--¿Me pregunta usted por la Infanta?--contestó el coronel gravemente--.
Sí; ayer la encontré en el atrio del Casino. ¡Pobre señora! ¡Si esto no
es una lástima!... ¡Una hija de rey!... Me contó que sus hijos no tienen
qué ponerse. Ella debe doscientos francos de cigarrillos en el -bar- de
los salones privados. No encuentra quien le preste. Tiene además una
mala suerte espantosa: todo lo pierde. Estos tiempos son fatales para
las personas de sangre real. Casi lloré escuchando sus miserias, y sentí
no poder darle más. ¡Una hija de rey!...
--Pero su padre renegó de ella cuando se fué con un artista
obscuro--dijo Atilio--. Y además, don Carlos no era rey de ninguna
parte.
--Señor de Castro--repuso el coronel, irguiéndose como un gallo--,
tengamos la fiesta en paz. Usted sabe mis ideas: he derramado mi sangre
por la legitimidad, y el respeto que le tengo á usted no debe servir
para...
Novoa, queriendo tranquilizar á don Marcos, intervino en la
conversación.
--Este Monte-Carlo es una playa á la que llegan toda clase de despojos,
vivos y muertos. En el Hotel de París hay otro individuo de la familia,
pero de la rama triunfante, de la que gobierna y cobra.
--Lo conozco--dijo riendo Atilio--. Es un joven de exuberancias
calípigas, que va á todas partes con su gentil secretario. Siempre
encuentra alguna señora vetusta que, deslumbrada por su parentesco real,
se encarga de mantenerlo á todo lujo... ¡No sé qué demonios puede dar á
cambio de esa protección! El secretario, de vez en cuando, le pega para
hacer constar sus antiguos derechos.
Don Marcos permaneció silencioso. A él no le interesaban las gentes de
esta rama.
--También--continuó maliciosamente Castro--conocí en el Casino, antes de
la guerra, á don Jaime, el rey actual de usted. Un mozo valiente para
jugar. Arriesga á puñados los miles de francos: maneja muchísimo
dinero. En el Casino todos contaban que se lo envían de Madrid, á cambio
de que no deje un hijo y mueran con él las pretensiones al trono.
--¡Y pensar--murmuró Novoa, sin darse cuenta de que hablaba en voz
alta--que por unos y otros se han matado allá tantos hombres!... ¡Pensar
que por una cuestión de herencia entre esas gentes nos hemos retrasado
un siglo en la vida europea!...
--¡Usted también!--clamó el coronel, nuevamente indignado--. Un sabio
decir eso... ¡Parece mentira!
II
Al terminar la segunda guerra carlista, un español se vió para siempre
lejos de su patria, en la pobreza y la obscuridad del vencido. Los
diarios de Madrid le llamaban simplemente «el cabecilla Saldaña», no
anteponiendo á su nombre adjetivos infamatorios, sin duda para
diferenciarle de otros jefes de partidas que en Aragón, Cataluña y
Valencia habían hecho durante cinco años una campaña de saqueos y
fusilamientos. Para los suyos, era el general don Miguel Saldaña,
marqués de Villablanca. El pretendiente don Carlos le había dado este
título por ser Villablanca el nombre del pueblo en que Saldaña casi
aniquiló á una columna del ejército liberal. Los conocimientos
topográficos de su jefe de Estado Mayor--un cura del país, que durante
toda su existencia se había limitado á decir misa los domingos, pasando
el resto de la semana en los montes con su escopeta y su perro--le
permitieron sorprender descuidado al enemigo, obteniendo una victoria
ruidosa.
Cuando pasó fugitivo la frontera, por no reconocer á los Borbones
constitucionales, el cabecilla tenía veintinueve años. Segundón de una
familia orgullosa y arruinada, se había visto obligado á luchar con las
tradiciones de su casa, que le destinaban á la Iglesia. Estaba
terminando sus estudios en el Colegio Militar de Toledo, cuando la
revolución de 1868 le hizo desistir de ser oficial por no obedecer á
unos generales que acababan de suprimir el trono. Al levantarse en armas
don Carlos, fué de los primeros en ponerse á su servicio; y su paso por
una escuela militar, así como su educación, le permitieron sobresalir
inmediatamente entre los demás guerrilleros del llamado ejército del
Centro, propietarios rurales, escribanos de villorrio, clérigos
montaraces.
Era de un valor temerario, aunque poco afortunado. Atacaba siempre á la
cabeza de sus hombres, y de casi todos los combates salía herido. Pero
eran heridas «de suerte», como dicen los soldados, que dejaban en su
cuerpo gloriosas señales sin destruir su vigorosa salud.
Viéndose solo en París, donde únicamente podía contar con la admiración
de algunas viejas legitimistas del -faubourg- San Germán, se marchó á
Viena. Allí su rey tenía parientes y amigos. Su juventud y sus hazañas
le valieron ser admitido en el mundo de los archiduques como un héroe de
la monarquía tradicional. La guerra entre Rusia y Turquía le arrancó de
esta dulce existencia de parásito interesante. Hombre de espada y
católico, creyó que su deber era combatir al turco; y recomendado por
sus protectores austriacos, pasó á la corte de Petersburgo. El general
Saldaña fué simple comandante de escuadrón en el ejército ruso. Los
oficiales hablaban con él en francés. Sus jinetes harto le entendían
cuando se colocaba ante el escuadrón y, desenvainando el sable, galopaba
el primero contra el enemigo.
Varias cargas afortunadas y dos heridas más «de suerte» le dieron algún
renombre. Al terminar la guerra contaba con numerosos amigos entre la
oficialidad noble, y fué presentado con los salones más aristocráticos.
Una noche, en el baile de una gran duquesa, vió de cerca á la mujer de
moda, á la joven que más daba que hablar en aquel invierno á las gentes
de la corte: la princesa Lubimoff.
Tenía veintitrés años, era huérfana, y su fortuna la apreciaban como una
de las más grandes de Rusia. El primer príncipe Lubimoff, pobre y
hermoso cosaco, que no sabía leer, logró llamar la atención de la gran
Catalina, figurando á la cabeza de sus amantes de segundo orden. En los
años que duró el capricho imperial, el nuevo príncipe tuvo que buscar su
fortuna lejos de la corte, pues los favoritos anteriores se habían
llevado todo lo que estaba más á mano. La zarina le dió cuanto quiso
escoger sobre el mapa de su inmenso Imperio: territorios lejanos, al
otro lado de los Urales, que su nuevo poseedor no había de visitar
nunca, así como los más de sus sucesores. Al crearse los ferrocarriles,
enormes riquezas fueron surgiendo de estas tierras escogidas por el
cosaco: en unas se descubrían venas de platino: en otras, canteras de
malaquita, yacimientos de lapislázuli, abundantes pozos de petróleo.
Además, docenas de miles de siervos recién emancipados por el zar
seguían trabajando la tierra, lo mismo que antes, para los descendientes
de Lubimoff. Y toda esta fortuna enorme, que casi se doblaba por año con
nuevos descubrimientos, pertenecía por entero á una mujer, la joven
princesa, que se consideraba como de la familia imperial por obra de su
ascendiente, y había preocupado más de una vez al soberano, á causa de
las excentricidades de su carácter.
Era una virgen guerrera, caprichosa, incoherente en actos y palabras,
desorientando á todos con los violentos contrastes de su conducta.
Trataba como camaradas á los oficiales de la Guardia, fumando y bebiendo
lo mismo que ellos y entrometiéndose, en sus ejercicios de equitación;
pero de pronto se encerraba en su palacio semanas enteras, para
arrodillarse, ante los santos iconos en una crisis de misticismo,
pidiendo á gritos el perdón de sus pecados. Veneraba al emperador como
representante de Dios y al mismo tiempo simpatizaba con los nihilistas.
Los personajes de la corte se escandalizaban al recordar cómo,
acompañada de una doncella que la policía consideraba sospechosa, había
ido una mañana á una pobre casita de las afueras de la capital,
confundiéndose con la canalla revolucionaria de artesanos y estudiantes.
Con ellos había desfilado por una estrecha habitación, ante un féretro
próximo á volcarse bajo los empujones de la muchedumbre triste y
curiosa.
El muerto se llamaba Fedor Dostoiewsky. La princesa había deshojado un
ramo carísimo de rosas sobre la frente abombada y las barbas ascéticas
del novelista. Y esa misma Nadina Lubimoff golpeaba en su palacio á los
criados como si aún fuesen siervos, hacía arrodillarse á sus pies á las
doncellas en momentos de cólera, lo ponía todo en conmoción con su
tempestuosa irascibilidad, hasta el punto de que cierto viejo príncipe
que era su tutor por orden imperial deseaba verla casada cuanto antes,
aunque con ello perdiese el manejo de una fortuna inmensa.
Inspiraba miedo á sus enamorados. Todos temían la burla cruel como
respuesta á una petición matrimonial. Por dos veces había anunciado su
casamiento con señores de la corte, y á última hora ella misma pidió al
zar que negase su permiso. Ningún hombre osaba ya solicitar su mano, por
temor á las risas y los comentarios. Y á pesar de las libertades é
inconveniencias de su conducta, nadie ponía en duda su virginidad.
Saldaña pensó al verla en una náyade septentrional surgiendo de un río
verde en el que flotasen bloques de hielo. Era alta, de aspecto
majestuoso, algo abultada de formas, lo mismo que las divinidades
pintadas al fresco en los techos; pero de una blancura esplendorosa, las
pupilas grises con una lenteja verde en el centro, la cabellera de un
rubio flácido y desteñido, como si acabase de surgir de un intenso
lavado. Su carne tal vez resultaba un poco blanda, á causa de su
maravillosa blancura, pero esparcía un perfume fresco, «olía á agua
corriente», según la expresión de sus admiradores. Una nariz demasiado
ancha, cuyas aletas se agitaban en momentos de emoción con un
estremecimiento caballuno, recordaba á su glorioso ascendiente el viril
cosaco de la zarina.
Pasó una gran parte del baile sin fijarse en el español. ¡Eran tantos
los oficiales que la rodeaban, acogiendo con sonrisas de gratitud sus
chistes atroces y sus palabras gruesas!... De pronto, Saldaña, que
estaba entre dos puertas, se estremeció al oir una voz femenil de tono
imperioso.
--Su brazo, marqués.
Y antes de que él se lo ofreciese, la joven princesa se lo tomó, tirando
de él hacia el salón donde estaba el -buffet-.
Nadina se bebió una gran copa de -volka-, prefiriendo este aguardiente
popular al champaña que servían pródigamente los criados. Luego,
sonriendo á su acompañante, lo llevó hasta el hueco de una ventana casi
oculta por sus cortinajes.
--¡Las heridas!... ¡Quiero ver las heridas!
El español quedó estupefacto ante la orden de esta gran dama,
acostumbrada á imponer sus más raros caprichos. Ruborizándose, como un
soldado que sólo ha vivido entre hombres, acabó por recogerse la manga
izquierda de su uniforme, mostrando un antebrazo moreno, velludo, con
gruesos tendones, hondamente surcado por la cicatriz de un balazo
recibido allá en España.
Admiró la princesa este miembro atlético, de piel obscura cortada por la
blanca tortuosidad de la carne nueva.
--¡Las otras!... ¡Quiero ver las otras!--ordenó, clavando en él unos
ojos agresivos como si fuese á morderle, mientras se doblaba hacia abajo
el arco de su boca con llorosa humedad.
Le había agarrado el brazo con una mano trémula, mientras la otra
avanzaba sobre el pecho del dolmán, pretendiendo deshacer sus cordones
de oro.
El soldado se echó atrás, balbuceando. ¡Oh, princesa!... Lo que
pretendía era imposible. Las otras heridas no podían mostrarse á una
dama...
Sintió en su única cicatriz visible el contacto de unos labios. Nadina,
inclinando su orgullosa cabeza, le besaba el brazo.
--¡Oh, héroe!... ¡Héroe mío!
Después de esto volvió á erguirse fría y serena, sin más que una leve
palpitación en las alillas de su nariz. Ya no la inquietaba el deseo de
conocer inmediatamente aquellas cicatrices espantosas que le habían
descrito los camaradas del valeroso soldado. Estaba segura de verlas á
su placer todo el tiempo que quisiera.
A los pocos días empezó á circular el rumor de que la princesa Lubimoff
se casaba con el español. Ella misma había lanzado la noticia, sin
cuidarse de conocer antes la voluntad de su futuro marido. Las razones
con que pretendía justificar su decisión no podían ser de más peso. Ella
era rubia y Saldaña moreno; los dos habían nacido en los países más
apartados de Europa. Todas estas condiciones bastaban para hacer un
matrimonio feliz. Además, la princesa estaba convencida de que siempre
había amado á España, aunque no podía señalar con exactitud su situación
en el mapa. Hacía memoria de unos versos de Heine que nombran á Toledo,
de otros versos de Musset á las marquesas andaluzas de Barcelona,
tarareaba una romanza sobre los naranjos de Sevilla... Su héroe debía
ser forzosamente de Toledo ó andaluz de Barcelona.
En vano algunos personajes de la corte le hablaron de que el zar no
autorizaría esta unión. ¡Una gran heredera casándose con un soldado
extranjero desterrado de su país!... Pero la princesa, por el mismo
conducto, hizo saber su voluntad al soberano.
--O me caso con él, ó debuto como bailarina en un teatro de París.
Se habló de la próxima expulsión de Saldaña.
--Mejor: iré á juntarme con él y seré su querida.
El viejo príncipe encargado de su tutela lamentó las exigencias de la
corte. De no existir esta oposición, el capricho por Saldaña hubiese
durado unos días nada más, como tantos otros. Se dijo que el emperador
tal vez la desterrase á sus vastas propiedades de Siberia para doblar su
voluntad, y la nieta del cosaco contestó á la amenaza prometiendo á
gritos su suicidio antes que obedecer.
Al fin, el soberano dejó prudentemente que cumpliera su deseo.
Casándose, tal vez renunciase á sus excentricidades, y la corte de
Rusia, pródiga en escándalos, tendría uno menos. El viaje de bodas de la
princesa Lubimoff se prolongó toda su vida. Sólo dos veces volvió á
Rusia por asuntos relacionados con su enorme fortuna. La Europa
occidental era más favorable á su carácter libre que la corte de un
autócrata. Al año de su matrimonio, estando en Londres, tuvo un hijo, el
único. Permitió que se llamase Miguel, como su padre, pero impuso el
segundo nombre de Fedor, tal vez en memoria de Dostoiewsky, su novelista
favorito, cuyos personajes contradictorios le inspiraban una simpatía de
parentesco.
Nadie pudo saber ciertamente si don Miguel Saldaña se consideró feliz en
su nueva situación de príncipe consorte, que le permitía gozar todos
los placeres y suntuosidades de una inmensa riqueza. A uso español,
quiso imponer su voluntad de marido y de varón fuerte, para impedir los
excentricidades de su esposa. ¡Vano empeño! Aquella mujer, á ratos
sentimental, que gemía sobre las desigualdades sociales y las miserias
de los pobres, era una fuerza explosiva capaz de agrietar el carácter
más abroquelado y duro.
Saldaña acabó por resignarse, temiendo las acometividades de la nieta
del cosaco. Deseoso de conservar su prestigio de gran señor, celoso del
respeto de la servidumbre y de la consideración de sus convidados, temió
las escenas violentas que poblaban de aullidos femeninos los salones y
hasta las escaleras de su lujosa residencia. No quiso que la princesa
volviera á enviar por segunda vez contra un muro del comedor con solo un
golpe de pie--la mesa de roble y todos sus servicios de porcelana y
cristalería, que se hicieron añicos con estrépito de catástrofe.
Cuando los arquitectos de París hubieron dado forma á los encargos de la
princesa, la familia abandonó el castillo que ocupaba en las cercanías
de Londres. Un grupo de ricos parisienses, en su mayor parte banqueros
judíos, cubría en aquel momento de hoteles particulares la llanura de
Monceau en torno del parque. La princesa Lubimoff se hizo construir en
este barrio un palacio enorme, con un jardín que resultaba inaudito por
sus proporciones dentro de una ciudad. Hasta instaló en el fondo de la
arboleda una pequeña granja, y sin salir de su casa pudo darse el gusto
de desempeñar el papel de campesina, batir leche y fabricar manteca,
pensando en María Antonieta, que también jugaba á la pastorcita en el
Pequeño Trianón.
Algunas voces parecía doblarse bajo una ráfaga de ternura y admiraba á
su esposo, acataba sus órdenes, extremando su humildad de un modo
inquietante. Hablaba á sus visitas de las campañas del general, de sus
proezas allá en España, tierra que le infundía un interés novelesco y
por lo mismo no deseaba ver nunca. De pronto interrumpía sus elogios con
una orden:
--Marqués, muéstrales tus heridas.
Y daba una prueba de su ternura dejando de enfadarse al ver que su
marido no quería obedecerla.
Le llamaba siempre «marqués», no se sabe si por conservar para ella sola
su calidad de princesa ó por creer que no debía despojarlo de un título
ganado con su sangre. El marqués jamás fijó su atención en esta
anomalía. ¡Eran tantas las de su mujer! Al año de casados, cuando llegó
á Londres la noticia de que Alejandro II había muerto destrozado por una
bomba de los revolucionarios, corrió como una loca por sus habitaciones
y hubo de guardar cama después de una tremenda crisis de indignación.
--¡Infames! ¡Un hombre tan bueno!... ¡Han matado á su padre!
Al entrar ahora Saldaña en su lujosa vivienda de París, se tropezaba
muchas veces con extraños visitantes que parecían llevar fijas en sus
espaldas las miradas de asombro de los lacayos de calzón corto. Eran
muchachas desgarbadas y con anteojos, el pelo cortado al rape y un
cartapacio bajo el brazo; hombres de luengas melenas y barbas
enmarañadas, con unos ojos inquietantes de visionarios; rusos del Barrio
Latino vigilados por la policía; terroristas que jamás imploraban en
vano la generosidad de la princesa y tal vez empleaban su dinero en
fabricar mecanismos infernales para expedirlos á su país.
Cuando el príncipe Miguel Fedor se remontaba hasta los recuerdos de la
infancia, veía á su padre teniéndolo sobre las rodillas y acariciándole
con sus duras manos. El pequeño se fijaba en su rostro de moro y sus
luengos bigotes que venían á unirse con unos patillas cortas. No podía
afirmar si la acuosidad de sus ojos negros é imperiosos era de lágrimas;
pero después que aprendió el español, estaba seguro de que había
murmurado muchas veces, mientras le pasaba la mano por la cabeza:
--¡Pobrecito mío!... Tu madre está loca.
A los ocho años, el problema de su educación hizo que la princesa se
mostrase por unas semanas maternalmente grave. Uno de aquellos
visitantes que tanto inquietaban á la servidumbre trasladó sus libros y
sus raídos trajes desde una callejuela vecina al Panteón á la vivienda
señorial de los Lubimoff, instalándose en ella. Era un joven taciturno,
dedicado al estudio de la química, y que no podía volver a su país. El
mismo día de su instalación, un agente de la policía secreta vino á
hacer preguntas al portero del palacio.
--Quiero que mi hijo sepa el ruso--dijo la princesa--. Además, aprenderá
mucho con Sergueff. Es un verdadero sabio, digno de mejor suerte.
Saldaña exigió que tuviese igualmente un maestro español, y ella no se
opuso. Todos los de su familia poseían en un grado extremo esa capacidad
de los eslavos para aprender fácilmente los idiomas.
--El príncipe Miguel Fedor--dijo la madre--es marqués de Villablanca y
debe conocer la lengua de su segunda patria.
Esto hizo que el general volviera á buscar el contacto con los antiguos
compañeros de armas que aún quedaban dispersos en París. La fama de sus
enormes riquezas le había atraído muchas peticiones, hasta de las
personas más veneradas por él en otro tiempo. Pero aunque la princesa,
generosa hasta la inconsciencia, le dejaba el manejo de sus bienes,
Saldaña, con una rigidez caballeresca, se consideraba sin derechos sobre
el dinero de su esposa, y poco á poco había huído de los pedigüeños. Un
gran cambio parecía haberse efectuado en este hombre silencioso durante
sus viajes por Europa. El antiguo soldado de la monarquía absoluta
admiraba ahora á Inglaterra y su historia constitucional.
--Las cosas se ven de otro modo corriendo el mundo--se limitaba á
decir--. ¡Si todos los de mi país hubiesen viajado!...
Un día se presentó en el palacio el nuevo maestro. Tenía doce años menos
que Saldaña, pero había estado á sus órdenes al final de la guerra, y en
vez de darle el título de marqués ó de príncipe, repitió á cada momento,
con orgullo, «mi general».
El general no guardaba el menor recuerdo de él; pero daba detalles
exactos de la última parte de la campaña, y las recomendaciones de
varios amigos no le permitían dudar de su veracidad. Debía ser uno de
aquellos chicuelos escapados de sus casas que se agregaban á las
partidas carlistas, formando una fuerza llamada «requeté», á la que
Saldaña había amenazado más de una vez con el fusilamiento en masa, no
queriendo tolerar sus habituales tropelías. El maestro afirmaba, que el
mismo general lo había nombrado alférez en los últimos meses de la
guerra, por ser más instruído que sus desarrapados camaradas.
Así entró Marcos Toledo en el palacio de los Lubimoff. El grave marido
de la princesa rió con una alegría juvenil al conocer sus andanzas de
emigrado en París. Como en los primeros meses ignoraba el francés,
detenía en la calle á los clérigos para hablarles en latín. Había
malvivido siendo maestro de guitarra y dando conferencias en un
Instituto Políglota, cuyo público no concedía la menor atención al tema,
buscando únicamente acostumbrar su oído á la pronunciación española.
¡Siete francos y medio por hablar hora y media! Pero Toledo compensaba
lo escaso de la retribución con el placer de discursear sobre los
tiempos felices de Felipe II, superiores á los presentes de liberalismo.
--Ahora sólo tengo una ambición, mi general--terminaba diciendo--: poder
algún día vestir bien.
Este deseo suntuario provenía de su adolescencia de guerrillero, cuando
robaba zagalejos amarillos y rojos á las campesinas para confeccionarse
uniformes. En París, más que la parquedad de su nutrición, le
atormentaba el ir con trajes que no pertenecían á ninguna moda conocida.
Cuando quedó instalado en el último piso del palacio, lo mismo que el
maestro ruso, y el general hubo escogido para él varias prendas en su
abundante guardarropa, Toledo creyó cumplidos todos los ensueños que se
había forjado mientras corría París como tenaz comisionista de mil cosas
invendibles.
Sus compatriotas, antiguos compañeros de miseria, le admiraban al verle
vestido como un rico y ocupando muchas veces un carruaje de los
príncipes. Su condición de maestro la consideró poco honrosa para un
antiguo guerrero, y decía modestamente:
--Soy ahora el ayudante de campo del general Saldaña. Creo que no
tardaremos en echarnos otra vez al monte.
El pequeño príncipe admiró al maestro ruso porque su madre afirmaba que
era un sabio, pero sentía cierto miedo en su presencia. En cambio,
trataba al español con una superioridad protectora y cariñosa. Toledo
hacía reir á su padre, y esto bastó para que lo considerase como un ser
inferior, pero digno de aprecio por su docilidad y su paciencia.
--Dí: ¿es cierto que ibas á ser cura?--le preguntaba Miguel Fedor--. ¿Es
verdad que al abandonar el seminario fuiste mancebo de botica?
--Príncipe--contestaba el maestro con dignidad--, yo soy don Marcos de
Toledo. Mi apellido dice mi nobleza, á pesar de todo lo que cuenten los
envidiosos, y tengo derecho á usar el -don-, porque el señor marqués me
hizo oficial.
Al poco tiempo, el discípulo hablaba correctamente el español. Parecía
haberlo aprendido con rapidez para burlarse mejor de su hidalgo maestro.
El padre contribuía también á la educación del heredero de los Lubimoff
con lo único que él podía enseñarle. Todas las mañanas, después de las
lecciones del maestro ruso, de las que salía el pequeño con un rostro
grave, Saldaña lo esperaba en una amplia sala del piso bajo.
--Príncipe, ¡en guardia!
Y él, que había sido el primer sable del ejército carlista y llevaba
sobre su conciencia una cabeza partida hasta la mandíbula en un duelo
durante la campaña contra los turcos, sonreía orgulloso al ver cómo este
muchacho de once años se mantenía firme durante la lección de esgrima,
evitando sus duros golpes y devolviéndoselos con éxito al menor
descuido. Iba á ser un hermoso hombre de combate, un digno descendiente
del cosaco y del guerrillero de las montañas españolas.
Pero esta satisfacción fué corta. De todas sus heridas «de suerte», que
sólo le molestaban ligeramente al cambiar las estaciones, una le afligía
de tarde en tarde con dolorosas crisis. Llevaba muchos años dentro del
cuerpo una bala española que no le habían podido extraer los curanderos
de su partida. Cuando los cirujanos de Londres y París intentaron la
operación, ya era tarde.
Y una mañana, el ayuda de cámara, al entrar en su dormitorio, lo
encontró muerto.
Miguel Fedor se acordaba de su propia emoción, de los suntuosos
funerales ordenados por la princesa--idénticos á los de un soberano
fallecido en el destierro--, pero aún tenía más presentes los extremos
de dolor de su madre. También ella quería morir. Las doncellas rusas
tuvieron que arrancar de sus manos un frasco de láudano, recibiendo por
su abnegación unos cuantos puñetazos más que de costumbre. Luego corrió
como una demente, aullando y con el cabello suelto, ante todos los
retratos del general. ¡Ah, su héroe! Ahora sabía verdaderamente cuánto
lo amaba...
Durante varios meses recibió á sus visitas en un salón con muebles y
cortinajes negros. Vistiendo sueltas ropas de luto, estaba medio tendida
en un sofá ante un retrato de Saldaña de cuerpo entero. Sus sables, sus
uniformes y hasta una silla rusa de montar figuraban en este salón
convertido en museo del difunto.
--¡Ha muerto como lo que fué!--gemía la viuda--. Le han matado sus
heridas.
En este período se inició la última evolución de la grandeza de don
Marcos Toledo. El sabio ruso había quedado en segundo lugar. Cierta
parte de la gloria del muerto se reflejó sobre este compatriota humilde
que había presenciado sus hazañas. Una tarde, la princesa, que
conversaba en su salón-museo con unos nobles parientes llegados de
Rusia, lloró tanto al recordar á su esposo, que quiso ausentarse un
momento.
--Coronel, el brazo.
Toledo estaba presente acompañando á su discípulo, y miró en torno de él
con extrañeza, lo que dió lugar á que la orden se repitiese en un tono
más imperioso. ¡El coronel era él!... Durante algún tiempo creyó don
Marcos en un capricho de la princesa. El día que menos lo esperase le
retiraría el coronelato.
Pero cuando, pasados los primeros meses de luto y cansada de su
retraimiento, se lanzó la viuda á hacer visitas, quiso ser acompañada
por Toledo, presentándolo á sus amistades del mundo aristocrático.
--Es el ayudante de campo del difunto marqués.
¡Lo mismo que él había inventado para darse importancia ante sus
compañeros de hambre! No dudó más de su graduación. Ya que la princesa
lo presentaba como ayudante de su marido, bien podía ser coronel. Y lo
fué hasta para el joven príncipe, que al principio le daba este título
con cierta sorna y acabó por llamarle «coronel» maquinalmente.
Sus deseos de lujosa y abundante indumentaria se realizaron
espléndidamente. Con la princesa no había que temer los escrúpulos que
mostraba algunas veces Saldaña, enemigo del despilfarro. La gran señora
hasta sentía desprecio por las personas que se aprovechaban parcamente
de su generosidad. Don Marcos pudo cambiar de traje varias veces al día
y sostuvo largas conferencias con sastres de renombre. Buscaba una
elegancia personal; quería ser un señor distinguido, pero que denuncia
en su modo de llevar la ropa á un hombre acostumbrado al uniforme: algo
así como el aire de un mariscal napoleónico obligado á vestir el frac.
Su cabeza fué objeto igualmente de grandes retoques. Imitó el peinado de
su general, con la raya de la frente á la nuca, mechones en las sienes
alisados hacia adelante y bigotes unidos con las patillas, á la rusa.
Acompañando á la princesa, se habituó á besar la mano á las señoras con
una gracia de viejo cortesano; aprendió también á sostener largas
conversaciones sin decir nada, á mantenerse aparte y casi invisible
mientras hablaban las gentes de origen superior.
Cuando la princesa, una vez terminado el primer año de viudez, volvió
resueltamente á su palco de la Opera, don Marcos la acompañó, quedando
discretamente en el fondo, como el chambelán de una reina. Una noche,
durante un entreacto, al pasar ella al antepalco, oyó cómo el coronel
contaba á un viejo general francés amigo de la casa el combate de
Villablanca.
--...y el marqués me dijo: «Ahora te toca á ti, Toledo; á ver cómo
cargas á la bayoneta.» Entonces, yo desnudé el sable, y á la cabeza de
mi regimiento...
--Es un verdadero soldado--interrumpió la princesa--. Un digno compañero
de mi héroe... El marqués me habló muchas veces de él.
Y estaba segura en aquel momento de haber oído contar al taciturno
Saldaña las proezas de su ayudante de campo.
El maestro ruso, que era para Toledo un hombre antipático é inquietante,
abandonó de pronto el palacio Lubimoff. Tal vez sentía celos de la
influencia creciente del coronel; tal vez asuntos misteriosos lo atraían
lejos de París. La princesa no experimentó ninguna pena con esta
desaparición del sabio. Había olvidado á sus rusos de aspecto sedicioso:
ya no les daba dinero: otras eran ahora sus aficiones.
De pronto, mostró deseos de vivir una larga temporada en Londres, y esto
la hizo ceder á la petición de su hijo, que ansiaba realizar un viaje
solo por toda Europa.
--Ya eres un hombre; vas á tener catorce años. Viaja, no repares en
gastos; piensa siempre que eres el príncipe Lubimoff... El coronel irá
contigo: será tu ayudante, como lo fué del heroico marqués.
Su primer viaje fué á España. Miguel Fedor deseaba conocer la tierra de
su padre. Toledo creyó del caso mostrar cierta inquietud para que le
admirase el joven príncipe. ¡Un coronel carlista que no había querido
acogerse á indulto ni acataba á la dinastía reinante!... Pero viajaron
tres meses por España, sin que se fijasen en ellos mas que por la
largueza de sus propinas. Bien es verdad que Toledo evitó ponerse en
contacto con sus antiguos camaradas. Se consideraba ya de otro mundo;
sentía interiormente el mismo cambio que su general.
Cuando Miguel Fedor sació su primer entusiasmo por las corridas de
toros, continuaron el viaje á través de Europa, hasta llegar á Rusia,
mucho después de las numerosas cartas de presentación dirigidas por la
Lubimoff á sus parientes. Un año permaneció allá el príncipe, visitando
sus propiedades menos lejanas, conociendo á todas las grandes familias
amigas de su madre. El coronel habló gravemente de cosas de guerra con
varios generales que le acogieron como un igual. Era el ayudante, el
compañero de heroísmos de Saldaña, al que habían conocido, de jóvenes,
en la guerra contra Turquía siendo oficiales.
Las antiguas amigas de la princesa Lubimoff dieron al hijo una noticia
inesperada. Su madre pretendía casarse con un señor inglés y había
escrito al zar solicitando su autorización. Esta noticia sólo impresionó
á Miguel Fedor. Los tiempos de la extravagante Nadina estaban muy lejos.
Sus actos no producían eco alguno. Otras princesas jóvenes la habían
borrado con aventuras todavía más ruidosas. Sólo algunas damas de la
antigua corte, cuando olvidaban sus preocupaciones de madres, hacían
memoria de la princesa Lubimoff, recordando con esto á la perdida
juventud, siempre más interesante que los tiempos actuales.
Al volver el joven al palacio de París encontró á su madre tan princesa
como siempre, pero casada con un señor escocés, sir Edwin Macdonald.
--Tú me dejarás algún día--dijo ella con su voz trágica de los grandes
momentos--. Un príncipe Lubimoff debe vivir en la corte, servir á su
emperador, ser oficial de la Guardia; y yo necesito un compañero, un
apoyo. Sir Edwin es la distinción personificada; pero no creas que
olvido á tu padre. ¡Nunca!... ¡Héroe mío!
Miguel Fedor vió á un señor que, efectivamente, era «la distinción
personificada»; atento con todos, muy digno en sus ademanes, parco en
las palabras, y que pasaba encerrado largas horas, estudiando, según
decía la princesa. Le preocupaba la política de su país, y su ilusión
era volver al Parlamento, de donde le había hecho salir una derrota
electoral.
Este hombre frío, de pálida sonrisa y una corrección extremada hasta en
los actos más insignificantes, no le inspiró antipatía como padrastro,
ni simpatía como amigo. Fué un hombre poco molesto y algo borroso que se
acostumbró á encontrar todos los días ocupando el antiguo lugar de su
padre, y que le hubiese sorprendido no ver de pronto.
Otras personas penetraron en el palacio Lubimoff con toda la confianza
del parentesco, á causa de este matrimonio.
Un hermano de sir Edwin había tenido que lanzarse por el mundo para
ganar su vida, como todos los segundones de las familias británicas.
Después de una existencia de aventuras, había acabado por instalarse en
el Sur de los Estados Unidos, junto á la frontera de Méjico, y de pronto
se encontró mucho más rico que su hermano mayor, al casarse con una
heredera del país.
Su esposa era mejicana. Poseía famosas minas de plata tierra adentro y
extensas llanuras en la frontera. Sólo tuvieron una hija; y cuando ésta
iba á cumplir ocho años, Arturo Macdonald murió á consecuencia de una
caída del caballo. La viuda, con su pequeña Alicia, se trasladó á Europa
para vivir en Londres, cerca de su cuñado sir Edwin, miembro entonces
del Parlamento, y admirado por la mejicana como uno de los directores
del mundo. Luego se instaló en París, por ser esta capital más de su
gusto y poder encontrar en ella á numerosos compatriotas.
La princesa Lubimoff trataba bien á esta parienta, pero su amistad
sufría bruscas alteraciones, pasando por cariñosos entusiasmos y
repentinos desvíos.
Ella y doña Mercedes podían hablar de minas y vastísimas propiedades,
aunque ninguna de las dos conocía con certeza su fortuna, apreciándola
únicamente por las enormes rentas--millones al año--que enviaban los
lejanos administradores, y que consumían ambas sin saber cómo. Otro
motivo de simpatía para la Lubimoff en sus días de benevolencia: ella
era rubia y la criolla conservaba los restos de una belleza
hispano-azteca, con la tez de un moreno algo verdoso, los ojos enormes,
rasgados, oblicuos, en forma de almendra, y una cabellera asombrosa por
su intensa negrura, su brillo y su longitud.
Pero una rivalidad instintiva amargaba frecuentemente las relaciones de
las dos multimillonarias. La princesa estaba segura de que su fortuna
era enormemente superior. Cuando doña Mercedes hablaba de la plata
mejicana, la Lubimoff aludía al platino de Rusia. «¡Y qué vale la plata
comparada con el platino!» Para acabar de aplastarla, hacía la historia
de su familia. A partir del remoto abuelo cosaco, que casi se convertía
en esposo legítimo de Catalina la Grande, iban desfilando generales,
mariscales de palacio, -halemanes- seguidos por sus mesnadas de jinetes
medio salvajes, príncipes y embajadores. La mujer de sir Edwin hablaba
como si perteneciese á la familia reinante, dando á entender que su
famoso abuelo había intervenido en la formación de algún zar. Por eso en
la corte la habían tratado siempre á ella con una predilección especial.
Vejada interiormente doña Mercedes por tanta grandeza, sonreía, sin
embargo, con una dulzura de india, como diciendo: «Todo eso está muy
lejos y tal vez sea mentira.»
De pronto, empezaba á hablar en su francés rápido y caprichoso,
revestido para siempre de una coraza de adherencias españolas.
--Mamá era íntima amiga de Eugenia... ¿No sabe usted qué Eugenia? La
emperatriz, la esposa de Napoleón III. Cuando anunciaban en las
Tullerías á madama Barrios (que era mamá), las puertas se abrían de par
en par... Papá fué de los que hicieron emperador á Maximiliano.
Y frente á las grandezas aristocráticas de Petersburgo elevaba la imagen
de la corte mejicana, del breve Imperio que había tenido por epílogo el
fusilamiento del archiduque Maximiliano y la locura de su esposa
Carlota. La buena señora lo contaba todo tal como lo había oído á su
madre. El emperador quería establecer la rancia etiqueta austriaca, pero
las matronas mejicanas, al visitar á la joven emperatriz, le decían
maternalmente, con una llaneza criolla: «¿Cómo le va, Carlotita?... ¿Qué
le parece este país, hija mía?»
A impulsos de una franqueza semejante, doña Mercedes terminaba diciendo:
--Papá, al ver que el Imperio iba mal, reconoció á Juárez y se fué con
los republicanos. Había que salvar nuestras minas.
Luego hablaba de los Barrios, procedentes, según ella, de la más vieja
aristocracia española. Todos los nobles de Madrid resultaban parientes
suyos: era cosa sabida. De niña había visto en su casa muchos papeles
que probaban su derecho á un título de marqués; pero por las
revoluciones del país y por sus viajes, ya no sabía dónde encontrarlos.
Si la princesa alababa las magnificencias de su palacio, la criolla
hacía alusión inmediatamente al elegante hotel particular comprado por
ella en los Campos Elíseos. La llegada del coronel Toledo, héroe
decorativo que volvía á dar á la vivienda principesca un prestigio
militar, no intimidó á doña Mercedes. También ella tenía su español: un
clérigo aragonés, que era algo así como su capellán de honor, y al que
consideraba un sabio, porque, aburrido de su sinecura, se había dedicado
á la astronomía elemental, instalando un telescopio en el tejado de la
casa.
Cada vez que la mejicana su atrevía á imitar las fiestas, los carruajes
ó los vestidos de la princesa, ésta lamentaba que París no estuviese en
Rusia, para llamar al general de la Policía y recordarle el respeto que
debe guardarse á las castas superiores. Pero á continuación de sus
cóleras, sentía un fulminante cariño por doña Mercedes, asegurando que,
aunque iletrada, era mujer de talento natural y la única con quien podía
hablar horas enteras.
Entre estas dos bellezas descendentes, que se habían visto solicitadas y
adoradas en otros tiempos, existía un motivo de unión, algo que las
conmovía como una música amada y lejana, como un recuerdo nostálgico de
la juventud: la hija de doña Mercedes, la vivaracha Alicia Macdonald.
La madre creía ver en ella su propia hermosura repitiéndose con nueva
savia, y se engañaba. Alicia había unido á su moreno esplendor la ligera
esbeltez, la soltura un poco amuchachada de su origen paterno. La
princesa, ante la independencia de su carácter, creía verse también á sí
misma cuando empezó á escandalizar á la corte imperial. Otro error. Ella
había podido seguir los impulsos de su voluntad, sin miedo á los
comentarios. Todo lo poseía. Además de sus inmensas riquezas, contaba
con los privilegios del nacimiento, pudiendo elevar hasta ella á
cualquier hombre, por bajo que estuviese. Alicia tenía una ambición:
unir á su fortuna un gran título de vieja aristocracia para figurar en
una corte, y este deseo lo perseguía á los quince años con una glacial
tenacidad, disimulada por aturdimientos aparentes. Doña Mercedes le
había hablado desde la infancia de matrimonios de leyenda; de príncipes
que en otros tiempos se casaban con pastoras y ahora buscaban á las
millonarias.
Miguel Fedor se sintió algo intimidado al encontrar en su palacio á esta
muchacha que le miraba descaradamente, con ojos de dominación, como si
todo lo existente debiera doblarse ante su paso.
Era hermosa, con una belleza más perturbadora que correcta. Su tez
levemente dorada con el color de la naranja, sus ojos rasgados y algo
subidos en su vértice, la abundante cabellera, que parecía retorcerse y
vivir como un haz de serpientes negras escapándose de la opresión de las
horquillas, le daban un encanto exótico. El resto de su cuerpo revelaba
la educación física moderna, los miembros ágiles y endurecidos por los
continuos deportes.
Doña Mercedes pareció empujarlos á los dos desde los primeros
encuentros.
--Háblense de tú--dijo maternalmente--. Son ustedes primos.
Aunque Miguel no llegaba á comprender este parentesco, tuteó á la joven,
mientras la criolla sonreía viendo ya á Alicia con una corona de
princesa haciendo reverencias ante el zar. La de Lubimoff estaba en una
de sus buenas épocas; no creía por el momento en castas y privilegios;
hasta habría dado dinero á los melenudos que la visitaban años antes, y
aceptó con silenciosa tolerancia los desmesurados planes de su amiga.
El príncipe iba comunicando sus impresiones al coronel.
--Demasiado señorita. Me gustan más las otras.
Don Marcos, compañero de largos y regocijados viajes, sabía quiénes eran
«las otras» para este muchacho que había empezado muy pronto á picar en
los racimos de la vida.
Otras veces le irritaba que se pareciese demasiado á las otras, con sus
atrevimientos de virgen loca.
--Es peor que un muchacho. ¡Si supieras, coronel, lo que me dice!...
Alicia, por su parte, tampoco parecía contenta. Los otros hombres se
esforzaban por adularla y serle gratos, mientras que Miguel mostraba un
carácter imperioso, semejante al suyo, discutiendo con ella,
atreviéndose á contrariarla.
Algunas vecen salían juntos á caballo para galopar por el Bosque de
Bolonia bajo la vigilancia de Toledo. Un tormento para don Marcos. El
había sido héroe de montaña; pero el grado impone deberes, y cabalgaba
todo lo mejor que puede hacerlo un coronel de infantería.
Ella era una amazona infatigable. En el hotel de los Campos Elíseos,
doña Mercedes tenía que buscarla muchas veces en las caballerizas, donde
permanecía entre palafreneros y cocheros, hablando con una autoridad
profesional, mientras vigilaba el cuidado de los animales. Luego, al
subir al salón, su cabellera suelta esparcía un fuerte olor á cuadra.
Allá en su tierra se había sostenido agarrada á las crines de un caballo
antes de saber andar. En París se metía audazmente entre los vehículos y
atropellaba á los transeuntes, viéndose atajada por la policía en sus
locos galopes. El coronel intentaba seguirla silenciosamente, pero con
el corazón oprimido. El príncipe protestaba de estas carreras, buenas
para los prados natales, y sus recriminaciones establecían entre los dos
un alejamiento hostil. «A ella no le chillaba ni su madre. Ya era mayor
de edad para saber lo que debe hacerse...» Y tenía quince años.
Una mañana, al llegar á una encrucijada del Bosque, Alicia echó su
caballo por la avenida que le pareció preferible, sin consultar á su
acompañante.
--No; por aquí--dijo imperiosamente Miguel.
--No me da la gana; ¡por aquí!--contestó ella con tono enfurruñado.
Intentó el príncipe cerrarla el paso cruzando su caballo en el camino, y
ella lanzó el suyo contra el de Miguel con un impulso que hizo doblar
las patas delanteras de las dos bestias. Toledo, que iba detrás, vió que
mediaban entre ambos miradas iracundas acompañadas de duras palabras.
Alicia levantó su latiguillo, golpeando al príncipe en un hombro.
--¡A mí!... ¡A mí!
El descendiente del cosaco Lubimoff cambió de rostro, adquiriendo una
fealdad salvaje. Su nariz pareció ensancharse aún mas. Levantó á su vez
el látigo y tiró un golpe. Pero el coronel había metido su caballo entre
los dos, recibiendo parte del fustazo en una mejilla, que empezó á
sangrar. La vista de la sangre y la consideración de que el golpe era
para ella enloqueció de cólera á la joven.
--¡Bruto! ¡Salvaje!... ¡Ruso!
Le pareció esto poco, y se mantuvo silenciosa un segundo, buscando una
injuria mayor. Los recuerdos de la niñez le dieron ayuda; las leyendas
oídas allá en sus tierras á los mestizos le sugirieron un nuevo insulto,
como si Miguel Fedor fuese Hernán Cortés.
--¡Español!... ¡Asesino de indios!
Y temiendo un segundo fustazo después de tales palabras, hizo dar vuelta
á su caballo, huyendo en una carrera frenética que no se detuvo hasta el
Arco de Triunfo.
Después de este incidente, doña Mercedes perdió toda esperanza de que su
hija fuese una Lubimoff.
--¡Princesa rusa!--decía Alicia con desprecio--. ¡Pero si en Rusia todo
el mundo es príncipe!... Vale mas un simple barón inglés, un conde de
Francia ó de España.
Miguel no se mostró mas acomodaticio al sermonearle el coronel.
--No quiero saber nada de esa p...
La princesa, en uno de sus saltos de humor, encontró muy justa la
apreciación. Estas parientas de sir Edwin siempre le habían parecido
gente ordinaria. También encontraba natural que su hijo pensase en
volver á Rusia para seguir sus destinos de príncipe. La vida de
privilegios y castas de allá era más adecuada á su rango que la
existencia democrática de París, donde unas indias americanas, porque
tenían millones, podían creerse iguales á un Lubimoff.
Hasta los veintitrés años estuvo en Rusia el príncipe Miguel. Sus
estudios militares fueron brillantes, según Toledo, distinguiéndose
entre los más famosos oficiales de la caballería de la Guardia. Alcanzó
premios en los concursos hípicos, partió á pistoletazos monedas
sostenidas por sus camaradas á cincuenta pasos, manejó el sable con una
maestría que hubiese admirado al general Saldaña y á su abuelo el
cosaco. Todos los días, en un patio de su palacio de Petersburgo, le
esperaba un monigote de tamaño natural hecho con la arcilla pegajosa y
compacta que emplean los escultores, y permanecía ante él media hora
ejercitándose. Lo importante no era asestar un golpe al enemigo, sino
darlo bien, con la mayor profundidad y fuerza posibles. Y la cabeza y
los miembros del monigote volaban segados por la hoja de acero. El
estudio de las ciencias militares quedaba para los de infantería y
artillería, hijos de empleados y de mercaderes.
El coronel se mostró asombrado al principio de las magnificencias y
derroches de la vida rusa; luego acabó por encontrarla regular, como si
estuviese acostumbrado á algo semejante desde su niñez. «Piensa, hijo
mío, en el nombre que llevas--escribía la princesa--. No lo deshonres.
Gasta con arreglo á lo que eres.» Y el hijo seguía fielmente sus
consejos, sin pedirle nada á ella, entendiéndose directamente con los
administradores rusos. Según los cálculos de don Marcos, el teniente de
la Guardia gastaba unos tres millones por año. Su cuadra de caballos de
carrera era la más célebre de la capital. Muchas bellezas famosas de la
corte y de los teatros tenían algo que ver con el príncipe Miguel Fedor.
Sus cenas en el palacio Lubimoff ó en los restoranes de moda eran
buscadas por toda la juventud aristocrática. Verse invitado á ellas
representaba un honor extraordinario, algo así como ser individuo de una
academia de superhombres. Mujeres célebres acababan bailando desnudas
sobre la mesa á las primeras luces del alba, para no desairar al
anfitrión.
A veces se cortaban estas fiestas con una disputa de borrachos,
mezclándose el vino y la sangre. El coronel había visto al final de una
de estas escenas un duelo á pistola entre dos convidados, en el jardín
del palacio, cuando empezaba á amanecer. Un muerto. Sus mejores amigos
habían llevado el cadáver hasta un muelle del Neva, colocando un
revólver al lado para que la policía admitiese la hipótesis de un
suicidio.
No; don Marcos no gustaba de estas fiestas nocturnas. Las consideraba
peligrosas. Un gran duque joven, completamente ebrio, se había
entretenido en embadurnarle las patillas con caviar, hasta que, cansado
de esta confianza, el español metió á su vez la mano en el plato,
ensuciando igualmente de verde el angosto rostro. El borracho dudó un
momento si debía matarlo, pero acabó por abrazarse á él, cubriéndole de
besos y declarando á gritos que era su padre.
Toledo prefería las tranquilas amistades con los antiguos compañeros de
armas de su general: graves personajes que le hablaban de futuras
guerras y de la política del mundo. Además, las larguezas de su príncipe
le permitían diversiones secretas menos ruidosas y dulcemente modestas.
Una noche, al volver al palacio Lubimoff pasadas las dos, vió que había
una cena en el gran comedor de gala. Los convidados eran unos cincuenta,
y en el curso de la noche fueron llegando muchos más. Parecía como que
hubiese corrido una noticia por los lugares de placer de la capital,
atrayendo á toda la juventud libertina.
Frente al príncipe estaba sentado un teniente de cosacos, pequeño,
felino, negruzco, con ojos asiáticos. Su uniforme sucio revelaba un
viaje reciente. Miguel Fedor tenía con él las mayores atenciones, como
si fuese el único invitado. Toledo, conocedor de todos los amigos de la
casa, no logró dar un nombre á este cosaco rústico que parecía llegar de
una guarnición remota de Siberia. Alguien quiso sacarle de dudas, y se
estremeció al saber que era el hermano de una dama de la corte que
precisamente andaba en lenguas por su excesiva confianza con Miguel
Fedor. Los dos hombres se miraban con interés, brindándose mudamente los
vasos enormes de champaña. En el fondo del comedor gemían incesantemente
los violines de unos ziganos. Varias muchachas morenas, con delantales á
rayas de diversos colores, danzaban en torno de la mesa. Pero á pesar de
esto, don Marcos husmeaba algo lúgubre en el ambiente.
--¡León, los sables!
El príncipe se había puesto de pie, después de mirar su reloj, dando
esta orden al criado de confianza, que estaba detrás de él. Todos los
convidados se precipitaron á las puertas con la confusión del público
que asalta un teatro. Cada uno deseaba llegar el primero al jardín. Ya
no había por qué fingir: ansiaban el espectáculo anunciado... Y el
coronel encontró finalmente quien le hablase con claridad.
--Ha llegado al anochecer, para pedir al príncipe que se case con su
hermana. Un viaje de treinta y ocho días... El príncipe no quiere...
Pocas veces se verá esto... Es el primer sable de Siberia.
El jardín estaba cubierto de nieve. Aún era de noche, y la luna fugitiva
lo iluminaba con unos rayos diagonales, extendiendo desmesuradamente la
sombra de los árboles. Más de cien hombres formaron dos masas negras en
los bordes de una avenida. El coronel vió llegar á varios criados: uno
traía los sables, los demás llevaban grandes bandejas con botellas y
copas.
Miguel Fedor se inclinó ante el enemigo con los ojos brillantes de
amabilidad y de alcohol.
--¿Quiere usted beber algo mas?
Dió las gracias el cosaco en voz baja y Toledo lo vió de pronto
despojarse de su larga levita con el pecho adornado de cartucheras. A
continuación se quitó la camisa, quedando sin más que los pantalones y
las altas botas. Luego se inclinó, y agarrando dos puñados de nieve,
empezó á frotarse el tronco, un poco angosto, y los brazos nervudos.
El príncipe se estremeció de sorpresa y de frío, lo mismo que muchos de
los espectadores. Pero consideraba indispensable imitar á este rudo
adversario, para que las condiciones del combate fuesen iguales.
Mientras se despojaba de la parte superior de su uniforme, se abrieron
en la penumbra lunar del jardín las rojas estrellas de varias antorchas.
Don Marcos vió á los dos hombres frente á frente, desnudos de cintura
arriba, brillándoles los bustos con la humedad de la reciente frotación,
cimbreando en sus manos unos sables con filos de navaja de afeitar.
«¡Adelante!» Alguien dirigía el combate.
«¡Pero esto es una barbaridad!--pensó el español--. Estos hombres son
unos salvajes.»
No se atrevía á decirlo en voz alta porque era un coronel; pero toda su
vida se acordó de esta escena.
Cruzaban sus sables, se esquivaban, se atacaban, el príncipe con paso
firme, el otro con una agilidad felina. Toledo, viéndolos rojos, creyó
que era un efecto de la luz de las antorchas. Al aproximarse á él en una
de las evoluciones de su juego mortal, se dió cuenta de que estaban
cubiertos de sangre. Sobre sus troncos se extendían unas casacas de
púrpura partidas en harapos que temblaban con incesante chorreo. Sus
brazos surgían blancos de esta vestidura caliente y húmeda. El príncipe
llevaba la peor parte. Toledo lo vió de pronto con un profundo corte en
la frente; luego creyó distinguir que una de sus orejas estaba medio
despegada del cráneo. Aquel gato salvaje de las estepas se escurría bajo
su sable. Nadie osaba intervenir; el duelo era sin misericordia, sin
descanso, sin otra condición definida que la muerte de uno de los dos.
Se confundían, formando un solo cuerpo erizado de relámpagos blancos en
la penumbra de los árboles; se mostraban luego despegados y buscándose
en el círculo de incendio de las antorchas.
Oyó de pronto el coronel un maullido de dolor, un alarido de pobre
bestia sorprendida. Lubimoff era el único que estaba de pie. Con un
golpe de punta había cortado la yugular á su adversario. Luego de
permanecer inmóvil un segundo, lo abandonó la fuerza sobrehumana que le
había sostenido hasta entonces, sintió caer de golpe sobre él todo el
cansancio de la lucha, toda la pérdida de sangre de sus heridas, y se
desplomó á su vez, pero en los brazos de varios amigos. No había un solo
médico entre los espectadores: nadie había pensado en esto. Consideraban
inútil su presencia en un encuentro que sólo podía terminar la muerte.
Todos los curiosos abandonaron el jardín siguiendo al desmayado
príncipe. Sólo unos criados permanecieron junto al cuerpo del cosaco,
tendido de bruces, viendo respetuosamente cómo se agitaban por última
vez sus piernas, cómo se iba vaciando lentamente por el cuello, cómo se
extendía una mancha negra en la nieve, que empezaba á azulear bajo la
lividez del alba.
Este suceso tuvo gran resonancia en la corte, que ya se había ocupado
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