--Mi ensueño se desvaneció. Mi hijo ha vuelto á ser mi hijo y el otro es
un hombre. Imposible confundirlos de nuevo en una sola persona. Ya no
puedo rezar; me da vergüenza dirigirme con el pensamiento á mi verdadero
hijo; me asalta el recuerdo de lo que le conté; me aterro al hacer
memoria de que sigo hablando con el otro, á pesar de lo que me ha dicho,
de lo que leo en sus miradas, de que conozco sus verdaderos deseos. ¡El
mal que me has hecho! Perdí un hijo, y sólo puedo acordarme de él con
remordimiento; me inventé otro, y me lo has quitado.
Luego, como si se quejase contra algo superior que había regido sus
destinos, añadió:
--¡Qué suplicio! No poder conocer la amistad reposada, la maternidad
tranquila. ¡Siempre el amor saliéndome al paso!... Yo, que en mi
juventud consideré como única finalidad de la vida inspirar admiración y
deseo, bien castigada estoy... Busqué en ti el apoyo del amigo, y me
deseaste en seguida. Quise engañar mi anhelo de maternidad cuidando á un
infeliz que tal vez muera pronto, y este hijo afectivo me habla de amor.
¿Es que las mujeres no podemos conocer la tranquilidad y la confianza en
que viven los hombres?...
El príncipe la interrumpió con voz rencorosa.
--No lo veas: rompe con él; ciérrale tu puerta para siempre. Así
recobrarás la paz, y yo... yo seré tu amigo, seré lo que tú quieras, me
bastará con verte.
Ella acogió con un gesto de incredulidad las últimas palabras. ¡Le
habían prometido tantas veces los hombres ser simples amigos! Además,
conocía bien á Miguel, y no se tomó la pena de contestar. Lo único que
le interesaba era el consejo de que repeliese definitivamente al herido,
no viéndolo más. Sus ojos volvieron á humedecerse.
--¡Echar á ese pobrecito!... Tú no puedes comprender ciertas cosas; tú
mandas en los afectos con la misma arrogancia que disponías antes de las
personas. ¿Crees que puedo abandonarlo? Soy su madre á pesar de todo, y
una madre ya sabes cómo tolera y perdona. El infeliz no tiene la culpa
de sus malos pensamientos: fuiste tú quien se los sugirió. Además, eso
pasará; yo tengo la esperanza de que se desvanecerán sus disparatadas
ideas.
La suposición de abandonar al inválido excitó su piedad, dando á sus
palabras un tono amoroso.
--¡Qué sería de él! No conoce á nadie: está solo en el mundo; los otros
oficiales viven en su patria, tienen familia... Antes podía ir en busca
de Clorinda; ahora «la Generala» se ha marchado, y sólo le quedo yo, ¡la
única!... ¿Y quieres que lo olvide? Tú no le conoces bien: eres su
enemigo. Yo recuerdo con delicia su época de inocencia. Era igual á mi
hijo; no, tenía algo más: un agradecimiento, una veneración
reconcentrada que yo no había conocido nunca. Olvidas la fragilidad de
su existencia. El hace lo mismo: no conoce su verdadera situación;
siente las ilusiones de una juventud sana; cree contar con muchísimos
años. ¡Pobre! ¡El esfuerzo que me cuesta fingir enfado, repelerle
indignada por los deseos que ha puesto en mí... en mí, que sólo quiero
ser su madre!
Este tono de dulce lástima hirió á su oyente. Alicia parecía sentir el
remordimiento del que presencia las últimas horas de un condenado á
muerte y tiene que negarle la satisfacción de su postrer capricho. Se
lamentaba como la enfermera que no puede dar al moribundo lo que pide
entre hipos de agonía.
Miguel creyó adivinar el secreto de las últimas entrevistas entre la
dama maternal y su ahijado. Tal vez ella le hablaba de su salud, dejando
por un momento de halagarlo en sus ilusiones, descubriéndole el peligro
en que estaba su existencia; y el otro, con el ardor suicida de la
pasión, imploraba lo mismo que un niño que ha puesto toda su felicidad
en la conquista de un juguete: «¡Una vez; una vez nada mas!»
Estaba convencido de que así era en la realidad. Lo leía en los ojos de
ella, que á su vez pareció adivinar lo que pensaba el príncipe,
ruborizándose levemente.
--¡El mal que me has hecho!--repitió--. Debo alejarlo de mí, y no puedo
separarme de él. Sería un crimen que lo dejase abandonado á su destino.
Tú no sabes lo que significa para mí esta lucha continua... A veces lo
veo cuando ronda mi casa; lo contemplo oculta detrás de los visillos de
una ventana, y me dan ganas de llorar. ¡Parece tan triste!... Me acuerdo
de mi hijo, que también vivió solo, más abandonado aún que él, que tal
vez se interesó por alguna mujer, ansiando muchas cosas sin llegar á
poseerlas, y siento deseos de llamarle, de gritar: «Ya que eso es tu
ilusión, niño mío, el último anhelo de tu vida, ¡toma!... ¡toma, y sé
feliz!» Pero pienso en su salud, pienso en otras muchas cosas, y
contengo mis impulsos, y lloro, dejándole que vague en torno de mi casa
creyéndose olvidado, cuando le recuerdo á todas horas. ¡Ay! ¡Que Dios me
dé fuerzas! ¡Que no pierda la calma, y pueda resistir á mi bondad
absurda!... Algunas veces lo dudo.
--¡Oh, Alicia!...
El príncipe lanzó esta exclamación con tono desesperado. Su
presentimiento pasaba á ser una realidad; veía ya á aquel jovenzuelo
moribundo poseyendo lo que él no había podido alcanzar. Sus ojos
reflejaron una cólera homicida.
Esta expresión hostil molestó á Alicia, transformándola en otra mujer.
Reaparecieron en ella la mirada dura y la voz cortante que habían
acompañado su llegada.
--Acabemos. He venido para devolverte tu dinero. ¿No quieres recibirlo?
¿Insistes en tu negativa?... Yo encontraré el medio de que lo aceptes.
¡Buenas noches, Miguel!
Efectivamente, había cerrado la noche, y el príncipe la vió perderse en
la penumbra de la calle por donde había llegado; una calle sin otra luz
que la de un macilento reverbero azul.
Pensó un momento en cerrarle el paso, suplicante y humilde... No iba á
verla más: estaba convencido de ello. Pero al mismo tiempo tuvo la
percepción de la inutilidad de su insistencia. Quería ser olvidada por
él; aquella entrevista sólo había sido para suprimir todo lo que quedaba
entre los dos como rastro del pasado... Y dejó que se alejase.
A partir de este día, la existencia del príncipe carecía de objeto. Algo
se había roto en su interior: la voluntad, desmenuzándose en polvo, que
envolvía sus sentidos como una niebla. ¿Qué hacer?... Ni el más angosto
sendero quedaba abierto ante su iniciativa. Alicia le odiaba como si
fuese un enemigo. ¡Adiós para siempre!... Quedaba el otro, pero este
hombre era invulnerable para él.
Le bastaba recordar lo ocurrido en el castillo de Lewis, para ver
cortados todos sus intentos de acción. Maldijo aquel sentimentalismo
eslavo, confuso é incoherente, igual al de su madre, que no le permitía
insistir en la maldad, haciéndole caer, cuando menos lo esperaba, en
exageradas sumisiones. ¡Ay, sus lágrimas de arrepentimiento! ¡Aquel beso
en la mano del adversario!... Si evitaba el volver al Casino, era por no
encontrarse con Martínez y aquellos dos capitanes que habían presenciado
el incomprensible final del duelo... Ya no sabía imponer su voluntad; la
antigua dureza de su carácter se había disuelto en la catástrofe de sus
deseos.
Volvió á encerrarse en Villa-Sirena, para no ver á nadie. Odiaba á las
gentes y al mismo tiempo pensaba con cierto miedo en las disimuladas
sonrisas que podían saludar su paso, en los comentarios que surgirían á
sus espaldas.
Don Marcos era el único compañero de esta soledad; y Lubimoff, que en
los primeros días sólo cruzaba con él contadas palabras, acabó por
desear que volviese pronto de Monte-Carlo, al cerrar la noche, para oir
sus noticias, que en otro tiempo hubiese considerado insignificantes.
Entablaban largas conversaciones sobre lo que ocurría en el Casino ó
sobre los acontecimientos del mundo. Era la curiosidad del preso ó del
enfermo, que agranda el interés de las cosas con una desorientación
producto de la inmovilidad y del encierro.
El coronel concedía cada vez menos importancia á los sucesos de la vida
ordinaria. Toda su atención la había concentrado en las costas del
Atlántico y la opuesta ribera oceánica.
--¡Siguen llegando!--decía alegremente, luego de saludar á su
príncipe--. Continúa el desembarque de los americanos: una verdadera
cruzada. Son centenares de miles; son millones... ¡Y pensar que muchos
ignorantes consideraban un -bluff- lo del envío de los ejércitos de
América!
Se indignaba de buena fe contra la tal ignorancia, olvidado ya de sus
escepticismos de meses antes.
--¡Un gran país!... Y ese Wilson, ¡qué hombre!
Ahora creía al pueblo americano capaz de realizar todo lo que se
propusiera, por inaudito que fuese; pero sus ideas tradicionales le
impedían sentir un largo entusiasmo por algo colectivo y abstracto, sin
fisonomía humana. El antiguo partidario de la monarquía absoluta
prefería á los individuos: un hombre que pensase por los demás,
imponiéndoles sus órdenes. Y á las pocas palabras, su entusiasmo por la
democracia americana lo recogía para depositarlo reconcentrado sobre la
cabeza de Wilson.
--¡El primer hombre del mundo!
Se humedecían sus ojos con un fervor de idólatra al leer los discursos
del Presidente; agotaba todo su léxico de palabras laudatorias para
expresar su admiración por este personaje que hacía desnudar la espada á
un gran pueblo, desinteresadamente, en defensa de la justicia y la
libertad, y profetizaba al mismo tiempo un porvenir de paz para los
humanos, sin naciones rapaces que amenazasen la vida de los humildes y
los débiles.
Una noche encontró algo nuevo para hacer patente su admiración.
--¡Qué poeta!
Lubimoff, á pesar de su melancolía, empezó á reir. ¡El presidente Wilson
un poeta!...
Don Marcos, balbuceando ante la risa de su príncipe, intentó explicarse.
No encontraba la palabra exacta para precisar su pensamiento, pero
insistió, considerándolo justo. Un poeta era para él un vidente que dice
cosas muy hermosas sobre el futuro de los hombres; un profeta que sueña
en la cumbre, abarcando con la mirada lo que no puede ver el vulgo
hormigueante á sus pies; un ser que, al hablar, sea en la forma que sea,
consigue que parpadeen de emoción los ojos de los que le escuchan,
mientras un escalofrío corre por sus espaldas.
Se enredó su lengua al decir esto, pero á través de los balbuceos surgía
una firme convicción, incapaz de rectificarse.
--En fin, yo me entiendo. Para mí, es un poeta: un hombre con alas...
con unas alas muy largas.
Volvió á reir el príncipe. ¡Wilson con alas!... Se imaginó al Presidente
con un sombrero de copa, sus lentes, su sonrisa bondadosa, y saliéndole
de la espalda del chaqué dos triángulos enormes de plumas iguales á las
que llevan los ángeles en los cuadros de la pintura religiosa. ¡Gracioso
coronel!...
Luego quedó pensativo, mientras su rostro tomaba una expresión grave.
--Tienes razón--dijo--. Le veo con alas, unas alas tal vez demasiado
largas. Gran cosa para volar, ¡pero cuando se ha de vivir entre los
hombres, marchando sobre el suelo!... Temo que le arrastren; temo que se
las pisen algún día encontrándolas molestas...
Y no hablaron más.
El príncipe quiso romper esta clausura que se había impuesto
voluntariamente. ¿Por qué seguir en Villa-Sirena, cerca de unas personas
que ocupaban á todas horas su pensamiento y no deseaba ver?... Lo mejor
era volverse cuanto antes á París. Los cañones de largo alcance seguían
tirando sobre la capital; casi todas las semanas, escuadrillas de
aviones alemanes hacían una excursión nocturna sobre ella, arrojando
explosivos. Tal viaje ofrecía el aliciente de la emoción y del peligro á
este solitario, atormentado en su robustez por una existencia inmóvil y
monótona, sin otra novedad que el rumiar de nuevo sus recuerdos.
Todas las mañanas, al levantarse, formulaba el mismo propósito: «Me voy
á París.» Pero el viaje se iba retardando de semana en semana. Era la
abulia del enfermo que hace proyectos de vida activa, y apenas intenta
realizarlos, vuelve á caer sin fuerzas, y los aplaza para un porvenir
indefinido.
Los detalles más insignificantes se agigantaban ante su voluntad
enferma. Debía ir á Niza para que le reservasen un sitio en la oficina
de coches-camas. Pensaba en enviar á don Marcos; luego desistía,
encontrando preferible ir él mismo. Y pasaban las semanas sin realizar
este breve viaje, preliminar del viaje á París, pareciéndole ambos
igualmente largos. El, que por tres veces había circunnavegado el
planeta, se encogía de cansancio al pensar en la lentitud de los trenes
impuesta por la guerra, en las diez y seis horas de ferrocarril.
Una tarde, aburrido de sus magníficos jardines, siempre iguales, del
silencio de su casa desierta, de las distracciones crecientes del
coronel, que constantemente tenía algo que hacer en Monte-Carlo ó en el
pabellón del jardinero, se lanzó á pie hasta la ciudad y tuvo un
encuentro.
Sus pasos le llevaron maquinalmente hacia los bulevares altos, cerca de
la calle donde estaba Villa-Rosa. Al darse cuenta quiso retroceder, y
entonces fué cuando vió venir por la acera opuesta al teniente Martínez,
en la misma dirección que seguía él momentos antes.
Le pareció más alto, más fuerte, como envuelto en un halo de gloria. Su
uniforme era el mismo, rapado y envejecido por varios años de guerra,
pero el príncipe lo vió enteramente nuevo y con un brillo deslumbrador.
Todo en su persona resultaba magnífico y parecía iluminar las cosas con
su contacto. Tal vez su rostro estaba más exangüe y anguloso, pero
Miguel se imaginó que irradiaba cierto esplendor interno, compuesto de
satisfacción y de orgullo. Una especie de máscara impalpable, de
envoltura astral, le hermoseaba, dándole una segunda fisonomía,
apolónica y triunfadora.
Se cruzaron sin saludarse. El teniente fingió no verle, mientras
Lubimoff le seguía con una mirada interrogante. ¿Qué es lo que había de
nuevo en este hombre? Dudó de su falta de salud, de su peligrosa
situación que tanto preocupaba á los médicos. ¡Todo mentiras, para
interesar á las damas! Se fijó en la firmeza arrogante de su paso, en el
aire de jovenzuelo con que agitaba el junco que le servía de bastón.
Al perderlo de vista aún lo vió mejor. Su imaginación fué evocando
vigorosamente ciertos detalles sobre los que había resbalado insensible
su mirada. Algo surgió con un relieve doloroso en su memoria: varias
rosas, un pequeño grupo de rosas que el militar llevaba sobre el pecho,
entre dos botones de su uniforme. ¡Un oficial con flores! Eso era lo que
había herido sus ojos desde el primer instante, con tal extrañeza, que
perturbó su visión. ¡Ay, estas flores!...
Pasó el resto del día pensando en ellas. Al tenderse en su lecho, la
obscuridad simplificó la maraña de pensamientos y dudas que se revolvía
en su cerebro. Lo vió todo con una nitidez fría y cortante. «¡Ya ha
sido!»
Saltó de la cama y encendió luz, paseando furiosamente por su
dormitorio.
--¡Ya ha sido!...
Repetía las mismas palabras con una obsesión cruel: se arrepintió de su
generosidad, como si fuese un crimen. «¿Por qué no lo maté?» Luego
volvía á su afirmación con un acento plañidero, considerando irreparable
lo que ya había sido. Y por mucho tiempo, en la lobreguez que invadió de
nuevo el dormitorio, sonaron las maldiciones del príncipe, alternadas
con rugidos de orgullo y angustias de llanto.
Al día siguiente persistió su convicción. La gracia pueril de la mañana,
que infunde optimismos, fué muda para él. ¿Cómo saber la historia de
este suceso sospechado y temido, pero que nunca creyó llegara á
realizarse?...
Una desesperada curiosidad le hizo pasar el día entero en Monte-Carlo.
Volvió á encontrarse con Martínez. El oficial siguió adelante, apartando
su mirada para no verle; pero el príncipe creyó sorprender en sus ojos
una expresión fugitiva de lástima generosa, la conmiseración hacia un
rival desgraciado é inofensivo. También llevaba flores: indudablemente
distintas á las del día anterior.
Lubimoff repitió mentalmente sus lamentos de la noche: «Sí, ya ha sido.»
Imposible la duda. Pero no se le ocurrió matarlo, ni arrepentirse de su
generosidad. ¡Todo inútil! Sólo pensó con envidia en las gentes de
abajo, en los impulsivos que sienten con simpleza sus pasiones, sin el
estorbo del honor y la palabra empeñada; en los hombres que saltan por
encima de leyes y costumbres, y cuando quieren matar, matan.
Lo había visto más demacrado que nunca, con unos ojos de fiebre: pero
¡ay, aquella máscara impalpable de vanidad juvenil, de triunfo, de
satisfacción, que irradiaba en torno de su cabeza un nimbo de gloria!...
En la noche, Toledo se vió repelido bruscamente por su príncipe al
intentar comunicarle una carta que había recibido de París. El
administrador se impacientaba: pedía una contestación á Su Alteza sobre
la venta de Villa-Sirena.
--No sé; déjame en paz... Lo mejor será que trate esto directamente. Iré
mañana á Niza para arreglar mi viaje á París... Mañana no; pasado
mañana.
No pudo explicarse por qué concedió un día más á su inacción: fué un
diferimiento maquinal, sin motivo alguno. Al día siguiente, después del
almuerzo, se arrepintió, pero ya era tarde para encontrar al chófer que
le había servido la tarde del duelo, y que don Marcos acababa de
ascender al rango de «proveedor de Su Alteza».
¿Adónde ir, seguro de no tropezarse con las personas que ocupaban su
recuerdo?... Cuando empezaba á caer la tarde se dirigió á las terrazas
del Casino. Un concierto al aire libre atraía enorme concurrencia. No
era fácil que Martínez y la otra se exhibiesen ante esta muchedumbre.
Se imaginó vivir en los tiempos de paz; haber retrocedido á uno de
aquellos inviernos privilegiados que empujaban hacia la Costa Azul á los
ricos del planeta. Las dos terrazas estaban llenas de gente de buen
aspecto. El cañoneo de París y los ataques de los -gothas- mantenían en
Monte-Carlo á muchas damas elegantes que en otro tiempo hubiesen
considerado perdido su honor al permanecer en esta ribera calurosa
pasado el invierno.
Faltaban sillas; gran parte del público estaba sentado en las
balaustradas y las escalinatas. En torno del kiosco de la orquesta había
una masa de suaves colores, formada por los sombreros femeninos, los
trajes primaverales, los inquietos abanicos. Frente á las terrazas se
extendía el mar entre promontorios color de rosa. Las velas lejanas
parecían arder, enrojecidas por el sol moribundo. La música se
amplificaba voluptuosamente al resbalar sobre la epidermis violeta del
Mediterráneo y el cristal opalino de la tarde.
Nadie pensaba en la guerra; era una calamidad de otras tierras y otros
cielos. Hasta los convalecientes con uniforme, que vivían esta hora
dulce, respirando la brisa salada, escuchando los quejidos de los
violines y rodeados de mujeres vistosas, parecían no acordarse. Muchos
ojos seguían el avance por la línea del horizonte de un rosario de
vapores pintarrajeados, como bestias fabulosas, á los que daban escolta
varios torpederos. Pero el arrullo de la música penetrando al mismo
tiempo por los oídos quitaba toda significación á este medroso disfraz
de los buques y á la lentitud recelosa con que se deslizaban frente á la
costa del placer.
Cuando, después de las siete, terminó el concierto, las terrazas se
despoblaron. Unicamente siguieron en los bancos algunas parejas, que
retardaban el instante de la separación conversando quedamente en el
silencio azul del crepúsculo.
El príncipe pudo marchar de un extremo á otro del paseo más bajo, sin
tener que sufrir el contacto de la muchedumbre.
De pronto se detuvo, con una sensación de sorpresa y dolor, como si
acabase de recibir un golpe en el pecho. Por la amplia escalinata que
pone en comunicación á ambas terrazas descendía una pareja. Su instinto
los reconoció á los dos antes que su mirada. Un militar, el teniente
Martínez... ¡y ella!
Iba de luto, lo mismo que la había visto junto á la iglesia; pero
caminaba con menos resolución, encogida y temerosa al verse en este
sitio ocupado poco antes por casi todos los vecinos de la ciudad.
Hablaban mientras descendían con lento paso. Abstraídos en contemplar el
mar, no torcieron su vista hacia el sitio en que permanecía inmóvil
Lubimoff. Tomaron una dirección opuesta al llegar abajo, y el príncipe
pudo seguirles.
Sintió que un poder extraordinario de adivinación aguzaba sus
facultades; una doble vista que le permitía ver y estudiar los rostros
de los dos, á pesar de que marchaba á sus espaldas.
¡Ay, este paseo! Era el ansia de luz y de aire libre que se experimenta
después de un encierro dulce; la necesidad insolente de mostrar la
propia dicha en público, cuando empiezan á resultar pesadas las horas
felices, por su monótona repetición; el deseo de prolongar á la vista de
todos la intimidad secreta, con el incentivo de tener que fingir,
ocultando los verdaderos sentimientos.
Miguel consideró indiscutibles sus adivinaciones. Era el oficial, sin
duda, quien había propuesto este paseo. ¡El orgullo de marchar por un
lugar público con una dama célebre, pensando al mismo tiempo en sus
nuevos derechos!... Ya no pudo dudar más de la imagen que le había hecho
rugir en el silencio de la noche... ¡Había sido!... ¡Había sido!
El aspecto de ella repelía toda duda. Marchaba con cierto desaliento,
como el que se ve obligado á seguir adelante contra sus fuerzas. Vió su
rostro sin verlo. Era triste, profundamente triste, con la melancolía
del caído que tiene conciencia de su abyección y la considera sin
remedio, por ser obra de un fatalismo irresistible, por estar sus causas
más allá del radio de la voluntad.
Ladeaba la cabeza hacia su acompañante para mirarle. Debía ser una
mirada de prisionera agradecida que quiere olvidar las miserias del
remordimiento y se siente contenta sensualmente en la vergonzosa
esclavitud. Mientras su alma se encogía ante el recuerdo, su cuerpo se
inclinaba con una atracción material hacia aquel otro cuerpo, buscando
instintivamente el contacto que hacía reflorecer su juventud con una
nueva primavera; primavera triste, como lo son las sorpresas del
destino, pero más dulce que las horas cenicientas de la soledad.
El odio, la repugnancia, la indignación por la dicha ajena, hicieron
detenerse al príncipe. ¿Para qué seguirlos?... Podían volver la cabeza y
verle. Se avergonzó al pensar en un encuentro. ¡Miserables!... Debía
existir alguien en lo alto que castigase estas cosas.
Y se alejó de ellos, caminando hacia el otro extremo del paseo para
bajar al puerto de La Condamine.
Iba á salir de la terraza, cuando ocurrió algo á sus espaldas que le
hizo detenerse. Los grupos sentados en los bancos se levantaban
precipitadamente, y luego de hablar corrían hacia el mismo sitio de
donde venía él. Oyó gritos, gentes que se llamaban. Una noticia parecía
circular por los dos planos del jardín, haciendo surgir personas de los
senderos, de los grupos de palmeras, de las murallas de vegetación.
Lubimoff se dejó arrastrar por esta alarma, volviendo sobre sus pasos.
Vió de lejos una mancha creciente y bullidora, un grupo al que se iban
uniendo las filas serpenteantes de curiosos que bajaban corriendo las
escalinatas. El jardín, momentos antes despoblado, vomitaba personas por
todas sus aberturas.
Al aproximarse al grupo, pudo oir los comentarios de varios curiosos
sueltos que instruían á los que llegaban.
--Un oficial convaleciente... Iba paseando con una señora... De pronto,
cae redondo... lo mismo que si lo hubiese herido un rayo... Ahí está.
Sí; allí estaba Martínez, en el centro de la masa humana, como una pobre
cosa, tendido en el suelo, guardando la misma actitud de su caída, con
el cuerpo en forma de Z: la cabeza en ángulo recto sobre su pecho, las
piernas dobladas trazando otro ángulo. Lubimoff avanzó hasta asomar sus
ojos sobre la primera fila de mirones estupefactos. Un ronquido
continuo, un estertor de pobre bestia agonizante salía de su boca
espumosa. En el cuerpo inmóvil, la única manifestación de vida era aquel
aullido repitiéndose con una regularidad cronométrica, sin cambiar de
tono.
Los oficiales abandonaban á sus compañeras para meterse en el centro del
corro. Al reconocer á Martínez, su sorpresa tomaba una expresión
acariciante y fraternal.
--¡Antonio!... ¡Antonio!
Se inclinaban sobre él para hablarle al oído, como si durmiese; pero
Antonio no escuchaba. Uno de sus ojos permanecía oculto en la tierra del
paseo; una piedrecita había saltado sobre los párpados del otro. Todo un
lado de su uniforme estaba blanco de polvo. El feroz ronquido era lo
único que respondía á los cariñosos llamamientos.
Un médico militar salido de la masa tomaba sus manos, examinando su
pulso con un gesto de impotencia. Le habían dado muchos ataques como
éste; deseaba que no fuese el último...
Arrodillada en el suelo vió á Alicia, absorta por la sorpresa, mostrando
las sinuosas líneas de su dorso bajo las ropas de luto, olvidada de todo
lo que existía en torno de ella, fijos sus ojos en aquel hombre que
minutos antes marchaba á su lado hablando, sonriendo, convencido de que
la vida es una felicidad, y ahora estaba tendido en el polvo, anguloso y
flácido, como una pobre cosa que se vacía entre estertores.
Se levantó, avisada por el instinto, no queriendo permanecer á la vista
de la gente en aquella postura. Sus ojos enormes, inexpresivos,
asustados, fueron mirando alrededor, sin reconocer á nadie. Al
encontrarse un momento con los de Miguel parpadearon, suplicantes. Pero
el príncipe se ocultó detrás de la primera fila de curiosos, agachando
su cabeza, y los ojos de ella siguieron adelante en su visión circular,
nuevamente apagados, creyendo sin duda en un error de la ilusión.
Al quedar de pie Alicia, las gentes se la mostraban. Esta era la dama
que acompañaba al oficial. Algunos la reconocían, repitiendo su nombre:
«la duquesa de Delille». Por instintiva repulsión, ó por el cobarde
deseo de no verse mezclados en «historias», nadie la hablaba, dejándola
sola en el centro del grupo, con sus ojos estupefactos que imploraban un
auxilio, sin saber cuál.
Personas de buena voluntad empezaron á desarrollar sus iniciativas
autoritarias.
--¡Aire!... ¡dejen aire!
Daban empellones para hacer mayor el círculo en torno del caído; pero
inmediatamente se volvían hacia éste, ordenando socorros inútiles, y
otra vez se estrechaba el espacio, llegando los pies de los más
avanzados junto á la boca aulladora del moribundo.
Una jovencita había trotado espontáneamente hasta el -bar- de la entrada
del Casino, volviendo con un vaso de agua.
--¡Antonio!... ¡Antonio!
Los arrodillados compañeros le llamaban en vano, pugnando por entreabrir
sus mandíbulas y obligarle á beber. Su boca repelía el líquido, para
seguir repitiendo el doloroso rugido.
Empezaron á llegar señoras de las salas de juego, atraídas por la
noticia. Todas conocían á la duquesa; y la miraron con cierta
hostilidad, después de contemplar al moribundo. El príncipe oyó
fragmentos de sus comentarios: «Un pobre que vivía milagrosamente... La
más leve emoción... Esa mujer...»
Más allá del grupo correteaban los guardias del jardín transmitiéndose
órdenes. Habían aparecido los bomberos, aquellos bomberos que, según el
rumor público, se filtraban mágicamente á través de los muros del Casino
para llevarse á los jugadores caídos en las salas.
Esta vez les faltaba la camilla. Los curiosos se apartaron para abrir
paso á una extraordinaria novedad. Un carruaje de alquiler iba avanzando
por las terrazas, lugar vedado á los vehículos.
Lubimoff vió cómo se elevaba la duquesa repentinamente sobre las cabezas
del gentío. Acababa de subir al carruaje y se mantuvo de pie en él, con
la mirada perdida y un rostro inexpresivo de sonámbula. Tal vez había
hecho esto sin reflexión; tal vez el médico militar la invitó á subir,
creyéndola de la familia del enfermo. Varios hombres con uniforme
levantaron el cuerpo inánime del oficial.
Continuaba su ronquido desgarrador.
Y entonces, ante la muchedumbre, que no podía ver con sus ojos
estupefactos, Alicia procedió como si estuviese sola. Acababa de dejarse
caer en el asiento, é hizo que pusieran sobre sus rodillas aquel cuerpo
igual á un cadáver. Ella misma, mientras lo sostenía con un brazo, dobló
con el otro la aulladora cabeza, haciéndola descansar en uno de sus
hombros.
El carruaje se puso en marcha lentamente hacia el hotel de los
oficiales, seguido de una gran parte del público. El médico iba á pie,
recomendando al cochero que marchase despacio.
Miguel la vió pasar, rígida, los ojos agrandados por el asombro, la boca
crispada por el dolor, con aquel moribundo en sus rodillas. Su actitud
era la misma de la madre divina al pie de la cruz, pero con algo impuro
y vergonzoso en su pena que hacía inadmisible la imagen. «¡Oh, Venus
dolorosa!»
No pudo continuar sus pensamientos. Se sintió empujado rudamente por una
mujer con uniforme. Era Mary Lewis que corría, abriendo todo el amplio
compás de sus piernas, para alcanzar al carruaje. Esta amazona del bien
siempre llegaba á tiempo para encontrarse con el dolor.
Lubimoff vió como se alejaba poco á poco el vehículo con su orla de
gentío. La marcha hasta el hotel iba á resultar interminable; todo
Monte-Carlo presenciaría su paso.
Se sintió triste, muy triste. Aquel oficial era su enemigo; ¡pero la
muerte!...
Alicia le inspiraba menos conmiseración. Sonrió con una sonrisa perversa
al contemplar por última vez el carruaje y su séquito que iba en
aumento.
Como escándalo, no era flojo el que acababa de dar la duquesa de
Delille.
XI
Dos días después, Lubimoff vió salir, una mañana, al coronel, vestido de
negro.
Iba al entierro de Martínez. El y Novoa, como españoles, tenían el deber
de acompañar al héroe en su último viaje sobre la tierra.
A la vuelta relató al príncipe sus impresiones, con una concisión
dolorosa. Unos cuantos oficiales convalecientes habían seguido al
féretro. El profesor y él eran los únicos acompañantes con traje civil;
pero aquellos muchachos heroicos y amables le obligaban á presidir el
duelo, por ser coronel y compatriota del difunto.
Describió el cementerio de Beausoleil, á media falda de la montaña en
cuya cumbre está La Turbie. A causa de la guerra, habían tenido que
ensancharlo con varias mesetas formando escalinata, y desde estas
explanadas se abarcaba un paisaje magnífico: Monte-Carlo y Mónaco á
vista de pájaro, Cap-Martin avanzando sobre las olas, y el infinito del
mar subiendo y subiendo, hasta confundirse con el cielo. Un monumento
con un gallo en su cúspide, arrogante y victorioso, guardaba los restos
de los combatientes muertos por Francia. Don Marcos aún estaba conmovido
por sus propias palabras, dichas en medio de un profundo silencio ante
la puerta de esta tumba común que iba á tragarse para siempre el cadáver
de Martínez.
--Hablé para hombres--dijo Toledo con orgullo--, para hombres
estropeados por la guerra; un público de héroes... No ha habido en el
entierro una sola mujer.
Esto fué lo más interesante para el príncipe: «Ni una mujer.» Y volvió
á preguntarse una vez más qué sería de Alicia.
Al caer la tarde, cuando estaba paseando por sus jardines, vió venir á
lady Lewis precedida del coronel.
Se refugió el príncipe en su casa. La enfermera llegaba indudablemente
con un grupo de convalecientes ingleses, deseosa de corretear entre los
árboles, de coger flores, y él se sentía falto de fuerzas para escuchar
su parloteo de pájaro herido y alegre, aquel contento tenaz que se
prolongaba, á través del dolor, hasta los umbrales de la muerte.
Subía el príncipe la escalera para ocultarse en sus habitaciones altas,
cuando le alcanzó el coronel; y antes de que éste le hablase, lo
interpeló con violencia. No quería ver á la enfermera... Que pasease con
sus ingleses por todos los jardines: podía disponer de ellos como si
fuesen de su propiedad; pero que le dejase tranquilo.
--Marqués--dijo Toledo--, la lady viene sola y necesita hablar con Su
Alteza. Tiene algo importante que decirle.
El príncipe y la enfermera ocuparon unos sillones de junco fuera de la
casa, en una plazoleta rodeada de frondosos árboles. Una fuente reía
bajo el desgrane de su perezoso surtidor.
La luz verdosa reflejada por la arboleda hacía á lady Lewis más débil y
exangüe. Los restos de su vida parecían concentrarse en sus ojos antes
de huir perdiéndose en el espacio como un flúido incautivable. El
príncipe iba olvidando su reciente cólera. ¡Pobre lady!...
Volvió á sentir por ella ternura y respeto. Su miseria física acababa
por convertir la lástima en esa admiración que inspira siempre el
sacrificio desinteresado.
Ella, acostumbrada á vivir entre los grandes dolores, á presenciar
catástrofes, tenía en poco las conveniencias que rigen la vida
ordinaria, y habló inmediatamente, con cierta rudeza militar, del motivo
de su visita.
Venía de parte de la duquesa de Delille. Había pasado los dos últimos
días en Villa-Rosa, durmiendo allí para no abandonar un solo momento á
Alicia. Su desesperación primeramente y luego su abatimiento le
inspiraban miedo. Había intentado matarse.
--¡Pobre mujer!... Al fin se serenó, viendo la verdadera luz,
reconociendo su camino. Estoy satisfecha de haberlo logrado con mis
palabras.
Los ojos interrogantes de Lubimoff quedaron fijos en la inglesa. ¿Qué
luz y qué camino eran estos?... Pero otra cosa le interesaba más: la
causa de su visita, aquella misión que le había encargado la duquesa
para él.
Lady Lewis adivinó sus pensamientos.
--Me ha pedido que le vea, príncipe; es su último deseo al huir del
mundo. Le suplica que se olvide de ella, que no la busque nunca, y sobre
todo que la perdone por el daño que le ha causado involuntariamente. Su
perdón es lo que reclama con más vehemencia... Cuando yo le diga que
usted no la odia, esto le devolverá la tranquilidad que necesita para su
nueva vida.
Miguel quedó absorto. ¿Perdonar?... Alicia no le había causado ningún
daño. Era él mismo quien se atormentaba con sus deseos y sus
desilusiones. De persistir en sus ideas de meses antes, cuando abominaba
de las mujeres, no habría sufrido la menor alteración en su cuerda
existencia. Además, ¿dónde estaba? ¿no podía verla?...
Estas preguntas las interrumpió lady Lewis. Continuaba sonriendo
dulcemente, pero su voz reveló la firmeza de una voluntad
inquebrantable.
--La duquesa ya no vive en Monte-Carlo; he arreglado todo lo referente á
su viaje. Soy la única que conoce su paradero, y no lo revelaré á nadie.
No la busque, deje que marche en paz hacia la verdad; imagínese que ha
muerto... como han muerto otros, como mueren y seguirán muriendo en
nuestra época tantos miles de seres á cada nuevo sol... Perdone y
olvide. ¡Pobre mujer!... ¡es tan desgraciada!
Lubimoff comprendió que resultarían inútiles todas sus preguntas. Su
curiosidad, por insinuante que fuese, se estrellaría contra esta
reserva. Alicia había desaparecido para siempre... ¡para siempre!
Esto le hizo considerarse más triste, más sólo. Experimentó junto á esta
amazona del dolor humano una confianza igual á la que había debido
sentir la de Delille en los dos últimos días. Era un deseo de confesarse
con ella, un impulso instintivo de abrirle el alma, como si de esta
mujer que llevaba á los lechos de muerte un regocijo frívolo de pájaro
pudiese surgir el consejo de la suprema sabiduría.
Movió el príncipe la cabeza, murmurando palabras de afirmación: «Sí;
perdonaba.» No quería dejar sobre la otra el más leve peso de su dolor;
lo guardaba todo para él... Pero á continuación no pudo resistir el
empuje de este mismo dolor deseoso de exteriorizarse, y sintió extrañeza
ante las palabras que se le escapaban, atropellando su voluntad.
--¡Yo también, lady, soy muy desgraciado!
La enfermera no manifestó asombro ante tal confidencia. Continuó
sonriendo, y dijo lacónicamente:
--Lo sé.
Su sonrisa se fué transformando en un gesto de dulce piedad, de
conmiseración protectora, como si el príncipe fuese un niño necesitado
de sus consejos.
Había adivinado su desgracia mucho antes de que la duquesa le hablase en
sus horas de desesperada confesión. Se creía desgraciado por
contrariedades de amor; pero esta desgracia sólo era la envoltura de
otra más verdadera y profunda que residía en él, sólo en él.
Intentaba mantenerse apartado de sus semejantes, ignorando las
preocupaciones de éstos, enquistado en su egoísmo, queriendo prolongar
sus goces de los años tranquilos al margen de la humanidad, que sufría
una de las mayores crisis de su historia. Era comprensible este
alejamiento en un cobarde, dominado por el instinto de conservación;
pero él era valiente. Podía tolerarse en un hombre cargado de hijos, que
siente á todas horas el imperioso deber de su subsistencia y sufre
miedo; pero él estaba solo en el mundo.
--Todos somos desgraciados, príncipe. ¿Quién no conoce ahora el dolor y
la muerte?
Y habló monótonamente de las propias desgracias, como si recitase una
oración, mientras su sonrisa se iba borrando: aquella sonrisa que
animaba la fealdad anémica de su rostro con una luz vagorosa de aurora.
Seis hermanos suyos habían muerto en una tarde. Pertenecían al mismo
batallón, y ella recibía la noticia de las seis muertes al mismo tiempo.
Treinta y dos individuos de su familia estaban bajo tierra. Muy pocos
de ellos eran militares; llevaban una existencia de placeres antes de la
guerra, disfrutaban de grandes riquezas y títulos: su vida resultaba tan
dulce como la del príncipe Lubimoff... ¡pero al verse llamados por el
deber!...
Nadie escoge su lugar antes de venir al mundo; ninguno puede decidir
cuál será su patria y cuál su linaje. Nacemos arriba ó abajo, á capricho
del azar, y amoldamos la historia de nuestra existencia al sitio que nos
designó el acaso. Tampoco puede nadie escoger su época. Los que nacen en
períodos de paz, cuando la humanidad permanece en calma y el salvajismo
prehistórico dormita dentro del caparazón formado por las
civilizaciones, son dichosos; tan dichosos como los que vienen á la vida
en una casa poderosa y se ven exentos de batallar por la subsistencia.
--Pero cuando nacemos en una época de locura--continuó--, debemos
resignarnos y amoldarnos á ella, sin huir el hombro á la carga penosa.
Tenemos el deber de sufrir para que otros sean felices después, como
sufrieron los antepasados por nosotros.
¡Su dolor al recibir la noticia de aquella muerte en masa de sus
hermanos!... Ella no se tenía por un ser extraordinario; era simplemente
una mujer como todas, y lloró, entregándose á la desesperación. Luego,
una idea iba esparciendo por su pensamiento cierta frescura bienhechora.
¡Si hubiesen hombres inmortales!... Entonces sí que resultaría horrible
la desesperación, al pensar que el muerto podía haberse librado de la
muerte manteniéndose lejos del peligro. Pero nadie era inmortal.
Morir bajo el proyectil ó bajo el microbio, era morir lo mismo. Sólo
variaba la postura, y para muchos ofrecía mayor seducción volver á la
tierra de un modo fulminante, en plena embriaguez heroica, con una idea
generosa en el pensamiento, que extinguirse lentamente entre sábanas,
frente á una pared, manchado y envilecido por todas las suciedades de
una materialidad que empieza á disgregarse.
Era el santo miedo, guardián de nuestra conservación, el que perturbaba
á las gentes, ocultándoles la terrible verdad que existe al término de
toda vida. Las gentes cuerdas consideraban una locura el ir al encuentro
de la muerte. Muy bien si la muerte fuese algo inmóvil que sólo pone su
mano en el que se le acerca... Pero si el hombre no va en su busca, ella
corre con pasos de cien leguas en busca del hombre. ¿Quién puede
adivinar el momento del encuentro?... Lo mejor era despreciarla, no
concederle el tributo de un recuerdo continuo, engendrador de angustias
y miedos.
Además, la muerte en el lecho resultaba una muerte infructuosa y
estéril. ¿A quién podía servir, aparte de los herederos?... La otra
muerte por una idea, aunque fuese errónea, representaba una afirmación,
un acto de energía y de fe, y con la suma de tales actos se va tejiendo
la historia noble de la humanidad.
El príncipe admiró la sencillez con que esta mujer casi moribunda
ensalzaba el heroísmo de la vida despreciando á la muerte.
Había colocado su pensamiento en lo alto, más allá de los egoísmos y los
deseos que forman la trama de la vida ordinaria. Si todos hiciesen lo
que les conviene únicamente, la humanidad en masa no tendría por qué
considerarse superior á los animales.
La lady poseía un ideal: sacrificarse por sus semejantes; servirles aun
á costa de su existencia. Casi se congratulaba de la guerra, que la
había ayudado á encontrar el verdadero camino. En tiempo de paz hubiese
hecho lo que todas: uniendo su suerte á la de un hombre, para tener
hijos y constituir una familia. El egoísmo amoroso resume el mundo en
dos seres; el egoísmo de la madre no reconoce nada interesante más allá
de su prole. Unicamente cuando llega la vejez y se han desvanecido las
perspectivas ilusorias de la vida se reconoce la gran verdad, ó sea que
hay que interesarse y sacrificarse por todos los que existen... Pero la
piedad de la vejez es infructuosa y corta. Mary Lewis se consideraba
feliz por haberse lanzado desde el primer momento en la buena dirección,
sin el largo rodeo de los otros para llegar tarde á la verdad.
--Yo he tenido mi novela, como todos.
Dijo esto con sencillez, pero al mismo tiempo la poca sangre que le
restaba animó su rostro con tenue rubor, como si fuese á confesar algo
extraordinario.
Un hombre estudioso la amaba; un antiguo secretario de su padre el
gobernador colonial. Sólo una vez se habían confesado este amor. Luego
continuaron su vida como siempre, guardando cada uno su secreto,
poniendo la realización de sus ilusiones en un porvenir indeterminado...
Pero llegaba la guerra.
El había corrido de los primeros á alistarse como voluntario: «Mary, soy
soldado.» Y Mary había respondido: «Hace usted bien.» Se escribían de
tarde en tarde breves cartas. Tenían cosas más importantes que hacer. El
no poseía la hermosura y la fuerza del héroe, como los hermanos de lady
Lewis. Hasta sospechaba ésta que su aspecto era poco militar, á causa de
los torpes movimientos de una vida vegetativa acostumbrada á encorvarse
sobre la mesa de escribir. Pero cumplía su deber, y más de una vez le
habían citado por sus frías audacias.
Nunca se realizarían los deseos de los dos. Aunque ella alcanzase á
vivir después de la guerra, continuaría su existencia presente en los
hospitales civiles, en los países remotos azotados por las epidemias. El
tal vez se casase con otra, ó tal vez permanecería fiel á su recuerdo,
dedicándose por su parte á remediar el dolor de los hombres. Mas
vivirían alejados, yendo adonde les llamase su deber, pensando á todas
horas uno en el otro, pero sin verse, como los monjes letrados y las
religiosas apasionadas que en otros siglos llenaban su existencia con
una amistad espiritual sostenida desde sus lejanos monasterios.
Miguel volvió á admirar esta abnegación. Lady Lewis pertenecía al
pequeño grupo de elegidos que desconocen el egoísmo y ansían
sacrificarse por el bien; á las eternas santas que existieron antes del
nacimiento de las religiones, y que continuarán floreciendo lo mismo
cuando la duda haya acabado de arruinar las creencias actuales.
--Usted es un ángel--dijo el príncipe.
--No--protestó ella-: yo soy una amorosa, una gran amorosa.
Lubimoff sonrió con cierta lástima.
--¿Amorosa usted, lady?...
Ella siguió hablando, como si le molestase la extrañeza de su oyente.
¿Qué era el amor de los otras mujeres comparado con el suyo? Ponían su
ternura, su deseo de sacrificio, en un solo hombre. Más allá de él no
encontraban nada digno de interés. Ella amaba á todos los hombres, ¡á
todos! hasta aquellos enemigos que había cuidado muchas veces en las
ambulancias del frente. Estaban engañados; y si realmente habían sido
perversos y deseaban continuar siéndolo, ella sólo les veía en su estado
actual, tendidos en una cama, con las carnes rotas, amenazados por la
muerte. Eran unos desgraciados nada más, y esto bastaba para que
olvidase su origen.
Deseaba el triunfo de los suyos, porque los otros representaban la
exaltación de la fuerza brutal, la divinización de la guerra, y ella
quería que no hubiese más guerras. ¡El amor imperando sobre el mundo
entero!... Harta desgracia era que los hombres no pudieran suprimir con
igual facilidad la pobreza, el dolor y la muerte, divinidades negras que
nos toman al nacer y con las que batallamos hasta el último momento.
--Yo amo todo lo que vive: las personas, los animales, las flores. ¿Qué
es al lado de esto el amor entre hombre y mujer, que las gentes
consideran el único amor y no es mas que el egoísmo de dos seres
apartados de sus semejantes, viviendo sólo para ellos?... Mi amor
también es un egoísmo, lo reconozco; tal vez algo peor: un orgullo. ¡Si
usted conociese mis alegrías cuando he salvado de la muerte á uno de mis
-flirts-, á uno de esos pobres heridos que no veré más!... No me admire,
príncipe, no me compadezca. Soy únicamente una pobre mujer: ¡nada de
ángel! Además, muy mala; tengo mis remordimientos, como todos.
--¡Usted, lady!...--volvió á exclamar el príncipe con un gesto de
incredulidad.
Y ella, para que el otro no dudase, se apresuró á contar el gran pecado
de su existencia. Viajando por Andalucía había visto al borde de un río
unos muchachos que intentaban ahogar á un perro vagabundo, arrojándole
piedras. Mary cayó sobre ellos, loca de cólera, apaleándolos con su
quitasol. Uno de los chicuelos lloró, arrojando sangre por las
narices... Este mal recuerdo había perturbado muchas de sus noches.
Ahora no podía ver á un niño sin acariciarlo con la vehemencia del
remordimiento.
También había sostenido disputas en varios países con los carreteros que
golpean á sus bestias, con los dueños de hotel que no le permitían
guardar en su habitación los perros y gatos sin dueño encontrados en las
calles.
Antes de la guerra, su lástima era toda para los animales. La humanidad
sabe defenderse. Pero ahora, las matanzas de seres uniformados desviaban
su dulce ternura hacia los hombres. Estaban más faltos de cariño y
protección que las pobres bestias.
El recuerdo de sus -flirts-, que á estas horas se removían en sus camas
cubiertos de vendajes, ansiosos de la presencia de lady Lewis, ó
permanecían en un banco con los ojos inmóviles vueltos hacia el sol,
negándose á pasear por faltarles el suave apoyo de su brazo, le hizo
abandonar su asiento. «¡Adiós, príncipe!» Los enamorados la esperaban.
Puesta de pie, recordó el motivo de su visita, hablando de nuevo con
aquel tono que revelaba su firme voluntad.
Era inútil que buscase á la duquesa. La pobre, después de tantas
desorientaciones en su vida, acababa de encontrar el verdadero sendero,
el mismo que ella, más afortunada, había seguido en plena juventud. La
virgen dolorosa habló con naturalidad del pasado de Alicia. Lo conocía
todo. En el silencio de Villa-Rosa, la otra se había confesado
desesperadamente, sin que la enfermera sintiese escándalo ni asombro.
¡Qué representaba esta catástrofe moral de una simple persona, cuando el
mundo veía á cada minuto los más inauditos crímenes!...
--Partió esta mañana, y está muy lejos... ¡muy lejos!--dijo la lady--.
Es posible que jamás vuelvan á verse... Yo le escribiré que usted la
perdona, y esto le proporcionará la tranquilidad que necesita en su
nueva existencia.
El príncipe la fué acompañando hacia la salida de sus jardines. Durante
el camino volvió á lamentarse. Necesitaba exteriorizar el desaliento en
que le había dejado la resistencia de la inglesa á decirle el paradero
de Alicia.
--Soy muy desgraciado, lady.
--Lo creo--contestó ella--. Mis desgracias son más grandes que las de
usted, pero las sobrellevo mejor.
Para Mary, la vida era á modo de una balanza. En un platillo caía el
infortunio: nadie se libraba de este peso; pero había que equilibrar el
espíritu colocando en el platillo opuesto algo grande, un ideal, una
esperanza. Ella había encontrado el contrapeso necesario: el amor á todo
lo existente, el sacrificio por los semejantes, la abnegación en todos
los momentos.
¿Qué tenía el príncipe para contrabalancear las sacudidas del
destino?... Nada. Seguía viviendo como en los años de paz, pensando
únicamente en él. Era todavía como habían sido los demás hombres antes
de que la guerra los sacase de su individualismo egoísta, haciendo
reflorecer las virtudes de la solidaridad y el sacrificio. Por eso
bastaba un simple obstáculo á sus deseos, un desengaño amoroso, algo que
sólo puede perturbar la vida de un adolescente, para que se considerase
desgraciado... ¡Ah, si tuviera un ideal superior! ¡Si pensara menos en
él y más en los hombres!
Se estrecharon los manos junto á la verja.
--¡Adiós, lady!--dijo el príncipe inclinándose.
De estar don Marcos presente, hubiese reconocido esta voz. Era la misma
de la tarde del desafío, cuando encontró á la inglesa con los dos
ciegos; una voz hermosamente grave, en la que parecían gotear lágrimas.
Toledo sólo apareció algunos instantes después, saliendo del pabellón
del jardinero, para encontrarse con el príncipe, que regresaba pensativo
hacia su «villa».
Lubimoff habló para darle una orden con tono duro.
--Me marcho á París... Quiero salir mañana; arregla lo necesario.
Luego, al fijar sus ojos en el coronel, continuó, con voz más dulce:
--Creo que nunca volveré aquí... Voy á vender Villa-Sirena.
XII
Don Marcos desciende por los jardines públicos hacia la plaza del
Casino, en conversación con un militar.
Ya no es el ceremonioso coronel que besaba manos viejas y nobles en los
salones de juego y asistía como inevitable comensal á los almuerzos de
todas las familias linajudas de paso en el Hotel de París. Nada recuerda
en su persona los levitones forrados de terciopelo, los sombreros de
seda blanca y demás esplendores de su elegancia original. Va sobriamente
vestido de obscuro, y su aspecto tiene algo de rústico; revela al hombre
que vive en el campo, gusta de cultivar la tierra y se siente cohibido
al volver á la existencia urbana. Lleva puestos los guantes, lo mismo
que en sus buenos tiempos; pero ahora es por necesidad. Sus manos le
recuerdan cierto exiguo jardín en torno de una «villa» diminuta, con
cinco árboles, doce rosales y unos cuarenta arbustos más, que conoce uno
por uno, dándoles nombres propios, cuidándolos y regándolos
fervorosamente hasta encallecer sus dedos.
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