--¡Ladrones! ¡ladrones!... Matan a los trabajadores para hacerse
ricos... Sólo les importa el negocio, y los pobres que mueran como
perros.
Después encarábanse con los hombres que iban llegando, albañiles casi
todos, que llevaban pendiente del cuello el saquito de la comida. Los
insultaban con groseras palabras. ¡Calzonazos! Se quedarían después de
esto tranquilos como siempre, esperando que llegase la hora de perecer
en otra catástrofe. ¡Ah, si ellas llevasen pantalones! ¡Si las dejasen
intervenir en los asuntos de los hombres!... Otra cosa sería.
Y los albañiles contestaban con un gesto de desaliento. ¿Qué iban a
hacer? No tenían armas; estaban cansados de que les pegasen a la menor
protesta en la calle.
-¡Armas! ¡armas!...--exclamaban irónicamente algunos compañeros de ojos
exaltados--. ¿Y para qué las queréis? Eso no sirve de nada. ¡Dinamita,
me caso con Dios! ¡Bombas de dinamita!
Maltrana entró en el depósito abriéndose paso en la masa de blusas, y
vio el cadáver del señor José sobre una mesa de mármol, dentro de un
modesto ataúd que habían costeado los del oficio.
Según dijeron al joven, tenía rota la espina dorsal, quebrado su
esqueleto por varias partes. La cara mostrábase intacta, contraída por
un gesto de inmenso dolor. Isidro sólo pudo ver uno de sus ojos,
desmesuradamente abierto, que parecía fijar en él la vidriosa pupila.
Creyó leer en este globo mate, de fúnebre vaguedad, el último
pensamiento de la víctima, la maldición que pasó como un relámpago por
su cerebro al dejar de existir. Indudablemente, había muerto abominando
de las veneraciones de toda su vida. Leíase en la contracción de su
rostro: había quedado impreso en aquella mueca que parecía una protesta.
De poder reanimarse el cadáver, de seguro que gritaría algo subversivo
contra la sociedad injusta, contra los hombres crueles, pidiendo
destrucción y venganza, para tenderse de nuevo en el féretro tras esta
póstuma confesión del engaño de su vida.
Cerca del ataúd hablaban algunos de sus compañeros de trabajo. Ya no le
llamarían «borrego». Amaba más a los explotadores que a sus camaradas de
miseria. La desgracia, siempre ciega, había visto claro esta vez al
castigarle por medio de la codicia de aquellos a quienes él defendía.
¡Pobrecillo! De todos modos, era uno de los suyos: una víctima más, por
la que había que protestar.
Maltrana dejó de ver al señor José. Los compañeros clavaron la caja,
cubriéndola con la bandera roja de la asociación.
El féretro comenzó a romper el oleaje del gentío, llevado en hombros por
un grupo de albañiles. Cuando Isidro salió del depósito, siguiendo la
roja tela, vio la orilla del río, el puente y la glorieta de Toledo
cubiertos de blusas blancas, de sombreros y gorras que se elevaban,
dejando las cabezas al descubierto al paso del ataúd.
En la glorieta del puente de Toledo, entre las dos pirámides de piedra
que descansan en su pedestal sobre los boliches dorados, como dos
gigantescas mesillas de noche, vio una masa obscura con puntos
brillantes: una fila compacta de hombres negros. Era la policía cerrando
el paso.
El entierro avanzó sin titubear. Las mujeres vociferaban en torno del
féretro, iracundas, llorosas, como si el rudo sol del verano mordiese
con agresiva demencia sus cabezas despeinadas.
--¡Ladrones! ¡ladrones! ¡A Madrid! ¡A arrastrar a los asesinos!...
Otras señalaban el féretro con trágicos ademanes de plañidera. No
conocían al señor José, pero gritaban roncas de emoción:
--Ahí va la honra del mundo; un trabajador bueno; un hombre de blusa.
¡Pobrecillo! ¡Y los que le han matado, guardándose los duros,
comiéndose las buenas tajás!...
La cabeza del cortejo chocó con el obstáculo de la policía. Un capitán
habló a los manifestantes. Podían seguir por el paseo de las Acacias,
dar la vuelta a Madrid por las rondas, sin molestar a nadie. Estas eran
las órdenes que había recibido. Nada de entrar en la población, de
atravesar el centro, buscando la calle de Alcalá. El estaba allí, en el
paseo de los Ocho Hilos, para cerrarles el paso y que no ganasen la
puerta de Toledo. Todo lo que quisieran, gritos, lloros, aclamaciones,
todo, menos desfilar por las calles de Madrid y que la gente del centro
presenciase el entierro, con su séquito de jornaleros que pedían
venganza.
Sobre la masa de cabezas se alzó, como contestación, un largo palo, y en
su punta un guiñapo negro que parecía una mortaja. Era la bandera de
cólera y dolor, improvisada por un grupo de muchachos.
Las mujeres protestaban vociferando de las órdenes de la policía.
--Eso es: debemos marchar por las rondas, como los ganados que van de
paso... Los pobres a la cuadra. Por las calles de Madrid no puen pasar
otros entierros que los de los señores que mueren de hartazgo o malos
vicios. Son para los otomóviles y los carruajes con tronco. Nosotros,
por la ronda... porque olemos mal... ¡Mueran los ladrones! ¡Que los
arrastren! ¡A Madrid! ¡a Madrid!
Y las mujeres eran las primeras en avanzar, en agarrarse a las puntas
del féretro, empujando a los portadores para que rompiesen las filas de
la fuerza pública.
Retrocedían los polizontes sin dejar de hacer frente al formidable
empellón, al mismo tiempo que, por la fuerza de la costumbre, llevaban
la mano al sable y comenzaban a extraerlo de la vaina antes de que lo
mandase el jefe. Muchos de ellos parecían quejarse con los ojos de la
pérdida de tiempo que suponían los diálogos del capitán con los
manifestantes. ¿Qué hacían que no pegaban? Ellos habían venido para eso.
Isidro no supo cómo se inició el choque. Vio de pronto arremolinarse la
gente delante del féretro; sonaron gritos, golpes secos semejantes a los
de la ropa sacudida. Sobre las cabezas del gentío brillaron al sol, como
cintas blancas, los pesados asadores esgrimidos de filo.
Se abrió la muchedumbre, escapando en distintas direcciones. En un
instante se formó ese vacío trágico que se extiende entre los que huyen
y los que pegan, viéndose en el suelo gorras abandonadas y el negro
bulto de un hombre caído intentando incorporarse sobre las manos, con la
frente roja.
Las mujeres eran las que menos corrían. Algunas deteníanse con los
brazos en jarras, soltando por la boca todas las injurias de su exaltada
imaginación.
--¡Cobardes! ¡Cabritos!...
Como si conociesen la historia y la familia de cada uno de los guardias,
les echaban en cara su envilecimiento. Ellos allí, pegando a los pobres
trabajadores, y mientras tanto sus mujeres acudiendo a las citas... Y
tras este desahogo, corrían otra vez al ver que se acercaban con el
sable levantado.
Más aún que los sablazos, irritaron a la manifestación los palos de
ciertos hombres sin uniforme que iban en el entierro escuchando lo que
se hablaba en los grupos, y que, al sonar los primeros golpes, habían
enarbolado el vergajo, apaleando en derredor suyo. La muchedumbre
bramaba contra los canallas de «la secreta».
Un grupo de mozuelos apostados en los solares inmediatos hacía frente a
los acometedores, con la arrogancia de la juventud. Eran los valientes
que surgen en toda revuelta, los héroes de la calle, que son cantados
por la más alta poesía cuando triunfa una revolución, o van a la cárcel
con los rateros cuando intervienen en un motín.
--¡Fusiles!--rugían mirándose unos a otros, como si pudieran
proporcionárselos--. ¡Ay, si tuviéramos fusiles!...
Y había en su gesto una expresión heroica, la resolución de morir
matando, de perseguir a los enemigos hasta el centro de Madrid. A falta
de armas, recogían del suelo las piedras, los cascotes, los pedazos de
lata, los zapatos viejos, arrojando una lluvia de proyectiles sobre la
policía. Esta, habituada al impune apaleo de la muchedumbre sin armas,
permanecía indecisa, titubeando con cierta inquietud ante un enemigo
resuelto, que, no contento con atacar, avanzaba audazmente.
Sonó algo semejante a un chasquido de tralla. El capitán acababa de
hacer fuego con su revólver.
--¡Fuego, me caso con la hostia! ¡Fuego!
Los polizontes disparaban sus revólveres avanzando con paso de héroes,
eligiendo sus blancos en aquellas espaldas que huían por todos lados.
Maltrana pensó en el señor José. Su entierro era digno de las creencias
de su vida. Nada faltaba en él: palo a la canalla, fuego a discreción,
con gran voluptuosidad de los defensores de la ley, que podían escoger
sus víctimas impunemente.
El joven no quiso huir: se quedó junto al féretro, presintiendo que allí
sería mayor su seguridad. Además, era el único pariente del muerto que
iba en el cortejo, y no debía abandonarle.
Los portadores del ataúd, al recibir los primeros golpes, lo dejaron
caer al suelo, huyendo veloces. El paño rojo desapareció en la fuga.
Otros obreros intentaron apoderarse del féretro y levantarlo, pero
fueron repelidos por los sables. Aquella caja negra era una bandera de
rebelión, en torno de la cual podía organizarse otra vez la revuelta. En
los vaivenes de la muchedumbre en fuga, estuvo el ataúd próximo a rodar,
soltando sobre el polvo del camino el cadáver que encerraba.
Isidro se sentó sobre la fúnebre caja, temiendo una nueva profanación, y
se replegó aturdido y temeroso por el estrépito de los tiros. Un hombre
de blusa vino también a sentarse en el féretro, como si éste fuese un
lugar de asilo.
Oyó Maltrana un lamento y vio la blusa blanca, manchada de sangre,
balancearse y caer al suelo. Después brilló sobre su cabeza el relámpago
de un sable, y el joven se encogió aún más para evitar el golpe. Pero
nadie le tocó. Pasaron algunos segundos que le parecieron de
interminable duración, sin que su cuerpo sufriese ningún choque. Creyó
oír una voz, la de algunos de aquellos fantasmas negros que, sable en
mano o disparando tiros, pasaban ante sus ojos espantados que todo lo
veían envuelto en densa niebla.
--Déjale: ¿no ves que es un señorito?...
Por primera vez en su vida se dio cuenta de las ventajas y privilegios
de aquel traje que era para él un uniforme de miseria.
Sufría privaciones; el hambre rondaba en torno de él señalándolo como
uno de sus siervos; pero pertenecía, por su aspecto y sus costumbres, a
la raza de los felices. Era un señorito. Estaba por encima de aquellas
gentes que conquistaban el pan con más frecuencia que él, pero sentían
la caricia del palo apenas intentaban pedir, como añadidura al mendrugo,
un poco de justicia y de piedad para su vida.
IX
El hermano Vicente tenía un tirano, cuyas exigencias sobrellevaba con
mansedumbre.
Era aquel zapatero convertido, que traía a la nueva fe todas las
violencias de su antigua fama de devorasantos. Hablando a su protector
le aterraba con los aspectos sanguinarios de su devota vehemencia. No
había más verdad que la religiosa, y al que no la aceptase, ¡leña! Un
poquito de Inquisición no estaba de más en estos tiempos de herejía y
desprecio a Dios. Era el ardor del neófito que asusta al maestro, la
audacia del renegado que quiere borrar con tremendas exageraciones el
recuerdo de su historia.
Además, se creía con derechos absolutos sobre la persona y los bienes de
su catequista, y miraba con hostilidad a la pareja que vivía con el
señor Vicente, sospechando que le despojaban de una parte de lo que
consideraba como suyo.
No hablaba con él que no le hiciese preguntas sobre la vida de aquel
matrimonio, enterándose minuciosamente de la puntualidad con que
cumplían sus compromisos.
--¡Aún no le habrán pagado el último mes!...--decía al avistarse con el
«santo»--. ¡Ni el anterior tampoco!... ¡Y usted tan tranquilo! ¡Qué
hombre, Señor Dios!... Eso no es caridad, don Vicente: eso es tontería.
La caridad debe comenzar por los buenos, por los que defienden las sanas
doctrinas. Es una vergüenza que usted pague por esas gentes, mientras me
abandona a mi que tengo familia, que soy su hijo y vivo como buen
católico.
El hermano excusábase tímidamente, rebañando sus bolsillos para acallar
con alguna dádiva las protestas del temible discípulo.
--No son mala gente--afirmaba refiriéndose a sus huéspedes--. Los
pobrecitos tienen tan poca fortuna, que hay que ayudarles. Ella es una
excelente muchacha: tan trabajadora... tan modosita...
--Pero no van a misa, don Vicente; fíjese usted y verá como nunca entran
en la iglesia. El es un impío que ha escrito en los peores papeles.
Entre usted un día en su habitación, busque bien, y verá como encuentra
a montones los escritos contra el Señor y los santos... Además, me da el
corazón que no son casados; esa pareja no vive como Dios manda.
El crédulo hermano protestaba. Su discípulo incurría en el pecado de
murmuración; pensaba mal de todos: eran resabios de su antigua vida.
¿Por qué no habían de ser casados? El señor de Maltrana y ella se lo
habían asegurado y debía creerles... Cada uno en su casa, evitando
chismes y curioseos, y al que fuese malo ya lo castigaría Dios.
--Eso es--mugía el discípulo--. Ellos a vivir de gorra, a comerse el
dinero de usted, que es mi padre, mientras yo rabio, sin poder darme el
gusto de ir a las Cuarenta Horas o al sermón, trabajando para que la
mujer y los chiquillos coman apenas.
--Todo se arreglará--decía bondadosamente el hermano--. La misericordia
del Señor es grande y a todos alcanza.
Isidro, adivinando la hostilidad del zapatero, le acogía con duro gesto
cuando se presentaba en la casa buscando al señor Vicente. Se burlaba de
su religiosidad feroz; presentía el despotismo que ejercía sobre el
catequista, el abuso que hacía de su cualidad de alma redimida por el
sencillo hermano.
Recordaba el joven ciertas estampas de santos misioneros, en las que
aparecen éstos con un salvaje prosternado a sus pies, cual símbolo de
las grandes conquistas realizadas en favor del cielo; y en sus
conversaciones con Feli, designaba siempre al remendón con el apodo de
-Indio converso-.
Aquel bruto le causaba repugnancia por el furor con que defendía sus
nuevas creencias, sólo comparable a la bestialidad con que había
sustentado las anteriores. Además, le era antipático por el provecho que
sacaba de su conversión, explotando al señor Vicente y amenazándole
cuando no le daba bastante. El pobre hermano, siervo resignado de su
gloria, esclavo de su propia conquista, inspiraba lástima a Isidro.
Hablaba en todas partes de su famoso triunfo; mostraba como un trofeo al
-Indio converso-, exagerando inocentemente las horripilantes hazañas de
sus época de impiedad; pero después de esta exhibición, al quedar solos
los dos, el catecúmeno insaciable prorrumpía en lamentaciones sobre su
miseria, no callando hasta convencerse de que en los bolsillos del
«santo» sólo quedaban algunas oraciones impresas y migas de pan.
--Aquí ha estado a buscarle ese bruto--decía Isidro al ver entrar al
señor Vicente--. El -Indio converso-... su discípulo el remendón.
¡Valiente animal! Crea usted que en el cielo no le agradecen esta
conquista. Tendrán que habilitarle un pesebre al lado del caballo de San
Martín o la burra de Balaam.
--Señor de Maltrana--exclamaba el «santo»--, más caridad... más amor al
prójimo. El pobre es algo rudo: resabios de su pasado; pero es bueno y
ama a Dios.
Y el «santo» parecía sufrir al verse entre estas dos antipatías.
No se engañaba el -Indio converso- al sospechar que su protector
concedía algún apoyo a sus huéspedes. El «santo» veía el incesante
trabajo de Feli; adivinaba, por sus ojeadas a la cocina, la penuria de
los jóvenes; oía desde su cama los diálogos de la pareja discutiendo los
apuros del día siguiente.
Cuando Isidro se ausentaba, aproximábase él a Feli con cierta cortedad,
dejando sobre el montón de corsés lo que encontraba en sus bolsillos.
Unas veces era un puñado de cobre, otras una peseta, que fregoteaba con
su pañuelo antes de entregarla.
--Que no sepa nada el señor de Maltrana--decía con voz misteriosa--. Que
el secreto quede entre usted y yo. Hay que ayudarse como buenos
cristianos. Ese dinero me lo dieron esta mañana las buenas señoras que
me protegen. Para ustedes... Ustedes son tan pobrecitos como los que yo
visito en las afueras... Pero no llore usted: ya vendrán días mejores;
Dios aprieta, pero no ahoga.
Y reía de su caritativa malicia, que quedaba en el misterio, sin que el
señor de Maltrana pudiese sospecharla.
El joven también debía sus favores al «santo».
--Señor Vicente, con este mes ya van tres que no le pago. Los negocios
andan mal; en verano no se encuentra trabajo; pero ya llegará la buena
época, cuando la gente regrese a Madrid, y entonces pagaré todos los
atrasos de una vez.
--Vaya usted tranquilo, señor de Maltrana. Nada le pido; que Dios no nos
abandone, y todos viviremos.
Isidro encontraba cada vez más dura y difícil su existencia. Las dos
pesetas que ganaba Feli en el emballenado trabajando todo el día y gran
parte de la noche, y los escasos reales que podía juntar a la semana
llenando cuartillas a diez céntimos con destino a la revista social, no
bastaban para las atenciones de su subsistencia. El orden y el método en
la nutrición, que embellecían los primeros tiempos de su vida común,
habían desaparecido con la miseria. Feli necesitaba todo su tiempo para
el trabajo, y apenas si de tarde en tarde podía entrar en la cocina.
Maltrana, con toda su altivez intelectual, vigilaba el fogón, y a falta
de ocupaciones más importantes, aprendía torpemente de Feli el secreto
de los guisos. ¿Dónde estaban aquellos pucheretes sabrosos de su luna de
miel, aquellos platos que daban ganas de comerse a besos las manos de la
amada hacendosa?... La vida era triste, y los pucheretes unas veces
salían crudos y otras carbonizados. El fastidio de la miseria entorpecía
de tal modo la actividad de los dos, que pasaban días enteros sin
encender fuego, alimentándose con algún fiambre traído de la taberna.
Cuando les faltaba en absoluto el dinero, Maltrana lanzábase a la calle.
Su descenso del cuarto piso comparábalo a la bajada del lobo desde las
cumbres a la llanura, empujado por el hambre.
La víctima que el lobo infeliz buscaba con preferencia era el señor
Manolo el -Federal-. Lo esperaba en la oficina de la Puerta del Sol, y
al presentarse el capataz exponíale las tristezas de su vida.
El buen -Federal- escuchaba con los ojos bajos, moviendo la cabeza como
si aprobase las palabras del joven, reconociendo que hablaba muy bien.
Después metía la mano en un bolsillo del pantalón, agitando la moneda de
la venta, y acababa por entregarle un par de pesetas, sin queja alguna.
Todo aquello era culpa del viejo régimen.
-Ahí tienes--decía con expresión solemne--lo que es el unitarismo y la
centralización. Tú tienes talento y te mueres de hambre; y como tú,
muchos. El centralismo sólo aprovecha a los pillos. El día en que cada
Estado y cada quisque particular goce su autonomía, todos tendrán lo que
merezcan... Esto te lo digo para que aprendas, para que os convenzáis de
cómo os paga el unitarismo...
Y se cobraba el par de pesetas con una nueva avalancha de enrevesados
razonamientos, que Maltrana oía resignado.
En otros momentos de apuro, Isidro, por no molestar con tanta frecuencia
al señor Manolo, se acordaba de su tío el -Ingeniero-, buscándolo en el
café de San Millán. Le veía rodeado de ciertos amigos tan viejos como
él, alegres camaradas que formaban el catálogo de cuantas muchachas
bonitas existen en los barrios bajos.
El -Ingeniero- no acogió mal la primera petición de su sobrino.
--Ya sé yo lo que es eso--dijo guiñando un ojo y dando palmaditas en la
espalda de Maltrana--. ¡Las mujeres!... No hay nada como ellas para que
un hombre ande lampando tras la peseta... Todas son gastosas, y no están
contentas hasta que le sacan al hombre las mismísimas entrañas...
¿Cuánto necesitas? ¿Tres pesetas? ¡Pero muchacho, si con eso no tienes
ni pa una misa! Toma un par de duros: los hombres de verdad debemos
ayudarnos; hoy por ti, mañana por mí.
Y le entregó un par de redondeles de plata con un ademán de compañero de
armas.
-Oye: lo de tu matrimonio será filfa--continuó--. Yo lo calé apenas me
hablasteis. ¡Valiente tuno estás, sobrino!... Y la muchacha lo vale; una
gachí con dos ojos como dos quinqués. Si no fueses de la familia te la
quitaba. Tú eres más joven, pero yo tengo un gran «aquel» para las
mujeres. Que lo digan éstos.
Y señalaba a los camaradas que ocupaban la mesa.
Maltrana se marchó entre agradecido y molesto por las necedades de su
tío, y no volvió a verle hasta pasadas dos semanas, acosado por nuevas
necesidades.
--¡Hola!... Siéntate--dijo al verle el -Ingeniero-, con cierta
displicencia.
Siguió hablando con sus amigotes, y de pronto dijo al sobrino:
--La otra noche os vi pasar, muy cargados de paquetes, a ti y a la gachí
por la calle de Toledo. ¿Sabes que esa chica ha perdido mucho? Yo no veo
bien, pero me parece que se ha puesto fea con ese tripón, moviéndose
como una barca, y la cara hinchá como si acabases de largarle dos
tortas. Hasta me pareció que tiene los ojos más pequeños.
Maltrana sufrió en silencio estas palabras de su tío, que aún le
parecieron más molestas en presencia de su tertulia de majaderos. Sin
embargo, fingió una sonrisa pensando en el dinero que podía darle.
--Creo--continuó el -Ingeniero---que ha llegado para ti la hora de...
vámonos. Las mujeres duran poco; son como los pitillos: cuando se llega
a más de la mitad, todo es ceniza, y hay que tirarlos. ¿Digo mal,
caballeros?
Todos aprobaron la sabiduría del chamarilero.
Cuando Isidro creyó llegado el momento de formular su petición, el tío
no la acogió del mismo modo que la otra vez. Había perdido para él su
prestigio de mozo afortunado; ya no le inspiraba envidia: era un bobo,
sin «viveza» para salir del paso; se «caía» manteniendo a aquella golfa
por el insignificante motivo de haberla puesto en estado interesante.
--Toma tres pesetas: no puedo darte más; y te advierto que son las
últimas. Tengo muchos gastos, y los tiempos están malos. Aún no he
vendido el órgano.
Maltrana comprendió que no debía esperar más del -Ingeniero-, y dejó de
ir al Café de San Millán.
La miseria les estrechaba cada vez con mayor crueldad. Feli estaba
fatigada; había perdido la fortaleza de sus primeros días de labor.
Avanzaba su embarazo. Con un supremo esfuerzo de voluntad, inclinábase
ante la obra, emballenando los corsés, bordando a mano las «flores»;
pero apenas tenía acabada una docena, coloreábase su rostro con una ola
de sangre, su cabeza daba vueltas, y echando atrás el cuerpo, cerraba
los ojos como si fuese a desvanecerse. No podía trabajar más.
Mientras tanto, crecían los apuros de la casa, haciéndose más difícil la
existencia de los dos. Los adornos de su bienestar desaparecían: quedaba
ya muy poco de la primitiva instalación. Isidro, más versado, por su
antigua vida, en el arte de defenderse de la miseria, era el encargado
de liquidar la escasa fortuna. Pieza a pieza, vendíalo todo. Ya no
brillaba en el dormitorio con el esplendor del oro aquella cama que
enorgullecía a Feli y había presenciado las mayores alegrías de la
pareja. Dormían en el suelo, en un colchón, y pretendían demostrarse que
así estaban mejor, siendo tan calurosa aquella época del año. El
tintero, regalo de Feli, también había desaparecido. Su venta les
proporcionó una cena, después de un largo día de ayuno. Comieron, pero
la joven creyó que estaban menos unidos después de la pérdida de este
objeto, comprado el primer día de vida común. Lo miraba como un fetiche
de su felicidad.
También habían vendido sus ropas de invierno, aquel traje de gran gala
adquirido en la calle de Toledo, que marcaba para Feli el momento más
culminante de su bienestar. En cuanto a las botas color limón, con su
alta fila de botones, nada podían sacar de ellas; estaban tan
destrozadas como las ilusiones de la infeliz pareja.
Maltrana, que en otros tiempos había hecho frente a la miseria, con la
alegre inconsciencia del pájaro errante, se desesperaba y sentía pasar
por su cerebro los más lúgubres pensamientos al ver a Feli, resignada y
silenciosa, trabajando con sobrehumano esfuerzo, mientras la cocina
estaba fría y no se encontraba en los rincones el más pequeño mendrugo.
¡La miseria, la mala bestia negra! ¡Cómo arañaba la carne! ¡Qué
inspiraciones repugnantes soplaba en el oído!... Algunas veces, los ojos
de Maltrana vagaban con sombría interrogación por las habitaciones del
hermano Vicente. Ahora eran las mejores de la casa: estaban llenas de
algo; mientras las suyas mostraban un espantable vacío.
Sentía la criminal tentación de coger algunos libros del «santo» y
venderlos: de descolgar el Cristo ensangrentado y bajarlo al Rastro,
para que sus primos lo comprasen. Tenía que hacer un gran esfuerzo para
repeler estos pensamientos. El crucifijo sólo valía unos cuantos reales;
los libros que el «santo» guardaba con tanta estima no servían, en su
mayor parte, mas que de papel de envolver.
La escasez, con sus angustias, le agriaba el carácter. El señor Vicente,
tal vez por esto, parecía rehuir su trato. Entraba y salía sin verle,
sin hablarle. Ya no se acercaba a Feli con su bondad misteriosa para
dejar dinero encima de los corsés.
En cambio, una tarde que ella estaba sola, llegaron el -Indio converso-
y aquel cura viejo, vagabundo como el señor Vicente. Querían esperar a
éste, y en vez de permanecer en la sala del hermano, entraron en el
cuarto de los jóvenes. El -Indio converso- indicaba con fieras miradas
los retratos clavados en la pared.
Era lo único que restaba del primitivo bienestar. Maltrana no había
intentado venderlos, pues conocía su insignificante valor. Además, en
medio de su miseria, eran la única demostración de que allí vivía un
intelectual.
El cura, siguiendo las ojeadas del -Indio converso-, examinaba con
aparente distracción los retratos y leía y releía los nombres impresos
al pie, como si temiese olvidarlos. Al mismo tiempo tosía con una
expresión irónica. ¡Ejem! ¡ejem!... Y el devoto remendón movía la cabeza
como si contestase: «¡Eh! ¿Qué tal? ¿No lo decía yo?...»
Cuando supo Maltrana esta visita, prorrumpió en exclamaciones de cólera.
De estar él, allí les hubiera echado a la calle, para que aprendiesen a
no curiosear en casa ajena.
Algunos días después notó Isidro que el señor Vicente retardaba sus
salidas matinales, o volvía a casa muy temprano, como buscando una
ocasión para hablar con él. Le miraba por la puerta entreabierta, al
pasear por su biblioteca mascullando oraciones; pero no osaba pasar
adelante, como si temiese abordarle en presencia de Feli.
Una mañana, al salir Isidro, vio que el señor Vicente abandonaba al
mismo tiempo su habitación, como si le esperase. Los dos se juntaron en
el rellano.
--Señor de Maltrana, tenemos que hablar.
Le dolía mucho lo que iba a decirle, pero le obligaba la necesidad.
Debía buscar una nueva casa; él abandonaría aquélla apenas acabase el
mes.
--No puedo, señor de Maltrana; no puedo pagar el alquiler. Y no es que
intente echarle en cara el no haberme ayudado. ¡Ave María! Usted no pagó
su parte porque no pudo... pero yo me voy. Meteré los libros en
cualquier sitio: me los guardará ese señor sacerdote que usted ha visto
algunas veces. Viviré con el pobrecito zapatero; él y su familia desean
tenerme con ellos; cuidarme un poco, que bien lo necesito.
Maltrana quedó anonadado por el nuevo infortunio que caía sobre él.
¿Adónde ir? Pero la nerviosidad de la desgracia, que agriaba su
carácter, le hizo acoger con altivez esta contrariedad.
--Señor Vicente: usted es un buen hombre y no le creo capaz de tomar por
sí solo tal resolución. Esto es cosa del -Indio converso-, que quiere
monopolizarle, y tal vez de ese capellán amigo de usted...
El «santo» protestó, defendiendo a sus camaradas. No había que maliciar
de ellos ni atribuirles perversas intenciones. El se marchaba porque era
un pobre y no podía soportar el alquiler de la casa. Lo sentía por Feli
y por Maltrana, que le eran simpáticos y no habían alterado su vida con
disgusto alguno. Pero todos vivirían aunque se separasen: la
misericordia del Señor era inmensa.
Y arrastrado por su afán de catequista, añadió:
--Lo que usted debe hacer, señor de Maltrana, es ponerse bien con Dios;
dar a ese ángel de bondad que vive con usted lo que le pertenece: unirse
a ella como dispone la Santa Madre Iglesia.
Isidro adivinó lo que el hermano quería decir. Se había enterado de que
él y Feli no eran casados. El -Indio converso- era capaz de haber
corrido todas las parroquias de Madrid para convencer a su protector de
que albergaba una pareja pecadora, entregada a la concupiscencia de la
carne.
El gesto del señor Vicente delataba su repugnancia a vivir en contacto
tan inmediato con el pecado. Maltrana se enfureció ante estos
escrúpulos.
--Que seamos casados o no lo seamos, ¿qué les importa a ustedes?--dijo
con violencia--. Nos queremos; soportamos juntos nuestra miseria; somos
compañeros de suerte, sin necesitar de compromisos y documentos. ¿Qué
delito hay en esto?
El hermano levantó los hombros con inmensa extrañosa, como escandalizado
de que se pusiera en duda este pecado.
--Además--continuó con dulzura--, usted me ha engañado, señor de
Maltrana; usted se ha burlado de mí... No: ¡si no me enfado por ello!
¡si no le hago cargo alguno!... Yo le admití con gusto bajo mi techo,
pero le indiqué que no podría vivir con Voltaire, Garibaldi y otros
hijos del Malo.
--Y efectivamente--dijo Maltrana, sonriendo a pesar de su cólera--, por
dar gusto a usted, me abstuve de traer a casa a esos apreciables
señores.
--Pero trajo usted--repuso el «santo» con irritación, al mismo tiempo
que lagrimeaban sus inflamados ojos--, trajo usted a otros peores, y ahí
dentro los tiene como si fuesen santos, y falta poco para que les
encienda velas. Yo soy un ignorante, y pensaba que no había nadie más
perverso que esos dos pecadores que he nombrado. Pero uno, aunque falto
de luces, tiene personas sabias y prudentes que le ilustren, y ahora sé
que esos que adornan su habitación son demonios mayores, de más cuidado
que los otros, pues algunos de ellos todavía viven, por altos designios
de Dios, que quiere ponernos a prueba..
--¿Y qué quiere usted?--gritó Maltrana con tono agresivo--. ¿Que los
quite, para darles gusto a ese remendón que le explota a usted y al cura
loco que le aconseja?
--No; guárdelos, si ese es su deseo--dijo el «santo» con mansedumbre--.
Usted y yo no debemos vivir juntos. Usted es joven... y de los del día;
yo soy un pobre pajarillo de Dios... ¡Ave María Purísima! ¡Mi Cristo y
mis libros bajo el mismo techo que los demonios más grandes que se
conocen!...
Maltrana creyó inútil seguir hablando. El hermano estaba resuelto a
separarse, y Maltrana no quiso rogar, ni que el devoto conociese el
grave daño que le infería con esta inesperada resolución.
--Está bien; casas no me faltarán. Y si lo de la mudanza no es mas que
un pretexto para que me vaya, quédese usted aquí tranquilamente con su
Cristo y todo el almacén de necedades que contiene su biblioteca.
Nosotros nos marcharemos en seguida: antes de lo que usted cree.
El «santo» protestó, algo conmovido:
--No tenga usted prisa; queda de plazo todo el mes. Esperaré, y en
cuanto a los atrasos, todo olvidado. Yo le quiero, señor de Maltrana; le
quiero, porque a pesar de ser de los verdes, nunca ha blasfemado en mi
presencia. Yo agradezco esta consideración.
Maltrana repelió tales elogios. Se iría cuanto antes: no deseaba más
favores. ¡Ojalá pudiese en el mismo día abandonar aquella guarida de
buhos!...
Y volvió la espalda al señor Vicente con despectiva arrogancia,
afirmando que aceptaba como un gran bien el perder de vista al beato y
sus amigos.
Pero al verse en la calle, toda su altivez se derrumbó de golpe. A la
cólera sucedió el desaliento. ¿Qué iba a hacer? ¿adónde ir?... Sentíase
más infeliz, más débil que meses antes, cuando vagaba sin hogar, pasando
las noches en una redacción. Ya no tenía como recurso aquel camastro de
la calle de los Artistas. Además, carecía del valor que da el ser solo
para hacer frente a la miseria. Le anonadaba el pensar en Feli enferma,
debilitada por el trabajo, no pudiendo vivir como él al aire libre,
confiada al azar de la bohemia, y que, además, llevaba en su seno una
nueva amenaza del porvenir.
Vagó largo rato por las calles, con el pensamiento agobiado por su
infortunio.
Al pasar por la Puerta del Sol vio que eran las nueve en el reloj del
Ministerio. Pensó un instante en el señor Manolo, e intentó buscarle en
su oficina. Podían vivir en su casa; seguramente que el -Federal- los
recogería al verles en medio de la calle: era un hombre bueno. Pero
Maltrana retrocedió ante la idea de vivir de limosna, privado de aquella
autonomía de la que hablaba a todas horas el señor Manolo. Además, éste
tenía mujer, tenía hijos, que verían con malos ojos la intrusión de una
pareja de hambrientos.
En su optimismo, creía que la suerte iba a cambiar, cansada de
perseguirle. Aproximábase el invierno: volverían a Madrid las gentes que
podían protegerle; no era difícil conseguir que lo encargasen una serie
de artículos, una larga traducción, un libro para firmarlo otro. Lo
importante, por el momento, era esperar metidos en cualquier sitio,
enquistados en su miseria, para no mostrarse mas que en el momento
oportuno. Pero ¿adónde ir sin dinero, sin muebles, sin tener siquiera
asegurada la comida del día presente?...
Al atravesar la Puerta del Sol, vio en la calle del Carmen el carro de
-Zaratustra- parado junto a la acera, y entre sus varales al filósofo
traperil de espaldas a él, separando la basura que acababa de entregarle
el criado.
Maltrana pensó en su abuela y en su tesoro. La señora Eusebia era rica:
todos los vecinos lo afirmaban. El joven se encolerizó al pensar en la
misteriosa fortuna de la avarienta trapera. El era su nieto, y sufría
hambre teniendo derecho a una parte del tesoro oculto.
Sintiose de pronto animado por una firme resolución. Iría a visitar a la
-Mariposa-, aprovechando la ausencia de -Zaratustra-. Considerábase capaz
de las mayores violencias con aquella vieja sórdida, que le admiraba y
hacía de él grandes elogios, sin que jamás se le hubiera ocurrido
ayudarle con el más pequeño regalo.
Maltrana hacía mucho tiempo que no pasaba de los Cuatro Caminos.
Viviendo el -Mosco- temía aproximarse a las Carolinas, y después de
muerto el dañador causábanle repugnancia estos lugares, que despertaban
sus remordimientos. Pero la necesidad borró sus escrúpulos, y emprendió
la marcha hacia aquel suburbio de Tetuán.
Cuando llegó al cerrillo en cuya cumbre estaba la cabaña de
-Zaratustra-, tuvo, como siempre, que espantar con pedradas y gritos a
los perros del trapero.
La abuela, al oír sus voces, salió de la cocina, fijando con extrañeza
sus ojos pitañosos en el desconocido.
--Abuela, soy yo... Isidro.
La -Mariposa-, al reconocer a su nieto, quiso abrazarle, pero se contuvo
mirando sus manos sucias por el hediondo cocineo. Maltrana, sofocado por
el calor, se sentó en la plazoleta, buscando la sombra de una de las
cabañas. La abuela mostró gran asombro por su visita.
--¡Quién podía esperarte!... ¡Tanto tiempo sin venir a verme! Desde que
hiciste la calaverada con la chica del -Mosco-...
Calló, no queriendo hacer mayores alusiones a aquel suceso que puso en
conmoción el barrio de las Carolinas, y del cual ya nadie se acordaba.
--¡Un porción de meses sin verte!--continuó la anciana--. ¿Y qué te trae
por aquí?... Porque tú a algo vienes.
Y la -Mariposa- guiñaba sus ojos, contraía el negro agujero de su boca
rodeado de arrugas, adivinando que sólo un suceso de gran importancia
podía haber traído hasta allí a su nieto.
Maltrana desechó todo preámbulo. Pasaba el tiempo; -Zaratustra- no
tardaría en volver, y él deseaba hablar a solas con la anciana.
--Abuela, para ahorrar palabras--dijo con gravedad--: voy a pegarme un
tiro, y antes he querido verla, despedirme de usted para siempre.
La vieja se persignó. ¡Alabado sea el Señor! ¿Pero se había vuelto loco?
¿Qué le pasaba, para decir tales disparates?... Con ojos de asombro
escuchó al nieto, que relataba sus miserias. Ni dinero ni casa, y la
pobre compañera enferma, sin otra esperanza que dar a luz su hijo en
medio de la calle.
La -Mariposa- repetía con tono estupefacto:
--¡Y yo que te creía con posibles, Isidrín!... ¡Y yo que me figuraba que
ganabas el oro y el moro escribiendo en los papeles!...
Pero su asombro no fue de larga duración. Pareció reflexionar,
replegarse, achicándose dentro de las ropas, como un caracol medroso que
se refugia en su cáscara.
--¡Ay, Señor!--gemía--. ¡Qué cosas pasan en el mundo! ¡Qué miserias!
Una, metida aquí, no sabe nada... ¡Y qué vamos a hacer, Isidrín! ¡qué
vamos a hacer!...
Luego, adivinando lo que el nieto parecía decirle con la mirada,
continuó entre gimoteos:
--Los tesoros de la reina de España quisiera tener yo, para dártelos.
Pero soy pobre, más pobre que las ratas. El tío Polo se ha metido en la
mollera que tengo mi gato oculto, y apenas ahorro dos pesetas, me las
saca, y cuando no las tengo, me pega. Si una no estuviese hecha a todo,
sería caso de morirse.
Maltrana, influido por los comentarios de la gente, que afirmaba la
riqueza de la tía -Mariposa-, creía percibir en sus palabras una
hipócrita falsedad.
--¡Abuela! ¡abuela!--exclamó con tono suplicante.
Y para vencer su dura avaricia, la describió su situación. Nada le pedía
para él. De verse solo, como en otros tiempos, no vendría a molestarla.
Lo mismo que había vivido, haciendo frente a la desgracia, seguiría
viviendo. Pero estaba la otra, la infeliz Feliciana, la mártir, que
vivía tranquila con su padre el dañador, y a la que él había arrastrado
fuera del hogar para que participase de su suerte. No podía abandonarla.
Moribundo de hambre, se quitaría el pan de la boca para dárselo: su
sangre le parecía poco para apagar su sed.
--Hay que ver, abuela, lo que esa mujer hace por mí. Carezco de trabajo,
y ella pena noche y día por que tengamos un poco de pan. Si usted me
quiere, quiérala mucho a ella también. Es mi mujer y mi madre todo a un
tiempo; y antes que verla sin techo y sin sustento, me mataré, abuela,
¡me mataré!
Maltrana se exaltaba con sus propias palabras, y conmovido al recordar
lo que debía a su compañera, inclinaba la cabeza, interrumpiendo su voz
con el estertor del llanto.
La vieja, viendo llorar al nieto, lloraba también, restregándose los
ojos con la punta del delantal.
--Tienes razón--gemía--. Hay que hacer algo por ella. Así deben ser los
hombres. Bien se ve que la quieres.
Preguntó a su nieto cuánto necesitaba para salir de su situación. Si
fuese poco, tal vez ella podría servirle... tal vez encontrase quien le
prestara hasta cinco duros.
--Necesito mucho, abuela.., mucho. Nada tenemos; nos hace falta todo.
No, no me sirven esos cinco duros; hartazgo hoy y hambre mañana. Lo que
le pido es un esfuerzo; que me salve, que nos saque de este atascadero,
hasta que yo pueda marchar solo.
Secáronse los ojos de la vieja e hizo una mueca dura, como si de repente
se extinguiese su emoción. No podía salvar a su nieto; ella era una
pobre. Y cruzó los brazos, mostrándose resuelta a escuchar sin
conmoverse cuanto le dijera Isidro.
Este adivinó los pensamientos de la abuela. ¡Alma endurecida por la
codicia! ¿Y su tesoro? ¿Iba a abandonarle fingiéndose pobre, cuando
todos los de la busca hablaban de su riqueza?...
La -Mariposa- rió con una expresión de bruja burlona.
--¡Mi tesoro! ¡Ya salió mi tesoro! ¿También tú vienes por él?... Te han
engañado, Isidrín; mil veces te lo he dicho. No hay tal tesoro: mentiras
de la gente... Soy una pobre.
Pero el orgullo de su avaricia no le permitía disimular. Se le escapaba
una sonrisa de satisfacción, denunciando la certeza del tesoro y su
propósito de defenderlo contra todos.
--¡Abuela!--gritó Maltrana--. No lo haga usted por ella ni por mí, ya
que no nos quiere. Pero hágalo por el que va a venir.
Intentó enternecer a la -Mariposa- hablándola de su futuro hijo, de
aquel pequeñín, que sería como una extraordinaria prolongación de la
existencia de la anciana. ¡Tendría un biznieto! Pocas mujeres lograban
ver su descendencia hasta tal límite. ¿Y sería capaz de dejar en el
abandono a la tierna criatura?...
El instinto de la familia despertó en la avara. Volvió a gemir, a
llevarse el delantal a los ojos, pero sin moverse, sin acceder a las
súplicas de su nieto.
--¡Desgraciado!--murmuraba--. ¡Eres muy desgraciado!... Y toda la culpa
la tuvo tu madre, por su empeño en huir del barrio... ¡Cuánto mejor
hubiese sido para todos seguir en el oficio!
Maltrana hizo un movimiento de impaciencia. ¿Qué tenía que ver su pobre
madre en lo de ahora?... ¿Quería ayudarle, sí o no?...
La vieja siguió gimoteando, sin contestar, y el joven púsose de pie con
ademán resuelto.
--Adiós, abuela. Quédese usted con lo suyo. Ya sé lo que debo hacer.
Pero antes de que volviese la espalda, la trapera se abalanzó a él.
--¡Isidrín... hijo mío... quédate! Tendrás lo que quieres: todo lo de tu
abuela será para ti, aunque me quede en cueros, aunque me muera de
hambre.
La emoción había ablandado su dura avaricia; la tristeza del nieto la
infundía miedo. Además, en su pensamiento senil estaba fija la imagen
del biznieto, de aquella criatura que aún había de venir y la llenaba de
orgullo.
--Te lo daré todo, ¡todo!--dijo misteriosamente al oído de Maltrana.
Después miró a los inmediatos cerros con inquietud, como si temiese la
presencia de algún curioso.
--Vigila bien--añadió--. Apenas veas el carro del tío Polo, avisa.
¡Mucho ojo!
Y llevándose un dedo a la nariz para indicarle discreción y vigilancia,
se introdujo en el estrecho túnel que conducía a la cuadra.
Transcurrió mucho tiempo. Isidro se imaginaba los trabajos que estaría
realizando la abuela con sus manos trémulas para extraer del escondrijo
aquel tesoro famoso que -Zaratustra- husmeaba, sin llegar nunca a dar
con él. Por fin salió, sucia de telarañas, con el pañuelo de la cabeza
cubierto de briznas de paja.
Llevaba en las manos un trapo blanco repleto de objetos. Al depositarlo
sobre un tronco, con mucho cuidado, como si contuviese cosas frágiles,
sonó en su interior un retintín metálico.
La -Mariposa- suspiraba, como echando fuera el dolor de este sacrificio,
y lentamente, sin dejar de mirar a lo lejos, con el temor de ser
sorprendida, fue desatando los nudos del envoltorio.
Un resplandor de oro, de piedras preciosas, de objetos de gran brillo,
que aun parecían más esplendorosos en este ambiente de miseria, hirió
los ojos del asombrado Maltrana. El tesoro era cierto. ¡Vive Dios! La
realidad tenía sorpresas de cuento fantástico. El joven pensó por un
instante en las novelas de portentosas aventuras leídas en su juventud.
La vieja se gozaba en el asombro del nieto.
--¡Qué hermosura! ¿eh? Toda mi vida me ha costado el reunirlo. Y no te
creas que he apandado nada de mal modo: todo en la basura... Yo he
tenido grandes parroquianos, todos gentes ricas.
Maltrana había cesado de mirar el tesoro, para contemplar a la
-Mariposa- con unos ojos en los que se leía el asombro y la compasión al
mismo tiempo.
--¿No hay más, abuela?--preguntó dulcemente--. ¿Sólo tiene usted esto?
La -Mariposa- le miró escandalizada.
--¡Qué! ¿aún te parece poco? Pero muchacho, ¡si hay ahí para comprar
todas las Carolinas! Fíjate, Isidrín: ¡es un tesoro!
Maltrana no necesitaba fijarse mucho. Pasado el primer deslumbramiento,
había visto la falsedad escandalosa de las joyas enormes y absurdas que
brillaban en la cumbre del montón de baratijas.
Eran adornos de teatro, ridículamente fastuosos, de metal dorado, con
piedras de diversos colores, cuya grandeza hacía temblar de emoción a la
pobre -Mariposa-.
--Esas joyas de reina--dijo--eran de aquella buena señora que me quería
tanto: de la cómica que murió. Las encontré en una carretada de cartas
rotas, trajes viejos y retales que me llevé de su casa... Pensé un
momento en devolverlas, pero me quedé con ellas, y no me arrepiento. Los
herederos eran gente indigna.
El joven apartó a un lado estos adornos ridículos, para revolver con
ávidas manos el resto del montón.
--Fíjate en ese rosario--dijo la vieja--: todo de perlas finas. Era de
una dama de palacio.
Maltrana hizo un gesto de desaliento. Mentira también: eran granos de
marfil, con un débil montaje en oro. Y mentira los imperdibles de
-doublé-; las sortijas ennegrecidas por el largo encierro, con sus
vidrios opacos y muertos; los botones de grandes uniformes, que la vieja
creía de oro puro; los alfileres verdosos y oxidados, con la pedrería
empañada. Aquellas riquezas que hacían estremecer de codicia a la
trapera no eran mas que basura de insignificante valor.
Isidro únicamente apartó lo que la -Mariposa- consideraba de menos
valía: un par de docenas de cucharas de plata de diferentes formas y
tamaños, caídas, sin duda, durante el fregado en el estiércol de la
cocina; una cadenilla de oro, un sonajero del mismo metal y cuatro
sortijas lisas, pero de algún peso. Era lo único del tesoro de la abuela
que tenía cierto valor. Tal vez llegasen a darle por todo ello hasta
treinta duros.
La -Mariposa- seguía con atención el apartado que realizaba su nieto,
sonriendo al ver que se satisfacía con lo más humilde del tesoro,
abandonando las grandes joyas, los objetos brillantes, que la llenaban
de orgullo.
--Haces bien--murmuraba--. Con eso que te llevas tienes bastante por el
momento. Lo demás te lo guardará la abuela para otro caso de apuro, y
cuando yo falte será para ti.
Con un respeto religioso iba amontonando en el trapo blanco las
deslumbrantes baratijas desordenadas por las manos del nieto. La vieja
le tributaba mentalmente los mayores elogios. Su Isidro era bueno; no
quería abusar de la bondad de su abuela, y la dejaba lo mejor. A
impulsos del agradecimiento, desató una de las puntas del trapo, sacando
del nudo unas cuantas monedas de plata.
--Toma, Isidrín--dijo--. Todo el dinero que tengo. Para que lo añadas a
esas cosillas, ya que no has sido exigente. Lo menos llevas ahí siete
duros entre pesetas dobles y sencillas.
Maltrana se metió la cantidad en el bolsillo. Después fue distribuyendo
por los bolsillos de su traje las cucharas y los otros objetos.
La inmensa decepción que le había hecho sufrir la cándida avaricia de su
abuela trocábase en compasivo regocijo al ver el cuidado con que
envolvía el resto de sus baratijas.
--Ya has visto el tesoro--siguió diciendo la vieja con voz misteriosa--.
Tú eres el único que lo conoce. Cuidado con hablar. Esto sólo se reúne
teniendo buena parroquia, trabajando años y años con los ojos bien
abiertos para que nada se escape. Cuando mi biznieto sea mayor,
venderemos la diadema, las pulseras, el alfiler de pecho con esos
diamantes como garbanzos que quitan la luz de los ojos. Alégrate,
Isidrín; no te engañaron: tu abuela es rica, tiene su tesoro; pero tú
solo debes saberlo, pues será para ti.
Después miró con inquietud a lo lejos, poniéndose una mano sobre los
ojos.
--Tú que tienes mejor vista, Isidrín: ¿no es aquel carro el del tío
Polo?... Sí que es; ya está ahí ese judío, ese camastrón, que no piensa
mas que en apandarme el tesoro. Huye, Isidrín: que no nos pille aquí;
que no huela el gato.
Y la vieja, con la inquietud del miedo, temiendo que le arrebatasen
aquellas riquezas, a las que amaba como su propia vida, desapareció en
el túnel oprimiendo entre sus brazos el blanco envoltorio. Se había
despedido de Isidro apresuradamente. ¡Que le trajese el biznieto apenas
naciera! Se contentaba con verlo una vez, y luego morir, dejándole sus
riquezas.
Isidro descendió del cerro por los sembrados para no encontrarse con
-Zaratustra-, pensando, mientras caminaba, en el medio de sacar unas
pesetas más del famoso tesoro oculto en sus bolsillos.
X
Bien entrado el otoño, Isidro y Feli fueron a vivir en las Cambroneras.
Después de abandonar la casa del hermano Vicente, habitaron un cuarto
interior en la calle de Embajadores. Pagaban tres duros por él; pero
transcurrido el primer mes, no pudieron satisfacer el segundo, y
abandonaron la habitación, salvando casi milagrosamente sus escasos
muebles.
Más aún que los tormentos del hambre, temía Maltrana las inquietudes y
desasosiegos que traía consigo el alquiler. Feli sólo se preocupaba de
asegurar el techo. Realizaba economías asombrosas por ir juntando poco a
poco el dinero para la casa. Ya tenía tres pesetas, ya tenía un duro, ya
se aproximaba lentamente a los dos, y de pronto surgía una necesidad
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