estremecimiento del deseo, olvidándose de las vanas grandezas de la
vida, concentrando toda su existencia en el violento estrujón carnal.
Aquel personaje tendido sobre su sarcófago con la severa toga del que
juzga a sus semejantes no siempre había sido ceñudo y austero, como lo
mostraba el escultor. Alguna vez el hombre vencería al personaje, y
recatándose como un mozuelo, dando al diablo su gesto imponente, habría
buscado un rayo de felicidad en misteriosos rincones, lejos de la
familia, abominando de su moral avinagrada y áspera. Los muertos habían
conocido la dicha mucho antes; ahora les tocaba el turno a ellos, y
debían aprovecharse de la buena suerte.
--Feli, vida mía--exclamó Maltrana con su vehemente exageración--, ríete
de los muertos; no nos odian, nos envidian. Grita conmigo: ¡viva el
amor!...
--No; vámonos--murmuró la muchacha--. Fuera de aquí hablaremos; gritaré
lo que quieras. ¡Quererse por primera vez en un cementerio!... Esto da
mala sombra; acabaremos mal. Vámonos, Isidro.
Tiraba de él poseída de un terror infantil, y el joven la siguió. Pero
al pasar bajo el arco que daba entrada al ábside, Isidro la detuvo,
lanzando una exclamación de asombro.
La luz de la vidriera envolvía a Feli. Era una faja de colores
palpitantes, que abarcaba a la joven de pies a cabeza, haciendo temblar
todo su cuerpo como si estuviese formado con las tintas del iris.
--¡Qué bonita!--exclamó Maltrana con arrobamiento--. ¡Si pudieras
verte!... Tienes la falda verde y el pecho azul. Tu boca es de color
naranja; una mejilla es violeta y la otra ámbar. Parece que tengas
claveles en la frente.
Feli permanecía inmóvil, sonriendo con femenil complacencia, gozosa de
que su novio la viese tan bella. Sentía la caricia del rayo mágico de
sol; entornaba los ojos, cegada por la ola de colores que palpitaba en
sus ropas y su carne.
El halago de la coquetería disipaba su miedo al cementerio, con esa
facilidad que tienen las mujeres para el olvido cuando se sienten
acariciadas en su vanidad.
Algo más que el contacto ardoroso de la luz sintió de pronto Feli. Su
novio la estrujaba otra vez, pero con mayores arrebatos, sin que ella
intentase resistir.
--Deja que bese ese amarillo de oro... Ahora, el morado; ahora, el
azul... el rosa de tu frente... el heliotropo de tus labios... las
violetas de tus ojos.
Caían los besos sobre ella como una lluvia sonora, con chasquidos de
pasión, que agrandaba el eco del cementerio.
Feli revolvíase entre sus brazos, intentando en vano librarse de ellos.
Al moverse, los colores cambiaban de sitio, pasando de una parte a otra
de su cuerpo adorable. Todos los resplandores de la luz desfilaban por
su boca. Maltrana no perdonó uno; quiso saborearlos todos, en medio de
aquella gloria de colores que envolvía su amoroso grupo.
Feliciana cerraba los ojos, estremecida por el chaparrón de besos,
vibrando su virgen sensibilidad con el apretón de los masculinos brazos,
sintiéndose próxima a caer al suelo, como si las piernas temblorosas no
pudiesen sostenerla, murmurando entre suspiros dulces:
--Basta... déjame... Que me matas: que grito... Asesino...
Por fin pudo desasirse: y arreglándose el mantón, atusándose el pelo
alborotado por los viriles apretones, fijó sus ojos en el novio, con una
mirada en la que había reproche y agradecimiento.
--En seguidita me coges otra vez... ¡Y cómo se ha divertido el niño con
esa tontuna de los colores! Vámonos o reñimos.
Echó a correr hacia la salida, como si quisiera evitar las explicaciones
de Maltrana, y éste la siguió. Cerca de la verja, los dos acortaron el
paso y marcharon unidos, con rostro grave, como si saliesen tristes de
su visita a las tumbas.
Pasaron sin despegar los labios ante el portero que les había acogido
con tan extrañas preguntas; pero, al alejarse, Feli volvió la cara para
mirarle y prorrumpió en una carcajada de niña. Isidro adivinaba el
pensamiento de su novia; recordó el gesto hosco con que el portero les
había preguntado si entraban a pintar.
--El tío presentía el suceso--dijo Maltrana alegremente--. De enterarse
a tiempo, hubiera sido capaz de pedir su parte de colores.
El recuerdo de las caricias le hizo juntarse, enlazar sus brazos,
caminar apoyados uno en otro, mirándose con ojos en los que aún brillaba
el fuego de las recientes sensaciones.
Feli olvidaba su enfado. Al verse en campo raso, donde no podía temer
nuevos arrebatos del novio, se abandonaba, apoyábase en él con desmayo,
acariciándolo con el soplo de su respiración, mirándole de tan cerca,
que Maltrana creía sentir el calor de sus ojos de brasa.
Finalizaba la tarde. Ocultábase el sol, y en el cielo de suave color de
violeta flotaba la luna como una nubecilla pálida, borrosa aún por la
luz diurna.
Los dos amantes siguieron el camino a lo largo del tercer depósito,
haciendo crujir bajo sus pies el polvo de carbón que ennegrecía el
suelo. Pasaban hacia Madrid mujeres astrosas con niños dormidos en sus
brazos; viejas arrugadas y negras como brujas, con pucheros destinados a
recibir el rancho de San Bernardino.
Estas infelices, al cruzarse con la joven pareja, husmeaban el amor con
su instinto de hembras, e imploraban una limosna. Isidro repartió
pródigamente el dinero, acompañándolo de inmorales consejos, que hacían
reír a Feli. Nada de comprar pan: aquella limosna era para vino, para
tomar la gran -curda-. El mundo había de alegrarse y saltar loco de
embriaguez; debía reflejar la felicidad que rebosaba en su alma al verse
amado por Feli.
También ellos dos iban en busca de un merendero, de un lugar bonito,
para comer, para beber, para darse dos vueltas de vals al son de un
piano.
¡Viva la vida! Maltrana, recordando las afirmaciones de otros tiempos,
repetía a su novia que la vida es alegre, que la vida tiene un sentido
helénico, que el dolor, que parece interminable, no es mas que un
accidente pasajero, el aperitivo de la felicidad, tras el cual se atraca
uno mejor de las dichas de la existencia.
Pasó un hombre con un cesto de naranjas, y al sorprender Isidro una
ávida mirada de su novia le hizo detenerse. ¡A soltar en seguida lo
mejor del cesto! A Feli le gustaban las naranjas; aún no las había
probado aquel año, y él era capaz de tender a sus pies, como alfombra de
oro, toda la cosecha de los campos valencianos.
Feliciana sólo quiso aceptar una naranja, la más hermosa, y los dos
siguieron adelante, jugueteando ella como una niña con la pequeña esfera
de color de fuego, haciéndola saltar entre sus manos. Acabó por abrir un
agujero en ella y por chupar su jugo apretándola entre los dedos. Un
chorro de ámbar descendió por la comisura de sus labios hasta la
barbilla de graciosa redondez, endulzando su piel. Isidro quiso beberlo,
y de nuevo rozó con su boca la boca de Feli.
--¡Otra vez!--exclamó la muchacha, echándose atrás entre sonriente e
indignada--. Pero, condenado, ¿no ves que nos miran... que pasa gente?
Después rió del gesto desalentado de Isidro, el cual bajaba la cabeza
como un niño enfurruñado. Con mimosa gracia puso en su boca la naranja.
--Toma y no llores... Yo he puesto ahí los labios; chupa, y cuidadito
con volver al besuqueo... A ti habrá que tratarte como a un niño de
teta. Zurra... zurra al nene, que es malo.
Y con su mano fina y blanca, aquella mano de señorita, que era el
asombro de las Carolinas, abofeteó cariñosamente la cara del joven.
Al anochecer entraron en un merendero de la hondonada de Amaniel. La
muchacha habló débilmente de la necesidad de volver a casa en seguida,
pero Isidro protestó. Su padre no iba a inquietarse por tan poca cosa;
la creería, como otras veces, en casa de su compañera de Bellasvistas.
Tal vez a aquellas horas estaría ya en el «Ventorro de las Latas»,
preparando su marcha a El Pardo.
Unos faroles de papel iluminaban el merendero con difuso resplandor. Los
tranvías viejos habían servido para su construcción, igual que en el
barrio de las Carolinas. Los bancos de movibles respaldos procedían de
una jardinera; los tabiques eran de persianas de ventanilla. Junto al
techo, a guisa de friso, alineábase un saldo de fotografías
amarillentas, mezclándose las vistas de la Habana y de los bulevares de
París y Viena con reproducciones de la Fuente de la Teja y el Viaducto.
Cabezas de angelotes pintarrajeadas y doradas, restos de una anaquelería
de tienda pretenciosa, aparentaban sostener las viguetas del techo.
Isidro, que lo veía todo de color rosa, admiraba el adorno del
merendero. ¡Muy hermoso! ¡muy original! ¡Aquello era arte moderno!
Y el amo, satisfecho por estos elogios de un señorito que parecía
inteligente, contestaba con modestia:
--Un poquito de gusto, y nada más. Así y todo, me cuesta, un porción de
dinero... ¿Qué van ustedes a tomar?
El merendero completo quería Isidro para Feli. Pero ésta no sentía
apetito, no quería nada; y al fin, por no contrariarle, pidió una
botella de cerveza.
Otras parejas ocupaban los rincones, silenciosas, en íntimo contacto por
debajo de la mesa y devorándose con los ojos. Maltrana se creía en un
mundo nuevo, mejor que el que había conocido hasta entonces. ¡Viva la
alegría de la vida... y el helenismo también!
Tras un macizo de plantas estalló de pronto, como un cohete, el sonido
de un piano, con acompañamiento de golpes de timbre. Isidro miró con
admiración al muchacho de boina, pañuelito al cuello y anchos pantalones
de odalisca que daba vueltas al manubrio. Pero ¡qué talento tenía aquel
golfo! ¡Qué musicazo! Nunca había experimentado Maltrana igual
impresión: ni en los mejores conciertos. Aquel vals, que a primera vista
parecía escrito para un baile de criadas, era una pieza sublime: la obra
tal vez de un gran genio desconocido. El joven no vacilaba en sus
afirmaciones; aquello era tan magnífico como la -Novena sinfonía-.
--Alza, Feli: vamos a darnos dos vueltecitas. A ver cómo meneas ese
cuerpecito gitano.
Ninguno de los dos sabía bailar. Isidro, en sus tiempos de estudiante,
había tomado lecciones de sus amigas de los cafés cercanos a la
Universidad. Feliciana había bailado con sus compañeras, y fue ella la
que, guiada por el instinto femenil, siguió mejor el ritmo de la música,
arrastrando a su pareja.
¡Valiente cosa les importaba bailar bien o mal y que se rieran o no los
parroquianos del merendero!... Lo interesante era estar en brazos uno
del otro, pegados desde el pecho a las rodillas, transmitiéndose el alma
con el calor de sus cuerpos, confundiendo los alientos.
Sentían una alegría loca, como si el sorbo de cerveza, que acababan de
beber contuviese todas las embriagueces de la tierra. No se besaban por
un resto de pudor, por miedo a la gente, pero sus labios secos,
acariciados por la humedad de la lengua, parecían atraerse al través de
la pequeñísima distancia que los separaba.
Cuando abandonaron el merendero, iban con paso vacilante, silenciosos,
por la soledad del campo.
Se detuvieron en las inmediaciones del Canalillo. La luna reflejaba su
cara bonachona en el cristal azul del agua que transcurría silenciosa.
Los dos huyeron de la luz. Querían descansar; sentíanse sin fuerzas para
seguir adelante, y se detuvieron junto a un desmonte, ocultándose en la
sombra que proyectaba la masa de tierra.
Sonaron en la penumbra suaves chasquidos, apagadas voces de protesta.
Feli hablaba quedamente, con llorosa voz.
--Júrame que no me abandonarás. Que me querrás siempre... que no me
desprecias porque soy débil contigo... porque te quiero.
Isidro lo juraba todo sin hablar; lo juraba con sus manos inquietas, con
sus labios acariciadores, con el viril estrujón que hacía caer vencida y
esclava en entre sus brazos a aquella alma simple y primitiva, ansiosa
de ideal.
VI
Un domingo por la mañana, Isidro y Feli bajaron al Rastro.
La tarde anterior, el joven había hablado con acento de resolución.
--Feli, de mañana no pasa. Ya es hora de vivir juntos. Estoy harto de
que vaguemos por los desmontes como gitanos. Yo trabajo para ti y
tenemos derecho a formar nuestro nido.
Feliciana dudó un instante. ¿Y su padre?... Pero una mirada de él bastó
para vencer su resistencia. Estaba en plena embriaguez de amor, sin otra
voluntad que la de adorarle y seguirle. ¡Con él, con él, aunque hubiese
de renegar de todo su pasado!
Maltrana tenía dinero y se aburguesaba, según decía él irónicamente al
hablar de su opulencia. Necesitaba poseer una casa, vivir bajo un techo
que fuese suyo, tener un refugio donde encerrarse y trabajar acariciado
por el calor de la intimidad amorosa.
Su obra -El verdadero socialismo- estaba próxima a terminarse. Había
trabajado con gran actividad, escribiendo durante el día en la
Biblioteca Nacional, en el Ateneo, allí donde encontraba silencio y
libros. La tarea avanzaba rápidamente, sin que se le olvidasen las
recomendaciones del marqués de Jiménez, gran amigo de la erudición.
Cada página llevaba al pie un gran cimiento de letra menuda y apretada
citando autores de todas las naciones, libros de todas las literaturas,
y hasta largos fragmentos en diversos idiomas.
No hacía afirmación, por simple que fuese, que no la acompañase con el
testimonio de media docena de escritores. El autor caminaba despacio,
con largos titubeos, pero cuando avanzaba el pie, lo ponía en firme,
como hombre a quien guían y llevan del brazo todos los sabios de la
tierra.
La erudición corría como un torrente por la parte baja del libro.
Amontonábala Maltrana con una facilidad exenta de escrúpulos. Cuando
quería demostrar algo con textos ajenos y no los hallaba a mano, valíase
del ilustre Murfinos, de la Academia de Noruega, de Max Stradivarius,
célebre catedrático de la Universidad de Gottinga, y otros sociólogos no
menos fantásticos, inventados por él para deslumbrar a su cliente. Al
fin, él no había de firmar la obra. El marqués de Jiménez recibía un
capítulo cada dos días, y al copiarlo de su letra--a pesar de sus
grandes ocupaciones--, admirábase de la sabiduría del joven.
«Esto va a dar golpe--pensaba--. Tal vez es demasiado bueno; hay que
poner un poco de estilo propio.»
Y para comunicar a la obra el «estilo propio», cambiaba de lugar las
comas o el orden de las palabras; escribía «ilustre» allí donde Maltrana
había puesto «célebre», o viceversa. Un trabajo pesadísimo para él... ¡Y
aún habría quien dudase, al publicar el libro, de que era obra suya!...
Maltrana, obligado a trabajar durante el día, había abandonado el
cuartucho de la calle de los Artistas, ya que su único camastro lo
ocupaban por la noche el señor José y su hijo. El joven dormía en
Madrid, en el hospedaje de un compañero de bohemia, poro esto era con
carácter provisional.
Necesitaba una casa. Le repugnaba vagar con Feli todas las tardes por
los campos inmediatos a los Cuatro Caminos, acompañándola después a su
barrio, cuando cerraba la noche.
El -Mosco-, aunque no ponía gran atención en los actos de su hija,
comenzaba a mostrar cierta extrañeza por la tardanza con que se
presentaba de vuelta del taller, alegando ocupaciones extraordinarias
para justificar su retraso.
Las áridas cercanías de Madrid embellecíanse con la llegada de la
primavera. Cubríanse los cerros de verde al crecer la cabellera de las
cebadas y los trigos. En las cañadas, los grupos de almendros
adornábanse con flores: unas blancas como el nácar; otras sonrosadas,
con el color de la carne femenil. Las lilas pendían como racimos de
violetas de las altas ramas. Zumbaban los insectos, ebrios de calor y
vida; aleteaban los pájaros, poblando el follaje de estremecimientos y
suspiros; chirriaban los primeros grillos, ocultos en la hierba. El
campo parecía embellecerse para ocultar en sus espesuras las caricias
del amor, para arrullar a las parejas con los perfumes y cantos de su
vida exuberante.
Junto a la Huerta del Obispo, un camino bordeado de almendros atraía
todas las tardes a Isidro y Feli. Paseaban cogidos del talle entre los
árboles, que extendían sobre sus cabezas una bóveda de flores. Sus
corolas rojas, inflamadas, parecían abrirse para saludarles.
--Míralas--decía Feli--; son boquitas que nos sonríen, que quieren
hablarnos.
Maltrana aceptaba esta cándida afirmación de la muchacha. Sí; eran bocas
de flor que se abrían para decir a Feli que era muy bonita.
--Y yo--continuaba con gravedad--me adhiero a la sabia opinión de este
mitin florido.
La brisa de la tarde estremecía los árboles, y una nevada de pétalos
caía sobre Feli, enredándose en su peinado.
Sentábanse en los ribazos cubiertos de hierba, y al hablarse arrancaban
las margaritas silvestres que crecían al alcance de sus manos. Así
esperaban la llegada del crepúsculo, y las sombras les sorprendían
muchas veces en las inmediaciones del canal silencioso y profundo, que
había presenciado sin un murmullo, con la bonachona complicidad de la
luna, la comunión primera de su amor.
Feli vivía en dulce somnolencia, absorta por su felicidad, algo
asombrada de que el mundo guardase ocultas tantas delicias. Todo le
parecía bueno; se abandonaba con sublime impudor; sentíase capaz de caer
en los brazos de Isidro en plena glorieta de los Cuatro Caminos con el
mismo arrobamiento que si estuvieran en despoblado.
Maltrana era más exigente y descontentadizo. ¡Muy bonito el campo de
primavera, con su ambiente poético y aquellos crepúsculos, que eran lo
mejor del mundo! Pero ellos no iban a permanecer así toda la vida,
vagando como perros enamorados, en busca de un rincón solitario, huyendo
de las gentes, estremecidos de espanto al menor ruido.
Además, pensaba en el -Mosco-, que podía sorprenderles, enterado de lo
que ocurría por cualquier murmurador. No nombraba a su terrible amigo,
pero le parecían peligrosos e insostenibles estos idílicos encuentros en
campo libre, cerca de las Carolinas.
Isidro tuvo la audaz resolución de los débiles. El miedo al -Mosco- le
hizo ser atrevido y arrostrar el peligro de una vez... ¿Era de veras que
Feli le quería? Pues a seguirle, a vivir juntos, olvidados de todo lo
que no fuese su amor.
Los dos hablaron sin emoción alguna, con el egoísmo de la pasión, de
abandonar al padre, de engañar al amigo.
Maltrana tenía dos mil reales, un capital, pues jamás había visto tanto
dinero. Vivirían en el interior de Madrid, donde no les conociesen.
Serían marido y mujer para las gentes que sólo comprenden el amor con
documentos y sellos. Más adelante, cuando tuviesen hijos, ya pensarían
en el matrimonio. Feliciana, vencida en sus últimos escrúpulos,
contestaba afirmativamente a todos los proyectos de su amante. Ella
también deseaba la nueva vida: estar siempre junto a Isidro, no volver a
aquel barrio de traperos, que le parecía ahora más sucio, más triste.
Maltrana discutió con Feli largamente los detalles de su instalación.
--Hay que ser prácticos--decía--; hay que ser burgueses...
Y Feli contestaba, con no menos seriedad:
--Ya verás hacer economías y vivir bien.
Isidro, en su deseo de ser práctico, buscaba una casa en el extremo
opuesto de Madrid, un rincón donde no pudiesen dar con ellos, después
del escándalo que seguiría a su fuga. ¡Pero los alquileres eran tan
caros!...
Un sábado expuso a Feli su resolución. Ya tenían casa; al día siguiente
irían a ella. Había encontrado al hermano Vicente, aquel santo loco que
repartía papelillos católicos y propagaba la religión en las afueras.
Vivía en las inmediaciones de la plaza de la Cebada. Isidro había subido
a la habitación, un piso cuarto, bajo el tejado, pero con piezas de
sobra para el hermano Vicente y los viejos mamotretos de su biblioteca.
Vivirían con él. Era un buen hombre, dulce y tolerante, sin otros
defectos que su manía de santidad. Había tenido en su casa a varios
obreros con sus familias, pero acabó por despedirles, a causa de los
chismorreos de las mujeres y las embriagueces de ellos. No quería más
huéspedes; pero el señor de Maltrana--como él decía--era un hombre
cortés y bien educado, que le escuchaba en silencio, sin permitirse una
burla. Al decirle el joven que se había casado, aceptó con gozo la vida
en común que le propuso Maltrana.
Enumeró éste a Feli las ventajas de tal arreglo. Vivirían al otro
extremo de Madrid: listos habían de ser los que les encontrasen. Sólo
pagarían tres duros por la casa. Del resto del alquiler se encargaría
«el santo», que ocupaba las dos mejores habitaciones con su balumba de
libros viejos. Ellos tendrían por suyas la cocina, jamás utilizada por
el señor Vicente, a causa de sus ayunos y su alimentación de pájaro; una
habitación grande, e la que escribiría él, y desde cuyas ventanas se
abarcaban los tejados de todo Madrid, y otra que les serviría de
dormitorio... En fin, un palacio, que iban a embellecer con su amor,
ellos que vagaban por el campo como los amantes de los idilios antiguos.
Sólo les faltaba amueblar la casa; y se dedicaron a ello con el
entusiasmo de la novedad, halagados por esta ocupación, que era de
burgueses, según decía Maltrana.
Feli abandonó para siempre la casa de su padre y el barrio de las
Carolinas. El -Mosco- dormía aquella mañana, cansado de su expedición de
la noche anterior. Ni una duda ni un remordimiento sintió la joven: huyó
sin que dijeran nada a su alma los lugares en donde había transcurrido
su vida. Sólo pensó en no hacer esperar a Isidro, que la aguardaba en la
glorieta de Bilbao.
A las once entraron en la plazuela del Rastro. Feliciana apenas conocía
esta parte de Madrid. Habituada a la vida semirrural de Tetuán, sintió
cierta inquietud viéndose empujada por el gentío en los alrededores de
la plaza de la Cebada.
Las vendedoras, con un par de limones en una mano o unos fajos de
perejil, pregonaban sus mercancías a grito pelado. En la calle de la
Ruda tuvo que agarrarse del brazo de Isidro para poder andar sobre el
asfalto resbaladizo, cubierto de hojas verdes, paja mojada y escamas de
pescado. Mujeres de delantal mugriento, abombado por la voluminosa
panza, pregonaban el buen repollo y la fresca escarola. Los cestones de
los vendedores ambulantes ocupaban el arroyo; las tiendas se apoderaban
con sus puestos exteriores de las estrechas aceras.
Al llegar a la plazuela del Rastro, la joven descansó un instante
apoyada en la verja del monumento al soldado de Cascorro.
Maltrana parecía reflexionar, y acabó por hundir sus manos en los
bolsillos del chaleco, juntando dos billetes de veinticinco pesetas y un
puñado de monedas de plata.
--Guarda tú el dinero, nena. Me conozco: si lo llevo yo, me lo gasto en
chucherías antes de que compremos nuestro ajuar.
Feliciana acogió con agrado esta prudente resolución, y envolvió en su
pañuelo la pequeña fortuna, apretándola entre ambas manos con un mohín
de mujer hacendosa dispuesta a defender el dinero.
Después avanzaron los dos cuesta abajo, en el infernal estrépito del
Rastro.
Abríase ante ellos la Ribera de Curtidores, con su declive tan rudo, que
las últimas casas tienen sus tejados al nivel del arranque de la calle.
Por encima de las cubiertas de las -Américas- veía Feli la ondulación de
los cerros amarillentos, la llanura castellana, de suaves hinchazones,
con su sequedad que acusa los objetos a luengas distancias.
Así como descendieron por la Ribera de Curtidores, se achicó el
panorama, fue hundiéndose, hasta ocultarse detrás de los tejados de los
almacenes que cerraban el fondo de la calle. A ambos lados, bajo toldos
de lienzo blanco o de sacos obscuros, estaban los puestos de los
chamarileros tradicionales, que viven todo el año en el Rastro.
En el suelo, sobre viejas lonas, esparcíanse los más heterogéneos
objetos: espadas con fundas de terciopelo que habían servido en los
teatros, machetes cubanos, sables corvos de la Milicia Nacional, loza
desportillada, saleros rotos, vasos de porcelana remendados con groseras
lañas, viejas litografías de vidrios empolvados representando las
desdichas de Atala o las hazañas de Hernán Cortés, lienzos embetunados,
en cuya negrura distinguíase una pincelada roja que era una pierna, una
mancha amarilla que era una calva.
Los palos que sostenían los sombrajos estaban unidos por cuerdas, y
pendientes de ellas se balanceaban uniformes de soldados, viejas
levitas, pantalones roídos por el roce, sobrefaldas de gasa que habían
sido de moda treinta años antes, sayas que olían a humedad y a polvo,
delatando el olvido en los cofres de algún desván.
Otros puestos eran de géneros nuevos, y los vendedores, en vez de
permanecer inmóviles, con moruna pasividad, esperando la pregunta del
comprador, agitábanse pregonando la baratura de las mercancías,
anunciando su procedencia de famosas quiebras. Eran los sobrantes de la
elegancia, los desperdicios del capricho femenil: abalorios que ya no se
usaban en los vestidos, guirnaldas de flores para los sombreros, blondas
y puntillas amarillentas, envejecido todo ello por la moda antes de ser
aprovechado. En otros puestos se exhibían viejos telescopios,
cornetines, cartucheras de agrietado cuero, sillas de montar, y entre
las ropas mugrientas asomaban, como una primavera moribunda, las pálidas
rosas de alguna casulla.
Por el centro de la calle pasaban los vendedores ambulantes con grandes
cestos de quincalla, pregonando las piezas a real, desde la palmatoria
al cepillo y el juego de peines. Eran golfos de poderosos pulmones, que
para atraer al público se agitaban como epilépticos, corriendo en torno
de su puesto, manoteando, exhibiendo sus artículos, entregándolos a
ciertos compinches que se fingían compradores para impulsar a la gente
reacia.
--¡Aquí! ¡al tío que se ha vuelto loco y todo lo regala!--gritaba uno
con voz de trueno.
--¡Lleven y compren!--mugía otro--. ¡Aire!... ¡Marchen, marchen!
Entre la miseria sórdida y gris acumulada en los puestos de las aceras
brillaba de pronto un fulgor, deslumbrando a los curiosos. Era una
instalación de objetos de bronce, bien fregoteados para la, venta del
domingo: braseros de cúpula dorada, almireces, vasijas de cocina, y
entre estas piezas, gran cantidad de revólveres vizcaínos, de una
baratura que hacía temblar por la suerte de los que osasen dispararlos.
Feli y su amante deseaban adquirir la cama antes que los otros muebles,
y se detenían indecisos al ver en los puestos y en las puertas de las
tiendas camas de todas clases, de hierro y de madera, unas plegadas,
otras extendidas, con su colchón de muelles. La muchacha deteníase,
asombrada por esta abundancia, indecisa, desorientada, gustándole varias
a un tiempo y sin decidirse por ninguna.
Maltrana la hacía seguir adelante. Aún quedaba mucho por ver: estaban en
la entrada del Rastro. Abajo, en las -Américas- tenía él amigos, tenía
parientes: ellos les indicarían lo más ventajoso.
En la parte baja de la Ribera pululaban los golfos ofreciendo «las
buenas botellas modernistas de cristal tallado... a real». Unas mujeres
atraían en torno de ellas gran aglomeración de gentes de su sexo,
ofreciendo «las magníficas medias escocesas de hilo... a tres reales el
par».
Maltrana se introdujo en el corro femenil, llevando del brazo a Feli.
Quería que fuese para ella la primera compra que hiciesen juntos; ¡a
ver!... unos cuantos pares de los más bonitos: media docena. La joven le
tiraba del brazo protestando con voz queda. Era un disparate: ¿para qué
media docena? Jamás había tenido tantas... No debía derrochar el dinero.
Pero Maltrana le impuso silencio fingiéndose enfadado.
--Usted, señora mía, tomará lo que le den... Vamos, Feli, págale a esta
buena mujer, ya que eres el ama del dinero.... ¡Pues poco bonita que va
a estar mi nena cuando meta en estas envolturas de colores sus
pantorrillas de diosa!...
Se alejaron del corro, llevando ella el regalo en un paquete.
Ruborizábase por el carácter íntimo del obsequio y murmuraba al oído de
su amante:
--Las medias hacen reñir; es un regalo que trae mala sombra: lo he oído
muchas veces. Hay que deshacer el efecto con otro regalo.
Y se detuvo ante el puesto de un chamarilero, donde se amontonaban los
objetos más diversos. Acababa de ver un tintero de cristal, enorme, con
una esfera dorada a guisa de tapón. Feli lo compró después de largo
regateo, entregándolo a Maltrana.
--Toma. Ya necesitas plumear, pobrecito mío, hasta que lo agotes.
Siguieron adelante, y entraron en el corralón de las -Nuevas Américas-.
Allí estaban los comerciantes en grande, los que adquieren el hierro y
los adornos de los derribos. Las tiendas estaban establecidas en
casuchas de madera vieja, pero su inmensa balumba de objetos, no
encontrando espacio en tales estrecheces, esparcíase por los callejones
y plazoletas del corralón.
En un sitio predominaba el mármol, y se exhibían en número considerable
cruces de tumba y de fachada de iglesia, mostradores, lavabos, y hasta
sepulturas, cuyos constructores se habían declarado en quiebra antes de
llevarlas al cementerio. En otro lugar se amontonaban las alfombras,
plegadas en rollo, con intenso olor de polvo, mostrando los apagados
colores de su revés. Mostrábanse las filas de herramientas industriales
y agrícolas, con reflejos de obscuro azul, los rótulos arrancados de
puertas y balcones anunciando con letras de oro modistas francesas y
peluquerías elegantes que ya no existían.
En las plazoletas elevábase en montañas el hierro viejo y oxidado, tan
frágil por la herrumbre, que parecía próximo a quebrarse como el
cristal. Eran máquinas desmontadas, cuyas ruedas yacían empotradas en el
barro; calderas enormes, con el cóncavo vientre hundido en pilas de
planchas rotas; y entre estos grupos de residuos de la industria, filas
y más filas de balcones en correcta formación, y verjas de jardín
guardando en sus garras el yeso de las pilastras.
Los dos amantes apenas se detuvieron en esta parte del Rastro.
Atravesaron la ronda de Embajadores, llena de gente, de chamarileros
libres que no podían pagar un puesto, de corrillos que escuchaban el
canturreo de un crimen célebre ante el cartelón pintarrajeado con las
escenas más truculentas del suceso, y entraron en otro corral.
--Esto--dijo Maltrana--es el Rastro del Rastro; lo más barato de la
baratura. Los de la Ribera de Curtidores miran a los de aquí como puedan
mirarles a ellos los comerciantes de la Puerta del Sol.
Al entrar vieron librerías de lance, en cuyo interior se agrupaban
viejos señores de traje raído hojeando volúmenes, hundiendo en ellos su
nariz coronada por los anteojos; tiendecillas de indescriptible
amontonamiento, en las que se confundían cuadros de agujereado lienzo,
piezas de vidrio sucio y opaco, cofres viejos y cornucopias con el oro
descascarillado y los remates incompletos.
Antiguas decoraciones de teatro, lienzos gruesos con manchas de color en
las que se columbraban restos de palacios y frondosos bosques, servían
de cortinas y tabiques a estas tiendas de la miseria. El suelo era de
guijarros desiguales, que de trecho en trecho se hundían en el fango,
desapareciendo bajo los arroyos de agua negra y hedionda. Estos
callejones oliendo a polvo y a miseria secular, con su pavimento de
islas de pedruscos y mares tortuosos de fango líquido, daban al Rastro
gran semejanza con las avenidas angostas y sombrías de un zoco moruno.
En la plaza vieron a los vendedores más míseros, con sus puestos de
objetos rotos, de una utilidad desconocida.
Maltrana señaló riendo algunos de estos comercios, cuyo valor en
conjunto no ascendía a más de tres pesetas. Sobre unos periódicos viejos
exhibíanse martillos faltos de mango, cuchillos mellados y sin
empuñadura, pomos de picaporte, petacas viejas, ejemplares mugrientos de
revistas ilustradas. El vendedor permanecía inmóvil en una silla rota,
sin prestar gran atención a las moscas que revoloteaban en torno de sus
labios; y más para espantarlas que para atraer al público, gritaba de
tarde en tarde: «¡A perra chica... a perra chica la pieza!»
Lo que más abundaba en los puestos era la ferretería vieja y rojiza por
el óxido. Isidro admiraba la paciencia de algunos rebuscadores, que,
necesitando un tornillo o un clavo igual al que llevaban en la mano,
iban toda la mañana de puesto en puesto, sin fatigarse, removiendo
montones de hierro.
Algunas mujeres examinaban los puestos de vidrios, deseando sacar
utilidad de sus despojos, fijándose en las grietas y desportilladuras de
un salero, de un vaso, de una botella, antes de ofrecer en junto por
todo ello cinco céntimos.
Un puesto de muñecas viejas atrajo la atención de Feli. Eran bebés que
habían vivido en las casas de los ricos, y con una mejilla rota o faltos
de una pierna esperaban en el Rastro su segunda campaña, ofreciéndose a
la niñez pobre, a los pequeñuelos de la miseria, obligados a buscar su
alegría en este estercolero.
Una pobre mujer con una muñeca en la mano discutía con el vendedor,
mientras su hija se agarraba a sus faldas pugnando por tocar el desnudo
monigote, que tenía la cara ennegrecida y una de las piernas quemada.
--¡Dámela... la quedo!--lloriqueaba la pequeña con balbuceo infantil.
Pero la madre dejó la muñeca en el suelo.
--¡Si piden tres perros, hija!... Eso es sólo pa los ricos.
Feli intervino, conmovida por el gesto de inmensa decepción de la
pequeña.
--Tómela usted, señora... Yo se la regalo.
Y pagó, mientras la pobre mujer le daba las gracias, y la niña, con el
mutilado monigote sobre el pecho, repetía a instancias de la madre:
--Gracias, señora... muchas gracias.
Isidro, mientras tanto, examinaba las caras de los vendedores. Buscaba a
uno de sus tíos, apodado el -Ingeniero-, el cual, según noticias, aunque
retirado de los negocios, colocaba allí su tenderete todos los domingos.
En el otro extremo de la plaza sonaba como un quejido la música de un
órgano. Las melodías gangosas llegaban a jirones hasta Maltrana cuando
se hacía un corto silencio en el vocear de los vendedores.
Cogiendo del brazo a Feli, fue el joven hacia donde sonaba el lamento
del órgano.
La música no le había engañado: el que la hacía era su tío el
-Ingeniero-, llamado así por la rara habilidad que demostraba en el
arreglo de los instrumentos de música y juguetes mecánicos. Vestía un
gabán de color de castaña con grandes botones, y bajo la visera de su
gorra destacábanse las dos manchas negras de los anteojos con bordes de
paño que abrigaban su vista enferma.
Estaba sentado en un sillón de madera blanca y dorada, con las graciosas
curvas del siglo XVIII; la seda antigua enseñaba, entre desgarrones y
deshilachados, el lejano recuerdo de una escena pastoril.
A su lado, una mujerona chata, de desbordantes grasas, sentada en un
taburete, se cubría de, los rayos del sol con una sombrilla roja, de
encajes, cuya riqueza contrastaba con la mugre de sus ropas.
Isidro no la prestó atención. Conocía las debilidades del -Ingeniero-.
Aquélla sería la favorita del momento. Su tío, desde que había quedado
viudo, gozaba de una fama vergonzosa en todo el barrio, desde la Ribera
de Curtidores al paseo de las Acacias. No había vendedora de mollejas,
tripicallera o chamarilera del Rastro a la que no cortejase, valiéndose
del prestigio que lo daban sus habilidades y los cuantiosos ahorros que
todos le suponían. Las odaliscas turnaban en su favor con alternativas
de escándalos y riñas, sin que el ilustre -Ingeniero- se decidiese
formalmente por ninguna.
Sentado en el hermoso sillón, daba vueltas al manubrio, deleitándole los
chillones sonidos, que acompañaba con movimientos de cabeza. A sus pies
vio Maltrana una numerosa colección de cartillas para ciegos. ¡Quién
podría ir al Rastro en busca de tales cosas!...
El -Ingeniero-, percibiendo al través de las negras antiparras una
pareja detenida ante su «establecimiento», husmeó al comprador.
--Un órgano magnífico, caballero; fabricación alemana, y se da regalado.
Usted es persona de gusto. Voy a cambiar el papel y oirá cosa buena: la
marcha de -El Profeta-.
Isidro le contestó con una carcajada, al mismo tiempo que la grasienta
odalisca tirábale de la manga para advertirle su equivocación.
--¡Pero tío, si soy yo!--dijo Maltrana.
--¿Y quién eres tú?...
--Isidro, el hijo de su hermana. Me he casado, vengo con mi mujer a
comprar unas cosillas, y he querido verle para que me aconseje.
El -Ingeniero-, al oír que era una mujer la que acompañaba a su sobrino,
abandonó bruscamente el manubrio, y pisando las cartillas, aproximó a
Feli sus antiparras, contemplándola largo rato.
--Muy bien, sobrino, muy bien; mi enhorabuena--dijo con sonrisa de
inteligente en el género--. Tanto gusto en conocerla, joven, y que siga
usted muchos años tan antipática y tan feota... La pobrecita está ciega.
Caballeros, ¡y qué par de ojos se trae la socia!
Luego continuó, dirigiéndose a su enorme compañera, con el mismo acento
que si hablase a un perro:
--Oye, tú, ¿no encuentras que esta joven se parece mucho a Nicanora, la
cigarrera de la calle de Mira el Sol?...
--No señor, no se parece--dijo la mujerona con no menos rudeza,
mostrando al hablar unos dientes picudos y amarillos entre las
salchichas de sus labios--. Bien se ve que estás ciego. La señora es más
guapa. Ya quisiera la Nicanora parecerse a la suela de sus zapatos.
-¡Muuú!--mugió burlescamente el -Ingeniero---. Ya la has metido; ya has
soltado una barbaridaz. No la hagan ustés caso--continuó, dirigiéndose a
los dos jóvenes--; le tié tirria a la Nicanora porque la chica está por
mí. La semana pasá se tiraron del pelo y fueron a la delegación del
distrito.
--Que sus den morcilla a los dos--dijo la gorda con bronco vozarrón.
Y satisfecha de este caritativo deseo, se removió en el asiento,
enderezó la sombrilla, y quedó inmóvil, con los morros apretados,
fingiendo no ver ni oír al -Ingeniero- y sus parientes.
El chamarilero, sentado en el sillón, aconsejaba a su sobrino dónde
debía hacer las compras. La tienda de la Ribera de Curtidores era ahora
de sus hijos; se la había traspasado para quedar en completa libertad.
Bien podía divertirse después de tanto trabajar. Pero le restaba la
afición al negocio, sobre todo a los instrumentos de música. Los
compañeros no adquirían un mecanismo defectuoso que no se lo ofreciesen
para que lo arreglara; siempre tenía alguna joya como aquel órgano, y
todos los domingos colocaba su puesto en las -Américas-, para no perder
la costumbre.
El -Ingeniero- indignábase al hablar de sus parientes. Su hermano el
anticuario era un orgulloso, que desde que trataba, por su negocio, con
marqueses y curas ricos, no había quien lo sufriese. No se veían una vez
que no le echase en cara sus aventurillas y escándalos. Era un jesuita,
un hipócrita; vivía como un imbécil, sin alegría, sin amables
desórdenes. ¿De qué le servía el dinero?... Aconsejaba a su sobrino que
no entrase a verle en el viejo patio de las -Américas-.
--Te recibirá con unos aires de personaje que dan ganas de soltarle dos
tortas... En cuanto a mis hijos, los dos han salido a su tío. Se pelean
conmigo y me reniegan por menos de una perra chica. Apenas me saludan, y
alegan que esto es porque vivo como vivo, porque hablo con esta o con la
otra. Todo filfa, pues lo que buscan es no pagarme lo que me deben por
el traspaso de la tienda. ¡Qué les importa a esos judíos lo que haga su
padre!... Yo parezco un chaval al lado de ellos. Aquí no hay otro joven
en la familia, alegre y que se las traiga, que este cura: el
-Ingeniero-.
Después aconsejó a Isidro que comprase la cama en la tienda de sus
hijos. Tenían géneros baratos y nuevos. No debía adquirirla en las
-Américas-. Eran todas de largo uso; la que menos, había visto morir a
toda una familia. Sus primos le darían con economía lo que necesitase.
Luego preguntó por su madre, la señora Eusebia. Más de un año hacía que
no la había visto. ¿Cómo le iba a la abuela con el señor Polo? Un día
que tuviese humor, tal vez se decidiera a ir a Tetuán. Ya no conocía a
las gentes de allá. Madrid terminaba para él en el Café de San Millán,
donde se reunía con ciertos amigotes para admirar a las hembras de la
plaza de la Cebada. Cuando el sobrino quisiera encontrarle, ya sabía
dónde: siempre en su «farmacia». Le tenía ley al Rastro y sus
alrededores, y eso que el barrio, con todo su comercio, era igual a
aquellas casuchas de Tetuán de donde procedía la familia. Traperos
todos: unos de burro y carro, otros con casa abierta, pero viviendo por
igual de los desperdicios de la villa. Los restos de la existencia
diaria, la comida y los trapos rotos, los expelía Madrid hacia lo alto;
los residuos de su lujo, los muebles y las ropas, empujados por los
vaivenes de la fortuna, bajaban la cuesta del Rastro para amontonarse en
el estercolero de las -Américas-.
--¡Las cosas que uno ha visto, muchacho!... ¡Si los muebles hablasen!
Comenzó a dar vueltas al manubrio del organillo y la gangosa melodía
sonó otra vez.
Maltrana dijo adiós a su tío; pero éste, antes de que se alejasen, tuvo
un arranque de generosidad.
--Tomad lo que queráis. Ya que sois recién casados, os debo un regalo.
Y les mostraba noblemente la mercancía esparcida a sus pies, las
cartillas de ciegos, con las páginas al viento o puestas en ángulo con
el lomo en alto. Los dos jóvenes diéronle las gracias.
--No os ofrezco el órgano--siguió diciendo--porque le tengo querencia a
la Gran Marcha. Pero cuando me canse, venid por él: pasaréis buenos
ratos.
Se alejó la enamorada pareja. Feli reía del -Ingeniero-, de sus
pretensiones galantes y del mastín con faldas que le acompañaba.
--Es un hombre temible--dijo Isidro con tono irónico--. El terror del
barrio... Y tú parece que le has dado golpe: tendré que vigilaros...
Volviendo hacia lo alto del Rastro, asomáronse al patio de las -Viejas
Américas-. La muchacha admiró las grandes tiendas de antigüedades y las
de muebles con sus sillerías de sedas vistosas que alegraban los
sombríos rincones del caserón. Isidro mostró a Feliciana un hombre
obeso y cejudo que en la puerta de su tienda enseñaba unas planchas
pintadas en cobre a dos señoras extranjeras. Aquel era su tío; debían
pasar sin saludarlo, no creyera que iban a pedirle algo.
Permanecieron más de una hora en la tienda de los hijos del -Ingeniero-.
Maltrana reconoció que sus primos eran unos judíos, como decía el padre,
sin alegría, sin afectos, cual si tuviesen cegada el alma por el polvo
amontonado en el establecimiento. Le hablaban con seriedad recelosa,
temiendo que apelase al parentesco para no pagar.
En otro sitio hubiese adquirido Isidro los mismos muebles a menos
precio. Pagaba el parentesco y la vergüenza del regateo. Compraron una
camita dorada, una mesa de escribir, otra de comedor, varias sillas y un
colchón con almohadas y dos mantas. Todo era modesto, de poco precio;
pero la cama, con sus hierros coruscantes, les pareció a los dos un
derroche, un alarde de suprema elegancia, una manifestación de su
propósito de vivir en grande, sin privaciones. Siete duros les costó
esta joya. Los dos se miraban con inquietud. ¡Qué modo de gastar el
dinero! Pero este remordimiento desvanecíase al examinar la cama otra
vez, fijándose especialmente en el colchón de muelles. ¡Ella, que no
había conocido otro lecho que un jergón sobre tablones en la casucha del
-Mosco-! ¡El, que durante años aguardaba a que le dejasen libre el
camastro para descansar sus huesos!...
Los dos abandonaron la tienda, trémulos de emoción por las adquisiciones
que acababan de realizar. Por fin, iban a tener una casa, a ser dueños
de algo. Comenzaban una vida nueva. Antes de dos horas tendrían los
muebles en su casita, en aquel nido próximo a las nubes.
--¡Cuánto dinero hemos gastado!--decía Feli, apreciando con el tacto la
disminución del envoltorio que llevaba en la mano--. Si seguimos
derrochando así, dentro de poco pediremos limosna.
Isidro la tranquilizaba: aún tenía más dinero para las necesidades de la
casa. Y después, ganaría nuevas cantidades; contaba con su pluma para
vivir.
Y hablaba de su pluma con petulante seguridad, como si el mundo entero
aguardase impaciente que él se dignara escribir algo para adquirirlo.
Salieron del Rastro. Cerca de la plazuela contemplaron un instante los
puestos de los remendones que aprovechan el calzado viejo recogido en
las calles. Tenían ante ellos grandes montones de zapatos húmedos,
extraídos de una gran cuba, y agarrándolos como animalillos muertos, les
arrancaban las tachuelas, las suelas, los tacones, todo lo aprovechable.
Lo inservible caía en el suelo, pegándose a las piedras como inertes
piltrafas.
Junto a la estatua del héroe de Cascorro se cruzaron con dos ropavejeros
que volvían de recorrer las calles pregonando sus ofrecimientos de
compra. Llevaban al brazo varias prendas de ropa. Calzaban alpargatas,
cubríanse la cabeza con boinas, pero encima de ellas, como si fuesen las
enseñas del oficio, llevaban con solemnidad, uno de ellos un sombrero de
copa, y el otro una teja de cura de un negro verdoso. Caminaban
gravemente, como dos caricaturas de la riqueza y el clero, sin prestar
atención a las risas de los curiosos, y se metieron en la taberna del
-Manco- para hablar de sus asuntos entre dos «tintas».
Isidro y Feliciana sentían impaciencia por verse en su casita. Dudaron
un instante ante la puerta de un café, no sabiendo si almorzar en él.
No; mejor sería en su casa, completamente solos, sin la molestia de las
miradas del público.
Al presentarse el camarero con una gran bandeja en aquel piso alto donde
ocultaban su felicidad, tuvieron que colocar sobre una mesilla del señor
Vicente el solomillo con patatas, la merluza frita, el postre de pasas y
almendras y la botella del vino. Comieron con el buen apetito de la
juventud, con esa excitación que proporciona la novedad de los cambios
de sitio.
Feli, de vez en cuando, fruncía el entrecejo con sus preocupaciones de
amita de casa.
--Esto empieza mal; gastamos demasiado. Con lo que cuesta este aparato
que han traído del café tengo yo para dos días.
Maltrana contestaba con risas. Había que alegrarse: aquel domingo era el
de sus bodas, el primor día que pasaban juntos. Ya pensarían luego en
las economías.
Bebieron en el mismo vaso, cuidando el uno de poner los labios en la
empañadura que dejaba la boca del otro. Se besaban entre bocado y
bocado, marcándose en las mejillas redondeles de vino y de grasa:
--¡Cochino, cómo me pones!--decía Feli con gracioso mohín, limpiándose
la cara--. ¡Ay! ¡Déjame comer! ¡déjame tranquila! Mira que estoy
cansada, que deseo paz... que aún nos queda mucho por arreglar.
La presencia del señor Vicente hizo que el almuerzo acabase con cierta
tranquilidad. Venía de oír varias misas, de asistir a una reunión de
Hermandad, de hablar con los señores de la Conferencia, que le
entregaban las estampitas y hojas piadosas para los impíos de la plebe.
Los domingos eran días de gran trabajo.
Se negó a aceptar los restos del almuerzo que le ofrecía el joven.
Gracias, señor de Maltrana; no era orgullo, pero estaban en Cuaresma, y
él ayunaba rigurosamente. Había devorado en la calle su modesta
colación; la carne pecadora ya tenía bastante.
Fijaba sus ojos enfermos en Feli con cierta inquietud, turbado por la
presencia de una mujer joven y bonita en su propia sala, en medio de los
estantes empolvados repletos de tomos de pergamino que guardaban toda la
sabiduría y la santidad del mundo.
--¿Conque usted es la señora del señor de Multrana? Vaya, vaya... Que
sea por muchos años.
Y al decir esto, paseaba por la habitación con sus zapatos de cura, que
parecían querer escapársele a cada paso, acompañando sus movimientos con
un monótono chac-chac. Tenía en sus piernas algo inexplicable que
parecía repeler los lacios pantalones que las cubrían. Feli pensaba que
aquel hombre había nacido para llevar una sotana, un hábito, una
envoltura talar. Se movía y andaba como si unas sayas invisibles
estorbasen su paso.
--¿Conque usted es la señora del señor de Maltrana?--repitió otra vez,
no sabiendo qué decir--. Vaya, vaya... Que Dios la bendiga y la dé
muchos hijos, para que la acompañen en el ciclo... Tiene usted cara de
buena; el señor de Maltrana también es bueno, aunque algo olvidado de la
salud del alma. Usted le guiará por el buen camino: las señoras, para
estos casos, saben más que nosotros. Creo que nos entenderemos, que
viviremos como buenos cristianos, en santa paz.
El señor Vicente entró a detallar su futura vida. Libertad completa para
todos. Ellos tenían su llave, y él guardaba la suya. Cada uno podía
entrar y salir cuando quisiera. No hacía falta llamarse mas que en casos
de necesidad, como buenos hermanos. El se acostaba muchas veces cuando
aún había sol en el horizonte. Otras llegaba a altas horas de la noche.
Se retrasaba peleando con algún pecador de lengua blasfema; velaba
enformos, con la esperanza de que se arrepintiesen a última hora. La
noche era tan buena como el día para servir a Dios. Además, dormía poco:
le repugnaba el sueño, por ser el momento que aprovecha el Malo para
tentar y atormentar con visiones pecaminosas e impuros disparates.
Ansiaba la llegada del día como un descanso, y antes de apuntar el alba
estaba de pie para asistir a la misa primera. Cuando ellos se
levantasen, ya andaría él muchas horas por el mundo.
--No crea usted, señora--continuó--, que siempre he vivido tan
cristianamente. He tenido mis épocas de calavera, de trasnochador.
Al decir esto, sonrió con una candidez que pretendía ser maliciosa.
--Cuando yo conquistaba a mi zapatero, un demonio de Granada que cometió
enormes sacrilegios, y cuya conversión no sé si se la habrá contado don
Isidro, entonces pasé meses y aun años acostándome después de la salida
del sol. El pecador tenía gusto en oírme, y yo me agarraba a él,
acompañándolo a las tabernas y a sitios peores, señora... a sitios donde
fueran conducidas en tiempos de martirio las santas vírgenes para ser
atormentadas en lo que más estimaban. El Señor me lo perdone... El bebía
y hacía cosas peores; yo le hablaba, sin aceptar sus obsequios, sin
hacer caso de sus blasfemias, esperando que estuviese bien borracho para
ver si de este modo podía meterlo en una iglesia y que oyese una misa,
una tan sólo, con la esperanza de que Dios y su Santísima Madre me
habían de ayudar, tocándole el corazón. ¡Y costó, pero llegó! Pasé años
haciendo una vida de pillo, pero puedo decir que he devuelto un alma al
Señor... Ya le contará más despacio el señor de Maltrana mi conquista
del zapatero.
Y paseaba, guiñando los sanguinolentos ojos, frotándose las manos,
celebrando su malicia y aquella conversión que era el acto más glorioso
de su vida.
--Aquí estará usted muy bien, señora--continuó--. Hay de todo en el
distrito; tiene usted inmediatas varias iglesias, con misas a todas las
horas. Además, casi a la mano, está la catedral. San Isidro, con su
famosa capilla isidoriana. Si usted no la ha oído, vaya a oírla. Un coro
de ángeles, una bandada de querubines, que la dejarán con la boca
abierta.
Cuando se presentaron dos mozos de cordel trayendo a cuestas una parte
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