Maltrana no volvió. Transcurrieron varios días sin que el doctor lo
encontrase por la mañana en las cercanías de San Carlos. Esta visita
había bastado para darle cierta tranquilidad.
Una noche, al salir Nogueras del Teatro de Apolo, dio con él en la acera
de la calle de Sevilla. Iba borracho, más sucio y abandonado que otras
veces. Adivinábase en las arrugas de su abrigo y en el abandono de sus
ropas que dormía sin desnudarse, allí donde se lo permitían los
accidentes de su existencia vagabunda. Estaba pálido, con los ojos
hundidos y las facciones enjutas: una cara de hambre y alcoholismo. Al
ver a Nogueras hizo un esfuerzo por mostrarse sereno.
--¿Y aquélla?--preguntó.
El doctor mostrose pesimista. «Aquélla» iba muy mal. No la había visto:
le faltaba el tiempo; pero el camarada encargado de la clínica tenía
pocas esperanzas. Repetíanse con frecuencia los ataques de eclampsia, y
en uno de ellos podía morir. Bastaba que la respiración se retardase
algunos segundos al quedar su organismo contraído por las convulsiones,
para que sobreviniese la asfixia.
--Y tú, ¿por qué no vas a verla?--preguntó el doctor.
--¡Para qué!--exclamó el bohemio--. Sufro mucho; me falta el valor para
volver. Me hace daño vería entre aquellas mujeres sucias y enfermas, no
poder hablarla con libertad. Me miran todas, como si fuese un animal
extraño. La monja me molesta.
Calló un instante, y luego añadió con expresión de vergüenza,
empañándose sus ojos de lágrimas:
--No puedo ir con las manos vacías: la pobre desea flores... se las
prometí. Hace días que quiero comprarla un ramo grande, muy grande, para
cubrir su cama, para que se imagine que todo un jardín corre hacia ella,
esparciéndose a sus pies... Pero no tengo dinero... nada, absolutamente
nada. No puedo comprar ni un ramito de los que venden en la calle.
Apenas como; ando por ahí como un perro sin amo. Si no encontrase algún
amigo de los que convidan a beber, ya hubiese muerto.
Al despedirse del doctor dijo flojamente, con la pereza de una voluntad
enferma y cobarde:
--Ya iré... iré cuando tenga dinero... cuando pueda llevarla algo. Creo
que no morirá en seguida, que aún vivirá algún tiempo. ¿No crees tú lo
mismo?
Nogueras levantó los hombros con expresión de duda. Sí; era posible que
se salvase: enfermas más graves que ella recobraban la salud. Pero su
vida estaba en peligro de extinguirse por asfixia cada vez que sufría
un ataque. Nada podía él afirmar.
Transcurrió una semana sin que volviesen a verse. Una mañana se
encontraron en la Puerta del Sol. El doctor vio a Maltrana con aspecto
más miserable aún: parecía un pordiosero, sucio, roto, entregado a su
abandono, sin el auxilio de una mano femenina que le adecentase.
Nogueras tenía prisa. Había estado dos días fuera de Madrid por un
asunto profesional, y le esperaban en la Facultad.
--Una mala noticia, Isidro. Aquella muchacha ya no vive.
Maltrana abrió los ojos con asombro, como si esta noticia rebasase los
límites de lo posible.
--¿Estás seguro? ¿La has visto tú?...
Nogueras hizo un gesto displicente.
--¿Qué tiene de extraordinario su muerte?... Era de esperar. Ha muerto,
y todos nosotros moriremos también... Yo no la he visto; tengo otras
cosas a que atender. Pero el mismo día que salí de Madrid me lo dijo el
compañero. Acababa de morir.
Maltrana quedó inmóvil, con la cabeza baja, anonadado por la noticia.
Después fijó en el doctor sus ojos interrogantes.
--¿Y qué han hecho de ella?... ¿Y el cadáver? ¡Dime, por Dios, dónde lo
llevaron!...
Sentía un remordimiento inmenso por su egoísmo y su cobardía. Deseaba
visitar su tumba, ya que había pasado los días vagando, sin atreverse a
verla en el hospital.
El doctor le contestó con una sonrisa que daba frío. Su tumba era la
fosa común, adonde iban todos los muertos pobres. La infeliz muchacha no
tenía parientes ni quien pagase los gastos de su entierro. Isidro no se
había presentado para arreglar las cosas, y era seguro que su cuerpo,
antes de ir al cementerio, habría pasado por la sala de disección.
¡Sufrían tal escasez de cadáveres!...
Maltrana no quiso oír más. Volvió la espalda sin despedirse del amigo,
como si huyese de su remordimiento y su vergüenza.
Vagó por las calles, haciendo esfuerzos por no llorar. La gente le
miraba; y fatigado de esta curiosidad, quiso salir de la población,
caminar por el campo.
Veía las casas al través de densa niebla; las personas y los carruajes
pasaban junto a él como fantasmas, sin ruido alguno. No pensaba: creía
tener hueca la cavidad de su cráneo; le zumbaban las sienes. Su lengua
repetía por lo bajo, con una tenacidad estúpida:
-¡Despedazada... despedazada!
Poco a poco su pensamiento, que parecía haber huido lejos, muy lejos,
aproximábase, volvía a entrar en él. Un recuerdo de los primeros años de
su juventud, de su época de estudiante, iniciábase débilmente, y crecía
y crecía hasta tomar el relieve de la realidad.
Veíase subiendo una escalerilla de la Escuela de San Carlos, con un
compañero de hospedaje, estudiante de Medicina, que iba a recoger unos
objetos en el laboratorio. Isidro asomábase a una ventana. Abajo, un
pequeño patio con pavimento de losas húmedas, como si cayese en ellas
con frecuencia un chaparrón de cubos de agua. Sobre las losas, un
monigote de abultado tronco y brazos y piernas delgados, esqueléticos,
contraídos por grotesca actitud. Creyó que esta figura era de cartón,
groseramente modelada por algún artista inhábil, toda ella del mismo
color amarillo: faltaba que la pintaran las cejas y que sobre la calva
adaptasen una peluca para darle cierto viso de realidad. En los peldaños
de una escalera vio varias cabezas cortadas descansando sobre su base,
pero sin piel, mostrando el rojo de los músculos y el azul obscuro de
sus venas. Maltrana había contemplado con curiosidad estos juguetes de
la ciencia. Eran piezas de cartón para el estudio de los alumnos. Y al
hacer la pregunta al amigo, éste rompió a reír:
--No, tonto. Son cadáveres preparados para la clase de disección. Ese
cuerpo es de una mujer.
Luego, el compañero, con la superioridad del fuerte, para poner a prueba
los escrúpulos del estudiante de libros, le hacía entrar en el
anfiteatro, llevándolo de mesa en mesa. ¡Qué limpiamente trabajaban
aquellos carniceros de blusa blanca! Aquí, un brazo encogido sobre el
mármol, sin más que los huesos y los tendones, tirantes y limpios como
si fuesen a vibrar: un arpa para tañerla en una fiesta de caníbales. Más
allá, piernas que mostraban el cruzado almohadillamiento de los músculos
rojos; troncos abiertos al aire, con el rosa tierno de sus costillajes.
Esta gran carnicería de mármol y cristal hacía pensar en una humanidad
horriblemente superior pervertida por la antropofagia, donde los fuertes
se alimentasen con los despojos de los débiles. Un gesto de dura
curiosidad contraía los rostros; las manos sin misericordia, armadas de
acero, hundíanse en los secretos de aquella carne fría, limpia, anónima,
sin personalidad, que no recordaba su origen humano.
¡Y en este matadero de la investigación había desaparecido su Feli!...
¡Allí se había disuelto su cuerpo, sin que bajasen a la tierra más que
restos informes y despedazados en el fondo de una espuerta!...
¡Feli! ¡Feli!... Repetía su nombre, recordando los mil detalles de su
amorosa intimidad. La oreja sonrosada, cuyo lóbulo mordía dulcemente al
mismo tiempo que murmuraba palabras dulces; su cabecita, que en las
noches de invierno se refugiaba en su hombro con el mismo ademán tímido
del pájaro que oculta el pico bajo el ala; sus piernas de diosa, que
pretendía ocultar ruborosamente cuando él la probaba aquellas medias
adquiridas en el Rastro; su vientre antes de la deformación materna, con
el gracioso hoyuelo umbilical, que parecía gesticular cuando se conmovía
con la agitación de la risa; la doble copa de alabastro de sus pechos,
aquellas dos magnolias de amor... todo había sido despedazado bajo el
acero, sin piedad, sin misericordia. Manos que no la conocían habían
violado el secreto de su cuerpo... de aquel cuerpo que le despertaba por
las mañanas con su roce de satén, cuando ella pasaba a gatas por encima
de él para levantarse, poniendo un instante sus ojos sobre los suyos,
confundiéndose las respiraciones de los dos.
¡Feli! ¡Feli!... ¿Qué pecado había cometido para que la fatalidad la
privase hasta de la paz de la tumba?...
Maltrana lloraba ahora, sin miedo a que la gente se fijase en él.
Estaba en el campo. Al mirar en torno, vio a corta distancia el
cementerio de San Martín. Sin darse cuenta había marchado
instintivamente hacia aquellos lugares que presenciaron las primeras
dichas de su amor.
No se atrevió a entrar en el cementerio. La Muerte le asediaba con
sobrada insistencia para que él fuese a devolverle la visita. ¡Ay, cómo
odiaba a la infame señora de los ojos sin luz, de la piel intensamente
pálida, que una tarde había descrito allí dentro, ante la absorta
muchacha! ¡Con qué delectación la escupiría en su pecho voluminoso y
amargo, en sus flancos potentes, si pasase ante él!... Cierto que tras
sus pisadas resurgía la vida; que otras Felis vendrían al mundo; pero no
eran para él. La suya, la que había tenido en sus brazos, esa no
volvería nunca. Había sido un rayo de sol al través de las nubes de su
cielo, saludado por la espiral de las ilusiones, que volaban como
palomas. Las nubes cerrábanse para siempre, el rayo de sol se extinguía,
y las palomas venían al suelo transidas de frío.
Marchó, como en peregrinación, por la senda que aquella tarde precursora
de su felicidad había seguido con Feli. Deteníase como un devoto a
saborear en ciertos sitios el religioso goce del recuerdo. Aquí, había
entregado su dinero a unas mendigas para que se emborrachasen celebrando
su dicha; más allá, Feli le daba a chupar una naranja, con mohines
graciosos. Al llegar al merendero, vagó por los alrededores con una
insistencia que puso en guardia a los dueños, alarmados por el aspecto
mísero de Maltrana.
Cerca del Canalillo le faltaron las fuerzas. El recuerdo le aplastaba;
también él iba a morir. Necesitaba olvidar: la vista de estos sitios le
hacía gran daño. El invierno deshojaba los árboles; la tierra estaba
yerma. Era el mismo escenario de su dicha, como él era el mismo
Maltrana; pero había soplado un viento glacial, matando la alegre
hojarasca llena de rumores y de cánticos, dejando sólo el escueto
ramaje. Los almendros de la Huerta del Obispo, que derramaban en otros
tiempos lluvias de flores sobre la cabeza de Feli, parecían ahora
escobas plantadas por el mango.
Isidro, tambaleándose como un herido, fue en busca de su abuela.
-Zaratustra- y la señora Eusebia le escucharon silenciosos, pero sin
participar de su emoción. ¿Conque la chica del -Mosco- había muerto?
¡Todo sea por Dios!... Y el par de vejestorios replegábase en su
egoísmo, sintiéndose más fuerte, más feliz, con la satisfacción de
conservar su existencia, mientras la muerte ensañábase con la juventud.
La tía -Mariposa- sólo pensaba en su biznieto, de cuya salud hacía
grandes elogios. Poco le importaba la suerte de la madre; toda su
atención era para el pequeño.
Isidro se quedó allí. ¿Adónde ir?... Su cobarde laxitud había llegado a
los últimos límites de la indiferencia. Estaba atravesando el momento de
las grandes renuncias a la vida. De ser creyente, se hubiese hecho
ermitaño, lego de un convento de trapenses, asceta en un desierto. Ahora
comprendía la huida del mundo, el aislamiento cruel, las santas locuras
de ciertos desesperados, que al ser mordidos por el dolor encuentran
remedio en su ignorancia y su fe.
Permaneció varios días en la cabaña de -Zaratustra-, complaciéndose en
su suciedad, haciendo de esto una mortificación.
¡Ay, la conciencia! ¡La agobiadora pesadez del remordimiento! Ya no
sentía dolor por la muerte de Feli. Lo que le avergonzaba era el
abandono en que la había dejado, la cobardía de su floja voluntad, el
egoísmo de no entristecerse viéndola enferma... ¡La pobre había muerto
sola, en aquella cuadra blanca, rodeada de humanas bestias que sólo
pensaban en ellas con el egoísmo del dolor, sin una mirada de cariño,
sin una mano que estrechase la suya! ¡Y este crimen era ya
irremediable!... ¡Ay, si Feli pudiese resucitar, sólo por un día, por
una hora! Era su idea fija y tenaz... ¡Si volviese a la vida, aunque
fuese para morir a los pocos instantes! El cumpliría su deber y quedaría
más tranquilo: la pasión de su existencia tendría un final digno.
Correría a su lado, para no abandonarla hasta el último momento.
Sentíase capaz de robar para que sus restos reposasen en un féretro
lujoso, para que se librase de la fosa común, para que no la llevaran a
aquel matadero blanco, donde eran descuartizados los cadáveres... Pero
¡ay! sólo se muere una vez. El mal no tenía remedio. ¡Miserable de él!
¿Dónde estaba la poesía de su pasión? ¿Qué había de común entre él y
aquellos amantes que había visto en los libros, inclinados sobre el
lecho de la moribunda, abrazándola y gimiendo el último adiós?... ¡Feli,
Feli! A cambio de su propia vida, pedía él que resucitase un instante,
el tiempo preciso para besarla, para que partiese con el convencimiento
de que la amaba, para salvar su cuerpo adorado de la odiosa profanación.
Tardó unas dos semanas en volver a Madrid. Una mañana que entró en la
villa, vio de lejos a Nogueras camino de San Carlos, y sintió la
necesidad de hablarle. Le inspiraba nueva simpatía, por haber conocido a
Feli; creía encontrar en él un vago recuerdo de la muerta.
El doctor le saludó alegremente, mirándole con ojos de miope mientras
limpiaba los cristales de sus lentes. Después recordó a la «queridita»
infeliz, con cierta ligereza, sin dar importancia a aquella pasión de
Maltrana. ¿Se había consolado? ¿Tenía ya alguna otra como sustituta?
¡Ah, bohemio incorregible! Para él era la vida: libre, mujeriego y sin
la esclavitud de ocupaciones apremiantes.
Después contrajo la frente, como si concretase sus recuerdos.
--Hombre, una cosa curiosísima--añadió--. ¿Recuerdas aquel día en que te
dije que la muchacha había muerto?... Pues no era verdad. Cuando llegué
a San Carlos, después de mi viaje, me lo dijo el compañero. Fue un error
suyo: la creyó muerta en un ataque, pero salió de él.
Maltrana abrió los ojos, quedó inmóvil de asombro, como si fuese a
presenciar aquella resurrección con la que había soñado tantas veces,
como si Feli surgiera ante él.
--Pero ¿vive?...--dijo temblando.
--No, hombre; murió: fue una semana después. Pensé avisarte, escribirte;
pero ¿quién diablo adivina dónde encontrarte, con esa vida que
llevas?... Murió, no lo dudes; ahora es de veras. Tú eres un espíritu
superior, y ciertas preocupaciones no te conmueven. No dudes de que ha
muerto. Vi su cadáver en una mesa de la clase de disección.
¡Ah, la Suerte! La diosa malvada y caprichosa!... ¡Hasta el último
momento jugueteaba con él!
* * * * *
Terminaba el invierno. La tarde parecía de primavera, con su cielo azul
y límpido y su sol de dulce tibieza.
Maltrana atravesó el puente de Segovia, entrando después en la carretera
de Extremadura.
Vestía de luto. El macferlán, la odiada librea de la miseria, ya no
pendía de sus hombros. La Suerte le trataba con menos rudeza al verle
solo. Trabajaba, le admitían artículos en algunas revistas, le
encargaban traducciones, vivía en una casa de huéspedes y ahorraba para
pagar a la nodriza de su hijo. No conocía la abundancia, pero tampoco
las angustias y estrecheces de antes. Era el bienestar que llegaba; pero
¡cuán tardo! ¡y qué insípido le parecía!...
Caminó por una acera junto a la cual serpenteaba un arroyo. Miraba
distraídamente los rótulos de las puertas. Casi todos eran de tabernas,
pero tabernas de las afueras, que a la vez servían de figones y
merenderos. «Vinos, -por- Fulano.» Y aquí el nombre del dueño del
establecimiento, como si fuesen los taberneros quienes los fabricaban.
En una casucha de tablas, llamó su atención otro rótulo: «Taberna de
Agustín, -alias- el Bolero. Cocidos a diez céntimos.» ¡A diez céntimos!
¿En qué consistirían estos cocidos?... Pensó en ellos con repugnancia;
pero se dijo que alguna vez habría visitado la taberna en otra época, de
conocer tal baratura.
En muchos balcones exhibíanse anuncios de pirotécnicos, con muestras de
ruedas de artificio y enormes petardos. Todos los polvoristas de Madrid
se habían instalado en este barrio, que parecía la calle principal de un
lugarón, con sus rústicos paradores y las casas sucias del polvo de los
carros.
Maltrana, siguiendo cuesta arriba, llegó al final de la doble fila de
casas. La carretera perdíase de vista, flanqueada a un lado por la tapia
interminable de la Casa de Campo y al otro por las colinas, en cuyos
surcos comenzaba a surgir la cabellera de una cebada triste, pisada con
frecuencia por los transeúntes.
Siguió Maltrana una senda que conducía a una casucha en lo más alto de
un montecillo. Era el cerro de los Corvos, y la casa aquella tiendecita
donde criaban a su hijo.
La mujer cosía a la puerta del establecimiento, bajo una parra seca, en
una pequeña explanada, desde la cual dominábase toda la parte de Madrid
que mira al río.
Al reconocerle, la nodriza se levantó apresuradamente. Quería sacar al
pequeñuelo, que dormía después de una noche de insomnio y llantos.
Maltrana se opuso. Que durmiese; ya lo vería después: no tenía prisa.
Se sentó en un banco, ante una mesa de tablas desunidas, contemplando el
magnífico panorama. La mujer quiso obsequiarle... ¿Un poco de
aguardiente? Pero él hizo un gesto de repugnancia. Agua, nada más que
agua. Y ella sacó un jarro de la obscura tienda, que exhalaba un hedor
de salazón, bebidas alcohólicas y grasa. La adquisición del agua
costábales grandes esfuerzos en aquella altura. Su marido pasaba el día
bajando y subiendo el cerro para llenar dos cubas en la fuente de la
carretera.
Después, la nodriza habló de la pésima marcha de sus negocios. Iban a
perder los ahorros que su marido, el pobre músico, había hecho en el
ejército. Las casuchas cercanas al cerro eran de pobres que vivían en la
peor miseria: ladrilleros casi todos, que sólo encontraban trabajo en
verano. Los otros meses pasábanlos entre privaciones, pidiendo fiado en
la tienda. No tenían otro recurso que merodear en la Casa de Campo,
saltando la tapia para coger cardillos, que vendían en Madrid.
--Yo he visto muchas miserias, don Isidro--añadía--; pero ésta es la
peor de todas. Mire usted ese niño que sube con la botella... De seguro
que no trae dinero. Y hay que darles, so pena de perder de un golpe todo
lo atrasado.
Se metió en la tienda, seguida del muchacho, y Maltrana permaneció
abstraído en la contemplación de Madrid.
Vista desde allí, la población era monumental, soberbia. Pocas capitales
de Europa parecían tan hermosas. Al frente, la enorme masa del Palacio
Real, con sus pilastras salientes cortando las negras filas de ventanas.
A un lado, la colina del Príncipe Pío, coronada de cuarteles; al extremo
opuesto, la cúpula de San Francisco el Grande y el Seminario. Arriba, el
cielo sin una nube, límpido, como si su azul lo hubieran lavado las
últimas lluvias, con una diafanidad que absorbía y borraba
instantáneamente el humo de las chimeneas. Abajo, en los declives que
conducen al Manzanares, grandes masas de vegetación: las arboledas del
Campo del Moro, de la Virgen del Puerto, de la cuesta de la Vega. La
masa blanca del caserío partíase más allá del puente de Segovia, y una
línea metálica, una barra horizontal y negra, unía los dos lados de este
corte: era el Viaducto.
Madrid, visto desde allí, parecía una capital portentosa, una imponente
metrópoli. Entre el azul del cielo y el verde de los árboles alineábanse
las más solemnes manifestaciones de su vida, sus más poderosas
grandezas. La vivienda de los reyes en medio; a un lado, los cuarteles,
sobre aquella colina que era el monte de Marte de Madrid; al opuesto, el
templo suntuoso, que parecía aplastar con su grandeza las casuchas
inmediatas, y otro cuartel sin armas, donde se albergaban los reclutas
de la fe vestidos de negro. Nada faltaba: era la imagen completa de la
nación; todo parecía haberse concentrado en esta cara monumental de la
gran villa.
Abajo, en la Virgen del Puerto, sonaba el redoble de unos tambores; y
Maltrana veía entre los árboles cómo marchaban al compás de las cajas
los soldados nuevos, cual filas de hormigas, aprendiendo a marcar el
paso. -Rataplán... rataplán-, cantaban los parches; y el bohemio, en su
contemplativa abstracción, creía entenderlos. Los tamborcillos le
hablaban; como si adivinasen sus pensamientos, le decían burlonamente:
«Va a durar... va a durar.» Y no mentían. Mientras redoblasen en este
tono uniforme, mecánico, sin fiebre y sin locura, todo seguiría lo
mismo.
Después, su mirada se fijaba en la parte de acá del río. Grandes tejados
rotos, con anchas brechas por las que se colaba el aire y la lluvia.
Eran caserones abandonados que servían de albergue a los miserables.
Junto a ellos brillaban al sol las cubiertas de cinc herrumbroso y las
latas viejas de las cabañas de los mendigos. El hormigueo de la miseria
también estaba allí. También acampaban frente a esta cara de Madrid,
que era la más hermosa, los vagabundos, los desesperados, los abortos de
la sombra, toda la muchedumbre que él había visto una noche, con los
ojos de la imaginación, rondando en torno de los felices, de la caravana
dormida en el beatífico sopor del hartazgo.
Maltrana pensó en los traperos de Tetuán, en los obreros de los Cuatro
Caminos y de Vallecas, en los mendigos y vagos de las Peñuelas y las
Injurias, en los gitanos de las Cambroneras, en los ladrilleros sin
trabajo del barrio que tenía delante, en todos los infelices que la
orgullosa urbe expelía de su seno y acampaban a sus puertas, haciendo
una vida salvaje, subsistiendo con las artes y astucias del hombre
primitivo, amontonándose en la promiscuidad de la miseria, procreando
sobre el estiércol a los herederos de sus odios y los ejecutores de sus
venganzas.
La capital dominadora y triunfante parecía abrumar el espacio con su
pesada grandeza. Reía, destacándose sobre el azul del cielo, con el
temblor de las grandes vidrieras de sus palacios heridas por el sol, con
la blancura de sus muros, con el verde rumoroso de sus jardines, con la
esbeltez de las torres de sus iglesias. No veía la muchedumbre famélica
esparcida a sus pies, la horda que se alimentaba con sus despojos y
suciedades, el cinturón de estiércol viviente, de podredumbre dolorida.
Era hermosa y sin piedad. Arrojaba la miseria lejos de ella, negando su
existencia. Si alguna vez pensaba en los infelices, era para levantar en
sus afueras monasterios, donde las imágenes de palo estaban mejor
cuidadas que los hijos de Dios, de carne y hueso; conventos de
monstruosa grandeza, cuyas campanas tocaban y tocaban en el vacío, sin
que nadie las oyese. Los pobres, los desesperados, no entendían su
lenguaje: adivinaban lo falso de su sonido. Tocaban para otros; no eran
llamamientos de amor: eran bufidos de vanidad.
Alguna vez la horda dejaría de permanecer inmóvil. Los que entraban en
Madrid al amanecer se presentarían a mediodía. Ya no aceptarían los
despojos: pedirían su parte; no tenderían la mano: exigirían con
altivez.
Y las gentes felices temblarían de pavor ante las caras amenazantes, las
vestiduras miserables, las miradas de famélico estrabismo, los anhelos
locos y criminales de destrucción. ¿Dónde se habían ocultado hasta
entonces aquellos monstruos? ¿De qué antro surgían?... Y bien, gentes
dichosas, habéis vivido con ellos sin saberlo. Acampaban junto a
vuestros muros, pasaban todos los días ante vuestras puertas a la hora
de vuestro sueño. No les habéis visto porque eran débiles, porque se
arrastraban humildes. Negabais su existencia porque no proferían
amenazas. Ni piedad ni misericordia tuvisteis con ellos cuando aún era
tiempo...
Maltrana examinaba mentalmente esta avalancha de miserias, odios y
desesperaciones, que podía transformarse en un ejército. ¿Qué le faltaba
a la horda? Jefes, pastores audaces que la guiasen a las alturas,
conociendo el camino. ¡Ay, si los que nacían en su seno armados con la
potencia del pensamiento no desertasen, avergonzados de su origen! ¡Si
los siervos de la pobreza, como él, en vez de ofrecerse cobardemente a
los poderosos, se quedasen entre los suyos, poniendo a su servicio lo
que habían aprendido, esforzándose en regimentar a la horda, dándola una
bandera, fundiendo sus bravías independencias en una voluntad común!...
Oyó un vagido a sus espaldas y la voz de la tendera:
--¡Al papá, Isidrito, al papá! ¡Hazle manos: salúdale!
Quedó sobre sus rodillas aquel paquete de grasa infantil, en el que se
marcaban apenas los ojos como dos gotitas negras. Olía a leche agria, a
orines, a los fuertes sahumerios con que la nodriza pretendía ocultar
sus hedores vitales. Maltrana aspiraba con delicia este perfume. Le besó
en la boquita desdentada; no se atrevió a limpiarse las babas que le
había dejado en el bigote.
¡Ser padre! ¡Contemplar una prolongación de su vida, un desdoble de su
personalidad, un testimonio de la propia existencia, que, años después
de morir él, afirmaría el paso por el mundo de un hombre llamado
Maltrana!... Aquella carnecita blanca y suave como el plumón era suya:
había en ella algo de su ser y de aquella otra carne ¡ay! despedazada
que había desaparecido para siempre en el misterio de la tierra.
¿Qué le importaba ya la suerte de los infelices, el destino de la horda
miserable y los tremendos conflictos que pudieran desarrollarse en lo
futuro?...
A vivir: toda su vida la tenía en sus brazos. El calor de este
cuerpecillo le infundía una resolución egoísta y brutal. Al coger a su
hijo sentíase fuerte. Era como un arma que le daba confianza y valor
para seguir su marcha.
Quería que fuese de los felices, de los dichosos, de los fuertes. Ya que
el mundo estaba organizado sobre la desigualdad, que figurase su hijo
entre los privilegiados, aunque para ello tuviese que aplastar a muchos.
Lo que no habían logrado la miseria y el triste destino de Feli, lo
conseguía aquel chiquitín con sólo su contacto. Caía hecha polvo la
herrumbre de su voluntad. Era otro hombre: su audacia consideraba con
desprecio todos los obstáculos.
Sentíase capaz de robar, de matar, por su hijo. No tenía otra
herramienta, otra arma, que su pluma, pero haría de ella un puñal, una
palanqueta, algo implacable que sirviese para la muerte y el despojo. Lo
que no había osado hacer por el amor, lo haría por su hijo. Se lanzaría
en plena lucha, con la insolencia del mercenario. Adiós, ideas, fe,
entusiasmos... Ilusiones, todo ilusiones. Despreciaba su cultura, pero
pensaba aprovecharla para hacerse pagar mejor. El dinero y el poder
tendrían un siervo más.
Su suerte estaba echada. Se revolvería en la abyección, paladearía su
envilecimiento, se vendería como esclavo, para que su hijo fuese libre.
Su destino era el del asaltante que cae en el foso para que el hermano
de armas entre por la brecha. Él desaparecería en el fango, pero el
Maltrana que venía detrás pasaría vencedor sobre el puente de sus
espaldas.
Y mirándose en aquellos ojitos bobos, sin expresión, que le contemplaban
fijamente, Maltrana decía a su hijo con el pensamiento:
-Llegarás, chiquitín. Yo marcharé a gatas delante de ti; abriré con mi
lengua un camino en el barro, para que avances sin ensuciarte. No temas
que caiga desalentado, que vuelva a sentirme cobarde y te abandone como
a la pobre mártir. Este amor que ahora nace es de hierro. Ya soy otro.
Soy... tu padre.
FIN
Madrid.--Abril-Junio 1905.
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