imperiosa, una exigencia ineludible, el pago a la tienda, que se negaba
a fiar más sin recibir algo a cuenta, la compra de material para el
emballenaje de los corsés, la necesidad de echar unas suelas a las botas
únicas de Maltrana, mientras éste permanecía prisionero en el cuarto; y
de este modo la mala fortuna llevábase de una manotada todos los
ahorros, sin dar tiempo a que se completase el importe del alquiler.
Maltrana adoptó una resolución. Los pobres como ellos, de vida
incierta, sólo podían vivir en las casuchas cuyos cuartos se pagan
diariamente, en los falansterios de la miseria, como aquel caserón de
obreros donde él había nacido.
Vivió en varios edificios de esta clase, en el barrio de las Peñuelas y
el de las Injurias, repugnándole sus hacinamientos, la suciedad sórdida
de sus paredes, las frecuentes peleas de las hembras desgreñadas, que se
insultaban de galería a galería... Su pobre Feli no era una princesa,
pero ¡ay! sentía él honda repugnancia al verla, tan delicada y tan
dulce, viviendo en este infierno.
En las Cambroneras encontró un cuarto independiente, y decidió
trasladarse a este barrio habitado por gitanos, que le parecieron más
apreciables y tranquilos que las familias de las casas de vecindad.
El alquiler se pagaba todas las noches: real y medio. Al obscurecer
llamaba a la puerta el encargado de la cobranza, un hombre alto, enjuto
y moreno, al que el exceso de estatura hacía caminar arqueando la
espalda. Era de la policía. El que administraba las casas de las
Cambroneras teníalo allí como cobrador y guardián del orden, por su
carácter de agente de la autoridad. Dábale por esto un interés sobre la
cobranza y vivienda gratuita para él, su prolífica mujer y la banda de
chiquillos que completaba la familia. De sus mocedades, transcurridas en
el campo, antes de ser soldado, guardaba gran afición al cultivo de la
tierra, y cuando sus deberes de agente de «la secreta» no le hacían ir a
Madrid, pasaba las horas en la heroica tarea de convertir en
huertecillas los desmontes de tierra amarillenta, sacando a brazo el
riego de una noria abandonada.
Inspirábanle gran respeto los dos jóvenes, hasta el punto de hacerle
afirmar que don Isidro y doña Feli eran las únicas personas decentes
que habitaban en las Cambroneras.
--Adelante, Pepe--decía Maltrana cuando, cerrada la noche, sonaba un
golpe en la puerta.
Y Pepe se presentaba llevando en las manos un lápiz y un rústico
talonario de papel de barbas. Entregaba una hoja, después de garrapatear
algunos signos, y recibía las monedas de cobre.
Isidro mostrábase satisfecho de su nuevo alojamiento. Por una ventana
contemplaba el río, casi a sus pies, y en la orilla opuesta las praderas
pintadas por Goya, los cerros en cuya cumbre se aglomeraban los cipreses
y mausoleos de los cementerios de la Almudena y San Isidro. Por otra
ventana veía el descampado de las Cambroneras, un gran espacio de tierra
atravesado por un riachuelo, en el que lavaban sus guiñapos las gitanas,
flotando sobre la corriente trapos y pedazos de periódicos. Enfrente
abríase un gran portalón dando entrada a una callejuela de guijarros
flanqueada por dos hileras de casuchas. Unas eran de techo bajo; otras
tenían en el primer piso una galería de madera, con escalerillas de
tablones carcomidos, que crujían a la más leve presión como si fuesen a
romperse.
Maltrana no tardó en conocer la heterogénea población de las
Cambroneras. Formaban un mundo aparte, una sociedad independiente dentro
de la horda de miseria acampada en torno de Madrid. Pepe el cobrador
relatábale las costumbres y rarezas de aquellas gentes, a las que él
llamaba «su ganado».
Existían dos grandes divisiones en el vecindario de las Cambroneras,
cuyos límites nunca llegaban a confundirse; a un lado los payos, que
eran los menos, y al otro los gitanos, que constituían la mayor parte de
la población. Los payos se subdividían en pordioseros, que iban todas
las mañanas a Madrid a mendigar en las puertas de las iglesias, y
quincalleros, que en el verano vagaban por las ferias de Castilla
vendiendo baratijas y durante el invierno organizaban juegos tramposos
en las afueras o tomaban parte en algún robo, si se ofrecía ocasión.
Los gitanos estaban divididos en tres naciones: gitanos andaluces,
gitanos castellanos y gitanos manchegos. Tratábanse con cierta
fraternidad, impuesta por la raza y las costumbres, pero cada grupo
manteníase fiel a su origen, creyéndose superior a los otros. Los
andaluces echaban en cara a los manchegos su rusticidad y a los
castellanos su falta de sangre -cañí-, adulterada por innumerables
cruces con los payos. Estos, a su vez, despreciaban a los procedentes de
Andalucía por sus trapacerías y enredos, que habían dado a la raza su
fama deshonrosa.
Reconocíalos Isidro a simple vista a los pocos días de vivir en las
Cambroneras. Los andaluces iban afeitados, con ancho sombrero,
chaquetilla de terciopelo color de vino y grandes tufos sobre las
orejas. Los manchegos y castellanos usaban gorra de pelo, llevaban
bigote recortado y chaquetón de paño pardo; únicamente su color, de un
bronceado oriental, los distinguía de los paletos manchegos, cuyo traje
imitaban.
Las mujeres salían en las primeras horas de la mañana, para no volver
hasta la caída de la tarde, o permanecían dentro de sus casas, recluidas
voluntariamente, con una pasividad de hembras asiáticas. También se
reconocía en ellas la diferencia de origen. Las andaluzas eran
parlanchinas y vociferadoras; hablaban gesticulando y manoteando,
esparciendo con su cháchara el aturdimiento en torno de ellas. Vestían
falda de percal rameado con largos volantes, llevaban el mantón
terciado, el moño aceitoso caído sobre la nuca, la frente con
cuernecillos de pelo pegado, y en el cuello varias sartas de cuentas
azules. Salían de las Cambroneras poco después de surgir el sol, camino
de la plaza de la Cebada, para decir la buenaventura y echar las cartas
a las criadas, que eran su mejor clientela. Los hombres se desperezaban
en la puerta; las bandas de chicuelos color de chocolate, descalzos y
con la panza al aire, se agarraban a las faldas pintarrajeadas de las
madres.
---Gachí---decía el marido--, a ver si hoy traes argo pa jamar. Mira que
estoy jarto de tanta jambre.
Los pequeños se agitaban en torno de ellas, acompañándolas cuesta arriba
hasta el puente de Toledo. A ver si podían apandar, como otras veces,
los -chulés- de algún payo. Y si no eran -chulés- (nombre que daban a
los duros), que fuesen -plañís- (modestas pesetas), que bien las
necesitaba la familia, confiada a los azares de la suerte.
--Mare--gritaban los pequeños al quedarse junto al puente--, que traiga
usté -callardó-, mucho -callardó-.
Era el chocolate: el gran regalo de la gente gitana, su licor y su
alimento. Bueno era el -balinchó- (el cerdo); suculento el -balebás-
(tocino); dulces los -mantejos- (almendras), que se arrojaban a puñados
en los días de boda; pero el chocolate era lo mejor del mundo, el
alimento de Dios, que parecía embriagarles con su perfume y su ardor.
Los pequeñuelos, con la esperanza de que la madre trajese al anochecer
una enorme cantidad de -callardó-, la saludaban desde lejos.
--Adiós, mi -dai-.
Y la gitana alejábase hacia la puerta de Toledo, combinando, en las
tortuosidades de su trapacera imaginación, el medio de -jonjabar- a
algún payo que le deparase la buena suerte, de sacarle el dinero,
prometiéndole, por medio de sortilegios, el premio gordo de la Lotería.
Vagaban hasta las doce por las inmediaciones del mercado, deteniendo a
las criadas, aturdiéndolas con su charla, alabando sus caras de ángel,
aunque fuesen de horrible fealdad, lamentando con extremos grotescos de
desesperación las desgracias de sus amores y que no se cuidasen de
conjurar la mala suerte acudiendo a la experiencia gitana.
--Tu mano... enséñame tu mano, resalá, que por San Juan te digo que
yevas en eya tu fortuna y tú no lo sabes.
Tenían sus parroquianas, sus creyentes de inconmovible fe, que apenas
las veían marchaban a su encuentro, ansiosas de nuevas revelaciones.
Metíanse en los portales solitarios, y allí, sobre la tapa de la cesta,
soltaba la gitana los mugrientos naipes ocultos bajo el mantón. Todo
salía: el hombre moreno que penaba por la sirvienta, pero al cual ligaba
con malas artes una mujer blanca, que había que vencer; después, el
hombre rubio, muchas veces con espada (un militar), que se presentaría
para llevársela sobre un caballo tordo; luego salían por dos veces los
oros: dinero y más dinero...
--Tú has heredao argo--afirmaba la gitana con una convicción que no
admitía réplica.
--¡Qué he de heredar yo, pobre de mi!--contestaba la sencilla criada.
--Bueno; pues heredarás.
Y seguía el juego. La sota: otra vez la mala mujer, que había de ser su
perdición si no la anonadaba haciendo lo que ella le dijese.
Cuando la muchacha, aturdida por este parloteo, y dudando si emplear sus
ahorros en el gran remedio que le proponía para sujetar al novio infiel,
acababa por entregarle dos reales, la gitana prorrumpía en lamentos y
súplicas.
--Reina, añade aunque no sea mas que un realillo. ¡Con esa carita de
clavel, y tan agarrá! Anda, grasiosa, que tienes ojillos de Virgen...
Mira que tengo un ganao de -churumbeles- que no levantan del suelo tanto
así, y están muertesitos de nesesiá. Mi hombre lo tengo baldao; mi
-bato-... ¡mi pare! está en las últimas; mi probesita -dai- se me murió;
mi -plan- (mi hermano, ¿entiendes?) está en el presidio de Alcalá...
Y seguía enumerando desgracias y muertes, como si la peste negra hubiese
pasado por las Cambroneras.
--Vaya, presiosa, suerta un poquito más de -jurdé-, que por eso no vas a
quedar probe. No te pido -papiris- der Banco; suerta manque sean tres
perrillas más.
En sus exploraciones en torno del mercado, cuando vagaban aburridas, sin
encontrar parroquianas, plantábanse audazmente ante los hombres que
salían de las tabernas o los comerciantes que tomaban un poco de aire a
la puerta de sus establecimientos.
--¿Te la digo, grasioso? Dame la mano, barbitas de San Juan, que tienes
patitas de bailaor y ojillos de meteor.
Las repelían como si fuesen perros, amenazándolas con llamar a la
pareja, y ellas se alejaban sin resentimiento, con muecas burlonas,
abriendo los ojos desmesuradamente.
--¡Juy, Pare Santo! ¡Y qué mal genio gasta el señó!... ¡Ni que juese el
-Livanó- que toma las declarasiones!... ¡En el -estaribel- te veas,
mardito, y que el -Baró- no quiera sacarte ni con fianza!...
Cuando pasado mediodía cesaba la afluencia en el mercado, las gitanas,
en vez de volverse a las Cambroneras, seguían hacia el centro de Madrid,
callejeando hasta la caída de la tarde. Pedían limosna; deteníanse ante
las ventanas de los cafés, dando golpecitos en los cristales; lanzaban
miradas intranquilas a los puestos exteriores de las tiendas, pensando
en la posibilidad de un descuido... Iban a lo que saliese; el robo no
les parecía gran pecado: -chorar- era una ocupación digna de elogio, si
se hacía con habilidad y sin riesgo. Y cuando -choraban- una pieza de
tela, unas manzanas o un panecillo, volvían orgullosas a casa, diciendo
a las vecinas:
--Hoy le he dao el -jonjanó- a un payo.
Maltrana, al asomarse a la puerta de alguna de aquellas casuchas,
blancas por fuera y negras por dentro, sin otro respiradero que la
puerta, conocía el origen de sus habitantes sólo con ver mujeres en su
interior o notar su ausencia.
--¿Son ustedes andaluzas?--preguntaba intencionadamente a las hembras
sentadas en corro sobre el duro suelo, mirándose silenciosas, con la
mandíbula apoyada en una mano.
--¡Nosotras andaluzas!--exclamaban ofendidas--. Somos mujeres de nuestra
casa. Nosotras no salimos a engañar a la gente.
Eran gitanas manchegas. Tenían padres o maridos que trabajasen por el
sostenimiento de la familia; y si no había -chambos-, si el «trato» de
las caballerías se paralizaba, daban vuelta de llave a su estómago y
sufrían el hambre en silencio, sentadas junto a los pedruscos fríos del
hogar, con las faldas esparcidas en torno de ellas como hongos enormes,
taciturnas y dispuestas a morir sin moverse del sitio.
Maltrana, a pesar de la miseria de su propia casa, sentía compasión al
ver las viviendas de estas gentes. Eran tabucos cuyo suelo, de tierra
apisonada, estaba mucho más bajo que la calle. No tenían tabiques, y
cuando el pudor exigía la separación de lechos, salían del apuro
colgando de una cuerda una manta vieja. En el fondo de la casucha, con
la cabeza hundida en cajones que servían de pesebres y las grupas frente
a la puerta, estaban los caballos, las mulas y los burros que
constituían la fortuna de la familia. Los colchones astrosos, apilados
en un rincón, se extendían por la noche junto a las patas traseras de
las bestias, durmiendo la familia y su capital acariciados por el calor
del común estiércol. Unos ladrillos colocados en el centro de la casucha
servían de cocina. No se encendía fuego mas que por la noche. El humo de
la leña llenaba la habitación, saliendo por donde podía buenamente: por
la puerta abierta o las grietas del techo, por no existir el menor
orificio que sirviese de chimenea. Las paredes estaban ennegrecidas por
una capa de hollín que representaba luengos años de atmósfera
asfixiante; las bestias, acostumbradas a esta lenta sofocación,
limitábanse a bufar en sus pesebres. Las mujeres, con los ojos llorosos
por el humo, vigilaban la sartén; los niños de pecho tosían,
apelotonándose contra las maternales ubres, como si buscasen el fresco
de la leche.
Pepe el cobrador alababa las ventajas del continuo ahumamiento.
--Gracias a eso--decía--no mueren como chinches. El humo les limpia, ya
que nunca tocan el agua. ¡Porque cuidado, don Isidro, que son sucios!...
En cambio, en la comida no he visto gente con mayores escrúpulos.
No había que esperar que aceptasen una limosna de alimentos, ni que
aprovecharan las sobras de nadie. Las gitanas, al volver de Madrid,
traían comestibles de las tiendas; viandas crudas para guisarlas en
presencia de la familia. Pasaban días enteros sin comer, con la
tranquilidad de la costumbre, y a pesar del hambre, hacían gestos de
asco al hablar de los traperos, de los mendigos, de todos los payos que
la miseria ponía en contacto con ellos, gente de estómago vil, que se
alimentaba de la bazofia arrojada por los demás y se vestía con sus
despojos.
-Chorar-... ¡todo lo que pudieran! Robaban en Madrid, robaban en los
campos veraniegos cuando salían de excursión a las ferias; pero todo
había de ser nuevo, sin uso alguno. Su traje, aunque remendado y sucio,
era suyo, lo habían hecho para sus cuerpos, y lo preferían, con toda su
astrosidad, a las ropas usadas que fuesen mejores. Su estómago sufría
antes el hambre que la náusea del asco. Cuando llegaba a sus manos un
vestido ajeno, lo vendían a los traperos con aire señorial. En las
noches de abundancia, la familia sentábase en torno de la sartén. La
madre arrojaba los trozos de carne fresca en el aceite chirriante, y
cada uno pinchaba con su navaja, con tanto apresuramiento, que por más
que la mujer echaba y echaba, nunca se veía llena la sartén.
Los jueves reuníanse los hombres en el mercado de bestias, junto a la
Puerta de Toledo. Los que no tenían ganado también iban allá, con la
esperanza de que cayese algo, empuñando una gran vara, como si tuviesen
que arrear a una recua imaginaria. Al primer paleto que se pusiera a
tiro le daban un -emburreo-, un -correate-, nombres con que designaban
las malas artes del «trato».
Después volvían, lamentándose de la decadencia del chalaneo. Había que
esperar las grandes ferias del verano. En el mercado de Madrid apenas se
veían compradores; todos eran gitanos... ¡y cómo iban a engañarse entre
ellos!...
Los más acomodados volvían a meter por las exiguas puertas de las
viviendas todo su ganado: los humildes -guerñís- de largas orejas y
escandaloso rebuzno; el -gras- de trenzadas crines y cola peinada, que
hacían galopar en torno de su látigo maestro, afirmando que el que
montaba el rey no era mejor; la -chorí- y el -choro- (la mula y el
macho), que esperaban vender a buen precio, cuando emprendiesen la
expedición veraniega por Castilla y la Mancha, ofreciendo sus bestias a
los labriegos.
En el resto de la semana permanecían los gitanos en las Cambroneras sin
hacer nada, esperando el regreso de sus hembras, pájaros vivarachos y
parleros que traían en el pico el pan de la familia. Desayunábanse con
una copa de aguardiente o un mendrugo, y aguantaban el hambre durante
todo el día, en plácida vagancia. Jugaban a la barra o a los bolos en el
descampado de las Cambroneras; los más hábiles tañían la guitarra,
alegrando su debilidad con una música melancólica; los que eran
industriosos tendíanse sobre el vientre en la orilla del río, y así
permanecían horas y más horas esperando que algún gorrión quisiera
buenamente dejarse apresar por la red colocada sobre la hierba. Ciertos
viejos de aire magistral batían palmas ante un grupo de diablillos color
de chocolate con pinceles de pelos sobre las orejas, que aprendían a
bailar, moviendo grotescamente los pies y los brazos, agitando su panza
con salvajes contorsiones. Era la vida de tribu: los machos descansando,
por el privilegio de su fuerza, esperando el sustento de las hembras que
iban al bosque, o sea a la inmediata población.
Maltrana, a los pocos días de estancia en las Cambroneras, conocía los
nombres de todos los respetables tunos del hampa gitanesca, bronceados y
ágiles, con el rostro roído por las viruelas. Tenían por apodos el
-Mono-, el -Bastián-, el -Matamoros-, el -Malafolla-, el -Cachuli-, el
-Mochón-, el -Navaco- y otros no menos extraños. Nunca se les veía
borrachos: su bebida favorita era el chocolate.
El único que, con discursos incoherentes y grandes gritos, mostraba su
afición al alcohol era Salguero, que se apodaba a sí mismo
-Salguerillo-, un vejete malicioso, que habitaba treinta y tantos años
la primera casucha del callejón. En invierno fabricaba cestas de
mimbres, ayudado por la vieja que vivía con él; en verano salía a las
ferias para ejercer su oficio de esquilador.
A la caída de la tarde iban llegando las mujeres, cansadas de todo un
día de correteo por Madrid. Los estómagos vacíos estremecíanse al
aproximarse estos mensajeros de la abundancia. Reconocíanlas los gitanos
apenas llegaban a la cuesta de las Cambroneras.
--Por allí vienen la -Buchichi- y la -Pique---decían los que jugaban a
los bolos, avisando a los maridos.
Y tras éstas aparecían la -Clavellina-, la -Cortezona-, la -Pote-, la
-Pelela- y las -Chirrinas-. Estas eran las más guapas, y tenían fama de
hábiles para traer a casa buen botín. Payo que cogían, lo jonjababan en
un momento. Únicamente podía compararse con ellas la -Culo de corcho-,
una gitana obesa, de ojos pequeños como si estuviesen cosidos, y gran
ligereza de manos, que en un santiamén hacía desaparecer bajo sus sayas
todo objeto que podía -chorar-.
Los hombres salían a su encuentro. El portalón de la calle de los
gitanos vomitaba grupos y grupos de sucios chiquillos, que habían pasado
el día cantando a coro, repicando las castañuelas y tomando lecciones de
baile para entretener el hambre.
-¿Qué traes?--preguntaba el gitano a su mujer, estirando los miembros
entumecidos por el descanso, subiéndose la faja con ambas manos y
atusándose las greñas que le tapaban las orejas.
Si la expedición había sido fructuosa, pavoneábase la gitana con
orgullo.
-¡Arza pa alante, esgalichao! ¡Menúo -callardó- vais a mamaros tú y los
-churumbeles-!...
Encendían fuego en su covacha, preparando, ante todo, el chocolate,
dejando para después el guisoteo de la cena. En otras casas se
prescindía por completo de la sartén, no queriendo, después de un día de
hambre, otro alimento que el -callardó-. Era el lujo de la raza, el
nutritivo de los ricos, y toda la familia, puesta en cuclillas en torno
de la hoguera, contemplaba absorta el hervir del puchero lleno de
chocolate.
Si la mujer había juntado un duro con sus trapacerías y rapiñas,
empleaba casi toda la cantidad en tablillas de la preciada pasta. La
familia sorbía con delectación el chocolate líquido, y lo mascaba crudo
como si mascase pan. El amargo perfume esparcíase en las casas
inmediatas, despertando envidias. La chiquillería asomábase con ávidos
ojos, y corría después a dar cuenta a sus madres de este banquete de
reyes:
--Mi -dai-: en casa del -Mochuelo- toman -callardó-. Dicen que han hecho
un buen -chambo-.
Y las madres suspiraban con envidia. ¡Qué suerte la de algunas gentes!
En otras casas sonaban gritos desesperados, estrépito de lucha, golpes
en las paredes. Se abría una puerta, y sacaba su cabeza desmelenada una
mujer con gesto de espanto.
--¡Favó al rey!... ¡Que me mata mi Enrique!... ¡Que me desloma, que me
jase peazos porque no he traío na!
Seguía vociferando con la cabeza fuera de la puerta y el cuerpo dentro
de casa, sin moverse, para que el gitano pudiera apalearla sin gran
molestia. Nadie prestaba atención a estos gritos: era lo de todos los
días. La que vagaba por Madrid, sin traer nada, tenía por segura la
paliza. Era una exigencia de las buenas costumbres, una tradición
venerable: todas ellas habían visto lo mismo en la casa paterna.
Cerrada ya la noche, Pepe el cobrador iba de tabuco en tabuco con su
talonario. En unas casas encontraba al hombre sentado en un rincón, con
aspecto enfurruñado, y a la mujer tendida en el suelo.
--Pasa de largo, Joselillo--gemía la gitana--. Hoy no puedo darte el
real: no he ganado nada. ¡Mira cómo me ha puesto el cuerpo ese bruto!
Y señalaba al marido, que permanecía impasible, con la tranquilidad del
que cumple su deber.
El hogar estaba apagado, y la banda de chiquillos, convencida de que en
casa no encontraría un mendrugo, seguía repicando las castañuelas en la
calle---tra la la la---, pasando y repasando ante las puertas que olían
a chocolate, con la esperanza de alcanzar algunas sopas.
El cobrador, en otros sitios, notaba la precipitación con que la familia
ocultaba su abundancia. El fogón sólo tenía algunas ascuas; los
cacharros, sucios de chocolate, estaban ocultos en el rollo de las
colchonetas. La más vieja de la familia le tendía algunas monedas entre
suspiros de desaliento.
--Toma, Joselillo, una -plañí---decía--. No tenemos más; te debo dos
reales, que te daré mañana. ¡Ay! ¡Estamos muertecitos de jambre!...
Y Joselillo pasaba a otra casa, seguro de la cobranza, pues aunque
aquella gente se retrasase en el pago, acababa siempre por satisfacer
sus deudas. Eran vagabundos que apenas comenzaba el verano hacían la
vida errante de feria en feria, y por esto mismo necesitaban tener su
techo seguro para cuando llegasen los fríos.
Isidro, al salir de su casa por las mañanas, hablaba con Salguero el
esquilador. Este le salía al paso, saludándolo con grandes cortesías.
--Vaya usía con Dios, señor excelentísimo. Ya sabe que -Salguerillo- es
su fiel servidor, aunque sea un pobre -cañi-.
Cuando Isidro podía darle un cigarro, Salguero, satisfecho del obsequio,
le acompañaba cuesta arriba, hasta el paseo de los Ocho Hilos, sin cesar
de hablarle con gitana incoherencia.
El cariz del tiempo era su mayor preocupación. No llovía: las cosas
marchaban mal.
--Pero a usted--preguntaba Maltrana riendo--¿qué le importa que llueva o
no llueva? ¿Dónde están sus campos?
Salguero hacía un mohín de extrañeza. La lluvia era el pan para ellos.
Producía las buenas cosechas, y con abundancia en los campos, los
paletos gastaban mejor su dinero en la compra de caballerías.
--Nosotros vivimos der verano, don Isidro. Si no juese por las ferias,
moriríamos como las ratas. Yo esquilo, y los camarás que tien
caballerías las venden. En invierno, el pasto es muy caro. Esos
probesitos que usted ve no comen muchas veses pa que el ganao, que es su
fortuna, no caresca de pienso... En verano, si la cosecha es buena, el
paleto es generoso y no le importa darnos paja y cebá cuando vamos de
paso.
Hablaba Salguero con entusiasmo de las ferias veraniegas, grandes
mercados de bestias que daban vida para el resto del año a la gitanería
vagabunda. El las conocía todas; iba a ellas montado en un borrico, con
las tijeras en la faja. En las Cambroneras no quedaban mas que su vieja
y algunas otras mujeres que eran viudas. Hasta las gitanas de prole más
numerosa emprendían la marcha detrás de la recua, seguidas de todos sus
chiquillos. Mientras los hombres hacían sus trampas en el campo de la
feria, ellas corrían las casas echando las cartas, diciendo la
buenaventura, ofreciéndose las más viejas a curar las enfermedades con
remedios misteriosos, transmitidos de madres a hijas desde la más remota
antigüedad.
Las dos primeras ferias eran en San Juan: las de Segovia y Avila. Luego
venía la famosa de Alcalá, en el mes de Agosto. En Septiembre se
verificaban las de Illescas, Aranjuez, Ocaña, Mora, Quintanar y
Belmonte. Y en Octubre eran las últimas: las de Consuegra, Talavera y
Torija. Días antes de establecerse Maltrana en las Cambroneras, habían
llegado todos los vecinos de regreso de estas últimas ferias, dando por
terminada la buena época del «trato».
Salguero se entusiasmaba recordando estas grandes aglomeraciones de
bestias necesitadas de esquileo, los encuentros de las familias gitanas
procedentes de los más lejanos extremos de la Península. Todas estaban
unidas por el parentesco después de luengos siglos de casamientos, sin
rebasar los límites de la raza, y sólo se veían una vez al año, al
encontrarse en las ferias, volviendo después a emprender su regreso por
distintos caminos, en busca del retiro invernal.
Maltrana se enteraba por el esquilador de la interesante geografía de
los gitanos. Toledo era -Toledate-, y Córdoba, -Cordobate-. Una
población era un -Gao-. A Valladolid le llamaban el -Gao baró-, el
«pueblo grande»; a Sevilla, el -Gao de silla-; a Valencia, el -Gao de
los marrulles-; y a toda Galicia, el -Gao de los malalos-. Madrid era,
los -Foros-.
--Son una gloria, don Isidro, las tales ferias. A cada instante hay un
-chambo- y se vende una caballería; no es como aquí, que pasan los
jueves en la Puerta de Toledo sin que se cambie una mala burra. Y yo,
cuando no esquilo en las ferias, sirvo de arreglaor, y como tengo labia,
doy mi empujoncito para que el compare venda su género, y después hay
alboroque y se bebe el buen vaso de -mor- y la rica copa de -pañaló-.
Usía no sabrá lo que es eso. ¡Que ha de saber, si con tantos libros que
ha leído no -pena- ni tanto así de caló!... Pues es el vino y el
aguardiente; y cuando oiga que mis compares dicen que estoy -molaló-, es
que creen que estoy borracho; pero no hay tal cosa: un poco de alegría y
na más.
La presencia de Maltrana y Feli en este barrio, donde no existían otros
payos que los mendigos y los quincalleros de las ferias, causó cierta
emoción en la gitanería. Vivía la pareja fuera del callejón, en los
altos de una casucha aislada, cuyo piso bajo estaba ocupado por una
tienda de comestibles.
Feli, en los primeros días, había sentido gran repugnancia por su nuevo
alojamiento. Le daba miedo ver tanto gitano; le inspiraban inquietud
estos hombres de color de bronce y mirada aviesa, como bandidos de
carretera. Temía a las mujeres viéndolas de lejos vociferar y amenazarse
en un lenguaje extraño, del que sólo entendía algunas palabras. Vivían
pacíficamente; pero ella sentía la inquietud de la mujer europea que se
ve trasladada a una población de África, entre gentes que parecen
sumisas, pero que pueden sentir de pronto la hostilidad de la raza.
Isidro se reía de sus preocupaciones. ¿Dónde mejor que allí? Era cierto
que el río olía mal, pero ya se habituarían a este hedor de los residuos
de la villa. En cambio, oían a los pájaros, contemplaban campo y cielo
al abrir sus ventanas, no tropezaba su vista con una sucia pared a unos
cuantos metros de distancia, que los robaba el aire y el azul del
espacio.
Isidro, con su imaginación, embellecía el barrio. Un siglo antes, era
aquella parte la más hermosa de Madrid. ¿Veía Feli las praderas al otro
lado del río? Pues allí bailaban los chisperos y manolas pintados por
Goya; por allí paseaban el gran pintor y las duquesitas hermosas que se
hacían retratar desnudas. Aquellos sotillos habían presenciado el
período más amable y pastoril de nuestra historia.
--Piensa, Feli--añadía el joven--, que por real y medio vivimos como
unos señores en plena campiña, y además, el pago es diario: una
verdadera comodidad.
La joven, viendo a todas horas a estas gentes de aspecto terrorífico y
costumbres pacíficas, ya no las tuvo miedo. Las mujeres, por su parte,
en fuerza de contemplarla junto a la ventana trabajando en los corsés,
acabaron por sentir admiración. Su laboriosidad inspiraba gran respeto a
estas hembras vagabundas, cuyas faenas domésticas consistían en encender
el fuego y dejar que la familia se tragase la cena medio cruda.
Además, habían llegado a la gente gitana vagas noticias de que Isidro
era un hombre de pluma, que aunque estaba en la desgracia podía salir de
ella; y esto bastaba para que les inspirase tanto respeto como el juez,
los escribanos y todos los señores graves que también escriben y envían
un pobre a presidio apenas desaparece la más insignificante caballería.
Algunas viejas con negras sayas de viuda detenían a Maltrana para
hablarle de sus hijos, que estaban en Melilla o en Ceuta.
--Por na, señor--gimoteaban--. Un acaloramiento. Llevaban la -churí- en
la faja, y al faltarles, pues... pincharon. Su mersé debe tener buenas
influencias... Vea de sarcarles un indulto, o que los pasen a un
presidio mejor.
Estas gentes de viva imaginación, que vivían en perpetuo embuste, habían
creado una leyenda halagadora en torno de aquella señorita tan buena,
tan laboriosa, que permanecía horas enteras tras los vidrios, con los
ojos bajos, lo mismo que una virgencita en su altar. Los grupos de
gitanillas haraposas, en sus pasacalles por el barrio, acompañadas del
repiqueteo de los palillos, deteníanse al pie de la ventana y cantaban a
la que era por antonomasia «la señorita». Feli veía el grupo de
cabecitas greñudas con ojos de brasa y tez de cobre, las bocas abiertas
por el canto, mostrando sus paladares de un rosa obscuro y los agudos
dientes de nítida limpidez. La joven saludábalas con dulce sonrisa, y
todas ellas prorrumpían en formidable griterío.
--¡Danos argo, señorita!... ¡Échanos manque sea un beso, resalá!
Y hablaban entre ellas de lo que habían oído a sus madres. La «señorita»
era hija de un personaje muy rico, de un marqués o algo semejante; pero
como no la dejaba casarse con don Isidro, había huido con él, y los dos
pasaban -jambre-, y ella trabajaba para su hombre, como lo hacen todas
las mujeres -honrás-; lo mismo que si fuese una buena gitana.
Esta laboriosidad por mantener al macho y las novelas que circulaban
sobre su alto origen atraían con curioseo irresistible a las hembras de
las Cambroneras.
La primera en introducirse en la casa fue la Teodora, la vieja de mayor
prestigio del barrio: un dechado de sabiduría, respetada hasta por los
hombres. Era viuda; iba vestida de luto, con gitanesca exageración, pues
hasta por encima del cruce del pañuelo se veía el borde de su camisa de
percalina negra.
Sin marido que le ganase, ni otra fortuna aparente que tres caballerías
de un hijo suyo, era la hembra de más dinero de las Cambroneras, y su
casa la mejor. Tenía en ella unas cuantas silletas para sentarse y las
hollinadas paredes adornábalas con papel recortado del que se emplea en
los vasares de las cocinas, formando multicolores tapices, que daban a
su tabuco un sabor oriental, en armonía con la cara obscura de los
habitantes.
La Teodora era la mujer más sabia de su raza. Servía de médico a los
hombres, de comadrona a las mujeres y de -castañeadora- a las mocitas
que iban a casarse. No había virginidad gitana que no pasase por sus
manos antes del matrimonio, para que certificara su integridad. Los
payos del barrio la llamaban con sorna «la madre de las vírgenes».
Se introdujo en la casa de Isidro con pretexto del embarazo de Feli.
Ella sabía más de esto que todos los médicos juntos; y después de mirar
largamente el abultado abdomen, contrayendo los ojos y sacando los
arrugados labios en forma de trompeta, dijo con certeza:
--Va a ser una -churumbela- más grasiosa y requetesalá que su propia
mare. Dende aquí la veo.
Halagada por los elogios disparatados de la vieja y sus extraordinarios
relatos de las costumbres gitanescas, Feli la veía llegar con agrado
todas las tardes. Algunas veces venía acompañada de otras mujeres y
hacía gala de su gran amistad con «la señorita».
Feli se fijaba en la hija de Teodora, una joven de catorce años, casi
una niña, toscamente vestida de luto y con un aire de resignada
tristeza, como si fuese una monja obligada a vivir en el mundo.
--Es viuda, señorita--decía la vieja--. Se le murió el marío a los dos
años de vivir juntos... Ya no podrá casarse nunca: lo prohíbe nuestra
ley. La mujé no debe tener mas que un marío. Los hombres pueden casarse
asín que pasa el luto: pa eso son hombres; las hembras, no. Mírela usted
a la probesita. Tan joven, y pasa la vida acordándose de su difunto. Se
acabaron pa ella las fiestas, las bodas y los saraos. Cuando murió el
marío, hizo que la cortasen el pelo con navaja, na de tijeras, tal como
es ley entre nosotros; se echó un capisayo por la cabeza, y a llorar.
Duerme en sábanas negras, calza zapatos de gallego, sólo viste paño del
peor, y cuando hay fiesta en casa se va a la de una vecina, huyendo de
ruidos. ¡Ay, la -Merivén-! ¡Qué mardita bestia! ¡Y qué de tristezas
trae!...
Y al nombrar a la Muerte, a la terrible -Merivén-, hacía grotescos
ademanes de espanto, como si la tuviese delante y quisiera apartarla con
las manos.
Feli se fijaba otras veces en una jovencita de rojas peinetas en el
pelo, hueca falda de flores con largos volantes y un sinnúmero de
collares verdes, azules y rosa. Era casi una niña; la pubertad apenas
había hinchado la tapa de su pecho con los capullos femeniles; sus ropas
huecas, sonando con escandaloso fru-fru, denunciaban una delgadez de
escuerzo femenino.
--Y esta mocita--preguntó Feli--, ¿cuándo se casa?...
--¡Anda!--exclamó la vieja con impúdica risa--. ¡Pues si ahí donde usted
la ve, está más abierta que la puerta de la Macarena!... Es la mujé de
mi hijo Rafaé, al que yaman el -Boto-... Tiene trece años; pero más
mocita me casé yo con mi difunto... a los once.
Y la Teodora relataba a Feli los incidentes de un casamiento, el acto
más importante de la vida gitanesca. Los jóvenes de veinte años ponían
sus ojos en alguna mocita que sólo contaba doce o trece. Las mujeres,
después de esta edad, no tenían valor alguno. El enamorado buscaba el
apoyo de alguna hembra de respeto por sus años. En las Cambroneras
siempre era Teodora la escogida. «Señá Teodora: yo quiero a la Fulana,
pero con buen fin.» La vieja, satisfecha de que pusiera en ella su
confianza, iba en busca de la mocita. «Fulanito quiere ser tu -buñó-,
pero con formaliá, pa casarse en seguía.» Y la virgen gitana, bajando la
cabeza, daba su contestación. «Puesto que no me quiere pa engañarme y
perderme, y ya que una mujé de tanto respeto saca la cara por él...
bueno, seré su buñí.» Se veían a espaldas de los padres, lejos del
barrio; pasaban horas enteras solos, en completa libertad, pero no había
cuidado de que un buen gitano osase cosas mayores.
Cuando el -buñó- se creía en situación para sostener una casa y contaba
con un compadre que se prestase a ser padrino, corriendo con todo el
gasto de la boda, robaba a la -buñí-, llevándosela a la casa de sus
padres. ¡Gran escándalo en el barrio! El -bato- de la novia salía a la
calle gritando que iba a matar a su hija. Todos los amigos, compadres y
vecinos, le agarraban para que no realizase su venganza paternal.
Juraba, ponía los ojos en blanco, pedía una -pusca- de dos cañones bien
cargada de plomo para matar a los fugitivos, una -churí- afilada para
cortarles el cuello, y no se movía del sitio, a pesar de que los amigos
apenas si le sujetaban, limitándose a dictarle prudentes consejos, como
era costumbre.
--¿Qué vas a jaser, compare? Son cosas de la vida... Lo mesmo hisimos
nosotros cuando éramos chavales.
El padre acababa por meterse en casa, y como en algo tenía que demostrar
su indignación, la costumbre era que diese a su mujer una paliza de
muerte.
A los dos días se presentaba el gitanillo raptor ante el padre de la
novia, con su chaqueta de terciopelo granate y el pavero blanco de los
días de fiesta. Se arrodillaba compungido, se apoderaba de una de sus
manazas, la besaba, y gemía después:
--Su mersé es el cuchillo, y yo, probesito de mí, soy la carne. Corte su
mersé por donde quiera.
Estas palabras, repetidas durante siglos, conmovían al gitano viejo y
hacían que se le saltasen las lágrimas, como si las escuchase por
primera vez. Levantaba al chaval, le echaba los brazos al cuello, y
decía conmovido:
--A ti te perdono porque te quiero, porque no tienes culpa de na... Pero
ella, que no venga, porque la mato.
Pocos días después presentábase la muchacha escoltada por la Teodora y
otras respetables brujas de las Cambroneras.
--¡Aquí ties a tu chica!--gritaban desde la puerta--. ¡Vamos a ver si la
pegas, peazo de bruto!
El gitano rodaba los ojos, levantaba los brazos como si fuese a aplastar
a la chavalilla, caída a sus pies con las manos juntas y el rostro
compungido, y de repente rompía a llorar.
--¡Mi hija!... ¡-grañí- de mis entrañas! ¡Qué disgusto nos has dao!
La abrazaba, dándola ruidosos besos, y su pobre mujer no lloraba menos,
pero era de gozo, viendo terminado por el momento el período de las
palizas.
La muchacha volvíase a la casa del novio, y allí permanecía hasta la
boda, que tardaba seis, ocho o diez meses, mientras los padres reunían
dinero para la costosa ceremonia.
Feli sentía curiosidad por conocer un matrimonio entre gitanos. Había
oído cosas estupendas.
--Cogemos un cántaro--dijo riendo una compañera de la Teodora--, lo
echamos por alto, se rompe, y ya están casados.
--¡Gaya, malage!...--exclamó la vieja--. No le tomes er pelo a la
señorita. Eso del cántaro no es verdad: es -jonjaba- que les damos a los
payos; mentiras que se tragan, ansí como creen los marditos que robamos
a los -churumbeles- para sacarles las mantecas. No hay cántaro ni na que
se le parezca. Algunos, hasta se casan por Roma... Esta, por ejemplo.
Y señalaba a su nuera, riendo maliciosamente al recordar los grandes
regalos de la boda. Unas señoras ricas que iban a explicar la Doctrina a
una iglesia cercana habían sentido simpatía por aquella muchacha tan
guapa y apuesta, mostrando empeño en casarla católicamente.
La vieja habló con ellas, alegando el obstáculo insuperable de la
pobreza. Los gitanos eran buenos creyentes y no tenían miedo a entrar en
la -Cangrí-, o sea en la iglesia. ¡Pero los -erajais- (nombre que daban
a los curas) hacen pagar tanto por su trabajo!... Las devotas señoras,
conquistadas por la cháchara de la Teodora, corrieron con todo. Al novio
le hicieron un traje completo, con capa de rico paño, y a la novia la
pusieron hermosa como una Virgen. Encima les dieron cien duros y
compraron el dulce por arrobas para que se hartasen todos en las
Cambroneras.
-¡Qué boda, señorita!... ¡El parné que sortaron esas santas!... La
-Cangrí- estaba toíta yena de luces; a mis nenes les echaron por la
cabeza una manta dorá, y un -erajai- muy hablador comenzó a dar voces,
como si nunca hubiese visto gitanos casándose por Roma; como si juésemos
caribes, de los que no creen en Dios... A luego se tiró el durce en las
Cambroneras como si lloviese del cielo: los -manrelaos- caían como
granizo... Y cuando las señoras se -najaron- y quedamos solos, casamos a
los chavales a nuestro uso, conforme a la ley gitana.
La Teodora, antes de hablar de esta ley y sus prácticas, miraba en torno
con recelo. Todas eran casadas o viudas; no había ninguna mocita: podía
hablar sin miedo.
El principal personaje de las bodas era ella, la señora Teodora, alias
la -Catañeta-, la encargada de -catañear- a la moza. Un día antes de la
ceremonia iba a Madrid, acompañada de las más viejas del barrio, todas
con grandes cestas para los dulces. Los compraban por arrobas,
especialmente los -mantejos- (las almendras o peladillas), que era el
principal regalo de los gitanos. Había que adquirir, además, la corona
de llores para la novia, la banda de raso que le cruzaba el pecho, y el
pañuelo, el famoso pañuelo, objeto principal de la ceremonia.
--Compradlo de lo mejor--decía el padrino, que cargaba con todo el
gasto--. Que no os duela; que sea de nipis, de lo más rico; la Teodora
entiende de estas cosas.
Al día siguiente, la novia se presentaba hecha una beldad, en enaguas y
chambra, la banda de raso rojo cruzándole el pecho, la cabellera suelta,
y una corona de flores de trapo, alta como un morrión. Los convidados se
quedaban a la puerta de la casa, y avanzaba la Teodora con el rico
pañizuelo en la mano, grave y cejijunta como una sacerdotisa. Entraban
con ella los padres de los novios, los individuos más ancianos de las
dos familias, y luego de cerrada la puerta, tendíase la muchacha en una
colchoneta, con su corona y su banda. La Teodora, sin dejarse ganar por
la emoción de los presentes, tranquila y segura de su pericia,
introducía por entre la hojarasca de las enaguas su mano envuelta en el
pañuelo, buceando durante mucho rato en este oleaje de tela almidonada.
La virgen permanecía inmóvil, con los ojos entornados, sin un gesto,
coloreándose ligeramente por el dolor y las cosquillas.
Volvía a salir a luz el pañuelo, y todos lo miraban. ¡Las tres flores
blancas! ¡La señal de la virginidad! Podía celebrarse la boda.
Y al abrirse de nuevo la puerta y mostrar la vieja el pañuelo, entraba
la genio en tropel, vociferando de alegría, saludando a la desposada con
ruidosos aspavientos:
--¡Viva lo bueno!... ¡Viva la honra! ¡Olé por el mérito! ¡Vamos a
juntarlos!
El padrino cogía una cesta llena de peladillas y la arrojaba de golpe
sobre la novia. Esta, tendida en el colchón, recibía sin pestañear la
rociada. Luego los padres la saludaban con otra lluvia de almendras, y
tras ellos los viejos de más consideración y todos los convidados, hasta
los mozuelos más insignificantes. La novia desaparecía bajo la granizada
de azúcar: sólo se veía su cabeza con el morrión de flores, haciendo
esfuerzos por librarse del pedrisco, mientras el resto del cuerpo
quedaba inmovilizado bajo la dulce avalancha.
--¡Vamos a juntarlos!--gritaba la gente--. ¡Música, música!
Rompían las guitarras en melancólico rasgueo, daba el novio su mano a la
novia para que se levantase entre el crujir de las almendras aplastadas
por sus pies, y comenzaban a bailar, colocando ella su corona sobre la
cabeza del marido. Así pasaban la noche, devorando dulces, arrojándolos
contra las paredes, sorbiéndose por docenas las tazas de chocolate,
hasta que al amanecer se iban a dormir, ahítos de azúcar y soconusco.
Todos los gitanos bailaban con la desposada, calándose su floreado
morrión. Al día siguiente, las madres de los novios hacían platos con
los dulces esparcidos en la cama y los enviaban a las solteras del
barrio con una flor de la corona. El novio montaba en un caballo,
llevando la hembra a la grupa; todos los chavales, jinetes en sus
mejores bestias, les daban escolta, llevando también a ancas las mozas
del barrio, y la vistosa cabalgata partía al trote por los campos, como
si esta ceremonia fuese una iniciación del matrimonio en la vida
andariega de la raza.
--Y aún pasan días--continuaba la Teodora--antes de que los novios se
junten de verdad. Mientras están con los padres, tienen vergüenza y
duermen separados. Sólo cuando ponen su casa se deciden a acostarse
juntos.
Las famosas flores blancas asombraban a Feli, haciéndola seguir con
atención las indicaciones de la -Catañeta-. Eran a modo de clara de
huevo. ¡Ay de la que no las soltaba en aquel registro, que tenía la
solemnidad de una ceremonia religiosa! Cuando el pañuelo surgía sin
ellas o con manchas de sangre, un griterío de muerte estallaba contra la
impura. Era la demostración de su falta de virginidad. Arrojábanse sobre
ella las mujeres, arrancándole la corona, tirando de sus pendientes
hasta rasgarle las orejas, haciendo trizas sus blancas vestiduras. Al
abrirse la puerta, salía como una bestia acosada entre la rechifla de
los hombres, los arañazos de las mozas y las pedradas de los chicuelos,
para refugiarse en casa de su padre. Este era inflexible. Le cortaba con
su navaja la cabellera y le daba por vestidos unos sacos, arrojándola en
el rincón más obscuro, y allí permanecía sin que nadie le hablase,
volviendo la espalda a la gente, temblando al oír una voz, hasta que,
cansada de esta vida de abandono, si quedaba en ella un resto de
voluntad, huía para perderse en los caminos.
Escuchaba Feli con asombro el relato de estas costumbres primitivas que
se desarrollaban a las puertas de una gran ciudad.
Cuando volvía Isidro, repetíale estos relatos, y el joven, al
escucharla, lanzaba miradas de extrañeza al puente vecino, por donde
pasaban coches, carretas y peatones, todo el tráfago de un gran núcleo
de población; a los inmediatos desmontes, con sus faroles de gas; al
tranvía eléctrico que bajaba por el paseo de los Ocho Hilos expeliendo
chispas verdes y azules de sus ruedas. Sólo unos cuantos metros
separaban la vida moderna que circulaba por lo alto de aquella
hondonada, donde aún subsistían las tradiciones de la existencia nómada,
la barbarie de una raza errante insensible a todo progreso. Las dos
vidas rozábanse diariamente, pero se ignoraban, se desconocían, sin que
los de abajo, en su aislamiento, sintiesen la más leve influencia de los
de arriba.
Sulfurábase Teodora al oír que «la señorita» ponía en duda su ciencia.
Si -catañeaban- otras; era posible una equivocación... ¡pero ella! No
había mas que una Teodora en toda la Península. Allá en -Cordobate-
existía otra gitana de su arte, pero todos declaraban su inferioridad.
Con la Teodora no valían engaños: la gitanería tenía fe ciega en sus
manipulaciones; por eso no llevaba menos de ocho duros por el -catañeo-,
y el que no los tuviera que no se casase. La llamaban los gitanos de
toda España para sus bodas, gente rica que, además de pagarle bien,
cargaba con todos los gastos del viaje. Había estado en los -gaos- más
famosos por sus aglomeraciones de gentes de la raza; había corrido
Andalucía, conocía Murcia, y hablaba de sus viajes a Valladolid y
Rioseco. Nadie dudaba de su ciencia.
--Rara vez--decía--fartan las flores blancas. Las probesitas gitanas son
jembras decentes. Ya quisieran muchas de las payas que van por las
calles del -Gao de los Foros- asemejarse a nosotras.
Al volver Maltrana a casa, antes de cerrar la noche, caía algunas veces
en medio de esta tertulia.
La vieja, al verle, le saludaba con grandes aspavientos, como si fuese
ella la dueña de la casa.
--Pase adelante, Pare Santo... Entre su mersé, bigotillo de gobernaor...
¡Qué honra pa nosotras el verle!... Aquí estamos haciéndole compañía a
este pimpollo de Abril, que lleva en su tripa bonita una -churumbela-
como er mesmo Niño Dios.
Y hablaba de la criatura que había de nacer con tanta seguridad como si
la viese, detallando sus prendas físicas: cómo tenía el pelo y cómo los
ojos; en qué se parecía a la madre y qué iba a sacar del padre.
Maltrana escuchaba con mal disimulada impaciencia la charla de la vieja.
Las contrariedades de su vida, cada vez mayores, irritaban su carácter,
haciéndole insufrible el parloteo de la bruja.
La Teodora, a la caída de la tarde, miraba a la ventana, indicando a su
nuera que se asomase.
---Sicobelate a la parlacha- y veas si tu marío está por ahí.
El gitanillo esperaba a su madre y a su mujer, pensando en la cena, sin
atreverse a subir a casa de don Isidro, y apenas veía a su cónyuge,
gritaba con mal humor:
---Chalate al quer- (vamos a casa).
Se iban las gitanas, pero al verse solo Maltrana con Feli, aumentaba su
tristeza, como si viese con más claridad lo pavoroso de su situación.
Ya había llegado la época tan esperada por él. Comenzaba el frío;
volvían a Madrid, terminado su veraneo, los que podían proporcionarle
trabajo, y sin embargo, su situación no mejoraba.
Apenas tuvo noticia de la llegada del marqués de Jiménez, corrió a
visitar al grave personaje, para incitarle a que escribiese otro libro.
¡Terrible acogida!
--¡Contento me tiene!--dijo el senador frunciendo el entrecejo--. ¡En
seguida voy a colaborar otra vez con usted! La juventud es indiscreta.
Y siguió lamentándose, como lastimado por su excesiva confianza en un
ser inferior.
Había sido, durante el verano, objeto de la risa de todos los amigos.
¡Lo que se habían burlado en San Sebastián los de la tertulia del
jefe!... Decían a gritos que el libro no era suyo; que se lo había
escrito un joven a cambio de unas pesetas, y que este joven se divertía
a su costa citando autores fantásticos, copiando párrafos de libros que
no existían.
--De eso último no hago caso--dijo el marqués con magnanimidad de hombre
justo--. A cada cual lo suyo. El libro está muy bien; lo que en él se
dice es pura verdad, ¡si lo sabré yo!... y lo de los autores falsos y
los libros inventados, todo envidia, envidia nada más... A mí lo que me
molesta no es esto, sino que digan que el libro no es mío, que me pongan
en ridículo ante el jefe, que, como usted sabe, me honró con un
prólogo... Y de esto, toda la culpa es de usted, que no ha guardado
prudencia, que ha hablado con el aturdimiento de la juventud y me ha
puesto en ridículo, sí señor, en un ridículo que hace gran daño a mi
carrera política.
Maltrana, anonadado por la cólera del personaje, intentó defenderse. No
había hablado de la paternidad del libro: y era verdad. Tal vez sus
enemigos se enterarían de que era él quien iba a la imprenta para
corregir la obra; tal vez la indiscreción viniese de otro lado... pero
él lo juraba: nada había dicho.
En cuanto a la fidelidad de las citas, su conciencia no le dejó
defenderse con igual energía. Balbuceaba al formular sus excusas. Bien
pudiera ser que hubiese equivocado el nombre de algún autor, que hubiera
atribuido a unos lo de otros... Pero el marqués le interrumpió
enérgicamente:
--No; repito que el libro está muy bien. ¡Si lo sabré yo! Son
innecesarias las explicaciones... Lo que a mí me molesta es lo otro: que
digan que el libro no es mío; que supongan a un hombre de mi altura
capaz de adornarse con plumas ajenas.
Decía esto con un tono amargo, con la misma expresión con que anonadaba
a los gobiernos en el Senado por su falta de protección a los trigos; y
Maltrana acabó por indignarse también contra los maldicientes que
suponían al marqués de Jiménez incapaz de escribir un volumen.
Isidro salió de allí sin recibir dinero ni un nuevo encargo. Además,
comprendió que el senador le cerraba su puerta para siempre. Después de
tales murmuraciones, el mejor medio de demostrar que Maltrana no le
había prestado ayuda era prescindir en absoluto de su trato. Bien se lo
dio a entender al joven con la frialdad de su gesto de despedida, con la
blandura de su mano y los consejos que le dio.
--Más discreción, joven. Para hacer carrera, hay que ser prudente. La
vida no es un juego; no hay que soñar, joven amigo.
Maltrana volvió desesperado a su tugurio de las Cambroneras.
Entraba todos los días en Madrid persiguiendo una esperanza, pero ésta
revoloteaba ante él sin dejarse alcanzar. Visitaba a sus amigos de las
redacciones, preguntando con avidez cuándo podría meter la cabeza en
alguna de ellas; se ofrecía a los administradores para pegar fajas y
hacer paquetes. Contentábase con cualquier cosa; lo importante era
conseguir, fuese como fuese, un par de pesetas todos los días. Hasta
buscó recomendaciones para algunos concejales, pidiéndoles un puesto
cualquiera en las dependencias del Ayuntamiento.
Apenas llevaba paquetes a la fábrica de corsés cercana a la Puerta del
Sol. Hacía dos semanas que Feli tenía en casa la misma docena, sin poder
terminarla.
Estaba enferma, muy enferma. Maltrana seguía con inquietud los progresos
de su mal. Quejábase de fuertes dolores de cabeza; perdía de pronto la
vista, hablaba con incoherencia, insultando unas veces a Isidro sin
saber por qué, y abrazándose otras a su cuello para pedirle perdón, con
gran raudal de lágrimas.
El invierno se anunciaba con una frialdad aterradora. Todas las mañanas
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