Los dos se detuvieron instintivamente. En mitad del puerto, el yate
blanco del príncipe de Mónaco estaba inmóvil, tirando de su boya. Junto
al muelle cercano unas cuantas tartanas cabeceaban, moviendo su mástil
único, y un vapor español, ostentando su bandera neutral, descargaba
sacos de arroz y toneles de vino. La presencia de varios grupos de
hombres diseminados frente á las embarcaciones les impuso prudencia.
Dejaban de estar solos. Habían entrado de nuevo en la vida.
--¡Qué corto el camino!--exclamó el príncipe.
Lo mismo pensaba ella. «Sí, ¡qué corto!»
No debían marchar juntos. Era preciso despedirse allí, lejos de la
gente.
Alicia lo tendió sus dos manos.
--¿Nada más?--suspiró Miguel.
Vaciló la duquesa un instante. Luego, con una agilidad de muchacha, como
si aún fuese la amazona endiablada del Bosque de Bolonia, saltó hacia él
con los brazos abiertos.
--Toma... toma... y toma.
Fueron tres besos rápidos, fulgurantes, que sólo duraron un segundo;
tres besos que hicieron pensar á Lubimoff si lo ignoraría aún todo en la
vida, pues nunca había sentido el estremecimiento que circuló por su
cuerpo desde el cerebro á los pies.
--¡Más!... ¡dame más!
Ella rió de su gesto implorante.
--Se acabaron las locuras... Otro día, ¡quién sabe!... Ahora vuelvo á
mis preocupaciones. Me da miedo entrar en mi casa; siento terror y
esperanza. ¡Ay, la noticia que puedo recibir de un momento á otro!...
Di: ¿tú crees de verdad que no le ha pasado nada?... ¿tú crees que podrá
volver?...
VIII
Spadoni entró en la habitación de Novoa con el propósito de hacerle
hablar. Creía ahora fervorosamente en la ciencia del profesor, y al
verlo predispuesto al juego y reflexionando sobre sus misterios,
esperaba de él, con la simplicidad del creyente, algo milagroso, un
descubrimiento genial que los enriqueciese á los dos. Por esto el
pianista se levantaba antes que de costumbre, para sorprender al
catedrático durante sus ocupaciones de limpieza personal. Consideraba
estas horas las mejores para una confidencia.
--La palabra azar--dijo Novoa--carece de sentido; mejor dicho, no existe
el azar. Es un invento de nuestra debilidad y nuestra ignorancia.
Decimos que un fenómeno es debido al azar cuando sus causas nos son
desconocidas ó nos parecen inaccesibles al análisis. Ignoramos las
causas de la mayor porte de los hechos, y salimos del paso atribuyendo
éstos al azar.
El músico abrió sus ojos de odalisca, contrayendo á la vez el rostro
aceitunado con un gesto de atención y respeto. No entendía bien las
palabras del sabio, pero las admiraba de antemano, como un preludio de
revelaciones más practicas y de inmediata aplicación.
--Todo fenómeno--continuó Novoa--, por mínimo que parezca, tiene una
causa, y un hombre de cerebro infinitamente poderoso, infinitamente
informado de las leyes de la Naturaleza, sería capaz de prever todo lo
que puede ocurrir dentro de unos minutos ó dentro de unos siglos. Con un
hombre así sería imposible jugar á ningún juego. El azar no existiría
para él. Poseyendo el secreto de las pequeñas causas que hoy escapan á
nuestra inteligencia y de las leyes que rigen sus combinaciones, sabría
perfectamente todo lo que puede surgir del misterio de la baraja ó de
los números de la ruleta. No habría quien le resistiese.
--¡Oh, profesor!--suspiró admirado el pianista.
Hacía votos mudamente por que su ilustre amigo siguiese estudiando.
¡Quién sabe si llegaría á ser ese hombre todopoderoso, y, apiadándose de
él, lo llevaría á la rastra de su gloria!
Novoa sonrió de la candidez de Spadoni y siguió hablando.
--El número de hechos que atribuímos á ese azar (que no es mas que una
causa ficticia creada por nuestra ignorancia) varía, del mismo modo que
varía la ignorancia, según los tiempos y según los individuos. Muchas
cosas que son azar para el iletrado no lo son para el hombre estudioso.
Lo que hoy es azar no lo será tal vez dentro de algunos años. Los
descubrimientos científicos acabarán por restringir considerablemente el
dominio del azar al disminuir nuestra ignorancia.
Se dilató el rostro del pianista con un gesto de ilusión.
--Usted es un sabio, profesor, ¡un gran sabio!... No mueva la cabeza; yo
sé lo que digo. Y tengo la seguridad de que si continúa estudiando estas
materias importantes, encontrará una martingala que...
Le interrumpió el español, señalando á una baraja sobre una mesa
próxima. Se adivinaba que había hecho estudios durante la noche, antes
de acostarse. Esta baraja era para Spadoni un testimonio de laboriosidad
científica, más digno de respeto que todos los libros procedentes de la
biblioteca del príncipe que estaban olvidados en los rincones. El
catedrático se preocupaba ahora de los misterios del azar, y Spadoni
estaba convencido de que encontraría algo mejor que todo lo que llevaban
inventado los simples jugadores.
Pero su esperanza se desvaneció ante el gesto desalentado de Novoa.
--Mire usted esta baraja: unos cuantos pedazos de cartón, ¡y sin
embargo, resulta inmensa como el universo! Hace sufrir el vértigo del
infinito, lo mismo que cuando se mira arriba con el telescopio ó abajo
con el microscopio. ¿Sabe usted cuántas combinaciones pueden hacerse con
una baraja de cincuenta y dos cartas?... No sé cómo decírselo: ni el
diccionario ni la aritmética conocen esta cifra por inútil, pues está
mas allá de los cálculos humanos. Inventemos la palabra: ochenta
undecillones, ó sea un 8 seguido de sesenta y siete ceros... Dos hombres
que se pusieran á jugar con una baraja de cincuenta y dos cartas y
jugasen una partida por minuto, siendo en cada partida el juego
diferente, sólo llegarían á agotar todos las combinaciones posibles
después de cien millones de siglos.
Se hizo un largo silencio, como si el ambiente de la habitación quedase
agobiado por el peso de estas cifras inconcebibles. Spadoni bajaba la
cabeza.
--Ahora, dígame usted--continuó el profesor--qué puede un pobre ser
humano, con todos sus cálculos de probabilidades, contra este infinito.
Y agarrando un puñado de cartas, las dejó caer de nuevo sobre la mesa,
como una lluvia susurrante de colores.
--Todo depende del azar--añadió--, ó mejor dicho, del error. Perdemos
por error y ganamos por él igualmente. Nuestro error es el resultado de
una infinidad de errores infinitesimales debidos á otra infinidad de
pequeñas causas, cuyo análisis no podemos intentar siquiera. Estas
pequeñas causas son independientes las unas de las otras, y como es el
azar quien las dirige, obran tan pronto en un sentido como en otro.
Cuando el error infinitesimal es positivo, nos hace ganar; cuando es
negativo, perdemos.
Spadoni movió la cabeza afirmativamente, aunque sin entender gran cosa.
Lo único claro para él era lo de los errores infinitesimales que hacen
perder. Los conocía; eran á modo de microbios, de gérmenes maléficos,
adheridos á él para siempre. Y deseaba que su sabio amigo encontrase un
antiséptico para exterminarlos.
--Además--dijo Novoa--, si existen probabilidades de ganancia, estas
probabilidades son proporcionales á las fortunas de los jugadores. Un
jugador pobre tiene menos probabilidades de ganar que otro que disponga
de capitales.
--Entonces, ¿nosotros...?--preguntó melancólicamente el músico.
--Nosotros estamos abajo y hemos nacido para víctimas. El juego es una
imagen de la vida: los fuertes triunfan sobre los débiles.
Spadoni quedó pensativo.
--Yo he visto--dijo--jugadores ricos que acaban arruinándose como los
demás...
--Porque no se retiran á tiempo, cuando la fuerza de resistencia de sus
capitales hace llegar la hora de la ganancia. También, en la vida, los
grandes devoradores, los hombres de espada, los multimillonarios, los
gobernantes, son á su vez devorados por una nivelación final: la muerte.
Pero antes de esto triunfan por los medios poderosos que la suerte ha
puesto en sus manos. Nosotros los pobres no triunfamos jamás un día
entero. Querer ganar una fortuna enorme con un pequeño capital equivale
á querer perder el pequeño capital.
Los dos quedaron desalentados; pero Novoa parecía haber sufrido el
contagio de las ilusiones de su compañero, y sintió la necesidad de
reanimarse con una fantasía de jugador.
--¿Sabe usted, Spadoni, cuánto puede ganarse con mil francos? Anoche me
entretuve haciendo el cálculo.
Y señaló un pedazo de papel lleno de cifras que asomaba entre los
naipes. ¡Lo mismo que el pianista!...
--Con mil francos, siempre doblando durante ciento cuarenta y tres
partidas (unas cuatro horas), se puede ganar un bloque de oro cien mil
millones de veces más grande que el sol.
--¡Oh, profesor!...
Se miraron los dos con unos ojos de ardor místico, como si realmente
estuviesen contemplando este bloque inconmensurable. ¿Qué representaba
al lado de tal visión la ganancia de unos cuantos miserables
millones?...
* * * * *
Toledo se iba dando cuenta poco á poco de las paulatinas
transformaciones de su amigo el sabio.
Le preocupaba mucho el adorno de su persona; había pedido al coronel que
lo recomendase á su sastre de Niza; hacía frecuentes viajes á esta
ciudad sólo para sus compras.
Además, jugaba. Don Marcos le sorprendió repetidas veces junto á una
mesa del Casino, de pie y meditando antes de arriesgar alguna de las
fichas que formaban breve columna oprimidas por su diestra. Parecía
deslumbrado por la facilidad de sus ganancias. Eran pequeñas cantidades,
pero ¡tan considerables en comparación con las que había recibido por
sus trabajos anteriores! Media hora le bastaba para ganar el sueldo de
un mes. Una tarde había llegado á reunir tres mil francos: más de medio
año de trabajo en la cátedra y el laboratorio....
Monte-Carlo le parecía un país interesante y la vida en él un descanso
plácido, que resaltaba sobre la monotonía parda y laboriosa de su
existencia anterior. El Museo Oceanográfico podía aguardarle: no se
movería durante su ausencia de la punta del peñón de Mónaco. Los
estudios de la fauna marítima no iban á progresar en unos cuantos meses.
Y cuando el director le veía entrar de tarde en tarde, con un aire
decidido, en el ambiente reposado y silencioso del Museo; cuando
reparaba en sus trajes flamantes, en la exactitud con que seguía las
modas masculinas, balanceaba la cabeza melancólicamente. No era el
primero. ¡Ah, Monte-Carlo!... Los viejos profesores miraban con un ceño
de profeta á la ciudad de enfrente. Jóvenes llegados de diversos lugares
de la tierra para estudiar los misterios del Océano acababan por hacer
cálculos matemáticos sobre las probabilidades de la ruleta.
--Y además, tiene el amor--decía Castro al comunicarle Toledo sus
impresiones sobre Novoa--. Cuando no juega está al lado de esa Valeria.
Eran novios. El profesor lo había comunicado misteriosamente á todos sus
amigos, luego de rogar á cada uno que guardase el secreto. Después de
sus fútiles galanteos de estudiante, éste era el primero, el gran amor
de su existencia. Le inquietaba un poco la humildad de su situación.
¿Qué diría Valeria, cuando fuese su esposa, al enterarse de lo poco que
ganaba como sabio?... Pero inmediatamente ponía su esperanza en el
juego, aquella fortuna no sospechada que se le ofrecía ahora
diariamente.
--Que siga esto unos cuantos meses--afirmaba ante el coronel--, y habré
reunido un capitalito antes de terminar el período de mis estudios.
Todos los días guardo algo, y eso que ahora gasto más que nunca. Hay que
ser -chic-, como mi novia.
Toledo se limitaba á contestar con una sonrisa equívoca.
La dicha de Novoa iba acompañada de cierto orgullo. Tenía á su futura
compañera por una gran dama, de mayor capacidad intelectual y más serios
estudios que todos las de su clase. Era pobre, y por eso vivía en un
estado casi de servidumbre. Pero viéndola en trato familiar con la
duquesa de Delille, la consideraba tan importante como la otra, acabando
por confundir las cosas de ambas en un interés común. Y como doña
Clorinda era ahora adversaria implacable de Alicia, y Atilio admitía
ciegamente las ideas y caprichos de «la Generala», una sorda animosidad
empezó á surgir entre los dos hombres, que hasta entonces se habían
tratado con amable indiferencia.
--¡Las mujeres!--murmuraba Toledo al observar este odio progresivo--.
Bien decía el príncipe...
Pero otras preocupaciones más importantes atormentaron al coronel. Se
había iniciado la temida ofensiva. Los telegramas de la guerra eran
lacónicos y tristes. Retrocedían los aliados ante el avance alemán. Sus
líneas no se rompían, pero vacilaban, se encorvaban bajo los abrumadores
golpes del enemigo. Todos los días se perdían docenas de pueblos y
grandes espacios de terreno.
Don Marcos protestaba de la imprevisión de los generales con una cólera
de primario, uniendo sus quejas á las del vulgo.
--Ya lo anuncié yo--decía con suficiencia en los corrillos del atrio del
Casino, donde le escuchaban por su condición de militar--. El kaiser ha
aglomerado en Francia todas las tropas que tenía en Rusia. ¿Quien no
esperaba esto?... Y los nuestros son indudablemente inferiores en
número.
El bombardeo de París acabó de desorientarle en sus apreciaciones de
estratega. «¡Mentira!», dijo trente al tablón de los telegramas, al leer
que los primeros proyectiles habían caído sobre París. No era posible:
lo afirmaba él, que estaba bien enterado del alcance de la artillería
moderna. Y al conocer la existencia de cañones que tiraban a más de cien
kilómetros, quedó desconcertado. «¡Qué tiempos! ¡qué guerra esta!»
Cuando le consultaban las señoras en el Casino ó en el Hotel de París,
mostraba un optimismo inquebrantable ante las malas noticias.
--Eso no es nada: va á venir la reacción. Los nuestros se retiran para
tomar mejor la ofensiva.
Al quedar solo, se desplomaba esta seguridad, dejando al descubierto una
fe vacilante, igual á la de los otros.
--Van á llegar hasta París, si Dios no lo remedia--se decía--. Será
necesario un milagro, otro milagro como el del Marne.
Porque el buen coronel seguía creyendo firmemente que la primera batalla
del Marne había sido un milagro de Santa Genoveva, de Juana de Arco ó de
otra personalidad bienaventurada que podía intervenir en los combates de
los hombres, como intervenían los falsos dioses cantados por Homero. ¿No
peleó Santiago en las batallas de España siempre que los cristianos
atacaban á los moros?...
--El prodigio ha resultado inútil--decía amargamente--. Habrá que
repetirlo; habrá que empezar otra vez, después de cuatro años de guerra.
Con el bombardeo de París se había acrecentado muchísimo en unas semanas
la población de la Costa Azul. Los trenes llegaban desbordantes de
fugitivos. Las calles de Niza estaban repletas de forasteros como en los
años de paz, cuando se celebraban las fiestas de Carnaval. Monte-Carlo
veía aumentar considerablemente su público y se abrían nuevas salas en
el Casino.
Pasaba Toledo la tarde y las primeras horas de la noche en el atrio,
esperando siempre buenas noticias, aceptando las malas con un optimismo
ágil que encontraba excusa y justificación á todo.
Se iba agrandando el círculo de sus amistades. Todos los días encontraba
rostros conocidos que no había visto en mucho tiempo: estrechaba manos,
devolvía saludos. «¡Usted aquí!...» El cañón disparado sobre París á
fabulosas distancias poblaba los salones de juego con una muchedumbre de
buen aspecto, casi tan numerosa como la de los años tranquilos.
Don Marcos seguía anunciando la reacción, la contraofensiva para el día
siguiente, como si estuviese en misteriosa correspondencia con el
Cuartel General. Y la cólera que despertaba en él este fracaso diario de
sus vaticinios iba á desplomarse sobre los que jugaban.... ¡La vida, la
indecente vida, con sus apetitos que no conocen la moral, con sus
egoísmos brutales!
En torno del coronel, las gentes parecían afligirse un instante leyendo
las malas noticias. Luego, los más, entraban en las salas de juego. Tal
vez era por inconsciencia, tal vez por un ansia de aturdirse pidiendo al
azar las ilusiones del alcohol; pero la bolita de marfil giraba sin
descanso en numerosas ruletas, los naipes no cesaban de caer en doble
fila sobre las mesas del «treinta y cuarenta», la aglomeración en torno
de los tableros verdes iba en aumento.
Era un público nervioso, discutidor, irascible, que perdía con facilidad
sus buenas maneras por un simple incidente. La acometividad de los
lejanos combates se esparcía como un soplo feroz en torno de las mesas;
las mujeres tenían ademanes belicosos. Cada cañonazo contra el lejano
París parecía aumentar el arroyo de dinero que chorreaba sobre
Monte-Carlo.
Cuando Toledo intentaba exponer sus opiniones y planes estratégicos en
Villa-Sirena, encontraba un público menos atento que el del atrio del
Casino. El príncipe tenia cosas más interesantes en que pensar. Novoa
mostraba una alegría egoísta, como si considerase este período el mejor
de su existencia y las desgracias del mundo sirviesen para dar un sabor
más intenso á su dicha misteriosa. Spadoni escuchaba las cosas de la
guerra lo mismo que si le hablasen de fábulas lejanas.
El estaba por la realidad, é interrumpía al coronel para contarle cosas
más interesantes. Ahora despreciaba al Casino, para frecuentar el
-Sporting-Club-, donde se reunían los jugadores más audaces, empleando
con preferencia fichas de cinco mil trancos. Un griego que había sido
simple marinero en sus mocedades tronaba allí como un personaje de
epopeya, admirado por las damas en traje de baile y los graves señores
puestos de frac que se reunían en este círculo aristocrático. Había
aprendido á leer y escribir siendo ya maduro, pero poseía una fortuna
enorme. La noche anterior, en cuatro horas de talla, había ganado un
millón doscientos mil francos. Spadoni lo había visto con sus ojos, é
imitaba el gesto del héroe al levantarse de la mesa llevando un cestito
de mimbre entre las manos; un mísero cestito que contenía, como si
fuesen barreduras del suelo, montones de papeles azules, montones de
fichas de cinco mil francos. ¡Que no le hablasen á él de generales y
batallas! ¡Este era un hombre!
Castro había escuchado una noche al coronel con un silencio de mal
augurio y los ojos fríamente agresivos. De pronto, interrumpió los
planes estratégicos de don Marcos.
--¿Y á usted cuándo lo ascienden?
Muchos de los generales célebres en la actualidad eran simples coroneles
al iniciarse la guerra. Ya era hora de que Toledo diese un salto en el
escalafón.
Y el pobre don Marcos, lastimado por esta burla cruel, contestó
dignamente:
--Me contento con lo que soy, señor de Castro.
Sabía perfectamente lo que era: coronel, y no deseaba ser mas. Y en su
pensamiento repitió varias veces que no deseaba ser más.
A pesar de que en Villa-Sirena cada uno se preocupaba de sus propios
asuntos, mostrándose distraído en sus relaciones con los otros
huéspedes, el mal humor de Atilio iba haciendo penosa la vida común.
Toledo presentía el motivo de esta conducta. Doña Clorinda le trataba
mal indudablemente, y él, á su vez, se vengaba de sus humillaciones y
disgustos mostrándose áspero ó irónico con los amigos. El coronel había
tenido que calmar á aquella señora cuando la encontraba en el Casino
comentando las noticias de la guerra. Sentía hostilidad contra todos los
varones sin uniforme; faltaba poco para que los insultase.
--¡Emboscados! ¡cobardes!... ¡Si yo fuese hombre!...
Aunque no lo era, necesitaba hacer algo; y se consumía de impaciencia
por no poder emplear su actividad en el frente, bajo el silbido de los
proyectiles. Al fin dió con el medio de ser útil.
Quiso marcharse á París. Cuando todos los que podían escapar se
apresuraban á hacerlo, ella iría á instalarse en su antigua casa,
desafiando con su presencia el cañón y los aviones enemigos.
Castro se atrevió á insinuar tímidamente la ineficacia de este
sacrificio. El coronel añadió, con su competencia profesional, que le
parecía un disparate; pero ella no estaba dispuesta á modificar sus
deseos.
Ponía en la suerte de la guerra un apasionamiento nervioso, una
vehemencia igual á la que perturbaba sus relaciones amistosas.
--De no triunfar los aliados, mi vida será imposible. ¡Cómo se burlarían
esos canallas!... Prefiero morir.
Los canallas eran sus amigos de antes de la guerra, gentes de diversas
nacionalidades que simpatizaban, por snobismo ó por interés personal,
con los alemanes. «La Generala», de un amor propio que infundía miedo,
deseaba morir, y lo deseaba de veras, antes que ver triunfantes á los
que había escogido como enemigos.
--¡Si yo fuese hombre!...
Y Atilio, que buscaba las ocasiones de estar cerca de ella en el Casino,
ó exageraba la belleza de ciertos lugares para inducirla á paseos
solitarios, huía apresuradamente ante estas palabras, en las que
adivinaba un insulto.
Luego, al verse en Villa-Sirena, su amorosa sumisión se convertía en
hostilidad para los demás.
Había descubierto que odiaba á Novoa, ó mejor dicho, que debía odiarlo
lógicamente. Doña Clorinda estaba reñida con Alicia, y aquella
marisabidilla que tanto entusiasmaba al profesor era la acompañante y
protegida de la duquesa. Por esto él debía ser enemigo de Novoa, como
dos hombres que no se han hecho ningún daño particularmente, pero
pertenecen á dos naciones en guerra.
Además--y esto no quería confesárselo--, le daba cierta envidia el aire
satisfecho y triunfante del sabio. Novoa no sufría repulsas y desvíos;
era la mujer la que lo buscaba, esforzándose por halagar sus aficiones,
fingiendo un interés científico por cosas que nada le importaban; todo
para conservarlo bajo su dominación. ¡Hombre feliz y antipático!...
Como ocurre siempre que se vive en roce continuo con una persona que
empieza á no ser grata, Atilio descubrió casi á diario numerosos motivos
de molestia, que exponía á Toledo.
Su amigo el profesor pretendía burlarse de él, y no estaba dispuesto á
tolerarlo. Un día había tenido que aguardar media hora en casa de su
peluquero. El profesor ocupaba su sillón y empleaba á su manicura. ¡Un
atrevimiento! Quería sin duda rivalizar con él, y por esto se hacía
vestir por su mismo sastre de Niza. ¡Otra insolencia! Además, no sabía
llevar la ropa... Hasta sospechaba que, para ser grato á su novia y á la
protectora de ésta, debía permitirse hablar mal de cierta dama, ¡y si él
llegaba á saberlo!...
Pero el coronel no prestó atención á tales amenazas. Las tristes
novedades de la guerra quitaban toda importancia á los asuntos de su
vida corriente.
Los alemanes seguían avanzando hacia París. El retroceso de los aliados
continuaba bajo los repetidos golpes del enemigo. Las ilusiones de
Toledo disminuían por momentos. Ya dudaba de todo. Los invasores eran de
una superioridad numérica aplastante.
Sólo tenia una esperanza. ¡Si llegase á ser verdad el auxilio prometido
por los Estados Unidos! ¡Si no resultase un -bluff-, como creían
muchos!... Ahora, con la imaginación, sólo veía la América del Norte,
sus puertos llenos de muchedumbres en armas, las azules planicies del
Océano aradas por miles de buques que venían á desembarcar en Europa
ejércitos interminables. Y como transcurrían semanas sin que se
realizasen sus ilusiones, daba consejos á Wilson desde las arboledas de
Villa-Sirena ó entre las columnas de jaspe del atrio del Casino.
--¿En qué piensa ese señor?... ¿Por qué no vienen? Si no se apresuran,
todo habrá terminado antes de su llegada.
La discordia y la guerra le tocaron de más cerca, dentro de sus
dominios, haciéndole considerar por unas horas la conflagración general
como un asunto de secundario interés.
No supo ciertamente cómo se fué iniciando la pelea; pero una noche,
durante la comida, notó que Castro y Novoa, con estudiada frialdad,
cruzaban sus palabras lo mismo que si fuesen espadas. El príncipe no
podía adivinar esta animadversión de sus dos amigos, pues nunca, en su
presencia, abandonaban las formas corteses. Además, ocupado en sus
propios pensamientos, no se dió cuenta de que el profesor se había
vuelto algo pendenciero, excitado sin duda por la hostilidad de Atilio.
Novoa hizo una leve alusión á la belicosa «Generala», que pretendía
marcharse á París, como si su presencia pudiese influir en la guerra.
Castro vió en esto un reflejo de la enemistad de la duquesa.
Indudablemente, Valeria se había reído con él de los entusiasmos de doña
Clorinda. Y cerró contra la protegida de Alicia, una hambrienta, una
pedantuela, que se rozaba con señoras y sólo era una doméstica. El no
comprendía los amores sentimentales con mujeres de esta clase... Sintió
tentaciones de atacar igualmente á la de Delille, pero se contuvo
recordando que era parienta del príncipe.
Los dos hombres quedaron silenciosos y pálidos, mirándose como enemigos.
Al día siguiente, Atilio, antes de marcharse al Casino, llamó aparte á
don Marcos. Tal vez tuviese pronto un lance de honor: ¿podía contar con
él para que le apadrinase?
El coronel se irguió, frunciendo las cejas con un gesto grave. Llevaba
varios años sin cumplir esta solemne función, para la cual parecía haber
nacido. Su último duelo databa de ocho años antes: un encuentro en la
frontera italiana entre dos señores que se habían abofeteado por una
trampa de juego.
Aún se hizo más sombrío su rostro mientras se inclinaba en señal de
asentimiento, llevándose una mano al pecho. Como en don Marcos todas las
acciones se acoplaban con detalles de indumentaria, y creía imposible
realizar un acto sin el uniforme correspondiente, recordó en seguida
cierta levita olvidada mucho tiempo en su ropero, á la que él llamaba
«la levita de los desafíos»; una prenda negra, de corte napoleónico y
largos faldones, que sacaba á luz siempre que era padrino y le
pertenecía por su carácter militar dirigir el combate.
--Acepto. Un caballero no puede negar este servicio á otro caballero.
Y aceptaba con verdadero agradecimiento, pensando en la conveniencia de
airear, fuera de su prisión alcanforada, aquella vestidura grave como la
muerte.
Pero en la misma tarde le buscó Novoa. Este hablaba tímidamente, sin la
elegante indiferencia de Castro, con cierta sospecha de que pudiera
estar haciendo una necedad. Tal vez tuviese pronto un lance de honor.
--Como no entiendo de eso, coronel, usted será mi padrino... Mis
estudios han sido otros; pero cuando se insulta á una señora, cuando veo
atropellada á una joven indefensa, me considero tan hombre como el más
valiente.
Don Marcos dió un salto... ¡Ah, no! Sus ojos se abrían á la verdad.
Olvidó el oreo de su levita; podía seguir embalsamada en su encierro. Y
como el profesor era menos temible que el otro, descargó en él su
indignación. ¡Pensar en batirse por unas nonadas, cuando millones de
hombres daban su sangre por grandes ideales!... Y él, que había
recordado tantas veces como acciones heroicas sus trabajos de padrino,
hizo un gesto repelente, lo mismo que si le propusieran algo contra su
honor.
Pocos días después, Novoa habló al príncipe con una brevedad que
ocultaba mal su emoción. Estaba muy agradecido al dueño de Villa-Sirena;
nunca olvidaría la dulce existencia en este retiro; pero necesitaba
volver á su antiguo alojamiento. Nuevos trabajos científicos le
obligaban á vivir en Mónaco; el director del Museo se quejaba de sus
ausencias.
Y se marchó, para instalarse en una pobre casa de la ciudad vieja,
renunciando á las comodidades y abundancias de aquel palacio regentado
por el coronel.
A pesar de tales excusas, el príncipe manifestó sus dudas á Toledo. No
veía con claridad en esta fuga. Tal vez existía otro motivo que él no
llegaba á adivinar.
--Sí; tal vez--contestó sonriendo don Marcos--. Debe ser asunto de
faldas.
Asintió Miguel. Indudablemente, era por Valeria. Viviendo en Mónaco se
consideraba más libre para sus entrevistas con aquella muchacha.
--¡Ay, las mujeres!--exclamó el príncipe--. ¡Qué poder tienen sobre
nosotros!
--¡Y cómo perturban las relaciones entre los hombres!
La voz de Toledo al decir esto era tan desolada como fué la del príncipe
al enumerar á sus amigos las ventajas de vivir alejados de la mujer. En
cambio, Miguel aceptaba ahora la dominación femenil, y casi envidió á
este sabio porque volvía á su antigua modestia para encontrar con más
frecuencia á Valeria.
El era menos dichoso. Transcurrían los días sin que consiguiese repetir
su paseo con Alicia por los jardines de Mónaco.
--Te amo--decía ella--. Puedes creer que no olvido aquella tarde... Más
adelante haremos la misma excursión. Ahora no; sé cuál sería el final.
Me es imposible... Pienso en mi hijo.
No dudaba Miguel de esto último; pero algo más que la inquietud por el
ausente ocupaba el pensamiento de ella. Volvía á entregarse al juego con
las cantidades encontradas en su casa. Hasta sospechó el príncipe si
habría vendido ó empeñado el alfiler con que reparó el desgarrón de su
vestido. Después de regalarle la perla de la princesa Lubimoff, no la
había visto más. Alicia parecía insensible á los primeros esplendores de
la primavera.
--Un día iremos--dijo, al recordarle él los jardines de San Martino--.
Te lo prometo. Pero necesito verme libre de preocupaciones; haberlo
perdido todo ó ganado todo. Debo aprovechar el tiempo... Ya ves; ahora
la fortuna parece que vuelve á acordarse de mí.
Ganaba poco, pero ganaba; y esto le hacía esperar la repetición de
aquella racha de buena suerte que había conmovido al Casino.
Por las noches se retiraba contenta. Tenía tres mil ó cuatro mil francos
más; pero ¿qué era esto?... Se lamentaba de la escasez de su capital.
Quería hacer el gran juego, para recuperar todo lo perdido. Así, poco á
poco, no llegaría nunca. ¡Si pudiese reunir otra vez aquellos treinta
mil francos, que subían ó bajaban, pero manteniéndose siempre fieles!...
Miguel permanecía en el Casino horas y horas, cerca de la mesa de ella,
atisbando una ocasión propicia, sin poder conseguir mas que breves
conversaciones en un descanso del juego ó al tomar el té en el -bar- de
los salones privados.
Una mañana fué á sorprenderla en su «villa». Eran las diez. Encontró á
Valeria, que acababa de ponerse el sombrero y parecía contrariada por
esta visita. Tal vez iba á Mónaco; tal vez su hombre de ciencia la
aguardaba en alguna callejuela de Monte-Carlo.
--La duquesa se fué á la fábrica--dijo sonriendo--. Debe estar ya en
pleno trabajo.
El Casino era «la fábrica» para los jugadores, y llamaban de buena fe
«trabajar» á sus angustias y cabildeos en torno de las mesas.
Sin duda había pasado gran parte de la noche haciendo números, para
correr al Casino á la hora de su apertura, con los ojos cargados de
sueño, sin fijarse en el adorno de su persona, como si le faltase el
tiempo para poner en práctica alguna portentosa combinación acabada de
inventar.
Siempre que la encontraba, el príncipe, con una astucia pueril, aludía á
la suerte de su hijo. Sólo así lograba que saliese de sus preocupaciones
de jugadora que la tenían en perpetua distracción, hablando y sonriendo
automáticamente, con una mirada de sonámbula.
Lubimoff le mostró una tarde varios telegramas y cartas de Madrid, de
París, de Berna. Reyes y ministros se ocupaban en averiguar la suerte
del aviador desaparecido. Hasta de Berlín llegaba la promesa, por
conducto de una Legación neutral, de buscar á este joven en todos los
campos de prisioneros. Sospechaban que debía estar confinado en Polonia
en un campamento de castigo.
Alicia se lanzó con vehemencia á medir el tiempo, como si la anhelada
noticia fuese á llegar de un momento á otro.
--¡Por Dios te lo pido, Miguel! Escribe, telegrafía hoy mismo. Diles á
esos señores tan buenos que me contesten directamente. Podría llegar el
telegrama ó la carta á tu «villa» mientras tú estas fuera, ¡y yo sin
saber nada horas y horas!... No; que se dirijan á mí. Todos los días, al
salir, le encargo á mi jardinero que si llega un telegrama me lo traiga
al Casino. ¡Figúrate mi impaciencia!... Di que vas á hacer eso.
Prométeme que no lo olvidarás.
Lo único que podía olvidar el príncipe eran sus asuntos personales
cuando estaba al lado de Alicia. Sólo pensaba en el descubrimiento de
aquel cautivo, del que dependía su felicidad.
--¡El día que sepa con certeza que vive!... Verás entonces cuán distinta
soy. No te aburriré con mis tristezas: encontrarás á otra mujer.
Y efectivamente, su sonrisa, sus miradas prometedoras, le hacían
encontrar otra vez á la Alicia que había marchado junto á él por el
camino de la costa con la boca pegada á la suya en un beso interminable.
Al quedar solo, le asaltaban sus propias tristezas y preocupaciones.
Había recibido noticias de Rusia por varios fugitivos que acababan de
librarse de la persecución revolucionaria. Los que administraban sus
bienes allá habían sido asesinados. El palacio Lubimoff servía de
residencia á un comité bolchevique. Sus minas eran propiedad nacional,
aunque nadie las trabajaba; sus tierras estaban repartidas; varios
personajes obscuros, antiguos ropavejeros y comerciantes de líquidos
alcohólicos, se habían hecho dueños de sus casas, no sabía cómo. Y al
mismo tiempo que estas noticias inquietantes para su porvenir, llegaban
otras que le herían en sus mejores recuerdos. Una gran dama de la corte,
con la que había tenido unos amores de grata memoria, vendía ahora
periódicos en las calles; otra muy elegante, que lanzaba las modas en
Petersburgo, barría la nieve y había perdido varios dedos por el frío.
Podía contar á docenas sus amigos muertos; unos, en montón, á tiros de
revólver, en el fondo de una mazmorra; otros, fusilados. Varios habían
perecido de hambre, como morían años antes los de abajo, que ahora
tomaban su desquite.
Todos estos horrores despertaban su egoísmo, haciéndole encontrar nuevos
encantos á su situación. El mundo había caído en una demencia
sanguinaria. En Oriente y Occidente los hombres se agitaban como fieras,
mientras él permanecía tranquilo junto al más risueño de los mares, con
una pasión, con un deseo que llenaba su existencia, poco antes vacía,
resucitando los entusiasmos y las vehemencias de la juventud. A la misma
hora en que tantos miles de seres morían en masa, borrándose pueblos
enteros de la superficie del planeta, él vivía sometido á una mujer, y
encontraba muy dulce esta servidumbre...
Una tarde, en el -bar- de los salones privados, Alicia le habló con
resolución. Necesitaba hacer el gran juego. Ya estaba harta de
«trabajar» con pequeñas cantidades, consiguiendo ganancias modestas.
Además, despreciaba el Casino, con sus puestas limitadas, su ruleta y su
«treinta y cuarenta», juegos casi mecánicos en los que no se ve enfrente
á un banquero, sino á simples empleados, lo que da la impresión de estar
luchando con una máquina formidable, pero de funcionamiento monótono,
sin fantasía, sin alma. Ella necesitaba el -baccará-. Tenía reunidos
otra vez treinta mil francos: ¡ó la gran ganancia ó nada! Prefería
perderlo todo y acabar de una vez.
--Esta noche en el -Sporting-. No digas que no: te necesito. Tengo la
corazonada de que esta noche va á ser decisiva para mí... y tal vez para
ti. Colócate enfrente: que yo te vea. Acuérdate que en las tardes buenas
tú estabas cerca. Me darás la suerte... No muevas la cabeza; te digo que
me darás la suerte.
Lo afirmó con tal convicción, que Miguel desistió de su negativa.
--Ven; tú ganarás: te lo prometo. Vas á ganar, sea cual sea el
resultado. Si me dejan limpia, mañana pasearemos por los jardines de
Mónaco, como la otra vez. Y si gano... ¡si gano lo que yo deseo!...
No necesitó decir más. Su mirada y su sonrisa entusiasmaron á Miguel. Le
vería en el club.
Aquella noche, Castro y Toledo se sorprendieron al notar que el príncipe
se sentaba á la mesa vestido de -smoking- lo mismo que ellos.
--El patrón no se queda en casa--dijo Atilio al coronel--. Va á la
ópera, como nosotros.
Fué al teatro del Casino para distraerse hasta media noche. No supo con
certeza qué personas le hablaron en los entreactos ni qué manos
estrechó. Tuvo que hacer un esfuerzo repetidas veces para acordarse del
título y del autor de la ópera. Lo mismo le daba esta música que otra.
Era un arrullo que mecía sus pensamientos, calmando su emoción: una
emoción compuesta de miedo y de esperanza.
En el primer acto, deseó que Alicia lo perdiese todo, absolutamente
todo; así sería más suya, dependería en absoluto de él, con una
esclavitud dulce. Luego, en los actos sucesivos, pensó en la
desesperación de Alicia después de esta pérdida. Era una apasionada, que
ponía en el juego vanidades de artista. Lamentaría tal vez, más que el
dinero desaparecido, su fracaso personal. No; era preferible que ganase.
Pero ¡qué larga resultaba esta música!... ¡con qué lentitud marchaba el
reloj!...
Pasadas las once, cuando fué aclarándose en el atrio el público salido
de la ópera, Miguel se metió en un ascensor, que le hizo bajar á las
entrañas del suelo, y siguió después un subterráneo, cuyo estuco
policromo reflejaba el brillo de las luces eléctricas. Marchaba por
debajo de la plaza del Casino, cruzada en aquel momento por numerosos
carruajes. Otro ascensor le subió á un gran salón con columnas. Era el
-hall- del Hotel de París. Vió damas vestidas de -soirée-, señores
puestos de -smoking-, la concurrencia habitual de los hoteles de lujo,
que se pone su uniforme para comer y se queda haciendo la digestión en
los profundos sillones, mirándose sin decir nada ó hablando en voz baja,
lo mismo que en una iglesia, hasta que la rinde el sueño.
Saludó de lejos á varios conocidos que se incorporaron deseosos de
entablar conversación, fingió no ver á ciertas damas que le sonreían,
moviendo la cabeza para llamarle, y entró en un segundo ascensor,
hundiéndose de nuevo en la tierra. Este subterráneo era curvo y sus
paredes decoradas con pinturas pompeyanas. Se extendía por debajo de dos
hoteles y sus jardines. De nuevo una caja ascendente lo llevó más arriba
de la superficie del suelo. Abrió una puerta de cristales. Un viejo
lacayo con casaca azul, calzón corto y medias blancas se inclinó algo
sorprendido al reconocer después de una breve vacilación al príncipe
Lubimoff. Estaba en el -Sporting-Club-.
Hacía años que no había entrado allí: desde antes de la guerra. El no
era jugador, y sólo su interés por algunas mujeres le había hecho pasar
las noches en esta sociedad elegante, que, como muchas de su clase, no
era mas que un garito.
Los salones resultaban pequeños después de media noche; se caminaba
pisando colas de vestidos femeninos; había que valerse de hábiles
deslizamientos para pasar entre los grupos. Todos fumaban, las mujeres
más que los hombres, y la atmósfera se enrarecía con el humo del tabaco
y el vaho de los bustos desnudos, algo sudorosos bajo su capa de
blanquete. Al olor de la carne femenil se unía un perfume moribundo de
flores marchitas. Los ricos despreciaban las muchedumbres del Casino,
encontrando en el amontonamiento de este club un signo de distinción.
Jugaban entre ellos, considerándose á cubierto de una mala vecindad en
la mesa, de roces con personas sospechosas que resultaban frecuentes en
los salones públicos. Para entrar aquí era preciso ofrecer garantías;
padrinos que respondiesen de la honorabilidad del presentado.
El príncipe conocía bien á esta concurrencia brillante. Se encontraban
en ella individuos de familias reales, herederos de coronas que estaban
de paso en la Costa Azul, banqueros famosos, millonarios de todas las
partes del mundo, damas célebres por su nacimiento, por su hermosura ó
por sus joyas, muchas cocotas famosas y vetustas, y algunas jóvenes y
frescas que deseaban llegar pronto á la vejez, como si esto fuese una
condición de la celebridad. Todas ellas se habían exhibido sobre
escenarios para mostrar conejos amaestrados, para bailar mediocremente,
para cantar sin voz, y entraban en el club bajo el título vago de
«artistas».
Miguel avanzó á través de una atmósfera caldeada por las respiraciones y
los desfallecientes perfumes. Tuvo que fijarse en dónde ponía sus pies,
lo mismo que en otra época. Ahora, los vestidos femeninos eran muy
cortos y las piernas se mostraban descubiertas con tranquilo impudor. La
guerra recortaba las faldas, como si las mujeres, obligadas á correr en
pleno campo, hubiesen tomado por modelo á la antigua cantinera. Pero
casi todas, para no romper enteramente con la majestuosa tradición,
habían añadido al faldellín de moda una cola estrecha y aguda como una
lengua, que seguía sus pasos.
Una dama salió al encuentro de Lubimoff, y éste tardó en reconocerla.
¡Hacía tantos años que no había visto á Alicia vestida de -soirée-! Su
traje databa de antes de la guerra, pero era rico y la duquesa lo
llevaba con el mismo garbo que en sus tiempos de opulencia. El largo
collar de perlas adquiría un aspecto de autenticidad sobre su persona,
así como los demás adornos. Se adivinaba en ella un arreglo
extraordinario con motivo de su visita al club.
Lo frecuentaba poco; este público, compuesto de antiguos amigos, hablaba
demasiado, estorbándola en sus cálculos de jugadora. Prefería el Casino,
con sus vastos salones y su muchedumbre abigarrada que se expresa en
diversas lenguas. Era plebeya en su juego: tenía la superstición de que
la fortuna acude ante todo allí donde sus devotos forman masa. La
corazonada de su buena suerte y el juego del -baccará-, que únicamente
funcionaba allí, le habían decidido á faltar por una noche á sus
costumbres habituales.
El príncipe la felicitó por su hermoso aspecto, por su traje, por sus
perlas...
--Falsas, escandalosamente falsas, hijo mío--dijo riendo y mirando en
torno de ella--. Pero bien sabes que la mayor parte de las que llevan
las otras no son mejores. ¡Ay, las perlas! Si se juntasen todas las que
se lucen en el mundo, resultaría que el mar no tiene espacio para haber
producido la décima parte.
Se llevó á Miguel hacia el -bar-. Quería pedirle un favor. A las doce
empezaba la partida de -baccará-; ella había solicitado la banca, pero
los reglamentos del club se oponían á su pretensión. ¡Pobres mujeres!
Hasta en el juego estaban condenadas á una inferioridad degradante.
Podían perder su fortuna confundidas en la masa de los «puntos», pero
les estaba vedado ser banqueras. Los legisladores de esta sociedad y de
otras semejantes temían sin duda que las mujeres fuesen más dadas á la
trampa que los hombres. Ella, la duquesa de Delille, no podía ser igual
al marinero griego que tallaba todas las noches con una suerte
inverosímil, haciendo incurrir al público en sospechas y malos
pensamientos.
--Exigen un hombre que talle por mí, que aparezca como banquero, aunque
todos sepan que el capital es mío, y he pensado que tú puedes hacerme
ese favor. Me gusta que vayamos juntos... ¡juntos en este negocio que es
para mí de vida ó muerte! Además, estoy segura del éxito si tú tallas.
¡Y qué acontecimiento! ¡Cómo acudirán los «puntos»! ¡El príncipe
Lubimoff haciendo de banquero!...
Pero no pudo continuar. Miguel la interrumpió con un gesto rotundo de
negativa. Era inútil cuanto dijese. Se indignaba solamente ante la
suposición de que le vieran sentado á la mesa verde jugando un dinero
que no era suyo y teniendo á Alicia á sus espaldas. Además, estaba
seguro de perder.
La duquesa se separó de él apresuradamente. Pasaba el tiempo, y de un
momento á otro iban á adjudicar la banca. Creyó de nuevo en su buena
estrella al ver á un joven deslizándose tímido entre los grupos.
--¡Spadoni!... ¡Spadoni!
Palideció el pianista al escucharla. ¡Oh, duquesa!... Temblaba y
balbuceaba de emoción. ¡El tallando en el -Sporting-Club-, ante el
público elegante de las noches de ópera, manejando miles de francos, con
todas las miradas fijas en su persona... Era el coronamiento de una
carrera: después de esto, morir.
Dos jugadores habían solicitado la banca: el célebre griego y un
industrial de París que se estaba enriqueciendo fabulosamente con la
fabricación de material de guerra. Spadoni su presentó también, llevando
en un bolsillo los quince mil francos necesarios para tomar la banca.
Había que echar suertes entre los tres solicitantes. Un empleado del
club trajo una botella de mimbre que contenía diez bolas numeradas, y
después de agitarla, arrojó tres sobre la mesa: una para cada uno.
Alicia, metida entre ellos con una familiaridad varonil, casi palmoteó
de alegría. La suerte había favorecido á Spadoni; de él era la banca.
Mas el pianista, respetuoso de los privilegios que merece el genio, se
excusó modestamente y pidió perdón con la mirada y la sonrisa á su rival
el griego.
Era un hombre obeso, casi cuadrado, de tez morena y lustrosa, bigote
negro y unos ojos algo oblicuos, de fijeza agresiva, que recordaban los
del jabalí. Sus abuelos habían sido piratas en el Archipiélago, y él,
viendo cortada esta carrera heroica, hizo el contrabando en su juventud.
Spadoni, algo intimidado por la majestad del grande hombre, balbuceaba
excusas con los ojos fijos en su pechera brillante ornada de perlas y en
el chaleco de seda gris que cubría su recio vientre. El griego le
contestó con un mugido de mal humor, alejándose luego de hacer una
reverencia á la duquesa casi igual á las que había visto en el teatro.
Aunque apenas sabía leer, estaba enterado de cómo hay que tratar á una
dama que declara la guerra.
Las doce de la noche. Cesó el juego en las mesas de ruleta y «treinta y
cuarenta». El público se fué aglomerando en la sala del -baccará-. Había
circulado la noticia: el pianista Spadoni, considerado por todos como un
parásito armonioso, iba á ocupar el mismo sitio que era las otras noches
del griego; pero en realidad, la banca pertenecía á la duquesa de
Delille.
En torno de la mesa se formó una triple fila de personas, oprimidas
pecho contra espalda, incrustándose unas en otras para ver mejor sobre
los hombros inmediatos.
Spadoni sonreía, pero acabó por intimidarle la curiosidad irónica fija
en su persona. Muchos de los que le contemplaban eran importantes
personajes que siempre le habían infundido gran respeto. Por fortuna,
sentía á sus espaldas á la duquesa, sentada con un aire de patrona,
vigilándole autoritariamente. Si cometía algún error, esta gran dama era
capaz de pegarle... ¡Animo y adelante!...
El -croupier- colocado enfrente para cobrar y pagar barajaba los naipes
antes de introducirlos en un doble cajoncito, del que debía extraerlos
el banquero. ¡Pobre banquero! Considerando el público extraordinaria su
elevación, quería reir á toda costa. Al sentarse en su asiento
presidencial, los curiosos encontraron muy graciosa la timidez del
pianista, y una risa franca saludó su presencia. Hizo una pregunta en
voz baja al -croupier-, y se repitió la explosión de regocijo. Las
mujeres se mostraban las más expansivas al pensar que su burla, pasando
por encima de Spadoni, podía herir á la que lo había puesto allí. El
gesto de extrañeza del músico ante esta hilaridad sólo sirvió para
prolongarla escandalosamente. Todos reían por contagio viendo su cómico
asombro. De pronto, una voz ruda cortó el regocijo general.
--¡Banco!
La voz del griego. Se había sentado á la derecha de Spadoni con el aire
enfurruñado del que contempla una enorme injusticia y cree necesario
repararla. No podía tolerar que este personaje grotesco ocupase el mismo
sitio donde él era admirado todas las noches. Tampoco consideraba
admisible que una dama se mezclase en negocios que sólo pertenecen á los
hombres. Sentía la extrañeza y el escándalo del que presencia un
desorden en el ritmo de las cosas naturales. El mundo estaba
trastornado: los aprendices querían ser maestros; ya no se respetaban
las categorías; era preciso terminar de una vez. «¡Banco!»
Se estremeció el príncipe. Los quince mil francos de Alicia estaban en
peligro. Aquel hombre no quería que la banca continuase. Si ganaba,
desaparecía de golpe todo el capital puesto por Alicia; si perdía, se
doblaba el dinero de ésta... Pero iba á ganar indudablemente. ¡Cuando un
hombre de tan buena suerte se atrevía á hacer esto!...
Quedó aterrado Spadoni al oir la voz del grande hombre. Instintivamente
torció sus ojos hacia la duquesa, pero los apartó en seguida, más
aterrado aún por su rostro inmóvil y una mirada dura que parecía herirle
por la espalda, como si él fuese el culpable.
El doble cajoncito, completamente listo, aguardaba junto á sus manos.
Dió cartas á derecha é izquierda, y luego extrajo las suyas.
Mostró el griego sus cartas, arrojándolas sobre el tapete. «Ocho.» Un
murmullo de aprobación se elevó en torno de la mesa. Los admiradores de
su buena suerte se regocijaron como de un triunfo propio. Tomó las
cartas del lado opuesto, que le ofrecía el -croupier-, y las mostró
después de examinarlas rápidamente. Ahora el murmullo fué de asombro.
¡Ocho también! Iba á ganar. Era casi imposible que el banquero tuviese
un punto más alto.
Spadoni, pálido, con la frente barnizada de sudor, descubrió sus naipes.
El público los saludó con un rugido sordo: «¡Nueve!»
Los mismos que reían de él encontraron natural este resultado. «La
suerte protege siempre á la inocencia.»
Y mientras el griego entregaba quince mil francos al -croupier-
depositario de la banca, el pianista se inclinó modestamente. Algunas
jugadoras supersticiosas reconocieron que la duquesa había procedido con
gran cordura al confiar su suerte á este simple.
Los ojos de Alicia buscaron á Miguel en el triple óvalo de cabezas. Le
sonrió levemente. Había perdido ya la dura inmovilidad con que acababa
de arrostrar este momento de emoción. Se sentía muy segura de su
triunfo. Y deseosa de asombrar á los curiosos con una calma
imperturbable, sacó de su bolso una cigarrera de oro, una larga boquilla
de marfil, y empezó á fumar.
Después de este primer éxito, el pianista jugó con cierta autoridad. La
duquesa, inmóvil á sus espaldas, parecía comunicarle su fe. Hizo varias
tallas, siempre ganando, y al aumentar considerablemente el dinero de la
banca, se excitó la codicia de los jugadores. Los que rieron de la
torpeza de Spadoni fruncían ahora las cejas con un interés agresivo,
tomando parte en el juego. Así como aumentaba el capital, eran más
gruesas las puestas. Todos presentían una gran partida emocionante. El
banquero se había olvidado de la duquesa y de su propia humildad. Creyó
que lo que ganaba era de él; se imaginó haber descubierto el secreto
mencionado por Novoa y que iba á conseguir aquellas fabulosas ganancias
calculadas tantas veces cuando escribía docenas y docenas de ceros sobre
un papel. ¡Qué noche! ¡Y no estar allí su amigo el sabio, para que
presenciase su triunfo!...
Lubimoff su retiró de la mesa. Le hacía daño la serenidad forzada de
Alicia, su manera de fumar mientras contemplaba con ojos felinos la
marcha del juego. Iba á cambiarse la suerte de un momento á otro: esta
ganancia continua é insolente no podía seguir. El griego se esforzaba
por ocultar su cólera, jugando y perdiendo como un simple «punto». Le
era imposible gritar «¡banco!» hasta que empezase otra talla, quedando
agotados los naipes del doble cajoncito. Pero continuaba en su puesto,
con una arrogancia de domador, convencido de que al fin llegaría á
sujetar á la burlona casualidad. Tenía más dinero que Alicia y su
representante: podía resistir, y acabaría por vencerlos.
El príncipe se fué al -bar-, entreteniéndose en beber lentamente dos
mixturas americanas, dulces y amargas al mismo tiempo, muy cargadas de
alcohol. Quería embriagarse un poco, para sentirse al mismo nivel de
1
.
,
2
,
.
3
,
4
,
,
,
5
.
6
.
7
.
.
8
9
-
-
¡
!
-
-
.
10
11
.
«
,
¡
!
»
12
13
.
,
14
.
15
16
.
17
18
-
-
¿
?
-
-
.
19
20
.
,
,
21
,
22
.
23
24
-
-
.
.
.
.
.
.
.
25
26
,
,
;
27
28
,
29
.
30
31
-
-
¡
!
.
.
.
¡
!
32
33
.
34
35
-
-
.
.
.
,
¡
!
.
.
.
36
.
;
37
.
¡
,
!
.
.
.
38
:
¿
?
.
.
.
¿
39
?
.
.
.
40
41
42
43
44
45
46
47
48
.
,
49
,
50
,
,
,
51
.
52
,
53
.
54
.
55
56
-
-
-
-
-
-
;
,
57
.
.
58
59
.
60
,
61
.
62
63
,
64
.
65
,
,
66
.
67
68
-
-
-
-
-
-
,
,
69
,
,
70
,
71
.
72
.
73
.
74
,
75
76
.
.
77
78
-
-
¡
,
!
-
-
.
79
80
.
81
¡
,
,
82
,
!
83
84
.
85
86
-
-
(
87
)
,
88
,
.
89
.
90
.
91
92
.
93
94
.
95
96
-
-
,
,
¡
!
.
.
.
;
97
.
98
,
.
.
.
99
100
,
101
.
,
102
.
103
,
104
.
105
,
106
107
.
108
109
.
110
111
-
-
:
,
¡
112
,
!
113
,
114
.
¿
115
?
.
.
.
:
116
,
117
.
:
118
,
.
.
.
119
120
,
121
,
122
.
123
124
,
125
.
126
.
127
128
-
-
,
-
-
-
-
129
,
,
.
130
131
,
,
132
.
133
134
-
-
-
-
-
-
,
,
.
135
.
136
137
,
.
138
,
139
,
.
140
,
;
141
,
.
142
143
,
.
144
145
.
;
,
,
146
.
147
.
148
149
-
-
-
-
-
-
,
,
150
.
151
152
.
153
154
-
-
,
¿
.
.
.
?
-
-
.
155
156
-
-
.
157
:
.
158
159
.
160
161
-
-
-
-
-
-
162
.
.
.
163
164
-
-
,
165
.
,
,
166
,
,
,
167
,
:
.
168
169
.
170
.
171
.
172
173
;
174
,
175
.
176
177
-
-
¿
,
,
?
178
.
179
180
181
.
¡
!
.
.
.
182
183
-
-
,
184
(
)
,
185
.
186
187
-
-
¡
,
!
.
.
.
188
189
,
190
.
¿
191
192
?
.
.
.
193
194
*
*
*
*
*
195
196
197
.
198
199
;
200
;
201
.
202
203
,
.
204
,
205
.
206
.
,
207
¡
208
!
209
.
:
210
.
.
.
.
211
212
-
213
,
214
.
:
215
.
216
.
217
,
218
,
;
219
,
220
,
.
221
.
¡
,
-
!
.
.
.
222
.
223
224
.
225
226
-
-
,
-
-
227
-
-
.
.
228
229
.
230
,
.
231
,
,
232
.
.
233
¿
,
,
234
?
.
.
.
235
,
236
.
237
238
-
-
-
-
-
-
,
239
.
240
,
.
241
-
-
,
.
242
243
.
244
245
.
246
,
247
.
,
248
.
249
,
,
250
.
251
,
252
«
»
,
253
,
254
.
255
256
-
-
¡
!
-
-
-
-
.
257
.
.
.
258
259
.
260
.
261
.
.
262
,
,
263
.
264
.
265
266
267
,
.
268
269
-
-
-
-
270
,
-
-
.
271
.
¿
272
?
.
.
.
273
.
274
275
276
.
«
¡
!
»
,
,
277
.
:
278
,
279
.
280
,
.
«
¡
!
¡
!
»
281
282
,
283
.
284
285
-
-
:
.
286
.
287
288
,
,
289
,
.
290
291
-
-
,
-
-
-
-
.
292
,
.
293
294
295
,
296
297
,
.
¿
298
299
?
.
.
.
300
301
-
-
-
-
-
-
.
302
;
,
.
303
304
305
.
306
.
307
,
.
-
308
309
.
310
311
,
312
,
313
.
314
315
.
316
:
,
317
.
«
¡
!
.
.
.
»
318
319
,
.
320
321
,
322
,
323
.
324
.
.
.
.
¡
,
325
,
,
326
!
327
328
,
329
.
,
,
.
330
,
331
;
332
,
333
«
»
,
334
.
335
336
,
,
,
337
.
338
;
339
.
340
341
-
.
342
343
344
-
,
345
.
.
346
,
347
348
.
349
.
350
351
,
352
.
,
353
-
-
-
,
,
354
.
355
356
,
357
.
358
,
359
.
,
,
360
.
,
361
362
;
,
363
,
,
364
.
¡
365
!
¡
!
366
367
368
.
,
369
.
370
371
-
-
¿
?
372
373
374
.
375
.
376
377
,
,
378
:
379
380
-
-
,
.
381
382
:
,
.
383
.
384
385
-
386
,
387
,
.
388
389
.
390
,
,
,
391
.
392
393
.
394
;
.
395
396
-
-
¡
!
¡
!
.
.
.
¡
!
.
.
.
397
398
,
;
399
,
400
.
.
401
402
.
403
,
,
404
.
405
406
407
.
,
,
408
;
409
.
410
411
,
412
.
413
414
-
-
,
.
¡
415
!
.
.
.
.
416
417
,
418
,
,
419
.
«
»
,
,
420
,
,
421
.
422
423
-
-
¡
!
.
.
.
424
425
,
,
426
427
,
,
428
.
429
430
,
-
,
431
.
432
433
,
,
434
.
,
435
436
.
,
437
,
438
.
439
440
-
-
-
-
,
441
.
;
442
,
,
443
;
444
.
¡
!
.
.
.
445
446
447
,
448
,
.
449
450
,
451
.
452
.
.
¡
453
!
,
454
.
¡
!
,
455
.
.
.
,
456
,
,
¡
457
!
.
.
.
458
459
.
460
461
.
462
463
.
464
.
465
.
.
466
.
467
468
.
¡
469
!
¡
-
-
,
470
!
.
.
.
,
,
,
471
,
472
473
.
474
,
475
-
.
476
477
-
-
¿
?
.
.
.
¿
?
,
478
.
479
480
,
481
,
482
.
483
484
;
,
485
,
,
,
486
.
487
,
,
488
,
.
,
489
,
490
,
.
491
«
»
,
492
,
.
493
.
494
,
495
.
,
,
496
,
.
497
.
.
.
498
,
499
.
500
501
,
.
502
503
,
,
,
504
.
:
¿
505
?
506
507
,
.
508
,
509
.
:
510
511
.
512
513
514
,
.
515
,
516
,
517
,
518
«
»
;
,
519
,
520
.
521
522
-
-
.
.
523
524
,
525
,
,
526
.
527
528
.
,
529
,
530
.
.
531
532
-
-
,
,
.
.
.
533
;
,
534
,
535
.
536
537
.
.
.
¡
,
!
.
538
;
.
539
,
540
.
¡
,
541
!
.
.
.
,
542
,
543
,
544
.
545
546
,
547
.
-
;
548
;
549
.
550
;
551
.
552
553
,
,
554
555
.
556
557
,
.
558
.
559
.
560
561
-
-
;
-
-
-
-
.
562
.
563
564
.
,
.
565
.
566
567
-
-
¡
,
!
-
-
-
-
.
¡
568
!
569
570
-
-
¡
!
571
572
573
.
574
,
,
575
576
.
577
578
.
579
.
580
581
-
-
-
-
-
-
.
.
.
.
582
.
;
.
583
.
.
.
.
584
585
;
586
.
587
.
588
589
.
,
590
.
591
.
592
593
-
-
-
-
,
-
-
.
594
.
;
595
.
.
.
.
;
596
.
597
598
,
;
599
.
600
601
.
602
;
¿
?
.
.
.
.
603
,
.
,
604
,
.
¡
605
,
,
!
.
.
.
606
607
,
,
608
,
609
-
-
610
.
611
612
«
»
.
.
613
,
614
.
;
615
-
.
616
617
-
-
-
-
-
-
.
618
.
619
620
«
»
,
621
«
»
.
622
623
,
624
,
625
,
,
626
627
.
628
629
,
,
,
630
.
631
,
632
,
.
633
634
,
635
,
.
636
.
,
637
,
638
.
639
.
640
641
,
642
.
643
644
-
-
¡
,
!
,
.
645
.
646
«
»
,
¡
647
!
.
.
.
;
.
,
648
,
649
.
¡
!
.
.
.
.
650
.
651
652
653
.
654
,
.
655
656
-
-
¡
!
.
.
.
657
.
:
.
658
659
,
,
,
660
661
.
662
663
,
.
664
665
.
666
.
667
.
,
668
;
;
669
,
670
,
,
.
671
,
672
.
,
673
,
674
;
,
675
,
.
676
;
,
,
677
,
;
,
.
678
,
,
679
.
680
681
,
682
.
683
.
,
684
,
685
,
,
,
686
.
687
,
688
,
,
689
.
.
.
690
691
,
-
-
,
692
.
.
693
«
»
,
.
694
,
,
,
695
«
»
,
696
,
,
697
,
,
698
,
.
-
-
.
699
:
¡
!
700
.
701
702
-
-
-
-
.
:
.
703
.
.
.
704
.
:
.
705
.
.
.
.
;
706
.
707
708
,
.
709
710
-
-
;
:
.
,
711
.
,
712
,
.
.
.
.
¡
!
.
.
.
713
714
.
.
715
.
716
717
,
718
-
-
.
719
720
-
-
-
-
-
-
.
721
,
.
722
723
.
724
725
.
726
.
.
727
,
:
728
.
729
730
,
,
731
;
,
,
732
.
,
,
733
.
,
734
.
,
735
,
.
;
.
736
¡
!
.
.
.
¡
737
!
.
.
.
738
739
,
740
,
,
741
,
,
742
.
743
,
744
.
.
745
-
-
.
-
-
,
746
-
-
,
,
747
748
,
,
749
,
.
750
751
752
,
,
753
,
,
754
.
755
.
756
.
757
.
.
758
,
759
760
.
-
-
-
.
761
762
:
.
763
,
764
,
,
,
765
.
766
767
;
768
;
769
.
,
770
,
771
,
772
.
773
.
,
774
.
775
,
776
,
777
.
;
778
.
779
780
.
781
,
782
,
,
783
,
,
784
,
,
785
,
786
.
787
,
,
788
,
789
«
»
.
790
791
792
.
,
793
.
,
794
.
795
,
,
796
,
.
797
,
,
798
799
,
.
800
801
,
.
802
¡
-
-
!
803
,
804
.
805
,
806
.
807
.
808
809
;
,
,
810
,
.
,
811
812
.
:
813
.
814
-
-
,
815
,
816
.
817
818
,
,
819
.
.
.
820
821
-
-
,
,
-
-
822
-
-
.
823
.
¡
,
!
824
,
825
.
826
827
-
-
.
.
828
-
-
;
,
829
.
¡
!
830
.
831
«
»
,
832
.
833
834
.
,
,
835
836
,
837
.
838
839
-
-
,
,
840
,
841
.
.
.
.
¡
842
!
,
.
843
¡
!
¡
«
»
!
¡
844
!
.
.
.
845
846
.
847
.
.
848
849
.
,
850
.
851
852
.
,
853
.
854
.
855
856
-
-
¡
!
.
.
.
¡
!
857
858
.
¡
,
!
.
.
.
859
.
¡
-
-
-
,
860
,
,
861
.
.
.
862
:
,
.
863
864
:
865
866
.
,
867
.
868
.
869
,
870
,
:
.
871
,
,
872
.
;
.
873
,
,
874
875
.
876
877
,
,
,
878
,
,
879
.
,
,
880
,
.
881
,
,
882
883
.
884
,
885
.
886
,
887
.
888
889
.
«
890
»
.
-
-
.
891
:
,
892
,
893
;
,
894
.
895
896
,
897
,
898
.
899
900
,
901
.
902
.
,
903
,
,
904
.
,
905
.
.
.
¡
!
.
.
.
906
907
-
-
908
,
909
.
¡
!
910
,
.
911
,
912
,
.
913
-
-
,
.
914
,
915
,
.
916
917
.
918
.
,
.
919
920
-
-
¡
!
921
922
.
923
924
.
925
.
926
927
.
928
.
929
:
;
930
;
.
«
¡
!
»
931
932
.
933
.
.
,
934
;
,
935
.
.
.
.
¡
936
!
.
.
.
937
938
.
939
,
,
940
941
,
.
942
943
,
,
.
944
,
.
945
946
,
.
«
.
»
947
.
948
.
949
,
-
-
,
950
.
.
951
¡
!
.
952
.
953
954
,
,
,
.
955
:
«
¡
!
»
956
957
.
«
958
.
»
959
960
-
-
961
,
.
962
963
.
964
965
.
966
.
967
.
968
.
969
,
,
970
,
.
971
972
,
.
973
,
,
.
974
,
,
975
,
.
976
,
977
.
,
978
.
.
979
.
980
;
981
982
983
.
¡
!
¡
,
984
!
.
.
.
985
986
.
987
,
988
.
:
989
.
990
,
«
»
.
991
«
¡
!
»
,
992
.
,
993
,
994
.
995
:
,
.
996
997
-
-
,
998
,
,
999
.
,
1000