El coronel recordó á la difunta princesa en sus días de humor
tormentoso, cuando, después de una explosión de cólera, se retorcía,
pidiendo que la perdonasen, entre llantos histéricos.
Al tirar suavemente de esta mano, se sintió seguido por el príncipe,
inerme y sin voluntad. Martínez aguardaba á pocos pasos.
--Dense las manos. Todo ha terminado. Los caballeros son siempre...
caballeros.
Se dieron las manos.
Y entonces ocurrió algo inesperado que produjo un largo silencio de
sorpresa y de asombro.
Miguel dobló su cuerpo, se encogieron sus rodillas, se llevó á la boca
aquella mano que tenía en la suya, con el mismo gesto humilde de los
siervos de la estepa ante sus poderosos abuelos.
Luego la besó, mojándola con sus lágrimas.
X
Ocho días llevaba Lubimoff sin salir de Villa-Sirena. En sus
conversaciones con el coronel--único compañero de esta vida
solitaria--había evitado toda alusión á lo ocurrido en el castillo de
Lewis. Don Marcos, por su parte, se mostraba de una discreción absoluta,
como si tuviese olvidado el duelo y el extraño final que le había dado
el príncipe; pero éste adivinaba en su silencio muchas cosas molestas
para él.
Los otros padrinos debían haberlo contado todo. ¡Qué de comentarios! Y
el miedo á encontrarse con las gentes, que sin duda repetían su nombre á
todas horas, le hizo permanecer recluído, esperando que le olvidasen.
Alguien perdería ó ganaría en el Casino una suma importante, y esto
bastaba para que los curiosos dejasen de hablar de él.
Empezó á pesarle la soledad como un suplicio. Ya estaba fatigado de
pasear siempre por sus jardines, que le parecían estrechos y monótonos.
Además, la sobrina de Lewis, abusando de su autorización, llegaba cada
tarde con una escolta de ingleses heridos, siempre diferentes.
Correteaba con ellos por las avenidas entre los gritos de las aves
exóticas, formaba grandes ramos de flores, y él tenía que ocultarse en
los pisos altos huyendo de esta alegría infantil, á la que encontraba
algo de desesperado y fúnebre.
Las noches le parecían interminables. Pensaba con nostalgia en las
plácidas veladas de «los enemigos de la mujer», cuando Spadoni se
sentaba al piano ó hacía cálculos infinitos, siempre doblando; cuando
Novoa exponía sus paradojas científicas y Castro relataba las aventuras
de su abuelo el «Don Quijote rojo»... ¿Dónde estarían ahora estos
compañeros de soñolienta felicidad?
Atilio le interesaba especialmente. Dos veces había preguntado por él á
don Marcos, sin que éste se mostrase muy claro en sus explicaciones. «No
le encontraba nunca en el Casino; se abstenía sin duda de frecuentarlo
por miedo al juego.» Presintió que el coronel sabía algo más y se negaba
á hablar por discreción.
Una mañana, el tedio del encierro galvanizó su decaída voluntad. ¿Por
qué no ir en busca de aquellos amigos? Tal vez si él daba el primer paso
conseguiría reanudar las relaciones con ellos, restableciendo su antigua
vida.
Cuando iba á salir, el coronel le detuvo para hablarle otra vez de un
asunto que les había ocupado la noche anterior. ¿Qué respuesta debía dar
al apoderado de París?... Aquel nuevo rico comprador del palacio del
parque Monceau deseaba adquirir también Villa-Sirena. El administrador
comunicaba su última oferta: millón y medio de francos. No daría más, y
era preciso contestar urgentemente, antes que su capricho se fijase en
otra adquisición.
Miguel levantó los hombros, como si le hablasen de algo sin interés.
--Di que no quiero vender... Mejor será que no contestes. Veremos más
adelante; yo pensaré.
Al bajar del tranvía, en Monte-Carlo, dejó á su izquierda el Casino,
para seguir por los bulevares altos. Iba primeramente en busca de
Spadoni, por ser el que habitaba más cerca. Además, éste debía saber el
paradero de Atilio mejor que Novoa. Tal vez vivían juntos.
Conocía vagamente su domicilio por las burlas de Castro. El pianista era
«guardián de una tumba» sobre el barranco de Santa Devota.
Desde lo alto de un puente vió el príncipe á sus pies este barranco,
cuyas laderas estaban cubiertas de jardines, de «villas» lujosas y de
hoteles, teniendo por fondo el risueño puerto de La Condamine.
Sesenta años antes era un lugar salvaje. Sólo lo visitaban las
procesiones venidas desde el amurallado Mónaco para rendir homenaje á
Santa Devota en una iglesia blanca, que aún parecía ahora más diminuta
junto á las arcadas del puente del ferrocarril.
En los primeros tiempos del cristianismo, una barca, guiada por la
voluntad de Dios, que se dignaba conceder una protectora á los
habitantes de Puerto Hércules, había venido á encallar en esta ribera.
La barca contenía el milagroso cadáver de cierta cristiana de Córcega
martirizada por los romanos. Nadie sabía su nombre, y la devoción
popular la llamó Santa Devota. Una vez al año, el día de su fiesta, al
cerrar la noche, gran parte del público del Casino abandonaba la ruleta
y el «treinta y cuarenta» para presenciar cómo los marineros de Mónaco
quemaban frente á la iglesia, al son de la música, una barca vieja,
cerrando con esto á la santa patrona todo camino de retorno.
Los campos pedregosos de olivos y nopales estaban ahora cubiertos de
«Palaces», grandes como cuarteles, y sostenían una segunda ciudad alta,
que, extendiéndose por la ladera de los Alpes, unía Mónaco con
Monte-Carlo. Este terreno, vendido á precios enormes, era medio siglo
antes un lugar tan olvidado, que cualquiera de sus poseedores podía
disponer sin obstáculo que le enterrasen en su propiedad.
Un oficial obscuro de Napoleón, nacido en Mónaco y llegado á general en
los tiempos de Luis Felipe, había hecho construir su sepultura en un
olivar sobre el barranco de Santa Devota. El juego hacía surgir después
Monte-Carlo sobre la salvaje meseta de las Espelungas; la lujosa ciudad
nueva se ensanchaba para unirse con el viejo Mónaco, cubriendo de
edificios todo el territorio del principado, y la sepultura del anónimo
guerrero quedaba prisionera de este oleaje de grandes hoteles, palacios
y «villas». El olivar de la tumba se vendía á metros, haciendo la
fortuna de los herederos. Entre la sepultura y el borde del barranco
quedaba una meseta, desde la que se disfrutaba la visión de un panorama
magnífico, y un millonario de París se atrevía á construir una casa de
estilo «artista», con jardines en terrazas escalonadas, creyendo empresa
fácil conseguir el traslado del general al cementerio y la demolición
de su capilla-tumba. Pero el muerto estaba en su propiedad, no podía
resucitar para deshacer sus disposiciones testamentarias, perturbadas
por el engrandecimiento inaudito del antiguo Mónaco, y no había poder
humano que echase abajo su última morada.
Miguel había visto muchas veces desde el puerto, sobre las alturas del
barranco, este panteón que iba á servirle ahora para encontrar á
Spadoni. Era un simple dado de albañilería, con las paredes
enjalbegadas, cuatro pináculos en sus ángulos y una cúpula de tejas
negras. De lejos parecía un morabito, la tumba de un santón, ayudando á
esta semejanza los grupos de palmeras de los jardines inmediatos.
Castro le había hecho reir muchas veces contándole la historia del
difunto general y sus ricos vecinos. Los propietarios de la «villa» no
podían dormir con un muerto al otro lado de la pared. Además era un
muerto sin nombre, lo que le hacía más inquietante y misterioso. Nadie
llegaba á acordarse del apellido de este señor que había mandado miles
de hombres y aún imponía su voluntad á los vivos. Alquilaron la «villa»
con todos sus lujosos muebles por un precio módico, y al principio se la
disputaban las señoras que juegan en el Casino. ¡Vivir en un pequeño
palacio adornado por famosos tapiceros de París, y con una vista
magnífica, todo por quinientos francos mensuales!... Pero las
arrendatarias se apresuraban á cederse unas á otras esta buena ocasión.
¡Tener que pasar después de media noche frente al mausoleo del general,
cuando volvían del Casino! ¡No poder abrir las ventanas sin encontrarse
con aquella sepultura!... Además, la maledicencia femenil señalaba
sucesivamente á cada inquilina con el mismo apodo: «la guardiana de la
tumba».
Entonces se presentó Spadoni. Castro tenía una idea vaga de que pagó el
primer mes, pero no estaba seguro de ello. Lo que sabía con certeza era
que no pagó más. Los propietarios, residentes en París, habían acabado
por aceptar esta situación, viendo en el pianista un cuidador gratuito
de aquella casa que les inspiraba miedo.
Descendió el príncipe por un amplio camino entre balaustradas de
jardines y muros de roca con penachos floridos pendientes de sus
intersticios. Al ver de cerca el morabito, comprendió la fuga de los
vecinos. El general había sabido hacer las cosas. Los pináculos estaban
adornados con calaveras y tibias, lo mismo que la cruz de hierro que
remataba la cúpula. Y estos símbolos fúnebres, por la fuerza del
contraste, aún resultaban más impresionantes entre el esplendor verde de
los jardines inmediatos, bajo un cielo de crudo azul y un sol
deslumbrador, teniendo por fondo el gracioso puerto y la rizada planicie
del mar violeta. La puerta del mausoleo sin nombre no se había abierto
en muchos años, y los vientos amontonaban la tierra en su parte baja.
Entre la verja y las paredes se aglomeraba una vegetación loca, una
selva minúscula, en cuyas espesuras guerreaban y se devoraban los
insectos después de enviar interminables expediciones volantes y
rampantes á todas las casas próximas.
Pasó rozando el panteón para llegar á la entrada de la «villa», hermoso
edificio de arquitectura toscana. La puerta era de complicados herrajes;
los ventanales tenían vidrieras con figuras de colores; sobre el muro
gris estaban incrustados relieves de mármol y escudos antiguos.
Golpeó inútilmente con un dragón de hierro que servía de aldaba. Al fin
apareció en un sendero inmediato, entre dos muros, una mujer greñuda con
un niño en brazos. Era una vecina que prestaba sus servicios á Spadoni
cuando se quedaba en la casa. La presencia de un visitante representaba
para ella un acontecimiento.
--Sí que está--dijo--. ¿No oye usted?
Lubimoff oyó, efectivamente, amortiguado por los gruesos muros, el
tecleo de un piano.
La mujer, convencida de que el artista no llegaría á enterarse de los
golpes del aldabón, desapareció en una revuelta del sendero. Poco
después, su cabeza y el niño que llevaba en brazos surgieron sobre el
filo de un muro.
--¡Maestro!--gritó--. Un señor que le busca. ¡Una visita!
Y volvió arreglándose las faldas, como si acabase de bajar de una escala
de mano.
Se abrió aquella puerta de quicio profundo, apareciendo en su hueco
Spadoni.
--¡Oh, Alteza!
Su sonrisa no expresaba asombro. Saludó al príncipe como si lo hubiese
visto el día anterior.
Fué guiándole por corredores y salones sumidos en una penumbra policroma
y que olían á polvo. Hacía muchos meses que los ventanales de colores no
habían sido abiertos ni descorridas las cortinas. El concentraba su
existencia en una sola habitación. Lubimoff chocó con arcones y
armaduras, hizo vacilar dos enormes ánforas japonesas, se enganchó en
los numerosos salientes de este profuso decorado de «estudio romántico»
que había estado de moda veinticinco años antes.
Volvieron finalmente á la luz, una luz esplendorosa que entraba por tres
puertas abiertas sobre una terraza vecina al barranco.
Era el -hall- de la «villa», adornado con telas y divanes indostánicos.
El príncipe reconoció que Spadoni no estaba mal instalado en «su tumba».
Un gran piano de cola era el único mueble que se mantenía limpio en esta
pieza invadida por el polvo. Sobre el atril permanecían abiertos varios
cuadernos de música manuscrita.
Al ver que Lubimoff se fijaba en ellos, el pianista hizo un gesto
desesperado.
Era grande su pobreza: tenía que dar conciertos para vivir, se veía
obligado á estudiar obras nuevas.
Habló de estos trabajos como si representasen la más cruel imposición de
la realidad, la mayor decadencia de su vida.
Varias damas organizadoras de obras benéficas de la guerra habían
buscado su concurso. Tocaba gratuitamente, por «patriotismo», pero las
buenos señoras siempre encontraban el medio de darle una cantidad. ¡Era
tan enorme su miseria! Sólo de tarde en tarde entraba en las salas de
juego. No podía ni apuntar en la ruleta, donde las puestas son de cinco
francos.
Quiso el príncipe leer los títulos de las partituras, y Spadoni intentó
ocultarlas con una precipitación cómica.
--¡Verdaderas porquerías!... No hay que mirar eso, Alteza. En esta Costa
Azul, cuando las señoras entradas en años no encuentran ya quien las
ame, se dedican á escribir romanzas ó bailes de gran espectáculo, y el
Casino acepta sus obras para no disgustarlas. Ese teatro de Monte-Carlo
resulta, en ciertos días, el templo de la imbecilidad musical... No;
mejor será que conozca lo que damos esta tarde. Es la obra de una
millonaria que lo escribe todo, música y versos.
Y leyó en alta voz los títulos de varías «escenas pintorescas»: -Diálogo
entre la mariposa y la rosa-, -Lo que la palmera le dijo al agave-,
-Plegaría de la cigarra á nuestro padre el Sol-.
--Por suerte, Alteza, esta situación deshonrosa no durará. Tengo un
medio... ¡un medio!...
Olvidando el piano, las partituras y su degradación musical, se lanzó de
golpe en el mundo de las quimeras. Conocía el secreto del grande hombre,
de aquel griego que ganaba millones en el -Sporting-. Lo había
sorprendido, con su propia malicia, después de sonsacar ciertos datos á
un acompañante del personaje. Era una combinación sencilla, como todas
las cosas geniales. Por ejemplo...
Y tendió su mano hacia una baraja que estaba en una mesa, sobre unos
cuantos volúmenes encuadernados en rojo: las nueve sinfonías de
Beethoven.
¡Ah, no!... El príncipe le contuvo con brusquedad, para que no se
entregase á su manía demostrativa.
--Yo esperaba encontrar aquí á Atilio--dijo luego suavemente.
El músico pareció despertar.
--¿Atilio?... ¡Ah, sí! Vivió conmigo unos días, pero se fué.
Obsesionado aún por su prodigiosa combinación, habló distraídamente, sin
conceder interés á sus palabras. Castro había manifestado deseos de
vivir con él, se lo dijo un anochecer en el Casino, y Spadoni abandonó
Villa-Sirena para acompañarle. Un amigo no puede hacer menos.
--Pero ¿cuándo se fué?... ¿En dónde está?...
--Se fué anteayer, y debe estar en París. ¡Un disparate su viaje!
Imagínese, Alteza, que en los últimos días jugó con una suerte
magnífica, hasta ganar veinte mil francos. ¡Si hubiese seguido!... Pero
no quiso: tenía prisa. Me dió quinientos francos, y los perdí
inmediatamente; era muy poco dinero para mi combinación. Creo que va á
hacerse soldado; me habló de la Legión extranjera. De él se puede
esperar cualquier disparate. ¡Un hombre que gana y huye!...
Luego, como si la máquina desarreglada de su cerebro funcionase
lógicamente por unos segundos, añadió, con una sonrisa maligna:
--Doña Clorinda también se ha ido á París. Se marchó dos días antes que
él... ¡Oh, Alteza! ¡cómo me acuerdo de aquello que nos dijo en un
almuerzo sobre las mujeres!... Las conozco, príncipe: todas ellas son
temibles enemigos.
Y señalaba rencorosamente -Lo que la palmera le dijo al agave-.
En vano el príncipe insistió en sus preguntas. No sabía más, no le
inspiraba curiosidad la suerte de Castro. Se había ido á París para
hacerse soldado, ¡y él tenía tantos amigos soldados!...
«La Generala», por ser mujer, le infundía más interés, excitando su
maledicencia.
--Yo creo--dijo, con su sonrisa de misógino--que se fué por celos, por
despecho. La duquesa de Delille ha acaparado á ese teniente que le
presentó ella. Hasta parece que el tal teniente ha tenido un duelo...
El pianista palideció, mirando con espanto á Lubimoff. Su gesto fué
igual al del que habla en voz alta creyéndose á solas, y nota
repentinamente que alguien le escucha. Quedó confuso y balbuceando:
--No sé... ¡la gente dice tantas mentiras!... ¡Cosas de mujeres!
Lubimoff sintió una confusión igual al darse cuenta de que hasta Spadoni
se había ocupado con regocijo de su aventura.
Consideraba ya inútil seguir hablando con este imbécil. Se levantó, y el
músico, trémulo aún por su indiscreción, dió muestras de igual
apresuramiento por terminar la visita.
--¿Y Novoa?--preguntó el príncipe al llegar á la puerta de la casa--.
¿Se ha ido también?...
No; éste seguía en Mónaco, trabajando en el Museo cuando no tenía
ocupaciones más urgentes. Se encontraban muy de tarde en tarde. ¿Cómo
podían verse, si él, Spadoni, á causa de su miseria, se abstenía de
entrar en las salas de juego?...
--Continúa jugando, Alteza; pero muy mal, con la timidez del novato, y
por eso pierde. No tiene la estofa de nosotros, los verdaderos
jugadores.
Se irguió el pianista al decir esto, como si no hubiese perdido nunca y
poseyera todos los secretos del azar.
--Le he enviado dos entradas para el concierto de esta tarde: una para
él y otra para esa señorita Valeria, acompañante de la duquesa. ¡El
pobre! ¡siempre haciendo tonterías como un enamorado!...
Pero su sonrisa de hombre superior, exento de tales humillaciones, se
cortó al darse cuenta de que otra vez estaba diciendo algo molesto para
el príncipe.
Este pasó de nuevo junto á la tumba, pero sin verla ni acordarse del
incógnito general. ¡Castro se había ido!... ¡Castro quería hacerse
soldado!...
Luego de seguir el camino descendente de los Monegetti hasta la plaza de
Armas de La Condamine, tomó la avenida de suave pendiente que sube hasta
Mónaco. Esta marcha le proporcionaba cierta voluptuosidad muscular
después de su largo encierro.
Al verse entre los dos torrecillas que marcan la entrada de los
jardines, le asaltó el recuerdo de Alicia. Un poco más allá habían
descendido del carruaje; detrás de los árboles estaba el banco en que la
habló por primera vez de su amor; abajo, al borde de las rocas, se
desarrollaba el solitario camino por el que pasaron como en volandas, al
amparo del crepúsculo y con las bocas juntas. Luego, el rasgón de su
vestido, los cómicos y dulces apuros por repararlo, el alfiler con la
perla de la princesa... Sólo habían transcurrido unas semanas, y estos
sucesos parecían de otra humanidad más feliz, desarrollados en un
planeta distinto, envueltos en una luz que no era la de la tierra.
Se esforzó por olvidar. Estaba ahora en una plaza asfaltada, frente á la
escalinata del Museo Oceanográfico. Por primera vez reparó en los
adornos arquitectónicos del blanco edificio. Habían adoptado como motivo
ornamental el manojo de retorcidas patas de los pulpos, el semicírculo
estriado de las conchas, la sombrilla filamentosa de las medusas. Se
fijó en los grupos escultóricos que simbolizan las fuerzas del Océano ó
las artes de los navegantes; leyó los nombres esculpidos en los frisos,
títulos de buques que se ilustraron por sus exploraciones científicas.
Permaneció inmóvil mucho rato, buscando un pretexto para justificar su
visita. Al fin subió la escalinata, viéndose envuelto en una frescura
sonora de catedral, pero sin la ranciedad del ambiente cerrado, con un
tufillo salino procedente del mar inmediato. El conocía el palacio: á un
lado, el vasto salón de conferencias y asambleas científicas, semejante
á un Parlamento, con lámparas de cristal helado que afectan las
distintas formas animales de las profundidades oceánicas; en mitad del
vestíbulo, la estatua del príncipe Alberto vestido de marino y apoyado
en la baranda del puente de su yate; al lado opuesto y en los pisos
superiores, las colecciones recogidas durante los viajes de este
navegante de la ciencia: miles de peces y moluscos, esqueletos
gigantescos de cetáceos, piraguas y herramientas de pesca de los mares
polares. En los pisos inferiores, debajo de sus pies, en aquel segundo
palacio que, adherido al acantilado, descendía hasta el mar, estaban los
acuarios, las bestias misteriosas del abismo continuando su existencia
entre burbujas de agua corriente, en sus jaulas de cristal.
Un portero de levita azul y kepis galoneado de rojo intentó ofrecerle un
cartón de entrada, pero se contuvo al ver que se detenía junto al
torniquete, preguntando por Novoa.
--Salió hace un momento. Tal vez lo encuentre en las inmediaciones del
Palacio. Casi todos los días, antes del almuerzo, da la vuelta á la
roca.
«La roca», para los monegascos, es por antonomasia el peñón en que está
asentado Mónaco, y dar su vuelta equivale á seguir el contorno de
jardines y abandonados baluartes que, partiendo del palacio de los
Príncipes, vuelve á él después de abarcar toda la vieja capital.
Siguió exteriormente la cerca de los jardines de San Martino. No osaba
penetrar en ellos: temía encontrarse con el banco en que habían estado
aquella tarde. Avanzó por las calles de la ciudad, estrechas, sin
aceras, pavimentadas de anchas losas, como en muchas poblaciones de
Italia.
Las viviendas, viejas y altas, recordaban los tiempos en que el suelo
era precioso dentro de una península estrechamente ceñida por sus
fortificaciones. Algunas casas estaban perforadas por túneles, y al
final del arco se veía la claridad y la blancura de la otra calle
paralela. Los edificios más grandes eran conventos ó colegios
religiosos. Sonaban lentas campanas sobre los tejados, como en un pueblo
de España; quedaban en las calles muchos retablos con imágenes
alumbradas por un farolillo.
Al estremecerse las losas del pavimento bajo un paso humano, se
entreabrían ventanas. Un carruaje provocaba la aparición de muchas
cabezas. Los escasos transeuntes eran á veces canónigos de la catedral,
frailes descalzos con una corona de pelo en torno del cráneo afeitado,
monjas con enormes mariposas almidonadas en la cabeza.
Sólo un pequeño puerto separaba la vieja ciudad de aquella otra ciudad
situada en la cumbre de enfrente, con su Casino, sus hoteles, sus
orquestas y su muchedumbre de placer y de fortuna. Un corto trayecto de
tranvía bastaba para hacerse la ilusión de haber saltado sobre dos
siglos. Lubimoff recordó la impresión de extrañeza que despertaban al
atravesar la plaza del Casino estos frailes descalzos cuando bajaban en
grupo á Monte-Carlo.
Pasó bajo una galería cubierta que formaba arco entre dos casas. Un gran
descampado, una llanura, se abrió ante él. Era la plaza del Palacio.
Enfrente estaba la vivienda señorial de los Grimaldi, conjunto de
edificios de diversas épocas, que le recordó los palacios de algunos
príncipes soberanos de la antigua Italia. Era de color rosa obscuro,
cortado por el arquerío de las -loggias-, y tenía adosados unas torres
de sillares blancos con almenas hendidas. También conocía él este
palacio, puramente de aparato y deshabitado, pues el príncipe reinante,
en las cortas visitas á sus dominios, prefería vivir en su yate.
Primeramente llamó su atención la guardia del edificio. Los soldados de
Mónaco, viejos gendarmes franceses, habían partido á la guerra, y una
milicia nacional se encargaba de sustituirlos. Estaba compuesta de
legítimos ciudadanos de «la roca», descendientes de cuatro generaciones
de monegascos. Ellos solos podían contribuir á la defensa ideal del
principado, así como gozaban las ventajas de pertenecer á un país, único
en el mundo, donde nadie paga contribución y todos al nacer tienen el
pan asegurado, gracias al Casino.
Lubimoff admiró al guerrero de guardia, un viejo de bigote blanco,
cargado de hombros, casi jorobado, con gabán de color castaña y sombrero
hongo. Un brazal rojo y blanco en una manga era todo su uniforme.
Llevando al hombro su fusil antiguo, que aún hacía más enorme y pesado
una bayoneta interminable, hubiera podido descansar junto á la garita
pintada con los colores de Mónaco; pero prefería moverse en incesante
paseo, mirando á todas partes por si alguien intentaba penetrar en el
alcázar del ausente soberano. Otros padres de familia y hasta abuelos,
vestidos con sus trajes de domingo, esperaban pacientemente en un banco
que les llegase el turno de ejercer la honorífica función.
Lo más notable de esta explanada era la artillería, una cantidad de
cañones del siglo XVIII que estaban allí decorativamente, como las
armaduras que adornan un salón... A ambos lados de la puerta del Palacio
se alineaban seis piezas enormes y magníficas, fundidas en un bronce
verde de estatua y cinceladas como obras de museo. Junto á sus bocas, el
metal se retorcía formando la hojarasca de un capitel; su parte opuesta
la remataba una cabeza de medusa. El fuste de estas columnas huecas
estaba adornado con las tres flores de lis de la vieja monarquía
francesa, los agarradores de cada cañón eran dos delfines, y todas las
piezas ostentaban el lema pretencioso -Nec pluribus impar- de Luis XIV,
con otro más sombrío: -Ultima ratio regnum-.
El príncipe sonrió ante este lema.
«Ahora, las piezas de artillería--se dijo--ya no son «la última razón de
los reyes», pero lo son de los pueblos. Hemos adelantado poco.»
Todos estos cañones verdes tenían su nombre propio, lo mismo que un
buque ó un regimiento. Uno se llamaba -Nerón-, otro -Tiberio-; más allá
abrían su redonda boca el -Robusto- y el -Roncador-.
En los parapetos que cerraban por ambos lados la extensa plaza asomaban
sus gargantas, sobre el puerto ó sobre el mar libre, otras piezas más
modestas, pero igualmente enormes y vetustas. Las balas macizas de estos
cañones formaban pirámides, y una vegetación parásita se había
introducido entre las pelotas de hierro.
Detrás del Palacio, como un telón de fondo, se elevaba la montaña
francesa de la -Tête du chien-, brillando en su redonda cumbre las
vidrieras del cuartel de los cazadores alpinos. La meseta de Mónaco era
simplemente el último peldaño de la gran escalera que los Alpes dejan
caer hacia el mar. Arriba se enredaban las nubes en los picachos,
cubriéndolos momentáneamente de una sombra tempestuosa; abajo, entre los
muros rosados y las torres blancas de los Grimaldi, se erguían la
palmera tropical, el cocotero, el plátano, dando á este castillo ligurio
un aspecto de hacienda brasileña.
Estaba Lubimoff en el parapeto que da sobre el mar libre, sentado entre
dos cañones, cuando vió la llegada de Novoa por los baluartes que
dominan el puerto.
Al reconocer al príncipe apresuró su blanda marcha, acercándose á él con
la mano tendida.
¡Simpático profesor! Nunca le parecieron á Miguel sus ademanes francos
con tanto atractivo como ahora. Celebraba mucho este encuentro,
creyéndolo casual, y el príncipe no quiso hablar de su visita al Museo,
para que Novoa ignorase que había venido en busca suya.
Maquinalmente empezaron á pasearse entre la fila de cañones y unos
cuantos árboles que daban pálida sombra á este lado de la plaza.
Era Lubimoff el que preguntaba, mostrando interés por la suerte de su
amigo y acogiendo sus quejas con una sonrisa bondadosa.
Novoa se mostró descontento. Este país de vida dulce y alegre resultaba
fatal para el estudio. ¡Pensar que allá en su tierra se lo imaginaban
haciendo descubrimientos útiles en los misterios del mar! El Casino
extendía su influencia á todas partes, hasta al Museo Oceanográfico.
Muchas veces, mientras estudiaba el -plancton-, le acometía una nueva
idea para desentrañar los misteriosos saltos de las series del «treinta
y cuarenta». Trabajaba por las mañanas con el pensamiento fijo en
Monte-Carlo; y apenas llegada la tarde, sentía un deseo irresistible de
ir allá. Era inútil que inventase pretextos para mantenerse fijo en «la
roca». Había perdido cantidades enormes para él, y necesitaba
recuperarlas. Pensaba con inquietud en el dinero recibido de su país á
cuenta de la modesta fortuna heredada de sus padres.
--Algunos días, el buen sentido me dice que debo volverme á España, y
deseo realizar inmediatamente este buen consejo. Por desgracia, hay
ciertas cosas que me retienen aquí y quebrantan mi voluntad.
--Las conozco--dijo Miguel sonriendo--. La primera de todas, el amor.
Novoa se ruborizó, aceptando luego con un cómico ademán de confusión las
palabras del príncipe. Sí; algo había de eso, y el amor le proporcionaba
disgustos, lo mismo que el juego.
Lubimoff vió de pronto en sus ojos una expresión igual á la de Spadoni.
También éste sabía lo ocurrido, y al hablar del amor recordaba
inmediatamente aquel duelo absurdo. Pero Novoa era otro hombre, incapaz
de sentir el maligno placer de los maldicientes, que se regodean con las
torpezas ajenas. Además, Miguel le tenía por muy franco, y pronto se
convenció de ello.
Tranquilamente, sin pensar si con sus palabras molestaría al otro, el
profesor aludió á lo ocurrido en el castillo de Lewis. Lo lamentaba como
algo ilógico y extemporáneo, mas no por esto había dejado de interesarle
la suerte del príncipe. Si se abstuvo de ir á Villa-Sirena, fué por no
parecer entrometido. Varias veces había hablado con el coronel,
encargándole que saludase al príncipe de su parte.
Luego, como si se arrepintiese de la severidad con que juzgaba aquel
duelo, dió explicaciones. La imagen de Castro había pasado por su
memoria, haciéndole mirar á su acompañante con una tolerancia fraternal.
--Yo comprendo muchas cosas. No soy hombre de armas, como usted, y sin
embargo, una vez sentí deseos de batirme. Ahora me río cuando lo pienso;
pero, en iguales circunstancias, volvería á hacer lo mismo... ¡El poder
de las mujeres! ¡Cómo nos transforman!...
El príncipe no protestó al oir que Novoa le suponía enamorado,
atribuyendo aquel duelo á la influencia de una mujer. Y siguió guardando
silencio, mientras el profesor, por una asociación lógica, empezaba á
hablar de Alicia. Este sabio bueno y sencillo mostró una verdadera
alegría al comunicar ciertas noticias que juzgaba agradables para
Lubimoff.
Igual interés sentía por su compatriota Martínez. El no odiaba á nadie.
Hasta tenía olvidadas sus incompatibilidades con Castro, que le habían
hecho abandonar las abundancias de Villa-Sirena.
--Ese pobre teniente es menos feliz que usted, príncipe; el tal duelo ha
tenido malas consecuencias para él. Yo gozo de cierta intimidad con
personas allegadas á la duquesa de Delille... No necesito decir más:
usted sabe que puedo estar enterado de lo que ocurre en Villa-Rosa. Pues
bien; después del desafío, yo no sé qué ha pasado, pero Martínez entra
en aquella casa con menos frecuencia. Transcurren días enteros sin que
se atreva á llamar á su puerta. Algunas veces va allá, y la persona que
usted sabe me dice que la duquesa se niega á recibirle. Es ahora un
simple visitante, un amigo como otro cualquiera. La duquesa quiere
evitar la antigua intimidad; le envía regalos al hotel de los oficiales,
se preocupa de su bienestar, encarga á la señorita amiga mía que se
entere de si le falta algo, pero sólo lo recibe de tarde en tarde. Se
acabaron los almuerzos y las comidas á diario, aquella vida común, en la
que sólo faltaba que durmiese en la casa... Y el pobre muchacho parece
triste, desesperado, por este cambio.
Se animó el profesor en sus confidencias al notar el agrado con que las
recibía el príncipe.
--Una persona--continuó, con cierta vacilación--que pasa algunas noches
por la calle de la duquesa... (¡qué diablo! ¿por qué no decir la
verdad?) yo, que algunas veces rondo por las inmediaciones de la
«villa», esperando á la señorita en cuestión, he sorprendido á Martínez
cerca de la casa, deslizándose junto á la verja, mirando á las ventanas.
¡Pobre muchacho!... Y me dicen que de día, cuando teme que la duquesa no
va á recibirlo, hace los mismos paseos.
Un doble sentimiento conmovió á Lubimoff: de rabia, por la convicción de
que no se había equivocado: aquel soldadito amaba á Alicia; de gozo, al
saber que ya no era recibido en la casa, como antes, y rondaba
inútilmente en torno de ella. Representaba una alegría negativa, pero
alegría de todos modos, al ver á aquel jovenzuelo en una situación igual
á la suya.
Novoa, hombre simple en sus gustos, que no podía comprender el amor mas
que ordenadamente, dentro de la regularidad de una equivalencia de
edades, rió de este apasionamiento del oficial como de algo grotesco.
--¡Qué absurdo! ¡Enamorarse de ese modo de una mujer que casi puede ser
su madre!...
El príncipe se estremeció al oir esto, mirando fijamente á su
acompañante. No; no sabía nada. Continuaba riendo de su propio
comentario, sin ninguna intención oculta. El secreto de Alicia sólo él
podía conocerlo.
Aún dieron varios paseos entre los cañones y los árboles. De pronto,
empezaron á sonar las campanas de las iglesias y conventos de Mónaco,
conversando, á través del éter cargado de luz, con las del fronterizo
Monte-Carlo.
Las doce. Novoa se inquietó. Era hombre de costumbres fijas, y además,
los monegascos en cuya casa estaba alojado mantenían rigurosamente la
puntualidad en las comidas. ¡No haber en Mónaco un restorán, para darse
el lujo de invitar al príncipe!... Este le propuso que lo acompañase á
la lejana Villa-Sirena para almorzar juntos. ¡Se sentía tan bien en su
compañía! ¡le daba noticias tan interesantes!...
--¡Imposible!--se apresuró á decir el profesor--. Tengo que ver á una
persona en Monte-Carlo así que acabe mi almuerzo. Me esperan.
Lubimoff no insistió, adivinando que la tal persona era Valeria.
Un carruaje único estaba guarecido en la sombra menguada de los árboles.
Se había quedado allí después de traer á unos extranjeros que
prefirieron, á la salida del Palacio, descender á pie por el antiguo
camino fortificado.
Miguel lo ocupó, haciéndose conducir á Villa-Sirena. Todo el resto del
día y gran parte de la noche transcurrieron para él dulcemente, mientras
rumiaba en su memoria las noticias adquiridas. No era mala la jornada.
De Atilio apenas se acordó. Se había ido á París; esto era lo único
cierto. En cambio, el infortunio de Martínez le hizo canturrear
alegremente, y este regocijo engañó al coronel.
--Lo que yo digo: Su Alteza debe salir y ver gentes. Tenía la seguridad
de que el paseo de hoy daría buen resultado.
Al día siguiente, el príncipe aún tuvo una sorpresa más grata. Estaba
terminando de almorzar, cuando su ayuda de cámara anunció con tono
ceremonioso: «El señor profesor Novoa.»
Presintiendo Miguel algo muy interesante para él, recibió al español con
una efusión extraordinaria nunca vista por Toledo. ¡Incomparable Novoa!
¿De veras que había almorzado ya? ¡El buen orden de los solitarios de
Mónaco!... Entonces, tomaría café con él.
Y dió fin apresuradamente á su almuerzo para pasar al -hall-, donde
esperaban el café y los licores. Era tan visible la impaciencia del
visitante por hablar con él sin testigos, que Lubimoff se dió prisa en
inventar un pretexto para que don Marcos se alejase.
Cuando quedaron solos, Novoa dejó su taza sobre un velador, dió varias
chupadas al cigarro, mientras parecía concentrar su voluntad, y al fin
dijo con resolución:
--Tengo un encargo que darle: me envía cierta persona... sospecho que
hago un mal papel. ¡Un hombre como yo llevando recados de esta clase!...
Pero ¿qué es lo que las mujeres no nos obligarán á hacer?... Además,
entre hombres debemos ayudarnos. Usted, que es tan caballero, también
sería capaz de hacer por mí...
Y el buen profesor hablaba como si se sintiera ligado con el príncipe
por una camaradería profesional, por una condición idéntica. Los dos
estaban enamorados.
Lubimoff, ansioso por conocer el encargo, hizo gestos de aprobación. Sí:
no se equivocaba; era capaz de hacer en su favor cuanto le pidiese. Le
tenía en este momento por el primero de sus amigos. Pero ¿qué era el
encargo?...
Novoa continuó, con cierta vacilación. El día anterior, después de su
encuentro con el príncipe, había visto á aquella señorita... aquella
señorita acompañante de la duquesa. El se lo contaba todo; una mala
costumbre, pero los enamorados no siempre han de hablar de ellos
mismos...
--Estuvimos juntos en un concierto, y esta mañana ha venido al Museo
para encargarme que le viera á usted inmediatamente. Yo me he resistido
á cumplir el encargo, pero usted sabe lo que son las mujeres. Además,
esa joven tiene su genio... Total, que estoy aquí y repito lo que me han
dicho.
Calló un momento, y después de mirar á todos lados, añadió con tono
misterioso:
--Esta tarde, en San Carlos.
Había llegado hasta allí preocupado por la obscuridad del mensaje. ¿Qué
San Carlos era éste? ¿Un hotel?... ¿un paseo?... Como habitante de
Mónaco, sólo conocía el Casino en Monte-Carlo. Lo único indudable para
él era que el mensaje de Valeria procedía de la duquesa.
Tuvo Miguel que ocultar la alegría que le causaron estas palabras.
¡Alicia le buscaba!... A pesar de su contento, sintió la necesidad de
pedir nuevos detalles. ¿No le habían indicado una hora?...
--No, príncipe. «Esta tarde, en San Carlos»; ni una palabra más. Esa
señorita casi se enfadó porque le pedí aclaraciones. Ya le he dicho que
la intimidad tiene su mal carácter... como todas. Me afirmó que usted
entendería el recado inmediatamente.
Miguel hizo un gesto de aprobación; sí que lo entendía... ¡Sabio amable!
En aquel momento le deseaba cuantas felicidades puede gozar un hombre.
De no conocer sus escrúpulos y su altivez, hubiese pedido á don Marcos
todo el dinero que había en la casa para entregárselo á manos llenas.
Pero ya que era imposible una dádiva material, hizo votos por que
aquella Valeria, á la que tenía por una ambiciosa, pudiese embellecer la
vida del profesor. Tan optimista le hizo su contento, que hasta creyó en
una equivocación de su parte, adornando á la acompañante de la duquesa
con un sinnúmero de virtudes ocultas.
Toledo había vuelto, y el príncipe, que deseaba agradar á Novoa, le
habló de las exploraciones oceanográficas, mostrando una viva curiosidad
por ellas, mientras su pensamiento estaba lejos.
Pero este halago resultó inútil. El profesor vacilaba al responder á las
preguntas. Tenía prisa; le esperaban... Sin duda, Valeria necesitaba
conocer pronto el resultado de su mensaje. Y el príncipe mostró también
cierta precipitación al acompañarle hasta la verja de entrada, con
grandes extremos de amistad. Debía volver con frecuencia á Villa-Sirena;
era el único amigo fiel. ¡Lastima que se negase á vivir allí, como en
otros tiempos!...
Al quedar solo, Lubimoff subió á las habitaciones del primer piso. Temía
que el coronel adivinase su contento. Una sensación de orgullo y de
triunfo se mezclaba ahora con la alegría del primer instante.
Pensó en su situación. Don Marcos había guardado silencio después del
duelo, y él, influenciado por la soledad, se entregaba al desaliento,
creyéndose objeto de las burlas de todos.
Ahora veía claro. Alicia deseaba volver á él, sintiendo un nuevo interés
por su persona. Todo lo indicaba así: el teniente casi expulsado de
aquella casa que dos semanas antes consideraba como suya; su protectora
evitando el verle, para lo cual espaciaba sus visitas. Además, al
enterarse ella por Valeria de que su antiguo enamorado había roto la
voluntaria clausura en Villa-Sirena, se apresuraba á darle una cita
inmediata, como si le urgiese reanudar sus relaciones con él.
Se felicitó de la agresividad inexplicable que le había impulsado á
ofender á Martínez. ¡El, que en los últimos días se arrepentía de esta
locura!... Lo que le había pesado como un remordimiento era tal vez lo
más cuerdo y más oportuno de su vida. Alicia, al ver que, loco de celos,
realizaba un acto absurdo para muchos batiéndose por ella, se sentía
indudablemente halagada en su vanidad y le miraba con nuevo interés.
«¡Las mujeres!--pensó Lubimoff--. Hay que conocerlas. Su admiración va
instintivamente hacia el fuerte. Nada hay como una brutalidad oportuna
para conquistar su afecto. Siempre acaban por someterse con cierto
agradecimiento al hombre enérgico que las impresiona.»
Este fué su primer instante dichoso después de varios días. Volvió á ser
aquel príncipe Lubimoff que había impuesto casi siempre su voluntad,
atropellando los obstáculos, unas veces con su dinero, las más con un
orgullo imperioso.
Satisfecho de su rudeza, sintió la necesidad de hermosearse para acudir
á la entrevista. Pensaba en los machos del reino animal, cuyos dientes,
garras y espolones van acompañados de crestas, melenas y plumajes que
inspiran á las hembras una admiración mística, convirtiéndolas en sus
esclavas. Lo mismo ocurría entre los humanos. La educación, las leyes,
las tradiciones, no hacían mas que desfigurar el fondo bárbaro de
nuestra existencia.
Una preocupación le distrajo de estos pensamientos. ¿A qué hora debía
presentarse en el sitio indicado? Se le ocurrió que, al no mencionar la
hora, ésta debía ser la misma del otro encuentro á la puerta de San
Carlos. Pero acabó por creer en un olvido del profesor, y la
intranquilidad le hizo acudir á la cita mucho antes.
Pasó más de tres horas en ansiosa espera, vagando por las calles
inmediatas á la iglesia, inmovilizándose en las esquinas, cambiando de
sitio al notar la curiosidad de los transeuntes. Varias veces entró en
San Carlos, para ver siempre lo mismo: las vidrieras policromas cada vez
más pálidas, así como descendía la tarde; los haces de banderas; los
retablos rompiendo la sombra con el resplandor mortecino de sus oros, y
mujeres arrodilladas é inmóviles: unas mujeres que parecían las mismas
de la otra vez, como si las semanas fuesen minutos.
Con la superstición del que aguarda, se dijo que Alicia sólo podía
presentarse al cerrar la noche, y el día le pareció interminable.
Al anochecer dudó.
--No vendrá.... Debe haberse arrepentido.
Estaba en la esquina de una calle curva y pendiente inmediata á la
iglesia. Desde allí podía ver las gradas que comunican la plazoleta con
el hundido bulevar. Nadie subía por ellas; todos los carruajes pasaban
sin detenerse.
De pronto, tuvo la sensación de que alguien se aproximaba á sus
espaldas. Percibió un leve paso, y al volver la cabeza vió á una mujer
enlutada.
Todo lo olvidó: la larga espera, las dudas, la fatiga del interminable
plantón, recobrando de golpe su regocijo de triunfador. Estaba tan
seguro de los motivos que la habían inducido á pedirle esta entrevista,
que avanzó á su encuentro con un aire galante.
--¡Oh, Alicia!--dijo, tendiendo á la vez sus dos manos.
Pero estas manos se agitaron inútilmente en el vacío, sin encontrar
dónde asirse, y al fin cayeron con desaliento.
Lubimoff se sintió desconcertado ante la mirada de la mujer. Todas las
ideas que le habían seguido hasta allí eran ilusiones y se desvanecían,
dejándole confuso enfrente de la realidad. Esta realidad no permitía
dudas. Los ojos de ella le contemplaron fijamente, con dureza.
Alicia habló como si hubiese venido para un negocio con una persona poco
grata y quisiera terminarlo cuanto antes, viéndose libre de su
presencia.
Existía entre los dos cierto asunto de dinero que ella necesitaba
resolver. No le había escrito porque después de los sucesos recientes
consideraba inoportuno el envío de una carta. Además, ni ella podía ir á
Villa-Sirena ni quería recibirlo en su casa. Por esto, al enterarse el
día anterior de que habían visto paseando á Miguel--que ella se
imaginaba enfermo--, se atrevía á citarlo allí, para verse unos momentos
nada más.
--Hablemos como si fuésemos comerciantes; unos comerciantes que tienen
prisa y no malgastan sus palabras... Yo te debo dinero, y me es
imposible vivir tranquila mientras no te lo devuelva: trescientos mil
francos que me dió tu madre, lo que me prestaste tú en el Casino... tal
vez algo más. Tengo bastante para pagar. Si no quieres ocuparte del
asunto, envíame á Toledo.
Lubimoff quedó absorto ante estas palabras inesperadas. Ella, después de
hacer su proposición, parecía ansiosa por marcharse. Ya lo había dicho
todo; le molestaba seguir allí con el príncipe; nada tenía que añadir.
--¡No!--dijo Miguel enérgicamente.
¿Para eso le había llamado? ¿Era todo lo que tenía que decirle, después
de tanto tiempo sin verse?...
Había tal resolución en su negativa, se reflejaba de tal modo en su
rostro la dolorosa extrañeza, que Alicia creyó inútil insistir.
--Está bien; no hablemos más. Conozco tu carácter, y sé que
permaneceríamos aquí discutiendo muchas horas sin resultado. Yo buscaré
el medio de devolverte lo que es tuyo.... ¡Adiós, Miguel!
Intentó detenerla el príncipe tomando suavemente una de sus manos, pero
ella la retiró con nerviosa retracción.
--¡Y te marchas!--dijo él con desaliento--. Yo que creía, al venir
aquí...
La humildad de su voz pareció irritar á la duquesa, haciéndola detenerse
cuando empezaba á volverle la espalda.
--¿Qué es lo que creías?--preguntó con indignación--. Tu inconsciencia
me asombra. ¡Ah, Miguel! Siempre serás el mismo; únicamente existes tú:
sólo deben tenerse en cuenta tus deseos. Me has hecho mucho daño,
¡mucho!... y ahora me dices, como un niño: «Yo que creía...» ¿Qué
esperabas después de tus locuras?... Sábelo bien: te aborrezco. Tu
presencia me es odiosa. ¡Te aborrezco!
El pobre Lubimoff volvió á ver su conducta como en las horas de
voluntario encierro. ¡Ay! ¿dónde estaban las engañosas fantasías que le
habían acompañado hasta allí? Su tristeza, su arrepentimiento, fueron
tan visibles, que Alicia modificó el tono de sus palabras.
--Tal vez no te aborrezco; pero estoy segura de que me inspiras lástima:
una lástima semejante á la que siento por mí misma. Somos dos pobres
locos, Miguel; nuestras desgracias vienen de lejos.
Al recordar sus vidas, Alicia pensó en los constructores que sufren un
grave error cuando asientan los cimientos de un edificio, y siguen
adelante con la ilusión de que su obra es rectilínea, sin reparar en que
está desviada completamente por defectos de su base.
--Nuestros principios fueron equivocados. De continuar el mundo como
antes, tal vez hubiéramos permanecido de pie y triunfadores. El ambiente
nos amparaba: éramos sus hijos.
Pero el cataclismo universal les había hecho perder su centro de
gravedad para siempre. Estaban ladeados, con grietas que nadie podría
recomponer, próximos á derrumbarse.
--Nosotros somos de otra época, y no hay quien sostenga nuestra
fragilidad. Te tengo lástima, Miguel; y tú debes sentirla por mí, ¡por
mí, á quien has hecho tanto daño!
El príncipe, á pesar de su humilde encogimiento, protestó. Había sido
imprudente: era cierto. Aquella agresión en el Casino y el maldito duelo
representaban un escándalo estúpido. Pero ¿qué daño irreparable era este
que tan profundamente la afligía? ¿Cómo su locura, que sólo le
perjudicaba á él, haciéndole objeto de comentarios y risas, podía
desesperarla de tal modo?...
Le interrumpió Alicia con un gesto desalentado, como si considerase
imposible hacerle comprender sus pensamientos.
--Mira--dijo señalando la puerta de la iglesia--. Antes, podía entrar
ahí. Recuerda la última vez que nos vimos en este sitio. Yo venía de
rezar, de hablar con mi hijo; era tal vez una ilusión, pero las
ilusiones nos ayudan á vivir. Y ahora no puedo; el remordimiento me
espera donde hace unas semanas encontraba la esperanza. Y esto te lo
debo á ti, á ti, que me arrebatas la última felicidad que yo me había
inventado...
Ya no miraba al príncipe con ojos hostiles. Su voz temblorosa, su mirada
húmeda, eran de una pobre mujer que se esfuerza por contener su emoción.
Miguel balbuceó contuso, desorientado. ¿El había podido hacer tanto mal?
¿Cuándo?... ¿cómo?...
Alicia, sorda á sus preguntas, sólo pensaba en ella y en su desgracia.
--Tenía un hijo, y lo perdí--siguió diciendo--. Era mi esperanza, mi
única razón de vivir... El infortunio me hizo buscar un consuelo. ¿Qué
sería de nosotros si no tuviésemos el poder de engañarnos fabricando
nuevas ilusiones?... Y tuve un segundo hijo, un hijo inventado por mí,
triste, condenado á morir, pero joven como el otro, desgraciado como el
otro, falto de una madre que alegrase sus últimos días... Yo he querido
ser esa madre. Unicamente puedo sentir la dulzura protectora de la
maternidad; mi papel de mujer ha terminado: sólo puedo ver un el hombre
á un hijo, ¡y tú me privas de este último consuelo! ¡tú te has llevado
mi pobre alegría!
Lubimoff empezó á comprender. Alicia hablaba de Martínez; y sintió de
nuevo la comezón de los celos.
--Cuando nos vimos aquí la última vez, yo me había buscado un refugio
plácido dentro de mi dolor. Rezaba por mi hijo en la iglesia, hablaba
con él, le describía cómo era el hermano en desgracia que aún tenía en
el mundo, pero que tal vez no tardase en ir á buscarle. Luego, al volver
á casa, encontraba al otro, y mi ilusión era tan enorme, que los
confundía á los dos en uno solo, imaginándome que todo era mentira, el
tiempo y la guerra, que mi hijo vivía aún, que había vuelto de su
cautiverio y estaba á mi lado. No se parecen (estoy segura, aunque evito
mirar los retratos de Jorge), pero yo los veo iguales; es el uniforme,
la desgracia, la vecindad de la muerte. Además, ¡ese pobre muchacho era
tan bueno!... Tímido, contentándose con cualquier cosa, mirándome con la
dulzura de un animalillo manso, ¡él, que es tan fiero! venerándome como
á una criatura descendida de un mundo superior... Yo era su madre. Sus
palabras y sus gestos respiraban un respeto profundo. No era una mujer
para él: era algo así como los ángeles... Y tú, con tu desatinada
intervención, has trastornado todo esto. Ya no es mi hijo: terminó mi
ensueño. Debo privarme de su presencia, y sólo de tarde en tarde
encuentra abierta una casa que yo le hice considerar como suya... Por tu
culpa, ese muchacho, en el que veía á un hijo, es ahora simplemente un
hombre, y yo, su madre, he vuelto á ser una mujer.
El rostro de Lubimoff se puso ensombrecido y terroso, como en la tarde
del duelo. Iba comprendiendo.
--¡Qué hiciste, Miguel!--siguió ella, con su voz gimiente--. Has
despertado con tu locura á ese pobre. Al batirse contigo, pensó que se
batía por mí y que yo no soy mas que una mujer. Me vió de pronto bajo
otra luz, como si hasta entonces hubiese estado adormecido. Casi puedo
ser su madre; pero las mujeres de mi clase prolongamos nuestra juventud,
la detenemos artificialmente, y nos desean á la edad en que las de abajo
se entregan á la vejez... Además, comprendo la vanidad de su entusiasmo,
esa vanidad que existe en todos nuestros sentimientos. Yo soy para él lo
desconocido, lo misterioso, una gran señora, una duquesa, que la
confusión de nuestra época coloca á su alcance. ¡Pobre muchacho! Hace
unas semanas reía en mi presencia con una simpleza infantil, me miraba
tranquilamente, sin que por sus ojos pasase la sombra de un mal
pensamiento. El era feliz, yo también lo era; ¡mientras que ahora!...
Se imaginó el príncipe á Martínez persiguiendo á Alicia con sus deseos
de enamorado. «Lo mataré: debo matarlo», dijo mentalmente. Pero su
cólera homicida sólo duró un instante. Pasaron por su memoria las
diversas escenas del duelo: él besando la mano del oficial, en un
arrebato de inexplicable humildad, que le atormentaba como un
remordimiento. ¿Qué hacer ahora? Después de lo ocurrido, este hombre era
para él algo sagrado. Y se abandonó otra vez á su desaliento, mientras
Alicia seguía hablando.
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