aparecían las charcas del río con grandes cristales de hielo. Los
gitanos permanecían en sus tabucos, ahumándose junto a las hogueras. En
la casa de los amantes, ni pan ni fuego. Feli vestía sus ropas de
verano, sin otro abrigo que un mantón comprado en una casa de préstamos.
Isidro conservaba aún aquel macferlán de color indefinible, que era como
la librea de su miseria. Le servía para ocultar la delgadez del traje y
su deshilachada camisa, mal cubierta por un pañuelo negro lustroso de
mugre. El pobre joven presentaba un aspecto más deplorable que cuando
vivía en la calle de los Artistas, sin otra familia que su padrastro.
Feli, que tanto cuidaba en otros tiempos del arreglo de su persona,
permanecía ahora inmóvil en la única silla entera de la casa, como si no
viese ni entendiese, sin otra sensibilidad que un continuo frío que la
hacía estremecerse en sus ligeras envolturas.
Maltrana salía diariamente en busca del pan. Iba a Madrid a solicitar
una colocación inútilmente, a «dar sablazos», a mendigar de todas las
personas conocidas. Ya no era el lobo que descendía de la cumbre en
busca de alimento; era el pobre roedor, tímido y anonadado, que trepaba
lentamente desde el fondo de su madriguera a las alturas de la gran
población, esperando una migaja del banquete de los fuertes.
Feli quedábase en casa, enferma, temblando de frío, fijando en el suelo
su mirada de estúpida vaguedad, como si la hinchazón de su abdomen
absorbiese su pensamiento. El emprendía la marcha desfallecido, sin otro
lastre que una taza de café recalentado o una copa de aguardiente, unas
veces bajo la lluvia que se introducía por las rotas suelas de sus
zapatos, otras sacudido por fríos huracanes que agitaban las mangas de
su macferlán con aleteo de pajarraco fúnebre.
Una mañana, al salir de casa, se detuvo asombrado. La nieve cayó en
montón a sus pies al abrir la puerta. Todo lo que abarcaban sus ojos
estaba blanco, con una blancura nítida y fúnebre, como el sudario de una
virgen muerta: blancos el puente y el río, blanca la cuesta de las
Cambroneras, los tejados del barrio y los áridos desmontes. El silencio
era completo; la soledad absoluta. El mundo parecía haber muerto durante
la noche bajo el peso de la nieve. El humillo azul que se escapaba de
las chimeneas era el único signo de vida.
Maltrana dudó un instante. Sintió un repentino amor por el encierro, el
afecto al hogar, que hacía que los hombres se ocultasen en sus casas.
Pero arriba, en la suya, no quedaba nada: la noche anterior había
devorado media libreta y las cortezas de un cuarterón de queso. Feli no
comía; hacía tiempo que el embarazo y la repugnancia a los manjares
groseros teníanla en perpetua inapetencia. Había que vivir... ¡adelante!
Emprendió la marcha, hundiendo en la nieve sus piernas mal abrigadas,
aquellos pantaloncillos de verano roídos por los bordes, que apenas si
disimulaban las grietas y descosidos de las botas. Sus pies se enfriaron
al contacto de la nieve; a los pocos pasos creyó que marchaba descalzo.
Dentro de Madrid vio las calles desiertas, sin carruajes, sin tranvías,
todo igualado, arroyos y aceras, por aquella capa blanca, como si
hubiese llovido sal. En los lados de las calles abríanse negros senderos
de barro, por los que pasaban los escasos transeúntes entre un doble
muro de nieve. Los árboles parecían de algodón; blancas vedijas pendían
de los balcones y los aleros. Los faroles del alumbrado ostentaban una
montera torcida como un gorro de dormir. Los golfos, entusiasmados por
la novedad del espectáculo, hacían rodar grandes bolas de nieve,
coronándolas con monigotes de su invención.
Maltrana, con los pies helados y temblando de frío, vagaba por Madrid.
Subió a la casa de un antiguo compañero para pedirle algo, aunque sólo
fuese una peseta, y no le encontró. Fue al extremo opuesto de la villa,
en busca de otro amigo, pero tampoco estaba en casa.
Pensó, como supremo recurso, en el marqués de Jiménez. Este no podía
abandonarle; le pediría socorro aunque fuese de rodillas.
Arrastrando los pies, llegó al barrio de Salamanca. Tuvo que discutir
con el portero, que le cerraba el paso, y al fin le dejó subir por la
escalera de servicio para que no manchase la alfombra de la escalera
principal con la nieve derretida que soltaban sus pies. En la puerta de
la cocina le rechazaron con aspereza después que un criado desapareció
por unos instantes para anunciar su nombre. El señor marqués estaba muy
ocupado: no podía recibirle.
Era más de mediodía. El cielo, de un gris blanquecino, amenazaba con más
nieve. La luz de interminable crepúsculo reflejábase en la blancura con
tonos lívidos. Maltrana caminaba desalentado, con los brazos caídos, sin
saber adónde dirigirse.
Su voluntad desplomábase, vencida, falta de fuerza para luchar: quería
morir. Todos los caminos estaban cerrados para él; iba como si el mundo
se hubiese despoblado de pronto. Toda la nieve que abarcaban sus ojos la
llevaba en el alma.
En la Puerta del Sol vio una hornilla enorme llena de fuego, y en torno
de ella un tropel de golfos, de vagabundos, que se calentaban las manos,
pataleando al mismo tiempo para reanimar sus pies entumecidos.
Maltrana uniose a ellos, y el benéfico influjo del calor pareció
despertar su voluntad. ¿Qué hacía allí? Pensó con remordimiento en
Feliciana, que temblaría de frío en su casucha, mientras él se calentaba
en el público brasero. Aquellos vagabundos sin familia y sin afectos
eran superiores a él; podían luchar más bravamente con la desgracia.
Creyó en la posibilidad de conmover a aquel tendero de las Cambroneras
al que tanto debía. Su salvación, por el momento, estaba allí, ya que en
Madrid todos eran invisibles, como si el frío endureciese las
conciencias, como si la paralización de la vida aislase a los hombres en
su egoísta bienestar.
Regresó a casa. Al salir por la Puerta de Toledo vio la nieve inmaculada
y tersa, sin una huella, sin el pisoteo fangoso de las calles, igual y
brillante, como una inmensa mortaja que cubría el río, los montes, las
viviendas, y de la cual surgían los árboles como hilos sueltos.
Le dio miedo esta extensión, rasa a la vista, que ocultaba las
desigualdades del suelo, las cunetas, los hoyos de los árboles, los
declives de los desmontes. Su pensamiento, quebrantado por el hambre,
entorpecido por el frío, creyó ver, con tétrica alucinación, la imagen
de su vida futura en esta planicie blanca, silenciosa, monótona.
El mundo estaba frío, sin alma y sin piedad; contemplaba su marcha
penosa sin un impulso de misericordia.
¡Morir de hambre!... Por él, que fuese al momento: descansaría de una
vez. Pero ¿y aquella infeliz que le aguardaba, enferma y casi
enloquecida, como si no pudiese con el peso de sus entrañas? ¿Cuál iba a
ser su suerte?...
Maltrana el altivo, el hombre superior, cuya palabra era un hachazo; el
fervoroso creyente de la alegría de la vida y su refinado helenismo,
sintió que sus piernas flaqueaban, y se apoyó en un árbol.
No podía más: era un vencido. Confesaba su cobardía, cayendo anonadado
bajo el zarpazo de la Suerte.
¡Pobrecillo! Se llevó las manos a los ojos y rompió a llorar con vagidos
de cordero abandonado, como un niño que despierta en las tinieblas y
siente el vacío en torno suyo, sin que sus manos temblonas tropiecen con
el calor del pecho maternal.
XI
El mismo día de la nevada, un nuevo infortunio conmovió dolorosamente a
Isidro.
Al volver a su casa pudo comer. El dueño del tenducho de las Cambroneras
pareció apiadarse de su miseria, aceptando todas las promesas de pronto
pago. La inclemencia del tiempo ablandaba al tendero, y el joven logró
subir con dos panes, una botella de vino, queso y una lata de sardinas.
Fiesta completa. Después de comer, sintió un renacimiento de su amor a
la vida. Arañó sus bolsillos para reunir las últimas briznas de tabaco;
lió un pitillo, y despidiendo nubes de humo con la voluptuosidad del
bienestar, contempló detrás de los cristales el paisaje nevado que tan
honda tristeza le inspiraba horas antes.
Feli apenas pudo comer: sentía repugnancia ante aquellos manjares. Una
náusea los repelía de su boca, y de nuevo se sumió en su inmovilidad, en
aquel agotamiento que la hacía permanecer como insensible.
El joven se apartó de la ventana al oír un suspiro de angustia.
--¡No veo... no veo!--gimió Feli, llevándose la mano a los ojos.
Maltrana corrió hacia ella.
-¿Qué te pasa, nena? ¿Qué sientes?
-Mi padre...--dijo con voz lenta--, mi tío Manolo... frío, mucho frío.
La incoherencia de sus palabras inspiró miedo al joven.
Sus ojos estaban inmóviles, considerablemente agrandados, con un
estrabismo que dejaba al descubierto toda la córnea, empujando la pupila
a un ángulo de los párpados. Se llevaba las manos a la frente.
--Dolor... mucho dolor--murmuró como una niña enferma.
Después se tentaba el estómago, repitiendo el mismo quejido. Inclinaba
la cabeza, como si no pudiese resistir el peso de aquella cefalalgia que
entorpecía sus facultades intelectuales. Contestaba con incoherencia a
las angustiosas preguntas de Isidro o no las contestaba, permaneciendo
en un silencio enfurruñado.
De repente se quejó del zumbido de sus orejas, que parecía enloquecerla,
del hormigueo que sentía en su cuerpo, de la rigidez que inmovilizaba
sus miembros.
--Todo rueda--gimió--. Ruedan las paredes... se abre el piso... un
agujero muy negro, ¡muy negro! Isidro, cógeme... agárrame, que me
caigo... ¡que me caigo!
Y a pesar de que el joven la tenía fuertemente sujeta entre sus brazos,
ella manoteaba, defendiéndose para no caer en el negro abismo que veía
su trastornada imaginación.
Luego dio un alarido y rompió a llorar con desesperados gritos:
--¡Mi padre... mi pobre padre! Míralo: está en la puerta... entra... nos
mira; lleva una mortaja... blanca, blanca como la nieve.
Sus ojos extraviados miraron hacia la puerta; y había tal seguridad en
sus palabras, que Maltrana se volvió, creyendo por un momento en la
certeza de la alucinación.
Con grandes esfuerzos pudo llevarla hasta el pobre lecho y la tendió en
él, creyendo terminada la crisis. Seguía llorando; el joven esperaba que
las lágrimas la librasen del dolor que le oprimía los pulmones y le
atravesaba la frente como si fuese un clavo enrojecido.
Pronto se convenció de que la crisis iba en aumento. Feli, tendida en la
cama, ya no movía su cabeza de un lado a otro con penoso vaivén. La
inclinaba sobre el hombro derecho, al mismo tiempo que sus ojos seguían
mirando hacia la izquierda con una fijeza inquietante, como si
contemplasen algo que la infundía pavor. Las pupilas se dilataban; la
boca entreabríase con el temblor de las mandíbulas o se cerraba
oprimiendo la lengua. La palidez de su rostro tomaba un tinte lívido; la
respiración era penosa, breve, irregular, agitada por ruidosos suspiros.
De pronto, interrumpiose aquélla con una contracción violenta de los
músculos del pecho, y la enferma quedó inmóvil, como si fuese a perecer
por asfixia.
Maltrana agitábase en torno de la cama, aturdido, sin saber qué hacer,
aterrado por su soledad y su inexperiencia.
--¡Feli... nena mía; respira... habla! ¡Dios mío! ¿qué es esto?
Y la golpeaba las manos, tiraba de sus brazos, la soplaba en la boca
como si quisiera devolver aire a sus pulmones.
Duró esto menos de un minuto, pero al joven le pareció interminable;
sentía una angustia casi igual a la de la enferma. Volvió ésta a
respirar, y su inmovilidad se trocó de pronto en una agitación loca. Los
músculos orbiculares se contrajeron y ensancharon, los párpados se
cerraron y abrieron, aleteando con loca rapidez. Los ojos rodaban en sus
órbitas, lanzando una luz extraña, como si la electricidad de la
convulsión reflejase en sus pupilas verdosas centellas. Las mandíbulas
se cerraron fuertemente, ensangrentando la lengua. Una espuma
burbujeante asomó a las comisuras de los labios, con sordos rugidos. El
cuerpo se contraía y dilataba, doblándose como un arco, mientras la
cabeza y los pies se hundían en las desordenadas ropas del lecho.
Isidro corría como un loco por la habitación. Después abrió la ventana.
--¡Socorro!...-gritó--. ¡Teodora!... ¡señora Teodora!
Nadie le oía. La calle, la plaza, el inmediato callejón de los gitanos,
todo estaba en silencio, cubierto de nieve, sin la negra silueta de una
persona. Siguió gritando, con la angustia del miedo, y por fin, de la
primera casucha vio surgir una cara bronceada llena de arrugas, con ojos
de curiosidad.
--¡-Salguerillo-... Salguero! ¡Por tus muertos te lo pido! Avisa a la
Teodora... que venga. Mi mujer se muere.
Cuando se retiró de la ventana vio a Feli revolviéndose en el suelo,
rugiendo con una expresión espantable que crispaba los nervios, llena la
boca de espuma que se coloreaba de rojo con la sangre de la lengua. Las
convulsiones la habían hecho caer de la cama, golpeando el suelo con su
vientre. El joven tuvo que realizar grandes esfuerzos para subirla y
sujetarla, evitando que rodase otra vez.
Su respiración comenzó a ser menos agitada. Abriose su boca, absorbiendo
el aire con grandes y ruidosas aspiraciones; la nariz se dilató
desmesuradamente, chocando después sus alillas al contraerse. Comenzaron
a descender en intensidad los estremecimientos; los músculos cesaron de
contraerse. Los brazos se extendieron pegados a las piernas inmóviles.
Los ojos mostraban las pupilas dilatadas, con una veladura mate, como si
fuesen ojos de cadáver. Un sueño pesado, letárgico, se apoderó de ella.
Maltrana creyó por un momento que había muerto, pero al aproximar el
oído a sus labios se tranquilizó. Una débil respiración animaba con su
estertor el cuerpo inmóvil.
Entonces oyó que llamaban a la puerta, y fue a abrir para que entrasen
la Teodora y otra vieja.
¿Cuánto tiempo había transcurrido?... Las gitanas llegaban corriendo,
alarmadas por el recado de Salguero, pero Isidro creyó que había pasado
algo así como un siglo.
Dejose caer en una silla, como si al recibir el auxilio de aquellas
mujeres sintiese de golpe todo el terror que la crisis le había causado.
La Teodora examinó a la enferma, mientras Isidro le explicaba lo
ocurrido con voz temblona. Ella conocía estos accidentes: había visto a
muchas mujeres sufrir lo mismo en sus embarazos.
--Es mal de corazón, don Isidro--decía con la certeza que le
proporcionaba su ciencia--. La señorita es tan poca cosa, que el
embarazo la trae trastorná. Esto, en cuanto suerte la -churumbela- que
yeva dentro, ya no se repite.
Después habló de sangrarla; ella era capaz de hacer la operación. Había
pinchado a todos los enfermos del barrio con una maestría que ya
quisieran tenerla muchos barberos. Pero ante el gesto de Maltrana se
contuvo. Conformes: no la sangraría; por el momento ya había pasado el
peligro; pero en cuanto despertase la pobre «señorita», iba a
administrarla unas tacitas de un cocimiento que hacía milagros: hierbas
del campo recogidas por ella misma y que guardaba en su casa. La
compañera fue por los hierbajos, y Maltrana y la vieja quedaron junto a
la enferma, contemplándola silenciosos.
Feli dormía tranquilamente, con los ojos cerrados. El sueño parecía
arrollar en su avance los últimos signos de la enfermedad.
Cuando despertó, después de anochecer, llevose la mano a la frente, como
si quisiera fijar sus recuerdos. Miró en torno de ella, titubeando, como
extrañada de verse en el lecho, en plena noche, a la luz de una bujía
que marcaba en la pared las sombras de Isidro y la Teodora, sentados
junto a la cama.
--¡Ya está buena la señorita!--gritó la vieja--. ¡Olé, ya tenemos niña!
Maltrana, instintivamente, se abalanzó a la enferma, besándola repetidas
veces, sin hacer caso de la extrañeza de Feli, que pugnaba por reunir
sus recuerdos.
La gitana, ayudada por su compañera, confeccionó en la cocina su famosa
infusión, de la que hizo beber varias tazas a la enferma.
Viendo tranquila a Feli, se fueron las dos viejas, recomendándola que no
abandonase el lecho. Aquello no había sido mas que una crisis propia de
su estado: tal vez habría cogido frío. Había que cuidarse, que el tiempo
era muy perro.
Al quedar solos los jóvenes, Isidro habló a la enferma del miedo que
había sentido.
--Creía que ibas a morir, que te perdía en un instante.
Y añadía con sencillez, temblando aún su voz con el recuerdo de la
pasada emoción:
--¡Ay, Feli! ¡No mueras, mi alma! No he sabido lo que te amo hasta esta
tarde, en que creí que te ibas para siempre.
La enferma movía con pereza una de sus manos y acariciaba la cabellera
crespa de Maltrana, lamentándose de la forma aterradora de la crisis,
como si ésta fuese un acto de su voluntad.
--¡Pobrecito!--decía lentamente--¡qué susto te he dado! Aún se te conoce
en la cara; estás pálido, te tiembla la voz. Ríñeme, por mala... Te juro
que no lo haré más. Contendré mis nervios; procuraré no dejarme llevar
por ellos, aunque reviente.
Volvió a dormirse muy entrada ya la noche. El silencio era absoluto.
Fuera de la casa, ni un ruido de pasos, ni una voz: la nieve pesaba
sobre la vida, ahogando sus movimientos.
Helaba. Un frío punzante e irresistible, el frío que sigue a las grandes
nevadas, deslizábase por las rendijas de las maderas, filtrábase por las
paredes.
Feli se agitó en el lecho, murmurando con suspiro infantil, sin abrir
los ojos:
-Frío... mucho frío.
Estaba cubierta por la única manta que tenían en la casa y el
mantoncillo que le había comprado Isidro al comenzar el invierno. El
joven extendió sobre el cuerpo de ella un traje de percal y la poca ropa
blanca que colgaba de unos clavos. Estas telas sutiles eran de un abrigo
ilusorio.
La enferma seguía estremeciéndose, y el pobre Isidro, que temblaba de
frío, se quitó el macferlán para añadirlo a la cubierta.
Era una noche terrible. Maltrana paseábase por el cuarto como si
estuviese en medio de la calle. No se oía ruido de viento: la calma era
absoluta; pero en este ambiente tranquilo, el frío resultaba más
punzante, más mortal. Parecía que el mundo acababa aquella noche, que el
sol ya no saldría más, que la tierra iba a permanecer por siempre bajo
su mortaja de nieve.
El joven entró en la cocina. En una cazuela quedaban unas brasas,
abandonadas por la Teodora después de su cocimiento. Metió en la
habitación este anafe improvisado, colocándolo cerca de la cama.
Feli seguía quejándose entre sueños.
--Frió... mucho frío... Tengo los pies de hielo.
Maltrana se quitó la chaqueta, una prenda de verano que aún subsistía
sobre sus hombros como testimonio de pobreza, y la extendió encima de la
cama.
El fuego mortecino iba extinguiéndose. Isidro pensó con envidia en la
fuerza de los obreros. De tener el vigor de un albañil, de un peón del
adoquinado, arrancaría una puerta, haría astillas una ventana para
mantener el fuego; se defendería de la noche cruel, eterna como la
muerte. Lamentaba su miseria física, que añadía nuevas tristezas a su
situación. Estaba desarmado para la vida: el último de los vagabundos
que marchaba por las carreteras valía más que él, con toda su cultura
inútil.
Fuego... necesitaba lumbre. Se lo pedía Feli angustiosamente, en el
tormento de la congelación que turbaba su sueño.
Miró con rabia los papeles y libros apilados en un rincón. En Madrid no
encontraba quien le diese pan, pero siempre volvía a casa con los
bolsillos llenos de papeles. Los camaradas le ofrecían periódicos para
que leyese sus artículos; los autores le regalaban libros con pomposas
dedicatorias. «Al erudito y notable escritor Isidro Maltrana, su
admirador...» ¡Le admiraban! ¿Por qué? Tal vez por su miseria. Vendía
los libros por unos cuantos reales, por lo que querían darle, y sin
embargo, siempre tenía volúmenes en su casa: versos tristes de gentes
con salud y medios para defenderse del hambre; novelas sobre crisis de
las almas; tratados para resolver el conflicto social. El papel le
perseguía, le rodeaba; había nacido para ser su siervo. ¡Siempre el
papel, negro de tinta, acosándolo, cerrándole el camino! Mientras tanto,
el pan y el bienestar huían de él, yéndose en busca de los brutos.
Con la cólera que le inspiraban estos pensamientos, arrojó en el triste
rescoldo un volumen, el primero que halló a mano. El papel grueso y
brillante se ennegreció, al mismo tiempo que de sus páginas, encorvadas
por el fuego, surgía una llama, esparciendo denso humo por la
habitación.
Ni calor podía dar el maldito papel, motivo de envidias y locuras para
muchos imbéciles. Y temiendo que el humo le obligase a abrir la ventana,
cogió la cazuela con el volumen chamuscado, llevándola a la cocina.
Al volver, paseó largo rato con los brazos cruzados y las manos en los
sobacos, temblando de frío, agitando sus piernas violentamente, como si
temiese quedar yerto.
Feli abrió los ojos y mostró asombro al ver a Isidro en mangas de
camisa. Iba a constiparse: hacía mucho frío. ¿Dónde tenía sus ropas?...
Maltrana mintió con un cinismo que hacía llorar. Había dejado su abrigo
sobre la cama porque tenía calor. La noche era magnífica: aún sentía en
su estómago la tibieza del vino que había bebido por la tarde y de
aquellas sardinas que eran un bocado de príncipe.
El joven, al decir esto, daba diente con diente, y fingía reírse para
ocultar su temblor.
El frío acabó por obligarle a refugiarse en el lecho. Feli protestaba
contra su empeño de permanecer en vela; sentíase bien: el peligro había
pasado...
Juntáronse los dos cuerpos por la atracción del calor, pegándose el uno
al otro con intensos escalofríos. Se confundían sus alientos y los
sudores de su piel; experimentaban la voluptuosidad del bienestar
animal al ir calentándose poco a poco en esta comunión de sus cuerpos.
Maltrana sentía la dura redondez del hemisferio materno, el contacto de
aquel fardo de vida que amenazaba su porvenir. La juventud había huido
de él para condensarse en esta cavidad. La pobre Feli había perdido de
golpe la alegría y la salud. Se habían unido, creyendo en la hermosura
de la vida, en la eterna primavera del amor, con las risas e
inconsciencias del pájaro, para verse de pronto prisioneros de su propia
obra, transformados en vulgares procreadores, con todas las angustias de
la responsabilidad.
Feli dormía otra vez, y su amante pensaba. La obscuridad de la
habitación parecía embrollar sus ideas. Sin saber por qué, recordó uno
de sus juegos en el Hospicio. Los muchachos cogían una mosca, la
arrancaban las alas y empujábanla después, pretendiendo que volase.
¡Ay! El era como aquella mosca. Le habían arrancado las alas; le habían
arrebatado las armas naturales para la lucha por la vida. Hubiese sido
mejor dejarle en las profundidades sociales donde había nacido, dedicado
al trabajo manual como sus ascendientes. Sus brazos serían fuertes, sus
manos estarían duras; no le faltaría el pan. Atravesaba Madrid con el
rubor del pedigüeño, con la vileza del mendigo de levita, inventando
embustes para comer, mientras los hambrientos de blusa encontraban
siempre un medio para satisfacer su hambre. Aquí, ayudaban a descargar
un carro; más allá, abrían la portezuela de un carruaje; pedían a todos,
y las manos caritativas daban y daban, como si la tosquedad del
trabajador manual despertase mayor compasión. El vagaba encogido,
vergonzoso, sin otro recurso que asediar a los amigos con el espectáculo
de su miseria, y se oía llamar sablista inaguantable, mientras el otro
era el pobre obrero, merecedor de protección.
¡Ay, aquella pobre señora que le había trasplantado!... ¡Cuánto daño le
hizo sin saberlo! Pensaba en ella con agradecimiento, pero decíase que
hubiera sido mejor no conocerla nunca, no haber abierto un libro, pasar
del Hospicio al aprendizaje. Ahora sería oficial de albañil; su Feli le
llevaría la cesta a la obra, como la llevaba su madre; comerían en una
acera, en un paseo, sin otra aspiración que la alegría de satisfacer las
necesidades del cuerpo. Hasta los peligros de muerte constituían una
ventaja. La caída del andamio, el derrumbamiento de un piso, eran medios
para salir rápidamente de este mundo de miserias, acabando de una vez.
Todo resultaba preferible a su existencia actual, a su situación
ambigua, sin el mendrugo de los de abajo ni el bienestar que gozan los
de arriba. Ni era de los siervos alimentados, ni de los señores que
dominan.
Había estudiado para ser infeliz, para conocer y paladear todas las
fealdades de la existencia. No podía creer en las mentiras aceptadas por
la buena fe de los humildes. La instrucción le había servido para
rozarse con los privilegiados, conociendo las abundancias que les
rodean. Carecía de vigor físico para trabajar como un hombre; era un
enclenque debilitado por el estudio, y el desarrollo de su pensamiento
no le servía para abrirse paso.
¡Pobre mosca mutilada! Le habían arrancado las alas de su nacimiento, y
la mala suerte se divertía empujándole, gritando: «¡Vuela!» ¿Cómo iba a
remontarse? Estaba vencido sin remedio, caído en el suelo, sin fuerzas
para moverse. El estudio desordenado y ansioso sólo servía para anular
su voluntad. Pasaba la existencia enterándose de lo que miles de seres
pensaron a través de los siglos, y cuando las necesidades de la vida le
impulsaban a la acción, encontrábase desarmado, sin fuerzas para seguir
su camino.
La sombra que le envolvía al pensar esto era una imagen de su
existencia. ¡Todo negro! ¿Adónde ir? ¿Qué hacer?... Y como si su propia
desgracia no le bastase, el amor había unido a él una infeliz, cuyo
único delito era quererle y admirarle; la había colgado de su brazo para
que marchase con más dificultad, tropezando a cada paso, tirando
penosamente de esta compañera, que al principio era la alegría y se
trocaba poco a poco en una cadena que arrastraba tras él, impidiéndole
avanzar. Todo lo veía negro, con la lobreguez de una miseria a cuyo fin
estaba la muerte. Deseaba morir, acabar de una vez esta existencia sin
objeto, dar fin a una vida fracasada, irresistible y penosa, como una
equivocación de la Suerte. Pero ¿y ella? ¿y la dulce compañera, que
había abandonado la órbita de su existencia para seguirle, arrebatada
por la atracción de su mala fortuna?...
Maltrana, escuchando la respiración de Feli, palpando en la sombra su
cuerpo desfigurado por la maternidad, experimentó el mismo remordimiento
que si la hubiese asesinado y tuviera el cadáver tendido junto a él.
Sintió la cobardía de aquella tarde ante el espacio cubierto de nieve;
un empequeñecimiento de niño abandonado, un deseo de achicarse, de dejar
de ser hombre, de convertirse en un insecto, en una planta, en una
piedra, en algo que estuviese por debajo de las crueldades humanas; y
rompió a llorar silenciosamente, permaneciendo entre el sueño y el
doloroso desvelo, víctima de pavorosas alucinaciones, hasta que se
filtró la luz del día por las rendijas de la ventana.
Al volver de Madrid, en la tarde siguiente, pisando la nieve convertida
en fango, encontró su vivienda en revolución. Venía alegre: había
logrado reunir unas cuantas pesetas; pero olvidó su gozo al ver a la
Teodora con otras gitanas en torno de Feli, que estaba en el lecho,
sumida en el sopor de la crisis.
Habíase repetido el ataque. La enferma tenía en la frente una contusión
que denunciaba su caída al suelo. Las gitanas, advertidas por una
vecina, habían corrido en su auxilio.
La Teodora fruncía el ceño al hablar al joven... Don Isidro, la pobre
«señorita» estaba muy enferma. Estos ataques iban a repetirse con
frecuencia. Eran cosas del embarazo, que se presentaba muy mal. Según su
cuenta, faltaba un mes para que Feli llegase al parto, pero este mes era
de grandes peligros. No tenían dinero para pagar a un médico; allí
faltaba todo. El tenía que salir a ganarse el pan, ellas podían hacer un
favor de vez en cuando, como buenas cristianas que eran, aunque gitanas;
pero esto no era posible a todas horas, pues sus casas y familias
también exigían cuidados.
--En fin, don Isidro--dijo la gitana--, hay que tomar una resolución.
Pecho al agua; algo durilla es la cosa, pero yo creo que la probe
señorita estaría mejó en el hospital.
¡El hospital! Maltrana quedó aturdido, como si esta palabra equivaliese
a un golpe... Pasado un rato, pudo reflexionar. ¡El hospital! ¿Y por qué
no? Lo habían hecho para las gentes como ellos: era un lugar de
delicias, comparado con esta habitación desmantelada, en cuyos rincones
creía ver encogidos los espectros del hambre y el dolor... En él habían
muerto sus padres.
Pasó aquella noche sin acostarse, velando a Feli, que había recobrado
sus facultades, pero apenas podía hablar. Su lengua estaba hinchada, con
grandes rasguños, por habérsela mordido durante la crisis.
Isidro se explicó tímidamente, mientras ella lo contemplaba silenciosa,
con sus ojos que parecían agrandados por los recientes espasmos. Allí
estaba muy mal: podía morir abandonada durante una ausencia suya, lo
mismo que morían los irracionales, y él estremecíase sólo al pensarlo.
¡No, no!... Y gesticulaba enérgicamente, como si la viese ya en su
imaginación muriendo durante la noche, sin otro socorro que los gritos y
las carreras del amante, enloquecido por la desgracia.
--Yo no sé cómo decírtelo, nena--murmuró con voz temblona, haciendo
largas pausas--. Hay que tener valor... apreciar las cosas tales como
son. Lo que voy a decirte no es mas que una idea... Si tú no quieres, no
será... Podías entrar en el hospital... No, no te asustes. No en el
hospital adonde van todos; en las clínicas, en la Facultad. Yo tengo
buenos amigos de mis tiempos de estudiante... Te visitarían los
catedráticos... todos unos sabios. Asunto de permanecer allí un mes
cuando más. Tendrías la criatura, rodeada de más cuidados que aquí...
sanarías, y luego... luego continuaríamos nuestra vida más feliz que
ahora, pues la mala suerte no va a atormentarnos siempre.
Isidro esperaba una explosión de llanto, la protesta de una repugnancia
instintiva, y quedó asombrado al ver la inmovilidad del rostro de Feli,
sus ojos fijos y tristes puestos en él. Tras una larga pausa, bajó la
cabeza en señal de asentimiento. Sí que aceptaba: iría al hospital, pero
sin participar de los optimismos del joven.
--No siento--murmuró, moviendo su lengua con gran dificultad--, no
siento mas que el no verte... y que tal vez no volveremos a vernos
nunca.
-¡Feli de mi alma--gritó Isidro--, no digas eso; no lo creas, nena
mía!... Volveremos a ser felices. Verás qué bien te tratan allí.
A la mañana siguiente, Maltrana salió muy temprano, dirigiéndose a la
calle de Atocha para esperar en la puerta de San Carlos a un antiguo
camarada de la época estudiantil, que ya era doctor y ayudante en una
clínica.
Apellidábase Nogueras, y era un joven de carácter alegre, pequeño de
cuerpo, con lentes de grueso cristal, que tomaba a broma los lances de
la vida, como si le curase de todo espanto el diario espectáculo de las
miserias y desarreglos de la máquina humana. No había visto a Isidro en
mucho tiempo, y al reconocerle en la puerta de la Facultad de Medicina,
le echó los brazos al cuello, riendo de su facha miserable.
--Eso de la literatura debe de ir mal--dijo--. ¿Necesitas algo de mi?
Pide lo que quieras, menos dinero. Ya ves: doctor, profesor clínico, y
tengo mil quinientas pesetas al año... con descuento. Menos que los que
barren los ministerios.
El alegre doctor cesó de reír ante la gravedad de Maltrana. Este le
habló de Feli y de su enfermedad.
--¡Vamos, es una queridita que te has echado!--dijo el médico.
Isidro contestó afirmativamente. Sí; una querida a la que amaba como
muchos maridos no aman a sus mujeres; una querida que podía gloriarse de
una fidelidad que pocas esposas conocían.
--Bueno, adelante--dijo el médico levantando los hombros--. ¿Y qué es lo
que tiene?
Maltrana explicó las crisis de Feli, haciendo un esfuerzo para
recordarlas en todos sus detalles.
--No digas más--interrumpió el doctor--. Los síntomas son claros.
Pensaba bajar contigo a las Cambroneras para verla, pero ya no es
necesario: eso es lo que llamamos nosotros eclampsia puerperal. Hay que
provocar el parto, acelerarlo, o corre peligro de muerte. Tráela esta
tarde; te esperaré en la Comisaría. La meteremos en la clínica de
partos. Yo no estoy en ella, pero recomendaré tu socia al compañero, con
grandísimo interés... Hasta la tarde, ¿eh?
Tenía prisa: su catedrático le esperaba en la sala de profesores. Le
mostró la entrada de la Comisaría, una puertecita algo más abajo del
gran portalón de la Facultad. Allí, a las cuatro.
Y se fue sonriente, sin que el dolor de su camarada arañase el caparazón
de indiferencia con que parecían acorazarle las desdichas humanas.
Por la tarde abandonó Feli su casa. Fue una marcha lenta, que hizo
sufrir mucho a Maltrana. Al verla pasar la puerta del tabuco creyó
percibir en su oído un lamento desgarrador. Se iba para no volver: se
cumplirían los presentimientos de la enferma. ¡La perdía para siempre!
La cuesta de las Cambroneras y el paseo de los Ocho Hilos fue una calle
de Amargura.
Feli, envuelta en su mantoncillo, cubierta la cabeza con un pañuelo que
formaba visera sobre sus ojos, avanzaba con torpe paso apoyándose en su
amante.
Sus piernas hinchadas apenas podían moverse; el abdomen monstruoso la
atormentaba con peso sofocante. Las largas semanas de inacción en su
casucha de las Cambroneras habían entorpecido los resortes de su
movilidad. Deteníase a los pocos pasos; se dejaba caer, jadeando, en
todos los bancos y poyos del paseo.
La Teodora quiso acompañarla hasta la Fuentecilla, animándola con sus
palabras y gesticulaciones gitanescas.
--Arriba, mi niña... A ver cómo echamos unos pasitos más; a ver cómo se
mueven esos -pinreles- bonitos.
Y volviéndose hacia Maltrana, murmuraba con expresión llorosa:
--¡Está muy malita, don Isidro! ¡Qué bien jase usted en llevársela!...
Pasaron la Puerta de Toledo, y en la Fuentecilla se separó la gitana,
después de dar varios besos a la enferma.
--¡Que el -Baró- der sielo te ponga pronto buena; que su santísima mare
no se aparte de ti!... Adió, terronsito de asúcar; adió, armendrita
durse!...
Y sus últimas palabras ya no se oyeron, pues se alejó con la cara oculta
en el delantal.
Isidro hizo subir en un carruaje de alquiler a la llorosa Feli,
conmovida por los adioses de la gitana. Recordaba el joven los primeros
tiempos de su amor, cuando vagaban por las cercanías de Madrid,
ocultándose de las gentes. Desde entonces no habían ido en coche. Ahora,
todo el dinero que guardaba en el bolsillo, una peseta y algunas monedas
de cobre, era para pagar esta carrera de dolor, la última tal vez que
harían juntos.
Entraron en la Comisaría por entre varios grupos de mujeres andrajosas
con niños al pecho y hombres de mísero aspecto, todos mostrando
repugnantes enfermedades: cegueras purulentas, costras roedoras, abcesos
que desfiguraban sus miembros, retorciéndolos. Esperaban su turno para
la consulta gratuita. Un fuerte olor de antisépticos impregnaba el
ambiente.
Nogueras, el alegre doctor, les vio por un ventanillo del despacho
inmediato y salió a su encuentro. Miraba con fijeza a Feli, y ésta bajó
los ojos, avergonzada... ¡Pchs! No era gran cosa como mujer...
Quedaron los dos amantes frente a frente, en una situación embarazosa.
Maltrana, al venir en el carruaje, estremecíase pensando en el horror de
la despedida, llantos, gritos, abrazos, y tal vez un nuevo ataque de la
enferma.
No fue así; no hubo nada de esto. Sólo un silencio, una sencillez en la
separación, más desgarradora que los extremos ruidosos del dolor.
El médico habló de las recomendaciones que había hecho a su compañero de
la clínica de partos. Tenía ya su cama reservada; hasta había interesado
a la monja del departamento.
--Cuando usted quiera, la acompañaré--dijo mostrando cierta prisa.
Por fin se miraron, sin una lágrima, sin un suspiro, abriendo los ojos
desmesuradamente, con expresión de terror. ¡Iban a separarse!...
Ella fue la primera en dar un paso. ¡Ay, el valor de las mujeres!...
--Adiós, Isidro.
--Adiós, Feli.
Sus voces eran gemidos; pero no lloraron, no se atrevieron a besarse, a
estrecharse las manos en presencia del mediquillo burlón y de aquellos
enfermos que les miraban fijamente.
Ella se alejó por un corredor obscuro, precedida por el médico. Su paso
vacilaba... pero no quiso volver el rostro atrás, como si temiese perder
toda su firmeza.
Maltrana salió a la calle, y a los pocos pasos hubo de apoyarse en la
pared. Tenía frío: un frío de sepulcro, que se le colaba hasta el alma.
Lucía el sol de la tarde, un sol que Isidro no había visto nunca; un sol
obscuro, empañado, fúnebre, como si el astro del día enviase sus rayos
al través de negra urdimbre; como si estuviese envuelto en un crespón.
XII
Ya no volvió a las Cambroneras. Tuvo miedo de vivir en aquella casa sin
Feli. Sentía el terror de los que pierden a un ser querido y no osan
penetrar en la mortuoria habitación. ¿Qué iba a hacer solo en aquel
extremo olvidado de Madrid, entre las gitanas que le recordarían a la
amante?...
Necesitaba ver gente nueva, aturdirse, olvidar su tristeza.
Aquella noche volvió a la redacción, después de una ausencia de tantos
meses. Los compañeros le recibieron con irónicas ovaciones.
--¡-Homero-! ¡Ya está aquí el gran -Homero-!... ¡Salud al ilustre
«tabarrista»!
Y le preguntaron si traía como fruto de su soledad algún artículo de los
que sembraban el pánico en los suscritores.
Algunos de la redacción le habían visto paseando con Feli por el Retiro.
--Di, -Homero-: ¿qué has hecho de aquella muchacha tan simpática que
llevabas del brazo?... ¿La encontraste en algún libro griego? ¿Era ática
o beocia?
--Está en el hospital--contestó Maltrana con los ojos llorosos.
Su acento era tan triste, que impuso silencio a los alegres compañeros.
Pasaba las noches en la redacción. Había perdido la costumbre de
trasnochar, y como no quería volver a su casa, buscaba los cuartos sin
luz, dormitando en un diván. Si llegaba una visita y había que encender
luz, Maltrana era despertado como un perro, y sacudiendo las aletas del
abrigo pasaba a otro cuarto o se iba a la calle, procurando terminar el
sueño en la casa de algún amigo.
Apenas comía. Ansioso de distracción, de conversaciones que le
aturdiesen, juntábase muchas noches con ciertos borrachos famosos, y
bien entrada la mañana se les veía por las calles más céntricas, con
paso inseguro, discutiendo a voces de filosofía o literatura. En mitad
de una disputa, el recuerdo de Feli asaltaba a Isidro, y rompía a
llorar. Los compañeros atribuían la culpa de este llanto al coñac.
Beberían cerveza.
Muchas mañanas iba a la puerta de San Carlos a esperar a Nogueras. Este
hacía un gesto de repulsión al verle.
--Sigues mal camino, chico; apestas a aguardiente. ¿Qué resuelves
emborrachándote?...
Maltrana contestaba con mal humor. No pedía consejos: lo que deseaba era
conocer el estado de Feli.
El joven doctor mostrábase impaciente. ¿Creía él que no tenía otras
cosas en qué ocuparse?...
--¡Figúrate, con seis mil reales por todo sueldo!... Tengo que visitar
mucho y a gentes que pagan mal. Además, esa muchacha no es de mi
clínica... La vi anteayer. Me pareció que estaba bien; pero si los
ataques de eclampsia se repiten, puede morir en uno de ellos. Van a
provocarla el parto: tal vez esto la salve.
Al día siguiente fue Nogueras quien, al verle, le habló el primero.
--Eres padre: arriba te guardan un niño las monjas. Su salud es buena y
la madre no ha salido mal del parto. Si no quieres que esa segunda
edición de tu persona vaya a la Inclusa, recoge pronto al pequeño.
Maltrana no experimentó ninguna emoción. Sólo pensó en ir a las
Carolinas para dar la noticia a su abuela. ¿Qué iba a hacer él con el
chiquillo? La señora Eusebia se encargaría de cuidarle.
Y la abuela, conmovida por el suceso, bajó a Madrid para recoger a su
biznieto, acompañada de otra mujer. Isidro fue con ellas hasta San
Carlos, pero no quiso pasar de la puerta. Lo dominaba el egoísmo de su
cobardía. Ya había sufrido bastante. ¿Iba a mejorarse ella porque le
viese?...
Cuando salió la abuela quiso enseñarle el niño, que su amiga, más joven
y fuerte, llevaba en brazos.
--Míralo, Isidro--gemía la vieja llorando de alegría--. Es un querubín:
¡qué rico!... Es hijo tuyo, ¡tu retrato!...
Maltrana miró esta carne palpitante apenas contorneada que se removía en
el fondo de un mantón. Sí que era su retrato: feo, con su misma fealdad
y la de aquel pillete que estaba en la cárcel entre los rateros menores.
La misma cabeza enorme, que parecía moldeada por las manos de la
desgracia.
La -Mariposa- se llevaba su biznieto. Nada de buscarle nodriza en las
Carolinas. Conocía a cierta mujer del barrio, que se había casado con un
músico de regimiento, y ahora, retirado él del servicio, tenía una
tiendecita junto a la carretera de Extremadura, en el cerro de los
Corvos. Acababa de perder a un pequeño, y ella se encargaría de lactar
al biznieto por poco dinero.
La vieja, antes de marcharse, le habló de Feli. La había visto: estaba
muy enferma.
--¡Lo que ha llorado esa chica antes de que nos llevásemos el pequeño!
¡los besos que le ha dado!... Me preguntó por ti... Ve a verla, hombre;
la pobre se alegrará, y bien lo necesita.
Maltrana pasó mucho tiempo sin visitar a Feli. Todos los días formábase
el propósito de verla a la mañana siguiente. Pasaba la noche de café en
café, y la madrugada de taberna en taberna, con los camaradas de vida
errante, siempre triste y bebiendo para olvidar.
Por la mañana llegábase hasta San Carlos, a recibir noticias. Le bastaba
con saber que Feli seguía bien. Le acometía el miedo a verla en este
lugar de dolor y que ella adivinase su embriaguez.
--Un día me acompañarás--decía a Nogueras--; no, ahora no. Me siento sin
fuerzas. Además, estoy algo borracho. ¿No me lo conoces?...
Por fin, una mañana se mostró resuelto: quería verla. Adivinábase cierta
preparación en su aseo exterior, como si acudiese a una entrevista
amorosa. Iba recién afeitado; ocultaba algo bajo las aletas del
macferlán, que parecía menos viejo después de unos cuantos pases de
cepillo.
Nogueras lo hizo atravesar los claustros de la Facultad, subieron
escaleras, pasaron otros claustros, y por fin, el médico abrió una
puerta.
Lo primero que vio Maltrana fue las tocas blancas de una monja, ocupada
en arreglar con sus manos de cera las flores de trapo y las velillas de
un altar. Estaban en una sala de paredes enjalbegadas de un blanco de
hueso, con zócalo de ladrillos blancos también. La pieza aparecía
dividida por un muro hasta el límite del zócalo, con grandes espacios
abiertos entre las pilastras que sostenían el techo.
Isidro vio muchas camas de hierro con cubiertas de percal floreado, y
junto a ellas mesillas con redomas y escupideras. Sobre las almohadas
destacábanse cabezas de mujeres de verdosa demacración, con las
cabelleras enmarañadas y sucias. Maltrana recordó las salas de los
hombres. Estos eran menos repugnantes en sus dolencias. La hembra se
agostaba con la mayor rapidez así que la enfermedad disolvía los
almohadillados carnosos de sus encantos.
El médico se detuvo ante un lecho: allí tenía a la que buscaba. Isidro
tardó algunos instantes en reconocerla. Hubiera pasado varias veces ante
ella sin que llamase su atención. ¡Cuán cambiada la veía!... Olvidando
su tristeza de enferma, evocaba siempre en sus recuerdos la Feli hermosa
y alegre de los primeros tiempos de su amor. Y ahora, viéndola
enflaquecida, con las facciones desencajadas, más fea y mísera aún que
el día en que salió de las Cambroneras, tenía que hacer un esfuerzo para
reconocerla. Creyó ver a una amiga de Feli, a una buena compañera que le
recordaba a la otra, a la de los días felices, que ¡ay! no volverían
nunca.
Quedó inmóvil ante la cama, con aspecto tímido, cohibido por aquellas
cabezas greñudas, mascarones de dolor y miseria, que convergían en ellos
sus miradas curiosas.
--¿Cómo estás?--preguntó en voz queda.
Saludábale Feli silenciosa, con una sonrisa que daba frío, contrayendo
las arrugas de su rostro exangüe, marcándose la punta de su fina
mandíbula con la agudeza de un hierro de lanza. ¡Y allí había puesto él
sus besos muchas veces, en la embriaguez de la pasión!... ¡Miseria de la
vida! Sus ojos, unos ojos de loca, con el estrabismo de las frecuentes
crisis, eran lo único que aún delataba la extinta hermosura.
En el lecho inmediato vio a una jovencita que llevaba envuelto el pelo
en un pañuelo rojo y abrigados los hombros con una chaquetilla color de
manteca. Mostraba entre las puntillas de la camisa sus pobres pechos de
tísica, que apenas si se destacaban con ligera hinchazón sobre el
mísero costillaje. Era una criada que había dado a luz una niña; una
pobre bestia de trabajo convertida en madre por el capricho momentáneo
del señorito. La chaquetilla de señora que le servía de abrigo en el
hospital era tal vez la única recompensa de su caída.
Feli, al contemplar a Isidro, mostraba también en sus ojos cierta
extrañeza, como si le encontrase cambiado. Había transcurrido muy poco
tiempo, y sin embargo, creían verse después de larguísima ausencia.
Permanecieron silenciosos mucho rato, mirándose, pero sin atreverse a
despegar los labios. Al fin, habló ella, por el impulso maternal. ¿Y su
hijo?...
Maltrana fingiose enterado. Estaba allá, en la carretera de Extremadura,
con su nodriza, una gran mujer buscada por la abuela. Podía permanecer
tranquila... ¡Y él aún no había ido al cerro de los Corvos, ni conocía a
la nodriza!
Después le preguntó por su enfermedad. Feli hablaba con voz triste;
parecía resignada a permanecer siempre allí, sin esperanza de volver al
mundo. Su voz era lenta, con largos titubeos; notábase cierta
incoherencia en sus palabras; se adivinaban sus esfuerzos para ordenar
las frases y encauzar el pensamiento.
Mientras la oía, Isidro miraba con el rabillo del ojo a la monja, de pie
junto al altar, hablando con el médico. ¡Ay, aquellas gentes que vivían
en diario contacto con la miseria humana! ¡Qué duros, qué fuertes! ¡Qué
indiferencia ante el dolor ajeno, que no era para ellos mas que un
accidente vulgarísimo! Su mirada fría parecía tener callos. La
contorsión del dolor, la muerte, todo resbalaba sobre ellos sin el menor
arañazo, sin producir la más leve turbación.
La monja, después de hablar con el médico, miró a Maltrana con cierta
curiosidad. Su olfato de experta conocedora de la vida adivinaba a la
pareja ilegal, al amor rebelde, que desprecia los convencionalismos
sociales. Su curiosidad de mujer excitábase con el perfume del pecado;
su severidad le hacía abominar de aquella juventud que se adoraba a
espaldas de la religión.
Maltrana no sabía qué decir. La tristeza creaba un gran vacío en su
pensamiento. Además, le cohibían tantas miradas fijas en él. Era un
martirio permanecer ante Feli sin poder cogerla la mano, atemorizado por
los ojos hostiles de la monja.
Se echó atrás las aletas del abrigo y dejó sobre la cama un mazo de
violetas que llevaba oculto. Su perfume pareció dulcificar aquel
ambiente que olía a carne enferma y antisépticos.
--¡Ay! ¡flores!--dijo Feli con vocecilla infantil--. ¡Flores!
Y su mirada acarició a Isidro con expresión de gratitud. Era un poco de
poesía esparciéndose sobre la cama del hospital. ¡Flores!... Y los dos
pensaron lo mismo. Vieron con la imaginación los almendros de la Huerta
del Obispo, que habían sido testigos de sus primeras entrevistas; las
flores que él arrojaba sobre su cama, al despertarla, de vuelta de los
banquetes; las que habían presenciado sus vespertinos paseos, cuando
salían cogidos del brazo, como burgueses, a cubierto de la miseria y
seguros de que nada podría turbar su felicidad.
--¡Flores!--repitió--. ¡Cómo te lo agradezco!
Maltrana se excusaba con timidez. Eran violetas: no tenía dinero para
más. Aun así, le había costado mucho el adquirirlas. Costaban muy caras:
las flores nacían para los ricos; y aún gracias que les dejaban a ellos
el cielo y el sol... Había recordado también su predilección por las
naranjas. Quería traerle una; pero después de correr las fruterías de
la calle Mayor, buscando las primeras que acababan de llegar, había
desistido por su pobreza. Todo su dinero se lo habían llevado las
violetas.
--Otro día, ¿me oyes?--murmuraba en su oído, como si la propusiese una
travesura infantil--. Otro día te las traeré, sin que se entere la
monja, sin que lo vea el médico.
Y ella decía que sí, mirando al amante con sus ojazos tristes, mientras
se llevaba a la cara el mazo de violetas, oliéndolo con delectación.
Nogueras carraspeó con insistencia llamando a Maltrana. La entrevista se
prolongaba demasiado: otro día, más.
Isidro cogió la mano amarillenta que ella le tendía.
--Adiós, Feli... Adiós, nena. Volveré.
La enferma le recordó su promesa. Debía traerle naranjas y flores,
¡muchas flores!
El trastorno mental de su crisis la hacía olvidar la penuria del amante.
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