Y por la noche, cuando regresaban a la gañanía para dormir, otro
gazpacho caliente: pan guisado y pan seco, lo mismo que por la mañana.
Al morir en el cortijo alguna res cuyas carnes no podían aprovecharse,
se regalaba a los braceros, y los cólicos de la intoxicación alteraban
por la noche el amontonamiento de carne adormilada en la gañanía. Otras
veces, los que eran más brutales en su batalla con el hambre, si
conseguían matar a pedradas en el campo un cuervo o algún otro pajarraco
de rapiña, conducíanlo en triunfo al cortijo y lo guisaban, celebrando
con una risa de desesperados este banquete extraordinario.
Los hombres empezaban de pequeños el aprendizaje de la fatiga
aplastante, del hambre engañada. A la edad en que otros niños más
felices iban a la escuela, ellos eran zagales de labranza por un real y
los tres gazpachos. En verano servían de -rempujeros-, marchando tras
las carretas, cargadas de mies, como los mastines que caminan a la zaga
de los carros, recogiendo las espigas que se derramaban en el camino y
esquivando los latigazos de los carreteros que los trataban como a las
bestias. Después eran gañanes, trabajaban la tierra, entregándose a la
faena con el entusiasmo de la juventud, con la necesidad de movimiento
y el alarde fanfarrón de fuerza, propios del exceso de vida. Derrochaban
su vigor con una generosidad que aprovechaban los amos. Estos preferían
siempre para sus labores la inexperiencia de los mozos y de las
muchachas. Y cuando aún no habían llegado a los treinta y cinco años se
sentían viejos, agrietados por dentro, como si se desplomase su vida, y
comenzaban a ver rechazados sus brazos en los cortijos.
-Zarandilla-, que había presenciado todo esto, indignábase de que
tachasen de holgazanes a los braceros. ¿Por qué habían de trabajar más?
¿Qué aliciente les ofrecía el trabajo?...
--Yo he visto mundo, Rafaé. Yo he sido sordao, no de los de ahora, que
van en ferrocarrí, como los señoritos, sino de los que llevaban morrión
alto e iban a pie por las carreteras. Yo he corrío toda la nación
matando hormigas, y he visto mucho en mis viajes.
Y evocaba el recuerdo de las campiñas de Levante, las vegas de Valencia
y de Murcia, siempre verdes, pobladas como ciudades, viéndose de cada
pueblo los campanarios de otros lugares vecinos; teniendo cada campo su
vivienda rústica, y en ella una familia tranquila, y bien alimentada,
sacando su alimentación de pedazos de terreno tan pequeños, que él, en
su hipérbole andaluza, los comparaba con pañuelos de bolsillo. Los
hombres trabajaban lo mismo de noche que de día, ayudados por sus
familias, en un noble aislamiento, sin la emulación de grupo ni el miedo
al aperador. El hombre no era un esclavo en cuadrilla: rara vez se
conocía allí el bracero a jornal. Cada uno cultivaba lo suyo, y los
vecinos se ayudaban en las faenas difíciles. El labrador trabajaba para
él, y si el campo tenía un amo, éste limitábase a cobrar el
arrendamiento, procurando por la fuerza de la costumbre y por miedo al
compañerismo de los pobres, no aumentar los antiguos precios.
El recuerdo de los campos, siempre verdes, alegraba después de tantos
años al viejo -Zarandilla-, pasando como una visión luminosa por sus
ojos oscuros.
Después hablaba con tristeza de la tierra en que vivía. Inmensos campos
cuyo término perdíase en el horizonte; surcos que se juntaban y
confundían a lo lejos como las varillas de un abanico, sin que ningún
límite los cortase. Cuanto se abarcaba con la vista, tierras llanas o
colinas, bancales labrados o manchones para el pasto, todo era de un
amo. Podía un hombre caminar horas enteras sin salir de la propiedad de
un solo dueño. Aquellos campos no eran para hombres: eran extensiones
que sólo podían cultivar gigantes como los que aparecían en los cuentos,
labrándolas con bestias que tuviesen pies y alas. Y la soledad por todas
partes: ni un pueblo, ni otras viviendas que el cortijo. Había que
caminar horas y más horas hasta el límite de otras propiedades.
Provincias enteras eran en Andalucía de un centenar de amos. Y la
tierra, una tierra negra que llevaba en sus entrañas la reserva vital
acumulada durante muchos siglos, por un cultivo débil y perezoso de
brazos mercenarios, daba escape a su exceso de fuerza con un oleaje de
plantas parásitas y nocivas que asomaban entre las cosechas. La escarda
apenas si podía combatir esta florescencia de fuerzas perdidas.
El amo de la tierra se resignaba a aceptar lo que esta quisiera darle.
La extensión suplía la debilidad de un cultivo rutinario. Si la cosecha
era mala, se hacían economías sobre el trabajo de los braceros y sobre
los gazpachos que los alimentaban. Nunca faltaban esclavos que
ofreciesen sus brazos. A bandadas bajaban de la sierra las mujeres y los
gañanes pidiendo trabajo.
El cielo era más azul y sereno que en aquellos países de eterno verdor e
incesantes cosechas que él recordaba; lucía el sol con más fuerza, pero
bajo su lluvia de oro, la tierra andaluza se mostraba triste, con la
soledad del cementerio, silenciosa como si pesase sobre ella la muerte,
con un revoloteo de negros pajarracos en lo alto, y abajo, en los campos
sin límites, centenares de hombres alineados como esclavos, moviendo sus
brazos con regularidad automática, vigilados por un capataz. ¡Ni un
campanario; ni una aglomeración de casas blancas como en los países
donde existían verdaderos labradores! ¡Aquí sólo se veían siervos
trabajando una tierra odiada que jamás podía ser suya; preparando unas
cosechas de las que no tocarían un solo grano!
--Y la tierra, Rafaé, es jembra, y a las jembras, pa que sean agradecías
y se porten bien, hay que quererlas. Y el hombre no puede queré a una
tierra que no es suya. Sólo deja el sudor y la sangre sobre los terrones
de que puede sacar el pan. ¿Digo mal, muchacho?...
Que aquella inmensidad de tierra se repartiese entre los que la
trabajaban, que los pobres supieran que del surco podían sacar algo más
que un puñado de céntimos y los tres gazpachos, ¡y ya se vería si los
del país eran holgazanes!
Resultaban malos trabajadores porque trabajaban para otros; porque
tenían la obligación de defender su vida miserable unos cuantos años
más, huyendo el cuerpo a la faena, prolongando los ratos de descanso
concedidos para fumar un cigarro, llegando al tajo lo más tarde posible
y retirándose cuanto antes. ¡Para lo que les daban!... Pero que tuviesen
su parte de tierra, y la cuidarían, peinándola y acicalándola a todas
horas como una hija, y antes de que clarease el día estarían ya en ella
con la herramienta en la mano. En medio de la noche se levantarían para
las faenas urgentes; aquellas llanuras serían un paraíso, y cada pobre
tendría su casita, y los lagartos no irían arrastrando su lomo rugoso y
polvoriento días y días sin tropezar con una vivienda humana.
Rafael oponía reparos a los ensueños del viejo. Muy hermosas eran las
tierras que había visto -Zarandilla-, con sus parcelas que bastaban a
alimentar una familia. Pero allí había agua en abundancia.
--Y aquí también--gritaba el viejo.--Ahí tienes la sierra, que asín que
caen cuatro gotas, llora por toos los costaos.
¡Agua!... Barcos iban por los ríos de Andalucía hasta muy tierra
adentro, mientras en sus orillas los campos se resquebrajaban de sed.
¿No era mejor que los hombres hicieran fructificar el suelo y comiesen
con la hartura de la abundancia, aunque los barcos descargasen en los
puertos de la costa? ¡Agua!... que les diesen los campos a los pobres y
ellos la traerían a buenas o a malas, impulsados por la necesidad. No
serían como los señores, que por mal que se presente la cosecha, siempre
sacan para vivir poseyendo tanta tierra, y conservan el cultivo lo mismo
que los abuelos de sus abuelos. Los campos que él había admirado en
otros países eran inferiores a los de Andalucía. No tenían en sus
entrañas esa condensación de fuerzas que crea el abandono: estaban
cansados y había que cuidarlos, dándoles continuamente el medicamento
del guano. Eran, según -Zarandilla-, como las señorones que admiraba él
en Jerez, hermosas y apuestas con el atractivo del cuidado y los
artificios del lujo.
--Y esta tierra nuestro, Rafaé, es como las muchachas que bajan de la
sierra con el -manijero-. Van plagadas de la miseria que recogen en la
gañanía; no se lavan la cara, comen mal; pero si las adecentasen, ya se
vería lo bonitas que son.
Una tarde de Febrero hablaban el aperador y -Zarandilla- de los trabajos
del cortijo, mientras la -señá- Eduvigis lavaba la loza en la cocina.
Habíase acabado la siembra de los garbanzos, los yeros y los arvejones.
Ahora, las cuadrillas de muchachas y de gañanes se dedicaban a escardar
los campos de cereales. Aún podían sostener el combate con el escardillo
contra las hierbas parásitas. Después, cuando el trigo creciese,
tendrían que arrancarlas a mano, encorvados durante el día, con los
riñones quebrantados por el dolor.
-Zarandilla-, que falto de vista parecía haber aguzado sus oídos,
interrumpió a Rafael, ladeando su cabeza como para escuchar mejor.
--Muchacho, paece que truena.
Palidecía la gran mancha de sol sobre los guijarros del patio; las
gallinas corrían en rueda, cocleando, como si quisieran huir de la
ráfaga de viento que erizaba sus plumas. Rafael prestó oído también. Sí
que tronaba: iban a tener tempestad.
Los dos hombres salieron al portal del cortijo. Por la parte de la
sierra, el cielo estaba negro y las nubes corríanse como una cortina
lúgubre entenebreciendo el campo. Aún no era media tarde y todos los
objetos envolvíanse en la vaguedad difusa del anochecer. El cielo
parecía haber descendido, tocando las crestas de las montañas,
devorándolas en su seno oscuro, como si las decapitase. Pasaban a
bandadas con el pavor de la fuga, graznando estridentemente, los pájaros
de presa.
--¡Camará!... ¡la que se nos viene encima!--exclamó -Zarandilla-, que ya
no veía nada, como si para él hubiese cerrado la noche.
Los altos vástagos de las piteras, únicas líneas verticales que rompían
la monotonía de los campos, se inclinaron unos tras otros, como si
fuesen a romperse, y a continuación una ráfaga fría e impetuosa chocó
contra el cortijo. Temblaron las puertas, oyose el estrépito de las
ventanas al cerrarse con violencia, y aullaron los mastines
lúgubremente, tirando de sus cadenas, como si con su mirada de bestias
viesen a la tempestad entrar por el portalón sacudiendo su capa de agua
y relampagueándola los ojos.
Una claridad lívida inflamó el espacio, y el trueno estalló sobre el
cortijo con un estrépito seco que conmovió los cimientos, despertando en
los establos un eco de mugidos, relinchos y patadas. Cayó la lluvia de
golpe, en grandes masas, como si se desfondase el cielo, y los dos
hombres tuvieron que refugiarse bajo el arco de entrada, no viendo más
que un pedazo de campo al través de la herradura del portalón.
Del suelo, golpeado por el latigazo del agua, desprendíase un vapor
tibio; el olor de tierra mojada perfume de los aguaceros violentos.
Lejos, muy lejos, por los surcos convertidos en arroyos que no podían
engullir todo el golpe de agua, corrían hacia el cortijo grupos de
gentes. Apenas si se les veía al través de la capa liquida de la
atmósfera.
--¡Jesú!--exclamó -Zarandilla-.--¡Y cómo van a ponerse los
pobrecitos!...
El vendaval parecía empujarles. La luz de cada relámpago les mostraba
más cerca; trotaban bajo la lluvia como un rebaño disperso. Al llegar
los primeros grupos pasaron corriendo ante el portalón para refugiarse
en la gañanía. Los hombres iban arrebujados en mantas, cayéndoles dos
chorros de agua por la canal del sombrero deformado y blanducho: las
mujeres pasaban chillando como ratas, cubiertas con las varias hojas de
su astrosa faldamenta, llenas de barro, y mostrando sus piernas
enfundadas en los pantalones masculinos que usaban para la escarda.
Habían ya llegado al cortijo casi todas las bandas de trabajadores y en
la puerta de la gañanía sacudíanse mantas y refajos, derramando a
chorros el agua sucia, cuando Rafael se fijó en un pequeño grupo
rezagado que se aproximaba lentamente bajo la cortina oblicua de la
lluvia. Eran dos hombres y un borriquillo cargado con un serón, bajo el
cual apenas si asomaban las orejas y la cola.
El aperador conoció a uno de los dos hombres que tiraba del ronzal de
la bestia para que acelerase la marcha. Le llamaban Manolo el de
Trebujena y era un antiguo gañán que, después de una sublevación de los
obreros del campo, estaba señalado por todos los amos como perturbador.
Falto de trabajo después de la huelga, se ganaba el sustento yendo de
cortijo en cortijo como buhonero, vendiendo a las mujeres cintas, hilos
y retazos de tela, y a los hombres vino, aguardiente y periódicos
libertarios cuidadosamente ocultos en aquel serón, almacén heterogéneo
que, a lomos del borriquillo, vagaba de un extremo a otro de la campiña
jerezana. Sólo en Matanzuela y en muy contados cortijos podía penetrar
Manolo sin infundir alarma y encontrar resistencia.
Rafael miraba al acompañante del buhonero creyendo reconocerle, pero sin
determinar en su memoria quién era. Caminaba con las manos en los
bolsillos, el cuello de la chaqueta levantado y el sombrero sobre las
cejas, chorreando agua por todos los extremos de su traje, encogiéndose
estremecido de frío, sin una manta como su camarada. Pero, a pesar de
esto, marchaba sin precipitación como si no le molestasen la lluvia y el
viento que combatían su débil persona.
--¡Salud, compañeros!--dijo el de Trebujena al pasar ante la puerta del
cortijo, arreando su borriquillo.--Qué tiempo para los probes, ¿eh,
-Zarandilla-?...
Entonces fue cuando Rafael reconoció al acompañante de Manolo, viendo
su rostro exangüe de asceta, su barba rala y los ojos dulces y
mortecinos tras unas gafas azuladas.
--¡Don Fernando!--exclamó con asombro.--¡Pero si es don Fernando!...
Y saliendo del portalón, en plena lluvia, agarró de un brazo a
Salvatierra, para que entrase en el cortijo. Don Fernando opuso
resistencia. Iba a refugiarse en la gañanía con su compañero; no debía
contrariarle, pues este era su gusto. Pero Rafael protestaba. ¡El gran
amigo de su padrino, el que había sido jefe de su padre!... ¿Cómo podía
pasar por la puerta de su casa sin entrar en ella?... Y casi a viva
fuerza lo metió en el cortijo, mientras Manolo seguía adelante.
--Anda, que hoy tendrás buen despacho--le dijo -Zarandilla-.--Los mozos
se pirran por tus papeles y tendrán en qué entretenerse mientras llueva.
Me paece que va pa largo.
Salvatierra entró en la cocina del cortijo, dejando, al sentarse, una
gran mancha del agua que chorreaban sus ropas. La -señá- Eduvigis,
compadeciendo al «pobre señor», encendió apresuradamente en el hogar un
fuego de leña menuda.
--Que sea buena la candela, mujer; que eso y mucho más se merece el
forastero--decía -Zarandilla-, orgulloso de la visita.
Y luego añadió con cierta solemnidad:
--¿Tú sabes quién es este cabayero, Eduvigis?... ¡Qué has de saber tú!
Pues es don Fernando Salvatierra, ese señor tan nombrao en los papeles,
que defiende a los probes.
El gesto de la vieja, al abandonar un instante la lumbre para mirar al
recién llegado, fue más de curiosidad y asombro que de admiración.
Mientras tanto, el aperador iba de un lado a otro, buscando cierta
botella de vino selecto que meses antes le había regalado su padrino.
Por fin dio con ella, y escanciando un vaso, se lo ofreció a don
Fernando.
--Gracias, no bebo.
--¡Pero si es de primera, señor!...--intervino el viejo.--Beba su mercé;
esto le hará bien después de la mojadura.
Salvatierra hizo un gesto negativo.
--Gracias otra vez: yo nunca he probado el vino.
-Zarandilla- le miró con asombro... ¡Qué tío! Con razón tenían a aquel
don Fernando por un hombre extraordinario.
Rafael quiso que comiera algo; y habló a la vieja de freír huevos, de
descolgar cierto jamón que había dejado el amo en una de sus visitas;
pero Salvatierra le atajó. Era inútil: él llevaba en un bolsillo las
provisiones para la noche. Y extrajo de su chaqueta un papel mojado, que
contenía un mendrugo y un pedazo de queso.
La sonrisa fría con que se negaba a aceptar los obsequios, cortaba toda
insistencia. -Zarandilla- abría sus ojos turbios, como para ver mejor a
aquel hombre asombroso.
--¿Pero al menos fumará usted, don Fernando?--dijo Rafael ofreciéndole
un cigarro.
--Gracias; no he fumado nunca.
El viejo no pudo callar más tiempo. ¿Tampoco fumaba?... Ahora comprendía
el asombro de ciertas gentes. Un hombre de tan pocas necesidades metía
tanto miedo como un ánima del otro mundo.
Y mientras Salvatierra aproximábase a la lumbre, que comenzaba a
crepitar con alegre llama, el aperador salió de la cocina. Poco después
volvió, llevando al brazo su capote de monte.
--Cuando menos, déjese usted abrigar. Quítese esas ropas que chorrean.
Antes de que pudiera negarse, Rafael y la vieja le despojaron de la
chaqueta y el chaleco, envolviéndole en el capote, mientras -Zarandilla-
colocaba ante el fuego las ropas mojadas, que despedían un humo tenue.
Acariciado por el calor, Salvatierra se mostró más comunicativo. Le
dolía contrariar con su sobriedad a aquellas gentes sencillas que le
asediaban con sus obsequios.
El aperador se extrañaba de verle en el cortijo como traído por la
tempestad. Su padrino le había dicho algunos días antes que don Fernando
estaba en Cádiz.
--Sí, allí estuve hasta hace poco. Fui a ver la sepultura de mi madre.
Y como si quisiera pasar apresuradamente sobre este recuerdo, explicó
su llegada al cortijo. Había salido por la mañana de Jerez en la
-góndola- de la sierra, uno de aquellos coches que pasaban cargados de
gente y de fardos por el inmediato camino. Deseaba ver al señor Antonio
Matacardillos, el dueño del ventorro del Grajo, situado en la carretera,
cerca del cortijo; un bravo que de joven le había seguido en todas sus
aventuras revolucionarias. Estaba enfermo del corazón, con las piernas
hinchadas, casi imposibilitado de moverse, no pudiendo llegar a la
puerta de su choza más que entre ayes y tropezones. Al saber que
Salvatierra vivía en Jerez, sus dolores parecían haberse aumentado con
la desesperación que le causaba el no verle.
El viejo ventorrillero, al presentarse su antiguo jefe en la choza del
Grajo, había llorado, abrazándole con tales extremos de emoción, que su
familia creyó que iba a morir. ¡Ocho años sin ver a su don Fernando!
¡Ocho años, durante los cuales había enviado todos los meses un papel
lleno de garabatos a aquel presidio del Norte, donde guardaban a su
héroe! El pobre Matacardillos sabía que iba a morir de un momento a
otro. Ya no dormía en la cama, se ahogaba, vivía casi artificialmente
clavado en su sillón de paja, sin poder servir una copa, acogiendo con
sonrisa triste a los arrieros y gañanes que le hablaban de su cara de
salud y de su gordura, asegurando que se quejaba de vicio. Don Fernando
debía volver alguna vez a verle. Le molestaría poco tiempo; iba a morir
muy pronto; pero su presencia alegraría la poca vida que le quedase. Y
Salvatierra había prometido volver, siempre que pudiese, a visitar al
-veterano-, en compañía de Manolo el de Trebujena (otro de los suyos),
al que había encontrado en el ventorro del Grajo. Con él emprendió el
regreso a Jerez, cuando los alcanzó la tempestad, obligándoles a
refugiarse en el cortijo.
Rafael habló a don Fernando de sus costumbres extraordinarias, que
muchas veces había oído relatar al padrino: sus baños de mar en Cádiz en
pleno invierno, ante la gente, que temblaba de frío; sus regresos a casa
en cuerpo de camisa después de dar la chaqueta a un compañero
menesteroso; su régimen alimenticio, que no podía pasar de los treinta
céntimos diarios. Salvatierra permanecía impasible, como si hablasen de
otro, y únicamente al extrañarse Rafael de su exiguo alimento, abrió los
labios para protestar dulcemente.
--No tengo derecho a más. ¿Acaso esos pobres que se amontonan en la
gañanía no comen peor que yo?...
Se hizo un largo silencio. El aperador y los dos viejos parecían
cohibidos en presencia de aquel hombre, del que tanto habían oído
hablar. Además, les intimidaba con un respeto casi religioso aquella
sonrisa que, según pensaba -Zarandilla-, «parecía venir de otro mundo»,
y la firmeza de sus negativas, que no daba lugar a nuevas insistencias.
Cuando Salvatierra vio sus ropas casi secas, abandonó el capote y se las
puso. Después se dirigió a la puerta, y a pesar de que seguía lloviendo
quiso ir a la gañanía, en busca de su compañero. Pensaba pasar en ella
la noche, ya que no era posible con aquel tiempo volver a Jerez.
El aperador protestó. ¡En la gañanía un hombre como don Fernando!... Su
cama estaba dispuesta para él y si no le gustaba, abriría la habitación
del señorito, que era tan buena como cualquiera de Jerez.... ¡La
gañanía! ¿Qué diría su padrino si él toleraba tal disparate?...
Pero la sonrisa de Salvatierra quitó al joven toda esperanza. Había
dicho que dormiría con los gañanes, y era capaz de pasar la noche al
raso, si no le dejaban cumplir su gusto.
--No podría dormir en tu cama, Rafael; no tengo derecho a estar sobre
colchones, mientras otros, bajo el mismo tejado, duermen en esteras.
E intentaba sortear el obstáculo que le oponía el aperador, cerrándole
el paso en la puerta. El viejo -Zarandilla- intervino.
--Aún quedan horas para dormir, don Fernando. Luego irá su mercé a la
gañanía, si ese es su gusto. Pero ahora--añadió, dirigiéndose a
Rafael--enséñale al señó algo del cortijo, la cuadra de los caballos,
que es cosa de ver.
Salvatierra aceptó la invitación, ya que ésta no contrariaba su
sobriedad ascética, único lujo de su vida. «Vamos a ver los caballos».
No le interesaban gran cosa, pero agradecía el buen deseo de aquella
gente sencilla, ansiosa de mostrarle lo mejor de la casa.
Atravesaron el patio, bajo el azote de la lluvia, seguidos por algunos
perros que sacudían el agua de sus pelos lacios. Una bocanada de aire
caliente y espeso, oliendo a estiércol y a vapor animal, dio en la cara
a los visitantes al abrirse la puerta de la cuadra. Los caballos
cocearon y relincharon, moviendo las cabezas al sentir tras de sus
grupas la presencia de gente extraña.
-Zarandilla- se metió entre ellos, adivinándolos por el tacto, marchando
a ciegas en la penumbra de la cuadra, acariciando a unos en los ijares,
rascando a otros en la frente, llamándolos con nombres cariñosos y
librándose por instinto de las patadas de impaciencia y de alegría que
daban con sus cascos herrados. «¡Quieto, -Brillante-!» «¡No seas malo,
-Lucero-!» Y pasaba, encorvándose, por debajo de los vientres para ir
hasta el otro extremo de la cuadra, mientras el aperador explicaba a
Salvatierra la valía de este tesoro.
Eran caballos jerezanos de pura sangre, verdaderos sementales de la
tierra, y elogiaba su cara alegre, sus ojos saltones, el corte elegante
y esbelto de su figura, su paso enérgico. Unos eran de color tordo;
otros de un gris plateado, sedoso y brillante, y todos ellos temblaban
desde las piernas a la grupa con fuertes estremecimientos, como si no
pudiesen contener su exceso de vida en este encierro.
Rafael hablaba con admiración del valor de aquellos animales. Una
verdadera fortuna: el señorito era hombre de gusto, un inteligente que
no reparaba en el dinero para disputar a los más ricos del -Círculo
Caballista- la posesión de un buen ejemplar. Hasta a su primo don Pablo
le había arrebatado la posesión de un caballo famoso. Y señalando a cada
uno de los animales, hablaba de miles y miles de pesetas,
enorgulleciéndose de que tales tesoros estuviesen confiados a su
custodia.
El -hierro- de Matanzuela, la marca con que se señalaba a las jacas
salidas del cortijo, valía tanto como los certificados de los ganaderías
más antiguas.
Mientras tanto, -Zarandilla- acariciaba con ruidosas palmadas y motes
grotescos a dos asnos garañones, grandes como caballos, huesudos,
angulosos, como si fuesen esculpidos a hachazos; la cara roma, los ojos
casi ocultos bajo una maraña de pelos y las orejas caídas. Dos bestias
de fealdad monstruosa y fantástica, que parecían surgidas de una visión
apocalíptica. El viejo, apoyado en ellos, hablaba de la primavera,
cuando bajaban las yeguas de la dehesa y entraban en la cuadra con la
cola recogida sobre el lomo para evitar entorpecimientos, y el yegüerizo
mayor se arriesgaba bajo las patas amenazantes, encauzando la
fecundación.
--Aquí tiene su mercé--decía el viejo--a toos los buenos mozos que
fabrican los potrancos y las mulillas de Matanzuela.
Hablaba de los misterios reproductores de aquella cuadra, con la
naturalidad de la gente campesina, tímida y ruborosa en las relaciones
humanas y franca hasta el impudor al hablar de las aproximaciones de las
bestias. Y como si las palabras del viejo trajesen a las dilatadas
narices de los caballos un lejano perfume de la deseada primavera,
comenzaron a relinchar, a dar saltos, a morderse, a estremecer sus
vientres con agitaciones de péndulo, a resbalar las patas delanteras
sobre las grupas más cercanas, haciendo esfuerzos por libertar sus
cabezas amarradas a las anillas. Unos cuantos varazos repartidos a
ciegas por -Zarandilla- hicieron cesar el estruendo de coces y
relinchos, y las bestias tornaron a alinearse ante los pesebres,
exhalando los últimos restos de su agitación con bufidos y temblores.
El aperador condujo a Salvatierra a una habitación grande, de paredes
enjalbegadas, que le servía de despacho. Empezaba a anochecer y encendió
un velón de los antiguos de Lucena, puesto sobre una mesa, en la que se
veía un tintero de loza enorme, con una pluma no más larga que un dedo.
Allí hacía él sus cuentas, y en un armario inmediato estaban «los
libros», de los que hablaba Rafael con cierto respeto. Cada gañán tenía
su cuenta. Antes se llevaba la administración con una sencillez
patriarcal, pero ahora los jornaleros eran quisquillosos y desconfiados.
Además, había que marcar bien los días que eran por entero de trabajo,
aquellos en que la faena sólo duraba medio día por la lluvia, y los de
lluvia completa, en los que la gente se quedaba en la gañanía,
comiéndose sus gazpachos sin hacer nada.
Después estaba el gran libro, el más precioso de la casa, lo que podía
titularse la carta de nobleza de Matanzuela. Y el aperador sacaba del
armario un amplio cuaderno, en el que se contenía la genealogía y la
historia de todo caballo o mula salido del cortijo, con el apodo de
nacimiento, padres y abuelos, descripción de la figura, talla, pelo,
color de los ojos y defectos que se confesaban generosamente sobre el
papel para quedar secretos, dejando a la penetración del comprador el
adivinarlos.
Luego, enseñó Rafael la otra joya del cortijo: un palo largo rematado
por un embudo de hierro, cuyos bordes entrantes y salientes daban la
idea vaga de un dibujo. Era la marca de la ganadería, ¡el hierro!, y
había que ver con qué respeto lo acariciaba Rafael. Una cruz sobre una
media luna formaban la señal que llevaba en sus flancos todo el ganado
de Matanzuela.
Hablaba con entusiasmo de la operación de herrar, que don Fernando no
había visto nunca. Los yegüerizos echaban sus lazos de cerda a los
potros indómitos, sujetándolos por las orejas, mientras se calentaba el
hierro en un fuego de boñiga seca; y al estar la marca al rojo, ¡zas!,
se la aplicaban al costado, quemándose los pelos y quedando la piel
señalada para siempre con la cruz y la media luna. Y con cierta
conmiseración por Salvatierra que, sabiendo tanto, ignoraba unas cosas
que eran para el aperador las más interesantes del mundo, continuaba
éste explicando el régimen a que se sometían los caballos jóvenes; todas
las operaciones que realizaba él voluntariamente en sus entusiasmos de
jinete.
Primeramente los -amarraban-, al venir de la libertad de la dehesa, para
que se acostumbrasen a comer en el pesebre; luego salían al campo,
frente al cortijo, con cabezón y una larga cuerda, para dar vueltas como
en un picadero, y que aprendiesen a -tranquear-, a poner la pata de
atrás donde habían puesto la delantera, o más allá, si era posible. Tras
esto llegaba la operación suprema: colocarles la silla sobre los lomos,
habituando su salvaje nerviosidad a esta servidumbre; acostumbrarles a
la baticola y los estribos. Y finalmente se les montaba, para hacerles
dar vueltas, al principio sin soltar la cuerda, luego manejándolos con
las riendas. ¡Los potros que él llevaba desbravados, animales casi
salvajes, que inspiraban miedo a muchos!...
Hablaba con orgullo de sus combates de energía y voluntad con bestias
fieras que relinchaban y mordían el aire, pataleando, levantándose
verticalmente o hundiendo su cabeza en tierra mientras coceaban en el
espacio, sin que pudieran por esto libertarse de la opresión de sus
piernas de acero; hasta que al fin, después de una carrera loca, en la
que parecían buscar los obstáculos para aplastar al jinete, volvían
sudorosas y vencidas, sometiéndose por completo a la mano del montador.
Rafael se detuvo en la narración de sus proezas hípicas, viendo la
sombra de una persona en el cuadro de la puerta, sobre el fondo de luz
violácea del crepúsculo.
--¡Ah! ¿eres tú?--dijo riendo.--Pasa, -Alcaparrón-, no tengas miedo.
Entró un mozo de escasa estatura, avanzando cautelosamente, de medio
lado, como si temiera rozar la pared. En su encogimiento parecía
implorar perdón anticipadamente por todo lo que hiciese. Sus ojos
brillaban en la sombra lo mismo que su fuerte y nítida dentadura. Al
aproximarse a la luz del velón, Salvatierra se fijó en el color cobrizo
de su cara, en las córneas de sus ojos, que parecían manchadas de
tabaco, en sus manos de dos colores, con la palma sonrosada y el dorso
de un negro que aún se hacía más intenso bajo las uñas. A pesar del
frío, vestía una blusa de verano, una guayabera con pliegues, húmeda
aún de la lluvia, y en la cabeza llevaba dos sombreros, uno dentro del
otro, de distinto color, como sus manos. El de abajo mostraba una
blancura gris y flamante en la parte inferior de sus alas; el de arriba
era viejo, de un negro rojizo, con los bordes deshilachados.
Rafael agarró al mozuelo por un hombro, haciéndolo balancearse, y lo
presentó a Salvatierra con una gravedad cómica.
--Este es -Alcaparrón-, del que usté habrá oído hablar seguramente. El
gitano más ladrón de too Jerez. Si hubiese justicia, hace tiempo que le
habrían dao garrote en la plaza de la Cárcel.
-Alcaparrón- dio un respingo para librarse de la garra del aperador, y
moviendo las manos con ademanes femeniles, acabó por persiguarse.
--¡Uy!, zeñó Rafaé y qué malo que es uzté... ¡Jozú! ¡y qué cosas dice
este hombre!
El aperador continuó con el ceño fruncido y la voz grave:
--Trabaja en Matanzuela con su familia hace muchos años, pero es un
ladrón como toos los gitanos y debía estar en presidio. ¿Sabe usté por
qué se trae dos sombreros? Pa llenarlos de garbanzos o habichuelas así
que me descuido: y él no sabe que el mejor día le meto un escopetazo.
--¡Jozú! ¡señó Rafaé! ¿Pero qué dice usté, bendito?...
Y juntaba las manos con desesperación, mirando a Salvatierra y
diciéndole con vehemencia infantil:
--No le crea usté, zeñó; es muy malo y me dice eso por pudrirme la
sangre. Por la salusita de mi mare que too es mentira...
Y explicaba el misterio de los dos sombreros superpuestos que llevaba
calados hasta las orejas, rodeando su cara de pícaro de un nimbo de dos
colores. El de abajo era el nuevo, el de los días de fiesta y lo
desenfundaba cuando iba a Jerez. En los días de labor, no osaba dejarlo
en el cortijo por miedo a los compañeros, que se permitían toda clase de
burlas con él porque era «un pobrecito gitano», y lo cubría con el viejo
para que no perdiese el color gris y sedoso que era su orgullo.
El aperador continuaba exasperando al gitano con ese humor campesino que
se goza en enfurecer a los pobres de espíritu y a los vagabundos.
--Oye, -Alcaparrón-, ¿tú sabes quién es este señor? Pues es don Fernando
Salvatierra. ¿No has oído hablar nunca de él?...
El gitano hizo un gesto de asombro, abriendo los ojos desmesuradamente.
--¡Pues poco nombrao que es el señó! En la gañanía hace dos horas que no
jablan más que de él. ¡Por muchos años, señó! M' alegro de conosé una
presona tan fina y de tanto aquel. Bien se ve que su mersé es alguien:
tiene cara de gobernaor.
Salvatierra sonreía ante la obsequiosidad aduladora del gitano. Aquel
infeliz no conocía categorías; juzgaba por el renombre, y considerándole
un personaje poderoso, una autoridad, temblaba, ocultando su turbación
con la sonrisa aduladora de las razas eternamente perseguidas.
--Don Fernando--continuó el aperador.--Usté que tiene amigos en el
extranjero podía arreglarle el viaje a -Alcaparrón-. A ver si en
aquellas tierras hacía tanta suerte como sus primas.
Y hablaba de las -Alcaparronas-, unas gitanas bailadoras que daban golpe
en París y en muchas ciudades de Rusia, cuyos nombres no podía recordar
el aperador. Sus retratos figuraban hasta en las cajas de cerillas, los
periódicos hablaban de ellas; tenían diamantes a porrillo, bailaban en
teatros y en palacios y a una de ellas la había robado un gran duque,
archipámpano o no recordaba Rafael qué otro título, llevándosela a un
castillo, donde vivía como una reina.
--Y a too esto, don Fernando, unas monas sabias, tan feas y negras como
su primo aquí presente; unas desgalichás, a las que he visto de pequeñas
en los cortijos robando garbanzos y otras semillas; unas ratas
vivarachas, sin más que el -aquel- gitano y unas desvergüenzas que ponen
coloraos a los hombres. ¿Y eso es lo que les gusta a aquellos señorones?
¡Vamos, hombre, que hay para reír!...
Y reía, efectivamente, al pensar que vivían como unas grandes damas
aquellas mozuelas cobrizas, de ojos de brasa, que él había visto
merodear sucias y costrosas por los campos de Jerez.
-Alcaparrón- hablaba con cierto orgullo de sus primas, pero lamentando
de paso la diversa suerte de familia. ¡Ellas hechas unas reinas y él con
su pobre -mare-, sus hermanos pequeños, y Mari-Cruz, su pobrecita prima,
siempre enferma, ganando dos reales en el cortijo! ¡y muchas gracias que
les daban trabajo todos los años sabiendo que eran buenos!... Sus primas
eran unas -descastás- que no escribían a la familia, que no la enviaban
ni esto. (Y hacía crujir la uña de un pulgar, entre sus dientes de
caballo.)
--Señó: paece mentira que mi tío se porte tan mal con los suyos, siendo
un -cañí-. ¡Con tanto que le quería el probé de mi pare!...
Pero lejos de indignarse, rompía en elogios del tío -Alcaparrón-, un
hombre de iniciativas que, cansado de pasar hambre en Jerez y verse en
peligro de ir a la cárcel siempre que se extraviaba un asno o una mula,
se había echado al hombro la guitarra, no parando con todo su «ganao»,
como él llamaba a las hijas, hasta el mismo París. Y -Alcaparrón- reía
irónicamente de la simpleza de los -gachés-, de toda la gente que domina
el mundo y oprime a los pobres gitanos, recordando ciertos prospectos y
periódicos que había visto con el retrato de su respetable tío, luciendo
sus patillas de -boca de jacha-, y su cara de ladrón, bajo un sombrero
de catite como un campanario y rodeado de columnas impresas en lengua
extraña, en las que se hablaba de -mademoiselles- las -Alcaparronas- y
se celebraba su gracia y hermosura, repitiendo, cada seis renglones
-¡ollé! ¡ollé!-... ¡Y su tío, para mayor solemnidad, se titulaba el
capitán -Alcaparrón-! ¿Capitán de qué?... Y sus primas, las
-mademoiselles-, se hacían robar por señorones que le tenían miedo al
padre, -le terrible hidalgo-, que tantas veces había rasgueado
filosóficamente la guitarra en los colmados, mientras las niñas se
ocultaban con los señoritos en los cuartos más lejanos. ¡-Josú-, qué
guasa!...
Pero el gitano pasaba rápidamente de la risa a la melancolía, con la
incoherencia vivaracha de su alma de pájaro. ¡Ay, si viviese su -pare-,
que había sido un águila, comparado con este hermano que tenía tanta
fortuna!...
--¿Murió tu padre?--preguntó Salvatierra.
--Sí, señó: fartaba uno en el campo santo, y como era bueno, le yamó er
cuervo que está allí.
Y -Alcaparrón- continuaba sus lamentaciones. ¡Si no hubiese muerto el
pobrecito! En lugar de sus primas estarían él y sus hermanos disfrutando
tantas riquezas. Y lo afirmaba de buena fe, despreciando como
insignificante la diferencia de sexos, no dando ningún valor a la
fealdad picante de sus primas, creyendo que su fortuna era debida a la
habilidad en el -cante-, para el cual, la -pobresita- de su -mare-, su
prima Mari-Cruz y él, valían mucho más que todas las -Alcaparronas- que
andaban por el mundo.
El aperador, viendo triste al gitano, ofrecíale su protección. Su
fortuna estaba hecha. Allí estaba don Fernando, que con sus influencias
de personaje, le tenía reservado un empleo.
-Alcaparrón- abría los ojos, recelando la burla. Pero temeroso de
cometer una falta si no daba las gracias a aquel señor, abrumó con
palabras dulzonas a Salvatierra, mientras éste miraba al aperador, no
sabiendo adonde iba a parar.
--Si, gachó--continuó Rafael.--Ya tienes empleo. El señó te hará verdugo
de Seviya o de Jerez: lo que tú escojas.
El gitano dio un salto, mostrando su cómica indignación con un
desbordamiento de palabras.
--¡Mardito! ¡Arrastrao! ¡Mala escopetá le peguen, señó Rafaé, en sus
entrañas renegrísimas!...
Se detuvo un instante en sus maldiciones, viendo que éstas servían de
regocijo al aperador, y añadió con maligna intención:
--Premita Dió que cuando vaya su mersé a la viña de don Pablo, la gachí
le resiba con cara de cuaresma.
Rafael ya no reía. Temió que el gitano, en presencia de don Fernando,
hablase de sus amores con la hija del padrino, y se apresuró a
despedirle.
--Toma un pitillo y lárgate... mala sombra. Tu madre estará esperándote.
-Alcaparrón- obedeció con la docilidad de un perro. Al despedirse de
Salvatierra le tendió su mano de mulato, repitiendo que le esperaban en
la gañanía y que la gente andaba revuelta al saber que un -presonaje-
tan alto estaba en Matanzuela.
Cuando se fue, el aperador habló a don Fernando de los -Alcaparrones- y
otros gitanos del cortijo. Eran familias que trabajaban años y años en
la misma finca, como si formasen parte de ella. Resultaban de más fácil
manejo, hombres y mujeres, que la demás gente de la gañanía. Con ellos
no había que temer rebeliones, huelgas, ni amenazas. Eran pedigüeños y
un tanto ladrones, pero se achicaban ante los gestos amenazadores, con
la docilidad de una raza perseguida.
Rafael sólo había visto a los gitanos trabajar la tierra en aquella
parte de Andalucía. La afición de la gente a los caballos parecía
haberles expulsado de esta industria, que era la suya en todo el mundo,
obligándoles a buscar la vida en los cortijos.
Las mujeres valían más que los hombres: secas, negras, angulosas, con
unos pantalones varoniles bajo las faldas, doblábanse el día entero para
escardar el trigo o arrancar las semillas. A veces, cuando no los
vigilaban de cerca, apoderábase de ellos la indolencia de raza, el deseo
de permanecer inmóviles, mirando el horizonte, sin ver nada ni pensar en
nada. Pero así que presentían la proximidad del aperador, corría la voz
de alarma en aquel -caló- que era su única fuerza de resistencia, lo
que les aislaba de la animadversión de los compañeros de trabajo.
---¡Cha: currela, que sinela er jambo!-
«¡Oye: trabaja, que mira el amo!» Y cada uno se entregaba a su faena,
con tal ardor, con esfuerzos tan cómicos, que muchas veces Rafael no
podía contener la risa.
Había cerrado la noche. La lluvia caía como polvo de agua, sobre los
guijarros del patio. Salvatierra habló de ir a la gañanía, sin prestar
atención a las protestas del aperador. ¿Pero, realmente, tenía empeño en
dormir allí, un hombre de su mérito?...
--Ya sabes de dónde vengo, Rafael--dijo el revolucionario.--Llevo ocho
años de dormir en peores sitios y entre gentes más infelices.
El aperador hizo un gesto de resignación y llamó a -Zarandilla-, que
estaba en la cuadra. El viejo le serviría de acompañante; él se quedaba
allí.
--No me conviene entrar en la gañanía, don Fernando. Hay que conservar
cierto -aquel- de autoridad; si no, toman confianza con uno y está
perdido.
Y hablaba del -aquel- de la autoridad, con firme convicción,
respetándola como necesaria, después de haberla violentado muchas veces
en las rudas aventuras de su primera juventud.
Salvatierra y el viejo salieron del patio entre los ladridos de los
perros, y siguiendo el muro exterior, llegaron a un cobertizo que daba
entrada a la gañanía.
Bajo aquel se alineaban al aire libre varios cántaros con la provisión
de agua para los braceros. Los que sentían sed, pasaban del calor
asfixiante de la gañanía a la frialdad de la noche, y se atracaban de un
agua que parecía hielo líquido, mientras el viento les hería las
sudorosas espaldas.
Al trasponer la puerta, Salvatierra sintió en sus pulmones la rareza del
aire, al mismo tiempo que hería su olfato un hedor de lana húmeda,
aceite rancio, barro y carne aglomerada y viscosa.
Era una pieza estrecha y larga, que aún parecía más grande por lo denso
de la atmósfera y la escasez de luz. En el fondo estaba el hogar, en el
que ardía una lumbre de boñiga seca, despidiendo un olor infecto. Un
candil marcaba su llama como una lágrima roja y titilante en este
ambiente nebuloso. El resto de la pieza, completamente a oscuras, tenía
en sus tinieblas palpitaciones de vida. Adivinábase la presencia de una
muchedumbre bajo la mortaja de sombras.
Salvatierra, al llegar al centro de la mísera habitación pudo ver mejor.
En el hogar hervían varios pucheros vigilados por mujeres puestas de
rodillas, y bajo el candil estaba sentado el -arreador-, el segundo
funcionario de la casa, el que acompañaba a los braceros al tajo y
vigilaba sus faenas, excitándolos con duras palabras; el que en unión
con el aperador formaba lo que llamaban los gañanes el -gobierno- del
cortijo.
El arreador era el único que tenía una silla en la gañanía: los demás,
hombres y mujeres, sentábanse en el suelo. Junto a él estaban en
cuclillas Manolo el de Trebujena con varios amigos, metiendo sus
cucharas en un -tornillo- de gazpacho caliente. La niebla fue
disipándose ante los ojos de Salvatierra, habituados ya a esta atmósfera
asfixiante. Entonces vio en los rincones grupos de hombres y de mujeres
sentados en la tierra apisonada o sobre esterillas de enea. La lluvia,
cortando su trabajo a media tarde, les había hecho adelantar la comida
de la noche. En torno de los lebrillos de bazofia caliente, hablaban y
reían moviendo las cucharas con cierta calma. Presentían que el día
siguiente sería de encierro, de holganza forzosa, y deseaban permanecer
en vela hasta bien entrada la noche.
El aspecto de la gañanía, el amontonamiento de la gente, evocó en la
memoria de Salvatierra el recuerdo del presidio. Las mismas paredes
enjalbegadas, pero aquí menos blancas, ahumadas por el vaho nauseabundo
del combustible animal, rezumando grasa por el continuo roce de los
cuerpos sucios. Iguales escarpias en los muros, y colgando de ellas todo
el ajuar de la miseria, alforjas, mantas, jergones destripados, blusas
multicolores, sombreros mugrientos, zapatos pesados de innumerables
remiendos con clavos agudos.
En el presidio cada uno tenía su petate, y en la gañanía sólo muy
contados podían permitirse este lujo. Los más, dormían en esteras, sin
desnudarse, descansando sus huesos doloridos por el trabajo sobre la
tierra dura. El pan, la cruel divinidad que obligaba a aceptar esta
existencia miserable, rodaba en pedazos por el suelo, o se exhibía en
las escarpias, entre los harapos, en enormes teleras de seis libras,
como un ídolo al que sólo se podía llegar después de un día de
encorvamiento abrumador.
Salvatierra se fijó en las caras de aquellas gentes que le miraban con
curiosidad, suspendiendo por un instante su comida, manteniendo
inmóviles las manos con la cuchara en alto.
Bajo los sombreros deformes sólo se veían carátulas de miseria, máscaras
de sufrimiento y de hambre. Los jóvenes tenían la frescura vigorosa de
los pocos años. Reían reflejando en sus ojos el espíritu burlón de la
raza, la alegría de vivir, sin el peso de una familia; el regocijo del
hombre aislado, que por miserable que se considere, puede siempre seguir
adelante. Pero los hombres mostraban un envejecimiento prematuro,
arruinados en plena madurez, con el temblor de los valetudinarios;
revelando unos su acometividad en los ojos animados por resplandores
fosforescentes de fiera, encogidos otros con la resignación del que sólo
aguarda la muerte como única libertad.
Eran cuerpos enjutos, apergaminados, recocidos por el sol, con la piel
agrietada. La alimentación, pobre y escasa, no llegaba a formar el más
leve almohadillado entre el esqueleto y su envoltura. Hombres que aún no
tenían cuarenta años, mostraban sus cuellos descarnados, de piel flácida
y abullonada, con los tirantes tendones de la ancianidad. Los ojos, en
lo más hondo de sus cuencas, circundados de una aureola de arrugas,
brillaban como estrellas mortecinas en el fondo de un pozo. Su miseria
física era el resultado de una fatiga prolongada años y más años, de una
alimentación insípida de pan, sólo de pan. Los cuerpos rudos y angulosos
parecían labrados a hachazos: otros eran deformes y grotescos como
fabricados por un alfarero: muchos recordaban, por lo retorcidos y
nudosos, los troncos de los acebuches de las dehesas. Los brazos negros,
con las agudas protuberancias de una gimnasia forzada, parecían de
sarmientos trenzados. Y el amontonamiento de estos infelices exhalaba un
olor agrio, de sudor de hambriento, de ropa adherida al cuerpo durante
meses, de alientos fétidos: toda la respiración apestante de la miseria.
Las mujeres aun ofrecían un aspecto más doloroso. Unas eran gitanas,
viejas y horribles como brujas, con la piel tostada y cobriza que
parecía haber pasado por el fuego de todos los aquelarres. Las jóvenes
tenían la hermosura dolorosa y desmayada de la anemia; flores de vida
que se mustiaban antes de abrirse; adolescentes de piel blanca, de una
palidez de papel mascado, que el sol no lograba calentar, tiñéndola a
trechos con menudas manchas de color de salvado. Vírgenes de ojos
desmesuradamente abiertos, como asombradas de haber nacido, con los
labios azules y las encías de ese rosa pálido que revela la miseria de
la sangre. El pelo triste y sin brillo asomaba alborotado bajo el
pañuelo, guardando en sus marañas briznas de paja y granos de tierra. El
pecho de las más tenía la monótona uniformidad del desierto, sin que al
respirar se marcase bajo la tela el más leve rastro de los montículos
seductores que avanzan orgullosos como un blasón del sexo. Tenían las
manos grandes y los brazos enjutos y huesosos como los hombres. Al
andar, movíanse sus faldas con desmayada soltura, como si dentro de
ellas sólo existiese aire, y al sentarse, la tela marcaba ángulos duros
sin la más tenue redondez. El trabajo, la fatiga bestial, habían
paralizado el desarrollo de la gracia femenina. Sólo algunas delataban
bajo su envoltura los encantos del sexo; pero eran muy pocas.
Obligadas a sufrir las mismas durezas que el rebaño masculino,
únicamente recordaban que eran mujeres cuando a altas horas de la noche,
a oscuras ya la gañanía, apelotonadas en un rincón, veían turbado su
fatigoso sueño de hembras de carga, por las audacias de los mozos, que
las buscaban a tientas, mientras los gañanes viejos, curados de las
ilusiones de la vida, roncaban desaforadamente como si quisieran dormir
más aprisa para recuperar las fuerzas perdidas.
Salvatierra fuese hacia el hogar al ver que el -arreador- se ponía de
pie ofreciéndole su asiento. El tío -Zarandilla- se acomodó en el suelo
junto a don Fernando, y éste, al mirar en torno, encontró los ojos de
-Alcaparrón- y su dentadura caballar que brillaban al sonreírle.
--Mire su mercé, señó: esta es mi mamá.
Y le mostró a una gitana vieja, la tía -Alcaparrona-, que acababa de
retirar del fuego un potaje de garbanzos husmeado vorazmente por tres
chicuelos, hermanos de -Alcaparrón- y una moza delgaducha, pálida y de
grandes ojos, que era su prima Mari-Cruz.
--¿Conque su mercé es ese don Fernando tan nombrao?--dijo la
vieja.--Pues que Dios le dé mucha fortuna y mucha vida pa que sea el
pare de los probes.
Y depositando en tierra el puchero, sentose con toda su familia en torno
de él. Era una comida extraordinaria. El tufillo de los garbanzos
despertaba cierta emoción en la gañanía, haciendo converger muchas
miradas de envidia en el grupo de los gitanos. -Zarandilla- interpelaba
a la vieja burlonamente. Había caído trabajo extraordinario ¿eh?... De
seguro que el día anterior, al ir a Jerez, había ganado algunas
pesetillas diciendo la buenaventura o proporcionando polvos mágicos a
las chavalas que se quejaban del desvío de sus amantes. ¡Ah, vieja
bruja! Parecía imposible que tuviese tanto -pesquis- con una cara tan
fea...
La gitana escuchaba sonriendo, sin dejar de engullir ávidamente los
garbanzos, pero al mentar -Zarandilla- su fealdad cesó de comer.
--Caya, cegato, mala sombra. Premita Dió que te veas toa la vida bajo
tierra, como tus hermanos los topos... Si ajora soy fea, tiempos hubo en
que me besaban los zapatos los marqueses. Bien lo sabes tú, arrastrao...
Y añadió melancólicamente:
--No estaría yo aquí si viviese el marqués de San Dionisio, aquel señó
tan resalao que jué el padrino de mi pobresito José María.
Y señalaba a -Alcaparrón-, que abandonó su cuchara para erguirse con
cierto orgullo al oír el nombre de su padrino, el cual, según afirmaba
-Zarandilla-, había sido algo más para él.
Salvatierra miró los ojos de la vieja, malignos y pitañosos, su hocico
de macho cabrio, que se contraía a cada palabra con una ductilidad
repugnante, los dos plumeros de cerdas grises que surgían de sus labios
como unos mostachos felinos. ¡Y este endriago había sido una mujer joven
y graciosa, de las que hacían cometer locuras al famoso marqués! ¡Y la
bruja había pasado muchas veces en los coches del de San Dionisio, al
son del bizarro campanilleo de las mulas, con el mantón de flores
cayéndosele de los hombros, una botella en la mano y una canción en los
labios, por frente a los campos que la veían ahora arrugada y
repugnante como una oruga, sudando de sol a sol sobre los surcos y
quejándose del dolor de sus «pobresitos riñones»! Era menos vieja de lo
que parecía, pero al desgaste del cansancio uníase el rápido desplome
que sufren las razas orientales pasando de la juventud a la vejez, como
los espléndidos días del trópico que saltan de la luz a la sombra sin
crepúsculo alguno.
Siguieron los gitanos devorando su potaje, y Salvatierra sacó de un
bolsillo el pobre envoltorio de su cena, después de rehusar dulcemente
los ofrecimientos que le hacían de todos lados.
El corro más inmediato a él, donde estaba el de Trebujena, componíase de
antiguos camaradas, trabajadores mal famados en los cortijos, algunos de
los cuales tuteaban a don Fernando siguiendo la práctica usual entre los
campañeros de -la idea-.
Mientras comía su mendrugo y el pedazo de queso, pensaba, con la
incertidumbre de siempre, si se estaría apropiando un alimento que podía
faltar a otros, y esto hizo que se fijase en el único que en toda la
gañanía no se preocupaba de la cena.
Era un jovenzuelo de cuerpo desmedrado, con un pañuelo rojo anudado al
cuello y una camisa por todo abrigo sobre el pecho. Desde el fondo de la
gañanía le llamaban los compañeros, anunciándole que apenas quedaba
gazpacho en el barreño, pero él seguía bajo la luz del candil, sentado
en un pedazo de tronco, encorvado el cuerpo sobre una mesilla baja, en
la que se empotraban sus rodillas como en un cepo. Escribía lenta y
trabajosamente, con una testarudez de campesino. Tenía ante sus ojos un
fragmento de periódico, y copiaba las líneas con la ayuda de un tintero
de bolsillo lleno de agua ligeramente ennegrecida, y de una pluma roma
que trazaba los renglones con la misma paciencia del buey al abrir el
surco.
-Zarandilla-, que estaba al lado de don Fernando, le habló del muchacho.
--Es el -Maestrico-. Ansí le llaman, por su afición a libros y papeles.
Apenas güerve del trabajo, ya está pluma en mano jaciendo palotes.
Salvatierra se aproximó al -Maestrico-, y éste volvió la cabeza para
mirarle, suspendiendo un instante su tarea. Expresábase con cierta
amargura al explicar su deseo de instruirse, quitando horas a su sueño y
su descanso. Le habían criado para bestia; a los siete años era ya zagal
en los cortijos o pastor en la sierra; hambre, golpes y fatiga.
--Y yo quiero saber, don Fernando; quiero ser hombre y no afrentarme
viendo trotar las yeguas en la era y pensando que somos tan irracionales
como ellas. Todo lo que nos pasa a los pobres es porque no sabemos.
Miraba amargamente a sus compañeros, a la gente de la gañanía,
satisfecha de su ignorancia, que se burlaba de él llamándole el
-Maestrico-, y hasta le tenía por loco viéndole a la vuelta del trabajo
deletrear pedazos de periódico o sacar de su faja la pluma y el
cuaderno, escribiendo torpemente ante el pábilo del candil. No había
tenido maestro: se enseñaba a sí mismo. Sufría al pensar que otros
vencían fácilmente con el auxilio ajeno los obstáculos que a él le
parecían insuperables. Pero tenía fe y seguía adelante, convencido de
que si todos le imitaban cambiaría la suerte de la tierra.
--El mundo es del que más sabe, ¿verdad, don Fernando? Si los ricos son
fuertes y nos pisan y hacen lo que quieren, no es porque tengan el
dinero, sino porque saben más que nosotros... Estos infelices se burlan
de mí cuando les digo que se instruyan, y me hablan de los ricos de
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