Jerez, que son más bárbaros que los gañanes. ¡Pero eso no es cuenta!
Estos ricos que vemos de cerca son unos peleles, y sobre ellos están los
otros, los verdaderos ricos, los que saben, los que hacen las leyes del
mundo, y sostienen ese intríngulis de que unos cuantos lo tengan todo y
la gran mayoría no tenga nada. Si el trabajador supiera lo que ellos, no
se dejaría engañar, les haría frente a todas horas, y cuando menos, los
obligaría a que se partiesen el poder con él.
Salvatierra admiraba la fe de este joven que se creía poseedor del
remedio para todos los males sufridos por la inmensa horda de la
miseria. ¡Instruirse! ¡Ser hombres!... Los explotadores eran unos
cuantos miles y los esclavos centenares de millones. Pero apenas
peligraban sus privilegios, la humanidad ignorante encadenada al
trabajo, era tan imbécil, que ella misma se dejaba extraer de su seno
los verdugos, los que vistiendo un traje de colorines y echándose el
fusil a la cara, volvían a restablecer a tiros el régimen de dolor y de
hambre, cuyas consecuencias sufrían después, al volver abajo. ¡Ay! ¿si
los hombres no viviesen ciegos y en la ignorancia, cómo podría
mantenerse este absurdo?
Las afirmaciones candorosas del muchacho, hambriento de saber, hacían
reflexionar a Salvatierra. Tal vez este inocente veía más claro que
ellos, los hombres endurecidos en la lucha, que pensaban en la
propaganda por la acción y en las rebeldías inmediatas. Era un espíritu
simple, como los creyentes del cristianismo primitivo, que sentían las
doctrinas de su religión con más intensidad que los Padres de la
Iglesia. Su procedimiento era de una lentitud que necesitaba siglos;
pero su éxito parecía seguro. Y el revolucionario, escuchando al gañán,
se imaginaba una época en la que no existiese la ignorancia y la actual
bestia de trabajo, mal nutrida, con el pensamiento petrificado y sin
otra esperanza que la insuficiente y envilecedora caridad, se
metamorfosease en hombre.
Al primer conflicto entre los felices y los desgraciados, se quebraría
el viejo mundo. Los grandes ejércitos organizados por una sociedad
basada en la fuerza, servirían para darla la muerte. Los trabajadores
uniformados levantarían las culatas de los fusiles que les entregan sus
explotadores para que les defiendan, o se valdrían de estas armas para
imponer la ley de la felicidad de los más, a los pastores perversos que
durante siglos mantenían al rebaño humano en la injusticia. Cambiaría de
repente la faz del mundo, sin sangre y sin catástrofes. Desaparecerían,
con los ejércitos y las leyes fabricadas por los poderosos, todo el
antagonismo entre los felices y los desgraciados, todas las imposiciones
y crueldades que convierten la tierra en un presidio. Sólo quedarían
hombres. ¡Y esto podía lograrse tan pronto como la inmensa mayoría de
los humanos, el innumerable ejército de la miseria, se diese cuenta de
su fuerza, negándose a sostener por más tiempo la obra de la
tradición!...
Salvatierra sentía halagado su sentimentalismo humanitario por este
generoso ensueño de la inocencia. ¡Cambiar el mundo sin sangre, con un
golpe teatral, valiéndose de la varilla mágica de la instrucción, sin
esas violencias que repugnaban a su alma tierna, y que finalizan siempre
con la derrota de los infelices y las crueles represalias del
poderoso!...
El -Maestrico- seguía afirmando sus convicciones con una fe, que
iluminaba sus ojos cándidos. ¡Ay! ¡Si los pobres supieran lo que saben
los ricos!... Estos son fuertes y gobiernan, porque la sabiduría está a
su servicio. Todos los descubrimientos e invenciones de la ciencia caen
en sus manos, son para ellos, llegando apenas los residuos a los de
abajo. Si alguien salía de la masa miserable, elevándose por su
capacidad, en vez de permanecer fiel a su origen, prestando apoyo a los
hermanos, desertaba de su puesto, volviendo las espaldas a cien
generaciones de abuelos esclavos, aplastados por la injusticia, y vendía
su cuerpo y su inteligencia a los verdugos, mendigando un puesto entre
ellos. La ignorancia era la peor servidumbre, el más atroz martirio de
los pobres. Pero la instrucción aislada e individual resultaba inútil:
sólo servía para formar desertores, tránsfugas, que se apresuraban a
alinearse con el enemigo. Debían instruirse todos al mismo tiempo:
adquirir la gran masa el conocimiento de su fuerza, apropiarse de golpe
las grandes conquistas de la razón humana.
--¡Todos! ¿me entiende usted, don Fernando? Todos a la vez, gritando:
«No queremos más engaños; no os serviremos para que -esto- continúe».
Y don Fernando aprobaba con movimientos de cabeza. Sí, todos al mismo
tiempo; así había de ser: todos, despojándose de la piel de la
bestialidad resignada, única vestidura que la tradición cuidaba de
mantener sobre sus hombros.
Pero al volver su vista por la gañanía, llena de sombra y de humo,
creyó abarcar con sus ojos toda la humanidad explotada e infeliz. Unos
acababan de devorar las sopas, con las que engañaban su hambre; otros,
tendidos, regoldaban satisfechos, creyendo en una digestión que no
añadía nada al quebrantado vigor de su vida; todos aparecían
embrutecidos, repugnantes, sin voluntad para salir de su estado;
creyendo confusamente en el milagro como única esperanza, o pensando en
una limosna cristiana que le permitiese un minuto de descanso en su
desesperado rodar por la cuesta de la miseria. ¡Cuánto tiempo no había
de transcurrir hasta que aquella pobre gente abriese los ojos y
aprendiera el camino! ¡Quién podría despertarla, infundiéndola la fe de
aquel pobre mozo que caminaba a tientas, con los ojos fijos en una
estrella lejana que él solo veía!...
El grupo de los de -la idea-, abandonando el cuenco limpio ya de
gazpacho, vino a sentarse en el suelo, en torno de Salvatierra.
Gravemente, enrollaban sus cigarros, como si esta operación absorbiese
por completo su pensamiento. El tabaco era su única voluptuosidad, y
tenían que calcular la duración de la pobre cajetilla durante toda la
semana. Manolo el de Trebujena había sacado del serón de su asno un
tonelillo de aguardiente y servía copas en el centro de un corro.
Acudían a él, con avidez de enfermos, los viejos gañanes de cara
apergaminada y barbas recias, brillando en sus ojos el consuelo del
alcohol. Los jóvenes sacaban de la faja las monedas de cobre, después
de largos titubeos, y bebían, justificando mentalmente este gasto
extraordinario con el absurdo pensamiento de que al día siguiente no
habían de trabajar. Algunas muchachas, de sueltos ademanes, avanzaban
cautelosas, con paso de gatas, hasta confundirse con los grupos de los
mozos, chillando cuando éstos las ofrecían una copa después de
innumerables pellizcos y restregones de brutal deseo.
Salvatierra escuchaba a Juanón, un antiguo camarada que trabajaba en el
cortijo y había hecho el viaje a Jerez, sólo por verle cuando llegó del
presidio.
Era un hombre enorme, membrudo, con los pómulos salientes, la mandíbula
cuadrada y fiera, el pelo recio e hirsuto invadiéndole la frente, y unos
ojos profundos que, en ciertos momentos, brillaban con el resplandor
verdoso de los felinos.
Había sido viñador, pero por su fama de revoltoso y pendenciero, tenía
que dedicarse al trabajo de los cortijos, encontrando ocupación sólo en
Matanzuela, gracias a Rafael, que le protegía por ser amigo de su
padrino. Juanón inspiraba respeto a toda la gañanía. Era un impulsivo,
sin recaídas de desaliento: una voluntad enérgica que se imponía a los
compañeros.
Lenta y sentenciosamente hablaba a Salvatierra, mirando al mismo tiempo
a la gente con un mohín de superioridad, acompañado de frecuentes
salivazos en el suelo.
--Esto ha cambiado mucho, Fernando. Vamos paatrás y los ricos son más
amos que nunca.
Tuteaba a Salvatierra a uso de -compañero- y hablaba con desprecio de la
gente trabajadora. Los jóvenes ya los veía allí: creyéndose felices con
una copa y sin más pensamiento que hacer suyas a las compañeras de
trabajo. No había más que fijarse en la frialdad con que habían
presenciado la llegada de Salvatierra. Muchos ni sentían la curiosidad
de aproximarse a él: hasta habían sonreído irónicamente, como si
dijeran: «Un embustero más». Para ellos eran embusteros los periódicos
que leían los viejos en voz alta; embusteros los que hablaban de la
fuerza de la asociación y de una revuelta posible: sólo eran verdad los
tres gazpachos y los dos reales de jornal, y con esto, alguna borrachera
de vez en cuando y el asalto de una trabajadora, a la que afligían con
el engendramiento de un nuevo desgraciado, se consideraban felices
mientras duraba en ellos el optimismo de la juventud y la fuerza. Si
seguían el impulso de las huelgas, era por el ruido y el desorden que
éstas traían. De los antiguos, quedaban aún muchos fieles a -la idea-,
pero apocados de ánimo, miedosos, encorvados bajo el temor que habían
sabido infundirles los ricos.
--Hemos sufrido mucho, Fernando. Mientras tú estabas allá lejos
padeciendo, esto nos lo han transformado.
Y hablaba del régimen de terror que reducía al silencio toda la
campiña. La ciudad rica, odiada por los siervos del campo, velaba sobre
ellos con un gesto cruel e inexorable para ocultar el miedo que les
tenía. Los amos poníanse en guardia a la menor conmoción. Bastaba que se
reuniesen con cierto misterio unos cuantos jornaleros en un hato, en un
rancho de la campiña, para que al momento sonasen los ricos el toque de
alarma en los periódicos de toda España, y llegaran nuevos soldados a
Jerez, y la guardia civil corriera el campo amenazando a todo el que no
estaba conforme con lo exiguo del jornal y la miseria de la
alimentación. -¡La Mano Negra!- ¡Siempre aquel fantasma, agrandado por
la exuberante imaginación andaluza, que los ricos cuidaban de conservar
vivo y en pie para moverlo así que los gañanes formulaban la más
insignificante petición!...
Para sostener sus injusticias y la servidumbre tradicional, necesitaban
del estado de guerra, fingir que vivían entre peligros, quejándose de
los gobiernos porque no les protegían bastante. Si los braceros pedían
que les diesen de comer como a seres humanos, que les dejasen fumar un
cigarro más en las horas veraniegas de sol abrasador, que les aumentasen
los dos reales en unos cuantos céntimos, todos gritaban desde arriba
recordando -La Mano Negra-, afirmando que iba a resucitar.
Juanón, impulsado por la cólera, poníase de pie. -¡La Mano Negra!- ¿Qué
era aquello? Él había sufrido persecuciones por creerle afiliado a
ella, y aún no sabía ciertamente en qué consistía. Meses enteros había
estado en la cárcel con otros desgraciados. Le sacaban por la noche del
encierro, para golpearle, en la oscura soledad del campo. Las preguntas
de los hombres con uniforme iban acompañadas de culatazos que hacían
crujir sus huesos, de palizas locas que se exacerbaban ante sus
negativas. Aún guardaba en el cuerpo las cicatrices de estos obsequios
de los ricos de Jerez. Podían haberle muerto sin que él contestase a
gusto de sus atormentadores. Sabía de sociedades para defender la vida
de los jornaleros y resistirse a los abusos de los amos; él formaba
parte de ellas; pero de -La Mano Negra-, de la terrorífica asociación
con sus puñales y sus venganzas, no sabía una palabra.
Como prueba de su existencia novelesca, sólo había un muerto, un
asesinato vulgarísimo en un país de vino y de sangre: y por este
homicidio habían muerto unos cuantos trabajadores en garrote vil, y
centenares de infelices como él vivieron en la cárcel sufriendo
tormentos que a algunos les costaron la existencia. Pero desde entonces
tenían los amos un espantajo para levantarlo como bandera, -La Mano
Negra-, y no intentaban los pobres de la campiña el más leve movimiento
hacia su bienestar, que no surgiese el fantasma lúgubre goteando sangre.
Todo lo autorizaba el tétrico recuerdo. Por la más leve falta se
apaleaba a un hombre en el campo; el gañán era un ser sospechoso contra
el cual todo era lícito. Los excesos de celo de la autoridad se
agradecían y premiaban, y al que osaba protestar se le imponía silencio
con el recuerdo de -La Mano Negra-. La gente joven escarmentaba con este
ejemplo; los hombres tenían miedo, y los ricos, allá en la ciudad, con
la imaginación fortalecida por el vino de sus bodegas, seguían añadiendo
caperuzas a su fantasma, colgándole nuevos adornos de terror,
agrandándolo de tal modo, que los mismos que lo habían visto nacer
hablaban de él como de algo horriblemente legendario ocurrido en tiempos
remotos.
Juanón calló, y sus compañeros permanecieron como aterrados por aquel
espectro de la imaginación meridional, que parecía cubrir con sus
trapajos negros todo el campo de Jerez.
La gañanía, después de la cena, había recobrado la calma de la noche.
Muchos hombres dormían tendidos en sus esterillas con un ronquido
fatigoso, aspirando a ras de tierra las emanaciones asfixiantes del
rescoldo de boñiga. En el fondo, las mujeres, sentadas en el suelo con
las faldas abombadas como hongos, contábanse cuentos o relataban
curaciones maravillosas ocurridas en la sierra por milagro de las
vírgenes.
Una canturía a media voz elevábase sobre el murmullo de las
conversaciones. Eran los gitanos que continuaban su comida
extraordinaria. La tía -Alcaparrona- había sacado de bajo de sus faldas
una botella de vino para celebrar su buena fortuna en la ciudad. La
prole salía a sorbo en el reparto, pero la vista del vino era suficiente
para esparcir la alegría. -Alcaparrón-, con la vista puesta en su madre,
que era la mayor de sus admiraciones, cantaba acompañado de las palmas
que batían en sordina todos los de la familia. El gitanillo gemía «sus
pesares y sus penas» con ese sentimentalismo falso de la canción
popular, añadiendo que «al escucharle un pájaro, se le habían caído de
sentimiento las plumas a millares»; y la vieja y su gente le jaleaban,
alabando su gracia con tanto entusiasmo como si se alabasen ellos
mismos.
-Alcaparrón- cortó de repente el canto para hablar a su madre, con la
incoherencia del gitano que salta caprichoso de un pensamiento a otro.
--Mare, ¡y qué desgraciaos somos los pobresitos gitanos! Los -gachés- lo
son todo: reyes, alcardes, jueses y generales, y los -cañís- no somos
ná.
--¡Caya, malange! Tampoco dengún gitano es carselero ni verdugo... Anda,
bobo: echa otra.
Y reanudaron el canto y el palmoteo con nuevos bríos.
Un gañán ofreció una copa de aguardiente a Juanón, que la rechazó con su
manaza.
--Eso es lo que nos pierde--dijo sentenciosamente.--La bebía mardita.
Y apoyado por los gestos de aprobación del -Maestrico-, que había
guardado sus avíos de escribir para unirse al grupo, Juanón anatematizó
la embriaguez. Aquella gente miserable lo olvidaba todo cuando bebía. Si
llegaban a sentirse hombres alguna vez, no tendrían los ricos más que
abrir las puertas de sus bodegas para vencerlos.
Muchos en el grupo protestaron de las palabras de Juanón. ¿Qué podía
hacer un pobre sino beber, para olvidar su miseria? Y roto el silencio
respetuoso que imponía la presencia de Salvatierra, hablaron muchos a un
tiempo, para expresar sus dolores y sus cóleras. La comida era cada vez
peor: los ricos abusaban de su fuerza, de aquel miedo que habían
infundido y propalado.
Únicamente en la época de la trilla les daban un guiso de garbanzos: el
resto del año pan, sólo pan, y en muchos sitios, tasado. Explotaban
hasta sus necesidades más imperiosas. Antes, al arar la tierra, por cada
diez arados había un hombre suplente, que ocupaba el sitio del que se
retiraba un momento para librarse de los residuos del gazpacho. Ahora,
para economizarse este suplente, daban cinco céntimos al arador, con la
condición de no abandonar la yunta aunque el estómago le atormentase con
los más crueles llamamientos, y a esto le llamaban ellos con una sorna
triste, «vender el... sitio más innoble del cuerpo».
Cada año venían a los cortijos más mujeres de la sierra. Las hembras
eran sumisas; la debilidad femenil las hacía temer al arreador y se
esforzaban en su trabajo. Los -manijeros-, agentes reclutadores,
bajaban de la montaña al frente de sus bandas empujadas por el hambre.
Describían en los pueblos la campiña de Jerez como un lugar de
abundancia, y las familias confiaban al -manijero- las hijas apenas
entradas en la pubertad, pensando, con una avidez sin entrañas, en los
reales que traerían recogidos después de la temporada de trabajo.
El arreador de Matanzuela y algunos del corro, que eran manijeros,
protestaron. Los hombres de la gañanía que aún no dormían habíanse
agrupado en torno de Salvatierra.
--Nosotros somos mandaos--dijo el arreador.--¿Qué hemos de jacer, pobres
de nosotros? Eso, a los amos, que son los que nos mandan.
El viejo -Zarandilla- intervino también, por considerarse comprendido en
el llamado -gobierno- del cortijo. ¡Los amos!... Ellos podían arreglarlo
todo, sólo con acordarse un poco del pobre; con tener caridad, mucha
caridad.
Salvatierra, que escuchaba impasible las palabras de los jornaleros, se
agitó, rompiendo su mutismo al oír al viejo. ¡La caridad! ¿Y para qué
servía? Para mantener al pobre en la esclavitud, esperando unas migajas
que acallaban su hambre por un momento y prolongaban su servidumbre.
La caridad era el egoísmo disfrazándose de virtud; el sacrificio de una
pequeñísima parte de lo superfluo repartida a capricho. Caridad, no:
¡justicia! ¡a cada cual lo suyo!
Y el revolucionario enardecíase al hablar: abandonaba su sonriente
frialdad; brillábanle los ojos tras las gafas azuladas, con el fuego de
la rebelión.
La caridad no había hecho nada por dignificar al hombre. Diecinueve
siglos llevaba de reinado; la cantaban los poetas como inspiración
divina; la ensalzaban los felices como la mayor de las virtudes, y el
mundo estaba igual que el día en que apareció ella por primera vez con
la doctrina del Cristo. La experiencia resultaba suficientemente larga
para apreciar su inutilidad.
Era la más impotente y anémica de las virtudes. Había tenido palabras
amorosas para el esclavo, pero no había roto sus cadenas; ofrecía un
mendrugo al siervo moderno, pero no osaba el menor reproche contra la
organización social que le condenaba a la miseria por el resto de su
vida. La caridad, sosteniendo al menesteroso un instante para que tomase
fuerzas, era tan virtuosa como la campesina que alimenta a las aves de
su corral y las mantiene bien cebadas, hasta el momento de devorarlas.
Nada había hecho esta virtud pálida para libertar a los hombres. Era la
rebeldía, la protesta desesperada, la que había roto las ligaduras del
antiguo siervo, la que emanciparía al asalariado moderno, adulado con
toda clase de derechos ideales, menos el derecho al pan.
Salvatierra, en la exaltación de su pensamiento, quería estrujar todos
los fantasmas con los que se había aterrado o entretenido durante siglos
a los menesterosos, para que no estorbasen la feliz placidez de los
privilegiados.
Sólo la Justicia social podía salvar a los hombres, y la Justicia no
estaba en el cielo, vivía en la tierra.
Más de mil años se habían resignado los parias, con el pensamiento
puesto en el cielo, confiando en una compensación eterna. Pero el cielo
estaba vacío. ¿Qué desgraciado podía ya creer en él? Dios se había ido
con los ricos; apreciaba como una virtud digna de la gloria eterna, el
que de tarde en tarde repartiesen éstos un fragmento de su fortuna,
conservándola íntegra y reputando como un crimen las reclamaciones de
bienestar de los de abajo.
Aunque el cielo existiese, el infeliz se negaría a entrar en él, como en
un lugar de injusticia y privilegio donde penetra lo mismo el que pasa
la vida sufriendo, que el que vive en la riqueza distrayendo su tedio
con la voluptuosidad de la limosna.
El cristianismo era una mentira más, desfigurada y explotada por los de
arriba para justificar y santificar sus usurpaciones. ¡Justicia, y no
Caridad! ¡Bienestar en la tierra para los infelices y que los ricos se
reservasen, si la deseaban, la posesión del cielo, abriendo la mano para
soltar sus rapiñas terrenales!
Los miserables no podían esperar nada de lo alto. Sobre sus cabezas sólo
existía un infinito insensible a la desesperación humana: otros mundos
que ignoraban la vida de millones de míseros gusanos sobre esta esfera
deshonrada por el egoísmo y la violencia. Los hambrientos, los que
tenían sed de justicia, sólo debían confiar en ellos mismos. ¡Arriba,
aunque fuese para morir! Otros vendrían detrás, que esparcirían la
simiente germinadora en los surcos fecundados por su sangre. ¡De pie y
en marcha la horda de la miseria, sin más Dios que la rebelión,
iluminando su camino la estrella roja, el eterno diablo de las
religiones, guía insustituible de todos los grandes movimientos de la
humanidad!...
El grupo de braceros escuchaba en silencio al revolucionario. Muchos
seguían sus palabras abriendo desmesuradamente los ojos, como si
quisieran absorberlas con la vista.
Juanón y el de Trebujena asentían con movimientos de cabeza. Habían
leído confusamente lo que decía Salvatierra, pero en boca de éste les
conmovía como una música vibrante de pasión.
El viejo -Zarandilla- no temió romper este ambiente de entusiasmo,
interviniendo con su sentido práctico.
--Too eso está muy bien, don Fernando. Pero el pobre necesita tierra pa
vivir y la tierra es de los amos.
Salvatierra se irguió con arrogancia. La tierra no era de nadie. ¿Qué
hombres la habían creado para apropiársela como obra suya? La tierra era
de los que la trabajaban.
La injusta distribución del bienestar; el aumento de la miseria conforme
aumenta la civilización; el aprovecharse los poderosos de todos los
inventos de la mecánica, ideados para suprimir el trabajo corporal y que
sólo servían para hacerlo más pesado y embrutecedor; todos los males de
la humanidad, provenían de la apropiación de la tierra por unos cuantos
miles de hombres que no siembran y sin embargo recogen, mientras
millones de seres hacen abortar al suelo sus tesoros de vida sufriendo
un hambre de siglos y siglos.
La voz de Salvatierra resonó en el silencio de la gañanía como un grito
de combate.
--El mundo empieza a despertar de su sueño de miles de años; protesta de
haber sido robado en su infancia. La tierra es vuestra: nadie la ha
creado y pertenece a todos. Si en ella existe algún mejoramiento, obra
es de vuestras negras manos, que son vuestros títulos de propiedad. El
hombre nace con derecho al aire que respira, al sol que lo calienta, y
debe exigir la posesión de la tierra que le sostiene. El suelo que
cultiváis para que otro recoja la cosecha, os pertenece, aunque
vosotros, infelices, envilecidos por miles de años de servidumbre,
dudéis de vuestro derecho, temiendo avanzar la mano para que no os crean
ladrones. El que acapara un pedazo de tierra, excluyendo de él a los
demás, el que lo entrega a las bestias humanas para que lo hagan
producir mientras él permanece ocioso, ese es el que verdaderamente roba
a sus semejantes.
IV
Los dos mastines que guardaban durante la noche los alrededores de la
torre de Marchamalo, cesaron de dormitar bajo las arcadas de la casa de
los lagares, con el cuerpo en círculo, apoyando en el rabo las feroces
mandíbulas.
Irguiéronse los dos al mismo tiempo, husmearon el espacio, y después de
balancearse con cierto titubeo, rugieron, lanzándose viña abajo con un
impulso arrollador que hacía saltar la tierra entre sus patas.
Eran unos animales casi salvajes, de ojos de fuego y boca roja, erizada
de dientes que daban frío. Los dos se abalanzaron sobre un hombre que
marchaba encorvado por entre las cepas, fuera del camino que en recta
pendiente conducía de la carretera a la torre.
El encontronazo fue terrible: el hombre vaciló, tirando de su manta en
la que había hecho presa uno de los mastines. Pero, de repente, cesaron
éstos de rugir, de revolverse en torno de él buscando sitio para hincar
sus colmillos, y se colocaron a su lado escoltándolo y acogiendo con
ronquidos de satisfacción el roce de sus manos.
--¡Bárbaros!--decía Rafael en voz queda, sin dejar de
acariciarles.--¡Malas personas!... ¿Ya no me conocéis?
Le acompañaron hasta la meseta de Marchamalo, y de nuevo fueron a
enroscarse bajo las arcadas, reanudando su dormitar receloso que se
desvanecía al menor ruido.
Rafael se detuvo un momento en la plazoleta, para reponerse de este
encuentro. Se arregló la manta sobre los hombros y cerró la navaja que
había sacado para hacer frente a las hurañas bestias.
Sobre el espacio azulado por el brillo de las estrellas, dibujábase el
contorno de aquel Marchamalo nuevo que había hecho construir don Pablo.
En el centro, la torre señorial, que se veía desde Jerez, dominando las
colinas cubiertas de viñas que hacían de los Dupont los primeros
propietarios de la comarca: una construcción pretenciosa de ladrillo
rojo, con la base y los ángulos de piedra blanca; unidas las agudas
almenas de su remate por una barandilla de hierro que convertía en
terraza vulgar el coronamiento de una obra semifeudal. A un lado estaba
lo mejor de Matanzuela, lo que don Pablo había cuidado más de sus nuevas
construcciones, la capilla espaciosa, ornada de columnas y mármoles como
un gran templo. Al otro lado permanecía casi intacta la obra del
antiguo Marchamalo. Apenas si con una ligera reparación se había
fortalecido este cuerpo de edificio, bajo y con arcadas, en el que
estaban las habitaciones del capataz y el dormitorio de los viñadores,
espacioso y desabrigado, con un -fogaril- que ennegrecía de humo las
paredes.
Dupont, que había traído artistas de Sevilla para decorar la iglesia, y
encargado a los santeros de Valencia varias imágenes deslumbrantes de
colorines y oro, sintió cierto remordimiento ante la antigua casa de los
viñadores, no atreviéndose a tocarla. Tenía -mucho carácter-; equivalía
a un atentado rejuvenecer con reformas este refugio de los braceros. Y
el capataz siguió en sus cuartuchos, cuya vejez disimulaba María de la
Luz con un cuidadoso enjalbegado, y los jornaleros durmieron vestidos
sobre las esterillas de enea que les proporcionaba la generosidad de don
Pablo, mientras las santas imágenes permanecían entre mármoles y
dorados, semanas enteras, sin ser vistas de nadie, pues las puertas de
la capilla sólo se abrían cuando el amo llegaba a Marchamalo.
Rafael contempló largo rato los edificios, temiendo que en su oscura
masa se iluminase una rendija, se abriera una ventana y asomase el
capataz alarmado por la carrera de los mastines. Transcurrieron algunos
minutos sin que en Marchamalo se notase el menor movimiento. Subía el
rumor soñoliento de los campos hundidos en la sombra: las estrellas
parpadeaban intensamente en el cielo invernal, como si el frío aguzase
su fulgor.
El mozo salió de la plazoleta, y volviendo la esquina del edificio
viejo, anduvo por el callejón que quedaba entre la casa y una fila de
compactas chumberas. Se detuvo junto a una reja, y al tocar ligeramente
con los nudillos en sus maderas, se abrieron éstas, destacándose sobre
el fondo oscuro de la habitación el arrogante busto de María de la Luz.
--¡Qué tarde, Rafaé!--dijo con voz queda.--¿Qué hora es?...
El aperador miró al cielo un instante, leyendo en los astros con su
experiencia de hombre de campo.
--Deben ser ansí como las dos y media.
--¿Y el cabayo? ¿dónde lo has dejao?
Rafael explicó su viaje. El caballo estaba en el ventorro de la Corneja,
a dos pasos de allí; una cabaña al borde de la carretera. Bien
necesitaba descansar, pues había venido al galope desde el cortijo.
Aquel sábado había sido de trabajo. Muchos hombres y muchachas de la
gañanía querían pasar el domino en sus pueblos de la sierra, y le habían
pedido los jornales para llevarlos a sus familias. Una tarea de volverse
loco, el ajustar las cuentas de aquella gente que siempre se creía
engañada. Además, había tenido que cuidar a un semental que andaba
malucho; darle friegas y otros remedios, ayudado por -Zarandilla-.
Luego, las gentes de la dehesa le traían escamado, pues al hacer carbón,
seguramente robaban al señorito... En fin, que en Matanzuela no se
paraba un momento, y sólo después de media noche, cuando en la gañanía
habían apagado la luz los que allí quedaban, se había decidido a
emprender el galope. Apenas amaneciese volvería al ventorrillo, y
montando en la jaca, se presentaría como si acabase de llegar de
Matanzuela, para que el padrino no recelase que habían estado -pelando
la pava-.
Luego de estas explicaciones quedaron los dos en silencio, agarrados a
la reja, sin que sus manos osaran encontrarse, mirándose de cerca a la
luz difusa de las estrellas, que daba a sus ojos un brillo
extraordinario. Era el momento de mutua contemplación y silenciosa
timidez de todos los amantes que se ven después de una larga ausencia.
Rafael fue el primero en romper el silencio.
--¿Y no ties na que icirme? ¿Endimpués que no nos vemos en toa una
semana, te quedas como una boba mirándome como si juese yo un mal bicho?
--¿Y qué te he de icir yo, arrastrao?... Que te quiero mucho: que toos
estos días los he pasao con una penita muy jonda, muy negra, pensando en
mi gitano...
Y los dos novios, puestos ya en la pendiente del apasionamiento,
arrullábanse con la música de sus palabras, con la exuberancia verbosa
propia de la tierra.
Rafael, agarrado a los hierros, temblaba emocionado al hablar a María de
la Luz, como si sus palabras no fuesen suyas y le turbasen con dulce
embriaguez. Los arrullos de las canciones populares, todos los
requiebros arrogantes que había oído, acompañados del puntear de la
guitarra, mezclábalos en la letanía amorosa con que envolvía a la novia
su voz susurrante.
--Que toos los pesares de tu vida vengan a mí, entrañas de mi arma, y
que tú sólo goces alegrías. Ties la cara de Dios, gitana; tus labios son
casquites de limón, y cuando me miras, creo que me mira el buen Jesú de
los milagritos con sus ojos dulces... Quisiera ser don Pablo Dupont con
toas sus bodegas, para soltar el vino de las botas viejas que tiene er
tío, y que vale miles de pesos: y tú meterías en el charco tus pies
bonitos y yo le diría a too Jerez: «Beban ustés, cabayeros, que esto es
la gloria». Y toos dirían: «Tiene razón Rafaé: ni que juesen los
pinreles de la mismísima mare de Dios»... ¡Ay, niña! ¡si no me
quisieras, güena suerte te esperaba! Tendrías que hacerte monja, pues no
habría guapo que te pidiera relaciones. Me abriría de patas en tu puerta
y ni a Dios dejaba pasar.
María de la Luz sentíase halagada por la expresión feroz que tomaba su
novio, sólo al pensar que otro hombre pudiera aproximarse a ella
requiriéndola de amores. La brutalidad de los celos amenazantes
gustábala aún más que los requiebros amorosos.
--¡Pero, tonto! ¡si yo sólo te quiero a ti! ¡Si estoy chalaíta por mi
cortijero y aguardo como quien espera a los ángeles el momento de ir a
Matanzuela pa cuidar a mi aperador salao!... Ya sabes que yo podría
casarme con cualquiera de esos señoritos del escritorio que son amigos
de mi hermano. La señora me lo dice muchas veces. Otras me camela pa que
sea monja; pero monja de señorío, de las de gran dote, y me promete
correr con todo el gasto. Pero yo digo que no: «Señora, no quiero ser
santa; me gustan mucho los hombres...» Pero ¡Jesú! ¡qué barbariaes digo!
Toos los hombres, no: uno, sólo uno: mi Rafaé, que cuando va en su jaca
paece, por lo bonito, un San Miguel a cabayo. ¡Pero no vayas a ponerte
tonto con estas alabanzas, que too es broma!... Quiero ser cortijera con
mi cortijero, que me quiere y me dise cosos bonitas. Más me gusta con él
un gazpacho pobre que todo el señorío de Jerez...
--¡Bendita sea tu boca! ¡Sigue niña, que me subes al cielo diciéndome
esas cosas! Nada has de perder queriéndome. Pa que estés bien soy capaz
de todo; y aunque el padrino se enfade, ansí que nos casemos güervo al
contrabando para llenarte el delantal de onzas.
María de la Luz protestó con un ademán de miedo. Eso nunca. Aún se
conmovía recordando aquella noche en que lo vio llegar pálido como un
muerto y chorreando sangre. Serían felices en su pobreza, sin tentar a
Dios con nuevas aventuras que podían costarle la vida. ¿Para qué el
dinero?...
--Lo que importa es quererse, Rafaé, y ya verás ¡cachito del arma!
cuando estemos en Matanzuela, qué vidita tan dulce voy a darte...
Ella era del campo como su padre, y en el campo quería permanecer. No le
asustaban las costumbres del cortijo. En Matanzuela debía sentirse la
falta de un ama que convirtiese la habitación del aperador en una
«tacita de plata». Ya se enteraría él de lo que era buena vida,
acostumbrado a la existencia desordenada del contrabandista y al cuidado
de aquella vieja del cortijo. ¡Pobrecito! Bien notaba ella en su ropa la
falta que le hacía una mujer... Se levantarían al romper el día: él a
vigilar la salida de los gañanes para el tajo, ella a preparar el
almuerzo, a limpiar la casa con las manitas que Dios la había dado, sin
ningún miedo al trabajo. Vestido con aquel traje de campo que tan bien
le sentaba, montaría a caballo, pero sin faltarle un botón en la
chaquetilla, sin el menor descosido en los calzones, con una camisa
siempre blanca como la nieve, bien cepillado, lo mismo que un señorito
de Jerez. Y cuando volviese, la vería esperándole en la puerta del
cortijo; pobre, pero limpia como los chorros de agua, bien peinada, con
flores en el moño, y unos delantales que quitarían la luz de los ojos.
La olla humearía en la mesa. ¡Poquito -aquel- que tenía la niña para la
cocina! Su padre lo declaraba a todo el mundo... Después de comer en
dulce compaña, con la satisfacción de los que saben que su pan está bien
ganado, él, otra vez al campo y ella a coser, a cuidar del gallinero, a
vigilar el amasijo de las teleras. Y al cerrar la noche, a cenar y a
acostarse con los huesos cansados del trabajo, pero contentos de la
jornada; a dormir en la santa paz de los que emplean bien el día y no
sienten el remordimiento de haber hecho mal a nadie.
--¡Venga de ahí!--murmuraba Rafael con apasionamiento.--Y aún no dices
too lo bueno. Después, tendremos chiquiyos, unos churumbeles muy monos
que correrán por el patio del cortijo...
--¡Para, condenao!--exclamó María de la Luz.--No corras tanto, que te
despeñas...
Y los dos quedaron en silencio, Rafael sonriendo del rubor de su novia,
mientras ésta le amenazaba con una de sus manecitas por su atrevimiento.
Pero el mozo no podía callarse, y con la tenacidad de los enamorados
volvió a hablar a María de la Luz de sus primeras angustias, cuando se
dio cuenta de que estaba enamorado de ella. La primera vez que supo que
la amaba fue en Semana Santa, durante la procesión del Entierro. Y
Rafael reía, encontrando chusco el haberse enamorado, entre el aparato
terrorífico de los encapuchados de las cofradías, el llamear
inquisitorial de los blandones y el desgarrador estrépito de los
clarines y atabales.
La procesión iba a altas horas de la noche por las calles de Jerez, en
medio de un silencio lúgubre, como si el mundo fuese a morir; y él, con
el sombrero en la mano, muy compungido, veía desfilar esta ceremonia que
le llegaba al alma. De pronto, al hacer un descanso el «Santísimo Cristo
de la Coronación de Espinas» y «Nuestra Señora de la Mayor Aflicción»,
una voz rasgaba el silencio de la noche, una voz que hizo llorar al
fiero contrabandista.
--Y eras tú, chavala; tu voz de oro fino que gorvía loquita a la gente.
«Es la chica del capataz de Marchamalo», decían a mi lao. «Bendito sea
su pico: es un riuseñor». Y yo me ajogaba de pena sin saber por qué; y
te veía delante de tus amigas, tan bonita como una santa, cantando la
-saeta-, con las manos juntas, mirando al Cristo con esos ojasos que
paecen espejos, en los que se veían toos los cirios de la procesión. Y
yo, que había jugao contigo de pequeñuelo, creí que eras otra, que te
habían cambiao de pronto; y sentí algo en la espalda, como si me
arañasen con una navaja; y miré al buen Señor de las Espinas con
envidia, porque cantabas para él como un pájaro y para él eran tus ojos;
y me fartó poco pa dicile: «Señó, sea su mercé misericordioso con los
pobres y déjeme un rato su puesto en la cruz. Na me importa que me vean
desnúo, con enagüillas y los remos enclavaos, con tal que María de la
Luz me orsequie con su voz de ángel...»
--¡Loco!--decía la joven riendo.--¡Pamplinero! ¡Así me tienes chalaíta
con esas mentiras que te traes!
--Endimpués volví a oírte en la plaza de la Cárcel. Los pobrecitos
presos, agarraos a las rejas, como si fuesen malas bestias, le cantaban
al Señó unas cosas muy tristes, unas saetas hablando de sus jierros, de
sus penitas, de la madre que lloraba por ellos, de sus hijitos que no
podían besar. Y tú, entrañas mías, desde abajo contestabas con otras
saetas, que eran un jipío durce como el de los ángeles, pidiendo al Señó
que se apiadase de los infelices. Y yo entonses juré que te quería con
toa mi arma, que habías de ser mía, y tuve tentasiones de gritar a los
pobrecitos de las rejas: «Hasta la vista, compañeros; si esta mujer no
me quiere, yo jago una barbariá: mato a arguien y el año que viene
cantaré enjaulao con vosotros al Señó de las Espinas.»
--Rafaé, no seas bárbaro--dijo la muchacha con cierto temor.--No digas
esas cosas; eso es tentar la paciencia de Dios.
--No, tonta; esto no es más que un dicir. ¡Qué he de ir yo a aquel sitio
de penas! Donde iré es a la gloria, casándome con mi riuseñor moreno,
llevándomelo al nidito de Matanzuela... Pero ¡ay, niña! ¡Lo que yo
sufrí desde aquel día! ¡Las penitas que pasé para decirte «te quiero»!
Venía a Marchamalo por las tardes cuando había hecho buen alijo, con una
porción de indirectas bien preparás para que me comprendieses, y tú ¡ná!
como si fueses la Dolorosa, que mira lo mismo en Semana Santa que en el
resto del año.
--Pero, ¡bobito! ¡Si te calé desde el primer momento! ¡Si adivinaba el
querer que me tenías y estaba muy alegre! Pero mi obligasión era
disimulá. Una mocita no debe meterse por los ojos pa que le digan «te
quiero». Eso no es decente.
--¡Calla, mal corazón! ¡Poquito que me hiciste sufrir en aquella
temporá!... Yegaba en mi jaca, después de haber ido en la sierra a tiros
con los del resguardo, y lo mismo era verte que abrírseme las entrañas
con un miedo que me hacía temblar. «Le diré esto, le diré lo otro». Y
verte y no icirte na, too era lo mismo. Se me trababa la lengua, se me
hacía de noche dentro del caletre, como cuando iba a la escuela; tenía
miedo de que te ofendieras y que el padrino me diese encima unos cuantos
palos con una tranca, disiéndome: «¡Arre allá, so sinvergüensa!», lo
mismo que cuando se mete en la viña un perro vagabundo... Por fin, salió
la cosa. ¿Te acuerdas? Algo costó, pero nos entendimos. Fue dimpués der
balazo, cuando tú me cuidabas como una marecita y por las tardes
hacíamos nuestro poquito de cante ahí cerca, bajo los arcadas. El
padrino tañía la guitarra y yo, sin saber cómo, me arranqué por
-martinetes-, con los ojos fijos en los tuyos, como si fuese a
comérmelos:
Fragua, yunque y martillo
Rompen los metales,
Pero este cariño que yo te tengo
No lo rompe nadie.
Y mientras el padrino contestaba «-tra, tra; tra, tra-», como si con un
martillo golpease el jierro, tú te pusiste coloradilla y bajaste los
ojos leyendo al fin en los míos. Y yo me dije: «Güeno, esto va bien». Y
bien fue: pues, sin saber cómo, nos dijimos nuestro querer. Tal vez
fuiste tú, ¡indina! que cansada de hacerme sufrir, acortaste el camino
para que yo perdiese el miedo... Y dende entonses no hay en Jerez y en
too su campo hombre más feliz y más rico que Rafaé, el aperador de
Matanzuela... ¿Ves tú a don Pablo Dupont con toos sus millones? Pues a
mi lao, ¡ná!; ¡cerato simple! Y toos los demás cosecheros ¡ná! Y mi amo,
el señorito Luis, con toa su fachenda y el mujerío de pendones que se
trae en derredor... ¡ná tampoco! El más rico de Jerez soy yo, que se
llevará al cortijo una morenucha fea, que está cieguecita porque a la
pobre apenas se le ven los ojos, y que tiene el defecto de que al reírse
se le jasen en la cara unos joyitos muy monos, como si estuviera picá de
viruelas.
Y agarrado a la reja se expresaba con tal vehemencia, que parecía
querer meter su cara por entre los hierros buscando la de María de la
Luz.
--Quieto, ¿eh?--dijo la muchacha con risueña amenaza.--A ti sí que te
voy a picá yo, pero con una horquilla del moño, si no te estás quieto.
Ya sabes, Rafaé, que no me gustan ciertas bromas y que salgo a la reja
porque me prometes que serás formal.
El gesto de María de la Luz y la amenaza de cerrar la reja, hicieron que
Rafael se mostrase menos vehemente, separando su cuerpo de los hierros.
--Güeno, como tú quieras, mal corazón. Tú no sabes lo que es el querer y
por eso pareces tan fría, tan tranquila, como si estuvieses en misa.
--¿Que yo no te quiero?... ¡Chiquiyo!--exclamó la muchacha.
Y fue ella la que olvidando su enfado se expresó con más calor aún que
su novio. Le quería tanto como a su padre. Era otro modo de querer, pero
estaba segura de que puestos en una balanza los dos afectos, no se
diferenciarían en nada. Su hermano conocía mejor que ella la vehemencia
con que amaba a Rafael. ¡Así se burlaba Fermín, cuando venía a la viña y
le hacía preguntas sobre su noviazgo!...
--Te quiero, y creo que te quise siempre, desde que éramos pequeños y
venías tú a Marchamalo de la mano de tu padre, hecho un gañancito con tu
ordinariez de la sierra, que nos hacía reír a los señoritos y a
nosotros. Te quiero porque estás solo en el mundo, Rafaé, sin pare y sin
familia: porque necesitas un arma buena que esté contigo, y esa soy yo.
Te quiero porque has padecío mucho pa ganarte la vida, ¡pobrecito mío!,
porque te vi casi muerto en aquella noche, y entonces adiviné que te
llevaba dentro del corazón. Además, mereces que te quiera por bueno y
por honrao: porque viviendo como un perdío entre mujeres y matones,
siempre de juerga, expuesto a perder la piel con cada onza que ganabas,
pensaste en mí, y para no dar más pesares a tu nena quisiste ser pobre y
trabajar. Y yo te premiaré too lo que has hecho, queriéndote mucho,
¡pero mucho! Seré tu mare, y tu jembra, y too lo que haya que ser pa que
vivas contento y feliz.
--¡Olé! ¡Sigue soltando por ese pico, serrana!--dijo Rafael con nuevo
entusiasmo.
--Y te quiero también--continuó María de la Luz con cierta
gravedad--porque soy digna de ti: porque me creo buena y estoy segura de
que al ser tu mujer no he de darte la menor pesadumbre. Tú no me conoces
aún, Rafaé. Si un día creyese que podía causarte pena, que no me merecía
un hombre como tú, te gorvería la espalda y me ajogaría de tristeza al
verme sin ti: pero aunque te pusieras de rodillas fingiría haberme
olvidado de tu cariño. Ya ves, pues, si te quiero...
Y su acento, al decir estas palabras, era tan triste, que Rafael tuvo
que animarla. ¿Quién pensaba en tales cosas? ¿Qué podía ocurrir que
tuviese fuerza bastante para separarlos? Los dos se conocían y eran
dignos el uno del otro. Él, si acaso, por su vida pasada, no merecía ser
amado, pero ella era buena y misericordiosa y le concedía la regia
limosna de su cariño. ¡A vivir! ¡a quererse mucho!...
Y para huir de la tristeza que les habían infundido estas palabras,
torcieron el curso de la conversación, hablando de la fiesta que don
Pablo había organizado en Marchamalo para dentro de unas horas.
Los viñadores, que todos los sábados marchaban a Jerez al caer la tarde
para ver a sus familias, estaban durmiendo cerca de allí. Eran más de
trescientos: el amo les había ordenado que se quedasen para asistir a la
misa y la procesión. Con don Pablo vendrían todos sus parientes, los
señores del escritorio y mucha gente de la bodega. Una gran fiesta, a la
que forzosamente asistiría su hermano. Y ella reía pensando en la cara
de Fermín, en lo que diría después cuando viniese a la viña y se
encontrara con Salvatierra, que de tarde en tarde visitaba con cierto
recato a su antiguo amigo el capataz.
Rafael habló entonces de Salvatierra, de su inesperada visita al cortijo
y de la rareza de sus costumbres.
--Ese buen señor es una excelente persona, pero está algo chiflao. Por
poco me pone en revolución toda la gañanía. «Que si esto va mal; que si
los pobres necesitan vivir», y ecétera. No, esto no está muy bien
arreglao que digamos, pero lo que importa en el mundo es quererse y
tener ganas de trabajar. Cuando nos najemos al cortijo no tendremos más
que las tres pesetas, el pan y lo que caiga. El oficio de aperador no da
pa mucho. Pero ya verás qué ricamente lo pasamos a pesar de cuanto dice
en sus sermones y soflamas el señor de Salvatierra... Pero que no sepa
el padrino lo que yo digo de su camará, pues tocarle a don Fernando es
peor que si yo te fartase a ti, pongo por caso.
Rafael hablaba de su padrino con veneración y miedo al mismo tiempo. El
viejo conocía sus amores, pero no hablaba nunca de ellos al muchacho y a
su hija. Los toleraba silencioso, con su gesto grave de padre a uso
latino, seguro de su autoridad, convencido de que le bastaba un solo
ademán para desbaratar todas las esperanzas de los enamorados. Rafael no
osaba proponerle el casamiento, y María de la Luz, cuando el novio,
echándolas de valiente, quería hablar a su padrino, le disuadía con
cierto miedo.
Nada perdían esperando: sus padres también habían pelado la pava muchos
años. La gente honrada no se casa con precipitación. El silencio del
señor Fermín era de asentimiento: esperarían, pues. Y Rafael,
escondiéndose del padrino para galantear a su hija, aguardaba
pacientemente a que un día se plantase el viejo delante de él,
diciéndole con su campechana rudeza: «¿Pero qué esperas para llevártela,
bobalicón? Carga con ella y que de salú te sirva».
Comenzaba a amanecer. Rafael veía más claramente la cara de su novia al
través de la reja. La luz difusa del alba, daba un tono azulado a su tez
morena; hacía brillar con reflejos de nácar la blancura de sus córneas y
marcaba con huella profunda la sombra de sus ojeras. Por la parte de
Jerez abríase el cielo con un desgarrón de luz violácea, que iba
extendiéndose, y borrando en su seno las estrellas. De la bruma de la
noche surgía a lo lejos la ciudad, con la apiñada arboleda del Tempul y
las aglomeraciones de blanco caserío, en las que palpitaban los últimos
faroles de gas como estrellas agonizantes. Soplaba una brisa helada: la
tierra y las plantas parecían sudar al contacto de la luz. Un pájaro
salió aleteando de las chumberas, con agudo silbido, que hizo estremecer
a la joven.
--Anda, Rafaé--dijo ella con la precipitación del miedo;--márchate en
seguía. Amanece, y mi padre se levanta pronto. Además, no tardarán en
salir los viñadores. ¿Qué dirían si nos viesen a estas horas?...
Pero Rafael se resistía a irse. ¡Tan pronto! ¡Después de una noche tan
dulce!...
La muchacha se impacientaba. ¿Para qué hacerla sufrir, si se verían
pronto? No tenía más que bajar al ventorrillo y subir a caballo apenas
se abriesen las puertas de la casa.
--No me voy: no me voy--decía él con voz suplicante y un fulgor de
pasión en los ojos.--No me voy... ¿Y sí quieres que me vaya?...
Se pegó más a la reja, murmurando con timidez la condición que exigía
para irse. María de la Luz se hizo atrás con un gesto de protesta, como
si temiese el avance de aquella boca, que suplicaba entre los hierros.
--¡No me quieres!--exclamó.--¡Si me quisieras, no me pedirías esas
cosas!
Y ocultó su cabeza entre las manos, como si fuese a llorar. Rafael metió
un brazo por los hierros y de un suave tirón separó los dedos
entrecruzados que le ocultaban los ojos de su novia.
--¡Pero si ha sido una broma, niña!... Perdóname, soy muy bruto. Pégame:
dame una bofetada, que bien lo merezco.
María de la Luz, con el rostro ligeramente arrebolado por el restregón
de sus manos, sonreía vencida por la humildad con que el novio imploraba
su perdón.
--Te perdono, pero márchate en seguía. ¡Mira que van a salir!... Sí, ¡te
perdono! ¡te perdono! No seas pelma. ¡Vete!
--Pues pa que vea que me perdonas de veras, dame una bofetada. ¡O me la
das o no me voy!
--¡Una bofetada!... ¡Bueno estás tú! Ya sé lo que quieres, ladrón: toma
y vete en seguía.
Sacó por entre los hierros, echando atrás el cuerpo, una mano de suave
almohadillado y graciosos hoyuelos. Rafael la cogió para acariciarla con
arrobamiento. Después besó las uñas sonrosadas, chupó las yemas de sus
dedos finos con una delectación que hizo agitarse a María de la Luz con
nerviosas contorsiones detrás de la reja.
--¡Déjame, mala persona!... ¡Que chillo, asesino!...
Y librándose de un tirón de estas caricias que le estremecían con
intenso cosquilleo, cerró la ventana de golpe. Rafael permaneció inmóvil
largo rato, alejándose al fin, cuando dejó de percibir en sus labios la
impresión de la mano de María de la Luz.
Transcurrió aún mucho tiempo antes de que los habitantes de Marchamalo
diesen señales de vida. Los mastines ladraron dando saltos, cuando el
capataz abrió la puerta de la casa de los lagares. Después, con caras de
malhumor, fueron saliendo a la explanada los viñadores, obligados a
permanecer en Marchamalo para asistir a la fiesta.
El cielo se azuleaba sin la más leve mancha de nubes. En el límite del
horizonte una faja de escarlata anunciaba la salida del sol.
--¡Buen día nos dé Dios, cabayeros!--dijo el capataz a los jornaleros.
Pero estos torcían el gesto o levantaban los hombros, como presos a los
que nada importa la placidez del tiempo fuera de su encierro.
Rafael se presentó a caballo, subiendo a galope la cuesta de la viña,
como si llegase del cortijo.
--Mucho madrugas, chaval--dijo el padrino con sorna.--Se conoce que no
te dejan dormir las cosas de Marchamalo.
El aperador rondó por cerca de la puerta sin ver a María de la Luz.
Bien entrada la mañana, el señor Fermín, que vigilaba la carretera desde
lo alto de la viña, vio al final de la cinta blanca que cortaba el llano
una gran nube de polvo, marcándose en su seno las manchas negras de
varios carruajes.
--¡Ya están ahí, muchachos!--gritó a los viñadores.--El amo llega. A ver
si lo recibís como lo que sois; como personas decentes.
Y los braceros, siguiendo las indicaciones del capataz, se formaron en
dos filas a ambos lados del camino.
La gran cochera de Dupont se había vaciado en honor de la festividad.
Todos los troncos de caballos y mulas, así como los corceles de silla
del millonario, habían salido de las grandes cuadras que tenía adosadas
a la bodega; y con ellos, los brillantes arreos y los vehículos de todas
clases que compraba en España o encargaba a Inglaterra, con su
prodigalidad de rico, imposibilitado de poder demostrar de otro modo su
opulencia.
Descendió don Pablo, de un gran landó, dando su mano a un sacerdote
grueso, de cara sonrosada, con hábitos de seda que relucían al sol.
Luego que se convenció de que el acompañante había descendido sin
ningún contratiempo, atendió a su madre y a su esposa, que bajaron del
carruaje vestidas de negro, con la mantilla sobre los ojos.
Los viñadores, rígidos en su doble fila, se quitaron los sombreros
saludando al amo. Dupont sonrió satisfecho, y el sacerdote hizo lo
mismo, abarcando en una mirada de protectora conmiseración a los
jornaleros.
--Muy bien--dijo al oído de don Pablo con acento adulador.--Parecen
buena gente. Ya se conoce que sirven a un señor cristiano que les
edifica con buenos ejemplos.
Iban llegando los otros carruajes, con ruidoso cascabeleo y polvoriento
patear de las bestias en la cuesta de Marchamalo. La explanada se
llenaba de gente. Formaban la comitiva de Dupont todos sus parientes y
empleados. Hasta su primo Luis, que tenía cara de sueño, había
abandonado al amanecer la respetable compañía de sus amigotes, para
asistir a la fiesta y agradar con esto a don Pablo, cuya protección
necesitaba en aquellos días.
El dueño de Matanzuela, al ver a María de la Luz bajo las arcadas, fue a
su encuentro, confundiéndose con el cocinero de los Dupont y un grupo de
criados que acababan de llegar cargados de vituallas, y pedían a la hija
del capataz que los guiase a la cocina de los señores, para preparar el
banquete.
Fermín Montenegro descendió de otro coche con don Ramón, el jefe del
escritorio, y los dos se alejaron a un extremo de la explanada, como si
huyesen del autoritario Dupont, que en medio del gentío daba órdenes
para la fiesta y se enfurecía al notar ciertas omisiones en los
preparativos.
La campana de la capilla comenzó a voltear en su espadaña, dando el
primer toque para la misa. Nadie había de llegar de fuera de la viña,
pero don Pablo deseaba que sonasen los tres toques y que fueran largos,
hasta que no pudiese más el gañán que tiraba de la cuerda. Le alegraba
este estrépito metálico: creía que era la voz de Dios extendiéndose
sobre sus campos, protegiéndolos como tenía el deber de hacerlo, por ser
su amo un buen creyente.
Mientras tanto, el sacerdote, que había llegado con don Pablo, parecía
huir también de las voces y ademanes descompuestos con que éste
acompañaba sus órdenes, y agarraba suavemente al señor Fermín,
ponderando el hermoso espectáculo que ofrecían las viñas.
--¡Cuan grande es la providencia de Dios! ¡Y qué cosas tan hermosas
crea! ¿No es cierto, buen amigo?...
El capataz conocía al sacerdote. Era el apasionamiento más reciente de
don Pablo, su último entusiasmo; un padre jesuita del que se hacía
lenguas, por el acierto con que trataba en sus conferencias para hombres
solos la llamada cuestión social, un embrollo para los impíos, que no
atinaban con la solución y que el sacerdote resolvía en un periquete
valiéndose de la caridad cristiana.
,
.
¡
!
1
,
2
,
,
,
3
,
4
.
,
5
,
,
,
6
.
7
8
9
10
.
¡
!
¡
!
.
.
.
11
.
12
,
13
,
,
14
,
15
,
16
,
,
.
¡
!
¿
17
,
18
?
19
20
,
,
21
.
22
,
,
23
.
24
,
,
25
26
.
;
27
.
,
,
28
29
,
,
30
,
31
.
32
33
,
34
.
35
,
.
36
37
,
38
,
39
.
40
,
.
,
41
,
42
,
43
.
44
.
¡
45
,
,
46
,
47
!
.
.
.
48
49
50
.
¡
,
51
,
,
52
,
53
54
!
.
.
.
55
56
-
-
,
57
.
¡
!
¡
58
!
.
.
.
,
59
.
60
,
,
61
.
,
62
,
,
63
,
,
64
,
,
65
,
66
.
,
67
.
:
68
,
,
69
.
:
70
,
71
.
72
73
-
-
¡
!
¿
,
?
,
:
74
«
;
-
-
»
.
75
76
.
,
77
;
:
,
78
,
79
.
80
81
,
,
82
.
83
,
;
,
84
,
,
85
;
86
,
,
;
87
,
88
89
.
¡
90
91
!
¡
,
92
,
93
!
.
.
.
94
95
-
-
,
96
,
,
.
97
,
,
98
.
,
99
100
.
101
.
102
,
,
103
,
104
.
,
105
,
,
106
107
.
,
,
108
,
,
109
,
110
.
111
112
,
113
,
114
.
115
116
,
,
,
117
,
,
118
,
,
119
.
120
121
,
,
122
,
123
,
,
124
.
.
,
125
:
126
.
127
128
,
129
,
130
.
131
132
-
-
,
.
133
.
134
135
-
-
136
.
:
137
138
.
139
.
140
:
,
141
:
«
»
.
142
;
143
:
144
,
,
145
,
146
,
147
.
148
,
149
.
,
-
-
,
150
,
,
151
.
152
153
-
-
,
.
154
,
.
155
156
157
.
,
,
158
159
.
.
160
,
161
,
162
,
163
,
164
165
.
-
¡
!
-
¡
,
166
,
167
168
!
.
.
.
169
170
,
171
,
,
172
.
173
,
174
,
175
,
176
-
-
,
.
177
178
,
,
.
-
¡
!
-
¿
179
?
180
,
.
181
.
182
,
,
.
183
184
,
185
.
186
.
187
.
188
;
189
;
-
-
,
190
,
.
191
192
,
,
193
:
194
,
195
196
.
197
,
-
198
-
,
199
,
.
200
201
.
202
;
203
.
204
,
205
-
-
.
206
;
,
,
,
207
,
208
,
,
209
,
210
211
.
212
213
,
214
,
215
.
216
217
,
,
.
218
219
,
220
.
,
,
221
,
222
223
.
224
225
226
.
227
.
-
-
228
.
229
,
230
.
-
-
,
,
231
,
232
.
«
233
»
234
,
«
,
235
»
;
,
236
237
.
238
239
-
-
,
240
.
241
242
-
-
,
¡
!
-
-
243
:
,
,
,
-
-
244
.
245
246
-
-
¡
,
!
.
.
.
,
247
:
.
248
249
.
250
251
,
252
.
253
254
-
-
-
-
.
-
-
.
255
256
-
-
,
257
,
258
.
.
259
,
260
.
261
262
.
¿
263
,
?
264
,
265
,
.
266
:
,
267
.
268
269
:
270
,
,
,
.
271
.
,
,
272
,
273
.
,
274
,
,
275
276
,
277
,
«
.
.
.
»
.
278
279
.
280
;
281
.
-
-
,
,
282
.
283
284
,
-
-
285
,
,
,
286
.
287
288
,
,
289
.
290
.
291
292
-
-
-
-
.
-
-
¿
,
293
?
,
,
.
294
295
-
-
,
296
-
-
.
¡
!
.
.
.
297
,
;
,
298
.
299
300
,
,
301
,
.
¡
!
¿
302
?
,
303
.
304
305
;
306
.
,
:
307
¡
!
¡
!
308
309
:
310
;
,
311
.
312
313
.
314
;
315
;
,
316
317
.
318
.
319
320
.
321
,
;
322
,
323
324
.
,
325
,
326
,
.
327
328
.
329
,
,
330
,
,
331
,
.
332
333
,
,
334
335
,
336
.
337
338
,
339
,
.
340
341
,
342
,
.
343
.
¿
?
344
;
,
345
,
346
347
.
348
349
,
,
350
351
,
352
.
353
354
,
355
.
¡
,
356
!
¡
357
,
,
,
358
!
359
360
.
361
:
362
363
.
,
364
,
.
¡
,
365
!
,
366
.
¡
367
,
,
368
,
369
,
370
!
.
.
.
371
372
.
373
,
374
.
375
376
.
377
,
378
.
379
380
-
-
,
381
.
382
383
-
-
,
.
384
.
385
386
.
.
¿
387
?
388
.
389
390
;
391
;
392
,
393
;
394
,
395
,
396
397
.
398
399
400
.
401
402
-
-
;
403
.
:
404
.
,
405
,
.
406
,
,
407
.
408
,
,
409
,
,
,
410
,
411
.
,
412
,
413
,
414
.
415
416
417
418
419
420
421
422
423
,
424
,
,
425
.
426
427
,
,
428
,
,
429
.
430
431
,
,
432
.
433
,
434
.
435
436
:
,
437
.
,
,
438
,
439
,
440
.
441
442
-
-
¡
!
-
-
,
443
.
-
-
¡
!
.
.
.
¿
?
444
445
,
446
,
447
.
448
449
,
450
.
451
.
452
453
,
454
.
455
456
,
,
,
457
458
:
459
,
;
460
461
.
462
,
463
,
,
464
.
465
.
466
,
,
467
,
468
,
-
-
469
.
470
471
,
,
472
473
,
474
,
.
-
-
;
475
.
476
,
477
,
478
479
,
480
,
,
,
481
.
482
483
,
484
,
485
.
486
.
487
:
488
,
489
.
490
491
,
492
,
493
.
,
494
,
,
495
.
496
497
-
-
¡
,
!
-
-
.
-
-
¿
?
.
.
.
498
499
,
500
.
501
502
-
-
.
503
504
-
-
¿
?
¿
?
505
506
.
,
507
;
.
508
,
.
509
510
.
511
,
512
.
513
,
514
.
,
515
;
,
-
-
.
516
,
,
,
517
.
.
.
,
518
,
,
519
,
520
.
,
521
,
522
,
-
523
-
.
524
525
,
526
,
,
527
,
528
.
529
.
530
.
531
532
-
-
¿
?
¿
533
,
?
534
535
-
-
¿
,
?
.
.
.
:
536
,
,
537
.
.
.
538
539
,
,
540
,
541
.
542
543
,
,
544
,
545
.
,
546
,
547
,
548
.
549
550
-
-
,
,
551
.
,
;
552
,
,
553
.
.
.
554
,
555
,
:
556
:
«
,
,
557
»
.
:
«
:
558
»
.
.
.
¡
,
!
¡
559
,
!
,
560
.
561
.
562
563
564
,
565
.
566
.
567
568
-
-
¡
,
!
¡
!
¡
569
570
!
.
.
.
571
572
.
.
573
;
,
,
574
.
:
«
,
575
;
.
.
.
»
¡
!
¡
!
576
,
:
,
:
,
577
,
,
.
¡
578
,
!
.
.
.
579
,
.
580
.
.
.
581
582
-
-
¡
!
¡
,
583
!
.
584
;
,
585
.
586
587
.
.
588
589
.
,
590
.
¿
591
?
.
.
.
592
593
-
-
,
,
¡
!
594
,
.
.
.
595
596
,
.
597
.
598
599
«
»
.
,
600
601
.
¡
!
602
.
.
.
:
603
,
604
,
,
605
.
606
,
,
607
,
,
608
,
,
609
.
,
610
;
,
,
,
611
,
.
612
.
¡
-
-
613
!
.
.
.
614
,
615
,
,
,
,
616
.
,
617
,
618
;
619
.
620
621
-
-
¡
!
-
-
.
-
-
622
.
,
,
623
.
.
.
624
625
-
-
¡
,
!
-
-
.
-
-
,
626
.
.
.
627
628
,
,
629
.
630
631
,
632
,
633
.
634
,
.
635
,
,
636
,
637
638
.
639
640
,
641
,
;
,
642
,
,
643
.
,
«
644
»
«
»
,
645
,
646
.
647
648
-
-
,
;
.
649
«
»
,
.
«
650
:
»
.
;
651
,
,
652
-
-
,
,
653
,
.
654
,
,
,
655
;
,
656
;
657
,
;
658
:
«
,
659
.
660
,
,
661
.
.
.
»
662
663
-
-
¡
!
-
-
.
-
-
¡
!
¡
664
!
665
666
-
-
.
667
,
,
,
668
,
,
669
,
,
670
.
,
,
671
,
,
672
.
673
,
,
674
:
«
,
;
675
,
:
676
.
»
677
678
-
-
,
-
-
.
-
-
679
;
.
680
681
-
-
,
;
.
¡
682
!
,
,
683
.
.
.
¡
,
!
¡
684
!
¡
«
»
!
685
,
686
,
¡
!
687
,
688
.
689
690
-
-
,
¡
!
¡
!
¡
691
!
692
.
«
693
»
.
.
694
695
-
-
¡
,
!
¡
696
!
.
.
.
,
697
,
698
.
«
,
»
.
699
,
.
,
700
,
;
701
702
,
:
«
¡
,
!
»
,
703
.
.
.
,
704
.
¿
?
,
.
705
,
706
,
.
707
,
,
708
-
-
,
,
709
:
710
711
,
712
,
713
714
.
715
716
«
-
,
;
,
-
»
,
717
,
718
.
:
«
,
»
.
719
:
,
,
.
720
,
¡
!
,
721
.
.
.
722
,
723
.
.
.
¿
?
724
,
¡
!
;
¡
!
¡
!
,
725
,
726
.
.
.
¡
!
,
727
,
728
,
729
,
730
.
731
732
,
733
734
.
735
736
-
-
,
¿
?
-
-
.
-
-
737
,
,
.
738
,
,
739
.
740
741
,
742
,
.
743
744
-
-
,
,
.
745
,
,
.
746
747
-
-
¿
?
.
.
.
¡
!
-
-
.
748
749
750
.
.
,
751
,
752
.
753
.
¡
,
754
!
.
.
.
755
756
-
-
,
,
757
,
758
,
759
.
,
,
760
:
,
.
761
,
¡
!
,
762
,
763
.
,
764
:
,
765
,
,
766
,
767
.
,
,
768
¡
!
,
,
769
.
770
771
-
-
¡
!
¡
,
!
-
-
772
.
773
774
-
-
-
-
775
-
-
:
776
.
777
,
.
,
778
,
779
:
780
.
,
,
.
.
.
781
782
,
,
,
783
.
¿
?
¿
784
?
785
.
,
,
,
786
,
787
.
¡
!
¡
!
.
.
.
788
789
,
790
,
791
.
792
793
,
794
,
.
795
:
796
.
,
797
.
,
798
.
799
,
800
,
801
.
802
803
,
804
.
805
806
-
-
,
.
807
.
«
;
808
»
,
.
,
809
,
810
.
811
,
.
812
.
813
.
.
.
814
,
815
,
.
816
817
.
818
,
819
.
,
820
,
,
821
.
822
,
,
,
823
,
,
824
.
825
826
:
827
.
.
828
:
,
.
,
829
,
830
,
831
:
«
¿
,
832
?
»
.
833
834
.
835
.
,
836
;
837
.
838
,
839
,
.
840
,
841
,
842
.
:
843
.
844
,
,
845
.
846
847
-
-
,
-
-
;
-
-
848
.
,
.
,
849
.
¿
?
.
.
.
850
851
.
¡
!
¡
852
!
.
.
.
853
854
.
¿
,
855
?
856
.
857
858
-
-
:
-
-
859
.
-
-
.
.
.
¿
?
.
.
.
860
861
,
862
.
,
863
,
.
864
865
-
-
¡
!
-
-
.
-
-
¡
,
866
!
867
868
,
.
869
870
.
871
872
-
-
¡
,
!
.
.
.
,
.
:
873
,
.
874
875
,
876
,
877
.
878
879
-
-
,
.
¡
!
.
.
.
,
¡
880
!
¡
!
.
¡
!
881
882
-
-
,
.
¡
883
!
884
885
-
-
¡
!
.
.
.
¡
!
,
:
886
.
887
888
,
,
889
.
890
.
,
891
892
.
893
894
-
-
¡
,
!
.
.
.
¡
,
!
.
.
.
895
896
897
,
.
898
,
,
899
.
900
901
902
.
,
903
.
,
904
,
,
905
.
906
907
.
908
.
909
910
-
-
¡
,
!
-
-
.
911
912
,
913
.
914
915
,
,
916
.
917
918
-
-
,
-
-
.
-
-
919
.
920
921
.
922
923
,
,
924
,
925
,
926
.
927
928
-
-
¡
,
!
-
-
.
-
-
.
929
;
.
930
931
,
,
932
.
933
934
.
935
,
936
,
937
;
,
938
,
939
,
940
.
941
942
,
,
943
,
,
.
944
945
,
,
946
,
.
947
948
,
,
949
.
,
950
,
951
.
952
953
-
-
-
-
.
-
-
954
.
955
.
956
957
,
958
.
959
.
960
.
,
,
961
,
962
,
963
.
964
965
,
,
966
,
967
,
968
,
969
.
970
971
,
972
,
,
973
,
974
975
.
976
977
,
978
.
,
979
,
980
.
981
:
982
,
,
983
.
984
985
,
,
,
986
987
,
,
988
.
989
990
-
-
¡
!
¡
991
!
¿
,
?
.
.
.
992
993
.
994
,
;
995
,
996
,
,
997
998
.
999
1000