Pero habló para lamentar sus prodigalidades de devota. Había dedicado
millones á la construcción en España de un hospital enorme por consejo
de su capellán aragonés, el astrónomo de los Campos Elíseos. El mármol
entraba en esta obra como simple material de albañilería; la verja del
jardín era forjada por un célebre fundidor de arte de París dedicado á
fabricar estatuas de salón. Al marcharse el clérigo, fatigado de tanta
largueza, el edificio monstruoso quedaba sin terminar y la preciosa
verja á pedazos en el suelo, como hierro viejo. Luego, el «monseñor»
canalizaba la generosidad de la santa dama en otro sentido. Era
necesario propagar la fe por medio del «buen libro», y surgía en París
una nueva casa editorial, inaudita, inverosímil, en la que los paquetes
de libros eran almacenados en estantes de caoba y las hojas plegadas
sobre tableros de laca.
--Los curas se llevaron casi todo lo mío--continuó Alicia--. Tal vez
para cobrar comisiones, sugerían á mamá los gastos más absurdos.
Numerosos campanarios repicaban en los dos hemisferios gracias á doña
Mercedes. Una fundición de campanas trabajaba únicamente para sus
regalos. Además, se sentía arrastrada, por una especie de debilidad
amorosa, hacia todos los bienaventurados desprovistos de renombre.
--Se dedicó en los últimos años á «lanzar» santos. Todos los que
encontraba en el calendario poco conocidos ó de nombre raro le hacían
sentir el deseo de remediar una gran injusticia. Hacía escribir sus
vidas, les dedicaba iglesias, se carteaba con los señores de Roma para
sacar adelante á muchos difuntos que esperaban inútilmente siglos y
siglos la hora de su santificación.
Lubimoff acabó por reir del tono rencoroso con que Alicia hablaba de
estos placeres místicos de su madre. ¡Famosa doña Mercedes!... Y ella
acabó por reir igualmente.
--Así fué gastando todas nuestras rentas, que eran enormes. Debía
haberme dejado una verdadera fortuna ahorrada en los Bancos. ¡Una señora
que invertía tan poco en el regalo de su persona!... Y sin embargo, tuve
que pagar grandes cantidades por todos los encargos que había hecho
antes de morir. Ten la seguridad de que el «monseñor» y los otros son
mucho más ricos que yo.
--¿Y tus minas? ¿y tus tierras de América?
La duquesa repitió su gesto de desesperación. ¡Como si no tuviese nada!
Pobre, absolutamente pobre.
--Tú dices que estás arruinado, y la escasez de dinero sólo la sufres
desde hace dos años, tal vez menos. Yo no veo un céntimo de mi fortuna
desde mucho antes de la guerra. Todos se ocupan de Rusia, del
bolcheviquismo, porque es algo que toca de cerca al viejo mundo. ¿Y lo
de Méjico, que data de los tiempos de paz europea?...
Sus tierras se habían perdido lo mismo que si fuesen bienes muebles que
pueden ser trasladados y ocultados. Una revolución agraria, cuyos ecos
apenas llegaban al viejo continente, las había devorado, suprimiendo
todo vestigio de la antigua propiedad. Los mestizos se las repartían á
su gusto, para trabajarlas ó para dejarlas más incultas que antes.
¿Contra quién podía reclamar, si estas tierras estaban en provincias que
cambiaban á cada momento de dueño y el gobierno de Méjico no ejercía
sobre ellas ninguna autoridad?...
Las minas de plata, base de la enorme fortuna de tres generaciones de
Barrios, aún estaban en peor situación.
--Uno de los titulados «generales», un indio, se ha fortificado en el
territorio de mis minas y desde allí desafía á los gobernantes de la
capital. Me dicen que todos los meses saca medio millón de francos en
barras de plata. Las corta en rodajas, les pone su marca, y hace dinero
para pagar á su gente. ¡Figúrate si le faltarán partidarios con esa
moneda de plata pura, más valiosa que la de los países civilizados!...
Nunca acabarán con él; no tiene mas que ahondar en lo mío, para crear
ejércitos. Esta mala broma viene prolongándose varios años; y yo, que
vivo en Europa, cada vez más pobre, estoy pagando una guerra
interminable al otro lado de la tierra.
A pesar de que el príncipe nunca se había ocupado de sus propios
negocios, quiso darle consejos. Debía ir allá; pedir protección; ella
había nacido en los Estados Unidos.
--Ya lo he hecho--contestó--. Tengo en Nueva York quien se ocupa de mis
asuntos. Pero ¿van á hacer una guerra sólo por mi?... El viaje tal vez
lo emprenda más adelante. Ahora no; me siento sin fuerzas... Tengo
preocupaciones terribles en estos momentos, y aún serían más grandes si
me alejase de Francia.
Sus ojos se nublaron; una expresión dolorosa contrajo su rostro. Hizo un
ademán como si buscase el pañuelo en su bolso de mano. Miguel se acordó
de aquel joven que Castro había visto en los últimos años al lado de
Alicia. Tal vez era éste el que provocaba su emoción y le impedía hacer
el viaje.
«¡El amor!--se dijo mentalmente--. ¡El amor, cuando ya ha pasado la
juventud!»
Quiso torcer el curso del diálogo, y le preguntó por el duque de
Delille. Sabía que estaba en la guerra; hasta creyó recordar que lo
habían herido en los primeros combates. ¿Vivía aún?...
Al hablar Alicia de su marido, tomó una expresión grave, con gran
extrañeza de Miguel. En otros tiempos le trataba con cierto desprecio.
Había aceptado la libertad de su esposa, con todas sus consecuencias, á
cambio de una pensión enorme. Vivían aparte, y aunque ella encontraba
muy dulce esta independencia, no podía menos de sentir una antipatía
femenil hacia este marido acomodaticio y poco dado á los celos trágicos.
Pero ahora sus ideas parecían cambiadas, y se apresuró á hablar, como si
temiese ver en Lubimoff la misma sonrisa que ella dedicaba otras veces
al duque.
--Sí; fué á la guerra. Ya sabes que es mayor que yo: más de veinte años.
Su edad le excusaba de tomar las armas; pero se acordó de que en su
juventud había sido oficial, y fué de los primeros en acudir. ¡Quién lo
hubiese creído de un hombre que parecía sin preocupaciones y se burlaba
de todo lo que no tocase á sus egoísmos!...
Los alemanes lo habían recogido moribundo en uno de sus victoriosos
avances al principio de la guerra. Estaba cubierto de heridas. Después
de dos años de cautiverio lo habían canjeado como inútil, y vivía
internado en Suiza, con un brazo menos.
--¡Pobre hombre!... Me escribe todos los meses. Pesca en el lago de
Ginebra, y piensa en mí más que nunca pensó. Sus cartas casi son de
amor. ¡Cómo transforman las desgracias nuestro carácter! Dice que ve la
vida de otro modo; tiene la esperanza de que después de este cataclismo,
que nos habrá hecho mejores, podremos juntarnos y ser felices. ¡Ah, si
yo quisiera!...
Su tono era irónico al mencionar esta felicidad quimérica, pero mostraba
al mismo tiempo respeto y admiración. El duque cazador de una gran dote,
acomodaticio y sin escrúpulos, estaba olvidado. Ahora sólo veía al
combatiente de cabeza blanca, al inválido, que, según los médicos, no
podía alcanzar una larga existencia después de las operaciones sufridas.
Y ella procuraba mantener sus esperanzas, contestando breve y
afectuosamente á sus largas cartas de desterrado.
--Entonces, ¿es por tu marido por lo que no realizas el viaje?--preguntó
Miguel, fingiendo hacer su pregunta de buena fe.
Alicia se agitó ante tal suposición. ¡Pobre Delille!... Ella sentía
otras preocupaciones. Su marido no era el único que había ido á la
guerra. Otros con menos años y con razones más poderosas para amar la
existencia habían sufrido la misma suerte. ¡Los duelos ocultos de esta
época!...
Los ojos de la duquesa se humedecieron y el gesto de su boca fué
francamente doloroso.
«Es el pequeño amante, no hay duda--se dijo Miguel--. El chiquillo que
vió Castro.»
Como si adivinase los pensamientos de él y quisiera desviarlos, Alicia
volvió á hablar del motivo de la visita y de su situación.
El príncipe movió la cabeza cuando ella le fué describiendo su asombro
al ver que la riqueza no era algo infinito é inmutable, y que se
deshacía... ¡se deshacía! sin que hubiera recurso alguno para evitar su
desmoronamiento.
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