no había hecho nunca. ¿Entrar ella en el Casino?...
--Eso es una cueva infecta, y los empleados unos infectos, y los que
juegan... otros infectos.
¡Todo infecto!... Después de esto se dieron las manos lo mismo que si
acabaran de reconocerse.
Cuando Miguel, insistiendo en sus buenos deseos, le habló del bombardeo
y el desembarco con ametralladoras que llevaba en su imaginación, la
duquesa casi aplaudió. Por ella, que lo destruyesen todo, que se
llevaran prisionero hasta al mismo príncipe soberano, y si encima los
invasores le devolvían lo que había perdido, mejor que mejor.
De pronto, como si le sirviesen de aviso estas caritativas fantasías de
Lubimoff, fijó en él unos ojos escrutadores, unos ojos de enfermo
receloso que adivina en el vecino sus mismos síntomas.
--Tú has jugado.
Miguel movió la cabeza tristemente.
--Y has perdido--continuó ella--; eso no hay que preguntarlo: se ve en
seguida... ¡Tú jugando!...
Pero su extrañeza fué corta.
--Has jugado por mí: lo adivino... Te has dicho: «Voy á ganar lo que esa
loca pierde; los hombres sabemos más que las mujeres...» ¡Ah, pobrecito
mío, pobrecito mío, cómo agradezco tu buen deseo!... ¿Y cuánto fué?...
Al conocer la cifra hizo un gesto plañidero; pero sonrió á continuación,
como si este compañerismo en la desgracia le hiciese más llevaderas sus
propias pérdidas.
Quedaron un rato en silencio. Luego explicó ella su presencia en la
plaza. Había jurado la noche antes no acercarse más al Casino; ¡pero la
costumbre!...
--Estoy sola. Valeria se ha ido apenas terminó el almuerzo. Anda como
loca por ese sabio que tienes en tu casa. Deben haberse dado alguna
cita. Sólo habla de España, porque allá se casan las mujeres sin dote...
De «la Generala» no me hables, no quiero saber nada; está muerta...
¡muerta para siempre! Y yo me aburro en mi soledad, pienso en cosas que
me hacen llorar; salgo, y las piernas me traen hasta aquí sin que me dé
cuenta.
Luego añadió, con una imploración graciosa:
--Llévame á cualquier parte, adonde se te ocurra. Paseemos lejos de
aquí... ¿Dónde podremos ir?
El príncipe mostró la misma indecisión. Se movían siempre en el mismo
círculo, desde sus casas al centro de Monte-Carlo, al Casino, y quedaban
como desorientados al pretender ir más allá. La guerra había suprimido
los automóviles particulares; era necesaria una autorización previa para
las excursiones. Sólo se encontraban carruajes tirados por caballos
flojos, desechos de la movilización.
--¿Si fuésemos á Mónaco?--propuso Alicia.
Mónaco estaba á la vista, al otro lado del puerto; un tranvía lo liga
con Monte-Carlo cada veinte minutos, y no obstante, ella hizo su
proposición lo mismo que si hablase de un país remoto.
Los dos habían pasado varios años aquí, viendo á todas horas la roca que
lleva en su lomo la vieja ciudad de los príncipes, pero como si fuese
una pintura de telón de fondo, sin ocurrírseles nunca llegar hasta ella.
Alicia recordaba vagamente una visita al palacio del soberano y otra al
Museo Oceanográfico, sin poder dar forma á sus impresiones. Lubimoff
había visto también desde el interior de su automóvil jardines, casas
viejas y una gran plaza, el único día que visitó en su viejo castillo al
príncipe de Mónaco.
Decidieron el viaje con una alegría de colegiales, y cuando la duquesa
iba á llamar á un coche de punto, Miguel mostró cierta indecisión,
llevándose una mano á diversos bolsillos.
No tenía dinero. Todo lo había dejado en la ruleta, absolutamente todo.
En el hotel había pedido que anotasen su almuerzo, entregando sus
últimos francos á los camareros como propina.
Alicia acogió su preocupación con grandes risas. ¡Un Lubimoff no
teniendo con qué pagar á un cochero de punto!... Unicamente en
Monte-Carlo podían verse estas cosas.
--Yo pagaré, pobrecito mío. Será á cuenta de los veinte mil que te debo.
No; á cuenta, no: será un regalo. Tú que tanto diste á las mujeres, deja
que sea yo la primera que costee tus necesidades. ¡Qué lujo! Yo
«entreteniendo» al príncipe Lubimoff...
Habían ocupado un carruaje, que empezó á descender la cuesta hacia el
puerto de La Condamine.
--¡Cómo nos mira la gente!--dijo Alicia--. Van á creer que te rapto. La
arruinada duquesa de Delille se lleva al príncipe multimillonario para
ser su amante y sacarle el dinero... ¡Y no saben que soy yo quien paga!
Anda, ríete un poco. ¿Te parece mal que yo pague?... ¿No encuentras eso
gracioso?...
Habló de su imprevisión y su alocamiento con cierto orgullo, como algo
que la colocaba sobre todas las gentes de costumbres regulares. La noche
anterior temió que no le quedase dinero para poder comer al día
siguiente. Pero Valeria había pasado la mañana haciendo preciosos
descubrimientos en los armarios: billetes de Banco perdidos entre las
ropas, placas del Casino olvidadas en los libros, hasta un papel de mil
francos envolviendo una vieja pastilla de jabón.
Cesó repentinamente de enumerar estos hallazgos.
--¡Mira!... ¡mira!
Estaban en el puerto. Ella señaló á una dama que marchaba por el muelle,
entre las altas adelfas recortadas en forma de árboles. Era Clorinda. De
un banco se levantó un señor que parecía esperar, saliendo á su
encuentro. Los dos reconocieron á Atilio Castro, viendo cómo se
saludaban él y «la Generala», cómo seguían juntos su paseo, tan ocupados
en contemplarse mutuamente, que no fijaron su atención en el carruaje.
Miguel sonrió. El allí, al lado de Alicia, que le hacía cometer toda
clase de extravagancias; el otro esperando con una emoción de
adolescente la llegada de doña Clorinda. ¡Pobres enemigos de la mujer!
--¡No me hables de ella!--exclamó Alicia, á pesar de que su compañero no
había dicho nada--. ¡La detesto!... El pobre Martínez en el olvido. Me
lo disputa, me lo quita, y luego viene en busca de Castro, mientras el
otro infeliz vagará por Monte-Carlo. ¡Qué mujer! ¡El mal que me ha
hecho!... Ella tiene la culpa de todo.
Y ante la mirada interrogante del príncipe fué exponiendo sus quejas con
acento de convicción. Su pérdida tan rápida y completa no podía
explicarse lógicamente. Dos semanas ganando, y en unas cuantas horas
perderlo todo... ¿cómo podía ser eso? La noche anterior, al retirarse
del Casino, una amiga respetable, una marquesa italiana, antigua
bailarina, muy experta en las cosas de la suerte y que llevaba treinta
años jugando en Monte-Carlo, le había descubierto la cruel verdad:
«Duquesa, usted tiene alguna persona que la quiere mal: una amiga
envidiosa que frecuenta su casa y le ha echado una maldición. Sólo así
se comprende lo ocurrido. Hay que repeler la mala suerte,
devolviéndosela á quien se la envió.»
--Ya ves que la cosa resulta clarísima: una amiga envidiosa y que
frecuenta mi casa... Clorinda; no puede ser otra. Y mañana mismo voy á
repeler la mala suerte, tal como me lo ha recomendado la marquesa. Otras
jugadoras siguieron sus consejos y les va muy bien.
Eran los Reyes Magos los que poseían el privilegio de deshacer estos
conjuros perversos. Necesitaba purificar su «villa», fumigar todas las
habitaciones donde hubiese entrado «la Generala», quemando en una
cazoleta oro, incienso y mirra, los tres presentes de los monarcas
viajeros. Oro no lo había: estaba oculto con motivo de la guerra; pero,
según la marquesa-bruja, era lo mismo quemar trigo.
--Debo recitar al mismo tiempo una oración en italiano, una súplica muy
bonita á los tres reyes, casi una romanza, que dice... que dice...
No pudiendo acordarse, abrió su bolso de mano. En el monedero guardaba
la plegaria, escrita con lápiz detrás de un cartón del Casino de los que
sirven para anotar las jugadas. Miguel miró el interior del bolso con la
curiosidad que inspiran siempre todos los objetos de la mujer que nos
interesa. Vió sobre el arrugado pañuelo una carterita de piel, y
colgando de ella un fetiche de jugadora, una mano con el índice y el
meñique tendidos en forma de cuernos, para conjurar la mala suerte. Pero
junto con la mano colgaba otro fetiche de oro, de forma tan inesperada,
tan inaudita, que Miguel desechó como inverosímil lo que había pasado
ante sus ojos en rápida visión.
Alicia se echó atrás, repeliendo su mano curiosa. «¡No, no!» Y cerró el
bolso con tanta rapidez, que casi le pilló los dedos entre las valvas de
plata. Se defendía, ruborosa y sonriente; le miraba con ojos malignos,
encogiéndose al mismo tiempo como una niña avergonzada.
--Es un regalo de la marquesa... lo mejor que ella conoce para atraer á
la suerte. Se acabó: no necesitas saber más. ¡Qué curioso!...
Y mientras ella se fingía algo enfadada para evitar nuevas
explicaciones, Miguel recordó el rosario de Satán del amigo de Lewis y
sus extraños adornos.
El carruaje empezaba á ascender por la cuesta de Mónaco. Los buques y el
puerto parecían hundirse gradualmente á cada vuelta de sus ruedas. Una
sombra verdosa enfriaba este camino, á la vista del luminoso mar, de las
montañas amarillentas, que iban tomando un color rojizo bajo el sol de
la tarde.
Lubimoff explicó á su compañera las singularidades del promontorio que
sirve de asiento al viejo Mónaco. En el lado de Mediodía, entre las
rocas cubiertas de pitas y nopales, se aclimata la vegetación de los
países cálidos con una facilidad verdaderamente sorprendente si se tiene
en cuenta la latitud geográfica. Al visitar el palacio de los príncipes
había encontrado en los antiguos fosos de la fortaleza, que son como
invernáculos naturales, el mismo calor húmedo y pegajoso de las selvas
del Ecuador, con palmeras brasileñas que ascendían á muchos metros en
busca de la luz. En cambio, sin salir del mismo peñón, se descubrían al
Norte, donde había poco sol, helechos de los países fríos, vegetaciones
de los Vosgos, llegadas hasta allí nadie sabía cómo para arraigarse
frente al Mediterráneo.
Alicia, no queriendo aparecer menos instruída, habló de los jardines de
San Martino. No los había visitado, pero sospechaba que estaban entre el
Museo Oceanográfico y la Catedral. Valeria no sabía hablar de otra cosa
en las últimas semanas, describiéndolos como si fuesen los jardines más
interesantes de la tierra. Los había visto bien acompañada, y esto
influye mucho en la visión. Era sin duda Novoa el que le había
descubierto este paraíso.
--¡Si los encontrásemos!--dijo riendo Alicia.
El carruaje pasó entre dos torrecillas con montera de tejas que marcan
la entrada al recinto de Mónaco. El puerto quedaba muy abajo, con sus
buques empequeñecidos. Al otro extremo de la plaza de agua brillaban las
cúpulas de los numerosos hoteles de Monte-Carlo, sus fachadas
policromas, los vidrios de balcones y miradores. No se llegaba á
distinguir la gente. Los automóviles resbalaban como diminutos insectos
por la cuesta que desciende á La Condamine.
Entraron en una avenida asfaltada, entre dos masas de estrechos y
tupidos jardines, que conduce al Museo Oceanográfico.
--¡Míralos!--dijo Alicia con expresión triunfante, al mismo tiempo que
daba con un codo al príncipe.
Cuando éste avanzó la cabeza, sólo pudo ver unos bultos que se ocultaban
en un sendero lateral.
--Eran ellos, no lo dudes--continuó la duquesa, riendo--. Marchaban por
en medio de la avenida. Esa Valeria es muy lista; se ha vuelto al oir el
ruido de un coche, reconociéndome al instante. Se llevó al sabio como
si lo arrastrase.
Cesó de reir, adquiriendo su rostro una gravedad melancólica.
--¡Felices ellos! ¡Qué de ilusiones! Todos hemos pasado por lo mismo...
Lo malo es que deseamos marchar adelante en busca de algo más, cuando
debíamos quedarnos con lo que tenemos.
El príncipe asintió con la cabeza, repitiendo lacónicamente:
--¡Felices ellos!
Su voz era un -réquiem-. Estos encuentros sucesivos le hacían pensar en
la muerta comunidad de la que era jefe irrisorio. Primeramente,
Castro... Luego, Novoa. Hasta el coronel estaría en aquel momento
paseando ante la tienda de una modista, á la espera de la chica del
jardinero. Quedaba Spadoni, pero su fidelidad valía poco. Para él no
existía otro femenino que el de la ruleta.
Se detuvo el carruaje más allá del Museo Oceanográfico, donde empiezan
los jardines de San Martino. Alicia pagó al cochero.
--Hay que hacer economías--dijo con gravedad--. Volveremos á pie.
Siguieron unos senderos tortuosos, subiendo y bajando por las quebradas
de la costa. Las pequeñas mesetas habían sido convertidas en miradores
de piedra, desde los que se abarcaba un espacio inmenso. En algunos
amaneceres se podía distinguir el lejano perfil de las montañas de
Córcega. Como los jardines estaban á muchos metros sobre el
Mediterráneo, la línea del horizonte era tan alta que obligaba á
levantar los ojos. Los pinos formaban ligeras y negras columnatas, entra
cuyos troncos subía el cortinaje obscuro del mar. Sólo sus rumorosas
copas de agujas emergían en el azul diáfano del cielo. La vegetación
baja se componía de plantas silvestres de acre perfume y vida dura,
insensibles á las emanaciones salitrosas; nopales, cuyas palas verdes
estaban rematadas por frutos rojos; pequeñas pitas de retorcidas puntas
que se enredaban unas en otras como tentáculos de pulpos verdes.
Admiró Alicia este jardín. Era, según ella, un jardín marítimo, que
armonizaba con el Museo cercano y el paisaje. Los troncos parecían
mástiles de navío; las plantas amontonadas á sus pies tenían la forma
radiada y envolvente de los monstruos de las profundidades oceánicas.
Otras vegetaciones de origen exótico evocaban la imagen de países
cálidos, de lejanos puertos olorosos poblados de muchedumbres amarillas
ó cobrizas. A través de los fustes rectos de la arboleda se veían cinco
goletas, inmóviles en el horizonte, con el velamen caído.
Una cinta de humo acompañaba las evoluciones de un torpedero sutil
rondando como perro protector en torno de este rebaño blanco y tímido.
Al asomarse á los balconajes de piedra se veía el mar á una profundidad
enorme. El acantilado rojo se hundía verticalmente en las aguas
ennegrecidas por la sombra ó se resguardaba con desprendimientos de
rocas eternamente ceñidas de espumas. A un lado avanzaba el Cap-Martin,
repeliendo el asalto de las olas, círculo de corderos blancos que se
sucedían incesantemente surgiendo de las praderas azules; más allá, la
costa de Italia, sonrosada por la melancolía de la tarde; y en el
extremo opuesto, el Cap-d'Ail y el Cap-Ferrat, sobre cuyos
lomos--abullonados de verde por las arboledas y moteados de blanco por
las «villas»--empezaba á extenderse el sudario de oro que debía envolver
la muerte del sol.
--¡Hermoso!... ¡muy hermoso!
La duquesa mostraba una alegría infantil. Se habían sentado frente al
mar, saboreando la rumorosa calma, en la que se confundían los
estremecimientos de los pinos, el profundo rodar de las espumas
invisibles, la respiración de la llanura azul, los crujidos de la
tierra, rozada por los rosarios de hormigas, por las procesiones de
orugas, por la labor tenaz de los escarabajos, y conmovida al mismo
tiempo en sus entrañas por el despertar de las raíces.
De vez en cuando sonaba la arena del tortuoso sendero bajo pasos
humanos. Eran inválidos ó convalecientes que recorrían los jardines á la
salida del Museo; vecinos de Mónaco que regresaban á sus casas después
de haber tomado el sol en un banco; gruesas comadres que guardaban su
calceta en un bolso; ancianos apoyados en un bastón, que tal vez no se
habían embarcado nunca, pero tenían un aspecto de viejos marinos
genoveses. También pasaban lentamente algunas parejas de enamorados.
Aparecían en una revuelta del sendero cogidos del talle, silenciosos,
mirándose. Al notar que en el banco había otra pareja, se desasían,
improvisaban una conversación cualquiera y ganaban cuanto antes la
revuelta inmediata, para repetir el tierno enlazamiento, no sin antes
saludar con una sonrisa al príncipe y á la duquesa, como si adivinasen
en ellos á otros enamorados.
--¡Y pensar que nunca habíamos venido aquí!...--dijo Alicia--. Tú, á lo
menos, posees tus magníficos jardines; pero yo, instalada en una «villa»
que no es mas que una casa con unos cuantos árboles y teniendo por todo
panorama el edificio de enfrente, soy tan estúpida, que me paso las
tardes en el Casino, obscuro y cerrado como una bodega. ¡Qué horror!
Se estremeció al pensar en el Casino. Le parecía ahora imposible que
hubiese podido vivir en la penumbra ó bajo la luz artificial, mascando
una atmósfera malsana, á las mismas horas en que este jardín extendía
ante el mar su magnificencia silvestre y luminosa.
--Hay muchas cosas bellas en el mundo--continuó--para las cuales no se
necesita dinero. ¡Pensar que si no hubiésemos perdido no estaríamos
aquí! Casi es mejor ser pobres.
Miguel rió de su vehemencia. No; ser pobre no resultaba agradable; pero
tenía razón al decir que para gozar de muchas cosas hermosas no es
necesario el dinero.
--Nosotros mismos--añadió él, después de una larga pausa--sólo nos
conocemos verdaderamente desde que perdimos nuestra riqueza. ¡Quién sabe
si de nacer pobres nos hubiésemos entendido mejor en nuestra
juventud!... Muchas veces lo he pensado.
Era cierto; y desde que estaba aquí en el banco, al lado de ella,
pensaba lo mismo. La alegría de Alicia ante la tarde esplendorosa, su
entusiasmo al verse en este jardín rústico frente al mar, lejos de
ciertas gentes sin las cuales no creía antes tolerable la existencia,
lejos del juego, que era el único remedio para el vacío de su vida, todo
esto halagaba al príncipe, como un descubrimiento de acuerdo con sus
gustos. La veía ahora muy distinta á como se la había imaginado en otros
tiempos. Y él también aparecía seguramente ante los ojos de ella de otro
modo que en el pasado. Una muralla enorme los separaba antes: la
riqueza, engendradora del orgullo y del afán de dominación.
Sintió una necesidad de seguir hablando. Algo hervía en su interior,
haciendo subir las palabras á la boca con una marea irresistible.
«Vas á cometer una necedad enorme... ¡Atención!... Buscas complicar tu
existencia...»
Era el antiguo Lubimoff el que hablaba en su interior; el Lubimoff
recién llegado de París para refugiarse en su Arca, lejos de todos los
afectos vanos que forman la felicidad de la mayoría de los hombres; el
áspero maestro de «los enemigos de la mujer».
La voz ronca y plañidera no levantó ningún eco. El príncipe despreciaba
á este fantasma que aún se mantenía en su interior, gimiendo sobre
ruinas.
Había permanecido hasta entonces aspirando con delicia el perfume de
aquella mujer, que al mezclarse con el perfume de la tarde parecía
comunicar su esencia á toda la Naturaleza. Veía el cielo, el mar, los
árboles, todo á través de ella, como si llenase el espacio.
También él había hecho un descubrimiento. Pensaba con horror en la
solitaria Villa-Sirena, como la otra pensaba en el Casino. Le parecían
más hermosos estos jardines de disfrute común que los de su propiedad,
que todos le envidiaban. ¿Cómo podía haberse paseado solo en torno de su
«villa», por las avenidas magníficas y solitarias, cuando existía en el
mundo la voluptuosidad de sentarse en un banco público al lado de una
mujer, ó caminar junto á ella pasando un brazo por su talle, lo mismo
que aquellos pobres soldados y marinos?...
«¡Muy bien, príncipe!... Enamorado como un adolescente pasados los
cuarenta. ¡Adelante con tus necedades, si eso te divierte!... ¿Qué
dirían los otros enemigos de la mujer?»
Pero él no quiso oir esta última protesta de una mitad de su persona,
olvidada y hostil.
--Nuestra vida ha sido un engaño--dijo en voz alta, con cierta
violencia, para no dejar traslucir su emoción--. Tú debes estar
convencida de ello... Y también te das cuenta de que yo pienso lo
mismo... de que reconozco mi error... Porque yo... porque yo, desde hace
tiempo... ¡yo te amo!... Ya está dicho: ahora ríete si quieres.
Ella no quiso reir. Lanzó una ligera exclamación, le miró un instante y
volvió la cara, como si huyese de la interrogación de sus ojos. Había
presentido la llegada de esto de un momento á otro, ¡pero la sorpresa de
escucharlo en la realidad!...
Hubo un largo silencio.
--¿Qué contestas?--preguntó al fin con timidez el famoso príncipe
Lubimoff, adorado por tantas mujeres.
Alicia volvió á mirarle.
--¿No es una broma?... ¿No es un capricho que te ha sugerido la
hermosura de esta tarde tan... poética?
Miguel protestó con el gesto. ¡Considerar capricho aquella decisión
grave que venía preparada por largas y penosas contradicciones
interiores, lo mismo que un gran pensamiento!...
--Si yo fuese como las más de las mujeres, te contestaría: «¿A cuántas
has dicho lo mismo?» Pero esta pregunta es estúpida. Se puede haber
dicho «Yo te amo» á una mujer con toda sinceridad, y algún tiempo
después repetir lo mismo á otra, con más sinceridad aún... No quiero
preguntarte á cuántas has dicho lo mismo; tal vez no lo has dicho á
ninguna. Tú no necesitabas esforzarte, fingiendo la comedia del gran
amor, para conseguir tus deseos: te esperaban anhelantes; te bastaba
arrojar tu pañuelo de sultán... ¡Pero á mí!... Haz memoria, Miguel: de
muchachos nos odiamos; después, cuando yo quise, tú no quisiste... ¡y
ahora que ya empezamos á ser viejos!... ¡ahora que sólo poseo los restos
de lo que fuí, que carezco de libertad, pues tengo... lo que tú sabes!
Es un disparate, y por eso río. No: ¡nunca!
El príncipe habló á su vez. Se habían odiado, era cierto, y este odio lo
consideraba ahora como una felicidad. ¡Qué desgracia la suya si hubiesen
unido por el matrimonio sus dos enormes fortunas y sus dos orgullos
todavía más enormes!...
--Nos hubiésemos separado una semana después; tal vez el mismo
día--continuó Miguel--. Hasta tengo la sospecha de que te habría pegado.
--Y yo á ti--dijo la duquesa--. No cabíamos juntos en ninguna parte. Era
preciso que uno se sometiese al otro, y ninguno de los dos comprendía
este sacrificio.
--Lo mismo--siguió él--puedo decirte de aquella noche en que comimos
juntos. Celebro mi conducta absurda y ridícula. Si hubiese cedido, algo
irreparable existiría ahora entre nosotros; no nos hubiéramos vuelto á
encontrar, no estaríamos aquí diciendo lo que decimos.
Ella asintió.
--Es cierto; no estaríamos aquí. Tú guardarías un recuerdo espantoso de
mi persona; sé bien cómo era yo entonces. Tampoco habría ido á buscarte,
aunque en ello me fuese la vida. Gracias á tu fuga de aquella noche
podemos ser amigos, amigos eternos, hermanos si quieres; pero ¿por qué
me hablas de amor?... Eso no es de nuestra edad. Ya pasó. ¿Qué ves en mí
ahora que no tuviese de joven?
--Veo tu desgracia.
La voz del príncipe sonó grave y profundamente sincera al decir esto.
Había reflexionado mucho, antes de contestarse á sí mismo, cuando se
hacía una pregunta igual á la de Alicia. Estaba seguro de haber empezado
á amarla el día que se presentó en Villa-Sirena á pedir el perdón de su
deuda, confesando su ruina. ¡Pobre duquesa de Delille, acostumbrada á
gastar millones al año, propietaria de minas preciosas, y teniendo que
vivir del juego, como una aventurera!... Después, junto á su lecho,
viendo sus lágrimas, escuchando el gran secreto de su vida, aquella
maternidad oculta que la hacía llorar, se había dado cuenta
definitivamente de este amor. En los últimos días, al contemplarla
victoriosa en el Casino, su pasión se ensombrecía; la apreciaba menos.
Luego, al verla arruinada y enferma de tristeza, su afecto iba
renaciendo; y para auxiliarla, hasta se convertía en jugador, ¡él, que
era incapaz de hacer esto ni por su propia salvación!...
--Tú no puedes comprenderme: eres mujer. Muchas veces en mi vida, otras
mujeres me han dicho, después de un acto suyo inexplicable: «No te
esfuerces; los hombres nunca llegan á entendernos...» Yo digo lo mismo:
una mujer tampoco puede comprender á un hombre... Te amo ahora porque me
inspiras lástima, y la lástima conduce á la ternura, y la ternura es el
verdadero amor, un amor que yo no había conocido nunca. Cada uno ama á
su modo. La mayoría de las mujeres necesitan el orgullo en el amor; que
el amado infunda admiración y envidia por su valentía, por su hermosura,
su riqueza ó su talento. El hombre ama casi siempre por lástima, por la
tierna conmiseración que le inspira la mujer. Nunca se siente más amante
que cuando la cabeza femenil se apoya en su pecho con el abandono de la
debilidad... Y cuando la mano de él se hunde en su cabellera, encuentra
un cráneo pequeño y delicado (más pequeño siempre que se lo imagina),
una cabeza que contiene palabras celestiales, gracias irresistibles,
acciones grandiosas, pero rara vez guarda las energías de pensamiento
que dan la superioridad al hombre. Sus miembros adorables no pueden
defenderla. Y el hombre, al considerarla tan hermosa y tan débil, siente
crecer su amor con la lástima y el deseo de protección.
--No--dijo ella--. También la mujer conoce la conmiseración en su amor.
El hombre que le era indiferente le interesa de pronto, al verlo
infeliz; la que odiaba ayer vuelve al amante odiado, cuando lo considera
en peligro. Nunca pone tanta ternura en su voz como al decir:
«¡Pobrecito mío!...»
El príncipe hizo un gesto de aceptación. ¡Sea en buena hora! Pero volvió
inmediatamente á lo que le interesaba.
--Hoy somos desgraciados; yo tanto como tú, pues he perdido lo que me
hacía sobresalir sobre los demás hombres, y tal vez no lo recobre
nunca... Pero tu situación es todavía peor; eres mujer, eres más pobre,
y yo me siento atraído hacia ti y te digo lo que nunca hubiese dicho de
seguir los dos en nuestra antigua posición, encerrados en nuestro
orgullo.
Siguió hablando en un tono arrullador, aproximándose más á ella, casi
en su oído, aspirando el perfume de la boa de piel que llevaba en el
cuello y parecía guardar concentrada toda la esencia de su cuerpo.
Repitió lo que había pensado en las noches, mientras luchaba con sus
antiguas preocupaciones; lo que había resumido enérgicamente poco antes,
mientras venía silencioso en el carruaje, al lado de ella. Habló del
porvenir. Aún podían ser felices: era un amor reposado y durable lo que
él la ofrecía; un amor de otoño, un amor para siempre, sin
complicaciones dramáticas, plácido, tranquilo, dulcemente monótono, como
las veladas junto al fuego.
La mujer rió con una expresión dolorosa.
--Tú olvidas quién soy; hablas lo mismo que si el pasado no existiese,
como si tú no fueses tú, como si yo no tuviera todas esas historias que
pesan sobre mi nombre. De hacerme otro esa proposición, ¡quién sabe!...
Estoy cansada y me seduce un porvenir de reposo. ¡Pero tú!... Es
imposible contigo: acabaríamos mal. Prefiero que seamos amigos, sin nada
de amor. Resulta más seguro y durable.
Al ver su gesto desalentado, Alicia continuó hablando. No le asustaba
vivir con él por lo que pudieran decir las gentes. Era cierto que tenía
un marido, y dominado ahora por un amor senil, iba á negarse á aceptar
el divorcio. ¡Pero el caso que ella podía hacer de este obstáculo y de
los comentarios de su mundo!... Mayores audacias contaba en su historia.
--Es que no quiero... No me preguntes el motivo: no sabría explicártelo;
mejor dicho, no me entenderías. Repito lo que te han dicho otras: «Tú
eres un hombre, y no puedes comprender á las mujeres.» No, no quiero. Te
hablaré más claro: con otro hombre que llegase á interesarme... no sé.
¡Somos tan débiles! ¡sentimos tales sorpresas en nuestra voluntad! Pero
contigo, no... Nos conocemos demasiado: es imposible.
Miguel habló con un tono de despecho y tristeza.
--No te intereso: bien lo veo.
Alicia volvió á reir tan expansivamente, que golpeó con una de sus manos
las dos manos juntas del príncipe.
--¡Tonto!... ¿Crees de verdad que no me interesas? Si me fueras
indiferente, ¿te habría buscado en otro tiempo?... ¿estaría aquí ahora
contigo?
Se mostró desconcertado el príncipe. «¡Entonces!...» Y se esforzó por
descubrir qué obstáculo podía oponerse á su deseo. Si era por las cosas
de su vida anterior, él las olvidaba. El príncipe Lubimoff tenía
igualmente muchas historias que convenía no recordar...
--Dejemos en paz al pasado. Tú eres otra mujer. Conozco tu existencia en
los últimos años; además, me contaste la otra mañana lo que has sido
desde que tu hijo vivió á tu lado... Yo te tomo á partir del momento en
que reconociste la seriedad de la vida, al verte junto á un hombre
formado con tu propia carne. Olvido á la Venus de otros tiempos, á la
Helena del «banco de los viejos». Te deseo tal como eres actualmente,
Venus dolorosa, que lloras, sufres, y necesitas un consuelo, una
protección.
Ella cesó de sonreir. Su boca se crispaba con un mísero gesto de
gratitud; sus ojos estaban húmedos.
--No--dijo con voz humilde--. Es imposible, á causa de eso mismo. ¡Mi
hijo! ¡cómo me ha cambiado mi hijo!... Yo sé lo que significa todo eso
de amor. No somos dos adolescentes que se engañan con ilusorias purezas
y hablan del alma y del cielo, mientras sus cuerpos se buscan con un
impulso natural. Si yo acepto tu amor, sé lo que esto significa
inmediatamente, tal vez antes de que salga un nuevo sol. ¿Puedes
imaginarte tal cosa?... Mi hijo, que no sé dónde está, que tal vez ha
muerto, que por lo menos sufre en este momento lo que una mendiga no
permitiría que sufriese un hijo suyo, y yo, mientras tanto, entregándome
á un gran amor, á una pasión de esas que devoran los días y el
pensamiento entero, como si aún viviese en la primera juventud, ¡ah,
no!... ¡qué vergüenza! Conozco lo que un amor entre nosotros exige
fatalmente, y me da espanto, me siento sin fuerzas para muchas cosas que
antes consideraba sin importancia. Tú lo has dicho: soy otra.
El príncipe se reanimó al conocer el obstáculo. Su hijo vivía; estaba
seguro de ello. El había escrito al rey de España y á sus amigos
influyentes de París; hasta había enviado cartas á Alemania por
mediación de personajes diplomáticos. Lo encontrarían de un momento á
otro; él conseguiría que volviese al lado de su madre. ¿Por qué iba á
estorbar el pobre mozo el porvenir de los dos? Su hijo conocía la vida;
los años pasados al lado de su madre le habían familiarizado con las
irregularidades que tanto abundan en el mundo de los dichosos. No
consideraría extraordinario que ella, sometida á un matrimonio que era
una equivocación, rehiciese su existencia discretamente con un hombre al
que conocía desde su adolescencia. Además, lo amaría como á un hermano
menor. Contaba con poderosos amigos, capaces de ayudarle si deseaba
trabajar. Los restos de su fortuna serían para él cuando muriese.
Alicia agarró una de sus manos con la ternura del agradecimiento. «¡Cuán
bueno eres!...» Pero de pronto secó sus lágrimas, sus ojos brillaron con
una energía que parecía dirigirse contra ella misma, y continuó con voz
dura:
--No, no quiero. Veo lo inmediato: lo que va á ocurrir entre nosotros si
me dejo arrastrar por tus hermosas palabras; veo á mi hijo... mejor
dicho, no le veo, no sé qué es de él, ignoro si vive... Te digo que no.
Es inútil que insistas.
Se hizo un largo silencio. Pasó un soldado con la cabeza vendada bajo el
kepis y una flor en una oreja, sonriendo á una muchacha rubia que se
apoyaba en su brazo y canturreando los dos. El príncipe y la duquesa se
separaron un poco en el banco y permanecieron en silencio: él mirando al
suelo, preocupado y cejijunto; ella con los ojos en la raya del
horizonte, siguiendo la lenta marcha de las goletas, que habían combado
sus alas bajo la brisa precursora del crepúsculo.
La tenacidad con que Miguel ponía su vista en el suelo hizo que Alicia
se equivocase. Sus piernas quedaban algo descubiertas por el
arrugamiento de la falda corta; unas piernas finas, que mostraban la
blancura de su carne á través de las mallas de seda de color habana.
--¿Miras mis medias?--preguntó ella, pasando repentinamente de la
tristeza á la risa--. Fíjate. Eso que llevan al lado no son adornos, son
zurcidos. Mi doncella me las arregla muy bien. ¡Qué quieres! Somos
pobres.
Y sin duda, para distraer á su enfurruñado acompañante, siguió con
acento regocijado la enumeración de su miseria. ¡Ay, la guerra, con sus
atroces encarecimientos! Las medias de seda eran malas, se rompían con
sólo usarlas una vez, y únicamente podían adquirirse á precios
fabulosos. Prefería prolongar la existencia de las que guardaba de sus
tiempos de riqueza, por ser más sólidas. Lo mismo podía decir de los
trajes. Hacía dos años que su guardarropa ignoraba las renovaciones,
antes tan frecuentes.
--Somos pobres--repitió con jocosa solemnidad--. Además, nos gusta el
juego, y, como todos los jugadores, perdemos miles de francos y
economizamos en las pequeñas cosas que alegran la existencia.
Aguardaba una ganancia enorme y definitiva para ocuparse de su
embellecimiento personal.
Pero el príncipe, con los ojos y el gesto, dió á entender lo poco que le
interesaban estas confidencias. Era inútil que pretendiese desviar la
conversación. Miguel insistía en su demanda, ofendido por la negativa de
Alicia. Tal vez con otro hombre se habría mostrado más clemente.
Ella comprendió que debía volver á lo que interesaba á su acompañante, y
dijo con varonil franqueza:
--Yo sé lo que tienes. Te voy á hablar como un camarada, sin
preocupaciones de sexo, lo mismo que te hablé aquella noche en mi
estudio. Conozco la vida que llevas; sé igualmente lo de «los enemigos
de la mujer»: una invención necia. Tú lo que necesitas, después de
varios meses de soledad maniática, es una mujer. Escoge en torno de ti;
las encontrarás, cuando quieras, más jóvenes, más hermosas que yo, que
empiezo á verme tal como soy. ¿Por qué te fijas en mí? ¿Por qué turbar
mi tranquilidad, cuando ya me he olvidado de esas cosas?...
Sonrió el príncipe amargamente ante el remedio. Lo había pensado muchas
veces. El censor que llevaba dentro repetía el mismo consejo: «Busca una
hembra, y todo pasará inmediatamente; una hembra que sólo te inspire un
interés momentáneo; nada de mujeres y de complicaciones pasionales. Haz
lo mismo que recomendaste á Castro.» Muchas veces había entrado en el
Casino con el aire resuelto del matarife que va á escoger en el rebaño
la res diaria. Examinaba la tropa femenina de las salas de juego,
ocupada en mirar con un ojo la bayeta verde, mientras espiaba con el
otro á los hombres que circulaban á sus espaldas.
Sentía una atracción carnívora ante determinadas mujeres; una por el
rostro, otra por el talle ó la estatura, algunas por su fealdad original
ó su desarmonía incitante, que obraban sobre sus nervios como los
manjares picantes ó ácidos obran sobre el paladar. No tenía mas que
hacer una seña ó decir una breve palabra á muchas que, viéndose
observadas por el famoso personaje, sonreían dispuestas á seguirle. Pero
experimentaba de pronto la antipatía que inspiran las cosas repetidas
hasta la saciedad, el vacío de lo que se conoce hasta el cansancio. Nada
nuevo podía esperar; se horrorizaba pensando en el parloteo vano de una
desconocida que desea hacerse interesante; en las mentiras de un
sentimentalismo repentino y falso; en la grotesca animalidad del
acoplamiento que daría fin á tanta molestia. No; le era imposible. Una
sola vez, con la desesperada energía del enfermo que traga un
medicamento repugnante, había seguido á uno de estos animales hermosos,
para sentirse poco después arrepentido de su vileza y avergonzado de su
fracaso.
--Eres tú; tú, y ninguna más--dijo sombríamente--. Tú, ó nadie.
Alicia habló con el mismo tono grave. Sabía por experiencia lo que era
esto. Deseamos con mayor anhelo lo que nos es imposible conseguir;
hacemos un objeto único de todo lo que está fuera de nuestro alcance.
Pero estos razonamientos exasperaron á Lubimoff, hasta hacerlo injusto.
--Te conozco--dijo avanzando en el banco, al mismo tiempo que la miraba
de cerca con unos ojos apasionados y agresivos--. Sé cómo sois las
mujeres: todas vanidosas y vengativas. No puedes olvidar la noche en que
quisiste y yo no quise, y ahora te das el placer de mi suplicio; gozas
haciéndome sufrir...
--¡Oh, Miguel!--interrumpió ella con un tono de protesta.
Lubimoff siguió hablando rencorosamente, y esta indignación conmovía á
Alicia más que los ruegos humildes de poco antes. Era la imploración
desesperada del desahuciado que quiere volver á la vida normal.
--Te amo... te necesito. ¡Yo te tendré!
Sobre el lomo del Cap-d'Ail descendía la esfera anaranjada del sol. Su
borde interior tocaba ya la línea ondulante de los jardines y los
edificios. Por un momento concentró sus rayos en haz á través de la
columnata de un -belvedere-, como si se asomase á un arco de triunfo
antes de morir. Una luz azul que parecía emerger del mar iba repeliendo
en los jardines el oro desmayado de la tarde.
--¡No!... ¡no quiero!
La voz de Alicia rasgó el rumoroso silencio con un temblor de sorpresa
para convertirse inmediatamente en sordo y prolongado rugido, como si
algo pesase sobre su boca. Miguel había echado sus dos brazos sobre los
hombros de ella, dominándola, inclinando su busto, oprimiéndolo contra
su pecho. Su boca buscaba la otra boca que pretendía resistirse, huyendo
con violentas contorsiones del cuello. Finalmente, cesó el rugido de
protesta. Las dos cabezas permanecieron inmóviles.
--¡Oh, Miguel... Miguel!--suspiró ella, librándose por un momento de la
caricia para volver á someterse á aquellos labios que la perseguían con
avidez.
Hablaba como una vencida. Había vuelto de golpe á su pasado,
estremeciéndose al contacto de tantas cosas olvidadas que una larga
abstinencia hacía completamente nuevas. Esta boca ardorosa y dominadora
la despertaba de un sueño que había durado años. Su renacimiento venía
de más lejos que el de Miguel.
Se olvidó de lo que la rodeaba. Sus ojos continuaron abiertos, pero se
habían borrado de ellos el mar, el cielo dulce del ocaso, hasta las
ramas de pino que formaban un dosel silvestre sobre sus cabezas.
De pronto volvió á contemplarlo todo, encorvándose al mismo tiempo para
repeler al hombre.
--No, no quiero... ¡Esa mano!... Pueden vernos. ¡Qué locura!
El príncipe era un atleta, pero la emoción debilitaba sus fuerzas.
Además, éstas se esparcían en una doble actividad, queriendo dominar á
la mujer y explorarla á la vez en sus misterios, con la furia del
imperativo sexual. Ella se contrajo y se irguió varias veces, dúctil y
reptilina, consiguiendo al fin escapar de la cadena de los brazos
masculinos mientras lanzaba un suspiro de fatiga y satisfacción.
Lubimoff, vuelto á la realidad, vió á Alicia de pie ante él, acabando de
alisar su vestido en desorden, llevándose luego las manos á su
cabellera, al torcido sombrero, á la boa que se deslizaba de sus
hombros.
--Vámonos--dijo con un laconismo de enfado.
La siguió el príncipe, cabizbajo, arrepentido de su violencia. A los
pocos pasos, ella pareció conmoverse por este mutismo que representaba
un arrepentimiento, y volvió á sonreir:
--Ya sé que en adelante no debo verte á solas... Olvidaba que eres un
marino, acostumbrado á bajar en los puertos con premura, sin querer
perder tiempo.
Marcharon lentamente, con una placidez igual á la del sereno crepúsculo.
Al salir de los jardines hicieron un alto frente al Museo. ¡Volver por
el mismo camino!... Miguel descubrió á un lado del edificio una
escalinata rústica tallada á trechos en la roca y completada en las
oquedades con peldaños de ladrillos. Descendía hasta la ribera del mar
formando diversos tramos, y á su final, un camino siguiendo el borde de
la costa conducía al puerto.
La mujer vaciló bajo el arco de entrada.
--Te advierto--dijo amenazando con un dedo á Miguel--que si vuelves á
las tuyas, pido socorro. ¿Me prometes ser hombre serio?... ¿Palabra?...
Bueno; marcha delante: no me fío.
El se lanzó por la escalera como un explorador. El palacio del Museo
parecía desdoblarse así como iban descendiendo. Además del edificio á
flor de tierra, había un segundo edificio costa abajo, que asentaba sus
muros de piedra con grandes ventanales sobre las rocas del acantilado.
En una revuelta, el príncipe se detuvo para esperar á su compañera.
Descendía lentamente, dejando entre los dos una separación de varios
peldaños. Tenía los pies más arriba de la cabeza de Lubimoff, y á éste
le bastó elevar un poco los ojos para ver aquellas medias cuyo
zurcimiento había explicado la duquesa.
Vió algo más, que le hizo estremecerse; y con la ligereza de un muelle
que se dispara, salvó en varios saltos los escalones que existían entre
ambos.
--¡Miguel... que grito!--exclamó ella al verle llegar, extendiendo las
manos para rechazarle y queriendo huir al mismo tiempo.
Había abarcado en sus brazos la parte baja del adorable cuerpo. No podía
ascender más: las manos de Alicia repelían su cabeza con un impulso
nervioso. Y él, con la incoherencia de la pasión, besó sus pies y el
arranque de sus piernas; besó su falda allí donde pudo, en los ángulos
redondeados de sus rodillas, en la suave curva del vientre.
Ella se irritó al sentirse inmovilizada, sin poder huir.
--¡Déjame!... Esto es ridículo. ¡Acabemos!
Y el sombrero del príncipe rodó de escalón en escalón, bajo un golpe de
aquellas manos finas que se defendían á ciegas.
Este incidente le devolvió su serenidad. Sí; efectivamente, era
ridículo. Y como viese en Alicia la intención de desandar el camino,
volviendo á los jardines, Miguel, para inspirarle confianza, corrió
escalera abajo, sin volver la cabeza, sin preocuparse de si ella le
seguía.
Se juntaron al borde del mar, en un ancho camino que serpenteaba entre
las rocas sueltas orladas de espuma y las paredes casi verticales del
acantilado. Las mesetas y oquedades de la piedra habían sido
aprovechadas, en este promontorio de escasas superficies horizontales,
para construir algunos edificios que albergaban á las familias de los
empleados de Mónaco. En el filo del acantilado aparecía, como una
cabellera verde, la línea bordeante de los jardines altos, cortada á
trechos por viejas obras de fortificación.
Eran bastiones en declive, con garitas salientes en sus ángulos, iguales
á los que se ven en los viejos grabados ó en las decoraciones de teatro.
Enormes lápidas de piedra con caracteres latinos cantaban la gloria de
los diversos príncipes soberanos que habían hecho construir estas
costosas obras de defensa, ahora anacrónicas é inútiles. Lubimoff
esperaba ver surgir de las garitas algún granadero de uniforme blanco y
vueltas de grana, llevando sobre el negro mostacho y la peluca con
polvos una mitra de oro.
Caminaron lentamente en el crepúsculo. Arriba, la luz anaranjada del
ocaso enrojecía suavemente las aristas de la roca, las arboledas, las
fachadas blancas. Al borde del mar, la sombra era azul, una sombra de
noche lunar. El cielo ensangrentado por la puesta del sol permanecía
invisible para ambos detrás del peñón de Mónaco. Sólo podían contemplar
el cielo de la parte de Italia, cada vez más obscuro, más denso,
preparándose á dar paso á las primeras punzadas luminosas de las
estrellas.
Se cruzaron con varios pescadores que regresaban á sus viviendas
cargados de cestos y redes.
Alicia experimentaba inquietud en algunas revueltas completamente
solitarias. Luego, al ver una casa ó un transeunte que se iba
aproximando, reanudaba su conversación. Lo que ella temía era un alto en
el camino, sentarse con el príncipe en el pequeño parapeto que bordeaba
la costa. ¡Mientras siguiesen marchando!...
Dejó sin protesta que Lubimoff pasase un brazo por otro suyo, apoyándose
en él. ¡Se expresaba con tanta humildad!... Parecía arrepentido de sus
atrevimientos; le pedía perdón con su pálida sonrisa. Además, le hablaba
de su hijo con un optimismo acariciador. Todos los temores de ella eran
infundados; su hijo volvería: estaba seguro de ello. Iba á recibir
buenas noticias de un momento á otro; tal vez aquella misma noche.
Era un hombre, y por mucho que amase á su madre acabaría por amar á otra
mujer con mayor vehemencia, creándose una vida aparte, como todos los
demás.
--Y tú, que aún puedes considerarte joven, que tienes derecho á largos
años de ventura, ¿quieres renunciar á todo, como una vieja?... ¿Por qué?
¿Qué adelantas con eso?...
Ella bajaba la frente sin saber qué contestar, y su turbación era tal,
que no hizo el menor movimiento cuando el brazo de Miguel dejó de
apoyarse en el suyo para ceñir su talle. Así avanzaron, estrechamente
ligados, formando un solo cuerpo, dando paso tras paso instintivamente,
sin saber hacia dónde marchaban. El, con los ojos puestos en ella,
espiaba su rostro, esperando la caída de una mirada, de un monosílabo de
aceptación. Alicia temía encontrarse con estos ojos implorantes, y
entornaba los suyos.
--Di que sí--murmuró Lubimoff--, di que quieres. Por algo nos hemos
encontrado; por algo viniste á buscarme. Vamos á rehacer unas vidas que
se torcieron por nuestra vanidad y nuestro orgullo. Seamos, aunque algo
tarde, lo que debimos ser.
--No--suspiraba Alicia--, no puedo... ¡Mi hijo!...
Y á continuación se apresuró á murmurar, como arrepentida:
--Sí; tal vez... más adelante... Pero ahora, no. ¡Qué vergüenza!...
Cuando yo esté tranquila, cuando no sienta esta preocupación que me
destroza... Te quiero; ¿te basta con eso? Te quiero...
Estas dos palabras le bastaban al príncipe. El, que había llegado con
tantas mujeres á los mayores extremos de dominación, sin sentirse nunca
ahito, se contentaba con la breve frase, que tenía para sus oídos una
música dichosa.
Fué subiendo su brazo más arriba del talle de Alicia, mientras con la
otra mano reclinaba su cabeza en uno de sus hombros.
Sonó un beso, un larguísimo beso, sin que se detuviese la marcha de los
dos. La mujer no opuso resistencia, y poco después, su boca, animada por
un despertar febril, se unió á este beso, haciéndolo más apasionado, más
vibrante é interminable. Ya no sentía miedo; seguían caminando, y á su
enamorado le era imposible repetir las osadías del jardín. Es más: se
confesaba interiormente, con cierta vergüenza, el deleite que esta
caricia andante resucitaba en ella.
--Te quiero--suspiró, sin saber lo que decía--, te quiero; ¡pero lo
otro, no!... Amémonos como si fuésemos muchachos. Es ridículo á nuestra
edad... ¡pero tan dulce!
En aquel momento, el alma de Lubimoff era igual á la suya. Este simple
beso le pareció el mayor de los placeres que había conocido. Encontraba
á la vida un encanto nunca sospechado. Creyó contemplar el paisaje más
hermoso de la tierra. ¡Qué interesantes las viejas fortificaciones! ¡Qué
grande hombre Alberto de Mónaco al construir esta ruta asfaltada y
solitaria, para que él marchase prendido por su boca á la boca de una
mujer!...
Caminaban lo mismo que si estuviesen ebrios, en continuo zigzag, desde
el parapeto al corte del acantilado, labios con labios, los ojos
tocándose, como si nada existiese más allá, é imaginándose buenamente
que marchaban en línea recta. Desde lejos les hubiesen creído dos
adversarios que luchaban, tambaleándose con los empujones de la pelea.
El, dominado repentinamente por el deseo, quedó inmóvil y se negó á
seguir adelante.
--¡No... no!
Alicia protestaba ante el peligro, quebrantada aún su voluntad por las
emociones recientes, pero esforzándose por mantener su negativa.
La boca de él se había separado de la suya. Sus ojos brillaban con un
estrabismo agresivo. Las manos bajaron á lo largo del cuerpo femenil,
ganchudas como garras.
--¡No quiero; te he dicho que no quiero!... ¡Sigamos!
Ella se agitó entre sus brazos con una agilidad de gimnasta, y al salir
de este encierro sonó un crujido de tela desgarrada.
--¡Mira, bárbaro!... ¡mira lo que has hecho!
Estaba inmóvil, con la boa de piel cayéndose de uno de sus hombros,
mientras buscaba en el otro el rasguño que acababa de sufrir su vestido.
Miguel, colocándose á sus espaldas, vió que tenía una manga casi suelta,
dejando ver la blanca carne del brazo y la deliciosa oquedad de la axila
con su fino musgo.
Se arrepintió de su violencia, de sus maneras, que rompían al acariciar,
como las de un marinero ebrio.
Otra vez se apiadó Alicia de su confusión infantil.
--No vale la pena. Es un vestido de hace dos años; está tan viejo, que
se rompe con solo mirarlo... Inconvenientes de pasear con una pobre.
Después la preocupó este rasguño tan visible. Iba á entrar en
Monte-Carlo, á pie ó en tranvía; ¡qué dirían viéndola en tal estado!
--Un alfiler; ¿tienes un alfiler?
Esta petición aumentó el remordimiento del príncipe. ¿Dónde puede
encontrar un hombre un alfiler?... Mientras Alicia buscaba en sus ropas
inútilmente, él pensó en regresar al Museo ó escalar los peñascos hasta
una de aquellas casas donde vivían los empleados del príncipe. Habría
dado cien francos por un alfiler... pero se acordó de que no tenía nada
en sus bolsillos.
Empezó á registrarse lo mismo que ella, aunque tenía la certeza de que
la rebusca era inútil.
De pronto sonrió triunfante.
--Toma el alfiler.
Era el de su corbata; una perla famosa, muy admirada por las mujeres, y
que no había querido dar nunca, por ser regalo de la princesa Lubimoff.
Tuvo que encargarse él mismo de arreglar la rotura de la espalda,
suspirando de angustia.
--No sabes--decía riendo Alicia--. Cuidado, que me pinchas. ¡Qué torpe!
Pero él acabó por sentirse contento de su torpeza. Acariciaba el desnudo
brazo con sus dedos, se estremecía al rozar aquel pliegue de la carne
que guardaba en su sombra aterciopelada cierto misterio sexual.
--¡Quieto!--chilló ella--. No vuelvas á las andadas; mira que me
enfado... Bien está así... ¡Vámonos!
Se echó atrás la boa para ocultar el torpe remiendo y la perla, que
resaltaba con una magnificencia incoherente. Volvieron á marchar, sin
que Miguel intentase nuevas audacias. El último incidente le había hecho
circunspecto. Insultábase en su interior, considerándose un bárbaro,
incapaz de vivir entre verdaderas señoras.
Al llegar á la última revuelta salieron de la penumbra azul del
acantilado. Sobre sus cabezas tenían el ángulo final del baluarte y una
garita de piedra; enfrente el puerto, con su boca flanqueada de dos
torrecillas luminosas, y en la ribera opuesta la altura de Monte-Carlo,
sus edificios enormes, sus cúpulas charoladas, que reflejaban el último
fuego rosa del crepúsculo.
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