-Mosco-. --¿Qué lleváis cogido?--preguntó éste. --Nada aún: dos gazapos. --Que se os dé bien la noche. La cuadrilla desapareció con sus perros, y el -Mosco- siguió adelante, prometiendo a los camaradas, aún no repuestos del susto, acabar en seguida la expedición, tan pronto como registrase ciertas bocas inmediatas a un arroyo, que eran las más ricas de El Pardo. Detuviéronse en una espesura, oyendo a corta distancia el murmullo del agua invisible saltando entre guijarros. Maltrana no atendía a la caza de sus compañeros; deseaba que acabase la expedición cuanto antes. Causábanle lástima y repugnancia aquellos cuerpecillos de pelo suave que el señor Manolo iba reuniendo al par que hacía grandes elogios del peso de su carne palpitante. Tumbado en un declive, con los brazos cruzados bajo la cabeza, vio de pronto elevarse en el matorral que tenía delante dos cruces de varios brazos, toscas, rudas, como labradas a hachazos. Un hocico negro, barnizado por la humedad, asomó en la espesura; unos ojos lacrimosos y brillantes le contemplaron un momento. Maltrana, influido por el miedo, creyó ver un horrible monstruo, un digno engendro de la selva encantada; algo semejante al dragón de leyenda que había surgido en su memoria al dar los primeros pasos. El terror le hizo ponerse de pie con nervioso salto. Un bufido diabólico estremeció los matorrales. Desaparecieron las cruces, y crujió la maleza al romperse ante una carrera loca. El -Mosco- acudió con gritos de cólera: --¡Rediós!... ¡Y no haber traído la escopeta! ¡Cómo se enteran y se burlan!... Los perros, después de un intento de persecución, retrocedieron al lado de su amo, viendo que éste permanecía inmóvil. El encuentro con el venado quitó al -Mosco- todo deseo de continuar la caza. --Vámonos; ¡para lo que hacemos aquí!... Emprendieron la retirada, marchando directamente en busca de la tapia. Isidro, al saltarla con la ayuda de sus compañeros, volvió a verse en el campo yermo y negro matizado de luces a lo lejos. Creyó otra vez que había soñado, que los árboles rumorosos y el fantástico jardín sólo habían existido en su imaginación. Los pesados racimos de bestias muertas que el señor Manolo sostenía en sus manos eran los únicos testimonios de la realidad de la aventura. --Toca, Isidro--decía el capataz riendo--. ¡Qué famosa cachuela vamos a comernos!... El joven, pensando en los guardas, sentía ahora un miedo mayor que el que había experimentado al otro lado de las tapias. Le parecía imposible que dentro de aquella ratonera hubiese permanecido sereno, tendido en la maleza, contemplando el cielo. ¡De qué balazo se había librado!... El -Mosco- examinó la posición de las estrellas. --Son las dos; antes de que amanezca estaremos en casa. Pasaron de nuevo, a lomos de los dañadores, el riachuelo vecino al «Mal Paso». El -Chispas- y su maestro caminaban ágiles, sin el más leve indicio de fatiga, algo descontentos de su faena. Habían perdido la noche: total, docena y media de conejos. El cansancio, las inquietudes y sustos que aún tenían trémulos a Maltrana y al capataz eran para los dos cazadores incidentes sin importancia de la diaria lucha... ¡Vaya un modo de ganarse el pan! Al detenerse un instante en la cumbre del cerro, el joven volvió a ver los rosarios luminosos del alumbrado de los pueblos, la nube roja que se cernía sobre Madrid. Descansaba la gran villa envuelta en discreta luz, mientras en sus lóbregos alrededores se agitaban los aventureros de la vida, sin miedo al peligro. Maltrana, contemplando el lejano Madrid, creyó ver un símbolo de la vida moderna, de la desigualdad social implacable y sin entrañas. Los dichosos, los ahítos, descansaban tranquilos al calor de una civilización cuyas ventajas eran los únicos en monopolizar. La caravana de los felices no quería ir más allá, creyendo haber visto bastante. Dormían en torno de la hoguera, acariciados por su tibio aliento, con el voluptuoso sopor de una digestión copiosa. Y más allá del círculo rojo trazado por las llamas, en el muro de sombras temblonas tras las cuales estaba lo desconocido, brillaban ojos coléricos, sonaba el rechinar de las uñas al afilarse, estallaba el gruñido de las bestias hambrientas, cegadas por tanto resplandor. Los vagabundos del desierto social, los desertores de la caravana, los expulsados de ella, las fieras, los abortos de la noche, rondaban en torno del vivac, sin atreverse a salir del círculo de tinieblas, por miedo a afrontar la luz. Les cegaba el fuego; intimidábales con glacial escalofrío el brillar de las armas caídas junto a los durmientes. Amenazaban, rugían; pero los dichosos, sumidos en dulce sueño, no podían oír sus amenazas y sus rugidos. Maltrana pensó que alguna vez la hoguera, falta de nuevos combustibles, se extinguiría poco a poco; y cuando sólo quedasen rojos tizones y las tinieblas voraces invadiesen el círculo de luz, vendría la gran pelea, la lucha en la sombra, el empujón arrollador de la muchedumbre, el asalto de los engendros de la obscuridad, para apoderarse de todas las riquezas de los felices: de los bagajes que contienen el bienestar, monopolizado por ellos; de las armas, que son su mejor derecho. IV El segundo día de Carnaval, por la tarde, al salir Maltrana de la calle de los Artistas, se detuvo en los Cuatro Caminos, dudando entre bajar a Madrid o subir hacia Bellasvistas y las Carolinas. Le repugnaba el Carnaval madrileño, grosero y monótono, sin otros alicientes que los codazos y pisotones de la multitud, y se decidió a ir en busca de su amigo el -Mosco- y aprovechar de paso el viajo para hacer a su abuela una visita en su nueva casa, que era la de -Zaratustra-. La pobre vieja tenía deseos de hablarle, según le había a manifestado Polo la última vez que se vieron ante el fielato. Nada perdía con tener contenta a la abuela. En las Carolinas seguían hablando de su tesoro, y ¡quién iba a saber si pensaría en su nieto como heredero! Isidro rió de la avaricia que se despertaba en él. Sentíase alegre, a pesar de que hacía tiempo que no ganaba dinero. Acababa de pedir prestadas a su padrastro unas cuantas piezas de cobre, aprovechando la confianza que inspiraba al albañil por haber satisfecho todos sus atrasos en la parte que le correspondía del alquiler de la casa. Acariciaba aquella tarde la esperanza de merendar en casa del -Mosco-, ya que tenía la certeza de no cenar cuando bajase por la noche a Madrid. En su miseria, no le abandonaba esa seguridad de la juventud que aguarda siempre algo inesperado y cree firmemente que el universo entero se preocupa de ella, torciendo el curso de los sucesos sin otro fin que sacarla de sus situaciones difíciles. Isidro, en su optimismo, tenía el presentimiento de una gran fortuna. Por esto ponía buena cara a todos los desvíos de la suerte: ella acabaría por entregarse vencida. Dos días antes, al pasar por la calle de Alcalá, frente al Ministerio de Hacienda, había encontrado a don Gaspar Jiménez, primer marqués de Jiménez, aquel senador pariente de la señora que le amparaba en su buena época. Varias veces se había tropezado con el solemne personaje, sin que éste reparase en él. Le reconocía, pero pasaba adelante fingiendo no verle. Debía estar enterado de su existencia errante, de su deseo de no ser hombre serio, de aquella vida bohemia que le hizo atascarse a más de la mitad de su carrera universitaria. El senador era inflexible. «La vida no es juego», como le había dicho al echarle de casa de su protectora. Por todas estas razones, Maltrana experimentó gran asombro al ver que el personaje, muy tirado de levita y sombrero de copa, con el aspecto grave y entonado de uno de los directores del país, al cruzarse con él, en vez de distraer la mirada, la fijó en su persona, acariciándole con bondadosa sonrisa. El senador se separó de otros dos señores no menos imponentes que iban con él, y aproximándose a Maltrana, púsole en la espalda la mano protectora: --¿Cómo está usted, joven?... ¿Cómo marchan sus asuntos?... El terrible Maltrana, que en las reuniones de la juventud era implacable, no perdonando persona ni institución, escupiendo su bilis sobre todo lo existente, describiendo el país como un establo de bestias en el que no se encontraba ni media persona, ablandábase conmovido ante la más leve muestra de consideración de un poderoso. La palmada del senador y su sonrisa le trastornaron, hasta el punto de hacerle tartamudear. Pensó que era necesario tener largo trato con las personas para conocerlas. Aquel señor había sido para él un burgués despreciable y ridículo, un pedantón huero... He aquí los inconvenientes de juzgar de lejos a las personas. Ahora, al verle de cerca después de algunos años, le encontraba repentinamente simpático, con cierto aire de pensador, de economista sublime, de esos que poseen las llaves de la despensa nacional. No había que exagerar; por algo se sube, y cuando aquel tío llegaba tan alto, era porque algo llevaba dentro. -¿No terminó usted la carrera?--continuó el senador--. Ha hecho usted bien, si sus aficiones le llevan por otro lado. Usted es artista; usted ha nacido para escritor. Y con gran asombro de Maltrana, le habló de los artículos que llevaba publicados. El no los conocía, le faltaba el tiempo para muchas cosas, pero se los habían recomendado con grandes elogios. Literatura «profunda», de la que a él le placía; estudios serios y concienzudos. El amaba lo concienzudo, lo serio... Maltrana sentíase transfigurado, próximo a elevarse sobre el suelo con la hinchazón de la alegría, al oír que alguien elogiaba sus artículos y que este alguien era un señor que el día menos pensado llegaría a ministro. --Venga usted a verme cuando pueda, con entera confianza; ya sabe usted que somos antiguos amigos: yo le considero como de la familia... Creo que le conviene a usted que nos veamos; algo bueno saldrá de la entrevista. Maltrana, ansioso de esperanza tras estas palabras, intentaba visitar al día siguiente al senador. Pero éste quería pasar los días de Carnaval en una finca suya de Medina del Campo, lejos del bullicio de la ciudad, como convenía a un hombre serio. Después de fiestas, le esperaba en su casa todas las mañanas. Y se alejó escoltado por sus solemnes acompañantes, después de estrechar la mano de Isidro con igual llaneza que si fuese un colega. Maltrana le siguió con una mirada de intensa simpatía. Algo bueno iba a surgir de su inesperada amistad con el personaje... Y el recuerdo del marqués le acompañó como una promesa de fortuna en los días de Carnaval. Al llegar Maltrana a Bellasvistas, creyó ver la reproducción animada de un cuadro de Goya. Varias muchachas desgreñadas, de las de la busca, manteaban un pelele: un traje viejo lleno de paja, con enormes tumores, calzado con unas botinas rotas y rematado por una cabeza de cartón. Un grupo de mozuelos intentaba arrebatarlas el pelele para llevárselo prisionero a la taberna, y las greñudas, armadas de escobas, defendían a golpes el monigote. Corría el grupo por los desmontes con la algazara de la lucha; rodaban por el suelo algunas de las combatientes con tal ímpetu, que dejaban al descubierto las roñosidades de su interior. Maltrana, con su raído macferlán y su sombrero de señorito pobre, pareció distraer de la lucha a esta ruda juventud. Las muchachas, cogiéndose del brazo, marchaban tras él cantando con insolente sonsonete: ¡Ahí va! ¡Ahí va el tío del gabán! Los mozos reían la gracia y parecían dispuestos a apoyarla saludando con un cantazo al señorito si tenía el mal gusto de incomodarse. Maltrana dejó a la espalda esta alegría hostil y salió al campo. Pensaba visitar la cabaña de -Zaratustra- antes de ir a las Carolinas. Hallábase ésta en lo alto de un cerrillo, desde el cual se abarcaba con la vista todo Madrid. Parecía de lejos un montón de escombros y basura. Constaba cíe tres cuerpos sueltos, pero tan bajos, tan metidos en una oquedad de la tierra, que sus techos apenas sobresalían del perfil de la cumbre. El carro de -Zaratustra- parecía más grande que las viviendas; se veía mejor que éstas, caído sobre la zaga, con las dos barras en alto unidas por la barriguera de la mula, destacándose sobre el cielo como una horca. Adivinó el joven la proximidad de la cabaña viendo correr hacia él una banda de perros. Eran los compañeros de -Zaratustra-. Los había de varias razas y tamaños, todos sucios, con los ojos amarillentos y una baba rabiosa en los colmillos: animales casi salvajes, que sólo de tarde en tarde veían llegar algún pobre, y sentían feroz extrañeza ante Isidro, irritados por su exterior de hombre de ciudad. No ladraban. Aproximáronse, mudos, rechinando los dientes con franco propósito de morder, extendiendo sus zarpas hacia los pantalones. El joven cogió una piedra, llamando con fuertes gritos a -Zaratustra- y a la señora Eusebia. Sonó detrás de la cabaña un silbido y la vocecilla de Polo llamando a sus canes. Isidro pudo seguir adelante escoltado por el fiero grupo, que giraba en torno de él, oliéndole las ropas. Pasó entre el carro y una pared baja, y entró en una plazoleta que tenía al frente la campiña, con Madrid en el fondo, y a un lado las obscuras lomas de la Casa de Campo. El resto de la plazoleta estaba cerrado por las tres cabañas que constituían la vivienda y dependencias del gran -Zaratustra-. Este se hallaba sentado en un cubo, cosiendo con bramante unos pedazos de alfombra vieja que habían de servir de manta a la mula. --Perdona que no me levante--dijo con su voz de niño--. Tú eres de casa. ¡Ay, estas piernas!... Había sustituido la casulla de piel de conejo con la otra de las grandes solemnidades: la de espejuelos y cintajos de colores, que le daba el aspecto de un salvaje de teatro. Era un resto de su antigua alegría, un recuerdo de aquellos años en los que bajaba por Carnaval al centro de Madrid cubierto de sus más vistosos harapos, aceptando la extrañeza y la burla de las gentes como testimonio de admiración. Seguía la costumbre de desfigurarse con adornos bravíos cuando llegaba la fiesta, pero se quedaba en casa, vencido por el reúma senil que inmovilizaba sus piernas. Maltrana contempló curiosamente la mansión de -Zaratustra-, agrandada con nuevas edificaciones desde la última vez que la había visto. La actividad del anciano, su raro talento para sacar provecho de los despojos, le hacían vivir en una perpetua reforma de su casa. El trapero sonrió viendo el asombro del joven. --¿Qué te parece?... Esto ha crecido mucho; esto es el palacio real de Tetuán. Vienen señores de Madrid sólo por verlo: sobre todo, pintores... Este cuerpo es el almacén--y señalaba la cabaña en cuya puerta permanecía sentado--. Lo de enfrente es la cocina y la cuadra. Tiene comunicación con el cuerpo central, la antigua casa, donde vivimos tu abuela y yo. Maltrana sentía deseos de reír ante la majestad con que Polo hablaba de su vivienda, señalando sus diversas partes. El lo había construido todo, con la ayuda de su criado, dándole la solidez de un castillo. Parecían las tres cabañas otros tantos montones de basura y escombros en los cuales una familia de topos hubiese abierto agujeros que eran puertas, galerías tortuosas que servían de habitaciones. Todos los despojos de la villa habían sido empleados en la edificación. Sólo a trechos veíanse algunos ladrillos y cascotes de los derribos; lo demás estaba construido con los materiales más heterogéneos, viéndose empotrados en la argamasa, a guisa de ladrillos, botes de conserva, latas de petróleo, cafeteras, orinales, hormas de zapatos, y junto con estos despojos, tibores rotos de porcelana, columnillas de alabastro, trozos de estatuas, todo al azar, según el desorden de la recogida diaria en Madrid. Maltrana vio una aguda punta oxidada saliendo del muro, sobre la cabeza de -Zaratustra-. La miró de cerca: era una jeringa. Más allá brillaban dos azulejos de reflejos dorados y surgía un brazo femenil de color de bronce, que, sin duda, había sostenido una lámpara de gas en algún café. Varios cubos de cinc sin fondo, empotrados horizontalmente en el muro, servían de redondos tragaluces, semejantes a los de los camarotes de los barcos. Los techos eran de paja, de ramaje, de viejos encerados, formando una cubierta de gran espesor, que la lluvia más persistente no podía traspasar. Las rendijas estaban calafateadas con papeles y trapos. La techumbre de la cocina ostentaba como remate una tinaja rota, que servía de chimenea. El almacén exhalaba un hedor de polvo, huesos en putrefacción y ropas corrompidas, junto con ese vaho indefinible de las casas viejas largamente cerradas. Un zumbido de moscas pegajosas vibraba en la obscura profundidad de las chozas. De vez en cuando aleteaba por cerca de Isidro un enorme moscardón azul, de reflejos metálicos, lúgubre, venenoso, hinchado repugnantemente, como si acabase de chupar la tierra de una tumba. Maltrana preguntó por su abuela. --Estoy solo en casa. He enviado el -Bobo- a Madrid a que vea las máscaras, y la vieja está en la Doctrina, en ese corralón de Bellasvistas donde juntan las señoras al rebaño femenino de la busca para que cante oraciones. -Zaratustra-, que se preciaba de conocer a todo Madrid, había oído hablar de alguna de estas damas devotas cuando eran jóvenes, y reía, guiñando sus ojos lacrimosos. El diablo, harto de carne... Regalaban a las traperas una sábana por año, y arroz y castañas por Navidad; pero las obligaban a oír la explicación de la Doctrina dos veces por semana. En Carnaval había gran reunión, para pedir al Señor que perdonase las locuras del mundo, y comenzaba la fatigosa época de la Cuaresma. Las que faltaban a estas grandes solemnidades perdían la sábana. --Te digo, Isidro, que se la ganan bien, y cuando vienen a coger los trapos de esas señoras tienen callos en las rodillas, como los elefantes. Pero el mediano, cuando siente necesidad, no se para en nada, y hay que ver a las del barrio al salir de la Doctrina, hechas unas santitas, así que pierden de vista a las señoras... De la que menos, dicen que es una púa... A todo el mundo le gusta que le den algo. Y si no, ahí tienes a tu abuela, que piensa todo el año en la sábana. ¿Para qué la querrá, una mujer que todo el mundo sabe que es rica? ¡Las hembras, Isidro, mala gente!... Tu abuela me ha visto en varios apuros: tuve que pagar el arrendamiento de las tierras que cultivo ahí enfrente, porque ya sabes que yo soy agricultor antes que trapero. No tenía ni un botón, y me dejó en el apuro, sin querer decirme dónde guarda su tesoro. Y eso que anduvo el palo; porque a las hembras, el pan en una mano y la vara en otra... ¡Si las conoceré yo, que he tenido cinco!... De jóvenes, unos pericos verbeneros, sin otro afán que dar gusto al cuerpo y faltarle a uno; de viejas, borrachas y agarradas al perro chico, aunque su hombre vaya en cueros. Quedó en silencio -Zaratustra-, mirando a Madrid, que cerraba el horizonte con su gran masa de tejados y torres. El cielo azul, sin el más leve vapor de humedad, un cielo de Castilla, seco y ardiente, de gran limpidez, que acusaba con energía los contornos, parecía aproximar la lejana población. El trapero creía abarcar con sus ojillos pitañosos toda la humanidad albergada bajo este caparazón de tejas, que a aquellas horas corría y gritaba por las celdillas y callejones de la enorme colmena. Su voz tomaba un acento solemne, como siempre que creía decir algo trascendental. --La hembra, Isidro, es inferior al hombre e indigna de él. Fíjate en eso y recuérdalo siempre; de algo te ha de servir ser amigo de un sabio que ha visto mucho y conoce la vida. La hembra es un animal de escaso caletre; fantasiosa lo mismo que el pavo, tonta como una marica sobre un canto. Dele usted su buen vestido, su buena bota ajustada y demás exigencias del rumbo, y la tendrá usted contenta. No le dé usted el señorío y boato que reclama, y entregará su cuerpo al demonio... El hombre es más digno y noble; se preocupa de otras cosas que de los trapos, y por eso es él quien debe mandar y dar dos palos a tiempo para que se le respete. Con blusa y alpargatas se siente muchas veces mejor que tirado de chistera y de gabán. Yo tengo buena ropa y podía ir todos los días lo mismo que hoy, pero no me da la gana; en cambio, no hay en la busca una hembra que, al agarrar entre los trapos una buena falda, no se la ponga para dar envidia a las compañeras. La mujer que anda mal vestida, así sea vieja y fea, es porque no puede ir mejor, pues ganas no le faltan. El hombre que va hecho un Adán no es porque carezca de «con qué», sino que tiene la atención en cosas más altas, por ser un animal noble e inteligente. Así hablaba -Zaratustra-. Maltrana, molestado por el hedor del almacén y el revoloteo de las moscas, acabó por abandonar su asiento, que consistía en tres pedazos de corcho clavados en forma de banco. Ya que la abuela estaba ausente, quería irse. El trapero le detuvo. No le aconsejaba que esperase a la vieja; si habían de rezar en Bellasvistas por el perdón de todos los alegres pecados que aquella tarde se cometerían en Madrid, tenían oración cortada hasta la noche. Pero antes de que Isidro se fuese, quería enseñarle la casa, especialmente la habitación que había arreglado con motivo de su casamiento. A las mujeres les satisfacen las superfluidades del buen vivir, y no era caso de que la señora Eusebia, al abandonar su casa de las Carolinas, entrara en una vivienda de indios. --Aquí hay su poquito de señorío--dijo -Zaratustra- incorporándose con cierto trabajo, después de clavar la aguja en los tapices y plegar éstos sobre el asiento. Marchaba doblado por la cintura, con las piernas muy abiertas y rígidas. Así precedió a Maltrana por un pasillo lóbrego, bajo de techo y tan angosto, que los codos rozaban los objetos raros empotrados en la pared. La débil claridad que pasaba por un bote de escabeche puesto a guisa de claraboya difundía una luz amarillenta al final del pasillo, danzando en su pálido rayo un enjambre de moscas. A un lado abríase un espacio semicircular que servía de cuadra. Las paredes eran de madera carcomida procedente de los derribos, con los intersticios rellenos de paja y trozos de periódicos; del techo pendían unas telarañas inmensas, monstruosas, ondeando como banderas ennegrecidas por el polvo, cubriendo las paredes como las muestras de una tienda de trapos. La mula casi tocaba con las orejas el techo, y parecía más enorme, disparatadamente grande, en su mezquino albergue. Maltrana pensó en los milagros de la costumbre, en la agilidad de aquel animal para deslizarse todos los días por el pasadizo lóbrego, en el que apenas cabía un hombre. -Zaratustra- saliendo de la cuadra, levantó una cortina de percal rameado, pero Maltrana sólo vio una intensa obscuridad. --Echa una cerilla--dijo el trapero. Cuando lució sobre una cómoda un cabo de vela metido en el cuello de una botella, Isidro pudo ver entre temblonas sombras un antro más pequeño que la cuadra, con el techo de paja y las paredes llenas de escarpias, de las que pendían los numerosos harapos del vestuario de los dos viejos: faldas de gastada seda, levitones llenos de remiendos, sombreros de copa con la seda erizada y contraídos como si fuesen fuelles. --Aquí hay señorío--dijo el trapero--. Eso no podrás negarlo. Mira esa cómoda; fíjate en esta cama, que debe haber sido de algún duque. Huele a palacio así que se la ve. Son piezas que me costaron muy buenas pesetas allá en el Rastro. Fui a comprarlas a los parientes de la -Mariposa-, unos descastados que al verse ricos no conocen a la familia. Aún andamos a pleito por unas pesetas que no quiero dar... Pero fíjate, galán, que la cosa lo merece. Y Maltrana tenía que mirar a la luz de la vela la alta cama de forma antigua, toda ella dorada, pero tan vieja, que en algunos sitios mostrábase el metal descascarillado y sin brillo, y en otros estaba verde, revelando su permanencia en olvidados desvanes, bajo grietas que filtraban la lluvia. Después, -Zaratustra- enseñaba con orgullo de artista los adornos de algunos trozos de pared libres de guiñapos: estampas de santos, cromos de señoras en pelota, o con bailarinas de color de rosa, todo recogido al azar, en el curso de la busca, y que inmediatamente tomaba sitio en el dormitorio con ayuda de tachuelas o pan mascado. Por fin, el trapero enseñaba lo mejor de la casa: unas cuantas tablas colocadas entre la cama y la pared, y en ellas montones de gruesos platillos, docenas de tazas de la loza fuerte usada en los cafés, pilas de vasos metidos unos en otros. --Si quisiera--dijo el tío Polo--, podría convidar a todo el barrio de las Carolinas sin tener que pedir prestado a nadie. Fíjate, criatura; di si tu abuela se ha visto nunca en tal abundancia. Esto parece un café de la Puerta del Sol. Maltrana, a la luz indecisa de la vela, veía todos los platos rajados por negras líneas, las tazas con grietas o sin asas, los vasos con los bordes rotos. Eran despojos de los establecimientos cuya basura recogía Polo, y que éste había ido almacenando durante años, sin saber ciertamente qué utilidad podía sacar de esta colección que era su lujo. El dormitorio no tenía otro respiradero que la puerta. El techo era tan bajo, que entre él y la cama sólo existía el espacio necesario para dormir tendido. Había que subir a ella deslizándose como por la boca de una madriguera. Isidro notó la falta de ventanas. -Es lo mejor que tiene el dormitorio. Cuando hace frío o cuando hiela, duerme uno tan ricamente con el calor de la mula y del estiércol, que da gloria. Mira si estará abrigado esto, que hasta en invierno tenemos moscas. Ni en la plaza de Oriente están un día de nieve tan bien como aquí. El trapero levantó la luz hasta el techo, tocando con cierto cuidado, como objetos frágiles y preciosos, las telas empolvadas que pendían de la paja. --Mira... telarañas. ¿Las ves? Aquí, allá, por todos lados. No tenemos ventanas, cristales y otras cosas superfluas y malignas para la salud; pero telarañas, puedo apostar con el más rico a ver quién las tiene mejores. Maltrana parecía desconcertado por la gravedad con que hablaba -Zaratustra-. --Donde veas telarañas sólo verás salud--continuó--. Eso no lo saben los mediquillos de Madrid, que, porque leen libros, se burlan de los sabios como yo, que leemos en la tierra y en el cielo. En las casas de las ciudades no hay telarañas, y todos andan esmirriados, amarilluchos y mueren jóvenes. La telaraña es un regalo de Dios, que vela por nuestra salud. Tamiza el aire, le quita los malos bicharracos que dan las enfermedades, se come a los microbios y demás insectos... Así hablaba -Zaratustra-, paseando su luz cerca del techo; y surgían de la obscuridad los colgantes tejidos por las arañas, enormes, seculares, como si fuesen la obra de muchas generaciones, transparentando con fulgor sonrosado la llama de la vela. El viejo evitaba romper los frágiles tejidos. Colgaban hasta tocar su cama; agitábalos al dormir con su ronquido, y sentía gran disgusto cuando al despertar se encontraba con una telaraña caída junto a su boca. --Esto es lo que alarga la vida; esto no se paga con dinero. Si tu abuela quiere que ande el palo, que me toque una tan sólo. Cuando Maltrana volvió a la plazoleta cerró los ojos, deslumbrado por el sol. Respiraba con dificultad el aire puro, después de su permanencia en aquel antro saturado de polvo y estiércol. Volvió a ver Madrid ante él, con su enorme masa de gran ciudad, con torres en las que sonaban campanas y chimeneas enormes ennegrecidas de humo. Sentía asombro, inmensa extrañeza, por esta vida ruda y salvaje que le rodeaba, teniendo a la vista un gran núcleo de civilización. El pasado, duro y cruel, la infancia del hombre, apenas despojada de su primitiva animalidad, acampaba a las puertas de una villa moderna. -Zaratustra- procuraba retener al joven. Le era doloroso privarse de una charla en la que podía lucir su ciencia. --¿Ves qué sol tan hermoso?--dijo--. Pues tendremos lluvia antes de que acabe la semana. Se mojará el Entierro de la Sardina. La cara de la luna es de cuidado todas las noches. O yo no sé una palabra de las cosas del cielo, o esta luna anuncia grandes revoluciones, hambres, pestes, sangre... --Adiós, gran -Zaratustá---dijo Maltrana. Podía seguir filosofando, rodeado de sus perros, mientras contemplaba la villa ingrata que no reconocía su saber. El se marchaba a las Carolinas, huyendo de aquella lobreguez maloliente que le trastornaba el estómago. Iba en busca de su amigo el -Mosco- y de su hija Feliciana, que tenía para guisar la cachuela unas manos de virgen, dignas de mil besos; las únicas del barrio que ofrecían cierta limpieza. Ya volvería otra vez, para ver a la abuela. Y emprendió la marcha, seguido un buen trecho por los perros de -Zaratustra-. Al entrar en el barrio de las Carolinas quedó desconcertado y confuso por el aspecto que ofrecía en pleno Carnaval. En aquella gente adornada con los despojos de una ciudad, no se distinguían fácilmente las máscaras de los que no iban disfrazados. Pasaba junto a él un niño llevando en un pie una bota de charol y en el otro un zapato rojo, arrastrando la balumba de arrugas de unos pantalones de hombre, cubriéndose la cabeza con una pamela de paja desengomada y con vestigios de flores. No, no era una máscara. Marchaba con la gravedad del niño pobre que hace los encargos de sus padres, llevando sobre el pecho un gran frasco para que se lo llenasen en la taberna. Y tampoco eran máscaras las mujeres astrosas que veía a lo lejos con faldas multicolores; y los hombres con chaquetillas de soldado o con levitas verdinegras, cuyos faldones cubrían sus perneras remendadas, asomando el pecho velludo entre los forros de seda de las solapas. Una careta vieja de cartón o un trapo con agujeros para los ojos era lo único que distinguía a las máscaras en aquel mundo donde todos parecían igualmente disfrazados. En medio de las callejuelas, junto a las puertas y en el interior de los corrales, veíanse montones de papelillos de color mezclados con la basura. Eran los restos del primer día de Carnaval, el -confetti- y las cintas de papel recogidos por la mañana en los paseos de Madrid; el residuo de la alegría de todo un pueblo, que se mezclaba en tal sumidero con los restos de su comida y sus ropas. Algunos chicuelos tremolaban banderas de papel, guirnaldas de flores contrahechas y otros adornos caídos de las carrozas que la tarde anterior corrían por la Castellana. Isidro pasó varias calles formadas en su mayor parte de tapias de corral. Por encima de ellas asomaban las grandes pirámides de paja podrida destinada a la cocción de las tejerías. Al ruido de sus pasos, fieros mastines asomaban la enorme cabeza por las bardas con sordos ladridos. Un hedor de boñiga húmeda impregnaba el aire. Por las puertas entreabiertas veíanse hociqueando en montones de zapatos viejos y pilas de harapos los cerdos corraleros, que eran vendidos a los tratantes de las afueras después que engordaban con la inmundicia de la población. Maltrana miraba estos animales sórdidos, de salvaje ferocidad, con gran repugnancia. Recordaba las confidencias del -Mosco-, indignado contra ciertos vecinos que, al encontrar en Madrid un perro muerto, se lo traían en el carro, arrojándolo en el corral, donde al poco tiempo sólo era un esqueleto descarnado. Al salir Maltrana a un gran espacio limpio de casas, la vista del cielo libre y de la sierra disipó su impresión de náusea. El Guadarrama obstruía el horizonte con su masa de color de rosa coronada de pirámides de sal. La nieve brillaba en las cumbres, herida por el sol; destacaba su virginal blancura sobre el intenso azul del cielo, cayendo en líneas serpenteadas, sierra abajo, por los derrumbaderos y barrancos. El panorama grandioso hacía olvidar la miseria de este hormiguero de la busca, donde seres humanos buscaban su subsistencia en los despojos abandonados por sus semejantes. Maltrana comenzó a bajar la cuesta de la última calle de las Carolinas, que era la del -Mosco-. Frente a él, al final de la doble fila de míseras casuchas, estaba el cerro de los Pinos, la fuente del Caño Dorado, un frondoso rincón plantado por los constructores del canal del Lozoya, y que con los años se había convertido en un bosque. El joven vio venir hacia él un grupo de chicuelos. Al frente marchaba un mascarón enarbolando una escoba, con la cara hollinada y vestido con arpilleras y lazos de papel. --¡No me conoces!... ¡No me conoces! Y como saludo le echó un escobazo a la cara, huyendo después con paso vacilante, dando chillidos, seguido de la chusma infantil, que vociferaba aclamando sus gracias. ¡Ah, maldito borracho! ¿Pues no le había de conocer?... Era -Coleta-, que divertía al barrio con sus extravagancias de beodo. Isidro siguió adelante, y al llegar a la casa del -Mosco- llamó en vano repetidas veces a la cerrada puerta. Una mujer acudió con las manos cruzadas sobre el vientre. Era la -Borracha-, la hembra de -Coleta-, una andrajosa que llevaba una venda en la frente y un teloncito de lienzo colgando ante un ojo. En aquel barrio de suciedad gozaba gran fama por el abandono de su persona. Tenía costras en las manos, jamás lavadas, por miedo sin duda a que el agua empañase los anillos de latón que adornaban sus dedos. Una pústula perforaba los cartílagos de su nariz. La porquería y el aguardiente la iban barrenando la carne, según decía -Coleta- al insultarla en plena embriaguez con el apodo de -Borracha-. --No están en casa, señor Isidro--dijo con hipócrita mansedumbre--. El -Mosco- se fue esta mañana con el señor Manolo, llevando las jaulas y la red. Han ido a pájaros. La chica, la Feliciana, va de máscara. Hace un rato ha bajado con las amigas al Caño Dorado... Allá está: desde aquí puede verla. Y mostraba a Isidro un grupo de vivos colorines que corría entre la arboleda del cerro de los Pinos. El joven descendió la cuesta. Más allá de las últimas casas de los traperos, contrastando con la sórdida miseria del barrio, comenzaba el bosquecillo del Caño Dorado. El benéfico influjo de la humedad había hecho crecer en el fondo de la cañada una gran masa de árboles rumorosos, poblada de pájaros. Un parterre de antigua jardinería, con muros de boj igualados a tijera, extendíase en torno del Caño Dorado, nombre de la fuente a la que venían a llenar sus cántaros las muchachas de las Carolinas. Era un rincón apacible y silencioso, cargado en primavera de flores y trinos, que no conocían los habitantes de Madrid; un oculto paraíso, un trozo de poesía para la horda traperil acampada en el cerro inmediato. Maltrana gustaba de la tranquilidad del Caño Dorado. Su vieja jardinería le recordaba los parterres de la Moncloa, pero más solitarios, más campestres, sin encontrar en sus avenidas otros paseantes que algún chicuelo del barrio con el cántaro al hombro. Además, le alegraba el canto perpetuo del chorro cayendo desde el caño dorado en un tazón de cuatro círculos. Al entrar el joven en la arboleda vio venir hacia él las máscaras que le había mostrado la mujer de -Coleta-. --¡Es Isidro!... ¡Es el sabio! ¡El que escribe en los papeles! El grupo le rodeó: todo él era de mujeres. Se habían retirado al bosquecillo, cansadas de pasear por las calles del barrio, donde tenían que defenderse de los pellizcos de los mozos. Permanecían allí, satisfechas de sus disfraces, pero aburridas, con la careta en la mano, jugueteando como niñas. Al ver a Maltrana habían vuelto a enmascararse, y se agitaban en torno de él, empujándolo, cogiéndole por las solapas, gritando, con una algazara semejante al cloquear de un gallinero: --¡No me conoces!... ¡No nos conoces! Unas iban vestidas de bebé, con colores vistosos, suelta sobre la espalda la cabellera algo aceitosa, mostrando por debajo de las cortas enaguas la redondez de sus pantorrillas y el rayado chillón de las medias. Casi todas ellas llevaban guantes, y este forro de piel que ocultaba sus manos rudas y no muy limpias enorgullecíalas como una muestra de distinción, al mismo tiempo que paralizaba sus ademanes. Otras vestían de golfos, enfundadas en pantalones masculinos, que parecían próximos a estallar con la presión de las rollizas carnes. Un pañuelito rojo cubría el cuello de sus blusas, y por debajo de la boina asomaban los rulos de su peinado chulesco. Al agitarse en torno de Isidro, envolviéronle en una espiral de almizcle, perfume barato del que se habían impregnado las vírgenes de la busca para mayor esplendor de la fiesta. --¡No me conoces!...--gritaban los golfos de abultadas amenidades, tirándole del bigote, abofeteándole con un entusiasmo que enrojecía sus mejillas. --¡No me conoces!...--gritaba un bebé de color de rosa, en el que Maltrana fijó su atención. --¿Pues no te he de conocer, criatura?--exclamó el joven--. Tú eres Feliciana. No hay en todo el barrio otras manos como las tuyas. Por eso las llevas descubiertas, coquetona. Muchas de las máscaras echaron a correr, chillando, asombradas de este reconocimiento y ofendidas por la alusión a sus manos enguantadas. Un grupo de mozos bajaba la cuesta, y ellas, con el deseo de ser perseguidas, corrieron a su encuentro. Maltrana quedó casi solo, junto al bebé. Las compañeras más íntimas se habían separado algunos pasos, fijando su atención en el encuentro de los mozos con las máscaras. --Sí; tú eres Feliciana--volvió a decir el joven, cogiéndola las manos--. Dime, ¿cuándo volverá tu padre?... --No soy Feliciana--chilló la máscara con una voz trémula en la que parecía vibrar la cólera--. Feliciana tiene las manos más feas que las mías. La prueba está en que las has visto muchas veces, sin decirla a la pobre una palabra. --Vamos, muchacha, no digas tonterías. ¿Es que habéis bebido esta tarde?... --Tú eres un orgulloso, Isidro--continuó la máscara, hablando con precipitación, como si temiese que lo faltara el ánimo antes de acabar--; tú eres un fatuo, que, admirado de tu importancia, no te fijas en nadie. Estás tan orgulloso de que te llamen sabio, que no miras a las gentes, ni tienes pizca de talento para adivinar lo que piensan los que te rodean. Maltrana la oía con extrañeza. --Pero ¿qué tonterías dices, niña? ¿Es que estás borracha? Todas las máscaras se habían alejado hacia la cañada, donde sonaban los gritos de juguetonas persecuciones. Estaban solos; pero a pesar de esto, el bebé hablaba con su voz atiplada de máscara, fijando, a través de los agujeros del antifaz, sus ojos negros y profundos en los de Isidro. --Yo no soy Feliciana, pero soy su mejor amiga. Ella es como yo misma... más que si fuésemos hermanas. ¿Y sabes lo que dice Feliciana?... Que eres un orgulloso; que por más que ella te mira, tú nunca te fijas en ella; que te parece muy poca cosa porque vive en las Carolinas y va a la fábrica de gorras... ¡Claro! ¡Como el señor vive en Madrid, y escribe en los papeles, y viste de señorito!... ¡A saber si tendrá en los Madriles cómicas que se lo disputen, señoronas que le hagan el amor!... Maltrana reía de la candidez de la muchacha. Aquella infeliz se imaginaba su existencia como una carrera de abundancias y triunfos. Su credulidad resultaba una ironía cruel. --Pero muchacha--dijo--, tú has bebido. Tú estás chispa, Feliciana. --¡Y dale con Feliciana!--repuso ella con tono irritado--. Ya te he dicho que no lo soy. Si lo fuese, te diría cuatro frescas, y con motivo; ¡orgulloso! ¡pelambre! ¡golfo con pretensiones!... Pero no te enfades. Te digo esto porque llevo la careta puesta, y porque antes nos han hecho beber un poquito allá arriba. ¡Pobre Feliciana! ¡Pobres mujeres!... Los hombres habéis arreglado las cosas de tal modo, que nosotras tenemos que callarnos y reventar de pena si es que no nos adivinan. Y tú, golfito serio, con toda tu sabiduría, eres tan incapaz de adivinar, tan ciego... que no sabes distinguir entre Feliciana o las cachuelas de conejo a que te convida su padre. Maltrana era ahora el que se sentía turbado, no sabiendo qué contestar. Su timidez encogíase ante la audacia con que se expresaba la mascarita. Había vuelto a cogerla por las manos, y se las apretaba sin saber qué decir, repitiendo lo mismo: --¡Feliciana... Feliciana! --Hombre, ¡déjala en paz! Ya te he dicho que no soy Feliciana. ¿A qué repetir su nombre? ¡Para lo que te fijas en ella cuando la ves! Nunca la has mirado los ojos; nunca has visto en ella nada de extraordinario. Tú te crías para cosas mejores. Tu madre quería verte casado con una señora; tu abuela asegura que el mejor día vendrás a verla en carruaje de dos caballos, con una señorita de gorro alto... Deja a Feliciana; deja a la pobre que llore y se pudra de pena. Pero sábelo, bandido, canallita, golfo presumido, sosaina: Feliciana tiene la desgracia de haberse chalao por ti; Feliciana te quiere; pero es mujer, y calla, y se le corrompe la sangre al ver que este burro, o no lo conoce, o es un ladrón que se divierte fingiendo que no se entera. Detrás de la careta sonó un suspiro. El bebé se llevó las manos al pecho, y por los agujeros del cartón viéronse los ojos húmedos, lacrimosos. Maltrana, turbado por las palabras de la máscara, no acertó a contestar. Instintivamente llevó una mano al antifaz y tiró de él. Apareció el rostro de Feliciana congestionado, con los ojos llenos de lágrimas. Al verse con la cara descubierta, quiso escapar; después intentó sonreír. --Todo ha sido una broma. Confiesa, Isidro, que he sabido marearte, y olvida esas tonterías. --Feliciana--dijo el joven gravemente--, no llores. Broma o realidad, bendigo tu valor que te ha permitido decirme tales cosas. Tienes razón: soy un tonto; pero orgulloso, nunca. El ciego ya ve; el distraído se fija. Sin darse cuenta de lo que hacía, una de sus manos soltó las de la muchacha, deslizándose instintivamente por su talle. Feliciana fijó en él sus ojos húmedos, negros como dos gotas de tinta, que reflejaban el lejano foco de sol. La presión de aquel brazo en su talle parecía doblarla, vencerla. Se miraron, sin osar decirse nada, asustados de su atrevimiento, de esta rápida aproximación. Sonaron cerca de ellos los gritos de las máscaras. El alegre grupo volvía de la cañada perseguido por los mozos. La audacia que había hecho hablar a la joven con la careta puesta la abandonó de pronto. Desvaneciose su atrevimiento, producto de unos sorbos de vino y del amparo del antifaz. Feliciana hizo el mismo gesto de espanto que si despertase de súbito completamente desnuda a la vista de los hombres. Se arrancó del brazo de Maltrana y corrió hacia un árbol inmediato, apoyando en él los codos, ocultando la cara entre las manos. No quería que la viese Isidro. Tenía miedo de mirarle. Ahora lloraba de veras, y gemía entre suspiros: --¡Qué vergüenza, Señor!... ¡qué vergüenza! V --Siéntese usted, joven. Está usted en su casa: ya sabe que le considero como de la familia. Y el senador don Gaspar Jiménez acariciaba a Maltrana con aquellas palmaditas protectoras que enorgullecían al joven. Estaba en el despacho del personaje, habitación amueblada con la severidad que correspondía a un hombre de su importancia y su seso. Las sillas eran de cuero, las paredes obscuras. En una librería alineábanse los tomos de las -Sesiones del Senado-, juntos con memorias, estadísticas y aranceles; volúmenes imponentes por el tamaño, impresos a expensas del Estado. Pendientes de los muros, en marcos coruscantes, exhibíanse varios títulos de individuo de honor de diversas sociedades, acreditando los méritos del marqués de Jiménez, y un tarjetón, prodigio de caligrafía, en el cual los compromisarios castellanos felicitaban a su «digno senador» por sus brillantes discursos en defensa de la protección a los trigos. Un retrato al óleo, de tamaño natural, llenaba todo un lado del despacho. El marqués aparecía en el lienzo de pie, vestido de frac, con todas sus condecoraciones, apoyando un codo en la chimenea de su salón y sosteniendo con la diestra mano su frente cejijunta cargada de pensamientos. Una obra maestra. Al contemplar Isidro este figurón con el pecho constelado de condecoraciones, encontraba cierta semejanza a su poderoso amigo con varios prestidigitadores célebres. Después, sintió ganas de reír ante la seriedad y el empaque con que el senador se mostraba en el retrato. Era un caballero que se hacía representar de visita en su propia casa. El grave marqués, que trataba siempre a las gentes con tono protector, parecía titubear en presencia de Maltrana. Hablábale con cierta distracción, como si su pensamiento estuviese lejos. Se enteraba con forzada curiosidad de la vida del joven, de sus luchas y aspiraciones, mientras fruncía el ceño y su mirada vaga parecía buscar un pretexto para conducir la conversación adonde era su deseo. Por fin, habló del motivo que le había hecho llamar a Isidro. --Pues sí, joven amigo--dijo con la entonación solemne que empleaba al charlar en los corrillos de la Alta Cámara--. Yo me he tomado la libertad de hacerle venir porque tengo que proponer a usted algo que considero muy beneficioso para su persona. Yo entiendo que hay que proteger a la juventud; yo amo a los jóvenes; soy uno de ellos, por más que muchos no lo crean viéndome dedicado a serios estudios, a problemas graves, que mejor cuadran con la vejez. Pero la vida no es un sueño, como ya le dije a usted en cierta ocasión. La vida no es un juego, y hay que aceptarla con toda su seriedad... Por lo demás, lo que tal vez sea beneficioso para usted será indudablemente muy útil para mí, y si usted lo acepta, merecerá mi agradecimiento. Isidro, que escuchaba atentamente estas palabras del senador, con todo su relleno de retazos oratorios, no sacó nada en claro. ¿Qué deseaba el señor marqués? Allí estaba él para servirle; podía decir cuál era su intención. El personaje volvió a hablar con no menos anfibologías y rodeos, como si temiese descubrir de golpe su pensamiento. El vivía muy ocupado. Era el hombre que en todo Madrid disponía de menos tiempo para dar satisfacción a sus particulares aficiones. Por una parte, la sagrada defensa de los trigos, y por otra, las asociaciones de propaganda católica y de religiosidad obrera, devoraban todo su tiempo. Era vicepresidente de unas Ligas, secretario de otras, y consideraba un deber sagrado no faltar a ninguna de sus reuniones. A más de esto, le asediaba el partido con sus exigencias de disciplina, gozaba del afecto del jefe, a cuya tertulia no le era lícito faltar, y tenía que ocuparse de la educación de sus hijos, dos muchachos irreprochables, que profesaban las ideas sanas de su padre y merecían los elogios de sus antiguos maestros, los buenos sacerdotes de la Compañía. Maltrana acogió con graves movimientos de cabeza y risas interiores estas palabras. Conocía de vista a los hijos: les había encontrado muchas noches en Romea y otros salones donde cantan y bailan las «estrellas» del género ínfimo. Uno de ellos firmaba pagarés en blanco a todos los usureros de Madrid para atender de este modo al sostenimiento de cierta -divette- procedente de Perpiñán. --En estas condiciones, pues--continuó el senador con entonación oratoria--, me es imposible dedicar mi actividad a los trabajos de pluma, exteriorizar mis modestas ideas sobre el papel. Porque yo, amigo Maltrana, también soy escritor. Por esto me inspiran tanto afecto los jóvenes que, como usted, se dedican a las bellas letras... Yo, según dicen mis amigos, hablo bastante bien; pues crea usted que soy más escritor que orador. He publicado poco; mi modestia me lo impide. Pero ¡si viese usted el montón de papel que llevo emborronado!... Y como creyera ver en Maltrana un ademán de curiosidad, se apresuró a añadir: --No; no puedo enseñarle ninguno de mis trabajos. Mi modestia me obliga a romperlos antes de acabarlos. Necesito que alguien me ayude y me empuje. Yo tengo ideas, muchas ideas; lo que me falta es el auxilio, la colaboración de un joven ilustrado que sea dueño de todo su tiempo para escribir: uno como usted. Isidro comprendió que el personaje había llegado por fin adonde quería. Adivinábase en su rostro la placidez de haber soltado una proposición vergonzosa que era su tormento. El joven aceptó con breves palabras. ¿En qué había de consistir su trabajo? Estaba dispuesto a servirle, muy agradecido de que se fijase en él. Y el pobre Maltrana lo sentía así, apreciando como un gran honor la propuesta del personaje. Lo que deseaba el marqués de Jiménez era escribir un libro, pero un libro notable que consolidase su prestigio de economista, de pensador serio. No quería tener secretos con Maltrana, y le confesó que el tal libro sería un escalón, el último, para alcanzar la cartera de ministro el día que su partido volviese al Poder. El mismo jefe le prometía escribir un prólogo para la obra. --Ya ve usted, amigo Maltrana. ¡Qué honor! ¡qué honor para nosotros!... Este «nosotros» dejó frío al joven. Renunciaba de antemano a todo lo que no fuese la retribución que el marqués quisiera darle. --Usted escribirá--continuó el personaje--; yo le daré las ideas; y con esto creo que su trabajo será coser y cantar, como quien dice... Usted es un joven discreto que «se entera» de las cosas, y tendrá cuidado de no «salirse del tiesto» mezclando en la obra ideas de esas diabólicas y modernistas que se traen los muchachos de estos tiempos. El libro irá dedicado a Su Majestad el rey; no necesito decirle más. Una dedicatoria sencilla, pero hermosa, que usted tendrá la bondad de escribir. Asunto de decirle que, así como es el primer soldado de la nación, el primer agricultor, el primer cazador, el primero en todo, tanto si se trata de dirigir la política como de dirigir un automóvil, es también, para mí y para todas las gentes de bien que tenemos que perder, el primer sociólogo. ¿No será bonita una dedicatoria en este sentido?... Isidro contestó con movimientos de afirmación. --Porque mi obra, amigo Maltrana, va a ser socialista; no se asuste usted: socialista del verdadero socialismo, del práctico, del que puede ser, del que defendemos los espíritus sanos, uniendo las exigencias de la época con las santas tradiciones y los intereses creados. El joven le pidió las ideas que habían de servirle de guía, la trama poderosa, sobre la cual no tendría él otro quehacer que alinear palabras con la pluma: «coser y cantar», como decía el personaje. --El libro--dijo éste--podría titularse -El verdadero socialismo-; pero si usted encuentra otro título más bonito, por mí no se prive usted; yo no tengo en esto empeños de amor propio. Usted manda, usted es el amo. Haga todo lo que considere más acertado; cuantas más iniciativas tenga, mejor. Y gravemente, arrugando el entrecejo, como si cada idea le costase una extracción dolorosa, expuso su plan. El libro debía ser un himno a la caridad; que los ricos diesen a los pobres, que los pobres respetasen a los ricos, y unos y otros se confiaran a la dirección de la Iglesia católica, maestra de siglos en estas cuestiones, y a Su Santidad el Papa, el primer socialista del verdadero socialismo. --Creo que con esto--continuó--ya tiene usted bastante para hacer el - - . 1 2 - - ¿ ? - - . 3 4 - - : . 5 6 - - . 7 8 , - - , 9 , , 10 , 11 , . 12 13 , 14 . 15 16 ; 17 . 18 19 . 20 21 , , 22 23 , , , . , 24 , ; 25 . , , 26 , ; 27 28 . 29 . . 30 , . 31 32 - - : 33 34 - - ¡ ! . . . ¡ ! ¡ 35 ! . . . 36 37 , , 38 , . 39 40 - - 41 . 42 43 - - ; ¡ ! . . . 44 45 , . 46 , , 47 . 48 , 49 . 50 51 52 . 53 54 - - , - - - - . ¡ 55 ! . . . 56 57 , , 58 . 59 , 60 , . ¡ ! . . . 61 62 - - . 63 64 - - ; . 65 66 , , « 67 » . - - , 68 , . 69 : , . , 70 71 . . . ¡ 72 ! 73 74 , 75 , 76 . 77 78 , 79 , 80 . 81 82 , , 83 , . 84 85 , , 86 . 87 , . 88 , , 89 . 90 , 91 , , 92 , , 93 . , 94 , , , 95 , , 96 , . 97 98 ; 99 . , ; 100 , , 101 . 102 103 , , 104 ; 105 , , 106 , , 107 , 108 : , 109 ; , . 110 111 112 113 114 115 116 117 , , 118 , , 119 . 120 121 , , 122 , 123 - - 124 , - - . 125 , 126 . 127 . , 128 ¡ ! 129 130 . , 131 . 132 , 133 134 . 135 136 - - , 137 . 138 139 , 140 141 , 142 . 143 144 , , . 145 : 146 . 147 148 , , 149 , , 150 , 151 . , 152 . , 153 . , 154 , 155 . . « 156 » , 157 . 158 159 , 160 , , 161 , , 162 , , 163 . 164 165 166 , , 167 : 168 169 - - ¿ , ? 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