-Mosco-.
--¿Qué lleváis cogido?--preguntó éste.
--Nada aún: dos gazapos.
--Que se os dé bien la noche.
La cuadrilla desapareció con sus perros, y el -Mosco- siguió adelante,
prometiendo a los camaradas, aún no repuestos del susto, acabar en
seguida la expedición, tan pronto como registrase ciertas bocas
inmediatas a un arroyo, que eran las más ricas de El Pardo.
Detuviéronse en una espesura, oyendo a corta distancia el murmullo del
agua invisible saltando entre guijarros.
Maltrana no atendía a la caza de sus compañeros; deseaba que acabase la
expedición cuanto antes. Causábanle lástima y repugnancia aquellos
cuerpecillos de pelo suave que el señor Manolo iba reuniendo al par que
hacía grandes elogios del peso de su carne palpitante.
Tumbado en un declive, con los brazos cruzados bajo la cabeza, vio de
pronto elevarse en el matorral que tenía delante dos cruces de varios
brazos, toscas, rudas, como labradas a hachazos. Un hocico negro,
barnizado por la humedad, asomó en la espesura; unos ojos lacrimosos y
brillantes le contemplaron un momento. Maltrana, influido por el miedo,
creyó ver un horrible monstruo, un digno engendro de la selva encantada;
algo semejante al dragón de leyenda que había surgido en su memoria al
dar los primeros pasos. El terror le hizo ponerse de pie con nervioso
salto. Un bufido diabólico estremeció los matorrales. Desaparecieron las
cruces, y crujió la maleza al romperse ante una carrera loca.
El -Mosco- acudió con gritos de cólera:
--¡Rediós!... ¡Y no haber traído la escopeta! ¡Cómo se enteran y se
burlan!...
Los perros, después de un intento de persecución, retrocedieron al lado
de su amo, viendo que éste permanecía inmóvil.
El encuentro con el venado quitó al -Mosco- todo deseo de continuar la
caza.
--Vámonos; ¡para lo que hacemos aquí!...
Emprendieron la retirada, marchando directamente en busca de la tapia.
Isidro, al saltarla con la ayuda de sus compañeros, volvió a verse en el
campo yermo y negro matizado de luces a lo lejos. Creyó otra vez que
había soñado, que los árboles rumorosos y el fantástico jardín sólo
habían existido en su imaginación.
Los pesados racimos de bestias muertas que el señor Manolo sostenía en
sus manos eran los únicos testimonios de la realidad de la aventura.
--Toca, Isidro--decía el capataz riendo--. ¡Qué famosa cachuela vamos a
comernos!...
El joven, pensando en los guardas, sentía ahora un miedo mayor que el
que había experimentado al otro lado de las tapias. Le parecía imposible
que dentro de aquella ratonera hubiese permanecido sereno, tendido en la
maleza, contemplando el cielo. ¡De qué balazo se había librado!...
El -Mosco- examinó la posición de las estrellas.
--Son las dos; antes de que amanezca estaremos en casa.
Pasaron de nuevo, a lomos de los dañadores, el riachuelo vecino al «Mal
Paso». El -Chispas- y su maestro caminaban ágiles, sin el más leve
indicio de fatiga, algo descontentos de su faena. Habían perdido la
noche: total, docena y media de conejos. El cansancio, las inquietudes y
sustos que aún tenían trémulos a Maltrana y al capataz eran para los dos
cazadores incidentes sin importancia de la diaria lucha... ¡Vaya un modo
de ganarse el pan!
Al detenerse un instante en la cumbre del cerro, el joven volvió a ver
los rosarios luminosos del alumbrado de los pueblos, la nube roja que se
cernía sobre Madrid.
Descansaba la gran villa envuelta en discreta luz, mientras en sus
lóbregos alrededores se agitaban los aventureros de la vida, sin miedo
al peligro.
Maltrana, contemplando el lejano Madrid, creyó ver un símbolo de la vida
moderna, de la desigualdad social implacable y sin entrañas.
Los dichosos, los ahítos, descansaban tranquilos al calor de una
civilización cuyas ventajas eran los únicos en monopolizar. La caravana
de los felices no quería ir más allá, creyendo haber visto bastante.
Dormían en torno de la hoguera, acariciados por su tibio aliento, con el
voluptuoso sopor de una digestión copiosa. Y más allá del círculo rojo
trazado por las llamas, en el muro de sombras temblonas tras las cuales
estaba lo desconocido, brillaban ojos coléricos, sonaba el rechinar de
las uñas al afilarse, estallaba el gruñido de las bestias hambrientas,
cegadas por tanto resplandor. Los vagabundos del desierto social, los
desertores de la caravana, los expulsados de ella, las fieras, los
abortos de la noche, rondaban en torno del vivac, sin atreverse a salir
del círculo de tinieblas, por miedo a afrontar la luz.
Les cegaba el fuego; intimidábales con glacial escalofrío el brillar de
las armas caídas junto a los durmientes. Amenazaban, rugían; pero los
dichosos, sumidos en dulce sueño, no podían oír sus amenazas y sus
rugidos.
Maltrana pensó que alguna vez la hoguera, falta de nuevos combustibles,
se extinguiría poco a poco; y cuando sólo quedasen rojos tizones y las
tinieblas voraces invadiesen el círculo de luz, vendría la gran pelea,
la lucha en la sombra, el empujón arrollador de la muchedumbre, el
asalto de los engendros de la obscuridad, para apoderarse de todas las
riquezas de los felices: de los bagajes que contienen el bienestar,
monopolizado por ellos; de las armas, que son su mejor derecho.
IV
El segundo día de Carnaval, por la tarde, al salir Maltrana de la calle
de los Artistas, se detuvo en los Cuatro Caminos, dudando entre bajar a
Madrid o subir hacia Bellasvistas y las Carolinas.
Le repugnaba el Carnaval madrileño, grosero y monótono, sin otros
alicientes que los codazos y pisotones de la multitud, y se decidió a ir
en busca de su amigo el -Mosco- y aprovechar de paso el viajo para hacer
a su abuela una visita en su nueva casa, que era la de -Zaratustra-. La
pobre vieja tenía deseos de hablarle, según le había a manifestado Polo
la última vez que se vieron ante el fielato. Nada perdía con tener
contenta a la abuela. En las Carolinas seguían hablando de su tesoro, y
¡quién iba a saber si pensaría en su nieto como heredero!
Isidro rió de la avaricia que se despertaba en él. Sentíase alegre, a
pesar de que hacía tiempo que no ganaba dinero. Acababa de pedir
prestadas a su padrastro unas cuantas piezas de cobre, aprovechando la
confianza que inspiraba al albañil por haber satisfecho todos sus
atrasos en la parte que le correspondía del alquiler de la casa.
Acariciaba aquella tarde la esperanza de merendar en casa del -Mosco-,
ya que tenía la certeza de no cenar cuando bajase por la noche a Madrid.
En su miseria, no le abandonaba esa seguridad de la juventud que
aguarda siempre algo inesperado y cree firmemente que el universo entero
se preocupa de ella, torciendo el curso de los sucesos sin otro fin que
sacarla de sus situaciones difíciles.
Isidro, en su optimismo, tenía el presentimiento de una gran fortuna.
Por esto ponía buena cara a todos los desvíos de la suerte: ella
acabaría por entregarse vencida.
Dos días antes, al pasar por la calle de Alcalá, frente al Ministerio de
Hacienda, había encontrado a don Gaspar Jiménez, primer marqués de
Jiménez, aquel senador pariente de la señora que le amparaba en su buena
época. Varias veces se había tropezado con el solemne personaje, sin que
éste reparase en él. Le reconocía, pero pasaba adelante fingiendo no
verle. Debía estar enterado de su existencia errante, de su deseo de no
ser hombre serio, de aquella vida bohemia que le hizo atascarse a más de
la mitad de su carrera universitaria. El senador era inflexible. «La
vida no es juego», como le había dicho al echarle de casa de su
protectora.
Por todas estas razones, Maltrana experimentó gran asombro al ver que el
personaje, muy tirado de levita y sombrero de copa, con el aspecto grave
y entonado de uno de los directores del país, al cruzarse con él, en vez
de distraer la mirada, la fijó en su persona, acariciándole con
bondadosa sonrisa.
El senador se separó de otros dos señores no menos imponentes que iban
con él, y aproximándose a Maltrana, púsole en la espalda la mano
protectora:
--¿Cómo está usted, joven?... ¿Cómo marchan sus asuntos?...
El terrible Maltrana, que en las reuniones de la juventud era
implacable, no perdonando persona ni institución, escupiendo su bilis
sobre todo lo existente, describiendo el país como un establo de
bestias en el que no se encontraba ni media persona, ablandábase
conmovido ante la más leve muestra de consideración de un poderoso.
La palmada del senador y su sonrisa le trastornaron, hasta el punto de
hacerle tartamudear. Pensó que era necesario tener largo trato con las
personas para conocerlas. Aquel señor había sido para él un burgués
despreciable y ridículo, un pedantón huero... He aquí los inconvenientes
de juzgar de lejos a las personas. Ahora, al verle de cerca después de
algunos años, le encontraba repentinamente simpático, con cierto aire de
pensador, de economista sublime, de esos que poseen las llaves de la
despensa nacional. No había que exagerar; por algo se sube, y cuando
aquel tío llegaba tan alto, era porque algo llevaba dentro.
-¿No terminó usted la carrera?--continuó el senador--. Ha hecho usted
bien, si sus aficiones le llevan por otro lado. Usted es artista; usted
ha nacido para escritor.
Y con gran asombro de Maltrana, le habló de los artículos que llevaba
publicados. El no los conocía, le faltaba el tiempo para muchas cosas,
pero se los habían recomendado con grandes elogios. Literatura
«profunda», de la que a él le placía; estudios serios y concienzudos. El
amaba lo concienzudo, lo serio... Maltrana sentíase transfigurado,
próximo a elevarse sobre el suelo con la hinchazón de la alegría, al oír
que alguien elogiaba sus artículos y que este alguien era un señor que
el día menos pensado llegaría a ministro.
--Venga usted a verme cuando pueda, con entera confianza; ya sabe usted
que somos antiguos amigos: yo le considero como de la familia... Creo
que le conviene a usted que nos veamos; algo bueno saldrá de la
entrevista.
Maltrana, ansioso de esperanza tras estas palabras, intentaba visitar al
día siguiente al senador. Pero éste quería pasar los días de Carnaval en
una finca suya de Medina del Campo, lejos del bullicio de la ciudad,
como convenía a un hombre serio. Después de fiestas, le esperaba en su
casa todas las mañanas.
Y se alejó escoltado por sus solemnes acompañantes, después de estrechar
la mano de Isidro con igual llaneza que si fuese un colega. Maltrana le
siguió con una mirada de intensa simpatía. Algo bueno iba a surgir de su
inesperada amistad con el personaje... Y el recuerdo del marqués le
acompañó como una promesa de fortuna en los días de Carnaval.
Al llegar Maltrana a Bellasvistas, creyó ver la reproducción animada de
un cuadro de Goya. Varias muchachas desgreñadas, de las de la busca,
manteaban un pelele: un traje viejo lleno de paja, con enormes tumores,
calzado con unas botinas rotas y rematado por una cabeza de cartón. Un
grupo de mozuelos intentaba arrebatarlas el pelele para llevárselo
prisionero a la taberna, y las greñudas, armadas de escobas, defendían a
golpes el monigote. Corría el grupo por los desmontes con la algazara de
la lucha; rodaban por el suelo algunas de las combatientes con tal
ímpetu, que dejaban al descubierto las roñosidades de su interior.
Maltrana, con su raído macferlán y su sombrero de señorito pobre,
pareció distraer de la lucha a esta ruda juventud. Las muchachas,
cogiéndose del brazo, marchaban tras él cantando con insolente
sonsonete:
¡Ahí va! ¡Ahí va
el tío del gabán!
Los mozos reían la gracia y parecían dispuestos a apoyarla saludando
con un cantazo al señorito si tenía el mal gusto de incomodarse.
Maltrana dejó a la espalda esta alegría hostil y salió al campo. Pensaba
visitar la cabaña de -Zaratustra- antes de ir a las Carolinas.
Hallábase ésta en lo alto de un cerrillo, desde el cual se abarcaba con
la vista todo Madrid. Parecía de lejos un montón de escombros y basura.
Constaba cíe tres cuerpos sueltos, pero tan bajos, tan metidos en una
oquedad de la tierra, que sus techos apenas sobresalían del perfil de la
cumbre. El carro de -Zaratustra- parecía más grande que las viviendas;
se veía mejor que éstas, caído sobre la zaga, con las dos barras en alto
unidas por la barriguera de la mula, destacándose sobre el cielo como
una horca.
Adivinó el joven la proximidad de la cabaña viendo correr hacia él una
banda de perros. Eran los compañeros de -Zaratustra-. Los había de
varias razas y tamaños, todos sucios, con los ojos amarillentos y una
baba rabiosa en los colmillos: animales casi salvajes, que sólo de tarde
en tarde veían llegar algún pobre, y sentían feroz extrañeza ante
Isidro, irritados por su exterior de hombre de ciudad.
No ladraban. Aproximáronse, mudos, rechinando los dientes con franco
propósito de morder, extendiendo sus zarpas hacia los pantalones. El
joven cogió una piedra, llamando con fuertes gritos a -Zaratustra- y a
la señora Eusebia.
Sonó detrás de la cabaña un silbido y la vocecilla de Polo llamando a
sus canes. Isidro pudo seguir adelante escoltado por el fiero grupo, que
giraba en torno de él, oliéndole las ropas.
Pasó entre el carro y una pared baja, y entró en una plazoleta que tenía
al frente la campiña, con Madrid en el fondo, y a un lado las obscuras
lomas de la Casa de Campo. El resto de la plazoleta estaba cerrado por
las tres cabañas que constituían la vivienda y dependencias del gran
-Zaratustra-. Este se hallaba sentado en un cubo, cosiendo con bramante
unos pedazos de alfombra vieja que habían de servir de manta a la mula.
--Perdona que no me levante--dijo con su voz de niño--. Tú eres de casa.
¡Ay, estas piernas!...
Había sustituido la casulla de piel de conejo con la otra de las grandes
solemnidades: la de espejuelos y cintajos de colores, que le daba el
aspecto de un salvaje de teatro.
Era un resto de su antigua alegría, un recuerdo de aquellos años en los
que bajaba por Carnaval al centro de Madrid cubierto de sus más vistosos
harapos, aceptando la extrañeza y la burla de las gentes como testimonio
de admiración. Seguía la costumbre de desfigurarse con adornos bravíos
cuando llegaba la fiesta, pero se quedaba en casa, vencido por el reúma
senil que inmovilizaba sus piernas.
Maltrana contempló curiosamente la mansión de -Zaratustra-, agrandada
con nuevas edificaciones desde la última vez que la había visto. La
actividad del anciano, su raro talento para sacar provecho de los
despojos, le hacían vivir en una perpetua reforma de su casa. El trapero
sonrió viendo el asombro del joven.
--¿Qué te parece?... Esto ha crecido mucho; esto es el palacio real de
Tetuán. Vienen señores de Madrid sólo por verlo: sobre todo, pintores...
Este cuerpo es el almacén--y señalaba la cabaña en cuya puerta
permanecía sentado--. Lo de enfrente es la cocina y la cuadra. Tiene
comunicación con el cuerpo central, la antigua casa, donde vivimos tu
abuela y yo.
Maltrana sentía deseos de reír ante la majestad con que Polo hablaba de
su vivienda, señalando sus diversas partes. El lo había construido
todo, con la ayuda de su criado, dándole la solidez de un castillo.
Parecían las tres cabañas otros tantos montones de basura y escombros en
los cuales una familia de topos hubiese abierto agujeros que eran
puertas, galerías tortuosas que servían de habitaciones. Todos los
despojos de la villa habían sido empleados en la edificación. Sólo a
trechos veíanse algunos ladrillos y cascotes de los derribos; lo demás
estaba construido con los materiales más heterogéneos, viéndose
empotrados en la argamasa, a guisa de ladrillos, botes de conserva,
latas de petróleo, cafeteras, orinales, hormas de zapatos, y junto con
estos despojos, tibores rotos de porcelana, columnillas de alabastro,
trozos de estatuas, todo al azar, según el desorden de la recogida
diaria en Madrid.
Maltrana vio una aguda punta oxidada saliendo del muro, sobre la cabeza
de -Zaratustra-. La miró de cerca: era una jeringa. Más allá brillaban
dos azulejos de reflejos dorados y surgía un brazo femenil de color de
bronce, que, sin duda, había sostenido una lámpara de gas en algún café.
Varios cubos de cinc sin fondo, empotrados horizontalmente en el muro,
servían de redondos tragaluces, semejantes a los de los camarotes de los
barcos. Los techos eran de paja, de ramaje, de viejos encerados,
formando una cubierta de gran espesor, que la lluvia más persistente no
podía traspasar. Las rendijas estaban calafateadas con papeles y trapos.
La techumbre de la cocina ostentaba como remate una tinaja rota, que
servía de chimenea.
El almacén exhalaba un hedor de polvo, huesos en putrefacción y ropas
corrompidas, junto con ese vaho indefinible de las casas viejas
largamente cerradas. Un zumbido de moscas pegajosas vibraba en la
obscura profundidad de las chozas. De vez en cuando aleteaba por cerca
de Isidro un enorme moscardón azul, de reflejos metálicos, lúgubre,
venenoso, hinchado repugnantemente, como si acabase de chupar la tierra
de una tumba.
Maltrana preguntó por su abuela.
--Estoy solo en casa. He enviado el -Bobo- a Madrid a que vea las
máscaras, y la vieja está en la Doctrina, en ese corralón de
Bellasvistas donde juntan las señoras al rebaño femenino de la busca
para que cante oraciones.
-Zaratustra-, que se preciaba de conocer a todo Madrid, había oído
hablar de alguna de estas damas devotas cuando eran jóvenes, y reía,
guiñando sus ojos lacrimosos. El diablo, harto de carne... Regalaban a
las traperas una sábana por año, y arroz y castañas por Navidad; pero
las obligaban a oír la explicación de la Doctrina dos veces por semana.
En Carnaval había gran reunión, para pedir al Señor que perdonase las
locuras del mundo, y comenzaba la fatigosa época de la Cuaresma. Las que
faltaban a estas grandes solemnidades perdían la sábana.
--Te digo, Isidro, que se la ganan bien, y cuando vienen a coger los
trapos de esas señoras tienen callos en las rodillas, como los
elefantes. Pero el mediano, cuando siente necesidad, no se para en nada,
y hay que ver a las del barrio al salir de la Doctrina, hechas unas
santitas, así que pierden de vista a las señoras... De la que menos,
dicen que es una púa... A todo el mundo le gusta que le den algo. Y si
no, ahí tienes a tu abuela, que piensa todo el año en la sábana. ¿Para
qué la querrá, una mujer que todo el mundo sabe que es rica? ¡Las
hembras, Isidro, mala gente!... Tu abuela me ha visto en varios apuros:
tuve que pagar el arrendamiento de las tierras que cultivo ahí enfrente,
porque ya sabes que yo soy agricultor antes que trapero. No tenía ni un
botón, y me dejó en el apuro, sin querer decirme dónde guarda su
tesoro. Y eso que anduvo el palo; porque a las hembras, el pan en una
mano y la vara en otra... ¡Si las conoceré yo, que he tenido cinco!...
De jóvenes, unos pericos verbeneros, sin otro afán que dar gusto al
cuerpo y faltarle a uno; de viejas, borrachas y agarradas al perro
chico, aunque su hombre vaya en cueros.
Quedó en silencio -Zaratustra-, mirando a Madrid, que cerraba el
horizonte con su gran masa de tejados y torres. El cielo azul, sin el
más leve vapor de humedad, un cielo de Castilla, seco y ardiente, de
gran limpidez, que acusaba con energía los contornos, parecía aproximar
la lejana población.
El trapero creía abarcar con sus ojillos pitañosos toda la humanidad
albergada bajo este caparazón de tejas, que a aquellas horas corría y
gritaba por las celdillas y callejones de la enorme colmena. Su voz
tomaba un acento solemne, como siempre que creía decir algo
trascendental.
--La hembra, Isidro, es inferior al hombre e indigna de él. Fíjate en
eso y recuérdalo siempre; de algo te ha de servir ser amigo de un sabio
que ha visto mucho y conoce la vida. La hembra es un animal de escaso
caletre; fantasiosa lo mismo que el pavo, tonta como una marica sobre un
canto. Dele usted su buen vestido, su buena bota ajustada y demás
exigencias del rumbo, y la tendrá usted contenta. No le dé usted el
señorío y boato que reclama, y entregará su cuerpo al demonio... El
hombre es más digno y noble; se preocupa de otras cosas que de los
trapos, y por eso es él quien debe mandar y dar dos palos a tiempo para
que se le respete. Con blusa y alpargatas se siente muchas veces mejor
que tirado de chistera y de gabán. Yo tengo buena ropa y podía ir todos
los días lo mismo que hoy, pero no me da la gana; en cambio, no hay en
la busca una hembra que, al agarrar entre los trapos una buena falda, no
se la ponga para dar envidia a las compañeras. La mujer que anda mal
vestida, así sea vieja y fea, es porque no puede ir mejor, pues ganas no
le faltan. El hombre que va hecho un Adán no es porque carezca de «con
qué», sino que tiene la atención en cosas más altas, por ser un animal
noble e inteligente.
Así hablaba -Zaratustra-.
Maltrana, molestado por el hedor del almacén y el revoloteo de las
moscas, acabó por abandonar su asiento, que consistía en tres pedazos de
corcho clavados en forma de banco. Ya que la abuela estaba ausente,
quería irse.
El trapero le detuvo. No le aconsejaba que esperase a la vieja; si
habían de rezar en Bellasvistas por el perdón de todos los alegres
pecados que aquella tarde se cometerían en Madrid, tenían oración
cortada hasta la noche. Pero antes de que Isidro se fuese, quería
enseñarle la casa, especialmente la habitación que había arreglado con
motivo de su casamiento. A las mujeres les satisfacen las superfluidades
del buen vivir, y no era caso de que la señora Eusebia, al abandonar su
casa de las Carolinas, entrara en una vivienda de indios.
--Aquí hay su poquito de señorío--dijo -Zaratustra- incorporándose con
cierto trabajo, después de clavar la aguja en los tapices y plegar éstos
sobre el asiento.
Marchaba doblado por la cintura, con las piernas muy abiertas y rígidas.
Así precedió a Maltrana por un pasillo lóbrego, bajo de techo y tan
angosto, que los codos rozaban los objetos raros empotrados en la pared.
La débil claridad que pasaba por un bote de escabeche puesto a guisa de
claraboya difundía una luz amarillenta al final del pasillo, danzando en
su pálido rayo un enjambre de moscas.
A un lado abríase un espacio semicircular que servía de cuadra. Las
paredes eran de madera carcomida procedente de los derribos, con los
intersticios rellenos de paja y trozos de periódicos; del techo pendían
unas telarañas inmensas, monstruosas, ondeando como banderas
ennegrecidas por el polvo, cubriendo las paredes como las muestras de
una tienda de trapos.
La mula casi tocaba con las orejas el techo, y parecía más enorme,
disparatadamente grande, en su mezquino albergue. Maltrana pensó en los
milagros de la costumbre, en la agilidad de aquel animal para deslizarse
todos los días por el pasadizo lóbrego, en el que apenas cabía un
hombre. -Zaratustra- saliendo de la cuadra, levantó una cortina de
percal rameado, pero Maltrana sólo vio una intensa obscuridad.
--Echa una cerilla--dijo el trapero.
Cuando lució sobre una cómoda un cabo de vela metido en el cuello de una
botella, Isidro pudo ver entre temblonas sombras un antro más pequeño
que la cuadra, con el techo de paja y las paredes llenas de escarpias,
de las que pendían los numerosos harapos del vestuario de los dos
viejos: faldas de gastada seda, levitones llenos de remiendos, sombreros
de copa con la seda erizada y contraídos como si fuesen fuelles.
--Aquí hay señorío--dijo el trapero--. Eso no podrás negarlo. Mira esa
cómoda; fíjate en esta cama, que debe haber sido de algún duque. Huele a
palacio así que se la ve. Son piezas que me costaron muy buenas pesetas
allá en el Rastro. Fui a comprarlas a los parientes de la -Mariposa-,
unos descastados que al verse ricos no conocen a la familia. Aún andamos
a pleito por unas pesetas que no quiero dar... Pero fíjate, galán, que
la cosa lo merece.
Y Maltrana tenía que mirar a la luz de la vela la alta cama de forma
antigua, toda ella dorada, pero tan vieja, que en algunos sitios
mostrábase el metal descascarillado y sin brillo, y en otros estaba
verde, revelando su permanencia en olvidados desvanes, bajo grietas que
filtraban la lluvia.
Después, -Zaratustra- enseñaba con orgullo de artista los adornos de
algunos trozos de pared libres de guiñapos: estampas de santos, cromos
de señoras en pelota, o con bailarinas de color de rosa, todo recogido
al azar, en el curso de la busca, y que inmediatamente tomaba sitio en
el dormitorio con ayuda de tachuelas o pan mascado. Por fin, el trapero
enseñaba lo mejor de la casa: unas cuantas tablas colocadas entre la
cama y la pared, y en ellas montones de gruesos platillos, docenas de
tazas de la loza fuerte usada en los cafés, pilas de vasos metidos unos
en otros.
--Si quisiera--dijo el tío Polo--, podría convidar a todo el barrio de
las Carolinas sin tener que pedir prestado a nadie. Fíjate, criatura; di
si tu abuela se ha visto nunca en tal abundancia. Esto parece un café de
la Puerta del Sol.
Maltrana, a la luz indecisa de la vela, veía todos los platos rajados
por negras líneas, las tazas con grietas o sin asas, los vasos con los
bordes rotos. Eran despojos de los establecimientos cuya basura recogía
Polo, y que éste había ido almacenando durante años, sin saber
ciertamente qué utilidad podía sacar de esta colección que era su lujo.
El dormitorio no tenía otro respiradero que la puerta. El techo era tan
bajo, que entre él y la cama sólo existía el espacio necesario para
dormir tendido. Había que subir a ella deslizándose como por la boca de
una madriguera. Isidro notó la falta de ventanas.
-Es lo mejor que tiene el dormitorio. Cuando hace frío o cuando hiela,
duerme uno tan ricamente con el calor de la mula y del estiércol, que da
gloria. Mira si estará abrigado esto, que hasta en invierno tenemos
moscas. Ni en la plaza de Oriente están un día de nieve tan bien como
aquí.
El trapero levantó la luz hasta el techo, tocando con cierto cuidado,
como objetos frágiles y preciosos, las telas empolvadas que pendían de
la paja.
--Mira... telarañas. ¿Las ves? Aquí, allá, por todos lados. No tenemos
ventanas, cristales y otras cosas superfluas y malignas para la salud;
pero telarañas, puedo apostar con el más rico a ver quién las tiene
mejores.
Maltrana parecía desconcertado por la gravedad con que hablaba
-Zaratustra-.
--Donde veas telarañas sólo verás salud--continuó--. Eso no lo saben los
mediquillos de Madrid, que, porque leen libros, se burlan de los sabios
como yo, que leemos en la tierra y en el cielo. En las casas de las
ciudades no hay telarañas, y todos andan esmirriados, amarilluchos y
mueren jóvenes. La telaraña es un regalo de Dios, que vela por nuestra
salud. Tamiza el aire, le quita los malos bicharracos que dan las
enfermedades, se come a los microbios y demás insectos...
Así hablaba -Zaratustra-, paseando su luz cerca del techo; y surgían de
la obscuridad los colgantes tejidos por las arañas, enormes, seculares,
como si fuesen la obra de muchas generaciones, transparentando con
fulgor sonrosado la llama de la vela. El viejo evitaba romper los
frágiles tejidos. Colgaban hasta tocar su cama; agitábalos al dormir con
su ronquido, y sentía gran disgusto cuando al despertar se encontraba
con una telaraña caída junto a su boca.
--Esto es lo que alarga la vida; esto no se paga con dinero. Si tu
abuela quiere que ande el palo, que me toque una tan sólo.
Cuando Maltrana volvió a la plazoleta cerró los ojos, deslumbrado por el
sol. Respiraba con dificultad el aire puro, después de su permanencia en
aquel antro saturado de polvo y estiércol.
Volvió a ver Madrid ante él, con su enorme masa de gran ciudad, con
torres en las que sonaban campanas y chimeneas enormes ennegrecidas de
humo. Sentía asombro, inmensa extrañeza, por esta vida ruda y salvaje
que le rodeaba, teniendo a la vista un gran núcleo de civilización. El
pasado, duro y cruel, la infancia del hombre, apenas despojada de su
primitiva animalidad, acampaba a las puertas de una villa moderna.
-Zaratustra- procuraba retener al joven. Le era doloroso privarse de una
charla en la que podía lucir su ciencia.
--¿Ves qué sol tan hermoso?--dijo--. Pues tendremos lluvia antes de que
acabe la semana. Se mojará el Entierro de la Sardina. La cara de la luna
es de cuidado todas las noches. O yo no sé una palabra de las cosas del
cielo, o esta luna anuncia grandes revoluciones, hambres, pestes,
sangre...
--Adiós, gran -Zaratustá---dijo Maltrana.
Podía seguir filosofando, rodeado de sus perros, mientras contemplaba la
villa ingrata que no reconocía su saber. El se marchaba a las Carolinas,
huyendo de aquella lobreguez maloliente que le trastornaba el estómago.
Iba en busca de su amigo el -Mosco- y de su hija Feliciana, que tenía
para guisar la cachuela unas manos de virgen, dignas de mil besos; las
únicas del barrio que ofrecían cierta limpieza. Ya volvería otra vez,
para ver a la abuela.
Y emprendió la marcha, seguido un buen trecho por los perros de
-Zaratustra-.
Al entrar en el barrio de las Carolinas quedó desconcertado y confuso
por el aspecto que ofrecía en pleno Carnaval. En aquella gente adornada
con los despojos de una ciudad, no se distinguían fácilmente las
máscaras de los que no iban disfrazados. Pasaba junto a él un niño
llevando en un pie una bota de charol y en el otro un zapato rojo,
arrastrando la balumba de arrugas de unos pantalones de hombre,
cubriéndose la cabeza con una pamela de paja desengomada y con vestigios
de flores. No, no era una máscara. Marchaba con la gravedad del niño
pobre que hace los encargos de sus padres, llevando sobre el pecho un
gran frasco para que se lo llenasen en la taberna. Y tampoco eran
máscaras las mujeres astrosas que veía a lo lejos con faldas
multicolores; y los hombres con chaquetillas de soldado o con levitas
verdinegras, cuyos faldones cubrían sus perneras remendadas, asomando el
pecho velludo entre los forros de seda de las solapas.
Una careta vieja de cartón o un trapo con agujeros para los ojos era lo
único que distinguía a las máscaras en aquel mundo donde todos parecían
igualmente disfrazados.
En medio de las callejuelas, junto a las puertas y en el interior de los
corrales, veíanse montones de papelillos de color mezclados con la
basura. Eran los restos del primer día de Carnaval, el -confetti- y las
cintas de papel recogidos por la mañana en los paseos de Madrid; el
residuo de la alegría de todo un pueblo, que se mezclaba en tal sumidero
con los restos de su comida y sus ropas. Algunos chicuelos tremolaban
banderas de papel, guirnaldas de flores contrahechas y otros adornos
caídos de las carrozas que la tarde anterior corrían por la Castellana.
Isidro pasó varias calles formadas en su mayor parte de tapias de
corral. Por encima de ellas asomaban las grandes pirámides de paja
podrida destinada a la cocción de las tejerías. Al ruido de sus pasos,
fieros mastines asomaban la enorme cabeza por las bardas con sordos
ladridos.
Un hedor de boñiga húmeda impregnaba el aire. Por las puertas
entreabiertas veíanse hociqueando en montones de zapatos viejos y pilas
de harapos los cerdos corraleros, que eran vendidos a los tratantes de
las afueras después que engordaban con la inmundicia de la población.
Maltrana miraba estos animales sórdidos, de salvaje ferocidad, con gran
repugnancia. Recordaba las confidencias del -Mosco-, indignado contra
ciertos vecinos que, al encontrar en Madrid un perro muerto, se lo
traían en el carro, arrojándolo en el corral, donde al poco tiempo sólo
era un esqueleto descarnado.
Al salir Maltrana a un gran espacio limpio de casas, la vista del cielo
libre y de la sierra disipó su impresión de náusea.
El Guadarrama obstruía el horizonte con su masa de color de rosa
coronada de pirámides de sal. La nieve brillaba en las cumbres, herida
por el sol; destacaba su virginal blancura sobre el intenso azul del
cielo, cayendo en líneas serpenteadas, sierra abajo, por los
derrumbaderos y barrancos. El panorama grandioso hacía olvidar la
miseria de este hormiguero de la busca, donde seres humanos buscaban su
subsistencia en los despojos abandonados por sus semejantes.
Maltrana comenzó a bajar la cuesta de la última calle de las Carolinas,
que era la del -Mosco-. Frente a él, al final de la doble fila de
míseras casuchas, estaba el cerro de los Pinos, la fuente del Caño
Dorado, un frondoso rincón plantado por los constructores del canal del
Lozoya, y que con los años se había convertido en un bosque.
El joven vio venir hacia él un grupo de chicuelos. Al frente marchaba
un mascarón enarbolando una escoba, con la cara hollinada y vestido con
arpilleras y lazos de papel.
--¡No me conoces!... ¡No me conoces!
Y como saludo le echó un escobazo a la cara, huyendo después con paso
vacilante, dando chillidos, seguido de la chusma infantil, que
vociferaba aclamando sus gracias.
¡Ah, maldito borracho! ¿Pues no le había de conocer?... Era -Coleta-,
que divertía al barrio con sus extravagancias de beodo.
Isidro siguió adelante, y al llegar a la casa del -Mosco- llamó en vano
repetidas veces a la cerrada puerta.
Una mujer acudió con las manos cruzadas sobre el vientre. Era la
-Borracha-, la hembra de -Coleta-, una andrajosa que llevaba una venda
en la frente y un teloncito de lienzo colgando ante un ojo. En aquel
barrio de suciedad gozaba gran fama por el abandono de su persona. Tenía
costras en las manos, jamás lavadas, por miedo sin duda a que el agua
empañase los anillos de latón que adornaban sus dedos. Una pústula
perforaba los cartílagos de su nariz. La porquería y el aguardiente la
iban barrenando la carne, según decía -Coleta- al insultarla en plena
embriaguez con el apodo de -Borracha-.
--No están en casa, señor Isidro--dijo con hipócrita mansedumbre--. El
-Mosco- se fue esta mañana con el señor Manolo, llevando las jaulas y la
red. Han ido a pájaros. La chica, la Feliciana, va de máscara. Hace un
rato ha bajado con las amigas al Caño Dorado... Allá está: desde aquí
puede verla.
Y mostraba a Isidro un grupo de vivos colorines que corría entre la
arboleda del cerro de los Pinos.
El joven descendió la cuesta. Más allá de las últimas casas de los
traperos, contrastando con la sórdida miseria del barrio, comenzaba el
bosquecillo del Caño Dorado. El benéfico influjo de la humedad había
hecho crecer en el fondo de la cañada una gran masa de árboles
rumorosos, poblada de pájaros. Un parterre de antigua jardinería, con
muros de boj igualados a tijera, extendíase en torno del Caño Dorado,
nombre de la fuente a la que venían a llenar sus cántaros las muchachas
de las Carolinas.
Era un rincón apacible y silencioso, cargado en primavera de flores y
trinos, que no conocían los habitantes de Madrid; un oculto paraíso, un
trozo de poesía para la horda traperil acampada en el cerro inmediato.
Maltrana gustaba de la tranquilidad del Caño Dorado. Su vieja jardinería
le recordaba los parterres de la Moncloa, pero más solitarios, más
campestres, sin encontrar en sus avenidas otros paseantes que algún
chicuelo del barrio con el cántaro al hombro. Además, le alegraba el
canto perpetuo del chorro cayendo desde el caño dorado en un tazón de
cuatro círculos. Al entrar el joven en la arboleda vio venir hacia él
las máscaras que le había mostrado la mujer de -Coleta-.
--¡Es Isidro!... ¡Es el sabio! ¡El que escribe en los papeles!
El grupo le rodeó: todo él era de mujeres. Se habían retirado al
bosquecillo, cansadas de pasear por las calles del barrio, donde tenían
que defenderse de los pellizcos de los mozos. Permanecían allí,
satisfechas de sus disfraces, pero aburridas, con la careta en la mano,
jugueteando como niñas. Al ver a Maltrana habían vuelto a enmascararse,
y se agitaban en torno de él, empujándolo, cogiéndole por las solapas,
gritando, con una algazara semejante al cloquear de un gallinero:
--¡No me conoces!... ¡No nos conoces!
Unas iban vestidas de bebé, con colores vistosos, suelta sobre la
espalda la cabellera algo aceitosa, mostrando por debajo de las cortas
enaguas la redondez de sus pantorrillas y el rayado chillón de las
medias. Casi todas ellas llevaban guantes, y este forro de piel que
ocultaba sus manos rudas y no muy limpias enorgullecíalas como una
muestra de distinción, al mismo tiempo que paralizaba sus ademanes.
Otras vestían de golfos, enfundadas en pantalones masculinos, que
parecían próximos a estallar con la presión de las rollizas carnes. Un
pañuelito rojo cubría el cuello de sus blusas, y por debajo de la boina
asomaban los rulos de su peinado chulesco.
Al agitarse en torno de Isidro, envolviéronle en una espiral de
almizcle, perfume barato del que se habían impregnado las vírgenes de la
busca para mayor esplendor de la fiesta.
--¡No me conoces!...--gritaban los golfos de abultadas amenidades,
tirándole del bigote, abofeteándole con un entusiasmo que enrojecía sus
mejillas.
--¡No me conoces!...--gritaba un bebé de color de rosa, en el que
Maltrana fijó su atención.
--¿Pues no te he de conocer, criatura?--exclamó el joven--. Tú eres
Feliciana. No hay en todo el barrio otras manos como las tuyas. Por eso
las llevas descubiertas, coquetona.
Muchas de las máscaras echaron a correr, chillando, asombradas de este
reconocimiento y ofendidas por la alusión a sus manos enguantadas. Un
grupo de mozos bajaba la cuesta, y ellas, con el deseo de ser
perseguidas, corrieron a su encuentro. Maltrana quedó casi solo, junto
al bebé. Las compañeras más íntimas se habían separado algunos pasos,
fijando su atención en el encuentro de los mozos con las máscaras.
--Sí; tú eres Feliciana--volvió a decir el joven, cogiéndola las
manos--. Dime, ¿cuándo volverá tu padre?...
--No soy Feliciana--chilló la máscara con una voz trémula en la que
parecía vibrar la cólera--. Feliciana tiene las manos más feas que las
mías. La prueba está en que las has visto muchas veces, sin decirla a la
pobre una palabra.
--Vamos, muchacha, no digas tonterías. ¿Es que habéis bebido esta
tarde?...
--Tú eres un orgulloso, Isidro--continuó la máscara, hablando con
precipitación, como si temiese que lo faltara el ánimo antes de
acabar--; tú eres un fatuo, que, admirado de tu importancia, no te fijas
en nadie. Estás tan orgulloso de que te llamen sabio, que no miras a las
gentes, ni tienes pizca de talento para adivinar lo que piensan los que
te rodean.
Maltrana la oía con extrañeza.
--Pero ¿qué tonterías dices, niña? ¿Es que estás borracha?
Todas las máscaras se habían alejado hacia la cañada, donde sonaban los
gritos de juguetonas persecuciones. Estaban solos; pero a pesar de esto,
el bebé hablaba con su voz atiplada de máscara, fijando, a través de los
agujeros del antifaz, sus ojos negros y profundos en los de Isidro.
--Yo no soy Feliciana, pero soy su mejor amiga. Ella es como yo misma...
más que si fuésemos hermanas. ¿Y sabes lo que dice Feliciana?... Que
eres un orgulloso; que por más que ella te mira, tú nunca te fijas en
ella; que te parece muy poca cosa porque vive en las Carolinas y va a la
fábrica de gorras... ¡Claro! ¡Como el señor vive en Madrid, y escribe en
los papeles, y viste de señorito!... ¡A saber si tendrá en los Madriles
cómicas que se lo disputen, señoronas que le hagan el amor!...
Maltrana reía de la candidez de la muchacha. Aquella infeliz se
imaginaba su existencia como una carrera de abundancias y triunfos. Su
credulidad resultaba una ironía cruel.
--Pero muchacha--dijo--, tú has bebido. Tú estás chispa, Feliciana.
--¡Y dale con Feliciana!--repuso ella con tono irritado--. Ya te he
dicho que no lo soy. Si lo fuese, te diría cuatro frescas, y con motivo;
¡orgulloso! ¡pelambre! ¡golfo con pretensiones!... Pero no te enfades.
Te digo esto porque llevo la careta puesta, y porque antes nos han hecho
beber un poquito allá arriba. ¡Pobre Feliciana! ¡Pobres mujeres!... Los
hombres habéis arreglado las cosas de tal modo, que nosotras tenemos que
callarnos y reventar de pena si es que no nos adivinan. Y tú, golfito
serio, con toda tu sabiduría, eres tan incapaz de adivinar, tan ciego...
que no sabes distinguir entre Feliciana o las cachuelas de conejo a que
te convida su padre.
Maltrana era ahora el que se sentía turbado, no sabiendo qué contestar.
Su timidez encogíase ante la audacia con que se expresaba la mascarita.
Había vuelto a cogerla por las manos, y se las apretaba sin saber qué
decir, repitiendo lo mismo:
--¡Feliciana... Feliciana!
--Hombre, ¡déjala en paz! Ya te he dicho que no soy Feliciana. ¿A qué
repetir su nombre? ¡Para lo que te fijas en ella cuando la ves! Nunca la
has mirado los ojos; nunca has visto en ella nada de extraordinario. Tú
te crías para cosas mejores. Tu madre quería verte casado con una
señora; tu abuela asegura que el mejor día vendrás a verla en carruaje
de dos caballos, con una señorita de gorro alto... Deja a Feliciana;
deja a la pobre que llore y se pudra de pena. Pero sábelo, bandido,
canallita, golfo presumido, sosaina: Feliciana tiene la desgracia de
haberse chalao por ti; Feliciana te quiere; pero es mujer, y calla, y
se le corrompe la sangre al ver que este burro, o no lo conoce, o es un
ladrón que se divierte fingiendo que no se entera.
Detrás de la careta sonó un suspiro. El bebé se llevó las manos al
pecho, y por los agujeros del cartón viéronse los ojos húmedos,
lacrimosos.
Maltrana, turbado por las palabras de la máscara, no acertó a contestar.
Instintivamente llevó una mano al antifaz y tiró de él.
Apareció el rostro de Feliciana congestionado, con los ojos llenos de
lágrimas. Al verse con la cara descubierta, quiso escapar; después
intentó sonreír.
--Todo ha sido una broma. Confiesa, Isidro, que he sabido marearte, y
olvida esas tonterías.
--Feliciana--dijo el joven gravemente--, no llores. Broma o realidad,
bendigo tu valor que te ha permitido decirme tales cosas. Tienes razón:
soy un tonto; pero orgulloso, nunca. El ciego ya ve; el distraído se
fija.
Sin darse cuenta de lo que hacía, una de sus manos soltó las de la
muchacha, deslizándose instintivamente por su talle.
Feliciana fijó en él sus ojos húmedos, negros como dos gotas de tinta,
que reflejaban el lejano foco de sol. La presión de aquel brazo en su
talle parecía doblarla, vencerla.
Se miraron, sin osar decirse nada, asustados de su atrevimiento, de esta
rápida aproximación.
Sonaron cerca de ellos los gritos de las máscaras. El alegre grupo
volvía de la cañada perseguido por los mozos.
La audacia que había hecho hablar a la joven con la careta puesta la
abandonó de pronto. Desvaneciose su atrevimiento, producto de unos
sorbos de vino y del amparo del antifaz. Feliciana hizo el mismo gesto
de espanto que si despertase de súbito completamente desnuda a la vista
de los hombres. Se arrancó del brazo de Maltrana y corrió hacia un árbol
inmediato, apoyando en él los codos, ocultando la cara entre las manos.
No quería que la viese Isidro. Tenía miedo de mirarle. Ahora lloraba de
veras, y gemía entre suspiros:
--¡Qué vergüenza, Señor!... ¡qué vergüenza!
V
--Siéntese usted, joven. Está usted en su casa: ya sabe que le considero
como de la familia.
Y el senador don Gaspar Jiménez acariciaba a Maltrana con aquellas
palmaditas protectoras que enorgullecían al joven.
Estaba en el despacho del personaje, habitación amueblada con la
severidad que correspondía a un hombre de su importancia y su seso. Las
sillas eran de cuero, las paredes obscuras. En una librería alineábanse
los tomos de las -Sesiones del Senado-, juntos con memorias,
estadísticas y aranceles; volúmenes imponentes por el tamaño, impresos a
expensas del Estado. Pendientes de los muros, en marcos coruscantes,
exhibíanse varios títulos de individuo de honor de diversas sociedades,
acreditando los méritos del marqués de Jiménez, y un tarjetón, prodigio
de caligrafía, en el cual los compromisarios castellanos felicitaban a
su «digno senador» por sus brillantes discursos en defensa de la
protección a los trigos.
Un retrato al óleo, de tamaño natural, llenaba todo un lado del
despacho. El marqués aparecía en el lienzo de pie, vestido de frac, con
todas sus condecoraciones, apoyando un codo en la chimenea de su salón y
sosteniendo con la diestra mano su frente cejijunta cargada de
pensamientos. Una obra maestra. Al contemplar Isidro este figurón con el
pecho constelado de condecoraciones, encontraba cierta semejanza a su
poderoso amigo con varios prestidigitadores célebres. Después, sintió
ganas de reír ante la seriedad y el empaque con que el senador se
mostraba en el retrato. Era un caballero que se hacía representar de
visita en su propia casa.
El grave marqués, que trataba siempre a las gentes con tono protector,
parecía titubear en presencia de Maltrana.
Hablábale con cierta distracción, como si su pensamiento estuviese
lejos. Se enteraba con forzada curiosidad de la vida del joven, de sus
luchas y aspiraciones, mientras fruncía el ceño y su mirada vaga parecía
buscar un pretexto para conducir la conversación adonde era su deseo.
Por fin, habló del motivo que le había hecho llamar a Isidro.
--Pues sí, joven amigo--dijo con la entonación solemne que empleaba al
charlar en los corrillos de la Alta Cámara--. Yo me he tomado la
libertad de hacerle venir porque tengo que proponer a usted algo que
considero muy beneficioso para su persona. Yo entiendo que hay que
proteger a la juventud; yo amo a los jóvenes; soy uno de ellos, por más
que muchos no lo crean viéndome dedicado a serios estudios, a problemas
graves, que mejor cuadran con la vejez. Pero la vida no es un sueño,
como ya le dije a usted en cierta ocasión. La vida no es un juego, y hay
que aceptarla con toda su seriedad... Por lo demás, lo que tal vez sea
beneficioso para usted será indudablemente muy útil para mí, y si usted
lo acepta, merecerá mi agradecimiento.
Isidro, que escuchaba atentamente estas palabras del senador, con todo
su relleno de retazos oratorios, no sacó nada en claro. ¿Qué deseaba el
señor marqués? Allí estaba él para servirle; podía decir cuál era su
intención.
El personaje volvió a hablar con no menos anfibologías y rodeos, como si
temiese descubrir de golpe su pensamiento. El vivía muy ocupado. Era el
hombre que en todo Madrid disponía de menos tiempo para dar satisfacción
a sus particulares aficiones. Por una parte, la sagrada defensa de los
trigos, y por otra, las asociaciones de propaganda católica y de
religiosidad obrera, devoraban todo su tiempo. Era vicepresidente de
unas Ligas, secretario de otras, y consideraba un deber sagrado no
faltar a ninguna de sus reuniones. A más de esto, le asediaba el partido
con sus exigencias de disciplina, gozaba del afecto del jefe, a cuya
tertulia no le era lícito faltar, y tenía que ocuparse de la educación
de sus hijos, dos muchachos irreprochables, que profesaban las ideas
sanas de su padre y merecían los elogios de sus antiguos maestros, los
buenos sacerdotes de la Compañía.
Maltrana acogió con graves movimientos de cabeza y risas interiores
estas palabras. Conocía de vista a los hijos: les había encontrado
muchas noches en Romea y otros salones donde cantan y bailan las
«estrellas» del género ínfimo. Uno de ellos firmaba pagarés en blanco a
todos los usureros de Madrid para atender de este modo al sostenimiento
de cierta -divette- procedente de Perpiñán.
--En estas condiciones, pues--continuó el senador con entonación
oratoria--, me es imposible dedicar mi actividad a los trabajos de
pluma, exteriorizar mis modestas ideas sobre el papel. Porque yo, amigo
Maltrana, también soy escritor. Por esto me inspiran tanto afecto los
jóvenes que, como usted, se dedican a las bellas letras... Yo, según
dicen mis amigos, hablo bastante bien; pues crea usted que soy más
escritor que orador. He publicado poco; mi modestia me lo impide. Pero
¡si viese usted el montón de papel que llevo emborronado!...
Y como creyera ver en Maltrana un ademán de curiosidad, se apresuró a
añadir:
--No; no puedo enseñarle ninguno de mis trabajos. Mi modestia me obliga
a romperlos antes de acabarlos. Necesito que alguien me ayude y me
empuje. Yo tengo ideas, muchas ideas; lo que me falta es el auxilio, la
colaboración de un joven ilustrado que sea dueño de todo su tiempo para
escribir: uno como usted.
Isidro comprendió que el personaje había llegado por fin adonde quería.
Adivinábase en su rostro la placidez de haber soltado una proposición
vergonzosa que era su tormento. El joven aceptó con breves palabras. ¿En
qué había de consistir su trabajo? Estaba dispuesto a servirle, muy
agradecido de que se fijase en él.
Y el pobre Maltrana lo sentía así, apreciando como un gran honor la
propuesta del personaje.
Lo que deseaba el marqués de Jiménez era escribir un libro, pero un
libro notable que consolidase su prestigio de economista, de pensador
serio. No quería tener secretos con Maltrana, y le confesó que el tal
libro sería un escalón, el último, para alcanzar la cartera de ministro
el día que su partido volviese al Poder. El mismo jefe le prometía
escribir un prólogo para la obra.
--Ya ve usted, amigo Maltrana. ¡Qué honor! ¡qué honor para nosotros!...
Este «nosotros» dejó frío al joven. Renunciaba de antemano a todo lo que
no fuese la retribución que el marqués quisiera darle.
--Usted escribirá--continuó el personaje--; yo le daré las ideas; y con
esto creo que su trabajo será coser y cantar, como quien dice... Usted
es un joven discreto que «se entera» de las cosas, y tendrá cuidado de
no «salirse del tiesto» mezclando en la obra ideas de esas diabólicas y
modernistas que se traen los muchachos de estos tiempos. El libro irá
dedicado a Su Majestad el rey; no necesito decirle más. Una dedicatoria
sencilla, pero hermosa, que usted tendrá la bondad de escribir. Asunto
de decirle que, así como es el primer soldado de la nación, el primer
agricultor, el primer cazador, el primero en todo, tanto si se trata de
dirigir la política como de dirigir un automóvil, es también, para mí y
para todas las gentes de bien que tenemos que perder, el primer
sociólogo. ¿No será bonita una dedicatoria en este sentido?...
Isidro contestó con movimientos de afirmación.
--Porque mi obra, amigo Maltrana, va a ser socialista; no se asuste
usted: socialista del verdadero socialismo, del práctico, del que puede
ser, del que defendemos los espíritus sanos, uniendo las exigencias de
la época con las santas tradiciones y los intereses creados.
El joven le pidió las ideas que habían de servirle de guía, la trama
poderosa, sobre la cual no tendría él otro quehacer que alinear palabras
con la pluma: «coser y cantar», como decía el personaje.
--El libro--dijo éste--podría titularse -El verdadero socialismo-; pero
si usted encuentra otro título más bonito, por mí no se prive usted; yo
no tengo en esto empeños de amor propio. Usted manda, usted es el amo.
Haga todo lo que considere más acertado; cuantas más iniciativas tenga,
mejor.
Y gravemente, arrugando el entrecejo, como si cada idea le costase una
extracción dolorosa, expuso su plan. El libro debía ser un himno a la
caridad; que los ricos diesen a los pobres, que los pobres respetasen a
los ricos, y unos y otros se confiaran a la dirección de la Iglesia
católica, maestra de siglos en estas cuestiones, y a Su Santidad el
Papa, el primer socialista del verdadero socialismo.
--Creo que con esto--continuó--ya tiene usted bastante para hacer el
-
-
.
1
2
-
-
¿
?
-
-
.
3
4
-
-
:
.
5
6
-
-
.
7
8
,
-
-
,
9
,
,
10
,
11
,
.
12
13
,
14
.
15
16
;
17
.
18
19
.
20
21
,
,
22
23
,
,
,
.
,
24
,
;
25
.
,
,
26
,
;
27
28
.
29
.
.
30
,
.
31
32
-
-
:
33
34
-
-
¡
!
.
.
.
¡
!
¡
35
!
.
.
.
36
37
,
,
38
,
.
39
40
-
-
41
.
42
43
-
-
;
¡
!
.
.
.
44
45
,
.
46
,
,
47
.
48
,
49
.
50
51
52
.
53
54
-
-
,
-
-
-
-
.
¡
55
!
.
.
.
56
57
,
,
58
.
59
,
60
,
.
¡
!
.
.
.
61
62
-
-
.
63
64
-
-
;
.
65
66
,
,
«
67
»
.
-
-
,
68
,
.
69
:
,
.
,
70
71
.
.
.
¡
72
!
73
74
,
75
,
76
.
77
78
,
79
,
80
.
81
82
,
,
83
,
.
84
85
,
,
86
.
87
,
.
88
,
,
89
.
90
,
91
,
,
92
,
,
93
.
,
94
,
,
,
95
,
,
96
,
.
97
98
;
99
.
,
;
100
,
,
101
.
102
103
,
,
104
;
105
,
,
106
,
,
107
,
108
:
,
109
;
,
.
110
111
112
113
114
115
116
117
,
,
118
,
,
119
.
120
121
,
,
122
,
123
-
-
124
,
-
-
.
125
,
126
.
127
.
,
128
¡
!
129
130
.
,
131
.
132
,
133
134
.
135
136
-
-
,
137
.
138
139
,
140
141
,
142
.
143
144
,
,
.
145
:
146
.
147
148
,
,
149
,
,
150
,
151
.
,
152
.
,
153
.
,
154
,
155
.
.
«
156
»
,
157
.
158
159
,
160
,
,
161
,
,
162
,
,
163
.
164
165
166
,
,
167
:
168
169
-
-
¿
,
?
.
.
.
¿
?
.
.
.
170
171
,
172
,
,
173
,
174
,
175
.
176
177
,
178
.
179
.
180
,
.
.
.
181
.
,
182
,
,
183
,
,
184
.
;
,
185
,
.
186
187
-
¿
?
-
-
-
-
.
188
,
.
;
189
.
190
191
,
192
.
,
,
193
.
194
«
»
,
;
.
195
,
.
.
.
,
196
,
197
198
.
199
200
-
-
,
;
201
:
.
.
.
202
;
203
.
204
205
,
,
206
.
207
,
,
208
.
,
209
.
210
211
,
212
.
213
.
214
.
.
.
215
.
216
217
,
218
.
,
,
219
:
,
,
220
.
221
222
,
,
,
223
.
224
;
225
,
.
226
227
,
,
228
.
,
229
,
230
:
231
232
¡
!
¡
233
!
234
235
236
.
237
238
.
239
-
-
.
240
241
,
242
.
.
243
,
,
244
,
245
.
-
-
;
246
,
,
247
,
248
.
249
250
251
.
-
-
.
252
,
,
253
:
,
254
,
255
,
.
256
257
.
,
,
258
,
.
259
,
-
-
260
.
261
262
263
.
,
264
,
.
265
266
,
267
,
,
268
.
269
270
-
-
.
,
271
.
272
273
-
-
-
-
-
-
.
.
274
¡
,
!
.
.
.
275
276
277
:
,
278
.
279
280
,
281
282
,
283
.
284
,
,
285
.
286
287
-
-
,
288
.
289
,
290
,
.
291
.
292
293
-
-
¿
?
.
.
.
;
294
.
:
,
.
.
.
295
-
-
296
-
-
.
.
297
,
,
298
.
299
300
301
,
.
302
,
,
.
303
304
305
306
,
.
307
.
308
;
309
,
310
,
,
,
311
,
,
,
,
312
,
,
,
313
,
,
314
.
315
316
,
317
-
-
.
:
.
318
319
,
,
,
.
320
321
,
,
322
,
323
.
,
,
,
324
,
325
.
.
326
,
327
.
328
329
,
330
,
331
.
332
.
333
,
,
,
334
,
,
335
.
336
337
.
338
339
-
-
.
-
-
340
,
,
341
342
.
343
344
-
-
,
,
345
,
,
346
.
,
.
.
.
347
,
;
348
.
349
,
350
,
.
351
.
352
353
-
-
,
,
,
354
,
355
.
,
,
,
356
,
357
,
.
.
.
,
358
.
.
.
.
359
,
,
.
¿
360
,
?
¡
361
,
,
!
.
.
.
:
362
,
363
.
364
,
,
365
.
;
,
366
.
.
.
¡
,
!
.
.
.
367
,
,
368
;
,
369
,
.
370
371
-
-
,
,
372
.
,
373
,
,
,
374
,
,
375
.
376
377
378
,
379
.
380
,
381
.
382
383
-
-
,
,
.
384
;
385
.
386
;
,
387
.
,
388
,
.
389
,
.
.
.
390
;
391
,
392
.
393
.
394
,
;
,
395
,
,
396
.
397
,
,
,
398
.
«
399
»
,
,
400
.
401
402
-
-
.
403
404
,
405
,
,
406
.
,
407
.
408
409
.
;
410
411
,
412
.
,
413
,
414
.
415
,
,
416
,
.
417
418
-
-
-
-
-
-
419
,
420
.
421
422
,
.
423
,
424
,
.
425
426
,
427
.
428
429
.
430
,
431
;
432
,
,
433
,
434
.
435
436
,
,
437
,
.
438
,
439
,
440
.
-
-
,
441
,
.
442
443
-
-
-
-
.
444
445
446
,
447
,
,
448
449
:
,
,
450
.
451
452
-
-
-
-
-
-
.
.
453
;
,
.
454
.
455
.
-
-
,
456
.
457
.
.
.
,
,
458
.
459
460
461
,
,
,
462
,
463
,
,
464
.
465
466
,
-
-
467
:
,
468
,
,
469
,
,
470
.
,
471
:
472
,
,
473
,
474
.
475
476
-
-
-
-
-
-
,
477
.
,
;
478
.
479
.
480
481
,
,
482
,
,
483
.
484
,
,
485
.
486
487
.
488
,
489
.
490
.
.
491
492
-
.
,
493
,
494
.
,
495
.
496
.
497
498
,
,
499
,
500
.
501
502
-
-
.
.
.
.
¿
?
,
,
.
503
,
;
504
,
505
.
506
507
508
-
-
.
509
510
-
-
-
-
-
-
.
511
,
,
,
512
,
.
513
,
,
514
.
,
515
.
,
516
,
.
.
.
517
518
-
-
,
;
519
,
,
,
520
,
521
.
522
.
;
523
,
524
.
525
526
-
-
;
.
527
,
.
528
529
,
530
.
,
531
.
532
533
,
,
534
535
.
,
,
536
,
.
537
,
,
,
538
,
.
539
540
-
-
.
541
.
542
543
-
-
¿
?
-
-
-
-
.
544
.
.
545
.
546
,
,
,
,
547
.
.
.
548
549
-
-
,
-
-
-
-
.
550
551
,
,
552
.
,
553
.
554
-
-
,
555
,
;
556
.
,
557
.
558
559
,
560
-
-
.
561
562
563
.
564
,
565
.
566
,
567
,
568
569
.
,
.
570
,
571
.
572
573
;
574
,
,
575
.
576
577
578
579
.
580
581
,
582
,
583
.
,
-
-
584
;
585
,
586
.
587
,
588
.
589
590
591
.
592
.
,
593
594
.
595
596
.
597
598
,
599
.
600
,
,
601
.
-
-
,
602
,
,
603
,
,
604
.
605
606
,
607
.
608
609
610
.
,
611
;
612
,
,
,
613
.
614
,
615
.
616
617
,
618
-
-
.
,
619
,
,
620
,
621
,
.
622
623
.
624
,
625
.
626
627
-
-
¡
!
.
.
.
¡
!
628
629
,
630
,
,
,
631
.
632
633
¡
,
!
¿
?
.
.
.
-
-
,
634
.
635
636
,
-
-
637
.
638
639
.
640
-
-
,
-
-
,
641
.
642
.
643
,
,
644
.
645
.
646
,
-
-
647
-
-
.
648
649
-
-
,
-
-
-
-
.
650
-
-
,
651
.
.
,
,
.
652
.
.
.
:
653
.
654
655
656
.
657
658
.
659
,
,
660
.
661
662
,
.
,
663
,
,
664
665
.
666
667
,
668
,
;
,
669
.
670
671
.
672
,
,
673
,
674
.
,
675
676
.
677
-
-
.
678
679
-
-
¡
!
.
.
.
¡
!
¡
!
680
681
:
.
682
,
,
683
.
,
684
,
,
,
685
.
,
686
,
,
,
687
,
:
688
689
-
-
¡
!
.
.
.
¡
!
690
691
,
,
692
,
693
694
.
,
695
696
,
.
697
,
,
698
.
699
,
700
.
701
702
,
703
,
704
.
705
706
-
-
¡
!
.
.
.
-
-
,
707
,
708
.
709
710
-
-
¡
!
.
.
.
-
-
,
711
.
712
713
-
-
¿
,
?
-
-
-
-
.
714
.
.
715
,
.
716
717
,
,
718
.
719
,
,
720
,
.
,
721
.
,
722
.
723
724
-
-
;
-
-
,
725
-
-
.
,
¿
?
.
.
.
726
727
-
-
-
-
728
-
-
.
729
.
,
730
.
731
732
-
-
,
,
.
¿
733
?
.
.
.
734
735
-
-
,
-
-
,
736
,
737
-
-
;
,
,
,
738
.
,
739
,
740
.
741
742
.
743
744
-
-
¿
,
?
¿
?
745
746
,
747
.
;
,
748
,
,
749
,
.
750
751
-
-
,
.
.
.
.
752
.
¿
?
.
.
.
753
;
,
754
;
755
.
.
.
¡
!
¡
,
756
,
!
.
.
.
¡
757
,
!
.
.
.
758
759
.
760
.
761
.
762
763
-
-
-
-
-
-
,
.
,
.
764
765
-
-
¡
!
-
-
-
-
.
766
.
,
,
;
767
¡
!
¡
!
¡
!
.
.
.
.
768
,
769
.
¡
!
¡
!
.
.
.
770
,
771
.
,
772
,
,
,
.
.
.
773
774
.
775
776
,
.
777
.
778
779
,
780
,
:
781
782
-
-
¡
.
.
.
!
783
784
-
-
,
¡
!
.
¿
785
?
¡
!
786
;
.
787
.
788
;
789
,
.
.
.
;
790
.
,
,
791
,
,
:
792
;
;
,
,
793
,
,
794
.
795
796
.
797
,
,
798
.
799
800
,
,
.
801
.
802
803
,
804
.
,
;
805
.
806
807
-
-
.
,
,
,
808
.
809
810
-
-
-
-
-
-
,
.
,
811
.
:
812
;
,
.
;
813
.
814
815
,
816
,
.
817
818
,
,
819
.
820
,
.
821
822
,
,
,
823
.
824
825
.
826
.
827
828
829
.
,
830
.
831
832
.
833
,
,
.
834
835
.
.
836
,
:
837
838
-
-
¡
,
!
.
.
.
¡
!
839
840
841
842
843
844
845
846
-
-
,
.
:
847
.
848
849
850
.
851
852
,
853
.
854
,
.
855
-
-
,
,
856
;
,
857
.
,
,
858
,
859
,
,
860
,
861
«
»
862
.
863
864
,
,
865
.
,
,
866
,
867
868
.
.
869
,
870
.
,
871
872
.
873
.
874
875
,
,
876
.
877
878
,
879
.
,
880
,
881
.
882
883
,
.
884
885
-
-
,
-
-
886
-
-
.
887
888
.
889
;
;
,
890
,
891
,
.
,
892
.
,
893
.
.
.
,
894
,
895
,
.
896
897
,
,
898
,
.
¿
899
?
;
900
.
901
902
,
903
.
.
904
905
.
,
906
,
,
907
,
.
908
,
,
909
.
,
910
,
,
911
,
912
,
,
913
,
914
.
915
916
917
.
:
918
919
«
»
.
920
921
-
-
.
922
923
-
-
,
-
-
924
-
-
,
925
,
.
,
926
,
.
927
,
,
.
.
.
,
928
,
;
929
.
;
.
930
¡
!
.
.
.
931
932
,
933
:
934
935
-
-
;
.
936
.
937
.
,
;
,
938
939
:
.
940
941
.
942
943
.
.
¿
944
?
,
945
.
946
947
,
948
.
949
950
,
951
,
952
.
,
953
,
,
954
.
955
.
956
957
-
-
,
.
¡
!
¡
!
.
.
.
958
959
«
»
.
960
.
961
962
-
-
-
-
-
-
;
;
963
,
.
.
.
964
«
»
,
965
«
»
966
.
967
;
.
968
,
,
.
969
,
,
970
,
,
,
971
,
,
972
,
973
.
¿
?
.
.
.
974
975
.
976
977
-
-
,
,
;
978
:
,
,
979
,
,
980
.
981
982
,
983
,
984
:
«
»
,
.
985
986
-
-
-
-
-
-
-
-
;
987
,
;
988
.
,
.
989
;
,
990
.
991
992
,
,
993
,
.
994
;
,
995
,
996
,
,
997
,
.
998
999
-
-
-
-
-
-
1000