naturaleza continuó su obra creadora, insensible a las locuras de los
hombres; pero éstos no amaron otras flores que las que transparentaban
la luz en las vidrieras de las ojivas, ni admiraron más árboles que las
palmeras de piedra que sostenían las bóvedas de las catedrales. Venus
ocultó sus desnudeces de mármol en las ruinas del incendio, esperando
renacer tras un sueño de siglos, bajo el arado del rústico. El tipo de
belleza fue la virgen infecunda y enferma, enflaquecida por el ayuno; la
religiosa, pálida y desmayada como el lirio que sostenían sus manos de
cera, con los ojos lacrimosos, agrandados por el éxtasis y el dolor de
ocultos cilicios.
El negro ensueño había durado siglos. Los hombres, renegando de la
naturaleza, habían buscado en la privación, en la vida torturada y
deforme, en la divinización del dolor, el remedio de sus males, la
fraternidad ansiada, creyendo que la esperanza del ciclo y la caridad en
la tierra bastarían para la felicidad de los cristianos.
Y he aquí que el mismo lamento que anunció la muerte del gran dios de la
Naturaleza, volvía a sonar como si reglamentase, con intervalos de
siglos, las grandes mutaciones de la vida humana. «¡Cristo ha muerto!...
¡Cristo ha muerto!»
--Sí; ha muerto hace tiempo--continuó el rebelde.--Todas las almas oyen
este grito misterioso en sus momentos de desesperación. En vano suenan
las campanas cada año anunciando que Cristo resucita... Resucita sólo
para los que viven de su herencia. Los que sienten hambre de justicia y
esperan miles de años la redención, saben que está bien muerto y que no
volverá, como no vuelven las frías y veleidosas divinidades griegas.
Los hombres, siguiéndole, no habían visto un horizonte nuevo: habían
caminado por senderos conocidos. Sólo cambiaban el exterior y el nombre
de las cosas. La humanidad contemplaba a la luz cenicienta de una
religión que maldice la vida, lo que antes había visto en la inocencia
de la infancia. El esclavo redimido por Cristo era ahora el asalariado
moderno, con su derecho a morir de hambre, sin el pan y el cántaro de
agua que su antecesor encontraba en el ergástula. Los mercaderes
arrojados del templo tenían asegurada la entrada en la gloria eterna y
eran los sostenes de toda virtud. Los privilegiados hablaban del reino
de los cielos como de un placer más que añadir a los que disfrutaban en
la tierra. Los pueblos cristianos se exterminaban, no por los caprichos
y los odios de sus pastores, sino por algo menos concreto, por el
prestigio de un trapo ondeante, cuyos colores les enloquecían. Se
mataban fríamente hombres que no se habían visto nunca, que dejaban a
sus espaldas un campo por cultivar y una familia abandonada; hermanos de
dolor en la cadena del trabajo, sin otras diferencias que la lengua y la
raza.
En las noches de invierno, la gran muchedumbre de la miseria pululaba en
las calles de las ciudades, sin pan y sin techo, como si estuviese en un
desierto. Los niños lloraban de frío, ocultando las manos bajo los
sobacos; las mujeres de voz aguardentosa se encogían como fieras en el
quicio de una puerta, para pasar la noche; los vagabundos sin pan,
miraban los balcones iluminados de los palacios o seguían el desfile de
las gentes felices que, envueltas en pieles, en el fondo de sus
carruajes, salían de las fiestas de la riqueza. Y una voz, tal vez la
misma, repetía en sus oídos, que zumbaban de debilidad: «No esperéis
nada. ¡Cristo ha muerto!»
El obrero sin trabajo, al volver a su frío tugurio, donde le aguardaban
los ojos interrogantes de la hembra enflaquecida, dejábase caer en el
suelo como una bestia fatigada, después de su carrera de todo un día
para aplacar el hambre de los suyos. «¡Pan, pan!» le decían los
pequeñuelos esperando encontrarlo bajo la blusa raída. Y el padre oía la
misma voz, como un lamento que borraba toda esperanza: «¡Cristo ha
muerto!»
Y el jornalero del campo que, mal alimentado con bazofia, sudaba bajo el
sol, sintiendo la proximidad de la asfixia, al detenerse un instante
para respirar en esta atmósfera de horno, se decía que era mentira la
fraternidad de los hombres predicada por Jesús, y falso aquel dios que
no había hecho ningún milagro, dejando los males del mundo lo mismo que
los encontró al llegar a él... Y el trabajador vestido con un uniforme,
obligado a matar en nombre de cosas que no conoce a otros hombres que
ningún daño le han hecho, al permanecer horas y horas en un foso,
rodeado de los horrores de la guerra moderna, peleando con un enemigo
invisible por la distancia, viendo caer destrozados miles de semejantes
bajo la granizada de acero y el estallido de las negras esferas, también
pensaba con estremecimientos de disimulado terror: «¡Cristo ha muerto,
Cristo ha muerto!»
Sí; bien muerto estaba. Su vida no había servido para aliviar uno solo
de los males que afligen a los humanos. En cambio, había causado a los
pobres un daño incalculable predicándoles la humildad, infiltrando en
sus espíritus la sumisión, la creencia del premio en un mundo mejor. El
envilecimiento de la limosna y la esperanza de justicia ultraterrena
habían conservado a los infelices en su miseria por miles de años. Los
que viven a la sombra de la injusticia, por mucho que adorasen al
Crucificado, no le agradecerían bastante sus oficios de guardián durante
diecinueve siglos.
Pero los infelices sacudían ya su atonía: el dios era un cadáver. No más
resignación. Ante el Cristo muerto había que aclamar el triunfo de la
Vida. El cadáver inmenso aun pesaba sobre la tierra, pero las
muchedumbres engañadas se agitaban ya, dispuestas a sepultarle. Por
todos lados se oían los vagidos del mundo nuevo que acababa de nacer. La
Poesía que profetizó vagamente la llegada de Cristo, anunciaba ahora la
aparición del gran Redentor, que no había de encerrarse en la debilidad
de un hombre, sino que encarnaría en la inmensa masa de los
desheredados, de los tristes, con el nombre de Rebelión.
Los hombres comenzaban de nuevo su marcha hacia la fraternidad, el ideal
de Cristo: pero abominando de la mansedumbre, despreciando la limosna
por envilecedora e inútil. A cada cual lo suyo, sin concesiones que
denigran, ni privilegios que despiertan el odio. La verdadera
fraternidad era la Justicia social.
Calló Salvatierra, y viendo que oscurecía, dio una vuelta, comenzando a
desandar el camino.
Jerez, como una gran mancha negra, recortaba las líneas de sus torres y
tejados sobre el último resplandor del crepúsculo, mientras abajo
perforaban su oscuridad las rojas estrellas del alumbrado.
Los dos hombres vieron marcarse sus sombras sobre la blanca superficie
del camino. La luna salía a sus espaldas, remontándose en el espacio.
Lejos aún de la ciudad, oyeron un ruidoso cascabeleo que hacía apartarse
a un lado a los carros que volvían de los cortijos, lentamente, con
sordo rechinar de ruedas.
Salvatierra y su discípulo, refugiándose en la cuneta, vieron pasar
cuatro briosos caballos con borlajes saltones y chillonas ristras de
cascabeles tirando de un coche lleno de gente. Cantaban, gritaban,
palmoteaban, llenando el camino con su alegría loca, esparciendo el
escándalo de la -juerga- sobre las llanuras muertas que aun parecían
más tristes a la luz de la luna.
Pasó el carruaje como un rayo entre nubes de polvo, pero Fermín pudo
reconocer al que guiaba los caballos. Era Luis Dupont que, erguido en el
pescante, arreaba con la voz y el látigo a las cuatro bestias que
corrían desbocadas. Una mujer que iba junto a él, también gritaba
azuzando al ganado con una fiebre de velocidad loca. Era la
-Marquesita-. Montenegro creyó que le había reconocido, pues al
alejarse, agitó una mano entre la nube de polvo, gritándole algo que no
pudo oír.
--Esos van de juerga, don Fernando--dijo el joven cuando se restableció
el silencio en el camino.--Les parece estrecha la ciudad, y, como mañana
es domingo, querrán pasarlo en Matanzuela a sus anchas.
Salvatierra, al oír el nombre del cortijo, recordó a su camarada del
ventorro del Grajo, aquel enfermo que ansiaba su presencia como el mejor
remedio. No le había visto desde el día en que el temporal le obligó a
refugiarse en Matanzuela, pero le recordaba muchas veces, proponiéndose
repetir su visita en la próxima semana. Prolongaría uno de sus largos
paseos, llegando hasta aquella choza donde le esperaban como un
consuelo.
Fermín habló de los recientes amoríos de Luis con la -Marquesita-. Al
fin, la amistad les había conducido a un término, que los dos parecían
querer evitar. Ella ya no estaba con el tosco ganadero de cerdos. Volvía
a tirarle el señorío, según decía, y alardeaba impúdicamente de sus
nuevas relaciones, viviendo en casa de Dupont y entregándose los dos a
fiestas ruidosas. Les parecía su amor desabrido y monótono, si no lo
sazonaban con embriagueces y escándalos que alterasen la hipócrita calma
de la ciudad.
--Se han juntado dos locos--continuó Fermín.--Cualquier día se pelearán,
saliendo de una de sus juergas echando sangre; pero, mientras tanto, se
creen felices y exhiben su dicha con una desvergüenza admirable. Yo creo
que lo que más les divierte es la indignación de don Pablo y su familia.
Montenegro relató las últimas aventuras de estos enamorados, que
alarmaban a la ciudad. Jerez les parecía estrecho para su dicha y
corrían los cortijos y las poblaciones inmediatas, llegando hasta Cádiz,
seguidos del cortejo de cantadores y matones que acompañaba siempre a
Luis Dupont. Pocos días antes habían tenido en Sanlúcar de Barrameda una
fiesta estruendosa, al final de la cual, la -Marquesita- y su amante,
embriagando a un camarero, le raparon la cabeza con unas tijeras. En el
-Círculo Caballista-, reían los señoritos al comentar las hazañas de
aquella pareja. ¡Pero qué buena sombra tenía Luis! ¡Qué gran mujer la
-Marquesita-!...
Y los dos amantes, en una continua borrachera, que apenas se desvanecía
era reforzada, como si temiesen perder la ilusión viéndose fríamente sin
la engañosa alegría del vino, iban de un lado a otro, cual un vendaval
de escándalo, entre los aplausos de la gente joven y la indignación de
las familias.
Salvatierra escuchaba a su discípulo con gesto irónico. Le interesaba
Luis Dupont. Era un buen ejemplar de aquella juventud ociosa, dueña de
todo el país.
Apenas habían llegado los dos paseantes a las primeras casas de Jerez,
cuando el carruaje de Dupont, rodando vertiginosamente a impulsos de las
briosas bestias, que corrían como locas, estaba ya en Matanzuela.
Los perros del cortijo ladraron furiosamente al oír el galope, cada vez
más cercano, acompañado de gritos, rasgueos de guitarra y canciones de
prolongado lamento.
--Ahí viene el amo--dijo -Zarandilla-.--Nadie pué ser más que él.
Y llamando al aperador, salieron los dos fuera del cortijo para ver
llegar, a la luz de la luna, el ruidoso carruaje.
Bajó del pescante de un salto la gentil -Marquesita-, y poco a poco
fueron disgregándose del amontonamiento de carne que llenaba el interior
todos los del séquito. El señorito abandonó las riendas a -Zarandilla-,
después de hacerle varias recomendaciones para que cuidase bien el
ganado.
Rafael avanzó quitándose el sombrero.
--¿Eres tú, buen mozo?--dijo la -Marquesita- con desenvoltura.--Cada vez
estás más guapo. Si no fuese por darle un disgusto a María de la Luz,
cualquier día engañábamos a -éste-.
Pero -éste-, o sea Luis, reía de la desvergüenza de su prima, sin que le
molestase la muda comparación a que parecían entregados los ojos de
Lola, entre su cuerpo desmedrado de vividor alegre y la fuerte armazón
del aperador del cortijo.
El señorito pasó revista a su gente. Ninguno se había perdido en el
viaje; todos estaban: la -Moñotieso-, famosa cantaora, y su hermana; su
señor padre, un veterano del baile clásico que había hecho tronar bajo
sus tacones los tablados de todos los cafés cantantes de España; tres
protegidos de Luis, graves y cejijuntos, con la mano en la cadera y los
ojos entornados, como si no osaran mirarse por no infundirse espanto, y
un hombre carilleno, con sotobarba sacerdotal y unos tufos de pelo
pegados a las orejas, guardando bajo el brazo una guitarra.
--¡Ahí le tienes!--dijo el señorito a su aperador, señalándole al
guitarrista.--El señó Pacorro, alias el -Águila-, el primer tocador del
mundo. ¡El -Guerra-, matando toros, y mi amigo con la guitarra!... ¡el
disloque!
Y como el cortijero se quedase mirando a este ser extraordinario, cuyo
nombre no había oído jamás, el tocador se inclinó ceremoniosamente como
un hombre de mundo, experto en fórmulas sociales.
--Beso a uzté la mano...
Y sin añadir palabra se entró en el cortijo, siguiendo a la demás gente
que guiaba la -Marquesita-.
La mujer de -Zarandilla- y Rafael, ayudados por aquella tropa,
arreglaron las habitaciones del amo. Dos quinqués humosos dieron luz a
la gran sala de enjalbegadas paredes, adornadas con algunos cromos de
santos. Los hombres de confianza de don Luis, doblando el espinazo con
cierta pereza, sacaron de espuertas y cajones todas las vituallas
traídas en el carruaje.
La mesa se llenó de botellas, que transparentaban la luz; unas de color
de avellana, otras de oro pálido. La vieja de -Zarandilla- se entró en
la cocina, seguida de las demás mujeres, mientras el señorito preguntaba
al aperador por la gente de la gañanía.
Casi todos los hombres estaban fuera del cortijo. Como era sábado, los
jornaleros de la sierra se habían ido a sus pueblos. Sólo quedaban los
gitanos y las bandas de muchachas que bajaban a la escarda confiadas a
la vigilancia de sus manijeros.
El amo recibía con satisfacción estos informes. No le gustaba divertirse
teniendo a la vista a los jornaleros, gentes envidiosas, de corazón
duro, que rabiaban con la alegría ajena y andaban después propalando
los mayores embustes. Le placía estar a sus anchas en el cortijo. ¿No
era el amo?... Y saltando de un pensamiento a otro con su incoherente
ligereza, se encaró con los acompañantes. ¿Qué hacían sentados, sin
beber, sin hablar, como si estuviesen velando a un muerto?...
--Vamos a ver esas manitas de oro, maestro--dijo al tocador que, con la
guitarra sobre las rodillas y la mirada en alto, se entretenía haciendo
arpegios.
El maestro -Águila-, después de toser varias veces, comenzó un rasgueo,
interrumpido de vez en cuando por las escalas gimeantes de la cuerda
prima. Uno de los esbirros de don Luis destapó botellas y ordenó las
filas de cañas, ofreciendo estos tubos de cristal, llenos de líquido
dorado con una corona de burbujas. Las mujeres, atraídas por la
guitarra, llegaron corriendo de la cocina.
--¡Venga de ahí, -Moñotieso-!--gritó el señorito.
Y la cantaora rompió en una -soleá-, con una voz aguda y poderosa, que
después de hincharla el cuello como si éste fuera a reventarse, atronaba
la sala y ponía en conmoción a todo el cortijo.
El honorable padre de la -Moñotieso-, como hombre versado en sus
deberes, sin esperar invitaciones, sacó a su otra hija al centro de la
habitación y comenzó el baile con ella.
Rafael se alejó prudentemente, después de beber dos copas. No quería
estorbar la fiesta con su presencia. Además, deseaba revistar el
cortijo antes que adelantase la noche, temiendo que el amo quisiera
recorrerlo por un capricho de su embriaguez.
En el patio se tropezó con -Alcaparrón-, que atraído por el ruido de la
fiesta esperaba una coyuntura para introducirse en la sala con su
pegajosidad de parásito. El aperador le amenazó con varios palos si
seguía allí.
--Largo, granuja; esos señores no quieren ná con los gitanos.
-Alcaparrón- se alejó con aire humilde, pero dispuesto a volver apenas
desapareciese el señor Rafael, el cual entrose en la cuadra para ver si
los caballos del amo estaban bien cuidados.
Cuando pasada una hora volvió el aperador al lugar de la fiesta, vio
sobre la mesa muchas botellas vacías.
La gente estaba lo mismo, como si el líquido se hubiera derramado en el
suelo: solamente el tocador rasgueaba con más fuerza y los demás batían
palmas con una agitación loca, gritando a un tiempo para jalear al viejo
bailarín. El respetable padre de las -Moñotieso-, abriendo la boca
desdentada y negra con femeniles gritos, movía sus caderas descarnadas,
hundiendo el vientre para hacer surgir con mayor relieve la parte
opuesta. Sus mismas hijas celebraban con grandes risotadas estos alardes
de una vejez envilecida.
--¡Olé, grasioso!...
El anciano seguía bailando como una caricatura femenil entre las
lúbricas excitaciones que le dirigía la -Marquesita-.
-¡San Patrisio!...-
-¡Que la puerta se sale del quisio!-
Y al cantar esto movíase de tal modo, que parecía próximo a hacer salir
de su quicio natural una parte de su dorso, mientras los hombres le
arrojaban los sombreros a los pies, entusiasmados por esta danza infame,
deshonra del sexo.
Cuando el bailador volvió a su silla, sudoroso y pidiendo una copa como
premio de su cansancio, se hizo un largo silencio.
--Aquí fartan mujeres...
Era el -Chivo- el que hablaba, después de escupir por la comisura de los
labios, con la gravedad solemne de un valentón parco en palabras.
La -Marquesita- protestó.
--¿Y nosotras qué somos, mamarracho?
--Sí; eso es: ¿qué somos nosotras?--añadieron como un eco las dos de
-Moñotieso-.
El -Chivo- se dignó explicarse. Él no quería -fartar- a las señoras
presentes; quería decir que la juerga, para que marchase bien,
necesitaba más mujerío.
El señorito se puso de pie con resolución. ¿Mujerío?... Él lo tenía; en
Matanzuela había de todo. Y empuñando una botella, dio orden a Rafael
para que le acompañase a la gañanía.
--Pero, señorito, ¿qué va a jacer su mercé?...
Luis obligó al aperador a que le guiase, a pesar de sus protestas, y
todos le siguieron.
Cuando la alegre banda entró en la gañanía, la vio casi desierta. La
noche era de primavera y los manijeros y el arreador estaban sentados en
el suelo, cerca de la puerta, viendo el campo que azuleaba silencioso
bajo la luz de la luna. Las mujeres dormitaban en los rincones, o
formando corrillos oían cuentos de brujas y milagros de santos con un
silencio religioso.
--¡El amo!--dijo el aperador al entrar.
--¡Arriba! ¡Arriba! ¿Quién quiere vino?--gritó alegremente el señorito.
Todos se pusieron de pie, sonriendo a la inesperada aparición.
Las muchachas contemplaban con asombro a la -Marquesita- y sus dos
acompañantas, admirando sus pañolones floreados de la China, sus
relucientes peinados.
Los hombres se encogían modestamente ante el señorito, que les ofrecía
una copa, mientras sus ojos se iban tras la botella que tenía en las
manos. Después de hipócritas negativas, bebieron todos. Era vino de
ricos, del que ellos no conocían. ¡Oh! ¡aquel don Luis era todo un
hombre! Algo calavera; pero la juventud le servía de excusa y además
tenía un gran corazón. ¡Todos los amos que fuesen como él!...
--¿Pero, qué vino, compañero?--se decían unos a otros, enjugándose los
labios con el reverso de la mano.
La tía -Alcaparrona- también bebió, y su hijo, que al fin había
conseguido agregarse al cortejo del amo, pasaba y repasaba ante éste,
enseñándole la dentadura caballar con la mejor de sus sonrisas.
Dupont peroraba tremolando en alto la botella. Venía para invitar a su
comilona a todas las muchachas de la gañanía, pero sólo a las guapas. Él
era así: llano y francote: ¡viva la democracia!...
Las muchachas, ruborosas en presencia del amo, a quien muchas de ellas
veían por primera vez, retrocedían mirando al suelo, con las manos
puestas ante la falda. Dupont las señalaba: ¡esta! ¡esta!... Y se fijó
también en Mari-Cruz, la prima de -Alcaparrón-.
--Tú, gitana, también. Eres feílla, pero tienes ángel y sabrás cantar.
--Como los serafines, señó--dijo el primo queriendo aprovechar el
parentesco para introducirse en la fiesta.
Las muchachas, repentinamente ariscas, como si les amagase algún
peligro, se hacían atrás, negándose a aceptar el convite. Ya habían
cenado, ¡muchas gracias! Pero poco después reían, cuchicheando
satisfechas, al ver el mal gesto que ponían ciertas compañeras al no ser
designadas por el amo o sus acompañantes. La tía -Alcaparrona- las reñía
por su timidez:
--¿Por qué no queréis dir? Andad, payas, y si no tenéis gana de jartaros
de cosas buenas, tomad algo de lo que el señó os dé. ¡Pues, poquitas
veces que me orsequió a mí el señó marqués, el papá de este sol
resplandesiente que aquí está!
Y decía esto señalando a la -Marquesita-, que examinaba a algunas de
aquellas jóvenes, como si quisiera adivinar su hermosura debajo de las
ropas astrosas.
Los manijeros, conmovidos por el vino del amo, que no había hecho más
que despertar su sed, intervenían paternalmente con el pensamiento
puesto en otras botellas. Podían ir con don Luis sin miedo alguno: lo
decían ellos, que eran los encargados de cuidarlas y respondían de su
seguridad ante sus familias.
--Es un cabayero, muchachas, y además, vais a cenar con estas señoras.
Toos personas decentes.
La resistencia fue de corta duración, y, por fin, salió un grupo de
jóvenes escoltado por el amo y sus huéspedes.
Los que quedaron en la gañanía comenzaron a buscar por los rincones una
guitarra. ¡Buena se presentaba la noche! Al salir el amo, había dicho al
aperador que enviase a aquella gente todo el vino que pidiera. ¡Oh, qué
don Luis!...
La mujer de -Zarandilla- puso la mesa, ayudada por las jóvenes serranas,
que habían adquirido cierto aplomo al verse en las habitaciones del
amo. Además, el señorito, con una franqueza que las enorgullecía,
haciéndolas subir a la cara oleadas de sangre, iba de una a otra con la
botella y la batea de cañas, obligándolas a que bebiesen. El padre de
las -Moñotieso- las hacía enrojecer y prorrumpir en risotadas semejantes
a cocleos de gallinas, relatándolas al oído cuentos impúdicos.
Eran más de veinte para la cena, y apretados en torno de la mesa,
comenzaron a comer los platos que -Zarandilla- y su mujer servían con
gran dificultad, pasándolos por encima de las cabezas.
Rafael se mantenía de pie junto a la puerta, no sabiendo si ausentarse o
hacerse visible, por respeto al amo.
--Siéntate, hombre--ordenó magnánimamente don Luis.--Te lo permito.
Y como la gente se estrechase aún más, para hacerle sitio, la
-Marquesita- se levantó llamándole. ¡Allí, al lado de ella! El aperador,
al sentarse, creyó que se sumergía en las faldas y las susurrantes ropas
interiores de la hermosa, quedando como pegado a ella, en ardoroso
contacto con un lado de su cuerpo.
Los muchachas rechazaban con remilgos los primeros ofrecimientos del
señorito y sus compañeros. Gracias; ellas habían cenado. Además, no
estaban acostumbradas a las comidas fuertes de los señores, y podían
hacerlas daño.
Pero el olor de la carne, de la sagrada carne siempre vista de lejos y
de la que se hablaba en la gañanía como de un manjar de dioses, pareció
marearlas con una embriaguez más intensa que la del vino. Una tras otra,
fueron arrojándose sobre los platos, y perdido el primer escrúpulo,
comenzaron a devorar como si saliesen de larguísimos ayunos.
El señorito celebraba la voracidad con que se movían aquellas
mandíbulas, y sentía una satisfacción moral casi equivalente a la que
proporciona el bien. ¡Él era así! ¡le gustaba de vez en cuando alternar
con los pobres!
--¡Olé las mujeres de buen diente!... Ahora a beber para que no se os
atragante el bocado.
Las botellas se vaciaban, y las bocas de las muchachas, azuladas antes
por la anemia, mostrábanse rojas con el zumo de la carne, y brillantes
con las gotas de vino que se escurrían hasta las barbillas.
Mari-Cruz, la gitana, era la única que no comía. -Alcaparrón- la hacía
señas rondando la mesa como un perro. ¡La pobre estaba siempre tan falta
de apetito!... Y con su habilidad de gitano, escamoteaba todo lo que con
disimulo le ofrecía Mari-Cruz. Después salía al patio unos instantes
para zampárselo de golpe, mientras la prima enfermiza bebía y bebía,
admirando el vino de los señores como lo más sorprendente de la fiesta.
Rafael apenas comió, trastornado por la vecindad de la -Marquesita-. Le
atormentaba el contacto de aquel cuerpo hermoso hecho para el amor; el
perfume incitante de la carne fresca purificada por una limpieza
desconocida en los campos. Ella, en cambio, parecía aspirar con
delectación por su naricilla sonrosada y palpitante, el vaho de macho
campesino, el olor de cuero, de sudor y de cuadra que se esparcía con
los movimientos del arrogante galán.
--Bebe, Rafael: anímate. ¡Mira a -mi hombre- qué amartelado está con sus
serranas!
Y señalaba a Luis que, atraído por la novedad, se olvidaba de ella para
requebrar a sus vecinas; dos jornaleras que ofrecían el encanto de una
belleza rústica, mal lavada; dos beldades de cortijo en las que creía
aspirar el perfume acre de las dehesas, el vaho animal de los rebaños.
Era cerca de media noche cuando terminó la cena. El ambiente de la sala
se había caldeado y era sofocante.
El fuerte olor del vino derramado y de los platos sobrantes caídos en un
rincón, mezclábase con el hedor de petróleo de los quinqués.
Las muchachas, enrojecidas por la digestión, respiraban con dificultad y
se aflojaban los cuerpos de sus vestidos, desabrochándose el pecho.
Lejos de la vigilancia de los manijeros y trastornadas por el vino,
olvidaban sus remilgos de vírgenes silvestres. Se entregaban con
verdadera furia al goce de esta fiesta extraordinaria, que era como un
relámpago en su vida oscura y triste.
Una de ellas, por una copa derramada sobre su falda, irguiose amenazando
a otra con las uñas. Sentían en sus cuerpos la presión de brazos
varoniles y sonreían con cierta beatitud, como absolviéndose
anticipadamente de todos los contactos que pudieran sufrir en el dulce
abandono del bienestar. Las dos -Moñotieso-, ebrias y furiosas al ver
que los hombres sólo atendían a las -payas-, hablaban de desnudar a
-Alcaparrón-, para mantearle; y el muchacho, que había dormido vestido
toda su vida, escapaba, temblando por su gitana pudibundez.
La -Marquesita- se arrimaba cada vez más a Rafael. Parecía que todo el
calor de su organismo se había concentrado en el lado que tocaba al
aperador, quedando el costado opuesto frío e insensible. El mocetón,
obligado a beber las copas que le ofrecía la señorita, sentíase ebrio,
pero con una embriaguez nerviosa que le hacía bajar la cabeza y fruncir
las cejas torvamente, deseando pelearse con cualquiera de los valientes
que acompañaban a don Luis.
El calor femenil de esta carne suave, que le acariciaba con su contacto
por debajo de la mesa, le irritaba como un peligro difícil de vencer.
Intentó levantarse varias veces, pretextando ocupaciones afuera, pero se
sintió agarrado por una manecita de nerviosa fuerza.
--Siéntate, ladrón; si te meneas, de un pellizco te arranco el alma.
Y tan borracha como los otros, apoyando su cabeza rubia en una mano, la
-Marquesita- le contemplaba con los ojos entornados; unos ojos azules,
cándidos, que parecían no manchados jamás por la nube de un pensamiento
impuro.
Luis, entusiasmado por la admiración de las dos muchachas sentadas junto
a él, quiso mostrarse en toda su grandeza heroica, y repentinamente
arrojó una copa a la cara del -Chivo-, que estaba enfrente. La fiera del
presidio contrajo su carátula feroz e hizo un movimiento para
incorporarse, llevándose una mano al bolsillo interior de la chaqueta.
Hubo un silencio de angustia, pero el valentón, pasado el primer
movimiento, permaneció en su silla.
--Don Luis--dijo con una mueca de adulación.--Usté es el único hombre
que puede jaser eso. Usté es mi pare.
--¡Y porque soy más valiente que tú!--gritó con arrogancia el señorito.
--Eso--afirmó el matón con otra sonrisa aduladora.
El señorito paseó su mirada de triunfador sobre las aterradas jóvenes,
no acostumbradas a tales escenas. ¿Eh?... ¡Allí tenían a un hombre!
Las -Moñotieso- y su padre, que por acompañar a todas partes a don Luis
como pupilos de su generosidod «se lo sabían de memoria», se
apresuraron a dar por terminada la escena, moviendo gran estrépito. ¡Olé
los hombres de -verdá-! ¡Más vino! ¡Más vino!
Y todos, hasta el terrible matón, bebieron a la salud del señorito,
mientras éste, como si le sofocase su propia grandeza, se despojaba de
la chaqueta y el chaleco y poniéndose de pie agarraba a sus dos
compañeras. ¿Qué hacían allí, apretados en torno de la mesa, mirándose
unos a otros? ¡Al patio! ¡A correr, a jugar, a seguir la juerga bajo la
luna, ya que la noche era de las buenas!...
Y todos salieron a la desbandada, empujándose, ansiando en la asfixia de
la embriaguez aspirar el aire libre del patio. Muchas, al abandonar la
silla andaban tambaleantes, apoyando la cabeza en el pecho de un hombre.
La guitarra del señor Pacorro sonó con triste quejido al chocar con el
quicio de la puerta, como si la salida fuese estrecha para el
instrumento y el -Águila-, que lo empuñaba.
Rafael fue a levantarse también, pero le contuvo otra vez la nerviosa
manecita.
--Tú aquí--ordenó la hija del marqués,--a hacerme compañía. Deja que se
divierta esa gentuza... ¡Pero no me huyas, mala sombra!: parece que te
doy miedo.
El aperador, al verse libre de la opresión de los vecinos, había hecho
retroceder su silla. Pero el cuerpo de la señorita le buscaba, se
apoyaba en él, sin que pudiera librarse de su dulce pesadumbre, por más
que echaba el pecho atrás.
Afuera, en el patio, sonaba la guitarra del señor Pacorro, y las
cantaoras, roncas por el vino, acompañábanla con gritos y palmas.
Pasaban corriendo las jornaleras por cerca de la puerta perseguidas por
los hombres, riendo con nerviosas carcajadas, como si las cosquillease
el aire de los que iban a sus alcances. Se adivinaban sus escondites en
la cuadra, en los graneros, en el horno, en todos los departamentos del
cortijo que comunicaban con el patio; y en estas piezas oscuras, los
encuentros, las risas sofocadas, los gritos de sorpresa.
Rafael, en su embriaguez, no tenía más que un pensamiento: librarse de
las audaces manos de la -Marquesita-, del peso de su cuerpo, de aquel
ambiente tentador, contra el cual se defendía torpemente, seguro de ser
vencido.
Callaba asombrado por lo extraordinario de la aventura, cohibido por su
respeto a las jerarquías sociales. ¡La hija del marqués de San Dionisio!
Esto es lo que le hacía permanecer en su asiento, defendiéndose con
debilidad de una hembra, a la que podía repeler con sólo el impulso de
una de sus manazas. Por fin, tuvo que hablar:
--¡Déjeme su mercé, señorita!... ¡Doña Lola... que no pué ser!
Viéndole ella encogerse con una pudibundez de doncella, prorrumpió en
insultos. ¡Ya no era el mozo arrogante de otros tiempos, cuando hacía el
contrabando y andaba por los colmados de Jerez con toda clase de
mujeres! La tal María de la Luz le tenía embrujado. ¡Una gran virtud,
que vivía en una viña, rodeada de hombres!...
Y continuó soltando infamias contra la novia de Rafael, sin que éste se
inmutase. El aperador deseaba verla así; sentíase de este modo más
fuerte para resistir a la tentación.
La -Marquesita-, completamente ebria, insistía en sus insultos con la
ferocidad de la mujer despreciada, pero sin separarse de él.
--¡Cobarde! ¿Es que no te gusto?...
-Zarandilla- entró en la sala apresuradamente, como si quisiera hablar
al aperador, pero se detuvo. Afuera, junto a la puerta, sonaba la voz
del señorito con tono irritado. ¡Estando él allí no había más aperador,
ni más -gobierno- del cortijo, que su persona!... ¡A obedecer,
cegato!...
Y el viejo volvió a salir con tanto apresuramiento como había entrado,
sin decir una palabra al aperador.
Rafael se irritó ante la terquedad de aquella mujer. ¡Si no fuese por su
miedo a que le indispusiera con el amo, haciéndole perder el puesto en
el cortijo, que era la esperanza de él y su novia!...
Ella seguía insultándolo, pero menos iracunda, como si la embriaguez la
privase de movimiento y su deseo no pudiera exteriorizarse más que con
palabras. Su cabeza resbalaba sobre el pecho de Rafael: inclinábase, con
los ojos entornados, aspirando aquel perfume hombruno, que parecía
adormecerla. Tenía su busto caído en las rodillas del campesino, y aun
le insultaba, como si encontrase en esto una extraña delectación.
--Me voy a quitar las enaguas pa que te las pongas... ¡bobalicón!...
Debían llamarte María, como a la sosa de tu novia...
En el patio resonó un alarido de terror, acompañado de brutales
carcajadas. Luego carreras ruidosas, choque de cuerpos contra las
paredes, todo el estrépito del peligro y el miedo.
Rafael se levantó de un salto, sin fijarse en la -Marquesita-, que rodó
por tierra. Tres muchachas entraron en el mismo instante, con tal
impulso, que derribaron varias sillas. Tenían la cara blanca, con una
palidez mortal; los ojos agrandados por el miedo; agachábanse como si
quisieran introducirse bajo la mesa.
El aperador salió al patio. En medio de él, una bestia daba resoplidos,
mirando a la luna, como si extrañase el verse en libertad.
Junto a sus patas, yacía extendido algo blanco, que apenas si marcaba un
pequeño bulto sobre el suelo.
De la sombra que proyectaban los tejados, a lo largo de las paredes,
salían carcajadas hombrunas y agudos chillidos de mujer. El señor
Pacorro, el -Águila-, continuaba inmóvil en un poyo, rasgueando su
guitarra con la serenidad de una borrachera grave, a prueba de toda
clase de sorpresas.
--¡La pobrecita Mari-Cruz--lloriqueó -Alcaparrón-.--¡La va a matá el
bicho! ¡La va a matá!...
El aperador lo comprendió todo... ¡Pero qué señorito tan gracioso! Para
dar una sorpresa a los amigos y reír con el susto de las mujeres, había
obligado a -Zarandilla- a que soltase un novillo del establo. La gitana,
alcanzada por la bestia, habíase desmayado del susto... ¡Juerga
completa!
VI
--¡La pobrecita Mari-Cruz!--lloriqueó -Alicappón---.
La gitana Mari-Cruz se moría. Lo anunciaba -Alcaparrón- con sus
lloriqueos a todos los del cortijo, sin hacer caso de las protestas de
su madre.
--¡Qué sabes tú, bobo!... A otros, peor que ella, los sacó alante mi
comare...
Pero el gitano, despreciando la fe de la señora -Alcaparrona- en la
sabiduría de su comadre, presentía la muerte de la prima con la
clarividencia del cariño. En el cortijo y en el campo, contaba a todos
el origen de la enfermedad.
--¡La mardita groma del señorito!... La pobresita siempre ha sido poca
cosa, siempre malucha, y el susto del novillo la ha acabao de matar.
¡Premita Dios!...
Y el respeto al rico, la sumisión tradicional al amo, cortaban en sus
labios la gitana maldición.
Aquel cuervo fatídico que, según él, llamaba a los buenos cuando faltaba
uno en el camposanto, debía estar ya despierto, alisándose con el pico
las negras alas y preparando el graznido para que compareciese su prima.
¡Ay, pobrecita Mari-Cruz! ¡La mejor de la familia!... Y para que la
muchacha no adivinase sus pensamientos, manteníase a distancia, viéndola
de lejos, sin osar aproximarse al rincón de la gañanía, donde estaba
tendida sobre un petate, cedido misericordiosamente por los jornaleros.
La seña -Alcaparrona-, viendo a su sobrina, dos días después de la
nocturna juerga, calenturienta y sin fuerzas para ir al campo, había
diagnosticado la enfermedad, con su práctica de decidora de buenaventura
y bruja curandera. Era el susto del novillo «que se le había quedao
-adrento-».
--La pobresita--decía la vieja--estaba en su... pues, en eso; y ya se
sabe que en tal caso los sustos son de cuidao. Es sangre corrompía que
se le ha subío al pecho y la ajoga. Por eso pide siempre de beber, como
si con un río no la bastase.
Y por toda medicina, cuando al amanecer salía al campo a trabajar con la
familia, colocaba junto a los andrajos de la cama un jarro siempre
lleno.
Gran parte del día lo pasaba la muchacha sola en el rincón más oscuro
del dormitorio de los gañanes. Algún perro del cortijo, entrando de
tarde en tarde, daba vueltas en torno de ella con un gruñido sordo, que
expresaba su extrañeza, y después de intentar lamer su cara pálida,
alejábase repelido por las manos exangües, transparentes, infantiles.
A medio día, cuando un rayo de sol filtraba su faja de oro en la
penumbra de lo cuadra humana, las moscas de primavera llegaban hasta el
oscuro rincón, animando con su zumbido la soledad.
Algunas veces entraban -Zarandilla- y su mujer a ver a Mari-Cruz.
--Ánimo, muchacha; hoy ties mejor cara. Lo que importa es que eches todo
lo malo que se te ha subío al pecho.
La enferma, sonriendo débilmente, tendía sus flacos brazos para coger el
jarro, y bebía y bebía, con lo esperanza de que el agua deshiciese la
bola ardorosa y sofocante que dificultaba su respiración, transmitiendo
a todo su cuerpo el fuego de la fiebre.
Cuando se retiraba el rayo de sol, extinguiéndose el zumbido de las
moscas, y el pedazo de cielo encuadrado por la puerta tomaba un suave
color de violeta, la enferma alegrábase. Era la mejor de las horas: iban
a llegar los suyos. Y sonreía a -Alcaparrón- y sus hermanos, que se
sentaban en el suelo en semicírculo sin decirla nada, mirándola con ojos
interrogantes, como si quisieran atrapar a la fugitiva salud. Su tía,
todas las tardes al volver, lo primero que preguntaba era si había
arrojado -aquello-, aguardando que expeliera por la boca la pudredumbre,
la mala sangre que el susto había acumulado en su pecho.
La enferma animábase también con la presencia de los compañeros de
trabajo, aquellos gañanes que antes de comer su gazpacho de la noche
pasaban un momento ante ella, esforzándose por infundirla ánimo con
rudas palabras. El temible Juanón la hablaba todas las noches,
proponiendo curaciones enérgicas, propias de su carácter:
--Tú lo que necesitas es comer, chiquiya; trajelar. Too lo que tienes es
hambre.
Y a continuación ofrecíala cuantos alimentos extraordinarios poseían sus
compañeros: un pedazo de bacalao, una morcilla de la sierra que
milagrosamente se conservaba en la gañanía... Pero la gitana rechazábalo
todo con gesto agradecido.
--Tú te lo pierdes; te se da de too corazón. Así estás de enjuta y
esmirriá, y así te morirás: porque no comes.
Juanón se afirmaba en esta creencia, viendo el estado de consunción de
la muchacha. Ya no quedaba en ella el menor vestigio de carne: sus
débiles músculos de anémica se habían derretido. Sólo subsistía el
esqueleto, marcando sus angulosidades bajo la epidermis blancuzca, que
parecía adelgazarse también como una envoltura sutil.
Toda su vida parecía concentrada en los ojos hundidos, cada vez más
negros, con más luz, como dos gotas de légamo tembloroso en las
profundidades de las órbitas amoratadas.
Por la noche, -Alcaparrón-, en cuclillas detrás de ella, huyendo de su
mirada para llorar libremente, veía clarear a la luz del candil sus
orejas y las alillas de la nariz, con una transparencia de hostia.
El aperador, alarmado por el aspecto de la enferma, hablaba de traer un
médico de la ciudad.
--Esto no es cristiano, tía -Alcaparrona-. Esa criatura se muere como
una bestia.
Pero ella protestaba con indignación. ¿Un médico? Eso era para los
señores, para los ricos. ¿Y quién había de pagarlo?... Además, ella no
había necesitado de médico en toda su vida y era vieja. Las gentes de su
raza, aunque pobres, tenían su poquito de ciencia, que los -gachés-
buscaban muchos veces.
Y llamada por ella se presentó en el cortijo su -comare-, una gitana
viejísima, que gozaba gran fama de curandera en Jerez y su campo.
Después de oír a la -Alcaparrona-, palpó el mísero esqueleto de la
enferma, aprobando todas las palabras de su amiga. No se había engañado:
era el susto, la mala sangre que se le había subido al pecho y la
ahogaba.
Anduvieron toda una tarde las dos por las colinas vecinas buscando
hierbas, y solicitaron de la mujer de -Zarandilla- los más disparatados
ingredientes para una famosa cataplasma que pensaban preparar. Por la
noche, los hombres de la gañanía contemplaron en silencio las
manipulaciones de las dos brujas en torno de un puchero puesto a la
lumbre, con ese respeto crédulo de las gentes del campo por todo lo
maravilloso.
La enferma bebió humildemente el cocimiento y recibió sobre el pecho el
emplasto, manejado misteriosamente por las dos viejas, como si
contuviese un poder sobrenatural. La -comare-, que había hecho milagros,
renegaba de su sabiduría si antes de dos días no lograba deshacer la
bola de fuego que ahogaba a la muchacha.
Y los dos días transcurrieron, y otros dos más, sin que la pobre
Mari-Cruz experimentase alivio.
-Alcaparrón- seguía sollozando fuera de la gañanía, para que no le oyese
la enferma. ¡Cada vez peor! ¡No podía estar acostada! ¡se ahogaba! Su
madre ya no iba al campo; se quedaba en la gañanía para cuidarla. Hasta
para dormir tenían que mantenerla con el cuerpo erguido, mientras su
pecho se agitaba con un estertor de fuelle roto.
--¡Ay, Señó!--gemía el gitano, perdiendo la última esperanza.--Lo mezmo
que los pajarillos cuando los jieren.
Rafael no osaba aconsejar a la familia, ni entraba a ver a la enferma
más que a las horas de trabajo, cuando los gañanes estaban en el campo.
La enfermedad de Mari-Cruz y la juerga del señorito en el cortijo le
había colocado en una situación violenta con toda la gente de la
gañanía.
Algunas de las muchachas, al recobrar la razón después de la embriaguez
de aquella noche, se habían ido a la sierra, no queriendo permanecer en
el cortijo. Apostrofaban a los manijeros, guardianes de confianza de
sus familias, que habían sido los primeros en aconsejarlas que siguiesen
al señorito. Y después de propalar entre los trabajadores que volvieron
a Matanzuela el domingo, lo ocurrido en la noche anterior, emprendieron
solas el regreso a sus casas, contando a todos los escándalos del
cortijo.
Los gañanes, al volver a Matanzuela no vieron al amo. Éste y su
comitiva, una vez dormida la borrachera, habían regresado a Jerez
alegres como siempre, con un regocijo escandaloso. Los trabajadores, en
su indignación, hacían responsables al aperador y todo el -gobierno- del
cortijo. El señorito estaba lejos; y además era quien les proporcionaba
el pan.
Algunos de los que estaban en la gañanía lo noche de la juerga, tuvieron
que pedir la cuenta y buscar trabajo en otros cortijos. Los compañeros
mostrábanse indignados. Iban a llover puñaladas. ¡Borrachos! ¡Por cuatro
botellas de vino habían vendido a unas muchachas que podían ser sus
hijas!...
Juanón llegó a encararse con el aperador.
--¿Conque tú--dijo escupiendo en el suelo con aire de desprecio--eres el
que proporcionas al señorito las mozas de la gañanía pa que se
divierta?... Harás carrera, Rafaé. Ya sabemos pa lo que sirves.
El aperador saltó como si recibiese un navajazo.
--Yo sirvo, pa lo que sirvo. Y pa matarme con un hombre cara a cara si
es que me farta.
Y herido en su arrogancia, miraba con aire de reto a Juanón y a los más
bravos, llevando preparada la navaja en un bolsillo de la chaqueta,
siempre a punto de caer sobre ellos, a la más leve provocación. Para
demostrar que no tenía miedo a una gente ansiosa por dar salida a los
antiguos rencores contra el vigilante de su trabajo, Rafael intentaba
justificar al amo.
--Fue una groma. Don Luis sortó el novillo por divertirse, sin hacer
daño a nadie. Lo demás jué una desgracia.
Y por altivez, no decía que era él quien había metido en la cuadra al
animal, librando a la pobre gitana de las astas que removían feroces sus
ropas. Y callaba igualmente su pelea con el amo, después de salvar a
Mari-Cruz; la franqueza con que le había censurado y el arrebato de don
Luis queriendo abofetearle, como si fuese un matón de su comitiva.
Rafael le había agarrado la mano con una de sus garras, zarandeándolo
como a un niño, al mismo tiempo que con la otra buscaba su navaja, con
ademán tan resuelto, que el -Chivo- se detenía, a pesar de que el
señorito le llamaba a grandes voces para que matase a aquel hombre.
El mismo valentón, temiendo al aperador, había arreglado el asunto
declarando sentenciosamente que los tres eran igualmente valientes, y
que entre valientes no deben existir cuestiones. Y juntos habían bebido
la última copa, mientras la -Marquesita- roncaba debajo de la mesa, y
las muchachas, aterradas por el susto, huían a la gañanía.
Cuando una semana después Rafael fue llamado por el señorito, emprendió
el camino de Jerez creyendo que ya no regresaría a Matanzuela. El
llamamiento sería para decirle que había buscado otro aperador... Pero
el loco Dupont le recibió con gesto alegre.
El día anterior había reñido definitivamente con su prima. Estaba harto
de sus caprichos y sus escándalos. Ahora sería hombre serio, para no dar
disgustos a Pablo, que era como su padre. Pensaba dedicarse a la
política; ser diputado. Otros de la tierra lo eran, sin otro mérito que
una fortuna y un nacimiento iguales a los suyos. Además, contaba con el
apoyo de los Padres de la Compañía, sus antiguos maestros, que no
dejarían de felicitarse al verle en el hotel de su primo hecho un hombre
serio, ocupándose en defender los sagrados intereses sociales.
Pero se cansó pronto de hablar en este tono y miró a su aperador con
cierta curiosidad.
--Rafael, ¿sabes que eres un valiente?...
Fue su única alusión a la escena de aquella noche. Después, como
arrepentido de dar tan en absoluto esto certificado de valor, añadió
modestamente:
--Yo, tú y el -Chivo-, somos los tres hombres más hombres de Jerez.
¡Cualquiera se nos pone delante!...
Rafael escuchábale impasible, con el gesto respetuoso de un buen
servidor. Lo único que le interesaba de todo aquello, era la seguridad
de continuar en Matanzuela.
El amo le pidió después noticias del cortijo. Su poderoso primo, que
todo lo sabía, al reñirle por aquella -juerga-, de la que se hablaba
mucho en Jerez (esto lo decía con cierto orgullo), le había mentado a
una gitana enferma del susto. ¿Qué era aquéllo? Y escuchó, con aire de
aburrimiento, las explicaciones de Rafael.
--Total, nada: ya sabemos cómo exageran los gitanos. Eso pasará. ¡Un
susto, por un novillo suelto!... ¡Si eso es una broma corriente!
Y enumeraba todas las comidas de campo, con gentes ricas, que habían
tenido como final esta broma ingeniosa. Luego, con gesto magnánimo, dio
órdenes a su aperador.
--Entrega a esa pobre gente lo que necesite. Págale a la muchacha el
jornal mientras esté enferma. Quiero que mi primo se convenza de que no
soy tan malo como cree y que también sé hacer la caridad cuando me toca.
Al salir Rafael de la casa del amo, espoleó su jaca, para hacer una
visita a Marchamalo antes de volver al cortijo, pero se vio detenido
frente al -Círculo Caballista-.
Los señoritos más ricos de Jerez abandonaban sus copas de vino para
salir a la calle, rodeando el caballo del aperador. Querían saber
detalladamente lo ocurrido en Matanzuela. ¡Aquel Luis era a veces tan
embustero relatando sus hazañas!... Y al contestar Rafael gravemente,
con pocas palabras, reían todos ellos, viendo confirmadas sus noticias.
El novillo suelto, persiguiendo a las jornaleras ebrias, hacía
prorrumpir en ruidosas carcajadas a una juventud que, bebiendo vino,
desbravando caballos y discutiendo mujeres, esperaba el momento de
heredar la riqueza y la tierra de todo Jerez... ¡Pero, qué buena sombra
tenía el tal Luis! ¡Y pensar que ellos no habían presenciado aquella
broma! Algunos recordaban con amargura que les había invitado a la
fiesta, y se lamentaban de la ausencia.
Uno de ellos preguntó si era cierto que una muchacha de la gañanía
estaba enferma del susto. Al decir Rafael que era una gitana, muchos
levantaron los hombros. ¡Una gitana! pronto se pondría buena. Otros, que
conocían a -Alcaparrón- por sus truhanerías, rieron al saber que la
enferma era de su familia. Y todos, olvidando a la gitana, volvieron a
comentar la graciosa ocurrencia de Dupont el loco, acosando con nuevas
preguntas a Rafael, para saber qué hacía la -Marquesita- mientras su
amante soltaba el novillo, y si ésta había corrido mucho.
Cuando Rafael no tuvo más que decir, todos se fueron adentro sin
saludarle. Satisfecha su curiosidad, despreciaban al gañán que les
había hecho abandonar sus mesas precipitadamente.
El aperador puso su jaca al galope, con el deseo de llegar cuanto antes
a Marchamalo. María de la Luz no le había visto en dos semanas y le
recibió con mal gesto. Hasta allí había llegado, agrandada por
comentarios, la noticia de lo ocurrido en Matanzuela.
El capataz movió su cabeza reprobando el suceso, y la hija,
aprovechándose de una ausencia del señor Fermín, increpó a su novio,
como si éste fuese el único responsable del escándalo del cortijo. ¡Ah,
-mardito-! ¡Por esto había estado tantos días sin presentarse en la
viña! El -señor- tornaba a sus antiguas costumbres de mozo alegre;
convertía en una casa de vergüenzas aquel cortijo, con el que soñaba
ella como un nido de amores legítimos.
--Quita allá, sinvergüenzón. Por aquí no güervas: te conozco...
Y el pobre aperador casi rompió a llorar, herido por la injusticia de su
novia. ¡Tratarle así!... ¡después de la prueba a que le había sometido
el ebrio impudor de la -Marquesita- y que él callaba por respeto a María
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