Contestó con un movimiento negativo. ¡Las mujeres! ¡todas iguales! ¡Sólo
eran tiernas cuando veían -parné-! Y su cara viciosa, ajada
prematuramente, completó estas palabras con un gesto cínico.
Maltrana saludó al vigilante de la sección de los niños: un viejo de
hirsutas barbas, con una expresión de bondad en los ojos. El otro
empleado explicó a Maltrana las dificultades del cargo. Había que ser
dulce con los presos; el director exigía la abstención de toda
violencia; pero debían tratarles con energía al mismo tiempo, pues los
golfos, maliciosos como monos, se insolentaban y sublevaban a la menor
blandura. Por medio de ingeniosas telegrafías comunicábanse de una a
otra celda, tramando complots contra todo vigilante que les era
antipático.
Su revolución consistía en «darle tapadera», entendiéndose por esto que
cada uno, encerrado en su celda, golpease la puerta con el redondel que
tapaba el orificio de su letrina, armando a un tiempo tal estrépito, que
se conmovía toda la cárcel. El empleado a quien obsequiaban con este
estruendo había de abandonar su puesto, trasladándose a las galerías de
hombres, más tranquilas y disciplinadas que la de estos gorilas del
crimen.
Al final de la galería encontró Maltrana al -Barrabás-, erguido en la
puerta de su celda.
Había visto entrar a su hermano, sereno, sin mostrar emoción alguna. Su
orgullo consistía en ser un «buen preso», imitando los gestos y la
impasibilidad de los veteranos del crimen que estaban abajo; en conocer
los toques de corneta y moverse automáticamente, cual si llevase varias
campañas y viviera en la casa como en su propio elemento.
Saludó al empleado llevándose la mano a la cabeza y quedó inmóvil.
--Bien, muy bien--dijo Maltrana--. Tú parece que estás aquí
perfectamente, mientras tu pobre padre va a morir de vergüenza. ¡Golfo!
¡ratero!
El -Barrabás- sonrió e hizo un ligero movimiento de hombros, como dando
a entender a su hermano que para dirigirle tales reconvenciones no era
precisa su visita.
--Este es un mozo de cuidado--dijo el guardián dándole golpecitos en la
nuca--. Este irá a Ceuta. Cuando le trajeron estaba algo amarillo, tenía
su poquito de miedo; pero apenas entró, ¡como el pez en el agua!... Si
le dejásemos, cobraría el barato. Quiere ser el jefe, le disputa el
cartel al -Machaco-: las echa de matoncillo...
Maltrana, mirando a su hermano con repugnancia, siguió reconviniéndole.
--Estás aquí por ladrón. ¿Sabes tú lo que es eso, Pepín? ¿No conoces lo
que nos afrenta a todos? ¿No comprendes que vas a matar a tu pobre
padre?...
El -Barrabás- abandonó su inmovilidad y miró con ojos hostiles,
homicidas, a los que estaban plantados algunas puertas más allá.
--Estoy aquí--dijo con voz ronca--por esos voceras, que se han chivado,
contándoselo todo al juez. Mis consortes tienen la culpa; en cuanto
pueda, les saco el redaño.
Y se erguía con la arrogancia fanfarrona de un gallo joven,
estremeciéndose todo su cuerpo linfático y desmedrado, con esa ruindad
física de los homicidas por instinto.
Maltrana comprendió que sus palabras no causarían efecto alguno en el
muchacho. Había hecho mucho camino cuesta abajo durante el tiempo que
no le veía. Estaba agarrado por el engranaje del crimen. Cuando saliese
de esta mala aventura, caería en otra. La cárcel era su casa, y toda
aquella juventud que se aislaba de la sociedad, su verdadera familia, la
escogida por él, con la atracción de las comunes aficiones.
El -Barrabás- siguió hablando, sin fijarse en la mirada de reprobación
de su hermano, creyendo ingenuamente que eran portentosas hazañas las
raterías verificadas por su banda. Tal vez le inspiraba lástima aquel
hermano infeliz, incapaz de pelearse con otro hombre y sin agallas para
apoderarse de un mal pañuelo.
A él le hacían caso en la cárcel. Lo declaraba con orgullo: pocos días
llevaba allí, y los empleados le elogiaban, porque «hacía un buen
preso», siendo el primero en la formación y ayudándoles con su
influencia para que todos obedeciesen. Los compañeros y consortes le
respetaban. Sabían que no era un ladronzuelo cobarde, de los que meten
los dedos en los bolsillos y huyen muertos de miedo a la menor alarma.
Tampoco era un «quincenario» de los que pasan en la celda medio mes sin
enterarse del motivo de su detención. Era un detenido de causa, y los
camaradas conocían su historia. Sabían que en el «Palacio de Cristal»
había descalabrado a dos compañeros de los más audaces y que en todas
las cuevas del Príncipe Pío, por su labia y por la facilidad con que
empalmaba la navajilla, no le disputaba nadie el mejor sitio para dormir
y las primeras hembras del rebaño de vendedoras de periódicos y
explotadoras de señores viejos que seguían a los golfos en sus antros.
Los pequeños presos, al saber que el visitante no era un señor de los
Juzgados, sino un hermano del -Barrabás-, abandonaban su posición
rígida, aproximándose unos a otros para aprovechar este rato de
inesperada tertulia.
El pilluelo, viendo alejarse hacia estos grupos al empleado que
acompañaba a Maltrana, se espontaneó más con su hermano; quiso
deslumbrarle con las grandezas de su porvenir.
--¿Ves todos éstos?--dijo señalando a los camaradas--. Pues me tienen
miedo y quieren que sea su capitán. Hemos resuelto, cuando salgamos,
hacer una partida y que yo sea el jefe.
Circulaba, ocultamente, de celda en celda, un grueso volumen de páginas
mugrientas, con las puntas de la encuadernación roídas por el manoseo.
Era la historia de José María, «el rey de Sierra Morena». Las enfermizas
imaginaciones de estos torpes engendros exaltábanse al leer, en el
silencio del encierro, las hazañas del caballeresco bandido, al
contemplar en las láminas las arrogantes figuras de los paladines de
carretera, con sus grandes patillas, el trabuco debajo del brazo y el
cinto repleto de onzas. Así serían ellos cuando saliesen al campo: el
-Barrabás- marcharía al frente, por montes y caminos, como glorioso
capitán. Y el libro, por medios habilísimos, pasaba de unos a otros, a
pesar de que el director perseguía tales obras como si fuesen veneno
puro.
--Si éstos me siguen--continuó el -Barrabás- con énfasis--, si no son
unos cobardes como mis consortes, ya oirás hablar de mí... Algún día
puede que os tape con onzas de oro a padre y a ti... Cada uno sabe lo
que le conviene. ¿Qué había de ser yo? ¿albañil, como mi padre? Muchas
gracias; no quiero morir aplastado lo mismo que un sapo, o en medio de
la calle pidiendo limosna.
El deseaba vivir: juerga, alegría, mujeres; de lo bueno, lo mejor. Sabía
dónde se encontraba todo: sólo era asunto de agallas el hacerse dueño, y
él las tenía. Aunque muchacho, había visto bastante.
Su sonrisa era una mueca de viejo, un gesto de repugnante precocidad,
que se reflejaba en sus ojos con un brillo feroz.
Maltrana, molestado por el cinismo del pequeño, huyendo su mirada, que
parecía insultarle, se fijó en otro muchacho que se aproximaba a ellos.
Iba descalzo, sin otras ropas que un pantalón y una elástica, pero
llevaba el pelo cuidadosamente peinado, con una raya en el centro y dos
bandos luengos y lustrosos.
--Y tú, ¿por qué estás aquí?--le preguntó Isidro.
El aludido contestó gravemente:
-Por darle una puñalada... a un queso.
Rió -Barrabás- la estúpida gracia con estruendosas carcajadas, y los
grupos cercanos rieron también, como escandaloso eco. Todos se habían
enterado de quién era Maltrana, y le miraban burlonamente. Al escuchar
sus reconvenciones al hermano le consideraban como un enemigo. Era igual
a muchos individuos de sus familias que venían a sermonearles en
presencia de los camaradas, poniéndoles en ridículo, cual si no fuesen
ya unos hombres.
--A ver si hay formalidad--dijo el empleado aproximándose al oír las
risas--. Al primero que venga con chirigotas le suelto un capón.
Amenazaba como un maestro de escuela, con los nudillos de su mano. Luego
añadió, señalando al de la puñalada al queso:
--Este se ve aquí por sinvergüenza. Su padre es rico, y él le ha robado,
ha empeñado cosas de su casa, se ha escapado con mujeres. Aún no tiene
catorce años. Su familia, para que se corrija, le ha metido en esta
escuela de moralidad y buenas costumbres.
Y miraba a Maltrana con ojos entre asombrados e irónicos, como
admirando por su inmensa estupidez a aquel padre que pretendía corregir
al hijo encerrándolo en la Cárcel Modelo.
--Este señorito irá lejos--continuó--. Los chicos le llaman el -Levita-,
y es el mayor amigote del -Barrabás-. El es quien le llena la cabeza de
aire hablándole de las cosas que pueden hacer juntos cuando salgan a la
calle.
Maltrana comenzaba a sentir la inquietud de una situación ridícula
viéndose rodeado por aquellos monos malignos. Al volver la cara,
sorprendió por dos veces los guiños burlescos, las morisquetas que
hacían algunos a sus espaldas mirando al -Barrabás-. Su hermanastro, con
una leve sonrisa, parecía animarles.
Del fondo de la galería salieron voces imitando el gruñido de varios
animales. El empleado iba de un lado a otro amenazando con el consabido
«capón». Todos adivinaban en Maltrana al enemigo, al pariente
moralizador y molesto que se presenta a predicar la virtud. ¡Virtud a
ellos, que eran unos hombres y estaban enterados de todo!
No quiso Isidro prolongar por más tiempo la visita; además, el empleado
que le servía de guía mostrábase impaciente.
Prometió al -Barrabás- interesarse por su suerte, ver a los señores del
Juzgado, por si era posible hacer algo en favor suyo.
--No lo descuides--dijo el pilluelo con hipócrita seriedad--. Será una
buena acción; mis consortes son más culpables que yo. Si hubiese
justicia, ya me habrían puesto en la calle.
Pero en sus palabras notábase la falta de anhelo por salir. Allí no
estaba mal; además, pensaba en el «cartel» que podía darle un largo
encierro, en la admiración con que acogerían su salida los golfos
albergados en las cuevas de los alrededores de Madrid.
Cuando Isidro volvió a casa, pensaba en su visita a la cárcel como si
fuese un ensueño. ¡Y su hermano, un pedazo de su carne, vivía allí con
delectación, como si la esclavitud le colocase por encima de los demás!
No ocultó a Feli el mal efecto de su visita.
--Haré lo que pueda por ese granuja, aunque él, por su gusto, mejor está
allí.
El señor José se presentaba por las noches en casa de Isidro, pues el
día pasábalo en aquella gran edificación de las afueras, por no perder
el jornal.
--¿Qué hay del chico?--preguntaba ansiosamente.
Al principio le dio Isidro buenas esperanzas. Creía posible su
excarcelación por medio de un amigo que, a su vez, lo era de otro que
conocía al escribano. Luego se mostró pesimista. Pedirían una fianza, y
no era cosa fácil para unos pobres como ellos el conseguirla. Por fin,
quiso dar un consejo al señor José. El -Barrabás- era cosa perdida. Lo
mismo daba que permaneciese en la cárcel que en la calle. Casi le
favorecían dejándolo allí, pues evitaban que cometiese nuevos delitos.
El albañil no volvió por casa de Maltrana. A pesar de su carácter
rígido, mostrose ofendido por esta falta de esperanza en la regeneración
del -Barrabás-, y eso que él era el primero en desconfiar de su
enmienda.
Isidro casi olvidó a su hermano. Otras preocupaciones dominaban su
pensamiento. Quería salir de su mísera situación antes que se agotase el
dinero del libro del marqués de Jiménez, administrado por Feli con
escrupulosa economía.
De vez en cuando, una traducción que le proporcionaba un amigo, un
artículo que conseguía colocar en un periódico ilustrado, sostenían
instantáneamente el descenso de su fortuna. Pero esto no era bastante:
le faltaba el ingreso regular y seguro para mantener su vida.
Pensó un momento en hacer un esfuerzo de voluntad y entrar en la
redacción de un periódico... La empresa no era fácil: todos los puestos
estaban ocupados, y él apenas si servía para esta labor. La fama del
-Homero- indolente se había esparcido por todas las redacciones.
Hubo instantes en que confió su salvación a libros originalísimos que se
le ocurrían, y que, según él, estaban destinados a producir gran
escándalo en el público. Pero ¿quién iba a imprimirlos? ¿Y la fuerza
para escribir dónde podía encontrarla, con la voluntad entorpecida y la
inquietud del sustento inseguro?...
Comenzaba a dudar de su fuerza. Desvanecíase la fe de aquellos momentos
de bienestar, en los que creía en asombrosas ascensiones hacia el
triunfo. Pensaba, en su desesperación, que era un infeliz sentenciado a
la miseria, con menos talento que un mozo de cordel. Aquellas ropas
raídas de señorito que cubrían su cuerpo eran la librea del hambre.
Llegaba a su cuarto y se tendía en la cama, triste, trémulo, como si le
amenazase una desgracia, ocultando la cara entre las manos. La pobre
Feli acudía, balbuceando de miedo:
--¿Qué tienes, Isidrín? ¿Qué te pasa, rico mío?
Le acariciaba como una madre; hundía sus manos en la crespa cabellera,
mientras Maltrana respondía entre suspiros. Nada, no tenía nada;
jaqueca, cansancio de no trabajar, aburrimiento.
Gemía de impotencia, acompañado por la dulce Feli, que también derramaba
lágrimas, sin pedir nuevas explicaciones, adivinando, en su instinto de
mujer, que estas crisis tenían relación con el montoncillo de dinero,
cada vez más exiguo, que guardaba en la cómoda.
La juventud y el amoroso contacto de sus cuerpos acababan por desvanecer
esta lluvia de lágrimas. Abrazábanse con los ojos todavía húmedos,
sentían la necesidad de estrecharse, de hacer frente con mayor solidez a
la desgracia, y los besos sucedían a los llantos, entregándose al amor
con un resto de melancolía que proporcionaba a su placer nuevas
dulzuras.
Por las noches entraba Maltrana en casa cada vez más tarde. La tímida
Feli había tenido que vencer su miedo a las habitaciones desiertas, a
las terroríficas imágenes del señor Vicente.
Cosía hasta más de las once a la luz de un quinqué comprado en el
Rastro. El señor Vicente, al volver a su habitación y ver luz por debajo
de la puerta, tocaba discretamente con los nudillos.
--¿Aún no ha vuelto el señor de Maltrana?
Y al saber que Feli estaba sola, negábase a pasar adelante. Era tarde y
debía levantarse con el alba.
--Que trabaje usted mucho, señora, y duerma bien. ¡Ah! Y si tiene usted
un rato libre y quiere distraerse, lea aquella oración tan bonita que le
entregué. Se ganan ochenta días de indulgencia.
Escuchaba Feli el ruido de sus zapatos al caer, los crujidos del jergón,
los suspiros y rezos del devoto al tenderse. Luego venían los gritos de
la pesadilla, los apóstrofes al Malo, para que se alejase con sus
carnales tentaciones.
Feli se acostaba después de media noche, aguardando en la obscuridad la
llegada de Isidro, creyendo que era él cada vez que sonaban pasos en la
escalera. Dormíase muchas veces vencida por la fatiga, y despertaba al
sentir en sus ojos la violenta impresión de la luz.
Isidro, con aire fatigado, desnudábase junto al lecho. ¿Qué hora era?
Las tres; las cuatro. El joven excusaba su retraso hablando de los
deberes que pesan sobre un escritor, de las exigencias del oficio. Había
que dejarse ver de las gentes, frecuentar las tertulias de Fornos,
visitar algunas redacciones, callejear con ciertos amigos noctámbulos
que podían ayudarle. El la amaba como siempre; pero se debía a la
literatura y al público.
Una noche asistió a un banquete en honor de un compañero que acababa de
publicar un tomo de versos. Era una fiesta de juventud, un alarde de
fuerza y cohesión para que rabiasen los viejos. Feli cepilló con gran
cuidado su traje, puso en su pañuelo unas cuantas gotas de esencia que
aún le restaban en el fondo de un frasco; añadió un par de pesetas, por
lo que pudiera ocurrir, al duro (precio del cubierto), que separó
tristemente de lo que ella llamaba «el capital de la casa», cada vez más
reducido.
Eran las tres de la madrugada cuando despertó Feli sintiendo en la
frente el contacto de unas manos. Lo primero que vio fue la cara de
Isidro, pero transfigurada, con las mejillas rojas, brillándole los ojos
con un fulgor extraordinario. Después percibió un perfume de flores
marchitas y vio esparcidos sobre la cama varios -bouquets-, que
indudablemente habían servido de adorno a los cubiertos antes de
comenzar el banquete.
--¡Viva el arte!--gritó Maltrana con una agitación que hizo reír a
Feli--. ¡Viva la eterna belleza! ¡Viva la juventud triunfante!
--Pero ¡cállate, condenado!--exclamó la muchacha--. Puesto a gritar,
dale un viva al vino, porque me parece que vienes algo marcado.
--Estoy borracho, es verdad; borracho de entusiasmo, de vida, de
inspiración... El porvenir es nuestro, nena; los jóvenes triunfaremos.
Tú eres la belleza, la musa de la juventud: deja que te cubra de
flores.
Y riendo como un chicuelo travieso, le arrojaba a la cara los
ramilletes.
--Pero ¡Isidro, hijo mío--protestó Feli--, que vas a despertar al señor
Vicente!...
--Que se fastidie ese sacristán; que reviente el rapavelas. ¡Abajo el
obscurantismo! ¡Viva el arte y la juventud!
La alegre embriaguez de Maltrana hacíale contemplar a Feli con ojos
amorosos. ¡Qué hermosa la veía en el desorden del sueño, con el pelo
alborotado y las mejillas sonrosadas, mostrando su pecho de suave
palidez de camelia por entre las modestas puntillas de la camisa,
cruzando tras la cabeza el marfil de sus redondos brazos! Era la musa de
la juventud. Isidro la besaba en el rostro, en los hombros, en los
pechos, en todos los adorables rincones de su carne que la muchacha iba
dejando al descubierto al revolverse en la cama, estremecida bajo el
chaparrón de caricias, que le arrancaba sofocadas risas, lamentaciones
de irresistible cosquilleo.
--Déjame, mala persona--gemía riendo--. Déjame, o chillo.
Maltrana siguió besándola, interrumpiendo sus caricias con ardorosas
palabras.
--Grita lo que quieras... pero no te dejo. He de asesinarte, matarte a
besos... Te adoro. Eres la Venus de Milo... La de Milo, no, ¡que
barbaridad! no tiene brazos, y los tuyos son muy bonitos. Eres la de
Médicis, la de Canova, la Capitolina, ¡eso es!... la Capitolina, que es
la más chulona de todas las Venus... Deja que te bese de rodillas, que
te adore.
Y en la extravagancia de su embriaguez, pretendió arrodillarse para
besar una pierna que asomaba entre las ropas del lecho.
Feli sonreía con estos arrebatos de su amante. Le placía verle alegre.
Se había dormido pensando en la necesidad de decirle una cosa... una
cosa muy importante.
Maltrana inclinó su cabeza para oír mejor.
--Habla: dime qué es eso.
Pero Feli se resistió a hablar, ocultando su cara al mismo tiempo que
sus mejillas se enrojecían intensamente. No; así no. Temía que alguien
la oyese; que sus palabras llegasen hasta el devoto, que dormía al otro
lado del tabique.
Extendió sus brazos para coger la cabeza de Isidro y la aproximó a su
boca, hablándole al oído largamente, con mimo infantil.
Cuando Maltrana se incorporó, ya no le brillaban los ojos. Se había
disipado el gesto risueño de su embriaguez; había perdido las ganas de
dar vivas a la juventud y al arte.
La paternidad acababa de arrojar su fardo de inquietudes, de graves
afectos y penosos deberes en medio del camino de su amor.
¡Un hijo!... Adiós, juventud. Maltrana creyó que caía de golpe sobre sus
hombros la capa de plomo de los años; vio más negra, más triste, la
miseria en que vivía.
Fue un sentimiento indefinible, en el que se mezclaban la satisfacción y
el miedo. Su personalidad iba a desdoblarse, prolongándose en el curso
de la vida. Esto le elevaba como hombre. Pero creyó sentir en torno algo
que se despegaba de él. La juventud alegre, sin responsabilidades ni
obligaciones, se perdía para siempre. A lo lejos, la Ilusión, en fuga,
batía sus alas de diamante.
VIII
Sufrió Maltrana un gran cambio en su vida. El dinero iba desapareciendo,
sin que los tardos e irregulares ingresos bastasen para sostener la
casa.
Feli le pareció menos agradable. Trataba a Isidro con el cariño de
siempre, le cuidaba y mimaba con aquella adoración que hacía de ella una
devota más que una amante, pero tenía crisis de inexplicable tristeza,
que parecían contagiarle a él.
Muchas veces, al volver Isidro a su casa, la sorprendía de bruces en la
cama, llorando silenciosamente.
--Pero ¿qué tienes?--gritaba con tono colérico--. ¿Qué te pasa?...
Nada: lloraba sin saber el motivo. La maternidad trastornaba su débil
organismo. La invadía una intensa tristeza, atormentando su imaginación.
Pensaba en el ser misterioso que llevaba en sus entrañas, en cuál sería
su fortuna al surgir al mundo, en la miseria que rondaba en torno de
ellos, amenazándoles con toda clase de privaciones.
Isidro sorprendía algunas veces en su mirada una curiosidad molesta,
como si le contemplase por primera vez, como si le examinara a una nueva
luz, viéndole totalmente cambiado. Feli comenzaba a dudar de él: su fe
sufría ligeros desmoronamientos. Como si la maternidad aguzase su razón,
la muchacha preguntábase si Isidro era tan grande como ella le había
creído, si no faltaba algo esencial en aquel hombre sin voluntad para el
trabajo, indeciso e inquieto, que en plena amenaza de miseria pasaba
gran parte del día olvidado de su situación, charlando en el Ateneo y en
los cafés del porvenir de la juventud, de la decadencia de «los viejos»,
de lo que debía ser el arte, anunciando a voces que pensaba escribir
grandes cosas, pero sin fuerzas para coger la pluma, sin constancia para
la labor.
Todo esto que pensaba Feli vagamente lo traslucía Isidro en sus miradas.
El, por su parte, viéndose analizado y con menos admiración, sentía
ligeros descensos en su amor, confesándose que había en éste más de
agradecimiento que de pasión irresistible.
Amaba a Feli con un nuevo afecto plácido y tranquilo.
Del amante apasionado que se arrodillaba ante ella con la embriaguez de
la carne, llamándola Venus, quedaba muy poco... ¡Pobre Venus! La diosa
deformábase con la maternidad. Una hinchazón monstruosa rompía las
líneas armónicas y dilataba las curvas admirables. Aquellas botas color
limón que eran el orgullo de Feli ya no entraban en sus pies. La
muchacha sentía el trastorno de sus entrañas en forma de náuseas,
vahídos y crisis de nervios, y Maltrana, con su egoísmo de hombre
superior, abandonaba la casa, en busca del placentero trato de los
amigos.
El estado anormal de Feli coincidió con un suceso que hizo temer a
Isidro por la vida de la muchacha.
Una mañana se presentó el señor Manolo el -Federal-. Feli, que no le
había visto desde su fuga de la casa paterna, acogiole con grandes
muestras de cariño. ¿Y el padre?... Pero el señor Manolo apenas
contestó. Necesitaba decir a Isidro algo muy interesante; le invitaba a
bajar a la calle, para expresarse con mayor libertad.
Maltrana bajó tras él, adivinando algo grave en el gesto hosco del
capataz.
--Tú no habrás leído los papeles de hoy--le preguntó al detenerse en la
acera--. Pues bien; el -Mosco- ha muerto; mejor dicho, le han matado.
Los esbirros han conseguido lo que deseaban.
Y relató la muerte trágica de su hermano. Los diarios dedicaban al
suceso unas cuantas líneas. Aquel homicidio en tierras reales no
inspiraba interés. El -Mosco- y su acólito el -Chispas- habían caído en
una emboscada de los guardas. El maestro había muerto acribillado de
plomo; su discípulo y acompañante estaba en el hospital, con dos balazos
en un hombro. Unos periódicos, al hablar del suceso, afirmaban que las
víctimas eran dañadores peligrosos que habían hecho frente a los
guardas; los diarios de oposición decían que eran pobres hambrientos que
entraban en la posesión real sin otro propósito que el de coger
cardillos.
--La cosa fue anteanoche--continuó el capataz--. Yo lo supe ayer por la
tarde; vinieron a decírmelo de las Carolinas... No he querido ir a
verle. ¿Para qué? ¿Voy acaso a resucitarlo?... Ya estará enterrado; los
que lo vieron dicen que estaba hecho una lástima. Un balazo en la
frente, otro en la boca: plomo por todas partes. Apenas si los amigos
pudieron reconocerle; tan desfigurado estaba. ¡Cristo! ¿Así se mata a
los hombres? Se habían juntado no sé cuántos; sabían por dónde iba a
pasar, y bien tranquilos, ocultos tras la maleza, le hicieron una
descarga, sin que el pobre pudiese llevar la mano a su escopeta... ¡Ya
estarán contentos! ¡Ya no pensarán más en el -Mosco-, que era su
preocupación!... El pobre -Chispas-, cuando sane, si es que sana, irá a
presidio... Da rabia, Isidro, pensar que hombres tan hombres mueran como
perros, por querer vivir de lo superfluo, de lo que otros no necesitan;
que los cacen como fieras, sin haber hecho otro delito que cobrar
algunos conejos... ¡Puñales! ¡y después aún se extrañan de que pidamos
la revolución!...
La muerte del -Mosco- impresionó mucho a Maltrana. Pensó con
remordimiento que tal vez tenía él cierta intervención en esta
catástrofe. El dañador, empujado por la cólera, se había entregado a sus
expediciones arriesgadas, como si retase a la muerte. Después pensó
Isidro en su compañera, nerviosa y quebrantada por su estado físico; en
lo peligroso que sería darle la noticia, sin que una nueva crisis
pusiera en peligro su salud.
Cuando subió, le esperaba Feli con la mirada interrogante y la cara
triste, como si el instinto femenil le avisase la desgracia. Sólo por un
asunto importante podía haberse resuelto su tío ir a visitarles. Era
cosa de padre, ¿verdad? ¿Se había decidido, por fin, a buscarlos? ¿Iba a
presentarse de un momento a otro?...
Los rodeos que empleó Isidro para contestar aguzaron su instinto. En un
momento columbró la verdad.
--No digas más, Isidro--murmuró--. No te esfuerces: no temas por mí. Yo
soy fuerte. ¿Es que lo han matado en el bosque?...
Acogió con serenidad la trágica noticia. Maltrana admiró su firmeza: era
digna hija del -Mosco-. Aquella mujercita débil, que muchas veces
lloraba sin motivo, permaneció inmóvil, con los ojos secos, al conocer
la desgracia.
Hacía tiempo que presentía este final. Muchas noches había visto en
sueños a su padre cubierto de sangre, pereciendo bajo las escopetas de
los guardas, que le daban el tiro de gracia. Se había familiarizado con
la posibilidad de este suceso durante los años de su vida en las
Carolinas al lado del dañador.
Apenas si lloró. Permaneció anonadada, embrutecida por la sorpresa.
Maltrana, al volver a casa por la noche, vio sus ojos enrojecidos, como
si al encontrarse sola sintiese con más intensidad la desgracia,
entregándose largas horas al llanto.
Una pregunta parecía vagar por sus labios, atormentándola con cruel
inquietud.
--¿Tú crees, Isidro--dijo al fin--, que no tenemos ninguna culpa en la
muerte de padre?
La misma pregunta elevaba sus interrogantes en el ánimo de Maltrana;
pero éste se apresuró a tranquilizar a su compañera. No; ninguna
responsabilidad les correspondía a ellos. El -Mosco- había muerto por
temerario. Era el final lógico de una vida de aventuras, de aquel modo
audaz de ganarse la existencia con riesgo de la piel. ¿No le había visto
llegar muchas veces a la casucha chorreando sangre de tremendas
heridas?...
Pareció tranquilizarse Feli, sin que por esto dejase de llorar cuando se
veía sola. El señor Manolo se presentó varias veces en la casa para dar
cuenta a los dos jóvenes de la exigua herencia del -Mosco-. Iba
vendiendo a las gentes de Tetuán los famosos perros del dañador, sus
enseres de caza, todo lo que contenía la casucha de las Carolinas. Llegó
a reunir así unos sesenta duros, que entregó a Feli, guardándolos ésta
sin decir nada a Isidro.
Bien necesitaban el dinero. Había llegado el calor, y sus trajes de
invierno, aunque raídos, les abrumaban con peso sofocante. Vistiéronse
los dos de negro en los establecimientos baratos de la calle de Toledo.
Feli, en este segundo equipo, ya no se permitió capricho alguno. ¿Para
qué adornarse? El embarazo desfiguraba su cuerpo débil y delicado.
Pasaba semanas enteras sin salir de su habitación, sin asomarse a la
ventana. Le faltaban fuerzas para vestirse. Con un arranque de su
voluntad llegaba a la cocina, y tosiendo y estremeciéndose por contener
las náuseas, preparaba la comida.
Ella, que cuidaba antes con gran escrupulosidad las ropas de Isidro,
mostrando empeño en que se distinguiese de los compañeros por su
limpieza, abandonábalo ahora, sin lanzar una mirada a sus cuellos
grasientos, a sus pantalones moteados por el barro de lejanas lluvias.
Su deseo era verse sola, que Isidro se alejase; y, sentada en el viejo
silloncito que su amante ocupaba al escribir, permanecía inmóvil horas
enteras, contemplando con fijeza hipnótica su vientre desmesurado,
monstruoso, que subía y subía, tirando de las faldas, dejando al
descubierto sus hinchados pies.
Algunas noches, en el silencio del dormitorio, mostraba a Maltrana aquel
globo de tirante piel, agitado en su interior por misteriosos
estremecimientos. Era el miedo, la inquietud de la primeriza ante lo
extraordinario del fenómeno.
--¿Llevaré dos?--preguntaba con voz trémula--. Tú que sabes tanto, ¿no
reconoces que esto es demasiado?...
Pero Isidro contestaba con mal humor. Su embarazo era lo mismo que los
otros. Debía dejarle en paz. Tenía asuntos más graves en que pensar;
estaba desesperado por las injusticias de que era objeto. Nadie hacía
caso de la juventud; no la abrían camino...
Y después de estas lamentaciones dormíase, mientras Feli, en la
obscuridad, se pasaba las manos interrogantes por aquella montaña,
motivo al mismo tiempo de alegría e inquietud.
En las primeras horas de la noche, cuando Feli estaba sola, el señor
Vicente entraba un instante en la habitación de sus huéspedes. Como la
joven tenía que darle algunos recados, el devoto decidíase a pasar la
puerta.
Durante sus ausencias presentábanse algunos amigos preguntando por él.
Eran estos un cura viejo, de hábitos raídos y verdinegros, tan loco y
pobre como el señor Vicente, varios hermanos de cofradía, y aquel
tremendo zapatero cuya conversión le había costado los mejores años de
su vida. Todos ellos personas devotas y buenas, que merecían los mayores
elogios del «santo».
Escuchaba éste con movimientos de cabeza las explicaciones de la joven.
Fulano había dicho que no dejase de ir al día siguiente a la iglesia de
Santa Cruz, pues eran los funerales de un señor de las Conferencias
católicas. El cura viejo había dejado en su cuarto dos paquetes de
hojitas para que las repartiese. El zapatero, con su cara fosca, se
había presentado dos veces, buscándole con gran prisa. Necesitaría
dinero: la tal conversión le costaba muy cara.
El señor Vicente la oía sonriendo, y después se fijaba en su persona.
--Y usted, ¿cómo está? ¿cómo marcha ese embarazo?...
Desde que la veía en tal estado hablábala con mayor confianza.
Desfigurada por la hinchazón, pesada y doliente, no pudiendo moverse sin
suspiros de pena, ya no le infundía aquel miedo que toda hembra le hacía
sentir. La maternidad dolorosa santificaba a la mujer, le permitía
acercarse a ella sin miedo y sin repugnancia, tratándola con una llaneza
maternal.
--Debe usted sufrir mucho. Algunas noches la oigo revolverse en la
cama... Tenga usted paciencia; es el castigo que nos impuso Dios por la
rebeldía de la primera mujer. Todos hemos de sobrellevar la culpa.
Feli le consultaba con inocente confianza, como si estuviese en
presencia de una comadre del barrio. El señor Vicente no era un hombre:
la locura religiosa le excluía del sexo. Se lamentaba al hablar con él
de la inquietante hinchazón de su vientre. Le comunicaba su terror. ¿Era
aquello natural?... ¿Qué opinaba el buen hermano?
Y el púdico señor Vicente se fijaba en el abultado abdomen, sin
escrúpulo alguno, como si la maternidad fuese una función falta de
origen, en la que para nada intervenía el amor.
Sospechaba, en sus piadosas fantasías, si este embarazo ocultaría algo
sobrenatural, un prodigio de la voluntad divina.
Hacía preguntas a Feli, que ésta contestaba con extrañeza. ¿No le decía
nada el ser que llevaba en las entrañas? ¿No le había hablado alguna vez
o demostrado su voluntad con extraños ruidos?...
--Hace usted mal--continuaba--si cree que digo esto a tontas y a locas.
Yo, aunque lego, he leído algo. Ahí dentro tengo una Vida de San Vicente
Ferrer, mi ilustre patrón, al que con motivo llama su panegirista «el
San Pablo español». No se imagine que es un librillo de los de ahora,
sino un volumen con tapas de pergamino, impreso hace siglos, y su autor
es el reverendo padre Valdecebro, varón de gran fama por las obras que
escribió sobre la vida de los animales... Pues el padre Valdecebro
cuenta que la madre del santo, cuando estaba en su embarazo, sentía
grandes inquietudes y miedos por lo desmesurado de su vientre y los
ruidos que hacía la criatura. Algunas noches creyó oír ladridos en sus
entrañas, y llena de miedo, fue a consultar el caso con el arzobispo de
Valencia, que era santo y prudente. «No temas, mujer--dijo el prelado--;
si tu hijo ladra dentro de tu vientre, es porque Dios quiere que sea el
gran mastín de la Iglesia, que reñirá con los lobos de la herejía.» Así
lo cuenta el padre Valdecebro, que era un varón docto, incapaz de
mentir. La bondad de Dios no se agota nunca. ¡Quién sabe si querrá
repetir en usted sus prodigios, haciendo que salga de ese vientre otro
mastín para la defensa de su rebaño!...
Feli compadecía la simpleza del devoto, ofendiéndose al mismo tiempo por
la misión animal que atribuía al hijo de su entrañas.
--Pues éste, señor Vicente--decía señalándose el abdomen--, éste, por
ahora, no imita a su santo patrón: aún no ladra.
--Tenga usted fe en la bondad del Señor--continuaba el hermano--. Todo
llegará, y así que se presente el mal paso, le traeré ciertas reliquias
milagrosas de un amigo mío, y una cinta de la Virgen que obra prodigios.
Había comenzado el verano. Isidro juraba de desesperación viendo que
todas las personas que podían ayudarle se ausentaban de Madrid. No
encontraba trabajo: los editores paralizaban sus negocios; ningún
traductor necesitaba ayuda; los semanarios ilustrados llenaban sus
páginas con grabados representando el veraneo de los reyes y de la
aristocracia en las playas del Norte, sin dejar espacio para un mal
artículo.
Todos los malos olores de Madrid, dormidos durante el invierno,
despertaban y revivían al llegar el calor. Las cuadras y vaquerías
hedían con la fermentación del estiércol; las bocas de las alcantarillas
humeaban la podredumbre de sus entrañas; hasta los caballos de los
coches de punto, en sus largas esperas, levantaban la cola, impregnando
el ambiente con el tufo de la cebada recocida y la paja putrefacta.
La calle era más ruidosa que en el resto del año. Parecían nacer niños
de entre los guijarros del pavimento: bulliciosas bandas ocupaban las
aceras, entregándose a sus juegos con la libertad de un villorrio. Los
balcones, abiertos por el calor, daban paso franco al estrépito del
carruaje que rueda, del vendedor que chilla, del afilador que aguza los
dientes con sus chirridos, del piano ambulante e infatigable, que
desarrolla la general jaqueca con las vueltas de su manubrio. La calle,
como dilatada por el calor, introducíase por todos los huecos, haciendo
llegar sus hedores y ruidos a los extremos más recónditos de las casas.
Las habitaciones que ocupaban los dos jóvenes ardían de la mañana a la
noche bajo la llama del sol. Descendía del techo un calor asfixiante,
como si sobre él ardiese un horno. Feli, despechugada, sudorosa,
respirando con dificultad, arrastraba los pies yendo de un lado a otro,
abrumada por este calor que era un nuevo tormento. Crujían durante la
noche, con chasquidos alarmantes, las maderas de los muebles, las tablas
ocupadas por los libros del devoto, sobre cuyos lomos polvorientos
movíanse las polillas. Las paredes, caldeadas, arrojaban de su seno los
parásitos del verano. Las chinches caían del techo, las pulgas saltaban
sobre los baldosines. El señor Vicente no podía remover sus pilas de
volúmenes sin que saliesen a la desbandada las cucarachas en repugnante
correteo.
Feli sentía aumentar sus náuseas y su inapetencia con este asqueroso
renacimiento que la rodeaba.
Apenas comía. La escasez de dinero, las preocupaciones de la miseria,
aumentaban su debilidad. Maltrana la veía ajarse, perder la viveza de
su juventud, como si la consumiese aquel ser oculto que devoraba lo
mejor de su vida.
También el joven experimentaba grandes crisis de desaliento. Volvía a
casa con el gesto triste, se dejaba caer en la cama, diciendo que quería
morir. No encontraba trabajo. Iba de un lado a otro visitando a los
amigos, haciéndose visible en las redacciones de las revistas, sin
conseguir una traducción ni que le admitiesen un artículo. La vida
estaba paralizada: todos los que podían darle algo se hallaban ausentes.
Había buscado al marqués de Jiménez, con la esperanza de inspirarle una
nueva obra; pero el grave personaje también estaba ausente; veraneaba en
una de sus fincas, y en ella se proponía permanecer hasta el invierno.
En estos instantes de abatimiento era cuando Isidro se daba cuenta de lo
mísero de su situación. Sus brazos eran débiles, sus manos delicadas; ni
siquiera poseía el vigor físico de un mozo de cordel para ganarse la
subsistencia.
Recordaba con amargura las declamaciones que muchas veces había leído
sobre la miseria de los desheredados de la clase obrera. ¡Ay! Ellos, al
menos, no perecían de hambre en medio de la calle. El hombre de fatiga
siempre encontraba un mendrugo y una copa de vino para salir del paso.
Pero ¿y él? ¿Qué iba a ser de él, envenenado por una instrucción que de
nada le servía, falto de la fuerza brutal con que se ganaban el pan los
desgraciados de blusa?...
En estos momentos de desesperación pensaba en -El bachiller-, de Julio
Vallés, una de las obras que más le habían impresionado, por ver en ella
la negra historia de su existencia. Acudía a su recuerdo la dedicatoria
del libro, desolada, de inmensa tristeza: «A todos los que, nutridos de
griego y de latín, están muertos de hambre.»
El pertenecía a esta legión de desgraciados, cuyas quejas no encontraban
eco, que imploraban el pan con el rubor y la timidez de su levita raída,
que hacían reír con lo grotesco de su miseria, sin infundir miedo como
los obreros manuales.
Maltrana pensó por primera vez si el gran error de su vida era haberse
dejado arrancar del campo de miseria donde nació; si aquella buena
señora, su protectora, habría sido, sin saberlo ni quererlo, la mala
hada de su destino; si estaba condenado a eterna hambre por soñar con la
gloria y haber vestido las raídas ropas del bohemio, cuando su salud
consistía en seguir dentro de la blusa de sus mayores.
Feli, a pesar de su debilidad, encontraba fuerzas para animarle. Se
acababa el dinero y no tenían esperanzas de que llegase más. Pero ella
le ayudaría: estaba habituada al trabajo.
Y la pobre muchacha, anémica por la falta de nutrición, abrumada por el
peso de su vientre, tuvo un arranque de energía sobrehumana, de esos que
únicamente puede realizar la nerviosidad femenil. Le era imposible
volver a la fábrica de gorras: estaba muy lejos, y además no la
admitirían después del escándalo de su fuga. Pero conocía otros oficios
menudos e insignificantes, de los que están al alcance de las muchachas
pobres y las ayudan a engañar el hambre. Haría «flores» para los corsés,
se dedicaría a emballenarlos. Conservaba cierta amistad con la dueña de
un taller, por haber trabajado para él cuando escaseaba la faena en la
fábrica de gorras.
Isidro se opuso. ¡Trabajar ella, mientras él permanecía en forzosa
inacción! ¡Trabajar, cuando estaba enferma y el desarreglo de su
organismo la obligaba a largas horas de inmovilidad!... Adiós, idilio.
Maltrana creyó que su dicha amorosa huiría para siempre así que aquellas
manos hermosas se viesen sometidas a la esclavitud del jornal. El
engranaje de la miseria agarraba a sus víctimas para no soltarlas jamás.
Si ella trabajaba, viviría siempre condenada al trabajo: jamás tornarían
a su nido la alegría y la abundancia. Antes morir los dos de miseria,
que ver a la adorada, a la dulce Feli, degradándose de nuevo con las
fatigas de la obrera. Ella era una señorita: la mujer de un escritor.
La muchacha acogió estas protestas encogiendo los hombros. El buen
sentido femenil le hizo despreciar tales preocupaciones, y una noche, al
regresar Maltrana a su casa, vio la habitación llena de corsés blancos y
modestos, corsés de pobre, que Feli había recogido en el taller. Pasaba
las horas con el busto inclinado sobre su enorme vientre, en el que
descansaban los armazones de lienzo. Hacía las «flores»: los pespuntes
en forma de triángulo que adornaban los extremos de las ballenas. Era
una tarea costosa y mal pagada, como todos los trabajos femeniles.
Isidro se enfadó. ¿Deseaba matarse? Pero la sonrisa de Feli contuvo sus
protestas. Señalaba con los ojos aquel cajón de la cómoda donde metía el
dinero. Apenas quedaban unas cuantas pesetas de lo que les trajo el tío
Manolo. No habían pagado los dos últimos meses de inquilinato al señor
Vicente; debían en varias tiendas de la calle; él tendría que renunciar
a la peseta que le daba de vez en cuando para tabaco, a los banquetes de
«juventud», a aquellos gastos que consideraba necesarios para «hacerse
ver», para «refrescar» el nombre literario.
Se acercaba la miseria, pero la verdadera, la negra, sin tregua ni
misericordia. Feli la adivinaba, abría sus ojazos llenos de misterio,
como si la viese corporalmente rondar en torno de ellos. El ser que
llevaba en sus entrañas también parecía presentir la proximidad del
fantasma. Agitábase cada vez más inquieto, y la madre lloraba pensando
en su suerte. La pobreza sería la única hada que le abrazase al surgir
al mundo. Si la fortuna no había de apiadarse, prefería que el ser
inocente pereciera en su encierro antes que ella lo viese, antes que se
sintiera esclavizada por el cariño.
Se entregó al trabajo con valentía femenil, mostrando esa resistencia de
que sólo son capaces los seres nerviosos. Maltrana, al despertar, veía a
Feli ante un montón de corsés, cosiendo animosamente. Inclinaba el
rostro, enjuto por la debilidad, y seguía la marcha de la aguja con sus
ojos profundos y melancólicos, única belleza que aún se mantenía intacta
en ella. Isidro, al volver a su casa a altas horas de la noche, tenía
que hacer grandes esfuerzos para que se acostase.
--Déjame acabar esta docena--decía sin levantar la cabeza, tenaz en el
trabajo, deseosa de no perder un segundo.
Maltrana sentíase avergonzado por este sacrificio. En la calle se
acordaba de Feli con remordimiento. Era abominable que él pasease
inactivo, mientras la pobre joven vivía trabajando en este ambiente de
horno. Sentía la necesidad de acompañarla: creía con su presencia
disimular un tanto lo ignominioso de su situación. Al regresar a su casa
iba de silla en silla, leyendo, escribiendo, hablando, para disimular su
aburrimiento. Algunas veces, falto de libros, pues había vendido todos
los suyos que eran de cierto valor, sacaba alguno de la biblioteca del
señor Vicente e intentaba reír con las piadosas extravagancias de las
vidas de los santos. Pero el tiempo no estaba para risas, y acababa por
devolver a su estante los mamotretos apolillados. Otras veces sentía
deseos de trabajar, para ponerse al nivel de la animosa compañera. Iba a
hacer algo notable: tenía la cabeza repleta de ideas. Sentábase a la
mesa, mojaba la pluma en el tintero, se acariciaba la frente; pero a su
espalda cantaba la aguja al perforar el lienzo, crujían los corsés al
amontonarse, zumbaban las moscas en torno de su cabeza, y el calor
pesado y asfixiante cubría su piel de perlas de sudor. Rompía papeles y
más papeles, y acababa por dejar la pluma con rabioso movimiento. La
inspiración huía, espantada por el ruido de las telas y la pegajosidad
de los insectos. Le era imposible hacer nada, y acababa por pasearse
nerviosamente, jurando que era un imbécil; hasta que Feli, molestada por
su cólera, le rogaba que volviese a la calle en busca de distracciones.
Isidro, avergonzado de su inacción, se dedicó a acompañarla cuando
devolvía el género al taller, ya que no podía hacer otra cosa. La
primera vez había dejado que la pobre Feli, arrastrando las piernas y
llevando por delante sus pesadas entrañas, cargase con el fardo para
llevarlo cerca de la Puerta del Sol. El era un intelectual, con muchos
amigos, y aunque la mayoría de éstos se hallasen fuera de Madrid, temía
que alguien le viera cargado con un fardo. Era un escrúpulo egoísta, un
deseo de guardar su prestigio de grande hombre desgraciado que se
mantiene digno ante la miseria. Pero cuando vio por segunda vez a Feli
empaquetar su trabajo soplando de fatiga, resignada, con sonrisa triste,
sintió hondo remordimiento.
--Deja eso, nena--murmuró avergonzado--. Yo lo empaquetaré, yo te lo
llevaré hasta la puerta de la tienda. Es una canallada permitir que
vayas sola...
La pobre aún se resistió a aceptar esta ayuda. El era un señorito, un
intelectual, una futura eminencia. ¿Qué dirían sus amigos, aquellos
camaradas de café, si le veían en la calle cargado como un mandadero?...
Pero Isidro hizo un gesto de indiferencia, a pesar del pavor que le
inspiraban estos encuentros. Que hablasen lo que quisieran: deseaba
ayudarla, servirla de algo.
Salían cada dos días, luego de cerrada la noche, cargados con aquellos
paquetes, por cuyo trabajo daban a Feli unos cuantos reales. Maltrana
seguía la acera pegado a la pared, con cierta vergüenza, ocultando la
cara, lanzando oblicuas miradas para reconocer a los transeúntes. La
joven, a pesar de la torpeza de sus piernas, esforzábase por seguir su
rápido paso, semejante a una fuga. Jadeaba al trotar, moviendo su
vientre con doloroso vaivén.
El regreso era más lento y tranquilo, cuando no se llevaban a casa
nuevas remesas de labor. Caminaban cogidos del brazo por las aceras,
tibias aún de los ardores del día. Humeaba la población al exhalar en la
calma de la noche el fuego con que el sol la había caldeado. La
circulación era en las calles menos densa que en el resto del año. Los
balcones estaban cerrados; apenas si se veía algún rectángulo de luz en
las obscuras fachadas. Agrupábase la gente en las mesillas exteriores de
los cafés y horchaterías. Sentábanse ante los portales las tertulias en
corrillo, obstruyendo las aceras. En muchas ventanas colgaba el botijo
rezumando agua. Un hedor de asfalto recalentado y boñiga en fermentación
surgía del suelo de las grandes vías.
Cerca de la casa del señor Vicente, en las estrechas calles de los
barrios bajos, el mal olor del verano martirizaba el olfato. La plaza de
la Cebada humeaba como un estercolero en putrefacción. De sus sótanos,
faltos de aire, surgía la peste de las verduras fermentadas,
difundiéndose por toda esta parte de Madrid, que olía como una huerta
abandonada.
Los dos amantes, en su lento regreso, discutían el empleo del dinero que
acababan de cobrar. No bastaba para las más rudimentarias necesidades.
Feli percibía cincuenta céntimos por cada docena de corsés. Apenas sí
trabajando día y noche podía juntar un par de pesetas. Mentalmente
ajustaba sus cuentas: tanto en la plazuela, tanto en la tienda; no
bastaba este dinero para salir de apuros, y eso que habían suprimido el
café y el vino, y no comían mas que lo necesario por no perecer de
hambre.
Maltrana, oyendo estos lamentos de dueña de casa, pensaba
nostálgicamente en el pasado. ¡Qué dulce recuerdo el de los paseos por
los desmontes inmediatos al Canalillo, el de los descansos en los
merenderos de Amaniel, hablando de amor, pasándose las naranjas de boca
a boca, contentos del sol que les metía en el alma la alegría de su luz,
gozosos de la noche que les protegía con su sombra, dando a sus caricias
un nuevo encanto con la sonoridad de los nocturnos ecos!... Todo había
huido para siempre; estaba lejos, tan lejos como parecía estar aquella
Feli de los buenos tiempos, alegre, risueña y rebosando la admiración,
de esta otra, afeada por la maternidad, triste por la miseria, y con
gesto de desaliento, como si ya no tuviese fe en el porvenir de su
hombre y se resignara a llevar la peor parte, cuidándolo como un niño
grande, más por conmiseración maternal que por apasionamiento amoroso.
Maltrana ya no pensaba en si la vida era alegre o triste, negra o de
color rosa. La vida era sencillamente un aburrimiento, y el helenismo
una farsa de los libros. Los atenienses, sin dinero, sin esperanzas y
con una hembra amada a quien sostener, de seguro que lo habrían visto
todo gris, aunque cabrillease el sol de los poetas en las aguas del
Pireo, aunque brillasen con divina sonrisa los mármoles del Partenón y
las aulétridas se pasaran el día soplando en sus dulces flautas. La
miseria era un endriago de invencible fealdad. No había arte en el mundo
que pudiese embellecer su horripilante mascarón.
Una noche, al pasar por la Puerta del Sol, fijáronse los dos en los
gritos de los vendedores de periódicos. Pregonaban «la horrible
catástrofe» ocurrida aquella mañana, con incalculable número de muertos
y heridos.
Isidro había permanecido en casa todo el día, ocupado en escribir unas
cuartillas, a diez céntimos, para aquel semanario social que reclamaba
su colaboración con la misma intermitencia con que publicaba sus
números. Feli sintiose atraída por el suceso, con esa curiosidad que
despierta lo terrorífico en la imaginación femenil.
Compraron el periódico, y Maltrana leyó a la luz de un farol el sumario,
en letras grandes, que encabezaba el relato del suceso. Habíase hundido
en las primeras horas de la mañana aquel edificio en el que trabajaba el
señor José. Instantáneamente tuvo Maltrana el presentimiento de la
desgracia. Antes de leer, estaba seguro de que su padrastro había
perecido entre las ruinas de aquella obra escandalosa, inaudita, hasta
el punto de trastornar sus ideas de hombre autoritario y hacerle perder
la fe en la perfección del orden social. Buscó en el papel los nombres
de las víctimas. Eran muchos los heridos que agonizaban en los
hospitales. Entre los escombros sólo se había recogido un cadáver, el
del único obrero muerto instantáneamente, y éste era el señor José. Su
nombre y su domicilio estaban indicados con una precisión que no
permitía dudas.
Maltrana experimentó una dolorosa sorpresa. Recordó a su madre; pensó
en el agradecimiento que sentía la Isidra por las bondades de su
compañero. ¡Pobre señor José! Tal vez esperaba la muerte como una
liberación, aquella muerte cuya proximidad adivinaba al trabajar en el
escandaloso edificio objeto de sus cóleras. Morir era una solución para
aquel hombre sencillo, que se indignaba contra un mundo apartado de los
sanos principios y contra la mala suerte que convertía en aprendices del
crimen a los hijos de los servidores de la ley.
Al día siguiente era el entierro. Todos los albañiles de Madrid
proponíanse aprovechar las horas del descanso de mediodía para asistir a
él, dándole la significación de una protesta contra las rapiñas de los
poderosos.
Isidro quiso también acompañar el cadáver hasta el cementerio. Era todo
lo que podía hacer por su padrastro.
A la mañana siguiente, salió por la Puerta de Toledo poco antes de
mediodía. Al llegar al puente, torció a la izquierda, dirigiéndose al
depósito de cadáveres, en la orilla del río. Los ardores del sol
caldeaban las charcas del Manzanares, llenas de la inmundicia de las
alcantarillas que desaguan en él. Un hedor de letrina en ebullición
envenenaba la densa atmósfera de verano.
Los alrededores del depósito estaban ocupados por grupos de hombres con
blusas blancas, de mujeres con los brazos arremangados, que acababan de
salir de los lavaderos.
Todos comentaban la catástrofe con gritos de cólera y maldiciones. Las
mujeres eran las más audaces y ruidosas. Miraban hacia Madrid levantando
los brazos con expresión amenazadora.
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