las tristes realidades de la existencia. Pero el generoso príncipe se
anticipaba á sus deseos. Quería pagar á sus amantes, abrumarlas con sus
regalos, verlas como esclavas favoritas cubiertas de joyas. Así era más
fácil el rompimiento; podía alejarse cuando quisiera, satisfecho de su
conducta, sin emoción ante las quejas y las lágrimas. De sus
ascendientes rusos, medio orientales, había heredado una gran capacidad
sensual que le hacía buscar á la mujer, y al mismo tiempo un desprecio
inalterable por ella. La mimaba, pero no podía amarla; la adoraba, y se
revolvía indignado siempre que pretendía colocarse á su mismo nivel. Era
capaz de perder su fortuna por ella, de afrontar peligros de muerte,
pero apartándola á continuación con el pie si intentaba influir en su
existencia. Las ambiciosas que fingían una gran pasión con la inaudita
esperanza de un matrimonio, las sentimentales que pretendían interesarle
con refinamientos psicológicos, las que traían al adulterio sus
entusiasmos de madre y susurraban en su oído la felicidad de tener un
hijo que se le pareciese, le esperaban en vano al día siguiente. «¡Ni
grandes pasiones, ni hijos!...» El yate echaba de pronto dos chorros de
humo, llevando á su dueño á otro puerto, tal vez á otro continente: y si
quería huir de una ciudad del interior, ordenaba el enganche de su vagón
especial en el primer tren que partiese.
Estas fugas no eran nunca sin un generoso recuerdo. La magnificencia de
Miguel Fedor continuaba existiendo para las abandonadas. Su presupuesto
se iba cargando todos los años con nuevos nombres, como el de una casa
real que distribuye pensiones á los servidores olvidados. Pero las
pensiones del príncipe Lubimoff eran para el mantenimiento del lujo y no
de la vida. Las más modestas pasaban de treinta mil francos anuales. El
tipo medio era de doble cantidad.
--Alteza, habrá que hacer una revisión--decía el administrador.
Miguel examinaba la lista de nombres, vacilando ante algunos. No podía
recordar bien las personas que los llevaban. Luego sonreía, paladeando
ciertas visiones despertadas en su memoria. Era inmensamente rico: ¿por
qué no mantener un lujo que era la suprema ilusión de todas ellas?... No
le ofendía que de este lujo disfrutasen sus sucesores.
Experimentaba un orgullo de dios al hacer sentir á todas horas su
generosidad sin dejarse ver. En París, una joyería dirigida por un judío
de origen español trabajaba solamente para los regalos del príncipe. Sus
alhajas, de un valor sólido é intrínseco, sin añagazas de artífice,
tenían cierto aire de familia, algo así como un perfume imaginario que
hacía reconocerse á las mujeres que las ostentaban. A lo mejor, en un
-hall- de hotel, á la hora del té, en un balneario elegante ó en un
baile, dos señoras que acababan de reconocerse se examinaban en silencio
las orejas ó el pecho, hasta que la más atrevida, enrojeciendo
invisiblemente bajo sus coloretes, preguntaba con sencillez: «¿Ha
conocido usted al príncipe Lubimoff?...»
Atilio Castro admiraba á su pariente, más que por su riqueza y sus
éxitos, por su inalterable salud.
--¡Qué cosaco!... Es un legítimo heredero del protegido de Catalina.
Sin embargo, muchas veces escapaba el yate mar afuera, emprendiendo
largos viajes, sin que su dueño se viese forzado á huir de una pasión
complicada y peligrosa. Se alejaba de sí mismo, de sus excesos de
tierra, de su imaginación perversa y curiosa, que le hacía buscar y
tentar á nuevas mujeres, perturbando su tranquilidad, sin que
experimentase un verdadero deseo. Emprendía los más extraordinarios
viajes, buscando la paz del mar y su atmósfera reconfortante, la
orquesta iba con él; pero el harén quedaba en tierra. Había dado la
vuelta al planeta siguiendo la ruta más corta; luego repitió esta
circunnavegación por dos veces, pero en zigzag, queriendo conocer todas
las costas de la tierra. Ahora emprendía viajes caprichosos; navegaba de
un hemisferio á otro por el placer de visitar una pequeña isla que
había visto descrita en los libros, una de esas islas perdidas en el
Pacífico, y tan exiguas, que aparecen en las cartas como un simple punto
á continuación de su largo nombre trazado sobre la superficie pintada de
azul.
A la vuelta de una de estas excursiones, que le hacían correr el mundo
como si fuese su propiedad, recibió por el telégrafo sin hilo la noticia
de que Alemania acababa de declarar la guerra á Rusia y á Francia.
No experimentó gran extrañeza. Conocía personalmente á Guillermo II. El
era la causa de que el príncipe Lubimoff evitase navegar en verano por
las costas de Noruega.
Al año siguiente de la adquisición del -Gaviota II- se había tropezado
en dichos parajes con el yate imperial. El kaiser, como un vecino
entremetido y omnisciente, vino á verle para curiosear en su buque,
examinándolo todo, dando consejos, pasando revista á los hombres y á las
cosas, disertando sobre las máquinas é interrumpiéndose para aconsejar
variaciones en el uniforme de la tripulación. Después de un almuerzo en
su propio yate y un -lunch- en el del emperador, el príncipe Miguel
quedó harto de esta inesperada amistad. El Lohengrin con casco de
aletas, capa blanca y las dos manos en la empuñadura del sable resultaba
menos insufrible que este señor de enhiestos bigotes y dientes de lobo
vestido de marino, que reía con una risa falsa y brutal y desempeñaba el
papel de hombre sencillo, de monarca sin ceremonias, cuando encontraba
en el mar á un multimillonario de América ó de Europa. El dinero
inspiraba una gran veneración al héroe de leyenda, al místico nutrido
con sublimidades. Nunca había participado Miguel del entusiasmo que el
emperador alemán inspiraba á los -snobs-. Sonreía ante sus gustos
escénicos, sus bravatas guerreras y sus ambiciones cerebrales que
intentaban abarcarlo todo.
--Es un comediante--dijo al recibir la noticia de la guerra--, un
comediante que al sentirse viejo va á hacer llorar al mundo... ¡Y que la
suerte de los hombres dependa de él!...
Miguel Fedor se consideraba aparte de los hombres. Lamentó la guerra
como algo terrible para los demás, pero que no podía influir en su
propia suerte. Ya que Europa había caído en una demencia sanguinaria, él
seguiría navegando por los mares lejanos. Gracias á su riqueza, podía
mantenerse al margen de la lucha.
Pero los tiempos cambiaban rápidamente; la vida era otra: todos los
valores habían perdido su antiguo aprecio. El -Gaviota II-, á pesar de
su bandera rusa, se vió detenido por los torpederos ingleses, que lo
sometieron á una minuciosa inspección, no comprendiendo que se navegase
por gusto cuando todos los mares estaban convertidos en un campo de
batalla. A la altura de las Azores tuvo que forzar sus máquinas para
librarse de un corsario alemán.
Además, escaseaba el carbón. Los depósitos esparcidos en las costas lo
guardaban para los buques de guerra. Noticias importantes llegaban con
frecuencia al yate por el telégrafo sin hilo desde el lejano París,
donde estaba el primer apoderado del príncipe. Se había roto la
comunicación entre él y las administraciones de la fortuna Lubimoff
establecidas en Rusia. No llegaba dinero de allá, y los Bancos de París,
con las cajas cerradas por el -moratorium-, facilitaban secretamente
dinero á un millonario como el príncipe, pero no tanto como exigían sus
necesidades.
El yate fué á amarrarse en el puerto de Mónaco, y Miguel Fedor, al
llegar á París, casi rió como en presencia de un cambio grotesco de las
leyes naturales. ¡El heredero de los Lubimoff necesitando dinero y
teniendo que esforzarse por adquirirlo, lo que no había hecho en toda su
existencia; solicitando adelantos horriblemente usurarios con la
garantía de sus lejanas y famosas riquezas, que por primera vez eran
menospreciadas!...
Cuando se restablecieron las comunicaciones de un modo intermitente
entre la Europa occidental y la Rusia casi aislada, el administrador
mostró un gesto desesperado, la recaudación había descendido un ochenta
por ciento.
--Según eso, ¿voy á ser pobre?--preguntaba Lubimoff, riendo: tan
inverosímil y disparatada le parecía la noticia.
Resultaba muy difícil enviar dinero á París, y el valor de los rublos
descendía vertiginosamente. Los millones pasaban á ser en Francia
simples centenas de mil. La movilización militar había dejado las minas
sin brazos; los productos no obtenían salida; los -mujiks-, viendo sus
hijos en el ejército, se negaban á pagar y hasta á trabajar. El gobierno
ruso, para que el dinero quedase en el país, limitaba los envíos
monetarios á los compatriotas residentes en el extranjero.
--¡El zar sometiéndome á una pensión!--decía asombrado el príncipe--.
¡Mil ó dos mil francos al mes!... ¡Qué absurdo!
Ya no reía. Su cólera contra la corte rusa, que se había ido aglomerando
de un modo inconsciente desde su lejana expulsión de Petersburgo,
estalló ahora á impulsos del egoísmo. El zar y sus consejeros, deseosos
de rusificar toda la Europa oriental, eran los culpables de la guerra.
Bien podían haberse mantenido en paz con Alemania. ¿Por qué turbar la
tranquilidad del mundo á causa de un pequeño pueblo balkánico?...
Se burló fríamente de algunos amigos que, siguiendo rutas extraviadas á
través de Europa y de los mares glaciales, volvían á Rusia para
recuperar sus antiguos puestos en el ejército. El no quería morir por el
zar. Le importaba poco que su país fuese gobernado por alemanes. Hasta
en ciertos momentos lo juzgaba preferible, siempre que la paz se
restableciese rápidamente, permitiéndole disfrutar otra vez de sus
riquezas y reanudar la vida de meses antes, que ahora le parecía á medio
siglo de distancia.
Los dos años siguientes transcurrieron para Lubimoff como en una
pesadilla. ¿Qué mundo era éste?... Sus antiguas amistades desaparecían.
Algunas de las mujeres frívolas que habían amenizado su existencia
contemplaban los acontecimientos con una tranquilidad inconsciente; pero
otras se mostraban abnegadas y heroicas, olvidando sus actos anteriores,
sintiendo formarse dentro de ellas un alma nueva.
El príncipe se vió arrastrado por los sucesos de un modo brusco. Una
fuerza misteriosa é irresistible le empujaba, le hacía perder el
equilibrio en lo más alto de aquella vida tan dulce, tan amplia,
coronada de un halo de gloria. Después rodó solo, por su propia inercia,
y cada escalón le reservaba un golpe más fuerte, una sorpresa más
dolorosa. ¿Hasta dónde llegaría en su derrumbamiento?... ¿Qué podría
encontrar al final de esta caída ilógica?...
Las entrevistas con su administrador de París le parecieron algo que
transcurría en otro planeta, sometido á leyes absurdas. Estas
conferencias las terminaba siempre dando la misma orden:
--Busque usted dinero. Pida prestado... Yo soy el príncipe Lubimoff, y
esto no puede durar. Venzan unos ó venzan otros (me da lo mismo), el
orden se restablecerá, y yo pagaré inmediatamente á mis acreedores.
Pero el administrador le contestaba con un gesto de desaliento.
¿Encontrar dinero sobre bienes que estaban en Rusia?... Valiéndose del
antiguo prestigio del príncipe, había podido realizar varios
empréstitos; mas transcurría el tiempo y los intereses enormes iban
acumulándose. Lubimoff, á pesar de haber simplificado sus gastos y
suprimido sus pensiones, necesitaba mucho dinero para vivir.
La caída del zarismo fué una esperanza para este magnate que odiaba al
gobierno imperial. «Con la República se acelerará el fin de la guerra y
volveremos al buen orden.» Su egoísmo le hacia concebir una República
preocupada, ante todo, de devolver sus riquezas á los seres dichosos por
su nacimiento. Los delgados hilillos de su fortuna que aún llegaban con
intermitencias hasta París se cortaron de pronto: la fuente de su
riqueza estaba seca. El desmoronamiento de todo un mundo había cegado su
boca, tal vez para siempre.
--Hay que vender, Alteza--decía el administrador--; hay que desprenderse
de todo lo superfluo. Liquidemos á tiempo. ¡Quién sabe hasta cuándo
durará lo presente!
El yate estaba inmóvil en el puerto de Mónaco. Casi toda su tripulación,
compuesta de italianos, franceses é ingleses, lo había abandonado para
ir á servir en las flotas de sus naciones. Sólo unos cuantos españoles
continuaban á bordo, para mantener la limpieza del buque.
El -Gaviota II- fué rebautizado por el Almirantazgo inglés antes de
cederlo á la Cruz Roja. Miguel Fedor, al firmar la escritura de venta,
creyó que abdicaba de todo su pasado. El prestigio novelesco de su
existencia iba á desvanecerse; el palacio de las -Mil y una noches- se
convertía en un hospital... ¡Qué mundo!
Los millones ingleses le proporcionaron un año de tranquilidad. Su
administrador pagó deudas enormes, y él pudo mantenerse en París sin
hacer economías; en un París que terminaba su tercer año de guerra con
inexplicable confianza, reanudando sus placeres, como si todo peligro
hubiese pasado. Sus amores con dos grandes señoras cuyos maridos habían
sido llamados á las armas--aunque no estaban en el frente--le hicieron
pasar unos meses en Biarritz, en la Costa Azul y en Aix-les-Bains.
Turbó su apoderado estas delicias. Siempre repetía el mismo consejo:
«Hay que vender.» La fortuna del príncipe era ya un barco viejo y sin
rumbo. El administrador había cegado las antiguas brechas con el
producto de la última venta, pero advertía á cada momento nuevas vías de
agua.
Miguel Fedor acabó por acostumbrarse á la desgracia, acogiéndola con
serenidad.
La venta del palacio construído por su madre le produjo menos emoción
que la del yate.
Un cambio se inició al mismo tiempo en sus deseos. Se sintió fatigado de
las empresas sensuales, que parecían ser la única finalidad de su
existencia. Aquel vigor siempre fresco y renovado que asombraba á Castro
se derrumbó de pronto. Pero esto obedecía á una preocupación, más que al
desgaste físico.
Se consideraba pobre, y él estaba acostumbrado á pagar regiamente sus
amores. No pudiendo recompensar á la mujer con el lujo, huiría de ella,
para no ser su deudor y someterse á sus caprichos. Prefería domar al
deseo á dejar de satisfacerlo con la grandeza de un señor oriental.
Además, ¡estaba tan cansado del amor y de todo lo agradable que puede
encontrar un hombre sobre la tierra!...
Pensó en su amigo Atilio, en el coronel, en Villa-Sirena, blanca é
irisada por el sol del Mediterráneo, entre olivos y cipreses.
--El diluvio cae sobre el mundo. Tal vez las antiguas tierras vuelvan á
emerger; tal vez queden sumergidas para siempre... Vamos á esperar,
refugiados en nuestra Arca.
IV
Después de pasear una mirada de satisfacción por la enorme masa de
Villa-Sirena, sus dependencias y las arboledas inmediatas, el coronel
dijo á Novoa:
--Aquí costó menos lo que se ve que lo que no se ve. Hay mucho dinero
enterrado.
Y volviendo la espalda al edificio, don Marcos señaló los jardines que
se extendían en diversos planos, unos casi al nivel de los techos de la
«villa», otros escalonándose en descenso hasta cerca de las olas.
Recordaba el promontorio tal como era cuando la difunta princesa tuvo la
humorada de adquirirlo: un antiguo refugio de piratas; una lengua de
rocas batidas y desordenadas en los días de viento mistral, con
profundas cuevas abiertas por el oleaje roedor, que hacían desmoronarse
las tierras superiores y amenazaban fraccionar su longitud en una cadena
de isletas y escollos.
--¡Las murallas que hemos levantado!--continuó--. ¡La piedra que hemos
metido aquí!... Basta para cercar á toda una ciudad.
Había muros de más de veinte metros que descendían en suave pendiente
desde los jardines al mar. En unos lugares, estos muros tenían como
cimiento visible las rocas que emergían como verdosas cabezas, lavadas
incesantemente por las espumas; en otros, bajaban hasta perderse en la
profundidad acuática, lo mismo que los diques de los puertos, cubriendo
las antiguas oquedades del promontorio, las cuevas, las caletas en
formación, todos los ángulos entrantes que habían sido rellenados con
tierra vegetal.
Estos trabajos enormes de albañilería eran el orgullo de Toledo por su
costo y su grandeza. Llamaba la atención de su compatriota sobre las
proporciones de las murallas, dignas de un monarca de la antigüedad.
--Y no sólo son fuertes--continuó--. Fíjese, profesor: todas son
«artísticas».
Los bloques de piedra habían sido cortados en grandes exágonos
regulares, y formaban, incrustados unos en otros, un mosaico uniforme,
marcándose cada pieza por su reborde de cemento. A trechos se abrían en
los muros largas aspilleras para que la tierra expeliese su humedad;
pero cada una de estas ventanas cegadas tenía una planta silvestre, una
planta de vida dura y acre perfume, que se esparcía con la
indestructible voluntad de vivir del parasitismo, derramándose muro
abajo, cubierta de flores la mayor parte del año. Las espesas arboledas
de la cima, los interminables balaustres blancos con arcos de clemátides
color de vino, parecían chorrear una vida inferior florida y verde por
estos desgarrones de las murallas, enviándola al mar.
--Cuando vea esto desde abajo, en una barca, lo apreciará usted mejor.
El señor de Castro dice que se acuerda de la reina Semíramis y de los
jardines colgantes de Babilonia... Son comparaciones que sólo se le
ocurren á él. Lo único que yo puedo decir es lo que ha costado todo
esto. ¡La piedra que ha habido que traer! Toda una cantera. ¡Y las
barcazas de tierra vegetal para rellenar los huecos, nivelar el suelo y
hacer un jardín decente!...
Le entusiasmaban los parterres modernos en torno del edificio y entre
éste y la verja lindante con el camino de Mentón, por su armonía
elegante, por las reglas majestuosas á que estaban sometidos árboles y
plantas. El entendía así los jardines, como todas las cosas de la
existencia: mucho orden, respeto á las jerarquías, cada uno en su sitio,
sin ambiciones que producen confusión. Pero temía exponer sus gustos de
«hombre rancio», acordándose de las burlas del príncipe y de Castro.
Estos preferían el parque, lo que el coronel llamaba en sus adentros el
«jardín salvaje».
Habían aprovechado los vetustos olivos existentes en el promontorio como
base de este parque. Eran árboles que no podían ser llamados viejos, por
resaltar mezquina é insuficiente esta denominación; eran simplemente
antiguos, sin edad visible, con un aire de inmutable eternidad que los
hacía contemporáneos de las rocas y de las olas. Más que árboles
parecían ruinas, muros de leña negra deformados y derrumbados por una
tormenta, montones de madera encorvada y ahuecada por el chamuscamiento
de un incendio extinguido. También en ellos era más importante lo
invisible que lo expuesto á la luz. Sus raíces, gruesas como troncos,
desaparecían serpenteando en la tierra roja para volver á surgir treinta
ó cuarenta metros más allá. Habían muerto por un lado y resucitaban
vigorosamente por el otro. Lo que quinientos años antes era tronco
aparecía ahora como un muñón negro en forma de mesa, cortado por el
hacha ó el rayo; y la raíz, á flor de tierra, florecía á su vez,
convirtiéndose en árbol, para continuar una existencia sin límites
visibles, en la que los siglos se contaban como años. Otros olivos
tenían el corazón roído, vaciado; sostenían simplemente la mitad de su
coraza de corteza, como una torre partida por una explosión; pero en lo
alto ostentaban su inverosímil cabellera vegetal, unos puñados de hojas
plateadas á lo largo de las ramas sinuosas y negras. A sus pies, la
madera de las raíces, que parecía guardar en sus nudos las primeras
savias del planeta, abarcaba un radio mucho más grande que el ocupado
por el ramaje en el espacio. Algunos olivos que sólo contaban
trescientos ó cuatrocientos años se erguían con una arrogancia de
juventud, frondosos y exuberantes, tendiendo sobre el suelo su sombra
ligera, inquieta, casi diáfana, una sombra de cristal empolvado que
cambiaba de sitio según el capricho del viento.
--Su Alteza dice que hay olivos aquí que fueron conocidos por los
romanos. ¿Lo cree usted, profesor? ¿Algún árbol de éstos será del tiempo
de Jesucristo?...
Ante la indecisión de Novoa, continuó sus explicaciones. Caminaban,
entre muros de vegetación recortada, hacia el final del parque.
--Mire usted: el jardín griego.
Era una avenida de laureles y cipreses, con bancos curvos de mármol, y
teniendo por fondo una columnata en semicírculo.
--A mí me hubiese gustado plantar palmeras, muchas palmeras, de Africa,
del Japón y del Brasil, como las que hay en los jardines del Casino.
Pero el príncipe y don Atilio las aborrecen. Dicen que son un
anacronismo, que jamás han existido en esta tierra, y las han importado
los ricos de gustos ordinarios que edifican desde hace cincuenta años en
la Costa Azul. Ellos sólo admiten el antiguo jardín provenzal ó
italiano, olivos, laureles y cipreses, pero no cipreses como los de
España, copudos, enormes y fúnebres, para adorno de calvarios y
cementerios. Mírelos usted: son ligeros y finos como plumas. Para que no
los tumbe el viento hay que plantar dos ó tres juntos, y forman un solo
penacho.
Habían llegado al fondo del parque, donde estaban los olivos más
frondosos. Marchaban por senderos abiertos á través de altas masas de
vegetación silvestre y olorosa que podía desafiar con su savia brava el
ambiente marítimo cargado de sal. Eran plantas de hoja dura que
exhalaban perfumes exóticos é intensos. Novoa, al aspirarlos, evocó
lejanas visiones geográficas. Un olor de incienso y de arroz sazonado
con -karri- flotaba sobre este jardín selvático. De un árbol á otro se
tendían una especie de lianas. Estas guirnaldas naturales habían
empezado á florecer en pleno invierno, bajo el soplo de una primavera
precoz, destacándose con una magnificencia de fiesta galante sobre el
verde severo y pálido de los olivos.
--Don Atilio dice que todo esto le hace pensar en una sinfonía de
Mozart.
El Mediterráneo estaba á sus pies, profundamente azul, peinándose con
lentos cabeceos en una fila de escollos puntiagudos que sacaban de sus
hilos acuáticos borbollones de espuma. Se bifurcaba el promontorio aquí,
formando los dos brazos de una horquilla desigual. El más corto era una
prolongación del parque, llevando aguas adentro la magnífica arboleda
que abullonaba su dorso. El otro descendía hasta el mar como un caos de
rocas y tierras sueltas, sin más que algunos pinos retorcidos que se
aferraban al suelo, empeñados tenazmente en prolongar su agonía. La
miseria y el abandono de esta lengua de tierra arrancaban una mueca
dolorosa al coronel cada vez que tendía su vista por encima del muro
divisorio. La punta ruinosa, mordida por el mar, con cuevas que
amenazaban convertirse en estrechos, sin entrada fija, aislada de tierra
firme por los jardines de Villa-Sirena y defendida por una pared hostil,
representación inexpugnable del derecho de propiedad, era para don
Marcos un motivo de indignación y de escándalo.
Sin duda por esto le volvió la espalda, dirigiendo sus miradas más allá
del peñón en que está asentada Mónaco.
--Eso es hermoso, profesor: uno de los panoramas más dulces que existen.
Por algo viene aquí la gente de todos los extremos de la tierra.
Fijó su vista en unas montañas de color violeta que avanzaban sobre el
mar en último término, como el final de un mundo. Eran las llamadas
Montañas de los Moros, con la punta del Esterel, una desviación de los
Alpes Marítimos, un sistema montañoso aparte, que se mete aguas adentro.
Al otro lado existía un pedazo de la llamada Costa Azul que empieza en
Tolón y Hyères; pero este fragmento no interesaba al coronel. Lo que él
veía, con su imaginación mas que con los ojos, recorriéndolo á vuelo de
pájaro, era la verdadera Costa Azul, la suya, la de las gentes bien
nacidas y ricas, á las que visitaba en sus «villas» elegantes ó en los
hoteles de gran precio.
Los Alpes Marítimos formaban una muralla paralela al mar. En algunos
lugares descendía rápidamente sobre el Mediterráneo, con el ligero
declive de un baluarte, sin ninguna alteración que disimulase su
derrumbe. En otros puntos su caída era más suave, creando un oleaje de
piedra, montañas filiales que avanzaban sobre las olas, dibujando cabos
y suaves golfos. Y en estos remansos marítimos, desde el Esterel á la
frontera de Italia, las gentes ricas y friolentas llegadas todos los
inviernos habían acabado por convertir en capitales de fama mundial
adormiladas ciudades de provincia. Las aldeas de pescadores se
transformaban en pueblos elegantes; los grandes hoteles de París y
Londres edificaban sucursales enormes en las desiertas bahías; las
tiendas más lujosas del bulevar instalaban su filial en villorrios donde
algunos años antes todo el mundo andaba descalzo.
Toledo recorría con el pensamiento la ondulante línea de localidades
célebres asomándose al mar en la punta de los promontorios ó
encogiéndose en la herradura de los pequeños golfos para recibir mejor
la refracción del sol invernal enviada por las murallas rojas de los
Alpes: Cannes, que le inspiraba respeto por su silenciosa
distinción--los tísicos y los valetudinarios ilustres sólo querían morir
allí--; Antibes, con su puerto cuadrado y sus baluartes, que, según
Atilio Castro, recordaba las marinas románticas pintadas por Vernet;
Niza, la capital adonde convergía toda la gente para gastar su dinero,
remedando la vida de París; la profunda bahía de Villafranca, refugio de
acorazados; el Cap-Ferrat y su hermosa excrecencia de la punta de San
Hospicio, antiguo refugio de piratas africanos: Beaulieu, con sus
palacetes tunecinos habitados por multimillonarios norteamericanos de
mesa siempre abierta, que habían invitado á almorzar muchas veces al
coronel; Eze, el villorrio feudal agarrado tenazmente á una ladera de
los Alpes y cayéndose en ruinas en torno de su cariado castillo,
mientras abajo forman los tránsfugas un nuevo pueblo al borde del golfo
que sus antecesores llamaban orgullosamente el Mar de Eze; Cap-d'Ail,
que es como el atrio del principado inmediato; la roca de Mónaco,
llevando sobre su lomo una ciudad amurallada; enfrente, el flamante
Monte-Carlo; más allá, el Cap-Martin, de sombría vegetación, cerrado y
señorial, último asilo de reyes destronados; y finalmente, tocando á
Italia, el dulce Mentón, dominio de los ingleses, otro lugar de enfermos
distinguidos, donde debe terminar sus días todo tísico que se respeta.
--¡El dinero que se ha gastado aquí!--dijo don Marcos.
El ferrocarril de la Cornisa había sido considerado cincuenta años antes
como una obra extraordinaria, al abrirse paso en esta región de
montañas; pero la misma obra se repetía ahora en todas direcciones, para
comodidad de los invernantes. Caminos de suaves curvas, limpios y firmes
como el piso de un salón, se extendían por el borde del mar ó ascendían
á las cumbres de los Alpes, pasando de cresta en cresta por viaductos de
atrevidos arcos. Las carreteras se sumían en largos túneles. Donde la
roca vertical no permitía abrir una cornisa, el constructor la inventaba
con taludes de muchos metros cuya base se perdía en las olas.
Una nueva ilusión había venido á agregarse á todas las que pueden
realizar los felices de la tierra. ¡Poseer una casa en la Costa Azul!...
Y en cincuenta años, todos los caprichos arquitectónicos, todas las
fantasías de los ricos que desean asombrar con su ostentosidad, cubrían
esta ribera del Mediterráneo de «villas» y palacetes griegos, árabes,
persas, venecianos, toscanos y de otros estilos conocidos ó
indescifrables. La palmera se aclimataba como algo indígena.
--Se han invertido enormes fortunas; se han arruinado tres generaciones
y enriquecido otras tantas. ¡Pensar lo que era esto hace un siglo!...
¡Ver lo que es ahora!...
Habló el coronel de la tumba de una inglesa completamente abandonada en
la punta extrema del Cap-Ferrat. Era una precursora de los invernantes
actuales, una joven contemporánea de Lord Byron, seducida por la belleza
del Mediterráneo y de unas montañas sin caminos, casi inexploradas. Al
morir, la habían enterrado en el promontorio desierto, por ser
protestante. Los pescadores y los cultivadores de esta costa solitaria
repelían al extranjero, negándole hospitalidad hasta en sus cementerios.
--Esto ocurrió aún no hace un siglo... ¡Y qué pobreza! Todos los
productos del país eran naranjas cortezudas, limones y estos olivares,
muy hermosos, muy decorativos, pero que producen una aceituna
pequeñísima, puntiaguda, toda hueso. ¡Al lado de las nuestras de
Andalucía, profesor!... Ahora hay en la Costa Azul millonarios hijos del
país, que no han hecho mas que vender los pobres campos de sus abuelos.
La tierra roja abundante en piedras se compra á metros hasta en los
rincones más desiertos: lo mismo que los solares de las grandes
ciudades. A lo mejor, en un camino, le gusta á usted una casucha con
unos cuantos terruños en torno de ella. El edificio tiene la techumbre
combada y las paredes con grietas, por las que pasa el viento. Los
dueños duermen con las gallinas, el cerdo y el caballo: la miseria y el
descuido de los rústicos en casi todos los países. Se le ocurre á usted
que con poco dinero podría crearse allí un retiro campestre. Estas
buenas gentes no deben pedir mucho, por exageradas que sean sus
pretensiones. Y cuando uno pregunta, después de largas consultas y
dudas, acaban por decir con tranquilidad: «Ciento cincuenta mil francos»
ó «doscientos mil». A la protesta y el asombro responden, señalando las
montañas, el sol, el mar: «¿Y la vista, señor?...»
La tierra roja de Los Alpes representaba poco por su fuerza productora;
era la situación lo que constituía su valor. Y los naturales se habían
enriquecido vendiendo á metros la luz del sol, el azul del Mediterráneo,
el anaranjado de las montañas, las nubes de apoteosis á la hora del
ocaso, el abrigo de la lejana roca, que desvía como un biombo el soplo
helado del mistral.
--¡Y la tenacidad inexplicable de algunas de estas gentes!...
Don Marcos se volvió hacia aquella tierra miserable que parecía clavada
como una maldición en los jardines de Villa-Sirena, señalándosela á
Novoa. La princesa Lubimoff, con todos sus millones, no había podido
comprar esta punta del promontorio. Era de un matrimonio viejo y sin
hijos.
--Aquella es su casa--añadió señalando una especie de cubo amarillento
en mitad de la montaña, al borde de un camino que cortaba la ladera roja
y negra.
La princesa, después de adquirir el promontorio para su castillo
medioeval, había considerado como asunto insignificante la adquisición
de este pequeño extremo de su propiedad. «Deles usted lo que pidan»,
dijo á su hombre de negocios. Y á pesar de su indiferencia por el
dinero, se asombró al saber que se negaban á aceptar doscientos
cincuenta mil francos por unas rocas socavadas por las olas y dos
docenas de pinos moribundos.
--Yo presencié las entrevistas con los viejos. El enviado de la princesa
ofreció quinientos mil, seiscientos mil, sin que el matrimonio pareciera
enterarse de lo que representaban estas cifras... La princesa se
impacientó, lamentando que esto no ocurriese en Rusia y en sus buenos
tiempos. Hasta habló de encargar á Italia un asesino (como lo había
leído en algunas novelas) para que la desembarazase de los dos viejos
testarudos. Su Alteza era así... ¡Pero tan buena! Al fin, un día nos dió
una orden á gritos: «¡Ofrézcanles un millón, y acabemos!...» Imagínese,
profesor, ¡más de dos mil francos por metro! ¡como en el centro de las
grandes capitales!... Subimos á su casucha. Ni pestañearon al oir la
cifra. La vieja, que era la más inteligente, dejó que el apoderado y el
notario de Su Alteza le explicasen lo que era un millón. Miró á su
marido largamente, á pesar de que ella sola pensaba en la casa, y al fin
aceptó, pero con la condición de que la princesa elevaría en la punta
extrema de su propiedad una capilla á la Virgen. Era un deseo de su
imaginación simple que había acariciado toda su vida. Sin la capilla no
aceptaba el millón. «¡Vaya por la capilla!», dijimos. El día de la firma
de la escritura vimos á los dos viejos, sentados juntos y con la vista
baja, en el despacho del notario. Este nos recibió agitando las manos y
mirando á lo alto con desesperación. No aceptaban: era inútil insistir.
Querían conservar las cosas como las habían recibido de sus antecesores.
«¡Qué vamos á hacer con un millón!--gimió la vieja--. ¡Terrible vida la
nuestra!» Intentamos hablar de la capilla para convencerla, pero huyeron
los dos, como el que se ve en perversa compañía y teme malas
proposiciones.
El coronel miró otra vez el muro divisorio.
--Su Alteza, que era de humor guerrero, levantó inmediatamente esta
pared antes de abrir los cimientos de la «villa». Como usted puede ver
desde aquí, los viejos, para entrar en su propiedad, sólo podían hacerlo
por el borde de la playa, y en días de tormenta hay que meterse en las
olas hasta las rodillas. No importa; después de aquello le tomaron más
gusto á su tierra, y descendían de su montaña todos los domingos para
sentarse al pie de la pared. A fuerza de medir la punta, acabaron por
descubrir un error del arquitecto, aturdido por las prisas de la
princesa. Se había equivocado en cincuenta centímetros, y la mitad del
grosor del muro estaba en tierra de los viejos. La campesina, que
experimentaba ante las gentes de justicia un miedo supersticioso,
amenazó, sin embargo, con un pleito, aunque tuviera que vender su
casucha y su campo de la montaña. Hubo que derribar todo el muro y
volver á construirlo medio metro más acá. Unos sesenta mil francos
perdidos; nada para Su Alteza, pero yo sospecho á veces si esto pudo
acelerar su muerte.
Don Marcos creyó necesario hacer una pausa respetuosa en honor de la
difunta.
--La vieja también ha muerto--continuó--, y su marido sólo viene aquí de
tarde en tarde. Si encuentra que uno de sus pinos se ha venido abajo por
el movimiento de las tierras, se sienta junto á él, lo mismo que si
velase á un cadáver. Otras veces pasa las horas mirando el mar y los
peñascos, como si calculase lo que tardarán las olas en partir á trozos
su propiedad. Una tarde, yendo á pie de La Turbie á Roquebrune, tropecé
con él cerca de su casucha, cuando estaba apacentando unas ovejas. Tiene
barbas de patriarca; siempre lo he visto lo mismo, apoyado en su bastón,
una boina mugrienta en la cabeza y envuelto en un capote áspero. Además,
lleva una pipa entre los dientes; pero rara vez humea... «El millón está
esperando--le dije por bromear--. Cuando usted quiera puede venir á
recogerlo.» No pareció entenderme. Me sonreía como á alguien que se
recuerda con vaguedad, pero tal vez creyéndome, otro. Fijaba sus ojos en
Monte-Carlo, que estaba á nuestros pies, á vista de pájaro. Así debe
pasar las horas y las semanas. Su cara es de palo, de arcilla cocida;
habla poco, y nadie puede adivinar sus impresiones. Pero yo creo que
todos los días experimenta la renovación de idéntico asombro, y que
morirá sin salir de él. Ve el mar que es siempre lo mismo, las montañas
eternamente iguales, la casa que construyeron sus abuelos y que ya era
vieja cuando él nació, los olivos, los peñascos... ¡pero esa ciudad que
ha surgido, siendo ya él hombre, de una meseta cubierta de matorrales,
horadada de cuevas, y que cada año se agranda con nuevos hoteles, con
nuevas calles, con más cúpulas y torrecillas!...
El coronel olvidó repentinamente al viejo campesino. Al lado de su
compatriota Novoa se sentía locuaz, se imaginaba pensar con más vigor y
amplitud, á consecuencia de este comercio con un sabio. Además,
experimentaba cierto orgullo al poder hablar, como antiguo habitante del
país, de muchas cosas que ignoraba el recién llegado.
--Esto ha sido casi de nosotros--continuó, señalando el castillo de
Mónaco--. Durante siglo y medio, esa fortaleza ha tenido una guarnición
española. Nuestro gran Carlos V--y el viejo legitimista puso un profundo
respeto en su voz al evocar este nombre--ha dormido allí... Y también
allí.
Volviéndose, señaló en la montaña, encima del Cap-Martin, el pueblo de
Roquebrune aglomerado en torno de su castillo ruinoso.
--El archivero del príncipe de Mónaco estudia las numerosas cartas que
posee de nuestro gran emperador dirigidas á los Grimaldi. Cuando los
historiadores del principado quieren hacer constar la indiscutible
independencia de este pedazo de tierra, evocan como orígenes los
tratados firmados en Burgos, Tordesillas y Madrid.
Resucitaba con breves palabras la historia de este pequeño Estado nacido
en torno de un pequeño puerto. Los navegantes semitas le daban el nombre
de Melkar (el Hércules fenicio), y dicho nombre se convertía poco á poco
en el actual de Mónaco. Los güelfos y gibelinos de Génova se disputaban
el dominio de su castillo, hasta que un Grimaldi disfrazado de monje
entraba por sorpresa en su recinto, abriendo las puertas á sus amigos y
haciendo para siempre del antiguo Puerto Hércules una propiedad de su
familia.
--Ese fraile, espada en mano--continuó don Marcos--, es el que figura á
ambos lados del escudo de Mónaco. Después, la historia de los Grimaldi
fué semejante á la de todos las familias soberanas de aquellos tiempos.
Hicieron la guerra á los vecinos, se pelearon entre ellos, y hasta hubo
hermano que asesinó á su hermano... Los navegantes de Mónaco se
dedicaron á corsarios, y su bandera sirvió á veces para dar personalidad
á piratas de otros países... La alianza de los Grimaldi con España les
permitió titularse príncipes. Hasta entonces sólo habían sido marqueses.
Carlos V les llamaba en sus cartas «amados primos», con otros títulos
honoríficos... Este peñón era de gran importancia para los monarcas de
España, que tenían posesiones en Italia y necesitaban conservar seguro
el camino. Los reyes de Francia ambicionaban, por su parte, suprimir el
obstáculo, atrayéndose á los Grimaldi. Durante ciento cincuenta años hay
que reconocer que se mantuvieron fieles á sus compromisos, y eso que
desde Madrid sólo de tarde en tarde les enviaban los subsidios
prometidos. Dos galeras monegascas figuraban siempre en las armadas de
España... Sólo cuando la decadencia de los Austrias empezó á hacernos
perder nuestra influencia europea nos abandonaron los Grimaldi, con la
precipitación del que huye de una casa que se viene abajo. Richelieu
hacía en aquellos momentos la grandeza de Francia, y se fueron con él.
Una noche de relámpagos y truenos, cuando la guarnición, compuesta en su
mayor parte de italianos al servicio de España, dormía sin cuidado, la
sorprendieron, la desarmaron, después de matar á algunos que pretendían
resistirse, y acabaron por enviarla cortésmente al virrey español de
Milán con la noticia de que la alianza quedaba rota para siempre.
Los príncipes de Mónaco, feudatarios de Francia, vivían después en
Versalles, haciendo oficio de cortesanos ó sirviendo en los ejércitos
del rey. La Revolución los perseguía, como á todos los monarcas,
guillotinando á una hermosa dama de la familia. Napoleón los había
tenido como edecanes un su séquito militar, y la larga paz del siglo XIX
les hacía volver á instalarse en su exiguo principado.
--¡Eran tan pobres!--siguió diciendo Toledo--. Tenían que mantener el
boato de una corte, pues en los Estados pequeños, donde se vive como en
familia, resulta preciso exagerar la etiqueta para que el príncipe sea
respetado. Había que sufragar los mismos gastos de una nación grande,
justicia, administración, hasta un ejército diminuto para la seguridad
interior, y todo el principado no producía mas que limones y olivas...
Mire usted si eran pobres y si se verían apurados, no sabiendo de dónde
sacar recursos, que bajo el reinado de Florestán I, abuelo del príncipe
actual, hubo un intento de revolución por haber decretado el soberano
que toda la oliva del país sólo podía molerse en los molinos de su
propiedad.
Después, bajo Carlos III, aún resultaba más angustiosa la situación. El
principado se disolvía. Los dos pueblos Mentón y Roquebrune,
dependientes de Mónaco, se emancipaban de él, entusiasmados por la
revolución italiana, incorporándose á la monarquía de los Saboyas. Poco
después, al adquirir Napoleón III el antiguo condado de Niza, se hacían
franceses. Y Mónaco quedaba aislado dentro de Francia, con su soberanía
bien reconocida; pero la tal soberanía no abarcaba mas que una ciudad
única en la meseta de un peñón, un pequeño puerto y unos alrededores
cubiertos de plantas parásitas: casi el terreno que recorre un burgués
pacífico en su paseo después del almuerzo. ¿Cómo iba á sostenerse el
minúsculo Estado?...
--El juego lo salvó. No crea usted, como algunos, que esto fué una
iniciativa del soberano de Mónaco. Muchos príncipes alemanes habían
apelado á la misma industria para el sostenimiento de sus dominios. Es
una invención germánica. Mas el juego á orillas del Mediterráneo, bajo
un sol invernal que rara vez se muestra infiel, resulta otra cosa que en
un Estado del centro de Europa... Al principio no marchó el negocio.
Establecieron un miserable Casino en el Mónaco viejo, frente al palacio,
en lo que hoy es cuartel de los carabineros del príncipe. Los «puntos»
eran muy contados. Había que venir en diligencia por lo alto de los
Alpes, siguiendo la antigua vía romana, y descender desde La Turbie por
caminos como barrancos. Se necesitaban verdaderos deseos de jugar.
Luego, el Casino bajó al puerto, donde hoy está el barrio de La
Condamine: igual fracaso. Los arrendatarios del juego quebraban, sin
poder cumplir sus compromisos con el príncipe... Pero se abrió el
ferrocarril de la Cornisa, quedando Mónaco en el camino de París á
Italia, y todos los jugadores, todos los desocupados del mundo,
afluyeron aquí en pocos años... ¡Qué transformación!
El coronel volvió á acordarse del viejo campesino que, apacentando sus
ovejas en la ladera alpina, pasaba las horas con los ojos fijos en la
maravillosa ciudad extendida á sus pies, en el mismo lugar que había
visto de joven cubierto de matorrales.
--Entonces nació Monte-Carlo. Frente al peñón de Mónaco, formando la
otra ribera del puerto, había una meseta abandonada. No hace de esto mas
que unos sesenta años. Aún quedan diseminados un los jardines de la
plaza, entre los árboles tropicales, algunos pobres olivos de aquel
tiempo, que han sido respetados como recuerdos de la época de miseria.
Donde hoy vemos el Casino, los grandes hoteles y las casas de té más
elegantes, existían cavernas de la época prehistórica, que en tiempos
menos remotos sirvieron también de guaridas de ladrones. Esta meseta
salvaje era apodada, por sus grutas, «Las Espeluncas». Algo de lo que ha
visto usted en el Museo Antropológico de Mónaco: hachas de piedra,
restos humanos, etc., procede de esas cavernas... Y la meseta abandonada
se convirtió, en una docena de años, en la gran ciudad de Monte-Carlo,
de fama mundial, dejando obscurecido y casi olvidado en el peñón de
enfrente al histórico Mónaco, que no es ya mas que uno de sus arrabales.
Ha crecido tanto este Monte-Carlo, que se extiende de una punta á otra
del principado: todo el suelo nacional está bajo techo, y cada año se
desborda fuera de las fronteras. En territorio francés se llama
Beausoleil. No hay mas que atravesar la plaza del Casino, sus jardines
en pendiente, y subir una escalinata hasta el llamado bulevar del Norte,
para encontrarse con uno de los espectáculos más raros de Europa. Una
acera es del príncipe de Mónaco y la de enfrente de la República
francesa. Los tenderos pagan distintas contribuciones y obedecen á
distintos reglamentos, según tienen sus escaparates á la derecha ó á la
izquierda.
Toledo quedó pensativo un momento.
--¡Los milagros de la ruleta!--continuó--. ¡El poder mágico del «negro»
y el «rojo»! El Casino dicen que es un portento de mal gusto, pero
chorrea oro como una iglesia rica. Su teatro estrena óperas que después
se hacen célebres en el mundo. Los hoteles, innumerables, son palacios.
Monte-Carlo está erizado de cúpulas y torrecillas lo mismo que una
ciudad oriental. Las calles parecen salones, con un pavimento
escrupulosamente cuidado, sin la más leve suciedad. ¿Y los jardines?...
Los Alpes forman aquí una magnífica mampara: vivimos en un agujero
asoleado, casi un invernáculo. Pero á veces sopla el mistral, hace frío,
y yo no comprendo cómo pueden vivir tan lozanos, tan frescos, todos esos
árboles tropicales, todas esas plantas que nacieron en atmósferas de
horno. Los pobres olivos veteranos deben sentir tanto asombro como yo al
verse en semejante compañía... ¡El guano poderoso del «treinta y
cuarenta»! Tengo la certeza de que, si el juego cesase, toda esa
vegetación tropical se disolvería inmediatamente como un ensueño.
El silencioso Novoa acogió con una sonrisa estas palabras.
--¡Y qué transformación en las gentes!--continuó el coronel--. Fíjese en
el público del domingo: todos señores, todos igualmente bien vestidos.
Las niñas del país copian lo que ven á las mundanas elegantes, y
¡figúrese usted si vienen aquí mujeres de esa clase!... No se ve un
mendigo ni un haraposo. Nacer aquí significa algo: da la certeza de
tener la vida asegurada. El Casino cuida de todos; nunca falta un puesto
para un hijo del país en las salas de juego, en los jardines, en el
teatro; y cuando no, en la policía, en las oficinas administrativas, en
lo que depende del príncipe, y es pagado igualmente con dinero de la
Sociedad. Llegar á «jefe de mesa» es el mariscalato de un monegasco.
Puede ganar hasta mil francos al mes y además las propinas: lo que tal
vez no ganará usted nunca, profesor. Y acaba construyendo su «villa» en
lo alto de Beausoleil, donde cuida su jardín viendo á sus pies el
Casino, la casa de la buena madre... Todos comen, con tal que sepan
callar y no se mezclen en lo que no les importa. Un viejo cochero que me
sirve algunas veces se atrevió á ser franco una noche, porque estaba
algo borracho. Su mujer lleva treinta y tantos años en los
-water-closets- del Casino (sección de señoras), sus hijas trabajan en
la limpieza, sus hijos están empleados en el teatro. Todos cobran. Los
viejos tienen su jubilación, los enfermos perciben un socorro, viudas y
huérfanos cobran pensiones por el empleado muerto. «Esto es un gran
país, señor--me decía el cochero--; el mejor del mundo. Aquí todos
viven, siempre que sepan ser discretos y no tengan mala cabeza...» Y
discretos lo son todos. Además, se vigilan entre ellos y tienen miedo á
que los denuncie su mejor amigo si hablan del escándalo último ó de un
suicidio de jugador. Para el extranjero, ninguno de ellos sabe nada.
--¿Y cuando alguien habla?--preguntó Novoa--. ¿Y si alguna es de mala
cabeza?
--Lo destierran. Este es un despotismo paternal que no se atreve á
mayores castigos. La policía del príncipe le hace atravesar media calle
y lo pone en la acera francesa... No se ría usted: esta pena es cruel.
Los desterrados de otros países acaban por acostumbrarse á su desgracia,
porque viven lejos y sólo ven á su patria con el pensamiento, pero el de
aquí casi puede tocarla con la mano: no tiene mas que atravesar el ancho
de una calle. Como todo está en pendiente, contempla su casa unos
cuantos tejados más allá. De la chimenea sale el humo del almuerzo, y él
no puede ir á sentarse á su mesa; la familia está en las ventanas, y
tiene que hablarla por señas. Además, y esto es lo peor, ve cómo los
demás que fueron prudentes siguen su vida dulce á la sombra del Casino,
y el tiene que buscar una nueva profesión, un trabajo mas duro... Tan
intolerable resulta este martirio, que acaba por huir á una ciudad
lejana, para que transcurran unos cuantos años y le perdonen.
Don Marcos volvió á hacer el elogio de Monte-Carlo. Las gentes que
perdían su dinero en el Casino guardaban un mal recuerdo; pero ¿dónde
encontrar una ciudad más tranquila, plácida y limpia, con su temperatura
primaveral en pleno invierno?...
--Todo el mundo pasa por aquí: mucho pillo, pero también se ven gentes
ilustres y puede uno gozar de una sociedad distinguida.... Yo apenas
juego, y por esto aprecio la hermosura del país. Es más: siento á veces
la satisfacción del que disfruta gratis las cosas; y cuando contemplo
los paseos hermosos, cuando asisto á los conciertos y á las óperas y
gozo la dulce paz de una ciudad en la que no hay miseria ni
revolucionarios desesperados, me digo: «Esto lo pagan los jugadores y yo
lo disfruto. Ellos pierden para que yo viva bien.»
Mientras Novoa sonreía otra vez, el coronel insistió en su admiración.
--¡Parece imposible que la ruleta haga tantos milagros!... Y sólo
podemos hablar de lo que esta á la vista. El juego ha costeado ese
puerto de La Condamine tan bonito: un puerto de yates, con sus muelles
elegantes que son paseos. Debe haber intervenido igualmente en la
restauración del castillo de los príncipes. Hasta contribuye al fomento
de la vida espiritual y al prestigio de la religión. Antes de la ruleta
no había mas que simples curas en Mónaco; desde que triunfó el Casino
existe un obispo y canónigos, y se ha levantado una hermosa catedral
bizantina que sólo necesita, según dice Castro, que el tiempo la
ennegrezca un poco. La misa de los domingos figura entre las grandes
diversiones del principado. Los diarios de Niza publican el programa de
lo que cantará la capilla junto con el programa del concierto en el
Casino: canto llano de los maestros mas célebres, de Palestina ó de
nuestro Vitoria...
Novoa le interrumpió:
--Hay, además, el Museo Oceanográfico. El solo basta para justificar y
purificar todo el dinero procedente del Casino.
Dijo esto con la voz dulce y el gesto algo desmayado que lo eran
habituales, pero había en sus palabras la firmeza mística del creyente.
El coronel asintió. El Museo que entusiasmaba al profesor era obra del
príncipe soberano; y él sentía un profundo respeto por «Alberto», como
le llamaba familiarmente. Había sido oficial en la Armada española;
había navegado como teniente de navío por las costas de Cuba; elogiaba
en sus libros á los viejos marinos españoles, sus primeros maestros en
el arte de navegar. ¿Qué más para que lo venerase don Marcos?...
--Siempre que asiste á una ceremonia en su principado viste el uniforme
de almirante español... Y es un hombre de ciencia: eso lo sabe usted
mejor que yo...
Dejó hablar á Novoa. Tres cuartas partes del planeta estaban cubiertas
por los mares, y la humanidad había permanecido siglos y siglos sin
deseos de conocer la misteriosa vida oculta en el abismo de las aguas.
Los navegantes, al deslizarse por su superficie, iban guiados por la
rutina ó por experiencias fragmentarias, sin llegar á abarcar las leyes
fijas y regulares de las corrientes de la atmósfera y las corrientes
marinas. La ciencia, que lleva realizados tantos descubrimientos en solo
un siglo de existencia, se detenía desalentada ante las orillas del
Océano. Los sabios, en sus laboratorios, sólo necesitaban para sus
trabajos aparatos fáciles de adquirir; ¡pero estudiar los mares, vivir
en ellos años y años!... Para esto era preciso disponer de buques,
fabricar un material costoso y nuevo, mandar hombres, gastar millones,
errar pacientemente por los desiertos oceánicos, sin ambición, sin
prisa, esperando que el «gran azul» librase sus secretos casualmente;
exponer muchísimo para conseguir muy poco. Sólo un soberano, un rey,
podía hacer esto; y el antiguo oficial de la marina española, llegado á
príncipe, lo había hecho.
--Gracias á él--prosiguió Novoa--, la oceanografía, que apenas era nada,
aparece hoy como un estudio serio. Sus yates han sido laboratorios
flotantes, cruceros de la ciencia, que poco á poco han realizado las
primeras conquistas de la profundidad. Con sus flotadores errantes ha
afirmado de un modo cierto los viajes circulares de las corrientes
atlánticas; con sus sondajes minuciosos reveló los misterios de la vida
submarina en los diversos pisos de la masa oceánica. Los sabios han
podido navegar y estudiar sin apremios de economía gracias á él. Por su
munificencia se han publicado hermosos libros, se han abierto museos, se
han hecho excavaciones en la tierra que aclaran el origen del hombre.
--Y todo eso--interrumpió el coronel, persistiendo en su anterior
admiración--con dinero del Casino. El juego costea los cruceros
científicos, el carbón y el personal de las lejanas expediciones, la
impresión de libros y revistas, las subvenciones á los jóvenes que
desean perfeccionar sus estudios, el Instituto Oceanográfico de París,
el Museo Oceanográfico de Mónaco donde usted trabaja, el Museo
Antropológico... Y hay que contar que todo esto no es mas que una
propina que abandonan los accionistas... ¡Lo que produce ese palacio que
muchos encuentran horrible!...
--Nada importa la procedencia de las cosas cuando resultan útiles--dijo
el profesor con dureza--. Nadie pregunta á los gobiernos, al recibir su
ayuda para una obra benéfica, cuál es el origen del dinero. Muchas veces
lo han extraído con más crueldad y violencia que lo sacan en este lugar,
adonde todos acuden voluntariamente. Bueno es que el dinero de los
ambiciosos, de los ilusos, de los que sienten un vacío en su vida que no
saben cómo llenar, sirva por primera vez para algo grande y humano.
Fíjese en lo que lleva hecho por la ciencia en pocos años este príncipe
de un Estado minúsculo. ¡Si los grandes emperadores dedicasen á empresas
semejantes la inmensa fuerza de que disponen! ¡Si Guillermo hubiese
hecho lo mismo, en vez de preparar la guerra toda su vida!... ¡Lo que
tendría adelantado la humanidad!
El coronel, por considerarse hombre de guerra, sólo admitió á medias
estas palabras del profesor. La espada, la gloria militar, eran algo: el
mundo resultaría feo sin ellas... Pero se calló, no atreviéndose á
turbar el entusiasmo de su amigo.
--Todos los pecados de un lado se redimen al otro.
Novoa, al decir esto, señalaba la masa del Casino irguiendo sus cúpulas
y torrecillas policromas sobre la meseta de Monte-Carlo. Luego su índice
trazaba una raya en el aire pasando por encima del puerto, é iba á
apuntar sobre la eminencia de la izquierda, ó sea el peñón de Mónaco, un
edificio cuadrado y enorme que descendía sus muros hasta las olas, un
palacio nuevo, cuya piedra guardaba aún la blancura de la estearina en
esta atmósfera pocas veces rayada por la lluvia: el Museo Oceanográfico.
Don Marcos sonrió ante este contraste.
--Lo mismo que don Atilio. Cada vez que contempla desde aquí el
panorama, se fija en esos dos palacios separados por la boca del puerto
y que ocupan los dos promontorios. Dice que el uno justifica al otro, y
añade que son... ¿cómo dice él? ¿una antítesis?... No: es otra cosa.
A través de los árboles llegó desde Villa-Sirena el mugido metálico de
un -gong- llamando á los huéspedes, esparcidos en el parque ú ocultos
todavía en sus habitaciones. El coronel lo escuchó con placer. «El
almuerzo.»
Lanzó una última mirada á los dos enormes edificios, el uno erizado de
remates agudos y multicolor, el otro cuadrado y de una blancura
uniforme. Entre ambos promontorios, á ras del agua, venían á encontrarse
las dos escolleras nuevas que cerraban el puerto, con dos torrecillas
octógonas que flanqueaban la boca, rematadas por linternas de faro: la
una de vidrios verdes, la otra de vidrios rojos.
El coronel se dió un golpe en la frente y sonrió á su compatriota:
--¡Ah, sí, ya recuerdo!... Dice que el Casino y el Museo forman un
símbolo.
* * * * *
Quince días llevaba de existencia, sin desacuerdos ni obstáculos,
aquella asociación que Atilio había titulado de «los enemigos de la
mujer». ¡Libertad completa! Villa-Sirena era de todos, y su dueño
parecía un invitado más.
Al levantarse Castro, bien entrada la mañana, veía en un rincón del
jardín al príncipe, despechugado y con los brazos desnudos, manejando
una azada. El complemento de la nueva vida era para él cultivar una
pequeña huerta, dándose la satisfacción de comer legumbres y oler flores
que fuesen producto de su trabajo. Este hombre que había tenido un
batallón de servidores en torno de él para las necesidades de su
existencia, deseaba ahora bastarse á sí mismo, conocer la seguridad
orgullosa del que sólo confía en sus brazos. Resultaban vanas sus
invitaciones á Castro para que imitase este ejercicio sano y provechoso,
que era al mismo tiempo una vuelta á la primitiva sencillez.
--Gracias: no me gusta Tolstoi. Como vida simple, prefiero ésta.
Y se tendía en el musgo, al pie de un tronco, mientras el príncipe
seguía cavando su huerta. Hablaban de los compañeros. Novoa estaba en la
biblioteca ó vagaba por el parque. Algunas mañanas tomaba el tranvía á
primera hora para ir á Mónaco y continuar sus estudios en el Museo. En
cuanto á Spadoni, nunca se levantaba antes de mediodía, y muchas veces
el coronel golpeaba su puerta para que no llegase con retraso á la mesa
del almuerzo.
--Sólo se duerme al amanecer--dijo Atilio--. Pasa la noche consultando
sus apuntaciones sobre la marcha del juego. A veces se mete en mi cuarto
cuando estoy durmiendo, para comunicarme una de las innumerables
martingalas que acaba de descubrir, y tengo que amenazarle con una
zapatilla. Guarda en su habitación, entre los cuadernos de música,
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