ronquidos.
Una luz hiriéndole en los ojos le hizo incorporarse. Vió al coronel
junto á su lecho. El profundo silencio de la noche, que aún parecía más
absoluto sostenido por el rumor del mar, se rasgaba á lo lejos con el
jadeo de un automóvil.
El príncipe se restregó los ojos. ¿Qué hora era?
--La una--dijo don Marcos.
Todo estaba convenido. El encuentro sería al día siguiente, á las dos de
la tarde. No podía realizarse antes; aún le quedaban muchos preparativos
por hacer. El lugar escogido era el castillo de Lewis. En el principado
de Mónaco resultaba imposible un encuentro: todo él era á modo de una
casa de vecindad, sin el menor lugar discreto para que dos hombres se
mirasen frente á frente con una pistola en la mano.
Lubimoff casi se levantó de la cama á impulsos de la sorpresa. El tenía
la elección de armas, como ofendido, y había hablado á su representante
del sable, arma favorita de los duelos de su juventud. Toledo, por
primera vez, arrostró impávido la mirada furiosa de su príncipe.
--¡Marqués--dijo con dignidad--, no podía ser otra cosa! Hay que pensar
que ese pobre joven es un convaleciente, casi un inválido. Yo me admiro
de que haya obligado á sus padrinos á admitir la pistola. Sus
representantes no querían aceptar nada. Son de los que creen que este
duelo no debe realizarse.
Miguel se calmó. Un sentimiento de equidad le hizo aceptar la decisión
de Toledo. Aquel enfermo no era un enemigo digno de su sable; había que
establecer cierta igualdad entre los dos, y para eso servía la pistola,
única arma que se presta á las sorpresas y caprichos del azar.
«De todos modos lo mataré», pensó Lubimoff, acordándose de sus
habilidades de tirador.
--Advierto á su Alteza--siguió diciendo el coronel--que lo mismo da un
arma que otra. Ese joven y sus dos amigos conocen todo lo referente á la
guerra, pero no tienen noción alguna de lo que son los duelos y de las
armas que se usan en tales lances.
Luego enumeró las condiciones. Distancia, quince metros; una bala cada
uno, pero podrían apuntar y hacer fuego mientras él, que iba á ser el
director del combate, contaba de uno á tres. Con un tirador como el
príncipe, estas condiciones resultaban graves.
Efectivamente; el príncipe las encontró aceptables.
--Buenas noches--dijo sumiéndose en la cama y remontando el embozo hasta
sus ojos.
El sueño volvió á apoderarse de él, una vez satisfecha su curiosidad.
Toledo hubiera querido hacer lo mismo, pero tenía que cumplir antes
sagrados deberes de su ministerio, y vagó por diversas habitaciones,
registrando muebles, subiéndose en las sillas para huronear en lo más
alto de los armarios. Buscaba una caja de pistolas de desafío que le
había regalado en Rusia uno de los generales amigos del difunto marqués.
Cuando al fin la encontró, tuvo que dedicar más de una hora á la
limpieza de estas armas de lujo, que habían perdido su brillo de plata
en el olvido de un largo encierro.
Se sentía fatigado, y al mismo tiempo la consideración de su importancia
ahuyentaba su sueño. El alma de aquel drama que se estaba preparando
para el día siguiente era él, sólo él. Faltos de su asistencia, ni Su
Alteza ni Martínez podrían batirse. Lord Lewis y los dos militares que
representaban al adversario eran incapaces de una idea, y tenían que
seguirle como discípulos.
La conciencia de esta superioridad le hizo recordar todas sus gestiones
y triunfos desde media tarde á media noche.
Había ido en busca de Martínez con cierta indecisión. Contra su deseo,
encontraba razonadas las protestas de Atilio. Tal vez era cierto cuanto
decía, y este duelo resultaba un disparate, una locura del príncipe.
Pero sus ideas tradicionales se encabritaron ante estos escrúpulos. «El
honor es el honor...» Y experimentó la alegría del que, luego de dudar,
se convence de que está en lo cierto, al oir que el teniente aceptaba la
reparación por las armas con regocijo y con cierta prisa, como si
temiese que Toledo se arrepintiera, retirando su proposición. ¡Joven
heroico y pundonoroso! Don Marcos encontraba natural que procediese así.
¡Era de la misma tierra que él!...
Por un momento ocupó su memoria la imagen de la duquesa. Tal vez era
ella la causante involuntaria de este choque, y el mozo se sentía
animado por la vanidad. Iba á figurar en un duelo como los que había
leído en las novelas de su adolescencia; iba á ser protagonista de uno
de aquellos dramas elegantes que á él le parecían de otro planeta...
Pero el coronel desechó á continuación estas suposiciones, sugeridas por
la franca alegría con que Martínez aceptaba su reto, como si le invitase
á una fiesta.
A partir de aquí empezaron las desorientaciones de Toledo. El mundo
estaba cambiado, totalmente cambiado, y él marchaba de asombro en
asombro.
Para favorecer á su compatriota, quiso saber qué armas manejaba con
preferencia.
--¡Conozco tantas!--exclamó Martínez.
En un asalto había herido con la punta del sable á un alemán gigantesco
que le amenazaba con su bayoneta. Tuvo que forcejear contra una cosa
dura que crujía, enviándole al rostro un caño de sangre. Luego, al
serenarse, vió que había metido el arma por la boca de su adversario,
rompiéndole las vértebras. Conocía también el revólver, pero no era
tirador. En otras armas era más experto: la granada de mano, que le
hacía recordar los juegos de pelota de su infancia; la ametralladora,
que había manejado como simple sirviente; los explosivos arrojados con
honda. Hasta tenía sus habilidades de artillero, pero artillero de
trinchera, para cargar morteros de tiro corto y enviar torpedos y
proyectiles asfixiantes á la trinchera inmediata.
Sonrió desdeñosamente al insistir don Marcos en la esgrima del sable. El
tenía una esgrima suya: irse sobre el adversario y pegar antes que éste.
Pero en el cuerpo á cuerpo prefería el cuchillo. Con el revólver jamás
se entretenía en apuntar. No disparaba hasta verse junto al enemigo, y
así el tiro era seguro.
--¿Y la pistola de desafío?--preguntó el coronel.
--La desconozco. Me gustaría verla: debe ser algo curioso.
La mirada de Toledo vagó indecisa por el pecho de aquel oficial, como si
inventariase sus condecoraciones, deteniéndose en las estrellas que
moteaban la cinta rayada de su Cruz de Guerra. Cada una de ellas era
símbolo de una hazaña.
Cuando el teniente lo presentó á sus padrinos, continuaron las
desorientaciones de don Marcos. Eran dos capitanes muy jóvenes. Toledo
les supuso veinticinco ó veintiséis años de edad. Su uniforme muy ceñido
al talle, su kepis de última moda, su apostura gallarda, placieron al
coronel, que los calificó inmediatamente de militares de carrera. Debían
proceder de la Escuela de Saint-Cyr; su ojo de profesional no podía
engañarse: eran otra cosa que el humilde Martínez.
Uno de ellos ostentaba medio rostro quemado por los líquidos inflamables
de los alemanes; el otro lo tenía surcado por una red de hilillos rojos
que eran vestigios de cicatrices. Los dos cojeaban; pero el uno
francamente, apoyado en su garrote, con un pie enorme cubierto de
envoltorios y metido en un zapato de fieltro; mientras su compañero, que
tenía una pierna rígida, usaba calzado ajustado y brillante, afirmándose
con coquetería en un junco fino, que prestaba verdaderamente servicios
de muleta.
Sus primeras palabras fueron poco gratas para el coronel y Lewis. ¿Qué
era aquello de un «civil» permitiéndose insultar á un soldado que estaba
convaleciente de sus heridas? ¿Y qué monserga la de proponer un duelo
en plena guerra? El que desease morir ó matar no tenía mas que ir al
frente, como los demás... Pero Martínez, que aún no se había retirado,
intervino, entablando con ellos una rápida discusión. ¿Querían ó no
querían hacerle el favor que les había pedido como camaradas? Los dos
manifestaron un pensamiento. Para ellos, lo lógico era haber dado fin á
la querella en la misma escalinata del Casino: dos trompazos á aquel
«emboscado» que no iba á la guerra y se permitía molestar á los que
cumplían su deber. Hablaban como buenos conocedores de la fragilidad de
la existencia, como hombres que saben lo poco que cuesta quitarle la
vida á otro hombre ó perder la propia, y ríen, por instinto, de la
importancia, las ceremonias y las pretendidas equidades con que se rodea
en tiempos de paz un simple encuentro individual... Pero, en fin, ya que
su camarada tenía empeño en que le representasen en esta farsa, le
darían gusto, aunque luego su complacencia les costase un arresto.
Apenas se hubo retirado Martínez, uno de los dos capitanes, el del pie
elefantíaco con zapato de fieltro, confesó su falta de idoneidad.
--Yo no he presenciado nunca desafíos en Burdeos. Ignoro cómo son. Antes
de la guerra era comisionista de vinos en Méjico. Me embarqué con todos
los franceses que vivíamos allá, y por milagro no nos apresó un corsario
-boche-. Empecé como soldado de segunda clase; pero he hecho lo que he
podido... Si fuese un asunto comercial, daría mi opinión: ¡pero en esto!
Tal vez mi camarada...
¡Otro Martínez! Don Marcos olvidó al capitán del zapato de fieltro. Era
el Lewis de la parte contraria. Toda su atención se concentró en el
capitán de botas brillantes y junquillo juguetón. Este debía ser un
adversario digno de él. ¡Lástima que sus ojos claros tuvieran una
expresión irónica de hombre que todo lo toma á risa, y por debajo de su
bigote rubio, muy recortado, á la inglesa, vagase un ligero gesto de
insolencia!
Había nacido en París; lo declaró con orgullo á las primeras palabras; y
cuando don Marcos le fué sondeando astutamente para saber si era experto
en lances de honor y había presenciado muchos desafíos, dijo con
sencillez:
--Más de cien.
No se había engañado Toledo. Este era el hombre con quien tendría que
luchar. Luego pensó en la cifra, apreciando al mismo tiempo la edad del
capitán. ¡Más de cien, y seguramente no pasaba de veintiséis años!...
Tuvo el presentimiento de que iba á habérselas con algún esgrimidor
ilustre cuyo nombre glorioso había sido obscurecido momentáneamente por
la guerra.
Ellos dos hablaron únicamente. Al principio, el capitán pareció
burlarse, con una gracia parisién, de los términos solemnes y
altisonantes con que don Marcos trataba las cuestiones de honor. Pero su
grave y tenaz prosopopeya acabó por vencer á este fisgón, que se puso á
su mismo tono, interesándose en el asunto y reconociendo su importancia.
En ciertos momentos, el coronel sintió dudas al escuchar cómo su
contrincante formulaba verdaderas herejías, revelando una ignorancia
absoluta de los grandes tratadistas que han codificado los encuentros
entre caballeros. ¡Y este hombre había asistido á más de cien lances de
honor!... Después se asombró de la prontitud con que se apropiaba los
textos citados por él, de la agilidad con que se había asimilado sus
clásicos, volviéndolos al revés, en apoyo de sus afirmaciones.
Cuando el encuentro fué concertado hasta en los menores detalles, el
capitán resumió sus impresiones con una sencillez que dió frío á don
Marcos.
--Quedará herido uno de los dos, ó tal vez los dos. No es cosa
extraordinaria. ¿Quién no está herido en estos tiempos? La cirugía ha
adelantado mucho; es otra cosa que al principio de la guerra. El que no
muere en el acto, se salva casi siempre. Además, los llevarán á la cama
y no quedarán abandonados días y días sobre el terreno, como ocurre en
los combates.
Pero el gesto de placidez con que hablaba de las heridas se fué
convirtiendo en una expresión torva.
--Supongo--continuó--que no tendremos muertos; porque si mi camarada
Martínez, que es bueno como un cordero y al que quiero mucho, muere en
esta broma, yo mato á su príncipe a continuación, sin regla alguna,
como se mata á un -boche- en el frente.
Fué tan sincero el tono de estas palabras, que el coronel, impresionado
por ellas, no reparó en lo extrañas que resultaban dichas por un
especialista de las leyes del honor.
La conversación se hizo más íntima y cordial, como ocurre siempre que se
da por terminado un negocio arduo. Toledo tuvo que contarles su vida
guerrera--como él se la imaginaba, á través de los años--, y los dos
jóvenes, que habían asistido á combates de millones de hombres,
mostraron el mismo interés de los niños que escuchan un cuento exótico
ante este relato de obscuros encuentros de montaña, que ni nombre
tenían, y sólo perduraban exageradamente en la memoria de don Marcos.
El capitán parisién, elegante y gracioso, habló igualmente de su pasado.
--Yo, antes de la guerra, trabajaba en la reventa de billetes de los
teatros del bulevar. No tengo otro oficio.
Hizo un esfuerzo el coronel para contener su sorpresa... Sí que había
visto más de cien duelos; pero era en las obras dramáticas, sobre las
tablas, entre cómicos, que dan á los preparativos del encuentro una
lentitud ceremoniosa para prolongar la ansiedad del público. Debió
adivinarlo al oir sus disparates. ¡Cómo se había burlado de él!...
Pero inmediatamente sus ojos bajaron hasta el pecho de los dos jóvenes.
Iguales á Martínez: la Legión de Honor, la Medalla Militar, la Cruz de
Guerra con estrellas. La del antiguo revendedor de billetes hasta se
mostraba cruzada por una palma de oro.
¡Ay! El mundo había cambiado. ¿Dónde estaban los tiempos de don
Marcos?... Luego pensó en todo lo que había hecho en su vida para
considerarse superior: asistir ceremoniosamente á varios duelos, muchas
veces sin resultado alguno. Pensó también en lo que habían hecho y
habían visto estos jóvenes en menos de cuatro años. Su origen obscuro le
trajo á la memoria á numerosos guerreros de Napoleón de nombre célebre y
peor origen. Algunos llegaron á ser reyes, mientras que estos pobres
capitanes, una vez terminada la guerra, tendrían que volver, cargados de
gloria, á sus antiguas ocupaciones, batallando diariamente por la
conquista del pan.
Se separaron, conviniendo en verse después de la comida, para firmar el
acta de las condiciones del encuentro. Los cuatro estaban de acuerdo.
Pero al mencionar dicha cifra, Toledo se fijó en que sólo eran tres.
Lewis había asistido con cierta impaciencia á los largos exordios de la
entrevista en un diván del atrio del Casino.
--Un amigo me espera.... Vuelvo al momento.
Y se había metido en las salas de juego, lugar vedado á los oficiales.
No podía el coronel hacerse ilusiones sobre la duración de este momento,
á pesar de que iban transcurridas cerca de dos horas. Después de
separarse de los capitanes, encontró á Lewis en una mesa de «treinta y
cuarenta», teniendo ante sus manos un montón de placas de mil francos.
Al principio no entendió lo que Toledo le decía al oído. Tuvo que hacer
un esfuerzo para recordar.
--¡Ah, sí; lo del duelo!... Usted tiene toda mi confianza; haga lo que
quiera, firmaré lo que me presente, pero no me levanto aunque me
avisasen la muerte de Lubimoff. ¡Qué día este, amigo mío! ¡Si todos
fuesen así!
Y le volvió la espalda para aprovechar el tiempo, antes de que cambiase
el vuelo de la suerte.
El coronel había comido en el Café de París, rumiando mentalmente los
párrafos del acta del encuentro. La consideración de que todos confiaban
en su pericia le hacía ser muy exigente consigo mismo. Deseaba algo
conciso y brillante que inspirase respeto á aquellos muchachos
gloriosos. Y pasó más de una hora garrapateando papeles, rompiéndolos y
empezando otros, entre los restos de sus postres. Trabajo inútil: los
dos firmaron en el gabinete de lectura del Casino, después de pasar una
mirada rápida por el texto. A Lewis tuvo que sacarlo de las salas
privadas con toda clase de ruegos y astucias. El inglés se había
olvidado de comer, para no enojar á la fortuna con su ausencia, ¡y este
testarudo coronel venía á estorbarle con la maldita historia del
duelo!...
Firmó sin mirar; dió su palabra á los oficiales de que iría á buscarles
en un automóvil para conducirlos á su castillo, y echó á correr
inmediatamente, no sin antes decir á don Marcos con un tono agrio:
--Hasta las cuatro nada más. Si á las cuatro de la tarde no ha terminado
todo, les dejo que se maten á solas y me vuelvo aquí. Es la hora en que
empiezan las tallas magníficas. Lo de hoy va á continuar.
Huyó, sonriendo con lástima de las gentes que se entretenían en cosas
menos importantes.
Al quedar solo, el coronel tuvo que ocuparse de los preparativos del
encuentro. Necesitaba un médico. Buscaría en la mañana siguiente á un
viejo doctor de Monte-Carlo que visitaba de tarde en tarde al príncipe.
Necesitaba pólvora y balas; también se propuso buscarlas al otro día.
Necesitaba dos cajas de pistolas, ¡y sólo tenía una!...
Esto de las dos cajas lo consideraba esencial. Los padrinos del otro no
sabían dónde encontrar la suya. No importa; él se encargaba de buscarla.
Lo indispensable era que hubiese dos, para que la suerte decidiese cuál
debían emplear. Y en ello anduvo hasta cerca de la una de la madrugada,
preguntando en las porterías de los hoteles, haciendo levantarse á
gentes que ya estaban en la cama, subiendo á los salones del
-Sporting-Club-, hasta que un amigo americano le dió una carta para
cierto compatriota maniático y sombrío que habitaba una «villa»,
aislada, del Cap-Ferrat. Pensaba realizar al día siguiente esta gestión;
para eso había alquilado un automóvil, gasto enorme dada la carencia de
vehículos y de combustible, pero exigido por la importancia de sus
funciones...
Y ahora estaba en Villa-Sirena, á las dos de la madrugada, limpiando sus
pistolas con lentitud, como si fuesen joyas frágiles.
En el silencio de su dormitorio, lejos de los hombres, influenciado por
la misteriosa soledad de las altas horas nocturnas, que hacen perder sus
contornos á las cosas y á las ideas, se consideró enormemente
engrandecido. No; su mundo no había cambiado tanto como él creía. La
prueba era que estaba allí, limpiando unas armas para un duelo.
* * * * *
Al despertar el príncipe en la mañana siguiente, no encontró á su
«chambelán». El automóvil de alquiler se lo había llevado á las siete,
para que completase sus preparativos.
Vagó Lubimoff por los jardines, deteniéndose ante los jaulones que
albergaban diversos pájaros exóticos. Luego siguió con mirada distraída
las evoluciones de varios pavos reales extendiendo bajo el sol sus
mantos azul y oro de un negro señorial.
Su viejo ayuda de cámara interrumpió este paseo. Unos hombres con un
carro venían á buscar el equipaje del señor Castro.
Miguel no manifestó sorpresa; podían entregarles todo lo perteneciente á
don Atilio. Pero el doméstico añadió que los mismos hombres querían
llevarse igualmente lo poco que era de la propiedad del señor Spadoni,
noticia que asombró al príncipe. ¡También éste!... ¿Qué motivo tenía
para abandonarle?...
Pasó su vista por una breve carta dirigida al coronel y firmada por
ambos. Castro arrastraba en su fuga al inconsciente pianista.
«Está bien--pensó--; que se vayan todos, que me dejen solo. ¡Si creen
que con eso van á hacerme desistir de que cumpla mi voluntad!...»
Después reanudó su paseo.
Sólo le quedaban unas horas para verse enfrente de aquel joven tan
aborrecido por él. Lo iba á suprimir con frialdad, para que no
continuase siendo un estorbo; lo mataría, estaba seguro de ello. Las
condiciones ideadas por el coronel eran suficientes para que un tirador
de su fuerza abatiese al adversario. Le bastaba un solo tiro.
Por un instante pensó en ir al fondo de sus jardines, donde algunas
veces se entretenía tirando. Era oportuno ejercitar el pulso; la pistola
ofrece sorpresas. Luego desistió, por parecerle indigno el añadir estos
preparativos á su evidente superioridad. Aquel adversario mediocre no
podía ejercitarse á estas horas; le faltaban los medios en Monte-Carlo,
donde no tenía otras amistades que las de los compañeros convalecientes
y algunas damas.
¡El, en cambio!... Extendió su brazo musculoso, teniéndolo rígido unos
segundos con la vista fija en el puño. Ni el más ligero temblor:
colocaría su bala donde quisiera. El pobre Martínez podía darse por
muerto... Y ningún asomo de remordimiento turbó el infernal orgullo de
su fuerza implacable.
Era tan enorme la conciencia de su superioridad, tan absoluta su certeza
en el resultado, que al fin acabó por sentir dudas: esa desazón que
infunde el misterio de lo que aún está por realizarse.
Acudieron de golpe á su memoria relatos de combates en los que el débil
triunfa inesperadamente del fuerte, por un obscuro dictado de la
justicia inmanente. Recordó muchas novelas en las que el lector suspira
de satisfacción al ver que el héroe, simpático y modesto, puesto en
peligro de morir por el «traidor» de la obra, más fuerte y malo que él,
no sólo salva su vida, sino que además mata por una feliz casualidad á
su adversario, con lo que se demuestra la existencia de algo superior y
equitativo que las más de las veces parece que duerme, pero en ciertos
momentos despierta, dando á cada uno su merecido. Desde los tiempos de
David, el pastorzuelo descalzo, matando de una pedrada al desaforado
gigante vestido de bronce, la humanidad gustaba de estas historias.
La pistola era un arma caprichosa, más dúctil que otras á las soluciones
absurdas de la fatalidad. ¿No caería él, con toda su maestría, bajo el
primer tiro del pobre teniente?...
Volvió á tender el brazo, como poco antes, contemplando su puño cerrado.
Luego sonrió, con aquella sonrisa de sus antepasados que daba á su
rostro una fealdad mogólica. ¡Fábulas de la tradición, invenciones de
los novelistas para halagar al público en su sensiblería igualitaria! El
fuerte siempre es el fuerte. Dentro de unas horas el estorbo quedaría
anulado, sin emoción y sin remordimiento, como deben hacerlo los
hombres superiores.
Un estrépito procedente de la vía férrea le sacó de estos pensamientos.
Era un tren de soldados que avanzaba, como todos los otros, envuelto en
gritos, aclamaciones y silbidos. Rodaba hacia Italia, en sentido inverso
de los numerosos trenes que venían al frente francés. El príncipe se
dirigió á una terraza de su jardín, cuya muralla de piedras y flores
descendía hasta la vía férrea. Los vagones parecieron desfilar
voluntariamente ante sus ojos, mostrándole en una curva uno de sus
lados, y luego la cara opuesta al llegar á otra curva, donde se perdían.
El uniforme de estos combatientes desorientó por un momento al príncipe,
como una novedad inesperada. Iban vestidos de sarga negra, con el cuello
de la blusa abierto y los brazos arremangados. En la cabeza llevaban un
gorrito blanco con las alas levantadas, semejante á los barquichuelos de
papel que construyen los niños.
Los reconoció al fin; eran marineros de los Estados Unidos, un batallón
de fusileros de la flota que iba á Italia para que la bandera de las
rayas y las estrellas representase á la gran República en las cumbres de
hielo de los Alpes y en los pantanos ardorosos del Véneto.
Con la celeridad de las visiones mentales, que muestran, superpuestas y
claras al mismo tiempo, un sinnúmero de imágenes diversas, el príncipe
contempló los puertos de la América del Norte visitados en su juventud,
colmenas acuáticas en las que se reconcentran todo el trabajo y la
riqueza de la tierra; las ciudades monstruosas, interminables, pobladas
como naciones, donde la libertad y el bienestar de la vida parecen haber
llegado á sus últimos limites... ¡Y estos hombres abandonaban las
comodidades de una existencia sabiamente organizada, sus fructíferos
negocios, su trabajo ampliamente remunerado, sus inmediatas esperanzas
de fortuna, para morir tal vez en el viejo mundo por ideas, sólo por
ideas, pues no buscaban nuevos pedazos de terreno ni indemnizaciones!...
¡Y hasta ahora, el vulgo había considerado á su país como el más
positivo, como el menos poético é idealista, llamándolo la tierra del
dólar!... ¡Luego era verdad que las ideas generosas son algo más que
palabras, ya que millones de hombres salvaban los mares para dar su
sangre por ellas!...
Los marineros, después de atravesar el caserío de Monte-Carlo entre
estandartes y aclamaciones, entraban en pleno campo, perdiéndose sus
gritos sin eco alguno. Por esto su atención se concentró en aquella
terraza florida y en el hombre asomado á ella. Fué como una revista: los
vagones, uno por uno, se animaban al pasar ante el príncipe. De todas
las ventanillas surgían brazos arremangados agitando gorros blancos.
Sobre los techos, algunos mocetones manoteaban con los brazos extendidos
y las piernas abiertas, mientras el viento hacía ondear los pliegues de
sus pantalones negros sobre unas polainas claras. Más de mil bocas
fueron saludando al solitario de la terraza con silbidos alegres, hurras
ó gritos ininteligibles, que servían de escape á una juventud
exuberante, hambrienta de peligro y de gloria, regocijada y curiosa á
través de un mundo viejo que para ella era nuevo.
Lubimoff permanecía inmóvil, acodado en la baranda, con la mandíbula en
una mano, como si no viese este río encajonado de hombres deslizándose
más abajo de sus pies. Los ruidosos marineros, al alejarse, volvían la
cabeza, repitiendo sus gritos y saludos, como si quisieran despertar á
esta figura humana, rígida y adherida á la balaustrada lo mismo que si
formase parte de su ornamentación.
Había olvidado completamente sus ideas y preocupaciones de poco antes.
Sólo veía este raudal de jóvenes corriendo hacia el peligro y la muerte
por unos cuantos ideales, simples y hermosos como su salud primaveral.
Venían del otro lado de la tierra con la fe sencilla que realiza los
grandes milagros de la Historia; y mientras tanto, el príncipe Lubimoff,
que, en fuerza de rebuscar ideas superiores y sensaciones exquisitas,
había acabado por no creer en nada, estaba allí, en una baranda de su
jardín, calculando el medio más seguro de matar á un hombre, un hombre
útil, igual á estos que pasaban.
La imagen de Castro surgió en su memoria. También éste había
presenciado dos días antes el paso de un tren. Recordó su impresión, tan
honda y poderosa, que le había impulsado á abandonar Villa-Sirena,
rompiendo con su pariente. Vió, tal como él se lo había descrito, el
rostro amargo de aquel soldado rojo que lo insultaba con su desprecio.
--¡Aún queda un lugar!...
Los fusileros americanos continuaban sus silbidos, sus gritos de
exuberante juventud; pero á él le pareció que estas voces y estos
manoteos decían lo mismo que el otro, invitándole con irónica cortesía:
«¡Ven; aún queda un lugar!» Algo más se callaban, pero él lo oyó en el
interior de su cerebro como el bordoneo de una campana remota. Se había
considerado un hombre valeroso que, por distinción, por sibaritismo, por
refinada indiferencia, quería mantenerse al margen de las cosas que
apasionan al resto de los mortales. Pero el lejano campaneo protestaba,
zumbando la misma palabra: «¡Cobarde! ¡cobarde!»
* * * * *
Anduvo meditabundo por el jardín hasta que llegó Toledo, pasadas las
doce. Almorzaron apresuradamente, y el coronel hizo varias indicaciones.
Su sabiduría en materia de duelos, frondosa y de infinitos brazos como
el árbol de la ciencia, tocaba con una de sus ramas á la cocina. Nada de
carnes ni de vino; debía guardar sereno el pulso. (Y al mismo tiempo
hacía votos por que los tiros fuesen sin resultado, pues ambos
contendientes le inspiraban igual interés.) Unos huevos blandos, nada
más; poco líquido. En el último momento debía acordarse de aligerar su
vejiga. ¡Terrible un balazo con derrame interior!... El pensaba en todo.
Subió á su habitación, para revestirse con la levita de los desafíos.
Había llegado el momento de oficiar. Quedó indeciso ante el espejo,
apreciando la falta de concordancia entre esta prenda majestuosa y el
sombrero hongo que le servía de remate. ¡Ah, la guerra! Sonrió ante la
suposición absurda de haberse presentado así, cuatro años antes--como
quien dice cuatro siglos--, en aquellos duelos de París, donde padrinos
y adversarios sólo podían ir decentemente en busca de la muerte con
sombrero de copa de ocho reflejos.
A pesar de haber prescindido de este tocado solemne, sospechó que podía
ofrecer un aspecto algo ridículo al verse en el automóvil, sentado junto
al príncipe, con su larga levita y las dos cajas de pistolas sobre las
rodillas.
El carruaje se detuvo en el bulevar de los Molinos, frente á la casa del
médico. Pasaban militares convalecientes, unos con los ojos inmóviles,
dando golpes de bastón ante sus pasos, otros vacilantes por la debilidad
ó las amputaciones.
Una voz femenina, suave y dulce, saludó al príncipe. Era una enfermera
delgadísima que avanzaba llevando del brazo á dos oficiales ciegos.
Miguel y don Marcos reconocieron á la sobrina de Lewis. Ella les sonrió,
mostrándoles los dos mocetones ingleses á los que servía de lazarillo;
dos Apolos rubios, tostados por el sol, con la nariz que descendía recta
de la frente, la dentadura brillante, el cuerpo esbelto y armoniosamente
membrudo, pero los ojos apagados y un gesto trágico en la boca, de
desesperación, de protesta, al verse muertos en vida.
--Son mis dos -flirts-, ¿Qué les parecen?
Bromeaba para alegrar á sus acompañantes, con aquel regocijo de virgen
atrevida y dolorosa que iba esparciendo un pálido rayo de sol
septentrional por ambulancias y hospitales. Parecía fabricada toda ella
con pasta de hostia, frágil, anémica, de una blancura que clareaba á la
luz, lo mismo que un cristal turbio. Y se alejó, guiando como niños á
los dos ciegos, desesperados y hermosos, que erguían toda la cabeza por
encima de la suya. Una leve presión de sus dedos podía aplastar este
cuerpo de fanal, todo luz, sin otra materia que la precisa para
transparentar y guardar la llama interior.
--¡Adiós, lady!--dijo el príncipe.
Don Marcos se estremeció al oir su voz; una voz grave que no había
conocido nunca, una voz temblorosa como un cántico sentimental en cuyo
fondo goteasen lágrimas.
Depositó el médico sobre la raída alfombra del automóvil su caja de
operaciones. Con ésta ya eran tres. Sólo entonces se decidió el coronel
á desembarazarse de sus dos cajas preciosas, colocándolas sobre la del
doctor.
Se lanzó el carruaje montaña arriba, por un camino de violentos zigzags.
Al final de cada ángulo se mostraba Monte-Carlo, más hundido, más
pequeño, como una ciudad de caja de juguetes, con los tejados rojos y
muchas hormigas siguiendo el hilo de sus calles para aglomerarse en la
plaza. En cambio, el mar remontaba su lomo, crecía en altura por
momentos, devorando con su mandíbula azul y rectilínea un pedazo de
cielo á cada revuelta de la ascensión.
Sobre la cumbre iba agigantándose el volumen de una mole de albañilería:
«El Trofeo», título que había acabado por convertirse en La Turbie,
nombre medioeval del pueblecillo amurallado y pardo que se apretuja
alrededor del monumento. Dos columnas esbeltas de mármol blanco adosadas
á la mampostería y un trozo de cornisa era todo lo que quedaba del más
soberbio de los trofeos romanos; torre de treinta metros, con una
estatua gigantesca de Augusto en su remate, que marcaba sobre los Alpes
el límite entre las tierras del Imperio y las Galias conquistadas.
El automóvil, dejando atrás el villorrio de La Turbie, corría ahora por
la antigua vía romana.
--Veo á las legiones--murmuró gravemente don Marcos.
Era una manía. Nunca había tenido suficiente imaginación para ver á las
legiones por sí mismo; pero después de presenciar en una cinta
cinematográfica un desfile de figurantes con las piernas desnudas y la
espada al hombro siguiendo al caballejo de Julio César, la vida militar
romana no guardaba para él misterio alguno, y cada vez que subía á La
Turbie repetía lo mismo: «Veo á las legiones.»
Minutos después olvidó su guerrera resurrección para señalar varias
construcciones de un gris azulado que las hacía confundirse con la
colina situada á sus espaldas. El castillo de Lewis. Fueron destacándose
de él torres sueltas unidas por puentes á la masa cuadrada del edificio;
torres albarranas que flanqueaban las puertas; techos agudos de
pizarra, con doble fila de buhardillas; techos que sólo tenían el
costillaje de madera, á través del cual se veía el espacio, como si su
relleno hubiese sido devorado por un incendio; muros á medio construir,
que bajaban en ángulo recto lo mismo que un cartabón de piedra clavado
en el suelo por su filo más largo.
El castillo podía confundirse de lejos con una ruina abandonada. Lewis,
perdida la esperanza de poderlo terminar, declaraba de buena fe que así
era mejor, pues le evitaba el trabajo de adornarlo con ruinas
artificiales. Tenía el aspecto de una fortaleza de leyenda, como las que
había descrito su padre el historiador, hecha para los cielos grises,
para las selvas de húmedo verde, y parecía querer escapar de este
paisaje tostado por el sol, de vegetación parsimoniosa, huyendo del
contacto con los olivos, los cactos y los leñosos matorrales cubiertos
de rudas flores.
Descendieron del automóvil en una planicie limitada por dos cuerpos de
edificio que formaban ángulo. Era el patio de honor, la plaza de armas
del futuro castillo. En los otros dos lados, unos muros que sólo se
elevaban un metro sobre el suelo indicaban la traza de lo que podría ser
este patio algún día, si la suerte dejaba de mostrarse adusta con el
propietario. En el fondo abierto de la planicie estaba otro automóvil de
alquiler, y junto á él los tres militares.
Acudió Lewis á saludar al príncipe. Hacía poco que habían llegado, y
como tenía prisa, se encaró inmediatamente con el coronel.
Don Marcos era el oráculo que había que consultar para no perder tiempo.
¿Podrían resolver el negocio allí mismo?... ¿No sería mejor detrás del
castillo, en un huerto rodeado de viejos olivares?...
El coronel, con una caja en cada brazo, fué examinando el terreno. Lo
único que le preocupó en los primeros instantes fué su propia persona.
Decididamente se veía ridículo. Aquellos tres oficiales, con sus
uniformes; el príncipe, con un traje de calle azul obscuro; el médico,
vestido de viejo, como siempre; Lewis, con un gran sombrero de paja, sin
el cual no podía andar por su castillo, ¡y él envuelto en su levitón
solemne, que parecía asustar á los palomos refugiados en los aleros y
los muros ruinosos!...
Después de echar un vistazo detrás del castillo, se decidió por el
patio, limpio de árboles. Colocaría á los contendientes de modo que sus
figuras no resaltasen sobre un fondo de pared.
Lewis, á pesar de sus prisas, creyó necesario hacer los honores de la
casa. «¿Una copa de -whisky-?...» Como no le habían dado tiempo para
prepararse, y él habitaba ahora en Monte-Carlo, su despensa estaba
vacía. Pero esperaba dar con una buena botella buscando un poco. ¿En qué
casa respetable no se encuentra -whisky- para los amigos?
--Cuando terminemos, lord--dijo el coronel, escandalizado por esta
invitación que atentaba contra los ritos.
Los cuatro padrinos y el médico estaban en una sala del piso bajo,
adornada con trofeos de armas antiguas. Los dos adversarios habían sido
olvidados en el patio, como actores que esperan su turno para mostrarse.
Toledo abrió las cajas de pistolas, dando á los dos capitanes la que
había buscado aquella mañana en el Cap-Ferrat. La suerte iba á decidir
cuál de ambas emplearían.
--No es necesario--dijo el parisién--. Lo mismo da una que otra.
Dispóngalo todo como mejor le parezca.
Protestó don Marcos contra este deseo irreverente de acortar las
ceremonias. Era preciso: estaban allí para un asunto muy grave.
Una pieza de cinco francos brillaba un su mano. ¡Lo que le había costado
adquirirla! De todas sus gestiones en la mañana, ésta había sido la más
larga y penosa. La moneda estaba oculta, á causa de la guerra. No se
encontraba mas que papel, y él no podía echar suertes con un billete de
cinco francos. Había tenido que rogar á uno de los altos personajes del
Casino que le proporcionase este redondel precioso.
--¿Cara ó cruz?
Y al favorecer la suerte á sus viejas pistolas, sintió un gran regocijo
interior. ¡Empezaba á triunfar!
El médico, mientras tanto, miraba afuera por la puerta del salón, con
cierta extrañeza, casi con escándalo, fijando luego sus ojos en el
coronel. Al fin le llamó aparte. ¿Aquel teniente era el que iba á
batirse con el príncipe?... Lo conocía; un amigo suyo, médico militar,
le había hablado de él como de un caso asombroso de vitalidad. Era un
horrible disparate lo que estaban proyectando: casi un asesinato. Tal
vez cayese redondo antes de que sonase el primer tiro. Le habían hecho
una operación audaz en el cráneo; vivía milagrosamente, podía morir de
un modo fulminante á la menor emoción.
Y don Marcos tuvo una respuesta heroica, digna de él.
--Doctor, para un hombre de éstos, batirse no es una emoción.
Procedió con lenta gravedad á lo más delicado de su ministerio: cargar
las pistolas. Los dos capitanes siguieron con mirada curiosa esta
operación desconocida por ellos, á pesar de que se imaginaban haber
visto tanto. El parisién casi rió al contemplar cómo manejaba Toledo la
diminuta cuchara de marfil que contenía la carga de pólvora,
examinándola escrupulosamente antes de verterla en el cañón del arma,
con cierto miedo de haber echado un grano más en uno que en otro. El
coronel estaba seguro de que este heroico burlón se divertía con sus
precauciones meticulosas... Pero no podría negar que le interesaba la
novedad de la ceremonia.
Lewis salió para disponer que los automóviles se alejasen hasta una
arboleda cercana. Un verdadero disgusto para los dos conductores.
Obedecieron á regañadientes, con el propósito de volver, aunque fuese
arrastrándose, y presenciar el espectáculo.
Toledo dejó las dos pistolas sobre una antigua mesa veneciana. Ya
estaban listas; que nadie las tocase: eran algo sagrado. Luego, su
mirada, al pasar sobre el muro inmediato, su animó con un resplandor de
inspiración; y de una panoplia descolgó dos espadas herrumbrosas,
saliendo con ellas al patio.
Abandonados de sus padrinos, los contendientes habían empezado á
pasearse, fingiendo que no se veían y sorprendiéndose mutuamente cuando
se miraban con el rabillo del ojo.
Los dos volvieron de golpe á la misma situación de la tarde anterior,
como si no hubiera transcurrido el tiempo, como si estuviesen aún en lo
alto de las gradas del Casino.
Todo lo que el príncipe llevaba pensado en las últimas horas y le había
seguido hasta allí, como un esbozo de remordimiento, se desvaneció de
golpe. ¡Este caballerito era el que había intentado abofetearle á él...
al príncipe Lubimoff!... Pronto iba á convencerse de lo que cuesta
semejante atrevimiento.
Pero su cólera parecía menos violenta que en el día anterior, más
razonada, como obra exclusiva de su voluntad; y esta blandura acabó por
irritarle contra sí mismo.
El otro era más instintivo en su rencor. Al mirar al príncipe veía al
mismo tiempo la suave imagen de aquella gran dama, su protectora. Porque
era rico, había querido atropellarle, tratándolo como á un siervo de sus
lejanas tierras... Todo lo mejor de la vida había sido para él, ¡y aún
pretendía apoderarse de las migajas perdidas que tocan á los
infelices!... Ignoraba cómo se mata á un hombre en estos combates
reglamentados; pero deseaba matar, y sentía la absoluta confianza en sí
mismo que le había empujado allá en las trincheras en los días más
crueles de peligro y de éxito.
La presencia de don Marcos con una espada en cada mano turbó sus
reflexiones y paseos, dejándolos inmóviles. El coronel miró al cielo,
luego dió varios pasos en distintas direcciones, para evitar que uno de
los contendientes quedase colocado frente al sol.
Finalmente clavó en tierra con fiereza una de sus espadas. Le había
parecido más apropiado al carácter del lugar el valerse de estas armas
antiguas. Las encontraba más en concordancia con el romántico castillo
de Lewis, que dos estacas ó dos bastones. Pero su satisfacción por este
hallazgo duró poco. Al levantar los ojos, vió al príncipe, vió á
Martínez...
¡Pobre coronel!... Hasta entonces había procedido como el sacerdote que
se embriaga con sus propias oraciones y en propio incienso, sin pensar
á quién los dedica. Había preparado este acto con el fervor ciego de un
profesional que reanuda sus funciones después de varios años de
inacción, y sólo piensa en ellas, no acordándose del que se las encarga.
Todo lo había hecho con arreglo á los ritos, para que dos caballeros
pudieran matarse dentro de la más estricta corrección; pero ahora, en el
momento supremo, se daba cuenta por primera vez de que estos dos hombres
eran su príncipe y Martínez, su compatriota, su héroe.
Se extrañó de cómo había podido llegar hasta allí. Experimentaba el
asombro del ebrio que recobra la razón entre los objetos rotos por su
feroz inconsciencia. Recordó las palabras de Castro y del médico; ¿cómo
no había visto él que este duelo era un disparate? El arrepentimiento
cosquilleó en sus ojos con una sensación húmeda; pero ya era tarde.
Debía continuar, aunque le faltase la serenidad.
Lo único que había olvidado en sus minuciosos preparativos era la cinta
métrica, y vió en esta omisión un auxilio de la Providencia. Partiendo
de la espada fija en el suelo, empezó á marchar para medir el terreno
con sus pasos. No fueron pasos; fueron zancadas enormes, verdaderos
saltos. Ahora sí que estaba convencido de la ridiculez de su aspecto,
abiertos como alas los faldones del levitón é incesantemente repelidos
por unas piernas incansables. «Quince pasos...» Y clavó la segunda
espada.
Por su gusto, hubiese ido hasta el otro extremo del descampado; tal vez
hasta donde aguardaban los automóviles. Luego consideró con turbación el
terreno medido. Seguramente pasaba de veinte metros, ¡una falsedad! ¡una
villanía!... ¡Que Dios y los caballeros se lo perdonasen!
Otra vez salió á luz la pieza de cinco francos. Había que sortear el
sitio de cada contendiente. El capitán parisién acogió la proposición
con aire aburrido.
--¡Pero si le he dicho que haga lo que quiera!...
Lewis runruneaba de impaciencia por debajo de su bigote.
Cuando la moneda hubo marcado el lugar de cada uno, don Marcos colocó
al príncipe delante de una espada.
--Marqués: el sombrero--dijo en voz baja.
Lubimoff, comprendiendo esta indicación, se despojó del sombrero,
arrojándolo á gran distancia. Su adversario no podía batirse con el
kepis puesto; su color amarillento y la cifra de la Legión bordada más
arriba de la visera le daban una visualidad inadmisible. Su uniforme era
también una preocupación para Toledo, que se esforzó por suprimir en él
todos los detalles vistosos.
Asistido por uno de los capitanes, procedió á despojar á Martínez de sus
adornos de gloria, después de colocarlo junto á la otra espada. Fué como
una degradación. Le quitaron su kepis, luego las condecoraciones, el
cordón rojo que pendía de su hombro, la correa avellanada que cruzaba su
pecho, el cinturón del mismo color que oprimía su talle. El teniente
pareció más pequeño y desmedrado dentro de su uniforme suelto y sin
adornos. El parisién, siempre alegre, lo comparaba á un pájaro
desplumado.
Creyó necesario el coronel repetir en alta voz las condiciones del
duelo. El príncipe las sabía y estaba avezado á estos encuentros.
Martínez era el que necesitaba sus indicaciones. Después que él, como
director del combate, diese la voz de «¡Fuego!», contaría lentamente
«Uno, dos, tres». Podían apuntar y disparar en este espacio de tiempo.
¡Mucha atención, teniente! Don Marcos habló con una gravedad trágica.
--Si hace usted fuego antes del -uno- ó después del -tres-, será
declarado felón.
Esto de ser declarado felón asustó al joven. No sabía con certeza lo que
era, pero le impresionaba el gesto del coronel al pronunciar la terrible
palabra. Ya no pensó con tanta vehemencia en matar á su adversario; este
deseo pasó á segundo término. Tampoco pensó en que podía morir. Su única
preocupación fué calcular bien el tiempo, obedecer la orden, no
entretenerse en apuntar; hacer fuego antes del terrible -tres-, para que
no le diesen aquel título horripilante y misterioso.
Don Marcos entró en el castillo y volvió á aparecer con las dos pistolas
cargadas. Dió una al príncipe. Este no necesitaba lecciones. Puso la
otra en la diestra del teniente, y le indicó cómo debía mantenerse, el
brazo doblado, el arma en alto, todo el cuerpo bien de perfil. Todavía
insistió en sus indicaciones. ¡Cuidado con equivocarse! Ya lo sabía:
-uno... dos... tres-.
Quedó en mitad de la distancia que separaba á los adversarios,
apartándose unos cuantos posos nada más de la línea de tiro. En aquel
instante deseaba morir, para que los dos resultasen indemnes.
Se despojó del sombrero con solemnidad, é hizo un gesto de tristeza.
--Señores...
Durante toda la mañana, al ir de un lado á otro realizando sus
preparativos, no había dejado de pensar en lo que diría en este momento,
fabricando una soberbia pieza oratoria, breve y conmovedora. Muchas
veces había hablado en los duelos, mereciendo la aprobación de los otros
padrinos, viejos generales, gentes expertas, acostumbradas á tales
actos. Pero la corta arenga de hoy iba á ser la mejor de sus obras.
«Señores...», repitió. Vacilaba, no sabía qué añadir, todo se había
borrado de su memoria. Con una voz balbuciente fué diciendo lo que se le
ocurría, sin orden alguno, sin que una sola de sus palabras le recordase
las frases que había cincelado horas antes. «Aún era tiempo... un poco
de buena voluntad; los dos eran hombres de valor que habían hecho sus
pruebas... No es deshonrosa una explicación en el último minuto.»
Sus palabras se perdieron en un silencio emocionante. Pero este silencio
no era absoluto. Alguien se movía á espaldas del coronel, dando con el
pie en el suelo. Era Lewis, que consultaba, enfurruñado, su reloj. Más
de las tres; ya estarían empezando las buenas series en el Casino.
Quiso terminar. Además, le daba miedo la figura inmóvil y rígida de su
príncipe con la pistola en alto. Nunca lo había visto tan feo. Su color
era terroso, tenía la mirada bizca y los pómulos salientes. En un
momento se había transfigurado, como si el salvajismo de los remotos
abuelos, despertando en su interior, se le hubiese subido al rostro.
--Puesto que no hay avenencia posible....
Ahora creyó el coronel haber atrapado la última parte de su fugitivo
discurso. Pero el hilo de brillantes palabras se le escapaba otra vez, y
obligado á improvisar, terminó solemnemente:
--¡Adelante, señores! El honor... es el honor; y las leyes de los
caballeros... son las leyes de los caballeros.
Sonó á sus espaldas un murmullo de aprobación. Era la voz del antiguo
revendedor de billetes de teatro. «¡Bravo! ¡Muy bien!» Pero no quiso
enterarse. Con aquel hombre nunca se sabía cuándo hablaba en serio.
--¿Listos?...
El silencio de los dos adversarios dió á entender al coronel que podía
seguir sus voces de mando.
--¡Fuego!... Uno...
Sonó un tiro. Martínez, que sólo pensaba en el terrible -tres-, había
disparado.
Vió enfrente al príncipe, que parecía mucho más alto; vió el agujero
negro de su arma, y sobre este agujero un ojo de glacial ferocidad
escogiendo un punto en su persona para enviar la bala obediente. Y con
una arrogancia maquinal giró sobre sus talones, para no permanecer de
perfil, ofreciendo todo el ancho de su cuerpo.
Los cuatro padrinos no vieron esto. Sus ojos habían convergido en
Lubimoff, que era la muerte.
El tiempo se contrae y se dilata, según las emociones de los hombres. Su
medida y su ritmo dependen del estado del alma humana. Unas veces galopa
vertiginosamente en los relojes, que parecen locos; otras se desploma,
se niega á seguir su marcha, y las milésimas de segundo abarcan más
emociones que los meses y los años de la vida ordinaria. Los cuatro
testigos experimentaron la misma sensación que si el día se hubiese,
paralizado, quedando el sol inmóvil para siempre. El tiempo no existía.
--¡Dos!--suspiró don Marcos, y le pareció que sus labios no acababan
nunca de proferir esta palabra, como si estuviese compuesta de una
cantidad infinita de sílabas.
Lewis había olvidado la existencia del Casino; sólo veía lo presente.
El capitán bordelés, echando el cuerpo adelante, se apoyaba sobre su pie
herido, sin sentir ningún dolor; el otro juraba entre dientes, haciendo
vibrar su junco. El médico, por instinto profesional, se inclinó sobre
su caja de operaciones puesta en el suelo.
¡Iba á matarlo! Los cuatro estaban convencidos de que iba á matarlo. Una
implacable expresión de seguridad, de feroz aplomo, se desprendía de
aquel hombre inmóvil, con el brazo tendido, duro é inconmovible. Era tan
fatal la expresión de su rostro de calmuco, con un ojo contraído y otro
muy abierto, que todos vieron una línea ilusoria desde la boca de su
pistola al pecho del que estaba enfrente, un camino que la pequeña
esfera de plomo iba á seguir con inexorable rectitud.
Orgulloso de su superioridad, el príncipe retardaba el momento de dar la
muerte, por una especie de coquetería salvaje. Tenía al enemigo bajo su
zarpa, podía juguetear con él durante estos tres momentos que valían por
siglos.
En la vertiginosa superposición de imágenes que volteaba dentro de su
pensamiento vió á la princesa, su madre, hermosa y arrogante, tal como
era cuando le relataba, siendo pequeño, las grandezas de los Lubimoff.
Luego vió á su padre, el general, sombríamente bondadoso, diciendo con
su voz ronca: «El fuerte debe ser bueno...»
Al pensar en el padre, su pistola se desvió un poco, pero inmediatamente
rectificó la puntería.
Un tren pasaba por su imaginación con lentitud. Soldados franceses. Vió
á Castro y al rojo insolente que le ofrecía un lugar. Otro tren avanzó
en dirección inversa, un tren interminable, que iba saliendo de las
profundidades del Océano. Hurras, silbidos, blusas negras, cuellos
azules, gorritos que parecían de papel. «¡Buenas tardes, príncipe!» Una
sonrisa luminosa de virgen anémica: lady Lewis con sus dos ciegos,
hermosos y trágicos...
Su pistola bajaba. Vió por encima de ella todo el cuerpo de su
adversario, guerrero obscuro, condenado á morir más ó menos pronto á
causa de las heridas recibidas por una tierra que no era la suya y por
una causa que era la de todos los hombres.
--¡Tres!--dijo el coronel.
Pero antes de que terminase esta palabra sonó un tiro. La hierba del
suelo se agitó en ondas que se alejaron bajo el rebote de la bala
invisible.
Este guadañazo pasó cerca de las piernas del director del combate; pero
don Marcos no estaba para reparar en ello. Un regocijo infantil le hizo
correr sin objeto. Su levita parecía reir con el aleteo de sus faldones.
Tan alegre estaba, que casi abrazó á Martínez. Debía darse la mano con
el príncipe; era necesaria una reconciliación.
El oficial se resistió al consejo. Tenía sus dudas sobre el final del
combate; el príncipe había disparado apuntando al suelo, y él no
aceptaba que le perdonasen la vida.
--Joven--dijo con autoridad don Marcos--, usted es novel en estos
asuntos. Déjese guiar por los que saben más, y dele la mano al príncipe.
Inmediatamente fué en busca de Lubimoff.
Lo vió en el mismo sitio. Había arrojado la pistola y se cubría la cara
con las manos.
El único que estaba junto á él era Lewis.
--¡Vamos, príncipe! ¿qué es eso?... ¡Serenidad! Tal vez una buena copa
de -whisky-...
Toledo oyó un estertor angustioso, un jadeo de pecho oprimido.
Respetuosamente apartó una de las manos del príncipe, dejando su rostro
al descubierto. Ahora era de un tono de ladrillo, abrillantado por el
sudor y las lágrimas.
Lubimoff lloraba.
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