las gentes bajas, como si fuesen sus iguales. Jaleaba a la pareja de
bailadores, sin el menor asomo de celos; él, que se sentía capaz de
sacar su navaja apenas se fijaba alguien en María de la Luz. Únicamente
sentía un poco de envidia, por no poder bailar con el garbo de su amo.
Ocupada su vida en la conquista del pan, no había tenido tiempo para
aprender tales finuras. Sólo sabía cantar, pero de un modo áspero y
salvaje, como le habían enseñado los compañeros de contrabando, cuando
marchaban en sus jacas, tumbados sobre los fardos, atronando con coplas
la soledad de las gargantas de la sierra.
Don Luis reinaba sobre la viña como si fuese el dueño. El poderoso don
Pablo estaba ausente. Veraneaba con su familia en las costas del Norte,
aprovechando el viaje para visitar Loyola y Deusto, los centros de
santidad y sabiduría de sus buenos consejeros. El calavera, para
demostrarle una vez más que era hombre serio y de provecho, le escribía
largas cartas, mencionando sus visitas a Marchamalo, la vigilancia que
ejercía sobre la vendimia y el buen resultado de ésta.
Realmente se interesaba por el curso de la recolección. La acometividad
que sentía contra los trabajadores, su deseo de vencer a los de la
huelga, le hacían ser laborioso y tenaz. Acabó por establecerse
definitivamente en la torre de Marchamalo, jurando que no se movería de
allí hasta que terminase la vendimia.
--Esto marcha--decía al capataz guiñando los ojos con malicia.--Se van a
roer esos bandidos viendo que con las mujeres y unos cuantos
trabajadores honrados, acabamos el trabajo sin necesitar de ellos. A la
noche, baile y juerga decente, señor Fermín. Para que se enteren y
rabien esos forajidos.
Y así llevaba adelante la vendimia, entre músicas, algazara y vino del
mejor, repartido generosamente.
Por las noches, la casa de los lagares, que tenía algo de conventual por
su silencio y su disciplina cuando estaba presente don Pablo Dupont,
entraba en plena fiesta hasta una hora avanzada de la noche.
Los jornaleros olvidaban su sueño para beber el vino señorial,
pródigamente repartido. Las muchachas, habituadas a la miseria de las
gañanías, abrían los ojos con asombro, como si viesen realizada la
abundancia de los cuentos maravillosos oídos en las veladas. La cena era
digna de señores. Don Luis pagaba espléndidamente.
--A ver, señor Fermín: que traigan carne de Jerez; que coman todas esas
muchachas hasta que revienten; que beban, que se emborrachen: yo corro
con el gasto. Quiero que vean esos canallas cómo tratamos a los
trabajadores que son buenos y sumisos.
Y encarándose con el rebaño agradecido, decía modestamente:
--Cuando veáis a los de la huelga, decidles cómo tratan los Dupont a sus
trabajadores. La verdad: sólo la verdad.
Durante el día, cuando el sol caldeaba la tierra inflamando las
blancuzcas pendientes de Marchamalo, Luis dormitaba bajo las arcadas de
la casa, con una botella junto a él, destilando frescura, y tendiendo de
vez en cuando su cigarro al -Chivo- para que lo encendiese.
Encontraba un placer nuevo ejerciendo de amo de la inmensa finca; creía
de buena fe desempeñar una gran función social contemplando desde su
sombreado retiro el trabajo de tanta gente, encorvada y jadeante bajo la
lluvia de fuego del sol.
Las muchachas extendíanse por las pendientes, con sus faldas de
colores, como un rebaño de ovejas azules y sonrosadas. Los hombres, en
camisa y calzoncillos, avanzaban a gatas como corderos blancos. Iban de
unas cepas a otras, arrastrando el vientre sobre la tierra caldeada. Los
sarmientos esparcían sus pámpanos rojizos y verdes a ras del suelo, y
las uvas descansaban en la caliza, que las comunicaba hasta el último
instante su generoso calor.
Otras muchachas subían cuesta arriba las grandes cestas de racimos
cortados para depositarlos en los lagares, y pasaban en continuo rosario
ante el señorito, que, tumbado en el sofá de enea, sonreía
protectoramente pensando en la hermosura del trabajo, y en la
perversidad de la canalla, que pretendía trastornar un mundo tan
sabiamente organizado.
Algunas veces, aburrido de su silencio, llamaba al capataz que iba de
una colina a otra vigilando el trabajo.
El señor Fermín poníase en cuclillas ante él, y hablaban de la huelga,
de las noticias que llegaban de Jerez. El capataz no ocultaba su
pesimismo. La resistencia de los trabajadores era cada vez mayor.
--Es mucha la jambre, señorito--decía con la convicción de la gente
rústica, que aprecia el estómago como el impulsor de todas las acciones.
--Y quien dice jambre, dice desorden, palos y bronca. Va a correr
sangre, y en el presidio le preparan el puesto a más de uno... Milagro
será que no acabe esto levantando catafalcos el carpintero, en la plaza
de la Cárcel.
El viejo parecía oler la catástrofe; pero la veía llegar con una
tranquilidad egoísta, ya que los dos hombres que poseían sus afectos,
estaban lejos.
Su hijo había ido a Málaga, por encargo de su principal, para
intervenir, como hombre de confianza, en cierta quiebra, y allá
permanecía ocupado en repasar cuentas y discutir con los otros
acreedores. ¡Ojalá no volviese en un año! El señor Fermín temía que al
regresar a Jerez se comprometiese en favor de los huelguistas, impulsado
por las enseñanzas de su maestro Salvatierra, que le arrastraban al lado
de los humildes y los rebeldes. En cuanto a don Fernando, hacía muchos
días que había salido de Jerez custodiado por la guardia civil.
Al iniciarse la huelga, los ricos le habían hecho saber indirectamente
la conveniencia de que saliese cuanto antes de la provincia de Cádiz.
El, sólo él, era el responsable de lo que ocurría. Su presencia
soliviantaba a la gente trabajadora, haciéndola tan audaz y revoltosa
como en tiempos de -La Mano Negra-. Los principales agitadores de las
asociaciones obreras, que veneraban al revolucionario, le habían rogado
que huyese, temiendo por su vida. Las indicaciones de los poderosos,
equivalían a una amenaza de muerte. Acostumbrados los trabajadores a la
represión y la violencia, temblaban por Salvatierra. Tal vez le matasen
una noche en cualquier calle, sin que la justicia encontrase jamás al
autor. Era posible que la autoridad, aprovechando las largas excursiones
de Salvatierra por el campo, lo sometiese a mortales tormentos o lo
-suprimiera- de una paliza en despoblado, como lo había hecho con otros
más humildes.
Pero don Fernando contestaba a estos consejos con tenaces negativas.
Allí estaba por su voluntad y allí se quedaba... Por fin, las
autoridades habían exhumado uno de los muchos procesos que tenía
pendientes por sus propagandas de rebelde social, y un juez le llamó a
Madrid, emprendiendo don Fernando el viaje a viva fuerza, acompañado de
la guardia civil, como si su destino fuese viajar siempre entre una
pareja de fusiles.
El señor Fermín se alegraba de esta solución. ¡Que le tuviesen
entretenido mucho tiempo! ¡Que no volviese en un año! Conocía a
Salvatierra, y estaba seguro de que, permaneciendo en Jerez, no tardaría
mucho en estallar la insurrección de los hambrientos, seguida de una
represión cruel y del presidio para don Fernando, tal vez por toda su
vida.
--Esto acabará con sangre, señorito--continuaba el capataz.--Hasta ahora
sólo chillan los de las viñas, pero piense su mercé que este es el peor
mes del año para la gente de los cortijos. La trilla ha acabao en todas
partes, y hasta que empiece la sementera, hay miles y miles de hombres
con los brazos cruzaos, dispuestos a bailar al son que les toquen. Verá
el señorito lo que tardan en juntarse unos y otros, y entonces será
ella. Ya se incendian en el campo muchos pajares, sin que se vea la mano
que les prende fuego.
Dupont se exaltaba. Mejor: que se uniesen todos, que se sublevaran
cuanto antes, para acuchillarlos, y obligarles a volver a la obediencia
y la tranquilidad. Él deseaba la rebelión y el choque, más aún que los
trabajadores.
El capataz, asombrado de que hablase así, movía la cabeza.
--Mal, muy mal, señorito. La paz con sangre, es mala paz. Mejor es
arreglarse a las buenas. Crea su mercé a un viejo que ha pasado las de
Caín, metido en eso de prenunciamientos y revoluciones.
Otras mañanas, cuando Luis Dupont no sentía deseos de conversar con el
capataz, entrábase en la casa buscando a María de la Luz, que trabajaba
en la cocina.
La alegría de la muchacha, la frescura de su piel de morena fuerte,
producían en el señorito cierta emoción. La castidad voluntaria que
observaba en su retiro, le hacían ver considerablemente agrandados los
encantos de la campesina. Siempre había sentido cierta predilección por
la muchacha, encontrando en ella un encanto modesto, pero picante y
fuerte, como el perfume de las hierbas del campo. Pero ahora, en la
soledad, María de la Luz le parecía superior a la -Marquesita- y a todas
las cantaoras y mozas de arranque de Jerez.
Pero Luis contenía sus impulsos, y los ocultaba bajo una alegre
confianza, recuerdo de la fraternidad infantil. Cuando instintivamente
se permitía algún atrevimiento que molestaba a la moza, hacía memoria de
los tiempos de la niñez. ¿No eran como hermanos? ¿No se habían criado
juntos?... En él no debía ver al señorito, al amo de su novio. Era lo
mismo que su hermano Fermín: debía considerarle como de la familia.
Temía comprometerse con alguna audacia en aquella casa, que era la de su
severo primo. ¿Qué diría Pablo, que por respeto a su padre consideraba
al capataz y los suyos como una prolongación humilde de su propia
familia? Además, la famosa noche de Matanzuela le había causado gran
daño y no quería comprometer con otro escándalo su naciente fama de
hombre grave. Esto le hacía ser tímido con muchas vendimiadoras que le
gustaban, limitándose en sus placeres a una perversión intelectual, a
hacerlas beber por la noche para verlas alegres, sin las preocupaciones
del pudor, charlando entre ellas, pellizcándose y persiguiéndose, como
si estuviesen solas.
Con María de la Luz mostrábase igualmente circunspecto. No podía verla
sin lanzar un chorro de alabanzas a su hermosura y gallardía. Pero esto
no alarmaba a la moza, acostumbrada al estallido ruidoso de la
galantería de la tierra.
--Gracias, Luis--decía riendo.--¡Y qué requetegrasioso está el
señorito!... Si sigues así me voy a enamorá y acabaremos por escaparnos
juntos.
Algunas veces, Dupont, influenciado por la soledad, que incita a las
mayores audacias, y por el perfume de una carne virginal que parecía
humear vida a las horas de calor, dejábase arrastrar por su instinto y
ponía astutamente sus manos en aquel cuerpo.
La muchacha saltaba, frunciendo las cejas y la boca con gesto agresivo.
--Luis: las manos cortas. ¿Qué es eso, señorito? Como güervas con otra,
te atizo una gofetá que la van a oír hasta en Jerez.
Y mostraba en su gesto hostil y en su mano amenazante el firme propósito
de largar aquella bofetada fabulosa. Entonces era cuando recordaba él,
como una excusa, sus confianzas de la niñez.
--¡Pero, sosa, mala sombra! ¡Si ha sido sin intención; nada más que por
jugar, para ver ese hociquillo tan mono que pones cuando te enfadas!...
Ya sabes que soy tu hermano. Fermín y yo, la misma cosa.
La muchacha parecía serenarse, pero sin perder su gesto hostil.
--Güeno; pues que el hermano se meta las manos donde le quepan. Ande
suelta la lengua too lo que quieras; pero si sacas las garras, niño,
encárgate otra cara, porque esa te la eshago de un revés.
--¡Olé las mozas de arranque!--exclamaba el señorito.--¡Así me gusta mi
niña! ¡Con riñones y too!...
Cuando Rafael presentábase en Marchamalo, el señorito no se privaba de
este continuo requebrar a María de la Luz.
El aperador acogía con inocente satisfacción todos los elogios de su amo
a la novia. Al fin, era como un hermano suyo, y este parentesco
enorgullecía a Rafael.
--Bandido--le decía el señorito con cómica indignación, en presencia de
la muchacha.--Te vas a llevar lo mejor de esta tierra, la perla de Jerez
y su campo. ¿Ves toda la viña de Marchamalo, que vale una millonada?...
Pues ná: aquí lo bueno es esta mocita, este cachito de gracia. Y esto te
lo llevas tú, ladrón... sinvergüenza.
Y Rafael reía como un bendito, lo mismo que el señor Fermín. ¡Pero qué
don Luis tan gracioso y tan bueno! El señorito, continuando en el tono
de cómica gravedad, se encaraba con su aperador:
--Ríe, bigardo... ¡Mirad ustedes, qué satisfechote está de la envidia
que le tienen los demás! El mejor día te mato y me llevo a Mariquita de
la Luz, y la pongo en un trono en Jerez en medio de la plaza Nueva, y al
pie toos los gitanos de Andalucía para que toquen y bailen, y se
arranquen cantando a la reina de la hermosura y de la gracia, todo lo
que merece... Eso lo hago yo: Luis Dupont, aunque mi primo me
excomulgue.
Y por el mismo estilo iba ensartando su ristra de requiebros
hiperbólicos e incoherentes entre las risas de María de la Luz y los
suyos, que agradecían la confianza del señorito.
Al terminar la vendimia, Luis mostrose orgulloso, como si finalizase una
obra grande.
Se había hecho la recolección, valiéndose de mujeres, sin que se
atrevieran a presentarse aquellos guapos de la huelga que se deshacían
en amenazas. Esto era indudablemente porque él estaba allí guardando la
viña; porque bastaba que supiesen que don Luis defendía Marchamalo con
sus amigos, para que nadie se aproximase con la intención de perturbar
el trabajo.
--Eh, ¿qué tal señor Fermín?--decía con petulancia.--Han hecho bien en
no venir, porque hubiesen salido a tiros. ¿Me pagará nunca mi primo lo
que hago por él? ¡Qué ha de pagarme! Luego, tal vez diga que no sirvo
para nada... Pero esto hay que celebrarlo. Hoy mismo voy a Jerez, y me
traigo lo mejor de la bodega. Y si rabia Pablo cuando vuelva, que rabie.
Algo me ha de pagar por mis servicios. Y esta noche, juerga... la más
gorda de la temporada: hasta que salga el sol. Quiero que esas
muchachas, al irse a la sierra, vayan contentas y se acuerden del
señorito... Y traeré tocaores para que le descansen a usté, y cantaoras
para que Mariquita no haga todo el gasto... ¿Que no quiere usted mujeres
de esas en Marchamalo? ¡Si mi primo no se enterará!... Bueno: no
vendrán. Usté, señor Fermín, es un rancio; pero por darle gusto quedan
suprimidas las cantaoras. Bien mirado, maldita la falta que hacen más
jembras, aquí donde hay tantas que parece un colegio. ¡Pero música y
vino hasta por encima de la cabeza! Y baile de la tierra; y baile fino,
agarrados como los señoritos. Verá usted la que se arma esta noche,
señor Fermín.
Y Dupont se fue a la ciudad en su carruaje, que alborotaba la carretera
con el estrépito de sus cascabeles. Volvió ya entrada la noche, una
noche de verano, calurosa, sin que el más leve soplo de brisa hiciese
temblar la atmósfera.
La tierra exhalaba un vaho ardiente; el azul del cielo diluíase en un
tinte blanquecino, las estrellas parecían empañadas por la neblina
caliginosa. En el silencio de la noche sonaban los crujidos de las cepas
al dilatar su corteza resquebrajada por el calor. La cigarra chillaba
furiosa en los surcos, abrasada por la tierra; la rana roncaba a lo
lejos, cual si la desvelase la falta de frescura de la charca.
Los acompañantes de Dupont, en mangas de camisa, alineaban bajo las
arcadas las innumerables botellas traídas de Jerez.
Las mujeres, vestidas ligeramente, con sólo una falda de percal,
mostrando los brazos desnudos por debajo del pañuelo cruzado sobre el
pecho, se encargaban de las cestas de provisiones, admirándolas con
alabanzas para el rumboso señorito. El capataz elogiaba la calidad de
los fiambres y de las aceitunas, que servían para excitar la sed.
--¡Menúa jumera nos prepara el señorito!--decía riendo como un
patriarca.
De la gran cena en medio de la explanado, lo que más atrajo la
admiración de la gente, fue el vino. Comían de pie hombres y mujeres, y
al tener en la mano el vaso lleno, avanzaban hasta una mesita ocupada
por el señorito, el capataz y su hija, a la que daban luz dos candiles.
Las llamas rojizas, que subían su lengua humosa en la calma de la noche
sin el más leve temblor, iluminaban la transparencia dorada del vino.
¿Pero qué era aquello?... Y volvían todos a paladearlo después de
admirar su hermoso color, y abrían los ojos desmesuradamente con asombro
grotesco, rebuscando las palabras, como si no pudiesen expresar toda la
veneración que les infundía el líquido portentoso.
--Ezto e de las propios lagrimitas de Jezú--decían unos chasqueando
devotamente la lengua.
--No--contestaban otros,--es la mezmízima leche de la Mare e Dió...
Y el señorito reía, gozándose en su asombro. Era vino de la bodega
«Dupont Hermanos»: un vino venerable y carísimo, que sólo bebían los
-mislores- allá en Londres. Cada gota valía una peseta. Don Pablo lo
apreciaba como un tesoro, y era probable que se indignase al conocer el
estrago que había hecho su aturdido pariente.
Pero Luis no se arrepentía de su generosidad. Le alegraba enloquecer al
rebaño miserable con el vino de los ricos. Era un placer de patricio
romano, embriagando a sus clientes y esclavos con bebida de emperadores.
--Bebed, hijos míos--decía con acento paternal.--Aprovechaos, que jamás
os veréis en otra. Muchos señoritos del -Caballista- os envidiarían.
¿Sabéis lo que valen todos esas botellas? Un capital: eso es más caro
que el -champañ-; cada botella cuesta no recuerdo cuántos duros.
Y la miserable gente arrojábase sobre el vino, y bebía y bebía
avariciosamente, como si lo que les entraba por la boca fuese la
fortuna.
En la mesa del señorito, se servían las botellas después de una larga
permanencia en tanques llenos de hielo. El vino pasaba por la boca
dejándola insensible, con la grata parálisis de la frescura.
--Nos vamos a emborrachar--decía sentenciosamente el capataz.--Esto se
cuela sin sentir. Es refresco en la boca y fuego en la tripa.
Pero seguía llenándose el vaso entre bocado y bocado, paladeando el
néctar frío y envidiando a los ricos que podían permitirse diariamente
este placer de dioses.
María de la Luz bebía tanto como su padre. Apenas vaciaba su copa, se
apresuraba el señorito a llenarla.
--No eches más, Luis--suplicaba.--Mira que me voy a emborrachá. Esta
bebía es traidora.
--Tonta, ¡si es como agua! ¡Si aunque te ajumeres, esto se pasa en
seguida!...
Cuando terminó la cena, sonaron las guitarras y la gente formó corro,
sentándose en el suelo ante las sillas que ocupaban los músicos y el
señorito con su gente. Todos estaban ebrios, pero seguían bebiendo. ¡Qué
basca! La piel erizábase de gotas de sudor; los pechos se dilataban,
como si no encontrasen aire. ¡Vino y más vino! Para el calor no existía
remedio más acertado: era el verdadero refresco andaluz.
Batiendo palmas unos, y chocando otros las botellas vacías, como si
fuesen palillos, jalearon las famosas sevillanas de María de la Luz y el
señorito. Ella bailaba en medio del corro frente a Luis, con las
mejillas enrojecidas y un brillo extraordinario en los ojos.
Nunca la habían visto bailar tan arrebatadamente y con tanta gracia. Sus
brazos desnudos, de una palidez de perla, elevábanse en torno de la
cabeza, como asas de nácar de voluptuosa redondez. La falda de percal,
entre el -fru-fru-, que marcaba el adorable relieve de sus piernas,
dejaba ver por debajo de su orla unos pies pequeños, calzados
escrupulosamente, como los de una señorita.
--¡Ay! ¡Que no pueo más!--dijo de pronto, sofocada por el baile.
Y se dejó caer jadeante en una silla, sintiendo que, con la agitación de
la danza, comenzaba a rodar todo en torno de ella; la explanada, la
gente y hasta la gran torre de Marchamalo.
--Eso es er calor--decía el padre gravemente.
--Un poco de refresco y se te pasará--añadía Luis.
Le presentaba una copa llena de aquel líquido de oro, coronado de
burbujas, que empañaba el cristal con su frescura. Y Mariquita bebía
ansiosamente, con una sed rabiosa, deseando renovar la sensación de
frescura en su boca ardiente como si llevase fuego en el estómago. De
vez en cuando protestaba.
--Que me voy a emborrachá, Luis. Que creo que ya lo estoy.
--¡Y qué!--exclamaba el señorito.--Yo también estoy borracho, y tu
padre, y todos lo estamos. Para eso es la fiesta. Otra copa. ¡Olé, mi
niña, valiente! ¡Siga la juerga!
Bailaban en medio del corro algunas muchachas, con torpeza de
campesinas, haciendo frente a los viñadores no menos rústicos.
--Eso no vale ná--gritó el señorito.--¡Fuera, fuera! A ver, maestro
-Águila---continuó dirigiéndose al tocador.--Un baile de señorío por
todo lo alto. Una polka, un wals, cualquier cosa. Vamos a bailar
agarrados como la gente fina.
Las muchachas, turbadas por el vino, se cogieron unas a otras o cayeron
en los brazos de los viñadores jóvenes. Todos comenzaron a dar vueltas,
al son de la guitarra. El capataz y los acólitos de don Luis,
acompañaban el ritmo chocando botellas vacías o golpeaban el suelo con
sus bastones, riendo como niños de esta habilidad musical.
María de la Luz se sintió arrastrada por el señorito, que la agarró una
mano, sujetándola al mismo tiempo por el talle. La moza se resistió a
bailar. ¡Dar vueltas, cuando su cabeza parecía balancearse y todo giraba
en torno de sus ojos!... Pero al fin, se abandonó, entregándose a su
pareja.
Luis sudaba, fatigado por la inercia de la muchacha. ¡Vaya una moza de
peso! Al oprimir aquel cuerpo sin fuerzas, sentía en su pecho el
contacto de elásticas prominencias. Mariquita dejaba caer la cabeza en
su hombro, como si no quisiera ver, abrumada por el mareo. Sólo una vez
se irguió para mirar a Luis, brillándole en los ojos una lejana chispa
de rebelión y protesta.
--Suéltame, Rafaé: esto no está bien.
Dupont rompió a reír.
--¡Conque Rafael!... ¡Ay qué gracia, y cómo está, la niña! ¡Si me llamo
Luis!...
La muchacha volvió a abatir su cabeza, como si no comprendiese las
palabras del señorito.
Sentíase cada vez más anonadada por el vino y el movimiento. Con los
ojos cerrados y el pensamiento dando vueltas, como una rueda loca,
creía estar suspendida en el vacío, en una sima lóbrega, sin otro apoyo
que aquellos brazos de hombre. Si la soltaban, caería y caería sin tocar
nunca el fondo: e instintivamente se agarraba a su sostén.
Luis no estaba menos turbado que su pareja. Respiraba sofocado por el
peso de la moza. Estremecíase con el contacto fresco y suave de sus
brazos, con el perfume de hermosura sana, que parecía surgir en chorro
voluptuoso del escote de su pecho. El soplo de sus labios le erizaba la
epidermis del cuello, esparciendo un estremecimiento por todo su
cuerpo... Cuando, abrumado por el cansancio, volvió a Mariquita a su
asiento, la muchacha quedó tambaleando, pálida, con los ojos cerrados.
Suspiraba, llevábase una mano a la frente, como si le doliese.
Mientras tanto, danzaban las parejas en el corro con una algazara loca,
chocando unas con otras, empujándose intencionadamente, con
encontronazos que casi derribaban a los espectadores, haciéndoles
retirar las sillas.
Dos mozos comenzaron a insultarse, tirando cada uno del brazo de la
misma muchacha. El vino hacía brillar sus ojos con fuego homicida, y
acabaron por dirigirse a la casa de los lagares en busca de las
podaderas, cortos y pesados machetes que mataban de un golpe.
El señorito les cerró el paso. ¿Qué era aquello de matarse por bailar
con una muchacha, cuando tantos estaban esperando pareja? A callar, y a
divertirse. Y les obligó a darse la mano, a beber juntos en la misma
copa.
La música cesó. Todos miraban con ansiedad hacia el lado de la explanada
donde estaban los de la riña.
--Siga la juerga--ordenó Dupont como un tirano bondadoso.--Aquí no ha
pasado nada.
Sonó otra vez la música, reanudaron la danza las parejas, y el señorito
volvió al corro. La silla de Mariquita estaba desocupada. Miró en torno
y no vio a la joven en toda la plazoleta.
El señor Fermín estaba absorto contemplando las manos de Pacorro -el
Águila-, con admiración de guitarrista. Nadie había visto en su retirada
a María de la Luz.
Dupont entró en la casa de los lagares, andando quedamente, empujando
las puertas con una suavidad felina sin saber por qué.
Registró las habitaciones del capataz: nadie. Creyó encontrar cerrada la
puerta del cuarto de Mariquita; pero cedió aquélla al primer impulso. La
cama estaba vacía y toda la habitación en orden, como si nadie hubiese
entrado. Igual soledad en la cocina. Atravesó a tientas la vasta pieza
que servía de dormitorio a los trabajadores. ¡Ni un alma! Asomó luego la
cabeza en el departamento de los lagares. La luz difusa del cielo,
penetrando por las ventanas, proyectaba en el suelo unas manchas de
tenue claridad. Dupont, en este silencio creyó oír el sonido de una
respiración, el tenue remover de alguien tendido en el suelo.
Avanzó. Sus pies tropezaron con unas arpilleras y sobre ellas un cuerpo.
Al arrodillarse para ver mejor, adivinó por el tacto, más bien que por
los ojos, a María de la Luz, que se había refugiado allí. Sin duda la
repugnaba ocultarse en su propia habitación, en tan vergonzoso estado.
Al contacto de las manos de Luis, pareció despertar aquella carne sumida
en el sopor de la embriaguez. Se revolvió el cuerpo adorable, brillaron
sus ojos un momento, pugnando por mantenerse abiertos, y algo murmuró la
boca ardorosa junto al oído del señorito. Éste creyó escuchar:
--Rafaé... Rafaé...
Pero no dijo más.
Los brazos desnudos se cruzaron sobre el cuello de Luis.
María de la Luz caía y caía en el agujero negro de la inconsciencia, y
al caer se agarraba con desesperación a este sostén, concentrando en
ello toda su voluntad, dejando el resto de su cuerpo en insensible
abandono.
VIII
A principios de Enero, la huelga de los trabajadores se había extendido
por todo el campo de Jerez. Los gañanes de los cortijos hacían causa
común con los viñadores. Los dueños de los campos, como en los meses de
invierno no eran importantes los trabajos agrícolas, sobrellevaban sin
impaciencia el conflicto.
--Ya se rendirán--decían.--El invierno es duro y el hambre mucha.
En las viñas, el cuidado de las cepas se hacía por los capataces y los
braceros más allegados al dueño, arrostrando la indignación de los
huelguistas, que les tachaban de traidores, amenazándolos con venganzas
colectivas.
La gente rica, a pesar de sus arrogancias, revelaba cierto miedo. Como
era costumbre en ella, había hecho hablar a los periódicos de Madrid de
la huelga de Jerez, ennegreciéndola con sombríos colores, hinchándola,
como si fuese una calamidad nacional.
Se censuraba a los gobernantes por su abandono, pero con tales arrebatos
de urgencia, que no parecía sino que cada rico estaba sitiado en su
casa, defendiéndose a tiros contra una muchedumbre famélica y feroz. El
gobierno, como de costumbre, había enviado fuerza armada para cortar los
lamentos de estos pordioseros de autoridad y llegaron a Jerez nuevas
fuerzas de guardia civil, dos compañías de infantería de línea y un
escuadrón que se unió a los jinetes del depósito de sementales.
Las -personas decentes-, como las llamaba Luis Dupont, sonreían con
beatitud al ver en las calles tantos pantalones rojos. En sus oídos
sonaba como la mejor de las músicas el arrastre de los sables por las
aceras, y al entrar en sus casinos se les ensanchaba el alma viendo en
torno de las mesas los uniformes de los oficiales.
Los que semanas antes aturdían al gobierno con sus lamentaciones, como
si fuesen a morir degollados por aquellas turbas que permanecían en la
campiña, con los brazos cruzados, sin atreverse a entrar en Jerez,
mostrábanse ahora arrogantes y jactanciosos hasta la crueldad. Se reían
del gesto fosco de los huelguistas, de sus ojos, que tenían el
estrabismo malsano del hambre y la desesperación.
Además, las autoridades creían llegado el momento de imponerse por el
miedo, y la guardia civil prendía a los que figuraban al frente de las
asociaciones obreras. Todos los días ingresaba gente en la cárcel.
--Pasan ya de cuarenta los que están a la sombra--decían los mejor
informados en las tertulias.
--Cuando sean cien o doscientos, esto quedará como una balsa de aceite.
A media noche, los señores, al salir del casino, encontraban mujeres
arrebujadas en raídos mantones o con la falda a la cabeza, que les
tendían la mano.
--Señor, que no comemos.... Señor, que nos mata la jambre... Tengo tres
churumbeles, y mi marío, con esto de la juelga, no trae pan a casa.
Los señores reían, apresurando el paso. Que les diesen pon Salvatierra y
los otros predicadores. Y miraban con simpatía casi amorosa a los
soldados que pasaban por la calle.
--¡Mardito seáis ustedes, señoritos!--rugían las míseras hembras en su
desesperación.--Quiera Dios que algún día mandemos los probes...
Fermín Montenegro contemplaba tristemente el curso de esta lucha sorda,
que había de terminar forzosamente con algo ruidoso; pero de lejos,
rehuyendo el trato con los rebeldes, ya que no estaba en Jerez su
maestro Salvatierra. Callaba también en el escritorio, cuando en su
presencia manifestaban los amigos de don Pablo los crueles deseos de una
represión que atemorizase a los trabajadores.
Desde que había vuelto de Málaga, su padre no le veía una sola vez que
no le recomendase la prudencia. Debía callar; al fin, ellos comían el
pan de los Dupont, y no era noble el unirse con los desesperados, aunque
éstos se quejasen con harto motivo. Además, para el señor Fermín, todas
las aspiraciones humanas se resumían en don Fernando Salvatierra, y éste
se hallaba ausente. Lo retenían en Madrid sometido a una continua
vigilancia para que no volviese a Andalucía. Y el capataz de Marchamalo,
faltando su don Fernando, consideraba la huelga desprovista de interés,
y a los huelguistas como un ejército sin caudillo y sin bandera; una
horda que forzosamente había de ser diezmada y sacrificada por los
ricos.
Fermín obedeció a su padre, manteniéndose en una reserva prudente.
Dejaba sin respuesta las pullas de los compañeros de escritorio que,
conociendo su amistad con Salvatierra, para adular al amo se burlaban de
los rebeldes. Evitaba presentarse en la plaza Nueva, donde se reunían en
grupos los huelguistas de la ciudad, inmóviles, silenciosos, siguiendo
con miradas de odio a los señores que intencionadamente pasaban por allí
con la cabeza alta y una expresión de reto en los ojos.
Montenegro dejó de pensar en la huelga, atraído por otros asuntos de
mayor interés.
Un día, al salir de su escritorio para ir a comer en la casa donde
estaba de huésped, encontró al aperador de Matanzuela.
Rafael parecía esperarle apoyado en una esquina de la plazoleta, cuyo
frente ocupaban las bodegas de Dupont. Fermín no le había visto en mucho
tiempo. Lo encontraba algo desfigurado; con las facciones enjutas y los
ojos hundidos en un cerco oscuro. Su traje de campo estaba sucio de
polvo; lo llevaba con descuido, como si olvidase aquella arrogancia que
le hacía ser considerado como el más elegante y majo de los jinetes
rústicos.
--¿Pero estás enfermo, Rafael? ¿Qué te pasa?--exclamó Montenegro.
--Penas--dijo lacónicamente el aperador.
--El domingo pasado no te vi en Marchamalo; y el otro tampoco. ¿Es que
estás de morros con mi hermana?...
--Tengo que hablar contigo, pero mu largo, ¡mu largo!--dijo Rafael.
Allí en la plaza no podía ser; en la casa de huéspedes tampoco, pues lo
que el aperador quería decirle era para guardarse en secreto.
--Está bien--dijo Fermín bromeando, al adivinar que se trataba de penas
de enamorado.--Pero como yo he de comer, ¡criatura triste! nos iremos a
casa del -Montañés- y allí desembucharás todas esas penillas que te
ahogan, mientras yo hago por la vida.
En el colmado del -Montañés-, al pasar frente al cuarto más grande del
establecimiento, oyeron rasgueos de guitarra, palmas y gritos de
mujeres.
--Es el señorito Dupont--les dijo el camarero--que está con unos amigos
y una jembra magnífica que se ha traído de Sevilla. Ahora empieza la
juerga... ¡hay tela cortada lo menos hasta mañana!
Los dos amigos buscaron el cuarto más lejano para que el estrépito de la
fiesta no interrumpiese su conversación.
Montenegro encargó su comida, y el criado puso la mesa en aquel
cuartucho, que olía a vino, y, por lo menguado, parecía un camarote.
Poco después volvió con una gran batea llena de cañas. Era un obsequio
de don Luis.
--El señorito--dijo el camarero--se ha enterado de que están aquí, y les
envía esto. Además, pueden ustedes tomar lo que gusten; todo está
pagado.
Fermín le encargó anunciase a don Luis que pasaría a verle así que
terminase su comida, y cerrando la puerta del camarote se quedó solo con
Rafael.
--Vamos, hombre--dijo señalándole los platos:--ponte de eso.
--Yo no como--contestó Rafael.
--¿Que no comes? Vaya... pasarás del aire como todos los enamorados...
¿Pero beber sí que beberás?
Rafael hizo un gesto, como extrañando lo superfluo de la pregunta. Y sin
levantar la vista de la mesa, comenzó a apurar rabiosamente las cañas
que tenía delante.
--Fermín--dijo de pronto mirando a su amigo con los ojos
enrojecidos.--Yo estoy loco... loco perdío.
--Ya lo veo--contestó Montenegro flemáticamente, sin dejar de comer.
--Fermín; paece que un demonio me sopla a la oreja las mayores
barbaridades. Si tu padre no fuese mi padrino, y si tú, no fueses tú,
hace días que habría matao a tu hermana, a María de la Lú. Te lo juro
por esta, por mi mejor compañera, por la única herencia de mi padre.
Y abriendo con gran estrépito de muelles una navaja de cachas viejas,
besaba ferozmente la tersa hoja, con dibujos coloreados por el óxido
rojizo.
--Hombre, ya será algo menos--dijo Montenegro mirando fijamente a su
amigo.
Había dejado caer el tenedor, y una nubecilla roja pasó por su frente.
Pero este gesto hostil sólo duró un instante.
--¡Bah!--añadió--sí que estás loco, y más lo está el que te haga caso.
Rafael rompió a llorar. Por fin, sus ojos podían dar paso a las lágrimas
que se agolpaban a ellos, y deslizándose por sus mejillas caían en el
vino.
--Es verdá, Fermín, estoy loco. Suelto bravatas y... na: soy un mandria.
Mira cómo estaré, que un zagal me pegaría. ¿Qué he de matar yo a
Mariquita? Ojalá tuviera entrañas negras para eso. Después me matarías
tú, y toos descansaríamos.
El rasgueo lejano de la guitarra y las voces que cortaban su ritmo,
jaleando el taconeo de una bailaora, parecían acompañar la caída de las
lágrimas del mocetón.
--Pero, vamos a ver--exclamó Fermín con impaciencia.--¿Qué es todo eso?
Habla, y cesa de llorar, que pareces una beata en la procesión del Santo
Entierro. ¿Qué te pasa con Mariquita?...
--¡Que no me quiere!--gritó el aperador con acento desesperado.--¡Que ya
no me hace caso! ¡Que hemos roto y no quié verme!...
Montenegro sonrió. ¿Y eso era todo? ¡Riñas de novios; caprichitos de
muchacha, que se enfada para animar la monotonía de un largo noviazgo!
Ya pasaría el mal viento. Él conocía aquello de oídas. Se expresaba con
su escepticismo de joven práctico, a la -inglesa-, como él decía,
enemigo de los amoríos ideales que duraban años y eran una de las
tradiciones de la tierra. A él no se le había conocido noviazgo alguno
en Jerez. Se contentaba con tomar lo que podía, buenamente, de vez en
cuando, para satisfacción de sus deseos.
--Eso lo agradece siempre el cuerpo--continuó.--Pero relaciones por lo
fino, con suspiros, penas y celillos, ¡eso nunca! Necesito el tiempo
para otras cosas.
Y Fermín, con tono zumbón, intentaba consolar a su amigo. Aquella mala
racha pasaría. ¡Caprichos de mujeres, que se ponen de morros y fingen
enfado para que las quieran más! El día en que menos lo pensase, vería
a María de la Luz ir hacia él, diciendo que todo había sido una broma,
para poner a prueba su cariño, y que lo quería más que antes.
Pero el mocetón movía la cabeza negativamente.
--No; no me quiere. Esto se acabó y yo voy a morir.
Relataba a Montenegro cómo habían terminado sus amores. Ella le llamó
una noche para hablar en la reja, y con una voz y un gesto, cuyo
recuerdo aún estremecía al pobre mozo, le anunció que todo había acabado
entre los dos. ¡Cristo; qué noticia para recibirla así, de sopetón!
Rafael se agarró a los hierros para no caer. Después hubo de todo:
súplicas, amenazas, lloros; pero ella se mantenía inflexible, con una
sonrisa que daba miedo, negándose a continuar los amoríos. ¡Ah, las
mujeres!...
--Sí, hijo mío--decía Fermín.--Unas arrastrás. Aunque se trate de mi
hermana, no hago excepción. Por eso tomo yo de ellas lo que necesito y
rehuyo el trato... ¿Pero qué excusa te daba Mariquita?...
--Que ya no me quiere; que se ha apagao de repente el aquel que me
tenía. Que no siente por mi ni una miaja de afecto y no quiere mentir
fingiendo cariño... ¡Como si un querer pudiera apagarse de pronto, lo
mismo que una luz!...
Rafael recordaba el final de su última entrevista. Cansado de suplicar,
de llorar agarrado a la reja, de arrodillarse como un chiquillo, la
desesperación le había hecho prorrumpir en amenazas. ¡Que le perdonase
Fermín! pero en aquel momento se sintió capaz del crimen. La muchacha,
cansada de sus ruegos, asustada de sus maldiciones, acabó por cerrar de
golpe la ventana. ¡Y hasta ahora!
Dos veces había ido de día a Marchamalo con la excusa de ver al señor
Fermín; pero María de la Luz escondíase, apenas adivinaba su caballo
galopando por la carretera.
Montenegro le oía pensativo.
--¿Tendrá otro novio?--dijo.--¿Se habrá enamorado de alguien?
--No; eso no--se apresuró a responder Rafael, como si esta convicción le
sirviese de consuelo.--Lo mismo pensé en el primer momento y me vi ya
metío en la cárcel de Jerez y luego en presidio. Al que me quite a mi
Mariquilla de la Lú, lo mato. Pero ¡ay! que no me la quita nadie: que es
ella la que se va... He pasao los días vigilando de lejos la torre de
Marchamalo. ¡Las copas que llevo bebías en el ventorro de la carretera y
que se me golvían veneno al ver bajar o subir a alguien la cuesta de la
viña!... He pasao las noches tendido entre las cepas, con la escopeta al
lado, dispuesto a meterle un puñao de postas en el vientre al primero
que se acercase a la reja... Pero no he visto más que a los mastines. La
reja cerrá. Y entretanto, el cortijo de Matanzuela anda desgobernao,
aunque mardita la falta que hago yo con esto de la huelga. Nunca estoy
allí: el pobre -Zarandilla- se lo carga too; si lo supiera el amo, me
despedía. Sólo tengo ojos y oídos para celar a tu hermana y sé que no
hay noviazgo, que no quiere a nadie. Casi estoy por decirte que aun me
tiene algo de ley, ¡mira tú si soy tonto!... Pero la mardita huye de
verme, y dice que no me quiere.
--¿Pero tú la has hecho algo, Rafael? ¿No estará enfadada por alguna
ligereza tuya?
--No: eso tampoco. Soy más inocente que el niño Jesú y el cordero que
lleva al lao. Desde que tengo relaciones con tu hermana, que no miro a
una moza. Toas me parecen feas, y Mariquilla lo sabe. La última noche
que hablé con ella, cuando yo le pedía que me perdonase, sin saber por
qué, y le preguntaba si la había ofendío en algo, la pobrecita lloraba
como la Malaena. Bien sabe tu hermana que yo no la he fartao en tanto
como esta uña. Ella misma lo decía: «¡Pobre Rafaé! ¡Tú eres bueno!
Olvídame: serías infeliz conmigo». Y me cerró la ventana...
El mocetón gemía al decir esto, mientras su amigo, que había acabado de
comer, apoyaba pensativo su frente en una mano.
--Pues, hijo--murmuró Fermín.--No entiendo este jeroglífico. Mariquilla
te deja y no tiene otro novio: te compadece, te dice que eres bueno,
mostrando que aun te tiene algún querer, y te cierra la ventana. ¡El
demonio que entienda a las mujeres! ¡Y qué mala alma tienen a veces las
condenadas!...
Aumentó el estrépito en el cuarto de la juerga, y una voz de mujer,
aguda, de un temblor metálico, llegó hasta los dos amigos.
Me dejó... ¡mala gitana!
Cuando yo más la quería...
Rafael no pudo oír más. La poesía popular le arañaba el alma con su
ingenua tristeza. Rompió a llorar con gemidos de niño, como si la copla
fuese su historia: como si la hubiesen compuesto luego de ser despedido
él de aquella reja, donde estaba la felicidad de su vida.
--¿Oyes, Fermín?--dijo entre suspiros.--Ese, soy yo. Me ocurre lo que al
pobresito de la copla. Se le tiene compasión a un perrito de cría, se le
quiere, no se le deja, sus chillidos inspiran lástima, y yo, que soy un
hombre, una criatura de Dios, ¡a la calle! ¡si te quise, ya no te
quiero! ¡a reventar de pena!... ¡Cristo! ¡Paece mentira que aún no me
haya muerto!...
Quedaron en silencio largo rato. Abstraídos en sus pensamientos, ya no
oían el estrépito de la juerga, la voz femenil que seguía entonando
coplas.
--Fermín--dijo de pronto el aperador.--Tú eres el único que lo puee
arreglar todo.
Por esto le había esperado a la salida del escritorio. Conocía su gran
influencia sobre la familia. María de la Luz le respetaba más que a su
padre, y se hacía lenguas de su sabiduría.
La educación en Inglaterra, y los elogios del capataz, que veía en su
hijo una inteligencia casi tan grande como la de su maestro, influían en
la muchacha, ingiriendo en su afecto fraternal una gran dosis de
admiración. Rafael no se atrevía a hablar al padrino: le tenía miedo.
Pero de Fermín lo esperaba todo, y se confiaba a él.
--Lo que tú le digas que haga, eso hará... Ferminillo, no me abandones,
protégeme. Tú eres mi patrón; quisiera ponerte en un altar y encenderte
velas y rezarte una letanía. Fermín; santito mío: no me dejes,
defiéndeme. Ablanda aquel peñasco, de corazón; agárrame, porque si no,
me caigo y voy a presidio o a la casa de los locos.
Montenegro se burló de las exageraciones lloriqueantes de su amigo.
--Está bien, hombre: se hará lo que se pueda, pero no llores más, ni
sueltes esas oraciones, que pareces don Pablo, mi principal, cuando le
hablan de Dios. Veré a Mariquita: le hablaré de ti: le diré a la muy
indina lo que merece. ¿Qué; estás ya contento?...
Rafael limpiábase los lagrimones, y sonreía con sencillez infantil,
mostrando sus dientes cuadrados, de nítida blancura. Pero su gozo era
impaciente. ¿Cuándo pensaba Fermín ver a Mariquita?
--Hombre, iré mañana. En el escritorio estamos muy atareados en la
liquidación de fin de año. Las cuentas de los ingleses me dan mucho
quehacer.
El mocetón hizo un gesto de contrariedad. ¡Mañana!... Una noche más de
no dormir, de llorar su desgracia, de incertidumbre cruel no sabiendo si
debía esperar algo.
Montenegro rió ante la tristeza del aperador. ¡Pero cómo ponía el amor a
los hombres! Daba ganas de propinar unos cuantos azotes a aquel mozo,
como si fuera un niño grandullón y enfurruñado.
--No, Fermín; por tu salú te lo pido. Haz algo por mí; ve en seguida y
sacarás un alma de pena. Nada te dirán en el escritorio: esos señores te
quieren; eres su niño mimao.
Y le asediaba con ruegos ardorosos, con palabras acariciadoras, para que
fuese en seguida a avistarse con su hermana. Montenegro cedió, vencido
por la ansiedad del mocetón. Iría aquella misma tarde a Marchamalo;
mentiría al jefe del escritorio diciéndole que su padre estaba enfermo.
Don Ramón era bueno y haría la vista gorda.
El impaciente Rafael habló entonces de lo cortas que eran las tardes de
Enero y de la necesidad de aprovechar el tiempo.
Fermín llamó al criado, que se extrañaba de la parquedad de los dos
amigos, invitándoles a pedir más -cosas-. ¡Todo estaba pagado! ¡Don Luis
tenía cuenta abierta!...
Al salir Rafael, marchó directamente a la calle, temiendo que el amo le
viese con los ojos enrojecidos. Fermín asomó la cabeza al cuarto de la
juerga, y después de aceptar una copa de Dupont huyó de éste, que
intentaba cogerle por las solapas, para que se quedase.
Antes de media tarde llegó Fermín a Marchamalo. Rafael le llevó en las
ancas de su jaca. Su impaciencia le hacía mover nerviosamente los
talones, espoleando al animal.
--¡Que vas a reventarlo, bárbaro!--gritaba Montenegro, pegando su pecho
a la espalda del jinete.--¡Que pesamos mucho los dos!...
Pero Rafael sólo pensaba en la entrevista próxima.
--En el mismísimo carro de San Elías quisiera yo llevarte, Ferminillo,
para que vieses antes a la gachí.
Hicieron alto en el ventorro de la carretera, cerca de la viña.
--¿Quieres que te espere?--dijo el aperador.--Yo te aguardo aquí con
gusto hasta el día del Juicio.
Sentía impaciencia por conocer la resolución de la muchacha. Pero Fermín
no quiso que le aguardase. Pensaba pasar la noche en la viña. Y siguió
la marcha a pie, mientras Rafael le anunciaba a voces que vendría a
buscarle al día siguiente.
Cuando el señor Fermín vio llegar a su hijo, le preguntó con cierta
ansiedad si ocurría algo en Jerez. «Nada, padre.» Él venía a pasar la
noche con la familia, ya que en el escritorio le habían dado permiso por
falta de trabajo. El viejo agradeció la visita, pero sin desechar la
inquietud que había manifestado a la llegada de su hijo.
--Creí, al verte, que algo malo pasaba en Jerez: pero si nada ocurre
aún, ocurrirá pronto. Yo, desde aquí, lo sé todo; nunca falta un amigo
de las otras viñas que me trae el soplo de lo que piensan los
huelguistas. Además, en el ventorro repiten los arrieros lo que oyen en
los ranchos.
Y el capataz habló a su hijo de la gran reunión que los trabajadores
iban a celebrar el día siguiente en los llanos de Caulina. Nadie sabía
quién daba las órdenes, pero el llamamiento había circulado de boca en
boca por el campo y la sierra, y se juntarían miles y miles de hombres,
viniendo hasta de los límites de la provincia de Málaga, todos los que
ganaban el jornal en la campiña jerezana.
--Una verdadera revolución, hijo. Anda en todo esto un forastero, un
muchacho al que llaman el -Madrileño-, que habla de matar a los ricos y
repartirse los tesoros de la ciudad. La gente parece loca: todos creen
que mañana van a triunfar y que se acaba la miseria. El -Madrileño-
emplea el nombre de Salvatierra, como si obrase por orden suya, y muchos
afirman, como si le hubieran visto, que don Fernando está escondido en
Jerez y se presentará en el momento de la revolución. ¿Qué sabes tú de
esto?...
Fermín movió la cabeza con aire incrédulo. Salvatierra le había escrito
algunos días antes, sin manifestar propósitos de volver a Jerez. Dudaba
de que fuese cierto su viaje. Además, le parecía inverosímil este
intento de sublevación. Sería una alarma más de las muchas inventadas
por la desesperación de los hambrientos. Equivalía a una locura intentar
la invasión de la ciudad estando en ella las tropas.
--Ya verá usted, padre, cómo si se reúnen en Caulina, quedará todo
reducido a gritos y amenazas, como en las reuniones en los ranchos. Y de
don Fernando, no pase usted pena. Tengo la convicción de que está en
Madrid. No es tan insensato que vaya a comprometerse en una locura como
esta.
--Lo mismo creo, hijo; pero por lo que pueda ocurrir, procura tú mañana
no mezclarte con esos locos, si es que entran en la ciudad.
Fermín miraba a todos lados, buscando con los ojos a su hermana. Por fin
salió de la casa María de la Luz, sonriendo a su Fermín, acogiendo su
visita con exclamaciones de alegre sorpresa. El muchacho la miró con
atención. ¡Nada! De no hablarle Rafael, no hubiera podido adivinar
aquellas tristezas que habían cortado sus amores.
Transcurrió más de una hora sin que pudiese hablar a solas con su
hermana. En las miradas fijas de Fermín parecía adivinar la moza algo de
sus pensamientos. Procuraba mostrarse impasible, pero su rostro, tan
pronto palidecía con la transparencia de la cera, como se arrebolaba con
una oleada de sangre.
El señor Fermín bajó la cuesta de la viña, yendo al encuentro de unos
arrieros que pasaban por la carretera. Su aguda vista de campesino les
reconocía desde lo alto. Eran amigos, y quería saber por ellos lo que
hablaban en los ranchos de la reunión del día siguiente.
Al quedar solos los dos hermanos, cruzaron sus miradas en medio de un
silencio embarazoso.
--Tengo que hablarte, Mariquita--dijo al fin el muchacho con resolución.
--Pues empieza cuando quieras, Fermín--contestó ella con acento
tranquilo.--Ya adiviné al verte que por algo venías.
--No: aquí no. Podría volver padre, y lo que nosotros hemos de hablar
requiere tiempo y calma. Vamos a dar un paseo.
Y los dos emprendieron la marcha colina abajo, por la pendiente opuesta
a la carretera. Bajaban por entre las cepas, a espaldas de la torre,
dirigiéndose a una línea de chumberas que limitaba la gran viña por este
lado.
María de la Luz intentó detenerse varias veces no queriendo ir tan
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